Gabriel Nardacchione y Matías Paschkes Ronis
Historia y currícula
El presente libro es fruto de una apuesta teórica y pedagógica en el marco de la enseñanza y la investigación de la sociología en Argentina. Esta comenzó hace más de una década, en el año 2010, con la conformación en el Instituto de Investigaciones Gino Germani de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), del Colectivo de Estudios Pragmático y Pragmatistas, devenido luego Grupo de Estudios sobre Acciones en Público (GEAP), a partir de los cuales se contribuyó al debate y la reflexión sobre tradiciones clásicas y contemporáneas de la teoría social que plantean una propuesta alternativa al “espíritu sociológico” predominante en la formación académica del país.
Desde aquel comienzo hasta la actualidad, muchos fueron los intercambios entre colegas que se plasmaron en investigaciones, dossiers, libros, jornadas nacionales e internacionales y mesas en congresos[1]. Pero su espacio central de debate y de crecimiento fue en las aulas: cursos de posgrados en diferentes universidades del país y del extranjero y, en especial, la materia de grado en la Carrera de Sociología de la UBA titulada “El lado B de la sociología. Nuevas sociologías pragmático-pragmatistas y su reencuentro con viejas tradiciones”.
Dicha asignatura, iniciada en 2016, generó un interés especial entre los estudiantes, al principio más ligado a la curiosidad: el título de “el lado B” intrigaba a la vez que conectaba con la búsqueda de nuevos autores y nuevas formas de pensar lo social. Luego, con el pasar de los años, la materia fue ganando prestigio producto del “boca a boca” y quienes se anotaban ya venían no solo con curiosidad, sino buscando leer ciertos autores en concreto.
Pero, fundamentalmente, esta materia de grado nos permitió empezar a trabajar sobre la formación básica de los estudiantes de sociología. Intentando recuperar una tradición que, desde nuestro punto de vista, no estaba siendo contemplada por la sociología argentina. Así, esta propuesta de reconstrucción de un linaje recupera autores y obras que habían sido descuidadas, pero por sobre todo produce una reconfiguración de cierta lectura canónica en la historia de la sociología. Restaurando retazos olvidados, intentamos reconstruir una tradición que entronca con muchos corpus teóricos que eran considerados de manera desarticulada o “menores” dentro del mainstream sociológico. Más adelante ejemplificaremos algunos.
A esta altura podríamos preguntarnos por qué el “lado B”. ¿En qué sentido se inscribe fuera del mainstream? ¿Cuál es su relación con las otras matrices canónicas? ¿En qué medida esto distorsiona las estructuras curriculares? Podría señalarse que el status de clásicos de la teoría sociológica gira en torno a Durkheim, Weber y Marx, en el sentido de que no existen historiadores de la disciplina ni programas de formación en teoría sociológica que no reconozcan la centralidad de estos tres autores. Por su parte, desde otras perspectivas, se distingue a los “fundadores” (Saint Simon, Comte, Tocqueville, Marx y Spencer) de los “institucionalizadores” (Durkheim, Pareto, Weber, Simmel, Mead, Töennies y la Escuela de Chicago).
Pero otro problema irrumpe cuando llegamos al debate sobre los “contemporáneos”. Dentro de los programas de asignaturas en Argentina, existe un “consenso ortodoxo” en lo que se define como teoría contemporánea a partir de la perspectiva estructural-funcionalista (Parsons y Merton), un conjunto variado de perspectivas críticas del funcionalismo (teoría crítica, Schutz, Goffman, Becker y Wright Mills), el “disenso ortodoxo” (Bourdieu, Giddens y Habermas), y algunas perspectivas más actuales (Beck, Latour, Bauman). En algunos casos se incorpora el paradigma de la “elección racional” (Olson, Elster, Boudon) y la tradición “microsociológica” (Garfinkel, Berger, Luckmann).
Frente a este cuadro de situación, este libro intenta abrir un debate dentro de la sociología canónica. Esto implica incorporar un enfoque y un conjunto de obras de raíz pragmatista que deberían ser entendidas en un sentido “plural”. El aporte podría al menos abrir dos controversias.
La primera de ellas, en torno a los orígenes de la sociología, donde los aportes del pragmatismo clásico (particularmente la obra de W. James y sobre todo de J. Dewey) son posibles. Esta ucronía podría reconstruirse a partir de una discusión clave y poco conocida, la de Durkheim con el pragmatismo naciente, en su libro Pragmatismo y sociología, publicado post mortem a partir de las notas de un curso que él mismo dictó entre 1913 y 1914. En algún sentido, querríamos reabrir este debate trunco en un contexto que ofrece una oportunidad de relectura de dicho enfoque americano.
La segunda, sobre la marginalidad de este enfoque dentro de la sociología europea (continental) e incluso de la sociología norteamericana[2]. Esto remite a la dificultad del pragmatismo para encontrar un tronco común con el cual identificarse[3]. De allí que a menudo se haya unificado este enfoque a través de nociones más débiles, como “un estilo” o “una actitud”; más asociado a un abordaje metodológico que a una matriz teórica consistente (Perez Tudela, 2008; Cometti, 2010).
De igual manera, en el marco latinoamericano, este debate podría aportar a romper con otros dos signos de un statu quo sociológico:
- contra el envejecimiento de los modelos teóricos “contemporáneos” planteados hasta la actualidad, los cuales giran en torno a categorías totalizadoras de lo social;
- contra una falta de sistematicidad con las que la disciplina incorpora las obras que en este libro queremos destacar.
Estas lecturas heterogéneas tienden a “confundir” su base teórica-epistemológica, a través de su inscripción en matrices incoherentes[4], o a confinarlas a un ámbito problemático específico[5].
En este sentido, el libro pretende colaborar a una sistematización que rinda justicia a dichos debates y tradiciones. Y, en última instancia, que pueda ser enseñada de manera consistente, es decir, dando cuenta de sus linajes, de las tradiciones con las que se articula.
Discusiones conceptuales
Los capítulos que conforman el libro están dedicados a quienes quieran adentrarse o profundizar en la teoría sociológica a partir de un sendero singular que tiene como punto de partida las filosofías pragmatistas anglosajonas de fin del siglo xix y que continúa actualmente con las sociologías pragmáticas o “de la prueba” que surgieron a mediados de los años ochenta en Francia, en especial a partir de los trabajos de Bruno Latour y Luc Boltanski.
No obstante, vale aclarar que no nos referimos aquí a una escuela en un sentido clásico, como la durkhemiana o la bourdiana. Tampoco se puede concebir a la sociología pragmática como un “marco teórico” definido. Se trata más bien de “una corriente de aproximaciones heterogéneas, aunque ligadas por un aire de familia” (Barthe et al. 2017, p. 261). Y como en todo “aire de familia”, se respiran aquí también diferencias, desacuerdos y nuevas ramificaciones y lecturas en las generaciones actuales. Dentro de este trabajo de reconstrucción de un linaje plural, intentamos distinguir con cuáles tradiciones tiene afinidad y con cuáles se diferencia y por qué. Desde ese trabajo podremos dilucidar sus aportes conceptuales, así como fundamentar acerca de su actualidad.
De manera contrastiva, el linaje que intenta reconstruir este libro se opone a tres paradigmas tradicionales: el estructuralismo, el funcionalismo y el individualismo metodológico. Respecto al primero, se critica su esencialismo conceptual que pretende dar consistencia explicativa sin base empírica. De igual manera, pone en cuestión el presupuesto holista del enfoque, entendiendo que la sociedad no se conforma de arriba hacia abajo, sino a través de múltiples asociaciones entre distintos tipos de unidades de acción (desde personas hasta instituciones). Por último, el enfoque que presentamos se basa en una relativa indeterminación de las conductas sociales, en continuos procesos de prueba y de tanteo, lo cual permite dar cuenta de que nada está determinado de antemano, ni en término de procedimentales ni en término de las consecuencias de la acción (Latour, 2001).
Frente al paradigma funcionalista, critica su perspectiva acerca de la interiorización de las normas sociales, jerarquizando, por el contrario, una construcción en situación y en proceso (in the making) de la “normalidad”. En ese mismo sentido, critica el fundamento básico de la orientación de la acción individual/social, pues no se trata de un problema de motivación/coacción, sino de un ajuste de la acción a una situación que conlleva un sentido común disponible públicamente. Por último, critica el postulado de autonomía de los sistemas, subrayando que estos resultan de una articulación híbrida entre humanos y no humanos. No hay una frontera entre el mundo social y el mundo natural, hay articulaciones que los ligan punto por punto (Latour, 2012).
Análogamente a los enfoques holistas, el linaje pragmatista es crítico también del individualismo metodológico. Para el primero, tanto “la sociedad” como “el individuo” son ambas creaciones metafísicas, a la vez que critica la idea de un individuo autónomo, como entidad donde yacen la voluntad, el deseo y la intención que formulan las preferencias de acción. En este sentido, el significado de la acción no yace en la mente de los actuantes, no importa tampoco entonces que, a través de una reflexividad deliberativa, pueda volverse consciente. Por último, la metáfora del individuo calculador está en las antípodas del pragmatismo. No porque este excluya el cálculo estratégico, sino porque resulta débil como “jerarquía antropológica” que pretende explicar la racionalidad de todos los comportamientos humanos (Boltanski, 1990).
No obstante, más allá de las críticas a estas tradiciones, este libro se enfoca en recuperar los vínculos de las sociologías pragmáticas actuales con aquellas tradiciones que se unen con mayor afinidad, es decir: con las filosofías pragmatistas anglosajonas, con la Escuela de Chicago, con el interaccionismo simbólico y con la etnometodología. Es necesario reconocer que estas influencias siempre fueron oblicuas y, en algún sentido, heterodoxas, o sea, parciales y en algunos casos no lejos de tensiones. Asimismo, marcan una ruptura dentro de la sociológica francesa, pues se ligan a tradiciones anglosajonas no tematizadas corrientemente dentro de la tradición continental.
La primera es la influencia del pragmatismo americano. De sus padres fundadores (C. Peirce, W. James y J. Dewey), surgen varias marcas. En principio, la idea de que la realidad no es algo objetivo “por fuera” de la investigación social. Así desarrolla una perspectiva “internalista” de la realidad (Pérez Tudela, 2008) que se construye a través de esquemas conceptuales o de creencias de las que tanto los actores como los investigadores no están liberados (W. James, 2000). En consecuencia, la “investigación” no es solamente de los científicos, sino que se despliega en situaciones ordinarias, donde los actores realizan el mismo trabajo de investigación (Dewey, 2004). Una segunda influencia pragmatista se liga a la búsqueda de la certeza frente a “situaciones problemáticas”. La incertidumbre provoca perturbación, duda (Dewey, 1993; 2004). Allí surgen los conflictos, las tensiones, y parte de la tarea de la investigación social será describir cómo los actores van despejando dichas incertezas hasta llegar a un estado de relativa estabilidad (Chateauraynaud, 1991). En ese sentido, se pondrá el foco sobre los procesos de crítica y contracrítica en la esfera pública, sumido en una disputa sobre criterios de justicia plurales.
En segundo término, la Escuela de Chicago y lo que luego se dio en llamar “interaccionismo simbólico”. Uno de sus ejes resulta la preocupación por las formas en que se manifiesta el control recíproco que los actores despliegan sobre la situación de intercambio (Goffman, 1989, 1991). Proveniente de la preocupación por el control del contexto de J. Dewey, el interaccionismo simbólico va a poner el foco sobre la descripción de las maneras en que los actores intercambian formas significativas en sus interacciones “cara a cara”, y cómo estas definen y redefinen las situaciones (Thomas y Znaniecki, 2006). En segunda instancia, aparece el problema de la reflexividad, una especie de sociologización del “sí mismo” al que hacía referencia G. Mead (1993). El interaccionismo simbólico marca de manera puntillosa las formas de influencia y de construcción de expectativas mutuas que desarrollan los actores en situación de interacción (Becker y Faulkner, 2011). Por último, podemos rescatar cómo la Escuela de Chicago considera la definición de la realidad como una actividad cognitiva de los actores (Thomas, 2005). De igual forma, según el interaccionismo simbólico, la realidad es un trabajo perpetuo de definición y redefinición de las situaciones y el orden social, en todo caso, es una consecuencia de dicha concatenación de actos específicos de interacción personal o grupal (Blumer, 1982).
Por último, aparece la etnometodología. De allí proviene la jerarquización de la competencia de los actores en situación por sobre la tradicional superioridad de los investigadores. Esta inversión epistemológica es la que años después retomó de forma tan provocativa Latour (2008) en su afán por “seguir a los actores”. En ese sentido, lo que la etnometodología llama “logro continuo” refiere a que no va de suyo la construcción de un orden social, sino que implica un proceso de tanteo que lentamente va dando lugar a un procedimiento, a un razonamiento práctico por parte de los actores (Coulon, 1988; Wolf, 1994; Heritage, 1991). Otra influencia etnometodológica se liga al concepto de accountability. Para H. Garfinkel (2006), no hacía falta ir “a la cabeza de los actores” para comprender el sentido de lo que están haciendo en la práctica. Para entender los métodos prácticos que desarrollan los actores, alcanza con observar las estructuras que ellos mismos evidencian, aunque los actores tiendan a olvidar estos trazos de justificación de sus acciones. En última instancia, puede mencionarse el concepto de “indexicalidad”. Para H. Garfinkel (2006), esto implica que ninguna acción o expresión lingüística puede ser separada de su contexto o de su condición de enunciación. Solo desde este reconocimiento, se pueden describir las operaciones de generalización o “desindexicalización” que construyen algunas veces los actores (principalmente a través de argumentos de justicia expresados públicamente) para poder trascender la situación y concernir a otros públicos (Boltanski, 1984).
Acercándonos a las últimas décadas del siglo pasado, el linaje que propone el libro continúa con una serie de sociologías francesas que irrumpieron a partir de dos publicaciones señeras: Laboratory life de B. Latour (con S. Woolgar) y La dénonciation de L. Boltanski (con Y. Darré y M. A. Schiltz). Por un lado, apareció una perspectiva sociotécnica que se centró en estudios sobre cómo se materializan las innovaciones tecnológicas, a través de una antropología de las ciencias y las técnicas sensible a la etnografía social (Latour, 1991, 1992, 2004). También sobre la influencia práctica de objetos tecnológico-materiales y de la propia naturaleza, como no humanos, en la constitución de actores-red que construyen sociedad (Callon, 1986, 1998). En ese proceso se configuró la teoría del actor-red (TAR) como abordaje sociológico crítico de la tradición durkheimiana, recuperando los presupuestos teóricos de Gabriel Tarde (Latour, 2008). En segunda instancia, ya desde una perspectiva política y moral, irrumpieron investigaciones ligadas a los fundamentos normativos y mundanos de las discusiones público-ordinarias. Estos trabajos se orientaron a diferentes regímenes, ligados a distintos ámbitos de acción. Allí se desarrollaron estudios sobre el riesgo laboral o ambiental (Chateauraynaud, 1999, 1991), sobre la organización del trabajo y de la salud (Dodier, 1993, 1995), sobre las gramáticas de acción periodística (Lemieux, 2000, 2017), entre otros. Por último, ya en el siglo xxi, apareció una nueva corriente que se reconoce tributaria del pragmatismo americano clásico (C. Peirce, W. James y J. Dewey). Esta recuperó una mirada empirista detallada de las situaciones de acción, donde el contexto y los objetos cobran otra dimensión y donde la metodología etnográfica permite una entrada más sensible a los mundos investigados (Queré, 1992; Cefai, 2013).
A continuación, dos aspectos por los cuales el debate sobre la tradición pragmatista tiene algún tipo de productividad: en cuanto construcción de herramientas para la investigación social, y en cuanto a la producción de herramientas pedagógicas mediante las cuales se puede desplegar el proceso de aprendizaje.
El pragmatismo como herramienta para la investigación social
Uno de los objetivos centrales que nos propusimos al compilar este trabajo fue no solo la reconstrucción de algunas claves dentro de las tradiciones teórico-sociológicas contemporáneas, sino también, y fundamentalmente, apuntar a forjar herramientas para la investigación social. Es necesario establecer un puente entre ambas dimensiones, identificar de qué modo el “giro pragmático” vincula la teoría con la investigación empírica. Se trata de reponer la pregunta sobre la productividad de un “imperativo pragmatista” para las ciencias sociales (Pereyra y Nardacchione, 2022, 2023).
En términos de tradición teórica, el giro pragmático modifica el sesgo hacia la interpretación que cobró centralidad en nuestra tarea como investigadores. Esta implica una sobreestimación y autonomización de la dimensión simbólica del mundo social, reduciendo el problema de la acción a la cuestión del sentido. Así, las investigaciones suelen indagar las capacidades del intérprete (sea el actor o el autor), mientras que, en términos metodológicos, la investigación se suele sostener a través de la restitución del punto de vista de los actores (principalmente entrevistas).
Frente a este sesgo interpretativo, el denominado “imperativo pragmatista” se orienta a una “descripción” de la acción situada, lo cual implica una diferencia con las tradiciones filosóficas que influyeron sobre las ciencias sociales modernas. Bajo esta perspectiva pierden relevancia categorías clásicas como la “explicación”, la “crítica” y la “comprensión”. La importancia por “describir” se vincula a la tradición pragmatista desde el momento en que, en su base, la ciencia se apoya en aquellos procesos donde la mente humana configura lo que llamamos “sentido común”. Dentro de ese proceso, las dimensiones objetivas de la realidad social son el resultado de la acción en común. Sintetizando, podríamos listar una red de categorías analíticas mediante las cuales el linaje pragmatista desplaza a la tradición interpretativa:
- realismo: en cuanto reconoce la existencia de un mundo exterior independiente de nuestras descripciones que ejerce control sobre nuestros pensamientos y acciones;
- falibilismo: en cuanto la indeterminación gobierna las prácticas sociales y su estabilidad siempre es provisoria;
- pluralismo: pues en toda situación coexisten múltiples visiones;
- continuismo: pues sostiene una visión que deja de lado los dualismos clásicos tales como naturaleza-cultura, mente-cuerpo, hechos-valores; y
- naturalismo: en el sentido que la vida social de los seres humanos se comprende ligada a su entorno (Ogien, 2015).
De manera complementaria, el pragmatismo aporta una perspectiva sobre los usos de la teoría para la investigación. Pues, más allá de la elucidación de dicha teoría social, nos interesan los modos en que sus principios analíticos pueden guiar la formulación de problemas, el recorte de objetos y el abordaje de investigaciones empíricas. Tal como sostuvimos, la producción de un conocimiento situado resulta un modo de restituir una relación fructífera entre teoría y datos en el trabajo de investigación, incluyendo también el problema de la validez del conocimiento producido.
En ese sentido, queremos desarrollar dos argumentos. Primero, que la pluralidad teórica propia del pragmatismo da lugar a cruces muy variados entre pragmatismo e investigación social. Así vemos contextos intelectuales diversos, como perspectivas que ubican los legados del pragmatismo en lugares distintos y con resultados disímiles. Esta caja de herramientas flexible y abierta a diferentes contextos que resulta del pragmatismo da lugar a una versatilidad en los estilos de investigación, en cuanto universo plural, aunque finito en los modos de llevar adelante el oficio sociológico.
En segunda instancia, la vocación descriptiva de esta tradición ubica en un lugar relevante a la etnografía como forma de aproximación al terreno. Efectivamente, la idea de un conocimiento arraigado (grounded) puede inclinar la balanza hacia una modalidad de trabajo de campo que enfatice la observación directa y prolongada, lo cual implica un involucramiento directo del investigador en primera persona. Frente a procedimientos de investigación estandarizados que se basan en técnicas que marcan una distancia entre sujeto y objeto de conocimiento, este abordaje etnográfico aparece como un modo artesanal de producción de conocimiento, más afín a la recreación de los contextos en los que se produce la acción.
El pragmatismo como pedagogía y didáctica para la enseñanza
Este libro busca realzar la importancia que tiene el conocimiento situado y experimental. Esto significa indagar en qué condiciones los actores desarrollan sus acciones y en qué medida dichas condiciones influyen sobre las consecuencias de sus actos. Lo cual conduce a su vez a interrogarnos acerca de cómo los actores incorporan esa información contextual para actuar de una manera más consistente con su ámbito de acción. Este problema acerca de cómo el conocimiento se desarrolla de manera experimental, teniendo en cuenta el entorno y por parte de los mismos actores, es crucial para el aprendizaje. Por ello, parte del interés de este trabajo apunta a tratar de dilucidar en qué medida se puede enseñar de otra manera.
Un punto crucial de este enfoque pedagógico postula un principio de articulación entre teoría y empiria. Esto intentamos imponerlo a la estructura de este libro. Fue uno de los mayores desafíos trasladar a los autores la inquietud por artículos que compensen una discusión teórica sustantiva con un lenguaje claro, es decir, enfocando a una tarea pedagógica sobre un alumnado relativamente lego. Esta meta implicaba un argumento conceptual equilibrado con una movilización de casos empíricos que expliquen y den cuenta acabadamente de la problemática.
A continuación, vamos a realzar algunas de las intervenciones didácticas que, en distintas circunstancias de enseñanza (grado, posgrado, talleres de investigación, etc.), desarrollamos con el fin de operar esta función experimental del conocimiento situado, intentando simetrizar el conocimiento lego y el conocimiento experto, es decir, corriéndonos de una exposición teórica centralizada. En estos casos, desplegamos diversas instancias de aprendizaje donde los alumnos no reciben la información de manera teorética, sino a través de distintas formas de conexión con una experiencia personal y colectiva. En concreto, intentamos generar un debate crítico en torno a la siguiente serie de experimentos: i) sobre estudios de investigación empírica, ii) sobre materiales documentales, iii) a partir de experimentos personales, iv) a partir de experimentos colectivos introducidos de manera naturalista.
En el primer caso, organizamos las clases prácticas a partir de textos que releven investigaciones estrictamente empíricas, donde se hacen emerger los contenidos expuestos en las clases teóricas a partir de la información de casos. La preparación colectiva de los textos se realiza a través de técnicas de fichaje, esquemas de contenido, síntesis, informes, etc., y busca desarrollar competencias críticas de interpretación de las problemáticas aludidas teóricamente.
En el segundo caso, apelamos a extractos documentales donde, desde temáticas aledañas, se recuperan uno o varios tópicos conceptuales. Por ejemplo, estudiando una genealogía sobre la irrupción y decadencia de ciertos productos farmacológicos, se analiza la producción performativa de la verdad definida en términos sociales. Igualmente, analizamos distintos juicios de jurados donde se movilizan de manera ordinaria una serie de formas de justificación públicas que normalmente se movilizan en diversos conflictos sociales.
En una tercera instancia, pedimos un trabajo personal de redacción minuciosa que recorra sus actividades diarias. Desde esa especie de diario personal, buscamos hacer emerger, entre otras cuestiones, la diversa gama de soportes técnicos que conviven con nuestra experiencia cotidiana y tienen influencia sobre ella.
Pero quizás lo más novedoso esté en el cuarto tipo de experimento, el cual involucra colectivamente a todo el grupo de alumnos, donde ellos mismos se ven inmersos en una ecología social o en un contexto frente al cual tienen que decodificar sus reglas. Esta situación colectiva de extrañamiento puede decodificarse a partir de la configuración de un orden incierto que va denotando sus reglas a medida que va ocurriendo o a partir de la ruptura de un cierto orden establecido dentro del grupo. En el primer caso, buscamos que los alumnos observasen cómo, a partir de un juego donde se hace intervenir sucesivamente a una serie de actores con ciertas consignas (ej. hablar de un casamiento, un robo o una situación económica), la situación se va definiendo progresivamente. En esa dinámica interaccionista, todos los alumnos se comprometen con la situación a partir de actitudes diversas, pudiéndose observar de manera experiencial cómo se constituye la definición de una situación a partir de una cierta reciprocidad de las expectativas. Asimismo, se pueden observar los diversos errores gramaticales que son tolerados (o no) por el grupo.
Por su parte, en el segundo caso, construimos un experimento de ruptura donde aparece un actor que rompe naturalmente el orden de una clase (sea cual fuere el aspecto que pone en tensión), situación que provoca una serie de reacciones de lo más diversas: desde el repudio, el rumor crítico, hasta la confusión más silenciosa. Allí una vez más puede observarse de manera experiencial cómo los actores desarrollan un metódico y continuo trabajo por darle sentido al mundo en el que están inmersos.
Este tipo de “laboratorios pedagógicos” que apuntan al desarrollo de un aprendizaje a partir de una experiencia concreta también los ponemos en práctica en distintos talleres de investigación (de grado o posgrado). En estos construimos dispositivos que operen una sensibilización de los estudiantes a la hora de su formación en la investigación cualitativa. Esta consiste en ubicarlos en una situación de acción específica (dentro de nuestros campos de estudio), a partir de lo cual su tarea consiste en describir in situ dicho campo produciéndose. La experiencia etnográfica se realiza bajo dinámicas colaborativas entre estudiantes, docentes e investigadores invitados; fomentamos de esta forma la descripción de las acciones locales, sus conflictos, indicadores físicos del lugar, así como sus atmósferas sensibles, entre otras cuestiones. Esto lo hacemos a través de herramientas diversas como notas de campo, tomas audiovisuales o fotografías. Para sus descripciones, se les sugieren categorías prácticas que estén poco cargadas conceptualmente, lo cual les permita a los alumnos mantenerse al ras de lo que ocurre dentro de dicha ecología social durante su observación. Fruto de este trabajo inmersivo y colaborativo, los estudiantes acceden a producir un conocimiento social que emerge de la situación a la vez que realizan un proceso de aprendizaje desplazado de los contextos tradicionales de la transmisión de conocimiento sociológico.
El libro
Como fruto de un diálogo que la materia del “Lado B” produjo con las nuevas generaciones de sociólogos y sociólogas, este libro intenta plasmar una articulación entre esas nuevas generaciones que investigan y reflexionan sobre la temática y autores ya reconocidos (en la Argentina o en el extranjero) que realizaron su aporte a la teoría social. Incluso, en algunos casos se incorporan traducciones de textos inéditos en español.
El primer apartado del libro reúne cuatro capítulos que presentan, interrogan y ponen en discusión puntos nodales del pragmatismo clásico. El primero de ellos, de Hugo de los Campos, nos introduce a la “máxima pragmática” a partir de un desarrollo minucioso que la desmenuza y, en ese mismo proceso, explica y vincula los conceptos centrales del pragmatismo peirciano –“verdad”, “creencia”, “realidad”, “hábito”, “experiencia”, “método abductivo”– y también su teoría de los signos: la semiótica. De los Campos presenta de este modo a Peirce no solo como un superador de las filosofías modernas –racionalismo y empirismo–, sino que también da cuenta de las implicancias sociológicas de su pragmatismo, en especial a partir de su “tipo particular” de constructivismo social. La claridad expositiva y la didáctica de De los Campos no deben hacernos, sin embargo, perder de vista el fuerte posicionamiento teórico de él. En ese sentido, el título del capítulo no es casualidad. Al presentar “las máximas” en plural, el autor busca contraponer las consecuencias intelectuales y políticas de la máxima de Peirce –quien se ubica en las antípodas del individualismo americano de principios del siglo xx– con la de quien fue su mayor divulgador: William James.
En el segundo capítulo del libro, Nicolás Viotti aborda el problema de la creencia en las filosofías pragmatistas en relación con las nociones de “religión” y “religiosidad”. El texto comienza analizando los planteos peircianos de la creencia para luego abordar los textos canónicos sobre la religión de James y Dewey. Este camino le permite diferenciar las propuestas de los tres autores claves de esta tradición: el primero, que analiza la creencia desde la lógica, el segundo desde la psicología de la experiencia religiosa –en cuanto experiencia de la totalidad ligado a lo sobrenatural–, y, finalmente, Dewey, que amplía el concepto de “lo religioso” para abordarlo como función general que supone una relación anudada entre lo ideal y la acción humana. Este último abordaje permite pensar la continuidad entre varias esferas de acción: la moral, la política, la ciencia y la estética. Lo divino, de esta forma, no solo es propio del ámbito de la religión, sino que se corresponde a diversas formas de experiencia. Es este continuismo y pluralismo el que es retomado por Bruno Latour a fines del siglo xx y que, tal como muestra Viotti, pone en igualdad de condiciones –y, por lo tanto, permite una antropología comparada– a diversas formas de hacer mundo.
El tercer capítulo profundiza la cuestión de la ontología pluralista, pero lo hace a partir de explorar la noción de “pluriverso” de James. Las autoras, Luciana Martínez Albanesi y María Virginia Nessi, desarrollan el empirismo radical jamesiano en contraposición con las filosofías racionalistas y empiristas modernas, fundamentalmente en cómo cada una de estas resuelve la relación de las partes con el todo. De esta forma, las autoras dan cuenta del “método pragmatista” y, fundamentalmente, de su compleja noción de realidad, la cual existe de manera distribuida, con sus múltiples conexiones, fallas e interpenetraciones. En una segunda parte del capítulo, Martínez Albanesi y Nessi se interrogan sobre la influencia del pragmatismo jamesiano en la fenomenología social de Alfred Schutz, en especial en los conceptos de “realidades múltiples” y “realidad eminente”, los cuales ayudan a este autor a problematizar lo que entiende por “realidad social” y, en particular, por la orientación de los actores en esta realidad a partir de los procesos de atención. Para Schutz, “cada mundo es real si se atiende a él”, y su apuesta pluralista, a diferencia de la de James, radica en dar cuenta de cómo los actores pasan de un ámbito finito de sentido a otro.
En el cuarto capítulo –y último de esta sección–, Ana Grondona aborda uno de los textos “menos transitados”, tal como ella afirma, de la obra de Durkheim, Pragmatismo y sociología. En estas lecciones dictadas entre 1913 y 1914, y publicadas post mortem (en 1955), el sociólogo francés explicita su objetivo de exponer las principales tesis de esta nueva corriente filosófica anglosajona para luego detectar y analizar sus debilidades y contradicciones. Pero, tal como muestra Grondona, el encuentro de Durkheim con el pragmatismo, lejos de ser un hecho fortuito, constituye la coronación de un proceso de revisión conceptual de su propia teoría, el cual comenzó en 1898. Durkheim encuentra las preguntas del pragmatismo en el discurrir de su propia reproblematización del objeto de la sociología, de la relación sujeto-objeto, de la relación verdad-creencia y, sobre todo, del modo de pensar la relación entre pensamiento y acción. La riqueza de este capítulo radica principalmente en que permite salir de cierta imagen estática de la teoría durkhemiana y mostrar sus procesos de reformulación y problematización, en especial a partir del estudio del fenómeno religioso. El “descubrimiento” de lo sagrado en Durkheim va de la mano con una crítica del dogmatismo racionalista afín a los planteos pragmatistas. Pero, a su vez, como muestra la autora, dicho descubrimiento evidencia los límites y las debilidades que, según Durkheim, tiene la filosofía pragmatista, al no reconocer el carácter colectivo (y, por tanto, obligatorio y necesitante) de la verdad.
El segundo apartado del libro está dedicado a la Escuela de Chicago, la cual se la puede considerar como una realización del potencial de la filosofía social pragmatista que tiene como punto de integración la investigación empírica y el trabajo de campo. Esto último es lo que intentan dar cuenta Emanuel Ynoub y Manuel Melamud, quienes se preguntan si sería correcto hablar de una metodología propia de esta escuela o si en realidad hacemos referencia a un posicionamiento epistemológico basado en una orientación al campo como premisa y finalidad, y como el denominador común de las variantes específicas de cada trabajo empírico. La respuesta a esta la van a desarrollar a partir de un paralelismo con la orientación empírica de la Escuela de Chicago, al recorrer las vidas de sus dos principales referentes: William Thomas y Robert E. Park. De esta manera, este capítulo hace de introducción a los siguientes, los cuales están compuestos por dos traducciones inéditas al español de ambos autores.
La primera traducción se realizó sobre la base de una selección de fragmentos pertenecientes a diferentes capítulos de la investigación de Thomas titulada The unadjusted girl, with cases and standpoint for behavior analysis, del año 1923. Esta constituye un antecedente de importancia de su famoso teorema sobre la definición de la situación formulado cinco años después. En los fragmentos aquí presentados, se pueden apreciar los elementos que conducen a su formulación: las influencias morales de los ámbitos familiares, comunitarios e institucionales en lo que respecta a la definición de una situación. Thomas presenta un modelo metodológico para las ciencias sociales basado en el estudio concreto del desarrollo de la personalidad del individuo y la variabilidad de la experiencia humana. En ese sentido, los fragmentos seleccionados muestran diferentes casos de estudio que ejemplifican las dificultades de las personas para individualizar su comportamiento frente a dichas restricciones morales y el conflicto entre los deseos y la organización social.
La segunda traducción corresponde a un artículo de Robert E. Park publicado en 1940 en el American Journal of Sociology. Allí el autor parte de la diferenciación que realiza Williams James entre el “conocimiento-sobre” y el conocimiento “familiaridad-con” para indagar sobre las noticias como un tipo particular de conocimiento. Esta cuestión no solo es central para Park por la importancia cada vez mayor que asumen las noticias en el mundo moderno –él define nuestra era como “una era de noticias”–, sino fundamentalmente porque le permite legitimar a la sociología cómo una ciencia que tiene una forma de indagación del conocimiento diferente a la filosofía moderna. Una forma que, lejos de interesarse por la validez de una declaración de principio, se pregunta por las condiciones bajo las cuales diferentes tipos de conocimiento surgen y las funciones de cada uno. Así, con este abordaje pragmático, Park piensa la función de las noticias en lo que hace a la orientación del hombre, la estabilidad de las instituciones y, fundamentalmente, la formación de la conciencia pública.
La tercera parte del libro desarrolla las principales ideas de dos autores herederos de la Escuela de Chicago, Erving Goffman y Howard Becker, y del máximo referente de la etnometodología, Harold Garfinkel. Comienza con el capítulo 8, en el cual Ernesto Meccia analiza la lógica de la interacción social –ese locus donde la gente hace acrobacias para tramitar peticiones identitarias– a partir de los conceptos centrales de Goffman. Lo hace de una manera singular y con una pluma que escapa a los formalismos y la rigidez académica. Compone así un escrito en donde se entrelazan escenas de la vida cotidiana, vivencias del propio autor y conceptos del microsociólogo canadiense. De esta manera, Meccia logra un texto goffmaniano sobre el propio Goffman. Una forma de realizarle un tributo exponiendo sus ideas, pero, fundamentalmente, transmitiendo (y contagiando) su sensibilidad y su mirada. Justamente porque la clave teórica goffmaniana se encuentra ahí, no en la construcción de una “gran teoría”, sino en los “conceptos sensibilizadores”, conceptos “bellísimos”, como dice Meccia, “que iluminan y queman como una llamarada la mente sociológica”.
En el capítulo 9, Amadeo Gandolfo realiza un estudio teórico comparativo de dos sociólogos, Howard Becker y Antoine Hennion, explorando la manera en que cada uno de ellos aborda ese “oscuro objeto de deseo”: la obra de arte. Ambos construyen sus perspectivas centradas en el “hacer”, lo cual les permite desmitificar la producción artística y huir de las “explicaciones sociologizantes” a partir de complejizar la red de acciones que la hacen posible. El primero, heredero de la Escuela de Chicago, se centra en las convenciones, las prácticas cooperativas, los vínculos y las experiencias que dan lugar y conforman lo que denomina como “mundo del arte”. Mientras que Hennion, ubicado en las nuevas sociologías pragmáticas francesas, introduce en esas redes a los actores no humanos. Estudia así no solo la producción musical, sino también cómo esta es desplegada por los fanáticos, cómo nos coconstruimos con los objetos de nuestra pasión.
En el capítulo 10, Carlos Belvedere introduce al lector a la obra de Harold Garfinkel a partir de la lectura y el seguimiento minucioso y apegado a la letra de ciertos pasajes de sus últimos escritos. El objetivo es abordar la especificidad de la etnometodología y sus puntos de convergencia y divergencia con la “sociología profesional” y, fundamentalmente, precisar la relación entre la etnometodología y la metodología. Respecto al vínculo con la sociología profesional y, más específicamente, con los estudios clásicos del orden, Belvedere define la etnometodología como una “tecnología inconmensurablemente alterna de análisis social, que pone un énfasis distinto en la producción del orden” y que pregunta, insistentemente, “qué más hay”. Para responder a este interrogante, la etnometodología se centra en la descripción de los detalles (desatendidos por las ciencias sociales) producidos localmente para sostener el orden social. Respecto a la relación con la metodología, el autor afirma que la etnometodología no tiene métodos propios ni es una metodología, sino que consiste en un estudio de la metodología. Más que métodos, la etnometodología tiene políticas para el tratamiento de los etnométodos. El etnométodo constituye entonces el tópico (u objeto) de estudio. La clave garfinkeliana resulta así de la identidad entre el objeto y el método. La complejidad de esta cuestión Belvedere la despliega retomando, hacia el final del capítulo, la descripción de dos situaciones, en diferentes entornos, en las que se debe seguir un mapa para encontrar un camino.
El cuarto apartado del libro concentra cuatro capítulos que abordan lo que denominamos “nuevas sociologías pragmáticas francesas” o “sociologías de las pruebas”. El capítulo 11, que hace a la vez de introducción a los siguientes, es una traducción de un artículo de Bruno Latour –uno de los principales referentes de estas nuevas perspectivas– en el cual construye un diálogo imaginario entre dos tesistas: “ella” del Groupe de Sociologie Politique et Morale (dirigido por Boltanski) y “él” del Centre de Sociologie de l’Innovation (dirigido por Latour). Lo interesante del intercambio –que tiene como punto de partida una cita de Gabriel Tarde– es que ninguno de los dos está convencido con las perspectivas sociológicas de sus casas de estudio y ambos admiran y defienden la contraria. De esta forma, Latour presenta con ironía y profundidad las diferencias, las similitudes y los puntos de controversias entre “los aires de familia” que intentamos reconstruir en este libro.
El siguiente capítulo aborda la obra de Bruno Latour tomando como punto de partida la última conferencia que brindó para la Argentina, en la cual expuso sobre el papa Francisco. Los autores, Matías Paschkes Ronis y Judith Faifman, se preguntan a partir de ella por la relación entre ciencia, política y religión en la modernidad y desarrollan la respuesta a partir de explorar la noción de la naturaleza en la teoría de latouriana. Noción que, como muestran en el recorrido del texto, funciona en la modernidad como una categoría “no codificada”, que expresa a la vez una totalidad, un mundo unificado, frente a la diversidad de las culturas que existen solo bajo este fondo evidente y universal. Volver a codificar la naturaleza implica entonces entenderla más allá de su reseña moderna, científica y racional y preguntarse si no está ella misma impregnada de religión. Este punto del desarrollo de los argumentos de Latour constituye uno de los más difíciles de comprender de toda su obra; consciente de ello, el filósofo francés construye, como destacan Paschkes Ronis y Faifman, una alianza sorprendente e inesperada para hacer entendible su propio planteo. Una alianza con el papa Francisco, a partir de su encíclica Laudato Si’. Latour lee allí una innovación teológica de carácter pluralista e inmanentista centrada en un “retorno a la Tierra desde la periferia hacia el centro” imprescindible para hacer frente a los desafíos políticos que implica el Antropoceno.
El capítulo 13 constituye una traducción de un escrito de Luc Boltanski que tiene como propósito trazar el recorrido del programa de la sociología política y moral que él mismo construye y que tiene como texto fundante La Justification, coescrito con Laurent Thevenot. Por ese motivo resulta un texto esencial para este libro y constituye una lectura ineludible para quienes quieran introducirse a esta corriente teórica. Dicha corriente, tal como expresa el autor, debe comprenderse como el esfuerzo por reincorporar al estudio de la acción de las personas en sociedad las razones para actuar y las exigencias morales que se proponen o querrían proponerse, aunque solo fuera como ideales. El programa sociológico que se abre con La Justificación sirvió como paradigma básico que fue puesto a prueba en numerosos campos que lo enriquecieron y lo extendieron a diferentes modos de interacción. Boltanski resume en este texto las etapas del programa, las investigaciones realizadas, las críticas recibidas y cómo estas fueron reapropiadas –en algunos casos– a partir de nuevas investigaciones que dinamizaron el modelo teórico inicial.
En el último capítulo de este apartado, Alejandro Bialakowsky et al. exploran la particular recuperación de la teoría sociológica de Max Weber en la obra de Luc Boltanski. Si bien esta recién se explicita, ya desde el título, en uno de sus más importantes escritos, El nuevo espíritu del capitalismo, los autores muestran cómo hay afinidades presentes desde sus tempranos trabajos, fundamentalmente en lo que hace a su “doble ambición”: combinar valores morales y económicos y, a la vez, producir tipologías que capten la dinámica de las prácticas y las relaciones entre actores, las cuales no supongan una ruptura radical frente a las categorías que usan los mismos actores. Ahora bien, es recién en el escrito mencionado cuando la deuda con Weber se hace patente ligada, como muestran los autores, a una necesidad de volver “dinámico” su modelo teórico e historizarlo. Es aquí donde se interrogan en qué medida Boltanski continúa las relaciones que plantea Weber entre “máquina” y “espíritu” para comprender las clasificaciones y desigualdades capitalistas o se distancia de ellas. La respuesta a esta pregunta les permite dar cuenta de los hilos del esfuerzo (re)categorizador del capitalismo actual propuesto por Boltanski. Finalmente, en el último apartado, los autores abordan, para ejemplificar los debates teóricos anteriormente expuestos, las tensiones entre capitalismos mundializados/globalizados y Estados nación modernos.
Finalmente, la última parte del libro vuelve a las perspectivas pragmatistas, pero lo hace a partir de los debates contemporáneos acerca del abordaje de los problemas públicos. En el capítulo 15, María Martini lleva adelante una revisión de los diferentes compromisos filosóficos en torno al conocimiento que sostienen el constructivismo de Gusfield y la sociología pragmatista. Explora primero las apropiaciones por parte de Gusfield de la perspectiva burkeana y luego se concentra en la recuperación de Dewey realizada por la nueva sociología pragmatista interesada en el modo de existencia de los problemas públicos. Es importante resaltar que este capítulo no es solo exploratorio ni expositivo de las diferentes perspectivas y sus tensiones, pues Martini propone un acercamiento más profundo a las obras de Burke y Dewey (tomando también los aportes de la filosofía de White y de Ricoeur) para superar formas de comprensión simplificadas de la noción de “ficción” y permitir de este modo aproximar a las dos perspectivas de los problemas públicos.
En el último capítulo del libro, Gabriel Nardacchione y Mariela Acevedo analizan el argumento pragmatista de la sociología de los problemas públicos. Allí muestran el acento que esta perspectiva pone sobre los aspectos o las circunstancias micro que constituyen desde su inicio la formulación de un problema. Pero al mismo tiempo dan cuenta de en qué medida y hasta qué punto este enfoque puede coordinarse con un análisis macro de las políticas públicas. Con esa finalidad hacen uso de las distintas fases de lo que se denomina “historia natural” de un problema público: un daño o una experiencia perturbadora inicial, su posterior publicitación a través de argumentos y categorías, es decir, de la construcción de un relato, y la estabilización final de un problema público a través de la instalación de algún dispositivo institucional. En suma, el artículo rescata una red de categorías que provienen del abordaje pragmatista como aporte a un enfoque integral del análisis de los problemas públicos, entendiéndolos desde su gestación local y situada, hasta su inscripción en el marco de las arenas públicas o del Estado.
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- Para un mayor detalle de la historia del grupo y sus actividades, remitirse a Nardacchione, Gabriel (2022). “Introducción”, en El pragmatismo como método de formación de categorías. Calibrando el foco en la investigación social, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Editorial SB. ↵
- Es ya un lugar común dentro de la historia de la sociología la relación de asimetría que, a mediados del siglo xx, existía entre el paradigma estructural-funcionalista parsoniano y los estudios así llamados “interaccionistas” o “etnometodológicos”. Estos fueron incluso frecuentemente “degradados” a tópicos microsociológicos o a meros puntos de vista metodológicos. ↵
- Entre sus padres fundadores, hacemos referencia, en principio, a las públicas controversias entre Peirce y James, y aun a las persistentes diferencias entre James y Dewey. Luego, sus ciclos de aparición y reaparición, desde supuestos no siempre coherentes, van a manifestarse en diversas esferas del conocimiento (filosofía de la ciencia, lógica, ética). De la misma manera, dentro de la sociología como disciplina, dichas diferencias van a manifestarse dentro del recorrido de la Escuela de Chicago, la que de alguna manera va a representar dicha tradición. A menudo es difícil encontrar un enfoque sistemático entre lo que se dio en llamar “la primera escuela de Chicago” (Thomas, Park, Burgess) y la segunda escuela de Chicago (Blumer). El mismo tipo de semejanzas y diferencias se encuentra en relación con la sociología goffmaniana y la sociología de la desviación de Becker. ↵
- Así, por ejemplo, se enseña la obra de Boltanski sin distinguir su ruptura con el paradigma bourdiano, o se asocia con la teoría del actor-red de Latour (2008) o con la propuesta de sociedad posindustrial en red de Castells.↵
- Por caso, la obra de Latour (1995) tiende a ser estudiada en América Latina como un aporte específico a los estudios sociales de la ciencia, así como a menudo se relaciona a Boltanski (2002) con estudios organizacionales de un capitalismo managerial. ↵








