Nuria Ortega[1]
La fascinación que despierta la actividad atlética ha atravesado los diferentes momentos de la historia, las distintas civilizaciones, los sistemas políticos y económicos, y los cambios culturales y sociales. La aparición de los medios de comunicación masiva ha hecho de la competencia, el espectáculo más visto del mundo. Pero ahora atravesamos un nuevo cambio, una nueva manera de ser deportista de alto rendimiento: la creación de extensiones y representaciones del cuerpo orgánico a través de imágenes en espacios virtuales, que simulan la potencia y habilidad de los atletas de elite, encarnados en avatares que protagonizan la deportización de los videojuegos o, en todo caso, la virtualización de los deportes.
El devenir tecnológico moderno no ha cedido ante la fascinación que despiertan esos cuerpos en movimiento y competencia. Estos siguen paralizando nuestras miradas, ya sea si los vemos en vivo, en una pantalla de televisión o si estos competidores son avatares artificiales, una especie de antropo-máquina,[2] capaz de un perfeccionamiento infinito y de una capacidad física aumentada.
Nos interesa en este artículo pensar la relación entre esta nueva forma de presentar un cuerpo atlético que no posee la fragilidad y la finitud de lo orgánico y las implicancias que tiene esta simulación lúdica de los cuerpos en la subjetividad de la época. Para esto nos preguntamos: primero, ¿qué paraliza nuestros cuerpos y nuestra mirada frente al cuerpo en competencia con otro, incluso siendo este un cuerpo sin órganos, un cuerpo de diseño algorítmico? Segundo, ¿a qué intereses responde la planificación de un cuerpo atlético? Y por último, ¿qué formas humanas son estimuladas en estas nuevas maneras de presentar el cuerpo?
1. Miradas paralizadas
El deporte tradicional es el evento que mayor cantidad de personas nuclea en los estadios y frente a las pantallas del televisor, durante sus dos eventos de mayor relevancia: los Juegos Olímpicos y el Mundial de Fútbol. Los e-sports han mostrado la misma tendencia. Hay estudios de mercado que indican que podrían llegar a superar la cantidad de espectadores de eventos como el Super Bowl o la Champions League de fútbol en diez años.[3] Por eso es válido aún preguntarse: ¿cuál es el entramado de poder que hace que en la era de los medios de comunicación, los deportes paralicen nuestros ojos y nuestro cuerpo? ¿Cuál es el régimen de visibilidad que se impone? No nos quedaremos aquí con una respuesta única. Nos interesa poder abrir un campo de posibilidades que respete la complejidad que representa poder explicar este fenómeno.
Empezaremos con Hans Gumbrecht,[4] quien, analizando el deporte tradicional, sostiene que el movimiento corporal llamado deporte puede ser una experiencia estética compartida por cantidades masivas de personas. Pero lo que observamos es otro cuerpo, el placer de la contemplación de una potencialidad de un cuerpo como el mío pero que parece estar en otra dimensión. Por ende, lo que en la experiencia atlética admiramos es una epifanía, “porque experimentamos una repentina aparición invariablemente corporeizada, una aparición que, por ser corporeizada, tiene sustancia y requiere espacio”,[5] y además con la particularidad de ser una experiencia estética compartida. Esta epifanía, en la intensidad de la concentración, nos hace oscilar entre el hecho de atribuir significado y la mera percepción física. El espectador comparte esa actitud de compostura como condición de su capacidad de hacer que las cosas ocurran, como agente activo de la contemplación.
Jacques Rancière[6] es otro autor que analizó la figura del espectador para el despliegue del espectáculo teatral. Dada la potencia de sus análisis en este trabajo intentamos utilizarlos para examinar el caso que nos compete, el de la espectacularidad del deporte. Rancière acompaña esta idea del receptor activo, dando el ejemplo del espectáculo teatral. Allí una acción es llevada a su realización por unos cuerpos en movimiento frente a otro cuerpo viviente que deben ser movilizados por esa energía que se produce en esa performance. Mirar, para Rancière, es también una acción porque el espectador compone un poema con los elementos que tiene adelante. Con esto pone en juego otra variable: la intelectualidad. El espectador también actúa, como el alumno escucha al docente, porque el espectador, según el autor, lleva a cabo una práctica de observación, selección, comparación e interpretación. Los espectadores son, en la distancia, intérpretes activos del espectáculo.
La sencillez para entender la performance atlética facilita la interpretación y/o traducción y hace del deporte una actividad homologable a un arte del que todos podemos hablar, hacer y traducir. Es decir, la actividad deportiva se manifiesta como aquello que percibimos, y podemos ligarla a la singularidad intelectual de cada sujeto.
En esta capacidad intelectual es que los espectadores se vuelven semejantes. Para traducirlo a la matriz interpretativa de Rancière, cabe aplicar a la actividad deportiva la idea de que
este poder común de la igualdad de las inteligencias liga individuos, les hace intercambiar sus aventuras intelectuales, aun cuando los mantiene separados los uno de los otros, igualmente capaces de utilizar el poder de todos para trazar su propio camino.[7]
El espectador se apropia, traduce y hace su propia historia de lo que puede apreciar.
No solo los espectadores del deporte elaboran su propia traducción de la “historia” sino que además ponen su cuerpo en tensión, lo agitan, lo mueven, gritan, sacuden sus brazos, la cabeza, saltan como parte activa de ese espectáculo que se está llevando a cabo. Lo llamativo es que ese comportamiento frente al deporte no cambia si la situación es mediatizada o el competidor es un cuerpo de diseño algorítmico. Además, en este contemplar, el espectador invierte sus esperanzas, sus alegrías, su emotividad y sus tristezas; en pocas palabras, invierte sus emociones.
También es interesante la propuesta de Roland Barthes[8] para justificar este amor que se tiene por los deportes. Él recuerda que en primer lugar lo que sucede al jugador también le sucede al espectador, porque mirar también es vivir, sufrir, esperar, intentar comprender, en una palabra: es comunicar. Además, la emoción por este combate inútil sirve para expresar el contrato humano.[9] Podríamos pensar que esta postura no acompaña los deportes virtuales, sin embargo Barthes agrega que lo que está en juego en el cuerpo del otro, del deportista, no es solo mi misma humanidad: es la perfección humana,[10] una perfección que es moral porque el deporte ilustra los valores morales de una época. El atleta, en su presencia espectacular (o sea a través de una pantalla luminosa), es alguien a quien se atribuye una condición superior no solo corporal sino moral. Barthes advierte que lo que se alza con la victoria es una cierta idea de hombre y del hombre en el mundo. El autor describe las carreras de autos que llevan a uno al borde de lo imposible y sostiene: “De ahí que la muerte de un corredor sea infinitamente triste, pues no es únicamente un hombre el que muere, es un poco de perfección la que desaparece de este mundo”.[11]
La apariencia de perfección del atleta mina las pantallas del mundo e invade nuestra vida social. Lo que se da en la arena atlética ya no es un combate fatal de la vida, no hay un enfrentamiento público con la muerte como lo hacían los gladiadores de la antigua Roma, ahora este combate está distanciado por la mediación, por las pantallas que ayudan a armar esa “historia” de la que habla Rancière. Ya no hay peligro: está distanciado por el espectáculo, reducido a sus formas, liberado de sus efectos y posibles peligros, pero no ha perdido su esplendor ni su sentido.
Con respecto a este punto, es sugestivo lo que plantea Rancière[12], citando a Hegel. Dice que la virtud esencial de los dioses es la de no hacer nada, “la de no preocuparse por nada y la de no querer nada”. La distancia con el atleta oculta, no inocentemente, la producción de su cuerpo atlético junto al entrenamiento de voracidad competitiva, como también oculta los programadores que trabajan sobre ese cuerpo de diseño. Lo que la pantalla muestra es el resultado decorado, ordenado, y al mismo tiempo ordenador. En un mundo hiperactivo, donde el cuerpo es agotado diariamente, el placer proviene de mirar una habilidad que parece que no requiere de ningún esfuerzo.
¿Pero hay algo de la naturaleza humana que gobierna este deseo de mirar a estos cuerpos en movimiento? El psicoanálisis se acerca al tema y presenta varias aproximaciones a la problemática. Una de ellas es la que se desarrolla a partir de la “fase del espejo” de Jacques Lacan.[13] Esta fase remite a una cuestión básica de la construcción del sujeto. Para Lacan “la fase del espejo” es decisiva porque el niño se identifica como sujeto particular, como individuo, diferenciado de su madre y, partir de ella, de los demás; pero también, esta valencia significa poder poner en juego una relación de comparación con los demás, me acerca al otro, me identifica con el otro, hay un sentimiento de comunión.
Sin embargo, esta fuerza espectacular con la que se constituye el inconsciente del sujeto parecería oscilar entre la causa y el efecto de la construcción de la mirada en la modernidad, donde pondera un ocularcentrismo, que lleva a la subjetividad a conformarse en la espectacularidad.
Marcando sus diferencias con Lacan, Jean-Paul Sartre[14] plantea que no es el reflejo sino la mirada del otro lo que constituye la subjetividad. En la mirada se pierde el propio ser y a su vez el otro que mira determina una identidad que será el sujeto alienado a la observación de ese otro que da existencia. En tanto que solo podrá haber existencia a partir de otro que mire y modele un yo.
La alienación de esa mirada que constituye una existencia determinará la eterna lucha del sujeto para liberarse del dominio que lo ubica como objeto del otro. Sin embargo, con la aparición de los medios de comunicación masivos y luego la revolución tecnológica, el poder apoyado en el espectáculo ha hecho de esto una lucha inversa: la búsqueda está centrada en volverse objeto de la contemplación del espectador. Por qué el deseo ya no es la gloria del héroe sino la fama, el glamour, el estrellato, es ser luz en la pantalla, es la imagen como cosa y no como representación. Según Hito Steyerl,[15] la nueva normalidad visual impuso una nueva manera de ser héroe. Esta búsqueda modifica las reglas del espectáculo, nuestro modo de ser, de habitar el cuerpo y de mostrarlo.
2. Un cuerpo planificado
La fuerza social de este régimen de visibilidad impone una manera de ser, de habitar el cuerpo y de poseer un cuerpo moralmente correcto. Podemos sostener que la motivación que presenta la contemporaneidad para editar y moldear los cuerpos, ya sea en la imagen que se presenta como en su materialidad, está atravesada por vectores de poder que podemos rastrear en toda la historia del deporte y que responden a diferentes intereses, que tuvieron en cuenta esta potencia del mostrar el cuerpo.
Cuando, a principio del siglo XX, aparecen lo que hoy llamamos deportes modernos, estos eran practicados por una aristocracia acomodada que cultivaba el cuerpo para su exhibición y para el arte de la vida. Para esa clase, “el capital cultural deportivo no solo contiene valores materiales sino también valores morales: se practican actividades físicas con una meta de auto-mejoramiento donde el cultivo del cuerpo no persigue el desarrollo de la fuerza bruta, sino de la fuerza espiritual e intelectual”.[16]
La modernidad ha recurrido a estos cuerpos, simbólicamente, para la dominación colonial, el nacionalismo e imperialismo que impone una perspectiva del mundo masculina y moral, o sea, los ha utilizado como imagen disciplinaria. El capital cultural deportivo era parte del uso legítimo del cuerpo (deporte por el deporte mismo) en oposición a sus usos fraudulentos o indecentes –el trabajo físico para ganar dinero. Con el advenimiento de los medios de comunicación, el sujeto atlético se volvió una imagen tiránica y disciplinaria de un cuerpo moldeado, de elite, aún más inaccesible, pero sostenido por el discurso científico-médico que lo presentaba como ejemplo, sinónimo de salud y bienestar.
Por otro lado, el cuerpo trabajador era un cuerpo amenazado, lesionado, maltratado, accidentado, amputado, destrozado, que formaba parte del otro lado de la estética de los incipientes medios de comunicación.[17] El que se mostraba era un cuerpo que ocultaba los destrozos de la modernización, un cuerpo físico divorciado de la vulnerabilidad sensorial, un cuerpo sin dolor,[18] un cuerpo que no mostraba las calamidades que había dejado la guerra, la industrialización y la esclavitud.
El desarrollo técnico de los medios de comunicación masiva y la expansión del capitalismo durante el siglo XX modificaron la relación entre los cuerpos y la subjetividad. Estos propiciaron un cambio radical que dio lugar a la cultura del espectáculo. Como afirma Debord,[19] el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas, mediatizada a través de imágenes. Este nuevo modelo de mundo modificó todas las prácticas sociales.
La aparición de la televisión a principio del siglo XX reforzó el movimiento del control del ocio en el encierro del ámbito privado. Además, generó un nuevo régimen audiovisual que tiene la particularidad de estimular algunas áreas de la sensibilidad para, al mismo tiempo, asfixiar otras. La imposición de esta nueva alfabetización técnica ha pronunciado un entrenamiento del sentido de la vista por sobre los otros, y ha hecho de este régimen audiovisual una práctica alegre, a todo color, pero no por eso menos tiránica en su obligatoriedad y en su capacidad de silenciar los márgenes.
La popularización del dispositivo deportivo hay que pensarla en este entorno de goce y placer que generaban los nuevos medios de comunicación. Foucault[20] resaltará: el poder ya no se reprime u obstaculiza la fuerza, sino que gobernará el deseo. Gobernar es la forma en que la conducta de los individuos se intenta dirigir. En esta matriz teórica pensamos la práctica física, el propio sometimiento del cuerpo, pero también el condicionamiento de la mirada que se posa en los cuerpos atléticos. Es en esta estrategia de poder que la percepción y los modos de ver el mundo hacen funcionar al espectáculo moderno urbano en pos de la necesidad de brindar unidad e identidad a las poblaciones a través de la imposición de modelos funcionales a escala global; uno de los dispositivos más eficaces ha sido el deporte.
En la primera parte del siglo XX, los juegos modernos no conmemoraban, como los griegos, a un Dios supremo llamado Zeus, sino que celebraban la supremacía de los Estados nacionales encarnados en los cuerpos triunfantes, entrenados, de una población acomodada económicamente. Se promocionaba cierta imagen de nación. “Los deportes disciplinan cuerpos, moldean pensamientos y exhiben el producto de ese proceso como un ejemplo para el público”.[21] El deporte estuvo en toda la historia moderna al servicio de los objetivos imperiales, coloniales y civilizadores de occidente. Los valores y normas de los comportamientos corporales se volvían visibles en las actividades deportivas, donde los colonizadores pretendían poner en evidencia la superioridad.
Los Juegos Olímpicos de Hitler (Berlín 1936) y durante la Guerra Fría (Moscú 1980 y Los Ángeles 1984) dejaron en evidencia cómo el cuerpo atlético era el lugar de la meticulosa planificación de la corporalidad que se mostraba al mundo bajo la tutela de los Estados nacionales. El triunfo alza una imagen de hombre que se intenta imponer, pero no desde la fuerza sino desde el deseo de ese cuerpo exitoso porque el triunfo construye lo normal, lo auténtico y también define al otro, al extraño, al estigmatizado, al inferior. Esto generó criterios para categorizar a las poblaciones, a las diversidades sexuales y a las colectividades del mundo.
El sentimiento de supremacía deportiva permite contrastar a las naciones en función de una exhibición objetiva de poder –el poder de meter más goles que el otro, el poder de correr o nadar más rápido, el poder de saltar más alto, el poder de conectar más goles que el otro cuerpo– y se traduce en una razón palpable para que los grupos se vean a sí mismos como gente “mejor”, como seres dotados de carisma, como poseedores de un valor del cual carecen los demás.[22]
Durante la Guerra Fría, el éxito de los sistemas económicos y políticos también se midió en el medallero olímpico, porque la supremacía no era solo de los cuerpos sino del imaginario político que se encarnaba en la corporalidad del atleta. El cuerpo del competidor, como herramienta política, fundamenta y justifica las inversiones de los Estados nacionales en sus deportistas, sus entrenamientos y los laboratorios farmacológicos, en los experimentos destinados a extremar el rendimiento físico de los atletas. El rechazo de la ciudad de Moscú para albergar los Juegos Paralímpicos, argumentando que no los iban a realizar porque ellos no tenían ninguna persona con discapacidades, es un ejemplo.
La creciente demanda por los eventos deportivos cosificó a los atletas, a quienes la televisión les comenzó a exigir mejorar sus marcas, esculpir aún más sus cuerpos, pero también se les exigió más apariciones, por ende, más actividades competitivas en menor tiempo. Este acontecer devino en dos problemas: la recuperación y la optimización. Para que los cuerpos den un buen show había que mejorar las técnicas de recuperación, pero también potenciar estas actuaciones que permitirían mejorar las marcas y romper los récords registrados. El sostén biotecnológico pasó a ser fundamental para el deporte de alto rendimiento. Si bien las actividades competitivas contaron desde la antigüedad con “pociones mágicas” que mejoraban el rendimiento, tenemos que destacar que se requirió sistematizar la ayuda de las farmacéuticas a partir de 1960, en paralelo a la aparición de las transmisiones internacionales de televisión.
En paralelo, la producción de un espectáculo atlético tuvo como efecto la deportización de las ciudades, el lenguaje, el ocio y la vida cotidiana. Este modo de entender las ciudades como deportizadas es descripto por Norbert Elias[23] en Deporte y ocio en el proceso de la civilización. El sociólogo advierte que la deportización se encuentra dentro del proceso de civilización que condujo a la transformación de las sociedades preindustriales hacia la modernidad. La deportización consiste en la regulación y reglamentación estricta del ocio con el fin de evitar roces violentos entre los ciudadanos. De acuerdo con Elias,[24] la regulación de los divertimentos buscaba un control efectivo de la violencia por parte del Estado. El proceso de deportización a lo largo del siglo XX impartió los códigos de las normas atléticas, como el fair play y la igualdad de oportunidades, ordenó, autodisciplinó no solo al mundo al atlético. Sus reglas se filtraron en el entramado social.
Con la revolución tecnológica aparecería otra forma de entretenimiento: el videojuego, el que también sufrió el proceso de deportización. Los llamados e-sports son el resultado de un desarrollo técnico que se imprime en una dimensión lúdica y placentera, que simulan los deportes tradicionales. Esta iniciativa hoy llena estadios y tiene, incluso, más espectadores en el mundo que los deportes tradicionales.
3. Cuerpos optimizados
Los medios de comunicación, junto a la institución deportiva, imponen la idea estética de que los cuerpos atléticos, que demuestran su destreza y su capacidad aeróbica en condiciones artificiales,[25] se desligan de la ordinaria precariedad de los cuerpos comunes. Este desplazamiento desmaterializa la corporalidad al mismo tiempo que es recreada, inventada, reconfigurada en un cuerpo que se visibiliza sin dolor, un cuerpo que goza de una tranquilidad y fortaleza que el cuerpo trabajador no tiene, pero debe aspirar a conseguir. Esto ha producido un efecto en el espectador y su corporalidad: el cuerpo siempre está en falta, está constantemente presionado en su condición orgánica y carnal por la influencia de imágenes que se muestran como un “deber ser corporal” imposible de alcanzar.
Ya muy alejado del imperativo de la salud, el dispositivo del deporte de alto rendimiento ha obligado a los atletas a una optimización constante que devenga en una hazaña televisable. Si bien no es una novedad del siglo XX, la búsqueda por la optimización de los cuerpos tuvo un giro que la posicionó dentro de las problemáticas más importantes del siglo. Podemos decir que, en la actualidad, y bajo el entramado de posibilidades biotecnológicas, el objetivo es conseguir un rendimiento insólito dentro de una normalidad que nos empuja a superarnos continuamente. El sujeto nunca puede relajarse, no hay posibilidad de alcanzar el estado de salud, de cuerpo correcto; el estrés es constante, en tanto que es también agenda de preocupaciones que marcan el camino tendiente a un estado ideal inalcanzable.[26]
Los mecanismos de sujeción van acumulándose, haciéndose más sutiles y eficaces al mismo tiempo que se invisibilizan. El deporte, que cuenta con sus propios laboratorios, niega y prohíbe su implementación. Al mismo tiempo, no tiene estudios precisos para poder detectar dichas intervenciones sobre lo viviente, como se da en el caso de las intervenciones de dopaje genético. La corrección de la lotería genética es parte de las promesas de mejorar y dominar aquello que denominamos los límites de la naturaleza.
Los axiomas que circulan alrededor del cuerpo tienen que ver con actualizaciones, mejoras; con potenciar las destrezas, mejorar a través de la tecnología o la inteligencia artificial. Si bien estas premisas atraviesan toda la historia de la institución deportiva moderna, la novedad es la incertidumbre en el grado tan profundo de intervención y la falta de advertencias sobre sus efectos en la sociedad.
La alerta de la comunidad deportiva está puesta en la posibilidad de fabricar atletas a la carta, esas crías perfectas que permiten superar los límites humanos, seres humanos como propiedad intelectual de empresas. Esto convertiría la competencia entre naciones en una competencia entre empresas privadas, y esos cuerpos en meros productos desprovistos de individualidad, situación que se viene desarrollando silenciosamente. ¿Pero qué pasa cuando el atleta no tiene que soportar los límites de la materialidad del cuerpo? ¿Podemos pensar que quien maneja un teclado o un comando, quien tiene la virtualidad de mover sus dedos a toda velocidad porta un cuerpo atlético?
Esta nueva manera de entretenimiento es una forma de competencia nueva, tecnologizada, virtualizada que combina la complementariedad cognitiva con la habilidad física y mental del ser humano. Eric Sadin advierte que los videojuegos inauguraron una nueva relación hombre-máquina que se establece sobre principios de comprensión y reactividad inmediatas. Esta forma de competencia permite una nueva generalización de la interconexión universal a partir de la revolución digital.
En el formato de reproducción artificial del cuerpo, los videojuegos se desarrollan “bajo la apariencia de ‘arquitecturas sensibles’ elaboradas para adaptarse y responder continuamente al entorno y las circunstancias, de acuerdo con una ‘dinámica orgánica’ que especifica la ‘naturaleza’ de protocolos interpretativos y reactivos contemporáneos”.[27] Esta apariencia casi lúdica de la existencia provoca que las habilidades y potencializaciones del cuerpo estén desprovistas de su portabilidad.
Sin embargo, la virtualización de los cuerpos atléticos no se da sin la materialidad de lo corporal. Los e-sports muestran esta combinación necesaria, un entrelazamiento complejo que le da vida a un agenciamiento de códigos binarios con estética y habilidades humanas. Pero estos avatares son aún más tiránicos y disciplinantes en su imposibilidad material. Los ritmos acelerados de la sociedad tropiezan con el obstáculo orgánico, con la fragilidad de los cuerpos, pero ejemplifican e ilustran el deber ser con algoritmos en movimiento.
Estos flujos animados, que exceden las aptitudes humanas, marcados por la incorporeidad, velocidad y movilidad extrema y potencia cognitiva, se suman al intangible ejercicio de poder, en una gubernamentalidad algorítmica, en una nueva forma de medición y competencia con el otro, no solo en el dominio del joystick por el jugador, sino en la competencia entre programadores y diseñadores de avatares que desafían los imaginarios sociales de la época, y presentan una perfección tan imposible como tiránica.
Los videojuegos requieren de un entrelazamiento cada vez más denso denominado antrobología. Esta se da entre cuerpos orgánicos y avatares, término que proviene del sánscrito avatâra, que significa descenso o encarnación de un dios. Ambos trazan una composición completa y singular que favorece la aparición de una condición mixta humano-artificial. Esta especie de duplicación digital, este avatar, como una encarnación de una divinidad, requiere una base exhaustiva del saber que permite una fuente inmensa de conocimiento pero que también genera una dimensión áurica en la distancia que existe entre ese saber y la capacidad autónoma que parecen tener estos avatares.
En los e-sports, la apariencia lúdica de la existencia es un equivalente manipulable, que no envejece, que no se gasta, que no se rompe, que no muere, que no requiere un tiempo de recuperación y, además, que está disponible para todos. El cuerpo es liberado de su portabilidad y se nos ofrece como en un vínculo privilegiado y exclusivo. La posibilidad de tener y manejar el cuerpo y la habilidad de una figura atlética de alto rendimiento, esa epifanía corporal que despierta admiración frente a una especie de perfección que se puede sostener en el tiempo e incluso mejorar, se habilita para todos los mortales mediante el videojuego. Es un universo poblado de “existencias” dotadas de facultades y atribuciones que se extienden sin cesar y son virtualmente ilimitadas e indoloras.
Los avatares simulan una humanidad que carece de sensibilidad, contextualización, emoción, enfermedad. Una despersonalización que permite una optimización del rendimiento sin los límites de lo corporal, una evolución sin pausa combinada con la promesa de la eterna juventud. La ficción de que todo puede retocarse, editarse, optimizarse se hace realidad en estas imágenes, en cuerpos virtuales profilácticos.
4. A modo de conclusión
Las nuevas tecnologías de la comunicación dieron lugar a la espectacularización del cuerpo, desintegrándolo en la virtualidad, desmaterializándolo, radicalizando la negación del sufrimiento. Este nuevo régimen de poder, y por ende de visibilidad, impone una actividad deportiva novedosa que nos aleja de los dioses y de los héroes para hacernos admirar y coronar la objetivación de un cuerpo que, como consecuencia del éxito, aparece bajo la luz de un reflector y proyectado en una pantalla.
El mundo y los cuerpos entendidos como imágenes han estandarizado una tiránica manera de estilización no solo de lo corporal sino de las experiencias vitales, pero sobre todo, han estimulado a percatarse de una definición novedosa de uno mismo.
Cuando se separa el cuerpo de la persona y se opera sobre él, el dolor del cuerpo también se separa, se objetiva, se cosifica. Como consecuencia, parecería que los públicos se insensibilizan, y permiten que esta desmaterialización habilite moralmente la manipulación y la transformación de nuevos cuerpos mutantes.
La autotortura, el aplastamiento, la intervención de lo viviente en búsqueda de rendimientos insólitos que se venden como productos de mercado optimizados han traspasado el ámbito deportivo. Lejos de ser propio del deporte, el modelo de optimización del rendimiento deportivo se vuelve y distribuye a toda la red social. La optimización de la vida mediante drogas de laboratorio no es una preocupación de la época, sino, más bien, una obligación. Al cuerpo hay que actualizarlo, potenciarlo, mejorarlo a través de nuevas formas de estímulos, aunque esto devenga en una enfermedad o incluso la muerte.
La medicalización de la vida, como efecto de este entramado estratégico de poder, atraviesa desde la enfermedad real, hasta la producción de semillas alteradas genéticamente. La producción de la posibilidad de optimización del rendimiento laboral, de los suelos, de la vida animal, de la naturaleza, así como del rendimiento atlético y hasta de nuestras labores hogareñas tiene consecuencias en el proceso de catástrofe planetaria en el que estamos inmersos. La autodestrucción presentada como una obra de arte ha permitido a la política ocupar un lugar decisivo en torno a objetos y prácticas aparentemente ajenas a la política propiamente dicha, como es el caso paradigmático del deporte o los videojuegos.
Para poder repensar al deporte de alto rendimiento, en tanto espectáculo masivo, es necesario invocar una constelación totalmente diferente del poder. Deberá ser menester de las ciencias, de los espacios de pensamiento y de todos nosotros como individuos particulares encontrar líneas de fuga que permitan una manera alternativa de vivir el tiempo y mostrar el cuerpo, con el fin de frenar la competencia y la optimización constantes de nuestro rendimiento. Esto implica, a su vez, encontrar nuevos modos de la vida colectiva que nos permitan desprendernos de una idea de salud y bienestar general que parece ser alcanzada solo momentáneamente y mediante un bastón biotecnológico. El desafío tiene que estar puesto en encontrar un estado de desconexión, de disfrute y solidaridad, de cooperación, de empatía, de contacto con el otro que haga estallar el silencio filosófico y de los científicos sociales con respecto a una práctica corporal, económica, moral y política contemporánea que parece capturar y destruir, en un espectáculo fascinante, los mismos principios fundamentales que propone: desarrollo armónico del cuerpo, responsabilidad social, comprensión mutua, espíritu de amistad, solidaridad y juego limpio.
- Maestranda en Estudios Interdisciplinarios de la Subjetividad y licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universidad de Buenos Aires. Auxiliar de investigación del instituto “Gino Germani” (UBA).↵
- Sadin, E. (2017). La humanidad aumentada. Buenos Aires: Caja Negra.↵
- Origlia, G. (9 de febrero de 2023). “e-sports: un entretenimiento que mueve millones y podría superar al Super Bowl”, en Diario La Nación. https://www.lanacion.com.ar/.↵
- Gumbrecht, H. (2006). Elogio de la belleza atlética. Buenos Aires: Katz.↵
- Ibidem, pp. 55-57.↵
- Rancière, J. (2010). El espectador emancipado. Buenos Aires: Manantial, pp. 11-20.↵
- Rancière, J. (2010). Op. cit., p. 23.↵
- Barthes, R. (2008). Del deporte y los hombres. Barcelona: El arco de Ulises.↵
- Ibidem, p. 71.↵
- Barthes, R. (2008). Op. cit., p. 35.↵
- Barthes, R. (2008). Op. cit. p. 33.↵
- Rancière, J. (2010). Op. cit. p. 116.↵
- Lacan, J. (1972). “El estadio del espejo como formador de la función del yo tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, en Escritos (I), México: Siglo XXI.↵
- Sartre, J. P. (1960). “La mirada”, en El Ser y la Nada. Buenos Aires: Losada.↵
- Steyerl, H. (2014). Los condenados de la pantalla. Buenos Aires: Caja Negra Editora, p. 50.↵
- Moreno, H. (2013). “La invención del cuerpo atlético”, en Revista de Antropología Iberoamericana. Madrid, pp. 49-82.↵
- Benjamin, W. (2015). Estética de la imagen. Buenos Aires: La Marca Editora, p. 188.↵
- Dejamos para otros escritos el problema que representa el cuerpo mutilado, principalmente en eventos como los Juegos Paralímpicos. ↵
- Debord, G. (2012). “Tesis 4”, en La sociedad del espectáculo. Buenos Aires: La marca editora.↵
- Foucault, M. (2013). Historia de la sexualidad. 1. La voluntad de saber. Buenos Aires: Siglo XXI, p. 65.↵
- Besneir, N., Brownell, S. y Carter, T. (2018). Antropología del deporte. Emociones, poder y negocios en el mundo contemporáneo. Buenos Aires: Siglo XXI, p. 28.↵
- Moreno, H. (2013). Op. cit., p. 68.↵
- Elías, N. y Dunning, E. (1992). Deporte y ocio en el proceso de la civilización. México: FCE.↵
- Ibidem, p. 161.↵
- No como necesidad de supervivencia. ↵
- “La conciencia de nuestra ‘sociedad’ […] está estresada a causa de su autoconservación, que exige de nosotros un rendimiento insólito”. Sloterdijk, P. (2017). Estrés y libertad. Buenos Aires: Godot, p. 13.↵
- Sadin, E. (2017). La humanidad aumentada. Buenos Aires: Caja Negra, p. 68.↵







