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1 Esperando un aborto exitoso

Tensiones en la espera por abortar con pastillas en el Área Metropolitana de Buenos Aires

Sandra Salomé Fernández Vázquez y Lucila Szwarc[1]

En Argentina, el Código Penal tipifica el aborto como un delito, excepto en casos de peligro para la vida o la salud de la mujer y si el embarazo es producto de una violación. En 2012, la Corte Suprema de Justicia de la Nación pone fin a las discusiones existentes sobre la interpretación de los incisos en el fallo F.,A.L., e insta a las provincias a elaborar protocolos acordes al mismo (CSJN 2012). Sin embargo, aún hoy existen importantes barreras que dificultan el acceso de las mujeres a interrupciones legales del embarazo (ILE) (Ramón Michel et al., 2012).

La penalización de la práctica no disuade a las mujeres de abortar (Petracci et al., 2012). En Argentina, estimaciones del año 2009 indican que se realizan entre 371.965 y 522.000 abortos por año (Pantelides y Mario, 2009). Si bien no existen datos más actuales, las prácticas abortivas se han modificado cualitativamente a partir de la disponibilidad del misoprostol en la región (Zamberlin et al., 2012). Se trata de un medicamento termoestable y de bajo costo que genera contracciones uterinas, y que es recomendado por la Organización Mundial de la Salud para el aborto en el primer trimestre, en aquellos países donde no está disponible la mifepristona (OMS, 2012). En Argentina, la marca comercial es Oxaprost® y se vende bajo receta. Desde su disponibilidad, las mujeres lo han utilizado para abortar y tanto organizaciones como profesionales de la salud han creado iniciativas para difundir información sobre su utilización (Szwarc, 2014; Fernández, 2015). Estas iniciativas y los avances normativos han configurado un panorama contradictorio en el que muchas mujeres pueden acceder a una ILE o a asesorías dentro y fuera del sistema de salud, mientras que otras recurren a prácticas inseguras y clandestinas.

Las modificaciones normativas y las mayores posibilidades de acceder a una práctica segura no han roto con el estigma social que pesa sobre el aborto. Algunos autores señalan que la ilegitimidad y el tabú que rodean el aborto se mantienen en contextos donde éste no está penalizado durante el primer trimestre (Petchesky, 1984; Boltanski, 1992; Burns, 2005).

En este contexto de penalización normativa y simbólica, pero también de un mayor acceso relativo a abortos seguros[2], nos propusimos investigar las esperas y las vivencias del paso del tiempo durante el proceso de aborto en las experiencias de mujeres residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires.

Desde la sociología, diferentes autores han identificado la espera como “mecanismo de soportabilidad social” (Scribano, 2010) o como mecanismo de poder (Auyero, 2013). Según estos autores, la paciencia y la perseverancia son cualidades que el Estado, como agente garante de las formas de reproducción capitalista, exige de los/as dominados/as. La espera es una de las marcas de la desigualdad que se imprime en los cuerpos y las subjetividades de los y las que esperan (Cervio y D’Hers, 2014), y que a su vez posibilita resistencias (Scribano, 2010).

Con respecto al aborto, la clandestinidad y la ausencia del Estado como garante del acceso a la práctica, generan una vulnerabilidad programática (Paiva, 2012) que configura una espera por omisión. En nuestras entrevistas, los tiempos en el proceso de aborto de las mujeres se encuentran delimitados por un Estado ausente y por la clandestinidad de la práctica. A diferencia de lo que describen otros autores con respecto a las esperas, las mujeres que abortan no esperan pacientes, ellas se convierten en agentes en sus experiencias de aborto: buscan información, construyen vínculos, tejen redes e incluso se proveen sus propios abortos. Una espera transversal atraviesa el proceso, la espera por un aborto exitoso, y otras esperas específicas son configuradas por el modo en que las mujeres pueden y/o deciden abortar: salas de espera en instituciones y consultorios, espera para que sea la semana indicada para la toma de la medicación, esperas entre dosis de medicación, espera por comprobar los efectos de la misma.

Este trabajo responde a un diseño de investigación cualitativo que busca recuperar los significados que la realidad tiene para las personas (Sautu et al., 2005). Nos proponemos describir cómo se configuran la espera y las temporalidades durante el proceso de aborto, desde la mirada de las mujeres que abortan. Siguiendo un abordaje cualitativo, hemos realizado cinco entrevistas en profundidad, entre abril y julio de 2015, a mujeres residentes en el Área Metropolitana de Buenos Aires que habían atravesado al menos una experiencia de aborto. La forma de acceso a las entrevistadas fue, en varios casos, a partir de la pertenencia de una de nosotras a un espacio de consejería y acompañamiento a mujeres en situación de aborto, que forma parte de Socorristas en Red[3]. En otros, llegamos a las mujeres a través de contactos de conocidos. Los contactos se realizaron telefónicamente y las entrevistas fueron presenciales, fuera del espacio de consejería, después de la lectura y discusión de un consentimiento informado.

Las mujeres entrevistadas tienen entre 26 y 36 años y residen en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (4) y una en el Municipio de Lanús (1). Dos de ellas son mujeres migrantes nacidas en Colombia y Uruguay. Dos entrevistadas tienen obra social, mientras que las otras tres se atienden en el sistema público de salud. Todas cursaron algún estudio terciario o universitario: dos de ellas finalizaron una carrera universitaria, dos completaron estudios terciarios y una comenzó y abandonó estudios universitarios. Al momento en el que se produjo el aborto, dos tenían parejas varones con las que convivían, una tenía pareja varón no conviviente y dos no tenían pareja estable. Se trata de una muestra relativamente homogénea, son mujeres con recursos económicos y simbólicos que no optan por medios inseguros a la hora de realizarse un procedimiento, sino por solicitar información en espacios amigables o por contactar médicos/as, así sea en un ámbito clandestino.

Todas las entrevistadas fueron acompañadas por personas allegadas, espacios militantes o personal de salud. De las cinco entrevistadas, dos habían abortado en dos ocasiones con métodos diferentes. Todos los abortos fueron voluntarios, excepto en el caso de una de ellas, que años después de un aborto voluntario quirúrgico, tuvo que usar medicación luego de un diagnóstico de huevo muerto y retenido[4]. Todas las mujeres utilizaron pastillas al menos una vez, cuatro usaron misoprostol y la quinta lo combinó con mifepristona[5].

La guía de entrevista con preguntas abiertas permitió que las mujeres organizaran los relatos de sus experiencias. Estructuramos el análisis buscando recurrencia en los testimonios, preguntándonos por las esperas y las temporalidades que los atraviesan. Además del análisis de entrevistas, utilizamos la metodología de las escenas de Paiva (2006) para explorar las esperas y vivencias del paso del tiempo en las experiencias de aborto de las mujeres. Las escenas descriptas en el segundo apartado y la escena reconstruida en el tercero, fueron elaboradas a partir de relatos específicos de las mujeres. A lo largo del análisis, entendemos la relación entre subjetividad y poder desde una mirada biopolítica, analizando los efectos productivos de este último en las prácticas abortivas de las mujeres. Como lo plantean Chaneton y Vacarezza (2012), las experiencias de aborto permiten vislumbrar de manera compleja las batallas que se libran en cada práctica, donde las normas sociales delinean deseos y emociones y a la vez funcionan como contrapunto a posicionamientos autónomos y desestabilizadores.

El capítulo se estructura en tres partes: en la primera parte, describimos la espera y las temporalidades en el proceso de aborto, principalmente, cómo el avance del tiempo de gestación configura el apremio por resolverlo; en la segunda parte, analizamos dos escenas contrapuestas en dos consultorios privados en los que se facilita el acceso al aborto, escenas que son descriptas por una de las entrevistadas; y en la tercera parte, reconstruimos y analizamos una escena de aborto con pastillas.

Una espera apremiante

La principal espera que atraviesa los procesos de aborto de las mujeres es la espera por resolver el aborto de forma exitosa. El proceso de gestación y el avance de las semanas marcan una espera activa que exige de las mujeres cierto apremio en la toma de decisión, en la búsqueda de información y en la resolución del aborto. El apremio no es sólo consecuencia del avance del tiempo de gestación sino también de la necesidad de resolver, de terminar aquel proceso que se ha iniciado en sus cuerpos.

“No le di tiempo tampoco a sentimentalismos […] si no lo quiero no puedo encariñarme, tiene que ser rápido […] Yo lo quería hacer rápido, lo quería hacer ya, porque uno después piensa.” (Sabrina)

Sabrina expresa en este relato que no lo quiere ni lo puede tener y parte de esta firmeza se sostiene en que la duda podría dar lugar a “encariñarse”. Los “sentimentalismos”, que refieren a ver aquello que se gesta en su cuerpo como a un hijo, se hacen presentes aunque ella exprese no haberles dado tiempo. La espera por la resolución y la demora en la concreción del aborto, generan temor a que esa firmeza se quiebre y la exponen durante más tiempo a las voces de los otros, que evalúan, juzgan y expresan un mandato de maternidad obligatoria.

Las temporalidades en el proceso de aborto también están regidas por aspectos biomédicos difíciles de ignorar, en tanto el avance de las semanas de gestación aumenta los riesgos de la práctica abortiva. En este sentido, las mujeres entrevistadas se enfrentan a discursos infantilizantes y normalizadores donde “lo responsable” es solicitar y practicarse el aborto lo antes posible, y “lo irresponsable” es “dejarse estar” y después esperar “un milagro”.

“El médico encima me felicitó por mi responsabilidad, fue como muy irónico visto desde ahora. […] [E: ¿Por qué te parce irónico que te felicitase por tu responsabilidad?] […] me parecía muy gracioso que un médico, que se supone que tiene que estar en contra de matar un niño, me felicite porque yo lo haga rápidamente o responsablemente como él decía. […] Esto de tomar la decisión a tiempo, esto de hablar con el médico a tiempo, de no esperar, de tomar la decisión y hacerme cargo de mi decisión, esto es a lo que él se refería con responsable. Porque él me decía como que la gente venía muy tarde, y quería que el tipo hiciera milagros […].” (Sabrina)

Sabrina parece sorprenderse por la “felicitación” del médico, dado que su reacción, si bien imprime un matiz normalizador, saca el aborto de la dicotomía a favor/en contra, planteando en cambio cómo y cuándo es adecuado realizarlo. Le sorprende la mirada tranquilizadora del médico porque es ella misma quién juzga su propia decisión y describe el aborto como “matar a un niño”.

En oposición al relato de Sabrina, que es tildada por otro de “responsable”, Virginia es acusada por su pareja de esperar demasiado tiempo, de no haberse percatado del embarazo hasta pasadas las trece semanas de gestación.

“Ese día [en el que se hace la ecografía que señala que está en las 13,6 semanas de gestación] he tenido una discusión también con mi pareja, que era por el tema del tiempo, que me ha dicho por qué no me había dado cuenta antes […] era como que la culpa era mía. […] era como que si yo lo hubiera hecho a propósito […].” (Virginia)

Chaneton y Vacarezza definen el “dejarse estar” como un “estado subjetivo de temporalidad suspendida […] que […] parece no habilitar la posibilidad de tomar tiempo para sí y en ello reconocerse como existencia corporal que amerita ser cuidada” (2011: 53). En el siguiente relato de Virginia, el temor a que el avanzado tiempo de gestación reduzca la efectividad de las pastillas adquiere mayor dimensión que el temor a exponer su propio cuerpo. “Las chicas”, en referencia a integrantes de Socorristas en Red, le habían informado que podía utilizar las pastillas en su casa hasta las catorce semanas y que, a partir de esa fecha, si bien le provocarían un aborto, quizás tuviese que concurrir a un hospital para terminar el procedimiento. Aun en ese caso, Virginia prefiere exponer su cuerpo a los riesgos que sean necesarios para terminar con el embarazo.

“Eran los días justos. […] Entonces cuando me tomo las pastillas, que no me pasa absolutamente nada de todo lo que me habían dicho que me iba a pasar, pienso ‘¡Uy, no va a ser cosa que no sirva!’. […] Tenía miedo más de que no funcione. O sea, el miedo de que me pase algo, te digo la verdad que prefería que no sé, terminar en un hospital a tener un hijo.” (Virginia)

Como en el caso de Virginia, los relatos de las mujeres nos hablan de una espera por resolver tanto más apremiante en cuanto no se tiene la certeza de la efectividad del aborto. En este sentido, el aborto con misoprostol en un contexto de penalización encuentra ciertos límites. “¿Qué pasa si no funciona?” es una pregunta recurrente, que establece un apremio específico, no solamente por practicarse el aborto sino porque el mismo sea efectivo y completo. En el caso de Emilse, el miedo a la falla modifica la experiencia, proyectando un futuro en el que el fracaso impondría nuevas temporalidades y esperas que atravesar. Para ella, la posibilidad de falla profundiza el “trauma” que asocia al aborto.

“Tenía mucho miedo de que no funcionara [el misoprostol]. […] Y también las chicas[6] mismas me habían dicho: ‘Bueno, si no va la primera, se puede hacer una segunda vez a la semana’. Eso ya también me aterraba. Volver a pasar de nuevo por la misma situación, era muy traumático también. Un intento fallido…y si de nuevo no funcionaba, hacer el legrado. Era tan traumático física y mentalmente” (Emilse)

La ecografía es el momento en el que se conoce con certeza el tiempo de gestación, y éste, como en el caso de Virginia, puede funcionar como un cronometro que avanza de modo tan apremiante como la voluntad de interrumpirlo, u obligar a las mujeres a esperar varias semanas hasta poder concretar el aborto, dado que el uso de misoprostol se aconseja a partir de determinada semana de gestación[7].

Las ecografías y los avances tecnológicos relacionados con éstas, como las 4D, han modificado la imagen social del embrión o feto, que aparece cada día más humanizado. Profesionales y progenitores – aquéllos que han planificado o desean ese embarazo – se esfuerzan por identificar rasgos que lo aproximen a una forma humana. El feto o embrión no es nombrado como tal, sino como “bebé no nacido”, cuyas primeras imágenes –las primeras instantáneas que serán mostradas – son las ecografías. La constitución de esta figura de “bebé no nacido” funciona como una herramienta más en la criminalización del aborto, basada en el discurso eclesiástico del aborto como “asesinato” (Felitti, 2011). Esta tecnología ha incidido en el discurso público en torno al aborto y en el tiempo de gestación hasta el que éste es socialmente aceptable.

La ecografía es la constatación de que el embarazo existe y que, a pesar del deseo de interrumpirlo, avanza con normalidad. Las ecografías muestran una “semillita creciendo”, que en las próximas instantáneas se mostrará con otra forma, con otro aspecto.

“Porque te muestran la ecografía, te muestran el útero, te muestran el feto, te muestran todo, y todo con alegría porque una futura mamá qué más quiere que ver a su pequeña semillita crecer. Y para mí no era una semillita creciendo, para mí era […] algo que yo no quería en ese momento.” (Sabrina)

El sistema de salud, amparado en los avances tecnológicos mencionados, refuerza el discurso religioso al darle entidad al feto o embrión, asumiendo la continuidad del embarazo y que la mujer gestante se convertirá en madre.

“‘Ay, va a nacer para…’, creo que el último era junio, y ellos viendo en mis datos, ‘Ay, va a nacer para tu cumpleaños’ y todo ese tipo de cosas que la gente no se da cuenta lo que está provocando en la persona que lo está recibiendo.” (Sabrina)

La ecografía cumple la función de mostrar el paso del tiempo, de hacer ver a la mujer el crecimiento del embrión. El apremio por el avance del embarazo, atravesado por el miedo a que el misoprostol no funcione, se refuerza con estas imágenes y con relatos de profesionales de la salud y acompañantes, que sugieren tiempos y modos ideales de tener un aborto. En la imperiosa necesidad de terminar con la incertidumbre, las mujeres se verán obligadas a tomar un rol activo y encontrar aliados/as en un escenario donde el aborto aparece, al menos en un primer momento, como oculto y silenciado.

La búsqueda de información: escenarios contrapuestos en consultorios privados

Ante la noticia del embarazo y la decisión de abortar, las mujeres se encuentran “a la intemperie” (Chaneton y Vacarezza, 2012) ante las imágenes sociales que circulan en torno al aborto y ante la falta de información sobre las opciones: exposición de sus cuerpos, riesgos, dolor y miedo se asocian a imágenes como “agujas de tejer” y “raspaje”.

“Yo vi el Evatest y dije ‘¿Y ahora qué carajo hago? ¿Y ahora qué carajo va a pasar?’. Y tenés la palabra aborto como si fuese un crimen, ¿entendés? Es lo mismo, eso es lo que pensás, y te imaginás sangre y…¡Puaj! El médico ahí, metiéndote un coso. ¡Te lo juro!” (Belén)

Se configura entonces una espera específica, que es una espera activa por encontrar información y decidir cómo y dónde practicarse el aborto, pero también es una espera en la que ante la desorientación y la falta de información clara, algunas mujeres dependen de otros. En esta espera por informarse, las imágenes de exponer el propio cuerpo al dolor y al peligro en ocasiones se confirman al concurrir a consultorios clandestinos donde prima la tensión, el silencio y el maltrato hacia las mujeres que concurren y hacia otras personas presentes. La descripción de Belén de la siguiente escena confirma y profundiza la imagen que ella tenía sobre el aborto.

“[…] fui al contacto que tenía de éste médico, que era sórdido, violento, agresivo. […] A mí lo que me hicieron fue me pidieron los datos, te cobran la consulta, esperás. Primero te hacen dejar todas las cosas en un locker. ¡Turbio! […] la energía era densa. […] y después pasás al consultorio del tipo. […] Le pregunté los métodos con los que trabajaba, no me quiso decir, nada, no me dio información. […] “Acostate en la camilla”, me dijo así. “¡Bajate los pantalones! ¡Bajate los pantalones!”, me decía, te lo juro, me hablaba así. ‘Martín’ tenía el celular en el bolsillo sin querer, un descuido, [el médico] lo vio, empezó a gritar, llamó a la secretaria, le empezó a gritar a la secretaria y a maltratarla. Nos empezó a gritar a nosotros. […] Y, después, me hace con la mano así [gesto de silencio]: ‘De esto no digas nada’.” A mí realmente me asustó la mirada del tipo, cómo se sentaba, cómo hablaba, cómo gesticulaba. Me atendió así, medio acostado así, me hacía preguntas. Me dijo ‘¿Te hicieron alguna vez anestesia total?’. ‘No’. ‘¿Tuviste hepatitis?’. Así, como un listado de cosas. ‘Bueno, sigan teniendo relaciones’, ‘Ponete en la camilla’, me decía… Cómo gesticulaba, era todo un espanto realmente. Yo salí de ahí y dije ‘Este tipo es Mengele’. O sea, imaginate lo que percibí. La mirada… era oscuro de verdad. Mirá que me banqué miles de cosas, violentas, todo, pero ese tipo era siniestro realmente. Estaba haciendo un negocio con todo eso.” (Belén)

La escena del consultorio clandestino que relata Belén confirma sus prejuicios e indica que en Argentina aún existen espacios, basados en una lógica lucrativa, donde se practican abortos que implican no sólo un riesgo físico para las mujeres, sino también psíquico. Belén logra transmitir en la reconstrucción de la escena el manto de oscuridad y sordidez que rodea a la práctica del aborto en algunos consultorios, donde el profesional de la salud aparece, a sus ojos, como un sádico médico genocida. En su relato, el maltrato se refuerza con el silencio. Ella describe salir de ahí angustiada y desorientada, porque la falta de respuesta a sus preguntas refuerza la idea de exponer el cuerpo a lo riesgoso y lo desconocido (entrevista a Belén).

A pesar de la crudeza del testimonio, otras entrevistadas dan cuenta de una atención humanizada en consultorios clandestinos, y ella misma relata que luego asiste a un consultorio “diferente”. Belén describe otra escena, la de un consultorio especializado en salud sexual y reproductiva y en interrupción legal del embarazo, que ella misma contrapone, como si se tratara del “ying y el yang”, a su experiencia anterior:

“Entonces, al otro día, fui al consultorio […]: cuadros con información, folletos, un bol con preservativos, agua mineral para hacerte la ecografía, para tomar líquido, música de fondo, miles de folletos informativos, las paredes de colores, verdes, sala de espera. […] hasta cuando te metés en una de las salitas, tienen hasta las Carilinas. Que estén los folletos, que haya información, que se pueda hablar… Ya está, ya ahí respiré […] y el ambiente que se respira es relajado. […] ‘¿Querés información? Ahora te atendemos’. A otra le decían ‘¿Vos te vas a hacer una eco?’. Viste, para la post. Nada, se hablaba. […] Y después yo escuché que una estaba hablando con una pareja, y le estaba recomendando al chico que la ponga a su mujer en la obra social, como que trascendía lo del aborto, estaba haciendo algo como… recomendaciones como núcleo familiar, le estaba hablando sobre la obra social […]. Y eso me llamaba la atención […]. Y después, los médicos, estaban comiendo alfajores que les regaló una paciente que fue. […] Venía con este tipo, que me hizo esconder todo, que gritaba, que estaba totalmente hermético, nervioso. […] Como que yo tuve un antes y un después. […] Es un alivio que te den información. […] Yo tengo un Ying-Yang de lo que me pasó a mí. Tenía el médico que fui representaba el imaginario que yo tenía un poco, y cuando fui al otro consultorio y me dieron toda la información, me demostró lo opuesto. Viví como dos opuestos de un día para el otro, de un tipo que me cuasi amenazó, de que me calle la boca, y después lo otro, que me dijeron ‘No lo dramatices’, o sea, el tipo me cortó la respiración y después me dijeron ‘Exhalá’.” (Belén)

Las dos escenas que relata Belén se oponen principalmente en torno a lo que ella describe como el punto central de su preocupación: la información. En el primer caso, la dinámica de la escena transmite un silencio impuesto, basado en la idea de que ahí acontece algo prohibido, que no se puede conocer ni se puede correr el riesgo a ser grabado. El que tiene la información juega un rol de poder a la vez que transmite una idea de riesgo a ser descubierto. En la segunda escena, en cambio, Belén se sorprende por la “normalidad”. La sorprende recibir la información que había ido a buscar (folletos, cuadros con información) y que esta información pueda incluir una atención en salud que contemple aspectos que vayan más allá del aborto: cuestiones emocionales, representadas por las “carilinas”, y cuestiones sociales, que aparecen en el consejo de una de las integrantes del consultorio hacia un grupo familiar.

Los dos escenarios presentados expresan dos extremos posibles de prácticas abortivas en consultorios privados. Pero los relatos de otras entrevistadas, así como otras investigaciones (Petracci et al., 2012; Zamberlin et al., 2012), dan cuenta más bien del continuum que existe en Argentina en cuanto al acceso a prácticas abortivas. Sabrina, por ejemplo, relata un aborto en un consultorio clandestino en el que se sintió tranquila y aliviada. Emilse abortó en su casa, asesorada por una línea de información en aborto y por un médico que la atendía por su cobertura de salud (obra social). Virginia, por su parte, relata el alivio de dar con un espacio de asesoramiento donde pueda recibir contención, además de la imprescindible información que las mujeres esperan.

Abortos autogestionados: la espera por un aborto exitoso

Los cambios que acontecen dentro de los sistemas de salud en Argentina van de la mano con acciones activistas que se centran en dar información y en acompañar a las mujeres que abortan por fuera del sistema. Virginia describe de este modo la importancia de recibir información en un espacio en el que no iba a sentirse juzgada:

“[…] me he comunicado con las chicas de la consejería […]. Entonces cuando he sabido que estaban las chicas esas y que me iban a poder ayudar, ya está, ya estaba como re tranquila, era como ir y […] resolver algo mío. […] tenía respaldo de alguien que me podía dar una solución, […] no era alguien que no sabía sino que era gente que estaba preparada para eso y que no solamente te brindaba como ayuda en el sentido físico sino también psicológico […]. Alguien que me podía ayudar y que no me iba a decir que no y no me iba a decir tampoco que era una mala persona por hacerlo.” (Virginia)

Estos espacios de información y acompañamiento van de la mano con las prácticas seguras que habilitó la disponibilidad del misoprostol en el país. El uso de esta medicación permite que la práctica sea autogestionada, sin someterse al miedo generado por la imagen del consultorio clandestino, donde se expone el propio cuerpo a un riesgo desconocido. Sin embargo, las escenas de aborto con medicamentos también están atravesadas por una espera impaciente: esperar la siguiente dosis y completar el proceso, se superpone con la espera de alguna señal de éxito, que vendrá con el comienzo del sangrado y la expulsión. Reconstruir una escena de aborto, y las esperas que la atraviesan, permite reflexionar sobre una situación particular, atravesada por condicionamientos estructurales.

Virginia tiene veintiséis años y vive con su pareja en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, aunque ha crecido en una provincia del norte argentino. Él aparece en el relato de Virginia señalándola a ella como la “culpable” del embarazo y del tiempo que transcurrió hasta que ella verificó la gestación, como “si lo hubiera hecho a propósito” y como si “fuese hijo del Espíritu Santo”. Ella quiere interrumpir el embarazo porque no quiere ser madre, no tiene dudas. Si bien su pareja está de acuerdo con la decisión, está ausente en el momento de abortar. Ella decide no decirle que va a comenzar con las pastillas después de las discusiones de los días previos, aunque él esté durmiendo en la habitación contigua. “Las chicas” (en referencia a integrantes de Socorristas en Red) le aconsejan hacer el tratamiento lo antes posible, ya que a las 13,6 semanas de gestación, comenzado el segundo trimestre de gestación, los riesgos del aborto medicamentoso son mayores y quizás deba concurrir a una guardia médica.

Un viernes del mes de mayo Virginia se levanta más temprano que de costumbre. Ya tiene las pastillas porque dos días antes las había ido a buscar con el hermano de su pareja. Las indicaciones que le habían dado las socorristas consisten en usar doce pastillas, cuatro cada tres horas, de forma sublingual. Su pareja duerme. Virginia se sienta en el comedor y se coloca las primeras cuatro pastillas debajo de la lengua ansiosa por algún tipo resultado. Le habían dicho que las pastillas eran amargas, pero no se lo parecen y teme que no sean las correctas. Deja que se forme una pasta al menos por media hora, como le explicaron. Mientras mantiene las pastillas debajo de la lengua pone el cronómetro en el celular. Entre una dosis y la siguiente deben pasar tres horas, “ni un minuto más ni un minuto menos”, le habían dicho “las chicas”. Mientras tiene las pastillas debajo de la lengua, Virginia nota que algunas se disuelven más rápido que otras y piensa “Uy, por qué no se disuelven todas”, “Uy, no va a funcionar”. Cuando pasa la media hora, traga la pasta que se había formado, y bebe. Inmediatamente después de tragar las pastillas, observa el cronómetro cuya cuenta regresiva indica cuándo deberá tomar las siguientes cuatro pastillas. Son tres horas que pasan muy despacio. Virginia mira a cada minuto el cronómetro. Comienza a ordenar los libros de la biblioteca que está al fondo del living, junto a la puerta de la entrada. Termina de ordenarlos. Se sienta en el sillón frente al televisor. Decide jugar a la Play Station. Está aburrida e impaciente. Necesita que esas tres horas no sean eternas. Mira el celular, intercambia mensajes con su cuñado y con “las chicas”. Su pareja sigue durmiendo y ella mantiene la decisión de no despertarlo.

No siente dolor, lo que siente es frío. Se estremece. Le habían dicho que ese era un efecto habitual del misoprostol. Han pasado las tres horas y debe tomar las siguientes cuatro pastillas. A partir de esta segunda dosis, la reacción de su cuerpo es otra. Siente que le baja la presión y comienza el sangrado. Han pasado veinte minutos desde que tragó las pastillas. Siente dolor de panza y que “se desprende algo”. “Las chicas” le habían dicho que fuese al baño y que se sentase en el inodoro. Siente “un gran tirón adentro” y cómo se desprende un gran coágulo. Mira al interior del inodoro, quiere verificar que esa expulsión significa que el aborto se produjo. Le “da impresión” lo que ve, pero al mismo tiempo se siente aliviada y piensa “está todo bien, ya tenemos un problema menos”.

Ya ha expulsado, pero debe poner de nuevo el cronómetro para la última dosis. “Las chicas” le han advertido que, aunque la expulsión se produzca antes de las doce pastillas, debe concluir el procedimiento, para impedir que queden restos que puedan dar lugar a una infección. Estas tres horas son diferentes. Virginia sabe que ha abortado. La incertidumbre sobre si la medicación será o no efectiva, sobre si podrá o no abortar, el miedo, la ansiedad, ya no existen. Las tres horas de espera para la siguiente dosis ya no son eternas. El reloj de Virginia retoma el ritmo previo a la noticia del embarazo.

La escena del aborto de Virginia condensa las complejidades y contradicciones que atraviesan las prácticas abortivas hoy en Argentina, particularmente en relación a los tiempos y esperas del aborto con medicamentos, y plantea interrogantes sobre el rol de varones en los abortos de sus parejas.

Virginia relata conflictos que se desatan con su pareja al momento del aborto, pero que responden a discusiones previas entre ellos sobre las responsabilidades en relación a la prevención de un embarazo y a la realización del aborto una vez que esto ocurre. Según Virginia, su pareja no sólo la responsabiliza por haber quedado embarazada, sino también por haberse anoticiado tarde, en consonancia con normativas y percepciones culturales que responsabilizan únicamente a las mujeres de la prevención de embarazos no planificados, culpabilizándolas por practicarse abortos. Bajos y Ferrand (2002) analizan en Francia, donde el aborto está legalizado en el primer trimestre, la “norma procreativa” que indica que son las mujeres las encargadas de evitar un embarazo. En su estudio, encuentran que las propias mujeres se perciben como responsables, significando el aborto como un fracaso personal. En este caso, Virginia no se siente culpable. Sabe que ese embarazo no es producto del “Espíritu Santo”, que él también es responsable, lo que le produce enojo. Hasta ahora, él no cumple un rol contenedor, la juzga y reprocha, lo que la hace pensar que al momento del aborto no cumplirá un rol diferente. Por eso prefiere prescindir de su compañía al momento del aborto, sabiendo que otras personas la acompañarán. En su entorno hay un varón que cumple un rol diferente, su cuñado, que la acompaña y sostiene en la decisión, que entiende sin juzgar. Y también hay otras mujeres que no son amigas, pero que se hacen presentes en la escena a través de las indicaciones para el aborto, que estructuran las expectativas y ansiedades de Virginia, y que a través del teléfono, acompañan de manera activa, contienen y buscan apaciguar estas mismas ansiedades.

La escena de Virginia también permite reflexionar sobre la espera y los tiempos en el proceso de aborto. Los tiempos ideales para la toma de la medicación, así como las indicaciones de intervalos entre las dosis, se basen en criterios clínicos que se imponen necesarios para aumentar la efectividad del tratamiento y reducir los riesgos posibles. Aparecen entonces dos registros temporales: el macrotiempo, establecido por las guías médicas y manuales feministas basados en ellas, y el microtiempo, la vivencia subjetiva de cada mujer durante el proceso de aborto. La vivencia de Virginia está impregnada por el paso del tiempo, que aparece en la escena a través del teléfono con el cronómetro, las pastillas y el vaso de agua preparados para la siguiente dosis, y la ansiedad de que algo suceda. Ella ordena los libros, mira una película o juega con la Play, para no acostarse, que no se le pase la hora de la siguiente dosis y no padecer la espera. Pero al mismo tiempo, por más que intente llenar ese tiempo, no se olvida que espera. Esa ansiedad es inescindible de las condiciones de clandestinidad en las que toma el medicamento. Su miedo, su mayor miedo, no es una posible complicación sino una falla. Que las pastillas no sean las correctas, que no hagan efecto. ¿Y entonces qué haría?

Las tensiones en el relato de Virginia, la ansiedad y el temor, la soledad potenciada por la presencia de un novio ausente, decididamente dormido, contrapuesta al acompañamiento de quienes no están presentes físicamente pero sí por otros medios, culminan con la expulsión que logra identificar. Las angustias parecen borrarse, los miedos desaparecen con la confirmación de no haberse cumplido y aparece la confirmación de lo que estuvo buscando las últimas semanas: el alivio. Los relatos de las cinco mujeres entrevistados coinciden en este sentido, confirmar el éxito del aborto permite recuperar un estado de ánimo que sólo recuerdan con anterioridad a la noticia del embarazo. Con ese estado de ánimo recuperan también otra percepción del tiempo.

En la medida que el embarazo y el deseo de interrumpirlo impregnan todos los ámbitos de la vida, el tiempo que transcurre no es medido en horas, días o semanas, sino a través de un “reloj interno”, que ralentiza y hace más largo el proceso. Las percepciones del tiempo y de las esperas en torno al aborto se ven desdibujadas por cómo es vivida la experiencia. Los nervios, el insomnio, el miedo a exponer el cuerpo, la necesidad de terminar con aquello que se produce en sus cuerpos, hacen del proceso, los tiempos y las esperas que éste implica, arduos y eternos. El siguiente fragmento de entrevista da cuenta de esta percepción subjetiva:

“En el [hospital] estuve cinco horas. Me quería matar, lloraba ya ahí. […] El reloj mío era muy interno, yo sentía que la espera era eterna, cinco horas en el [hospital] eran eternas, los días de la semana eran eternos, me duraban horas porque no dormía, entonces los días eran eternos, estaba mal dormida, estaba nerviosa, tenía como una cosa interna, psicológica, que se te hace muy ardua, muy larga, no termina más, eso es lo que te pasa. Yo no te puedo decir ni en cifras cuánto duró, cuánto no duró porque para mí fue eterno.” (Belén)

De manera retrospectiva, los testimonios de las mujeres describen el proceso como una ruptura con la cotidianeidad, en la que el aborto aparece como un paréntesis que pone en suspenso otras actividades y proyectos. En estas semanas, los relatos dan cuenta de una tensión, donde el proceso está atravesado por las condiciones de penalización legal y social del aborto, y la consiguiente clandestinidad, pero también por otros modos de atravesarlo y de significarlo, donde es posible representar, mencionar y autogestionar, junto a otras/os, un aborto seguro. En esta suspensión temporal, de angustia y sentimientos contradictorios, la certeza de haber interrumpido el embarazo otorga a las mujeres la posibilidad de cerrar el paréntesis y retomar el curso de sus proyectos de vida.

A modo de cierre

Cuando una mujer no desea continuar un embarazo, la necesidad de interrumpirlo se vuelve apremiante. Pero en un contexto de penalización legal y social, el camino no es sencillo y a pesar de la urgencia de la decisión, el proceso se verá regulado por una serie de esperas. Al analizar la articulación entre procesos de aborto y la espera como mecanismo de poder en las experiencias de las mujeres, encontramos diversas lógicas que operan como reguladoras de esta temporalidad.

El pasaje por el sistema de salud y la realización de la ecografía, que exponen a las mujeres a los discursos de los y las profesionales de la salud, las ubican en el lugar de madres y representan al embrión como a un hijo en crecimiento. No es casual entonces que las propias mujeres expresen ansiedad por realizar la práctica, en tanto un avance del tiempo de gestación las expone a dichos discursos y podría dar lugar a poner en duda la decisión.

El apremio por interrumpirlo también está marcado por discursos y criterios clínicos sobre el aborto. Encontramos dos registros temporales superpuestos: al macrotiempo de las guías clínicas se opone el microtiempo, ligado a la experiencia subjetiva de las mujeres. Se juegan aquí no solamente cuestiones relacionadas a la urgencia por realizar el aborto sino al aborto con medicamentos en particular, dado que en ocasiones su posología establece esperas adicionales.

La regulación del proceso de aborto no establece solamente cuándo debe hacerse la interrupción del embarazo sino cómo. En un contexto de clandestinidad, la ausencia del Estado para regular y garantizar el acceso a la práctica y a la medicación abortiva genera desamparo. La desinformación, los riesgos, el miedo a exponer el propio cuerpo, la soledad, la circulación de imágenes desoladoras son efectos de una matriz que busca mantener el aborto en las sombras, centrada en el estigma y en el tabú social que pesan sobre la práctica. En este sentido, las esperas que identificamos a lo largo del proceso deben entenderse como efectos de regulaciones sociales que se encuentran en transición.

La disponibilidad del misoprostol en Argentina y la información que circula por Internet han modificado las prácticas abortivas y han posibilitado el acceso a un aborto seguro. Abortar en un contexto de legalidad restrictiva exige romper el secreto al que es confinado el aborto, en principio, para conocer cuáles son los métodos posibles y cómo acceder a ellos, pero también impone una incertidumbre, la de seguir la secuencia sin saber cuándo ni cómo se terminará exitosamente el proceso.

Los testimonios de las mujeres permiten un cambio en el signo socialmente asignado al aborto, donde diversos actores construirán junto a las mujeres espacios de diálogo en los que la interrupción del embarazo pueda ser vivida sin ser juzgada y llevada a cabo sin riesgos. Los espacios de información y asesoramiento de organizaciones militantes y de profesionales de la salud, así como el mayor acceso a los abortos legales, forman parte de un escenario de transición en el que los nuevos sentidos construidos autorizan experiencias de otro signo, donde a pesar de la vigencia del estigma y la clandestinidad, las mujeres se mantienen firmes en su decisión y logran atravesar el proceso, por momentos, de manera segura, autónoma y acompañada.

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  1. Sandra Salomé Fernández Vázquez (UNDAV-UBA-CONICET) sandrasalo.fernandez@gmail.com; Lucila Szwarc (CEDES-CONICET) luli105@hotmail.com
  2. Los abortos seguros se definen en oposición a los abortos inseguros, aquellas prácticas que, según la Organización Mundial de la Salud, son llevadas a cabo por personas que carecen de la preparación necesaria o en un entorno que no reúne las condiciones médicas mínimas, o ambas cosas a la vez (OMS, 2012).
  3. Socorristas en Red nuclea un conjunto de organizaciones que realizan consejerías presenciales sobre el aborto con medicamentos, brindando acompañamiento y seguimiento a lo largo del proceso.
  4. “Huevo muerto y retenido” es un término que indica que el embarazo se interrumpió pero aún no se ha expulsado el producto de la gestación.
  5. La distribución y comercialización de la mifepristona no es legal en Argentina. La entrevistada, según nos aseguró, obtuvo este fármaco a través una página web, Women on web, que envía la medicación a domicilio a cambio de una donación.
  6. Emilse refiere a “las chicas” que atienden la línea “Más información, Menos riesgos” de Lesbianas y Feministas por la Descriminalización del Aborto, que brinda información telefónica sobre el aborto con pastillas.
  7. Las entrevistadas hacen referencia a diferentes recomendaciones de organizaciones militantes, profesionales de la salud o información de Internet. El tiempo de gestación a partir del que se recomienda el uso del medicamento, para su mayor efectividad, oscila en nuestras entrevistas ente la séptima y la novena semana.


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