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5 Sacrificadas y víctimas

Los delitos como hoy en día los conocemos son el resultado de la construcción social y cultural de siglos de elaboración colectiva. Las leyes permiten regular la convivencia y establecer códigos comunes para sancionar las infracciones. Y en la mayoría de las naciones los delitos se castigan con la prisión, en algunas existe la pena capital, pero esta busca provocar el menor dolor posible, porque está contextualizada en una época en que se cuestionan los derechos humanos. Pero en la Época Moderna, periodo que abarca desde el descubrimiento de América en 1492, al inicio de la Revolución francesa en 1789, los castigos se basaban en brutales métodos de tortura que en ocasiones tenían como objetivo final la ejecución, y en otras solo la tortura. Como la ejecución no era considerada suficiente castigo, la antecedía mucho sufrimiento. 

En estos siglos prevaleció un sistema judicial que buscaba, además del control social, un orden moral, por eso se criminalizaban las actitudes que se consideraban contrarias a lo deseable. Los castigos, más allá de sancionar a la persona infractora, servían a modo de ejemplo para “controlar los impulsos delictivos del resto de la población” (Ruíz, 2011, p. 25). A partir del escarnio público, a manera de teatralización del castigo, se daba un mensaje certero para mantener el equilibrio social.

Las ejecuciones eran actos espectaculares, que impresionaban a la comunidad y quedaban de manera permanente en el recuerdo de lo visto. Se generaba terror colectivo para reproducir el modelo patriarcal, a partir de la sumisión y obediencia.

 En este sentido, las muertes en las plazas públicas eran como un espectáculo circense, iba acompañado de torturas impresionantes, a partir de mutilaciones públicas. Además se paseaba a los cuerpos por diferentes lugares para advertir sobre los riesgos de tener malos comportamientos. Estos actos legitimaban la autoridad del rey y los jueces, a partir de actos terroríficos.

5.1. Las sacrificadas

Otro de los temas presentes en los cuentos tradicionales es el sacrificio, el amor dispuesto a enfrentarlo todo. Lo encontramos sobre todo en los actos de mujeres que están dispuestas a pasar grandes sufrimientos para conseguir la salvación o aprobación del otro.

El sacrificio de un personaje femenino en nombre del amor puede ser no solo hacia el hombre del cual está enamorada, sino hacia los personajes masculinos en sus vidas, como hermanos o hijos (como en los cuentos escritos en el siglo XIX).

Boch, Herrezuelo y Ferrer (2019) explican que las creencias relativas al papel de sacrificio y renuncia en las relaciones, por parte de las mujeres, están y han estado fuertemente generalizadas desde hace siglos. Estas han perpetuado la violencia y condicionado las relaciones. De acuerdo con Lagarde (2021), la opresión de las mujeres encuentra en el amor uno de sus cimientos, se considera la entrega, la servidumbre, el sacrificio, la obediencia y la amorosa sumisión a otros como algo natural y necesario.

Estas afirmaciones las encontramos en el cuento de La Sirenita, escrito por Andersen (2019); recordemos que ella quiere ser humana y le pide a la bruja del mar convierta su cola de pez en dos piernas, ella a cambio le pide su voz, así que no duda en hacerse arrancar la lengua y quedar muda. Ante la advertencia de padecer terribles dolores al usar sus piernas de humana, ella refiere: “Todo lo daría por él y por conquistar un alma inmortal” (p. 51 ), con lo que pone de manifiesto que ningún sacrificio es grande con tal de obtener el amor.

La condición para convertirse definitivamente en humana era que él se enamorara de ella, pero no lo consigue, así que sus hermanas le dan la oportunidad de redimirse, “matarlo sería su salvación”; sin embargo, ella prefiere convertirse en espuma de mar antes que hacerlo. Las hijas del aire, quienes la reciben en su nueva forma, le dicen: “La sirena no tiene alma inmortal, y no puede conseguir una sino por el amor de un hombre: su vida eterna depende de un poder extraño”(p. 57).

Otro ejemplo de quienes son capaces de soportar sacrificios tremendos, incluso la propia automutilación, está en el cuento La Cenicienta (Grimm, 2015), cuando el príncipe está buscando a la chica a quien le quede la famosa zapatilla, la madrastra les dice a sus hijas que se corten partes de sus pies para que los calcen, a una le señala: “¡Toma el cuchillo y córtate el dedo! Cuando seas reina no tendrás que andar a pie” (p. 57). A la otra le menciona: “¡Córtate un pedazo del talón! Cuando seas reina no tendrás que caminar”(p. 58). Las dos lo hacen, pero su sacrificio es en vano, porque finalmente el príncipe descubre a la Cenicienta y comprueba que es a quien busca. Para cumplir con la fórmula casadera (belleza + juventud + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad), las hijas deben cumplir con los estereotipos de belleza, que implican entre otras características la delicadeza, representada por un pie pequeño.

Con lo anterior, estamos de acuerdo con Guzmán (2011) cuando afirma que en el amor romántico la idea presente es que se está dispuesta a arrastrarlo todo, a enfrentar todo, en la apuesta pasional donde pareciera que el amor lo puede todo. De tal forma que si es verdadero el sentimiento, debe haber sacrificios.

Los sacrificios no solo los vemos reflejados en el amor hacia una pareja, sino hacia otros familiares, en especial si son del género masculino, pues es la naturaleza de las mujeres realizar sacrificios para demostrar el amor. Como diría Lagarde (2012), “al sacrificio, la entrega y la capacidad de vivir-para-los-otros se les ha convertido en virtudes y en dimensiones del amor de las mujeres, convertido en esencia” (2019, p. 46). El amor, en el caso de la Sirenita, y la ambición de las hermanastras de Cenicienta las hacen atentar contra su mismo cuerpo, queda el mensaje de que la mujer no existe si no hay un hombre que la ame, que la cobije.

En Los cisnes salvajes, otro de los cuentos de Andersen que ha llegado hasta nuestros días, el sacrificio se realiza para ayudar a sus hermanos. Leonor, la hermana menor de once príncipes, trata de salvarlos después de que son hechizados por su madrastra, quien los convirtió en cisnes. La joven, al darse cuenta, quiso soñar con una forma de liberarlos, entonces Morgana, la reina de las hadas, aparece en sus sueños y le dice: acepta el sacrificio para que recobren su forma original, “cogerás una gran cantidad de esas ortigas, aunque al tocarlas se te inflame tu piel y se llene de ampollas, las machacaras después con los pies, sin retroceder ante los atroces dolores que sientas, has de convertirlas en hilaza” (2019, p. 73). Con este material elaboraría 11 túnicas con mangas largas que al ponérselas a sus hermanos volverían a su forma de príncipes. Deberá guardar silencio absoluto, porque “la primera palabra que saliera de tu boca penetraría en el corazón de tus hermanos como un puñal mortífero” (2019, p. 73), le dice la reina de las hadas.

En otra parte del cuento, los hermanos en su forma de cisnes llevan a Leonor por los aires con ellos, protegiéndola en todo momento, cumpliendo su papel masculino, hasta que ella decide salvarlos. En esta historia es una joven mujer a quien no le importa pasar por muchos sacrificios para salvar a sus hermanos. Podemos observar que en el cuento hay frases que en todo momento recalcan la tolerancia a la violencia, que se retrata como sacrificio. “Leonor vive un suplicio”; “Cogió las ortigas y sufrió con gusto el dolor”.

Guzmán (2011), al hacer un análisis del sacrificio como amor, resalta que es el goce del otro lo que se desliza en la puesta a prueba del sacrificio en nombre del amor. Amor y sacrificio hacen un conjunto tan estrecho que parece ideal para el fomento de goce. Cuántas veces hemos escuchado que, por amor, no importa lo que haya que soportar para mantener una familia.

Otro caso que encontramos para explicar el sacrificio, ahora de una madre, es el cuento titulado precisamente Historia de una madre (Andersen, 2019). Narra esta historia que una mujer tenía a su hijo enfermo, al lecho del niño llegó un anciano, era la muerte, quien se lo llevó. La madre corrió tras de ella, en el camino fue preguntando a diferentes personajes hacia dónde se dirigieron. Primero le preguntó a la noche, que la hizo cantar. Luego se encontró con el zarzal, que le pidió lo mantuviera caliente bajo su regazo; aunque “las espinas desgarraron sus carnes y brotaron de las heridas gruesas gotas de sangre” (p. 127), ella aceptó con tal de conocer el rumbo que tomó la muerte. Después se encontró con el Lago, que para permitir que lo cruzara, le pidió llorar hasta que se le desprendieran los ojos, que convertidos en perlas cayeron al fondo. Al pasar al otro lado, se encontró con una vieja quien le pidió su cabellera, así que con gusto se la dio para que esta le indicara cómo encontrar a la muerte y a su hijo. Ella le dijo que tenía que escuchar en qué azafrán estaba el corazón de su hijo, pues el azafrán contenía la vida de cada persona. Al encontrar la de su hijo, se da cuenta de que tiene que dejarlo ir, porque él estará en paz.

En estos cuentos encontramos a un personaje femenino que se sacrifica por su hijo, hay que observar que aquí las/os niñas/os ya tienen un espacio y son dignos de cuidado y sacrificio. Personajes que entregan la vida para salvar a sus hijos o que realizan actos que podrían considerarse como malvados, para proteger o proporcionarles una buena vida, como la madrastra de la Cenicienta, que les pide a sus hijas que se mutilen los pies para que les quede la zapatilla.

En los ejemplos anteriores hallamos que “en los cuentos de Andersen se encuentran ejemplos y lecciones de sacrificio y de heroica abnegación” (Nobile, 1992, p. 113), así como en otros de los recopiladores que estamos revisando.

Como podemos ver, los actos de sacrificio son una constante en algunos cuentos, princesas que, aunque poseen las cualidades que las hacen entrar en la clasificación de perfección, tienen que comprobar a cada momento que son capaces de realizar acciones que las hagan merecedoras del amor.

Una de las condiciones para ganar el matrimonio es la exigencia de ignorar sus propias necesidades, sentimientos y esperanzas, en favor de ser merecedoras del aprecio de quienes las rodean.

5.2. Las víctimas

En los cuentos tradicionales, los castigos son parte fundamental del desenlace de las historias, generalmente se cierran con el castigo a quien realizó actos criminales o enredos que tienen como fin dañar a personas o engañar a otras para obtener beneficios.

En la época actual los castigos que se realizaban en la Edad Moderna son considerados como extraordinariamente crueles y deshumanizados, sin embargo, en ese momento eran parte de la elaboración cultural de la época, y de las formas de control y perpetuación del régimen represor. 

En estos cuentos aparecen estos castigos descomunales hacia los personajes femeninos, algunos tienen como objetivo provocar tortura y además la muerte, pero también hay otros que pretenden ser escarmientos sin un final funesto; en este sentido se dividen en a) tortura y muerte y b) tortura.

a) Tortura y muerte 

Los castigos ejemplares en los cuentos clásicos eran dictados y ejecutados por hombres con poder, como reyes, príncipes, jueces, ricos, padres, aunque también se hace participar a la comunidad, al pedirles que sugieran sobre cómo llevarlos a cabo, lo que permite que sean avalados socialmente. Estas formas extremas de castigo se llevan a cabo en personajes femeninos y no masculinos.

Hay una variedad de formas de tortura que finalizan con la muerte de los personajes femeninos, como en el cuento El Mirto (Basile, 1634). Aquí siete mujeres cometen agravios contra la amada del rey, quien es un hada convertida en una planta de mirto, y a la que estas mujeres rompen en pedazos. Finalmente de unos pedazos logra renacer la planta y también la mujer. El rey ofrece un banquete para casarse con ella, intencionalmente invita a las infractoras. En la mesa les pregunta a los invitados qué castigo merecería quien le hubiera hecho ese daño a su esposa: “Uno dijo que merecería la horca, otro que era digna de la rueda, cual de las tenazas, cual de un precipicio” (p. 21). Pero “cuando tocó el turno de las siete mujerzuelas (…) respondieron que aquel que hubiera tenido el valor de tocar aquel dulce de los placeres del Amor, habría sido merecido sepultado vivo dentro de un albañal” (p. 21).

El rey les respondió que ellas mismas habían dicho su sentencia, y que iba a cumplir sus órdenes: “¡Así que rápido, no perdamos tiempo¡ ¡Que las echen ahora mismo a un albañal, donde termine su miserable vida!” (p. 21). Lo que se cumplió en ese momento. 

El rey, aunque manda ejecutar la sentencia, pone en evidencia a los personajes femeninos infractores, quienes proponen el castigo, lo que demuestra por segunda vez su crueldad. El rey las engaña para no asumir la responsabilidad de dictar el castigo.

También destacan los castigos que proponen los invitados: la horca, la rueda, las tenazas, el precipicio, todos violentos y mortales, lo que muestra una naturalidad en la aplicación de las ejecuciones. Nadie hace una propuesta que implique el perdón o redención, o algún castigo que no llevara a la muerte, como azotes, trasquilar el pelo, entre otras que se utilizaban en la época. Lo mismo sucede en el cuento Las tres cidras, donde una esclava le causa daño al hada de la que está enamorado el rey; cuando este lo descubre, les pregunta a sus cortesanos qué castigo merecería, y ellos responden: una buena tanda de palos, apedreamiento, martillazos en la panza, una alhaja de piedras, un sorbo de veneno. La propia esclava respondió: “–¡Merecía ser quemada y tirar cenizas desde el castillo!” (Basile, 1992, p. 100).

“Tú has escrito tu propio destino”, señaló el rey, y la esclava fue puesta sobre un montón de leña y reducida a cenizas. Hay varios cuentos donde los personajes femeninos son quemados en la hoguera, por ejemplo, en Los hermanos y en Los seis cisnes de Grimm. Un castigo propio de la Inquisición era quemar vivas a las personas. En Blancanieves, se presenta otra situación, a la madrastra le ponen zapatillas de hierro ardiendo, “empezó a bailar de dolor, y tanto bailó que se murió” (Grimm, 2015, p. 37). En estos cuentos se sigue la fórmula de preguntarle a la propia infractora qué castigo merecería quien hiciera ese daño, y estas, sin saber que es un engaño, proponen el castigo. Con lo que además de ser castigadas, son burladas.

Entre las formas más violentas de ejecución, están aquellas donde las mujeres son encerradas en un barril, como en El mirto (Basile), donde un personaje femenino es sepultado vivo en un barril; en Los tres enanitos del bosque (Grimm) a una mujer la meten en “un tonel lleno de clavos, clavaron la tapa (…) llevaron el tonel al monte y lo echaron a rodar ladera abajo, hasta que cayó al agua y se hundió” (Grimm, 2015, p. 27), e incluso les quitan la ropa, como en La pastora de gansos: “completamente desnuda en un barril lleno de clavos, y la haría arrastrar por dos caballos blancos, de calle en calle, hasta que cayese muerta” (Grimm, 2015, p. 258). En La novia blanca y la novia negra (Grimm, 2015, p. 89) también se arrastra al personaje, y se aclara: “por todo el mundo”. Arrastrar a una persona después de asesinarla era considerado un doble castigo, una profanación del cuerpo, se hacía para dar una lección, era una práctica utilizada para los casos más extremos, como una máxima degradación.

b) Tortura

Hay cuentos que no tienen un desenlace funesto para las mujeres, pero sí castigos terribles, como el cuento Cara de cabra (Basile, 1634), donde por ser malagradecida con el hada, esta la castiga transformando su rostro en el de una cabra: “se le alargó el hocico como un palmo, se le estrecharon las mandíbulas, se le endureció la piel, la cara se le cubrió de pelos y las trenzas de canastillo se transformaron en cuernos puntiagudos” (p. 30). En el cuento Elisa la lista (Grimm), en castigo por no trabajar, su esposo le pone una red con cascabeles y no la deja entrar a la casa; cuando suenan los cascabeles en ninguna casa la dejan entrar, por eso se va del pueblo, es condenada a la exclusión familiar y social. En La pastora en la fuente de Grimm, un rey que tenía tres hijas y quiso repartir su herencia les dijo que a la que lo quisiera más le dejaría la mejor parte. Una señaló que lo quería “más que la azúcar más dulce”, la otra dijo: “te quiero más que a mi mejor vestido” y la tercera señaló: “te quiero como a la sal”. El padre creyó que era un insulto lo que expresó la tercera de sus hijas, aunque ella quiso decir que sin sal, nada sabe bien. El padre repartió el reino entre las dos mayores, y mandó que “atasen a la espalda de la pequeña un saco de sal y la llevasen al bosque” (p. 203). Se trata de terribles muestras de violencia sobre su propia hija, y aunque después el padre reconsidera, el acto se había cometido.

Aunque son los hombres con poder quienes mandan ejecutar los castigos, en el caso de Cenicienta (Grimm, 2015, p. 57), la madrastra, como figura de autoridad, les pide a sus hijas que se mutilen los pies para engañar al príncipe para que se case con una de ellas y aunque las hermanastras se mutilan, el príncipe descubre que es un engaño y no se casa con ellas, pero además, durante la boda de Cenicienta, el príncipe ordena que las palomas les saquen un ojo. Con lo que reciben doble castigo corporal.

Todas las formas de violencia son lacerantes y destructivas, pero las de tipo sexual especialmente vulneran a las mujeres, quienes bajo un dominio patriarcal han sido históricamente sometidas a las peores atrocidades. 

Las diversas formas orales durante siglos han dado cuenta de los actos violentos cometidos, ya sea a partir de versos, cuentos, cantos, y otros géneros literarios. 

La violencia de tipo sexual es un tema que no se expresa con facilidad por la connotación que tiene, quizás por eso hay pocos cuentos que hablen de este tema, pero con los que hay, se puede identificar el tratamiento que se le daba.

Acosar y atentar contra la voluntad y los cuerpos de las personas es un delito, que de tanto cometerse parece natural, cotidiano. Específicamente la violencia sexual contra los personajes femeninos está presente en algunos cuentos, porque está presente en la sociedad. Si en los cuentos aparecen personajes femeninos que son tocados sin su consentimiento, así como víctimas de violación, se trata de violencia sexual; hoy en día es un delito, está tipificado por la ley, pero en la época antigua, no se entendía de esta forma.

En los cuentos tradicionales son censurables estos delitos, y las personas que intentan realizarlos, o ayudan a realizarlos, generalmente tienen un castigo y no logran su objetivo, aunque hay excepciones, lo que demuestra que los cuentos no promueven la violencia sexual, pero sí la visibilizan.

Como ejemplo, en el cuento Viola (Basile, 1992, p. 33), hay un rey con tres hijas y la menor es la más bella, tanto que el hijo del Rey “ardía y se abrasaba de amor”. Todo el día el príncipe estaba afuera de la casa de Viola: “–Buenos días, Viola”. Y ella respondía: “–Buenos días, hijo del Rey. Yo no soy para usted” (p. 33).

Las hermanas de Viola dijeron que ella era grosera y altanera con el hijo del rey, por ello su padre la mandó a vivir con una tía. El príncipe se enteró dónde estaba y habló con la tía para que le facilitara besar a Viola. La tía acepta tenderle una trampa a la muchacha, para ello la envía a la bodega por un metro, donde él la estará esperando para tomarla a la fuerza. La joven se da cuenta y gracias a su velocidad y agilidad logra escaparse con el metro. La tía la vuelve a enviar, ahora por hilo, y Viola vuelve a escaparse del príncipe, quien se queda “avergonzado y muerto de la rabia”. Una tercera vez la manda, ahora por unas tijeras, y la joven nuevamente escapa con las tijeras y con ellas le corta las orejas a la tía por celestina, traidora, holgazana, desvergonzada, así le dice. 

Viola regresa a su casa y ahí sus hermanas también le tienden una trampa, enviándola al jardín del ogro, con quien se queda a vivir, porque este la considera su hija. El príncipe descubre que vive con el ogro, y le pide a este que lo deje dormir cerca de Viola, porque está muy enfermo por no verla. Nuevamente el príncipe intenta acercarse a Viola, pero esta vez le hace una broma, y ella le regresa la broma con la ayuda de tres hadas. Finalmente el príncipe acepta que no va a poder aprovecharse de Viola y la solicita en matrimonio: “He perdido y tú has ganado, y visto que reconozco que nunca serás mía, te quiero como mujer” (p. 37).

La tía es duramente maltratada por ser cómplice del príncipe, pero este no tiene ningún castigo, incluso tiene ganancia, porque logra casarse con la joven, aunque su intención es abusar de ella. Sin embargo, hay una clara intención narrativa, se busca construir sororidad con Viola, y los lectores experimentan alegría porque logra escaparse de las trampas que le ponen. Se promueve la empatía con ella, y queda claro que la conducta del príncipe y de la tía son reprochables.

En otro cuento, el conocido La bella durmiente del bosque en la versión de Grimm, inicia con el deseo de un rey y una reina de tener un hijo; un día, cuando la reina se estaba bañando en el río, una rana le dijo que en menos de un año iba a tener una hija, lo cual sucedió. Por ello, la pareja dio una gran fiesta, entre los invitados estaban las hadas, quienes le dieron como regalo dones, pero olvidaron invitar a un hada, que llegó enojada y decidió vengarse lanzando un encantamiento sobre la niña: “¡Cuando esta niña cumpla quince años, se pinchará con un uso y morirá!”(p. 63). Un hada logró con un contrahechizo que en lugar de morir durmiera, así como todos los seres vivos del lugar. Pasaron años y un príncipe encontró a la joven: “era tan bonita, que el príncipe no se cansaba de mirarla. Entonces se acercó y le dio un beso” (p. 65). Historia que es de las preferidas de muchas generaciones, y en la que no se cuestiona que el beso fue dado sin el consentimiento de la princesa. Hay una versión anterior, de Basile, llamada Sol, Luna y Talía, donde no hay beso, sino una violación al personaje femenino que está dormido por el hechizo, pero aquí la encuentra no un príncipe, sino un rey, quien:

Finalmente llegó a la estancia donde estaba Talía, víctima de aquel encantamiento, y el Rey, apenas la vió, creyendo que durmiese la llamó, pero viendo que no despertase por más que le gritase o tocase, deslumbrado por su belleza, la llevó en brazos hasta el lecho, y ahí cogió los frutos del amor. Y luego la volvió a dejar colocada y regresó a su reino, donde no se volvió a acordar en mucho tiempo de aquello que había sucedido.
Ella, después de nueve meses, dio a luz dos niños, un niño y una niña, que parecían dos joyas con piedras preciosas, y que atendidas por dos hadas, les pusieron a los pechos de la madre, y como intentaban mamar y no encontraban el pezón, se agarraron a su dedo, y tanto chuparon que sacaron la espina, y así fue como Talía se despertó de su gran sueño… (p. 85).

Y el rey, después de violar a Talía, se va y se olvida de lo sucedido, como si fuera un hecho sin importancia, intrascendente, naturaliza la agresión que realizó. Cuando Talía se despierta, no sabe que fue víctima de un delito y que por ello tuvo dos hijos. Gracias a que las hadas están ahí los niños y ella se salvan. Después de algún tiempo el rey regresa a ese lugar y encuentra a Talía y a los niños, comprende que son sus hijos, y después de muchas situaciones complejas con su esposa —la reina— finalmente se casa con Talía, y los cuatro forman una familia en palacio. Lo que puede ser, dentro de la trama, una especie de compensación para el personaje violentado, lograr el matrimonio y ser la reina. Pero no se puede olvidar que Talía fue violada mientras estaba dormida por el hechizo.

En otro cuento, La osa, un rey tenía una esposa muy bella que falleció. Su esposa, antes de morir, le pide que le prometa que no se volverá a casar hasta que encuentre una mujer tan bella como ella. Y aunque el rey mandó publicar un bando y dio la orden para que las mujeres más bellas del mundo fueran a palacio para elegir una, e hicieron fila tratando de ser elegidas, no hubo ninguna tan hermosa como su fallecida esposa. Por eso le dijo a su hija:

–¿Por qué voy a buscar a María Ravenna, si Preciosa mi hija, está hecha con el mismo molde que su madre? Si tengo este bello semblante en casa, ¿por qué voy a tenerlo que ir a buscar por todo el mundo? (Basile, 1992, p. 51).

La hija se enoja mucho al escuchar a su padre, el cual la amenazó: “—¡Baja la voz, y deja quieta la lengua, estrechemos esta noche los lazos matrimoniales, pues de no ser así el pedazo más grande que quedará tuyo, será el de tu oreja!” (Basile, 1992, p. 51).

La joven lloraba su desdicha cuando una “vieja” que le vendía afeites le ayudó a convertirse en osa y gracias a ello pudo huir. Nuevamente se genera una condición de complicidad con los/as lectores, o quien escucha el cuento, quienes construyen un vínculo con la joven, y tras sentir preocupación por ella, se logra el alivio al ver que pudo huir de un caso de violación un personaje femenino menor de edad por parte de su padre. Aquí el rey no logra su objetivo, y el personaje femenino sale victorioso.

A esto se le llama hoy en día incesto, pero en alguna época muy lejana fue aceptado para multiplicar la población, aunque es casi extensivo en todas las culturas la prohibición del incesto.

En el cuento esta intención está planteada como un acto prohibido, incluso el padre no habla de llevar a cabo una boda pública, sino que le pide expresamente: “Baja la voz (…) estrechemos esta noche los lazos matrimoniales”. El hecho lo quiere realizar al abrigo de la oscuridad, sin que nadie se entere, porque sabe que es una acción reprobatoria, hasta para un rey poderoso. 

La actividad sexual dentro del hogar, con los mismos integrantes de una familia, donde uno/a es menor de edad y comparten una línea sanguínea, habla además de una violación, de otro delito, el incesto. 

Barba Azul, de Perrault, es un cuento recuperado de la tradición oral, por su importancia hay infinidad de versiones de esta historia, que ha cobrado vigencia para mostrar la violencia de género. Estas versiones se mantienen fieles a la original, y se destaca en ellas un importante trabajo de ilustración. Desde la mitad del siglo XX fue considerada una historia no recomendable para los/as niños/as por la fuerte violencia que narra.

Ante los cuentos que muestran el amor romántico, que conlleva al matrimonio y termina en un “fueron felices para siempre”, Barba Azul inicia presentando al personaje como rico, poseedor de muchos tesoros, pero con la barba de color azul, que le daba un aspecto que atemorizaba a las personas. Este personaje, del que nunca se sabe su nombre, solicita a su vecina la mano de una de sus dos hijas en matrimonio, como forma común de acordar el matrimonio en la época. A las mujeres de esa familia “les inquietaba que él hubiera tenido varias esposas y que no se supiera que había sido de ellas” (Perrault, 2014, p. 13). Para conocerlas mejor el personaje Barba Azul las invitó con otros amigos a una casa de campo, donde pasaron una semana. La pasaron tan bien que la menor de las hermanas decidió casarse con él. Al mes de contraído el matrimonio, Barba Azul le informa a su esposa que irá a un viaje de negocios, le recomienda que la pase bien, y le da las llaves de todas las habitaciones con sus tesoros, pero le advierte que hay una a la que no debe entrar, y la amenaza diciéndole: “te lo prohíbo de tal forma que, si llegaras abrir la puerta, verás de lo que soy capaz” (p. 17). Y como era de esperarse, tanta fue su curiosidad que abrió la puerta, y ahí vio un espectáculo: “el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de varias mujeres muertas, sujetas a las paredes” (p. 24). Se trataba de sus esposas. Desafortunadamente se llena de sangre y no puedo quitársela. Cuando regresó su esposo, se dio cuenta de que lo había desobedecido, y por ello le aseguró que regresaría a esa habitación con las otras mujeres. Las súplicas no lo convencieron de perdonarla, pero le concedió un cuarto de hora para rezar antes de morir. Este tiempo la joven lo aprovechó para avisarle a su hermana, quien informa a sus dos hermanos, que corren a ayudarla. Llegan justo cuando Barba Azul iba a matarla con su cuchillo, entraron y terminaron con él.

Barba Azul es un asesino serial, mata a mujeres, les tiende una trampa, busca a jóvenes, vírgenes inexpertas y las atrae con su riqueza y generosidad. No es de extrañarse que este cuento provoque la censura, por otra parte, es una oportunidad para alertar a las niñas, jóvenes y mujeres sobre este tipo de hombres, que si existen en la literatura es porque existen en la vida real.

Otro elemento que aparece en los cuentos de tipo sexual es la utilización de las camas como espacio simbólico, donde se sabe que pueden suceder acciones de tipo sexual, aunque no se mencionan de manera implícita. No se habla de otros muebles como sillas, guardarropas, mesas, que son parte de la vida cotidiana, pero sí de las camas. Por ejemplo, en el cuento Viola (Basile, 1992), en el cual una chica sale de su hogar por ser hostigada por sus hermanas y se queda a vivir con un ogro, y aunque es una casa grande con servidumbre, se dice que duerme con el ogro en el mismo lecho, lo que evidentemente tiene una connotación sexual. 

En Caperucita roja (Grimm, 2015) la cama es donde suceden las acciones más importantes; cuando el lobo toca la puerta de la abuela esta le dice que es muy floja y que se quiere levantar de la cama, que corra el cerrojo y entre. “El lobo lo hizo y ‘saltó’ hacia la cama de la abuela y se la tragó. Y luego se puso su ropa, se ató su gorro, se metió en la cama y cerró las cortinas” (p. 70). Después llega Caperucita y pasa la escena conocida donde la niña le pregunta al lobo por qué tiene esas orejas grandes, los ojos, las manos, después el lobo da un salto de la cama, se come a Caperucita y se vuelve a acostar en la cama. 

En el cuento Los hermanos (Grimm, 2015), la madrastra disfrazada de criada entra al palacio, ella y su hija matan a la reina. En su lugar la madrastra: “vistió a su hija con la ropa de la reina, y la acostó en la cama real (…) Y el rey salió del cuarto, sin darse cuenta de que en la cama no estaba su esposa, sino la hija de aquella mujer” (p. 163). En las camas suceden muchos enredos, delitos, engaños, pasan situaciones importantes dentro de las tramas y los personajes detonan situaciones complejas.

Palabras finales

La importancia que se le asigna al matrimonio en los cuentos tradicionales produce que los personajes femeninos tengan como principal objetivo ganar un esposo, como una prioridad de su condición de género. Este requerimiento las vuelve vulnerables, ya que obtener un esposo está limitado a cumplir con los estereotipos de género vigentes, bajo la fórmula mencionada líneas atrás:

juventud + belleza + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad

Ello excluye a las protagonistas que no cumplen con estos estereotipos. En este sentido, los personajes femeninos en el entramado de la historia están en constante tensión para ser acreedoras de los atributos necesarios para ganar un esposo, lo que para muchos personajes son unas condiciones imposibles de cumplir, y las excluye de las que se casan con reyes y príncipes.

La cosificación de los personajes femeninos es una forma de violencia machista, y para llegar a cumplir con el estereotipo solicitado son capaces de mentir, matar o automutilarse, como en el caso de las hermanastras de Cenicienta. En este sentido, las protagonistas son tratadas como objetos ornamentales que vienen a completar el cuadro perfecto: un rey con riquezas y una esposa bella. Y quienes no cumplen con la fórmula son humilladas, al ser consideradas indignas. Y esta es una forma de violencia, tanto para las que cumplen con la fórmula como para las que no lo hacen. 

Por eso para ganar un esposo para sus hijas, las madrastras requieren volverse activas, transgreden las normas de obediencia y sumisión y tratan de revertir su condición a partir de responder en una forma de contraviolencia. Con esta resistencia salen del estatus de mujeres pasivas y se vuelcan a tratar de conseguir lo que desean utilizando a su vez la violencia.

Aunque no hay justificación en la perpetuación de la violencia, hay personajes femeninos que en ella encuentran la única forma de intentar transgredir el orden patriarcal.

Ya que la violencia surge cuando hay disenso u oposición a ciertas construcciones dominantes, parece que es una forma de trasgresión, al enfrentarse al poder. La violencia sistemática se viven de muchas formas, a partir de las costumbres, creencias y valores, y por su actitud activa, algunos personajes femeninos son cuestionados.

En los cuentos se impone una visión hegemónica de la violencia, se determina a quién se le denomina como personaje violento y quién no lo es, aunque realicen o promuevan acciones crueles, lo que les lleva a adueñarse incluso de la potestad de la violencia. En este sentido el rey que viola a Talía, y no es castigado, en el contexto actual sería considerado un violador.

Y aunque no hay justificación para la violencia, en ocasiones es una forma de defensa de los personajes femeninos.



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