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3 El conflicto simbólico alrededor de los monumentos al Gral. Roca en Buenos Aires y San Carlos de Bariloche (1997-2012)

De la inauguración de los monumentos entre los años 1930 y 40 a las conmemoraciones del Centenario de la “Conquista del Desierto” en 1979, Roca se tornó uno de los presidentes con mayor número de homenajes oficiales introducidos en los espacios públicos[1]. En efecto, no sería exagerado si afirmáramos aquí que todas las ciudades grandes e intermedias del territorio nacional tendrían hacia los 1990 alguna calle, avenida, plaza o escuela pública con su nombre; también hemos visto que no son pocas las estatuas, bustos y placas recordatorias que le hacen referencia actualmente, contabilizándose cerca de 36 homenajes del estilo (Petralito, 2010).

Aunque sus detractores afirmen que gran parte de ellos han sido inaugurados durante la “década infame”, cuando ejerció la vicepresidencia su hijo, Julio Roca (h), el personalismo allí sugerido no explica la amplia difusión pública conseguida por el imaginario conservador acerca del período roquista. Por el contrario, como afirma Lenton (2012), si tal oleada de homenajes públicos extrapola todavía hoy las características reales e imaginarias del individuo, eso se debe a que los monumentos responden antes al proyecto hegemónico exitoso llevado adelante por la oligarquía militarista de la década de 1930 que identificó a Roca con un Estado fuerte y próspero que a un mero capricho despótico de sus familiares.

Como resultado, Roca era hasta 1997 (cuando se empezaron a dar con sistematicidad las intervenciones callejeras en los monumentos y ocurrieron los primeros pedidos de remoción) una figura consolidada en la memoria y poco cuestionada por los argentinos; su presencia cotidiana en el paisaje urbano pasaba casi inadvertida a los transeúntes, en tanto habitual y naturalizada. Quizá no había, en efecto, motivos para cuestionarlo hasta aquel momento: el gran clivaje de la política nacional en el siglo XX había sido el peronismo, y las otras figuras polémicas de la historia nacional, por más homenajes o críticas que hubiesen recibido en su tiempo, quedaron suficientemente opacadas por Perón después de la década del 1950.

Además, hemos visto que los monumentos tienen una capacidad totalizadora que les permite consagrar en el espacio público una sola visión de los hechos, eclipsando después de instalados todo el proceso de construcción política y social que les ha originado[2]. Habitualmente, solo en momentos de cambios profundos las “verdades” que ellos comunican suelen ser puestas en jaque de forma sistemática; por ello, una de las hipótesis iniciales de nuestra tesis es que los tres factores analizados en el Capítulo 2 —el sentimiento antimilitarista, la difusión ampliada de los derechos humanos y la organización política de los pueblos indígenas— confluyeron durante las décadas del 1980, 1990 y 2000 para:

a) Operar una serie de cambios en la forma de interpretar los relatos históricos sobre el gral. Roca y la “Conquista del Desierto”;

b) Cuestionar la pertinencia de mantener en los espacios públicos estatuas que simbolizan un hecho violento y humillante para algunos sectores de la población argentina.

Sin embargo, vale resaltar que esas nuevas lecturas del pasado aún están lejos de significar una crítica generalizada a Roca; no se trata de un proceso ya finalizado de revisión que, habiendo rompido ciertos mitos[3], se ha convertido en relato dominante y cerrado su ciclo. Más bien son interpretaciones en desarrollo, cuyo alcance no podemos todavía comprender del todo y que por ahora persisten como contrapunto del relato histórico oficial, ese sí hegemónico. No nos podemos olvidar que la imagen de Roca se sostiene aún hoy por todo un aparato hegemónico construido desde los manuales escolares, museos, toponimia urbana, además de los mismos monumentos, lo que hace que la gran mayoría de la población la reproduzca pasivamente sin mayores cuestionamientos. Siendo así, se consideran aquí las propuestas de remoción de los monumentos a Roca como parte de un proceso de quiebre en el consenso público sobre ese importante personaje de la historia nacional, en el cual nuevos relatos empezaron a ganar voz en las calles y en los medios masivos de comunicación[4].

De un lado, de esa disputa de sentidos, están quienes defienden activamente la imagen histórica consolidada sobre Roca, resaltando su status de gran prócer del Estado moderno: son sobre todo militares, historiadores ligados a la historia oficial, periodistas de diarios conservadores, estudiantes e intelectuales afines con el pensamiento liberal-positivista, para los que Roca se recuerda por sus habilidades de estratega y como un brillante estadista que merece los homenajes públicos erigidos. Mientras que del otro lado, se agrupan los movimientos indígenas, políticos e intelectuales de izquierda y gente ligada a los organismos de derechos humanos, que resaltan la faceta centralizadora del general, la violencia en el trato con los indígenas y, según algunas interpretaciones, el genocidio perpetrado en contra de esos pueblos —justificando con ello la necesidad de terminar con tales homenajes de los espacios públicos—.

Una de las características principales de la polémica es que ambos lados buscan sostener sus puntos de vista subrayando ya sean las virtudes o defectos de carácter de Roca, así como los hechos históricos positivos o negativos de su actuación en la vida pública. Llama la atención, sin embargo, que las variables espaciales allí involucradas —las plazas y los objetos monumentales en sí mismos— sean todavía poco abordadas como parte importante del problema; sobre todo en las notas publicadas sobre el tema en los últimos años, se suelen disociar las memorias disputadas de los problemas específicos que esos monumentos localizados en espacios públicos acarrean. Es decir, las formulaciones argumentativas que intentan hacer valer sus relatos y sus memorias sobre las otras tienden a darse con más frecuencia en los medios de comunicación entre intelectuales interesados en el tema, sin que se contemplen o problematicen las especificidades propias de los sitios, de los actores locales, sus historias particulares, etc. Por ende, no raras veces en esas discusiones las estatuas se confunden con el ser allí representado, perdiéndose de vista que, más que reinterpretar a Roca, están en disputa los espacios donde están las estatuas y la pertinencia del uso de los mismos como soporte material para determinadas memorias[5].

Sostenemos aquí, por lo tanto, que la excesiva personalización de Roca en el debate —vista, por algunos críticos, como un “error” historiográfico (Lenton, 2012; Hiriart, 2014)— es justamente lo que explica y caracteriza la polémica en los términos de una disputa simbólica que tiene como elemento problemático la materialización de un conjunto de memorias dominantes en los espacios públicos urbanos bajo la forma monumental.

La producción de memorias que se viene dando en los medios de comunicación parece reducir la discusión historiográfica —bien como la etnográfica y la antropológica— a un personalismo que, de ambos lados, termina no raras veces por exaltar solamente virtudes o vicios morales en la figura de Roca: si las memorias roquistas tienden a elogiarlo en sus virtudes de estadista y a condenar, por antinomia, a los pueblos indígenas por lo que contenían de “bárbaro”, del lado de las memorias contraroquistas la operación se invierte, condenando moralmente a Roca y poniendo a los indígenas muchas veces en una posición de víctimas pasivas de la “Conquista”.

En ese sentido, en cuanto personificación de Roca, los monumentos en su honor se configuran como imágenes fetichizadas de él que, tras haberse fijado en los espacios públicos, pasaron a imponerse continuamente en el paisaje urbano hasta que el discurso sobre el pasado allí representado fuese naturalizado por los ciudadanos. Gracias a esa especificidad, la problematización histórica del pasado y del personaje no deben verse de forma aislada de las representaciones subjetivas que se evocan a través de los monumentos.

Recordemos que no se está discutiendo simplemente quien fue Roca en términos históricos; está en jaque si las memorias positivas por ahora vigentes sobre él merecen o no seguir siendo representadas en espacios públicos pertenecientes no al Estado, sino a toda la sociedad argentina, incluyendo a los grupos indígenas afectados por la “Conquista del Desierto”.

Por eso, aunque las discusiones en los medios y en las calles estén relacionadas, hemos juzgado necesario dividir nuestro análisis en dos partes: la primera está dedicada a explorar las vertientes de memoria que se enfrentan públicamente en los medios de comunicación. Buscaremos mostrar quiénes son los principales formadores de opinión que construyen hoy esos diferentes recuerdos públicos sobre Roca y la “Conquista del Desierto”, sosteniendo la polémica en el plano discursivo; también indagaremos cuáles son los argumentos que ellos utilizan, qué intereses reflejan y cuáles son sus contradicciones básicas.

Luego, nos centraremos en las acciones y los actores que intervienen directamente los espacios donde están las estatuas, bien como en los espacios políticos institucionalizados por el Estado, como las Legislaturas y Consejos Deliberantes, persiguiendo así recuperar el carácter espacial y urbano del conflicto. Como resultado final, esperamos aportar un panorama más complejo sobre el tema, en que tanto sus aspectos compartidos —las memorias colectivas—, como sus elementos específicos —los diferentes contextos urbanos y espaciales en donde tal conflictividad tiene lugar—, sean contemplados.

Parte 1. Memorias en disputa

Respecto a las memorias colectivas en disputa, hemos insinuado que existe una polarización de los relatos históricos referentes a Roca, con básicamente dos corrientes opuestas que confrontan y buscan afirmarse como socialmente dominantes:

a) La primera se caracteriza por defenderlo como prócer, basándose en gran medida en los relatos largamente difundidos por la historia oficial; por ese motivo, para criterios analíticos, será denominada aquí como “memoria roquista”.

b) La segunda, que lo condena por genocida, se estructura en contraposición directa a los argumentos referidos anteriormente y por ello será referida aquí como “memoria contraroquista”.

Como sostiene Hilda Sabato (2014), la controversia surgida en las últimas décadas tiene que ver más con un debate político y moral entablado en los espacios públicos y en los medios de comunicación sobre qué es lo que los argentinos quieren recordar del pasado nacional que con una discusión académica o historiográfica respecto a ese personaje. O sea, aunque los argumentos que hoy caracterizan el debate alrededor de Roca se retroalimenten de ambos lados de documentos históricos e investigaciones realizadas en distintos campos (historia, antropología, arqueología y hasta la genética), lo que caracteriza de hecho la polémica es, finalmente, el conjunto de operaciones ideológicas que recortan y despegan a Roca del contexto de época según el juicio personal que cada uno de los involucrados tengan respecto a esa figura del pasado nacional.

Por ello, nos interesa aquí menos discutir la validez historiográfica de las ideas expuestas de ambos lados y más su instrumentalización para fines políticos y sociales distintos. Dicho eso, pasaremos ahora a la descripción de ambas corrientes, centrándonos sobre todo en los argumentos que utilizan y los actores que a ellas se vinculan.

Las memorias roquistas

En el primer capítulo, vimos que los relatos oficiales sobre el gral. Roca se han sostenido desde el principio por las fuerzas armadas (en especial por el Círculo Militar) y por los sectores sociales vinculados al liberalismo económico y al pensamiento político nacional-conservador de fines del siglo XIX e inicios del XX. Pero al imbricarse a una visión hegemónica del Estado, de Nación y de Progreso, esa memoria se ha difundido ampliamente por los espacios públicos e institucionales del país, configurándose con el pasar de las décadas en memoria dominante y, por tanto, reproduciéndose activa o, gran parte de las veces, pasivamente por todo el conjunto social.

Dos ejemplos interesantes de su difusión reciente fueron la publicación de la biografía histórica Soy Roca (1989) de Félix Luna y la elección en 1992 de la efigie del general para el billete de máxima denominación de 100 pesos (con la “Conquista del Desierto” en el anverso), curiosamente el mismo año de los contrafestejos indígenas al V Centenario de la llegada de Colón a las Américas.

En el caso de los billetes, Roca es el último de una serie compuesta por los retratos de importantes nombres de la historia nacional decimonónica: los “padres de la patria”: el general San Martín (AR$5) y general Belgrano (AR$10), además de los presidentes Rosas (AR$20), Mitre (AR$2), Sarmiento (AR$50). No exploraremos aquí los debates políticos que seguramente animaron la elección de esa serie ni sus posibles significados; más bien nos interesa señalar la posición de Roca en ella: además de ser el billete de máximo valor, el general sella el fin cronológico —y simbólico— del turbulento siglo XIX argentino. Y, aunque sea difícil comprobar la intencionalidad detrás de ese hecho, sí podemos afirmar que refleja la naturalidad con que, década tras década, la imagen de Roca siguió reproduciéndose en correspondencia directa con la noción de formación del Estado nacional.

Una identificación que se explicitó también en Soy Roca, del director y fundador de la revista Todo es Historia, Félix Luna, lanzada más o menos en la misma época. Luego de una serie de publicaciones dedicadas a personalidades de la política nacional[6], ambicionando escribir una novela biográfica del peso de Memorias de Adriano (1951/2003) de Marguerite Yourcenar y El joven César de Rex Warner (1958/1998), pero “con un contenido rigurosamente histórico”, optó por Roca bajo el argumento de que “el auténtico constructor del Estado argentino” (Luna, 2003: s/p) era la figura más apropiada para un escrito de esa envergadura.

Pese a que Soy Roca antecedió en casi 10 años la polémica que nos atañe —en la cual, vale señalar, Luna no llegó a participar activamente— el libro es hasta hoy una de las principales referencias de los argumentos roquistas, mereciendo que recuperemos de él algunos puntos.

Animado en escribir “un libro de historia planteado como novela” (Luna, 2003: s/p), Luna realizó una cuidadosa compilación de hechos retirados de la historia oficial, con los cuales mezcló anécdotas personales poco conocidas de la vida del protagonista. Siguiendo una vez más a Yourcenar, optó también por la narrativa en primera persona, por lo que es el propio Roca quien habla al lector. Es allí que la obra gana relevancia porque gracias a ese curioso artificio literario, el autor provocó la inevitable complicidad entre lector y personaje, al mismo tiempo en que combinaba hábilmente sus propios juicios subjetivos a descripciones históricas consensuadas, dificultando el discernimiento entre uno y otra. Como resultado, pudo tejer una biografía bastante elogiosa del periodo roquista sin que el conjunto sonara netamente apologético como fue su antecesor, el Roca (1938) de Leopoldo Lugones.

Empero, como mencionamos, Luna escribió Soy Roca cuando los relatos oficiales sobre el general recién comenzaban a ser tímidamente debatidos. La primera edición del libro data de 1989; el país atravesaba la grave crisis económica que terminó en la renuncia del presidente Raúl Alfonsín (UCR), en un contexto delicado en que el propio régimen democrático necesitaba fortalecerse institucionalmente. Que Roca fuera recuperado allí como emblema de estabilidad política por un historiador acorde a la historia oficial no es, así, del todo sorprendente.

Además de ilustrar la situación de las memorias roquistas previa a los años trabajados en esta tesis (1997-2012), lo notorio de estos dos ejemplos es que muestran lo efectivo que fueron las operaciones simbólicas que terminaron por interiorizar a Roca en el imaginario social argentino, haciendo que los discursos hegemónicos sobre él llegasen a los 1990 y fueran reproducidos activamente por algunos sectores, y hayan sido asimilados pasivamente por muchos otros, como una experiencia histórica esencialmente positiva. En lo que atañe a esta tesis, sostenemos, por tanto, que fue con los primeros intentos formales de remoción de los monumentos en 1997 que los defensores de la memoria roquista empezaron realmente a sentir la necesidad de reafirmarla públicamente. Hasta entonces, no era algo necesario. Y, cuando eso se dio, los medios masivos, en especial el diario La Nación, tradicional vocero del liberalismo conservador en Argentina, se tornaron los principales productores y difusores de relatos positivos sobre el ex presidente.

Aunque Clarín y varios diarios provinciales de menor tirada se manifestaron abiertamente contrarios a las propuestas de remoción, fue La Nación quien asumió la defensa pública más importante sobre Roca desde 1997, publicando con periodicidad escritos directa e indirectamente ligados a la figura del General: de anécdotas cortas sobre su vida familiar a largos editoriales sobre su relevancia para la política nacional, pasando por descripciones aterradoras de los malones decimonónicos[7]. Es decir, si los demás diarios tratan de responder puntualmente a una u otra iniciativa contramonumental, La Nación parece, por su parte, haber tomado el encargo de conservar y defender los recuerdos roquistas como memoria colectiva de los argentinos.

Vale recordar que el diario surgió en 1870 de la mano de Bartolomé Mitre, militar, intelectual y ex presidente a quien tampoco podemos desvincular del proceso de construcción del país, correspondiéndole no solo la primera de las llamadas “presidencias históricas”[8] como también un papel fundamental en el desarrollo del método historiográfico que caracterizó en sus orígenes la llamada historia oficial. Así, cuando fundó La Nación una de las preocupaciones centrales de Mitre era, justamente, crear una poderosa herramienta de comunicación que contribuyera a consolidar la organización nacional tras su salida del gobierno en 1868 (Ulanovsky, 2005). Estructuró para eso una línea editorial acorde a los valores políticos y económicos del liberalismo y coherente, en los discursos, con ciertas tendencias ya exploradas por él en la historiografía (por ejemplo, el énfasis en la nación como protagonista y el fin de los procesos históricos).

En ese sentido, si en su tiempo Mitre y Roca fueron importantes adversarios políticos, durante el proceso de construcción de las memorias referentes al fin del siglo XIX ambos terminaron por incorporarse y subsumirse en un único relato sobre la consolidación del Estado nacional, lo cual se ha sostenido activamente por La Nación a lo largo de más de 100 años[9]. Por consiguiente, cuando a partir de 1997 los cuestionamientos contraroquistas pasaron a criticar ciertos valores básicos implicados en el relato oficial del origen del Estado nacional —como el racialismo[10], la homogeneidad cultural, el personalismo político, entre otros—, La Nación posiblemente los ha tomado como un ataque a sus valores políticos e ideológicos fundacionales.

En la actualidad, los defensores de Roca en este diario suelen destacarlo como emblema del militar profesional; de rápida ascensión y carrera brillante, él tuvo la visión estratégica que garantizó la ocupación definitiva de la Patagonia y puso fin al conflicto histórico entre el poder central, estancieros, malones y pueblos indígenas que entonces dominaban aquél amplio territorio. Ya en el cargo de presidente, consolidó definitivamente las fronteras nacionales a través de acuerdos de paz con Chile y Brasil, terminó los conflictos políticos internos entre Buenos Aires y las provincias del interior y cerró, con ello, el ciclo de guerras civiles que habían desestabilizado el país por más de 70 años.

Económicamente, aseguró los intereses de clase de la oligarquía agroexportadora en el preciso momento en que la Argentina se afirmaba en el mercado internacional como el “granero del mundo”, garantizando, asimismo, la entrada de inversiones extranjeras y de tecnologías modernas que sentaron las bases para la efervescencia cultural y urbana que llevó el país —y la Capital Federal en especial— a vivir su belle époque de los años 1910 y 20.

Tales procesos, a que también se suma el establecimiento del sistema público de enseñanza, de la creación de escuelas técnicas y de la institución del servicio militar obligatorio (con la profesionalización y burocratización de las fuerzas armadas en el país) fueron determinantes para la ciudadanización forzada de los indígenas y de los cada vez más numerosos inmigrantes, posibilitando la construcción efectiva de lo que hoy se conoce como el moderno Estado argentino.

Esos datos históricos extensamente difundidos a través de la historiografía oficial son la base de las notas divulgadas a favor del ex presidente en los medios de comunicación. Son operados allí para respaldar la imagen ya consolidada de Roca como constructor del Estado nacional y símbolo del estadista moderno en Argentina, así como para legitimar la permanencia de los monumentos en sus ubicaciones originales. Recuperamos algunos fragmentos de texto que explicitan esa visión:

Con Roca, se organizó el Estado nacional; se acabó la anarquía y comenzó un período de paz y administración, de paz y progreso, en el que el país se convirtió en una de las economías más pujantes del mundo. Un país en el que cambió el ciclo económico, donde pasaron a predominar los granos y la carne. ¿Gracias a qué? Gracias a la disposición de tierras fértiles y a la llegada de inmigrantes (Ceferino Reato, licenciado en Ciencias Políticas y periodista de La Nación: “El mejor presidente de la historia nacional”, publicado en La Nación el 17 de octubre de 2014).

Es el que perpetúa las tradiciones argentinas, permite el cumplimiento de los objetivos de la organización nacional y hace que la Argentina pueda ser hoy una nación independiente y próspera. De lo contrario no hubiera sido posible. (Juan José Cresto, historiador y ex director del Museo Histórica Nacional: “Después de los próceres de la independencia, Roca es la gran figura de nuestra historia”, entrevista concedida a Infobae en el 18 de octubre de 2014).

También cabe mencionar que durante sus dos presidencias la educación fue un área de gobierno prioritaria. Durante su primera presidencia se sancionó la Ley 1.420 de enseñanza laica, gratuita y obligatoria, y en su segunda período presidencial se puso especial énfasis en mejorar la educación en los entonces territorios nacionales, entre los que se encontraban las provincias patagónicas (Rosendo Fraga, abogado, miembro de la Academia Argentina de la Historia y columnista de La Nación: “Las campañas al desierto de Roca y Rosas”, publicado en La Nación el 26 de junio de 2014).

En su segunda presidencia, Roca crea el servicio militar obligatorio, para unir en la civilización a todos los jóvenes criollos, indios… y gringos, que empezaban a llegar. En este período se incorpora al Congreso el primer diputado socialista de América, don Alfredo Palacios. Roca sostuvo un concepto estratégico del territorio nacional: ocupar la Patagonia hasta la Tierra del Fuego, integrar el país mediante una red ferroviaria (que hoy está destartalada), resolver todo conflicto de límites y modernizar a la nación para insertarla en el mundo (Rolando Hanglin, periodista y columnista de La Nación: “Roca, el grande”, publicado en La Nación el 27 de mayo de 2014).

Empero si hasta aquí los autores citados retoman en gran medida los consensos historiográficos construidos alrededor de Roca a lo largo del siglo XX, en lo que se refiere a la actuación del general en la “Conquista del Desierto” las opiniones suelen dividirse.

De un lado, están los que sostienen que Roca debería interpretarse según los parámetros y valores propios a su tiempo, entre quienes podemos citar Juan José Sebreli, Luis Alberto Romero y, si se quiere, el propio Félix Luna, que a pesar de haberse mantenido alejado de la polémica hasta 2009, año de su fallecimiento, es indudablemente la referencia central de ese razonamiento. Para estos autores, hablar en genocidio es anacrónico. El tratamiento despectivo hacia los indígenas debería ser entendido no como una característica individual de Roca sino según los criterios de la época, es decir, como parte del pensamiento positivista hegemónico a fines del siglo XIX que asumía la existencia de razas superiores e inferiores. Eso explica, además, que el destino dado a los prisioneros indígenas obedeciera una lógica de guerra y ciudadanización que buscó solucionar la “cuestión indígena” transformando a los presuntos “bárbaros” en verdaderos “argentinos”, en un momento histórico en que el propio concepto de Nación supuso la homogeneidad cultural de todos los habitantes del territorio nacional:

Hay que considerar el contexto de aquella época en que se vivía una atmosfera darwinista que marcaba la supervivencia del más fuerte y la superioridad de la raza blanca (…) Con errores, con abusos, con costos hizo la Argentina que hoy disfrutamos: los parques, los edificios, el palacio de Obras Sanitarias, el de Tribunales, la Casa de Gobierno (Félix Luna apud. Petralito, 2010: 309).

Roca fue un militar profesional que guerreó para construir el Estado nacional. Peleó en la Guerra del Paraguay, combatió a los poderes provinciales que cuestionaban la autoridad nacional, derrotó a los imperios aborígenes del Sur y definió las fronteras argentinas, ocupando un territorio que por entonces también pretendían los chilenos. No hay nada de excepcional en esta historia, similar a la de cualquier otro Estado nacional construido con los métodos que por entonces eran considerados normales (Luis Alberto Romero, historiador: “Bajen a Roca, alcen a Néstor” publicado en La Nación, el 5 de octubre de 2011).

No obstante, cuando tomamos las opiniones de Romero y Sebreli sobre el tema se evidencia que la crítica se dirige más bien a la instrumentalización para fines políticos de la imagen de Roca (o, mejor dicho, de la “anti imagen” que se quiere consolidar). En otras palabras, esos autores no están interesados en defender las memorias roquistas en sí mismas, sino en discutir la apropiación que hizo el gobierno de Cristina Kirchner (2007-2015) de los argumentos en su contra para la promoción de intereses político-partidarios específicos:

Algo de todo eso se insinúa hoy, con la presidenta viuda. Calles, barrios, campeonatos y becas reciben el nombre de Néstor Kirchner. Son muchas las prácticas, interpelaciones, apelaciones y representaciones que esbozan la colocación de Kirchner en una esfera sobrenatural, más pagana que cristiana, desde donde motiva a sus seguidores y legitima e inspira a Cristina. Una operación similar a la que Augusto hizo con Julio César. El relato mítico del kirchnerismo está en pleno proceso de construcción, y por ahora suma motivos que no siempre encajan. Esta suerte de beatificación de Kirchner se une ahora con la execración de Roca . La cuestión pasa de lo sobrenatural al combate por la apropiación del pasado (Luis Alberto Romero, historiador: “Bajen a Roca, alcen a Néstor” publicado en La Nación, el 5 de octubre de 2011).

Discutiremos las formas en las que se ha dado la apropiación por parte del kirchnerismo de la disputa contramonumental en la segunda parte del presente capítulo, en donde abordaremos las acciones llevadas a cabo en los espacios públicos urbanos. Por ahora diferenciaremos ciertos matices que son parte de lo que hoy llamamos memorias roquistas.

Mientras que Félix Luna estuvo desde el principio alineado al pensamiento historiográfico oficial, Juan José Sebreli y Luis Alberto Romero entraron en la polémica solamente cuando el kirchnerismo también lo hizo, pues para esos autores la disputa en torno a esas memorias se debía al oportunismo político de un gobierno que se ha caracterizado, entre otros factores, por “adueñarse” de la bandera de los derechos humanos. Una versión de los hechos que ignora la influencia directa de los movimientos indígenas contemporáneos en la polémica, al mismo tiempo en que reproducen el sentido común que toma a esos pueblos como sujetos pasivos y fácilmente manipulados por el Estado —e incapaces, por ende, de sostener demandas políticas independientes—.

Pero si hasta aquí hemos tratado de intelectuales que interpretan la “Conquista del Desierto” y Roca según la versión extensamente difundida por la historia oficial, del otro lado están aquellos que buscan legitimarlos a través de una estrategia más radical de negación de los grupos indígenas conquistados, la cual se basa en una estructura de pensamiento similar a la del positivismo que sostuvo la guerra de 1879. Entre ellos se destacan, ya sea por la cantidad de notas publicadas o por las controversias que éstas han generado, el ex director del Museo Histórico Nacional, Juan José Cresto y los columnistas de La Nación Rosendo Fraga, Mariano Grondona y Rolando Hanglin. Sus opiniones se basan en tres argumentos principales:

a) Los malones, en cuanto figuras criminales y violentas, eran el principal factor de desestabilización de las débiles fronteras nacionales e impedían la expansión productiva agraria más allá de la pampa húmeda:

No se entiende que haya en nuestros días personas que afirman que, so pretexto de adjudicar al indio el rótulo de primer poblador se empeñen en defender a quienes significaban el retraso económico, la entronización de la barbarie, de la fuerza bruta y del delito (…) El general Julio Argentino Roca fue el más importante factor de radicación de nuevos pobladores; a su amparo nacieron y crecieron aldeas que hoy son prósperas ciudades, dispersas en nuestra vasta geografía, que brinda trabajo honrado a cientos de miles de chacareros y sus frutos se extienden sobre las mesas de pobres y ricos de todo el mundo (…) Hacia 1880 una nación extensa y vacía pensó ocupar sus espacios y respetar a sus ciudadanos indios. Eran los hombres que hicieron la grandeza del país. Volvamos a las fuentes (Juan José Cresto apud. Petralito, 2010: 307).

*

En la Argentina de 1877 había un consenso prácticamente unánime por librar a los colonos del flagelo del malón, y Roca lo instrumentó no sólo con solvencia militar, sino también con mesura política, reduciendo su acción militar a batir en combate a los pocos miles de lanzas que, pese a sus ofertas de paz, lo desafiaban (Mariano Grondona, columnista de La Nación: “La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento” publicado en La Nación el 2 de octubre de 2011).

b) El pueblo mapuche, principal nación indígena afectada por la conquista territorial de 1879, era un pueblo invasor venido de Chile y, por tanto, ilegítimo habitante del territorio argentino:

La etnografía da cuenta de diversas tribus originarias de la Patagonia argentina. Ninguna de ellas bajo el nombre de “mapuche”. Los mapuches a los que derrotó Roca no eran “pueblos originarios” de la Patagonia, sino “invasores”: eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches. Recordemos, además, que Roca negoció la paz con la mayoría de las tribus, lejos de exterminarlas y que, fruto de su astucia, logró posteriormente de manera incruenta el reconocimiento chileno de nuestra soberanía en el Sur (La Nación: “Militancia e ignorancia”, editorial publicado el 5 de enero de 2014).

*

Pero atención: en esa historia, que tiene muchos capítulos y muchos matices, no hay buenos y malos. No hay ángeles. No hay víctimas. No hay “mapuches”. No hay “genocidio”. No hay habitantes originarios, o mejor dicho sí los hay: originarios de Chile. Nuestros indios amigos, nuestros paisanos que sobrevivieron como pudieron, hoy están esperando una reparación histórica, cultural, territorial, económica, en sus pagos de origen dentro de la República Argentina, como ser Toay, Los Toldos, Ñorquinco. A los araucanos chilenos que, a lanza y bola, derramaron su sangre en nuestro país, les toca (a través de sus descendientes) lo mismo que a cualquier argentino. Una oportunidad para estudiar y trabajar, el respeto de todos mientras se acate la Constitución (Rolando Hanglin: “Historia mapuche” publicado en La Nación el 10 de junio de 2014).

*

los mapuches a los que derrotó Roca no eran “pueblos originarios” de la Patagonia sino pueblos “invasores”, ya que eran araucanos que provenían de Chile y que habían aniquilado a los verdaderos pueblos originarios, los tehuelches, antes de que llegara Roca (Mariano Grondona: “La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento” publicado en La Nación el 2 de octubre de 2011).

Finalmente, vinculado al argumento anterior:

c) No existían pueblos originarios en la Patagonia argentina a la época de la “Conquista del Desierto”:

¿Estaba Roca ocupando tierras de indios? La respuesta es categóricamente negativa. Esas tierras desiertas comenzaban a ser ocupadas con las expediciones pobladoras de la España colonizadora del siglo XVI. Los indios iniciaron su ocupación 180 años después. Todo el país, toda la población de la Nación, quería terminar con este oprobio, desde el Congreso y los gobiernos provinciales hasta los periódicos, sin excepción (Juan José Cresto apud. Petralito, 2010: 307).

En los discursos presentados arriba se evidencia la continuidad del binomio civilización/ barbarie como justificación teórica, moral y política para la “Conquista del Desierto” y, por tanto, como uno de los principales elementos legitimadores de esa memoria en la actualidad. En consonancia con el pensamiento positivista que enmarcó el liberalismo decimonónico, esos defensores de la memoria roquista siguen, así, presentando un discurso de la alteridad basado en una “otredad” inferior que se utiliza de una formula bastante generalista sobre qué son los indígenas.

Eso se evidencia en la identificación casi directa que hacen entre malón, mapuche e indígena derrotado, bien como en su insistencia en referirse aún hoy al territorio incorporado militarmente como “desierto”[11]; como consecuencia, se niegan las víctimas indígenas (pues ¿cómo hablar en muertos y prisioneros en un desierto despoblado?) a la vez que se borran los matices étnicos, lingüísticos y el propio mestizaje que caracterizó el complejo territorio patagónico, reproduciéndose en esa esquematización la misma invisibilización por homogeneización que ha marcado la relación con los pueblos indígenas durante la construcción del Estado Moderno.

Esa operación discursiva que doblemente invisibiliza y niega el elemento indígena mediante el uso de las palabras “extranjero”, “indio” y “malón”[12] cumple además, en nuestra opinión, una estrategia política sutil en la disputa: al descalificar y negar a esas otredades el status constitutivo de la “argentinidad”, esos autores terminan asimismo por deslegitimar simbólicamente el derecho, asignado solamente a los ciudadanos argentinos, de exigir legalmente la remoción de los monumentos.

No pretendemos discutir la vigencia de las hipótesis que defienden hoy que esos grupos no eran “originarios” de la Argentina[13], sino destacar que, al insistir en ello, la defensa de la memoria positiva de Roca sigue asentándose en una concepción homogénea del Estado nacional para la cual la presencia de grupos indígenas políticamente actuantes y con propuestas propias de autodeterminación representan una amenaza a los valores que sostienen la “unidad nacional”.

Los argumentos “pro Roca” se caracterizan, así, sobre todo por la defensa de una noción de Estado nacional y de progreso que han sido progresivamente idealizados como sinónimo de “paz” y “administración” eficiente —lema, en efecto, de la primera presidencia de Roca—.

Las memorias contraroquistas

Gestadas en la trama compleja de cambios que analizamos en el capítulo anterior, las memorias contraroquistas se vinculan actualmente con grupos bastante heterogéneos. Entre sus voces más activas figuran académicos y periodistas, a los cuales se han sumado paulatinamente estudiantes, militantes políticos de izquierda y del kirchnerismo (en el gobierno hasta 2015)[14], artistas, activistas de derechos humanos, agrupaciones anarquistas y, especialmente en Bariloche, militantes jóvenes mapuche.

Empero, sin duda el principal nombre detrás de esa producción contramemorialista es el escritor “anarquista y pacifista a ultranza”, como le gusta autodenominarse, Osvaldo Bayer. Utilizando distintas plataformas de comunicación —charlas públicas, video-documentales y, principalmente, la prensa escrita— él tiene el mérito de haber conjuntado una serie de estudios críticos sobre el período roquista, antes difusos, y estructurarlos en una crítica directa y frontal a la memoria dominante sobre ese personaje.

Egresado de la carrera de Historia de la Universidad de Hamburgo, Alemania, Bayer es un importante investigador del movimiento anarquista en Argentina y un periodista combativo, cuya relación con los temas sociales de la Patagonia deviene, en parte, de su trayectoria profesional realizada en periódicos de la región —Esquel y La Chispa (fundada por él en 1958)— y, en parte, por su propia militancia política.

En efecto, comenzó a ocuparse de las campañas militares decimonónicas y de las condiciones precarias de vida experimentadas por la población indígena en 1958, cuando apoyó abiertamente la lucha de las comunidades de Cerro Cuche y Nahuel Pan en contra de hacendados locales (episodio que llevó a su despido del diario Esquel y a la fundación de La Chispa, en donde pasó entonces a publicar notas en defensa de las comunidades mapuche patagónicas). Una temática que volvió a tocar años más tarde, en 1963, cuando fue invitado a dar una charla en la localidad bonaerense de Rauch y, sin saber qué otro tema abordar, optó por cuestionar la toponimia local, recordando a los presentes que el coronel prusiano Federico Rauch había sido contratado por Bernardino Rivadavia, entonces presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata (1826-1827), para expulsar de manera violenta a los indígenas ranqueles de aquél territorio.

Sin embargo, el momento político no era favorable para ese tipo de discusión. Ocupaba el cargo de ministro del Interior el bisnieto del coronel, el gral. Juan Enrique Rauch. Valiéndose del estado de sitio declarado por la dictadura cívico-militar de José María Guido (1962-1963), las fuerzas policiales pudieron detener a Bayer en una razzia al Sindicato de Prensa, en donde él ejercía la función de secretario general. De allí en adelante, la escalada de la represión estatal y de la violencia parapolicial de extrema derecha le dejarían un saldo de nuevos encarcelamientos, dos obras censuradas y amenazas de muerte por la Triple A[15], llevando a que decidiera, en 1975, exiliarse en Berlín, en donde permaneció hasta el fin de la última dictadura militar.

De regreso al país en 1983, pudo estrechar lazos con los organismos de derechos humanos nacidos en los años de plomo, sobre todo las Madres de Plaza de Mayo[16], y volver a la labor como periodista, en la cual se mantiene hasta hoy. Es aquí que la trayectoria de Bayer se cruzó definitivamente con la del diario que se tornaría a partir de 1997 el principal interlocutor de La Nación del lado de las memorias contraroquistas: el Página/12.

Este periódico fundado en 1987 por intelectuales de la izquierda nacional (algunos de los cuales también recién regresaban del exilio)[17] acogió a Bayer en un momento en que, tal vez debido al espíritu conciliador que caracterizó la política nacional entre los años finales del alfonsinismo y la década menemista, había poco espacio en los grandes medios para personas de convicciones tan inquebrantables como las de ese anarquista. Desde allí, Bayer viene dividiéndose en las últimas décadas entre escritos sobre el anarquismo histórico en Argentina, los derechos humanos, la vida de personajes poco conocidos de la historia nacional y la deconstrucción de otros ya bastante consolidados —entre los cuales está Roca—. Por tanto, podemos situar su “cruzada” actual en contra de las memorias roquistas en el eje central de una propuesta más amplia de reevaluación ética de la historia nacional que, en su visión, es esencial a la conducción de una sociedad más justa.

En ese marco, Bayer sostiene que la “Conquista del Desierto” exterminó a las poblaciones indígenas que habitaban la zona patagónica liberando con ello más de 40 millones de hectáreas de tierra que fueron repartidas por el Estado entre pocos terratenientes, un proceso que inauguró el moderno latifundio pecuario y, por ende, la especulación de tierras agrarias en la región sur:

la citada “campaña del desierto” significó para los grandes estancieros bonaerenses una ganancia absoluta en tierras. Por ejemplo, el entonces estanciero Martínez de Hoz recibió nada menos que 2 millones de hectáreas. 2 millones. Y el propio general Roca obtuvo como regalo por su hazaña la estancia “La larga”, mientras que al perito Moreno —fundador de la organización de extrema derecha “Liga Patriótica Argentina”—, por su parte, le tocó en suerte recibir varias leguas cuadradas en la región más hermosa del país (Osvaldo Bayer: “El primer triunfo”, publicado en Página/12 el 21 de mayo de 2005).

Viñas ya había expuesto el problema del reparto de tierras en Indios, ejército y frontera al cruzar el denominado “proyecto civilizador” positivista con datos más precisos sobre la especulación agraria post campañas militares:

En 1840, en la céntrica provincia de Buenos Aires, 825 haciendas controlaban 13 millones de hectáreas y hacia 1880 quizá las mejores tierras de toda Argentina eran de propiedad privada. Hay una forma más gráfica para ejemplificar los efectos locales de la demanda externa de curtidos, ganados y lana argentina. En 1836, una legua cuadrada de tierra en la provincia de Buenos Aires valía alrededor de 5.000 pesos, mientras que 43 años más tarde había subido a 200.000 pesos y no se habían realizado mejoras en el ínterin (J. Stanley y B. H. Stein apud. Viñas, 2013: 99).

Empero, si en la década del 1980, cuando se publicó la obra, los conflictos agrarios que involucraban a la población indígena nacional se mostraban poco relevantes a los grandes medios, su profundización en los 1990 (llegando al límite durante la recesión económica de los años 2000) impulsó de parte de los intelectuales y militantes de izquierda nuevas críticas a la estructura latifundista y, por consiguiente, nuevas miradas retrospectivas como la insinuada por Viñas, siendo por ello comprensible su incorporación de forma enfática en los relatos contraroquistas.

Una operación similar se observa también en la primera denuncia hecha por Bayer en la cita que seleccionamos, a saber, el exterminio intencional de personas en la “Conquista”. Ese elemento es lo más aceptado por los actores involucrados en la construcción de las memorias contraroquistas y ciertamente constituye el núcleo de toda la polémica, debiendo su relevancia actual ser entendida en correlación con:

a) La valoración de los derechos humanos después de 1983 —inclusive mediante su transformación en política de gobierno durante el decenio comandado por los Kirchner (2003-2015)—;

b) La nueva escalada de violencia policial y parapolicial en contra de las comunidades indígenas organizadas políticamente en el norte y en el sur del territorio nacional.

En ese marco, las memorias contraroquistas asimilaron nuevos estudios en desarrollo en el campo de la antropología que indagan el concepto de genocidio, su posible aplicación a los procesos de ciudadanización forzada de los indígenas en el siglo XIX y sus consecuencias en el presente. Los integrantes de la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina, radicada desde 2005 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (FFyL)[18], por ejemplo, sostienen que si en la guerra de conquista se ha terminado la vida de cerca de 1300 guerreros, mejor suerte no han tenido los sobrevivientes. Ellos, en su mayoría mujeres y niños, fueron divididos y repartidos entre las familias de la élite porteña para luego ser utilizados como trabajadores domésticos. Otros tantos fueron hechos prisioneros en la Isla Martín García para ser después transferidos a los ingenios azucareros del norte del país, donde fueron obligados a trabajar en condiciones precarias muy similares a la esclavitud[19].

Para estos investigadores, no fue la cantidad de víctimas fatales lo que caracterizó la “Conquista del Desierto” como un genocidio sino la intencionalidad de eliminar a los indígenas en cuanto pueblos, ciudadanizándolos a fuerza, rompiendo sus redes familiares e impidiendo la reproducción de los elementos que componían sus culturas[20]; argumentos que, según Bayer, son de por sí suficientes para que se quite a Roca del pedestal que lo ha consagrado como prócer por tantas décadas:

Recuerdo cuando hace años comenzamos los jueves al anochecer, junto al monumento al general Julio Argentino Roca, demostrando que, documento tras documento, los argentinos honrábamos a un genocida, a un racista y a quien había restablecido la esclavitud en la Argentina, en 1879, esclavitud a la cual nuestra increíblemente progresista Asamblea del Año XIII había eliminado adelantándose en décadas a Estados Unidos y a Brasil (Osvaldo Bayer: “Desmonumentar”, publicado en Página/12 el 16 de mayo de 2010).

*

En el primer congreso de “Desmonumentando a Roca” que comenzaremos el sábado próximo en Junín sentaremos las bases para una propuesta de profundo sentido ético, terminar con el endiosamiento del genocidio y propender a que se quiten los monumentos a la persona de Roca, se reemplace su nombre a todas las calles que lo ostentan en nuestras ciudades (Osvaldo Bayer: “Desmonumentar”, publicado en Página/12 el 16 de mayo de 2010).

Según esa interpretación de los hechos, Roca representa así la ya no más tolerada violencia racista detrás de los ideales de progreso y civilización que animaban la oligarquía nacional decimonónica:

no sólo los exterminó (como dice el mismo Roca en su informe final ante el Congreso de la llamada “campaña del desierto”), sino que los humilló constantemente calificándolos de “los bárbaros, los salvajes”, denominando a sus mujeres “chinas” y calificando al conjunto de sus mujeres e hijos de la “chusma”, como tantos racistas de esa época. Y más todavía, fue el militar que restableció la esclavitud al enviar a los indios prisioneros a trabajar a las fortificaciones de la isla Martín García o a morir de puro trabajo forzado a los cañaverales tucumanos, de los cuales era dueño Posse, su pariente (Osvaldo Bayer: “El primer triunfo”, publicado en Página/12 el 21 de mayo de 2005).

Una postura racista y violenta que, contrariando los argumentos “pro Roca”, no se puede justificar por el contexto de época:

Respecto del racismo de Roca están todos sus discursos en los que siempre emplea los mismos términos calificándolos de “los salvajes, los bárbaros”, mientras San Martín varias décadas antes siempre hablaba de “nuestros paisanos los indios”. Una diferencia abismal (Osvaldo Bayer: “Desmonumentar”, publicado en Página/12 el 16 de mayo de 2010).

Aunque Bayer pueda ser criticado por operar discursivamente evocando a un héroe bastante más consensuado por la derecha y por la izquierda, aislándolo igualmente de su época y confiriéndole un carácter casi idílico (cuando sabidamente el posicionamiento de San Martín frente a los indígenas fue más bien parte de una estrategia política y militar que buscó sumar aliados a la causa independentista), para el historiador Gabriel Di Meglio y el antropólogo Carlos Martínez Sarasola,

si bien la campaña de 1879 reunió mucho consenso también hubo voces que condenaron sus atrocidades, al igual que ocurrió antes con las matanzas de la Guerra del Paraguay; no es que era “natural” ejercer tal grado de violencia (…). Y la competencia geopolítica con Chile no obligaba a lo que se hizo: confinamiento de indígenas en centros de detención en condiciones terribles y donde casi no los alimentaban; violaciones de mujeres por los soldados; separación de los niños de sus familias, cristianización forzada y cambio de sus nombres por otros en español. Muchos fueron repartidos por distintos lugares del país como mano de obra forzada, casi esclava. Estas medidas causaron muchas más muertes que las campañas militares y muestran una clara voluntad de terminar con las comunidades indígenas. El general Roca fue responsable (Gabriel Di Meglio, historiador: “Roca y la nostalgia aristocrática, publicado en Télam el 20 de octubre de 2014).

*

El historiador Félix Luna, por ejemplo, hablaba del espíritu de la época. Una vez, me acuerdo que tuvimos un diálogo por televisión y él me dice: “Pero bueno, Sarasola, lo que pasa es que era el espíritu de la época”. Yo le dije que no, del “espíritu de la época” no todo el mundo participaba. En el momento que se produce la conquista del “desierto” había gente que no estaba de acuerdo. Incluso, si vos lees el diario La Nación de aquellos años, denunciaba los desastres que estaban haciendo con los indígenas prisioneros. Es evidente que lamentablemente triunfó un proyecto de nación encabezado por Roca en la década de 1880. Hoy podemos empezar a escribir una historia diferente, creo que es posible reconstruir cosas que se han perdido (Carlos Martínez Sarasola, antropólogo: “Los argentinos somos de una gran diversidad cultural, pero tenemos inconvenientes en reconocerlo”, entrevista concedida al colectivo Derrocando a Roca el 19 de agosto de 2014).

En contraste con los argumentos que justifican a Roca y la “Conquista del Desierto” por el “espíritu de época” decimonónico, las memorias contraroquistas muestran, así, que la violencia hacia los indígenas no fue aceptada por todos, ni siquiera en el siglo XIX. Y, aunque lo fuesen, Osvaldo Bayer plantea que en el presente, tomándose por base los valores éticos actuales, no se justifica mantener tal memoria, humillante de los pueblos indígenas, en los espacios públicos. Si bien Bayer no recurre en sus escritos explícitamente a la asociación entre la violación de los derechos humanos en la última dictadura militar y en la “Conquista”, lo que sí se entrevé es que opera discursivamente para legitimar, ante la sociedad en general, los reclamos históricos de una parte de la población aún marginada:

D.A.: Se avanzó mucho en la denuncia de los derechos humanos violados en la última dictadura. Pero no en los derechos indígenas…

O.B.: No se avanzó en nada. No se les da valor a los pueblos originarios, no se les reconoce nada.

D.A.: ¿Por qué?

O.B.: Los argentinos están acostumbrados a no reconocerles nada a los pueblos indígenas. Desde el origen de la Argentina, se los echó de todos lados, nunca se les reconoció nada. Roca pareciera un héroe para muchos argentinos, siguen creyendo que la Campaña del Desierto fue un progreso.

D.A.: ¿Qué responsabilidad tiene la sociedad?

O.B.: Todos miran para otro lado. Formosa es el ejemplo. El Gobernador les quita la tierra, les hace juicios y nadie dice nada. La Corte Suprema se calla la boca, el Gobierno, la Iglesia lo mismo. Y las organizaciones de derechos humanos no intervienen porque son indígenas.

(“Los Roca de hoy son las grandes estancias y las empresas transnacionales”, entrevista cedida por Osvaldo Bayer al periodista Darío Aranda para la revista ComAmbiental el 18 de febrero de 2015).

No por coincidencia muchos de los que colaboran con él en el sostenimiento de esos nuevos relatos están vinculados de alguna manera a la bandera de los derechos humanos. Es el caso del psicólogo dedicado a la investigación antropológica Marcelo Valko, quien por muchos años dio clases en la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo y hoy es el “brazo derecho” de Bayer en la producción de memorias contraroquistas, inclusive con dos libros dedicados al tema: Pedagogía de la desmemoria (2010) y Desmonumentar a Roca (2013). También del autor del polémico proyecto escultórico que pretende remplazar el gral. Roca de Capital Federal[21], el artista plástico Andrés Zerneri, que durante la juventud vivida en la ciudad de Neuquén acompañó la actuación del obispo Jaime de Nevares, militó en la agrupación local de H.I.J.O.S[22] y, desde esa época, viene apoyando los reclamos sociales y políticos sostenidos por las comunidades mapuche patagónicas.

La correlación discursiva con los derechos humanos —y su violación desde el Estado— se puede observar también en la crítica contraroquista a la Ley de Residencia (Ley No. 4144/ 1902) según la cual podrían ser expulsos del país sin juicio previo a los inmigrantes involucrados en actividades sindicales o protestas políticas:

Ese monumento es aún más injusto porque el general Roca, siendo presidente, aprobó la ley más cruel de la legislación argentina, la 4144, la llamada “Ley de Residencia”, por la cual se expulsaba a todo extranjero que perturbara el orden público. Que se aplicó principalmente a obreros que promovieron el avance de la justicia social, luchando por las 8 horas de trabajo. Pero la maldad de esta ley era que se expulsaba sólo al hombre y se dejaba aquí a su mujer y a sus hijos. Eso se hacía para que las esposas les aconsejaran a sus maridos no comprometerse en las luchas obreras porque corrían el peligro de ser expulsados y ellas quedaban aquí solas, con sus hijos, ¿y cómo podrían alimentarlos? También Roca fue el primer presidente que reprimió con extrema violencia un acto obrero del 1º de marzo, en memoria de los mártires de Chicago. Fue el 1º de mayo de 1904 y allí fue muerto el marinero Juan Ocampo, de 18 años de edad. El primer mártir del movimiento obrero argentino (Osvaldo Bayer: “Desmonumentar”, publicado en Página/12 el 16 de mayo de 2010).

Por último, cerrando el núcleo de los argumentos sostenidos por Osvaldo Bayer, está la cuestión de la excesiva centralización política de las presidencias de Roca, la violenta represión a las huelgas obreras, los escándalos de corrupción y el nepotismo, cuya principal herencia fue, justamente, las grandes extensiones de propiedad rural en las manos de pocos estancieros:

Sí, tal cual. Por ejemplo, las colonias santafesinas de los inmigrantes les fueron compradas a Ataliva Roca. Es decir, Julio Argentino le daba las tierras fiscales a su hermano Ataliva y éste las vendía por supuesto con la ganancia esperada. Todo fue un gran negociado. El mismo Sarmiento lo repitió varias veces (textual): “Quieren que el Estado, quieren que nosotros que no tenemos una vaca, contribuyamos a duplicarles o triplicarles su fortuna a los Anchorena, a los Unzué, a los Pereyra Iraola, a los Luro y a todos los millonarios que pasan su vida mirando cómo paren las vacas”. Los apellidos de siempre (Osvaldo Bayer: “Debatir la historia, en asamblea”, publicado en Página/12 el 21 de noviembre de 2009).

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¿qué se hizo con las tierras? En Estados Unidos por ejemplo, no hubo latifundios, ningún colono inglés se queda con 400.000 hectáreas como los Peralta Ramos, o el 1.200.000 de los Unzué o los Martínez de Hoz. Esas tierras se denominaron “ociosas”, y los terratenientes las van a vender quintuplicadas en su valor. Ellos siempre fueron especulativos, no invierten nada, el incremento de la producción ganadera, se decía que quedaba librada a la “pasión del toro” (Marcelo Valko: “El paradigma de Roca como prócer se está resquebrajando”, entrevista concedida al colectivo Derrocando a Roca el 16 de marzo de 2012).

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Distintas investigaciones, como las de los historiadores Roy Hora e Israel Lotersztain, mostraron que los gobiernos de la década de 1880, el de Roca y después el de su concuñado Miguel Juárez Celman (que pasó de aliado a rival de su predecesor) fueron extremadamente corruptos, en particular por el auxilio de los bancos oficiales a los amigos de los dirigentes. Además, en agradecimiento por sus acciones, los partidarios del general en la legislatura bonaerense le donaron una gran extensión de tierra pública, la estancia La Larga, en un acto que sin dudas muchos de los recientes defensores de Roca –quien aceptó el regalo– censurarían en otros contextos (Gabriel Di Meglio: “Roca y la nostalgia aristocrática, publicado en Télam el 20 de octubre de 2014).

Por lo tanto, son tres operaciones discursivas que se mezclan en la producción de esos relatos. En primer lugar, la percepción vinculada a los derechos humanos de que la guerra contra los indígenas patagónicos ha sido el primer genocidio practicado por el Estado argentino en contra de sus propios ciudadanos. Luego, está la percepción vinculada a la experiencia indígena de que la marginación, la invisibilización social y los conflictos agrarios vividos por esos pueblos actualmente son consecuencia del proyecto de país estructurado por Roca, de modo que la revisión de esa figura se torna parte de un proceso de reparación histórica. Por último, la noción de que las presidencias roquistas no dejaron de legado sólo la enseñanza laica, la migración y la integración del territorio nacional, sino también el racismo, la lógica del enemigo interno y el favorecimiento político de la oligarquía terrateniente (ésta última no necesariamente por medios legales).

En este sentido, observamos que las memorias negativas de Roca aquí presentadas pueden muchas veces recaer en un personalismo excesivo, que tiende a conferirle un carácter superficial, extremadamente racista y corrupto. Por consiguiente, terminan por despegarlo del proceso histórico y político, transformándolo casi en una excepcionalidad histórica y tomándolo como el virtual origen de una serie de vicios políticos que extrapolan en mucho su actuación real.

Sin embargo, entendemos que esa operación atiende a una estrategia de acción y militancia que no puede ser ignorada:

hablamos de Roca como una especie de logotipo. Derrocar a Roca es derrocar el símbolo de lo que no queremos seguir sosteniendo ¿Cómo vamos a desear un mejor mundo posible si seguimos sosteniendo estos monumentos? Los monumentos parecieran ser una cosa obsoleta, pero hace cien años era un gran método de comunicación y una forma pedagógica medio nefasta, propuesta casi siempre por el Estado (Andrés Zerneri, escultor responsable por el proyecto en desarrollo del Monumento a la Mujer Originaria: “Es fácil ser de derecha, son pensamientos cortitos del estilo ‘Roca trajo el progreso'”, entrevista concedida al colectivo Derrocando a Roca el 30 de septiembre de 2014).

Se enfrenta, así, la memoria dominante utilizando sus propias estrategias: ante la sobrevaloración por determinada élite de un relato que sostiene a Roca como el gran nombre de la construcción del Estado nacional, la estrategia utilizada para desnaturalizarlo se basa sobre todo en destacar aquello que él ha tenido de cruel o antiético, así como recordar a la sociedad en general que su legado a la población indígena fue -y sigue siendo- la negación identitaria, la pobreza, la violencia y el racismo.

Llama la atención en ese sentido que en las memorias contraroquistas producidas y difundidas a través de la prensa masiva no se destaquen autores indígenas. Eso puede sonar más curioso aún si observamos que existen periódicos potentes en manos de los mapuche, como el Azkintuwe, de circulación regional en Chile y el sur de Argentina; empero, son raras las notas allí publicadas dedicadas a atacar directamente la figura de Roca. En relación a lo que hemos visto en las notas publicadas por Bayer en Página/12, pensamos que, al público lector de Azkintuwe, la deconstrucción histórica de Roca no le parece algo necesario. Es decir, los mapuche no necesitan informar a sus comunidades sobre las consecuencias negativas de la “Conquista del Desierto”: es principalmente en y para la sociedad no indígena que esa deconstrucción se está realizando.

Vinculado a lo anterior, nos interesa recuperar un último caso que, con algunas reservas, podemos insertar en el cuadro general de producción de memorias contraroquistas. Se trata del trabajo desarrollado en Bariloche por el periodista y licenciado en Ciencias Políticas, Adrián Moyano, quien pública en periódicos de tirada local como el mencionado Azkintuwe y también el diario El Cordillerano. Comprometido con la causa mapuche, Moyano viene publicando con cierta sistematicidad en esos medios notas sobre las sociedades mapuche, tehuelche y ranquel anteriores a la conquista territorial de 1879, así como sobre los diversos liderazgos indígenas derrotados, como Sayhueque, Pincén, Foyel e Inakayal. Con ello, recupera acontecimientos poco conocidos de la “Conquista del Desierto” y dota a estos personajes de una complejidad histórica y social que extrapola el esquema bipolar que suele dividir los indígenas derrotados entre malones crueles o víctimas pasivas.

A diferencia de las memorias contraroquistas divulgadas por Bayer, Valko y otros escritores ubicados en la Capital, en Moyano notamos una búsqueda por la valorización (y, en cierto sentido, por la construcción histórica) de los indígenas que estaban presentes en la “Conquista del Desierto”, más que por la deconstrucción de los relatos ya consolidados sobre Roca.

Ese posicionamiento se dirige más claramente a los lectores e interlocutores indígenas de la región patagónica que, como veremos con más detalle en el próximo apartado, están interesados en afirmar su identidad y, por tanto, presentarse ante la sociedad en general como un pueblo que, habiendo sido derrotado y sometido por el Estado argentino en el siglo XIX, sigue vivo, actuante y luchando por hacerse oír.

Aunque esos relatos participen de forma marginal en la producción memorialista sobre el gral. Roca y la “Conquista del Desierto”, juzgamos necesario citarlos aquí por dos razones en especial. En primer lugar, en ellos se entrevé una interesante crítica política que busca fortalecer la noción del indígena como sujeto de cambios sociales -contrastando con la producción mayoritaria de memorias contraroquistas descrita, en la cual esos pueblos figuran sobre todo como las víctimas olvidadas de un proceso histórico cruel. En segundo lugar, justamente porque esa aproximación complejiza a los sujetos indígenas, ayuda a aclarar importantes diferencias que enmarcan las disputas entabladas en los espacios públicos urbanos de Buenos Aires y Bariloche, tema del próximo apartado.

Parte 2: Acciones e intervenciones urbanas

A diferencia de la polémica entablada en los medios de comunicación, que es alimentada por unos pocos intelectuales y periodistas, las acciones llevadas a cabo directamente en los espacios públicos urbanos, legislaturas y consejos deliberantes involucran un número mayor y más diversificado de participantes. Allí, las estrategias de acción son más variadas, destacándose:

a) Las acciones colectivas anónimas, caracterizadas en su mayoría por pintadas, afiches, escraches e intentos de destrucción de los monumentos cuya autoría no suele ser reclamada públicamente por sus actores; suelen ser acciones nocturnas y caracterizadas como “vandalismo” por el orden. Muchas de ellas son realizadas por colectivos de estudiantes, anarquistas o simpatizantes de la causa indígena;

b) Las acciones performáticas vinculadas a colectivos artísticos, en las cuales se puede intervenir directamente o no en el monumento, pero dentro del marco legal;

c) Las charlas, debates y recitales organizados con el objetivo de llamar la atención de la opinión pública sobre los monumentos, utilizándolos como atractivo para la propagación de sus ideas y opiniones sobre Roca;

d) Las acciones de carácter normativo, como la recolección de firmas o la elaboración de proyectos de ley.

En Buenos Aires, gracias a la actuación nuclear de Osvaldo Bayer, no raras veces esas modalidades se vinculan a un conjunto único de actores. Algo distinto pasa en Bariloche, en donde no hay un liderazgo fuerte que centralice las acciones, predominando, por el contrario, el anonimato, las iniciativas consideradas vandálicas y los actos simbólicos de carácter efímero, siendo asimismo muy pocos los pedidos formales de remoción del monumento.

En nuestra perspectiva analítica, esa diferencia entre una actuación más estratégica y organizada, en el caso de Buenos Aires, y otra más anónima, espontánea y heterogénea, en Bariloche, se explica por las diferencias urbanas, demográficas e históricas que caracterizan a ambas ciudades, así como, en menor grado, por la morfología espacial específica de las plazas en donde se asientan cada uno de los monumentos. Una vez que recuperar a profundidad la historia de esas dos formaciones urbanas extrapolaría en mucho los objetivos de nuestro análisis, optamos por dividir esta sección en dos apartados, uno referente a cada ciudad, en los cuales nos ocuparemos en primer lugar de narrar las acciones llevadas a cabo entre 1997 y 2012, ya sean ellas comandadas por individuos o colectivos “pro Roca” o “contra Roca”; en segundo, especificar y describir, en la medida en que van surgiendo y organizando con el paso de los años, a los actores individuales o colectivos involucrados en esas acciones; y finalmente, problematizar esas acciones en sus alcances y límites, teniendo como telón de fondo justamente las condicionantes espaciales, demográficas, culturales y políticas que las justifican y explican en sus especificidades.

El monumento de Buenos Aires

Las iniciativas favorables a la remoción del monumento localizado en el centro de la ciudad de Buenos Aires se vinculan estrechamente a la militancia de Osvaldo Bayer, quien es considerado por muchos “el padre de la criatura” (Valko, 2013: 23). En efecto, ya sea como ideólogo, impulsor o actor directo, su figura es indisociable del proceso que él mismo acuñó de “desmonumentación” de Julio A. Roca.

Aunque profesionalmente Bayer haya centrado su atención mayormente en la temática de la opresión estatal y las formas populares de resistencia a ese poder, mientras trabajó en Esquel entró en contacto con la temática indígena y las formas específicas de opresión vividas por esa población. Hacia 1997, animado en exponer temas relacionados con la renovación ética de la historia nacional, centró su atención en la formación del Estado nacional, en los procesos violentos de allí derivados y, en especial, en la figura de Roca:

¿Qué nos pasó a los argentinos? ¿Por qué todo esto? Comencé a leer los valiosos documentos de Mayo y, por otro lado, a meditar sobre todo ese odio, el personalismo, Rauch, la Campaña al Desierto de Rosas, sobre la que nunca hablaron los historiadores rosistas, ese crimen horrendo. Y luego Roca… (Bayer citado por Valko, 2013: 26)

Fue a partir de ese estímulo inicial que Bayer empezó a dar clases públicas de historia los primeros jueves de cada mes, a las 17:30 horas, frente al monumento. La elección del horario se hizo entonces en franca correlación con la Ronda de los Jueves de las Madres de la Plaza de Mayo, con quienes colaboraba: una forma simbólica de referirse a la lucha común por los derechos humanos y, a la vez, valerse de la mayor visibilidad que las rondas proporcionaban aquél día en las cuadras próximas a la estatua.

En un ensayo sobre el tema, la antropóloga Diana Lenton (2012) cuenta que cuando le preguntó a Bayer sobre la “eficacia” de esas prédicas él sostuvo que era necesario llamar la atención, aún de sólo 4 o 5 transeúntes por semana, de modo que al cabo de 1 año tendría a varios cientos de ciudadanos informados y abiertos a nuevas perspectivas del problema. En efecto, si en la primera reunión el mismo Bayer recuerda que no pasaban de 3 personas, en las demás convocatorias ya hubo un mayor número de interesados y “al año siguiente hicimos un acto público allí, con centenares de personas, y logramos bloquear el tránsito de todas las calles que llevaban al monumento” (Lenton, 2012: 8).

Pero su “trabajo hormiga” tuvo que esperar un momento más oportuno para que el cuestionamiento del relato oficial sobre Roca tomase el rumbo deseado, lo cual vino con la crisis del 2001, y más específicamente, con la normalización política del país tras la elección de Néstor Kirchner para la presidencia, en 2003. Dos elementos potenciaron entonces las manifestaciones de resistencia simbólica como las propuestas por Bayer: de un lado, la institucionalización de políticas de la memoria por parte del gobierno nacional que impulsó los procesos de revisión ampliada del pasado que venían desarrollándose con ciertos altibajos políticos desde 1983; del otro, el cuestionamiento del consenso neoliberal mediante múltiples estrategias de resistencia popular —como han sido los movimientos piqueteros, las asambleas barriales, las fábricas recuperadas y el activismo artístico callejero— fortaleció las prácticas populares de enunciación y acción directa en los espacios públicos urbanos. Como resultado, en el periodo que se extiende de 2001 a 2004, Bayer pudo sacar provecho de la efervescencia social y articularse con distintos frentes de militancia que pasaron a manifestar públicamente su apoyo a la causa contraroquista.

La progresiva notoriedad de las clases públicas llevó a convocatorias más amplias en las cuales participaron también líderes indígenas e investigadores de campos diversos: los historiadores David Viñas, Felipe Pigna y Miguel Mazzeo; los psicólogos sociales y docentes de la Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo, Marcelo Valko y Gregorio Kazi; el periodista de Página/12 especializado en la problemática indígena contemporánea Darío Aranda, entre otros.

Para reforzar esa idea, Bayer propuso que las clases de los jueves, los actos públicos y demás convocatorias que se organizasen de allí en adelante se hiciesen bajo el nombre Awka Liwen (“Rebelde Amanecer” en mapuzugun[23]) —homenaje a la niña mapuche homónima que Bayer había conocido en una de sus visitas a comunidades indígenas de la provincia de Neuquén—[24]. Se trataba con ello de dar un paso hacia adelante y conferir a las prédicas, antes individuales, el carácter de acción colectiva; así, lo que parecía ser en 1997 un proyecto aislado de Bayer empezó a mostrarse hacia 2003 relevante a un grupo más numeroso de intelectuales, estudiantes, artistas, en fin, “gente muy interesada en el tema” (Bayer citado por Petralito, 2010: 315) que pasó a reunirse quincenalmente en la plazoleta del monumento para debatir y fortalecer el reclamo colectivo. Marcelo Valko, por ejemplo, les debe a esos primeros años de prédicas los vínculos de amistad y militancia que mantiene hasta hoy con Osvaldo Bayer.

También las paredes del microcentro denotaron la ampliación del debate sobre la figura de Roca: hacia esa época, se habían multiplicado las intervenciones anónimas en el pedestal del monumento y en los muros próximos, donde pasaron a figurar con mayor frecuencia carteles y pintadas con las frases “Roca=Videla”, “Roca Genocida” y “Mejor un Mayo Francés que un Julio Argentino”, además de numerosas manchas y manos rojas representando marcas de sangre, en alusión a la masacre indígena acallada por la historia y la memoria oficial.

Esa asociación visual que evoca la “Conquista del Desierto” a la luz de la violencia y de la experiencia del terrorismo de Estado de los 1970 fue fruto en gran medida de la colaboración del Grupo de Arte Callejero (GAC). Este colectivo fue formado en 1997 por las estudiantes Lorena y Vanesa Bossi, Fernanda Carrizo, Mariana Corral y Nadia Golder de la Escuela Nacional de Bellas Artes “Priliadiano Pueyrredón”, con el objetivo de crear un espacio de producción artística que escapara al circuito comercial de exhibición y que tomase como eje la acción directa en los espacios públicos. Inspirado en las experiencias performáticas que venían dándose en las protestas callejeras dirigidas por los organismos de derechos humanos a finales de la dictadura militar, el GAC propuso una militancia política desde la práctica laboral de sus integrantes como artistas plásticas; gran parte de su obra se caracteriza por el anonimato y por la acción colaborativa con otras agrupaciones, siendo particularmente conocidos del público los escraches que realizaron en conjunto con la agrupación H.I.J.O.S[25].

De modo que cuando empezaron a colaborar con Osvaldo Bayer las integrantes del GAC ya contaban con una producción anterior considerable cuyo lenguaje visual peculiar ellas decidieron aplicar también, de forma intencional, en las intervenciones realizadas sobre el monumento a Roca (Carras, 2009). Entre los elementos gráficos comunes estaban el uso recurrente de la palabra “genocida”, la práctica de arrojar bolas de tinta roja en el elemento escrachado, bien como la creación de carteles gráficos que pudiesen confundirse fácilmente con las señales de tránsito oficiales. Con ello, el GAC no solo “firmaba” sutilmente su trabajo como subrayaba a los transeúntes que también los indígenas merecían que sus demandas propias por “Memoria, Verdad y Justicia” fueran atendidas.

Fue con ese espíritu que el GAC y algunos de los que participaban en las reuniones quincenales del Awka Liwen, decidieron profundizar el debate y fundar en 2004 la Comisión Anti-monumento a Roca. Tomando del Awka Liwen la metodología de divulgación oral de los hechos históricos a que hacían referencia y, del GAC, el activismo artístico urbano fundamentado en performances visualmente impactantes, la Comisión amplió el campo de acción anteriormente explorado por ambos grupos, llevando el debate tal como se venía desarrollando en la Capital Federal al conurbano bonaerense y localidades en otras provincias. Entre 2004 y 2009 visitaron diversas comunidades originarias, contactaron familias que estaban en litigios judiciales y expropiaciones —el caso, por ejemplo, de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir— y participaron en varios de los festejos de “El Último Día de Libertad”, 11 de octubre, organizados por agrupaciones indígenas esparcidas por el territorio nacional[26] —ocasiones en que tomaban la oportunidad para divulgar la acción contramonumental desarrollada por ellos en Buenos Aires—.

Empero su principal acción consistió en publicar en 2004 un texto-manifiesto[27] a que llamaron Ley Antimonumento a Julio Argentino Roca, en donde enlistaron los motivos que en su opinión justificaban la remoción de todos los homenajes públicos a Roca de los espacios públicos: el reconocimiento de la masacre indígena ocurrida en la llamada “Conquista del Desierto”, la formación de grandes latifundios en el sur del país, la violenta represión al movimiento obrero durante las dos presidencias roquistas y la continuidad hasta el presente de los conflictos agrarios en el sur. Partiendo del supuesto que “el ejercicio de la memoria es una necesidad que no se restringe a los crímenes de lesa humanidad ocurridos en las últimas décadas, sino que debe abarcar a toda nuestra historia y llegar hasta el presente” (Ley Antimonumento a J.A.Roca en Carras, 2009: 306), el texto exigía, finalmente, la revisión general del relato histórico dominante sobre ese personaje, convocando a las personas interesadas para que se sumaran a la causa contraroquista.

Sobre el papel político cumplido por el arte público, principalmente por las “formas monumentales, que corporizan una representación (la mirada única) de la historia” (Carras, 2009: 301), las integrantes del GAC afirmaron que la Ley Antimonumento quería cuestionar el mantenimiento de ciertos modelos de memoria que, a su parecer, no coincidían con las revisiones del pasado reciente promovidas por los organismos de derechos humanos y, con más fuerza después de 2003, también por el Estado:

El poder propone una versión del pasado donde no hay lugar para el disenso. Se funde el bronce para dar forma al héroe … y de esa manera cerrar la discusión sobre la posibilidad de apropiarnos de nuestra historia, y de elegir por nuestra cuenta a quiénes queremos recordar o reivindicar. El modelo de memoria que nos ofrece el poder es el de la memoria fetichizada: toda una vasta iconografía recortada como figuritas escolares de su contexto original, despojada de toda conexión con el presente.

Hoy el Estado comienza a revisar y condenar los crímenes y las violaciones a los derechos humanos de la última dictadura, a la par que propone la construcción de espacios para la memoria.

Pero, ¿qué tipo de memoria puede emanar de un Estado que se consolidó sobre la base de un exterminio? ¿De un Estado que se organizó aplastando a otros pueblos y que aún sigue lustrando los bronces de sus más obedientes asesinos? ¿Qué cosas tienen en común el Estado de 1880 y el de ahora? (Carras, 2009: 301-302).

El litigio sufrido por la familia de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir fue la respuesta ejemplar que la Comisión dio a esa última cuestión, demostrando a través del manifiesto que Roca era un tema actual que debía ser debatido por la sociedad. Empero el texto divulgado era visiblemente provocador y cuestionaba la exaltación de “figuras genocidas como héroes nacionales” (Carras, 2009: 306), razón por la que declaraba la ilegitimidad de los monumentos u otras referencias públicas a Roca, pidiendo su inmediata destrucción, la revisión de todos los manuales escolares y la expropiación y devolución de las tierras conquistadas a los pueblos que originalmente las habitaban.

La propia radicalidad de los reclamos allí redactados evidenciaba la intensión provocadora de los autores y, por ende, el tono combativo antes que propositivo del proyecto. Es decir, los autores buscaban visibilizar e instaurar definitivamente el debate sobre Roca en los medios masivos. Y, desde ese punto de vista, logró el resultado anhelado: a pocas semanas el diario La Nación inició un contra-ataque epistolar a Bayer, quien se encargó a su vez de contestarle desde sus contratapas semanales en Pagina 12 —una polémica que se sostiene hasta el presente[28]—.

De allí en adelante la revisión de las memorias roquistas empezó a circular nacionalmente, llevando Osvaldo Bayer y otros intelectuales involucrados activamente en el tema, como Marcelo Valko, a promover conferencias por todo el país, en las cuales no sólo exponían las contramemorias propuestas, sino que presentaban alternativas legales por medio de las cuales los interesados podrían requerir la remoción de las referencias urbanas a Roca existentes en sus ciudades:

Se ve que cuestionar a Roca y hablar sobre sus delitos llamó la atención en un momento en que nadie lo cuestionaba. Entonces comenzaron a llamarme de numerosos lugares cada vez más, y así comenzó esta locura de viajar de Calafate a Cafayate (Bayer citado por Valko, 2013: 28).

Si consideramos que hasta 2004 las iniciativas contramonumentales en Buenos Aires se limitaron a la difusión de informaciones e intervenciones directas en la estatua, la Comisión enmarcó el surgimiento de otra estrategia de acción enmarcada en la vía legal, la cual se tornó con el paso de los años la principal herramienta de los procesos contraroquistas impulsados por Bayer. En efecto, en el año 2005 ocurrió lo que él denominó “el primer triunfo” (Bayer, 2005) de su causa, cuando en la localidad neuquina de El Huelcú una iniciativa popular animada por las polémicas recientes logró cambiar la denominación de la avenida principal de Julio A. Roca por Mañke Cayucal bajo el argumento de que

el cambio de nombre de la avenida además obedece a la revisión que los pueblos deben hacer de la historia escrita por los vencedores, vencedores que también habitualmente no defendieron los intereses de la Patria. Los pueblos que no revisan su historia son presas de un destino opresor (intendente Rodolfo Canini citado por Bayer en “El primer triunfo”, Página/12, 21 de mayo de 2005).

Mientras tanto, las clases públicas promovidas por Awka Liwen en la capital disminuyeron de a poco sin que eso significase la disminución del activismo local: el pedestal siguió amaneciendo con pinturas siempre frescas a pesar de las rejas de protección y de las constantes limpiezas encomendadas por el poder público, al mismo tiempo de que nuevas agrupaciones independientes también se han sumado al reclamo, utilizando la estatua como pretexto para visibilizar denuncias variadas que se relacionaban con la cuestión indígena.

De hecho, en agosto de 2006 una nueva iniciativa anónima ha cubierto las rejas del monumento de carteles con las leyendas “esta historia nos toca, Roca fue uno, pero no el único genocida” y “los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles”, mientras que en noviembre de ese mismo año una Jornada por la Resistencia de los Pueblos Originarios, realizada en memoria del joven Alex Lemún, un mapuche de 17 años asesinado por carabineros en un conflicto agrario con la Forestal Mininco, en Chile, eligió el monumento a Roca de Capital argentina para un “escrache cultural” por considerarlo “el emblema del genocidio de las comunidades y de la entrega y usurpación de tierras, modelo que continúa aún hoy” (Pañuelos en Rebeldía, 2006).

Llama la atención que la Jornada haya sido impulsada por múltiples organismos entre los cuales estaban asociaciones barriales, grupos de investigación, centros culturales indígenas y no indígenas, asociaciones de derechos humanos y de educación popular[29], un espectro bastante más heterogéneo en sus orígenes sociales comparado con Awka Liwen y el GAC, en donde la mayoría de los involucrados eran jóvenes profesionales, estudiantes o intelectuales vinculados a universidades públicas.

Por tanto, a mediados del 2006, casi una década después de las primeras clases bajo el monumento, se notaba una cierta popularización del discurso contraroquista más allá del circulo de militancia centrado en Bayer. En la Jornada, esa popularización y diversificación se ha acompañado de nuevas operaciones discursivas, más radicales, tendientes a identificar directamente Roca con los intereses económicos del gran capital nacional y extranjero actuantes en las inmensas llanuras agrarias del territorio nacional:

Los pueblos originarios seguimos resistiendo. Es la razón por la que estamos aquí. Resistimos 514 años condenados al despojo, a la muerte y al silencio. Resistimos a la imposición de este Estado Nación vertical y capitalista que nos niega. Que para su consolidación impuso el modelo “roquista” de desarrollo, para el cual el aniquilamiento de los pueblos originarios era condición. Un modelo que implicó la muerte física y simbólica de miles de hermanos y hermanas que fuimos despojados de nuestro territorio, de nuestro entorno, de nuestros medios de subsistencia y de nuestra cultura. Hoy el territorio sigue en manos ajenas. En manos de magnates, de empresarios nacionales y de corporaciones multinacionales, que guiados por la búsqueda constante de lucro impulsan la depredación de la tierra, el agua, los minerales y la biodiversidad, destruyendo nuestra soberanía alimentaria y devastando consigo pueblos y culturas. (documento elaborado para la Jornada de Resistencia de los Pueblos Originarios en memoria de Alex Lemún, 7 de noviembre de 2006).

Empero el monumento a Roca no fue tomado por los organizadores de la Jornada como objeto principal del debate, sino como un elemento simbólico más del sistema de dominación a ser cuestionado. Durante todo el período analizado, la tarea contramonumental en Buenos Aires se centró en las iniciativas nucleadas alrededor de Osvaldo Bayer.

Entre 2005 y 2012, tras la visibilidad conseguida por la polémica Ley Antimonumento, Bayer pasó a centrar sus esfuerzos cada vez más en la vía legal, buscando en la clase política nuevos aliados a la causa. La colaboración del GAC (con intervenciones que se aproximaban, en muchas ocasiones, a la ilegalidad) se ha tornado cada vez más esporádica. Una de las últimas intervenciones del GAC sobre el tema fue el “Antimonumento del Bicentenario” (2010), que consistió en un pasa-mensajes ubicado en la Av. Corrientes en donde se leía, entre otras frases, “destruya los monumentos a genocidas”[30].

Marcelo Valko justificó en el libro Desmonumentar a Roca (2013) la elección progresiva por la vía legal, a que él también se sumó, por una serie de factores. En parte porque las iniciativas anónimas que intervienen directamente la estatua suelen tener como reacción contraria tanto los gastos públicos con su posterior restauración como la condena penal del Estado ante lo que se consideran actos de vandalismo, haciendo que esas acciones sean deslegitimadas y pierdan la connotación política original. Asimismo, Valko opina que conseguir la retirada del monumento dentro del marco legal significa sobre todo el “obtener consenso” y, por ende, conseguir “el triunfo de la verdad sobre la desmemoria, la concientización de un sector cada vez más amplio que ya no acepta la maraña de falacias con las que la historia oficial arropó a Roca” (Valko, 2013: 30).

Esa estrategia legalista opera según los mismos trámites que habían resultado, décadas antes, en la consolidación del relato dominante del roquismo; pero aquí los utilizan para invertir los valores originalmente impuestos, neutralizándolos. Y, al hacerlo, logra evidenciar los mecanismos a través de los cuales las memorias dominantes son constantemente construidas y destruidas, naturalizadas o desnaturalizadas según los procesos de lucha y conflictividad social que caractericen el momento histórico dado.

Con ello, los que buscan hoy justificar la conservación del monumento por su condición de elemento urbano preexistente pueden ser confrontados por razonamientos que revelan la naturaleza política por detrás de ese tipo de obra: una vez que los monumentos obedecen al consenso social establecido, son susceptibles de revisiones siempre y cuando ese consenso sea puesto en jaque. En ese sentido, el mérito de las iniciativas legales reside en la deconstrucción que provocan del monumento en sí mismo, indagándolo en el marco general de las disputas por poder que le dan sentido.

En ese marco Osvaldo Bayer recurrió a una estrategia interesante que consistió en presentar básicamente el mismo proyecto de ley en años distintos, cada vez por un diputado diferente y con modificaciones puntuales en el texto según las necesidades señaladas en cada momento (véase el Cuadro 2 del Anexo). Una forma eficaz de mantener la problemática del monumento presente en los debates entablados en la Legislatura, en donde la renovación del cuadro de diputados por mitades cada dos años le garantizaba, además, que el proyecto volvería a ser discutido por una nueva bancada en un periodo de tiempo relativamente corto, a pesar de negativas anteriores.

En sus puntos comunes, los textos presentados bajo los Expedientes 494-D, 282-D y 413-D plantean que la estatua, más allá de su valor artístico e histórico, no es neutral y se dedica a la exaltación de una figura histórica conocida por “la forma belicista en que se exterminó al habitante de nuestras pampas”, representando un insulto a sus descendientes y al “56% de la población argentina que tiene ascendencia de esos pueblos originarios[31]” (Proyecto de Ley Expediente nº 413-D, p.2). Por ese motivo, piden su remoción y traslado a la estancia La Larga (localizada en el partido de Daireaux, provincia de Buenos Aires): propiedad que fue donada a Roca por el Estado como premio poco tiempo después de terminada la primera parte de la”Conquista del Desierto”, y que actualmente pertenece a sus bisnietos.

Pese la insistencia de Bayer, ninguna de las versiones del proyecto fue aprobada. Hay muchos factores que influyeron, entre los cuales la composición parlamentaria de la casa, que mantuvo entre 2007 y 2012 una proporción bastante similar en sus bancadas, con la predominancia de diputados del conservador PRO, partido del entonces jefe de gobierno de la ciudad (2007-2015) y actual presidente del país (2015-), Mauricio Macri —quien, a propósito, se ha manifestado abiertamente contrario a las propuestas de remoción en el año 2012—.

Asimismo, no obstante la resistencia de muchos diputados, el proyecto enfrentó una oposición más bien técnica. Tras ser por fin debatido públicamente en mayo de 2012, la Dirección General de Cultura de la Legislatura lo ha archivado bajo la justificativa de que la estatua es una obra perteneciente al patrimonio público porteño y, por tanto, no se puede trasladar a una propiedad privada situada a las afueras de la Ciudad Autónoma, como seria la estancia La Larga.

Tendemos a interpretar estas trabas burocráticas como una estrategia utilizada por el poder público para mantener la estatua en donde está; recurriendo a una supuesta “neutralidad” de las decisiones técnicas se esconden motivaciones esencialmente políticas. Es decir, remover el monumento bajo la justificación presentada en ese proyecto de ley implicaría reconocer en el campo de lo simbólico que la “Conquista del Desierto” fue de hecho un genocidio y, consecuentemente, tener que aceptar la necesidad de una reparación histórica más profunda a los pueblos indígenas. Por otro lado, esa negativa refleja asimismo que el quiebre del consenso público positivo sobre Roca es todavía muy tenue y limitado a un círculo bastante acotado de ciudadanos: de no ser así, posiblemente la presión popular tendría efecto sobre la justificación final dada por la Legislatura y revertido la decisión sobre el mantenimiento de la estatua en su sitio original.

Tal vez por estar consciente de ello, Bayer haya decidido seguir sumando aliados entre personalidades de la escena política y cultural nacional. Como forma más eficiente de profundizar la lucha contraroquista más allá de la Capital Federal, además de promover charlas en universidades y escuelas de distintas localidades del país, apoyó en 2008 la propuesta de la diputada nacional Cecilia Merchán (Encuentro Popular y Social) de retirar de circulación los billetes de 100 pesos con la efigie de Roca y sustituirlos por otros con la imagen de Juana de Azurduy[32] y, más o menos por la misma época, empezó a filmar con el abogado especializado en derechos indígenas Mariano Aiello y la cineasta Kristina Hille la película documental Awka Liwen, sobre la “Conquista del Desierto”.

Poco tiempo después, enterándose de la inauguración en Rosario (Santa Fe) del monumento a Ernesto “Che” Guevara que había realizado el artista plástico Andrés Zerneri, decidió llamarlo —todavía no lo conocía personalmente— y proponerle un proyecto ambicioso: construir una obra escultórica en homenaje a los pueblos originarios, la cual deseaba ver emplazada en el sitio en donde está la estatua de Roca, en Capital Federal:

El proyecto comenzó luego de realizar la estatua de bronce del “Che” Guevara, con el aporte de 14.500 personas que donaron 75.000 llaves. Allí, el historiador Osvaldo Bayer, me propuso hacer con el mismo sistema [donación de bronce], y fortificado por la convocatoria popular de construirlo con llaves, un homenaje a nuestros pueblos originarios, a nuestra identidad (Andres Zerneri: “Es fácil ser de derecha, son pensamientos cortitos del estilo ‘Roca trajo el progreso'”, entrevista al colectivo Derrocando a Roca, 30 de septiembre de 2014).

A Bayer le interesó sobre todo el método de trabajo que Zerneri había aplicado en la estatua del “Che”. El artista siguió allí dos premisas: la primera, que las 1,5 toneladas necesarias para hacer la obra deberían ser obtenidas a través de donaciones de llaves u otros objetos personales (colgantes, aros, relojes, etc.) para promover entre la población la idea de producción colectiva. En segundo lugar, que después de finalizada sería una donación de la sociedad civil al Estado con la condición de tornarse parte del patrimonio escultórico de la ciudad, invirtiendo con eso el proceso tradicional de instauración de los monumentos, cuando el Estado suele encomendar una pieza, elegir el artista e instalarla en la ciudad.

Había, así, en la propuesta de Zerneri para el monumento al “Che” una valorización simbólica del trabajo colectivo que coincidía con la manera como Bayer venía conduciendo la lucha contraroquista, por lo menos en lo que se refiere a las estrategias de visibilización de memorias no hegemónicas que ambos empleaban. Además, Zerneri venía de una militancia previa en la ciudad de Neuquén en donde, mencionamos anteriormente, contribuyó con la agrupación H.I.J.O.S y pudo acompañar asimismo los reclamos y luchas de los años noventa de las comunidades mapuche locales. En medio a los esfuerzos de Bayer por impulsar nuevas iniciativas revisionistas, Zerneri surgió, por tanto, como un aliado fortuito y, de allí en adelante, como uno de los nombres más comprometidos en la promoción de la causa contraroquista.

Ya en las primeras reuniones, decidieron que el Monumento a la Mujer Originaria (MMO), como fue acuñado, debería homenajear a las mujeres indígenas en cuyo “vientre se originó el criollo que fue el soldado de nuestros ejércitos de la Independencia” (Bayer, 2010); y cuya figura arquetípica es, asimismo, símbolo “de la vida, de la gestación, de la naturaleza, del respeto por el medio ambiente, todos esos (…) valores femeninos” (Andrés Zerneri, 2014).

Inicialmente, la idea era construirlo de forma colectiva como fue el monumento al “Che” en Rosario y regalarlo a la ciudad de Buenos Aires con la condición de que remplazase el monumento a Roca durante los festejos del Bicentenario de la Nación programados para el año siguiente, el 2010. Fundaron la asociación civil Movimiento, Memoria y Organización (MMO-Asoc.) para que albergar institucionalmente las actividades referentes al monumento (información y promoción de actividades, recolección y acopio de las llaves donadas, convocatoria de voluntarios, etc.), convocaron voluntarios y empezaron a divulgar la idea, primero a través de performances en el espacio público y luego también por medio de charlas y debates en escuelas, divulgación por internet[33] y montaje de puestos de acopio en diversas provincias del país.

Sin embargo, gracias a la propia envergadura de la obra pretendida —construirla con cerca de 200 mil llaves, a diferencia de las 75 mil donadas en el “Che”– no se ha completado todavía la etapa de recolección del total de cobre anhelado, y la obra sigue inconclusa. Aún así, que ella sea producida íntegramente por medio de donaciones, del trabajo solidario, en suma, del esfuerzo colectivo, es más importante para Zerneri y todos los integrantes del MMO-Asoc.[34] que el acto final de entregarla a la ciudad en una fecha específica.

Es decir, el MMO se pauta sobre una percepción de colectividad que se pone más allá del acto simbólico de construirlo con llaves; está la idea de que el monumento en sí mismo no es capaz de producir nuevos consensos sobre Roca o sobre los pueblos originarios de Argentina, siendo antes la labor de divulgación lenta y continua por todo el territorio nacional lo que cargaría en efecto ese potencial transformador. La escultura busca, así, ampliar la discusión sobre quiénes son los pueblos originarios del país, cómo viven, cuáles son sus reclamos, a la vez en que se subraya a través del acto de construírsela colectivamente (y por un grupo, vale decir, compuesto por personas mayoritariamente “blancas”) que esas cuestiones les tocan a todos los argentinos, y no solo a los indígenas que se quiere representar:

en términos comunicacionales, que en la capital de Argentina, donde se toman las decisiones de carácter nacional, esté presente la escultura más grande que se va a hacer, que recuerde a los pueblos originarios, contribuye o favorece este proceso de visibilización que ellos desean desde hace tanto tiempo (Andrés Zerneri: “Es una escultura que se da, no que se pide”, entrevista a la Revista Lindes concedida en julio de 2011).

*

La escultura no es un fin, un objeto en sí mismo, sino una excusa para conocer más información que nos toca a todos. En Argentina se hablan 14 lenguas, el 56% de la población tiene un vínculo genético con los pueblos originarios, y también conviven entre 26 y 30 naciones (Andrés Zerneri: “El Monumento va a ser un regalo al Gobierno de la Ciudad, pero como condición vamos a pedirle a Macri que saque el de Roca”, entrevista al colectivo Derrocando a Roca concedida el 6 de enero de 2012).

*

Tomamos a los pueblos originarios no solo como nuestro pasado, sino como nuestro futuro y presente, y hablamos de la vida, de la gestación, de la naturaleza, del respecto por el medio ambiente, todos esos son valores femeninos (Andrés Zerneri, “El Monumento va a ser un regalo al Gobierno de la Ciudad, pero como condición vamos a pedirle a Macri que saque el de Roca”, entrevista al colectivo Derrocando a Roca concedida el 6 de enero de 2012).

Con todo esto, el proyecto retoma, cuestionándolo, el mito de la argentinidad “blanca” y homogénea al mismo tiempo en que divulga los graves problemas hoy enfrentados por los pueblos indígenas —los desalojos forzados, las muertes por desnutrición, los asesinatos en protestas y cortes de ruta, etc.— a que agrega una clave simbólica por medio de la cual esos problemas se discuten a partir de una figura femenina que se distancia intencionalmente de la iconografía histórica tradicional construida alrededor del indígena malón, o del guerrero derrotado, al mismo tiempo que trae la metáfora de la hibridez racial, del mestizaje y de la integración racial.

Pero el hecho de que el MMO se sujete a la remoción de Roca levanta otras cuestiones. Por un lado, retoma la misma lógica usada por Bayer en la Legislatura porteña que citamos anteriormente, apropiándose de los mecanismos memorialistas legales que han consolidado la imagen roquista en los años 1930 y subvirtiéndolos a favor del otro relato deseado:

puedo contribuir en resignificar el método del homenaje que ni siquiera es de nuestro país, no? Es de la historia de la humanidad, que el hombre desde que domina el bronce lo toma como herramienta política, el bronce como subrogado del oro, tiene un montón de vicios que son negativos, pero me parece que una posibilidad es resignificar nuestra plaza escultórica, nuestro patrimonio escultórico, construyendo monumentos que no se piden, sino que se le dan. Yo ni siquiera necesito un permiso para hacer esta escultura, si dividimos este proyecto en tres etapas, solamente el último es la tarea legislativa y no vamos a pedir permiso, simplemente le vamos a regalar a la plaza escultórica de la ciudad el monumento más grande que se hizo en Argentina (Andrés Zerneri: “Es una escultura que se da, no que se pide”, entrevista a la Revista Lindes concedida en julio de 2011).

*

Yo siento que sí es un cambio, porque este, a diferencia de los monumentos desde sus inicios, lo elige el pueblo, lo hace el pueblo y se lo da el estado, cosa que siempre ha sido al revés (Andrés Zerneri, “Es una escultura que se da, no que se pide”, entrevista a la Revista Lindes concedida en julio de 2011).

Por otro lado, genera una serie de inquietudes entre las cuales Diana Lenton (2012) subrayó el problema de la propia entidad simbólica que reemplazaría físicamente el actual monumento. En primer lugar, está el riesgo de un indigenismo romántico por detrás de la posible representación de qué es la “mujer originaria”[35]. Aunque Zerneri haya realizado en los últimos años una serie de reuniones y consultas a mujeres de distintas etnias nacionales con el objetivo de entender qué elementos les gustaría ver en el monumento, la propuesta puede incurrir en una homogeneización simplificadora al intentar representar a todos los pueblos originarios de Argentina en una única figura femenina.

Asimismo Lenton (2012: 260) apunta el riesgo todavía más considerable en relación a la “ideología del mestizaje que subyace al proyecto de reemplazo del monumento a Roca por el monumento a la mujer indígena en tanto origen del argentino”, que se refiere justamente al origen de ese mestizaje. Lejos de ser un proceso pacífico, el mestizaje ha sido muchas veces fruto de la violencia de género y, incluso cuando se trataba de relaciones consensuales, no por ello la situación de la pareja y del mestizo eran fáciles, una vez que esas personas vivían una serie de exclusiones y segregaciones de parte de la sociedad, principalmente en el ambiente urbano[36]:

al no preguntarse por el origen de ese mestizaje, persiste en el ocultamiento de la violencia política y de género que acompañó a la Campaña del Desierto y que dio origen a una proporción importante de los nacimientos mixtos (Lenton, 2012: 260)

Es decir, el proceso de divulgación y construcción el MMO ha generado una serie de debates bastante constructivos entre pueblos indígenas y los sectores no indígenas de la sociedad, colocando en la escena pública (tanto en las notas de Página/12 y La Nación, como en escuelas, universidades y centros culturales) la disputa simbólica por los lugares, las fechas, los personajes y el propio sentido del mito originario de la “argentinidad”. Empero, una vez que el monumento logre su objetivo, erigiéndose, remplazando a Roca y consagrando ese punto de vista de la historia sobre otros, ¿eso no terminaría el debate?, es decir, si el intento de remover a Roca pone en evidencia el carácter socialmente construido de las memorias, el emplazamiento definitivo del MMO ¿no ocultaría el debate previo y la arbitrariedad por detrás de la erección de cualquier monumento o memoria?

Hay asimismo el riesgo de que la propuesta del MMO, por más que se desarrolle con una idea de producción colectiva, deje de lado otras posibilidades de intervención más horizontales, puesto que la construcción del monumento se hará finalmente, por un grupo restringido de técnicos y artistas. Es decir, está la posibilidad de que la participación civil, sobre todo de los indígenas, se vea limitada solamente a una etapa de discusión, excluyéndolos de la ejecución final de la obra.

Aunque no es posible profundizar más en el análisis de la obra debido a que no está concluida, en la medida en que propone, al menos en el plano simbólico, terminar la asociación de los indígenas con la posición de “figuras ausentes” de la memoria colectiva nacional para darles forma concreta en un monumento que reemplace al de Roca, sin duda el MMO ha funcionado como disparador de nuevos cuestionamientos, impidiendo una vez más que la polémica sobre Roca y la “Conquista del Desierto” cayese en el olvido con el paso de los años.

Ese es uno de los puntos notables de la actuación de Osvaldo Bayer junto con sus diversos colaboradores: haber impedido que la discusión se enfriara después de tantos años por medio de la renovación periódica del debate con nuevas y variadas iniciativas. Por ejemplo, en 2010, ante la imposibilidad de regalar a la ciudad el Monumento a la Mujer Originaria y valiéndose de las interrogantes provocadas por los festejos del Bicentenario y la Gran Marcha de los Pueblos Originarios[37], Bayer promovió los días 22 y 23 mayo, casi concomitantemente a la entrada de la Marcha en la Capital Federal, el “primer congreso de ‘Desmonumentando a Roca'” (Bayer, 2010) en la ciudad bonaerense de Junín[38].

Allí, en medio de mesas redondas, recitales y performances artísticos variados, lanzó en compañía de otros intelectuales los libros Historia de la Crueldad en Argentina (2010), editado por él en colaboración con la Red de Investigadores en Genocidio y Política Indígena en Argentina y Pedagogía de la Desmemoria. Crónicas y estrategias del genocidio invisible (2010) de Marcelo Valko, ambos sobre el gral. Roca y las políticas de sometimiento indígena comandadas por él a fines del siglo XIX. En el congreso, Bayer también divulgó las iniciativas que estaban en desarrollo en Buenos Aires (los proyectos en la Legislatura, el MMO, la recién lanzada película Awka Liwen), y otras acciones por la “desmonumentación” de Roca[39] llevadas a cabo en otras localidades del país (véase el Cuadro 2 del Anexo), estimulando a los presentes para que se sumasen a futuros actos.

Hacia esa época, una conjunción de factores —la insistencia de Bayer sobre el tema; la ocurrencia de nuevas manifestaciones indígenas en la Capital Federal; la entrada de diversos partidos políticos en la polémica, entre los cuales la alianza del Frente para la Victoria (FpV) del gobierno kirchnerista, cada uno con propuestas propias de modificación de la iconografía roquista— amplió el debate sobre Roca y el posible destino final de los monumentos. De fines del 2010 y el 2011 se han destacado entre las nuevas iniciativas desvinculadas de la acción de Bayer:

a) El cambio de denominación de la Av. Roca para Av. Néstor Kirchner aprobados por los Consejos Deliberantes de las ciudades de Río Gallegos y de San Miguel de Tucumán a menos de 10 días de la muerte del ex presidente (ocurrida en octubre de 2010).

b) El pedido hecho por la agrupación Muchachos Peronistas junto al Consejo Deliberante de Río Gallegos en el 2011 de un proyecto de ley que promoviese la sustitución de la estatua a Roca erigida en esa ciudad en 1941 por una del presidente Néstor Kirchner, natural de esa ciudad.

Aunque ambas iniciativas se llevaron a cabo en ciudades no contempladas en ese estudio, juzgamos relevante citarlas aquí pues insinúan una apropiación instrumental del revisionismo contraroquista con fines bastante distintos del originalmente sostenido por Bayer. Agregaron asimismo contornos nuevos y bastante diferentes a la disputa, levantando críticas importantes de parte de La Nación y mereciendo, por tanto, que nos detengamos en algunos puntos; sin embargo, para no romper con el análisis cronológico que nos propusimos de inicio, retomaremos esa discusión solamente al final del presente apartado.

También al interior de la esfera legislativa, pero con un sentido revisionista más cercano al propuesto por Bayer, en el 2011:

c) El diputado Ulises Forte (UCR) presentó en el Congreso Nacional un proyecto de ley proponiendo cambiar los billetes de 100 pesos con la efigie de Roca por una versión con la figura de Francisco Netri, en conmemoración del centenario de la rebelión agraria denominada el Grito de Alcorta (1912); que no prosperó.

Y, en contraste con esas iniciativas de carácter político-partidario, en octubre del 2011:

d) Una iniciativa de los estudiantes de Comunicación de la Universidad de Buenos Aires creó el proyecto de comunicación Derrocando a Roca, vinculado a la radio La Colectiva 102.5 FM:

Bajo el lema “sigamos derribando mitos”, buscamos cuestionar los medios de comunicación hegemónicos. Ahora bien, ¿debemos quedarnos únicamente en la crítica, en la pasividad que caracteriza a la teoría? Derrocando a Roca es el espacio a través del cual nos convertimos en agentes activos de la comunicación, para así crear nuestra agenda, temáticas y entrevistas, nuestra propia experiencia periodística y no “hacernos desde abajo” en un gran multimedio (página en internet de Derrocando a Roca, s/f).

El programa se dedica a dar voz a sectores sociales históricamente excluidos, abordando temas diversos como las villas miseria, la trata de mujeres, la violencia doméstica, el gatillo fácil, la represión policial, la situación precaria de las comunidades indígenas del país, etc., bajo la justificativa de que

Roca es el fundador (…) de este modelo de país. Por eso, cuando algún paladín de la justicia en las redes sociales nos decía: “Déjense de joder con Roca, eso fue como hace 150 años, preocúpense por los problemas actuales”, le contamos que la figura de Roca vive en el reparto desigual de la tierra, en una oligarquía terrateniente que es el principal soporte del “modelo”, en la extranjerización de la tierra, en el avance de la frontera sojera, en el uso indiscriminado de agrotóxicos, y en los asesinatos de miembros de comunidades campesinas y de pueblos originarios porque no ocupan la tierra “como se debe”, y estorban, y no quieren vender, y no quieren dejar su cultura y modo de vida atrás (página en internet de Derrocando a Roca, s/f).

El pasado roquista es interpretado, así, no solo en la clave de la aniquilación y sumisión de los pueblos indígenas argentinos, empero como el origen de un modelo de desarrollo económico que, habiéndose basado en la agroexportación, en el crédito internacional y en el favorecimiento político de la oligarquía terrateniente profundizó durante todo el siglo XX la desigualdad social, internamente, y la dependencia económica, externamente. Así, la propuesta revisionista de Bayer es tomada como punto de partida para pensar otros procesos de invisibilización social que extrapolan en mucho lo que fue la actuación política real de Roca; sin embargo, más que una interpretación anacrónica de la historia, Derrocando a Roca toma esa figura del pasado como metáfora de un Estado nacional que se construyó a través de una serie de procesos de exclusión social, los cuales, en la medida en que no han sido todavía resueltos por el Estado, merecen seguir siendo denunciados y problematizados.

Aunque optimista con esa expansión del debate más allá de las iniciativas que él venía impulsando, Bayer se ha mostrado preocupado cuando dos notas distintas de La Nación (“Bajen a Roca, alcen a Néstor” de Luis Alberto Romero y “La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento”, de Mariano Grondona) insinuaron que sus esfuerzos por “desmonumentar” a Roca servían sobre todo a los intereses político-partidarios del gobierno de Cristina F. de Kirchner de homenajear a Néstor Kirchner:

El que en ese sentido bate el tambor de la oposición, el también grondoniano Luis Alberto Romero, y desde las páginas de La Nación, esta vez desde la primera plana, se largó en el título “Bajen a Roca, alcen a Néstor”. Claro, ya es llevar un tema histórico, y meter a quienes no quieren el bronce para un genocida, en un apriete de la política actual, o hacer creer que la discusión de si Roca fue un genocida o no es meterla en la cocina de la politiquería del momento, poco antes de las elecciones (Osvaldo Bayer: “Ahora atacan los Grondona”, contratapa publicada en Página/12 el 15 de octubre de 2011)

Por ello, interpretamos las acciones encabezadas por Bayer en el 2012, las cuales pasaron a caracterizarse por el apoyo abierto a partidos políticos de izquierda, en dos sentidos: como parte de la estrategia ya expuesta de seguir insistiendo en el tema y sumando nuevos colaboradores, pero también como forma de manifestar claramente quiénes eran realmente sus aliados políticos.

Ante la falta de éxito de los proyectos de ley presentados en 2007 y 2010 en la Legislatura porteña, Osvaldo Bayer decidió en 2012 tramitar allí un nuevo pedido (véase el Cuadro 3 del Anexo), que se hizo en conjunto con una nueva campaña pública denominada ¡Chau Roca!. Empero, a diferencia de las experiencias anteriores, en las cuales el soporte recibido de políticos se había dado individualmente, ¡Chau Roca! contó con el apoyo formal de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) y, principalmente, del partido de izquierda Movimiento Socialista de los Trabajadores (MST).

Este último, a través principalmente del diputado Alejandro Bodart (quien se encargó de tramitar el nuevo proyecto de ley en la Legislatura) y de Mariano Rosas (Coordinador Nacional de la Juventud del MST) se encargó de organizar la jornada cultural que inauguró la campaña contraroquista en frente de la Legislatura. El MST realizó un intenso trabajo de divulgación que culminó en el mes de mayo en un evento callejero con música, teatro y artes plásticas, en donde una vez más Bayer presentó a los transeúntes los motivos de su persistente lucha por quitar el monumento a Roca.

La iniciativa también contó con aportes individuales bastante significativos, esta vez de Alberto Sava (Frente de Artistas del Borda) y de Félix Díaz, el qarashé (liderazgo) de la comunidad qom La Primavera (Potae Napocna Navogoh) de Formosa, quien había ganado notoriedad pública en 2010/2011 tras encabezar un acampe de más de seis meses en la Capital Federal para solicitar una audiencia -nunca lograda- con la presidenta Cristina F. de Kirchner. En términos simbólicos y políticos, el apoyo de Díaz a la campaña ha tenido, por tanto, un impacto simbólico positivo dado que los qom venían ganando espacio en los medios de comunicación justamente debido a los violentos conflictos que enfrentaban en Formosa y, también, gracias a la cada vez más evidente indiferencia del gobierno Kirchner en relación a sus demandas por derechos sociales básicos.

15 años después de las primeras clases de Bayer bajo el monumento, ¡Chau Roca! enmarcó un avance importante con respecto a la diversificación de voces que pasaron a presentarse formalmente favorables a la remoción del monumento a Roca. La entrada del MST y de la CTA en la disputa junto a Bayer —así como de la alianza partidaria del FpV con propuestas propias e independientes— demostró la relevancia política del tema hacia el término de nuestro análisis, en el 2012; en ese sentido, el involucramiento a lo largo de todos esos años de personas con trayectorias de vida y acción social tan distintas como son Félix Díaz, Alberto Sava, Andrés Zerneri, Marcelo Valko y las fundadoras del GAC demuestra la pertinencia que el debate ha ganado más allá del círculo social original que lo venía sosteniendo.

En una charla realizada en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en ocasión del lanzamiento de la campaña ¡Chau Roca! con la presencia de Bayer, Sava y Díaz, el líder qom recordó a los espectadores que los indígenas sí estaban presentes en los conflictos sociales contemporáneos, y que sí reclamaban por justicia en cuanto sujetos de derecho y ciudadanos argentinos, justificando con ello su apoyo a la iniciativa. A la que se sumó la voz de Alberto Sava, resaltando que su apoyo se refería, ante todo, a un reclamo de derechos humanos, de los cuales eran víctimas invisibles tanto los indígenas como muchos otros, entre los cuales los pacientes de los manicomios.

Se puede decir,por tanto, que el proyecto contraroquista de Bayer ha traspuesto con el paso de los años sus cuestionamientos iniciales, expandiéndolos para una crítica más amplia de la lógica “glamorosa, acrítica, y elogiosa de la violencia” (Lenton, 2012) que caracteriza la historia oficial y la interpretación allí dada de la formación de la identidad nacional, bien como de las formas como esa violencia simbólica y física sigue reproduciéndose actualmente.

Empero, si las estrategias de “desmonumentación” descritas hasta aquí han garantizado en el plano simbólico esos consensos mínimos sobre la necesidad de revaluarse los eventos violentos del pasado nacional y sus actores, también llevaron a uno de los principales nudos problemáticos de las propuestas contraroquistas actualmente.

Habíamos mencionado que a partir de 2010, año del fallecimiento del presidente Néstor Kirchner, también políticos vinculados al gobierno de Cristina F. Kirchner y su militancia de base formularon propuestas propias de remoción de los monumentos, bustos u otras referencias urbanas a Roca esparcidos por todo el país. En 2011, el pedido de sustitución de la estatua de Roca localizada en Río Gallegos por la recién construida en homenaje a Néstor Kirchner se presentó en continuidad con el correspondiente cambio de denominación de la avenida principal de esa ciudad de Roca por Néstor Kirchner (2010). Ésta, a su vez, lejos de ser un homenaje puntual (tratándose de la ciudad natal del recién fallecido presidente), se insertó en un conjunto más amplio de homenajes a Kirchner, como la ocurrida en San Miguel de Tucumán donde Roca había nacido. Un “giro” en el enfoque original de las propuestas contraroquistas que se profundizó al año siguiente con la divulgación y el lanzamiento oficial del nuevo billete de 100 pesos con la efigie de Eva Perón -que retomaba el proyecto de Cecilia Merchán (2008), pero modificándola a favor de una figura histórica tan emblemática como indisociable del Partido Justicialista (PJ).

Así, a la vez que reflejaron la expansión y la apropiación del cuestionamiento roquista por nuevos grupos sociales, tales iniciativas también evidenciaron su instrumentalización político-partidaria y, con ello, sus debilidades constitutivas. Habíamos comentado que los homenajes kircheristas habían originado críticas por parte Grondona y Romero, las cuales fueron publicadas en La Nación en el 2011; en ambas notas, los autores yuxtapusieron las propuestas de Bayer y del kirchnerismo, insinuando con ello que la intención de homenajear a Néstor Kirchner era la motivación última de todas las propuestas contraroquistas. Aunque aquí interpretamos esa opinión como parte de una construcción argumentativa más general de La Nación que buscaba no solamente posicionarse favorablemente a Roca, sino en franca oposición al gobierno nacional a cargo de Cristina F. Kirchner, llama la atención que la entrada, en la disputa, de las fuerzas políticas al mando del Gobierno de la Nación haya eclipsado (al menos para una parte relevante de la opinión pública) la lucha que Bayer venía promoviendo desde hace muchos años en los medios de comunicación (en Página/12, principalmente) y en sus intervenciones en el espacio público.

Otro riesgo asumido por la “desmonumentación” de Roca, en nuestra opinión, es la posible pérdida de su potencial contestatario cuando el proceso deseado de remoción de los monumentos llegue a su término, una preocupación que se extiende también a la virtual instauración del MMO. En ese caso, ¿cómo proceder frente a un consenso sobre los derechos indígenas logrado en el plano simbólico sin haber sido acompañado del igual desarrollo social de esas poblaciones?

Si uno de los rasgos más determinantes de las acciones aquí expuestas fue la habilidad de Bayer de sumar y diversificar la base de apoyo a las propuestas contraroquistas, es sintomático que durante los quince años analizados se hayan sumado directamente pocos activistas indígenas a esas iniciativas llevadas a cabo en la capital a pesar de la insistencia de Bayer en visitar a muchas comunidades e invitarles personalmente a que se sumaran a esas peticiones. La escasez de representantes indígenas entre los activistas puede muy bien ser fruto de la proporción reducida de habitantes originarios en la región metropolitana[40], pero de todos modos nos lleva a cuestionar hasta qué punto las acciones contramonumentales lograron abarcar efectivamente otros consensos importantes derivados del debate sobre Roca, por ejemplo, sobre la formación del indígena como sujeto de derecho y como parte constitutiva de la “argentinidad”.

Porque la virtual retirada del monumento a Roca en la Capital Federal obedece sobre todo a un imperativo de orden moral, es decir, a un deseo de reparación histórica que se da en el plano simbólico del arte público, las manifestaciones encabezadas por comunidades originarias en esa ciudad la tomaron como una petición marginal entre las tantas otras demandas sociales y políticas que ellas vienen sosteniendo actualmente. Por otro lado, tendemos a interpretar las acciones contra-monumentales nucleadas por Osvaldo Bayer entre 1997 y 2012 como parte de una insistente labor de contrapedagogía que se dirigió sobre todo a los sectores sociales “blancos” de la Capital Federal con el claro objetivo de desmontar los relatos hegemónicos sobre la identidad argentina y sobre la formación del Estado nacional implícitos en la estatua de Roca.

En otras palabras, el proceso de “desmonumentación” tal como se ha visto hasta aquí nunca pretendió presentarse como “vocero” de las comunidades indígenas nacionales y sus reclamos particulares; en efecto, observando los esfuerzos de Bayer y sus principales colaboradores, vemos que sus interlocutores no son los indígenas, sino todo el restante del conjunto social para quienes la “argentinidad” se ha construido históricamente a pesar de esos pueblos.

El monumento de San Carlos de Bariloche

La polémica en Bariloche se estructuró en el marco general del activismo político mapuche en la región patagónica y, más específicamente, al interior de los planteamientos simbólicos por autoafirmación indígena que vienen ganando fuerza entre militantes jóvenes mapuche en esa ciudad desde la década del 1990. A diferencia de Buenos Aires, aquí las iniciativas contrarias a la permanencia del monumento en el Centro Cívico se diluyen en medio de planteamientos generales de reconocimiento a la diferencia cultural de la población local de origen indígena. No hay en Bariloche un individuo o grupo que centralice las intervenciones al monumento como ocurrió en Capital Federal, de modo que la disputa en esa ciudad más bien adquirió un carácter más anónimo y difuso, protagonizada por la militancia joven, sobre todo los autodenominamos “mapurbe” —jóvenes mapuche urbanos[41].

En efecto, la primera intervención destacada en el monumento ocurrió el 12 de octubre de 1996 en ocasión de un recital de la Resistencia Heavy-Punk[42] que integraba las protestas locales por el “Día de la Raza” (Kropff, 2008). En dicha ocasión, un grupo de manifestantes pidió permiso en la intendencia para cubrir la estatua con un manto negro pintado con manchas rojas. La acción, ocurrida durante el día, contó con el consentimiento personal del intendente César Miguel (PJ), quien inclusive bajó de su despacho y dio un discurso en apoyo a los manifestantes:

uno de los recuerdos más fuertes de mi infancia es el de una anciana que agonizaba y recordaba la muerte de sus seres queridos durante la Campaña. Esa mujer era Rosario Quintuqueo y era mi abuela (Clarín Digital, 1996a).

Aunque no se haya alterado directamente el monumento, la intervención que se conoció como “el eclipse de Roca” despertó el malestar de algunos vecinos, quienes se alarmaron ante la posibilidad de un futuro traslado del mismo. Pocos días después, Gilberto Taddeo, conocido meteorólogo local y fundador de la Asociación Amigos de Francisco P. Moreno, retiró el manto negro y depositó una ofrenda floral a los pies del caballo como “desagravio” por la ofensa cometida. También envió en nombre de la Asociación dos cartas, una dirigida al entonces presidente Carlos Menem (1989-1999) pidiendo al gobierno que actuara para evitar “futuros desmanes y atropellos al monumento” (Clarín Digital, 1996b), y otra al Consejo Deliberante de Bariloche solicitando a los concejales que no modificaran el emplazamiento de la estatua o el nombre de la plaza, aun hoy denominada oficialmente Expedicionarios al Desierto.

En respuesta a esa iniciativa formal de la Asociación Amigos de Francisco P. Moreno, a inicios de 1997 la Comunidad Mapuche de Anekón Grande[43] realizó una campaña de firmas en conjunto con ciudadanos de Bariloche pidiendo formalmente al Consejo Deliberante la remoción del monumento y el cambio de denominación de la plaza por considerarlos una ofensa a gran parte de la población local. En aquella ocasión el pedido fue negado por la Comisión Nacional de Museos, Monumentos y Lugares Históricos bajo la justificación de que el monumento es parte integrante del proyecto original del Centro Cívico, que ha sido oficializado en su totalidad como patrimonio histórico nacional en el año de 1987.

Tras esa polémica inicial y ante la negativa del poder público de trasladar el monumento, este se tornaría el blanco predilecto de innumerables pintadas y “escraches”, los cuales son constantemente renovados hasta hoy pese a las restauraciones periódicas hechas por la municipalidad. No obstante el carácter ilegal y, por tanto, anónimo de ese tipo de acciones, en ellas el apoyo a los mapuche se hace visible por una serie de grafismos y expresiones propias a ese pueblo: entre las frases más comunes en el pedestal figuran la expresión en mapuzugunmarici weu” —consigna que se traduce por “diez veces viviremos, diez veces venceremos”–, y otras como “el pueblo mapuche vive”, “Roca asesino”, “genocida”, “rati puto”[44]; además de grafismos específicos como son la A circulada —propia de las agrupaciones anarquistas—, la circunferencia sobrepuesta a una cruz —simplificación gráfica del kultrun[45]— y, finalmente, la sustitución de la letra C por la K —una marcación estética que según Kropff (2005), ha sido bastante popularizada en los fanzines de la red mapurbe[46]—.

Pero si la remoción del monumento por vía institucional parecía imposible dada la justificativa patrimonialista, a partir del 2003 fue nuevamente puesta en cuestión gracias a una nueva polémica en el Centro Cívico. En la conmemoración del 24 de marzo[47], simpatizantes de la Asociación Madres de Plaza de Mayo decidieron realizar allí la pintura de sus emblemáticos pañuelos blancos, circundando con ello todo el piso de la plaza alrededor de Roca.

Como reacción, la Asociación Amigos de Francisco P. Moreno solicitó a la intendencia municipal que procediera con la limpieza del piso y quitara las pinturas; pero el pedido fue rechazado y tan solo se comprometió a realizar la restauración de la estatua, como de costumbre[48]. Sin embargo, puesto que el argumento utilizado por el poder público para mantener el monumento en su ubicación original se fundamentaba en el criterio de la no intervención en el conjunto del Centro Cívico, la pintada de los pañuelos ¿no constituiría, por su carácter permanente, una alteración ilegal del conjunto? Por ende, ¿qué memorias podrían reivindicarse como legítimas en aquel espacio?

Excediendo a los actores mapuche que a mediados de la década del 90 empezaron a cuestionar públicamente el mantenimiento de la estatua en el Centro Cívico, la polémica se reanimó, empero esa vez involucrando a un espectro más amplio de ciudadanos locales en un contexto enmarcado por la consolidación de la cultura de los derechos humanos en el país tras la elección presidencial de Néstor Kirchner (2003-2007).

A diferencia de lo que vimos, por ejemplo, en las intervenciones del GAC, orientadas a equiparar las muertes indígenas con los desaparecidos, o Roca y Videla, en Bariloche la discusión se centró en el etnocentrismo detrás del monumento en cuanto representación de la hegemonía “blanca” en una ciudad donde la grieta social entre la población mapuche y la no mapuche era cada vez más evidente. Así, se evidenciaba la preocupación de que el apoyo selectivo demostrado por la intendencia municipal (a cargo, vale decir, de un político aliado del kirchnerismo) a la pintura de los pañuelos blancos encubriese bajo la consigna de los derechos humanos reclamos más específicos sobre los derechos indígenas:

El despojo de Roca no constituye un mero dato de nuestra historia, es una realidad palpable en los barrios marginales y en las desatendidas zonas rurales, realidad que demuestra la incapacidad de nosotros los “huincas” para crear una instancia sin vencidos ni vencedores, pluricultural y de participación igualitaria (Gamez, 2003:s/p).

*

por cuanto mientras exista su presencia en el lugar como lo es en el Centro Cívico, símbolo emblemático de esta ciudad, todo encuentro o convivencia entre las diversas culturas que habitamos en ella será solo una declamación o será ficticio. Ello es discriminatorio y atenta contra la multiculturalidad y la igualdad de derecho, expresada en la Constitución Nacional, Convenio Internacional 169/89, leyes provinciales (Quentrequeo & Meli, 2003:s/p).

Con el precedente abierto por la Campaña de Autoafirmación Mapuche Wefkvletuyiñ, que desde el año 2002 adquirió la forma de campaña permanente (Kropff, 2004), una serie de nuevos colectivos integrados por jóvenes mapuche y no mapuche empezaron a formalizarse en la ciudad, mezclando experimentaciones artísticas diversificadas y una militancia política enmarcada por el tema de la pertenencia a lo urbano -con la consecuente disputa por espacios donde pudieran representarse políticamente como otredad legítima:

Wefkvletuyiñ se enmarca en la perspectiva que ve a la ciudad como un espacio territorial mapuche porque la emergencia misma de la distinción entre espacios rurales y urbanos proviene del proceso de ocupación del que somos víctimas. Por lo tanto, es necesario que la población mapuche urbana—que incluye la descendencia de todas las familias que se vieron obligadas a abandonar sus tierras—se articule y aporte al tejido social mapuche, se integre como parte del Pueblo Mapuche que es. En el caso de Puel Mapu (territorio mapuche hoy ocupado por el estado argentino), esta necesidad se vuelve muy evidente porque la mayoría de la gente vive hoy en día en las ciudades (Cañuqueo & Kropff, 2007: s/p).

En ese marco, si bien prosiguieron las pintadas y escraches anónimos al monumento, otras modalidades de protesta empezaron a despegarse, obedeciendo a dos estrategias: la afronta directa al monumento y también la ocupación de un espacio símbolo de la ciudad rica y con pretensiones de “europea”, que contrastan con los barrios precarios del “Alto”, la ciudad oculta a la mirada del turista y en donde se desarrolla el cotidiano de parte importante de la población mapuche local[49]:

Allí se podían adquirir tierras a bajo costo que, aunque habían sido loteadas, no tenían calles, ni servicios básicos. Actualmente, la denominación “Alto” carga un estigma discursivo, tiene una carga peyorativa que se manifiesta en los discursos y en las políticas hegemónicas. Los sectores dominantes asocian la población del Alto a la marginación, al atraso, a la violencia y la delincuencia. En Bariloche, cada lugar está asignado a un determinado grupo social que se identifica, a la vez, por marcas de aspecto y de indumentaria racializadas. La “población blanca” de los kilómetros y el centro se contraponen a “los negros” del Alto. En este contexto, no es llamativo que gran parte de la población mapuche resida en el Alto (Roncarolo, 2006: s/p).

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Bariloche tiene espacio para los estudiantes, para los turistas, pero para la gente que vive acá no tiene lugar en lo que es el centro. No hay esculturas, no hay espacios para que los jóvenes se expresen, hay mucha violencia de parte de la policía, los jóvenes automáticamente lo les dejan bajar al centro (declaración de integrante del colectivo El Kultrunazo extraída del documental “Kultrun en Bariloche”).

Una de las iniciativas más emblemáticas en ese sentido ha sido la Semana de las Libertades, organizada en los años 2008 y 2009 por el colectivo El Kultrunazo[50] con apoyo del Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI-Río Negro). Con una programación cultural concebida a realizarse del 5 al 11 de octubre, la Semana, en sus dos ediciones, congregó desde charlas sobre la cosmovisión mapuche a recitales de rock, punk y hip hop, jornadas de trabajo comunitario, presentación de poesía, teatro y danza. Según el comunicado de prensa lanzado por el colectivo,

queremos expresar las razones por la cuales no estamos dispuestos a seguir soportando, la imagen que representa la desigualdad, el egoísmo, la intolerancia a la diversidad cultural y que respalda en estos días la despótica relación con nuestro entorno natural, no queremos más Rocas que se apropien de nuestros territorios para venderlos al mejor postor o contaminarlos para la extracción de metales o alimentar la industria del turismo, o que abusen de sus Pichi keche (niños) (ANBariloche, 2009).

El impacto causado por la Semana, sin embargo, se debió principalmente a su performance-protesta inaugural: en ella un gran kultrun construido en metal y tela era llevado en procesión por los integrantes del colectivo y quienes se sumaran, iniciando en “El Alto” y pasando por diversas calles del centro hasta que por fin era depositado sobre el monumento a Roca, abriendo oficialmente las festividades:

El ocultamiento por siete días de la estatua “del genocida, con la imagen de un Kultrun es una acción pacífica para poder producir el debate sobre la identidad que portamos cada uno y cómo la queremos fortalecer, demandar espacios para crear más arte en conjunto e ir entendiendo que no existe ningún último día de libertad, sin reencontrarnos con una filosofía que nos fue negada” (ANBariloche, 2009).

La Semana de las Libertades rescataba, así, algunas formas de protesta ya bastante comunes a los habitantes de la ciudad, como han sido los festivales de la Resistencia Heavy-Punk de los 1990, al mismo tiempo que incluía como nuevo componente la reivindicación directa de la memoria mapuche en el Centro Cívico:

Buscamos que desde el arte, mapuche y no mapuche, se cuestionen todos los estereotipos y uno de ellos es el que cuando llega el 24 de marzo nosotros vemos que en el centro de una reivindicación están las Madres, los Hijos y después el resto de la sociedad. Entonces llega el 11 de octubre y los que estamos en el centro somos los mapuche, pero al mismo tiempo este proceso de discriminación y sometimiento lo sufrimos todos. Y las reivindicaciones mapuche también encuentran críticas en el pueblo mapuche y también encuentran alianzas fuertes con los no mapuche (Nahuelfil, 2009:s/p).

Asimismo el reemplazamiento temporario de Roca por el kultrun evocaba no solo el pasado violento, sino que al hacerlo a través de un evento festivo, ha visibilizado simbólicamente, tal vez como ninguna otra alegoría lograra hasta aquél momento, la presencia viva y operante de la cultura mapuche en la ciudad de Bariloche. Pese el carácter pacífico del acto —se cuidó que el monumento no sufriera daños— en los dos años en que se montó, el kultrun ha sido dañado por anónimos que lo han intentado deshacer, revelando los resentimientos de algunos sectores de la sociedad barilochense ante el virtual traslado de Roca y, también, frente a un sector social históricamente estigmatizado por indígena, extranjero y delincuente.

Del lado de quienes defienden la remoción, El Kultrunazo ha inspirado una oleada de acciones performativas no permanentes, ya fueran nuevos “eclipses de Roca” o iniciativas de tinte irónico como ha sido la intervención “Roca encarcelado”[51] encabezada por H.I.J.O.S/Bariloche en el año 2009. Pero fue nuevamente hacia 2010, en el marco de las contraconmemoraciones del Bicentenario y también del aniversario de 70 años del Centro Cívico, que la escalada de polémicas que envuelven al monumento recobró fuerza tras las propuestas estudiadas por la municipalidad de reforma y refuncionalización del conjunto.

Ante la acalorada oposición de la Asociación Amigos de Francisco P. Moreno a cualquier propuesta que alterase los elementos del Centro Cívico, Gonzalo de Estrada (hijo del arquitecto Ernesto Estrada), en ese entonces coordinador de Obras e Inversión Pública en Parques Nacionales, defendió en tono irónico la retirada de la estatua:

Particularmente, creo que a esta altura Roca ya no representa lo que los barilochenses queremos y fue algo decorativo, podría retirarse o podría ponerse otra persona, hoy estoy de acuerdo con que se retire y se lleve a otro lugar donde no genere tantos conflictos. Creo que hasta Roca mismo lo pediría, ‘sáquenme pero no me peguen tanto’ (ANBariloche, 2010).

Por esa época, también las campañas por “Desmonumentar a Roca” llegaron a San Carlos de Bariloche con el apoyo de colectivos locales. Una conjunción de factores, entre los cuales podemos nombrar: las discusiones alrededor del Bicentenario de la Independencia, la Gran Marcha de los Pueblos Originarios y el mismo esfuerzo del núcleo formado por Bayer, Valko y Zerneri/MMO-Asoc. en llevar la discusión entablada en Buenos Aires a las otras provincias del país llevó a que en esa ciudad se realizaran algunas charlas en las cuales se indagó sobre las posibilidades legales de remoción del monumento. Sin embargo, a ejemplo de las estrategias anteriores que ya habían optado por la vía legal, éstas tampoco lograron avanzar con medidas concretas para resolver en definitivo la cuestión.

Eso refleja en los hechos los beneficios limitados que las poblaciones originarias (aunque en ese caso a través de una disputa simbólica) han alcanzado a través del sistema jurídico y de la propia juridización del derecho indígena en el país; lo que ha llevado a los mapuche, principalmente los jóvenes activistas, a interpretar con el paso de los años la vía legal como una herramienta más del sistema de dominación wigka[52] a que han sido sometidos después de la “Conquista del Desierto”[53]:

Es Roca, pero son más, son los milicos, el sistema jurídico, el sistema capitalista, que nos envuelve, y donde no hay lugar para nosotros. Personalmente hemos participado en conformaciones de comunidades y la lectura que hoy hago es que nosotros y todos los sectores en lucha podemos encarar una estrategia jurídica pero siempre el modelo del opresor marca cosas que nos ponen en constante tensión (Nahuelfil, 2009: s/p).

Es decir, esa tensión siempre presente en las negociaciones entre comunidades indígenas y el poder público[54] difícilmente dejaría de reflejarse en la disputa simbólica trabada alrededor de Roca. En efecto, hasta el año del 2012, gran parte de las protestas sociales que tuvieron lugar en el Centro Cívico involucraron directa o indirectamente el monumento, ya sea con la realización de nuevas pintadas o a través de acciones más enérgicas, como ha sido la llevada a cabo por los integrantes de la Cooperativa de Trabajo 1 de Mayo el 12 de octubre de 2012, y que aquí nos interesa recuperar.

En el marco de las protestas acordadas para el “último día de libertad”, un grupo de más de 50 manifestantes tomó la plaza e intentó derribar la estatua valiéndose de sierras y cuerdas, desatando un gran tumulto con la gendarmería. Pero pese la obvia centralidad ganada por el reclamo contraroquista en ese caso, los manifestantes, en su mayoría miembros de la Cooperativa de Trabajo 1 de Mayo, habían ido al Centro Cívico aquella mañana para exigirle al entonces intendente Omar Goye (PJ) que ampliara los contratos de trabajo que la intendencia municipal había firmado con esa y con otras cooperativas locales.

Esa combinación entre reclamos laborales y algo aparentemente tan específico como la remoción del monumento solo se puede comprender si se toma en consideración la extrema marginalidad social y la segregación espacial vivenciada por los sectores pobres de la ciudad de Bariloche, entre los cuales muchos son indígenas:

-¿En qué se relacionan el pedido de empleo con el ataque al monumento?, le preguntó este diario a una de las integrantes de la Agrupación. “En todo, completamente en todo, son cosas que van juntas”, dijo la chica en un tono emocionado. “Mi madre es mapuche, mi abuela fue Machi, mi bisabuelo fue Cacique. Nuestra familia directa vivió la Campaña del Desierto, para nosotros la estatua de Roca es un insulto diario”, le dice José a Clarín (Andrade, 2012: s/p).

La Cooperativa de Trabajo 1 de Mayo se había formalizado en 2010, después que las protestas masivas en julio de aquél año evidenciaran nacionalmente la condición precaria vivida por los habitantes del “Alto”. Como otras cooperativas formadas en el mismo período, se vinculó entonces al Programa Ingreso Social con Trabajo (“Argentina Trabaja”) del Ministerio de Desarrollo Social, el cual buscaba ofrecer una solución de urgencia a la crisis social mediante un convenio con el gobierno municipal. Sin embargo, el retraso en el recibimiento de los abonos y la suspensión de los planes laborales en 2012 por la supuesta falta de fondos del gobierno municipal reencendería las tensiones apenas apaciguadas en los años anteriores, llevando desde julio a una nueva jornada de protestas callejeras y cortes de ruta en los cuales los cooperativistas de la 1 de Mayo han sido participantes[55].

La tentativa de tirar la estatua al piso puede interpretarse, así, como parte de un conjunto de acciones más o menos espontáneas (en la medida que no llegaron a estructurarse en torno a una pauta política clara y unificada), que esos sectores marginados de Bariloche emprendieron como respuesta directa al sentimiento de disgregación social que se experimentaba.

Una tensión que terminó por explotar dramáticamente dos meses después, tras los saqueos a supermercados y mayoristas ocurridos el 20 de diciembre en distintos barrios, la 1 de Mayo y el monumento a Roca volverían a coincidir. Luego que el gobernador de la provincia, Alberto Weretilneck (Frente Grande), atribuyera públicamente la autoría de los saqueos a esos cooperativistas, ellos decidieron tomar el Centro Cívico y reclamar una audiencia con las autoridades municipales y provinciales.

Coincidentemente, días antes se inauguraba en la ciudad la primera etapa de la muestra artística In Situ auspiciada por la Secretaría de Cultura de la Nación[56]; entre las instalaciones previstas estaba la obra Geometría Sagrada de Tomás Espina, la cual consistía en un puente peatonal de madera que pasaba por encima del monumento a Roca.

La obra había despertado controversias antes de haber sido instalada debido a que los sectores conservadores de la ciudad la consideraron en desarmonía con el conjunto del Centro Cívico. Asimismo, lejos de representar un simple problema estético, el puente claramente no había sido elegido para aquella ubicación al azar y, según el artista, se había diseñado como metáfora capaz de trascender la polarización alrededor de la figura histórica de Roca:

Entendí que para salir de la dicotomía entre amor y odio que sigue alimentando esa figura debía mirar las cosas desde otra perspectiva. Para trascender ese rencor había que estar por encima de él. Me propuse entonces diseñar un puente que pase por arriba del monumento a Roca (Espina, 2012: s/p).

Sin embargo, cuando los manifestantes ocuparon la plaza, naturalmente se pusieron bajo el puente utilizando entonces su estructura para colgar carteles y armar las carpas, confiriendo al conjunto un nuevo sentido inesperado:

la estructura posibilitó que tomaran el Centro Cívico y pudieran instalarse a resguardo del viento y la lluvia, entre otras cosas. Situación paradójica… Lo cierto es que el puente quedó en el medio de una situación social de fractura en la sociedad de Bariloche (entrevista a Tomás Espina en Pintos, 2013: s/p).

*

el puente terminó siendo un puente entre El Alto, donde viven la mayoría de los marginados con el Centro Cívico. Pero el problema es que hay sectores que creen que esas personas (los marginados) no deberían existir, que habría que matarlas como Roca mató a los indios (entrevista a Tomás Espina en Lynch, 2013: s/p).

Aunque involuntariamente, el monumento del Centro Cívico evidenció, una vez más, el contraste social entre la Bariloche turística y el “Alto”, reflejando en sí mismo el doble proceso de marginación social sufrido por la población indígena en esa ciudad: primero, en cuanto representación de Roca, remite directamente a la conquista militar de 1879 y, por ende, al proceso de aniquilamiento y de sumisión e incorporación forzada de los mapuche al Estado nacional argentino; segundo, en cuanto objeto, vale recordar que se vincula a las reformas urbanas de Exequiel Bustillo y Ernesto Estrada, las cuales han consolidado definitivamente la “suiza argentina” en el imaginario nacional y direccionaron la expansión del ejido urbano informal de Bariloche hacia una zona pobre, densamente poblada, desproveída de las infraestructuras básicas y oculta a la mirada turística.

De manera tal que la remoción del monumento no responde solamente a una disputa simbólica entre dos memorias que se quieren imponer como (más) verdaderas en el principal espacio público de Bariloche, sino a la necesidad simbólica, pero también política y social, de los vecinos del “Alto” reivindicaren su propia presencia, en cuanto ciudadanos, en el espacio del Centro Cívico —considerado un espacio de usufructo solamente a los sectores medios y ricos que habitan la zona turística—:

“Nosotros no podemos hacer nada de lo que hacen los turistas, no tenemos ni plazas, por eso los pibes nuestros están alcoholizados y empastados, porque no tienen nada accesible para hacer. ‘Volvé para arriba’, te dicen si te ven con una gorra o un pañuelo. Ahora, después de los saqueos, ni siquiera nos dejan entrar a los supermercados para ir al baño” contó Caty, del Barrio km 20 y añadió “la gente no baja (del Alto) por miedo, de otra manera todo Bariloche estaría acá” (ANRed, 2013).


  1. No hallamos datos precisos sobre esa cuestión, sin embargo es bastante probable que los homenajes oficiales a Roca, principalmente en la toponimia urbana, sean superados solamente por los realizados en honor al gral. San Martín, gran héroe de la Independencia.
  2. Ver la introducción del primer capítulo y Vecchioli (2001).
  3. Masotta (2006) interpreta las indagaciones recientes sobre Roca como un fenómeno de impugnación del “mito de origen” de la Argentina moderna. Para comprender un poco más esa cuestión, recurrimos a la noción de mito presentada por Williams (2007), para quien uno de los usos modernos del término, derivado de la antropología, se refiere a los relatos de origen de un pueblo o sociedad. Según esa interpretación —que retomo—, los mitos adquieren un rol activo en la organización social y la reproducción de identidades colectivas. Por ende, el “mito de origen” referido por Masotta (2006) es aquel que tomó la “Conquista del Desierto” como hito del “proceso civilizador”, y que por más de un siglo fundamentó los relatos que niegan de la presencia indígena en la Argentina moderna (véase “El lugar de los indígenas en el espacio público democrático”, en el Capítulo 2).
  4. Siguiendo a Habermas (1984; 1999), muchos autores usan los conceptos espacio público y esfera pública como sinónimos, pero aquí las distinguiremos para evitar confusiones. Utilizaremos la expresión esfera pública para el ámbito más general en donde los temas de interés público son discutidos por los actores sociales públicos y privados, sin anclarse necesariamente a espacios físicos específicos. Y la expresión espacio público será utilizada sobre todo para referirnos a las acciones ocurridas en las calles y plazas, aunque no excluyamos de esa categorización los debates entablados en las legislaturas, en el Congreso de la Nación u otras instituciones de representación política espacialmente bien determinadas. Empero, en esos casos, dejaremos claro en qué instancias ocurrió cada debate.
  5. Como veremos más adelante, las formas de apropiación del espacio diferencian, en efecto, las acciones ocurridas en Buenos Aires y en Bariloche.
  6. Félix Luna ganó notoriedad tras fundar y dirigir Todo es Historia en 1967, la cual buscó entonces confrontar directamente la censura política impuesta por la dictadura de la “Revolución Argentina” (1966-1973) que derrocara al presidente Arturo Illia, del mismo partido político de Luna (UCR), en el año anterior. Aunque por medio de la revista Luna haya ayudado a promover historiadores revisionistas, él mismo se mantuvo acorde a diversos preceptos de la historiografía oficial. Ha dado muestras de interés por una línea de investigación centrada en las biografías políticas desde los años 1950 —cuando publicó Yrigoyen (1954) y Alvear (1958)—; posteriormente, publicó aún Ortiz (1978), dando continuidad a las obras sobre presidentes radicales, y los tres volúmenes sobre Perón titulados La Argentina era una fiesta (1984), La comunidad organizada (1985) y El régimen exhausto (1986).
  7. Entre las numerosas notas publicadas por el diario, citamos como ejemplos “El fantasma Roca” por Daniel Balmaceda y “Los Roca” por Rosendo Fraga, de contenido biográfico; “El mejor presidente de la historia nacional” por Ceferino Reato, “Roca y el mito del genocidio” de Juan José Crespo y “La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento” de Mariano Grondona, sobre la importancia histórica del período roquista y, finalmente, “La Argentina acorralada”, “La cuestión mapuche” y “¿Quiénes son los mapuches?”, todos de Rolando Hanglin, sobre los indígenas mapuche del pasado y de hoy.
  8. Denominación que se da en la historiografía oficial al período que abarca las presidencias de Mitre (1862-1868), Sarmiento (1868-1874) y Avellaneda (1874-1880) y que antecedió, justamente, la llamada “República Conservadora” inaugurada por la primera presidencia de Julio Roca (1880-1886).
  9. Sobre la influencia actual de Mitre y la doctrina liberal en el diario, seguimos a Ulanovsky (2005: 24): “‘Y aunque no siempre dirigió el diario [Mitre], su influencia fue considerable, en especial, acerca de los sentimientos e intereses bonaerenses’, dice en 1996 el secretario general de redacción de La Nación, José Claudio Escribano [actualmente en el cargo de subdirección], quien además asegura que son numerosos los vestigios de la doctrina del fundador que aún permanecen en la institución y en el  periódico. ‘La presencia de Mitre perdura en lo que concierne al uso de la libertad, la defensa de las garantías individuales, la independencia de los poderes públicos y el ejercicio de un criterio pluralista en todos los órdenes. Si alguien nos dijera: ‘Ustedes hacen un diario conservador y liberal’, contestaríamos: ‘Está bien; no hay nada que corregir en su afirmación’. Ahora, si en cambio, la expresión fuera: ‘Ustedes hacen un diario elitista’, nosotros diríamos: ‘Qué mal nos ha entendido usted o qué mal hacemos nosotros las cosas para que usted nos entienda de ese modo’, opina Escribano. Acerca de la cuestión de si todavía en 1996 hay ‘mitrismo’ en La Nación, Hugo Caligaris -en el diario desde 1978 y actual editor de la revista de los domingos- responde: ‘El espíritu de Mitre persiste, en especial en los editoriales, en donde siempre trató de mantener principios del liberalismo bien entendido, polifacético'”. Se sugiere además la lectura de Sidicaro (1993).
  10. En el libro Nosotros y los otros (2010) Tzvetan Todorov diferencia racismo y racialismo; aunque ambas categorías se configuren como herramienta analítica para entender la cuestión racial, el racismo es más bien un sentimiento de menosprecio a grupos físicamente diferentes, mientras que el racialismo es una doctrina con ideas propias, que reproduce un conjunto coherente de proposiciones científicas, sociales, económicas, morales, etc., propias de la modernidad occidental positivista decimonónica. Siguiendo a Todorov, Ansaldi y Funes (2004) sostienen que los presupuestos del racialismo como doctrina son: “la existencia de razas y la preeminencia de unas sobre otras; la continuidad entre lo físico y lo moral y la sobredeterminación de la biología sobre la cultura; la acción del grupo sobre el individuo; una jerarquía única y etnocéntrica de valores y una política fundada en el saber. Este último rasgo es la clave de bóveda de la relación entre poder y biología o entre ‘poder’ y ‘ciencia'” (Ansaldi y Funes, 2004: 452).
  11. La construcción ideológica del “desierto” como espacio de la no-civilización o, para utilizar la expresión sarmientiana, de la “barbarie”, bien como su paulatina deconstrucción en los últimos 30 años merecerían un análisis a parte. Empero, en la medida que esa discusión se ha dado de forma paralela e independiente a la discusión pretendida aquí (aunque con claros puntos en común) decidimos no desarrollarla en el presente escrito. Recomendamos, en su lugar, las lecturas de a) Masotta (2006) en donde el autor aborda una serie de iniciativas en el campo de las artes plásticas en donde el “desierto patagónico” figura como protagonista; b) Quijada (2000), sobre los conceptos decimonónicos de “territorio”, “frontera” y “desierto”; c) desde la crítica literaria, F. Rodríguez (2010), en que el “desierto” es interpretado como el primer mecanismo de invisibilización del indígena en la Argentina moderna.
  12. En relación al uso de la categoría “indio” por parte de todos los autores aquí citados, vale recordar que por el origen europeo y colonial del término, ha ganado una connotación peyorativa entre las comunidades y pueblos indígenas argentinos, los cuales prefieren el uso de la denominación “pueblos originarios”. La insistencia por el uso de esa categoría refleja, así, la opción deliberada de esos autores por el uso de una categoría vinculada directamente a la derrota y sumisión de esos pueblos durante el período de conquista y colonización.
  13. Entre los principales investigadores a sostener esa hipótesis estaba el paleontólogo Rodolfo Casamiquela. Entre otras publicaciones, recomendamos la lectura de su artículo El poblamiento de la Patagonia (2007).
  14. El partidismo presente hoy en las memorias analizadas es un factor importante a considerar, principalmente en el análisis centrado en Capital Federal. En nuestra opinión, aunque no determine en sí mismo la disputa y haya surgido de forma paralela a ella, ese involucramiento partidario agregó nueva complejidad, nuevos argumentos y asimismo contradicciones al planteo original, las cuales se expondrán en el siguiente apartado.
  15. El primer libro publicado por Osvaldo Bayer, Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia (1970/2011) fue prohibido por el gobierno de Raúl Alberto Lastiri (julio de 1973-octubre de 1973). Luego, los tres primeros tomos de La Patagonia rebelde (lanzados entre 1972 y 1974) y la película homónima de 1974 fueron censurados por el gobierno de María Estela Martínez de Perón (1974-1976). Esta última obra, en especial, llevó a que Bayer y todo el elenco principal entraran para la lista de la Triple A, grupo paramilitar que fue responsable del el asesinato y desaparición de casi 700 militantes, intelectuales y artistas de izquierda entre 1973 y 1976.
  16. Bayer colaboró desde 1983 activamente con las Madres, en sus dos organismos distintos (Línea Fundadora y Asociación). Sin embargo, se ha distanciado de la Asociación liderada por Hebe de Bonafini cuando ésta declaró su apoyo a los gobiernos kirchneristas (2003-2015).
  17. Fue el caso de Osvaldo Soriano (1943-1997), escritor, periodista y gran amigo de Osvaldo Bayer.
  18. Según Alexis Papazian, investigador vinculado a la Red, ésta surgió entre 2005/06 animada justamente por una serie de inquietudes que hacia aquellos años fueron apareciendo en seminarios de la FFyL sobre la cuestión indígena en el siglo XIX, la existencia o no de un genocidio y sus consecuencias en la actualidad. Para más información sobre la Red, sugerimos la entrevista “Los pueblos originarios sufren las consecuencias del genocidio que fue invisibilizado, ocultado o negado” cedida al periódico Agencia Paco Urondo el 17 de junio de 2014.
  19. El tratamiento despectivo de los vencidos también es recordado en la construcción del Museo de Historia Natural en la ciudad de La Plata. Fundado durante la primera presidencia de Roca y bajo la dirección de Francisco P. Moreno (el “perito Moreno” del que habla Bayer) él no albergó solamente artefactos conseguidos en la guerra, sino también prisioneros ilustres de ella, como el cacique rendido Inakayal y su familia, quienes fueron estudiados mientras vivían y cuyos restos mortales se han tornado parte del acervo etnográfico. Sobre este tema, se recomienda la lectura de Endere (2011) y la película documental Inacayal: la negación de nuestra identidad de Myriam Angueira y Guillermo Glass (2013).
  20. Sin embargo, no existe un consenso general entre los investigadores académicos sobre la validez de esa categoría cuando es aplicada a las campañas militares decimonónicas. Ver, entre otras publicaciones, el debate Genocidio y política indigenista: debates sobre la potencia explicativa de una categoría polémica coordinado por Diana Lenton en 2011 y la entrevista Imágenes de la masacre y el genocidio concedida por el historiador José Emilio Burucúa al periódico Página/12 en 2009.
  21. El llamado Monumento a la Mujer Originaria (MMO), que abordaremos a detalle en el próximo apartado.
  22. La agrupación Hijos e Hijas por la Identidad y la Justicia contra el Olvido y el Silencio (H.I.J.O.S) fue fundada originalmente por hijos e hijas de desaparecidos durante la última dictadura militar; surgió en la ciudad de La Plata en 1994 y desde entonces se dedica a denunciar casos de violencia e impunidad vinculados al terrorismo de Estado. Su actuación ha llamado la atención de militantes en todo el territorio nacional (donde cuenta con aproximadamente 20 delegaciones regionales) y también en el extranjero, habiendo hoy brazos de H.I.J.O.S en diversos países latinoamericanos y europeos.
  23. El idioma mapuche.
  24. Existen actualmente más agrupaciones por el país con ese mismo nombre, pero no se vinculan a Bayer o a los planteos contraroquistas trabajados aquí. Está, además, la película homónima lanzada por Bayer en conjunto con los cineastas Mariano Aiello y Kristina Hille en 2010, asunto que abordaremos más adelante.
  25. Véase la página del colectivo en internet: https://www.flickr.com/photos/gacgrupodeartecallejero/
  26. El 12 de octubre se conmemora la llegada de Colón a América y fue celebrado bajo el nombre de “Día de la Raza” hasta el año 2010, cuando el decreto presidencial 1584/2010 cambió la denominación del feriado para Día del Respeto a la Diversidad Cultural. Empero, durante los contrafestejos por el V Centenario en 1992 los pueblos indígenas de Argentina ya habían decidido en conjunto nombrar el día antecedente, el 11 de octubre, como “El Último Día de Libertad”, fecha en que realizan una serie de actividades y protestas.
  27. A diferencia de los proyectos de ley impulsados por Osvaldo Bayer en años posteriores, la Ley Antimonumento a Julio Argentino Roca no llegó a presentarse formalmente en la Legislatura; para evitar confusiones, decidimos utilizar aquí la palabra “manifiesto” para referirnos a ella.
  28. Entre los artículos publicados en ese período, recomendamos especialmente la lectura de “La historia está para aprender” (Osvaldo Bayer, 2004), “Julio Argentino Roca: un organizador de la Nación” (Miguel Angel De Marco, 2004), “Roca y el mito del genocidio” (Juan Jose Cresto, 2004), “Desmonumentar” (Osvaldo Bayer, 2010), “La demonización de Roca y el olvido de Sarmiento” (Mariano Grondona, 2011), “Bajen a Roca, alcen a Néstor” (Luis Alberto Romero, 2011).
  29. Los convocantes de la Jornada fueron la Fundación Che Pibe, organización de educación infantil localizada en Lomas de Zamorra, en donde se atiende sobre todo a niños en situación de calle, o víctimas de violencia doméstica; el Centro de Estudios Americanos (CEA); el Centro de Políticas Públicas para el Socialismo (CEPPAS); el equipo Pañuelos en Rebeldía de educación popular; el Frente Popular Darío Santillán; el Centro Cultural Los Querandíes; el Centro Cultural Alma Fuerte y el Movimiento Indígena de las Naciones Originarias (MOINO).
  30. Para información adicional sobre esa intervención recomendamos la página del grupo en el Flickr:
    https://www.flickr.com/photos/gacgrupodeartecallejero/albums/72157624491254947
  31. En 2005, el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires publicó un detallado estudio de Daniel Corach, profesor en la cátedra de Genética y Biología Molecular de la Facultad de Farmacia y Bioquímica, donde constaba que el 56% de la población argentina posee en el ADN mitocondrial genes de origen indígena.
  32. El proyecto (Expte. 1338-D-2008) derivó del Programa de Fortalecimiento de Derechos y Participación de las Mujeres Juana Azurduy, integrado por Merchán, en donde la recuperación de las personalidades femeninas de la historia nacional era pensada como política de representatividad social esencial al fortalecimiento de los derechos civiles de las mujeres; pero, una vez que el histórico de militancia de Merchán incluía también desde hace algunos años los derechos de los pueblos originarios y, más específicamente, de las mujeres indígenas, Roca le pareció la figura más adecuada a ser sustituida.
  33. Véanse los numerosos spots audiovisuales con la participación de conocidos intelectuales, actores y artistas en apoyo a la causa: https://www.youtube.com/watch?v=AQSmQSBW3Go
  34. Aunque Zerneri sea el principal impulsor y vocero del grupo, según la comisión de prensa del MMO-Asoc. hay actualmente entre 50 y 60 personas trabajando en el proyecto, todos ellos de manera voluntaria. El trabajo se ha organizado en diversas comisiones, entre ellas: prensa y comunicación, educación, bronce y logística, audiovisuales, relaciones institucionales, contactos con pueblos originarios y artistas plásticos —involucrando, por tanto, profesionales de formaciones muy distintas, desde antropólogos e historiadores a fotógrafos, directores de cine, periodistas, diseñadores gráficos, músicos, etc—.
  35. Actualmente no se puede profundizar en esa crítica pues Zerneri todavía no ha presentado el boceto final de la escultura.
  36. Sobre ese tema, se recomienda la lectura de Rotker (1999).
  37. Según la antropóloga social Mónica Lacarrieu (2012), la Marcha que entró en la ciudad de Buenos Aires el día 20 de mayo activó ciertos interrogantes de orden político como ¿por qué conmemorar el Bicentenario? y ¿a quiénes les interesa conmemorar el Bicentenario?, contrastando con la presencia “folclorizada” de los indígenas en las festividades propuestas por el Estado.
  38. La ciudad de Junín se ubica a cerca de 250km a oeste de la CABA, en las orillas del Río Salado, que durante el período colonial había enmarcado la frontera entre el poder efectivo del Virreinato del Río de la Plata y el territorio de la pampa húmeda dominado por distintos pueblos indígenas, como los tehuelche y los mapuche. En efecto, hasta hoy hay en la zona una expresiva presencia indígena, justificando la elección de Bayer por lanzar allí el referido congreso.
  39. Sobre el uso del neologismo “desmonumentar” que pasó a difundirse a partir de entonces entre los activistas y en los medios de comunicación para referirse a las propuestas de remoción de los monumentos u otras referencias urbanas a Roca, Marcelo Valko lo justificó diciendo que “cuando existen hechos que carecen de palabras adecuadas, es necesario crearlas” (Valko, 2013: 13). En su opinión, la “remoción” del monumento podría ocurrir por distintas razones -para su restauración, para una reforma urbana, es decir, por motivos apolíticos- empero la “desmonumentación” es siempre una elección política: “desmonumentar busca recuperar la memoria apropiada, la memoria usurpada, tergiversada por la amnesia, en donde los nombres de las calles y la estatuaria desempeñan un mecanismo de disciplinamiento muy sutil” (Valko, 2013: 14).
  40. Según datos del Censo Nacional de 2010, entre el 2-3% de la población del Gran Buenos Aires se reconoce indígena.
  41. Con “mapurbe” nos referimos no a un colectivo específico o a un grupo determinado de personas, sino a una categoría autorreferencial que desde el 2001 se viene utilizando por los jóvenes mapuche que habitan tanto en ciudades chilenas como argentinas. Se trata, según Kropff (2004), de una construcción identitaria liminal entre el reconocerse indígena y el reconocerse como jóvenes urbanos, la cual se vincula directamente con las experiencias de vida atravesadas por estos jóvenes: “a pesar de la importancia de los espacios ceremoniales, [es] un proceso urbano. La reflexión que se provoca a través del uso de la categoría liminal de ‘mapurbe’ no pasa por la afirmación de la ruralidad de la condición indígena y de la característica desmarcada étnicamente de la población urbana (…) sino por la indagación en la posibilidad real de que un sujeto que combina ambas características pueda ser concebido” (Kropff, 2004: 5). Tomamos aquí sobretodo a Kropff (2004; 2005; 2008) y Cañuqueo & Kropff (2007) como referencia de los debates sobre la formación en Bariloche y otras ciudades rionegrinas de los núcleos de activismo joven mapuche que se autoidentifican con la categoría “mapurbe” y otras variaciones de la misma, como “mapunky” y “mapheavy”.
  42. La llamada Resistencia Heavy-Punk se inserta en el activismo joven nacido durante los 90 en esa ciudad. Según Kropff (2008: 5), “funcionó a la vez como un espacio de comunalización entre los jóvenes de la periferia urbana, como una instancia de impugnación de la concepción de lo local que se condensa en la imagen de “la suiza argentina”, y como instancia de articulación con demandas de otros sectores. Hacia fines de los noventa, la Resistencia organizaba recitales en espacios comunitarios de los barrios, incluyendo música punk, heavy y también folclore”. Para más información sobre el tema, se recomienda también la lectura de Cañuqueo y Kropff (2007).
  43. Se trata de una importante comunidad mapuche localizada en la zona rural a leste de la provincia de Río Negro. Se encuentra en la zona de influencia de la ciudad de Bariloche y, por esa razón, se inserta en la dinámica de migraciones temporarias hacia esa ciudad; de allí deriva una extensa red de parentesco que la vincula directamente a los reclamos realizados por militantes mapuche que habitan la ciudad.
  44. Rati” en la jerga popular, significa policía.
  45. El kultrun es un elemento filosófico importante de la cosmogonía mapuche que suele estar representado en el timbal utilizado por ese pueblo en festividades y ritos religiosos.
  46. Según Kropff (2005: 122), “los fanzines mapuche utilizan recurrentemente elementos estilísticos que provienen de esos géneros como la letra K, que a su vez constituye un diacrítico étnico porque el grafemario que se utiliza para escribir el mapuzugun reemplaza la letra C por la letra K.”
  47. Instituido feriado nacional a partir de 2002 como el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia en alusión al golpe de Estado que se produjo el 24 de marzo de 1976.
  48. Decisión que terminó por llevar la polémica al Poder Judicial rionegrino, pues Gilberto Taddeo decidió denunciar al entonces intendente Alberto Icare (Partido vecinal SUR/Concertación Plural) por descuido en relación al conjunto del Centro Cívico y, en especial, al monumento a Roca. Sobre el caso, leer: o Negro On Line, “Icare, sobreseído de no limpiar la estatua del general Roca”, 5 de abril de 2004; y La Nación, “Roca: el monumento más atacado”, 26 de marzo de 2006.
  49. La zona barrial conocida como “El Alto” se desarrolla al sur del ejido urbano de Bariloche, a una altura promedio de 150m superior al nivel del lago Nahuel Huapi y “del otro lado de la cadena de cerros que le da a Bariloche su espectacular vista”, según la politóloga María Esperanza Casullo, quien agrega que “no tiene gas, no tiene cloacas y no tiene casi transporte público. No tiene vista al Nahuel Huapi, ni a ningún otro lago. Tiene, o tenía hasta hace poco, el desempleo más alto de la provincia de Río Negro. No tiene hospital, no tiene basurero. Tiene mucha población joven, altas tasas de delito y muchos homicidios, varios de ellos a manos policiales. Gracias al cerro que los oculta, los habitantes del Bajo no sólo no comparten la ciudad con los del Alto, sino que ni siquiera los ven. Con sólo no pasar nunca “del otro lado”, es perfectamente posible hacer como que los del Alto no existen” (Casullo, 2010).
  50. El colectivo El Kultrunazo se formó por activistas de distintas ocupaciones y trayectorias sociales. En él han confluido desde militantes mapuche directamente vinculados a las comunidades rurales de Río Negro hasta jóvenes egresados, recicladores, artistas plásticos, músicos, comunicadores, etc. Por ello, el colectivo más bien se autodefinió como un espacio de articulación entre agrupaciones, comunidades mapuche y gente de distintos barrios de la ciudad. Tras la organización de los eventos en 2008 y 2009 la agrupación se disolvió poco a poco; su última actividad como colectivo se dio con la organización del “Reciclarte” en 2010, promoviendo la transformación de basura en obras artísticas. Sobre el montaje del kultrun, hay diversos videos en el canal del youtube. Se recomienda especialmente el corto-documental “Kultrun en Bariloche” de Leandro Achile, Sergio Ugalde y Santiado Acuña:
    https://www.youtube.com/watch?v=y9dV8JU2s1Y&index=11&list=PLRG_aPg38qSHGOJfYRtdP-5-daPNbTSHD
  51. En esa acción, se ha montado en torno de la estatua una reja artesanal en la cual se colgaron pancartas con la frase “la impunidad es hija de la mala memoria”.
  52. Una subordinación, vale decir, que excede el campo simbólico y se impone como forma burocrática en el interior de las comunidades, atropellando con ello el tejido social de las mismas —aunque cumpliendo, también, un rol imprescindible a su sobrevivencia—. Petralito (2010) presenta una entrevista con Silvia Vera, autoridad de la Comunidad Mapuche Vera de San Martín de Los Andes (provincia de Neuquén) que da la dimensión social de esa tensión: “Fíjense que nosotros para ser una comunidad Mapuche reconocida legalmente la única forma que se ha encontrado es que seamos una asociación civil sin fines de lucro. Nos imponen eso, con estatuto, donde tenemos que adecuar nuestra vida comunitaria, nuestras propias normas y filosofías. El estatuto huinca no está pensado para nosotros y rompe con la forma organizativa Mapuche: se nos impone un presidente, vice, secretario, tesorero, dos revisores de cuenta. Y en la vida interna mapuche la forma organizativa es diferente: primero están nuestras autoridades filosóficas, después nuestras autoridades políticas. Hay muchas cuestiones que nos han debilitado y es en este proceso de consciencia en que estamos” (Petralito, 2010, p.320).
  53. De allí también la identificación de muchos de esos jóvenes mapuche urbanos de Bariloche con el anarco-punk (Kropff, 2004, 2005, 2008, 2011).
  54. Véase el acápite “El lugar de los indígenas en el espacio público democrático” del Capítulo 2.
  55. Ese programa se proponía la promoción de cooperativas de trabajo a fin de que las mismas realizaran obras públicas de infraestructura y construcción civil de baja complejidad en localidades caracterizadas por la alta vulnerabilidad social. Los destinatarios del programa eran “personas sin ingreso en el grupo familiar, ni prestaciones de pensiones, jubilaciones nacionales, ni planes del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social o provinciales” (MDS citado en Guimenez & Hopp, 2011), por tanto, desocupados en situación de extrema precariedad, a quienes se pagaba mensualmente un abono de 1200 pesos más la obra social y un seguro por accidente personal. En San Carlos de Bariloche, el programa se ha implementado a través de convenios específicos con la municipalidad, como han sido el Plan Calor y el Plan Veredas. Para informaciones más detalladas sobre el Programa Argentina Trabaja, se recomienda la lectura de Guimenez & Hopp (2011); sobre la trayectoria de la Cooperativa 1 de Mayo de 2010 a 2012, se recomienda a su vez la lectura de Wilgenhoff (2015).
  56. Para más informaciones sobre la muestra: http://www.cultura.gob.ar/noticias/inauguracion-de-la-muestra-in-situ-arte-en-el-espacio-publico-en-bariloche/


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