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Introducción[1]

El presente estudio analiza los conflictos entre las diversas memorias colectivas sobre el general Julio Argentino Roca enfrentadas públicamente en la actualidad en diversas ciudades argentinas. Para ello, toma como objeto de análisis las polémicas alrededor del mantenimiento o remoción de los dos principales monumentos construidos en su homenaje, uno de ellos ubicado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el otro, en San Carlos de Bariloche (provincia de Río Negro), los cuales se convirtieron desde mediados de la década del 1990 en el epicentro de los cuestionamientos sobre ese personaje.

El gral. Roca fue una figura clave de la política nacional en la segunda mitad del siglo XIX. Estratega habilidoso, ganó gran notoriedad tras comandar la llamada “Conquista del Desierto” (1878-1885), un conjunto de campañas militares sobre el territorio norpatagónico que selló la incorporación de esas tierras y resolvió definitivamente el problema de las fronteras interiores disputadas con los pueblos indígenas que las habitaban; una hazaña tan significativa en el cuadro geopolítico decimonónico que le rindió el prestigio necesario para disputar y ganar la presidencia en 1880.

Fue presidente de la Argentina por dos períodos (1880-1886 y 1898-1904), durante los cuales realizó acuerdos de paz con las naciones vecinas, Brasil y Chile, dando continuidad también externamente a la consolidación del territorio y sus fronteras. En la esfera económica, aseguró los intereses la oligarquía agroexportadora en el momento justo en que el país se afirmaba en el mercado internacional como el “granero del mundo”, mientras que en la esfera política supo hacer una serie de alianzas estratégicas que mantuvieron a su partido, el PAN, en el poder por más de tres décadas.

Según las memorias hegemónicas corrientes sobre ese personaje, bien representadas en los monumentos construidos en su homenaje en Buenos Aires y San Carlos de Bariloche entre las décadas del 1930 y 1940, el gral. Roca simboliza, por tanto, la construcción definitiva del Estado-nación, la prosperidad agraria y la estabilidad política, es decir, sintetiza el proceso de modernización oligárquica que llevó la Argentina a vivir una especie de belle époque al inicio del siglo XX.

Por otro lado, se sabe que la “Conquista del Desierto” se fundamentó en el exterminio físico y en la sumisión de los pueblos indígenas pampeanos y patagónicos a través de un proceso forzado de ciudadanización y homogeneización cultural; los prisioneros indígenas —gran parte de ellos mujeres, niñas y niños— fueron repartidos entre familias de la Capital y estancias del interior para trabajar y vivir en condiciones análogas a la esclavitud. Pero, además del inestimable costo humano que supuso, a través de la “Conquista” más de 40 millones de hectáreas de tierra se han vendido por el Estado a precios bajísimos a unos pocos estancieros, originando con ello los latifundios que hasta el día de hoy caracterizan las llanuras patagónicas.

A partir de 1997, los homenajes dedicados a Roca esparcidos en diversas ciudades bajo la forma de monumentos y placas conmemorativas pasaron a ser el objeto de duras críticas de parte de ciertos sectores de clase media urbana y agrupaciones indígenas. Esto se debe en buena medida a una relectura de la “Conquista del Desierto”, la cual pasó a ser concebida como la más emblemática masacre sufrida por las poblaciones indígenas en el país, y por lo tanto Roca, en tanto su principal artificie, no merecería seguir siendo homenajeado públicamente. Según esta visión, el mantenimiento de esas referencias en los espacios públicos denotaría la tolerancia o mismo el enaltecimiento actual por parte del Estado de una figura racista y genocida.

Dos aspectos de esa polémica llaman particularmente la atención. En primer lugar, si bien Roca fue un personaje polémico en su tiempo y la propia “Conquista del Desierto”, un elemento de intensa discusión[2], hasta fines del siglo XX no hubo oposición a los homenajes que se le realizaron en los espacios públicos, menos aún de acusar a Roca de genocida y a la “campaña” de masacre.

Un segundo punto es que en el núcleo de la polémica están, como mencionado inicialmente, dos monumentos en especial, el que está ubicado en la Capital Federal y aquel que se encuentra en la ciudad de Bariloche: dos ciudades distantes entre sí, distintas en sus formaciones social, urbana e histórica, que desde 1997 son centro de cuestionamientos similares en contra de Roca, los cuales se realizan concomitantemente y sin que sus principales actores mantengan vínculos directos entre sí.

A partir de estos hechos, surgen las siguientes preguntas que organizan la investigación que esta tesis presenta:

a) ¿cuáles son las memorias construidas en torno a Roca que actualmente se cuestionan públicamente?, ¿cuáles fueron sus usos políticos en el pasado y en el presente? y ¿cuál es el rol de los monumentos en la construcción y manutención de esas memorias?

b) ¿qué factores impulsaron la revisión del imaginario social sobre el gral. Roca plasmado en los monumentos de Buenos Aires y Bariloche a partir de mediados de la década del 1990?

c) ¿qué hay en común entre esas dos ciudades tan distantes una de la otra que pudo impulsar reclamos tan parecidos?, ¿se trata de un proceso más amplio de revisión y rechazo de aquella figura de la historia nacional? En ese caso, ¿cuáles son las motivaciones políticas generales que están por detrás de la remoción de esas estatuas? y ¿cuáles son sus especificidades locales?

d) por último, ¿por qué los monumentos se han convertido en el elemento articulador de esa discusión?

Hipótesis

Si consideramos las obras monumentales como una forma de consagración en el espacio público urbano de hechos y personalidades consensuados política y socialmente —y, en ese sentido, como representación de las ideas hegemónicas en boga en un determinado tiempo y para una determinada sociedad—, entonces la polémica en torno de los monumentos a Roca sugiere que la disputa aquí mencionada implica necesariamente el debilitamiento de los relatos históricamente hegemónicos sobre ese personaje, con la concomitante emergencia de un conjunto de memorias contra-hegemónicas que les hacen frente. En esta dirección, los monumentos articulan una disputa de carácter simbólico que se fundamenta en la relación conflictiva entre:

a) los sentidos políticos de la estatuaria oficial sobre el gral. Roca;

b) las memorias allí evocadas y otras memorias, alternativas, antes acalladas;

c) los espacios públicos todas esas memorias concurren y buscan afirmarse socialmente.

Siendo así, se parte aquí de la hipótesis que este conflicto forma parte de un proceso más amplio y polifacético de reconfiguración de las memorias hegemónicas sobre el pasado histórico nacional. Una revisión que se impulsó en el período final de la más violenta dictadura militar del país (1976-1983), se fortaleció con las luchas devenidas del proceso de justicia transicional y emergió, finalmente, a mediados de la década del 1990, en los reclamos sistemáticos en contra de los monumentos y otros homenajes públicos a Roca. En términos más específicos, la derrota argentina en la guerra de Malvinas y la subsiguiente transición democrática produjo un sentimiento de frustración hacia las fuerzas armadas en importantes sectores de la sociedad argentina que, entre otras consecuencias, provocó la revisión profunda de su papel ante la sociedad y, principalmente, cuestionó su participación a cargo del Poder Ejecutivo en ese y en otros momentos del pasado nacional. Creemos que la impugnación de la imagen históricamente consolidada de Roca se inserta en ese marco. Además, se conjuga con otros tres factores relevantes que se vinculan al restablecimiento de la democracia:

a) la emergencia de los derechos humanos como parámetro de interpretación jurídica y social de la violencia perpetrada por el Estado, llevando a que la figura de la víctima y sus memorias ocupasen un lugar importante en las reivindicaciones sociales consideradas políticamente e, incluso, moralmente legítimas;

b) la recuperación del espacio público como lugar legítimo de los enfrentamientos políticos y de la praxis socio-cultural, con una novedosa vinculación entre espacios públicos y la construcción social de memorias contra-hegemónicas, con consecuencias directas en la forma de actuación de los colectivos sociales, artísticos y culturales hasta el presente en el país;

c) la organización política de los pueblos indígenas nacionales hacia las décadas del 1980 y 90, enmarcando el inicio de un largo proceso, todavía en desarrollo, de reivindicaciones centradas en la cuestión agraria y en la problemática étnico-cultural, en las demandas por el reconocimiento estatal de las diferentes identidades y naciones indígenas, bien como de la responsabilidad que ese mismo Estado tiene ante prácticas genocidas del pasado y del presente.

Recorte espacial y temporal

Las manifestaciones de rechazo a Roca abarcan diversas localidades del país e involucran desde estatuas, bustos y placas conmemorativas hasta la toponimia urbana (denominaciones de calle, escuelas públicas, plazas, etc.)[3]. Sin embargo, decidimos centrar nuestro estudio en los monumentos de Buenos Aires y de Bariloche porque fueron los disparadores de la polémica y son, ciertamente, los casos más relevantes en términos analíticos: involucran un número importante de actores e influencian directamente las acciones llevadas a cabo en otras ciudades. Esa elección busca asimismo resaltar las particularidades asumidas por el debate en dos centros urbanos bastante distintos a modo de evitar generalizaciones poco esclarecedoras y caracterizar los matices socio-espaciales.

Cuanto al recorte temporal, optamos por abarcar el período que se extiende desde 1997, cuando se hicieron públicas las primeras manifestaciones contrarias a la presencia de esas estatuas en los espacios públicos de las dos ciudades, hasta 2012, momento en que tales propuestas ya mostraban un grado de maduración que nos permitió comprenderlas como un conjunto sistemático. Asimismo, por tratarse de un caso contemporáneo que sigue todavía abierto, a pensar de que ninguna de las estatuas se removió de sus emplazamientos originales, decidimos señalar al final del texto algunos otros hechos relevantes que ocurrieron concomitantemente al proceso de escritura de la tesis, entre los años 2013 y 2015, los cuales nos sirvieron para fundamentar factualmente las conclusiones a que hemos llegado a lo largo de ese estudio.

Objetivos

Analizar la articulación entre espacio público y memorias colectivas en la constitución del conflicto simbólico sobre los monumentos en homenaje al gral. Roca en la Capital Federal y en Bariloche, destacando sus particularidades locales y las contribuciones específicas de las espacialidades urbanas en la divulgación y estructuración de demandas de carácter político.

A ese objetivo general sumamos, también, los siguientes objetivos específicos:

a) reconstruir y analizar la “memoria oficial” y hegemónica sobre Roca a través del proceso histórico de monumentalización de su figura, en especial, en las ciudades de Buenos Aires y Bariloche;

b) identificar y analizar el proceso de surgimiento de una nueva sensibilidad social vinculada a las disputas por memorias contra-hegemónicas en el espacio público urbano del país;

c) identificar y analizar las memorias colectivas en disputa alrededor del gral. Roca y la “Conquista del Desierto”, atendiendo a su complejidad constitutiva y determinando los grupos, las identidades y los intereses a ellas vinculados;

d) distinguir las estrategias de producción de memorias empleadas tanto por los agentes de la memoria hegemónica vinculada al gral. Roca como por aquellos vinculados a las memorias contra-hegemónicas;

e) examinar cómo y si la polémica en torno a los monumentos contribuyó a la construcción y la reafirmación de demandas de carácter político y de modo más general, de identidades sociales.

Premisas teóricas

El enfoque epistemológico de esta tesis parte de entender a la cultura —y, como parte de ella, a la memoria— como una producción social material y simbólica que se enmarca en relaciones de poder y puede, por tanto, ser interpretada como un ámbito conflictivo. Por consiguiente, es relevante identificar los actores sociales involucrados en esa producción, sus demandas, intereses y motivaciones, bien como los usos políticos que se hicieron de las memorias sociales construidas y de los dispositivos monumentales en espacios y tiempos bien determinados.

El hecho de que los monumentos al gral. Roca están ubicados en el núcleo problemático de la investigación condicionó el abordaje hacia el cruce de las memorias difundidas sobre ese personaje histórico y los espacios urbanos en donde ellas se materializan. Esa perspectiva permitió centrar la atención sobre los procesos históricos de construcción y difusión de esas memorias en el espacio urbano y, consecuentemente, sobre las disputas y negociaciones implicadas en su “fijación” en espacios de uso público donde a priori todos los ciudadanos argentinos, incluyendo a los indígenas sometidos en la “Conquista del Desierto”, deberían sentirse representados.

Considerando que la decisión sobre qué puede o no construirse en los espacios públicos urbanos es un atributo exclusivo de quienes retienen el poder normativo sobre los mismos, los monumentos suelen originarse de ideas más o menos consensuadas, o que se imponen a la población como si así fuesen (circunstancia común, por ejemplo, en regímenes dictatoriales). Es decir, en la medida en que el espacio urbano es producto de las dinámicas devenidas de relaciones de (re)producción económica y de dominación social, la ordenación territorial y la decisión a cargo del Estado sobre qué puede o no recibir homenajes públicos hace de los monumentos una herramienta privilegiada de difusión de memorias socialmente hegemónicas al interior de las ciudades, al menos en las sociedades occidentales.

Por eso, esa investigación partió de dos categorías nucleares —las memorias y el espacio urbano—, que se articulan y dialogan mayormente a través de otras categorías, provenientes del los estudios culturales como son hegemonía y contra-hegemonía, culturas alternativas y culturas opositoras, formas residuales y formas alternativas. A continuación recuperamos brevemente cada una de estas nociones, enfatizando en cada caso su contribución específica al presente estudio.

Respecto de la noción de memoria, el énfasis en su construcción/ reproducción social nos llevó al encuentro de la tradición sociológica derivada del pensamiento de Maurice Halbwachs y sus conceptos de marcos sociales de las memorias (Halbwachs, [1925] 2004) y memorias colectivas (Halbwachs, [1950] 2004). Según ese autor, las memorias, mismo las más particulares, se enmarcan socialmente, o sea, se construyen a través de los valores, inquietudes y necesidades siempre cambiantes de los individuos y las diferentes colectividades humanas. Es decir, en la medida en que no existen individuos aislados, cualesquier memorias incluyen siempre visiones de mundo que son compartidas en diferentes grados con la sociedad en general y los múltiples grupos a que nos asociamos a lo largo de la vida. Como consecuencia, el pasado es seleccionado, depurado y evocado según cómo los integrantes de una dada sociedad interpretan socialmente sus experiencias particulares y colectivas; dicho de otro modo, las exigencias del presente condicionan las formas de cómo el pasado es reproducido y/o revisado por los actores sociales.

Las memorias colectivas serían, así, según esta visión, la única posibilidad de recuerdo que tenemos realmente. Aunque algunos autores, como Lavabre (1998) y Jelin (2002), alertaron para el riesgo de que esa interpretación acarree la reificación de la noción como si esta fuese una entidad autónoma existente de por sí y a pesar de los individuos[4], la tomamos aquí más bien como un sistema simbólico capaz de expresar, en la esfera de la cultura, demandas sociales e intensiones políticas precisas a través de las cuales se pueden comprender las contradicciones sociales que enmarcan el tiempo presente.

En ese sentido, la lectura de Halbwachs nos permitió evaluar en qué medida las memorias disputadas en torno al gral. Roca avalan o se oponen a ideas todavía hegemónicas en la Argentina sobre la población indígena nacional; también nos ayudó a aclarar, en cada una de las ciudades estudiadas, las particularidades que allí asumieron las contradicciones sociales actuales que involucran esos pueblos.

Eso nos lleva a la segunda categoría nuclear que hemos mencionado, a saber, los espacios urbanos. El mismo Halbwachs ([1950] 2004) fue de los primeros a problematizar la relación entre memoria y espacio ya que, para él, la noción de marcos sociales implica necesariamente la presencia de marcos espaciales en donde la vida humana se desarrolla. Pero la vinculación propuesta por el autor entre los marcos espaciales (objetos, edificios, paisajes, etc.) y las memorias va más lejos: las memorias dependerían de los marcos espaciales para activarse y mantener su sentido social. Esa perspectiva nos indujo a extrapolar el debate sobre la producción de memorias justamente para los espacios urbanos en donde se dan las contradicciones y los conflictos en que están inmersos los actores sociales.

Halbwachs no ha avanzado más en esa dirección, en parte porque para él los espacios cumplirían esencialmente una función de mantenimiento del orden, ofreciéndonos día a día una imagen de permanencia y estabilidad ante los cambios acelerados sufridos por la sociedad. Un supuesto cuestionable pues toma el espacio como un mero soporte pasivo de la vida humana, ignorando su rol en las relaciones de (re)producción económica y de dominación social y que dificulta, por ende, su comprensión como elemento dinámico —sobre todo si pensamos los espacios de las ciudades industriales y, más recientemente, de las grandes metrópolis post industriales del capitalismo globalizado, en donde las transformaciones sufridas por los paisajes de la vida cotidiana se dan a una velocidad sorprendente—.

Complementa parcialmente la noción de marcos espaciales el concepto de lugares de memoria formulado por Pierre Nora (1984-1992; 1989). Preocupado con la “obsesión memorialista” de las sociedades occidentales en desarrollo al menos desde los años 1980, el autor tomó la profusión contemporánea de museos, archivos, anticuarios, entre numerosas otras formas de “fijar” en el paisaje urbano las marcas dejadas por el pasado, como una manifestación sintomática de la pérdida de nuestra capacidad social de rememorar. Según su interpretación, el temor al olvido habría transformado las memorias en dispositivos peculiares cuyo sentido es el de compensar los ritmos acelerados de nuestros cotidianos y la sensación general de que nada puede mantenerse estable por mucho tiempo. Ante la pérdida de las formas tradicionales, orgánicas y espontáneas de rememoración, los lugares de memoria ofrecerían la posibilidad de guardar ciertos acontecimientos que, según cree, de otro modo desaparecerían por siempre.

Aunque el concepto sea bastante amplio, abarcando desde edificios y estatuas hasta archivos digitales, la prensa, el sector audiovisual, etc., lo recuperamos aquí porque sin dudas ha reabierto en los años 1980 el debate señalado por Halbwachs acerca de los vínculos entre espacios y memoria. Además, a través de los lugares de memoria el autor problematizó el fenómeno de reificación de las memorias en el marco de la acumulación flexible en el capitalismo globalizado, invitándonos a pensar la explosión de museos, monumentos y memoriales ocurrida durante las últimas décadas también en cuanto estrategias de valoración simbólica, turística e inmobiliaria de los espacios urbanos; una perspectiva que invita a analizar críticamente los usos culturales y políticos por detrás de las propuestas actuales hechas sea por el Estado, sea por la sociedad civil, para la construcción de espacios de esa naturaleza.

Sin minimizar tal contribución, autores como Huyssen (2002), Schindel (2009) y Crenzel (2010) alertaron, sin embargo, sobre sus límites respecto a una serie de reivindicaciones por memoria en todo el mundo, ya que las proposiciones de Nora se apoyaron esencialmente en las memorias estables de larga duración de la Europa occidental, siendo poco funcionales en otros contextos. En el Cono Sur, por ejemplo, donde el impulso por la creación de memoriales y archivos diversos remite a las dictaduras violentas de los años 1970 y 1980, el acto de rememorar tiene más bien la finalidad de llevar a cabo denuncias de carácter político sobre pasados cuyas heridas siguen abiertas. Otro aspecto que se critica al análisis de Nora es que los lugares de memoria, los espacios, sobre todo los urbanos, tienen un papel pasivo, de mero soporte material, sin que se indague en el rol que desempeñan las contiendas políticas y sociales en ellos ocurridas cotidianamente.

Buscamos complementar ese vacío analítico a partir de la noción de producción del espacio, de Henri Lefèbvre ([1974] 2013), la cual, dentro de la vasta producción teórica de ese autor, es probablemente la que mejor sintetiza sus inquietudes respecto de lo urbano y de la complejidad constitutiva de las sociedades occidentales post industriales.

Para Lefèbvre, el espacio es un producto social, o sea, una realidad que no se da per se sino que más bien se vincula a los modos de producción y a la reproducción de las relaciones sociales. Por tanto, una realidad que se construye, se modifica y se destruye en franca correspondencia con las fuerzas productivas que rigen la sociedad, que sirve de apoyo a las prácticas sociales de dominación y que, al mismo tiempo, dialécticamente, ofrece las bases necesarias a las reacciones organizadas en contra de esas formas de dominación. En sus palabras:

El espacio ya no puede concebirse como pasivo, vacío, como no teniendo más sentido que —al igual que sucede con los otros “productos”— ser intercambiado, consumido o suprimido. En tanto que producto, mediante interacción o retroacción, el espacio interviene en la producción misma: organización del trabajo productivo, transportes, flujo de materias primas y de energías, redes de distribución de los productos, etc. A su manera productiva y productora, el espacio entra en las relaciones de producción y en las fuerzas productivas (mejor o peor organizadas). Su concepto no puede, pues, aislarse y quedar estático. Se dialectiza: producto-productor, soporte de relaciones económicas y sociales. (Lefèbvre, [1974] 2013: 55-56).

El autor nos recuerda, por tanto, que la configuración de los espacios en una ciudad no se da por casualidad: espacios de uso público y privado se crean y se distribuyen en el territorio geográfico según la lógica de la producción y reproducción material, bien como bajo las reglas de manutención del orden social. Las zonas de trabajo y de vivienda, los lugares de decisión política y de ocio, o sea, todas las espacialidades que definen el mundo urbano son el resultado de procesos sociales en que las relaciones de poder se hacen presentes. Los espacios de conmemoración y los monumentos públicos no son una excepción. La ventaja de esta perspectiva es que, a través de ella, los espacios urbanos en donde desarrollamos nuestras vidas cotidianas se tornan menos “inocentes” desde el punto de vista analítico, ofreciendo un importante andamiaje crítico a los estudios de caso como los propuestos en esta tesis. En ese sentido, la noción de producción del espacio nos animó a observar la disputa alrededor de las memorias sobre Roca como parte de una lucha por la (re)significación política de los espacios en donde los monumentos fueron construidos.

Ahora bien, si la lectura espacial propuesta por Lefèbvre nos impulsó a entender las tensiones alrededor de los monumentos en sus vínculos contradictorios con la propia (re)producción del medio urbano en donde ellos se insertan, esa noción en sí misma no abarca todo el conjunto de tensiones sociales existentes alrededor de las memorias sobre Roca, que acá nos interesa entender. Una vez que las memorias y los espacios son, cada uno a su modo, procesos que se constituyen socialmente, entonces en ambos se pueden detectar las estructuras de dominación existentes en una determinada sociedad, bien como sus posibles fisuras y las zonas de choque desde donde nuevas estructuras pueden, entonces, ser propuestas. Quien nos facilitó el entendimiento de esa dinámica fue Raymond Williams (2000; 2011), cuya redefinición del concepto gramsciano de hegemonía, realizada a partir del campo de los estudios culturales, puede aplicarse tanto a una crítica de las prácticas de rememoración como al análisis de los proyectos de ordenación y de apropiación espacial relacionados a esas prácticas que se dan en el medio urbano.

Williams trabajó la idea de hegemonía diferenciándola de otras nociones a ella vinculadas, y que son fácilmente confundidas entre sí: la dominación, la ideología y la propia idea de cultura. Si la dominación, según el esquema propuesto por Antonio Gramsci, remite a las prácticas coercitivas bajo formas directamente políticas, la hegemonía ofrece, a su vez, un entramado bastante complejo de fuerzas políticas, sociales y culturales donde las formas de coerción no son evidentes. Se diferencia asimismo de la ideología en la medida en que esta se limita más bien a significados y valores socialmente aceptados, pero que no abarcan toda la conciencia social, mientras que la hegemonía sí lo hace; aún así, no puede ser confundida con la cultura, puesto que la totalidad hegemónica se diferencia de la totalidad cultural por un sentido claro de intencionalidad, es decir, de las intenciones de poder y de clases sociales bien definidas.

Conformando, así, una totalidad de prácticas y expectativas en relación a la vida que asume para gran parte del cuerpo social el carácter de realidad, la hegemonía fue comprendida por el autor en sus operaciones sociales efectivas, es decir, en los procesos por medio de que ella se alimenta y se renueva continuamente. Para Williams, entre los principales factores que determinan la “supervivencia” de la hegemonía a largo plazo es la incorporación a su interior de numerosas formaciones culturales residuales y emergentes[5], lo que se da a través de una dinámica de tradición selectiva que absorbe significados y valores inicialmente ubicados fuera del sistema hegemónico, pero que son continuamente adaptados y tolerados al interior de la formación social vigente: un mecanismo que opera de modo a legitimar la hegemonía a todo el conjunto social.

Esta dinámica se complejiza aún más cuando pensada según las posibilidades señaladas por el autor que las formaciones culturales residuales y emergentes poseen, potencialmente, para la formulación de nuevas prácticas, valores y significados considerados alternativos o hasta mismo opositores a la hegemonía puesta. Es decir, hay prácticas o valores que son tolerados al interior de un sistema hegemónico como formas particulares de vivir y percibir el mundo; sin embargo, dependiendo de cuáles son esas prácticas y qué valores las fundamentan, ellas pasan no sólo a despreciar la cultura dominante, señalando opciones alternativas, sino que pueden llegar a cuestionarla en su estructura misma, conformando, en ese caso, prácticas y pensamientos de oposición (contra-hegemónicos).

La comprensión de esos mecanismos, es decir, de la operatividad propia de la hegemonía tal cual propuesto por Williams nos sirvió para pensar los monumentos a Roca como expresión de un pensamiento hegemónico sobre la idea de Nación y de “argentinidad” en que la figura del indígena es continuamente negada. En ese sentido, nos esforzamos en comprender las críticas actuales a los monumentos a Roca identificando los matices que se presentan en contraste con esa visión y evaluándolos en sus posibilidades tanto de formación de pensamientos alternativos o efectivamente contra-hegemónicos.

Antecedentes de investigación

La polémica actual alrededor de los monumentos al gral. Roca involucra dos grandes conjuntos de memorias diferentes y en franca oposición uno al otro, que se disputan en espacios bien determinados de las ciudades de Buenos Aires y Bariloche, y que tienen como principal elemento de desacuerdo los graves costos humanos de la “Conquista del Desierto” y las actuales condiciones de vida experimentadas por las poblaciones indígenas nacionales. Teniendo en cuenta nuestros problemas de investigación, podemos agrupar los antecedentes sobre el tema en cuatro grandes grupos:

1) los trabajos sobre memoria social desarrollados en la Argentina después de finalizada la dictadura cívico-militar en 1983 que se impulsaron por los intensos debates alrededor de la violación sistemática de los derechos humanos durante ese período;

2) los estudios sobre la cuestión monumental en la Argentina y la conformación, a partir de 1983, de edificios, memoriales, homenajes y prácticas urbanas dedicadas al ejercicio público de la memoria de las víctimas de la violencia del Estado;

3) los escritos previos centrados específicamente en las polémicas actuales alrededor de la “Conquista del Desierto” y de los monumentos a Roca;

4) los trabajos que analizan el activismo indígena argentino contemporáneo.

Respecto del primer campo señalado, nuestro principal referente es Los trabajos de la memoria (2002), de Elizabeth Jelin. A partir de la revisión de diversas investigaciones que se venían haciendo internacionalmente[6], la autora crea un marco conceptual propio que le permite interpretar las luchas sociales que se han visibilizado en la Argentina y en otros países del Cono Sur tras los procesos de transición post dictatorial, entendiendo sus especificidades derivadas de la violencia política y la fuerte represión estatal de los años 1970. Más que indagar qué es la memoria, la autora se propone, por tanto, “pensar en los procesos de construcción de memorias, de memorias en plural, y de disputas sociales acerca de las memorias, su legitimidad social y su pretensión de ‘verdad'” (Jelin, 2002: 17).

Jelin (2002) toma las memorias en su proceso de construcción, o sea, enfatiza los procesos sociales y los actores que participan de la afirmación o negación de determinados relatos, sus disputas y las negociaciones de sentido que ocurren en escenarios diversos, incluso en el espacio urbano. Eso nos ofrece una perspectiva analítica clave, pues entiende las memorias a través de las relaciones problemáticas entre individuos y subjetividad, y entre sociedad y los sentimientos de pertenencia a colectivos (culturales, políticos, institucionales, etc.), acentuando ciertos elementos que están en la base de esta investigación: la pluralidad de relatos y las discordancias entre ellos, las relaciones de poder y las luchas por la hegemonía.

También fueron relevantes para profundizarnos en el debate sobre memoria y los derechos humanos en Argentina: Hugo Vezzetti (2009a; 2009b), con el panorama que traza de las categorías y debates que enmarcaron la construcción del campo de la memoria social en la Argentina post dictatorial; Pilar Calveiro (1998), con el profundo análisis de las dinámicas de poder por detrás de las variadas prácticas de tortura y degradación humana en los campos de concentración argentinos; y Emilio Crenzel (2008), con su reconstrucción histórica del informe Nunca Más.

En ese campo, otra referencia a que debemos nombrar es El genocidio como práctica social: entre el nazismo y la experiencia argentina (2007), de Daniel Feierstein, que analiza el genocidio moderno en Alemania (1933-1945) y Argentina (1974-1983) en cuanto práctica social tendiente a la destrucción y, sobre todo, a la reestructuración de las relaciones sociales hegemónicas mediante distintos mecanismos, entre los cuales el autor destaca: a) la construcción de un “otro negativo”; b) el aislamiento social de ese “otro” mediante, principalmente, el dispositivo del campo de concentración; c) su negación hasta el punto límite de la desaparición física y simbólica. Además de su indiscutible relevancia para las discusiones sobre derechos humanos entabladas en la última década, ese estudio nos ayudó a entender la apropiación actual del término “genocidio” ya sea por los movimientos indígenas, los activistas contrarios a los monumentos al gral. Roca o por estudiosos de la “Conquista del Desierto”.

También los trabajos de Estela Schindel son insoslayables a nuestra discusión, particularmente sus artículos “Inscribir el pasado en el presente: memoria y espacio urbano” (2009a) y “Lugares de memoria en Buenos Aires” (2009b). Tomando al filósofo polaco Bronislaw Baczko como referencia, Schindel propone interpretar las ciudades como espacios de proyección de imaginarios sociales en que los esfuerzos por producir y activar memorias son entendidos en cuanto “textos privilegiados” a partir de los cuales se pueden “leer” los conflictos simbólicos ocurridos en los espacios urbanos. Es decir, para la autora estos espacios son experimentados subjetivamente por la población según las interpretaciones colectivas que allí se dan a las memorias y según el grado de consenso o de conflicto que las atraviesan. Una mirada que nos sirve para indagar en cuáles son las formas por medio de que espacio y memorias se imbrican creando disputas simbólicas al interior de las ciudades.

Este mismo supuesto atraviesa el ensayo “Los riesgos de la memoria. Lugares y conflictos de memoria en el espacio público” (2012), de Anne Huffschmid. A partir de cuatro casos bastante distintos entre sí de violencia perpetrada por el Estado en contra de la población civil —el antiguo edificio del Palacio de la República en Berlín; la ex-ESMA en Buenos Aires; la Plaza de las Tres Culturas y el Campo Militar Número Uno, ambos en la Ciudad de México (DF)— la autora analiza las dinámicas sociales por medio de que tales edificios dispararon en esas ciudades una serie de marchas civiles, intervenciones y performances callejeras que confirieron paulatinamente a los espacios públicos nuevas potencialidades políticas. Según la visión propuesta por la autora, el espacio y las memorias constituyen territorios en construcción, inestables y en constante transformación en donde subyacen diversos niveles de tensión, entre los cuales ella destacó una “tensión fundadora”: el señalamiento territorial de “memorias incómodas”, es decir, memorias que inscriben, normalizan y naturalizan en la vida cotidiana las marcas traumáticas de la violencia, el estado de excepción y el terror.

Esta interpretación nos interesa pues supone necesariamente la existencia de conflictividades sin las cuales los espacios, como las memorias, perderían su sentido político. En las palabras de la autora: “los sitios y lugares generan, de algún modo complejo, espacio y esfera pública. Pero no lo hacen, y esto es esencial, a través de razonamiento y consenso discursivo (al estilo del pensamiento habermasiano: la arena pública) sino más bien a través de disputa y negociación de poder y de sentido” (Huffschmid, 2012: 374).

Sobre el segundo grupo referencial (la problemática de la forma monumental), recuperamos tres aportes que consideramos significativos para ubicarnos en el debate sobre sus usos políticos post 1983.

En primer lugar, el ensayo de Hugo Achugar (2003), “El lugar de la memoria, a propósito de monumentos (motivos y paréntesis)” que reflexiona sobre los sentidos históricos de la práctica monumental desde la Antigüedad a la Era Moderna. Achugar identificó monumentos y objetos conmemorativos con la consagración pública de discursos consensuados que, en su opinión, son potencialmente autoritarios en la medida en que enmascaran en sus formas rígidas las tensiones entre memoria y olvido. Tomando como punto de partida el Memorial en Recordación de los Detenidos Desaparecidos en el Cerro Montevideo (Uruguay), inaugurado en 2001, cuestionó la pertinencia de la instalación de homenajes oficiales de esa naturaleza a las víctimas de la violencia represiva en los países del Cono Sur. Esa preocupación también orientó el segundo artículo que nos interesa nombrar: “Políticas de la memoria y formas de clasificación social. ¿Quiénes son las “Víctimas del Terrorismo de Estado” en la Argentina?” (2001), de Virginia Vecchioli, sobre la instalación del Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado en el Parque de la Memoria (Buenos Aires). Partiendo de una desconfianza similar a la de Achugar, la autora se preguntó si la consolidación de la categoría unísona de las “víctimas del terrorismo de Estado” mediante la inauguración de dicho monumento no acallaría los prolíficos debates políticos que le habían precedido. Es más, una vez plasmados los nombres de las víctimas en el espacio del Parque, existiendo autónomamente por afuera de las luchas sociales que sostuvieron su construcción, ¿no se tornaría la categoría de las víctimas del Terrorismo de Estado vacía y sin sentido?

Por último, teniendo en cuenta ese debate previo sobre los olvidos, silenciamientos y discriminaciones de la memoria, el Instituto Memoria Abierta organizó la Jornada Arquitectura y Memoria (2009), que propuso discutir estrategias y direccionamientos posibles a las políticas de memoria aplicadas a los espacios públicos urbanos en la ciudad de Buenos Aires. Nos llamó la atención allí especialmente las opiniones divergentes de los arquitectos Adrián Gorelik y Pablo Sztulwark a partir de un mismo diagnóstico problemático sobre la fragilidad de las políticas públicas de construcción de monumentos y memoriales a la hora de representar demandas plurales. Mientras que Sztulwark defendió una nueva concepción de espacios de memoria, a que él denominó “ciudades-memoria”, en que las memorias se reivindicarían en el espacio urbano de forma espontánea, desde su organicidad, en cualquier lugar y sin plasmarse en objetos o edificios determinados; para Gorelik, por el contrario, las políticas de memoria deberían fortalecer una idea de espacio público que fuese capaz de instalar, aún provisoriamente, valores de memoria común deliberados colectivamente —una propuesta a que él denominó “memoria justa”—.

Entre la dilución y fragmentación de voces contemplada en la “ciudad-memoria” y la percepción contraria, de que es imposible representar todas las memorias reivindicadas socialmente en el espacio público sobre el riesgo de que, al final, no se represente nada, que sostiene la “memoria justa”, se evidencian las contradicciones estructurales internas de dos categorías —memoria y espacio— que se construyen necesariamente mediante procesos de exclusión. Aunque esta investigación no se ocupe de políticas de memoria alternativas en los espacios urbanos, esa contradicción elemental es significativa para debater los monumentos al gral. Roca, principalmente en lo que se refiere a algunas propuestas actuales de remplazo de esas estatuas por otras de diferentes personalidades políticas o en homenaje a grupos sociales.

De los trabajos que tocan este último tema se destaca “Próceres genocidas. Una indagación en el debate público sobre la figura de Julio A. Roca y la Campaña del Desierto” (2012) de la antropóloga Diana Lenton, en donde la autora presenta un panorama general de las iniciativas contrarias a los monumentos a Roca ocurridas en Buenos Aires, Bariloche y otras ciudades menores del interior del país, y se pregunta sobre los límites y potencialidades de estas iniciativas dentro del marco general de los cambios políticos vividos en el país durante las últimas décadas.

En su opinión, tales manifestaciones se enmarcan en un proceso más profundo de crítica a la narrativa de la historia oficial y demuestran cierta potencia contra-hegemónica al abarcar sectores de la ciudadanía mucho más amplios de los que se involucran directamente en las protestas. Sin embargo, la autora cuestiona que las propuestas sugeridas para su reemplazo poseen potencia crítica. Lenton analiza el Monumento a la Mujer Originaria (MMO), aún en construcción, para sugerir que los prolíficos debates sobre el genocidio indígena articulados alrededor de los monumentos a Roca tienden a consolidar, a través del MMO, una metáfora “blanda” de la integración racial, es decir, una representación pacífica de la mujer indígena que amenizaría, en sus formas, la discusión antecedente sobre la violencia de las guerras de conquista territorial y la sumisión forzosa de los pueblos indígenas.

Ya sea por sus críticas o por el panorama general que delinea, Lenton (2012) es fundamental a esta investigación; sin embargo, deja algunos vacíos importantes vinculados a otras propuestas y estrategias empleadas por los grupos contra-monumento, las cuales buscamos explorar aquí en más detalle. Al enfatizar el problema de los significados de las estatuas —sean las de Roca, o la todavía virtual Mujer Originaria— el ensayo oculta otras cuestiones que tienen que ver más específicamente con condiciones urbanas específicas de Buenos Aires y de Bariloche, y que nos ayudan a comprender el problema de la estatuaria no sólo en los términos de una disputa entre memorias sino también de una disputa por espacios de acción política ubicados físicamente en esas ciudades y, de forma intangible, en la esfera pública en general (medios de comunicación, consejos deliberantes, asambleas ciudadanas, etc.).

Otro artículo que merece consideraciones de nuestra parte es “Imágenes recientes de la “Conquista del Desierto”. Problemas de la memoria en la impugnación de un mito de origen” (2006), del también antropólogo Carlos Masotta. Las polémicas alrededor de Roca son interpretadas, en ese caso, más bien como manifestación en la esfera simbólica del sentimiento de repulsa y desprestigio a las fuerzas armadas que se difundió entre la población civil en los años finales de la dictadura instalada en 1976. Un proceso que, conjugándose al protagonismo de los organismos de derechos humanos durante la transición democrática, terminó por expandir esa revisión crítica de la violencia estatal —y militar, especialmente— en contra de la población civil también para otros momentos del pasado nacional.

En ese sentido, el autor sostiene que la popularización de la categoría “genocidio” para clasificar la violencia despegada por el Estado durante la dictadura desempeñó un rol importante a la hora de evaluar la “Conquista del Desierto” como una especie de episodio histórico inaugural de las prácticas de violación de los derechos humanos en la Argentina moderna.

Si bien esa hipótesis —que esta tesis sigue— explica la simpatía de muchos sectores medios urbanos, sobre todo de jóvenes militantes de izquierda, a las propuestas de revisión del imaginario social hegemónico sobre Roca, ella no logra explicar por qué, en un determinado momento entre fines de los años 1990 y el 2000, se volvió tan importante que se rediscutiera a Roca en los términos de genocida. Creemos que la respuesta a eso no está simplemente en los cambios operados en la interpretación social de la violencia después de 1983, sino más bien en el surgimiento de una militancia indígena sólida que empezó a organizarse políticamente en diversas regiones del país hacia los años 1990 en torno a las demandas por tierra, mejores condiciones de vida y el derecho a la diferencia cultural, ampliando la visibilidad de estas cuestiones ante la población argentina en general. Aunque no hallamos escritos previos que trabajen directamente esta relación entre los movimientos indígenas contemporáneos y las disputas simbólicas en torno a Roca, algunos autores ligados a los estudios sobre etnografía y antropología indígena nos ofrecen las bases necesarias para pensar esa articulación.

En primer lugar podemos mencionar el artículo “Formaciones de alteridad: contextos globales, procesos nacionales y provinciales” (2005), de la antropóloga Claudia Briones, que invita a pensar la problemática indígena a través de una mirada totalizadora del proceso de juridización del derecho indígena a partir de la diferencia cultural que se viene desarrollándose en el país desde fines de los años 1980. El artículo indaga la relación entre el Estado y la constitución de los derechos indígenas ubicando el problema de la alteridad indígena contemporánea al interior de tres marcos que se imbrican: la construcción de la moderna identidad nacional a través del “crisol de razas” y de criterios de “argentinización y extranjerización selectiva de alteridades” (Briones, 2005: 23)[7]; la consolidación de los derechos humanos a partir de la refundación del Estado Democrático en 1983; y la transnacionalización del neoliberalismo en los 1990 con una retórica multiculturalista “pro diversidad”. Eso nos permite ubicarnos críticamente en relación al proceso de invisibilización-visibilización de los pueblos indígenas en la Argentina, articulándolo directamente con las polémicas alrededor de los monumentos a Roca. Y, en la medida en que problematiza esas alteridades y las contradicciones que ellas enfrentan en el presente, el artículo también contribuye a pensar las potencialidades y los límites políticos de la disputa simbólica que nos atañe cuando la contrastamos con otras luchas y manifestaciones llevadas a cabo por los pueblos indígenas en diversas provincias del país en la actualidad.

En esta dirección, también fueron referencias importantes los artículos “El movimiento indígena posterior a la reforma constitucional y su organización en el Programa de Participación de Pueblos Indígenas” (2002), de Morita Carrasco, y “Pueblos Originarios y democracia. Conformación de nuevos sujetos políticos. Argentina, 1983-2013” (2013), de Miguel Leone Jouanny, en que se discute el proceso de consolidación de los movimientos indígenas y su consecuente fortalecimiento en cuanto sujetos políticos durante el período democrático. Mientras que Carrasco toma el Programa de Participación de Pueblos Indígenas (una iniciativa conjunta de la sociedad civil y del Estado[8] puesta en marcha en 1996 con el objetivo de asegurar la representación indígena al interior del Poder Legislativo) para deslindar la participación efectiva de los referentes comunitarios en el sistema de decisiones políticas nacional, Leone Jouanny, desde una perspectiva más panorámica acerca de las leyes y normativas que reconocen derechos a los indígenas, examina las tensiones entre la lógica jurídica que fundamenta tales derechos y las movilizaciones políticas sostenidas por las comunidades. En ambos, por tanto, la conformación de los movimientos indígenas contemporáneos es interpretada como un proceso simultáneo de visibilización jurídica y visibilización política, que se caracteriza por diferentes grados de negociación y conflicto entre el Estado y los pueblos indígenas. Es precisamente la elucidación de esos grados de negociación y conflicto el factor que nos ayuda a comprender las distintas demandas políticas que, entre 1997 y 2012, se han sumado a las iniciativas contra monumento a Roca en Buenos Aires y Bariloche.

Por último, queremos mencionar los trabajos de Laura Kropff sobre el impacto directo de la dinámica conflictiva entre juridización-politización en la vida cotidiana y en la militancia política de los indígenas mapuche que habitan los centros urbanos de la región norpatagónica, sobre todo en la ciudad de Bariloche. En “‘Mapurbe’: jóvenes mapuche urbanos” (2004), “Activismo mapuche en Argentina: trayectoria histórica y nuevas propuestas” (2005) y “El waj, el bombo y la palabra. Acerca de la conciencia generacional entre los jóvenes mapuche” (2008), la autora analiza la formación a partir del 2001 de importantes redes de militancia y autoreconocimiento como mapuche que se han encabezado en su mayoría por jóvenes habitantes de las periferias urbanas en la provincia de Río Negro. A través de la Campaña de Autoafirmación Mapuche, esos jóvenes vienen proponiendo el “rescate” de sus historias familiares, del idioma mapuche, de rituales ceremoniales, etc., al mismo tiempo en que reivindican para sí la identidad “mapurbe”, es decir, de mapuches urbanos.

Ese fenómeno nos interesa no sólo porque evidencia una cuestión aún muy poco abordada por otros autores, como son las consecuencias del éxodo rural de las poblaciones indígenas, con la subsiguiente conformación de nuevas demandas políticas y culturales, sino también se vincula directamente a las iniciativas a favor de la remoción del monumento a Roca localizado en Bariloche. Aunque la autora no haya tocado ese tema en específico, diversas de las iniciativas contra monumento que hemos estudiado se vincularon a la acción de jóvenes militantes anarquistas mapuche cuya organización al interior de colectivos políticos o artísticos, según el caso, se ha dado en el marco de las actividades promovidas por la citada Campaña de Autoafirmación Mapuche. Asimismo, como veremos en más detalle en el tercer capítulo de esta tesis, muchos de los argumentos contrarios al mantenimiento del monumento en su ubicación original resultaron precisamente de una percepción crítica acerca de la marginalidad social y espacial de la población mapuche en Bariloche que también está en la base del fenómeno estudiado por Kropff.

Estructura de la tesis

La tesis se organiza en tres capítulos. El primero, “Memorias de bronce: contribuciones de la estatuaria en la formación de la memoria oficial sobre Julio A. Roca”, se dedica a enmarcar históricamente el proceso de consolidación de las memorias hegemónicas sobre Roca en los espacios públicos, recuperando para ello la etapa de construcción de los monumentos de Buenos Aires y Bariloche durante la década del 1930 y, después, las conmemoraciones propuestas por el Estado para el Centenario de la “Conquista del Desierto” en 1979.

El segundo, “Hendiduras en la memoria oficial sobre el gral. Julio A. Roca: antecedentes y marcos de los cuestionamientos contra monumentales” (1979-1997), analiza los tres elementos que permitieron, en los años 1980 y 1990, que las memorias hegemónicas sobre Roca pasaran a cuestionarse por algunos sectores de la sociedad: 1) el desarrollo paulatino del discurso anti-militar; 2) la consolidación de los derechos humanos y la consigna Memoria, Verdad y Justicia; 3) la consolidación de los pueblos indígenas como sujetos políticos.

El Capítulo 3, “El conflicto simbólico alrededor de los monumentos al gral. Roca en Buenos Aires y San Carlos de Bariloche (1997-2012)”, se divide en dos partes. La primera, “Memorias en disputa”, expone y analiza los contenidos específicos de los dos conjuntos de relatos contrapuestos: las memorias hegemónicas sobre Roca, a que llamamos “memorias roquistas”, y las que intentan imponerse en su contra, a que denominamos “memorias contra-roquistas”. La segunda parte, “Acciones e intervenciones urbanas” se dedica a exponer en orden cronológico los hechos ocurridos en Buenos Aires y Bariloche con vistas a remover o proteger, según el caso, a los monumentos.

Por último, la tesis se cierra con un excurso en que, a modo de conclusión, se reflexiona sobre el estado de la disputa hacia 2014, año en que se cumplió en centenario de muerte de Roca, buscando así entender los logros y límites de la disputa en un momento en que esta ya daba claros señales de agotamiento.


  1. La monografía que aquí se presenta es una versión revisada y modificada por la autora de la tesis homónima desarrollada para la Maestría en Estudios Sociales Latinoamericanos de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, la cual fue presentada públicamente en esta Facultad el 5 de julio de 2017. En la presente versión se corrigieron algunos errores e imprecisiones apuntados por los jurados durante la defensa y, también, se adaptó el contenido a las exigencias de publicación de la editorial Teseo, sobre todo en lo que se refiere a las imágenes que habían sido utilizadas originalmente.
  2. Cuando Julio A. Roca, en la condición de ministro de Guerra y Marina, presentó en agosto de 1878 el proyecto de ley tendiente a resolver “la cuestión indígena” (Delrio, 2005) y el problema de las fronteras internas al Congreso de la Nación, uno de los interrogantes levantados en esa casa ha sido justamente si dicho proyecto no invalidaba la posibilidad de someter los indígenas por medios pacíficos, tal como señalaba el principio de equidad redactado en la Constitución nacional (Mases, 2002). Luego, una vez finalizada la primera etapa de la campaña militar en 1879, sus costos humanos y el tratamiento dado a los prisioneros sometidos se tornó objeto de atención también de la prensa escrita e impulsaría en el interior del Congreso nuevos debates sobre qué hacer y cómo incorporar ese contingente indígena desplazado a la “civilización”. Para informaciones más detalladas sobre esos debates, indicamos las lecturas de Lenton (1997, 2005) y Mases (2002).
  3. Hay más de 50 pedidos (ya sancionados o en debate) de alteración de la toponimia urbana en localidades de todo el país (véase Valko, 2013). También se realizaron pedidos de remoción de placas conmemorativas del Centenario de la “Conquista del Desierto” en Posadas (Misiones), Villa La Angostura y San Martín de Los Andes (ambas en Neuquén), además de las intervenciones callejeras en bustos y estatuas del gral. Roca ubicados en ciudades tan distantes unas de las otras como Santiago del Estero (capital), Río Gallegos (Santa Cruz) y Santa Rosa (La Pampa).
  4. Jelin (2002) señala que la “colectividad” referida por Halbwachs indica más bien un “entretejido de tradiciones y memorias individuales, en diálogo con otros, en estado de flujo constante, con alguna organización social […] y con alguna estructura, dada por códigos culturales compartidos” (Jelin, 2002: 22). A que podemos acrecentar, con Lavabre (1998: 53): “no es memoria del grupo, es decir, memoria colectiva calcada del modelo de la memoria individual, y tampoco es suma de memorias individuales y solitarias. Pero es la condición misma de posibilidad de los recuerdos atesorados por los individuos. Y, como tal, cumple una función social de integración”.
  5. Las culturas residuales son, para el autor, las experiencias, significados y valores de formaciones sociales anteriores, mientras que las emergentes son las prácticas, significados y valores creados continuamente en el presente.
  6. Entre los muchos trabajos revisados por Jelin, están los estudios precursores de Maurice Halbwachs, Los marcos sociales de la memoria (1925) y el póstumo La memoria colectiva (1950); La memoria, la historia, el olvido (2004), de Paul Ricoeur; Les lieux de mémoire (1984-1992) de Pierre Nora (dir.).; el artículo “En busca del tiempo futuro” (2000), de Andreas Huyssen; Los abusos de la memoria (2000), de Tzvetan Todorov; Commemorations: the politics of national identity (1994), de John Gillis (comp.), y el ensayo “Reflexiones sobre el olvido” (1989), de Yosef Yerushalmi.
  7. Según la autora, “la formación maestra de alteridad en Argentina fue resultado de una peculiar imbricación de maquinarias diferenciadoras, estratificadoras y territorializadoras, habilitantes de un conjunto de operaciones y desplazamientos que, para sintetizar el argumento, agruparía en torno a tres lógicas principales. Una de incorporación de progreso por el puerto y de expulsión de los ‘estorbos’ por las puertas de servicio, primera lógica que se liga a una segunda de argentinización y extranjerización selectiva de alteridades, estando a su vez ambas lógicas en coexistencia con una tercera de negación e interiorización de las líneas de color” (Briones, 2005: 23).
  8. El programa fue diseñado por la asesoría jurídica del Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA), se suscribió por la Asociación Indígena de la República Argentina (AIRA) y fue financiado por la Secretaría de Desarrollo Social de la Nación, con el objetivo de garantizar la operatividad de los cambios constitucionales determinados por el artículo 75 inciso 17 de la Constitución Nacional en 1994. Ese tema será tratado con más detalle en el segundo capítulo de la tesis. Para más informaciones, se sugiere la lectura de los artículos mencionados arriba, además de Altabe, Braunstein & González (1996) y Carrasco (2000).


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