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2 ¿Por qué el encuentro con uno/a mismo/a puede fortalecer el engranaje económico y cultural neoliberal?

El alma como núcleo del ser y el presente como ámbito de la conciencia

¿Cuáles son los modos de ser y estar en el mundo que alimenta el orden social neoliberal? El escape de lo rígido, el recurso al presente constante, la exaltación del emprendedurismo, la fuerte apelación a las nociones de autonomía, flexibilidad y libertad, y la interpelación a un sujeto-empresa que da batalla creativamente a riesgos e incertidumbres son algunos de los rasgos que contribuyen a precisar la subjetividad neoliberal. La fluidez, la fugacidad, la liquidez y la inestabilidad son otras características que definen esta forma cultural.

Es posible identificar prácticas y discursos propios de la época y del espacio urbano que alimentan la construcción de un yo maleable y dinámico, arrojado a convivir con la incertidumbre con actitud entusiasta y aventurera. Partiendo de aquí, en este capítulo se sostendrá que lejos de cualquier acción deliberada, las premisas, los postulados y las pautas de acción asociadas con la espiritualidad estilo Nueva Era abonan modos de ser y estar enfocados en la edificación de un microclima. Organización social y esfera cultural se amalgaman en su aporte al debilitamiento de la capacidad de acción transformadora de sujetos interpelados cotidianamente como consumidores, emprendedores en busca de la salvación personal.

La asunción de cuestiones sociales como asuntos personales

La personalización de las revoluciones colabora con el mantenimiento del engranaje económico cultural, pero más allá de los matices, aquí se parte de separar las técnicas y las prácticas de los modos y efectos de su circulación. Esto quiere decir que se descarta y se toma distancia de toda reflexión que ubique al yoga o a la meditación como prácticas neoliberales per se, con la intención de poner la mirada en los circuitos, los valores, las premisas, los consumos, los estilos de vida que se delinean en torno a estas prácticas en el siglo XXI, en una ciudad global como Buenos Aires (CABA).

Los trabajos de Viotti (Viotti y Vargas, 2013; Viotti, 2015; Viotti y Funes, 2015; Viotti y Semán, 2015), junto con los aportes de Carrone y Funes (2013) y Purser (2019) contribuyeron a explicar —cada uno con su estilo y marco teórico— aquello que hacía posible registrar una nueva espiritualidad a la medida del mercado. Igualmente comprometida con el creciente interés en lo espiritual, pero no religioso —en el sentido tradicional y acotado del término—, y desde un posicionamiento con menos matices y más linealidad que el que puede reconstruirse a partir de los análisis de Viotti, Andrea Jain (2015 y 2020) se centra en el yoga en Estados Unidos, y desde allí explora las conexiones entre las prácticas de una nueva “espiritualidad global” y el capitalismo neoliberal. Jain pone la lupa en las ideas de crecimiento personal, autocuidado y transformación como elementos centrales de la narrativa de la identidad espiritual. Argumenta que, si bien esta espiritualidad puede presentarse como contracultural, afincándose en lo alternativo, los/as empresarios/as y los/as consumidores/as de productos espirituales pueden ser bastante convencionales e incluso conservadores. Sugiere que a través de la mercantilización de prácticas como el yoga o la meditación se coloniza la potencia de subvertir que caracteriza a lo alternativo.

Jain (2015) traza un camino que llega hasta la popularización del yoga en el contexto de la cultura de consumo de finales del siglo XX. Como punto de partida, el yoga premoderno exclusivamente oriental comprende técnicas con una amplia gama de objetivos (ir hacia adentro en busca del verdadero yo, sofocar el deseo para evitar el sufrimiento, ir hacia afuera para conectar con lo divino, canalizar la energía corporal para encontrar el placer sexual). El ingreso en Occidente y la configuración de un yoga moderno dio lugar a una circulación de nicho que —en su entrecruzamiento con el amor libre y la cultura de la paz en torno a los que se consolidaba el movimiento hippie— alimentaba la representación de lo comunitario (de la cual se podía deducir su carácter contracultural). En contraste, hoy en día, el yoga tiene como objetivo mejorar el complejo mente-cuerpo-espíritu, pero lo hace de acuerdo con los paradigmas culturales y de acondicionamiento físico dominantes. En consecuencia, para Jain, el yoga actualmente resulta omnipresente en tanto se integra a la cultura y a la industria en todas las ciudades globales.

Teniendo en cuenta su formación en estudios religiosos, cabe pensar que la popularización del yoga como objeto de estudio le permite reflexionar a Jain sobre el rol de la religión en una cultura de consumo. Una particularidad de su propuesta reside en su insistencia en considerar que, si bien la cultura de consumo estimuló la germinación de la industria del yoga, las cualidades religiosas de la práctica no han desaparecido, sino que se han transformado. Es así que el yoga puede ser estudiado como un cuerpo de prácticas religiosas, al reconocer que los/as practicantes en las ciudades globales comparten espacios y tiempos sagrados, valores, formas de entender el sufrimiento y la muerte, tal como sucede en las religiones tradicionales (Jain, 2015). Autosuficiencia, optimización personal, emprendedurismo, optimismo, relax son actitudes y valores centrales en la cultura neoliberal, que están presentes en la industria del yoga. En Peace, Love, Yoga (2020), la autora incluye los análisis de dos fenómenos diversos, pero igualmente globales, asociados con las apropiaciones capitalistas del yoga. Por un lado, las corporaciones de indumentaria y accesorios especialmente diseñados para la práctica, por ejemplo Lululemon (de capitales canadienses), que comercializan con éxito bienes de consumo al tiempo que manifiestan un compromiso con la inclusión, la diversidad, la equidad y la acción. La autora usa como ejemplos de discursos de gubernamentalidad frases impresas en la indumentaria, tales como “You´re exactly where you are suppossed to be, “What you think, you become”, “Self Love Club”. Estos colocan un enorme peso en la elección individual y en el control personal sobre las propias circunstancias. Jain identifica que los/as consumidores/as describen las mercancías espirituales como empoderantes, transformadoras o liberadoras pero no en un sentido que pueda desafiar o debilitar las jerarquías dominantes ni las mentalidades conservadoras. El segundo fenómeno de análisis lo conforman las aplicaciones centradas en la espiritualidad con enfoque terapéutico como “Calm”, que prometen curar a la persona quebrantada, ofrecerle bálsamos a su sufrimiento, pasando por alto las causas estructurales o sistémicas de este.

Aquí se reconocen los trabajos de Jain como antecedente en la articulación entre la práctica masiva de yoga y la dinámica social y cultural del neoliberalismo contemporáneo, si bien se propone una diferencia en lo concerniente a la atribución de intenciones a la industria del yoga y a la centralidad otorgada a esta. La idea de una industria que estratégicamente se propone sostener la cultura neoliberal resulta poco adecuada para este libro que, además, pone la mirada en la práctica de yoga como hecho masivo entre la población urbana que se identifica con los sectores medios (considerando el uso de indumentaria o de aplicaciones específicas como una expresión no masiva, que bien puede aportar a la reflexión, pero que no interesa colocar en el centro). La definición de una “espiritualidad neoliberal” promovida por la industria del yoga y la intención de abordar sus políticas (the politics of neoliberal spirituality) configuran una perspectiva de la que se intenta tomar cierta distancia. Jain alude a una instrumentalización del yoga con fines conservadores y señala que mientras la India se muestra como su centro mundial y hace propia la misión de difundir sus bondades, evita o al menos distrae el foco de cuestionamientos internacionales respecto de la persistente criminalización de toda orientación que no sea heterosexual. Una y otra vez la autora señala conexiones explícitas entre lo que entiende como espiritualidad neoliberal y muchas áreas de la vida pública y privada. Desde su visión, gran parte de los productos de la industria del yoga están arraigados en preocupaciones que el neoliberalismo expone como formas de desviación, por ejemplo la baja productividad. Se coincide con la autora en que las prescripciones asociadas con el autocuidado o la liberación personal tienen poco que ver con la transformación social, pero se disiente en cuanto a considerar que estas denotan el requerimiento de trabajadores/as y consumidores/as más productivos/as, eficientes y conformistas. Según Jain, al tiempo que la exigencia de ser productivos/as se ha incrementado, aumentaron la cantidad de profesores/as de yoga, los sistemas de alimentación natural y los cursos de mindfulness que prometen simultáneamente mejorar la productividad y la conformidad a una moral rígida. Esta idea resulta alejada de lo que se registra al hacer foco sobre los estilos de vida maleables de la población urbana mayormente profesional identificada con las clases medias. La afirmación acerca de que la industria de la espiritualidad apoya el capitalismo neoliberal tampoco es la más oportuna desde la aproximación que el presente trabajo quiere realizar. De todas maneras, la búsqueda de la función o el propósito del fenómeno social del yoga en la estructura de la sociedad aporta un conjunto de reflexiones interesantes, que incluso pueden enriquecer el análisis si son tenidos en cuenta como contrapunto. La supuesta estrategia de política internacional del primer ministro indio Narendra Modi, mediante la cual la promoción del yoga a escala mundial se habría desempeñado como un arma contra la minoría musulmana, desviando la atención internacional de las políticas antiminorías que se ponen en marcha (Mukhopadyay, 14 de agosto de 2015),[1] no aporta a la comprensión del boom del yoga en ciudades como Buenos Aires ni a la reflexión en torno a las posibles convergencias entre socialidad neoliberal y socialidad espiritual. La indagación sobre el uso del yoga por parte de Modi para lograr una mejor posición para la India en la escena internacional puede dar lugar a interesantes aciertos y reflexiones, que no guardan una fuerte relación con la pregunta acerca de la relación entre la práctica masiva del yoga en ciudades de Occidente y los modos de ser y estar que modela y demanda la cultura neoliberal.

Muchas personas que se forman en yoga, astrología y diversas herramientas para acompañar en el desarrollo personal lo hacen con convicción y con independencia de influencias o estrategias políticas —en un sentido restringido del término—. De todas maneras, la incorporación de las premisas que se pronuncian o circulan de modo escrito en los espacios de yoga y meditación, como “registrar sin involucrarse” o “asumir el compromiso de ser feliz”, pueden alimentar la apatía y el repliegue sobre micromundos personales. Si bien no hay relación de filiación, causalidad ni funcionalidad entre el yoga y el neoliberalismo, resulta oportuno considerar aquello que planteaba Foucault (2005 [1969]) al mostrar cómo prácticas diversas configuran reglas del ver, del hablar y del hacer, regímenes de verdad en los que emergen coincidencias entre discursos diversos que pueden articularse en una misma estrategia, independientemente de la voluntad de sus autores. Es posible registrar una convergencia entre la matriz discursiva del neoliberalismo y la de la espiritualidad yogui. Ambas se encuentran en las alusiones a una interacción social que fluiría de acuerdo con las habilidades individuales, y las capacidades creativas y perceptivas de los individuos. Argumentación que en el plano de la relación entre Estado, sociedad y mercado permite justificar todo socavamiento a los derechos sociales.

Junto con la teoría subjetiva del valor, a la que se hizo referencia en el marco teórico, la formación discursiva neoliberal desplegó una teoría de la acción humana centrada en una estructura formal ahistórica de la conducta humana, capaz de resguardar la centralidad del individuo, principio fundamental del liberalismo (Murillo, 2015 y 2018). Desde esta teoría, la conducta humana sería siempre libre y racional, de manera que el éxito depende solo de la decisión individual. La desigualdad resulta naturalizada a través del reconocimiento de que no todos podrán usar sus aptitudes y su suerte del mismo modo.[2] Este componente ahistórico de la acción humana también está presente en el circuito urbano de prácticas y discursos asociados con el yoga y la meditación. En CABA es posible practicar diversos tipos de yoga, más o menos aeróbicos, con mayor o menor foco en las posturas o en la respiración, en institutos, gimnasios o con profesores/as en sus propios espacios. Como parte de la occidentalización de esta actividad es frecuente que los/as instructores/as transmitan a sus alumnos/as diversas premisas que se enuncian y reiteran en cada encuentro como principios ahistóricos para cultivar una vida plena. Quienes se encuentren familiarizados/as con el yoga reconocerán afirmaciones como “No soy mi cuerpo ni soy mis acciones, sino tan solo un alma eterna”; el pedido (a la fuerza suprapersonal que cada cual decida invocar) de “serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para conocer la diferencia”; o la invitación a registrar/observar sin reaccionar. Sin intenciones declaradas y por fuera de toda estrategia, el modo de ser y estar en el mundo que se alienta relega la acción en el marco de una cosmovisión que concibe los cambios como centralmente internos y personales. Conviven armoniosamente —apuntando las subjetividades— las motivaciones a encontrarse con uno/a mismo/a, llevar la conciencia al presente (anulando pasado y futuro), y aceptar la realidad tal como se presenta. Asumir lo que se presenta y no querer convertirlo en un medio para lograr otra cosa es una actitud a través de la cual Occidente abre la puerta a la cultura de Oriente —más contemplativa y menos inquisitiva, que embriaga más con el misterio que con el entendimiento, como advirtieron Suzuki y Fromm (2006 [1964])—. En su circulación por el mundo occidental, más puntualmente por una capital latinoamericana profundamente desigual, estos postulados se integran a un marco social que responsabiliza a los sujetos de sus trayectorias de vida al tiempo que consagra la exigencia de ser uno/a mismo/a. La creatividad se posa en el centro de la escena, como atributo individual que converge con el emprededurismo, con la noción de sujeto-empresa o sujeto de rendimiento y con la búsqueda de bienestar y autenticidad a través del management del yo (Arizaga, 2017). Los estilos de vida maleables, distantes de conductas rígidas, de dinámicas verticales y de lo unívocamente definido, se desenvuelven en un espacio urbano que exige flexibilidad y capacidad de adaptación (de conocimientos, habilidades, lealtades y emociones) como aptitudes para ser y estar en el mundo.

Quienes tienen asegurado el bienestar material van en busca del buen vivir, concebido como punto de llegada personal. La calidad de vida se estima como una cuestión de emociones, sensaciones y valores, y no tanto de posesiones. Los recursos materiales, en definitiva, vehiculizan y facilitan las acciones que forman parte del cultivo de un microclima cada vez más pleno. La posibilidad de incorporar alimentos orgánicos en CABA (sus costos determinan su exclusividad) configura un claro ejemplo de ello.

En Psicopolítica, Han (2014) plantea que en las sociedades occidentales contemporáneas la autopercepción de los sujetos como proyectos, liberados de coacciones externas y sin límites en sus posibilidades de hacer, resulta parte de una política. El filósofo surcoreano se propone actualizar el concepto foucaultiano de biopolítica. Cabe entonces remontarse a la clase del 11 de enero de 1978, en la que Foucault presenta el biopoder como “el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general de poder” (Foucault, 2007 [2004], p. 16). La disciplina para la formación de individuos junto con la biopolítica como gobierno de las poblaciones fueron cuestiones necesarias para lograr una trama que contuviera y mantuviera las desigualdades en el liberalismo (Foucault, 2007 [2004]).

Han (2014) señala que las técnicas de poder del neoliberalismo del siglo XXI presentan un formato refinado, sutil, permisivo, amable y, por todo esto, seductor, e involucran la motivación, el proyecto, la competencia, la optimización y la iniciativa. La psicopolítica es su propuesta para pensar el neoliberalismo como forma de mutación del capitalismo que no se ocupa primariamente de lo biológico o lo corporal, pues descubre la psique como fuerza productiva en el marco de formas de producción inmateriales. Este giro necesario para Han es el que, según su visión, le quedó pendiente a Foucault, quien no llegó a analizar la biopolítica neoliberal, en la cual las psicotecnologías entran en escena en lugar del biopoder.

La técnica de poder del régimen neoliberal adopta una forma sutil. No se apodera directamente del individuo. Por el contrario, se ocupa de que el individuo actúe de tal modo que reproduzca por sí mismo el entramado de dominación que es interpretado por él como libertad. La propia optimización y el sometimiento, la libertad y la explotación coinciden aquí plenamente (Han, 2014, p. 46).

El neoliberalismo, como forma de mutación del capitalismo, explota todo aquello que pertenece a prácticas y formas de libertad como las emociones o la comunicación y convierte al trabajador en empresario (p. 17). El sujeto es un proyecto libre, un empresario de sí mismo, que se ilumina y vigila a sí mismo. “Y por el aislamiento del sujeto de rendimiento, explotador de sí mismo, no se forma ningún nosotros político con capacidad para una acción común” (p. 18). La cultura neoliberal alimenta el poder del individuo y su supuesta posibilidad de elegir, presentándose como superadora de las ideologías. En un entorno social en el que se asume que cada uno/a es responsable de hacer de su vida la mejor posible, encaja cómodamente toda propuesta que ofrezca herramientas de desarrollo y enriquecimiento a nivel personal que permitan alcanzar la mejor versión de cada uno/a. Así es que diversas problemáticas sociales o injusticias inherentes al orden capitalista resultan privatizadas, abordadas a escala subjetiva, tal como sucede con el estrés. La evidente privatización de lo social torna oportuno remitir a las ideas planteadas por Dana Becker (2013) sobre el concepto de estrés y sus usos políticos, así como a lo planteado por Mark Fisher en Realismo capitalista (2019) acerca de la consagración del estrés como manifestación de la aceptación del esquema, los lenguajes y los comportamientos que componen un mundo aparentemente despolitizado. El estrés, como fenómeno que entraña la privatización y la aceptación de lo social, contribuye a explicar la naturalización del dominio del capital y el sofocamiento de cualquier impulso socialmente transformador. Se puede pensar en la privatización del bienestar o del estrés como nuevas formas de atomización que abonan la descomposición de lo colectivo y de lo público, ya en curso. El hecho de que las subjetividades en cuestión no se encuentren inmersas en una organización estable de empleo, ni en una lógica de acción colectiva como la que proveían los sindicatos, ha cimentado el terreno para un juego individualista en el que las trabas se perciben siempre internas y personales. Las causas sociales y políticas, la injusticia que suponen los datos más alarmantes acerca de la enorme desigualdad en la distribución del ingreso quedan de lado con estos movimientos, y el descontento se individualiza e interioriza (Fisher, 2019, p. 135).

En sintonía con este análisis, Becker (2013) acuñó el término estresismo para describir la creencia en que las tensiones de la vida contemporánea deben resolverse mediante el desarrollo de estilos de vida que permitan controlar el estrés. La autora muestra cómo este concepto ayuda a ocultar las causas sociales de muchos de los riesgos a los que se debe hacer frente y debilita las posibilidades de cambio social al mantener el foco en la salud personal. La tarea se centra en desplegar estrategias para desestresarse y asumir la responsabilidad personal en torno al mantenimiento de la salud, a través de una mejor alimentación o una práctica regular de yoga o meditación, relegando cualquier instancia que permita examinar e intentar transformar las condiciones subyacentes que provocan el estrés como afección generalizada en las ciudades.

Mientras que en un régimen de explotación ajena está la posibilidad de que los/as explotados/as se alcen juntos/as, en la sociedad neoliberal del rendimiento quien fracasa se hace a sí mismo/a responsable, sin poner en tela de juicio el sistema (Han, 2012 y 2014). Así se reducen, simplifican y enmascaran cuestiones sociales como asuntos personales. Los relatos aglutinantes y las jerarquías incuestionables se encuentran en franca retirada mientras avanzan la incertidumbre y una falsa ausencia de determinismos. Se robustece la idea de que cada persona elige qué hacer de su vida y se extiende la falsa representación de que existen las condiciones para componer un recorrido personal autodeterminado. Así se comprende que el trabajo personal que muchas jóvenes adultas profesionales reconocieron realizar a través del yoga, la meditación o la bioenergética, en relación con interrogantes del estilo “¿Qué quiero hacer de mi vida ahora?”, “¿Qué quiero estudiar?”, “¿Dónde quiero trabajar?”, resulte percibido como una oportunidad disponible para todas.

Yo siento que hay más lugar como para cuestionar ciertas formas de vida, como más oportunidades para elegir si quiero vivir de esta forma. (Practicante de yoga, mujer, 33 años.)

Los aportes de la nueva espiritualidad a esta idea convergen con discursos del ámbito político, de la escena cultural y del mundo publicitario, y solo así alcanzan a constituir una matriz ideológica. “Elegí todo” es lo que propone la campaña publicitaria de una de las empresas de telecomunicaciones más influyentes en Argentina, que renueva su identidad visual en 2017: “Elegí vivir, elegí enamorarte, elegí reír, elegí enseñar, elegí soñar, elegí aprender, elegí crear, elegí disfrutar, elegí todo”.

Si bien en las conversaciones con practicantes e instructores/as de yoga, meditación o terapia bioenergética se reconocía que tener aseguradas las necesidades básicas era una condición de posibilidad para encarar la composición de experiencias de enriquecimiento y desarrollo personal, esta idea no era parte de lo que fluía más naturalmente.

Negación de lo material como condición para el bienestar

Junto con la universalización de la posibilidad de elegir, se ensalza la intención como herramienta poderosa en cuanto otra manifestación de una espiritualidad heterodoxa porteña que se saltea lo material como condición de posibilidad. La intención circula como vehículo eficaz para la concreción de deseos y metas personales. En portales sobre espiritualidad, cuentas de Instagram o revistas “para la mujer”, este sustantivo resulta convertido en el verbo “intencionar”, como un primer y fundamental paso para hacer realidad lo que se desea, alcanzar el propósito buscado. No hay ser social que determine la conciencia, sino que el desarrollo espiritual y el nivel de conciencia de cada persona se promueven como factores determinantes. No aparecen instituciones, Estado, mercado, relaciones ni posiciones que puedan interferir entre la manifestación de un deseo y su concreción. Se trata de disponerse totalmente a que algo suceda y decretarlo al universo o a la naturaleza. En su circulación por el universo espiritual heterodoxo, no se presentan dudas sobre el poder de las intenciones, siempre que sean manifestadas en la forma y con el encuadre adecuados, lo que implica definirlas con detalle y claridad, enunciarlas afirmativamente, visualizar su concreción, confiar, mantener el foco y vibrar en gratitud.

“Intencioná: proyectá tus objetivos con claridad para que se cumplan” es el título de un artículo publicado en La Nación que, entrelazando el discurso espiritual con referencias del campo científico, sitúa a las intenciones como una fuerza creadora a través de la cual es posible lograr que nuestra existencia llegue a ser todo lo plena y feliz que deseamos (Alemano, 28 de septiembre de 2017).

En sintonía con el poder otorgado a las intenciones, un relato que se fortalece en el mundo de la espiritualidad urbana remite al bienestar o la vida buena como idea, desligada de lo material, de las relaciones económicas y de la distribución de recursos que resulta de ellas. La noción de espíritu se encuentra en oposición al puro cuerpo o elemento físico. Quizás sea por eso que el discurso espiritual, en su circulación porteña, pueda ubicar el espíritu por sobre la materia, lo que resulta idealista en un sentido que convoca a reponer los postulados básicos del sistema filosófico marxista.[3] El materialismo histórico toma como punto de partida la materia y reduce el espíritu o la idea a una consecuencia de ella. Esta forma de interpretar la historia refuerza la explicación de la realidad en las diferentes condiciones materiales derivadas del desigual acceso a los recursos: las sociedades no cambian a partir de una idea o de una organización social nueva. El fundamento de la historia humana es la lucha entre las clases opresora y oprimida. Las formas que la sociedad adquiere históricamente dependen de las relaciones económicas que prevalecen en una fase determinada de ella, “no es la conciencia de los hombres lo que determina su ser, sino, por el contrario, es su existencia social lo que determina su conciencia” (Marx, 2008 [1859], p. 5).

A contrapelo de la teoría marxista, la cultura, la economía y la política neoliberal suelen apoyarse en un idealismo que no parte de los sedimentos materiales que condicionan o limitan el marco de posibilidades de los individuos. Mucho menos existe un habitus incorporado por los sujetos que proporcione los marcos estructurantes con los que desenvolverse en la sociedad. Los aportes de Bourdieu (2012 [1979]) ayudan a comprender la configuración de un estilo de vida como forma de distinción, que es a la vez indicador de clase y expresión que denota individualidad. La clase se materializa en el cuerpo, los gustos y las prácticas. De eso se trata el concepto de habitus desarrollado por Bourdieu.

La noción de habitus de clase resulta de analizar la forma en que similares condiciones de existencia se incorporan en sistemas de disposiciones homogéneos a partir de los cuales pueden surgir prácticas, elecciones o gustos semejantes. En La distinción, Bourdieu enfatiza la cuestión de los determinantes económicos y sociales de los gustos:

Se trata de sustituir la relación abstracta entre consumidores con gustos intercambiables y productos con propiedades uniformemente percibidas y apreciadas por una relación entre unos gustos que varían de manera necesaria según las condiciones económicas y sociales de su producción y unos productos a los que confieren sus diferentes identidades sociales (2012 [1979], p. 115).

Bourdieu destaca el carácter más estructural del habitus (que rebate la concepción según la cual todos/as tendrían las mismas oportunidades) en tanto observa que este tiende a orientar la acción del sujeto mediante cálculos basados en experiencias previas determinadas por factores de tipo económico y social.

Muchas de las premisas, los postulados, los relatos que se reiteran en el circuito espiritual y que se conectan con el discurso del emprendedurismo (Viotti y Vargas, 2013) velan la realidad social, al pasar por alto los condicionamientos materiales para el bienestar, el desarrollo personal, la actitud de gratitud o el cultivo de la solidaridad.

Así como asciende la experiencia y el desapego de cualquier expresión rígida o dogmática, circula en la espiritualidad heterodoxa urbana un discurso que otorga superpoderes a la intención y a la acción de intencionar.

La posibilidad de edificar un estilo de vida, o de iniciar búsquedas de transformación personal dista de ser una realidad universal en una ciudad de tantos contrastes y desigualdad social como Buenos Aires. La idea de que todas las personas tienen las mismas oportunidades de hacer algo extraordinario con su vida desconoce, se saltea, omite la cotidianeidad de carencias de una parte importante de la población de la ciudad.[4] Tal idea, vigorizada por la visibilización de casos de éxito y superación de la adversidad, constituye un aporte —más o menos estratégico, según de dónde provenga— a la legitimación de un sistema de vida social, político, económico que no ampara.

Cuento de la caja de pan

Cuando nacemos, el mundo espiritual del que venimos nos entrega una caja con todos los ingredientes para hacer pan. La mayoría de las personas abren la caja, colocan todo sobre la mesa y se divierten en ese acto. Lo dejan ahí y se van. Muchos otros empiezan a jugar con los ingredientes, hacen una masa, la dejan ahí y siguen, se distraen, se van. Algunos hacen el pan, lo ponen en el horno y se olvidan. Lo tienen que tirar. Otros hornean el pan, llaman a la familia a la mesa, algunos traen algún vecino y comparten el pan. Y muy pocos comparten su receta maravillosa con todos, hacen pan y lo comparten con multitudes. Todos hemos recibido la misma caja de pan, la misma oportunidad para hacer algo extraordinario, para crear y recrear una y mil veces usando nuestros dones y talentos. ¿Qué hacemos con lo que nos dan? Siempre pienso que el día en que nos vamos alguien nos va a preguntar ¿Qué hiciste con lo que te di? Es una invitación a no distraernos, a no fugarnos, a comprometernos, a ser conscientes, a liberarnos de las memorias de un pasado que no podemos transformar. A soltar toda expectativa y toda ansiedad de un futuro que no conocemos. El único tiempo real para crear algo extraordinario es ahora. Y aprender a vivir en el ahora con confianza es un hábito que se compone de muchas actitudes que sanan. Una de ellas es la actitud de gratitud.

Transcripción de un relato oral compartido en la cuenta de Instragram @modo.espiritual que acompaña procesos de transformación personal a través de experiencias espirituales, mayo de 2020 (destacado propio). Materialidad y espiritualidad interactúan en este relato que tiene como eje la idea de igualdad de oportunidades.

Me siento parte del colectivo del amor. No ocupa mucho lugar la política en mi vida. Me deprime mucho, me angustia. Soy una mina que por ahí podría estar mucho más informada de lo que sucede, pero la verdad, también me di cuenta de que todo no se puede y querer ser una mina más politizada es presionarme para ser algo que no soy. Siempre me pasó. También como actriz, siempre estaba más conectada con el movimiento, con la fluidez, vivía en otro canal y claro, actriz ¿entendés? todo el tiempo la revolución, estaban mis amigos de izquierda, mis amigos de no sé dónde, los peronistas, esto y lo otro… y yo siempre me quedaba en el medio como buscando un poco más la unión. Siempre me sentí sapo de otro pozo en relación a la política, pero bueno, justo este año me llamaron para unas jornadas del gobierno a nivel nacional, como referente de bienestar y felicidad de la sociedad y me dije “¡Guau! Mirá… me tienen en cuenta para esto”. Me di cuenta de que sí podía tener una voz importante y dije buenísimo. Yo estoy y me encargo de generar felicidad en la gente. Y cada uno que haga lo que pueda. Cuando voy a ver las mamis de la villa me doy cuenta de que todas somos mujeres y todas atravesamos lo mismo y que no importa ni el nivel social, ni la educación, ni importa la religión. Todas necesitamos transformar, todas necesitamos reconectar con nuestra mujer interior y siento que a mí me empodera mucho hacer lo que hago y que a ellas las empodera mucho tomar esta práctica. Entonces es como una relación supersana. (Instructora de yoga, 29 años.)

Los discursos que se despliegan en torno al yoga y la meditación pasan por alto las condiciones materiales de existencia y asocian el bienestar con un camino de autoconocimiento y desarrollo interior, en el que se plantean como universales: “el único impedimento para alcanzar lo que se busca es el miedo al cambio”, “la vida es hermosa”, “la vida es un tesoro que hay que aprender a valorar”. Pronunciar gracias por un nuevo día… y este va a ser un gran día”, así como proponerse “mantener el felizómetro bien alto” se presentan como opciones para un individuo genérico, independiente de su entorno y de sus circunstancias. El ser humano es interpelado como esencia, más allá de sus condiciones de existencia. Las premisas “volver a lo simple” o “buscar el bienestar desde el placer por lo simple”, presentes en ámbitos diversos como el mundo espiritual o el mundo del diseño, suponen tácitamente una inmersión en consumos sofisticados y la posibilidad de elegir cómo se quiere vivir. En la misma dirección, la economía de la experiencia —a la que se hizo referencia en el primer capítulo— gira en torno a los consumos posmateriales de quienes tienen asegurado lo material. El acercamiento a nuevas experiencias, hábitos y consumos asociados a una espiritualidad reconfigurada sería, en muchos casos, parte de las acciones de despojo de los/as que pueden tener, quienes registran el vacío de satisfacer deseos mediante el consumo de objetos y bienes tangibles. Se reconoce cierto agotamiento o crisis del paradigma de la sociedad de consumo, de la idea de que uno/a es lo que posee o lo que consume.

La tranquilidad, la paz, la felicidad, no por lo que uno tiene, sino ser feliz por lo que es uno, por estar vivo. Que obviamente van y vienen. Son momentos. Porque después entra el ego y la mente que te dicen “sé infeliz porque no tenés esto o sé infeliz porque eso no es perfecto o sé infeliz porque eso no está sucediendo” o por lo que sea. Ahí es cuando vuelve la práctica espiritual para acercarte un poquito más a ese centro. La gente está buscando lo simple en todos los rasgos de la vida. No quiere más las cosas complejas o rebuscadas. No solamente en la espiritualidad, yo soy diseñador. En la arquitectura, en el diseño, en la moda, la gente está buscando en todos los aspectos de la vida, salir de lo sobrecreado, hay cosas que son de más, y volver a lo simple. Tenemos tanto de todo, tenemos tanta salida, tanta tecnología, tanta ropa… lo estuvimos buscando y cuando lo obtuvimos no nos dio lo que queríamos, ahí nos sentimos como decepcionados. Creíamos en todo lo que nos estuvieron mostrando a través de la publicidad, a través de lo que tiene que ser el estilo de vida, y cuando lo obtuvimos y lo tuvimos y lo vivimos nos dimos cuenta de que eso no era, o que duró muy poco. Muy, muy poco. Entonces, cuando nos acercamos al camino espiritual y nos damos cuenta de que lo que obtenemos es más duradero, digamos en términos de felicidad, de satisfacción o de completud o lo que sea, es más duradero que lo otro y encima no tenemos que salir a buscarlo afuera sino que lo tenemos adentro, entonces digamos, desde el punto de vista matemático, las matemáticas dan. Es más negocio el camino espiritual que lo otro, porque lo otro quieras o no te va a traer de vuelta otra insatisfacción. Y trae mucho cansancio porque uno va, busca el deseo, destapa ese deseo, ese deseo le da algo y apenas destapó ese deseo aparece otra tapa de otro deseo. Cuando destapas la otra, aparece otra y otra, y otra. Entonces sentís que nunca termina y bueno, trae mucho agotamiento y mucha insatisfacción. Uno se siente muy frustrado porque te das cuenta de que todo lo que construyó tu mente diciendo “Bueno, ahora cuando vos tengas esto vas a ser feliz, cuando vos tengas eso vas a sentirte más tranquilo, más completo” cuando lo tenés y se desarma todo ese castillo de arena que armó tu propia mente y decís “Uy, ¡de vuelta!”. Entonces vas a buscar otra cosa y así sucesivamente. Cuando te topás con el camino espiritual, saboreás que el castillo no es de arena sino que es más fuerte y encima lo tenés dentro tuyo. (Practicante de yoga, hombre, 35 años.)
                    
Como que la televisión tiene un rol rezarpado en lo que es la mente, esas mentes que se sientan en un bar hermoso a charlar sobre la China Suárez, porque no tienen más nada de qué hablar, de la misma manera están programadas para comprar, comprar y comprar. Entonces, van, trabajan, gastan. Van, trabajan, gastan… y gastan en doce cuotas. Y de repente te creás alrededor una situación que no podés sostener pero posteás en Facebook para mostrar qué bien que estás. Pero en realidad no sé si estás bien. Estás aprobado por lo que los medios te bajan como cool. Pero vos estás laburando como un negro para sostener y seguir siendo cool. Y no podés dejar este trabajo que te está haciendo mal. Entonces terminás yendo a lo espiritual. Para mí, más o menos, esa es la rueda que yo veo que ocurre. En cuanto te animás… por ejemplo, yo me bajé de un Fiesta 0 km azul y ando en bicicleta. Tomá vieja. Lo vendí y no tengo auto. Llega un momento en que te das cuenta de que no estás feliz y que tu alma está vacía. (Practicante de yoga, mujer, 33 años.)

Particularmente en el ámbito de la meditación, la centralidad de la palabra hace que la negación de lo material resulte mucho más explícita. El célebre orador motivacional Deepak Chopra[5] ofrece en su sitio de Internet un conjunto de meditaciones, entre ellas un reto de meditación de 21 días, denominado “Creando abundancia”. El primer día es gratuito y para completar los 20 restantes hay que estar dispuesto/a a pagar 49,90 euros, aunque la “promo” por “compra ahora” permite acceder por 14,90 euros. Se asiste a una manifestación directa de la mercantilización de la espiritualidad. La invitación a experimentar la realidad de abundancia en la vida de cada uno/a convierte en interlocutores/as imposibles a quienes no acceden a las condiciones elementales de bienestar como vivienda, nutrición, salud o educación. En cada una de las tres semanas de meditaciones diarias se trabaja un aspecto de la abundancia. En la primera (“Preparándose para la abundancia”), el foco está en el “potencial ilimitado”; durante la segunda (“Creando abundancia”), la atención se pone en cómo la abundancia se relaciona con las siete leyes espirituales del éxito de Deepak Chopra, comenzando por la “ley de la potencialidad pura: ¿qué es exactamente lo posible?”, que se basa en la idea de que, en nuestro estado esencial, somos conciencia pura, y eso nos hace potencialidad pura. En la tercera semana (“Viviendo en abundancia”), los aspectos prácticos de la abundancia ocupan el centro de la escena. Las referencias al “poder de la intención” y “la importancia de vivir agradecidamente, sin preocupaciones, con amor y en unidad para crear un ambiente de abundancia en torno a nosotros”, restringen la posibilidad de que grandes sectores de la sociedad puedan resultar interpelados, aunque tampoco parece ser el propósito. El día uno de la meditación es “un viaje a la quietud y el silencio, para experimentar la auténtica conciencia de la abundancia”.[6] Chopra comienza por definir la verdadera abundancia: “Es la experiencia en la que se satisfacen fácilmente nuestras necesidades, y nuestros deseos se cumplen espontáneamente”. Se comunica la idea de que no es necesario buscar la abundancia, sino tomar conciencia de ella:

Cada uno de nosotros siente la abundancia todos los días, en la dicha inagotable de un niño, la luz brillante del sol que inunda un recinto al abrir los ojos ante un nuevo amanecer, en la cantidad de amigos y familiares con los que siempre contamos. También la naturaleza refleja la abundancia en todo su esplendor, vibrantes campos de flores exóticas, majestuosas cimas montañosas, bosques exuberantes y aromáticos, y la rica y variada fauna que prospera en nuestro planeta.

Mediante referencias a los granos de arena en la playa, las estrellas y las millones de moléculas que componen el cuerpo humano, se afirma que “en la naturaleza, en el universo e incluso en nosotros mismos, no existe nada semejante a la escasez o la carencia”. El planteo es que, una vez que se incorpora este conocimiento, es posible abrazar el concepto de la abundancia ilimitada, “sabiendo que los deseos en su corazón siempre están al alcance, siempre y cuando usted esté en disposición a recibirlos y compartir sus dones con el resto del mundo”. Se incluye como consigna dedicar un tiempo a “presenciar ejemplos de abundancia dentro de ti mismo y a tu alrededor” en el transcurso de la jornada, como senda para “observar las innumerables riquezas que nos brinda el universo en todo instante y comenzar a vivir la conciencia de la verdadera abundancia”. La elección de una posición cómoda, la liberación de todos los pensamientos a través de la repetición sin esfuerzo del mantra So Ham[7] y el foco en la entrada y la salida de la respiración permitirán conectar con la fuente desde la cual emana toda la abundancia. Tras concluir el primer día del reto de meditación, se invita a seguir con la jornada, disfrutando el beneficio de haber comprendido que la verdadera abundancia está en el ser interior y recordando la idea central: “Hoy yo acepto toda la abundancia que me rodea. Hoy yo acepto toda la abundancia que me rodea. Namasté”.[8]

Otros paquetes de 21 días que promociona Chopra, como “El viaje hacia la salud perfecta” (a “solo 37€ en lugar de 49.90€”) o “Relaciones extraordinarias” (a €49,90 aunque “pagas sólo 27€ con el código de cupón REL19”), refieren al poder de las intenciones, a la apertura como actitud y a la alegría, la gratitud y la aceptación como estados a alcanzar a través de la conciencia personal. Lo que se registra como regularidad es la transmisión de un mensaje que posiciona la conciencia individual como punto de partida y factor determinante de la vida de las personas.

Retomando la escena del yoga en CABA, pero manteniendo la atención en un universo de discursos y prácticas que separa el bienestar de lo material, también se registra la idea de que el yoga y la meditación son prácticas creadoras de igualdad y de que todos/as están en las mismas condiciones para elevarse espiritualmente. En la meditación masiva organizada por El Arte de Vivir hacia fines de 2015, se preguntó a 32 concurrentes si consideraban que las prácticas vinculadas a lo espiritual se manifiestan por igual en todas las clases sociales. Con solo una excepción —“pienso que a la gente de menores recursos le está llegando más tarde todo esto. Creo, no sé, no tengo muchas herramientas”. (Hombre, 41 años, evento América Medita, 19 de diciembre de 2015)—, respondieron que sí:

Eso va en cada uno. Yo creo que va en cada uno. La clase social no tiene…, hay gente muy humilde que medita y gente de muchísimo poder adquisitivo que medita… no, no creo que haya alguna diferencia. Eso está en cada uno. (Mujer, 61 años, evento América Medita, 19 de diciembre de 2015.)

La idea de que “todo lo que sucede es perfecto” (otro extendido axioma del circuito yogui porteño) puede ser entendida como manifestación de la disyunción con las circunstancias de carencias materiales, que sofoca la inquietud capaz de activar el cuestionamiento de un orden social profundamente desigual, y solo puede penetrar sin fricción en un sector que se mantiene aislado de la pobreza. Se trata de un postulado radical que consagra lo existente y aquieta o inhibe cualquier impulso de transformación de vínculos o situaciones injustas. “Dejar la zona de confort” es otro desafío que se propone en el plano espiritual y subjetivo, como acto que se lleva a cabo desde la voluntad y el atrevimiento personal. Esta consigna circula como condición de posibilidad o punto de partida para una revolución personal mediante la cual el éxito deje de ser entendido como una meta concreta para asumirse como un estado, una sensación.

Voluntad, amor, paciencia, buenas intenciones y afirmaciones rotundas en relación con el rumbo que se desea tomar se enuncian como los ingredientes necesarios para el buen vivir. La confluencia entre estas proclamas y la forma cultural neoliberal tiene lugar tanto en la igualación de oportunidades como en el ocultamiento de la determinación material de la vida social, política y espiritual. Una concepción espiritual de la vida puede desarrollarse únicamente sobre una base material segura, pues solo entre quienes tienen resuelto el bienestar material se revela banal la promesa de felicidad y de vida buena a través del consumo, y entonces se encara una búsqueda que trasciende las posesiones.

El cultivo del bienestar personal como aporte al bienestar general

Es frecuente que el bien común se conciba como el resultado de un proceso que estaría conformado por tres etapas: cada uno/a busca estar bien y feliz consigo mismo/a (autogestión del bienestar) buenas relaciones interpersonales → generalización del bienestar. El desarrollo interior y personal es entendido como paso ineludible para aceptar y vincularse con los/as demás y como condición para que los bienestares individuales se sumen.[9] Aceptarse uno/a para aceptar al/a la otro/a es una representación dominante en el universo yogui. Se percibe que los procesos de transformación interna inciden en la forma de vincularse con los demás y, de esa manera, colaboran con el bienestar general. Circula la propuesta de aceptación empática, por la cual, a través de la aceptación de uno/a mismo/a y de las propias frustraciones, es posible acercarse al/a la otro/a desde un lugar distinto. Asimismo está presente la idea de sistema, y de que si una de sus partes se modifica, todo el sistema cambia. Son sistemas privados, amigos, familia y trabajo, principalmente, aunque en menor medida se aluda a relaciones interpersonales ocasionales en el ámbito público (“hablarle mejor al taxista cuando voy manejando”, por ejemplo).

Como muestran Viotti y Vargas (2013) en su observación de eventos de espiritualidad y de emprendurismo empresarial, se extiende y vigoriza una concepción del individuo como eje de la transformación, lo que da cuenta de elementos propios del liberalismo en sentido clásico. Sin embargo, se incorporan elementos como el “universo” o la “energía”, que dan forma a una versión singular que se presenta como integradora de la interioridad y de los/as “otros/as”.

Captura de Instagram. Cuenta con más de 35.000 seguidores de una “Profesora Internacional de Yoga, Terapeuta de Liberación Emocional, Health Coach, Embajadora @reebookargentina”.

No hay que crear una mejor sociedad, se va a crear sola cuando creemos mejores individuos, y crear mejores individuos significa hacer todos, al ritmo que uno quiera, un camino de espiritualidad, de ver hacia adentro qué es lo que somos. (Practicante de yoga, hombre, 35 años.)

                      

Ganamos todos cuando meditamos porque te sentís mejor vos y se siente mejor el resto. (Hombre, 41 años, evento América Medita, 19 de diciembre de 2015.)

                 

Yo creo que cuando vos estás bien, de alguna manera levantás un poco a tu entorno y tu entorno… ¿entendés? Si vos estás mejor lo podés contagiar. Esa podría llegar a ser una contribución copada. (Practicante de yoga, mujer, 33 años.)

                   

Si yo me empodero a mí misma, yo lo voy a estar empoderando al otro seguro, como que voy a estar contagiándolo de esa energía. (Instructora de yoga, 29 años.)

                    

Cada uno tiene que primero buscar su propio equilibrio para después abrirse a mirar al otro, no se puede llevar a otro al equilibrio si uno está en desequilibrio. (Instructora de yoga, 52 años.)

                    

Centrarse en uno mismo es la única forma de poder estar bien para el otro. Yo lo veo como la forma de poder relacionarme mejor con el otro. (Practicante de yoga II, mujer, 33 años.)

Eres una mejor mamá si eres una mamá serena, eres mejor esposa si eres una esposa serena, eres mejor jefe si eres un jefe sereno y un novio sereno ni te cuento. (Instructora de El Arte de Vivir, 62 años.)

                         

Me parece que el otro y uno somos lo mismo. Mi percepción es que si yo me escucho más a mí mismo, también reconozco en el otro algo muy de hermano mío. Conecto más con el otro cuando estoy conectado conmigo. (Instructor de bioenergética, 34 años.)

La percepción del repliegue como contribución es un elemento central del universo yogui urbano, que resultó fortalecido en el contexto de pandemia por COVID-19, cuando la insularidad social alcanzó su cumbre y se asumió que “quedarse en casa” era una actitud de compromiso y cuidado del prójimo.

La encuesta realizada vía redes sociales a practicantes regulares de yoga mostró la potencia con la que circula la idea del bienestar personal como primer y fundamental paso para el bienestar general, en tanto más del 45% de los/as encuestados/as señaló que “Estar bien con uno/a mismo/a es fundamental para estar bien con los/as demás” es la premisa o valor que más rescata de la práctica de yoga, entre siete opciones posibles. La segunda opción más escogida fue “Otro”, con el 14,4%. Le siguieron “Siempre es posible autosuperarse” con casi el 12% y “Lo único que existe es el presente. Toda la vida es ahora” con el 11,3%.

Gráfico 3. Distribución de los/as practicantes de yoga según la premisa o valor que más se rescata de la práctica, año 2020

La práctica regular de yoga y/o meditación resulta procesada como solución personal a un modo de vida social. Cada uno/a se hace cargo de lo que le sucede a su cuerpo, y eso no se lee como desamparo, sino como empoderamiento. La paz interna, capaz de multiplicarse en paz interpersonal, e incluso global, muchas veces se construye como lo opuesto a la política (que no puede ser capturada en su sentido amplio de acción transformadora y circula en un sentido de lucha por el gobierno). Entonces se traza la imagen de que, mientras la política divide en el plano social, la espiritualidad reúne en torno a un sentido planetario, a un nivel superior. Afirmaciones como “no registro la política”, “es algo con lo que no puedo conectar”, “no me identifico con eso”, “no sé el nombre de ningún político” resultan habituales entre las subjetividades clasemedieras porteñas. La transformación se personaliza y se concibe como fruto del autoconocimiento y del desarrollo interior. Esta visión converge con un orden social neoliberal anclado en un individualismo despreocupado por las injusticias sociales y atravesado por la ética del triunfo personal.

Nosotros estamos aquí para transmitir la paz, no para hacer debate político. Cada uno piensa lo que quiere y se respeta. Armonía en la diversidad. Tú eres distinta, yo soy distinta, él es distinto. Estamos aquí para transmitir serenidad y no para crear problemas. (Instructora de El Arte de Vivir, 62 años.)

El camino del desarrollo interior traza un recorrido de autoobservación con miras a afirmar aquello que hace bien y descartar o tomar distancia de lo que resulta perjudicial para el propio ser. Lo que ocurra más allá de cada uno/a no tiene relevancia y solo puede representar un obstáculo a sortear. Permanentemente la práctica de yoga invita a llevar un registro íntimo: volver al eje, a los pies, al enraizamiento, al sentimiento, al corazón, entrar en contacto con el propio cuerpo, con el propio pulso, con la propia respiración, con el propio espíritu. Se trabaja de manera individual, desde y para uno/a mismo/a.

En su circulación, la idea de que “pase lo que pase fuera, dentro nuestro somos luz, amor y paz”[10] puede legitimar la indiferencia y el desinterés por lo público, lo compartido, lo social. La búsqueda de ser cada vez una mejor versión de uno/o mismo/a incluye interrogantes y discernimientos alrededor de las luces y sombras propias, de los principios/valores/mandatos/conductas heredados y el rumbo que se desea tomar.

Durante la práctica de yoga, la observación, el registro y la conciencia se llevan a un plano interno, a la respiración, a la precisión de las posturas. Más allá de ella, la evolución es personal, como también lo son aquellos recovecos en los que se husmea para reconocer que pueden ser de otra forma. Se trata de un trayecto que discurre por un solo carril, con la presunción de que aporta a un panorama general de dicha y fluidez. La instancia interior, única, esencial es individual, como lo son el personaje, el rol, las obligaciones de las que hay que desprenderse para llegar a ella.

En yoga es como que te metés más para adentro. (Practicante de yoga, mujer, 60 años.)

                 

Yo creo que el yoga es mi momento de que no contribuyo con nadie. Es conmigo. (Practicante de yoga, mujer, 33 años.)

               

Para poder nadar bien en esta pileta necesitamos salir un poco, relajarnos, estar solos. (Practicante de yoga, hombre, 35 años.)

Es posible pensar en algunos puntos de contacto entre los discursos y las prácticas del universo yogui y aquellas unidades de sentido, macroproposiciones y pautas de acción que circundan en torno a otro auge urbano como el running. La idea de que solo por poseer un cuerpo sos un atleta en potencia invita a una cruzada personal destinada a alcanzar la mejor performance (Hijós, 2013).[11] Nuevamente un imaginario que les otorga un espacio central a la intención, a la idea de que todo es posible para quien se lo proponga y a una socialidad que se afinca en la sumatoria de individualidades comprometidas con el despliegue de su mejor forma.

El universo espiritual propone dar lugar al cambio, destruir para poder construir, soltar, todo ello en un plano íntimo y personal. Asumir el cambio constante, aceptar lo que sucede pero también romper con la inercia en el sentido de conservar siempre un foco en aquello que cuerpo-mente-espíritu está manifestando. El horizonte constituido por “la paz en la mente, la alegría en el corazón y la armonía en todo el cuerpo” (otro de los postulados presentes en la práctica de yoga) da cuenta de tres niveles en un mismo plano personal, que relega la consideración de la otredad a una segunda etapa. El bienestar particular resulta un paso primordial para una vinculación con lo que existe más allá.

La centralidad de lo individual en la manera de concebir y buscar el bienestar también se evidencia en diversos procesos que involucran la noción de conciencia. Es así que una y otra vez los/as practicantes vinculan el yoga con procesos de toma de conciencia que refuerzan el repliegue. El entorno solo tiene cabida en cuanto afecta al ser interior.

Ser más consciente es estar más conectado con lo que el ser como unidad cuerpo-mente-espíritu necesita en cada momento.

Ir caminando y cruzar a la vereda del sol, darme cuenta de qué momento estoy atravesando, qué necesito y ese pequeño lugar de “bueno, esto me vendría mejor”. (Instructora de yoga, 33 años.)

Consumo consciente en general, alimentación consciente, cocina consciente, nutrición consciente, gimnasia consciente, conciencia corporal, conciencia postural, conciencia ambiental, conciencia del trabajo personal, conciencia de los logros, separación consciente cuando se trata de preservar a los/as hijos/as de una pareja que decide poner fin a su relación son premisas para la acción en el marco del universo yogui. En el plano de la alimentación, es frecuente que el derrotero por el vegetarianismo, las propuestas veganas o las ayurvédicas, confluyan en una relación de conciencia con el alimento que se materializa en un registro de lo que necesita y le hace mejor o peor al propio cuerpo, un alejamiento de los productos ultraprocesados y una mayor aproximación a lo orgánico y lo fresco. Además, el reemplazo de las verdades absolutas (del tipo “es elemental el aporte nutricional de los lácteos”) por la idea de que “cada persona es un mundo” hace su aporte al egocentrismo que se enaltece en la edificación minuciosa de la dieta personal. Frente a la automaticidad somnolienta del consumo de objetos tangibles, se opta por un despertar que radica en hacer consciente todo lo que pasa por el cuerpo. Tal como se mencionó en el capítulo precedente al desarrollar la idea de estilos de vida maleables entre los/as yoguis urbanos/as, en torno a la alimentación se instalan hábitos que no suponen rigideces. Sin dejar nada afuera, se busca ser consciente de lo que se come o “tener una relación consciente con el alimento”. En este plano personal se da la transformación, “es una revolución consciente de lo orgánico, del cuidado, del bienestar, del no cigarrillo”. Una evolución que necesita ser mostrada, exhibida, compartida en redes sociales sin por ello dejar de ser individual.

Resulta interesante pensar aquí en cómo entran en juego la conciencia ambiental —en ascenso en la población de estudio— con la conciencia social o la conciencia de clase —en declive desde hace décadas entre los sectores urbanos identificados con las clases medias—. Resulta provocadora la idea de que las banderas del cuidado ambiental y de la protección animal puedan ser tomadas por un sector social desfavorecido, que no accede a los derechos más elementales. En tanto sociedad y Estado no asuman que el concepto de desarrollo sostenible implica y contiene necesariamente la mitigación de la desigualdad social, la defensa de los derechos ambientales, con énfasis en problemáticas específicas y muy resonantes, como el cambio climático, suele converger en tiempo y espacio con discursos neoliberales, en tanto centra el foco en el panorama que heredarán las generaciones venideras, relegando la responsabilidades de los Estados de asegurar una vida digna y un acceso efectivo a la ciudadanía a los/as excluidos/as de hoy.[12] En este sentido, es frecuente que los gobiernos latinoamericanos que no se comprometen o no logran transformar la realidad social de muchas personas sumidas en la pobreza enarbolen tópicos constatables a mediano o largo plazo.

Por otro lado, prácticas como la separación de residuos o la utilización de carritos para hacer compras se extendieron y consolidaron durante la última década como conductas individuales de los/as habitantes de CABA. Un artículo periodístico publicado en marzo de 2019 repone los datos de una encuesta realizada por la defensoría del pueblo de la ciudad que muestra que más de 7 de cada 10 porteños/as separa los residuos en su casa. Un 46,7% indicó que “siempre” separa sus desechos, mientras que un 24,4% declaró que lo hace “casi siempre”. Las respuestas sobre la separación de basura resultaron distintas según el barrio de residencia. Los resultados en la Comuna 14 (barrio de Palermo) indicaron que la práctica de la separación de residuos está más arraigada entre los/as vecinos/as, dado que aquellos/as que dijeron que lo hacen “siempre” y “casi siempre” sumaron un 86,3% (“El 71% de los porteños dice que separa la basura pero muchos advierten que faltan contenedores verdes”, 24 de marzo de 2019). Estos datos dan cuenta de la amplia difusión y educación ciudadana relativa al aporte que cada uno/a puede hacer para reducir la contaminación que produce el calentamiento global, a través de la incorporación de hábitos como la separación de residuos o la utilización de bolsas de tela. Mientras tanto, no se registran avances pronunciados en materia de regulación de diversas actividades económicas altamente contaminantes. La cuestión ambiental no avanza hacia una solidaridad colectiva y activa que se proponga limitar la apropiación de la naturaleza por parte de empresas transnacionales, el desplazamiento de campesinos/as y pueblos indígenas o la degradación a gran escala de los recursos naturales no renovables causada por actividades extractivas. Bajo el orden socioeconómico y cultural neoliberal, el capital no reconoce límites a su expansión; no hay cantidad de beneficio, ganancia o consumo que resulte suficiente o excesiva. Los gobiernos pregonan la integración en la economía global, en lugar de diseñar programas sociales universales con el objetivo de reducir la desigualdad y de establecer regulaciones en el mercado para servir al bien común, bienestar pensado y experimentado colectivamente. Bajo la guía del libre mercado, el sistema neoliberal contribuye a catástrofes naturales como la deforestación, la pérdida en materia de diversidad biológica y el calentamiento global. La revolución personal no es suficiente para detener estos procesos.

Che vegano es una “comunidad” que estimula el consumo de productos 100% vegetales. Al ingresar a su web se lee: “Promovemos el consumo saludable y consciente para crear el mundo que queremos”. ¿Cómo se diferencia la articulación que desde aquí se promueve entre las ideas de revolución y consumo, respecto de la que se manifestaba entre los dos conceptos cincuenta años atrás? ¿Cuál es el tipo de subjetividad al que se interpela? ¿Puede ser el veganismo una realidad universal en una ciudad de desigualdad y profundos contrastes sociales como Buenos Aires? ¿Puede el veganismo convivir con una falta de empatía y solidaridad hacia otros seres humanos? Este como tantos otros emprendimientos emergentes, apunta a un cambio a escala individual que, por sumatoria, devenga en un bienestar general. Un llamamiento a la revolución personal como contribución.

El despertar, la transformación y el bienestar se procuran a través de búsquedas personales. Esta personalización de la revolución es otro de los imperativos de la forma cultural neoliberal, y en su circulación resulta hecha a medida de un mercado que continúa profundizando la concentración de la riqueza. Cada uno/a es una mente-cuerpo-espíritu que integra el universo, el cosmos o la humanidad antes que la sociedad. Lo que conmueve, genera vínculos y aglutina es algo más intangible, más infinito e inabarcable, más arrojado a lo natural e involuntario que los hechos sociales.

Lo que más amo es la naturaleza. Pero no tengo una flor por adorno ni tengo una mascota. Son seres, para mí. Ellos transmiten una energía y a la vez mi mirada les transmite a ellos un reconocimiento. (Instructora de yoga, eutonía y bioenergética, 67 años.)

También puede haber identificación con colectivos diversos, que mantienen alejadas las ideas de rebaño y doctrina, así como los aferramientos extremos. Si hay una identificación, prevalece una conducta evasiva con respecto a las definiciones taxativas. (“Por ejemplo, me identifico con la causa feminista pero no te voy a decir ‘soy feminista’ entendes?” [Instructora de yoga, 42 años.]) El punto de llegada promete la serenidad, el equilibrio, la sonrisa, la buena salud, la paciencia, mejores relaciones familiares, más alegría a pesar de las circunstancias. Con respecto a los plazos, si bien el camino de la transformación se asume como permanente, se perciben cambios en poco tiempo, lo que le da un baño de efectividad a esta tendencia masiva.

Libres y sin marcos de contención

El desarrollo interior y personal que asegura la manifestación de la mejor versión de cada persona resulta una buena preparación para sujetos que tienen que asumir con entusiasmo la cualidad de emprendedurismo y la tarea de management del yo (Arizaga, 2017) que el orden sociocultural exige. Dejando atrás un paradigma de maestro y rebaño,[13] el sujeto empresa se despliega como maestro creativo de sí mismo y compite primeramente consigo mismo (Han 2012 y 2014). La figura del/de la empresario/a de sí no resulta buen abono para los vínculos de solidaridad; además contribuye a desechar la noción de clase social y a diluir el rol del Estado como garante de derechos universales. Lograrán ser incluidos/as quienes se doten de recursos y desarrollen las aptitudes necesarias para convivir con riesgos e incertidumbres.

En este flyer de 2019 que publicita el curso ofrecido por un espacio cultural del barrio de Palermo se interpela a los/as actores/actrices como empresarios/as de sí que deben salir al mercado con herramientas alternativas, para desenvolverse en un escenario sin marcos contenedores ni garantes de protección.

El sujeto empresa se ilumina y se vigila a sí mismo (Han, 2014, p. 93), es convocado a idear y a gestionar sus propios emprendimientos, cultivando el atributo de fluir en el cambio. No hay líderes aglutinadores/as que marquen su camino, jefe/a, ni Estado garante, por lo que debe hacerse de las herramientas adecuadas para moverse, estar concentrado, ser eficiente pero también creativo. Desarrolla sus propias estrategias de management del yo, aspecto consonante con la marcada dificultad por identificarse con algún colectivo organizado en torno a posicionamientos o reivindicaciones concretas, que también se puede vincular con el alejamiento de la política como espacio de transformación social. Se tranquiliza al asumir que “la única previsión posible es la aptitud para el cambio”; que todo en el mundo cambia, que la vida es cambiante y que reconocer eso permite convivir con la incertidumbre. Percibe el proceso de autogestión como una oportunidad para el autodescubrimiento, la apropiación de los recursos y las habilidades propias y el empoderamiento personal.

La cultura del emprendedurismo es evidencia de la extensión de modelos de gestión empresarial hacia la sociedad en general en el marco de la hegemonía neoliberal (Murillo, septiembre de 2014; Murillo, 2015). Como plantea Bauman (2007) en Vida de consumo, la tan divulgada y reiterada idea en las democracias occidentales de que se habita un país libre implica que “el tipo de vida que uno desea vivir, cómo decide vivirla y qué elecciones hace para lograrlo dependen de uno, y es uno el único culpable si todo eso no conduce a la tan añorada felicidad” (p. 121). Es por esto que la alegría de la emancipación se presenta tan íntimamente enlazada con el horror de la derrota.

El universo yogui ofrece a los/as practicantes recursos que pueden resultar oportunos para el desarrollo de trayectorias profesionales y vitales signadas por el pasaje de la autoridad a la autonomía y la integración del riesgo, la incertidumbre y la flexibilidad en las prácticas cotidianas. A través de cada asana (postura), los/as practicantes de yoga entran en contacto con la entrega y la confianza en que sí se puede.

Lo más importante que te enseña la práctica, para mí, es que todo es posible. Que si vos tenés esa disponibilidad y ese foco en ponerte todos los días arriba de tu mat, no por conseguir la postura en sí, pero sí por decir “esto pensé que nunca lo iba a hacer, pero pude”. Para mí es un laboratorio de lo que te pasa afuera. Lo que aprendés transitando esa situación de una postura incómoda que no te gusta o no te sale te sirve después en la vida. (Practicante de yoga II, mujer, 33 años.)

En las clases de yoga se transmite una y otra vez que, al realizar las posturas, el objetivo no pasa por tocar o llegar a determinado lugar del cuerpo, sino por alcanzar el máximo potencial que cada uno/a tiene y debe descubrir a su tiempo. La competencia es con uno/a mismo/a. Hay una confianza absoluta en la posibilidad de progreso a través de la práctica. Ese modo de empoderamiento de los sujetos los robustece y consolida para su vuelta a un terreno que les exige versatilidad y capacidad de generación de proyectos, más aún a aquellos/as profesionales que se vuelcan a una dinámica laboral de tipo freelance.[14]

Asimismo, entre los/as instructores/as también es posible identificar la figura del/de la emprendedor/a. Ellos/as pueden construirse como empresarios/as de sí a través de sus clases, su presencia en redes, sus propuestas originales y alternativas en un escenario urbano en el que proliferan los espacios y las ocasiones en las que practicar yoga. Algunos/as ofrecen clases para empresas, otros/as son contratados/as en el marco de iniciativas gubernamentales o de grandes eventos gratuitos para el público. Una de las instructoras entrevistadas es una reconocida instragramer orientada al mundo femenino, que cuenta con más de 144.000 seguidores, escribió columnas para la revista Ohla y lleva publicados dos libros editados por Penguin Random House. Da clases, organiza talleres y viajes espirituales (“vamos a hoteles muy lindos, cero hippie nuestros viajes”) y ofrece su servicio en eventos mediante cinco propuestas de masterclass. Tiene diversas formas de vinculación con marcas como Reebok y L’Oréal. Su sitio web es el lugar perfecto para encontrarse de frente con la idea de sujeto empresa o empresario de sí.

Creo que parte de mi trabajo es llevar un mensaje motivacional cada día. Como soy referente para todas estas personas, me siento en una responsabilidad muy grande de transmitir cosas inteligentes y no pelotudeces. Incluso tengo contratos con marcas, que tengo que mostrar una foto de un shampoo y cuando recién tuve que hacer una foto y era “¡Qué paja hacer esta foto!”, pero bueno, por otro lado son marcas que yo elijo porque también son marcas conscientes, que también tienen una comunicación muy linda y transmiten cosas lindas. Uso Instagram y Facebook para mostrar mis clases, pero también hago vivos… mi vínculo con las redes sociales es muy laboral. Obviamente que te quitan mucho tiempo del día, pero bueno… yo también soy mi propia marca y soy mi propio producto.
¿Y lo del shampoo que mencionabas recién es por Instagram también?

Claro. Una marca que me paga por hacer una publicidad digamos, como encapsulada. Pero justo es una marca de shampoo y de crema enjuague raw, o sea que no está testeada en animales, que está hecha con todo el no sé qué, blablablá y toda la boludez esta que está de moda digamos. Es una marca de L’Oréal, no sé cuánto de eso será verdadero. Se llama Biolage Raw. Y de alguna forma a mí las marcas me posicionan, entonces también me ayuda. (Instructora de yoga, 29 años.)

La exclusión de lo que no ofrece el presente

Es posible ubicar un punto de encuentro entre el yoga y la socialidad mediada por las redes sociales en lo concerniente a la supremacía del aquí y ahora. El imperio absoluto del presente converge a su vez con la forma cultural neoliberal, en tanto el hecho de considerar la revisión del pasado como actitud limitante descuida la memoria histórica y excluye la imaginación utópica, dificultando el procesamiento consciente de algo más de lo que ofrece el momento actual.

Antes de que la pandemia por COVID-19 extendiera las clases de yoga por Zoom o a través de transmisiones en vivo por Instagram, naturalizando los saludos al sol, las indicaciones y las correcciones teledirigidas, el yoga y la meditación contaban con un espacio ganado en las redes sociales administradas mediante los dispositivos móviles que los seres urbanos llevan adosados al cuerpo. Como plantea Crary (2015), en las ciudades del siglo XXI cada instante de la vida está modelado, contaminado o controlado por algún dispositivo. En el capitalismo digital que describe en su ensayo acerca de la corrosión del sueño, el autor sostiene que lo que fue consumismo mutó en un accionar, las 24 horas de los 7 días de la semana, de técnicas de individuación, a través de una interacción con la máquina como forma de comunicación obligatoria. Resulta ineludible abocarse a administrar la propia identidad y poner en práctica la reinvención continua del yo en el ciberespacio.

La hipercomunicación digital de la sociedad expone una lógica temporal propia (el instante presente), un desplazamiento en relación a lo íntimo y una radical transformación en el modo de concebir y vivir el encuentro. Cuando Bauman escribió Vida de consumo (2007), se involucró en la reflexión sobre las implicancias de socializar online, descartando ya por entonces (momento embrionario de tendencias que se profundizaron luego) que la explosiva afición por la exposición del “yo interior” pudiera circunscribirse a la adolescencia y explicarse por cuestiones “propias de la edad”:

Los adolescentes equipados con confesionarios electrónicos portátiles no son otra cosas que aprendices entrenados en las artes de una sociedad confesional —una sociedad que se destaca por haber borrado los límites que otrora separaban lo privado de lo público, por haber convertido en virtudes y obligaciones públicas el hecho de exponer abiertamente lo privado, y por haber eliminado de la comunicación pública todo lo que se niegue a ser reducido a una confidencia privada, y a aquellos que se rehúsan a confesarse— (Bauman, 2007, p. 14).

En la líquida sociedad de consumidores que describe Bauman como ámbito de la construcción-exhibición online del yo, se busca la gratificación inmediata, pues se carece de las condiciones para respaldarse en cualquier promesa a mediano o largo plazo. En consonancia con aquello que promueve la espiritualidad yogui, parece ser que “lo único que existe es el presente” y que “toda la vida es ahora”. Escribe Bauman que una de las características del consumismo líquido radica en una “renegociación del significado del tiempo”, que no es cíclico ni lineal (p. 51). Reponiendo las ideas de Michel Maffesoli en El instante eterno, Bauman asume que estamos ante un tiempo puntillista. Un tiempo inconexo, inconsistente, signado por la profusión de rupturas y discontinuidades, roto, pulverizado en una multitud de instantes.

En su ensayo Corazones estallados, dedicado a pensar las relaciones humanas en el “tecnocosmos” del siglo XXI, el escritor e investigador Juan Pablo Ringelheim —también conocido como J. P. Zooey (2019)— presenta la realidad social contemporánea como poshumanista, traza sus diferencias con el humanismo renacentista y el moderno y modela las figuras del ciudadano humanista y el usuario poshumanista. Ringelheim/Zooey define el humanismo como una corriente de ideas surgida en el Renacimiento italiano, que redelineó lo que debía entenderse como humano y promovió la solidaridad de la especie, la posibilidad de comprender y sentir con quien sufre, cimentando los ideales fundamentales para las democracias que se conformarían en la Europa moderna. El autor señala el actual corrimiento desde la reflexión y el argumento a la experiencia y la emoción, interesado en pensar específicamente las interrelaciones posibles entre tecnología y política. Según su planteo, la mediación de las pantallas en las relaciones humanas erosiona la experiencia de la corporeidad del/de la otro/a, debilitando la facultad de comprender y empatizar con el sufrimiento ajeno.

En la comunidad humanista el lazo que unía a los ciudadanos era racional y se fundamentaba en la argumentación. De otro modo, en la comunidad posthumana el lazo que une a los “usuarios” de la nación es principalmente emocional. Tal como propone Facebook, lo que piensa el otro “me gusta”, “me encanta”, “me divierte”, “me asombra”, “me entristece”, “me enoja”; de ningún modo “me parece contradictorio”, ni “me resulta inconsistente”, ni “no se condice con la realidad” (Zooey, 2019, p. 43).

Expresa Zooey que recibir un torrente de corazones como reacción inmediata ante una foto subida a Instagram se experimenta como la llegada a una cumbre personal, al tiempo que la vivencia de lo comunitario encuentra su principal espacio en las redes sociales (fundamentalmente en torno al consumo de productos y marcas). Los/as usuarios/as adhieren efímeramente al monotema instalado en las redes, que puede ser incluso una causa humanista, pero que difícilmente logrará permanencia en una agenda vertiginosa inserta en un enorme caudal de información que compone un pasado vetusto con todo aquello que aconteció hace solo algunas semanas. Para Zooey, la libertad se ejerce en el deslizamiento inconsciente en torno a elecciones establecidas por algoritmos. Al respecto resulta sugerente la idea que el autor retoma del ensayista francés Eric Sadin acerca de la emergencia de una “gubernamentalidad algorítmica”, influyente en aspectos colectivos e individuales (Sadin citado en Zooey, 2019, pp. 56-57). Bajo esta lógica por medio de la cual la sociedad delega a la tecnología lo concerniente a las elecciones, la balanza siempre parece inclinarse hacia el lado de lo que nos gusta, reduciendo el error, robusteciendo el aseguramiento de lo siempre igual y privando a los/as usuarios/as del encuentro con lo que les disgusta. Conviven con formas de ansiedad, fobias y depresión, asociadas a las características de la tecnología y la comunicación actuales descriptas por Crary (2015), Bauman (2007) y Zooey (2019), una oferta inacabable de clases de yoga por YouTube o Instragram, influencers de espiritualidad, health coaches nacionales y extranjeros, aplicaciones y plataformas específicas como Calm[15] y Gaia,[16] que alcanzan a los/as afectados/as de estrés, baja autoestima u otro padecimiento, en las circunstancias más adecuadas, como una interpelación perfectamente orientada. El microtargeting ofrece las herramientas para llegar con precisión a los/as interesados/as en el mundo espiritual y dirigirles el mensaje apropiado en cada momento, haciendo que siempre se encuentre en los dispositivos algo más interesante que lo que ofrece tanto el mundo material inmediato como la historia en cuanto ámbito de enseñanzas y referencias.

Tal como plantea la antropóloga argentina Paula Sibilia (2008), la lógica temporal de la socialidad virtual amplifica el presente y descarta la linealidad y el argumento. Esto impacta sobre los modos de ser y estar de individuos que han pasado de una dedicada elaboración identitaria introdirigida a una exhibición permanentemente actualizada de lo íntimo. Describiendo el momento actual como un período cultural de transición que anuncia una mutación en las subjetividades, Sibilia (2008) analiza el vertiginoso distanciamiento, en los últimos años, de las formas típicamente modernas de ser y estar en el mundo, y de aquellos instrumentos que solían usarse para la producción del yo. En La intimidad como espectáculo, la autora describe las formas actuales de construcción de la subjetividad, y las diferencia de otras modalidades de relatos de sí más vinculadas a la introspección, como el diario íntimo o el psicoanálisis. En el capítulo IV, “Yo visible y el eclipse de la interioridad”, Sibilia identifica algunas claves que permiten caracterizar al sujeto moderno —cuyo despliegue remite a las sociedades preeminentemente industriales— y al posmoderno, considerando el lugar asignado a lo íntimo / lo privado / lo interior. Mientras el primero se inventa y se explora en los diarios íntimos, el segundo se expone en las redes sociales y experimenta el monopolio de la apariencia. La exteriorización del yo y el modo de vida construido en la visibilidad eclipsan las subjetividades introdirigidas. En el capítulo V, “Yo actual y la subjetividad instantánea”, se pone la atención en los cambios relativos a la lógica temporal, y se señala el paso del flujo lineal al presente perpetuo. La promoción de la vivencia del instante y la agitación que produce el chispazo del propio presente siempre presentificado se evidencian en la inscripción cronológica de lo que se publica en las redes sociales: allí se verifica la insistencia en la prioridad de la actualización permanente de la información por medio de contenido agregado en todo momento. Twitter o Instagram dan formal al/a la autor/a-narrador/a-personaje cuyos relatos de sí (instantáneos, breves, explícitos) responden una y otra vez a la pregunta: ¿qué está haciendo usted en este momento? (Sibilia, 2008, pp. 157-158). Así, se exhiben episodios de la vida cotidiana y de la supuesta intimidad, pero la información solo tiene valor cuando es nueva. No se busca alcanzar la inmortalidad en el tiempo, sino una alta repercusión que provea la celebridad en el instante.

Ambos desplazamientos —el espacial y el temporal— se entrelazan en un declive de la contemplación introspectiva y de la mirada retrospectiva en las prácticas autorreferenciales. En las redes sociales en las que pone la mirada Sibilia (2008), como en la clase de yoga en tanto uno de los escenarios principales del presente libro, el cultivo de la intimidad psicológica y la reconstrucción histórica del pasado individual han perdido peso cuando se trata de definir lo que cada uno/a es. Las metáforas de Roma y Pompeya acuñadas por Freud son retomadas por la autora para dar cuenta de una identidad moderna que involucra diversas capas arqueológicas, de la cual se toma distancia en una escena contemporánea que exhibe un único presente totalizante (pp. 135-136). En este punto alejado del homo psico-lógico del capitalismo industrial, se encuentran el/la yogui urbano/a y el homo tecno-lógico del capitalismo informatizado. La espiritualidad estilo Nueva Era que se masifica en ciudades como Buenos Aires descarta el pasado en un gesto de liberación y se acopla sin reparos a la hegemonía de la imagen como síntesis perfecta de un instante que lo dice todo. Tal es la forma de presentar y actualizar el yo cotidianamente en las redes sociales y así también sucedió en el evento masivo América Medita, que en su edición de 2015, convocaba a los/as asistentes a mandar su selfie meditando. Es posible plantear como punto de encuentro de la socialidad virtual y la socialidad espiritual que el homo tecno-lógico que describe Sibilia y el/la yogui urbano/a comparten la temporalidad instantánea como rasgo de su modo de ser y estar. Se trata de aquello que Bauman (2007) identifica como “la tiranía del momento” propia de los tiempos líquidos. En el caso de homo tecno-lógico hay una lógica de actualización permanente que vuelve rápidamente irrelevante y poco accesible el pasado, fragmentando cualquier posibilidad de relato cronológico. La identidad, lo que cada uno es, es lo último que cada uno/a publica en las redes sociales digitales. El discurso que envuelve al/a la yogui urbano/a en las clases y mediante referentes espirituales propone desligar la conciencia del pasado y del futuro, para experimentar con plenitud la vivencia del ahora.

Volviendo a Zooey (2019), el autor asimila los capítulos de las series de Netflix con los posteos en redes sociales, en tanto ambos involucran a las personas en unidades de sentido que no se inscriben en una línea progresiva (p. 18). La pantalla de la computadora o el celular y el libro (más allá de los de saberes prácticos o best sellers) le resultan objetos útiles para pensar la relación entre la unidad de sentido y el sentido progresivo. Mientras el libro es un objeto que puede asociarse con el argumento, el relato y lo perdurable, Twitter o Instagram representan lo breve, lo fragmentario y lo efímero. Zooey (2019) se refiere a los dispositivos electrónicos como artefactos de lectoescritura que “dejan poca libido óptica para los libros” (p. 28). Desde su visión, los posteos en Instagram o Twitter así como la lectoescritura permanente en WhatsApp no crean almas humanistas, sino que hunden aún más al poshumano inmerso en el contacto permanente, la recepción de inputs y la emisión de outputs de información efímera.

Se acuerda con Zooey en que el retraimiento del libro no implica un abandono de la lectoescritura, sino que podría pensarse que nunca se leyó tanto como ahora, en cualquier momento, en cualquier lugar, incluso entre sueños cuando se chequea el celular. El asunto pasa por comprender el tipo de reacción que estimulan las redes sociales entendidas como plataformas digitales de lectoescritura:

En primer lugar suponen una lectura vertical entre las unidades de sentido, de arriba hacia abajo, siguiendo un timeline que rompe con la linealidad horizontal acostumbrada. Pero más importante es que proponen una lectura totalmente fragmentada, breve, muy breve, y basada en la reacción emocional. Es posible pasar de una imagen política dolorosa al casamiento de un conocido, de este casamiento a la violencia policial tras una marcha, y del meme deportivo y el video de gatitos a un desgarrador pedido de ayuda ante un caso de violencia de género. A estas convulsiones emocionales, el lector posthumano se ve invitado a asistir pertrechado de corazones y pulgares para plebiscitar la emocionalidad que esa textualidad estallada le despierta (Zooey, 2019, p. 46).

Hacer una devolución es hoy escoger lo más rápidamente posible entre una amplia oferta de emociones digitalizadas: emojis, pulgares, corazones, stickers. Estas ideas tan bien descriptas por Zooey enriquecen la comprensión de la lógica temporal que caracteriza a la cultura contemporánea, cuyo inflamiento del presente también se localiza en el universo espiritual heterodoxo.

Leandro Taub tiene más de 63.000 seguidores en Instagram y más de 350.000 en Twitter. Difunde mensajes relacionados con la cábala, el yoga, la religión y la tradición judía y el tarot.

Las búsquedas espirituales personales alimentan la visibilización del pasado como obstáculo, a partir de la idea según la cual no tiene sentido hurgar en aquello que fue obra del destino. Estar en paz o en equilibrio se presentan como necesidades elementales que se realizan en el tiempo presente, estados que deben ser cuidados y preservados de la ansiedad que produce llevar la conciencia hacia el futuro y de la supuesta inutilidad de tenerla en el pasado. Se busca liberar el momento presente de las distracciones de lo que pasó y de lo que podría pasar para conectar con lo que se erige como el ser verdadero: aquel que existe, siente y se expresa en el aquí y ahora.

Más allá de las intenciones de instructores/as de yoga, coach espirituales o creadores de tecnología y aplicaciones, la relación con el tiempo da lugar a formas de sentir, pensar y actuar. La vida personal o la realidad social, al resultar elaboradas, exhibidas y digeridas (tanto en la temporalidad espiritual como en la digital) como fragmentos del presente, instantes que lo dicen todo, unidades en sí mismas, erosionan la facultad de deliberar en clave histórica, de reconocer causas y consecuencias, de enriquecerse con experiencias personales, nacionales o mundiales que podrían nutrir o a las que no sería bueno volver. Una diferencia entre el presentismo de la socialidad online y el de la práctica de yoga reside en la cuestión de la celeridad. Mientras que las redes sociales proponen una velocidad extrema que deviene en puro olvido, la práctica de yoga invita a realizar una pausa, aspecto que incluso puede resultar contrahegemónico en un marco social tan urgido.

El presentismo como rasgo común de la socialidad online y la espiritualidad estilo Nueva Era se acopla sin tensión al neoliberalismo como forma cultural que estimula una determinada relación entre las sociedades y el tiempo, una manera específica de pensar y de escribir la historia. En el libro Regímenes de historicidad. Presentismo y experiencias del tiempo, el historiador francés François Hartog (2007) pone la mirada sobre los modos de articulación entre pasado, presente y futuro que distintas sociedades han realizado en diferentes momentos desde la Antigüedad. Toma como punto de partida la noción de régimen de historicidad, herramienta analítica fabricada por los/as historiadores/as para aprehender las relaciones que las sociedades tienen con el tiempo y observar cómo se articulan, cómo se engranan las categorías de pasado, de presente y de futuro en diversos períodos y contextos.[17] Si se considera que el pasado es la categoría dominante, entonces se lo analiza para entender el presente y esclarecer el futuro. Si, en cambio, se observa que en una sociedad predomina la categoría del futuro, entonces se debe analizar de qué se trata para comprender el pasado y el presente. Expone Hartog que en Europa, hacia fines del siglo XVIII y durante el XIX, se pasó de un modelo basado en la categoría de pasado a uno fundado en la de futuro. La Revolución Francesa marcó un antes y un después en las relaciones con el tiempo. No se trata de cambios automáticos o predeterminados, sino de grandes procesos de crisis que cuestionaron el curso del tiempo. Hasta la Revolución Francesa, la sociedad se orientaba hacia el pasado, y la historia se dedicaba a la búsqueda de ejemplos para conducirse en el presente. La centralidad de la idea de progreso implicó una orientación del tiempo hacia el futuro y una fuerte percepción de que el tiempo se aceleraba. Este modo dominado por el futuro fue el de las grandes historias nacionales que se construyeron en América Latina a partir del siglo XIX. Pero desde hace cuatro décadas esta forma de articulación comenzó a resquebrajarse. Haciendo dialogar la filosofía y la historia, Hartog señala que desde finales del siglo XX la ubicuidad progresiva del presente marca la experiencia temporal. El presentismo es la preeminencia de un presente que se encierra en sí mismo y resulta reconocido como único horizonte posible.

Como sostiene el historiador italiano Enzo Traverso (2017), el modelo mercado céntrico no solamente moldea la economía y la sociedad, sino también las pautas de pensamiento, de historicidad y de memoria. Traverso plantea tres tendencias que delinean, de manera sutil y subterránea, el vínculo de la forma cultural neoliberal con el pasado. La primera alude al encapsulamiento del pasado y el futuro en el presente, y señala que un mundo aplastado por el presente es incapaz de proyectarse en el futuro, de construir utopías. Es necesario que el pasado se despliegue como campo de experiencia y el futuro como horizonte de expectativas colectivas, para dar lugar a la utopía. Pero el presentismo, como régimen de historicidad neoliberal, se caracteriza por la aceleración espasmódica y la ilusión de que todo cambia permanentemente, inhabilitando los espacios para concebir una alternativa, otra realidad social posible. La segunda tendencia refiere a la erosión de los marcos sociales (como los partidos políticos o los sindicatos) dentro de los cuales es posible construir una memoria colectiva, elaborar y transmitir una representación del pasado. El neoliberalismo parece solo dar cabida a los recuerdos y las memorias individuales, exaltando un conjunto de emociones y de imágenes que excluyen toda reflexión crítica y toda idea de acción colectiva. La tercera tendencia es a la reificación del pasado, su debilitamiento como experiencia transmisible y su transformación en mercancía consumida por medio de la industria cultural. Esta tiende a ser la mediación principal con el pasado que —desligado del presente y despolitizado— se transforma en lugares de memoria. Estos lugares surgen cuando los marcos sociales de la memoria colectiva desaparecen, cuando el pasado no está vigente en el presente. En tanto la forma cultural neoliberal se arraiga en el individualismo, la privatización y la competencia, las memorias colectivas se estructuran alrededor de actores colectivos que pueden ser las naciones, los géneros, las generaciones, las agrupaciones políticas, entre otros. Afirma Traverso (2017) que las memorias colectivas resultan ontológicamente contradictorias con la razón neoliberal. El presentismo altera la relación con el pasado —que se da principalmente a través de la memoria, consagrada objeto de política pública— y obtura la posibilidad de concebir un futuro alternativo.

La búsqueda de un bálsamo para aceptar

La idea de una circulación funcional de la espiritualidad condensa un punto de convergencia más entre el universo yogui y el orden sociocultural neoliberal, y remite a la masividad de un mismo instrumento, herramienta o recurso que se desempeña como un paréntesis para permanecer en el ruedo, aceptando lo que acontece, registrando sin involucrarse. La aceptación resulta promovida en los discursos y las prácticas espirituales como el camino más sabio, en detrimento de cualquier forma de resistencia que produce tensión y aleja la felicidad. Este conjunto de valores y pautas de acción para la buena vida confluye con una dinámica política, económica, social y cultural que se sostiene en torno a tácticas de gobierno de la subjetividad orientadas a la reconstrucción constante de un sentido común que acepte lo “dado” como la única realidad posible (Murillo, 2018).

El yoga como beneficio a los/as empleados/as de empresas trasnacionales, durante la jornada de trabajo, también se inscribe en esta lógica funcional. Que los/as “colaboradores/as” se despejen, se relajen, respiren y puedan retornar a la mejor versión de cada uno/a al retomar sus tareas, totalmente despojados/as de toda voluntad confrontativa.

La promoción de una actitud de no confrontación en aquellos/as que se acercan a practicar yoga o meditación se encuentra con aquella matriz discursiva neoliberal que obtura la posibilidad de concebir y construir otro tipo de ordenamiento social. La aceptación de lo que se osifica como no transformable, la creatividad y la flexibilidad, la percepción y el descubrimiento de las oportunidades, la gestión controlada de la incertidumbre se consagran y masifican como recursos estratégicos para transitar la vida.

Suelto el control, suelto lo ideal, algo está cambiando, estoy viviendo la experiencia que me lleva a lo nuevo. Observo, voy hacia adentro, me cuento que todo esto es perfecto. Lo acepto, acepto lo que sucede, no peleo con lo que está afuera. No defiendo mis ideales, no impongo mi disciplina, no manipulo con mis deseos. No gano, no pierdo, acepto.

Extracto de una meditación publicada en la cuenta de Instragram @modo.espiritual, junio de 2020.

El yoga y la meditación no tienen muchas chances de operar como interruptores de conciencia social y movilización colectiva, sino que se extienden más bien como bálsamo para el sujeto que asimila y camufla su propia precariedad, inseguridad e inestabilidad con entusiasmo. El entusiasmo es una actitud altamente valorada en la cultura contemporánea, en la que ha puesto la mirada la ensayista española Remedios Zafra (2017) para aludir a la coraza de motivación y creatividad forzadas, bajo la cual se invisibiliza el conflicto, consagrando lo apolítico. Las multitudes desarticuladas políticamente, a las que se refiere Zafra, se encuentran a nivel local en maratones y en meditaciones, frecuentemente apoyadas por el gobierno de CABA. El acercamiento al circuito yogui porteño, como la autorregulación de psicotrópicos que Arizaga expuso como estrategia de gestión personal de la incertidumbre, aporta recursos y estados de ánimo para administrar el yo, en pos de seguir en el ruedo.

El yoga como práctica de moda o el yoga como mero emprendimiento comercial pueden nutrir el individualismo. Pero, más allá de las expresiones más exageradas del universo yogui, este rasgo de las ciudades neoliberales también resulta potenciado por la asunción de cuestiones sociales como asuntos personales, por la negación de lo material como condición para el bienestar, por el cultivo del bienestar personal como aporte al bienestar general, por la desintegración de los lazos de solidaridad en la competencia con uno/a mismo/a, por la exclusión de todo aquello que no ofrece el presente, por la búsqueda de un bálsamo para aceptar y seguir adelante. Instructores/as y practicantes reconocen la extensión de la práctica de yoga como “una especie de terapia para poder mantener el ritmo de vida”.

El yoga y la meditación dejaron de ser vistos como prácticas sectarias de gente rara, para legitimarse como estrategias de bienestar y gestión del estrés de profesionales urbanos. En lugar de cuestionamientos a un ordenamiento social, el yoga ofrece un sostén para amoldarse individualmente a lo que hay, a lo que cada jornada ofrece en términos de rutinas, exigencias, ritmos, vínculos, horas de pantalla, sedentarismo, posturas corporales y condiciones de circulación urbana. En un escenario de apatía, el universo yogui se ensancha ofreciendo incluso cierta idea de comunidad y de encuentro que no permea en la mirada que se tendrá del mundo al salir de la clase tras concluir la práctica. Así, evita la saturación y favorece la adecuación.


  1. Artículo publicado en el diario español El País que plantea que Narendra Modi, primer ministro de la India desde mayo de 2014, intenta capitalizar el éxito cosechado por el yoga en Occidente para ganar peso en la escena internacional y contrarrestar las críticas relativas a la vulneración de los derechos de las minorías.
  2. Para algunos liberales, el Estado que se forjó para aliviar el conflicto social entre finales del siglo XIX y comienzos del XX erosionó las libertades individuales. Ludwig vos Mises (Leópolis, Ucrania, 1881-Nueva York, Estados Unidos, 1973), miembro de la escuela austriaca de economía, consideraba que era necesario acuñar un “nuevo liberalismo” o “neoliberalismo”. Mediante la praxeología —su teoría de la acción humana como siempre libre, racional y en busca de evitar el displacer—, logró suprimir la igualdad como atributo universal y resguardar la libertad como núcleo de lo social (Murillo, 2015 y 2018).
  3. Marx critica el modo idealista de construcción de la mediación dialéctica por parte de Hegel, en su análisis de las relaciones entre familia, sociedad burguesa y Estado. Mientras que la forma real de abordar este problema podría ser que la familia y la sociedad burguesa son la base del Estado, Hegel postulaba que eran formas finitas en las que se expresaba la Idea o el Espíritu del Estado. Marx señala que este procedimiento presenta la realidad empírica como real pero no por sí misma, sino por un fundamento trascendente (la Idea o el Espíritu).
  4. En el primer semestre del año 2019, el 24,8% de los hogares y el 34,9% de las personas del Aérea Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) (integrada por CABA y los partidos del Gran Buenos Aires [GBA]) se encontraban en situación de pobreza. La medición con el método de la “línea de pobreza” consiste en establecer, a partir de los ingresos de los hogares, si estos tienen capacidad de satisfacer —por medio de la compra de bienes y servicios— un conjunto de necesidades alimentarias y no alimentarias consideradas esenciales. (INDEC, 2019).
  5. El escritor y médico indio reside en La Jolla, California, Estados Unidos, donde fundó y dirige el Centro Chopra para el Bienestar y el Instituto Médico Mente-Cuerpo. Ha publicado más de 25 libros, entre ellos: Las 7 leyes espirituales del éxito; Rejuvenezca y viva más tiempo; Jamás moriremos; El alma del liderazgo; La receta de la felicidad.
  6. Esta y las citas siguientes fueron tomadas de deepakchoprameditacion.es.
  7. El mantra es una palabra o frase en sánscrito que tiene como objetivo relajar e inducir a un estado de meditación en quien la canta o la escucha. So Ham significa “Yo soy eso”. Cuando se usa para la meditación, ayuda a controlar una respiración profunda y a ganar concentración: Sooooo es el sonido de la inhalación y Hammmm es el sonido de la exhalación.
  8. “Namasté” es un saludo de origen sánscrito, se utiliza al encontrarse y al despedirse, también para pedir, dar gracias, mostrar respeto o veneración y para rezar. Normalmente se acompaña por una inclinación ligera de la cabeza hecha con las palmas abiertas y unidas entre sí, ante el pecho, en posición de oración.
  9. En relación con este punto, Bolstanski y Chiapello (2002) rastrean la idea de la persecución del interés individual como contribución al bienestar general en el campo de la historia de las teorías económicas. Observan que “la incorporación del utilitarismo a la economía ha permitido que se asuma como ‘natural’ que ‘todo lo que es beneficioso para el individuo lo es también para la sociedad. Y por analogía, todo lo que engendre beneficios (y sirva, por lo tanto, al capitalismo) sirve también a la sociedad’”. (pp. 49-50).
  10. Textual de una meditación publicada en la cuenta @modoespiritual en Instagram.
  11. “Tenés un cuerpo, sos un atleta” era la frase grabada en una de las paredes del local de Nike en el Alto Palermo en 2013, cuando Nemesia Hijós (2013) escribe sobre el running, poniendo el foco en los consumos que rodean esta práctica y la búsqueda de fidelización por parte de las marcas.
  12. Es similar a lo que sucede con la teoría de la tasa de retorno de la inversión, ampliamente difundida y considerada en muchos planes de desarrollo nacionales a partir de los estudios de James Heckman, que —más allá de su solidez lógica— pone el acento en los derechos de las generaciones futuras, corriendo el foco de los derechos de los/as pobres de hoy y de las responsabilidades que al respecto le correspondería asumir a los Estados. Heckman es un economista y profesor estadounidense de la Universidad de Chicago, galardonado con el Premio Nobel de Economía en el año 2000. Sus estudios econométricos promueven la inversión en la primera infancia como una estrategia efectiva para reducir los costos sociales futuros. Puede encontrarse más información en https://heckmanequation.org/resource/la-inversion-en-el-desarrollo-durante-la-primera-infancia-reduce-deficits-y-fortalece-la-economia/.
  13. Ilustrando una vez más el proceso por el cual el capitalismo desarma la crítica en sus reformulaciones, Boltanski y Chiapello (2002) reconocen en este proceso de ensalzamiento de la autenticidad y la libertad, que caracteriza el tercer espíritu del capitalismo, “el eco de las denuncias antijerárquicas y de las aspiraciones de autonomía que se expresaron con fuerza a finales de la década de 1960 y durante la de 1970” (p. 149). Muchas cualidades puestas en valor en el marco del más reciente espíritu del capitalismo están sacadas del repertorio del Mayo Francés, pero puestos a operar al servicio de las fuerzas que aquel movimiento criticaba radicalmente.
  14. Según advierte el documento “El mapa del trabajo argentino 2019” elaborado por el Centro para la Evaluación de Políticas basadas en Evidencia (CEPE) de la Universidad Torcuato Di Tella: “Un patrón que es común a todas las regiones del país es la participación de los cuentapropistas, que en todos los casos ronda cerca del 25%, con excepción de la Patagonia, en donde representa el 19% de los ocupados. Más allá de esta similitud, si desagregamos a estos trabajadores independientes según su nivel educativo y región observamos algo interesante. Naturalmente, el nivel educativo de los trabajadores independientes se encuentra correlacionado con el nivel educativo de los ocupados en general. Es esperable cierta independencia entre el nivel educativo y la forma de relación laboral de las personas. Sin embargo, podemos observar algunas diferencias entre las regiones de Argentina: en casi todas las regiones el nivel educativo de los cuentapropistas es menor al del promedio de los ocupados. Puesto así, el trabajo independiente parece más una salida para aquellos trabajadores con menores estudios e ingresos, lejos de la visión de los trabajadores independientes implícita en algunos debates públicos, en los que se asocia al trabajo independiente con profesiones liberales y emprendedores de más alto nivel educativo. La excepción a este patrón es la Ciudad de Buenos Aires, donde la diferencia entre los trabajadores independientes y el resto de los ocupados en términos de nivel educativos se elimina” (Centro para la Evaluación de Políticas basadas en Evidencia, 2019, pp. 28-29). Como muestra el gráfico 19 de este documento (p. 29), hacia el año 2018, en CABA, la proporción de personas ocupadas con algún nivel de estudio superior supera el 60% tanto en el total de ocupados como entre los trabajadores independientes, dato que evidencia la notable presencia de profesionales freelance entre los trabajadores cuentapropistas de la ciudad.
  15. Calm es la aplicación para meditar número uno en el mundo, cuyo eslogan es: “Encuentra tu calma con Calm. Duerme más. Estrésate menos. Vive mejor”. Mejorar el rendimiento, reducir la ansiedad, aumentar la felicidad, desarrollar autoestima, dormir mejor, fomentar la gratitud, reducir el estrés son las opciones con las que se puede responder a la pregunta “¿Qué te trae a Calm?”, al momento de registrarse. Es interesante identificar en esta categorización una descripción de las afecciones, carencias y búsquedas de las subjetividades urbanas contemporáneas.
  16. Gaia es una plataforma de contenido vía streaming que ofrece tres planes de suscripción: mensual, anual y con acceso a eventos como clases y talleres online. Allí se ofrecen series, películas, documentales, programas y talleres seleccionados y reunidos por el hecho de contribuir a la ampliación de la consciencia. El vasto contenido espiritual, que se actualiza cada semana, se encuentra clasificado en torno a seis grandes temas: crecimiento espiritual, sanación alternativa, consciencia expandida, secretos y encubrimientos, desarrollo personal y misterios de la Antigüedad.
  17. “Lo que es y no es el régimen de historicidad: no es una realidad dada. Ni directamente observable ni consignado en los almanaques de los contemporáneos, es construido por el historiador. No debe ser asimilado más a las instancias de antes: un régimen que viene a suceder mecánicamente a otro, que se le hace descender del cielo o subir de la tierra. No coincide con las épocas (en el sentido de Bossuet o de Condorcet) y no se calca nunca sobre esas grandes entidades inciertas y vagas que son las civilizaciones. Es un artefacto que valida su capacidad heurística. Concepto; mejor, esquema, se debe colocar del mismo lado que el ideal tipo weberiano, según venga a dominar la categoría del pasado, del futuro o del presente” (Hartog, 2007, p. 16).


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