El origen de las academias se remonta a Italia. La corte florentina bajo el impulso de los Médici creó en 1454 la Academia platónica, destinada a recuperar el conocimiento griego para promover la formación humanística con especial referencia a las artes. Paralelamente, en Venecia, otro grupo de humanistas patrocinados por el gran impresor de libros Aldo Manuzio creó la Accademia dei filleleni con un grupo de humanistas filohelénicos y en otras ciudades se crearon academias centradas en temas humanísticos. Eran intentos de grupos de personas para crear una institución intelectual más acorde con sus ideas que las que predominaban en las universidades dominadas por la Iglesia católica. Hasta mediados del siglo XVI las academias no se interesaron por las ciencias y fue recién durante la segunda mitad del siglo que las academias se bifurcaron entre las vinculadas a los temas literario-humanísticos y las que se interesaban en las ciencias experimentales. Tomando todas las creadas hasta fines del siglo XVIII las vinculadas con las actividades científicas fueron alrededor de un 10% del total.
Las ciencias comenzaron a desarrollarse fuera de las universidades (con algunas excepciones como la de Padua, que no estaba estructurada según el molde escolástico que dominaba a casi todas las universidades). Galileo fue el eje de la Accademia dei lincei (“academia de los linces”), creada en Roma en 1601 por el duque Federico Cesi y centrada en estudios y experimentos de Astronomía, Física y Ciencias Naturales. En esta tradición alcanzó gran importancia la Accademia del cimento en Florencia, que puede traducirse como “academia de experimentación”, aunque la palabra “cemento” o “estructura” hacía alusión al estudio de los nexos de los fenómenos. Creada por seguidores de Galileo, fue recién legalizada en 1657, después de veinte años de funcionamiento casi clandestino. Tuvo una gran repercusión con experimentos en Física y Biología, que fueron difundidos con corresponsales en los estados protestantes de Europa. Lorenzo Magalotti publicó en 1667 el libro Resultados de los experimentos de ciencias naturales llevados a cabo por la Academia del cimento, que fue el primer cuerpo de experimentos diseñados deliberadamente. Se mandaron a la recién creada Royal Society de Londres y fueron traducidos al inglés en 1684, y en 1731 del italiano al latín; se convirtió en el manual de laboratorio de la época. Pero las academias italianas no tuvieron un contexto social que permitiera su expansión, y el centro de las actividades científicas se trasladó a Francia e Inglaterra.
En Londres, un grupo de intelectuales conforma, en 1645, The Invisible College, para discutir sobre cuestiones científicas. Algunos de ellos son trasladados a Oxford y constituyen en 1651 el Club de Oxford, con programas de investigación propios y fuertes intercambios con París y con Italia. El grupo de Londres incorporó nuevos miembros y se reunían en el Greshan College. En 1660 resuelven transformarse en una sociedad consagrada al estudio de la filosofía experimental. Generan sus estatutos y obtienen credenciales reales en 1662. Se genera así la Royal Society of London for improving natural knowledege (“sociedad real de Londres para mejorar el conocimiento de la naturaleza”). Con fuerte influencia de las ideas de Francis Bacon[1] emprenden diversos tipos de investigaciones e informaciones relativas a fenómenos naturales de cualquier índole.
Motivados por los avances producidos en Italia, se inició en Francia un movimiento apoyado por la corte y resistido por las universidades de impulsar el desarrollo cultural e intelectual del país. Bajo la influencia de Jean-Antoine de Baïf se creó la Academia de poesía y de música en 1570. Posteriormente, un grupo de eruditos se reúne sistemáticamente abordando sobre todo el tema de la utilización del idioma francés para el estudio de todas las ciencias. Apoyándose en este movimiento, en 1635, el cardenal Richelieu la transforma en la Academia francesa. A ello le siguió la creación de cinco academias, una de las cuales, la Academia de Ciencias (Académie royale des sciences), creada en 1666, recogió la larga actividad de diversos grupos de científicos aficionados. La Academia de Ciencias de Francia retomó la tradición de la Academia Montmort creada por Henri-Louis Habert Montmort (fuertemente influenciado por Descartes) a principios de 1650, que abordaba temas físicos y matemáticos, así como las de las reuniones privadas que se realizaban en la celda del Padre Mersenne y en lo de Melchisedec Thévenot, viajero que más tarde sería bibliotecario real. Se inició con dieciséis miembros. Reorganizada en 1699 con cincuenta miembros, el artículo XXX de sus estatutos exigía que todos los libros publicados por los miembros, en cuanto tales, debían recibir primero el imprimatur de la Academia.
En Alemania existió, a comienzos del siglo XVII, una institución científica en Rostock, la Societas Ereneutica, fundada en 1622 por el biólogo Joachim Jungius, que duró un par de años. En 1652 se funda en Schweinfurt la Academia Naturae Curiosorum, que fue esencialmente una sociedad de médicos. Recién en 1700 se crea la Berliner Akademic, impulsada por Leibniz, su primer presidente.
- “Bacon se había propuesto una gran renovación, una Instaurato magna, en la ciencia según un plan que expuso en el prefacio de su Novum Organum. Ese plan comprendía: una exposición de las ciencias de su tiempo con una nueva ordenación y clasificación de las mismas; una interpretación de la naturaleza en la que un ‘nuevo órgano’ reemplazaría al antiguo ‘órgano’ aristotélico; y una investigación de los hechos naturales y de sus leyes, que remataría con el leit motiv de toda la filosofía baconiana: el estudio de la posibilidad que ofrecen esas investigaciones para la conquista y el dominio del hombre sobre la naturaleza” (Papp y Babini, 1954: 4/5).↵








