Reflexionar sobre la literatura y su semejanza con la vida real lleva a establecer obvias distinciones entre ellas. Si bien la literatura es ficción, no siempre está al margen de la realidad. La vida cotidiana y la literatura comparten temas, argumentos, tramas, razones, preocupaciones, la una se alimenta de la otra y viceversa. Hay gran cantidad de ejemplos de cómo la vida y la literatura se influyen. Basta con pensar sobre qué influye las relaciones humanas: ¿la obra Edipo rey de Sófocles o el complejo de Edipo en la Interpretación de los sueños de Freud? ¿Sófocles lo crea, o muestra lo que observa? ¿La literatura alimenta a la vida real o es al revés?
Cuando Segismundo se pregunta en La vida es sueño de Calderón de la Barca: “¿Qué es la vida? Un frenesí. ¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción; y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”, sugiere que la literatura, como obra humana, no puede ser ajena a la realidad. La ficción surge de las elaboraciones mentales de las personas, hay una relación entre la vida y la literatura. Aun las situaciones más inverosímiles que hay en la literatura salieron de una mente humana, así se crearon. Y eventos terroríficos provocados por humanos superan a la literatura, así lo muestra la historia.
Los mitos, la poesía, el cuento, el drama, entre otros géneros, explican desde otras posibilidades la experiencia humana, y lo inexplicable se mitologiza, se vuelven palabras trenzadas de historias.
En el caso de la opresión hacia las mujeres como problema social, en ocasiones no dista de lo que refleja la literatura, la una a la otra se espejean y se toman como modelo. Aunque en esta investigación el objeto de estudio se basa en el corpus de la literatura de tradición oral de cuatro recopiladores, la referencia al contexto de la vida real nos parece obligado. Por eso en este capítulo se plantea un acercamiento al contexto histórico, primero planteando la posibilidad de que en la historia de la humanidad haya existido una organización diferente al patriarcado, como una forma trasgresora de estructura social, después una reflexión sobre la condición genérica del delito, y para finalizar, una digresión entre la actitud pasiva y activa de los personajes femeninos.
6.1. Ante la embestida patriarcal
La historia de la humanidad se puede dividir en tres épocas de duración desigual: salvajismo, barbarie y civilización. El salvajismo se caracteriza por la caza y recolección de alimentos, la barbarie por la producción y el almacenamiento de alimentos, y en la civilización surge la producción y el intercambio de mercancías. El salvajismo ocupa el 99% de la existencia humana, ya que la barbarie empezó hace ocho mil años y la civilización hace tres mil. De acuerdo con Reed (2005), algunos investigadores consideran que en el Salvajismo hubo una organización social diferente a la actual, un sistema tribal y de clanes basado en el parentesco materno y donde la mujer jugaba un rol dirigente. Pero también comenta que otros investigadores consideran que no existen las pruebas antropológicas necesarias para sostener esta forma de organización social. Sin embargo, considera Reed que es importante discutir sobre el matriarcado para identificar si la pater familia ha sido la única forma de organización, en este sentido señala que si es cierto que las mujeres tuvieron un papel sobresaliente, de esta manera, conocer que
la inferioridad femenina de hoy no está determinada biológicamente, y que las de nuestro sexo fueron, una vez, las organizadoras y dirigentes de la vida social, debería elevar la confianza en sí misma de las mujeres que hoy aspiran a su liberación (Reed, 2005, p. 12).
Si existió este sistema matriarcal, cambió paulatinamente, y después del período bárbaro predominó la familia patriarcal, la que conocemos actualmente. Esta organización es aquella donde el padre tiene el control total de la esposa y sus hijos, la palabra “padre” en las lenguas arrianas significa “propietario”. El patriarcado conlleva a “una línea continua de padres y de hijos por generaciones para asegurar tanto a la familia patriarcal como a la transmisión de la propiedad a través de la línea paterna” (Reed, 2005, p. 291), lo que deja a las mujeres, en muchas ocasiones, al margen de las herencias.
La herencia de padres a hijos varones reforzó el sistema y le dio un ordenamiento que puede ayudar a explicar el por qué se deseaba tener hijos varones y se veía desafortunado tener hijas. También puede aportar elementos para comprender el tema del matrimonio, la dote, la belleza, entre otros aspectos, que aparecen en los cuentos tradicionales.
Si existió este tipo de organización social, indica que el patriarcado no es la única forma como se han estructurado los grupos humanos, y esto marcaría una ruptura contra las creencias y estereotipos sobre la condición genérica de hombres y mujeres.
6.2. La condición genérica del delito
En los cuentos la violencia forma parte de un círculo, de ida y vuelta, donde los personajes femeninos que son torturados y ejecutados a su vez violentan a otros personajes generalmente también femeninos, incluso niños/as. Estos actos violentos se castigan con penas descomunales y crueles. Como a la madrastra en el cuento Blancanieves, quien trata de ahorcar y envenenar a su hijastra, lo que no logra, pero sí es sentenciada a morir quemada por los pies.
Los castigos muchas veces suelen ser más crueles que los delitos cometidos, parece que en favor del bien, el mal es permitido. Salvo contadas excepciones, la justicia es aplicada a personajes masculinos, quienes tienen el poder de decidir sobre la vida y el cuerpo de los femeninos. En este sentido, prevalece el poder patriarcal con personajes masculinos que ejercen violencia, ya sean padres, reyes, señores, poderosos o jueces, quienes tienen la atribución de mandar a ejecutar castigos ejemplares. También llama la atención que estos castigos descomunales, en pocas ocasiones, sean aplicados a los personajes masculinos infractores.
Se sabe que, en el caso de los seres humanos, históricamente el mayor porcentaje de actos delictivos los cometen los hombres. Por ejemplo, hoy en día, la diferencia entre el número de hombres y mujeres que delinquen sigue siendo enorme (85% de hombres y 15% de mujeres), a pesar de que cada día hay más mujeres que lo hacen, y de que la población de mujeres es mayor (52%) (Hernández y Domínguez, 2009). En un estudio centrado en la Época Moderna, señala Torremocha que
la mujer delincuente ha sido, sobre todo en la historiografía, la que atentaba contra la moral imperante (con directa ligazón a la prostitución), más que la que lo hacía contra las leyes del Reino, gozando, no obstante, ambas de la misma consideración (2018, p. 26).
Se trata de delitos relacionados con las concepciones sobre la sexualidad y las restricciones para las mujeres.
Hay una importante diferencia entre la cantidad de mujeres que delinquen en la vida real y en las obras literarias, así como en los motivos que tienen para hacerlo. En los cuentos las mujeres cometen la mayoría de los delitos, suelen ser las principales transgresoras del orden, son malvadas, planean sus delitos, que son provocados principalmente por tres motivos: ambición, envidia y traición.
En cambio, desde el plano histórico los hombres son quienes cometen el mayor número de delitos, y cuando las mujeres los realizan, se deben a causas relacionadas con la marginación que las orilla a ejercer la prostitución (Torremocha, 2018).
Los estudios criminológicos sobre las mujeres son recientes y poco conocidos por la población en general. Las creencias sobre las mujeres malvadas se propagaron con la tradición oral, en la Edad Antigua, con las historias, leyendas, mitos, canciones, versos y cuentos clásicos, después fue de forma escrita; por ejemplo, en el Eclesiástico 25 se criminaliza a las mujeres, lo que tiene un gran impacto en la sociedad:
La mala mujer y la buena
¡No hay peor herida que la del corazón, ni peor maldad que la de la mujer!
¡No hay peor sufrimiento que el causado por el odio, ni peor venganza que la venganza de rivales!
¡No hay veneno como el de la serpiente, ni enojo como el de la mujer!
Prefiero vivir con un león o un dragón, que vivir con una mujer malvada.
Cualquier maldad es poca, comparada con la de la mujer; ese será el castigo para el pecador.
No te dejes seducir por la belleza de una mujer, ni codicies lo que posee,
porque es muy feo y vergonzoso que la mujer mantenga a su marido.
Manos débiles, rodillas temblorosas: así es el hombre a quien su mujer no hace feliz.
Por una mujer comenzó el pecado, y por ella todos morimos.
No des salida al agua de un río, ni libertad a una mujer malvada.
Si no se somete a ti, apártala de tu compañía.
Este poema está en un libro que durante siglos ha alimentado el imaginario colectivo, el documento escrito más influyente en la humanidad, que pretende ser un modelo de comportamiento, de reconocimiento del bien y el mal. Y de alguna manera puede incidir en sembrar un ambiente hostil y profundizar los prejuicios hacia las mujeres. El Eclesiástico 25 tiene valor religioso, histórico-geográfico, antropológico y literario, con personajes que han trascendido durante siglos por su bondad, amor al prójimo, generosidad, pero también por sus atributos negativos. Esta obra durante siglos se ha leído con pasión y los lectores incluso logran transmigrar que “consiste en probar, identificarnos y finalmente, acceder durante un breve período de tiempo a un punto de vista completamente de la conciencia de otra persona gracias a la lectura. Una expansiva sensación de “ajenidad”, cambia lo que somos” (Wolf, 2008, p. 24); tal es la influencia de este texto que se logra “vivir la pasión y el dolor que experimentan los personajes” (Carrillo, 2021, p. 196). En eso radica la importancia de la visión que expresa.
Los cuentos de tradición oral que estamos revisando muestran una visión criminalizada de los personajes femeninos, dando cuenta de las artimañas que utilizan, las trampas, los engaños y la crueldad para conseguir lo que desean. A menudo, son los mismos personajes femeninos infractores quienes ponen los castigos, engañadas por hombres poderosos que les preguntan qué castigo merece quién hizo tal acción. Ellas, pensando que son para otras personas, proponen castigos crueles. Con ello se confirma que son ingenuas, y además despiadadas.
El escarmiento físico, psicológico y económico es la única opción ante los agravios que viven de los personajes femeninos, no hay posibilidades de otro tipo de sanciones, ni de otorgar el perdón.
En la antigüedad los castigos implicaban la utilización de una tecnología muy elaborada para su época, como la rueda, que consistía en amarrar a las víctimas en un círculo de madera con engranajes, donde se les iba dando vuelta para destrozar huesos y articulaciones; las tenazas eran pinzas de metal para arrancar los miembros, como nariz, orejas, senos, dedos, también se podían utilizar calientes; la horca es quizás la más popular, se requería formar una estructura de madera; el castigo llamado el precipicio no implicaba hacer ningún instrumento específico, porque solo se lanzaba a la víctima por la barranca, entre muchos otros más. Los instrumentos de tortura fueron creados para causar dolor antes de la muerte, muchos de ellos son explícitamente diseñados para castigar la sexualidad de las mujeres a través de mutilar el cuerpo. Hay que señalar que los castigos se imponen a mujeres infractoras, condenadas por sus actos, a partir de la justicia dictada y ejercida por los hombres, donde ellas no tienen posibilidades de defenderse.
En los cuentos clásicos las formas más comunes de castigo son el barril de clavos, el precipicio, las trasformaciones en animales, las mutilaciones, quemar los cuerpos, entre otros. Algunos de estos castigos son mortales, otros degradantes, excluyentes, porque dejan marcas para que la sociedad las rechace, lo que implica una condena permanente.
6.3. Buscando formas para trasgredir el orden patriarcal
Retomamos la categoría de Lagarde (2021), “cautiverios”, para explicar que los personajes femeninos de los cuentos tradicionales tratan de “sobrevivir creativamente” a la opresión patriarcal, y a su relación con el poder del que son víctimas, representado por la privación de su libertad.
Lagarde (2021) construye una caracterización de las mujeres cautivas, a las que llama madresposas, monjas, putas, presas y locas. Hacemos una reinterpretación en los cuentos tradicionales y encontramos este amplio panorama de personajes femeninos cautivos, sometidos a los designios patriarcales: madres, reinas, jóvenes bellas, jóvenes feas, prostitutas, hadas, brujas, viejas, viudas y madrastras. Sin intención de atomizar la valiosa complejidad creada en torno a los personajes femeninos, encontramos que visten estos rostros que, como designios, marcan su destino; pero algunas de estas personificaciones se atreven a enfrentar la opresión, como las brujas, madrastras, hadas malas, viejas y hermanastras. Otras personificaciones asumen la prisión patriarcal y hasta parecen ser felices, disfrutando de su condición de cautiverio. Las que se rebelan contra el cautiverio enfrentan los designios del poder, buscando su libertad e independencia, luchando con las armas que tienen desde su función dentro de la trama literaria.
Entre la transgresión y la obediencia fluctúan los personajes femeninos de los cuentos tradicionales, y si la forma genérica es la obediencia, la transgresión va hacia la ruptura del orden patriarcal.
Como se ha señalado en este libro, la importancia que se le asigna al matrimonio en los cuentos tradicionales da por resultado que se tenga como principal objetivo tener un esposo, como una prioridad en su condición de género. Este requerimiento vuelve vulnerables a los personajes femeninos, ya que obtener un esposo está condicionado a cumplir con los estereotipos de género vigentes, bajo la fórmula mencionada líneas atrás: juventud + belleza + bondad + obediencia + delicadeza + laboriosidad. Lo que excluye a las protagonistas que no cumplen con estas condiciones.
En este sentido, los personajes femeninos en el entramado de la historia están en constante tensión para ser acreedoras de los atributos necesarios para ganar un esposo, lo que para algunas son condiciones imposibles de cumplir, y que las excluye de casarse con personajes poderosos, como reyes, príncipes y hombres ricos. Es decir, la única posibilidad de los personajes femeninos para obtener poder y estatus. Porque son escasos los cuentos donde las doncellas se casan con hombres pobres, cuando sucede, estos resultan tener cualidades como la astucia e inteligencia. En este sentido, las relaciones entre los personajes femeninos masculinos y femeninos pobres no son interesantes para ser contados.
Y las tramas muchas veces se concentran en la elección de la pareja, porque tampoco se relata cómo se llevan a cabo las bodas de la realeza. Es decir, en mostrar cómo los personajes femeninos cuando cumplen con los designios del poder son premiados, como las doncellas que cumplen con la fórmula casadera. Pero las que trasgreden las leyes son castigadas, en este caso están las madrastras, jóvenes feas, viejas y brujas.
A partir de la cosificación de los personajes femeninos, como una forma de violencia, las protagonistas son tratadas como objetos ornamentales que vienen a completar el cuadro perfecto: un rey con riquezas y una esposa bella y joven. Y las mujeres que no reúnen los atributos son denigradas y humilladas, al ser consideradas indignas. Y esta es una forma de violencia sistémica, tanto para las que cumplen la fórmula como para las que no lo hacen.
Por eso, para poder obtener un esposo para sus hijas, las madres y madrastras requieren volverse activas, rompen con la obediencia y sumisión genérica, y tratan de revertir su condición a partir de responder en una forma de contraviolencia. De tal manera que con esta resistencia salen del estatus de mujeres pasivas y se vuelcan a tratar de conseguir lo que desean utilizando a su vez la violencia. O como diría Butler para referirse a la violencia ejercida contra las minorías:
tal resistencia no es sino una forma de contraviolencia (…) La violencia es contra nosotros, por lo tanto, está justificado que actuemos con violencia contra aquellos que a) iniciaron la violencia, b) la dirigieron contra nosotros, lo hacemos en nombre de nuestras propias vidas y de nuestro derecho de persistir en el mundo” (2022, p. 15).
Aunque no hay justificación en la perpetuación de la violencia, hay personajes femeninos que en ella encuentran la única forma de transgredir el orden patriarcal, volviéndose personajes activos que enfrentan al sistema. La violencia surge cuando hay disenso u oposición a ciertas construcciones dominantes.
Los personajes femeninos cuyas características físicas no son consideradas óptimas para ganar un marido poderoso se encuentran en desventaja contra quienes nacen bellas; en este sentido, la envidia y el enojo son emociones que surgen en quienes saben que nunca tendrán esa oportunidad.
Por lo tanto, poseer belleza es una de las características naturales que pone a los personajes femeninos en una condición de ventaja, las otras: bondad + obediencia + laboriosidad, son aprendizajes y la base de un sistema de sumisión patriarcal.
Para los personajes que nacen “feas” es más difícil poder asumir la obediencia, porque viven en una permanente rebeldía contra los designios de la naturaleza, quien les dio un cuerpo considerado “no deseable”. En este sentido, es más fácil que sean buenas, obedientes y laboriosas si ya cuentan con belleza y juventud, pero al no tener belleza o juventud, los otros atributos son invalidados, no son candidatas a “ganar” un marido rico.
Las madres de las hijas sin el atributo de la belleza en los cuentos reaccionan contra los designios transgrediendo y violentando el mismo orden patriarcal que las somete. Para ello, acuden a la violencia física, la hechicería, los enredos y mentiras, por lo que son fuertemente castigadas.
En el contexto de las relaciones humanas, las mujeres viven bajo una presión sociocultural que se ejerce sobre su imagen: “la presión social hacia las mujeres siempre ha existido; es constante, cultural e histórica. Se arrastra desde pequeñas y comienza muchas veces por las madres”[1] (Guzmán y Salazar, 2002, p. 1). Al vivir en una sociedad que pondera la belleza, y al no cumplir con este estereotipo, las mujeres desde niñas y jóvenes sufren un ensañamiento contra su persona. Misma que introyectan en desprecio hacia sus cuerpos, con actitudes autodestructivas.
El mismo comportamiento se refleja en los cuentos en varios ejemplos, como las hermanastras de la Cenicienta que se mutilan los pies para calzar la famosa zapatilla, lo que tiene de trasfondo es la concepción de belleza de la época sobre el tamaño de los pies, que era indicador de delicadeza y elegancia. Otro ejemplo en la literatura actual lo hallamos en la novela El abanico de seda escrito por Lisa See (2006), donde las mujeres con pies grades, que no pasaron por la mutilación de pies que se practicaba en las culturas orientales, eran consideradas como el estrato más bajo de la sociedad, eran quienes ejercían los oficios considerados degradantes, como sirvientas, prostitutas o cargar en sus espaldas a las mujeres de pies pequeños.
La literatura, como espejo de la realidad, generalmente queda rebasada, porque los estereotipos son una aplanadora que mutila el pensamiento de las mujeres.
Mujeres y personajes femeninos viven en una presión similar, cada quien ha encontrado la forma de manera individual u organizada de revertir la violencia sistémica que las mantiene en cautiverios.
Palabras finales
Prevalece en estos personajes femeninos la sexualidad procreadora sobre la sexualidad erótica, por ser su cuerpo para los otros y para la maternidad. En el contexto de la humanidad, pasan muchos siglos antes de que las dos condiciones, la procreadora y la erótica, desemboquen en una identidad cohesionada (Lagarde, 2021), es decir, el cuerpo para pro-crear y cuerpo-eros, como parte de una rebeldía. Estas son algunas de las coincidencias entre la situación de las mujeres y los personajes femeninos, “su ser les es ajeno, que su cuerpo y su subjetividad ha sido ocupado por la sociedad para los otros” (Lagarde, 2021, p. 6).
Los personajes trasgresores en los cuentos tradicionales les dan sentido a las tramas, hacen los cuentos emocionantes, generan intriga en los lectores, vitalizan con su posicionamiento activo las obras literarias. Son personajes de avanzada, con un pensamiento precoz neocolonial.
Para que haya expectación debe haber conflicto, parte de ello es la dualidad bien/mal. Un ejemplo de estos personajes son las madrastras, personificación arquetípica, con un rol trascendente que da origen al conflicto, al desenlace y la resolución del mismo, prácticamente sin ellas no habría historia, eso les da un valor fundamental.
Los cuentos tienen una función educadora, además de lúdica, tanto en los niveles formales como informales, estimulan a “construir una escala de valores que les permitan a las personas vivir en sociedad” (Fernández, 2015, p. 38). Los cuentos tradicionales presentan las normas, costumbres y valores del grupo, y cierran con una idea fundamental: el bien se premia y el mal se castiga; en ellos intervienen en ocasiones elementos mágicos, pero también revelan que existen comportamientos activos, formas de revelarse, de contrarrestar lo establecido, lo que es quizás el principal aprendizaje que dejan. Y aunque no prosperan estos intentos de rebeldía, queda la percepción de que hubo una intención de trasgredir las normas.
- Véase: https://www.redalyc.org/journal/654/65456042002/html/.↵









