Los personajes femeninos de los cuentos tradicionales y las mujeres en la vida real tienen en común que viven “cautivas” en una sociedad regida por normas y creencias que no las favorecen, que las aprisionan y las someten a violencia sistémica.
Y aunque estos personajes son producto de la ficción, como creación de la mente humana, coinciden en que responden a una construcción basada en principios de dominación. La literatura toma de la vida real algunos elementos para construir sus temáticas y caracterización de los personajes tanto femeninos como masculinos, a partir de las problematizaciones recurrentes.
Las desigualdades que experimentan las mujeres también se observan en los personajes femeninos. Específicamente en el caso del acceso a la cultura escrita, estas condiciones son notarias, como parte de una socialización diferenciada. Acceder a la cultura escrita da poder, porque de esta manera hay mayores posibilidades de incorporarse a los bienes de producción, a la repartición de la riqueza, a la toma de decisiones y en general a la independencia.
La cultura escrita, en particular en el ámbito de la literatura, ha sido territorio masculino, las mujeres han entrado a este ámbito al enfrentar y trasgredir el orden establecido.
Las mujeres y niñas tienen niveles inferiores de alfabetización que los hombres, lo que las pone en una situación de desventaja. Ya que al vivir en una sociedad grafolecta, se requiere saber leer y escribir para incorporarse plenamente a la cultura.
A partir de los estudios de género, y que la lucha feminista logró posicionarse como un movimiento fuerte y generalizado en muchos países del mundo, hay un cambio en la percepción social sobre la escritura, es vista como un bien cultural de hombres y mujeres, incluso hoy en día, desde la literatura se habla de un sujeto histórico universal: la humanidad (Serven, Bados y Sotomayor, 2007).
Pero todavía hay contextos donde las niñas y mujeres siguen siendo excluidas de esta herramienta cultural, lo que les da una desventaja que trasciende al ámbito de la justicia social.
2.1. Las mujeres en la cultura escrita
No sorprende que en el amplio corpus de la literatura universal la mayoría de los autores sean hombres, que haya quien crea que
las mujeres son unos seres mudos faltos de historia, que nada han tenido que ver con los cambios e inquietudes que la colectividad ha experimentado a lo largo del tiempo, que han permanecido a lo largo del tiempo, que han permanecido, sea por incapacidad o por desinterés, al margen de la historia y de la cultura (Serven, Bados y Sotomayor, 2007, p. 11).
La realidad es que las mujeres han tenido menos oportunidades para ingresar al mundo escrito, y las que produjeron obras muchas veces no pudieron darlas a conocer o lo hicieron bajo seudónimos. Sin embargo, hay producción destacada de algunas mujeres en todas las épocas, que son obras de indiscutible valor, ya sean firmadas con su propio nombre o con un seudónimo, aun cuando han sido históricamente excluidas del poder. El número de mujeres incluidas en el canon es escaso, entre otros aspectos por el sesgo sexista, que ha sido como una aplanadora represora, porque ha habido mujeres que prácticamente no se atrevieron a escribir, y las que lograron hacerlo y publicaron, lo hicieron bajo la protección de hombres que les abrieron los espacios. Seven, Bados y Sotomayor (2007) señalan que hasta hace poco la literatura ha hecho algo por recuperar sus obras y su nombre.
Otro elemento a señalar es que la educación que recibían las niñas, y siguen recibiendo en algunos lugares, es diferenciada de la de los niños, porque se ha considerado que ellas tienen menos habilidades intelectuales y morales, y por ello, su educación se basa en aprender las cuestiones necesarias para cumplir un rol históricamente establecido. De esta manera, pierden la oportunidad de acceder a una cultura escrita enriquecedora, así como de conocer las grandes obras literarias, lo que las mantiene al margen del canon literario.
A partir de la segunda mitad del siglo XX, proliferan escritoras de literatura. Pero también durante el siglo XX cambian las necesidades de alfabetización de las personas, cada vez se requiere perfeccionar más estas habilidades, ya no basta con escribir el nombre, leer y escribir párrafos sencillos. Los nuevos requerimientos principalmente surgen en el contexto de la Primera Guerra Mundial, con ello la alfabetización adquiere un estatus de prioridad y se convierte en un objetivo generalizado.
Señala García Madruga (2006) que el 80% de la población mundial, con diferentes niveles, está alfabetizada, y aunque la población en general tiene mayores oportunidades de acceder a la cultura escrita, siempre las mujeres tienen más impedimentos, desde hace décadas se tiene constancia de ello, como se puede ver estos datos:
- De acuerdo con la UNESCO (1992), de 960 millones de analfabetos, dos tercios son mujeres.
- Hay más de cien millones de niños sin acceso a la educación básica en el mundo, de los cuales 60 millones son niñas (Ferreiro, 2002).
- En el Día Internacional de la Alfabetización, el mundo vuelve los ojos hacia los más de 750 millones de personas —de las que casi 500 millones son niñas y mujeres— a las que el analfabetismo puede condenar a la pobreza y la exclusión.[1]
- De acuerdo con el Censo de Población y Vivienda 2020, cuatro de cada 100 hombres y seis de cada 100 mujeres de 15 años y más no saben leer ni escribir.[2]
- De acuerdo con la UNESCO (1992), de 960 millones de analfabetos, dos tercios son mujeres.
Es claro que hay más mujeres que hombres sin acceso a la alfabetización, y esto principalmente sucede en países de alta marginación, lo que conlleva a una serie de consecuencias de inimaginable trascendencia, por ejemplo, menos acceso a los medios de producción, a la salud, a mejores ingresos, a la justicia, a la no violencia, a la cultura, al arte y al deporte, y por supuesto a la educación.
En el caso de la escritura, quien produce textos tiene mayor influencia y trascendencia que quien no lo hace, pues saber leer, y componer textos no es lo mismo. Quien escribe produce y construye un texto a partir de su creatividad, sus creencias y saberes; trasmite, propone e impone su pensamiento a otros, así que acceder a la cultura escrita es un asunto de poder.
De tal forma que para las mujeres ingresar al mundo letrado es primordial, actividad que durante siglos ha sido restringida para ellas por el orden patriarcal. Se sabe que “vivir en un mundo analfabeto o letrado, tiene un peso enorme en la vida (Lagarde, 2021, p. 71), sobre todo para las mujeres, quienes están de manera permanente en una condición de extrema vulnerabilidad y exclusión. Esta forma de pensar sobre la escritura ya se tenía desde la Grecia clásica, donde se creía que el lector era un instrumento vocal del texto, “como alguien o algo a su servicio, como un esclavo” (Cavallo y Chartier, 2006, p. 70). En la relación entre quien escribe y quien lee, el primero es el más valorado, en cambio, el lector es visto como pasivo, solo voz, su función era servir y someterse. Incluso los griegos pensaban en la escritura y lectura como una relación pederástica, de diferente naturaleza, ya que “el que escribe estas palabras dará por el ano (pugíxei) a quien haga la lectura” (Cavallo y Chartier, 2006, p. 70).
Quienes escriben construyen el conocimiento, dejan fijada su concepción del mundo, elaboran conceptos y teorías, hacen la historia, y esta es la importancia de que las mujeres sean escritoras en todas las disciplinas.
Señalan Cavallo y Chartier que la incorporación de las mujeres a la cultura escrita en Roma no fue fácil ni pacífica, ya que se consideraba que era mejor que no entendieran lo que decían los libros porque “una mujer instruida es insoportable” (2006, p. 116). El camino para la incorporación amplia de la cultura escrita para las mujeres fue largo, y aunque no es el objetivo de este apartado, algunos datos pueden mostrarlo. Por ejemplo, durante la Edad Media y hasta el siglo XIII, una fuerte corriente misógina pensaba que no era conveniente educar a las mujeres, al considerarlas “menos peligrosas cuanto más ignorantes” (Serven, Bados y Sotomayor, 2007, p. 15); para el primer Renacimiento, un amplio grupo de mujeres denominadas las Latinas adquieren una formación humanística, incluso hubo la apertura en universidades de Salamanca para las mujeres nobles y burguesas. En el contexto de las Reformas protestantes, Lutero se quejaba de la amplia producción de libros inútiles y nocivos, estaba prohibido que las mujeres pobres leyeran la Biblia, después, la Revolución francesa trajo vientos favorables para las mujeres y la lectura de ficción, incluso mujeres que realizaban los trabajos de servicio en las casas se aficionan a la lectura de novelas, copiando las costumbres de las personas ricas, con un amplio consumo de libros, como señala Witmann (cit. en Carvallo y Chartier, 2006).
Aunque con la ilustración empieza la gran transformación, los derechos de las mujeres no son considerados, pero durante el Reformismo ilustrado se promovió su instrucción básica. Los avances en los derechos y acceso a la cultura escrita para las mujeres no ha sido un camino lineal ni similar en las diferentes culturas, pues está marcado por las circunstancias específicas y contextos particulares.
Como ya mencionamos, leer y escribir literatura no implica lo mismo, y esta es otra forma de estudiar el papel de las mujeres en la literatura: las autoras y las lectoras. Pero también se puede revisar el papel de las mujeres como personajes dentro de las obras literarias, se suele estereotipar su participación en las obras, sobre todo en las anteriores a la segunda mitad del siglo XX, antes de los movimientos feministas generalizados. Los personajes femeninos a menudo muestran relaciones de subordinación, con lo que se reflejan las creencias de la época y de las/los autores. Pero incluso algunas mujeres autoras, contenidas por el poder patriarcal, aceptaban esa supuesta inferioridad, y así prevalecía una representación estereotipada de los personajes femeninos y masculinos en las obras literarias, basados en una lógica binaria indisoluble, donde las mujeres aparecen como seres pasivos, poco inteligentes, débiles, miedosas, físicamente desvalidas, dominadas por las emociones. Y los hombres como fuertes, agresivos, emprendedores e inteligentes, lo que es una visión limitada de la realidad.
En el caso de los personajes femeninos en los cuentos tradicionales hay dualidad muy clara, o bien aparecen aquellos con atributos propios de los valores sociales dominantes, como parte de las convenciones de la época y lugar, o la figura negativa, es decir: ángel o demonio, en un juego binario perverso. Sin embargo, en medio de estas dos representaciones prototípicas tendría que haber una gama de posibilidades.
2.2. Un acercamiento a la condición de las mujeres
Ahora, para dar cuenta de la violencia estructural en los personajes femeninos de los cuentos tradicionales, es necesario analizar la condición de las mujeres, con una mirada a partir de los conocimientos y nociones actuales. En este sentido, como menciona Blumer (1971, en Bosch y Ferrer, 2000), la violencia de género es un problema social:
(…) no tienen existencia por sí mismos si no que son producto de un proceso de definición colectiva que ocurre cuando un número significativo de personas consideran ciertas situaciones sociales como no deseadas y tienen el suficiente poder como para transmitir esa percepción a otros sectores (2000, p. 9).
Así que este acercamiento implica pensar en las relaciones de subordinación de las que son objetos mujeres y hombres, con la diferencia de que las mujeres son orilladas al papel de “objeto, disponible y desechable”, como menciona Segato (2021, p. 15), lo que las pone en una condición distinta, como lo miramos hoy día. La organización corporativa hegemónica subordina a unos hombres a la obediencia de otros hombres, pero al final de esa línea de dominación están las mujeres. Cadena en la que ellas, y en particular ciertas mujeres, viven mayor situación de alineación. En este sentido, el hombre explotado y desdeñado a su vez “se transforma en colonizador dentro de su casa” (Segato, 2021, p. 16), el representante de la opresión, donde finalmente se encuentran las mujeres. Es una pedagogía de la crueldad, como sugiere esta misma autora, la cual supone la explotación y cosificación de las mujeres, en una precariedad a la que son sometidas.
Hay diversas formas de entender la violencia, desde una mirada restringida se suscribe al acto físico de golpear, pero hay quien considera que hay otras formas, aquellas basadas en las estructuras económicas y legales que se reflejan en los sistemas sociales a partir de la violencia sistémica, y que los golpes, los insultos y la violación son expresiones de ella (Butler, 2022). La violencia está enmarcada en elementos del contexto histórico, cultural y social en que se desarrolla.
Para hablar de violencia hacia las mujeres hay que señalar primero lo que entendemos por ser mujer y ser hombre, lo que está definido por una construcción cultural, basada en las diferencias sexuales, a partir de la creación de una identidad sexual, que no está determinada por las características biológicas. En este sentido, ser mujer u hombre conlleva a una elaboración cultural, en ello interviene “nuestra interpretación del pasado, las representaciones habituales en nuestros códigos lingüísticos y sociales y el sistema de valores heredados” (Serven, Bados y Sotomayor, 2007, pp. 38-39), es decir, la construcción sociocultural válida en cada época.
La socialización primaria, de acuerdo con Berger y Luckmann (2008), es durante la infancia, cuando las/os niñas/os dependen de los adultos y de ellos aprenden su concepción del mundo, no tienen poder de elección, se forman con base en las creencias de las personas que los rodean. Y un/a niño/a “… tiene que aceptar los padres que el destino les ha deparado” (Berger y Luckmann, 2008, p. 168), y con ello, el capital cultural que poseen, por ejemplo, las concepciones sobre lo que es ser hombre y mujer y los roles y estereotipos que los acompañan. Después, durante la socialización secundaria, los/as niños/as descubrirán que hay un mundo más allá que el de sus padres y madres, y se identificarán como parte de una conformación social. Las concepciones construidas en la socialización primaria son la base de su comprensión del mundo, ideas que se internalizan con más fuerza que en la socialización secundaria. Elementos como el lenguaje, los símbolos y significantes adquieren una configuración que con los años los/as niños/as irán interiorizando.
La socialización implica la “incorporación e integración de las personas al modelo social dominante” (Bosch, Ferrer y Ferreiro, 2013, p. 17), lo que se vincula con la construcción de la identidad. La socialización diferenciada entre niños/niñas consiste en la consideración de que son, en esencia y por naturaleza, diferentes, por eso, con los años, cuando llegan a ser hombres/mujeres, ya tienen asimilado que están destinados a realizar actividades diferentes (Bosch, Ferrer y Ferreiro, 2013). Las diferentes instituciones o agentes socializadores, como la familia, la escuela, la Iglesia y el gobierno, tienden a relacionar a niñas/mujeres y a niños/hombres de manera diferenciada.
A los niños y hombres se les socializa para triunfar en el ámbito público, para la producción, el progreso, para que su autoestima y gratificaciones provengan del mundo exterior, se les reprime la esfera íntima, las emociones se limitan, se les motiva a la acción, los estímulos que reciben los impulsan a ser arrojados, valientes. El trabajo es un objetivo que los guía hacia la anhelada independencia, porque se les alecciona para ser independientes, activos. Las niñas, en cambio, son educadas para brillar en el ámbito privado y todas las actividades que se relacionen con ello. A ser tranquilas, conformistas, miedosas, pasivas y, por supuesto, dependientes.
Hay ámbitos que han sido considerados como territorios masculinos, como las ciencias y artes, áreas vinculadas con el intelecto, donde a las mujeres les cuesta trabajo ingresar. Esta concepción entre hombres y mujeres perpetúa la división social del trabajo, marcando lo que se espera de ellas y de ellos. La sociedad es intransigente con quienes quieren incursionar más allá de los ámbitos permitidos.
En este sentido, hay una serie de comportamientos y actitudes señalados como normativos de lo que debe ser un hombre-masculino y una mujer-femenina, aprendizajes que se obtienen principalmente en la socialización primaria. Esta distinción entre niños y niñas violenta el derecho a gozar de las mismas oportunidades y el de tener la prerrogativa de decidir sobre su persona, cuerpo, ocupación, pareja, maternidad/paternidad, proyecto de vida, su historia en general.
Estos mandatos de género, como les llama Lagarde (2021), agrupan a las mujeres a partir de tipologías antropológicas para elaborar una visión general al margen de las definiciones estereotipadas. La autora considera que las formas de ser mujer constituyen cautiverios en los que viven, y aunque algunas sufren, hay otras que parecen ser felices en ellos. Con la categoría cautiverios, se entiende el hecho cultural como el estado en que se encuentran las mujeres en el mundo patriarcal. Esta relación de las mujeres con el poder da origen a la privación de la libertad, están cautivas porque “han sido privadas de su autonomía vital, de independencia para vivir, del gobierno de sí mismas, de la posibilidad de escoger y de la capacidad de decidir sobre los hechos fundamentales de sus vidas y del mundo” (p. 61).
La tesis de Lagarde (2021) es que las mujeres sobreviven en cautiverio debido a su ser social y cultural en una organización patriarcal, en donde hay restringidas posibilidades de ser mujer: madresposas, putas, locas, monjas y presas.
La madresposa es un cautiverio construido alrededor de su sexualidad procreadora, en el sentido de ser para los otros, dependencia construida por la maternidad, filialidad y conyugalidad. En esta condición la sexualidad subyace a la procreación, deserotizadas, buenas y virginales mujeres. En las putas, prevalece la erotización, son polígamas, malas mujeres, su cuerpo es para los otros, son una mercancía sexual. Las monjas son mujeres que no tienen hijos ni cónyuges, están deserotizadas, pero son madres universales, establecen un vínculo con el poder divino, como un todopoderoso. Las presas son mujeres que están en prisión genérica por las instituciones. En las locas, su locura es genérica, propia de todas las mujeres, y se vincula con la sexualidad y la relación con los otros. Habla del cumplimiento y la transgresión de su propia feminidad.
De acuerdo con Lagarde (2021), genéricamente, todas las mujeres están cautivas porque su cuerpo es de los otros, se establecen relaciones de dependencia, se acata el orden patriarcal, donde las mujeres son políticamente inferiores a los hombres, pero también están sometidas entre ellas; así, todas viven la opresión de género, pero además algunas suman más opresiones, como de clase y de etnia, y todo esto se agrava por la violencia y el hambre, de las que son víctimas constantes.
En esta edificación patriarcal las mujeres están en constante crecimiento, nunca llegan a la madurez, porque permanentemente dependen de los hombres, quienes son los adultos, los poseedores del poder, de los bienes y de la cultura, como parte de una violencia sistémica.
Hablar de violencia y sobre todo la que se relaciona con mujeres no es un trabajo sencillo, mucho menos cuando lo analizado son los cuentos tradicionales que tienen su origen en la oralidad, porque las palabras y el sentido cambian a través del tiempo. Además porque el análisis no está precisamente centrado en mujeres en específico, sino en los personajes femeninos que encontramos en los cuentos, independientemente de que la literatura es reflejo de la realidad y viceversa. Sabemos que los estudios de género son nombrados de esa manera apenas desde los años 70 del siglo pasado, y que la tipificación de violencia de género tiene solo unos años en nuestro país.
Es así que para los fines de este trabajo se eligió considerar la violencia hacia los personajes femeninos de los cuentos como el eje del análisis que presentamos, sin embargo, es necesario profundizar cuando hablamos de estos temas, así que nos detendremos un instante en explicar algunos aspectos referidos a la violencia.
La violencia es tan vieja como el mundo y la historia; las mitologías y las leyendas muestran cómo ha acompañado a héroes y fundadores (Carmona,1999). La violencia es tan cotidiana que muchas veces no podemos percibir sus dimensiones reales, llegamos a verla como algo natural, incluso la disfrazamos de diversión o la hallamos escondida y la llamamos amor y preocupación.
Con palabras actuales, podemos decir que es cualquier acto, incluso de omisión, que prive a los sujetos de su igualdad de derechos y que interfiera en la libertad de elegir de las personas. La violencia tiene muchas caras, y especialistas de todos los campos del saber han realizado minuciosos estudios para explicarla, pero sobre todo para diseccionarla de tal forma que se visualice y se le quite ese disfraz que la caracteriza.
Las múltiples formas en que la encontramos y la padecemos han ido cambiando a través del tiempo, a veces exacerbándose y otras escondiéndose detrás de actos que, a pocas luces, pareciera son justificables. Cierto es que la violencia como “fuerza, poder, potencia, furia”, como lo dice su significado de origen latino (violens), muchas de las veces causa daños de proporciones desmedidas y sobre todo provoca sufrimientos.
En la actualidad se ha hecho un gran esfuerzo por identificar, incluso clasificar y tipificar, a la violencia, lo más importante que se han puesto manos a la obra para contenerla, disminuirla e incluso erradicarla, ¿tarea difícil, verdad? Ya que en las sociedades los humanos hemos encontrado aspectos de la cultura susceptibles que nos ayudan a legitimarla.
Aunque sus manifestaciones más visibles son los golpes, mutilaciones y la muerte, hay violencia que no hace ruido porque la tenemos arraigada en nuestro hacer cotidiano, esa es aquella incorporada a la estructura. Como explica Galtung, “la repetición de la violencia produce un efecto de normalizador de un paisaje de crueldad” (1989, p. 9). Lo que hay que tener claro es que la violencia es una estrategia de relación aprendida, no es innata ni natural.
Encontramos así violencia sistémica, es decir, patrones de agresión y hostilidad generalizados en la sociedad que se mantienen por creencias arraigadas colectivas, se asumen como individuales, así que no hay nadie a quien culpar, pues los prejuicios, estereotipos, tradiciones y estructuras socioeconómicas están ahí, sin derecho de autoría, y los tomamos y hacemos nuestros casi sin darnos cuenta. Por ello “no existe nadie a quien culpar ya que las personas que la aplican forman parte de un proceso más general” (Galtung, 1989, p. 10), y no puede ser atribuida a una persona en concreto.
Es sistémica porque sus raíces están en todo el sistema tanto social como cultural, ahí encuentra condiciones que le dan sentido, incluso que la protegen para no ser descubierta, no obstante, sus prácticas y discursos dañan a personas y colectivos. Como se naturaliza, se percibe que así son las cosas, y así han sido siempre, y no hay mucho que pensar; es difícil su percepción, ya que todo el conjunto de la sociedad se encarga de protegerla.
Así encontramos en las tradiciones, en las costumbres, en las prácticas cotidianas que se repiten día a día, actos, palabras, imágenes, mensajes que incuban violencia y pasan desapercibidos, y en caso de que se descubran, no hay a quién hacer responsable de ellos, su naturaleza abarca tantos aspectos que no hay una acción punitiva que la controle en su totalidad.
La violencia ejercida hacia las mujeres es un tipo de violencia sistémica, donde toda la sociedad está involucrada, y de cierta manera la ha naturalizado de diferentes formas a través del tiempo. Antes de continuar, es necesario detenernos un poco para explicar qué se considera violencia hacia las mujeres.
En la actualidad la violencia contra las mujeres y niñas como una violación de derechos humanos ha colocado el problema en la agenda pública mundial (Guajardo y Rivera, 2015), lo que permite no solo prevenirla, sino sancionarla y disminuirla. Como ya se mencionó, la violencia hacia la mujer no es un tema nuevo, lo que sí es diferente es la manera de afrontarla, de percibirla.
La violencia hacia las mujeres no es privativa de un lugar, de un momento histórico, ni respeta clases sociales, ingreso económico, ni nada, podríamos decir que es extensiva, entra a todos los espacios donde existen las mujeres. De tal forma que es un problema social, es decir, es producto de un proceso de definición colectiva “que ocurre cuando un número significativo de personas consideran ciertas situaciones sociales como no deseadas y tienen el suficiente poder como para transmitir esa percepción a otros sectores” (Blumer, 1971, en Bosch y Ferrer, 2000, p. 9).
Desde hace algunos siglos, la violencia hacia las mujeres se ha manifestado por la exigencia de la subordinación de las mujeres respecto a los hombres. En este sentido, se concibe a la mujer como un ser inferior e incapaz. Por eso se le atribuyen actividades específicas de acuerdo con su condición femenina.
Esta idea ha trascendido las fronteras de lo racional, incluso ha llegado a manifestarse mediante comportamientos agresivos, acreditados por el patriarcado y ratificados luego por las sociedades ulteriores, con lo que se conforma la histórica y universal violencia de género.
Existen manifestaciones muy diversas de esta violencia tales como:
la violencia física, psicológica, sexual, simbólica, económica, patrimonial, institucional, y el femicidio en su expresión más brutal, se dan en un continuo de formas que se interrelacionan; a veces recurrentes y superpuestas, de las más sutiles a las más extremas, con impactos diversos a lo largo de las trayectorias de vida de las mujeres (Guajardo y Rivera, 2015, p. 65).
Por su parte, la Declaración de las Naciones Unidas define la violencia contra la mujer como:
todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento, físico sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada (en Pineda, 2019, p. 13).
De tal forma que hoy día tenemos muy claro a qué nos referimos cuando hablamos de violencia hacia la mujer, lo que hace que podamos identificar elementos que forman parte de este problema.
Según Taberner (en Márquez, 1999), la mayor parte de las sociedades conocidas han sido patriarcales, dieron preeminencia al varón en el reparto de papeles y posiciones. Encontramos así que se habla del patriarcado cuando la diferencia mutua entre hombres y mujeres se concibe como la diferencia de las mujeres con respecto a los hombres, y cuando estos tomaron el poder y se erigieron en el modelo de lo humano. Desde entonces, la diferencia sexual ha significado desigualdad en prejuicio de las mujeres. Aunque el grado de inferioridad ha cambiado en cada cultura y tiempo, esta no ha desaparecido, más bien se ha transformado.
Las ideologías patriarcales construyen esas diferencias entre hombres y mujeres desfavoreciendo a las segundas, ya que proponen su inferioridad biológicamente inherente o natural, limitándolas así, al asignarles características, roles y comportamientos propios de su sexo, manteniendo y agudizando formas de dominación, muchas de ellas por medio de la violencia.
Recordemos que en este trabajo nos enfocamos en analizar la violencia en los personajes femeninos de los cuentos. Así que los elementos de análisis tienen que ver con el discernimiento alrededor de las narraciones, ya que de acuerdo con Navarro-Goig (2019), la mayoría de los cuentos plasman elementos del arquetipo femenino, lo que permite interpretarlos como una posible recapitulación de una concepción de la realidad basada en el determinismo de los roles sexuales. Los cuentos otorgan un aire familiar a las historias de nuestro imaginario, moldeando códigos de comportamiento que dan lugar a la reflexión sobre determinados acontecimientos vitales.
De tal forma, en los cuentos tradicionales encontramos una representabilidad de lo que significa lo femenino, podemos explorar qué atributos se les confieren a estos personajes, cuáles son las actividades que desempeñan y qué se espera de ellos.
Veremos entonces que los cuentos tradicionales encierran muchos estereotipos, entre estos, la belleza y la bondad, ideales a alcanzar que promueven formas de violencia para llegar a obtenerlos.
También encontramos que marcan concepciones sobre el bien o el mal y sobre lo aceptado para las mujeres, pero lo más importante es que encontraremos que hay reflejadas, en estos cuentos, acciones de resistencia, mismas que analizaremos en la segunda parte del libro.
Palabras finales
Como pudimos observar a lo largo de este capítulo, en todas las esferas de la sociedad vemos actos de violencia contra la mujer. Lo encontramos palpable en las actas resguardadas de procesos penales llevados a cabo en el siglo XVI donde se resalta el papel de la mujer como objeto, pues en estas se destaca, por ejemplo, que en caso de infidelidad por parte ellas, el esposo puede decidir cómo proceder, pues ella forma parte de sus pertenencias.
Así, vamos a encontrar que el castigo corporal y la muerte de las mujeres son una constante en las narraciones, sin embargo, no solo es un tema de antaño, hoy día, en palabras modernas, lo nombramos feminicidio, y nombrarlo permite tener esa mirada para poder reconocerlo; si no existía una palabra especial en el lenguaje es porque seguramente no era algo que se juzgara en la sociedad.
También en las obras pedagógicas, encontramos indicios de la forma de percibir el mundo respecto a las mujeres, como en el libro quinto de El Emilio escrito por Rousseau, quien en el siglo XVIII hace una diferenciación sobre la constitución entre hombres y mujeres; dice: “el destino especial de la mujer es agradar al hombre” (Rousseau, 2015, p. 362). En esta misma línea asegura que las mujeres se aprovechan:
lejos de sonrojarse de su debilidad hacen gala de ella: afectan que no pueden alzar del suelo ni los más ligeros pesos y se avergonzarían de ser fuertes… no solo por parecer delicadas, sino de una precaución más astuta; desde muy lejos buscan disculpas y derecho para ser débiles, cuando fuere necesario (Rousseau, 2014, p. 364).
Aspectos que veremos reflejados en muchos de los cuentos, que retratan a los personajes femeninos como necesitados de protección, de ser propiedad de algún personaje masculino ya que su constitución es débil y sensible, característica de la que sacan partido, según Rousseau. O en el caso contrario:
Cuando nos buscamos en las historias infantiles clásicas, nos encontramos débiles o peligrosas, como las brujas y las hechiceras, mujeres que poseían y producían conocimiento científico propio: de la naturaleza, de su huerto, de su cuerpo. Esta independencia intelectual fue cuestionada y desarticulada por medio de la tortura y la muerte en la hoguera como signo determinante del sistema patriarcal (Salamanca en Rivera, 2022, p. 3).
Quizá hoy podemos prohibir algunos de los cuentos tradicionales por la marcada tendencia a la violencia o a los actos sexuales, porque nuestra mirada se ha perfeccionado y el foco está puesto en la manera en que se refleja la sociedad en estas historias, y asimismo, de qué manera se ve reflejada en ellos.
Mucho se ha dicho de la violencia que impera en los cuentos tradicionales, ¡ojalá al eliminar lo malo y violento que hay en los cuentos se pudiera borrar de la vida real! Sería bueno tener una goma mágica con ese poder. También en este cambio vemos reflejadas las formas de violencia contra de la mujer, vivo reflejo de cada época, cómo van cambiando hasta hacerse más sutiles; aunque el papel de las mujeres difiere en cada momento y en cada cultura, prevalece su condición de subordinación.
No obstante, el acto de escuchar y aprender historias del pasado para llevar al inconsciente ha sido, a la vez, un mecanismo para aprender del deber ser: (des)aprender a ser niña, (des)aprender a ser mujer (Rivera, 2022).
La escritura, dice Ong (1997), es quizás el mayor invento de la humanidad, surge cuando la oralidad es insuficiente y hay nuevas necesidades de comunicación. Por ello, es tan importante una distribución justa de esta tecnología, por ser una herramienta cultural. Al producir literatura, las mujeres comparten su visión de mundo, lo que es necesario para comprender la complejidad de la realidad social. La participación de los personajes femeninos dentro de las obras literarias de tradición oral muestra una representación estereotipada basada en una lógica binaria, donde aparecen injustamente tratadas. Y en donde se destacan en un entorno violento, crudo, hostil, ya que representan el mal, o bien una serie de características basadas en el sometimiento que como personajes los desvalorizan. Opresión que viven a partir de una violencia sistémica naturalizada.
Pero hay algunos personajes que se atreven a enfrentar al sistema, ésta es la intención de los siguientes capítulos, identificar su forma de proceder, así como caracterizar esos estereotipos que las mantienen en una condición de cautiverio.
- Estos y otros datos se pueden consultar en la página https://www.manosunidas.org/manos-unidas.↵
- Estos y otros datos estadísticos se pueden consultar en la páginahttps://cuentame.inegi.org.mx/poblacion/analfabeta.aspx?tema=P.↵









