Hacer visible lo que está oculto
Los autos deberían tener memoria, caja negra o al menos grabadora incorporada. Hacía ya diez años que Graciela y yo íbamos y veníamos desde La Boca a Núñez todos los miércoles a las nueve de la mañana. Participábamos de la reunión semanal de organismos de derechos humanos en el Espacio para la Memoria y la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos (ex ESMA). Realizar ese trayecto durante tanto tiempo significó, al final, conocer cómo cruzar la ciudad en menos tiempo según la época del año, haber sufrido la obra del Metrobús de la avenida 9 de Julio, la de Leandro N. Alem y la construcción del Paseo del Bajo. Implicó padecer marchas, cortes y piquetes cuando la conflictividad social estuvo en ascenso, y sentir alivio cuando empezó a bajar. Ofuscarse cuando subió el tránsito por el patentamiento masivo y angustiarse cuando la calle vacía marcaba la recesión.
Graciela no pasaba desapercibida. Fue la esposa de una víctima de la ESMA en 1976 y es una militante histórica de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas. Con cada una de sus anécdotas tiraba abajo imágenes muy arraigadas sobre los hechos o sobre las personas. Conocía sus contradicciones, algunos secretos, o simplemente las veía con otra mirada. Podíamos hundirnos en la tristeza más profunda, humanizar las situaciones más extrañas o reírnos a carcajadas. En esos largos ratos de hacerse compañía motorizada, apareció el episodio del allanamiento a Familiares en 1979. “Yo estaba cuando vinieron”, me dijo un día.
En agosto de 2020, la cuarentena nos tenía compartiendo reuniones virtuales, y así nos citamos para una entrevista en el marco de mi investigación. La pantalla del Zoom se abrió, y le avisé que iba a empezar a grabar.
–¿Para que no hable mal de nadie me decís? —me preguntó entre risas.
–Yo por las dudas te aviso —le contesté.
Detrás de Graciela, su biblioteca. Tres fotos. La foto-carnet, 4×4 con sello oficial, ampliada, de Ricardo, su marido detenido-desaparecido. Otra imagen del día en que se casaron, la sonrisa plena y ese trajecito blanco radiante. La tercera es Laura Bonaparte, la Madre de Plaza de Mayo con quien presentaron la acción de amparo que impidió que se demoliera la ESMA.
Graciela se levanta de la silla, se dirige hacia las estanterías y dice: “Esperame que voy a buscar una cosa que tiene que ver con recordar. ¿Sabés qué tengo acá? El libro de actas de aquella época”.
Era un libro de tapas duras, tamaño oficio, donde aun en plena dictadura, se dejó registro de cada reunión. Discusiones, propuestas de comunicados, denuncias en la prensa, actividades. Graciela da vuelta las páginas en busca de alguna pista y lee en voz alta: “Citamos a los familiares a integrarse los miércoles a las subcomisiones que visitan sindicatos e iglesias… el rosario de esta semana es en Santa Rosa, Belgrano y Pasco… Acta del 6 de agosto: el rosario del jueves se reza en la Iglesia San Miguel, Bartolomé Mitre y Suipacha”.
–¿Ves? ¿Sabés quién se ocupaba de conseguir las misas y rosarios? ¡Clara, que era militante comunista!
–¿Qué era conseguir misas y rosarios? —pregunto.
–Se conseguía que se dieran misas en las que el cura rezaba por los desaparecidos, entonces se los nombraba.
- Basado en entrevistas y otros intercambios personales con Graciela Lois.↵






