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17 Los antecedentes sobre sistemas de organización de la información científica

17.1. Los estudios desde la Psicología, la Sociología y la Historia de la Ciencia

Asociada al crecimiento constante del desarrollo científico surgieron desde distintas disciplinas esfuerzos para introducir criterios para organizar la información científica. Desde la Psicología, la Sociología y la Historia de la Ciencia, y desde ramas auxiliares como la Bibliotecología y el manejo de documentación, se realizaron estos procesos en paralelo.

Los primeros esfuerzos sistemáticos para medir el desarrollo científico fueron realizados por el biólogo suizo Alphonse de Candolle, quien en 1873 publica “Histoire des sciences et des savants depuis deux siècles, d’après l’opinion des principales académies ou sociétés scientifiques”. Se trata de una historia de los miembros de tres sociedades científicas, de Londres, París y Berlín, donde trata de identificar a los hombres que han hecho aportes sustanciales a los avances de la ciencia, identificando 18 factores sociales responsables de esta perfomance.

Reaccionando a este estudio, el británico Francis Galton publica en 1874 “English Men of Science”. Aplica allí una encuesta a 180 miembros de la Royal Society en la que les demanda información sobre antecedentes familiares, escolaridad y las motivaciones para ser investigador. Galton trata de demostrar el peso decisivo de la herencia que hace a estas familias reproductoras de grandes hombres a través de la trasmisión directa del genio. Si bien sus estudios han sido analizados por sus consecuencias en el desarrollo de la teoría de la eugenesia, que plantea la selección artificial para mejorar la raza y que tuvo gran repercusión social y política, los temas planteados en la encuesta han mantenido actualidad en los estudios sobre los científicos.

James Mc Keen Cattell, psicólogo norteamericano que se forma como tal en la Universidad de Leipzig, Alemania, donde realiza sus estudios de postgrado, conoce a Wilhelm Wundt, del cual fue su asistente. Junto a Wundt ayuda a establecer el estudio de la inteligencia. En esa época Cattell se convierte en el primer estadounidense en publicar una disertación en el campo de la Psicología, tratando de la investigación en el ámbito de la Psicometría, trabajando con Galton los temas de diferencias individuales y de herencia.

En Estados Unidos, Cattell impulsa la difusión de la Psicometría y realiza sus primeros estudios estadísticos en 1906, año en que aparece su publicación “American Men of Science”. Utiliza como indicadores del desarrollo científico la existencia de hombres de ciencia relevantes. Retiene el concepto de productividad de Galton asociado a los nombres de los científicos que produce una nación, una región o una universidad. También acuña el concepto de desempeño, definido como las contribuciones científicas significativas a la ciencia. Estos dos conceptos, productividad y desempeño, son asociados directamente a la medición de la cantidad y la calidad. Observa así una concentración geográfica en la producción de científicos, que provienen de algunos estados, algunas ciudades y algunas universidades. Al igual que Galton analiza los antecedentes familiares y señala que son favorables a la generación de científicos y recomienda apoyar la mejora en la reproducción de la especie. En sus estudios muestra por primera vez el costo de un hombre de ciencia a partir de sus salarios. Invita a los estudiantes a apreciar la calidad de los profesores universitarios al elegir las universidades. Sus estudios tuvieron importante repercusión sobre la medición de la ciencia, se comenzó a pensar en los nombres de los científicos y en sus publicaciones. De alguna forma están en el origen de la Cientometría.

Desde otra perspectiva, después de la Primera Guerra Mundial, que generó impulsos a la investigación y planteó dramáticas alternativas para el desarrollo de la humanidad, se intensificaron las especulaciones de los científicos y las fantasías de los escritores sobre distintos senderos que se vislumbraban en los bordes de la acumulación de conocimiento existente.

En Inglaterra se generaron distintas polémicas, algunas se desarrollaron en el seno de la ‘’National Union of Scientific Workers’’ (Unión Nacional de Trabajadores Científicos), asociación profesional constituida en 1918, que en 1927 tomaría el nombre de Asociación de Trabajadores Científicos (Association of Scientific Workers), impulsada por los biólogos John Burdon Sanderson Haldane y Julian Huxley y el escritor Herbert George Wells (difundido como H. G. Wells). Se debatieron en su interior temas de la ciencia, con la participación de otros científicos ingleses como John Desmond Bernal y Bertrand Russell. Dada la relevancia que la ciencia había asumido durante la Primera Guerra Mundial, los investigadores planteaban crear un Ministerio de Ciencia y Tecnología, generar una política científica nacional y el planeamiento de la investigación. Con el tiempo, el liderazgo pasó a manos del físico J. D. Bernal y la polémica arrastró a epistemólogos como Michael Polanyi y Karl Popper.

En este contexto, los protagonistas se lanzaron a imaginar el futuro que prometía la ciencia. Haldane escribió Dédalo (1923), Bertrand Russell le respondió con Icaro (1924) y J. D. Bernal se propuso superar “los sueños de Dédalo e Icaro” con dos libros: El Juicio final (1927) y El mundo, la carne y el demonio (1929). Lancelot Law Whyte hizo su aporte con Arquímedes, o el futuro de la Física (1927).

La organización de los científicos europeos interesados en la problemática se materializó al concretarse el Primer Congreso Internacional de Historia de la Ciencia. El lugar en donde se llevó a cabo este evento fue el Centro Internacional de Synthèse (Hôtel de Nevers, 12, Rue Colbert, París 2). En la sesión del comité de Historia de la Ciencia se decidió establecer una comisión para organizar el II Congreso de Historia de la Ciencia, que debía tener lugar en Londres en 1931. La comisión estuvo compuesta por Charles Singer como presidente, Aldo Mieli, como secretario perpetuo del Comité, y H. W. Dickinson, como secretario del Museo de Ciencia. South Kensington fue el lugar elegido para el II Congreso. En el Consejo del Comité Internacional de Historia de las Ciencias fueron elegidos Charles Singer, Gino Loria, Florian Cayori, Abel Rey, Karl Sudhoff, Henry Sigerist y Aldo Mieli, El temario del Congreso era: 1. la enseñanza de la Historia de la Ciencia, 2. la ciencia como parte integral de la historia general, 3. las interrelaciones actuales e históricas entre Física y Biología y 4. la interdependencia entre la ciencia pura y la ciencia aplicada.

Este II Congreso adquiriría gran importancia por el impacto producido por la presencia de una gran delegación de científicos de la Unión Soviética bajo la dirección del economista Nikolai Bujarin,[1] una de las figuras centrales de la Revolución Rusa y destacado intelectual. Las exposiciones impactarían fuertemente a los científicos ingleses, especialmente en relación a sus planteos sobre la organización de la ciencia. Para comprenderlo, es necesario reseñar el desarrollo que esta temática había alcanzado en Rusia primero y en la URSS después.

A principios del siglo XX, Rusia se encontraba a la vanguardia de los estudios sobre la historia y la sociología de la ciencia. El geoquímico Vladimir Vernadskii inició esta tradición en 1893. En 1902 dio en la Universidad de Moscú el primer curso sobre la historia de la visión científica moderna del mundo. En 1921 crea el primer instituto a nivel mundial sobre Historia de la Ciencia y la Tecnología dentro de la Academia de Ciencias de Rusia denominado Comisión sobre la Historia del Conocimiento. En los años 20 se desarrollan los estudios sociales denominados науковедение (naukovedeniye, ciencia de la ciencia) que comprenden la sociología, la gestión y la organización de la ciencia. El análisis realizado por Vernadskii sobre la evolución del pensamiento científico y la visión científica del mundo, así como sus estudios sobre la estructura de la ciencia, representan una contribución muy importante. Muchas páginas de sus obras están dedicadas a los problemas filosóficos fundamentales de la ciencia natural. Hizo hincapié en que el siglo XX es un período caracterizado por la ruptura de los conceptos básicos de la misma.

Con el fuerte apoyo del secretario de la Academia de Ciencias Sergey Feodorovitch Oldenburg, especializado en Geografía y Etnografía, que ejercía ese cargo desde 1901, se realizaron entre 1921 y 1934 encuestas estadísticas y de organización de la ciencia de gran valor. Entre las propuestas debatidas por los investigadores se discutieron reformas a las publicaciones y el mejoramiento de las operaciones de indización para mejorar los sistemas de recuperación de información, incluyendo el uso de primitivas computadoras, y el desarrollo de criterios cuantitativos para evaluar la eficacia de la investigación científica.

En 1929 la Academia de Ciencias fue directamente subordinada al control del Partido Comunista y Vernadskii fue reemplazado como director de la Comisión de Historia del Conocimiento por Nikolái Bujarin. En 1931 esta comisión se convirtió en el Instituto de Historia de la Ciencia y la Tecnología.

Volviendo al II Congreso Internacional de Historia de la Ciencia y la Tecnología, la delegación de científicos soviéticos viajó a Londres para las reuniones que se desarrollaron entre el 29 de junio y el 4 de julio de 1931, encabezada por Bujarin. Componían la delegación el físico A. F. Yoffe, director del Instituto Físico-Técnico de Leningrado, el economista Modest Yosofovich Rubinstein, el neurofisiólogo Boris Mijailovich Zavadovsky (director del Museo de Biología y del Instituto de Fisiología K. A. Timiriazev), el filósofo Arnost Kolman, el genetista Nikolai Ivanovich Vavílov (presidente de la Academia Lenin de Agricultura), el físico Wladimir Feodorovich Mitkévich y el filósofo e historiador de la ciencia Boris Mijailovich Hessen. La delegación organizó en Londres el “plan de cinco días”, como lo llamó el periodista del Manchester Guardian, James Gerald Crowther, en el que se tradujeron todas sus ponencias al inglés y se realizó la célebre edición especial para el Congreso titulada “Science at the Cross Roads” (La ciencia en la encrucijada). La delegación estaba interesada en presentar todas las ponencias, por lo que se amplió en un día el congreso y el sábado 4 de julio se hizo una sesión especial. Los delegados soviéticos desarrollaron desde el materialismo histórico sus análisis.

Pero fue Boris Hessen el que ofreció en Londres lo que puede considerarse el primer estudio exhaustivo de historia social de la ciencia desde el punto de vista marxista. Llevaba por título Las raíces sociales y económicas de los Principia de Newton. Con estudios de ciencias en la Universidad de Edimburgo y numerosos trabajos sobre física, era partidario de las ideas de Deborin de que las nuevas teorías de la física tuvieran cabida dentro del materialismo histórico. Esta corriente enfrentaba a los llamados mecanicistas, que se oponían a las nuevas teorías de la Física como expresión del idealismo burgués. En 1928 Hessen publica su obra, Ideas fundamentales de la teoría de la relatividad, en donde realiza una síntesis divulgativa, dentro de las coordenadas del materialismo dialéctico, de las teorías de Einstein. En 1930 fue nombrado Director del Instituto de Historia de la Física de la nueva Facultad de Física de la Universidad Estatal de Moscú (MGU), y se convirtió en el primer decano de la Facultad de Física de dicha Universidad (de 1930 a 1936).

La presentación de Hessen en el Congreso tenía dos partes, una de las cuales tiene que ver con el análisis concreto, histórico, de la ciencia newtoniana, donde los problemas fundamentales girarán en torno a la cuestión del internalismo y del externalismo en la historia de la ciencia. Mientras que hay una segunda parte, en la que cuestiones sobre la concepción del materialismo dialéctico, y del materialismo histórico, conectan a Hessen con los debates políticos y filosóficos de la época que tenían lugar en la URSS. Esta es la obra fundacional de la historia de la ciencia marxista. Con este trabajo Hessen abrió el camino hacia los estudios sociales de la ciencia. Con ello, inspiró gran parte de la disciplina hoy llamada Ciencia, Tecnología y Sociedad.

Este trabajo de Boris Hessen sirvió de inspiración teórica a toda una serie de historiadores y sociólogos de la ciencia cercanos al marxismo, entre los que se destacan John Desmond Bernal, Joseph Needham, Lancelot Hogben, Benjamín Farrington, Gordon Childe, J. G. Crowther, Charles Percy Snow, Julian Huxley, P. M. Blakckett, Christopher Hill, John Haldane, S. F. Mason. Aunque autores como Merton lo consideraron un pionero, tanto los críticos como la corriente abierta por Merton convirtieron a Hessen en el Padre del Externalismo. Hessen habrá de ser desde entonces, para la historia social de la ciencia del siglo XVII y para el enfoque sociológico de la ciencia en general, un pionero indiscutible.[2]

Para John Desmond Bernal, el congreso de Londres fue la primera gran confrontación de ideas ocurrida desde la Revolución de Octubre (Bernal, 1931). De hecho, la delegación rusa encontró un terreno abonado en Londres. Económicamente, estaban sufriendo las graves consecuencias de la crisis económica, no sólo desde el punto de vista del trabajo, paro masivo, etcétera, sino también por sus consecuencias en el trabajo científico, que vio mermadas las subvenciones estatales. El grupo de científicos británicos más conocido, comprometido con las ideas de izquierdas, vio en aquellas nuevas ideas una posible solución a estos problemas. Como dice Bernal, la delegación soviética dejó en el aire una importante e irreversible pregunta para todos los científicos: “¿Qué es mejor, ser intelectualmente libres pero socialmente totalmente ineficaces, o formar parte de un sistema donde conocimiento y acción vayan unidos hacia un propósito social común?”

Paralelamente se desarrollaron importantes esfuerzos en Polonia y desde 1928 se realizaron numerosas reuniones para debatir sobre naukosnawstwo (ciencia de la ciencia). Con este nombre María Ossoswska y Satanislaw Ossowski publicaron en 1936 el programa del grupo de científicos que trabajaba en esta temática en la revista Organon, por ellos creada. Destacaban la unicidad de la cultura científica, que era lo que posibilitaba el surgimiento de la ciencia de la ciencia. La invasión de Polonia por los nazis postergó hasta después de la Segunda Guerra la continuidad del trabajo de esta corriente científica.

Pero quien tendría un rol protagónico en el estudio social de la ciencia y una gran influencia en quienes impulsaron el desarrollo de la Cienciometría fue John D. Bernal. En primer lugar Bernal fue un destacado científico. Tras realizar estudios en la Universidad de Cambridge y licenciarse en Matemáticas y Ciencias en 1922, se especializó más tarde en Ciencias Naturales. Continuó estudios de postgrado bajo la tutela de Sir William Bragg en los laboratorios Davy-Faraday en Londres. En 1924 determinó la estructura molecular del grafito. En su grupo de investigación en Cambridge, Dorothy Crowfoot Hodgkin dio sus primeros pasos en cristalografía, labor por la cual se le concedería el premio Nobel de Química en 1964. En 1934, Bernal y Hodgkin tomaron las primeras fotografías de rayos X de cristales proteicos.

Más tarde fue profesor de Física en Birkbeck College, parte de la Universidad de Londres, donde obtuvo un Máster y se le otorgó membresía de la Royal Society, la más antigua sociedad científica del Reino Unido. A partir de 1923 fue miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña. Según sus biógrafos, su ideología le supuso que nunca se le otorgara el premio Nobel, aún a pesar de que varios de sus discípulos y compañeros de investigación fueron laureados.

Su libro The Social Function of Science, publicado en 1939, fue decisivo en la formación de los investigadores que avanzarían en la medición de los avances científicos. Bernal fue uno de los primeros estudiosos en hablar de la necesidad de una “cuantitativa ciencia de la ciencia”, defendiendo la planificación de la actividad científica en la solución de los problemas sociales y planteando un cambio radical en el modelo de publicación de los artículos científicos.

Con el estallido de la Segunda Guerra Mundial en 1939, Bernal se incorporó al Ministerio de Seguridad para el Hogar, donde se reunió con Solly Zuckerman para llevar a cabo los primeros análisis adecuados de los efectos del bombardeo enemigo y de las explosiones para los animales y las personas. Su posterior análisis de los efectos de las bombas en Birmingham y Hull mostró que el bombardeo de la ciudad produjo bajos impactos y la producción sólo se vio afectada por golpes directos en las fábricas. A partir de 1942 él y Zuckerman fueron asesores científicos de Lord Louis Mountbatten, el Jefe de Operaciones Combinadas.

Fue el inventor (conjunto) de los llamados puertos prefabricados Mulberry, que se usaron en el desembarco de Normandía. Después del famoso “día D” Bernal desembarcó en Normandía al día siguiente. Su amplio conocimiento de la zona se debía a una mezcla de investigación por su cuenta en bibliotecas inglesas y al hecho de haber veraneado en el lugar. La Armada Británica le asignó transitoriamente el rango de comandante para minimizar problemas relacionados con tener a un civil a cargo de las fuerzas de desembarco.

Bernal fue un factor importante en la organización en 1946 de la Royal Society Empire Science Conference, que preparó la realización en 1948 de la siguiente conferencia que entre otros temas planteó la necesidad de un centro de reimpresión centralizado de la información científica.

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John Desmond Bernal.

En 1954 Bernal afirmaba:

Las dificultades intrínsecas para los científicos de disciplinas diferentes, son las creadas por la multiplicidad de los lenguajes utilizados y por las barreras nacionales que dividen actualmente al mundo de la ciencia. Esas dificultades han aumentado enormemente y han resultado ser cada vez peores para el desarrollo de la ciencia. Actualmente, los trabajos científicos de importancia se publican por lo menos en 10 idiomas diferentes –para no hablar sino de los idiomas más conocidos entre los hombres de ciencia–, y en unas 100.000 revistas científicas que se editan sin que haya casi coordinación entre ellas. Esta situación ha traído como consecuencia que, en muchos campos, sea más fácil encontrar un nuevo hecho o formular una nueva teoría, que saber si ya fue descubierto o establecida con anterioridad. Tal parece como si la unidad de la ciencia se estuviera rompiendo por su propio peso. […] Pero no se trata de algo inevitable; ya que por grande que sea la cantidad de hechos y la rapidez de su acumulación, siempre es posible encontrar la manera de ordenarlos y de publicar periódicamente una recopilación de aquellas informaciones que tengan mayor importancia en general, a la vez que se indique el modo de encontrar las que tienen un interés particular […] Los científicos deben convencerse […] de que es indispensable, para su propio provecho, que empleen una parte de su tiempo en la tarea de ordenar y diseminar la información; y para poder hacerlo, necesitan contar con un apoyo financiero que pueda llegar hasta el 20% del costo de la investigación. Carece de validez la idea de que es posible establecer un servicio de información que se sostenga económicamente, aunque sin producir ganancias. Únicamente los gobiernos pueden establecer y sostener servicios eficientes de información científica, debido a que se ha demostrado que son los más económicos, puesto que evitan muchas duplicaciones en la edición de publicaciones, en el manejo mecánico y en la traducción. Esta ha sido la experiencia obtenida en el mayor de los sistemas de información que existen actualmente, que es el de la Academia de Ciencias de la URSS. Ahora, cuando las relaciones científicas internacionales se encaminan hacia una atmósfera de comprensión, es bueno recordar que fue la Royal Society la que presentó la primera iniciativa seria para dotar a la ciencia de un servicio de información amplio y siempre actual, en la Conferencia de Información Científica que se efectuó en 1948. (Bernal, 1979: 467/8).

Basado en su experiencia en el sistema científico y gubernamental británico, en sus simpatías por los procesos desarrollados en la URSS, dada su explícita adhesión al marxismo, Bernal imaginaba la organización de la producción científica solo factible en el campo de la iniciativa estatal.[3] Sus simpatías con el régimen soviético hicieron que este país le otorgara el premio Lenin de la Paz en 1953 por sus labores internacionalistas.

Sin embargo, las ideas de Bernal permanecieron vigentes más allá de la guerra y a pesar de las tensiones entre Estados Unidos y la Unión Soviética (la llamada Guerra Fría).

La paradoja es que el bernalismo, el producto del pensamiento revolucionario en los años treinta, fue de hecho adoptado en el período de la posguerra, por capos de la industria y por ministros de gobierno […] Hacia 1964, lo que había ocurrido fue que la tesis bernalista dura había sido abandonada, quedándose el bernalismo débil de planificación, programación, personal, dinero y equipamiento para el crecimiento eficiente. La versión dura del bernalismo parecía olvidada incluso por el propio autor. No hay que asombrarse, por tanto, de que el ‘bernalismo’ pudiese servir como el fundamento o la legitimación teórica para las doctrinas sobre políticas científicas tanto en el Este como en el Oeste. (Elzinga, 1988: 94).

Pero en relación a procesos de articulación del conocimiento acumulado, quien impactó a públicos masivos fue el biólogo, escritor y divulgador científico H. G. Wells. En 1936 propuso a la Royal Institution la creación de un banco de conocimiento mundial, un cerebro mundial (World Brain). Solicitó a los científicos que confeccionaran una Enciclopedia Mundial Permanente. Esta Enciclopedia estaría situada en una cámara central que gestionaría toda la información y luego la distribuiría a todas las bibliotecas del mundo, donde se almacenaría en microfilms. Wells estaba muy impactado por el desarrollo que se dio en la década de 1930 de la microfotografía y de ahí su propuesta: “Se acerca el tiempo en que cualquier estudiante, en cualquier parte del mundo, podrá sentarse con su proyector en su propio estudio, con toda comodidad y examinar una réplica exacta de cualquier libro o documento”. Variando el soporte tecnológico Wells estaba anticipando la creación de Internet.

La idea de Wells, asociada a sus ideales del socialismo fabiano, era impulsar la difusión del conocimiento como herramienta para la paz y el progreso, y para ello había que canalizar la información que crecía en proporción geométrica. Sus propuestas fueron recogidas en el libro World Brain:

Esta organización enciclopédica no tendría por qué estar concentrada en un solo lugar; podría tener la forma de una red, estaría centralizada mentalmente, pero tal vez no físicamente […] Por una parte esta organización estaría en contacto directo con todo el pensamiento original y la investigación del mundo; por otra extendería sus tentáculos informativos hasta los individuos inteligentes de la comunidad: la nueva comunidad mundial.[4]

Otro impulso relevante al desarrollo de la sociología de la ciencia fueron los estudios realizados por el destacado sociólogo norteamericano Robert King Merton (Meyer Robert Schkolnick, 1910-2003). Recogió el planteamiento de la estructura social de la ciencia, la utilidad de la ciencia, así como el desarrollo de la Cientometría y la política de ciencia y tecnología.

En 1938 Merton culmina su tesis de doctorado “Science Technology and Society in Seventeenth Century England”. Allí plantea una visión alternativa al desarrollo de la investigación científica a partir de las motivaciones de los científicos y destaca la gran influencia en el mundo de la ciencia de las diversas esferas de la vida social, particularmente de la economía y la religión. También asoció el desarrollo tecnológico que se desarrollaba fuertemente en la Inglaterra del siglo XVII a las investigaciones científicas que debían dar respuestas a los nuevos desafíos planteados. La asociación estrecha en ciencia y contexto histórico era una parte central de su planteo.

Fuertemente influenciado por las ideas de Max Weber, vinculó el espíritu capitalista y el puritanismo al desarrollo de un pensamiento racional y objetivo. Su concepción de un ethos científico sería la médula central de la normatividad de su teoría. En el caso de la ciencia, Merton encontró en la publicación y la citación que certifican la prioridad del descubrimiento científico y su reconocimiento por la comunidad, la base del epónimo, la celebridad y el reconocimiento, que son las recompensas centrales de la institución de la ciencia. Aquí Merton introduce una asociación entre el reconocimiento externo que es una medida objetiva expresada por otros y la excelencia que es una calidad intrínseca del quehacer científico. Esta idea de que el reconocimiento traduce la calidad de la actividad científica será de gran importancia para servir de sustento a los índices que se construirán, como veremos, en los estudios de citación de revistas que se desarrollarán más adelante.

Lejos de una mirada ingenua sobre las motivaciones de los científicos, Merton señaló que los científicos no son ajenos a la utilidad de la ciencia, especialmente cuando son cooptados por quienes financian la investigación, en una interacción institucional que permite o restringe la autonomía de la investigación, y que genera o no conflictos con el ethos científico. Así se configuran jerarquías en las estructuras sociales, y se definen roles como el de los pares evaluadores, editores o los administradores de la ciencia, que dadas unas condiciones sociopolíticas, entran en conflicto o permiten el desarrollo de disciplinas científicas y la aplicación de sus conocimientos en la solución de problemas de la sociedad.

Prestó particular atención al uso de indicadores para el desarrollo de políticas públicas sobre la ciencia del tipo de inversión en investigación como porcentaje del PBI, número de científicos de distintas disciplinas y número de publicaciones y patentes que produce un país. “Los indicadores suministran una medida válida y confiable de las fluctuaciones en el ritmo de los descubrimientos científicos y las invenciones tecnológicas, así como de otras expresiones intelectuales y artísticas de la cultura” (Merton, 1977: 227). Entre sus numerosos aportes se destaca lo que denominó “el efecto Mateo” (aludiendo al Evangelio según San Mateo que señala que al que tiene le será dado y le sobrará, y al que no tiene le quitarán aún lo poco que posee) en la ciencia, mostrando los mecanismos por los cuales los científicos de mayor renombre tienden a concentrar las publicaciones científicas incrementando su prestigio en detrimento de los otros investigadores menos reconocidos, lo que trae consecuencias en la concentración de los recursos de investigación.

17.2. Los aportes desde la Bibliometría y el manejo de documentación

La organización del material de las bibliotecas es de vieja data. Calímaco de Cirene (310-240 a.C.), bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría, organizó un catálogo bibliográfico de los clásicos más relevantes. El título de este trabajo que versó sobre ciento veinte libros fue “Tablas de todos los que fueron eminentes en literatura de todos los géneros”, dividiendo las obras en nueve géneros: Retóricos, Legisladores, Misceláneos, Filósofos, Historiadores, Médicos, Poetas épicos, Poetas trágicos y Poetas cómicos. Aristóteles fue el primer coleccionista de libros conocido y quien enseñó a los reyes de Egipto cómo ordenar una biblioteca.

Cuando se masificó la producción de los libros, los problemas de espacio y de recursos en las bibliotecas se agudizaron. Una sugerente historia al respecto es rescatada por Báez (2013), quien cuenta que después de la disolución de la Compañía de Jesús en 1773, los libros almacenados en la casa que los jesuitas poseían en Bruselas se enviaron a la Biblioteca Real Belga, donde no había espacio suficiente para guardarlos. En consecuencia, se conservaron en una iglesia jesuita vacía. Como el templo estaba infestado de ratones, los bibliotecarios tuvieron que formular un plan para proteger los libros. Se encargó al Secretario de la Sociedad Literaria Belga que escogiera los mejores y más útiles, éstos se colocaron en estanterías en el centro de la nave, mientras que los demás se depositaron en el suelo con la suposición de que los ratones irían royendo la periferia y dejarían el núcleo central intacto.

Algunos autores señalan que el primer estudio bibliométrico fue realizado en 1917 por Francis Joseph Cole y Nellie B. Eales, zoólogos ingleses profesores de la Reading University. En él se realizó un análisis estadístico de las publicaciones sobre anatomía comparativa entre los años 1550 y 1860, según su distribución por países y las divisiones del reino animal. En 1923 E. Hulme, bibliotecario de la Británica de la Oficina de Patentes, hizo un análisis estadístico de la historia de las ciencias, lo cual constituyó un primer acercamiento a lo que se llamaría posteriormente Cienciometría. En 1927, Gross y Gross analizaron las referencias hechas en artículos de las revistas sobre Química, indizadas por The Journal of American Chemistry Society en 1926. Este es el primer trabajo registrado de cuenta y análisis de citaciones.

Durante la década de 1930, a partir de la profunda crisis económica, surgió la necesidad de ajustar fuertemente los presupuestos de las bibliotecas y de los centros de documentación, y ello implicó jerarquizar la importancia de estos materiales.[5] Se realizaron diversos estudios en el campo de la Bibliometría, que es el recuento de todo lo que puede ir en una biblioteca científica y es un enfoque cuantitativo de las técnicas de gestión de la biblioteca. Se destacaron los de Samuel Clement Bradford, químico y documentalista británico, que fundó en 1927 la British Society for Internacional Bibliography (BSIB) y fue presidente electo en 1945 de la Federación Internacional de Información y Documentación. Bradford en 1934, realizó un trabajo sobre la distribución de artículos en revistas sobre Geofísica Aplicada y en investigaciones sobre lubricantes, donde presentó por primera vez lo que hoy se conoce como “ley de la dispersión de Bradford”, que postula como hipótesis que la mayoría de los artículos sobre un asunto especializado podrían estar siendo publicados por pocas revistas especialmente dedicadas a ese asunto conjuntamente con ciertas revistas de frontera y algunas revistas más generales o de dispersión.

Ese núcleo de revistas especializadas que se identifican utilizando la Ley de Bradford como apoyo técnico científico al desarrollo de colecciones, debería formar parte de la colección básica de una biblioteca. Es evidente que un pequeño núcleo de revistas acumula una porción sustancial del número de artículos producidos, y que las revistas fuera del núcleo contribuyen con pequeñas cantidades de artículos. Por lo tanto, una aplicación práctica de la Ley de Bradford proporciona los mecanismos para seleccionar las publicaciones periódicas no solo más productivas sino también más relevantes para una determinada área del conocimiento.

Son importantes en Estados Unidos las iniciativas de Watson Davis (1896-1967), que fue el fundador del Instituto Americano de Documentación (IDA), el precursor de la Asociación para la Información de Ciencia y Tecnología, y un pionero en el campo de la Biblioteconomía y Documentación.

Fue editor de Science News Letter, la publicación de Science Service, una organización establecida por la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia, la Academia Nacional de Ciencias, y el Consejo Nacional de Investigación en 1920. En agosto de 1937, Watson presidió la delegación estadounidense ante el Congreso Mundial de Documentación Universal, que se celebró en París, Francia. Al igual que Wells y Bernal, Watson impulsaba el microfilm como un poderoso medio de intercambio de información: “el microfilm complementará otras formas de publicación y hará accesible material de todo tipo que no puede ahora ser impreso debido a factores económicos. Pondrá a disposición fuera de impresión a libros raros y está adaptado a la publicación de fotografías y otras ilustraciones… de esta manera el documento está perpetuamente en la impresión pero no hay un amplio stock, que consume el espacio necesario de almacenamiento, sólo el documento en sí y el negativo del microfilm del que están hechos positivos para la distribución”. También propuso en esta conferencia que los periódicos se archivaran en microfilm, en lugar de ser almacenados como copias físicas.

Desde la División de Documentación del Servicio de Ciencias (DDSS), en 1936 concibe la creación del American Documentation Institute (ADI), institución sin fines de lucro capaz de servir a los estudiosos del mundo a través de las sociedades científicas, las instituciones, las bibliotecas y otras entidades a través del acceso y la aplicación de diversas técnicas de documentación.

Para ello se realizarían cinco funciones generales:

  1. Un servicio de microfilm,
  2. un servicio de publicaciones auxiliares,
  3. aplicación de técnicas micro fotográficas a listados bibliográficos,
  4. desarrollo de métodos y equipos fotográficos en colaboración con diversos organismos y
  5. investigación sobre los procesos de documentación en investigación.

El objetivo principal e inmediato fue el desarrollo de la duplicación micro fotográfica para actividades académicas. La tecnología del microfilm y todo lo que lo rodeaba era el eje del esfuerzo conceptual inicial.

En marzo de 1937 se convocó a destacados científicos y documentalistas en la Academia Nacional de Ciencias para crear el instituto. Los científicos apoyaron fuertemente la iniciativa pero enfrentó la oposición de destacados bibliotecarios que se oponían a la centralización de estos procesos dado que contaban en sus bibliotecas con avances sostenidos en el campo documental. A pesar de ello el Instituto (IDA) comenzó sus actividades, con Watson como Presidente, editando el Journal of Documentary Reproduction con información técnica para el uso de los sistemas de microfilm. Y se editó entre 1938 y 1943. En 1950 su publicación se reanudó con el nombre de American Documentation y en 1968 cuando la ADI cambió de nombre se transformó en el Journal of the American Society for Information Science (JASIS).

En un apéndice del libro La función social de la ciencia de Bernal, Watson abogó por la creación de una organización que llamaba el Instituto de Información Científica, señalando: “Esta organización se ocupará de la utilización y del desarrollo de métodos de publicación, duplicación, indexación, selección y distribución de información científica y bibliográfica novedosa en la aplicación a este problema”.

Mientras estos procesos se desarrollaban en Estados Unidos, retomando sus tradiciones de organización de la documentación científica, en la URSS se crea en 1952 el Instituto de Información Científica y Técnica VINITI (Vserossiisky Institut Nauchnoi I Tekhnicheskoi Informatsii), como una rama de la Academia Rusa de las Ciencias. En sus inicios tuvo la tarea de recopilación de la información científica y técnica a partir de fuentes de todo el mundo, y también la función de difundir esta información a la comunidad científica soviética y de los otros países que formaban el bloque socialista.

Inicialmente, la tarea del Instituto fue la de organizar el apoyo informativo de la ciencia básica. El Gobierno reorganizó el Instituto en 1955 en que comenzó a cubrir también la ciencia aplicada. Su apertura coincidió con la “época dorada” para la investigación básica soviética fuertemente financiada para fortalecer el poder militar. El objetivo principal del VINITI era facilitar el acceso a los logros mundiales en la ciencia y la tecnología para la investigación de la URSS y de la comunidad de ingeniería. VINITI comenzó a procesar la literatura científica y la publicación de revistas con abstracts a partir de 1953. Sus publicaciones fueron utilizadas por una variedad de instituciones de investigación, agencias de diseño y las empresas industriales.

Durante tres décadas (1957-1986), el Instituto estuvo encabezado por el Profesor Al Mikhailov, destacado erudito, considerado como uno de los fundadores de la escuela soviética de ciencias de la información. Se las arregló para atraer a muchos estudiosos para que participen en las actividades del Instituto. Muchas generaciones de profesionales de la información y los bibliotecarios crecieron leyendo sus libros publicados en coautoría con el Profesor Al Cherny y el Profesor R. S. Gilyarevskii.

A pesar de estas visiones e iniciativas gubernamentales, los procesos de centralización de la información científica demandados por la comunidad académica, vendrían de iniciativas privadas. Semejante situación sólo podía desarrollarse en el país donde éstas tenían una alta legitimidad en las prácticas gubernamentales, y una estrecha relación con el desarrollo de la ciencia y la tecnología: en los Estados Unidos.


  1. Nikolái Ivánovich Bujarin, político, economista y filósofo marxista revolucionario ruso. Principal ideólogo de la Nueva Política Económica durante la década de 1920, se opuso a la colectivización agrícola forzada. Tras haber colaborado con Stalin en la derrota de la Oposición Unificada, fue apartado del poder por éste en 1929. Reapareció en cargos menores a mediados de la década siguiente antes de ser víctima de la Gran Purga; murió ejecutado en 1938. En 1930 había perdido sus cargos en la dirección del partido y del Estado, aunque su sometimiento a la disciplina del partido le permitió continuar en el comité central, si bien no en el politburó. Bujarin pasó a un puesto secundario, el de presidente de la comisión del departamento científico y técnico del Consejo Supremo de la Economía Nacional y de ahí su participación en el Congreso de Londres.
  2. Tanto Bujarin como Hessen fueron asesinados durante los juicios del estalinismo conocidos como la Gran Purga de 1938 y otros de los participantes, como el genetista Vavilov, en procesos operados en los años siguientes donde las pujas científicas se dirimían en el terreno político del terrorismo de Estado. Dice Hobsbawm al respecto: “En la época de Stalin, el régimen soviético se enfrentó con la genética tanto por razones ideológicas como porque la política estatal estaba comprometida con el principio de que, con un esfuerzo suficiente, cualquier cambio era posible, siendo así que la ciencia señalaba que este no era el caso en el campo de la evolución en general y en el de la agricultura en particular. En otras circunstancias, la polémica entre los biólogos evolucionistas seguidores de Darwin (que consideraban que la herencia era genética) y los seguidores de Lamarck (que creían en la transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos y practicados durante la vida de una criatura) se hubiera ventilado en seminarios y laboratorios. De hecho, la mayoría de los científicos la consideraban decidida en favor de Darwin, aunque sólo fuese porque nunca se encontraron pruebas satisfactorias de la transmisión hereditaria de los caracteres adquiridos. Bajo Stalin, un biólogo marginal, Trofim Denisovich Lysenko (1898-1976), obtuvo el apoyo de las autoridades políticas argumentando que la producción agropecuaria podía multiplicarse aplicando métodos lamarckianos, que acortaban el relativamente lento proceso ortodoxo de crecimiento y cría de plantas y animales. En aquellos días no resultaba prudente disentir de las autoridades. El académico Nikolai Ivanovich Vavilov, el genetista soviético de mayor prestigio, murió en un campo de trabajo por estar en desacuerdo con Lysenko –como lo estaba el resto de los genetistas soviéticos responsables–, aunque no fue hasta después de la Segunda Guerra Mundial cuando la Biología soviética decidió rechazar oficialmente la genética tal como se entendía en el resto del mundo, por lo menos hasta la desaparición del dictador. El efecto que ello tuvo en la ciencia soviética fue, como era de prever, devastador”. (Hobsbawm, 1998: 518).
  3. El origen marxista de Bernal era decisivo para su visión integral sobre la relación entre sociedad y ciencia. Entre 1873 y 1886 Fredrich Engels, uno de los fundadores de esta teoría, había escrito su notable ensayo “Dialéctica de la naturaleza”, que pasaba revista al desarrollo y estado de las Ciencias Naturales. Allí ya señalaba en relación a la acumulación del conocimiento científico: “La investigación empírica de la naturaleza ha acumulado una masa tan gigantesca de conocimientos de orden positivo, que la necesidad de ordenarlos sistemáticamente y ateniéndose a sus nexos internos, dentro de cada campo de investigación, constituye una exigencia sencillamente imperativa e irrefutable. Y no menos lo es la necesidad de establecer la debida conexión ente los diversos campos del conocimiento”. Merton, en sus estudios fundacionales de la sociología de la ciencia rescata los planteos de Marx y Engels sobre las interconexiones entre la ciencia y la sociedad, señalando: “Desde los tiempos de Marx y Engels hubo, desgraciadamente, pocos estudios empíricos sobre las relaciones entre la ciencia y la estructura social”. En la sociología de la ciencia, como en otros campos, podemos volver provechosamente a la sabiduría del apotegma de Whitehead: “Una ciencia que titubea en olvidar a sus fundadores está perdida”. (Merton, 1964: 527).
  4. En el campo de la literatura estas ideas encontrarían desarrollos similares. En el cuento del escritor Jorge Luis Borges “La Biblioteca de Babel”, publicado en 1941, en el que se pretendía acumular la totalidad del conocimiento mundial se señalaba: “También se descifró el contenido: nociones de análisis combinatorio, ilustradas por ejemplos de variaciones con repetición ilimitada. Esos ejemplos permitieron que un bibliotecario de genio descubriera la ley fundamental de la Biblioteca. Este pensador observó que todos los libros, por diversos que sean, constan de elementos iguales: el espacio, el punto, la coma, las veintidós letras del alfabeto. También alegó un hecho que todos los viajeros han confirmado: No hay en la vasta Biblioteca dos libros idénticos. De esas premisas incontrovertibles dedujo que la Biblioteca es total y que sus anaqueles registran todas las posibles combinaciones de los veintitantos símbolos ortográficos (número, aunque vastísimo, no infinito) o sea todo lo que es dable expresar: en todos los idiomas. Todo: la historia minuciosa del porvenir, la autobiografía de los arcángeles, el catálogo fiel de la Biblioteca, miles y miles de catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos falsos, la demostración de la falacia de esos catálogos verdaderos… Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extraordinaria felicidad. Todos los hombres se sintieron señores de un tesoro intacto y secreto. No había problema personal o mundial cuya solución no existiera: en algún hexágono.
  5. En 1935 el filósofo Ortega y Gasset iba bastante más allá, y reclamaba un tratamiento por los bibliotecarios de los libros que permitiera una selección imprescindible de calidad llegando incluso a plantear el control de las ediciones, lo que revela la potencia que había alcanzado la problemática. “La historia que se hará mañana no hablará tan galanamente de épocas y de centurias, sino que articulará el pasado en muy breves etapas de carácter orgánico, en generaciones, e intentará definir con todo rigor la estructura de la vida humana en cada una de ellas. Y para hacer esto no se contentará con destacar estas o las otras obras que arbitrariamente se califican de ‘representativas’, sino que necesitará real y efectivamente leerse todos los libros de un tiempo y filiarlos cuidadosamente, llegando a establecer lo que yo llamaría una ‘estadística de las ideas’, a fin de precisar con todo rigor el instante cronológico en que una idea brota, el proceso de su expansión, el periodo exacto que dura como vigencia colectiva y luego la hora de su declinación, de su anquilosamiento en mero tópico, en fin, su ocaso tras el horizonte del tiempo histórico. No podrá darse cima a toda esta enorme tarea si el bibliotecario no procura reducir su dificultad en la medida que a él le corresponde, exonerando de esfuerzos inútiles a los hombres cuya triste misión es y tiene que ser leer muchos libros, los más posibles; al naturalista, al médico, al filólogo, al historiador. Es preciso que deje, por completo, de ser cuestión para un autor reunir la bibliografía sobre su asunto previamente razonada y cribada. Que esto no acontezca ya parece incompatible con la altura de los tiempos. La economía del esfuerzo mental lo exige con urgencia. Hay, pues, que crear una nueva técnica bibliográfica de un automatismo riguroso. En ella conquistará su última potencia lo que vuestro oficio inició siglos hace bajo la figura de catalogación. Hay ya demasiados libros. Aun reduciendo sobremanera el número de temas a que cada hombre dedica su atención, la cantidad de libros que necesita ingerir es tan enorme que rebosa los límites de su tiempo y de su capacidad de asimilación. La mera orientación en la bibliografía de un asunto representa hoy para cada autor un esfuerzo considerable que gasta en pura pérdida. Pero una vez hecho este esfuerzo se encuentra con que no puede leer todo lo que debería leer. Esto le lleva a leer de prisa, a leer mal y, además, le deja con una impresión de impotencia y fracaso, a la postre de escepticismo hacia su propia obra. Mas no sólo hay ya demasiados libros, sino que constantemente se producen en abundancia torrencial. Muchos de ellos son inútiles o estúpidos, constituyendo su presencia y conservación un lastre más para la humanidad, que va de sobra encorvada bajo sus otras cargas. Pero, a la vez, acaece que en toda disciplina se echan de menos con frecuencia ciertos libros cuyo defecto traba la marcha de la investigación. ¿Es demasiado utópico imaginar que en un futuro nada lejano será vuestra profesión encargada por la sociedad de regular la producción del libro, a fin de evitar que se publiquen los innecesarios, y que, en cambio, no falten los que el sistema de problemas vivos en cada época reclaman? Me parece que ha llegado la hora de organizar colectivamente la producción del libro. Es para el libro mismo, como modo humano, cuestión de vida o muerte. No se venga con la tontería de que tal organización sería atentatoria a la libertad. La libertad no ha aparecido en el planeta para desnucar al sentido común” (Ortega y Gasset, 2005).


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