Soy mujer. Y un entrañable calor me abriga cuando el mundo me golpea. Es el calor de las otras mujeres, de aquellas que no conocí, pero que forjaron un suelo común, de aquellas que amé aunque no me amaron, de aquellas que hicieron de la vida este rincón sensible, luchador, de piel suave y tierno corazón guerrero.
Alejandra Pizarnik
De por qué escribo, y mi lugar de enunciación[1]
Escribir es un acto de astucia, insolencia y contagio […] escribir es un modo de situarse en un espacio de cenizas, allí donde poesía, teoría y práctica se disuelven y pulverizan, como una seductora provocación a practicar un pensamiento fronterizo, promiscuo, poroso.
Val Flores
Inicio con la intención de rastrear el origen de la ruta que fue urdiendo esta investigación, como ejercicio reflexivo y académico, pero a la vez como práctica evocativa, de conexión con nuestras memorias, genealogías que nos constituyen, como desarmado de una madeja. Me traslado a fines de los 90’ y principios de los años 2000 a mis nueve o diez años, edad donde los recuerdos se tantean más conscientes. Las noticias de los canales nacionales chilenos mostraban incesantes e indolentes, las constantes desapariciones de niñas, jóvenes y mujeres en un territorio del Norte Grande de Chile, que más tarde y hasta nuestros días, se hiciera tristemente conocido por aquel dolor: nunca más se olvidaría el nombre de “Alto Hospicio”[2]. Espacio marcado por la exclusión y el despojo, hoy perdura en la memoria colectiva del país como sinónimo de niñas desaparecidas, feminicidios e inoperancia estatal.
Recuerdo que a medida que meses y años se iban sumando uno tras otro, la sensación de que las niñas desaparecidas ya no volverían se iba asentando, tanto en nosotras y nosotros como espectadores de la tragedia, como en el discurso mediático que se ensañaba con la pérdida de las familias, las elucubraciones misóginas acerca de las vidas privadas de las niñas y las “posibles razones” tras sus desapariciones.
Este año 2021 conocí a una compañera feminista habitante originaria de Iquique. En nuestras conversaciones sentidas respecto de la violencia, afloró una dimensión dolorosa que pocos medios se dignaron a exponer en la época y hasta hoy: en los incansables rastreos y búsquedas por el desierto del norte, las madres y familias de Alto Hospicio encontraron huesos, restos humanos, fragmentos de cuerpos “desaparecidos” por la dictadura militar chilena. Poco y nada de aquello se ha investigado, y la zona desértica continuó siendo escenario de desolación, des-memoria, e injusticia por parte del estado y sus administradores.
Como tantos y muchos feminicidios -¿cuántas son demasiadas?-, el comienzo es la desaparición, antes de la certeza de la muerte. Y es que además en esos años, el concepto de femicidio/feminicidio no existía en la lengua común, ni en el imaginario colectivo, en el abordaje de los medios masivos de comunicación, y tampoco en los marcos legislativos. Sin embargo, ya entrados los 2000, y a medida que se encontraban los cuerpos y la espectacularización de la violencia se dilataba, dichos medios no tardaron en hacer el nexo con lo que sucedía hace varios años en otro territorio desértico y fronterizo, pero a casi siete mil kilómetros de distancia hacia el norte de América Latina: ya no podríamos olvidar el nombre de “Ciudad Juárez”. Probablemente para mucha gente en Chile, como para mí, fue la primera vez que escuchamos sobre la gran frontera-cicatriz. Creo que en ese acontecimiento, en esa época de mi infancia y sin saberlo, se encuentra el primer trazo de este ovillo que ha devenido en investigación, y que hoy puedo enlazar a otros hitos vitales que han marcado mi trayectoria, como mujer, latinoamericana, hija, nieta, amiga, compañera, costurera, socióloga, feminista.
¿Por qué desaparecen las niñas, las mujeres? ¿por qué las matan? ¿Ser mujer es sinónimo de muerte? ¿en todas partes del mundo pasa lo mismo? Intuyo eran las interrogantes que acudían a mi mente de niña, preguntas que continuaron hilvanándose en mi devenir, transformándose y complejizándose. Cuestionarnos el por qué y el cómo de la opresión y las violencias, me parece es parte inseparable de la ruta a transitar cuando habitamos territorios, historias, cuerpos o memorias subalternizadas, pero que también siempre se erigen en luchas. En este tejido se anida ese constante y complejo vaivén entre la violencia y la resistencia, la defensa por la vida, y en cómo desentrañamos e intentamos comprender, pero también aportar, a las luchas que buscan construir vidas dignas y libres de violencias.
En este sentido, el por qué optar por una investigación como esta, y la interrogante de por qué escribo, se anuda irreductible a mi lugar de enunciación: quién soy, de dónde vengo y por qué los espacios que he transitado me llevaron a indagar sobre feminicidio en México y, más concretamente, sobre las prácticas de resistencia hacia las violencias machistas que nos matan: las políticas en femenino que, postulo, han desplegado incansables, valientes y sin perder la ternura, las madres, mujeres y feministas en territorio mexicano, aquellas mujeres que se encuentran en el ojo de la tormenta (Gutiérrez y Paley, 2016). En esta línea, haciendo eco y asumiendo un compromiso y una postura teórico-política respecto del conocimiento situado desde las teorías feministas y decoloniales, que dan telón de fondo a la investigación, me reconozco en tanto sujeta histórica, individua con motivaciones, deseos e intereses particulares y específicos (Harding, 1987).
Mi relación directa con las temáticas de género y feminismos comenzó con mi entrada a la Universidad de La Frontera de Temuco en 2010, más no específicamente en las aulas o en la formación académica: la carrera de Sociología carecía de aquellos contenidos en su malla curricular. Fue en la vida social universitaria, de conversaciones de pasillos y actividades político-culturales donde me fui acercando a lecturas y miradas que resonaban más con mi experiencia vivida, mis inquietudes, memorias, cuerpo, interrogantes e intereses, adentrándome en las teorías de género y el feminismo. Como para muchas, mi primer acercamiento fue con el feminismo hegemónico y validado académicamente, aquel feminismo blanco, occidental y burgués -colonial-, que posiciona la opresión de género como principal y generalizable a la experiencia de toda “mujer” como sujeta universal.
Ya entrando en la recta final de mi proceso de formación de grado, en 2014 realicé mi práctica profesional en el Observatorio de Equidad en Salud según Género y Pueblo Mapuche de la Universidad de La Frontera -al cual sigo vinculada-, donde junto a compañeras de Trabajo Social y Antropología, pudimos aportar en el proyecto de Investigación-Acción Participativa[3] que llevaba adelante el Observatorio, y abordar la violencia de género con comunidades mapuche del sector Boyeco de Temuco y Loncoche[4]. Esta experiencia se vio potenciada, con la participación que tuvimos en el Seminario Intensivo “Racismo, colonialidad y violencias contra las mujeres en América Latina”[5], donde escuché por primera vez a Yuderkys Espinosa hablar sobre interseccionalidad, matriz de dominación y los planteamientos del feminismo decolonial y antirracista para mirar las violencias. Fue el quiebre de un armazón conceptual limitado por su origen colonial -los feminismos hegemónicos y las teorías de género-, que nunca pudo ser re-elaborado, ya no encontraba sentido en seguir pensando en base a esas categorías fragmentadas y cómplices con la colonialidad, distantes a nuestra historia y nuestro territorio.
A partir de esos años se habilitó un camino que permanece abierto, y que me ha llevado a tejer rutas de pensamiento, sentimiento-y-acción, donde esta investigación tal vez deviene en el hito más importante. Encuentro la punta de la hebra que me permite hoy tejerme-a-mí-misma como feminista, decolonial, antirracista, latinoamericana. A la vez, que el devenir me fue abriendo nuevas perspectivas para mirar el territorio habitado, su historia, memorias de lucha y despojo, y su ubicación geo-política y socio-histórica en Abya Yala[6].
Como mujer nacida y habitante del territorio de Wallmapu (Sur de Chile, La Araucanía), la trayectoria vital se ve marcada por la constancia del relato de violencia colonial, estatal, discriminación étnica-racial hacia el pueblo-nación mapuche, desigualdades, despojo, pobreza, usurpación y expoliación de la tierra. La región de dónde vengo es eso, pero también ha sido y es indudablemente, espacio de incansables resistencias de siglos, desde las infinitas expresiones que pueden anidar en las luchas. He habitado y transitado diversos espacios de debate, discusión, organización, manifestaciones y movilización, principalmente en Temuco. Algunos espacios gestados y enunciados como feministas, pero que, de alguna forma, y de-distintas-maneras, han dejado un sabor extraño o de cierta incomodidad en el cuerpo. Y con esto no quiero generalizar –creo que no es posible hacerlo–, pero bajo la creencia de que nuestras emociones y sensaciones son válidas, y debemos escucharlas para “tejer de otro modo”, existían y persisten, prácticas políticas emanadas desde una lógica masculino-dominante, de aquella forma de política que durante siglos de dominación eurocentrada y patriarcal se ha erigido como la única válida: la política del espacio público, del partidismo, del ego, de las jerarquías, de la verticalidad, del monopolio de la palabra, del individualismo por sobre lo común.
Estas situaciones, nociones y prácticas validadas-hegemónicas de lo político, muchas veces han restado a mujeres de la organización y de la participación de espacios de lucha feminista, y nos han hecho cuestionarnos si realmente es esa la única manera de luchar, la que va a seguir predominando, mientras que construir-y-tejer otras formas de relacionamiento social y político, desde lo vincular, solidario, comunitario y amoroso no fuese posible. En esta búsqueda que prevalece, junto a compañeras y amigas pulsamos espacios de encuentro y organización[7] que se gestaban desde la inquietud por construir formas-otras de hacer política, hacia la impugnación vivencial, afectiva, desde lo “micro” hacia el capitalismo desbocado y el patriarcado moderno/colonial que nos violenta. Hoy sigo habitando estos espacios de activismo feminista situado, desde la organización y desde la academia[8].
A partir de estos desasosiegos que acaecieron en pulso común, mi camino fue hilando hasta llevarme a migrar a Buenos Aires a principios de 2018. Mi decisión de entrar a la MESLA, recae en estos hitos que fueron construyendo mi trayecto vital, la búsqueda de una mirada más amplia y profunda de los cauces de nuestra historia latinoamericana, el desentrañar las tramas complejas de la opresión, y el encuentro con otras formas de sentir-y-hacer conocimiento que sea transformador, político y situado.
La migración a Buenos Aires responde a un exilio educacional consecuencia intrínseca de la instauración del modelo neoliberal de la dictadura chilena: la privatización de la vida-toda. Migrar en búsqueda de la oportunidad de acceder a educación pública y de calidad es una constante en muchas y muchos que provenimos de Chile, y que aquí no podemos pagar sus altísimos costos. La educación, junto a vivienda, salud y pensiones indignas, destrucción y expoliación de la tierra y su riqueza, profunda desigualdad e injusticia social, exclusión y súper-concentración del poder político y económico, son entre otros tantos despojos, un caldo de cultivo de opresión de largo aliento: desde los orígenes de la hegemonía oligárquica y configuración de las matrices societales (Ansaldi y Giordano, 2012) en la época colonial y la conformación del estado-nación, hasta el presente.
Jaula opresora insostenible que explotó en octubre de 2019 en las calles de cada ciudad de Chile, en lo que se ha denominado estallido social, levantamiento popular, revuelta, primavera chilena. Los pueblos -en plural- se levantaron contra un modelo instaurado en los años de plomo de Pinochet, profundizado y sostenido por los gobiernos post-dictatoriales. La acumulación por despojo, la privatización y precarización de la vida, la miseria, exclusión, expoliación y desigualdad extrema fueron respondidas con un basta colectivo de hastío acumulado. La respuesta del gobierno de Sebastián Piñera -aun impune-, fue la extrema represión y violencia que ya nuestras memorias y cuerpos conocían, más las generaciones mayores que vivenciaron la dictadura, con heridas todavía abiertas: los militares volvieron a usurpar las calles y disparar sus armas contra la gente, toque de queda, centros clandestinos de tortura, tanquetas, metralletas, personas detenidas, desaparecidas, torturadas, muertas y mutiladas oculares -como el símbolo más cruento e inolvidable del proceso-, volvieron a ser parte de la historia reciente.
Me tocó vivirlo a cientos de kilómetros y cordillera de por medio. Días y noches completas de espanto, pero también semanas de encuentro y organización, manifestación popular en las calles de Buenos Aires donde confluimos gente de Chile y quienes se solidarizaron con la lucha. Crisis de angustia y llanto, temor indecible por lo que estaban soportando quienes dispusieron cuerpos y espíritu, se mezclaban con la emoción de ver tanta rebeldía y dignidad desplegada. Pude soportar la desolación de estar tan lejos gracias a la comunidad de afectos que había tejido en Buenos Aires: mis amigas y amigos migrantes, compañeras y compañeros de maestría que me sostuvieron y apoyaron -también luchando-, durante los meses de octubre, noviembre y diciembre de 2019, cuando retorno a Chile.
Se activaron acciones intensamente políticas por fuera del estado, prácticas solidarias, amorosas, creativas, simbólicas, espontáneamente florecieron en todos los territorios. Erizaba la piel ver los registros de brigadas de salud auto-convocadas en las calles para atender a la gente abatida, ollas comunes en cada esquina, protección y resguardo colectivo ante detenciones, entrega organizada de elementos para resistir los daños de la represión, ocupación de espacios públicos y barriales para encuentros de contención y deliberación, las artes y la cultura en su inmenso espectro para expresar alegre rebeldía: acuerpamientos solidarios, casi instintivos desde la fibra más humana que sostiene la vida, donde lo vincular, lo común y lo afectivo se situaban en el centro.
Aquí, las demandas feministas han ido hilándose en conjunto, hebra a hebra con las demás consignas de lucha. Comprendo el trasfondo de toda esta transformación expresada hace dos años -con pandemia y clausura de la vida como intermedio-, desde un prisma eminentemente feminista, comunitario, en búsqueda de caminos hacia la descolonización, y al derrumbe de los muros que separan lo íntimo-afectivo de lo público-político. Se impugnaron las instituciones, se disputaron los símbolos, y se movilizó la reparación del expoliado tejido comunitario, mediante la reapropiación de lo político en otras formas de vincularse y construir comunidad.
Hoy la llama de un nuevo ciclo político sigue encendida, con los posibles desenlaces aún abiertos. No obstante, la esperanza entre-tejida entre tantas y tantos continúa siendo una estrella que nos abriga y nos convoca, nos ilumina historia despojada, las memorias negadas de lucha social que aperturan horizontes hacia otras-formas de ser y estar.
Rememoro octubre porque lo hilvano con mi historia reciente y las potencialidades de futuros, porque hoy -octubre de 2021-, escribo desde Temuco con experiencias latentes del reencuentro de los cuerpos en las calles y en los barrios.
“Ni balas ni perdigones cegarán el corazón de los pueblos”, dice la bandera negra colgada en mi taller, la miro mientras escribo y rememoro que la bordé hace un año, justamente para el octubre anterior. Tomo la máquina de coser o la aguja sola para atravesar la tela, habilito que el recorrido del hilo sustituya la línea del dibujo y de las frases. No puedo escindir mi escritura de mi corporalidad, mis memorias y genealogía: como tejido que me sostiene en lo metafórico y material, reivindico mi linaje textil: soy costurera, bordo libre a máquina de coser, y me crie en una familia vinculada a los hilos[9]. Por eso la redacción de esta tesis está igualmente plasmada-e-hilvanada por metáforas textiles que dan sentido a mi voz y a mi palabra escrita, dimensión artística, política, evocativa y de creación liberada que además expreso mediante la reivindicación de obras textiles de compañeras mexicanas y mías propias. Profundizaré en esto en el apartado metodológico.
A partir de estas coordenadas reveladas/rebeladas que dieron lugar y sentido al ejercicio de investigación -analítico y escritural-, puedo dotar a las siguientes interrogantes de un telón de fondo epistémico, corporalizado, comprometido, afectivo, situado y feminista ¿Cómo aportar a la comprensión, pero también impugnación hacia el orden de dominación colonial-capitalista-patriarcal que cargamos hace 500 años, y que se dilata cada vez más expoliador y violento? ¿desde qué lugar posicionarse, a través de qué lente observar estos procesos, en la búsqueda de una labor que pueda trastocar, aunque sea mínimamente el modelo?, Y más concretamente, ¿Cómo han luchado y de qué formas han desplegado resistencias aquellas mujeres en el ojo de la tormenta?, ¿Es posible encontrar y dónde, la potencialidad de resistencias-otras hacia las violencias múltiples que se inscriben sobre los cuerpos femeninos y feminizados?
México como herida/latido ampliado: feminicidios, violencias, luchas y resistencias
Nosotras mujeres latinoamericanas deberíamos aprender de nuestra historia de explotación y hambre; sin conciencia de esta historia y sin relacionarla con otros continentes, no podremos desear e imaginar otras civilizaciones.
Margarita Pisano
El por qué investigar sobre México no responde únicamente a requerimientos académicos de la Maestría, que versan primeramente en la comparación si es que vamos a pesquisar sobre nuestro país de origen. Recuerdo una de las clases de taller de tesis en 2019 donde nos preguntaban las razones tras la elección del caso, y respondí medio riendo-medio verdad, que elegí México porque quiero vivir ahí: mis compañeras y compañeros se rieron. Pero más allá de lo que pueda sonar simple o poco académico en términos de argumentación, las razones emocionales, subjetivas, corporales incluso, las considero dimensiones igualmente válidas al momento de escoger nuestros temas de investigación, de generar conocimiento, de comprometernos epistémicamente superando los muros de la racionalidad científica que nos impugna a ser neutrales, lejanas y objetivas. Una de las ausencias más profundas de las ciencias sociales ha sido la corporalidad y sentir de quien escribe: me posiciono en la vereda contraria, sitúo cuerpo, emoción, afectos, experiencias y memoria en el centro de mi proceso de investigación y en el devenir de mi escritura.
Cómo encontrar puntos comunes, analogías y diferencias que me habilitaran una comparación, a partir de la capacidad de encontrar un problema (Bloch, 1992) de investigación -que ya venía urdiendo-, entre Chile y México, fue un desafío que me pesó durante varios meses de cursada. ¿Qué es comparable?, comparar como método de estudio implica asimilar y diferenciar en los límites, toda vez que para afirmar que algo no es comparable, tuvimos que comparar en algún momento (Sartori, 1994): las similitudes, divergencias, excepciones, estructuras, condiciones socio-históricas de larga duración entre Chile y México, en la dolosa dimensión de las violencias contra las mujeres y los feminicidios, fue una fórmula que finalmente descarté[10], principalmente en base a los aportes y discusiones desarrolladas en los encuentros de taller de tesis. Me quedé entonces sólo con México, decisión teórica-metodológica que significó un alivio en su momento, a la vez que un reto colosal: hacer una tesis sobre un país que nunca he visitado, y sobre el cual me enseñaron prácticamente nada en las aulas de la educación formal.
La decisión entonces, atravesada por cuestiones emotivas y corporales, se asienta en la atracción compleja-y-contradictoria que dicho territorio encarna: sentirme siempre cautivada, y sobre todo conmovida, maravillada ante inmensa diversidad y riqueza cultural, histórica, territorial, natural, la fuerza de sus pueblos, la ancestralidad que los empapa, las historias que comparten quienes han podido visitarlo, la energía que emana desde ese lugar. Los colores de sus fiestas, la forma de hablar, la comida, la música. Es espacio de gestación de quizá, el proyecto político más transformador, revolucionario, autónomo y resistente de nuestros tiempos, el zapatismo. Pero al mismo tiempo, la descarnada violencia y la muerte, es escenario de largos y profundos capítulos de múltiples y simultaneas violencias, expoliación y desigualdades, parte del relato de su papel en el avance y sostenimiento del capitalismo neoliberal a escala mundial.
México por tantas razones:
latido ampliado, y también herida que nos duele.
En efecto, y siguiendo los planteamientos de Jules Falquet, México se configuraría como el “alumno predilecto del neoliberalismo”, así, “La necesidad de analizar [su] situación […] se justifica por la importancia de este país para el avance del neoliberalismo a escala planetaria, debido a su papel clave en la construcción de la hegemonía de Estados Unidos –del que históricamente es la reserva de mano de obra, materias primas y energía” (Falquet, 2014, p. 1). En esta misma línea, la lucha contra los feminicidios no sólo es una impugnación a ciertas racionalidades masculinas, sino también una lucha contra las formas de vida que impone el capital (Gutiérrez, 2017b).
Indiscutiblemente, el fenómeno de la violencia contra las mujeres y los feminicidios en México, es una de las marcas funestas que lo han distinguido a nivel internacional. Larguísima es la lista de agravios contra las mujeres que se viene registrando hace décadas en el territorio mexicano, violencias múltiples que son parte y eje articulador de un entramado complejo de dominación, inseparable del correlato de impunidad y reproducción sistemática del aparato estatal, donde la violencia feminicida en el ámbito íntimo y la violencia institucional patriarcal, se refuerzan mutuamente (Reyes-Díaz, 2017), y donde los cuerpos de las mujeres han sido receptáculo y lienzo.
En este contexto, los feminicidios sistemáticos que comenzaron en la década de los 90’ en la Frontera Norte de México, específicamente en Ciudad Juárez, se erigen como doloso caso emblemático. Estos feminicidios hicieron a México foco de atención mundial, por lo impactante de la violencia, su sistematicidad e impunidad sostenida, pero también, por la incansable movilización social y acción colectiva gestada por organizaciones de madres y familiares que se enlazaron frente al agravio, exigiendo justicia, defendiendo la vida. Han sido justamente estas organizaciones las que lograron posicionar la problemática en la agenda internacional, a nivel social y político (Martín, Fernández y Villarreal, 2008; Ochoa, 2012; Juárez, 2016). Situaron el dolor de Ciudad Juárez en los imaginarios más allá de las fronteras nacionales y latinoamericanas, denunciaron, impugnaron, lucharon en cartografías diversas de lo internacional, lo jurídico y lo mediático.
Sin embargo -y nos duele-, el fenómeno de los feminicidios lejos está de ocurrir sólo en Ciudad Juárez, y en las últimas décadas se ha excedido hacia otras entidades federativas, como Veracruz, Nuevo León y el Estado de México, que encabezan año a año los registros oficiales de feminicidios. No obstante, estos casos no han logrado la visibilidad internacional que tuvo Juárez en los 90’ y comienzos de los 2000, alcanzada principalmente por la acción política de las organizaciones de madres y familiares, nunca por el compromiso del estado mexicano con la defensa de la vida y el aseguramiento de reparo y no repetición. En este sentido, la impunidad y desinformación se agravan, debido a la ausencia de una denuncia histórica previa que sí se dio en el caso de Ciudad Juárez (Juárez, 2016). La visibilidad que alcanzaron “las muertas de Juárez” dejó mucho tiempo en las sombras los asesinatos de mujeres en otros territorios de México (Pinoteau, 2014).
Si bien, los contextos sociales y políticos han cambiado, las tendencias del capitalismo se han exacerbado, junto con la profundización de unas y pérdida de otras dinámicas sociales, la acción colectiva y las luchas políticas llevadas a cabo por comunidades y organizaciones sociales, persisten y resisten ante el embate de los sistemas de dominación, logrando asentarle grietas al muro, mediante las memorias porfiadas que no olvidan y luchan, y corazonando otras-políticas, siguiendo las metáforas zapatistas. En este sentido, la acción política que continúan corporalizando -infatigables, porque no se rinden-, las organizaciones de madres, familiares, mujeres y feministas en la lucha contra la violencia y los feminicidios en los distintos estados mexicanos, es cardinal: luz de esperanza de otros mundos posibles que sitúan la vida y lo común en el centro de la lucha. Toda vez que exceden, trascienden e impugnan las limitaciones de la política tradicional masculino-dominante, liberal y partidista: por ende, moderna/colonial, que se erige como hegemónica, y que se sostiene en la tutela y la dominación.
A partir de lo expuesto, puedo desplegar el objetivo central que guio mi proyecto: analizar, desde una mirada socio-histórica, cómo las organizaciones “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” (Ciudad Juárez, Estado de Chihuahua, 2001-2021) y “Nos Queremos Vivas Neza” (Nezahualcóyotl, Estado de México, 2017-2021)[11], aportan desde una política en femenino a la lucha contra los feminicidios en México. Para la consecución de este propósito, es necesaria la ejecución paso a paso -o más bien, puntada a puntada-, de cuatro objetivos específicos: en primer lugar, llevaré a cabo un relevamiento de condiciones socio-históricas de la violencia contra las mujeres y los feminicidios en México a través de una mirada de larga duración -partiendo de la herida colonial de 1492-, a la vez de caracterizar y analizar instituciones del estado mexicano que se ocupan de la violencia de género y feminicidios. Estos dos objetivos son desarrollados en el capítulo I “Condiciones socio-históricas en torno a las violencias y feminicidios en México”.
Luego, procederé a situar territorial e históricamente a las organizaciones “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” y “Nos Queremos Vivas Neza”, mediante una reconstrucción biográfica hilvanada a una narrativa autoetnográfica afectiva. Este objetivo, lo abordo en el capítulo II “Nuestras Hijas de Regreso a Casa. La lucha incansable contra los feminicidios y un linaje “materno” en la defensa por la vida”, y en el capítulo III “Nos Queremos Vivas Neza. Mujeres mexicanas organizadas contra los feminicidios. Desde las periferias tejiendo comunidad”. Finalmente, trabajadas ya estas piezas, doy paso a un último y central objetivo específico a modo de cierre y puntada abierta: la identificación y análisis de los aportes de una política en femenino de las organizaciones respecto a la lucha contra los feminicidios, desarrollado en el capítulo IV “Entrelazadas resistimos. La política en femenino en el accionar de las organizaciones. Potencialidades y desafíos en la lucha contra los feminicidios en México”.
Para transitar esta ruta, decido partir de un supuesto-hipótesis que funge a la vez de brújula, instrumento de orientación que utiliza una aguja para señalarnos, en nuestro caso, el Sur: en México, existe un entramado de organizaciones en torno a la lucha contra los feminicidios y las violencias contra las mujeres, donde su presión ejercida ha repercutido en la respuesta estatal de creación de un complejo aparato institucional, interinstitucional y legislativo al respecto, desde 2001. Sin embargo, esto no ha significado el cese, disminución, esclarecimiento ni reparación de los casos de feminicidios, sino más bien, un aumento y ensañamiento de los crímenes. En este contexto, donde es cuestionable la efectividad de la justicia liberal, parte del andamiaje burocrático del estado, la potencialidad de la resistencia hacia la violencia contra las mujeres y los feminicidios se halla en políticas que trascienden lo estado-céntrico. En este sentido, en la acción política de las organizaciones “Nuestras Hijas de Regreso a Casa” y “Nos Queremos Vivas Neza”, es posible observar elementos, prácticas o aproximaciones de una política en femenino, de re-tejido de tramas comunitarias y de prácticas de sostenibilidad de la vida, como fuente social transformadora frente al agravio sistemático colonial-capitalista y patriarcal que se inscribe sobre los cuerpos de las mujeres.
El paradigma femicidio/feminicidio. Un breve recorrido conceptual
Los asesinatos de nuestras hijas son destrucción del mundo y futuro arrebatado. No son casos numerados en el expediente criminalístico. No son muertes anónimas de personas, que no conciernan a nadie sino a sus consanguíneos dolientes. Son disolución del mundo que es nuestra casa. (Salazar, 2006, p. 16)
“Todo empezó por la alarma en torno a crímenes contra niñas y mujeres en Ciudad Juárez hace más de quince años” (Lagarde, 2011, p.12), así inicia el prefacio de Marcela Lagarde en la emblemática obra “Feminicidio en América Latina” coordinado por Rosa-Linda Fregoso. Juárez, una y otra vez, es el “inicio” que encontramos para pensar y hablar sobre muertes incontables de mujeres, fenómeno histórico, mundial, pandémico. Ponerle un nombre a lo que acontecía, definirlo, reconocerlo, nos habilitó la comprensión analítica y política de sus complejidades siempre en transformación.
En este sentido, a partir de ese reconocimiento, se ha desarrollado una amplia y profunda línea de creaciones-expresiones artísticas en torno a las violencias y feminicidios partiendo desde Ciudad Juárez, hoy extendidas a todos los territorios. Son parte del acervo epistémico especializado y colectivo: obras teatrales, fotográficas, performáticas, musicales, cinematográficas, pictóricas, poéticas, textiles. Se han escrito incontables tesis, investigaciones, artículos, ponencias, ensayos, se dictan cursos, seminarios, diplomados en la vereda académica, y más. Y pareciera que aún nos cuesta encontrarle sentido a tanta muerte. Partiendo de la constatación del amplio espectro académico y artístico avocado a los feminicidios en toda América y el Caribe -muchos con enfoque en México y Juárez-, y de las innegables contribuciones que ambas veredas han hecho al conocimiento y las luchas, la tesis que elaboro no pretende aportar “más de lo que ya se ha dicho y de lo que ya se sabe” en torno a la definición del fenómeno, y sus distinciones categoriales. No es la aguja de mi brújula, y “no hay nada nuevo bajo el sol” -como me dijo en alguna de nuestras tantas reuniones de tesis mi directora Karina Bidaseca-, categorías, clasificaciones, explicaciones, hipótesis y tesituras al respecto, abundan, y seguro todas de alguna manera, aportan. De esta forma, reitero que tanto el presente apartado como los siguientes capítulos, se dirigen hacia los objetivos planteados anteriormente, sintetizados en analizar cómo resisten las organizaciones de madres y mujeres en México ante la violencia feminicida desde políticas en femenino. No obstante, es menester y pieza necesaria de todo proceso de investigación -en cualquier tema-, desplegar un estado de la cuestión al respecto.
El paradigma de análisis femicidio-feminicidio encuentra su aparición en la academia feminista anglosajona. Fue desarrollado primeramente por la escritora estadounidense Carol Orlock en 1974, y luego utilizado públicamente por Diana Russell[12] en 1976, ante el Tribunal Internacional de Los Crímenes contra las Mujeres en Bruselas (Bidaseca, 2015), como hito histórico que da origen al concepto y su uso. En 1990, Diana Russell y Jane Caputi plantearon el feminicidio como “el asesinato de mujeres realizado por hombres motivado por el odio, el desprecio, el placer o por un sentido de propiedad” (Russell y Caputi, 1990, citadas por Albarrán, 2015, p. 76). Posteriormente, la misma Russell junto a Jill Radford (1992) lo definen como “el asesinato misógino de mujeres cometido por hombres”.
Desde la academia feminista y en búsqueda de complejizar el análisis del problema, surgen otros marcos de referencia y análisis a partir de disciplinas como la antropología, la sociología y la psicología, entre otras. Para América Latina, será la antropóloga feminista mexicana Marcela Lagarde, quien en 1994 plantea la noción política de feminicidio, a partir de la crítica de que, en castellano “femicidio” actúa como voz homóloga a homicidio, significando solamente asesinato de mujeres. De esta forma, Marcela Lagarde introduce en el debate el elemento de la impunidad, complicidad y responsabilidad estatal, en el sentido de que el estado es responsable de prevenir, proteger y garantizar vidas libres de violencia: el feminicidio es un crimen de estado (Lagarde, 2011). Así, en base a su trabajo teórico, se consigue la sanción de la primera ley en América Latina que utiliza la categoría (Segato, 2012).
Para Marcela Lagarde (2004; 2011), los feminicidios están alimentados por la desigualdad estructural y de género, social, económica, jurídica, política y cultural, asociada a la cosificación del cuerpo de las mujeres que las vacía de sus derechos como humanas. “La violencia feminicida florece bajo la hegemonía de una cultura patriarcal que legitima el despotismo, el autoritarismo y el trato cruel, sexista -machista, misógino, homófobo y lebófobo-, alimentado por el clasismo, el racismo, la xenofobia y otras formas de discriminación” (Lagarde, 2011, p. 36).
También desde México, la socióloga juarense Julia Monárrez (2000), otra exponente teórica del feminicidio, enfatiza en la importancia de documentar y registrar las cifras de feminicidios para la generación de bases de datos, como herramientas necesarias de análisis e información, independiente del origen de las fuentes (oficiales o no). Su trabajo permitió la creación de la Base de Datos de Feminicidio (1993-2005). Además, Monárrez propone una de las tipologías de feminicidio más reconocidas en el campo: feminicidio íntimo (infantil y familiar), por ocupaciones estigmatizadas, y sexual sistémico (organizado y desorganizado). Este último lo define como “el asesinato de mujeres que son secuestradas, torturadas y violadas. Sus cadáveres, semidesnudos o desnudos son arrojados en las zonas desérticas, los lotes baldíos, en los tubos de desagüe, en los tiraderos de basura y en las vías del tren” (Monárrez, 2008, citada por Albarrán, 2015, p. 78). El carácter de ensañamiento y desidia indecible frente a cuerpos femeninos desechados como residuos, aparece, no sólo en las definiciones teóricas, sino que en la vida misma.
Por otro lado, la antropóloga feminista argentina Rita Segato (2011) describe el feminicidio como un síntoma de la barbarie del género moderno -colonial-, crímenes que representan novedad, una transformación contemporánea de la violencia vinculada a nuevas formas de la guerra. Aporta el concepto de femigenocidio, como aquellos feminicidios de naturaleza impersonal que revisten sistematicidad y carácter repetitivo, resultado de normas compartidas dentro de la facción armada que los perpetra: es precisamente este carácter genérico, impersonal y sistemático lo que los perfila como genocidios o crímenes de lesa humanidad (Segato, 2011).
Con la introducción de la partícula “geno” en el término seleccionaríamos aquellos feminicidios que se dirigen, con su letalidad, a la mujer como genus, es decir, como género, y preservaríamos la categoría feminicidio para todos los tipos de crímenes que victimizan a las mujeres en el contexto de las relaciones de género de tipo interpersonal. (Segato, 2011, p.24)
Karina Bidaseca -socióloga y feminista decolonial argentina- (2015), en acuerdo con lo que plantea Segato, fortalece la definición con base a un análisis crítico a la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948 asistida por Feierstein (2011) y tomando los aportes de Achille Mbembe (2006): el orden de la economía radical que ahora se representa con la masacre de cuerpos femeninos/feminizados, la necropolítica que no discrimina entre enemigos internos y externos, ejerciendo terror sistemático sobre las poblaciones, y la soberanía para decidir quien puede vivir y quien debe morir.
El nombre de feminicidio refiere a los crímenes ininterrumpidos de mujeres, perpetrados con dosis excesivas de crueldad, mujeres estudiantes y trabajadoras que producen mercancías globales[13], sin que la plusvalía extraída de ese trabajo sea suficiente. A mi entender, si la deuda contraída con el capital es siempre impagable, la contraída con el orden patriarcal nunca podrá ser siquiera considerada. (Bidaseca, 2015, p.29)
Respecto a la doble fórmula conceptual femicidio y feminicidio, la generación de confusiones en cuanto a sus definiciones y supuestas diferencias es recurrente. Distintos países han tomado uno u otro nombre para legislar, y a partir de allí el concepto se ha extendido, por ejemplo, en el caso de Chile se habla de femicidio. Esta ambigüedad conceptual le ha restado fuerza de ley al tiempo que como fenómeno profundamente grave, ha sido desplazado de las discusiones globales sobre el “segundo sexo” (Bidaseca, 2013). Como bien expone Karina Bidaseca (2013), tanto la ambigüedad conceptual en su definición como la invisibilización, nos interpelan como académicas y activistas feministas. Por su parte, Rosa-Linda Fregoso (2011), argumenta la preferencia por el término feminicidio en lugar de femicidio, de una parte, como decisión política pues se busca avanzar en perspectivas críticas transfronterizas, y teórica, al tiempo que se aspira a dar relevancia a las teorías gestadas en el Sur global para la formación de paradigmas alternativos.
[…] hemos observado las formas en que el concepto ha cambiado y evolucionado a medida que su pensamiento viajaba hacia el Sur, donde otras circunstancias determinan la experiencia de la violencia de género contra la mujer. Nuestra cartografía del feminicidio propone una reconfiguración de las jerarquías de conocimiento que conteste y cuestione la noción de “traducción perfecta”, es decir, la idea de que las feministas latinoamericanas simplemente se han apropiado de teorías formuladas por feministas del Norte global […] en el proceso de pedir prestado el concepto y adaptarlo a las circunstancias locales, hemos generado interpretaciones nuevas sobre el feminicidio. (Fregoso, 2011, pp.49-50)
Me sumo a lo planteado por las autoras, en el sentido de realzar nuestro lugar de enunciación situado desde el Sur en la producción de conocimientos, y alterar las relaciones epistémicas jerárquicas-coloniales que igualmente, impregnan la academia feminista latinoamericana. En este sentido, opto por utilizar el concepto feminicidio en lugar de femicidio -aunque así se le llame y comprenda desde el país que habito-, por las razones ya expuestas, sumado a que así es nombrado en territorio mexicano.
Finalmente, es con los análisis aportados principalmente por Rita Segato y Karina Bidaseca, gestados desde una perspectiva feminista decolonial, que la dimensión colonial aparece como eje sustancialmente explicativo para desenmarañar la compleja madeja de las violencias y los feminicidios en Abya Yala. Se superan así nociones limitadas a los análisis de género -relaciones de poder, roles, estereotipos-, a las miradas meramente criminalísticas, las centradas en estadísticas y cifras, de comparación de marcos legislativos, y las que consideran factores económicos y culturales como secundarios. Posiciones que incluso pueden reproducir lecturas fragmentadas y desvinculadas de la historia colonial del continente, sus violencias y despojos. Retomo los aportes de Segato y Bidaseca -a los cuales adscribo- en distintos momentos a lo extenso de la tesis.
Nuestros cuerpos ultrajados, colonias del patriarcado, fueron históricamente considerados la extensión del territorio a conquistar. Bajo las leyes del capitalismo salvaje, la relación violenta que establece con la naturaleza -que va a ser transferida a nuestros cuerpos-, nos sitúa a las mujeres en un permanente exilio del mundo. (Bidaseca, 2015, p.23)
En efecto, la gran mayoría de las autoras que abordan feminicidio, asientan sus análisis y conceptualizaciones tomando como punto clave el caso emblemático de Juárez, una puerta de entrada insoslayable. Desde la extensa producción e investigación al respecto, así como desde las organizaciones y sociedad mexicana, se han generado una serie de posibles respuestas e hipótesis de las causas de los feminicidios en Ciudad Juárez, relacionadas con la misoginia, la impunidad, la responsabilidad del estado y los gobiernos de turno, la corrupción, la deficiencia del sistema de justicia, el crimen organizado, la pornografía, cine snuff, la trata de personas, el tráfico de órganos, asesinos seriales, entre otras causas (Domínguez y Ravelo, 2003). En 2001, la investigación de Patricia Ravelo reveló 32 hipótesis posibles, donde las más recurrentes recaen en asesinos seriales y pornografía sádica (Ravelo, 2008). Es claro, que las causas son múltiples y complejas, y que hasta hoy, la gran mayoría de los feminicidios permanecen impunes, sin esclarecer, y las cifras sin disminuir sino en sostenido aumento -nuevamente, ¿cuántas son demasiadas?-. De acuerdo a Rita Segato (2016b), más que hablar sobre causas y efectos para comprender Juárez, se debe de pensar en un universo de sentidos entrelazados y motivaciones inteligibles.
La propuesta analítica en la cual se sostiene la presente investigación, versa en la mirada atenta a la herida colonial aun abierta, como origen de larguísimo aliento de las violencias múltiples y feminicidios hacia cuerpos femeninos y feminizados en territorio latinoamericano, y mexicano en particular. Telón de fondo, irreductible, para observar las prácticas políticas de resistencia frente a estas.
Los qué, y por qué de las políticas en femenino. Algunas coordenadas preliminares
Nos hemos escogido como compañeras
Para compartir el filo de nuestras batallas
La guerra es sólo una
Si la perdemos
Llegará el día en que la sangre de las mujeres
Cubrirá, reseca, un planeta muerto
Si vencemos
Ya sabes que buscamos
Más allá de la historia
Una relación nueva y mejor.
Audre Lorde
Cuando empezamos a mirar a través de los “lentes violetas” del feminismo, pero desde una mirada no fragmentada de la opresión, la realidad vivida se muestra sin los ropajes de la modernidad y progreso del proyecto eurocéntrico. En este andar, se comienza a desarrollar en parte como una incomodidad, en parte como una dolencia –hablando desde mi propio sentir–, la certidumbre del monopolio de lo político. La concentración de la representación y las decisiones que afectan y dirigen la vida social en un grupo determinado de personas privilegiadas por sexo/género, clase y raza. Quienes han determinado las líneas de las fronteras, qué y cómo son los modelos de gobierno y los designios de la economía, qué es lo público y lo privado, quienes deciden el sentido y curso de las guerras, qué es, cómo y dónde se ejerce la política, y así un largo continuum de dominación masculina-occidental.
Como exponía Kate Millet –feminista radical estadounidense– en los años 80’, mientras ellos gobernaban, nosotras amábamos. La construcción social del amor romántico y de lo privado-doméstico como mecanismo de dominación patriarcal, es parte de la escisión binaria de la vida impuesta desde el paradigma eurocentrado moderno-colonial, que produce un régimen epistémico de diferenciación jerárquica (Espinosa, Gómez y Ochoa, 2014), y que a la vez, designa lo afectivo-amoroso como algo sin valor, remanente, residual. En esta línea, Rita Segato (2019) argumenta que la modernidad significó el desplome de la autonomía, la autoridad y el poder de las mujeres, constituyendo la pérdida de su posición en el mundo comunitario, esto pues, la modernidad-colonialidad introduce el binarismo jerárquico y excluyente en culturas de lo dual: femenino y masculino no electivo, no jerarquizado ni excluyente, sino que pueblos basados en una politicidad simultánea del espacio político-estatal y el espacio doméstico. Este espacio, constaba de su propia entidad política y completitud ontológica, anulada por la intromisión, saqueo e inyección del paradigma colonial-occidental (Segato, 2019).
Mi propuesta, está interesada en encuadrar y enfocar la mirada -desde una confluencia disciplinar, teórica y metodológica que iré desarrollando a lo largo del texto-, en estos proyectos de políticas-otras, arraigadas, situadas y que nos pulsan a reatar los hilos de memorias de nuestra historia que fue interrumpida (Segato, 2019). Prácticas políticas no burocráticas, ni jerárquicas, ni individualistas. Raquel Gutiérrez (2014), apunta a poner en el centro de la intelección del evento social, la cuestión de las luchas, lo que genera la traslación de la mirada del sujeto de transformación social del estado hacia la sociedad. Esto pues, son las luchas las que impulsan las energías y capacidades colectivas y comunitarias de freno a los proyectos del capital, y de cuestionamiento a los sistemas de representación que concentran la producción de la decisión política (Gutiérrez, 2014).
Estas autoras, hablan de políticas en femenino y políticas en clave femenina, como aquellas que buscan domesticar lo público, refundar el feminismo para refundar la política, gestar un mundo sin hegemonía y desmontar la estructura binaria construida por el estado con su ADN patriarcal (Segato, 2019).
Se hace necesaria una crítica a un denso conjunto de supuestos inscritos durante siglos en el imaginario de la modernidad capitalista. Justamente en tal sentido hablamos de una política en femenino, la cual, a modo de un lenguaje reconstruido se empeña en volver a nombrar lo que ocurre y busca una sintaxis adecuada para expresar lo que brota como lucha y como anhelo desde las entrañas de las tramas comunitarias que habitamos. (Gutiérrez, Navarro y Linsalata, 2016, p.21)
Por política en femenino, y siguiendo a Raquel Gutiérrez (2017), se entenderá como aquella(s) que enfatizan el eje de atención y punto de partida en el compromiso colectivo con la reproducción y sostenibilidad de la vida en su conjunto y la defensa de lo común. En esta misma línea, Silvia Federici (2013) argumenta que el ámbito social feminizado –lo doméstico, privado, reproductivo– en tanto negado y despreciado por la modernidad capitalista/colonial, es el lugar desde el cual se puede pensar la transformación social con mayor radicalidad. Por consiguiente, una política en femenino no se propone como asunto central la confrontación, “ocupación” o “toma” del estado, ni la gestión del capital, sino que busca reiteradamente limitarla: es una política no estado-céntrica (Gutiérrez, 2017). Tal contenido entonces, antes que un modelo de gobierno señala un camino de vida y de lucha.
En este mismo sentido, Segato (2016a) plantea que los fracasos reiterados de las estrategias de tomar al estado, ya sea por elecciones o por la fuerza, demuestran que no es la ruta para reconducir la historia, esto pues la misma arquitectura estatal es la que impone “sobre sus operadores su razón como sede de una élite administradora que, en nuestro caso [América Latina y El Caribe] es, además, colonial” (p. 25). La hoja de ruta va por rumbo opuesto: domesticar la política, des-burocratizarla, humanizarla en clave doméstica, de una domesticidad repolitizada: un nuevo paradigma de la política, de los vínculos, cercanías, solidaridades, de arraigo corpóreo y a favor de la vida (Gago, 2018), por fuera de los cercamientos de lo estatal y del capital.
En tiempos de una era apocalíptica del capital, el ensañamiento desmedido, la apropiación, la rapiña y el despojo no sólo representan prácticas económicas de enriquecimiento, sino que son las manifestaciones de un valor (Segato, 2019), toda vez que las nuevas formas de la guerra se despliegan en un espacio intersticial paraestatal: en esta esfera en amplia expansión, “la violencia contra las mujeres ha dejado de ser un efecto colateral de la guerra, y se ha transformado en un objetivo estratégico de este nuevo escenario bélico” (Segato, p. 2018, 61). Aquí, los feminicidios ininterrumpidos de mujeres en territorio mexicano, son parte central del relato de las nuevas formas de la guerra: contra los pueblos, contra las mujeres, contra cuerpos femeninos y feminizados.
Sin embargo, en este contexto, siguiendo a Gutiérrez y Paley (2016),
Las durísimas y amargas luchas de las madres que buscan a sus hijas, que se defienden del sistema de (in)justicia, que no se cansan, que se vuelven a enlazar cuando son agredidas, que no dejan de reproducir la vida aun en condiciones de negación radical de sus anhelos, sugieren que hay alguna esperanza de detener este huracán de muerte que nutre por diversas vías al capitalismo desbocado. Nos da esperanza pues, la capacidad colectiva de volver a producir vínculos y confianza, de reestablecer actividades y enlaces para producir lo común, para tejer la inagotable trama de la vida que es siempre comunitaria, aunque los lentes de la modernidad capitalista muchas veces nos impida verlo. (Gutiérrez y Paley, 2016, p.11)
Estas pulsiones, estas posibilidades de re-politizar -devolverle su lugar, su sentido político arrebatado- a lo común-comunitario, afectivo, amoroso, horizontal, cotidiano, la cercanía corporal, el goce, el placer, la palabra y la escucha enlazada a las emociones, entre otras maneras de sostener y defender la vida, ponen de relieve que podemos fantasear con otros futuros comunes, esperanzar otros presentes habitados. Es la propuesta política que a mi ser más le resuena, que hace vibrar el fuego interno como nunca jamás lo hizo el programa político de cualquier candidato, o el larguísimo discurso de un compañero en una asamblea.
La revolución está en los afectos -como dice una ilustración que tengo aquí en mi taller de costura-, la transformación radical de este horror desatado de violencias, jerarquías y desigualdades no está en la arena de lo político permitido, creo que está en las conversaciones cómplices entre amigas cuando sanamos mutuamente los abusos, en las comunidades que se auto-convocan para instalar huertas por su soberanía alimentaria, en las mujeres indígenas que defienden su cuerpo y su tierra, en las mujeres costureras del mundo que cosen miles de mascarillas gratuitamente para sostener la salud y el auto-cuidado comunitario en tiempos de pandemia, en el abrazo y la sonrisa generosa entre desconocidas en una marcha. En esos pequeños actos, “microscópicos” para la hegemonía, gestados desde el lugar femenino del mundo, donde cabemos todos y todas las excluidas, las violentadas: en la lucha inagotable de las madres que buscan a sus hijas desaparecidas, que buscan justicia por sus hijas asesinadas, lucha que nace desde un dolor indecible, pero que se sostiene perenne en el amor y defensa por la vida.
Tomando este hilo, la confección de la tesis se sostuvo en el trabajo con dos organizaciones de madres y mujeres que luchan contra los feminicidios en México. Basándome igualmente en el supuesto de que “[…] Mirar las potencias, aun en las circunstancias más dolorosas, abre la posibilidad de comprender el dolor desde capacidades afectivas que sean fuente social transformadora frente al agravio sistemático” (Reyes-Díaz, 2017, pp. 15-16). En este sentido, la decisión de trabajar con estas dos organizaciones recae, de una parte, en la relevancia histórica y política que han detentado en las luchas contra los feminicidios y las violencias: “Nuestras Hijas de Regreso a Casa”, como experiencia emblemática que deviene en linaje, genealogía “materna” desde 2001 hasta la fecha. Desde Ciudad Juárez, han transitado un camino incansable de organización e impugnación al sistema judicial de impunidad en México, actuando como referente para una serie de otras organizaciones, una organización madre desde la cual han germinado otras. Como es el caso de la asamblea vecinal “Nos Queremos Vivas Neza”, compañeras que están pulsando y tejiendo comunidad por la defensa de la vida desde las periferias del Estado de México, en Nezahualcóyotl. Ambas organizaciones están luchando desde los territorios más adolecidos por las violencias que matan.
La intencionalidad entonces, no versa sobre una lógica comparativa, toda vez que no es pretensión el establecimiento de generalizaciones o regularidades causales, ni de cambios en patrones respecto a tendencias y procesos entre ellas. Lo contrario, más bien, observarlas como casos paradigmáticos de los territorios mexicanos -Frontera y Periferia-, construir un relato biográfico de cada organización, situándolas territorial e históricamente, a la vez que hilvanando sus voces con la mía, y revelar ese vínculo genealógico, de linaje femenino de lucha contra las violencias patriarcales en México.
Situarse desde la mirada decolonial y feminista decolonial latinoamericana
A medida que ahondamos en el contacto con nuestra consciencia ancestral y no europea, que ve la vida como una situación que debe experimentarse y con la que hay que interactuar, vamos aprendiendo a valorar nuestros sentimientos y a respetar las fuentes ocultas del poder de donde emana el verdadero conocimiento y, por tanto, la acción duradera.
Audre Lorde
La epistemología feminista clásica o convencional -desde su lugar de enunciación privilegiado-, se ha encargado de cuestionar la producción y construcción de conocimientos desde críticas hacia el androcentrismo que ha ocultado y excluido el “punto de vista de las mujeres” (Espinosa, 2014). Autoras como Dorothy Smith, Donna Haraway, Nancy Hartsock, Sandra Harding, entre otras, han sido prolíferas en estos cuestionamientos, a través de contribuciones como el “Punto de vista de las mujeres” (Smith, 2001), o el “método feminista” (Harding, 1987). Si bien, el develamiento crítico de que la voz de la ciencia es masculina y que la historia se ha escrito desde el punto de vista de los hombres, de clase y raza dominante (Harding, 1987) ha sido fundamental, la epistemología feminista clásica se ha quedado entrampada en la universalización de la sujeta mujer y la experiencia de opresión dominante del género. Y aunque las mujeres de color[14] han hecho luces de la necesidad de un análisis imbricado de género/raza/etnia/clase/sexualidad, la teoría general permanece intacta, sin articularse con el programa des-universalizador y de descolonización del sujeto “mujer” del feminismo (Espinosa, 2014).
Tal como propone Yuderkys Espinosa (2014), aportes como el cuestionamiento a la reflexividad, neutralidad y objetividad, a la distancia entre observador/a y “objeto” de estudio, así como la reivindicación del conocimiento situado basado en la experiencia, con la intención de estudiar “hacia arriba” cómo operan las instituciones, sus estructuras sociales jerárquicas y sus marcos conceptuales, y el tomar en cuenta la conciencia grupal por sobre la individual, son proyectos del punto de vista/método feminista políticamente comprometidos y socialmente situados que devienen útiles, pero necesarios de problematizar para epistemologías y metodologías otras, capaces de superar sus limitantes. En este sentido, y como la misma autora señala, desde un posicionamiento crítico hacia la epistemología feminista crítica convencional, el andar se encamina hacia una superación de los tratamientos fragmentados de la opresión, cuestionando la violencia epistémica (Spivak, 1998), el racismo de género (Espinosa, 2014), las retóricas salvacionistas (Bidaseca, 2010) y la colonialidad del feminismo hegemónico y sus métodos.
En este sentido, la crítica decolonial, representa un espacio propositivo, entendiendo que en la metodología interesa un desprendimiento como acto de transgresión y desobediencia epistémica en contra de los tratamientos rígidos y protocolos investigativos eurocentrados de la colonialidad del saber. Una metodología feminista y decolonial, debe apuntar a descolonizar los métodos de la investigación disciplinada, a invertir la modalidad de la práctica investigativa en el sentido de, no ser ya quienes vamos hacia “la realidad” a efectos de llevar a cabo una acción de indagación, sino, reconocernos como permeables a lo que va apareciendo, a medida que nos permitimos ser interpeladas por aquello que ha sido preconfigurado como problema investigativo (Borsani, 2014), fracturando la distancia teórica y la relación binaria sujeto-objeto, y proponiendo por el contrario, la proximidad como criterio en pos de un aprendizaje en el campo, reinterpretándolo como espacio abierto, en el hacer.
De esta forma, la investigación se posiciona teóricamente desde los aportes del giro decolonial latinoamericano y el feminismo decolonial para abordar el fenómeno de las violencias múltiples hacia mujeres y cuerpos feminizados, y su máxima expresión los feminicidios, como columna estructural/eje organizador del orden social capitalista/colonial/patriarcal (Gutiérrez, 2018). Es decir, se propone observar cómo lo estructural se manifiesta en lo micro a través de la depredación de cuerpos femeninos y feminizados.
Se entiende al paradigma Modernidad/Colonialidad (Quijano, 2000b) y al Sistema moderno/colonial de género (Lugones, 2008; 2012), en vínculo inseparable con el sistema capitalista, como la gran estructura desde donde emergen las violencias. En esta línea, el hito-herida colonial de 1492 marca el punto de inflexión, como trauma de origen –de largo aliento– para América Latina y El Caribe. Desde aquí, a partir de la ejecución a fuego y sangre, se impone la colonialidad del poder (Quijano, 2000b), del saber (Lander, 2000), del ser (Maldonado-Torres, 2007), y la colonialidad de género (Lugones, 2012; 2018), como macro-dimensiones que constituyen el ensamble estructural de la modernidad/colonialidad. Asimismo, desarrollaré los conceptos de raza (Quijano, 2000b; Segato, 2007; 2010; 2015), eurocentrismo (Quijano, 2000b, Dussel, 1994) y modernidad (Quijano, 1988; Dussel, 1994; Grüner, 2014; Mignolo, 2014).
En consonancia, y retomando los aportes fundamentales de las feministas decoloniales, trabajaré los conceptos de Sistema moderno/colonial de género (Lugones, 2008), co-constitución de opresiones (Lugones, 2012) y patriarcado (Segato, 2015, 2016, 2018, 2019), para analizar de manera crítica las múltiples opresiones y violencias hacia mujeres y cuerpos feminizados en América Latina y El Caribe desplegados a partir de la colonia, con la mirada atenta hacia el caso paradigmático mexicano.
Mi ruta metodológica transitada
La escritura de esta tesis pretende asentarse en una confluencia de disciplinas, enfoques epistemológicos, propuestas teóricas y metodológicas. En este sentido, retomando metáforas textiles, se despliega como un telar complejo en el cual se entretejen hebras, grosores y cromáticas que contienen complejidades en sí mismas, y que, en la propuesta de su entrelazamiento, pueden aportar un abordaje novedoso, profundo, crítico, comprometido, situado-y-sentido. De esta forma, pretendo también aportar al acervo de conocimientos para pensar y soñar otros horizontes políticos y de emancipación desde el Sur global.
Debo aclarar primeramente, que mucho de lo sucedido para llegar a la culminación de esta investigación, estuvo atravesado por el contexto socio-sanitario de pandemia que inició en marzo de 2020: la imposibilidad de viajar a México para hacer trabajo de campo, la dificultad para realizar entrevistas de manera virtual, y las consecuencias de afectación a nivel emocional y psicológico, son algunas cuestiones que marcan mi camino, y que también desarrollaré en este y otros momentos a lo largo de la tesis.
A continuación, expongo los aportes y originalidad que esta tesis significa para el campo de los estudios sobre violencia y feminicidio y los estudios latinoamericanos desde perspectivas feministas y decoloniales. Una descripción detallada de la propuesta de abordaje, a saber una confluencia de enfoques. Cómo trabajé las fuentes, técnicas e instrumentos de recolección de información, el análisis de resultados y finalmente, los pasos metodológicos realizados.
Aportes y originalidad al campo
Toda acción e investigación que verse sobre las violencias múltiples contra las mujeres, las violencias de género, los feminicidios y las luchas contra estos fenómenos, se torna un aporte para su comprensión, a la vez que permite el reconocimiento de las potencialidades que anidan en las luchas y resistencias contra los despojos sistemáticos: capitalistas, coloniales, patriarcales.
Como expuse en las páginas iniciales, la elección del tema se asienta en diversas motivaciones que transcienden lo meramente académico: memorias, cuerpo, emocionalidades, afectos, convicciones y sueños de otros mundos-posibles, sin violencia, se enlazan con las justificaciones teóricas y metodológicas que sustentan la realización de una tesis sobre las luchas de estas organizaciones, de estos territorios, y desde el prisma propuesto.
Primero que todo, el fenómeno de los feminicidios de Ciudad Juárez –a diferencia de otras entidades federativas, como el Estado de México–, ha sido ampliamente visitado y abordado desde diversas veredas, tanto medios de comunicación, cine de ficción[15] y documental[16], arte, literatura[17], así como investigaciones al respecto, que han buscado desentrañarlo, generar posibles respuestas o hipótesis, así como caracterizar y reflexionar en torno a este. Investigaciones fundamentales, como las llevadas a cabo por Washington (2005), González Rodríguez (2002), Ravelo (2004; 2005; 2008; 2017), Monárrez (2000), Arteaga y Valdéz (2010), Zermeño (2006) y Lagarde (1994), han aportado enormemente.
Por otro lado, el rol que han desempeñado las organizaciones sociales de mujeres y familiares ha sido trascendental para posicionar la problemática a nivel local e internacional[18]. Emblemáticos son los casos de “Campo algodonero” (2007-2009)[19] de Ciudad Juárez, y de Mariana Lima Buendía[20] (2015) en Chimalhuacán, Estado de México. Estas dimensiones también han sido extensamente estudiadas, donde destacan las investigaciones llevadas a cabo por Domínguez y Ravelo (2003), Ravelo (2004, 2005), Pérez (2005), Martín, Fernández y Villarreal, (2008), Robles (2010), Castañeda, Ravelo y Pérez (2013), Hincapié (2017), Salazar (2017), y Pacheco, Rodríguez y Pineda (2013), entre otros.
Sin embargo, en ambas dimensiones -feminicidios y sus causas, y la lucha de las organizaciones-, los abordajes se han enmarcado, de una parte: en análisis criminalísticos, legislativos, cuantitativos y desde la perspectiva de género, es decir, desde miradas fragmentadas o reduccionistas que han naturalizado posiciones sociales de género basadas en una crisis de la masculinidad, haciendo olvidar que las mujeres asesinadas y desaparecidas tenían también posiciones no sólo de género y clase, sino también de raza/etnia (Falquet, 2014). Y, por otro lado, en análisis estado-céntricos, visiones liberales, de enfoque de género y DDHH u organizacionales, enmarcados dentro del lenguaje de la modernidad asentado en la escisión binaria de lo público y lo privado, constriñendo así las potencialidades de prácticas políticas que exceden los límites de este.
A esto se suma, que la gran mayoría de investigaciones que se han desarrollo en torno a los feminicidios en México, han carecido de una mirada que eche luces sobre las grandes estructuras y amplios procesos, a decir de Tilly (1991), que han dado lugar a estos hechos sociales: el desprecio y aniquilamiento de cuerpos femeninos y feminizados. Es decir, el posicionamiento crítico que observa la estructura social construida y reformulada de forma continua en el tiempo (Ansaldi y Giordano, 2012), una mirada de larga duración e historicidad que otorga la disciplina de la sociología histórica en pos de desentrañar raíces históricas y políticas, la que será complementada, a modo de trama y urdimbre para confeccionar un tejido, con otras disciplinas, enfoques teóricos y metodológicos que complejicen el análisis.
Propuesta de abordaje: una confluencia disciplinar, teórica y metodológica
Como bien expone Verónica Giordano (2017), la sociología histórica como proyecto intelectual va más allá de la inter y transdisciplinariedad, conformándose en un “dominio híbrido” que utiliza las preguntas acerca del cambio social a gran escala, la teorización y conceptualización de la sociología, a la vez que toma de la historia el relevamiento de los hechos en la menor escala posible (Tilly, 1991, citado por Giordano, 2011).
Así, utilizo la sociología histórica como enfoque pertinente para observar los procesos complejos de larga duración y las estructuras que dan lugar a fenómenos como las violencias contra las mujeres y los feminicidios, como expresión de lo macro-estructural sobre lo micro-relacional-corporal. De la mano, la interacción entre el pasado y el presente transversalizó el proceso investigativo: el origen de la dominación y las violencias que nos matan se encuentra en 1492, y en el devenir de la formación del estado-nación mexicano, sus identidades y alteridades. Los feminicidios masivos y sistemáticos que comenzaron en Ciudad Juárez en 1993 hasta la fecha y en permanente expansión territorial, no pueden comprenderse sin la consideración de las condiciones socio-históricas y estructurales que les dan sentido y causa: mirar, analizar y comprender en clave histórica deviene en urgencia.
La perspectiva histórica nos brinda la posibilidad de abandonar la nociva posición de gendarmes de unas fronteras pretendidamente siempre idénticas a sí mismas y nos convoca a acompañar el movimiento histórico (de cambio) que tiende a recentrar las disciplinas a partir de colaboraciones e intercambios. Este movimiento, por su parte, existe más allá de nuestra tozudez por aferrarnos al presente, o al pasado, o a un modo determinado de ver las cosas. (Giordano, 2011, p.42)
En la misma línea, Verónica Giordano (2011) plantea que el conocimiento y manejo preciso de las particularidades sustantivas, metodológicas y teóricas de ambas disciplinas, es fundamental para llevar adelante una sociología histórica, a saber: las teorías del cambio social de la sociología y la investigación apoyada en archivos de la historia. Más concretamente “las construcciones teóricas sobre el cambio y la práctica de investigación histórica concreta, en particular las elaboradas en y para América Latina” (Giordano, 2011, p. 44). En consecuencia, si bien el enfoque disciplinar de la sociología histórica es un telón de fondo para todo el proceso de investigación aquí expuesto, es en el Capítulo I referido a las condiciones socio-históricas de la violencia y los feminicidios donde lo desarrollo más robustamente. Allí, desde una mirada de larga duración, inicio el análisis en 1492 -herida colonial y trauma de origen para América Latina y el Caribe-, pasando luego por episodios fundamentales de la formación del estado-nación mexicano: independencia, formación de una identidad nacional, la relación con Estados Unidos, el porfiriato, la revolución mexicana, la guerra contra el narcotráfico, el levantamiento zapatista, el TLCAN[21] y la creación del aparato institucional, interinstitucional y legislativo en materia de violencia de género y feminicidios. Además, enfatizo el análisis en figuras femeninas -donde se cruza género y raza- fundamentales para la construcción de lo socio-cultural e histórico en México: la Malinche, la Virgen de Guadalupe y la Madre. Las fuentes utilizadas para esta labor fueron referentes bibliográficos, teóricos, poéticos, literarios y fuentes institucionales del gobierno mexicano.
De esta manera, la indagación respecto de un fenómeno complejo, multidimensional y contingente, se llevó a cabo procurando observarle socio-históricamente, y desde aportes teórico-metodológicos críticos que transcienden los enfoques tradicionales de investigación. En el sentido de que el enfoque disciplinar de la sociología histórica fue entretejido -hebra a hebra- con el posicionamiento epistemológico del giro decolonial y del feminismo decolonial latinoamericano. Miradas que no han sido utilizadas para desentrañar los feminicidios en México, aportando así una lectura no fragmentada, a la vez que procurando una mirada situada desde el lugar de enunciación y crítica hacia los procesos de colonialidad discursiva (Mohanty, 2008), violencia epistémica (Spivak, 1998) y retóricas salvacionistas (Bidaseca, 2010).
A partir de la posición de que una metodología feminista decolonial apunta a descolonizar los métodos de la investigación disciplinada, ergo, sustentada en distancias, racionalidad y jerarquías binarias, mi proceso investigativo parte de una emoción: la admiración profunda hacia las luchas de madres y mujeres en contra de la violencia y feminicidios en México. Admiración, respeto, inspiración, reconocimiento se enlazan con convicciones políticas que a la hora de investigar se traducen en decisiones teóricas y metodológicas. En este sentido, y acogiéndome a los planteamientos de Ochy Curiel (2014), asumí el desafío de ensayar la generación de conocimientos colaborativos: aquí la voz de Norma, Marisela, Humberto, Rubí, Lupita y Areli son lo más significativo y potente, reconozco sus palabras, experiencias y saberes y busco reiteradamente enfatizarlas, no traducirlas a mi escritura o parafrasearlas para “ocupar menos espacio”: el espacio-todo para sus voces no subalternizadas. Problematizar las condiciones de producción epistémica es central: teorizar a partir de los procesos de lucha y resistencia junto al despliegue de una creatividad en las metodologías para minimizar las relaciones de poder a la hora de construir y reproducir el conocimiento (Curiel, 2014).
Tomo este hilo que sostiene la costura, y decido integrar la propuesta teórico-metodológica de Yuderkys Espinosa (2019) de una genealogía de la experiencia, entendida como aquella que refiere a la aplicación del método genealógico al campo feminista para aportar a la construcción de contra-memorias. Cómo llegamos a ser las feministas que somos, es una de las interrogantes que lanza Yuderkys y que propone responder mediante el método de la genealogía, que nos permite distanciarnos del presente para mirar las condiciones de posibilidad que nos constituyen.
Nuestras experiencias vitales y reservorio de memorias son documentos sustanciales para escribir y para investigar, son nuestros lugares de enunciación a partir de los cuales podemos construir nuestros propios archivos -personales o colectivos- desde un punto de vista feminista. El archivo lo vamos construyendo con textos digitales, artículos publicados, notas en cuadernos, apuntes de sentires o reflexiones íntimas, fotografías, imágenes, ilustraciones, afiches que hicimos para una marcha, o el fanzine que encontramos en alguna feria.
Pero hay algo más que escapa a ese archivo físico, se trata del ejercicio sistemático de fijar en el recuerdo y de manera consciente una memoria de afectos, de imágenes, de sentimientos, pero también de palabras dichas y no dichas, de análisis compartidos en jornadas de reflexión política o tardes de (re) encuentro con las amigas […] (Espinosa, 2019, p. 2016)
Emociones, evocaciones, memorias que atraviesan el cuerpo, el nudo en la garganta, la voz quebrada, el ojo que nos late o la piel erizada. En este sentido, sostengo que memorias, afectos, emociones, experiencias y cuerpo son material sagrado para hacer investigación feminista comprometida políticamente con la descolonización y con las luchas y resistencias contra el régimen de muerte del sistema de dominación. Aquí aparece una dimensión que el giro decolonial y el mismo feminismo decolonial latinoamericano no ha integrado o considerado profundamente. De esta forma, en la presente tesis elaboro la propuesta aplicada de incluir emociones, afectividad, memorias, experiencias y cuerpo en el centro de una epistemología feminista decolonial para mirar las prácticas de políticas en femenino[22].
Mi encuentro con el giro afectivo fue a través del seminario-taller “Etnografías afectivas y autoetnografía. Nuevos caminos para la investigación cualitativa” que tomé este año 2021. Realizado a pulso por la colectiva Investigación y Diálogo para la Autogestión Social de Oaxaca, México. Cómo llegué a encontrar esta instancia, intuyo debe haber sido mediante una intervención de las diosas y las ancestras: en mi trayectoria experiencial académica significa un giro sin retorno. En los meses más oscuros del proceso escritural de la tesis marcados por una salud mental y emocional abatida, los encuentros con las compañeras de México y Colombia fueron un abrazo amoroso genuino[23] que me sostuvo.
Haciendo genealogía de mi experiencia (Espinosa, 2019), veo que he venido pariendo una suerte de escrituras autoetnográficas hace años sin saberlo, o sin siquiera conocer el enfoque y su historia en las ciencias sociales. ¿Desde qué lugar nos enseñaron a escribir?, la educación formal y la profesionalización con trasfondo colonial, nos designa mandatos de escritura que reproducen desigualdades por género, raza y clase. La misma academia y las ciencias sociales en América Latina actúan sosteniendo esa escisión que separa cuerpo, emoción, afectos, memorias y experiencias de la generación de conocimiento válido, a través de adiestramientos que nos separan de la gente y del territorio. En este sentido, tanto la filosofía política como los feminismos se están confrontando a la posibilidad de que se haya atendido al logos y racionalidad del sujeto denostando las emociones y la propia historia del término: del verbo latino emovere, que significa “hacer mover”: hemos ignorado aquello que nos mueve (Pons Rabasa y Guerrero, 2018).
Vivimos tiempos impregnados de afecto. Hablamos de la justa rabia, del movimiento de indignados y del miedo y del asco como emociones políticas. La primera, esa rabia justiciera, estructura la protesta y moviliza multitudes en una exigencia de justicia que no puede entenderse sin su dimensión afectiva. (Pons Rabasa y Guerrero, 2018, p. 1)
De esta forma, la autoetnografía se erige como una metodología cualitativa que parte de lo individual en la investigación para lograr comprender el contexto espacio-temporal, social, cultural, político y económico donde se vive dicha experiencia (Bénard, 2019). En palabras de Carolyn Ellis, una de sus más importantes pioneras, la autoetnografía es “investigación, escritura, historia y método que conectan lo autobiográfico y personal con lo cultural, social y político” (Ellis, 2004, p. 19). Al asumir el desafío de lo autoetnográfico, estamos usando principios de la autobiografía y de la etnografía, así, la autoetnografía como método es a la vez proceso y producto (Ellis, Adams y Bochner, 2019). Esta perspectiva reta a las formas tradicionales y canónicas de hacer investigación social cualitativa y de representar a los otros/otras, pues la investigación se considera un acto político, socialmente justo y socialmente consciente (Adams y Holman Jones, 2008, citados por Ellis, Adams y Bochner, 2019).
Los antecedentes de la autoetnografía y la etnografía afectiva los podemos encontrar en la “crisis de confianza”-“crisis de la representación” infundida por el posmodernismo en los años 80’, la que introdujo en el debate novedosas y abiertas oportunidades para transformar las ciencias sociales a fin de replantear sus objetivos y formas de hacer investigación social (Ellis, Adams y Bochner, 2019). Las incomodidades epistemológicas comenzaron a hacer mella: las distancias, las jerarquías, la búsqueda de “hechos” y “verdades” científicas objetivas, la ética investigativa, la usurpación y apropiación de conocimientos de comunidades y sujetas/os sin retribución, entre otros, se tradujeron en las propuestas por situar a las ciencias sociales más cercanas a la literatura que a la física, es decir, proponer historias en lugar de teorías, asumir consciencia de los valores en lugar de fingir no tenerlos (Bochner, 1994, citado por Ellis, Adams y Bochner, 2019). La subjetividad entonces encuentra sitio en el centro, lo emocional, experiencial, evocativo y corporal de quienes investigamos se asume como parte inseparable del proceso de indagación: desde aquí sentimos, pensamos, nos vinculamos, al tiempo que utilizamos la caja de herramientas teóricas y metodológicas con las que contamos para analizar y teorizar.
Si bien en América Latina existen grupos de estudios e investigación sobre cuerpos y emociones con considerable trayectoria -aun así “marginales”-, las primeras experiencias autoetnográficas y las más relevantes hasta la actualidad acontecen en el Norte global: Estados Unidos, desde experiencias de sobrevivientes a violencia, y posteriormente en España, desde la antropología médica. Como espacios de enunciación legitimados y hegemónicos, el desafío asumido es retomar estos aportes desde nuestras posiciones situadas en el Sur, y re-escribir, re-elaborar, hacer de estas herramientas una disrupción tejida desde nuestros territorios, buscando generar metodologías de encuentro y dialogo entre confluencias disciplinares, teóricas y metodológicas.
El giro decolonial y sus enfoques derivados así como los feminismos decoloniales en Abya Yala, no son autoetnográficos ni afectivos, si bien metodológicamente hay esfuerzos por la descolonización, la tradición investigativa en ciencias sociales aun pesa en la academia latinoamericana: validarse imitación mediante ante el Norte, colonialidad del saber, epistémica y académica. En rumbo opuesto, la apuesta va en tejer un lente afectivo situado en el Sur. Partimos entonces de una memoria, de una evocación -así es como comienzo el apartado introductorio-, para detonar la escritura y el análisis: la sacrosanta convención de la escritura de las ciencias sociales ha sido desafiada (Richardson y Adams, 2019).
¿Con qué lenguaje nos dirigimos y le hablamos al poder hegemónico?, ¿qué mandatos y adoctrinamientos han constreñido nuestra escritura y por ende, nuestro análisis? Como charlábamos con las compañeras del taller, desde los feminismos siempre se ha hecho autoetnografía de alguna manera -la teorización en base a nuestras experiencias y trayectorias políticas-, el desafío recae en permear el campo sociológico, antropológico y de las ciencias sociales latinoamericanas.
De la mano, si la escritura autoetnográfica es inseparable de las condiciones socio-históricas que nos constituyen y habitamos, mi propio proceso investigativo y escritural -así como el de muchísimas personas a nivel global-, estuvo marcado por la pandemia. Viajar a México a hacer trabajo de campo, etnografías, entrevistas, fotografías y conversaciones, fue algo que desde marzo de 2020 hasta la fecha no es posible. ¿Cómo reponer el orden de lo no representado en lo metodológico, signado por el encierro y la clausura de movimientos? Aquí me tomo fuerte de las hebras propuestas por la autoetnografía y la dimensión afectiva de la investigación, como herramienta con múltiples potencialidades que me permitió enlazar, en danza coral-ensayo de polifonía, las voces de Norma, Marisela, Humberto, Rubí, Areli y Lupita con mi escritura-voz, y el marco de perspectivas disciplinares y teóricas desde el cual me sitúo.
A partir de aquí, uno de los aportes que propone la tesis versa en la posibilidad de enlazar-hacer confluir distintas perspectivas para producir una “narrativa corpo-emotiva feminista”. La confluencia va más allá de una adición de partes o categorías fragmentadas que generen lecturas y análisis desarticulados. Como metáfora de diversas aguas que confluyen en un cauce común y fortalecido, para la investigación la confluencia significó un dialogo entretejido entre disciplinas, enfoques y métodos, a fin de aportar con la elaboración de una propuesta epistemológica situada, corporalizada, con centro en los afectos, emociones, memorias y cuerpo -también en los hilos-, para la gestación de una tesis que aborda las políticas en femenino como lucha contra las violencias y feminicidios en territorios mexicanos.
A esta confluencia, le integro finalmente la dimensión textil, como ejercicio de in-disciplina, de desobediencia, de creatividad liberada a partir de mi propia experiencia vital. Como costurera y bordadora libre a máquina de coser, mi trayectoria ha estado marcada por hilos y retazos: linaje textil, afectos y experiencias de organización con otras compañeras costureras y creadoras autogestionadas, proyectos artísticos[24] en torno a la costura. Cómo es percibido lo textil y la construcción de las piezas hechas a mano, la dedicación que requieren, mesura, silencio, soledad y detallismo como características propias asociadas al ideal de lo femenino desde el paradigma moderno/colonial. Esto ha generado una mirada homogénea de lo textil, cuando en realidad es espacio contenedor de una profunda contradicción: práctica de opresión y sumisión, a la vez que herramienta de resistencia política (Parker, 1984, citada por Pérez-Bustos, et al., 2019). Bordadoras, textileras, tejedoras, costureras: cosen la vida, zurcen dolores, hilvanan memorias en toda Abya Yala[25].
Para el despligue de la dimensión textil, como práctica de reconocimiento de las luchas situadas en México y utilización política de los espacios académicos, me contacté con las colectivas Bordeamos por la paz[26] de Ciudad Juárez, y Vivas en la memoria[27] de Nezahuálcoyotl. Ambas organizaciones utilizan la materialidad textil como herramienta de lucha y denuncia ante los feminicidios, desapariciones y violencias múltiples desde sus territorios habitados. Las compañeras fueron profundamente solidarias y generosas en permitirme ocupar algunos de sus trabajos colectivos en esta tesis, a modo de marcadores, o separadores de página entre cada capítulo, como un acompañamiento político y estético que es evidencia materializada de las amplias formas de lucha desde el lugar femenino del mundo. En este sentido, hago énfasis en que no realizo un análisis visual de los bordados, no es parte de los objetivos de esta tesis, pero sí es dimensión fundamental de mi propia experiencia corpo-emotiva como costurera.
Por ello, finalmente integro dos obras textiles de mi autoría gestadas para este proceso de investigación, como parte de mi propia expresión política-estética feminista: un esquema textil que evidencia en hilos la confluencia disciplinar, teórica y metodológica que propone la tesis, y una carta textil dirigida a Nuestras Hijas de Regreso a Casa, a Nos Queremos Vivas Neza, y a todas las madres, mujeres y comunidades que luchan-resisten desde el Sur, como homenaje sentido-y-corporalizado mediante gesto textil. Así “cierro” esta confección con hilos y puntadas.
Consideraciones y decisiones metodológicas: los trazos de la ruta
A la postre, luego de todo lo expuesto es posible inferir que esta investigación se enmarca en un enfoque cualitativo, partiendo del supuesto de que el mundo social está construido por significados y símbolos (Jiménez-Domínguez, 2000), donde la intersubjetividad es pieza clave-y-punto de partida para captar reflexivamente lo social (Salgado, 2007). Desde aquí, no existe tal realidad objetiva, sino que es edificada socialmente (Mertens, 2005, citado por Salgado 2007) al tiempo que el conocimiento se construye por las personas que interactuamos en los procesos de investigación. Así, cuando investigamos cualitativamente nos movemos
[…] en el orden de los significados y sus reglas de significación: los códigos y los documentos, o significaciones. Metodológicamente el punto es cómo posibilitar una reproducción de la comunidad o colectivo de hablantes de una lengua común para su análisis y comprensión […] el conocimiento cualitativo opera como escucha investigadora del habla investigada. (Canales, 2006, pp. 19-20)
En este sentido, la perspectiva cualitativa es coherente con la propuesta de abordaje que desarrollo, por la movilidad, flexibilidad y apertura permitida donde el mismo curso de las acciones es regido por el campo: las personas, los acontecimientos, las condiciones del escenario (Salgado, 2007). Las rígidas fronteras entre diseños, técnicas y elementos se diluyen y se habilita la creatividad e intuición en los procesos de indagación, no dejando de lado la rigurosidad y el compromiso ético y político. Las angustias en términos del “cómo” materializar metodológicamente mis búsquedas, se iluminaron mediante un prisma: metodología cualitativa, feminista decolonial y autoetnográfica.
De esta forma, para la consecución de los objetivos planteados por la investigación, el enfoque metodológico y técnicas de recolección de la información deben confluir en coherencia, y de acuerdo a las fuentes que determinan la ruta. En consecuencia, y a partir de la compresión de la fuente como concepto móvil, mi trabajo con fuentes primarias refiere a entrevistas de la época en cuestión (2001 hasta 2021) registradas en medios escritos y audiovisuales, y primordialmente, a las entrevistas en profundidad basada en guion (Canales, 2006) que realicé a seis personas integrantes de las organizaciones, a saber:
Tabla 1: Entrevistas realizadas: fuentes primarias
Nuestras Hijas de Regreso a Casa Ciudad Juárez | Nos Queremos Vivas Neza Nezahualcóyotl | ||
Norma Andrade | Entrevista en profundidad basada en guion vía Zoom. 04 de mayo, 2021 | Rubí Olvera | Entrevista en profundidad basada en guion, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 03, 10 y 18 de julio, 2019. |
Humberto Robles | Entrevista en profundidad basada en guion vía Zoom. 11 de mayo, 2021 | Lupita | Entrevista en profundidad basada en guion vía Zoom y Whatsapp. 05 de mayo, 2021 |
Marisela Ortiz | Entrevista en profundidad basada en guion vía Zoom. 24 de mayo, 2021 | Areli | Entrevista en profundidad basada en guion vía Zoom. 10 de mayo, 2021 |
Nota: Elaboración propia (2021)
“Cómo accedí a las fuentes” se responde más bien con el enlace afectivo que permiten las redes feministas transfronterizas. Mi primer acercamiento con las personas que aquí hablan, fue con Rubí Olvera de Nos Queremos Vivas Neza: una ex compañera de Sociología de la Universidad de la Frontera de Temuco-Chile, estaba en México realizando estudios de posgrado, ella me dio el dato de una organización que luchaba contra los feminicidios en el Estado de México y que recientemente había estado charlando en su universidad. Luego, mi directora Karina Bidaseca me puso en contacto con otra compañera feminista mexicana, quien me comentó que, “casualmente” -no creo en coincidencias, resueno con las sincronías– una de las compañeras de la organización por la que le consultaba, llegaría en un par de semanas a Buenos Aires para hacer una pasantía de tres meses. Era Rubí. Recuerdo que nos encontramos la primera vez en una actividad feminista donde estampamos bolsas y escuchamos exponer a Karina Bidaseca y Verónica Giordano sobre mujeres y feminismos: allí nos enlazamos mediante un hilo de complicidad y afecto que aun prevalece. Con Rubí realizamos tres encuentros-entrevistas -larguísimas charlas hoy parte de mi archivo feminista- cuando ambas habitábamos la misma ciudad.
Pasaron casi dos años para retomar la realización de las entrevistas: retorno a Chile post-18 de octubre, mudanzas, pandemia COVID-19, afectaciones emocionales y psicológicas de por medio. Gracias al empuje de Rubí fue que también me atreví a escribirle a Norma Andrade. La admiración y profundo respeto hacia ella, su vida, su lucha, y toda la historia de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, me frenaban para pedirle un “favor académico” siendo una desconocida a miles de kilómetros al Sur. No obstante, Norma -amable, generosa, valiente-, me respondió de inmediato, y acordamos la realización del encuentro un par de días después. La entrevista con ella fue la primera de las cinco que realicé en 2021 y significó un hito fundamental, significativamente valioso en mi trayectoria como socióloga y feminista latinoamericana.
Luego, como se expone en la Tabla 1, realicé las entrevistas con Lupita, Areli, Humberto y Marisela, a quienes también agradezco genuinamente: cada encuentro fue un experiencia vital y potente en términos de afectación y aprendizaje. Los criterios de selección responden en el caso de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, a la importancia histórica para el acervo de la memoria de las luchas de mujeres y feministas en México. Norma y Marisela son las fundadoras de la organización, y Humberto un integrante clave desde sus orígenes. Por su parte, en Nos Queremos Vivas Neza los criterios versaron en la diversidad de trayectorias de las integrantes, a partir de Rubí, conocí -virtualmente- a Areli, compañera viajera, feminista y con trayectoria activista, y a Lupita, compañera de Neza que inició su activismo contra los feminicidios con la asamblea[28].
De esta forma, las seis personas que compartieron sus experiencias, memorias y senti-pensares conmigo, me aportaron información y conocimiento profundamente valioso respecto de las dimensiones-objetivos de la investigación, pudiendo lograr una saturación teórica en el sentido de la profundidad de la información obtenida, en la medida de la búsqueda consciente de la diversificación de las personas entrevistadas (Bertaux, 1988, citado por Arias y Giraldo, 2011). Toda vez que, en investigación cualitativa a pequeña escala, no se pretende la representatividad ni la generalización de resultados o modelos aplicables a otras realidades que son siempre, situadas.
Asimismo, realicé un trabajo riguroso mediante fuentes secundarias como complemento bibliográfico para un relevamiento en profundidad y sistematización de la problemática, tales como libros, artículos y bibliografía en general, documentos oficiales de instituciones públicas mexicanas (páginas web, legislación, estadísticas), literatura nacional mexicana en torno al fenómeno y documentales audiovisuales.
Considerando el escenario marcado por las complejidades socio-sanitarias, las decisiones metodológicas se enmarcaron en las posibilidades abiertas en tiempos y espacios que entregan las nuevas tecnologías de la información y comunicación, como la realización de las entrevistas mediante plataformas de videoconferencia -a excepción de las entrevistas presenciales en Buenos Aires con Rubí, previas a la pandemia-. De esta forma, la técnica utilizada fue la entrevista en profundidad basada en guion (Canales, 2006) que consideraba las dimensiones perseguidas por los objetivos. En dicho tipo de entrevista, como la presenta Canales (2006):
[…] se elabora una guía de temas a tratar pero en condiciones de flexibilidad y libertad para ordenar las preguntas y elaborar otras nuevas que surjan del contenido verbal [de las personas entrevistadas] como de la propia situación de entrevista, así como da [a quien se entrevista] libertad para responderlas en sus propios términos. (Canales, 2006, p. 230)
Cada una de las seis entrevistas tuvo una duración promedio de 60-90 minutos, fueron registradas en audio y video, luego transcritas -durante los meses de junio y julio de 2021- para su posterior codificación en el software Atlas-ti -realizada el mes de agosto-, en base a dimensiones, categorías y códigos que responden a los objetivos y que permitieron luego un análisis coherente a la confluencia disciplinar propuesta.
El análisis desarrollado -en consonancia con la apuesta de la confluencia- es discursivo y autoetnográfico. Primero, de acuerdo a Sagayo (2014), tomar el análisis de discurso como técnica acota su estatus metodológico y habilita su asociación con diferentes metodologías y perspectivas, su ductibilidad es un atributo, una caja de herramientas lo suficientemente vasta. Un movimiento de ida y vuelta en caminos que más que lineales o en un orden estrictamente establecido, son espirales: revisión teórica, reflexión, trabajo de campo, teorización, análisis, regreso a la reflexión, y así.
De esta manera, el análisis comenzó con un proceso de codificación de las transcripciones de las seis entrevistas, identificando citas-frases con códigos extraídos de los objetivos. Luego, la reagrupación de estos pasajes en nuevos cuerpos textuales de acuerdo a los códigos: proceso impulsado por una labor de interpretación altamente reflexiva, donde se construyen matrices de sentido que articulen las distintas representaciones discursivas (Sagayo, 2014).
Tabla 2: Proceso de codificación de las fuentes-entrevistas
Objetivo específico | Dimensión | Códigos |
Situar históricamente las trayectorias de las organizaciones Nuestras Hijas de Regreso a Casa (2001-2021) y Nos Queremos Vivas Neza (2017-2021) * Capítulo II (NHRC) y Capítulo III (NQVN) | Trayectoria histórica de la organización | Territorio habitado Origen de la organización El tejido/la organización en sí Redes/entramados Código emergente: Amenazas |
Postura y relación con el estado | Postura y opiniones frente al estado Acciones de vinculación con el estado mexicano Resultados obtenidos Códigos emergentes: Impunidad Justicia/injusticia | |
Identificar y analizar los aportes de una política en femenino de las organizaciones respecto al problema de los feminicidios * Capítulo IV | Políticas en femenino: palabras dichas, pensamientos y sentires (NHRC-NQVN) | Definiciones de política en femenino Nivel discursivo |
Políticas en femenino: palabras hechas cuerpo, prácticas y acciones políticas (NHRC-NQVN) | Nivel práctico | |
Encrucijadas, potencialidades y caminos abiertos | Potencialidades |
Nota: Elaboración propia (2021)
El análisis del discurso de las entrevistas habilitó un entrelazamiento discursivo polifónico: mi escritura-voz se hilvana con las voces de Norma, Marisela, Humberto, Areli, Lupita y Rubí, y las perspectivas teóricas, mediante lo que Laurel Richardson y Elizabeth Adams (2019) denominan Procesos Analíticos Creativos: aquellos que muestran el proceso y producto de la escritura como profundamente entrelazados, nos permiten contar y volver a contar de otra manera, traspasando las añejas ataduras convencionales del método.
No obstante, aquí la novedad no es suficiente, se requieren igualmente criterios de prácticas de investigación (Richardson y Adams, 2019): 1) que la narrativa constituya una contribución sustantiva a nuestra comprensión de lo social, a mi quehacer y al campo desde una perspectiva fundamentada en profundidad, 2) un mérito estético en cuanto a la escritura creativa e incluso artística, 3) reflexividad, subjetividad de quien escribe con conciencia de sí y de las historias de quienes forman parte de la investigación, una reflexividad comprometida con el lugar de enunciación, y finalmente 4) el impacto, emocional, afectivo e intelectual de la escritura-voz, la capacidad de generar nuevas interrogantes y caminos abiertos en los campos donde acciona.
La ciencia es una lente y el arte creativo es otro. Vemos más profundamente usando dos lentes. Quiero mirar a través de ambos lentes para considerar una “forma de arte a las ciencias sociales” -una forma radicalmente interpretativa de la representación-. (Richardson y Adams, 2019, p. 55).
Dejamos el cuerpo en lo escrito, y sentimos la teoría en el cuerpo, nuestra corporalidad habitada es la fuente-espacio con el que nos vinculamos, así conectamos con el tejido de la vulnerabilidad: emociones, memorias, afectos, en el sentido de la capacidad de ser afectadas y afectar a otras, y cómo en esos procesos de entretejidos el conocimiento es posible como parte de una praxis de co-habitar el mundo (Pons Rabasa y Guerrero, 2018). Así, para llevar adelante una labor de tejido autoetnográfico que habilite Procesos Analíticos Creativos, iniciamos con una puntada base: una experiencia-memoria-emoción, que nos exige luego y de la mano, un despliegue teórico-metodológico comprometido y riguroso.
De esta forma, el análisis de discurso desplegado en un proceso analítico creativo, se materializa en los capítulos II, III y más profundamente en el IV dedicado a las políticas en femenino. La narrativa corpo-emotiva feminista que propongo, hilvana metáforas textiles, evocaciones, afectaciones, descripciones sensibles a partir del cuerpo, teorización encarnada, epistemología feminista, decolonial y socio-histórica situada en el Sur.
Finalmente, volviendo a los trazos que conformaron mi ruta metodológica, posterior a la transcripción, identificación de citas-frases y elaboración de cuerpos textuales, me contacté con cada una de las personas entrevistadas en agosto de 2021 para hacerles entrega del documento que contenía los pasajes con los cuales desarrollaría el análisis. Como práctica-parte de un quehacer investigativo respetuoso, comprometido y amoroso, que busca tender puentes de horizontalidad en cómo producimos conocimientos, cada quien tiene derecho de injerencia y decisión sobre sus palabras-dichas. Así, les compartí la propuesta de modificar las citas, agregar lo que les parezca pertinente, o eliminar aquello que no les acomodara, pudiendo contar con una suerte de validación de sus voces en base a una transparencia del proceso.
A partir de la consideración de los tiempos acotados y las múltiples responsabilidades que atraviesan las vidas de todas, la última intención era que este paso significara una carga tediosa, por lo cual era una invitación abierta y voluntaria. De las seis personas entrevistadas, sólo Humberto y Areli pudieron realizar la revisión, modificación y aprobación de los cuerpos textuales. No obstante, considero que dicha acción -mínima incluso-, puede significar actos de reciprocidad y respeto en los procesos de investigación que pretenden situarse desde el prisma propuesto.
Concluida la tesis, una copia íntegra de esta, así como de la carta textil, fue enviada a las seis personas de Nuestras Hijas de Regreso a Casa, de Nos Queremos Vivas Neza, y a las compañeras de las organizaciones Bordeamos por la Paz y Vivas en la Memoria.
Como parte de la propuesta de inclusión de la dimensión textil, a continuación, expongo una obra que representa gráficamente, en retazos unidos, la confluencia de enfoques, disciplinas y método, mi ruta teórica y metodológica. A modo de manifestación-materialización mediante gesto textil, en hilos y puntadas, expongo mi propio proceso epistémico-artístico.
Sobre una pieza de crea cruda, bordé la silueta de Abya Yala invertida en hilo blanco, como trasfondo y lugar de enunciación, desde el cual habito y escribo-hablo-bordo. Los enfoques disciplinares, teóricos y metodológicos están bordados sobre retazos de crea, unidos a la tela mediante recorridos de hilo, como un esquema conceptual. Al centro, en retazos de corderoy rojo, están las políticas en femenino representadas en un corazón que enlaza con NHRC y NQVN. El suelo, es sobre el cual luchan estas organizaciones: las violencias múltiples contra cuerpos femeninos y feminizados y los feminicidios en México. El encuadre de la tela de fondo, en hilo fucsia, son mi material sagrado con el cual investigué y escribí: mis memorias, emociones, afectos, experiencias y cuerpo.
Todas las piezas fueron escritas a mano, y luego, a pulso, íntegramente bordadas mediante la técnica de bordado libre a máquina de coser doméstica, en noviembre de 2021.
Imagen 1: “Esquema textil”, elaboración propia (2021).

- Hablo y escribo en primera persona a lo largo de todo el texto, reconociéndome y situándome como sujeta histórica y culturalmente condicionada; escribir de forma situada no relativizando, sino partir desde una posición epistémica para debatir: el conocimiento situado implica un posicionamiento y el ejercicio de encarnarse en un cuerpo, siempre complejo, contradictorio, al tiempo que estructurante y estructurado, contra la visión “desde arriba, desde ninguna parte, desde la simpleza” (Haraway, 1995).↵
- Entre 1999 y 2001, varias niñas, adolescentes y mujeres desaparecieron en el Norte Grande de Chile, específicamente en la comuna fronteriza de Alto Hospicio. Posteriormente, se encontraron sus cuerpos. Las víctimas fueron convertidas en culpables por parte de las autoridades, asegurando tanto a familias como a medios hegemónicos de comunicación que habían huido de sus casas para ejercer la prostitución en otros países fronterizos como Perú y Bolivia. Estos falsos discursos emitidos reiteradamente por el estado chileno, fueron desmentidos únicamente cuando una de las víctimas, de trece años, logra escapar con vida de la fosa a la cual había sido arrojada, supuestamente muerta. Solo entonces, se encontraron varios de los cuerpos y se arrestó al feminicida Julio Pérez Silva. Otras teorías hablan de que se trataría de un chivo expiatorio para encubrir a hombres poderosos del norte de Chile, quienes serían los reales culpables de los feminicidios. Es en definitiva, el caso de feminicidios múltiples más conocido del país, tanto por la cantidad de víctimas, ensañamiento para con ellas, así como por la inoperancia y violencia estatal ejercida. Hoy en día las familias de las niñas, jóvenes y mujeres “reinas de la pampa” siguen exigiendo justicia, organizadas en conjunto a agrupaciones feministas de Iquique y Alto Hospicio.↵
- Proyecto FONDECYT N°01130542, “Violencia de género y sus representaciones sociales en el territorio wenteche de la Región de La Araucanía”, a cargo de Dra. Lucy Ketterer Romero.↵
- Capital regional de la Araucanía, y comuna de la región, respectivamente.↵
- En el marco del proyecto FONDECYT, y organizado por el Observatorio de de Equidad en Salud según Género y Pueblo Mapuche de la Universidad de La Frontera, en 2014. ↵
- Es el nombre kuna utilizado especialmente en América del Sur, por dirigentas y dirigentes indígenas para definir al sur y el norte del continente, siendo América Latina un nombre colonial impuesto. El pueblo kuna habita los archipiélagos de Panamá y en el Darién, desde su precisa geografía en la cintura de la región, puede visualizar tanto el sur como el norte del territorio, siendo quizá por ello el único pueblo que le ha dado un nombre común (Gargallo, 2014).↵
- En conjunto con compañeras que pulsan diversas artes y oficios, como el tejido, la pintura, la cocina, la costura, la orfebrería y encuadernación, gestamos el colectivo de creadoras autogestionadas “La Revuelta Sur” en 2015. Durante tres años accionamos espacios de encuentro y difusión, como ferias, jornadas y talleres, así como una casa-taller de artes y oficios. Desde la convicción de la fuerza del trabajo a mano, la revalorización de saberes y economías solidarias. Luego en 2017, creamos a pulso, amor y certeza feminista, un encuentro de amigas que llamamos “Peuka Mestiza”. Nos posicionábamos desde un feminismo situado, con raíz en el territorio, que llamamos lúdico, creativo y amoroso.↵
- Activo actualmente en el proyecto “Cátedra Feminista” de la Universidad de La Frontera de Temuco, en el Museo de las Mujeres de Chile, en NUSUR Núcleo sur-sur de estudios poscoloniales, performances, identidades afrodiaspóricas y feminismos de la Universidad Nacional de San Martín, Buenos Aires-Argentina, y en la Asamblea Feminista de Temuko.↵
- Mis bisabuelas, abuelas, tías, madre y padre también cosen. Me crie con la presencia de una máquina de coser en la casa de mi abuela materna Inés, una antigua Singer hermosísima aun vigente, y vi desde chiquita como mi tía-madre, a través de la confección, sostuvo incansable la crianza y la vida de su-nuestra familia entre hilos, cariños y telas.↵
- Chile experimentó una dictadura institucional de las Fuerzas Armadas durante 17 años, México no. México tuvo una revolución emblemática, Chile no. Las condiciones socio-históricas que dieron lugar a la formación de sus estados-nación y la construcción identitaria de sujetos/as y relaciones sociales, así como los propios procesos sociales internos, fueron igualmente divergente. Sus pasados pre-colonización, los pueblos nación que habitaron originalmente su suelo, y sus vínculos -sobre todo en términos territoriales- con el imperialismo, también se han desarrollado históricamente disímiles. Finalmente, en cuanto al “fenómeno” en cuestión, las divergencias son igualmente relevantes, cuestión que desarrollo en el Capítulo I.↵
- La justificación de la elección de los casos, ambas organizaciones, la desarrollo más adelante.↵
- El término “Femicide”, argumenta Diana Russell, tiene un uso de más de dos siglos, apareciendo por primera vez en la literatura en “A Satirical View of London” (1801), para denominar el “asesinato de una mujer” (Atencio, 2011).↵
- En directa referencia a la industria maquiladora, o maquilas, como centros de producción en expansión desde la apertura de mercados en los 90’, donde empresas multinacionales del Norte -buscando reducción de costes de producción, precarización y explotación mediante- subcontratan a empresas locales del Sur para la producción de una parte de actividad industrial destinada a la exportación (Bidaseca, 2015). ↵
- Como coaliciones de mujeres racializadas, parte de los movimientos de feministas chicanas, negras, lesbianas, entre otras, que inician estas críticas hacia el feminismo blanco burgués en los años 80’. Vuelvo a este concepto más adelante.↵
- Principalmente “Bordertown: la ciudad del silencio” (1995), “La virgen de Juárez” (2006), “Backyard: el traspatio” (2009).↵
- “Señorita extraviada” (2001), “Doble injusticia: feminicidio y tortura en Ciudad Juárez” (2005), “Bajo Juárez: la ciudad devorando a sus hijas” (2006), “La herencia de las ausentes: el caso del campo algodonero” (2014).↵
- “Huesos en el desierto” (Sergio González Rodríguez, 2002), “Cosecha de mujeres. Safari en el desierto mexicano” (Diana Washington, 2005), “De regreso a casa” (Elena Ortega, 2015), “La fosa de agua. Desapariciones y feminicidios en el Río de Los Remedios” (Lydiette Carrión, 2018).↵
- Las primeras movilizaciones para denunciar la violencia contra las mujeres en Juárez fueron llevadas a cabo por la Coordinadora Pro Derechos de la Mujer en 1994 (Ravelo, 2004). Otras organizaciones fundamentales son Voces sin Eco, Casa Amiga, Nuestras Hijas de Regreso a Casa (2001) y Justicia para Nuestras Hijas (2002).↵
- Por demanda de movimientos sociales de madres y familiares, se llevaron ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos, los casos de feminicidios de Claudia Ivette González, Esmeralda Herrera Monreal y Laura Ramos Monárrez. Allí se sentenció sobre la responsabilidad internacional del estado mexicano, donde se pudo observar claramente la negación de las autoridades respecto a la existencia del feminicidio (Bidaseca, 2015). Retomo este caso en el capítulo II.↵
- Primer caso de feminicidio que llega a la Suprema Corte, donde se marcó el precedente al resolver el amparo en revisión sobre el caso de Mariana Lima Buendía. Su madre, Irinea Buendía, nunca aceptó la versión “oficial” de suicidio, ha luchado durante años para exigir justicia sobre el feminicidio de su hija junto al Observatorio Ciudadano Nacional de Feminicidio y organizaciones de mujeres y feministas. Vuelto a este caso en el capítulo III.↵
- Tratado de Libre Comercio de América del Norte, 1994, desarrollado en el Capítulo II.↵
- Desarrollo esta propuesta a lo largo de toda la tesis, pero principalmente en el Capítulo IV.↵
- Nos reunimos todas las semanas durante agosto y septiembre de 2021 vía Jitsi-meet, allí nos encontramos compañeras de Chile, Colombia y México.↵
- En 2020, realicé el proyecto “Voces textiles: reivindicaciones del oficio y la voz de mujeres costureras de Temuko” junto a tres queridas compañeras y amigas feministas. Dicha propuesta fue financiada por el “Fondo de Iniciativas Culturales ACTIVARTE 2020”, de la Corporación Cultural de Temuco, y ejecutada durante los meses de octubre y noviembre. La propuesta fue generar un registro y muestra fotográfica de mujeres dedicadas a la costura, con el objetivo de aportar a la visibilización de su arte, su oficio y sus voces. Voces bajas, contrahegemónicas, sofocadas, silenciadas (Bidaseca, 2011). ↵
- Se presenta una escasa literatura sobre quehaceres y activismos textiles en el continente, la que se ha centrado principalmente en los Costureros de la memoria en Colombia, conformados por mujeres que realizan denuncia política a la vez que prácticas de sanación y acompañamiento a través de lo textil. En iniciativas que apuntan a un reconocimiento de lo textil como patrimonio cultural en contra del despojo sistemático por parte del capital y la industria de la moda en México y Guatemala. Investigaciones en torno a las arpilleristas chilenas que emergieron en la dictadura cívico-militar (1973-1990): un grupo de mujeres afectadas por el terrorismo de estado, la detención y desaparición forzada de sus familiares, y que inicia una experiencia de denuncia e interpelación política hacia la sociedad (Sastre, 2011) tomando lo textil como materialidad de sus luchas. Y por otro lado, una serie de estudios sobre la textilería mapuche y los códigos culturales, ancestrales e identitarios que este universo contiene.↵
- Link a página oficial de Facebook “Bordeamos por la paz”, https://www.facebook.com/BordEamosPaz. ↵
- Link a página oficial de Facebook “Vivas en la memoria”, https://www.facebook.com/Vivas-en-la-memoria-1848277348818589 ↵
- Desarrollo en profundidad las trayectorias y vínculos de cada persona con la organización y su devenir en los capítulos II y III.↵






