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Reflexiones finales

Con el término enyoguizado/a se alude a la edificación y el sostenimiento de un estilo de vida urbano y principalmente profesional, abocado —mediante hábitos saludables— a una gestión personal del bienestar, que se asume como asunto individual, escasamente comprometido con el ejercicio de la crítica social. Este estilo de vida homologa, rechaza e incluso niega cualquier tipo de tensiones y de conflictos, se acomoda en un presente ubicuo que resulta suficiente y apropiado como forma de vinculación con el tiempo, se repliega en la comodidad de los determinismos, entiende la transformación como proceso individual. Su modo de trascender la singularidad se liga más a cuestiones como la naturaleza o el universo que a colectivos sociales comprometidos y movilizados.

El yoga no es responsable del contraste que se manifiesta en la escena urbana entre el bienestar interior que comparten los/as practicantes y su probable apatía con la cuestión social y con los procesos colectivos de transformación. Precisamente, uno de los propósitos centrales de este trabajo ha sido mostrar los puntos de convergencia entre el universo yogui y la forma cultural neoliberal, descartando la idea de que el primero se conforma y consolida para sostener a la segunda. En primer lugar, se tomó el fenómeno de la espiritualidad urbana contemporánea como ventana por donde mirar y comprender los esquemas de percepción y acción de las subjetividades porteñas que se identifican con los sectores medios. Esos modos de ser y estar en los que se diluye la inquietud por saldar el abismo entre el principio de igualdad y la realidad efectiva. En el primer capítulo, el foco estuvo puesto en explicar la masividad del fenómeno en ciudades como Buenos Aires, más allá de los indicios aportados por estudios realizados desde la sociología de la religión que dan cuenta de la crisis de la institucionalidad religiosa en las ciudades globales del siglo XXI. Como hallazgos fundamentales, se desarrollaron seis líneas explicativas interconectadas sobre el boom de las prácticas y los discursos espirituales asociados al yoga y a la meditación en CABA. Cada una describe un curso característico de las dinámicas urbanas contemporáneas, con su respectivo impacto en el nivel subjetivo:

  1. El cultivo de estilos de vida maleables se practica mediante la incorporación de hábitos que no suponen comportamientos rígidos ni ataduras; la amplitud se despliega como aptitud y el fanatismo se percibe como restricción. Tomando una distancia evaluativa de los mandatos y patrones impuestos, crece la posibilidad de reconocer una mayor comodidad e identificación con lo espiritual que con lo religioso.
  2. Ante el agotamiento de los abordajes exclusivamente racionales, tiene lugar una apertura a Oriente que favorece el tránsito de lo ideológico a lo sensitivo. El ascenso de la experiencia, del sentir y de la energía denota y sopesa el agotamiento del entendimiento. En tanto las penetraciones puramente lógicas sobre las cosas parecen percibirse como limitadas y obsoletas, hay una valoración del complemento entre lo intelectual y lo sensitivo. Cobra protagonismo la representación social que proclama que la vida consiste en tener experiencias. Como se vio, esta aproximación experiencial atraviesa e hilvana situaciones sumamente diversas como una comida, un recital, un viaje, hasta la atención recibida y la vivencia alcanzada durante la realización de un trámite cualquiera.
    Los mensajes que interpelan a practicantes e instructores/as de yoga y meditación, así como sus propias ideas son expresiones de un clima de apertura a sentir y contemplar, para percibir la conexión con una totalidad (que no es la sociedad). En el marco de dicho clima, una parte de los sectores urbanos principalmente profesionales, identificados con las clases medias, eligen romper con estilos de vida y rutinas de trabajo diagramados para sostener un nivel de consumo que ya no resulta condición suficiente para la plenitud.
  3. La disposición a fusionar para enriquecer expone la valoración de la posibilidad de no dejar nada de lado, capturando e incorporando la riqueza en todo lo circundante. Se percibe cierta distancia y desconfianza de lo unívocamente definido, pues impide ampliar la experiencia vital, mixturando viejos y nuevos paradigmas, o cosmovisiones sincrónicas de tradiciones diversas. Como rasgo que caracteriza la circulación y el consumo de nuevas espiritualidades en CABA, las fusiones se despliegan y resultan altamente convocantes: clases de yoga en las que suena rock, folclore o mantras; psicoterapias que se nutren de la astrología y/o la bioenergética (sin trono para la retrospección); clases de yoga-eutonía-bioenergética, yoga-booty-ballet, aeroyoga, yogafit.
  4. La ciudad es reconocida como obstáculo para la vida buena, ambiente tóxico, alienante y sobreestimulante. Escenario de la habladuría, la primacía perceptiva del ver y la ambigüedad —reponiendo a Heidegger (2016 [1927])—, donde se consolida una existencia situada en el aislamiento; espacio de agregación de individuos y de relaciones mecánicas que inhiben la vida en conjunto como esencia de la comunidad —retomando a Tönnies (1947 [1887])—. Las prácticas como yoga, meditación o terapia bioenergética, así como los hábitos de “alimentación consciente” o “conexión con la naturaleza”, se eligen como contrapeso a la vorágine y a las formas de socialidad imperantes.
  5. A contrapelo de la realidad social que hace a las mujeres parte de la población vulnerable (acosada por situaciones de violencia de género, por dificultades para conciliar la maternidad con el desarrollo profesional, entre otros rasgos de la persistente inequidad de género), en el universo yogui ellas son las que lideran y marcan el rumbo, habilitando espacio para los procesos emocionales. El ámbito de las prácticas espirituales presenta a sus practicantes principales como personas más abiertas, dispuestas a registrar y considerar sus emociones. En tanto las mujeres más grandes se disponen al despojo de responsabilidades y mandatos, entre las más jóvenes la conexión con el sentir se presenta articulada con la reivindicación del goce y la autodeterminación en torno al propio cuerpo. Entre ellas se pudo registrar la convergencia de la espiritualidad con la acción social y transformadora, fundamentalmente en colectivos de mujeres con proclamas y demandas vinculadas con sus cuerpos, como el derecho al aborto legal, seguro y gratuito.
  6. Ante la notable valoración de la autonomía y la libertad individual, la extensión de nuevos paradigmas en torno a la organización del trabajo y el ocio, la distancia de los liderazgos verticalistas, el estímulo al emprendedurismo, el “exceso de positividad” (Han, 2012) y la gestión de la incertidumbre como desafío compartido, los sectores urbanos profesionales se asumen como maestros/as de sí mismos/as que robustecen —a través de prácticas y discursos espirituales su caja de herramientas personales.

    Cada una de las líneas explicativas desplegadas en la primera parte puede considerarse un aporte a la caracterización de los actuales modos de ser y estar de los sectores urbanos profesionales de CABA. El primer capítulo también mostró la expansión del fenómeno a otros ámbitos como la publicidad, la música, el marketing, la gestión de recursos humanos y la política, que esparció un manto de espiritualidad sobre el espacio urbano, logrando que dinámicas de reflexión y acción diversas, y a priori distantes, se yuxtapongan.

    Un presupuesto con el que se inició la indagación, según el cual el momento de la práctica resultaría valorado como instancia para poner en pausa el actual acoplamiento entre cuerpo humano y dispositivo móvil, no fue constatado en las entrevistas a practicantes e instructores/as de yoga y meditación. Tal vez sea posible considerar esto como un indicio de la aún escasa extensión de la visión crítica con respecto al incesante uso de pantallas y redes sociales durante el tiempo de vigilia, teniendo en cuenta que más allá de lo que los/as integrantes del universo yogui reconozcan y declaren— en una ciudad como Buenos Aires, donde tantas personas insertas en el anonimato de la multitud urbana, además viven solas, el acercamiento a prácticas espirituales puede constituir un intento de contrapeso. Una búsqueda de acercamiento material, concreto, afectivo que repare el vacío que no llenan las tecnologías, aun cuando estallen los likes.

    El segundo capítulo se orientó a trazar los puntos de convergencia entre la nueva espiritualidad de los sectores urbanos identificados con las clases medias y los postulados, prácticas y valores del orden social o forma cultural neoliberal, evitando el establecimiento de una relación de causalidad como forma de articulación entre ambos fenómenos. Tal como se reconoció, la cuestión de las zonas comunes entre las nuevas espiritualidades y la lógica cultural neoliberal ha sido abordada previamente desde la academia, con interesantes matices (Viotti y Geddes, 2012; Viotti y Vargas 2013; Viotti y Semán 2015; Jain 2015 y 2020). Se consideraron los antecedentes, tomando distancia de aquellos abordajes que describen como prácticas neoliberales el yoga y la meditación que circula en ciudades globales occidentales.

    Más bien se suscribe al tratamiento de la extensión, en grandes centros urbanos de Occidente, de nuevas espiritualidades volcadas a lo oriental, como posible foco local —efecto y soporte, a la vez de estilos de vida que se consolidan de la mano de la disolución de la cuestión social (rasgo general del neoliberalismo). Se reconoce que, mientras el capitalismo industrial visibilizó el abismo entre el principio de igualdad y la realidad de exclusión social, estimulando la organización colectiva como reacción necesaria, en el capitalismo de la posmodernidad digital resulta complejo identificar aglutinantes sociales en las ciudades, más allá del estrés o la desconfianza en el/la otro/a como afecciones compartidas.

    Cada uno de los puntos de convergencia señalados configura un ingrediente fuertemente despolitizador, que solo se escinde del resto en términos analíticos, en tanto se manifiestan totalmente interconectados en los actuales modos de ser y estar en la ciudad.

    1. Cuestiones sociales enmascaradas de asuntos personales. Se trata de un reduccionismo, una simplificación pero también puede desplegarse como un velamiento. La individualización de lo social se sustenta y refuerza en el imaginario de que cada uno/a tiene la facultad de componer su recorrido personal. El universo yogui presenta como universal la posibilidad de elegir qué se quiere hacer y quién se quiere ser. La responsabilización de los sujetos por su suerte corre la mirada de los marcos socioeconómicos en los que las personas deben desenvolverse, presentando el empoderamiento personal como principal estrategia para el éxito. Por ejemplo: muchos de los problemas estructurales que afectan a las mujeres, como la falta de políticas que auspicien una mayor corresponsabilidad en las tareas domésticas y de cuidado, de acciones estatales que promuevan la valoración social y económica de estas tareas, o de iniciativas públicas que contribuyan a remover la inequidad de género en los lugares de trabajo, resultan privatizados mediante el estímulo al despliegue de estrategias personales que favorezcan la gestión del estrés y el cuidado personal para hacer frente de la mejor manera y sin alterar el statu quo— al desafío de conciliar vida laboral y familiar. La extendida misión de cuidarse y empoderarse para lidiar con las demandas del trabajo y del hogar impide emprender colectivamente algo potencialmente más desestabilizador y quita espacio a un abordaje de estas cuestiones como asuntos públicos.
    2. Bienestar desligado de lo material. El poder de la intención que los discursos y las prácticas espirituales consagran pareciera ser más potente que las relaciones económicas y la distribución de recursos que resulta de ellas. La idea de que todas las personas tienen las mismas oportunidades de hacer algo extraordinario con su vida pasa por alto la realidad social y libera al sistema de la obligación de proteger a los/as ciudadanos/as, concepto que la cultura neoliberal propone mantener con baja incidencia. La premisa de “buscar el bienestar desde el placer por lo simple”, simultáneamente presente en ámbitos diversos como el mundo espiritual o el mundo del diseño, supone de manera tácita una enorme distancia de cualquier carencia material.
    3. Desarrollo interior como aporte al bienestar general. Desde el universo yogui se proclama que solo si cada uno/a busca estar bien y feliz consigo mismo/a (autogestión del bienestar), se pueden establecer buenas relaciones interpersonales y así transitar el camino hacia la generalización del bienestar. El estar bien con uno/a mismo/a para estar bien con el entorno resulta asumido por muchos/as como una contribución. La privatización del bienestar alimenta la personalización de los procesos de transformación. El itinerario propone repliegue y evolución personal. El despertar, la transformación y el bienestar se encaminan a través de búsquedas personales. Es así que entre quienes integran el universo yogui puede estar más presente y resultar más aglutinante el universo, el cosmos o la humanidad que la idea de sociedad.
    4. El/la empresario/a libre y sin marcos de contención. Se desecha la noción de clase social, se debilitan los lazos de solidaridad y se diluye el rol del Estado como garante de derechos universales. Las subjetividades se perciben libres y autodeterminadas, pero carecen de marcos de contención en los que apoyarse para hacer frente al desafío de desplegar la mejor versión de sí mismos/as. La clase de yoga estimula la confianza absoluta en la idea de potencial, preparando a los/as practicantes para un terreno que exige versatilidad y capacidad de generación de proyectos. La creatividad y el entusiasmo se consagran como aptitudes para el management del yo (Arizaga, 2017) y la convivencia con la incertidumbre.
    5. La revisión del pasado como actitud limitante y la hipertrofia del presente. La reconstrucción histórica pierde peso cuando se trata de pensar el panorama social actual o definir lo que cada uno/a es. La supremacía del aquí y ahora descuida la memoria histórica y excluye la imaginación utópica, dificultando el procesamiento consciente de algo más de lo que el presente ofrece (punto de encuentro entre el yoga y las redes sociales).
    6. Un bálsamo para la aceptación de lo que acontece, que es también el registro por sobre la acción. El universo yogui ofrece refugios y pausas que hacen posible permanecer en el ruedo con una actitud de aceptación y de no confrontación; bálsamos que hacen posible un amoldamiento individual a lo existente. Acoplándose a la dinámica urbana, desde los discursos inscriptos en torno a las prácticas de yoga y meditación, las ideas de esencia, alma eterna y aceptación pueden contribuir a la vinculación con lo dado como predeterminado, constitutivo, inevitable e inmutable.

    Las premisas, los postulados y las pautas de acción asociados con prácticas como el yoga, la meditación o la terapia bioenergética pueden circular de forma tal de aportar al sofocamiento de la pequeña posibilidad de que sujetos interpelados como consumidores/as de experiencias, emprendedores/as en busca de su salvación personal y líderes en el trazado de su propio camino se agrupen en procesos de acción social crítica y transformadora.

    Sin embargo, es preciso volver a remarcar la distancia de toda mirada conspirativa y, para ello, matizar cualquier posible interpretación que conduzca a posicionar la masividad de las nuevas espiritualidades como nuevo fundamento del capitalismo. Hay que considerar que, en muchos casos, los discursos y las prácticas vinculados con el yoga se presentan asociados a una nueva conciencia ambiental y de crítica al consumismo capitalista, nuevas formas de vida y renovadas concepciones de salud antifarmacéuticas.

    El impacto de la globalización y de la apropiación de lo oriental contribuye a la emergencia de una subjetividad fundamentalmente urbana y profesional que habilita procesos de revolución personal, a partir del distanciamiento de las aproximaciones exclusivamente racionales, de la insuficiencia del psicoanálisis o de la palabra para adentrarse en los conflictos, del desarrollo de estilos de vida más comprometidos con el medio ambiente. Estas transformaciones personales no terminan de contribuir a una crítica social ni logran, por el momento, aglutinarse en una construcción alternativa con posibilidades de tornarse hegemónica u obstruir el funcionamiento del engranaje económico cultural neoliberal.

    El hecho de que en el neoliberalismo contemporáneo ciertas concepciones políticas y determinadas formas actuales de dominación o colonización de las subjetividades se hayan apoyado en algunas vetas del discurso que gira en torno a las nuevas espiritualidades da cuenta de su potente penetración en determinados sectores sociales profesionales que han descartado la política partidaria como herramienta de transformación, y de ciertos puntos de encuentro entre ambas esferas —espiritualidad yogui y neoliberalismo contemporáneo—. Esta convergencia indica rasgos de afinidad, lo que no implica que una esfera opere como fundamento, soporte, argumento o causa de la otra.

    Los estilos de vida que se edifican en torno a la práctica de yoga en CABA dan cuenta de una espiritualidad más terapéutica que religiosa, que busca un bienestar individual asumido en un sentido integral, que tiene como condición de posibilidad el aseguramiento de lo material. La valoración de lo simple tras el empacho consumista explica tendencias actuales en áreas tan disímiles como el diseño, la cosmética o la alimentación. Para quienes tienen aseguradas sus necesidades básicas, la transformación y el bienestar tienen cabida como búsquedas personales, en tanto lo que se identifica como trascendente para lo individual es el universo, el cosmos, la naturaleza o una trama, antes que la sociedad. La personalización —legitimada mediante la idea de que “cada persona es un mundo” y presente en ámbitos tan diversos como el cuidado de la salud, la atención al cliente o las recomendaciones posibilitadas por el algoritmo y el big data refuerza la tendencia a la insularidad. Es indudable que el aislamiento indicado a toda la población durante la pandemia por COVID-19 extremó esta realidad, cuyos efectos seguramente serán objeto de numerosos análisis en los próximos años. “Si no podés ir hacia afuera, ve hacia adentro”, postulaba una publicidad radial de la fundación El Arte de Vivir emitida durante 2020. ¿Cómo repercutirá a nivel social y subjetivo la premisa de la distancia social como forma de solidaridad? ¿Surgirán nuevas terapias? ¿Cómo se reformulará el universo yogui en el escenario pospandémico y qué nuevos rasgos caracterizarán a sus integrantes?

    Hasta el momento, las estrategias de gestión de la subjetividad vinculadas a consumos y prácticas espirituales se valoran como vía para la concientización con vistas a un desarrollo interior, personal, individual. La premisa de “sálvese quien pueda” y la idea de que el bienestar del conjunto comienza en cada uno/a pueden circular cerca y envuelven el universo yogui haciéndose indistinguibles. La conexión y el encuentro con uno/a mismo/a, la búsqueda de paz interior y la vuelta al centro de cada uno/a constituyen motivaciones frecuentemente expresadas por los/as practicantes de yoga. Se entienden como instancias necesarias y primordiales para poder encarar el encuentro con los/as otros/as.

    Los discursos que giran en torno a las prácticas de yoga y meditación estimulan la sensación de que “todo es perfecto” como es, permitiendo a las personas diluirse en aquello que registran y descartar la actuación crítica, más allá de aquella que remite al sí mismo/a y a la exploración del máximo potencial personal. Así es que la capacidad de agencia de los sujetos puede resultar desplazada por la recepción pacífica y optimista de lo que acontece (y cobra aspecto de ineludible) y de lo que aconteció (y se reduce a obstáculo para focalizar en el presente). La legitimidad con la que se promueve a gran escala la suspensión de lo racional —a través de desafíos personales relacionados con aquietar los pensamientos, disminuir su velocidad o dejar la mente en blanco— y el reconocimiento de su insuficiencia resultan aún novedosos para las ciudades occidentales. Complementa esta convocatoria un impulso de acercamiento a lo natural y al verdadero estado del ser que es el presente.

    Cada una de las líneas explicativas desplegadas para comprender el boom de una nueva espiritualidad en CABA, así como los puntos de convergencia entre las prácticas y los discursos espirituales y la cultura neoliberal que fueron identificados y descriptos pueden considerarse aportes para el trazado del perfil subjetivo contemporáneo de los sectores urbanos identificados con las clases medias. Biografías personales y contextos sociohistóricos se entrecruzan, se influencian, se amalgaman potenciando tendencias, iluminando circuitos, favoreciendo la emergencia de ciertos liderazgos. Las manifestaciones de los entrelazamientos entre lo social y lo subjetivo invitan a reponer la figura del individuo-sujeto-actor (Bajoit, 2008) obligado a elegir y a contar con su imaginación, su iniciativa y su creatividad para autorrealizarse como persona singular. Conviven y se retroalimentan en su ambiente la falta de grandes relatos o verdades aglutinantes y dadoras de sentido, la asunción individual de los riesgos, la exigencia de flexibilidad, adaptabilidad y competitividad por parte de un mercado de trabajo que enarbola la figura del sujeto empresa, un ritmo de vida que amplifica el presente, exhibe el instante como lógica temporal prevalente, y convoca a una actualización permanente de los contenidos que cada cual consume y produce. En medio de dichos procesos o rasgos de las sociedades posmodernas, el consumo de bienes y servicios culturales espirituales y la participación en la edificación de un estilo de vida enyoguizado por parte de profesionales urbanos/as también se tornó global.

    La disyunción entre cultura y estructura social —que identificaba el sociólogo estadounidense Daniel Bell (2004 [1976]) en su trabajo sobre las contradicciones culturales en el capitalismo tardío, escrito cuando comenzaba a consagrarse la forma neoliberal de cultura y sociedad— encuentra en la masiva circulación de la espiritualidad yogui un puente para su reunificación. Bell señalaba por entonces la carencia de puntos de encuentro entre cultura y orden social, comparables a los que hubo entre ética protestante, cultura del ahorro y postergación, por un lado, y consolidación del capitalismo moderno y ascenso de la burguesía, por el otro.

    La manera en que se desenvuelven las subjetividades resulta moldeada por un sistema económico, un sistema de creencias, un escenario específico, que a su vez se fortalece a través de los modos de ser y estar que se adoptan masivamente. De ahí la retroalimentación y el mutuo reforzamiento entre cultura y estructura social, entre ideología y sistema socioeconómico. La masividad con la que en CABA los sectores urbanos identificados con las clases medias se acercaron al yoga y a otras prácticas y discursos vinculados con una espiritualidad reconfigurada ofrece claves para pensar el juego mediante el cual el sistema socioeconómico se refleja en la forma cultural, y viceversa. El estimulante trazado de un estilo de vida saludable pero maleable; la inmersión en lo no racional, en la experiencia, en lo sensible, en lo no occidental; una actitud cosmopolita de apertura a las fusiones, a las mezclas y a las múltiples influencias; la percepción de la ciudad como entorno tóxico, ambiente estresante y obstáculo para la buena vida; el rechazo y la desconfianza en los liderazgos verticalistas y una mayor comodidad con la idea de que cada uno/a es maestro/a de sí mismo/a son algunos de los elementos característicos de las subjetividades urbanas contemporáneas.

    Como se ha intentado mostrar a lo largo de este trabajo, estos posicionamientos no son causa del neoliberalismo, pero encuentran afinidad con el sistema de creencias en torno al cual se sostiene el orden neoliberal. La idea de que cada uno/a es hacedor/a de su vida desde su capacidad emprendedora y creativa —independientemente de las condiciones materiales de existencia—, la ilusión de que buscando la felicidad propia se está contribuyendo al bienestar general, la personalización de la transformación, el traslado del bienestar y de la alternativa superadora al fuero privado son elementos configurantes de estilos de vida que favorecen la renovación, la legitimación y el mantenimiento del orden neoliberal.

    La indagación y la reflexión en torno a la masividad adquirida por prácticas y discursos que se ejercen como herramientas o respuestas estratégicas en el marco de la vida social urbana contribuyen a delinear las subjetividades que este orden social global, vertiginoso e individualizante modela y demanda. El boom del yoga y la meditación, estimulando el ascenso de un estilo de vida saludable en cuyo derrotero se personaliza el bienestar, permite esbozar la figura del/de la yogui urbano/a como un modo de ser y habitar la ciudad, dedicada a cultivar con dedicación los mejores recursos para mantenerse en el ruedo, dando lugar a un juego libre de fusiones y combinaciones que guía el sentir, ofreciendo el equilibrio personal y la no conflictividad como aportes a un entorno caótico. La aceptación y la autosuperación, que pueden pensarse incompatibles, conviven en modos de ser y estar que asumen sincrónicamente el registro sin involucramiento de lo que acontece alrededor y el cultivo de la mejor versión de uno/a mismo/a (libre de exigencias que impidan sentirse bien con lo que está al alcance del propio cuerpo-mente-espíritu en cada momento). La aceptación del plan que la vida tiene destinado para cada uno/a” convive con la búsqueda de permanente evolución personal y con el compromiso individual de ser feliz. Dichas pautas de orientación y acción describen a las subjetividades contemporáneas y las distancia enormemente de los compromisos con causas políticas y sociales por los cuales hasta hace 40 años resultaba heroico dar la vida. En su circulación urbana, el universo yogui vela la mirada crítica respecto de la realidad social, propiciando que sus integrantes vivan lo mejor posible dentro de ella. El/la yogui urbano/a resulta un formato subjetivo convergente con la forma neoliberal de organización del capitalismo: un yo flexible y dinámico, empujado a vivir la incertidumbre como una aventura, dispuesto a encontrar el camino del éxito que solo dependería de su actitud.

    Los códigos fundamentales de una cultura —los que rigen sus lenguajes, sus esquemas perceptivos, sus cambios, sus técnicas, sus valores, la jerarquía de sus prácticas— fijan de antemano para cada hombre los órdenes empíricos con los cuales tendrá algo que ver y dentro de los que se reconocerá. En el otro extremo del pensamiento, las teorías científicas o las interpretaciones de los filósofos explican por qué existe un orden en general, a qué ley general obedece, qué principio puede dar cuenta de él, por qué razón se establece este orden y no aquel otro. Pero entre estas dos regiones tan distantes, reina un dominio que, debido a su papel de intermediario, no es menos fundamental: es más confuso, más oscuro y, sin duda, menos fácil de analizar. Es ahí donde una cultura, librándose insensiblemente de los órdenes empíricos que le prescriben sus códigos primarios, instaura una primera distancia con relación a ellos, les hace perder su transparencia inicial, cesa de dejarse atravesar pasivamente por ellos, se desprende de sus poderes inmediatos e invisibles, se libera lo suficiente para darse cuenta de que estos órdenes no son los únicos posibles ni los mejores… (Foucault, 2011 [1966], pp. 13-14)

    Esta región a la que alude Foucault, entre la mirada codificada de quienes componen una sociedad y el conocimiento construido por científicos o filósofos, en la medida en que manifiesta los modos de ser de un orden, puede considerarse una experiencia fundamental para motorizar el cambio social.

    El acercamiento a prácticas y postulados de Oriente, asociados con la espiritualidad estilo Nueva Era, también podría pensarse como un acto de potencia contrahegemónica, fundamentalmente por el hecho de marcar con orientación pragmática el agotamiento de cierto orden y de ciertas leyes que lo estructuran. ¿Es posible que el ascenso del sentir pueda estimular la percepción de graves problemas sociales que actualmente se esconden bajo la máscara de aflicciones subjetivas? ¿Cómo hacer de este refugio que contiene entre tanta soledad, incertidumbre y velocidad una usina para el cambio social o un freno al curso del capitalismo tardío, en lugar de un asilo para la aceptación y la salvación individual? ¿Cómo interpela la caracterización de los modos de ser y estar urbanos a proyectos políticos con vocación de transformar un panorama social profundamente desigual, que mantienen desde hace años una penetración residual en la sociedad?



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