“Cuadro ansioso-depresivo”, recomendación de derivación a psiquiatra e ingesta de ansiolíticos y anti-depresivos pronto. El diagnóstico me llegó literal-corporal como escalofrío en la cara, ojos abiertos, panza incómoda, espalda tensionada. Agosto de 2021, ya casi a ¾ de la ruta programada en tiempos que yo misma me había propuesto para terminar la tesis. Las abuelas y las mamás dicen que lo malo se te viene todo junto encima, que medio así funciona la vida: se nos derrumba la torre, en lenguaje “tarotístico”. Meses previos me vertí completamente a la escritura del capítulo que sabía sería el más difícil, y las consecuencias post-escritura, con la sumatoria de situaciones de precarización laboral, caída de proyectos, presiones académicas, retorno de Saturno, dolosos desencuentros afectivos, y demás, me situaron en una oscuridad que no había conocido nunca. Por eso -y quizás por primera vez de esa forma- pedí ayuda: no podía salir de ahí sola, y mi alma-y-cuerpo adolecido lo sabían.
No pude volver a la escritura de la tesis por semanas -necesitaba reponerme, descansar, sanar-, no quería y no podía, pero sabía que tenía que hacerlo, y así: esa sensación de una sombra que se agranda detrás tuyo o de una pesada mochila que te deja heridas los hombros, la traía desde que volví a Chile en 2019, y aun no me la saco del todo. ¿Por qué exponer estas “intimidades” que a nadie podrían importarle en un espacio académico como una tesis de posgrado? No me sitúo en un papel de víctima, porque no lo soy ni me acomoda, de hecho me molesta la queja constante y la autorreferencia victimista, no hablo desde ese lugar. Reconozco que soy “privilegiada” por el solo hecho de permitirme escribir esto, cuando antes mi linaje tuvo que esforzarse y desvivirse para que mi generación tuviera acceso a educación y a una “mejor vida”, menos precarizada. Expongo esto desde mi corporalidad situada, emociones abiertas, afectos que me sostienen, experiencias vitales, y memorias vivas: mi material sagrado para investigar y para escribir. Aquello que la academia, y las ciencias sociales se han empeñado en deslegitimar.
Mi comunidad afectiva me sostuvo cuando pedí ayuda, me apoyaron en la gestión de mi salud mental-emocional y me acompañaron en el proceso: no estuve sola, resistí entralazada a mis afectos: cuidados colectivos. Y cuando ellas están mal, mis amigas, las mujeres de mi familia, mis compañeras, estoy para ellas. La teoría se hace cuerpo, la vida se sostiene en reciprocidad, desde el lugar femenino del mundo.
Escribo esto a modo de cierre de un proceso que dejó huellas, no puedo “culpar” sólo a esta tesis de mis afectaciones emocionales, pero sé, que fue una dimensión inmensamente detonante. Escribo-hablo, escritura-voz, como proceso terapéutico de sanación, como acto deliberadamente feminista, amoroso y político de situar enfática cuerpo-emociones-afectos-memorias-experiencias en un espacio-proceso académico. Ensayo situado de descolonización y despatriarcalización en la generación de conocimiento.
A las compañeras del taller de etnografías afectivas y autoetnografías les agradecía en cada encuentro, ellas aparecieron en mi vida en un momento sincrónico: “nuestra escritura puede ser gozosa”, tengo anotado en mi cuaderno, hoy lo repito como mantra. Requerimos de cuidados y autocuidado, porque la afectación se manifiesta en el cuerpo, y es el cuerpo la materialidad que nos permite escribir para resignificar, y dignificar la existencia: escribir desde el dolor respecto de cómo nos afecta lo que investigamos, nos habilita puntos de fuga a los mandatos escriturales de la educación-formal-colonial, capitalista y patriarcal.
Estos procesos de escritura se traducen en incomodidad física y emocional, la padecemos aun más cuando nuestros temas -escogidos- son las violencias que nos matan y despojan la vida. ¿Cómo nos devasta en múltiples formas investigar sobre violencia feminicida? enunciarlo significa hacerme responsable de lo que la afectación provoca, ¿hasta donde nos afecta la colonialidad, las violencias académicas y epistémicas? Las memorias de mi cuerpo lo saben: llorar, no poder dormir, profunda frustración, ansiedad, falta de apetito, músculos atrofiados por la tensión, mente obnubilada, el ojo que me late y me late, la queilitis angular que aparece cuando más débil me siento. Compartir estas afectaciones con otras, en procesos vivenciales similares, me permitió la apertura de conciencia y recibimiento de abrazos metafóricos profundamente significativos en términos de escucha amorosa, reciprocidad feminista y latinoamericana.
La sociología se comporta como un patriarca abusivo, porque impide la posibilidad de hablar, demanda silencio de sus hijas -sociólogas- respecto de lo que les pasa, citando a Carol Rambo (1995). Una profesora de la carrera me dijo una vez que ir a embarrarse los zapatos al territorio y con las comunidades era trabajo de la antropología y el trabajo social, porque la sociología se dedicaba a hacer teorización. Esa sociología de notebook no me resuena ni la quiero, la rechazo, la impugno: quien investiga tiene un cuerpo y unas emociones que siempre van a intervenir en el proceso de abordaje epistémico. En ese momento no percibí la violencia ni la distancia arribista que se nos demandaba, cual estudiante joven, con menos valía y audibilidad, simplemente lo guardé como un registro. Hoy es parte de mi archivo de memorias de violencia que dotan aun más de sentido a mis convicciones teórico-políticas. Abortamos el silencio de la violencia patriarcal, y los adoctrinamientos opresivos de las ciencias sociales coloniales: nuestra escritura es lucha contra la voz científica masculina-dominante.
Las mujeres, cuerpos femeninos y feminizados, ya tenemos la palabra oral y escrita: la recuperamos y defendemos ante el embate de las violencias que buscan reiteradamente acallarnos. Aun cuando tenemos conciencia de que habitamos dinámicas de vida que implican sobrevivencia en un sistema colonial-capitalista-patriarcal, denunciamos, resistimos, nos entrelazamos en acuerpamientos amorosos para situar la vida en el centro. “Padecemos” de dignidad crónica, decía la compañera Aitza, evoco la experiencia de otra compañera que luego de un par de sesiones de psicoterapia también fue “diagnosticada” de consecuencias de capitalismo. Los “diagnósticos” que pueden detentarse desde el modelo biomédico occidental son “tratados” con medicalización producida por una industria que se sostiene en nuestros cuerpos enfermos y dependientes. En mi caso particular, mi experiencia con la terapia psicológica fue sanadora: flores de Bach, mover mi cuerpo, hablar más de mis emociones, dejarme sostener por otras, porque decidí no pedir hora a ningún psiquiatra.
La sanación colectiva nos acerca más a la felicidad prohibida por el sistema de dominación: la revolución está en los afectos, la ternura es revolucionaria, luchamos sin perder la ternura, porque el binarismo jerárquico occidental es una ficción colonial. Desde Abya Yala, reconocemos el poder de sanación de ritualizar nuestras dolencias amorosamente en colectividad, hay poder en la juntanza, hay poder en nuestra escritura-voz cuando le hablamos a la hegemonía en nuestras propias lenguas, como dijo Gloria Anzaldúa (1988). En nuestras fronteras y periferias, cicatrices coloniales (Bidaseca, 2021) que no terminan de cerrarse, acá “abajo de la línea”, podemos tejer esperanza, porque la esperanza no la soltamos.
¿Qué tipo de emociones son válidas en los entornos de escritura y publicación académica? Como mujeres situadas en el Sur, feministas que soñamos la descolonización, labramos caminos para sembrar huertas y flores. Creo que nuestra escritura encarnada es potencial ruta para ensayar creatividad epistémica liberada: aquí la metáfora textil del tejido es la base, y la memoria-afectos-emociones, los principales hilos para tejer.
Quiero cerrar con el deseo de que ninguna compañera experimente dolor en sus procesos escriturales, ni afectaciones y violencias en sus trayectorias académicas. Deseo que, por lo pronto, no puede transformarse en certeza. Por ahora, tenemos la posibilidad de compartir vías de fisura al muro que podemos poner en práctica en nuestro quehacer. El ejercicio del último encuentro del taller de etnografías afectivas y autoetnografías consistió en gestar colectivamente una lista de notas, consejos, recomendaciones a tener en cuenta para nuestra escritura afectiva, una suerte de “manual” de invocaciones y conjuros para materializar la magia que anida desobediente en nosotras. Cómo hacer para que nuestra escritura se sane, atendiendo nuestras heridas, que no renuncie a lo aguerrido al tiempo que no pierda las emociones desde nuestro Sur habitado. Comparto aquí algunos pasajes que me resuenan -a modo de catarsis- y ejercicio escritural que puede convocar a otras en sus propios caminos.
Para escribir: sintamos nuestro cuerpo, escuchémoslo atentas cuando nos habla, porque sino, nos grita.
Conectemos con el poder de los elementales: prendamos una velita a nuestro lado,
un incienso para inspirarnos, un sahumerio o atado de hierbas para limpiarnos,
démosle agua a nuestro cuerpo, busquemos el mar, pisemos la tierra sin calcetines cada vez que podamos para reconectar con ella.
Permitámonos el silencio, cuando lo necesitemos, así podemos escuchar nuestros pensamientos que pueden estar enmarañados y difusos entre tanto ruido.
Hablémonos con radical ternura, que las palabras son poderosos conjuros.
Hablémosle a otras con verdad de lo que nos pasa cuando no podemos escribir, escuchémoslas con el corazón abierto cuando su escritura-voz esté estancada. Juntas podemos soltar la palabra.
Reconozcamos las ideas y palabras de otras compañeras, el conocimiento es colectivo y polifónico.
Cuando nos sintamos afectadas por lo que leemos, cuando la violencia descrita nos duela, permitámonos soltar aguas: lloremos.
Cuando nos sintamos solas, busquemos a nuestros afectos, dejémonos abrazar y contener, dotemos de poder al arraigo corpóreo que nos sostiene en este plano material.
Inspirémonos más allá de lecturas académicas y teóricas: reclamemos poesía.
Conectemos con los oficios de nuestros linajes femeninos: son espacio de memoria y potencial subversión.
Tomemos textil, hebras, retazos, agujas si nos resuena, el recorrido del hilo puede sustituir la línea de la palabra escrita, y volvernos a inspirar.
Miremos a la luna y su ciclicidad, que habita en nuestro cuerpo. Aullémosle, agradezcámosle su poder de mover todas las aguas. Nuestras emociones agua son.
Honremos a nuestras ancestras que vivieron vidas marcadas por otras violencias, somos porque fueron.
Perdonémonos, y permitámonos detenernos en la vorágine que nos impone incansable la modernidad/colonialidad.
Recuperemos las memorias de lucha y resistencias de los pueblos que habitan nuestros territorios, sus saberes subalternizados, son nuestra genealogía para tejer otros futuros.
Concedámonos calma, serenidad, pausas para re-armarnos.
Aceptemos con valiente radicalidad, nuestra fragilidad: no nos excluyamos más de nuestra propia escritura.
Ritualicemos nuestros dolores, sanemos en círculo, re-signifiquemos lo femenino que le pertenece a la vida.
Desarmemos la noción colonial de “sacrificio” en nuestra labor escritural: hagámosla sagrada.
Seamos desobedientes, veraces, temerarias, tiernas, suaves y aguerridas. Desafiemos con nuestra magia el maleficio colonial, patriarcal y capitalista que se sostiene en las violencias inscritas en nuestros cuerpos.
No nos soltemos, no permitamos que nos despojen del encuentro, del deseo, del goce, del placer de escribir.
Que nuestras escrituras sean lugares de amorosa subversión, porque hay lugar para el dolor: que la indignación frente a las violencias nos movilice.
Abramos las posibilidades epistémicas: que nuestros conocimientos puedan ser caminos de transformación.
Para escribir, concedámonos siempre la posibilidad de borrarlo todo: siempre podemos volver a empezar.
No somos las mismas.
La esperanza de la transformación radical del mundo puede ser la aguja de nuestra brújula: que nuestro lápiz apunte al Sur.
Gran parte de las palabras aquí vertidas, están tomadas de anotaciones y apuntes dispersos en mis cuadernos, no son sólo reflexiones mías ni de mi propiedad, son conocimientos compartidos, colectivizados entre-mujeres de Abya Yala: desde las periferias, las fronteras, las hendijas y los márgenes. Desde donde tejemos nuestras resistencias situadas: encaminadas hacia horizontes comunitarios, amorosos, de liberación.
Hoy de mañana (03 de noviembre de 2021), nos encontramos -virtualmente- con Rubí y Areli. Las invité a compartir su sabiduría experiencial con las y les estudiantes de antropología del curso “Colonialidad y violencias: miradas y resistencias situadas desde Abya Yala” que dicto en la Universidad Alberto Hurtado. Estuvo también Marta, mujer luchadora afrochilena del norte de Chile. Inter-generacionalidad, inter-territorialidad, saberes, afectos, luchas. Nos encontramos a compartirnos magia y esperanzas de otros futuros posibles: terminamos soñando-prospectando para el 03 de noviembre de 2050, un mundo sin violencias.






