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15 El impacto de la Segunda Guerra Mundial, la emergencia dominante del sistema científico norteamericano

Y del idioma inglés como la nueva “lingua franca” de comunicación científica

Los grandes conflictos bélicos en que participan las potencias mundiales han sido momentos relevantes para los desarrollos científicos. Bajo la necesidad de dar rápidas respuestas a temas relevantes planteados por necesidades estratégicas de orden militar o de elementos asociados al destino de las naciones (alimentación, desarrollos industriales específicos, sistemas de transporte en nuevas escalas, etc.) se concentran grandes masas de recursos de capital y humanos en temas que se definen como centrales. En este contexto, la apelación a los sistemas científicos nacionales para que se integren a sectores bélicos y/o productivos genera condiciones materiales de trabajo de escala muy superior a las hasta allí existentes.[1]

Todos estos factores tuvieron fuertes consecuencias sobre los sistemas científicos de estos países. Por su magnitud, la preparación y el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y las actividades asociadas a la posguerra fueron de alta relevancia. Es conocida la importante participación de la ciencia alemana en el desarrollo de la industria bélica de ese país, que incluyó avanzados procesos vinculados con la cohetería espacial inicialmente utilizada con fines bélicos (las famosas bombas V2 impulsadas por cohetes de larga distancia).

Algunos hitos relevantes de organización de la ciencia se produjeron en pleno conflicto bélico. En 1942 la Asociación Británica para el Progreso de la Ciencia organizó una conferencia internacional denominada “La ciencia en el orden mundial”. Los representantes del gobierno británico plantearon explícitamente el rol de los científicos en la guerra y señalaron que serían convocados después para los períodos de reconstrucción de los países. Se dio allí un extenso debate sobre las relaciones entre la ciencia y la sociedad que anticipaban las futuras disputas sobre la cuestión del poder político y el rol de los científicos y sus organizaciones.

Pero donde los desafíos de este período impactarían notablemente sobre el rol de los científicos y de las organizaciones académicas universitarias, es en los Estados Unidos.[2] Relevante fue el manejo del tema en el gobierno del presidente Franklin Delano Roosevelt, antes de la incorporación de este país al conflicto bélico.

El 11 de octubre de 1939, el economista y analista de inversiones Alexander Sachs, aficionado a las cuestiones científicas, visitó a Roosevelt para ponerlo al corriente de los recientes descubrimientos en el campo de la fisión nuclear. Lo hizo movilizado por haberse enterado de que los alemanes habían hecho recientemente progresos notables en la física nuclear y luego de haber recibido una carta del Dr. Albert Einstein y un memorándum del Dr. Leo Szilard, que había realizado experiencias exitosas en este campo. Szilard y uno de sus principales colaboradores, el Dr. Enrique Fermi, habían huido del fascismo.

Sachs le entregó el artículo publicado por Szilard en abril de ese año en la revista Physical Review denominado “Emisiones instantáneas de neutrones rápidos por la acción recíproca de neutrones lentos y del uranio” y se lo leyó hasta lograr que el presidente adquiriera un conocimiento razonable sobre la posibilidad de fisionar el átomo de uranio para producir una reacción en cadena. Roosevelt organizó un “Comité Consultivo del Uranio”, formado por hombres de ciencia, militares y marinos. El 15 de junio de 1940, al día siguiente de la caída de París, el presidente ordenó al Dr. Vannevar Bush, presidente del Consejo de Investigaciones para la Defensa Nacional que asumiera sus funciones,[3] designándolo en 1941 como director de la Oficina de Investigación y Desarrollo Científico. Se formó así una vasta organización con los mejores talentos militares, de la ingeniería y de la ciencia con que contaba el país. Con el apoyo de un presupuesto de dos billones de dólares, se desarrolló esta iniciativa que culminaría con la creación de la bomba atómica, y otras como las del desarrollo del radar y centenares de proyectos de generación de armas de guerra (nuevas y más precisas bombas, detonadores fiables, misiles guiados, radares y sistemas de alerta temprana, armas de mano más ligeras y precisas) y tratamientos médicos más eficaces que incluían el desarrollo de antibióticos, así como el polietileno utilizado como aislante eléctrico en tiempos de guerra. Todo ello daría gran impulso al desarrollo científico y académico norteamericano.

El 17 de noviembre de 1944, Roosevelt envía una carta a Bush que muestra la visión estratégica del gobierno norteamericano sobre el desarrollo científico. Allí le plantea:

La Oficina de Investigación y Desarrollo Científico, de la cual es usted director, representa un experimento único de trabajo en equipo y cooperación para la coordinación de la investigación científica y la aplicación del conocimiento científico existente a la solución de los problemas técnicos de primera importancia en la guerra. Su trabajo se ha realizado en el mayor de los secretos y sin ningún tipo de reconocimiento público; pero sus resultados tangibles pueden encontrarse en los comunicados procedentes de los frentes de batalla de todo el mundo. Algún día podrá contarse toda la historia de sus logros.

No hay motivos, sin embargo, por los que las lecciones aprendidas en este experimento no puedan aplicarse provechosamente en tiempos de paz… para la mejora de la salud pública, la creación de nuevas empresas que signifiquen más puestos de trabajo y la elevación del nivel de vida de la nación. Con este objetivo en mente, me gustaría que me transmitiera sus recomendaciones sobre los siguientes cuatro puntos:

Primero: ¿Qué puede hacerse, de manera coherente con la seguridad militar y con la aprobación previa de las autoridades militares, para hacer conocer al mundo lo más pronto posible las contribuciones que durante nuestro esfuerzo bélico hicimos al conocimiento científico?

La difusión de ese conocimiento debería ayudarnos a estimular nuevas empresas, proporcionar empleos a nuestros soldados licenciados y otros trabajadores y hacer posible un progreso a grandes pasos del bienestar nacional.

Segundo: Con especial referencia a la guerra de la ciencia contra la enfermedad, ¿qué puede hacerse hoy para organizar un programa a fin de proseguir en el futuro los trabajos realizados en medicina y ciencias relacionadas?

Tercero: ¿Qué puede hacer el gobierno hoy y en el futuro para apoyar las actividades de investigación encaradas por organizaciones públicas y privadas? El papel adecuado de la investigación pública y privada, y su interrelación, deberían considerarse con mucho cuidado.

Cuarto: ¿Puede proponerse un programa eficaz para descubrir y desarrollar el talento científico en la juventud norteamericana, de modo que sea posible asegurar la continuidad futura de la investigación científica en este país, en un nivel comparable al alcanzado durante la guerra?

Bush le contesta con un documento denominado “Ciencia, la frontera sin fin. Un informe al Presidente, julio de 1945” (Revista Redes, nº 14, noviembre de 1999). Este documento se centró, según explica el autor, en las Ciencias Naturales, incluidas la Biología y la Medicina, dejando de lado los avances en Ciencias Sociales y Humanidades a pesar de reconocer su importancia. El informe se organizó en base a informes de distintos comités especializados en que participó parte importante de la comunidad científica nacional.

El amplio informe destaca la relevancia de la ciencia para el desarrollo nacional, plantea la necesidad de apoyar la investigación médica en las facultades de Medicina y las universidades, financiar a los científicos civiles con aportes posibles en la seguridad nacional y se detiene luego en el bienestar público. Con el pleno empleo como objetivo, el desarrollo de nuevos productos y procesos se fundan en nuevos principios y concepciones que dependen de la investigación científica básica, a esto lo denomina capital científico.

Para incrementar este capital se requiere contar con muchos investigadores formados en ciencia, fortalecer los centros de investigación básica que son principalmente las facultades, universidades e institutos de investigación. Destaca que los gastos de investigación científica de la industria y el gobierno aumentaron de 140 millones de dólares en 1930 a 309 en 1940, mientras que los correspondientes a facultades y universidades pasaron de 20 a 31 millones, en tanto que los de los institutos de investigación se redujeron de 5 millones doscientos mil dólares a 4 millones quinientos mil dólares. Plantea entonces la urgente necesidad de fortalecer sus trabajos de investigación básica mediante el uso de fondos públicos y la necesidad de otorgar un número significativo de becas para los estudiantes y graduados vinculados con la actividad científica.

Respecto a las publicaciones el informe señala: “La liberación de información actualmente sometida a las normas de seguridad no es más que una fase del problema. La otra es disponer la preparación del material y su publicación en una forma y un precio que faciliten su difusión y su uso […] Debemos poner este material al alcance de los científicos de todas partes con gran prontitud, y al precio más bajo que sea compatible con un formato adecuado. […] Se recomienda que todas las agencias, gubernamentales y privadas, que posean información científica liberada del control de seguridad, adopten sin tardanza medidas que alienten y faciliten la preparación y publicación de informes”.

El lanzamiento del satélite Sputnik por la Unión Soviética en 1957, desarrollado en base al aporte de los científicos alemanes que habían sido los pioneros de la cohetería en época de la guerra, produjo una verdadera conmoción mundial. Esta se acentuaría cuando fueron también los soviéticos que lanzaron el primer hombre al espacio, Yuri Gagarin. La propaganda soviética asoció estos éxitos a la superioridad de su sistema social y de su sistema educativo y científico. En esta situación, los líderes políticos americanos reforzaron las medidas de apoyo a la investigación científica y la educación. Entre 1957 y 1968, la investigación académica y los gastos de desarrollo más que se triplicaron, y la matrícula en la educación superior creció de 3 a 7 millones de estudiantes. Una serie de nuevos programas de apoyo a los estudiantes de grado y postgrado, fuertes aumentos en la financiación de la investigación y la construcción de infraestructura vinculada con esta expansión se iniciaron durante este período.

Estos procesos se desarrollaron también en el Reino Unido, donde a partir del informe Robbins se creó un grupo de nuevas universidades con sus correspondientes bibliotecas, que eran grandes clientes para los libros y las revistas científicas y con departamentos de ciencias que generaban los nuevos autores y trabajos de investigación.[4] Todos estos procesos desarrollados dominantemente en los dos países de mayor número de científicos de habla inglesa, sumados a la caída ya descrita de la ciencia y las editoriales alemanas, terminaron de configurar un mercado internacional dominado por la lengua inglesa, que pasó a ser considerada como la lengua de comunicación científica. Pese a los esfuerzos del presidente de Francia, Charles De Gaulle, que obligaba a los investigadores de este país a presentar sus documentos en las reuniones internacionales en francés, la relación de fuerzas era extremadamente favorable a la coalición que de hecho se dio en los países de habla inglesa. Pese a que el 90% de las publicaciones científicas (cuyo número se doblaba cada diez años) aparecía en cuatro idiomas (inglés, ruso, francés y alemán), el eurocentrismo científico terminó en el siglo xx. Entre 1900 y 1933 sólo se habían otorgado siete premios Nobel a los Estados Unidos, pero entre 1933 y 1970 se les concedieron setenta y siete.

Este mercado impulsó a las editoriales norteamericanas a asentarse en Europa. A principios de 1950 Academic Books estableció oficinas en Londres y su éxito motivó a la editorial Academic Press a iniciar sus actividades en Europa. Academic Press se había creado en Nueva York por iniciativa de Walter J. Jhonson, refugiado de la Alemania nazi, que junto a su cuñado Kurt Jacoby generaron una gran cantidad de publicaciones científicas (monografías, tratados, series) y desarrolló una relevante actividad en su filial inglesa. Otra poderosa editorial norteamericana, John Wiley & Sons Inc., que con la expansión de las universidades norteamericanas en 1870 había generado una gran producción en ingeniería que se distribuía en todo el mundo, en 1961 adquiere Interscience Publishers, una empresa creada por Eric Proskauer y Maurits Dekker, quienes huían de la persecución desatada por la invasión de Alemania a los Países Bajos, donde tenían editoriales establecidas.

El desarrollo en las últimas décadas de las grandes corporaciones se reflejó también en la gran concentración en las editoriales, incluidas las dedicadas al campo de la ciencia. El estudio de John Thompson (2005) sobre las editoriales universitarias y académicas señala que dado que se trata de un mercado particular con productos de gran valor agregado y dirigidos a una clientela acotada, la especialización se impone dentro de la gestión de negocios. Así, Wolters Kluwer se dedica a las ediciones jurídicas; Reed Elsevier a las áreas científicas y médicas; Sage a las Ciencias Sociales; Penguin Group al área educativa. También las editoriales universitarias estadounidense y británicas como Oxford University Press y Cambridge University Press, se expanden a nivel mundial para mejorar su rentabilidad.


  1. “El más reciente cambio en la organización de la ciencia se debe a la intervención a gran escala de los gobiernos. Es cierto que desde el siglo XVII parte de la subvención a la ciencia procedía de fuentes gubernamentales, pero se dedicaba casi exclusivamente a servicios como los de la astronomía o la cartografía, o a la adecuada homogenización de los pesos y medidas. En los países capitalistas existía de hecho, hasta estos últimos años, una objeción fuerte a la intervención del gobierno en la esfera de la ciencia, debido a que esto podía interferir en la competencia de los individuos y las empresas, en la utilización de la ciencia para su propio beneficio. Esta objeción se ha eliminado por completo a causa del interés común que tienen ahora los gobiernos y las empresas monopolistas en que existan fondos para la investigación bélica. El proceso ha requerido tiempo: en la Primera Guerra Mundial, la ciencia, al principio relegada, se convirtió al final en un auxiliar menor pero indispensable para la producción y el manejo de elementos tales como el aeroplano o la telegrafía sin hilos; en la Segunda Guerra Mundial fue muy importante desde el principio y al final se convirtió en un factor dominante, no solamente en el perfeccionamiento de las nuevas armas, como los proyectiles teledirigidos y la bomba atómica, sino también en la coordinación y dirección de las mismas operaciones militares. Durante la guerra prácticamente toda la ciencia británica y norteamericana se entregó al servicio bélico. Pero incluso después de la guerra la subvención de la ciencia por parte de los gobiernos, para la preparación de nuevas guerras cada vez más científicas continuó multiplicándose debido a la presencia de importantes factores. Así, en Inglaterra, las sumas destinadas a la ciencia por el Parlamento van de los 5 millones de libras esterlinas en 1937 a los 78 millones en 1947, y a los 385 millones en 1962; en los Estados Unidos, estas sumas van desde los 50 millones de dólares en 1940 a más de 600 millones en 1945, y alcanzan los 1,600 millones en 1963. El número de científicos empleados por la ciencia gubernamental en Inglaterra va de los 743 en 1930 a 7.059 en 1962, o sea, que casi se ha multiplicado por diez”. John D. Bernal. Historia social de la ciencia. Península. 1964.
  2. “Al mismo tiempo, la guerra acabó de convencer a los gobiernos de que dedicar recursos inimaginables hasta entonces a la investigación científica era factible y esencial para el futuro. Ninguna economía, excepto la de los Estados Unidos, podía haber reunido dos mil millones de dólares (al valor de los tiempos de guerra) para construir la bomba atómica en plena conflagración. Pero también es verdad que ningún gobierno, antes de 1940, hubiera soñado en gastar ni siquiera una pequeña fracción de todo ese dinero en un proyecto hipotético, basado en los cálculos incomprensibles de unos académicos melenudos. Después de la guerra sólo el cielo o, mejor dicho, la capacidad económica fue el límite del gasto y de los empleos científicos de los gobiernos. En los años setenta el gobierno estadounidense sufragaba los dos tercios de los costes de la investigación básica que se desarrollaba en su país, que en aquel tiempo sumaban casi cinco mil millones de dólares anuales y daba trabajo a casi un millón de científicos e ingenieros (Hobsbawm, 1998: 539).
  3. Vannevar Bush, nacido en 1890, fue un ingeniero y científico norteamericano que en la década de 1930 construyó la primera computadora analógica a la que llamó analizador diferencial. Este invento tuvo mucha repercusión en las áreas de Ingeniería y Química. Una versión mucho más potente fue utilizada en 1942 para el cálculo de tablas de tiro para la Marina de EE.UU. resolviendo ecuaciones balísticas para las trayectorias de los proyectiles. También creo el Memex, un aparato de bases planas con una superficie traslúcida capaz de encontrar a alta velocidad información almacenada en una base de datos y que fue ampliamente utilizado en el campo de la información y la documentación. En 1939 fue nombrado presidente del Carnegie Institute de Washington y del National Advisory Committee for Aeronautics.
  4. “[…] dentro del mundo desarrollado la ciencia fue concentrándose gradualmente, en parte debido a la reunión de científicos y recursos, por razones de eficacia, y en parte porque el enorme crecimiento de los estudios superiores creó inevitablemente una jerarquía, o más bien una oligarquía, entre sus instituciones. En los años cincuenta y sesenta la mitad de los doctorados de los Estados Unidos salió de las quince universidades de mayor prestigio, a las que procuraban acudir la mayoría de los jóvenes científicos más brillantes. En un mundo democrático y populista, los científicos formaban una elite que se concentró en unos pocos centros financiados. Como especie se daban en grupo, porque la comunicación, el tener «alguien con quien hablar», era fundamental para sus actividades. A medida que pasó el tiempo estas actividades fueron cada vez más incomprensibles para los no científicos, aunque hiciesen un esfuerzo desesperado por entenderlas con la ayuda de una amplia literatura de divulgación, escrita algunas veces por los mejores científicos. En realidad, a medida que aumentaba la especialización, incluso los propios científicos necesitaron revistas para explicarse mutuamente lo que sucedía fuera de sus campos”. (Hobsbawm, 1998: 518).


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