Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

3 Procesos y experiencias en torno a los tratamientos de reproducción médicamente asistida

Anahí Farji Neer , Yasmín Mertehikian, Santiago Cunial y Emiliano Kolkowski[1]

Introducción

En el presente artículo se analizan las experiencias de la espera en el marco de tratamientos médicos de reproducción biotecnológica. Abordamos los modos en que los avances científicos y tecnológicos en materia de salud reproductiva activan dinámicas de poder que producen efectos subjetivos particulares. Nos proponemos profundizar en la relación entre el tiempo y el poder desde una perspectiva que dé cuenta de las reglas de juego del esperar/hacer esperar. Estas reglas forman parte de los códigos invisibles de la cultura y del conjunto de técnicas e instrumentos de control social (Levine, 2006). Como muestra Javier Auyero (2013), las dinámicas involucradas en las esperas pueden ser parte de estructuras de dominación que se reproducen cotidianamente. Nos preguntamos entonces: ¿Cómo se desarrollan, qué efectos producen, cómo son gestionadas y qué disputas o negociaciones entre actores –tanto individuos como instituciones- se activan en el marco de las experiencias de espera alrededor de los tratamientos médicos de reproducción biotecnológica?

El presente artículo parte de una investigación cualitativa, basada en tres entrevistas en profudidad a mujeres solteras y parejas heterosexuales  de estratos socioeconómicos medios y altos, que llevaron adelante tratamientos médicos de reproducción biotecnológicos de manera exitosa en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Por tratamientos médicos de reproducción biotecnológica nos referimos al “conjunto de técnicas que, desde el campo interdisciplinario de la medicina y la biología, clínicas y experimentales, proveen alternativas biomédicas a la ausencia involuntaria de descendencia entre individuos o parejas” (Ariza, 2014: 43)[2][i]. Como marco general, el estudio se inscribe en un proyecto colectivo que busca analizar la espera y el hacer esperar como un fenómeno inherente a toda relación social. Con tal fin, a partir de un análisis descriptivo e inductivo de las entrevistas realizadas, buscamos identificar y construir escenas en las que los y las interlocutores/as relataran contextos atravesados por algún tipo de espera durante su/s tratamiento/s. Los tres casos analizados alcanzaron los embarazos buscados. En las entrevistas indagamos en los motivos que llevaron a esas personas a realizar los tratamientos, la cantidad y tipo de tratamientos realizados, las distintas esperas experimentadas y las emociones y estrategias desarrolladas alrededor de esas esperas. A partir del análisis de los relatos obtenidos, secuenciamos la temporalidad de la espera en tres momentos: antes, durante y con posterioridad a las intervenciones médicas. En función de dicha temporalidad comparamos los modos en los que las experiencias de la espera se vinculan con aspectos institucionales, corporales, subjetivos y vinculares, y las estrategias que ponen en práctica los sujetos a fin de acortar la espera, o bien hacerla productiva. Durante el análisis optamos por modificar los nombres de los y las entrevistados/as y las instituciones y profesionales, a los fines de resguardar la confidencialidad de los datos.

En junio del año 2013, el Congreso Nacional argentino sancionó la Ley N° 26.862 de Acceso integral a los procedimientos y técnicas médico-asistenciales de reproducción médicamente asistida. La misma garantiza el acceso integral a los procedimientos y técnicas médico-asistenciales de reproducción médicamente asistida para toda persona mayor de edad, sin requerir ningún tipo de diagnóstico de enfermedad ni certificación previa. También dictamina la cobertura de esos tratamientos por parte de los distintos efectores del sistema de salud (públicos, privados y obras sociales)[3]. Este hecho, que adquirió relevancia pública y mediática, y modificó los mecanismos de acceso a estos tratamientos, enmarca y dota de relevancia a nuestras preguntas de investigación. El primer caso analizado es el de una pareja heterosexual que recurrió a los tratamientos de reproducción médicamente asistida con el objetivo de evitar la propagación de una enfermedad hereditaria. En el segundo caso, otra pareja heterosexual hizo uso de la medicina reproductiva para realizar un tratamiento de Fertilización In Vitro (FIV) tras recibir un diagnóstico médico de infertilidad. El tercer caso es el de una mujer que, luego de una interrupción espontánea de su embarazo se separó de su pareja y realizó un tratamiento en el que intervinieron la donación de gametos y la inyección intracitoplasmática de espermatozoides (ICSI).

Las posibilidades ofrecidas por las tecnologías biomédicas reproductivas históricamente han generado un sinnúmero de interrogantes éticos y políticos. A través del estudio de las esperas que las mismas habilitan en este trabajo indagamos en las múltiples aristas de lo social que las mismas interpelan. El avance y desarrollo de las tecnologías de reproducción médicamente asistidas posibilitan la concreción de deseos reproductivos anteriormente impensados. Permiten aumentar las posibilidades de alcanzar embarazos exitosos frente a situaciones que de otra manera se verían dificultados -o directamente imposibilitados- y amplían el umbral de esperanzas en torno a los deseos reproductivos. También son productoras de nuevas situaciones de espera: esperas frente a las instituciones de salud, esperas de resultados de tratamientos, esperas y ansiedades frente al entorno social y afectivo, entre otras. En el presente trabajo nos proponemos aportar a los debates teóricos que abordan la interacción entre biotecnología y procesos subjetivos, políticos e institucionales, visibilizando el modo en que el componente de la temporalidad atraviesa y es constitutivo de estos procesos.

Daniela y Juan

Daniela y Juan recurrieron a los tratamientos de reproducción médicamente asistida con el objetivo de evitar la transferencia de una enfermedad hereditaria ligada al cromosoma X que Daniela y su familia padecen. Esta enfermedad, una vez avanzada, afecta los principales órganos vitales dificultando su correcto funcionamiento. En primer lugar, recurrieron a una tecnología que les permitió identificar el gen portador de la enfermedad. Este proceso fue realizado en el extranjero por intermedio del hermano mayor de Daniela. Una vez identificado, las tecnologías de reproducción médicamente asistida les permitió seleccionar e implantaron aquellos embriones que no fueran portadores del gen de la enfermedad. El tratamiento se desarrolló a través de distintas etapas: estimulación ovárica, extracción de óvulos, fecundación in vitro, análisis genético, selección de embriones sanos y, por último, implantación. El mismo fue realizado cinco veces, utilizando los gametos de ambos. A continuación analizamos los relatos de la pareja sobre las experiencias de la espera antes, durante y con posterioridad a la totalidad de las intervenciones médicas.

Con cierta racionalidad manejábamos esa impaciencia

La espera previa a la realización de los tratamientos de reproducción estuvo centrada en la identificación del gen de la enfermedad. El hermano mayor de Daniela se encontraba viviendo fuera de Argentina hacía varios años. Allí consultó distintos laboratorios genéticos y en uno de ellos le informaron que poseían la tecnología necesaria para identificar la parte de la cadena del ADN donde se encontraba el gen mutado, tecnología que no se encuentra disponible en el país. Daniela y Juan relatan que ese resultado tardó seis meses en llegar a sus manos. Se trató de una espera mediada por las tecnologías disponibles para la secuenciación genética, por su hermano y por los profesionales e instituciones de salud encargados de llevar adelante el análisis. Tras identificar el gen de la enfermedad se inició un segundo momento de espera: se comparó la muestra del hermano mayor de Daniela con la suya y la de su hermano menor a fin de identificar el gen portador de la enfermedad. Este proceso llevó otros seis meses y también estuvo supeditado a las tecnologías biomédicas disponibles para localizar el gen de la enfermedad. La demora dependió de factores técnicos y burocráticos. El proceso generó que Daniela y Juan se enfrentaran a diferentes sensaciones con las que tuvieron que aprender a convivir. En un primer momento, la pareja experimentó desesperanza, ansiedad y cansancio. Frente a estos sentimientos, desarrollaron distintas estrategias. Una de ellas fue viajar y trabajar para desconectarse de la espera de los resultados. Otra fue tomar distancia de la situación de espera interponiendo una lógica racional. Comprendieron la especificidad de la situación que estaban viviendo desde el punto de vista del avance de las tecnologías médicas en Argentina:

En vista de que estamos ante algo, incluso casi singular en el país, es decir, donde no hay mucho que se haya hecho al respecto, con lo cual también teníamos cierto nivel de comprensión sobre las cosas, y sabiendo que las tecnologías eran de afuera, todo esto requería determinadas cuestiones. Eh, también somos gente, en esta etapa por lo menos, somos tipos que… racionales, o sea que con cierta racionalidad manejábamos esa impaciencia (Juan)

A través de distintas estrategias Daniela y Juan lidiaban con las emociones que la espera de los resultados de los estudios genéticos les generaban. Siguiendo a Illouz las emociones pueden ser pensadas como “un conjunto complejo de mecanismos de percepción, procesos interpretativos y respuestas a estímulos fisiológicos (…) las emociones ocupan el umbral donde aquello que no es cultural se codifica en la cultura, donde el cuerpo, la cognición y la cultura convergen y se fusionan” (Illouz, 2009: 20). Las estrategias de respuesta a esas emociones puestas en práctica por Juan y Daniela respondían a decisiones personales pero también a un repertorio de sentidos y respuestas culturalmente disponibles, que operan como marco de las decisiones que orientan el manejo de la espera. Como afirma Illouz “Los marcos culturales nombran y definen las emociones, señalan los límites de su intensidad, especifican las normas y los valores asignados a ellas, y ofrecen símbolos y escenarios culturales para que adquieran un carácter de comunicatividad social” (Illouz, 2009: 21). En este sentido, la posibilidad de manejar y controlar las emociones también puede ser entendida como una forma de “trabajo emocional” (Hochschild, 2003), es decir, el trabajo cotidiano necesario para cumplir con las normas culturales.

La estrategia “ser racionales” a la que refiere Juan implicaba comprender al momento de la espera como una etapa necesaria en pos de alcanzar un objetivo: que Daniela quedara embarazada de un embrión sano. La obtención de los resultados de la secuenciación genética representaba la culminación de una espera cuya resolución era el paso necesario para iniciar los tratamientos de reproducción biotecnológica. Daniela había estado muy pendiente de esos resultados y en las últimas semanas se había contactado telefónicamente numerosas veces con el instituto de medicina reproductiva que estaba llevando a cabo los estudios. Una tarde, estaba dirigiéndose de su casa al trabajo. Cuando estaba a punto de tomarse el colectivo, su celular sonó. Al reconocer en la pantalla el número de teléfono del instituto decidió no subirse al ómnibus. Estaba en una avenida muy transitada de la Ciudad de Buenos Aires alrededor de la hora del mediodía y dejó pasar al resto de la gente que hacía fila para subirse. En la calle había gran cantidad de personas y autos circulando, se escuchaba el normal murmullo urbano y a lo lejos los ruidos de una obra en construcción. Sorprendida por el llamado, su corazón empezó a latir fuerte. Atendió:

¿Hola?

Buenas tardes, le hablo del Instituto de Medicina Reproductiva ¿Se encuentra Daniela Rodríguez?

Sí, soy yo

La Dra. Jonás quiere hablar con usted, aguárdeme un momento que la comunico

En ese llamado sorpresivo, pero para nada inesperado, a Daniela le comunicaron que ya habían obtenido los resultados del estudio genético. Eso sólo significaba una cosa: empezar, por fin, a buscar el bebé. Cuando la comunicación telefónica terminó, a Daniela le temblaban las piernas y las manos. Decidió sentarse en el escalón de uno de los edificios. Mientras los autos y la multitud de desconocidos continuaban su rumbo autómata, Daniela se puso a llorar. Sentía una mezcla de alivio, ansiedad y alegría. Una vez que recuperó la calma, llamó a Juan para contarle.

Empezamos por fin a buscar el bebé

Una vez que comenzaron los tratamientos de reproducción asistida, Daniela y Juan atravesaron otros momentos de espera y de toma de decisión. En esta etapa, la espera estuvo marcada tanto por la dimensión biológica y corporal que implicaba íntegramente a Daniela, en articulación con las tecnologías biomédicas de búsqueda del embarazo: sus ciclos hormonales, la estimulación ovárica, la implantación o no del embrión y el desarrollo del embarazo. Una vez que los embriones eran producidos con la tecnología in vitro, Daniela y Juan debían esperar los resultados de la biopsia. En ese proceso pasaron de la ansiedad por la enorme cantidad de embriones que podrían “madurar”, a la desilusión por los pocos que, tras el análisis, resultaban no portadores del gen asociado a la enfermedad:

En cuanto juntan a los… maduran a los embriones, y es hasta que te dicen “bueno, de este ciclo quedaron tantos embriones sanos y tantos… Sanos, primero que maduren, y segundo, sanos”. Esa es otra espera que a veces tarda porque tenés que esperar los cinco días que era hasta que el blastocito se forma… Quedaban cinco embriones y cuando los biopsiaban decían “bueno, mirá de estos cinco, tenés tres varones, dos nenas, de los varones son todos enfermos, y de las nenas una es portadora (Daniela)

Durante esta etapa coexistió el temor por la imposibilidad de quedar embarazada de un embrión sano con la incertidumbre respecto de la cantidad de hijos que podrían llegar a tener:

Yo, cada vez que iba a hacerme la extracción de los óvulos, me decían “Uh, te sacamos veinte óvulos” “Te sacamos dieciocho óvulos” Yo decía “la puta que los parió, me van a poner ciento veinte pibes[4].” Y no, al día siguiente “Y, bueno, mirá, fecundaron diez”. Al día siguiente “Y, no, mirá…” (Daniela)

La cita anterior puede interpretarse bajo la idea de “proyectos de felicidad” desarrollado por Ayres (2008), entendiendo por tal “la experiencia, simultáneamente afectiva, corporal y espiritual de realización del valor atribuido a la vida” (2008: 169) por parte de un individuo. Para el caso de Daniela y Juan, el deseo de tener un hijo poseía ciertas condiciones, ya que en su horizonte de expectativas, la idea de familia no era pensada como formada por un número excesivo de hijos/as, sino dentro de los cánones del ideario de una “familia tradicional”, en el sentido que la entiende Jelín (1998).

Cuando los embriones sanos fueron implantados en el cuerpo de Daniela, comenzó una nueva espera en la que su cuerpo era el principal protagonista. Daniela relataba el hecho de la siguiente manera:

La peor espera, la peor espera y la más desesperante, es cuando te ponen el embrión y tenés que esperar quince días para hacerte el test para ver si quedaste embarazada. Esa parte es insoportable (Daniela).

Frente a esta espera, la pareja puso en juego nuevas estrategias. En el caso de Daniela, se delinearon estrategias dirigidas a su cuerpo, por ejemplo hacer reposo o reducir al mínimo el esfuerzo corporal para maximizar las posibilidades de que suceda el embarazo. El reposo es relatado por Daniela como un momento de suspensión de la temporalidad, mediado por sentimientos de angustia, impotencia y ambivalencia respecto a continuar o no con el reposo y autoconvencimiento de la importancia de continuarlo:

Entonces estuve quince días absolutamente en reposo, para enterarme que no estaba embarazada. Por supuesto que yo lloraba todos los días, todos los días decía

No, me levanto, me voy a trabajar, esto me importa un carajo, qué sé yo” y no, a los dos minutos decía “No, Daniela, te tenés que quedar porque existe una mínima posibilidad que esto sea el embarazo, que qué sé yo (Daniela)

Frente al reposo de Daniela, Juan expresa que si bien él no se encontraba corporalmente implicado al mismo nivel que ella, su presencia y acompañamiento fue fundamental en la gestión de la espera y en el desarrollo del tratamiento en sí. Juan refiere a una suerte de división del trabajo corporal y emocional entre varones y mujeres: mientras las mujeres “ponen el cuerpo”, los varones “comprenden” y “acompañan”:

Si bien la mujer es la que le pone el cuerpo, porque obviamente es la que le pone el cuerpo, sin un tipo que entienda lo que estás haciendo, es imposible de llevar a cabo. O sea, yo… Que entienda, de alguna manera, qué es lo que le está pasando a la mujer, que es totalmente diferente que lo que nos pasa a nosotros los hombres… Con lo cual también hay que, algunas cosas propias, ya dejarlas un poquito de lado para tratar de acompañar a la mujer en esos momentos (Juan)

Pese a que la pareja entrevistada resalta el rol de la compañía durante el tratamiento, el proceso no estuvo carente de tensiones y disputas. La espera suscitó una constante toma de decisión y negociación respecto de la cantidad de tratamientos que estarían dispuestos a realizar hasta alcanzar el embrión sano. Al respecto Daniela relata:

El médico me acuerdo que una vez me dijo “Mirá, acá hay mujeres que se hacen quince intentos”, entonces yo salí del consultorio y dije “mirá, conmigo olvidate, que yo quince intentos no hago”. Esto yo lo tuve claro siempre (Daniela)

Mientras que Juan consideraba necesario hacer tantos tratamientos como fuera necesario:

Yo no. Yo siempre consideré que había que intentarlo porque era la forma en que nosotros nos habíamos planteado el objetivo ¿Entendés? Siempre consideré que había que seguir (Juan)

La resolución de esta tensión radicó en la diferenciación corporal y sexual de los roles que mencionamos anteriormente: “Tiene mucho más que ver con el cuerpo y la mente de la mujer en este sentido, que es la que se expone a todo ese… cantidad infernal de cosas” (Juan). Pero en la medida que Daniela se encontraba más expuesta las consecuencias físicas del tratamiento, su opinión tuvo un valor diferenciado.

Después de tanta espera, lo que estamos esperando llegó

El tratamiento al que se sometieron Daniela y Juan no alcanzó los resultados esperados. Esto no impidió que Daniela quedara embarazada. Luego de un nuevo intento fallido, un problema familiar y un viaje planificado produjeron el abandono temporario del tratamiento. Pero antes del viaje se enteraron del embarazo de Daniela, que habían alcanzado sin mediación tecnológica. Si bien la noticia fue recibida con alegría, instaló en la pareja el temor y la incertidumbre respecto de la enfermedad que podría llegar a tener su hijo varón. Decidieron no someterse a un análisis prenatal para determinar si su hijo es o no portador del gen. Dicha decisión fue justificada por los riesgos que el análisis acarreaba para el embarazo, pero principalmente por la espera, las expectativas y el firme deseo de tener un hijo:

Creo que también tenía que ver con esto de, bueno, después de tanta espera, casi cuatro, cinco años de espera, llegó. Y en algún lugar… Había una decisión de no querer dar por tierra este embarazo de ninguna manera, o sea, que lo estábamos esperando, llegó (…) En nuestra alma, en nuestra alma sabemos, tenemos la conciencia plena de que hicimos todo lo posible (Daniela)

Vanesa y Pedro

Tras la pérdida de un embarazo de dos meses, Vanesa y Pedro empezaron a buscarlo nuevamente. Luego de una primera consulta con el ginecólogo realizaron estudios donde descubrieron que las gametas de Pedro eran la causa de la dificultad para lograr el embarazo. Con estos resultados, los profesionales de salud les recomendaron realizar un tratamiento de FIV.

Mantenerse positivos

Previo a comenzar con el tratamiento, ambos debieron realizarse una serie de exámenes médicos que, según Vanesa, resultaron ser más invasivos para Pedro que para ella, considerando que las mujeres están acostumbradas a la realización de tratamientos o consultas ginecológicas. Los resultados de los estudios de Pedro no se adecuaban a los valores esperados. Como recurso para “mantenerse positivos” en ese período, ambos pasaron por un tratamiento de acupuntura china con la esperanza de que mejorarían los resultados de los estudios. Sin embargo, tras meses de realizar estos tratamientos alternativos, los resultados continuaron siendo negativos.

Siguiendo el relato de Vanesa, la espera de los resultados de uno de los estudios de Pedro fue particularmente significativa. Estos resultados iban a determinar si seguían buscando el embarazo “de modo natural” o si iniciaban el tratamiento.

Desde el primer llamado al médico para consultar sobre el tratamiento, Vanesa siempre estuvo dispuesta a todo lo que sea necesario para lograr aquello que siempre quiso, ser madre. Era tal la convicción y determinación que el tiempo previo al tratamiento lo relata como un constante fluir veloz. Una vez realizados los estudios y pasado el mes de espera, llegó el momento de recibir los resultados de Pedro. Vanesa sentía que vivía una película, todo parecía estar encausado, y esperaba que la pérdida del primer embarazo fuese sólo una triste escena que daría lugar a un final feliz.  Tan esperanzada estaba que salió de su casa sola, tomando el camino más largo pero más cómodo. Sin embargo esa seguridad por momentos tenía fisuras. Pero la espera no podía alargarse más, ese debía ser el día de la gran noticia, no podía fallar.  Por lo bajo se decía palabras alentadoras para afirmar el paso de la marcha. Llegó al consultorio, sacó turno y se sentó en un asiento plástico y frío. Ahora todas sus esperanzas se encontraban depositadas en un número escrito en un papel, la distancia que había entre el número 57 y el 65 hacía que  todo cada vez se tornara más extraño y ajeno. La tensión iba incrementando, el celular hacía de placebo, revisaba Facebook sin buscar nada en particular, mataba el tiempo buscando las mil y una formas de sentarse. Su número se iluminó en el letrero de turnos. Al recibir el sobre de esa mujer de sonrisa moderada, y abrirlo despedazando el papel que ocultaba la noticia menos esperada, se echó a llorar. “No, no lo puedo creer, estamos peor que antes”.  Inmediatamente, secó sus lágrimas y no se permitió un segundo para pensar lo que había sucedido, conservando la misma determinación con la que partió de su casa, no dio lugar a la desesperanza, llamó a su médico y le dijo con voz sollozante “por favor Nacho voy para allá, quiero que los veas”. Del otro lado del teléfono una voz cercana y comprensiva respondía ante el pedido de ayuda, “sí, hay que hacer el tratamiento”. Esas palabras de aliento, acompañaron la constante iniciativa de Vanesa, necesitaba romper el llano que la anulaba, lamentarse y esperar era lo último que buscaba.

Vanesa relata que vivió la etapa de la realización de los estudios como una espera improductiva: sentía que no iba “para ningún lado” y lo único que veía eran “números en papeles” (haciendo referencia a los resultados de los estudios). Este sentimiento se modificó cuando empezaron el tratamiento. Vanesa y su pareja se realizaron una FIV. Dicho tratamiento resultaba sumamente doloroso para Vanesa. Sin embargo, la misma relata su tolerancia al mismo en pos de alcanzar el embarazo:

Cuando empecé con la medicación sentí un alivio, dije “bueno, ya está, ya estoy arrancando o sea, estoy haciendo”. Con las inyecciones lo mismo, me dolían un montón al principio pero dije “bueno, no importa, son seis menos para llegar” (Vanesa)

Ni bien la llames, estás empezando

Siguiendo el relato de Vanesa, averiguar sobre los centros de tratamiento de reproducción asistida no fue tarea sencilla, dada la incertidumbre, el desconocimiento y el sentimiento de injusticia que traía aparejado la necesidad de recurrir a los tratamientos.

Fue difícil porque es un tema que nadie habla, primero que es como shockeante enterarte que lo tenés que hacer, decís “¿por qué a mí?” Y, en realidad es algo re simple, muy simple, que le pasa a millones que nadie lo cuenta pero muy, muy simple y no sabía a quién acudir… o sea, no conocía a nadie que se hubiera hecho el tratamiento (Vanesa)

Las citas con los especialistas surgieron a raíz de una charla con una amiga que había pasado previamente por un tratamiento que resultó exitoso. En paralelo, buscó información por internet y consiguió otras dos citas en centros médicos diferentes. La información proporcionada por conocidos que habían atravesado por la misma situación le hizo más fácil la toma de decisión y la impulsó a comenzar con los tratamientos. En palabras de Vanesa:

En el momento me pasó el celular de la médica, que fue la mía también y me dijo “llamála ya, que ni bien la llames estás empezándolo”. Fue como unas palabras… viste… en ese momento que decís “¿para dónde arranco?” que alguien que haya pasado por eso… (Vanesa)

Por las dudas, para ayudar

Vanesa desarrolló distintas estrategias para tramitar la espera durante los tratamientos con la idea de ampliar las posibilidades de quedar embarazada. Modificó sus hábitos, además de dejar de lado el ejercicio físico, por indicación del médico, suspendió otras actividades que ella misma consideraba desfavorables:

Pero igualmente los movimientos, o cosas, yo que siempre ando trepando escaleras o haciendo cosas, pintando algo, trataba de no, de no usar pintura, los olores… cosas que nadie me había dicho porque decís: “bueno, por las dudas, para ayudar” (Vanesa)

La actividad religiosa fue otra de las estrategias que desarrolló para gestionar la espera. Al respecto relata:

Yo rezaba mucho. Hoy por hoy siento como que por algo tuvo que ser, ¿no? (…). Hice promesas, tipo “bueno, Dios, si pasa esto te prometo tal cosa” (Vanesa)

Luego de quince días de la primera implantación de embriones, Vanesa y Pedro se enteraron que el mismo no se había implantado. La experiencia de revivir la mala noticia una y otra vez frente a cada llamado telefónico de sus amigos y familiares preguntando por el resultado, la llevó a tomar una actitud más reservada en torno a la información sobre el tratamiento.       

En un segundo procedimiento lograron el embarazo. El tiempo transcurrido desde el día en que decidieron consultar con especialistas hasta el que lograron el embarazo de su actual hija, fue de seis meses. Teniendo en cuenta las experiencias de tratamientos similares vividas por parte de otras personas, su experiencia fue más corta. Vanesa destaca el componente de “suerte” o “providencia divina” que tuvo su recorrido hacia la maternidad. Según su relato, ella se ubicó como la responsable y principal interesada en llevar adelante el tratamiento: fue ella quien buscó la información, agendó las citas con los especialistas, siguió los tiempos de los tratamientos, llevó adelante los cuidados de la pareja y contuvo las emociones de su esposo. Como destaca Ariza (2011), la infertilidad fue histórica y culturalmente percibida como un problema de salud femenino. Por ello, las mujeres suelen ser vistas como las responsables de buscar diagnóstico y tratamiento y quienes deben soportar las instancias más invasivas del tratamiento médico. En el relato de Vanesa las tecnologías reproductivas se presentan como reparadoras de un orden “natural” que habría sido injustamente trastocado. Según Ariza (2014), en la puesta en relato de la experiencia de la infertilidad se suele referir a una noción de injusticia. La posibilidad de alcanzar los embarazos por medio de las tecnologías provoca, a cambio, una sensación de restauración o normalización de la identidad. El trastrocamiento del orden esperado de la trayectoria personal y biográfica que representa pasar por las tecnologías de reproducción médicamente asistida suele ser vivido como un “momento bisagra” o “punto de inflexión”. Para Vanesa, la espera valió la pena y trajo consigo el alivio de la restitución del “orden natural” de sus expectativas biográficas.

Jimena

Jimena estaba en pareja cuando comenzó a buscar un embarazo. Tras varios intentos sin éxito, ambos consultaron a un médico que encontraron por la cartilla de su prepaga, quien diagnosticó que la “prolactina elevada” era lo que le impedía a Jimena quedar embarazada. El tratamiento era sencillo, con unos medicamentos orales se restablecieron los niveles necesarios y logró su primer embarazo. Pero el mismo no prosperó. Tras la pérdida del embarazo, la pareja se separó y Jimena decidió continuar los tratamientos por su cuenta, mediante un proceso que consistió en doce tratamientos y cuatro consultas con especialistas.

Era decidirse o decidirse…

Jimena consultó a una médica especialista en reproducción que le había recomendado su psicóloga y no tardó en tomar la decisión de retomar la búsqueda de un bebé sin su pareja. Esto comprendía una serie de procedimientos: donación de esperma, extracción de óvulos, la realización de ICSI e inseminación de los embriones.

En el relato de Jimena, la edad biológica fue el factor preponderante en el proceso de decisión y espera:

Fue rápido porque a mi edad no había mucho tiempo de espera. Yo empecé a los 39, 40 años, así que mucho tiempo de espera no tenía, como para decir “Ay, qué hago, qué no hago” “lo pienso, me voy, vengo”, como cuando te compras una ropa que pasas por la vidriera y decís “Ay bueno, voy a pensarlo”. Mucho tiempo para pensar no había: era decidirse o no decidirse (Jimena)

Para la biomedicina, hay un período biológico más favorable a la fecundidad en las mujeres; por tal motivo, la decisión de empezar un tratamiento suele verse particularmente afectada por la variable tiempo.

Históricamente se estableció la exclusividad del acceso a los tratamientos médicos de reproducción biotecnológica a las “parejas infértiles” heterosexuales en situación de conyugalidad. Diniz y Gomez Costa (2006) afirman que la heterosexualidad como regla moral en la superposición de las categorías médicas de “infecundidad” e “infertilidad”, que respondía al objetivo de excluir de los tratamientos a personas sin pareja constituida, lesbianas u homosexuales. Al eliminar el requisito del diagnóstico médico para acceder a los tratamientos, la Ley de Fertilización Asistida argentina sancionada en el año 2013 amplía el acceso de los tratamientos a parejas conformadas por personas del mismo sexo y personas sin pareja. En este mismo sentido, pone en crisis los sentidos morales que históricamente se superpusieron a los criterios clínicos de acceso a los tratamientos de reproducción médicamente asistida (Gómez Costa, 2006; Farji Neer, 2015).

Cuando Jimena describió el momento de la toma de decisión dejó entrever que su apuro iba a la par de las agujas del “reloj biológico”, a pesar de que nadie le había hablado de una edad máxima para realizarse un tratamiento.

Antes de comenzar con el primer tratamiento Jimena estaba muy esperanzada. Pensaba que quedaría embarazada rápidamente. Pero tuvo varios intentos durante muchos años, que atravesó con angustia, dudas y esperas sucesivas. Ella iba en busca de ese embarazo sin importar la cantidad de tratamientos. En el relato de Jimena, la pregunta por el resultado del tratamiento era percibida como una disociación de la personalidad, como si por un lado estuviera el cuerpo intervenido, el cuerpo productor de bebés, el cuerpo requerido para la consumación del ser-madre, y por otro, el ser afectivo, el que sufre, padece las intervenciones biomédicas y responde a las presiones sociales que suscitaban angustias y resquemores. La espera estaba cargada de emoción y ansiedad. Surgía el temor a que el tratamiento no diera los resultados queridos.

“¿Quedaré, no quedaré, esta vez será…no será?”, viste. Siempre tenía ese temor de que no quedara y volver a empezar todo de vuelta. Ese era el temor que tenía (Jimena)

La incertidumbre y la sensación de “no poder hacer nada”, dado que las posibilidades de lograr un embarazo estaban en “el pulso del médico”, marcaban sus pensamientos. No había estrategia posible, sólo esperar que la mano del médico hiciese su trabajo. Todo este proceso fue transitado bajo un sentimiento de angustia e incertidumbre de no saber si lograría efectivamente quedar embarazada.

En su relato, las esperas en el consultorio se presentaban como algo inmanente al proceso. Al respecto, Jimena relata cuáles fueron sus sensaciones al momento de la extracción de óvulos para comenzar el ICSI. Luego de ser adormecida por la anestesia tuvo que esperar sola los resultados recostada en una sala compartida con otras mujeres que estaban sometiéndose a la misma intervención, quienes se encontraban separadas por simples cortinas. Durante la hora que duró el proceso, Jimena veía pasar médicos que “trabajaban” con las pacientes sin explicarles qué era lo que hacían específicamente. Ocasionalmente pasaba a visitarla un médico para consultarle cómo se sentía, para luego inmediatamente trasladarse a la paciente que se encontraba acostada en la camilla junto a ella. En tal contexto, la entrevistada relató cómo, bajo los efectos de la anestesia, solamente podía imaginar qué sucedería luego, esperando que los resultados fueran favorables. El “no poder hacer nada” clausuraba cualquier posibilidad de desplegar una estrategia que acortara los tiempos. Muchas veces quien tiene el poder (real o potencial) de resolver una situación de espera no constituye el sujeto/objeto de espera. Así, en el caso de Jimena, la medicina reproductiva, personificada en la “mano del médico”, tenía una porción importante del poder para resolver la espera. Jimena descreía de la capacidad de los y las profesionales cuando sus resultados no eran los esperados y ponía en el centro de la escena un juego de responsabilidades entre los profesionales y su cuerpo intervenido. En su relato, la espera se alargaba o acortaba por culpa de uno u otro.

No, mejor no corro

Una vez formados los embriones, comenzaba la última etapa del tratamiento: la inseminación. Jimena relató que cada vez que era inseminada debía esperar un período de quince a dieciocho días para realizarse el análisis de sangre y confirmar la sospecha de embarazo, sospecha que necesitó de más confirmaciones para volverse certeza. Este procedimiento inauguró una secuencia de esperas sucesivas hasta la obtención del “recontra positivo” que marcó la finalización de los tratamientos y la llegada del hijo.

Ante la mínima posibilidad de embarazo y el miedo a perderlo, la espera se convirtió en un cálculo estratégico de acciones. El control del cuerpo, las emociones y la espiritualidad fueron puestos a disposición de las necesidades del embrión:

Por supuesto no hacía nada, ni corría, ni gimnasia, ni esto, ni eso. Cambié mi dieta, hice una dieta macrobiótica que se puede quedar embarazada, puede ayudar. (…) Tomaba sopa todo el día: a la mañana desayunaba con sopa, al mediodía sopa, la merienda sopa, todo el tiempo sopa. Una sopa especial que no llevaba determinados ingredientes. Con la comida, con la dieta, con la terapia, o sea yo entraba a mi cuerpo a nivel psíquico y a nivel alimentos (Jimena)

A medida que los días transcurrieron, las ansias crecieron y el ánimo se fue transformando. En la narrativa de Jimena apareció también el sentimiento de injusticia y desesperación ante la afirmación de la médica de que le quedaban pocos óvulos para continuar realizando los tratamientos si el resultado era negativo.

Las escenas narradas recrean una instancia de negociación. Los tiempos entre tratamiento y tratamiento que la profesional creía necesarios eran discutidos y Jimena intentaba acortarlos -del año recomendado, a dos meses- para comenzar un nuevo tratamiento. Jimena comenta que la sugerencia de su doctora de interrumpir los tratamientos se apoyaba también en un argumento económico. Por ello la profesional le propuso recurrir a la adopción como forma alternativa de convertirse en madre. Pero para Jimena la adopción no era una posibilidad deseada y prefirió destinar todos sus recursos a seguir con los tratamientos.

En su relato, su elección de continuar el tratamiento sola se veía asociada a una experiencia vivida como problemática con su ex pareja. La espera estando acompañada se hacía más tediosa, ya que sentía que no comprendían o minimizaban las vivencias por las que pasa una mujer que realiza el tratamiento de reproducción asistida:

Para ellos (los varones), si bien no digo la mayoría, pero casi la mayoría, por ahí quieren ser papás pero no todos quieren ser papás con la intensidad con la que una quiere ser mamá. Entonces es como que por ahí no destinarían todo lo que podrían para la maternidad o paternidad (Jimena)

Recontra positivo

Jimena se encontraba en el colectivo cuando decidió llamar a la clínica. Allí se encontró con la noticia de que estaba embarazada. Retrasó el llamado porque no se animaba: “no quería otra vez el balde de agua fría” de escuchar el “no” y tener que empezar todo de nuevo. El límite tolerable de la situación de espera depende de percepciones y de “saturaciones” emocionales. Cuando la incertidumbre se hace intolerable, la barrera del miedo se supera.

Jimena manejó la ansiedad de recibir información de su embarazo calculando los días necesarios para obtener el resultado que le confirmaría la continuidad del mismo: “No, eso era tantos días [de espera], porque tiene un tiempo de gestación, a que se prenda y que te den los análisis que sí estás o no”. La confirmación del embarazo en las mujeres que pasaron por un tratamiento de reproducción asistida es en etapas y consiste en una sucesión de confirmaciones. Es lo que comúnmente se conoce como la “beta-espera”. Esto explica la sensación de “desborde de alegría” cuando oyó al médico decirle que había dado “recontra positivo” el test, ya que significó haber atravesado todas las etapas de confirmación con éxito

Reflexiones finales

A lo largo del trabajo nos propusimos explorar la relación entre el tiempo y el poder desde una perspectiva que diera cuenta de las reglas de juego del esperar/hacer esperar en la experiencias de varones y mujeres que llevaron a cabo tratamientos médicos de reproducción biotecnológica. El análisis y la descripción de los tres casos que presentamos nos permitieron obtener algunas reflexiones de cada caso sobre cómo son experimentadas las esperas, qué emociones se les imprimen y cuáles son las estrategias que se desarrollan para sobrellevarlas, negociarlas y/o acortarlas.

Aunque la espera está marcada por la intervención médica de los cuerpos –principalmente el de las mujeres-, se la comprende y se busca que se mantenga ligada a procesos que reproducen “lo natural”. La decisión de comenzar un tratamiento o la espacialidad entre uno y otro, es una negociación entre los diferentes actores involucrados, que envuelve factores biológicos, económicos y saberes médicos aceptados o resistidos. A su vez, identificamos tensiones entre las estrategias que los sujetos ponen en práctica para acortar la espera y la sensación de que la resolución de una espera no depende de ellos, sino de un saber médico-biotecnológico específico y de cuestiones biológicas, que los exceden, o sienten que los exceden. En muchos casos, la práctica médica es concebida como la técnica o saber que puede resolver o retrasar esas esperas. Frente a ello, los sujetos pueden desplegar desplieguen algunas resistencias o presiones. Al no obtener los resultados esperados ponen en duda la “mano del médico” o cambian de clínica y/o profesional.

 Otras estrategias para el manejo de la espera están dirigidas al control de los sentimientos. El temor, la incertidumbre y la angustia conviven con sentimientos de esperanza, confianza, y los deseos y proyectos que son en definitiva los que impulsan a los entrevistados a continuar o no con los tratamientos. La espera entre las mujeres es vivenciada como improductiva, cargada de frustración y sentimientos de injusticia. Muchas veces, las mujeres responden a esa espera a través de acciones tales como viajes, la realización terapias o actividades religiosas, entre otras. Para equilibrar la sensación de poder/no poder intervenir para resolver o acelerar la espera ponen en práctica estrategias dirigidas al cuerpo: la modificación de hábitos y quehaceres cotidianos, ya sea suspendiendo temporalmente algunas prácticas y/o incorporando momentáneamente otras.

Finalmente, identificamos roles diferenciados entre varones y mujeres en las esperas que se dan en el marco de parejas. Los casos abordados forman parte de un amplio abanico de posibilidades en el que se da una división del trabajo corporal y emocional entre varones y mujeres. Dado que gestación ocurre en los cuerpos de las mujeres, los varones muchas veces cumplen el rol de “acompañantes”. En otros casos, incluso en contextos de parejas, las mujeres son las principales responsables del proceso de toma de decisión respecto del inicio y desarrollo de los tratamientos, mientras que los varones se mantienen al margen del desarrollo y resultados de los tratamientos, que ocurren en los cuerpos de las mujeres.

Bibliografía

Ariza, L. (2011). “‘Dar vida’: en torno al derecho a la cobertura médica del tratamiento de la infertilidad” en Felitti, K. (comp.) Madre no hay una sola: experiencias de maternidad en la Argentina. Buenos Aires: Fundación Centro de Integración, Comunicación, Cultura y Sociedad – CICCUS.

______ (2014). “La construcción narrativa de la infertilidad. Mujeres que narran la experiencia de no poder concebir”. Sexualidad, Salud y Sociedad – Revista Latinoamericana, 18, diciembre, p. 41-73.

Auyero, J. (2013) Pacientes del Estado. Buenos Aires: Eudeba.

Ayres, José Ricardo De Carvalho Mesquita. “Para Comprender El Sentido Práctico De Las Acciones De Salud: Contribuciones De La Hermenéutica Filosófica.”  Salud Colectiva  4.2 (2008): 159-72.

Diniz, D., y Gomes, R. (2006). “Infertilidad e infecundidad: acceso a nuevas tecnologías reproductivas” en Cáceres, C. F.; Careaga, G; Frasca, T y Pecheny, M. (comp.) Sexualidad, estigma y derechos humanos: desafíos para el acceso a la salud en América Latina. Lima: FASPA/UPCH.

Farji Neer, A. (2015). “Cuerpo, derechos y salud integral: análisis de los debates parlamentarios de las leyes de Identidad de Género y Fertilización Asistida (Argentina, 2011-2013)”. Rev. Salud Colectiva, (revista-e), 11, septiembre 2015. Disponible en: <https://goo.gl/DBKPwh> [Consultado el 15 de octubre del 2015].

Hochschild, A. R. (2003). The Managed Heart. Commercialization of Human Feeling.  California: University of California Press.

Illouz, E. (2009). El consumo de la utopía romántica. El amor y las contradicciones actuales del capitalismo. Madrid: Katz Editores.

Jelin E. (1998). Pan y afectos. La transformación de las familias, Buenos Aires, FCE.

Levine, R. (2006). “Time and Power: the Rules of the Waiting Game” en Levine, R. A Geography of Time: the temporal misadventures of a social psychologist, or how every culture keeps time just a little bit differently. Oxford: Oneworld.


  1. Anahí Farji Neer (UBA/CONICET) anahifarji@hotmail.com; Yasmín Mertehikian (UBA/UNGS-IDES) yasmin.mertehikian@gmail.com; Santiago Cunial (UBA/CONICET/UTDT) cunialsantiago@gmail.com; Emiliano Kolkowski (UBA) emilianokolkowski@gmail.com
  2. En la actualidad, las técnicas disponibles son la inseminación artificial -que puede realizarse o no por medio de la donación de esperma-, la fertilización in vitro (FIV), la inyección intracitomplasmática de espermatozoide (ICSI), la transferencia intratubaria de gametos (GIFT) y la transferencia de ovocitos microinyectados (TOMI).
  3. Legislaciones locales previas (la Ley Nº 14.208 de la Provincia de Buenos Aires y la Ley Nº 3.225 de la Provincia de Santa Cruz) limitaban la cobertura a parejas heterosexuales infértiles. La Ley nacional permite que tanto parejas conformadas por personas del mismo sexo como personas sin pareja puedan acceder gratuitamente a estas técnicas.
  4. Forma coloquial de referir a niños y niñas en el Área Metropolitana de Buenos Aires.


Deja un comentario