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10 El decir y lo dicho

La parte de justicia que veo en el planteamiento de la autonomía, me parece que en el caso de Kant está algo exagerada. ―¿Cuál es el punto de la exageración? ―Toda exageración dice algo verdadero, aunque enfatizándolo tanto que llega a deformarlo.

Lo verdadero en esta exageración es que una obra de arte no es un puro signo, algo que señala otra realidad. También puede ser signo, por supuesto, pero es más que signo: es un símbolo. El arte es un lenguaje simbólico. Lo explica muy bien el filósofo neokantiano Ernst Cassirer. En términos generales, dice, el hombre no vive en un puro universo físico sino en un universo simbólico:

«El lenguaje, el mito, el arte y la religión constituyen partes de este universo, forman los diversos hilos que tejen la red simbólica, la urdimbre complicada de la experiencia humana. Todo progreso en pensamiento y experiencia afina y refuerza esta red. El hombre no puede enfrentarse ya con la realidad de un modo inmediato; no puede verla, como si dijéramos, cara a cara. La realidad física parece retroceder en la misma proporción que avanza su actividad simbólica. En lugar de tratar con las cosas mismas, en cierto sentido, conversa constantemente consigo mismo. Se ha envuelto en formas lingüísticas, en imágenes artísticas, en símbolos míticos o en ritos religiosos, en tal forma que no puede ver o conocer nada sino a través de la interposición de este medio artificial. Su situación es la misma en la esfera teórica que en la práctica. Tampoco en esta vive en un mundo de crudos hechos o a tenor de sus necesidades y deseos inmediatos. Vive, más bien, en medio de emociones, esperanzas y temores, ilusiones y desilusiones imaginarias, en medio de sus fantasías y de sus sueños. “Lo que perturba y alarma al hombre –dice Epícteto– no son las cosas sino sus opiniones y figuraciones sobre las cosas”» (Cassirer, 1993, pp. 47-48).

El arte no trata de la realidad sino de las representaciones humanas. En tanto que símbolo, el arte constituye una mediación que, paradójicamente, no media, sino que se interpone, digámoslo así, entre nosotros y el mundo; en vez de ponernos en contacto con las cosas, nos hace revertir sobre nosotros mismos, pero precisamente alejándonos de ellas. El símbolo artístico cobra una especie de independencia hipostática respecto del mundo.

Kant habló no solo de la independiencia del arte respecto de cualquier otra finalidad, sino también de su independencia respecto de cualquier reflexión[1]. Es curiosa, e interesante, la representación de que el arte es una finalidad no ordenable a ninguna otra.

Ahora bien, todo esto, llevado a su máxima expresión, entraña problemas que pueden percibirse a simple vista.

Es evidente que lo esencial del arte es el dominio de una forma, que permite proponer algo, lo que en cada caso se quiere representar, de modo que la materia plástica, sonora, etc., pueda decirlo. Convertir la materia, muda de suyo, en vehículo expresivo: en eso reside el mérito artístico.

Lo que hace el artista, en ese sentido, no es pura mímesis. Incluso el arte más mimético, la fotografía, introduce una lectura humana de la realidad que retrata. Lo saben bien quienes aprecian esta forma de expresión artística: la buena fotografía descubre facetas, ángulos, relieves que no comparecen a simple vista, que pasan ocultos a una mirada esquiva, poco atenta o trivial: un rasgo, un instante, un gesto…[2].

Cuanto más mimético es un signo, menos dice por sí mismo: lo que hace es precisamente remitir a un significado ejerciendo él, precisamente, una mediación silenciosa. Hay dos formas fundamentales de signo: el signo natural, que mantiene una cierta semejanza material con lo significado, y el signo convencional, el que ejerce su función semántica por virtud de un convenio, un pacto, al menos implícito, entre los hablantes. Pues bien, tanto el signo natural como el signo convencional se limitan a «señalar», a diferencia del símbolo, que ante todo «hace» lo que señala: lo produce o efectúa. De este modo, el carácter semántico del signo es esencialmente transitorio, mientras que el símbolo, digámoslo así, «viene para quedarse».

Esta es una característica esencial del arte, y un rasgo que delimita claramente la concepción estética moderna y contemporánea respecto de la clásica concepción artesanal. (En todo cambio histórico de cierta envergadura hay que salvar, naturalmente, ciertos lapsos de tiempo prolongado que suponen zonas intermedias, fases borrosas entre el término inicial y final del cambio, digamos, territorios en los que la emergencia de lo nuevo no ha terminado de hacer periclitar lo antiguo).

Una vez instalados ya en la concepción nueva, la impresión que se ha hecho familiar a la mayoría es que el arte, en principio, no señala nada más que a sí mismo; no remite a nada, no representa, sino que se presenta él. La obra de arte no propone ninguna realidad distinta, sino que se impone ella, con mayor o menor prestancia. Es este un rasgo propio del símbolo. Buena parte del arte plástico y escénico contemporáneo se presenta con el formato de «instalación» o de performance.

Ahora bien, si por su carácter simbólico el arte no remite a ninguna otra realidad, ¿podemos contar con algún instrumento para juzgar su adecuación, su ajuste? (No me refiero con esto a su utilidad, incluso belleza, sino a su propia condición de arte). Pues, en efecto, contar con alguna herramienta racional para hacer ese juicio es precisamente lo que hace falta para que se pueda hablar de criterio.

Ya hemos visto lo que en la senda de Kant vendría a responder la estética contemporánea: la emoción que suscita en el contemplador es, en último término, el criterio que hoy sustituye al canon: la conmoción pura que produce la auto-presencia del símbolo, mucho más allá de su capacidad sígnica para representar algo distinto. Es más o menos a esto a lo que se refiere la noción kantiana de «belleza sin concepto» (begriffslose Schönheit)[3].

Esto es lo que tiene en las meninges casi todo el gremio artístico. Y a eso apunta la reflexión kantiana sobre la autonomía del arte. Algo tiene de justo. ¿Pero dónde está el punto de quiebra, la hybris, el exceso?


  1. Belleza es placer sin concepto (das Schöne ist demnach ein begriffsloses Wohlgefallen. Vid. KUK, I, 2, §6), pero tampoco algo puramente sensual (aber auch ein nicht rein sinnliches). Aquí aparece nuevamente una de las mayores paradojas de la crítica kantiana de la razón. Al igual que la razón práctica (praktische Vernunft) puede mandar sin conocer –digamos, a ciegas–, el juicio de gusto, sin dejar de ser juicio, excluye todo concepto (begriffslos). Ahora bien, en ningún caso quiere esto decir, en Kant, que tanto el juicio práctico como el juicio de gusto sean instancias arbitrarias, des-reguladas (regellos).
  2. «¿Qué puede aportar el arte respecto a la verdad? Siendo la verdad algo tan difícil de aprehender, ¿cómo podrían los artistas añadir algo al respecto? Pues contemplando la realidad con mucha tenacidad y durante mucho tiempo, y después trabajando mucho y durante mucho tiempo para contarnos lo que han visto. Cualquiera que haya intentado pintar un objeto o un paisaje entenderá esto que digo. Hace falta una concentración tremenda solo para empezar a ver lo que se tiene frente a los ojos, no digamos para trasladarlo al lienzo: para percibir, por ejemplo, un vaso de agua, no simplemente como un útil que tiene un uso, sino como algo en lo que apenas reparamos cuando saciamos nuestra sed, en la particularidad plena de su existencia material; el color líquido del vidrio, las huellas impresas sobre su superficie, el destello iridiscente del borde, la forma de la sombra translúcida que el conjunto proyecta. Lo mismo que ocurre con la pintura se da en las demás artes. En la literatura, lo que se observa no es primordialmente el universo físico, sino el social y el psicológico» (Deresiewicz, 2019, p. 180).
  3. Frente a la representación conceptual, supone Kant que la obra de arte no representa nada, sino que se presenta ella misma. ―¿Cómo puedo evaluar el valor estético de una obra de arte? ―Pues justamente por la emoción inmediata de una presencia, que no es re-presentativa de nada. ―Creo que Kant se equivoca al afirmar que el concepto es algo que está por otra cosa, una especie de «cosita mental», como diría Alejandro Llano; es decir, la representación en mi mente de otra cosa. De acuerdo con Aristóteles –que en esto me convence más que Kant–, el concepto es la presencia de algo en mí, de su índole, una presencia, ciertamente, inmaterial, pero presencia real; nada parecido a una vice-cosa, a una presencia vicaria o re-presentación: algo que está por, o hace las veces de otra cosa.


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