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1 Introducción

Una descripción muy básica de la Estética podría ser esta: la discusión filosófica sobre la belleza. Inicialmente este discurso se refería a la belleza sin más, natural, que según Tomás de Aquino es un aspecto del ente, digamos, otro nombre del ser (ens et pulchrum convertuntur). A partir del Renacimiento, y sobre todo en el siglo XVIII, con Alexander Gottlieb Baumgarten el primero que escribe un tratado de Estética–, el tema dominante ya no es la belleza natural sino la artística. Desde entonces aquello por lo que se interesa la Estética no es ya una propiedad del ser sino de un tipo particular de realidades que son artefactos, constructos que emanan de la mente y de la mano humanas: mentefacturas y manufacturas. Se trata aquí de un producto cultural genuino, algo que hace el ser humano, y, a su vez, que le hace a él, que realiza y desarrolla su propia humanidad.

En los primeros compases de la Carta a los artistas, san Juan Pablo II (1999) señala que Dios es el artífice de la naturaleza; al crearla la ha dotado de muchas cualidades, y por supuesto de una belleza original que justifica, como narra el Génesis, que Dios mismo lo aprobara: «Y vio Dios todo cuanto había hecho, y era bueno en gran manera», apunta el texto bíblico al terminar la narración de cada fase de la creación (Gn 1,31). Al final de los seis días en los que esta se desenvuelve, Dios contempla todo y descansa, se goza en que todo aquello ha salido muy bien.

Se dice que Dios es artífice, o artista en un sentido metafórico, pues Dios no tiene manos. Lo que sabemos a partir de la narración delnesis es que Dios crea con su Logos. Dios crea pensando y hablando. Ambas cosas se significan, en griego, con la voz logos: pensamiento, concepto, y también expresión, verbalización de ese pensar. En efecto: «Y dijo Dios» hágase la luz, sepárense los continentes de las aguas, el lucero matutino del vespertino para señalar el día y la noche–… Y aquello «se hizo». Igualmente lo señala san Juan en el prólogo de su evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba al principio en Dios. Todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho» (Jn 1,1-3). Dios crea con su palabra (verbum, en latín); palabra interior, pensamiento (en cierto modo nos hablamos a nosotros mismos cuando pensamos), y a su vez expresión oral de eso, exteriorización de ese pensar: verbo interior que se vierte hacia afuera (ad extra) haciendo lo que dice, i.e creando.

El Verbo de Dios –la Segunda Persona– es creador. Su palabra es performativa, no únicamente significativa: no solo designa o señala, sino que también hace lo que dice. Es algo parecido a lo que la Iglesia católica enseña sobre la eficacia de los sacramentos. Estos tienen una estructura hilemórfica: se componen de materia y forma. La forma es la fórmula, las palabras que el ministro pronuncia sobre la materia (el agua, el pan, el vino, el aceite de oliva). Dice Agustín de Hipona en su comentario al evangelio de san Juan: «Se adosa la palabra al elemento –en cada caso, a lo que hace de materia– y se produce el sacramento»[1]. El sacramento es signo sensible de la gracia, pero no se limita a significarla o señalarla; además de eso, la produce. Pues bien, algo análogo ocurre, mutatis mutandis, con el Verbo creador, según la narración bíblica.

La palabra de Dios es performativa, hace lo que dice. Dios no necesita manos, y por tanto la descripción de Dios como artista, o artífice, es un hablar metafórico. Es su Verbo creador, su palabra interior, la Segunda Persona, la cual, como saben los cristianos, en un momento dado de la historia –«la plenitud de los tiempos» (plenitudo temporum), el «momento oportuno» (kairós), el centro mismo de la historia, que la divide en dos, un antes y un después– comienza a ser uno de nosotros: el Emmanuel, «Dios con nosotros», y, con sus hechos y dichos nos revela quién es Dios y cómo nos ama. Jesús de Nazaret es esto lo que creen los cristianos– es el Ungido del Padre, el cristo, enviado por el Padre para revelarnos y salvarnos por su palabra. Jesucristo, pues, es el Verbo de Dios encarnado, enviado por Dios Padre para hablarnos en nuestro lenguaje, de manera que podamos entenderle: El Verbo de Dios se hace también verbo humano. La Carta de Juan Pablo II muestra que en ese momento comienza una historia espléndida; Dios acompaña los caminos humanos en una proximidad extraordinaria, reanuda la conversación con el hombre en una forma completamente original, la segunda alianza. Es una historia peculiar de la belleza[2].

En todo caso, hasta aproximadamente el siglo XVI la reflexión filosófica sobre la belleza se centra en la belleza natural, la creación de Dios, la que ha salido de su mente creadora. Y a partir de ahí comienza a atender de forma preferente a la belleza de las «creaciones» humanas. Es difícil datar con precisión este, llamémosle, «giro copernicano», pero la Aesthetica de A. G. Baumgarten (publicada en 1750) es el primer libro de estética filosófica que estudia de forma exhaustiva las bellas artes (schönen Künste).

La palabra «estética» procede de la voz griega aísthesis, que designa el conocimiento sensible. En esa acepción la emplea, por ejemplo, Kant en la Crítica de la razón pura. Al referirse el filósofo prusiano, en la primera parte del libro, al conocimiento sensorial, titula Estética Trascendental[3]. (La palabra «ascética» igualmente pertenece al campo semántico de «estética», y se refiere al dominio espiritual sobre lo sensible, lo sensorial, lo sensacional o lo sensual).

La reflexión filosófica que se encuadra en el marco de la Estética, por tanto, se centra en los artefactos que emergen de la mente y la mano humana. No es que antes no se haya considerado esto. Pero en la antigüedad y la Edad Media lo que se dice y piensa sobre el arte (ars) pertenece básicamente al dominio de lo que hoy llamaríamos artesanía, habilidad, oficio, técnica; al dominio, en definitiva, de lo que en el lenguaje de Baumgarten y Kant se designa con la voz «artes mecánicas», o en griego techné.

Es interesante constatar que la concepción de la belleza de la que era capaz la mente y la mano humana, hasta aproximadamente el siglo XVIII, se refería principalmente a la habilidad, a la capacidad de conectar la mente con la mano: que tu mano ejecute fielmente lo que tu mente diseña y decide. Además de utilidades, eso puede tener proporción, armonía… Pero la belleza reside, sobre todo, en la creación de Dios, y solo por analogía con ella, en la obra humana bien acabada, en el artefacto hábilmente diseñado y construido.


  1. Accedit verbum ad elementum et fit sacramentum. Cfr. In Iohannis evangelium tractatus, 80, 3.
  2. Extraordinario es también un texto de Joseph Ratzinger (2002) sobre «la contemplación de la belleza», en el que se refiere a la belleza del rostro de Cristo.
  3. Kant define la estética trascendental como la ciencia de los principios a priori de la sensibilidad. Junto con la lógica trascendental compone la doctrina trascendental de los elementos, que es la primera parte de la Crítica de la razón pura.


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