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10 Los libros. Historia y Vigencia

10.1. La evolución de los soportes

Desde sus orígenes la escritura evolucionó a partir de los soportes empleados para albergarla y de los materiales usados para incorporar los caracteres que permiten pasar de la memoria oral a la retención de imágenes, palabras, o conceptos cada vez más complejos. El avance de los procesos materiales de retención y difusión del conocimiento se interrelaciona con las demandas de su utilización por públicos crecientes, y esto último está asociado al desarrollo de los sistemas de enseñanza, las instituciones y las posibilidades de acceso al material escrito.

Luego de las inscripciones en piedra o en hueso, la forma sistemática de retención de los conocimientos a través de la escritura, que permite su reproducción, parece haber surgido en la zona de las civilizaciones mesopotámicas, unos 3.200 años a.C., en la escritura cuneiforme basada en tablillas de arcilla trabajadas con una cuña y luego cocidas. Al aparecer la alfarería en el cuarto milenio a.C., se hizo posible archivar estas tablillas en nichos, surgiendo así los primeros archivos. En Nínive fueron descubiertas una gran cantidad de tablillas en la biblioteca de los reyes de Asiria, que poseían talleres de copistas y adecuados depósitos para su conservación, lo que supone una organización sobre el material así editado.[1]

Paralelamente a diversas formas de utilización de materiales que se trabajaban con incisiones o tallados tuvieron creciente importancia los sistemas basados en soportes que permitieran dibujar, pintar o imprimir sobre estos. Los chinos comenzaron utilizando tablas de madera, lo que explica el origen de las palabras biblos y liber, que significan corteza interior de un árbol. La madera se barnizaba y también se utilizaba en la India, Egipto o en las civilizaciones de América Central. Igualmente la piedra y la roca podían servir de soporte, pero se necesitaban materiales livianos que permitieran su transporte y el almacenamiento de crecientes cantidades de información. Frente a estas demandas se desarrollan los papiros, los pergaminos y finalmente el papel.

Corresponde a los egipcios el desarrollo de los papiros, una planta de la familia de la ciperáceas (cyperus papyrus) que crecía fácilmente por el clima y carácter cenagoso de las márgenes del río Nilo en Egipto, así como en Siria, Palestina y Etiopía. Entre sus múltiples usos constituían también la materia prima de los rollos de papiro, generalmente compuestos de unas veinte hojas que se denominaban tomus, volumina, chartae. Sobre estos se escribía con un cálamo cortado a bisel. El papiro permitió la difusión de la escritura y, a partir de ello, de la literatura. Surge así el libro en el sentido asociado a la copia y distribución de ejemplares. Se sistematizaron los archivos, las bibliotecas y la comercialización de los ejemplares, lo que se fortaleció al expandirse estos procesos a Grecia y Roma. En todos estos materiales aparecen contenidos diversos: valores religiosos, simbólicos, políticos, económicos, didácticos, éticos y literarios.[2] Las bibliotecas tenían sus propios talleres de conservación de un ejemplar de cada libro, la traducción, la crónica literaria para catalogar los textos de referencia para su copia, la constitución de catálogos de libros y la copia que permitía la difusión.

De todos modos los altos costos de los papiros y su difícil conservación, impulsaron la generación de un nuevo soporte. Surge así el pergamino en base a la piel de animales ovinos, caprinos y bovinos tratada de forma especial. El nombre viene de Pérgamo, ciudad del Asia Menor donde se perfeccionó esta tecnología –que en realidad ya había sido utilizada por los egipcios y los persas mucho antes– y que generó una biblioteca que dos siglos a.C. llegó a tener 200.000 volúmenes. El uso del pergamino se debió a la negativa de Ptolomeo V de exportar más papiro con el fin de aniquilar la fuente de trabajo de los bibliotecarios de Pérgamo.

Entre los siglos II y III el volumen fue sustituido por el códice. El libro ya no era un rollo continuo, sino un conjunto de hojas cosidas, de tamaño rectangular, útil para tomar notas o escribir mientras se leía. Desde entonces fue posible acceder directamente a un punto preciso del texto facilitando de esta forma que el lector pudiera tener la visión de las palabras, las mayúsculas y la puntuación, lo que permitía una lectura silenciosa. Posteriormente se añadieron las tablas de las materias y los índices, que facilitaron el acceso directo a la información requerida. El pergamino fue el soporte utilizado decisivamente a partir del siglo III en Europa hasta la introducción del papel por los árabes a finales del siglo VIII.

El papel fue inventado en China en la primera centuria d.C. Luego de confeccionar los libros con láminas de bambú unidas con cuerdas y escribiendo sobre seda a partir de un elemento de origen vegetal (morus papyrifera sativa) comienza el desarrollo del papel, que más adelante utilizará los trapos de lino y cáñamo para procesarlos, generar celulosa y a partir de ello producir un material con grandes aptitudes para la escritura y su agrupamiento en láminas finas, lo que posibilitaba el mejor uso de la información escrita. Los árabes lo adoptaron a partir del siglo VIII d.C. y en los siglos X y XI lo trasladan a Europa, donde comienza el proceso de desplazamiento del pergamino.

La fabricación de papel se propagó rápidamente en los siglos XI y XII en España y en el siglo XIII en Italia. La fabricación del papel en forma artesanal culmina en el siglo XVIII con las fábricas de Cataluña, de las más importantes y de mayor calidad de Europa, antes de la fabricación del papel industrial en los siglos XIX y XX.

10.2. El rol de los monasterios en la conservación de los libros

Hasta la difusión del papel y particularmente hasta la creación de la imprenta en 1456, la difusión de los manuscritos en papiros y luego en pergaminos era extremadamente limitada por sus altísimos costos individuales. Las bibliotecas ocupaban entonces un lugar decisivo acumulando el saber de la época. Pero las sucesivas guerras y la intolerancia de raíces religiosas o políticas provocaron el aniquilamiento de colecciones de libros y de bibliotecas enteras.[3] Se dice que en la de Alejandría –que fundara Ptolomeo I en el siglo IV a.C.– llegaron a custodiarse 700.000 textos. De ahí que de las bibliotecas de la Antigüedad han quedado solamente algunos manuscritos. A la caída del Imperio Romano los monasterios se constituyen en el occidente europeo en la salvaguardia de las viejas culturas paganas y del cristianismo. Se salvaron textos religiosos y algunas obras de la antigüedad. En muchos monasterios se copiaban y decoraban manuscritos que se guardaban en armarios.

Estos procesos están asociados al rol de los monasterios en los procesos educativos. Bajo el impulso de Carlomagno (742-814), en la Galia se impulsó la instrucción de monjes, clérigos y laicos estimulando y ascendiendo a los más doctos a los obispados y puestos de responsabilidad. Se crean escuelas monásticas y parroquiales de enseñanza elemental: enseñar a leer, escribir, cómputo y canto coral de salmos. Y desde el siglo VIII con Chordegango, obispo de Metz, se fundan las escuelas catedralicias, episcopales o capitulares. El sínodo de Attigni del 822 las hizo obligatorias. El bibliotecario integraba el cuerpo docente. En Inglaterra sobresalió la de York, en Germania la de Utrech y la de Liege. En Francia las de Tournoi, Lyón, Reims, Poitier y Laón, así como la de Chartres en el siglo XI. En el siglo XII fueron importantes las de Saint German y Santa Genoveva. Más adelante se destacarían las de París y Tolosa en Francia, Oxford en Inglaterra, Salamanca en León y la de Leipzig en el Sacro Imperio Romano-Germánico. La mayor parte de las escuelas se convertirían en el siglo XIII en estudios generales y posteriormente en universidades.

Los procedimientos de enseñanza eran primitivos. Se aprendía a escribir sobre tablillas de madera con punzón al estilo romano. El papel no había sido introducido todavía en Europa y los pergaminos demasiado costosos encarecían los libros. El dominio del arte de escribir era muy importante y sobre esa capacidad se aprobaban las materias de Gramática y Retórica. La enseñanza se basaba en el quadrivium (las cuatro vías): Aritmética, Geometría, Astronomía y Música. En cuanto a los textos y libros, los autores más conocidos y usados por los estudiantes de las escuelas catedralicias eran prácticamente los mismos que en los monasterios: la Biblia y los autores clásicos integraban el principal contenido de sus escritos y bibliotecas.

Una parte importante del conocimiento preexistente estaba en manos de los griegos y los árabes y entonces los traductores jugaron un papel importante para que las obras astronómicas, astrológicas, matemáticas, médicas y filosóficas se integraran al acervo de estos repositorios en que se convirtieron los monasterios. La imposición del latín como lengua dominante en el continente europeo fue un proceso lento pero continuo. Los textos y documentos para el siglo III d.C. se escribían en este idioma y el griego fue desapareciendo, porque muchos sacerdotes católicos asociaban este idioma a las herejías basadas en la filosofía griega. En el paso de los papiros a los códices la selección acentuó la desaparición de numerosas obras en griego entre los siglos II y VI d.C.

Las bibliotecas monásticas se crearon a partir de las copias de libros en los monasterios y durante la mayor parte del siglo XII estos fueron los principales centros de producción de libros. Los verdaderos copistas eran a menudo profesionales. Los libros tenían gran calidad, eran espaciosos, la escritura era clara, la abreviatura de palabras se mantenía dentro de límites estrechos. El clérigo y erudito Alcuino creó en la abadía de San Martín de Tours una escuela de copistas que utilizaba una escritura llamada posteriormente carolingia minúscula. Pero se producirían alteraciones importantes en los libros producidos por las universidades nacientes. Para ello hay que explicar cómo se conformaron.

10.3. El surgimiento de las universidades y su impacto en las publicaciones

A principios del siglo XI la expansión de las ciudades en Europa tiene su correlato en las formas de transmisión del conocimiento. Inicialmente, numerosa cantidad de estudiantes empiezan a reunirse en torno a un maestro reputado de alguna escuela municipal o catedralicia. Si emigraba, muchos estudiantes lo seguían.[4] Esas agrupaciones que se acogen al derecho gremial que les es reconocido por los reyes o los papas echan los cimientos de las instituciones de nivel superior, las universidades. Fueran de origen seglar o eclesiástico “Universitas” significó simplemente el reconocimiento del derecho de agremiarse para estudiar y enseñar, es decir el derecho corporativo del conjunto “Scholarm et magistrorum”, organizados por “naciones” y, aunque en tierra extraña a sus nacionalidades de origen, con derechos propios. Más adelante, dejaron de ser consideradas como expresión del derecho gremial y pasaron a denominar a la institución misma.[5]

Según el poder fundante las universidades recogen tres orígenes diversos: a) el privilegio real, con carta fundacional, otorgada por el Emperador, como Bolonia, Nápoles o Salamanca, fundada por Alfonso X de Aragón en el año 1230; b) con carta fundacional pontificia: Roma, Avignón, Cambridge, Heidelberg, Colonia, Erfurt, Leipzig y c) sin carta fundacional: Oxford, Cambridge, Padua. En los primeros tiempos, en que no existían importantes instalaciones, dotaciones ni edificios, si los estudiantes y maestros entraban en conflicto con las autoridades de la ciudad era fácil que se trasladaran a otro lugar. Hasta el siglo XV las universidades no tuvieron en general edificios propios y funcionaban en iglesias y conventos.

La inexistencia de librerías otorgó a las bibliotecas de los monasterios un papel central. En el siglo XII la creación de nuevas órdenes y la fundación de centenares de nuevos monasterios generaron la creación de nuevas bibliotecas monásticas. El núcleo de sus colecciones eran textos patrísticos, especialmente las obras de los cuatro Padres de la Iglesia: Agustín, Ambrosio, Jerónimo y Gregorio, a los que se sumaron autores del siglo XII como San Bernardo y Hugo de San Víctor y los textos glosados de los libros de la Biblia. En el siglo XIII aparecieron las órdenes de frailes que además de una biblioteca en el convento necesitaban atender a sus miembros dedicados al estudio. Cuando un convento enviaba un estudiante a estudiar a París, estaba obligado a proporcionarle los textos básicos, entre ellos una Biblia y el Liber sententiarum de Pedro Lombardo. Hasta fines de la Edad Media no hubo bibliotecas universitarias.

El carácter de la instrucción no exigía una gran provisión de libros. El maestro podía poseer los que necesitaba para la enseñanza. La enseñanza se apoyaba en las lecciones o “Lectio”, dadas sobre libros considerados canónicos u oficiales. La lectio era simplemente la lectura a fin de hacer aprender de memoria el texto. Como los libros eran muy caros, los estudiantes tomaban notas y cuando no había en qué sentarse, lo hacían en el suelo. El maestro era un simple trasmisor del contenido, la universidad no tenía otra tarea que conservar la cultura.

Sobre los libros recordemos que seguían siendo de pergaminos y sus elevados costos los hacían inaccesibles para la gran mayoría. En las bibliotecas universitarias que comienzan a surgir en los colegios se aprecia que, por ejemplo, una importante como la del Colegio de la Sorbona en 1290 poseía solamente unos mil volúmenes. Pero frente a la creciente demanda de libros más baratos, las universidades nacientes comienzan a producir libros que, a diferencia de los de los monasterios, marcaron un cambio importante. La escritura era más pequeña y comprimida, con muchas abreviaturas. Los centros de producción estaban en las ciudades, donde se instalaban copistas, iluminadores y fabricantes de pergamino. Los nuevos tipos de libros dieron lugar al nacimiento de la letra gótica (angular), que permite introducir mucho más contenido en un espacio más pequeño, abaratando sensiblemente los costos.

A mediados del siglo XIII las universidades de París y Bolonia se convirtieron en importantes centros de producción de libros. Bajo su autoridad se encontraban los papeleros que realizaban las funciones de libreros y editores. El papelero tenía una copia de un libro sin encuadernar en cuadernillos o trozos (pecia) y los alquilaba a un escriba para que los copiara. Las universidades nombraban una comisión de maestros para vigilar la corrección del libro producido. El sistema de pecia usado en todas las universidades dejó de emplearse porque los libros escritos sobre pergamino tenían una duración mucho mayor que los posteriores libros de papel y existía un fondo de libros disponibles que pasaban entre las sucesivas generaciones de lectores. Ello no implica que no siguieran produciéndose nuevos libros que se han conservado en gran cantidad para las nuevas capas de lectores generadas por la transformación de las ciudades europeas. El desarrollo del comercio y de la burguesía suponían, de igual modo, una demanda de libros de historia, novelas, etcétera y en esta época empiezan a desarrollarse los escritos en lengua vulgar (poesía cortesana, novelas románticas) destacando y fortaleciendo el rol del editor.

Eltjo Buringh y Jan Luiten van Zanden (2009) calculan que la producción de manuscritos en el siglo VI llegaba en Europa a 13.552 ejemplares, concentrada en Italia con 10.194, seguida por Francia con 1.682 y España con 1.594, y las Islas Británicas completaban el registro con apenas 81 ejemplares. En el siglo XV la cifra de toda Europa llegaba a 4.999.161 manuscritos. La unidad de análisis es el manuscrito individual. Italia seguía encabezando el listado con 1.423.668 manuscritos, Francia mantenía el segundo puesto con 1.195.783 manuscritos, pero ahora el tercer lugar lo ocupaba Bélgica con 572.124 obras, seguida de Germania con 515.116 y España bajaba al quinto lugar con 390.478 ejemplares, apareciendo ya las Islas Británicas con 208.729 unidades. Una forma clara de medir diferenciales de desarrollo intelectual que serán reforzadas con el pasaje a la producción de libros en forma masiva a partir de la creación de la imprenta.

10.4. La imprenta

Como hemos señalado, desde el siglo XI en adelante comenzó a expandirse en los países europeos el papel. Entre los primeros en escribir sus inmortales obras sobre este material se encuentran: Tomás de Aquino (1225-1274), Dante (1265-1321), Petrarca (1304-1374), Boccaccio (1313-1375). Pero además de los cambios en los soportes la producción de libros cambió radicalmente a partir de la difusión de la imprenta. Fueron los chinos quienes dieron los primeros pasos en busca de un procedimiento que, en lugar de copiar los escritos a mano, les permitiera obtener muchas reproducciones iguales de un mismo original. La solución fue labrar los caracteres de una página en una plancha de madera. Después entintaban la plancha y aplanaban sobre ella hojas de papel. Siglos más tarde, cada signo se labraba en un trozo separado de madera, que se combinaba con otros para formar expresiones. El sistema era más rápido, aunque la enorme cantidad de caracteres de la lengua china dificultaba implementarlo en los libros con rapidez. Los primeros libros, calendarios y noticias se imprimieron con estos procedimientos.

El gran cambio lo instrumentó Johannes Gutenberg (1394 o 1397-1468), nacido en Maguncia, quien en 1440, en Estrasburgo, inventó los tipos reusables y móviles de metal. Los orfebres ya sabían fabricar buriles y los viñateros de Renania ya utilizaban prensas con tornillo en sus vendimias. Pero todavía nadie había reunido estos distintos inventos. El ingenio del impresor alemán lo llevó a desarrollar un artefacto mecánico verdaderamente eficaz para la reproducción de los textos escritos. Así, se puede considerar como el verdadero padre del libro moderno. Gutenberg inició, en 1454, la impresión del primer libro impreso con tipos móviles: la “Biblia de Gutenberg” de 42 líneas, denominado el Misal de Constanza. Cada página constaba de 2 columnas de 42 líneas horizontales, el texto era en latín con letras góticas. Se imprimieron 170 ejemplares, en dos volúmenes, con un total de 1.282 páginas. La falta de dinero había obligado a Gutenberg a pedir prestado a un abogado de Maguncia, Johannes Fust, quien se convirtió en su socio primero y luego lo demandó, quedándose con la imprenta que pasó a manos de Peter Schöffer, un empleado de Fust. Pobre, y al final de sus días ciego, el hombre que revolucionó la difusión mundial del conocimiento no pudo beneficiarse de sus consecuencias económicas.

Después del de Gutenberg, los primeros libros impresos fueron:

  • 1465: Aparece el primer libro impreso con letras romanas o serifadas.
  • 1472: Sinodal de Aguilafuente, primer libro impreso en España y en castellano. Autor: Juan Párix de Heidelberg. Segovia.
  • 1475: Recuyell of the Historyes of Troye fue el primer libro impreso en idioma inglés.
  • 1476: Grammatica Graeca, sive compendium octo orationis partium fue el primer libro impreso en idioma griego, por Constantino Lascaris.
  • 1485: De Re Aedificatoria, primer libro sobre arquitectura.
  • 1488: Missale Aboense, primer libro impreso en Finlandia.
  • 1494: Oktoih primer libro impreso en idioma eslavo y alfabeto cirílico.
  • 1499: Catholicon, diccionario bretón-francés-latín, primer diccionario trilingüe, primer libro impreso en idioma bretón y primer diccionario francés.
  • 1501: Harmonice Musices Odhecaton, impreso por Ottaviano Petrucci, es el primer libro de partituras impreso con tipos móviles.
  • 1511: Hieromonk Makarije imprimió el primer libro en Valaquia (en idioma eslavo).
  • 1513: Hortulus Animae, polonice, posible primer libro impreso en idioma polaco.
  • 1517: Psalter, primer libro impreso en idioma bielorruso antiguo por Francysk Skaryna en el mes de agosto.
  • 1540: El impresor italiano Juan Pablos (Giovanni Paoli) establece la primera imprenta de América en la Ciudad de México.
  • 1541: Bovo-Bukh fue el primer libro no religioso impreso en idioma yídish.
  • 1545: Linguae Vasconum Primitiae fue el primer libro impreso en idioma vasco.
  • 1547: Martynas Mažvydas compiló y editó el primer libro en idioma lituano.
  • 1550: Abecedarium fue el primer libro impreso en idioma esloveno por Primož Trubar.
  • 1556: La Compañía de Jesús adquiere una imprenta en Roma e imprime su primer libro: Assertiones Theologicæ.
  • 1564: El primer libro impreso en idioma irlandés fue impreso en Edimburgo. Era una traducción de la Liturgia de John Knox hecha por el obispo de las islas Hébridas, John Carswell.
  • 1564: Primer libro fechado impreso en idioma ruso, Apostol, impreso por Ivan Fyodorov.
  • 1568: El primer libro en idioma irlandés impreso en Irlanda fue un catecismo protestante. Además contenía una guía de pronunciación y dicción del idioma irlandés.
  • 1573-74: El impresor italiano Antonio Ricardo (Riccardi) ayuda a la Compañía de Jesús de la capital del virreinato de Nueva España (actual México) a establecer una imprenta.
  • 1577: Lekah Tov, una disertación sobre el libro de Esther fue el primer libro impreso en hebreo.
  • 1581: Biblia de Ostrog, primera edición completa de la biblia en idioma eslavo.
  • 1581: Antonio Ricardo introduce de manera clandestina una imprenta en el virreinato del Perú donde comienza a imprimir naipes, grabados y estampas religiosas bajo la protección de los jesuitas establecidos en la ciudad de Lima.
  • 1583: Es autorizada la imprenta de Antonio Ricardo en el virreinato del Perú por orden del rey de España Felipe II.
  • 1584: Catecismo para instrucción de los indios, y de las demas personas que han de ser enseñadas en nuestra Sancta Fe es el primer libro impreso en Perú y Sudamérica por Antonio Ricardo.
  • 1593: Doctrina Christiana fue el primer libro impreso en las islas Filipinas.
  • 1605: Primera impresión del Quijote. Autor: Juan de la Cuesta.
  • 1640: The Bay Psalm Book, fue el primer libro impreso en Norteamérica.
  • 1651: Abagar, de Filip Stanislavov, fue el primer libro impreso en idioma búlgaro moderno.
  • 1678-1703: Hortus Malabaricus incluye la primera impresión de tipos en idioma malayalam.
  • 1700: Primer libro impreso en la imprenta de las Misiones en la actual Argentina con una imprenta de diseño y construcción local.
  • 1766: Primeros impresos de la imprenta del Colegio de Monserrat de Córdoba, actual Argentina.
  • 1781: Primeros impresos de la Real Imprenta de los Niños Expósitos de Buenos Aires, actual Argentina.
  • 1802: New South Wales General Standing Orders fue el primer libro impreso en Australia.
  • 1908: Aurora Australis fue el primer libro impreso en la Antártida.[6]

La introducción de las prensas para imprimir utilizando el vapor, llevaron la revolución industrial a la producción de libros, poco después de 1820; así como los nuevos molinos de papel funcionando también a vapor, constituyeron las innovaciones más importantes después del siglo xv. Ambas innovaciones hicieron bajar notablemente los precios de los libros a la vez que aumentaban su tiraje. Muchos elementos bibliográficos, como la posición y formulación de los títulos y de los subtítulos se vieron afectados, también, por esta nueva producción en serie. En 1886 Ottmar Mergenthaler inventa la linotipia, que mecaniza el proceso de composición de un texto para ser impreso. Se entró así en la producción del libro en la era industrial. Dejó de ser un objeto único reproducido de acuerdo con una demanda específica. La edición de un libro en cantidades pasó a requerir la existencia de una empresa, capital para su realización, y un mercado para su difusión. Por consiguiente, el coste de cada ejemplar bajó considerablemente lo que, a su vez, aumentó notablemente su expansión. La complejidad de la instalación del libro impreso como la fuente principal de difusión de la ciencia, las ideas y la cultura, implica la presencia de una gran cantidad de procesos y agentes sociales que Robert Darton ha sintetizado en el siguiente gráfico:

Gráfico N° 1 – El circuito de comunicaciones del libro[7] 

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El circuito nos lleva a percibir la variación histórica de los distintos actores. Inicialmente los autores publican bajo el mecenazgo de la nobleza y del Estado y luego la creación de los mercados de demanda les permite independizarse, lo que está ligado a la proliferación de distintos tipos de editores que arman sistemas de negocios destinados a captar productos de hipotética venta. Sobre la evolución técnica de la impresión nos hemos referido más arriba y sólo deberíamos agregar la conformación de recursos humanos cada vez más aptos para dar respuesta a los relevantes cambios introducidos sobre todo en el siglo XIX. En cuanto a los transportistas, los distintos medios utilizados, terrestres, fluviales o marítimos tenían gran importancia. Los libros se enviaban generalmente en pliegos para ser encuadernados por los distribuidores y el costo del transporte influía fuertemente en el precio final de los libros. Los libreros eran relevantes en la construcción de los mercados locales y las tempranas ferias de libros de Leipzig y Fráncfort jugaron un papel destacado en la organización de las redes que definieron la historia del libro en países como Francia, Alemania e Inglaterra.

Respecto a los lectores, hay que tener en cuenta que el proceso de lectura ha cambiado en las distintas épocas. Antiguamente se leía en voz alta y en grupos, o en secreto y con una intensidad muy elevada. Los lectores trabajaban sobre un número limitado de textos, con predominio de la Biblia. Aun cuando los libros habían adquirido su forma moderna, la lectura siguió siendo inicialmente una experiencia oral, realizada en público. Los hábitos de lectura se transformaron lentamente. Cuando en el año 384 el profesor de retórica latina Agustín, que luego sería canonizado con el nombre de San Agustín, llega a Milán, descubre con asombro que el obispo Ambrosio leía en silencio, y así lo destaca en sus Confesiones. Los lectores empezaron a leer crecientemente en silencio y a solas, lo que supone un gran cambio mental ya que la lectura devino en una experiencia individual, interior. El paso de la lectura intensiva a la extensiva se refuerza fuertemente con la desacralización de la palabra impresa. En este período se expande fuertemente el público por la disponibilidad del papel hecho a máquina, las prensas de vapor, el linotipo y la alfabetización tendiente progresivamente a ser universal.

Eltjo Buringh y Jan Luiten van Zanden estimaron la evolución del libro impreso en Europa en base al número de títulos o ediciones que aparecieron en Europa occidental desde 1454 a 1800 multiplicados por las estimaciones del tamaño medio de las tiradas. La evolución fue de 12.589.000 ejemplares entre 1454-1500 a 628.801.000 entre 1751 y 1800. Italia, Alemania y Francia fueron los países que concentraron la mayor parte de la impresión en la segunda mitad del siglo XV, pero al llegar a la segunda mitad del XVIII era Francia, seguido por Gran Bretaña, Alemania e Italia los que superaban los 100 millones de ejemplares. En términos comparativos, la producción europea de libros aumentó enormemente. De algo más de 12.000 manuscritos por siglo (o 120 por año) en el período 500-700, a más de mil millones de libros publicados durante el siglo XVIII (el año pico en el período 500-1799 es 1790, cuando se imprimieron más de 20 millones de copias).

El gran salto cuantitativo que impulsó el uso de la imprenta no debe hacer perder de vista la lentitud inicial de los procesos. En el siglo XVI la población de Europa era casi enteramente rural y las veinte mayores ciudades tenían menos de 2 millones de habitantes en total. Las mayores estaban en Italia, donde Nápoles llegaba a superar los 200.000 habitantes, seguida de Milán y Venecia con 150.000 cada una, cifras similares que a las que llegaban Londres y París. De ahí que la producción de libros fuera inicialmente reducida. Sólo los hombres cultos podían escribir bien y se evitaba el uso de lenguas vernáculas, para no afectar la circulación, ya que los libros eran todavía muy caros y debían lograrse escalas de impresión importantes. Por eso predominaban los libros enciclopédicos de interés universal.

10.5. La relevancia de los libros. Batallas religiosas y consolidación escrita de los idiomas vernáculos y las editoriales

Pero aun con estas limitaciones, los libros pasaron a ser centrales en las grandes batallas religiosas y culturales que atravesaron a los países europeos, por un lado, y en la difusión y consolidación de los avances científicos, por otro. La Iglesia católica fue el primer mecenas de los maestros y de los talleres impresores, pero notablemente la imprenta se convirtió en el mejor instrumento de los protestantes porque permitió una gran difusión de la Biblia en muchos idiomas. Así, por ejemplo, el gran reto de la educación al monopolio tradicional del catolicismo medieval impulsado por Lutero en Alemania utilizó como instrumento los Artículos de la visitación de Melanchthon en 1528 que, adoptados por el elector Juan de Sajonia, se convirtieron en modelo de otras reglamentaciones de escuelas adoptados en los territorios luteranos. En Inglaterra, la acción de Enrique VIII de anglicanizar la Iglesia en la década de 1530 se realizó a través de la disolución de los monasterios y fundaciones eclesiásticas y mediante la obligatoriedad del uso de determinados textos en las iglesias y en las escuelas. Los clérigos fueron obligados a enseñar en inglés (en lugar de hacerlo en latín) y para ello se produjo en 1548 el Book of Common Prayer (manual de la liturgia anglicana), con lo cual por primera vez el conjunto de la sociedad inglesa pudo entender el lenguaje de los servicios religiosos. Más relevante aun fue la introducción como texto obligatorio en las escuelas de la Grammatica escrita por William Lily y publicada en 1542, que fue una gramática latina de base cuyo objetivo inicial era facilitar enseñanza del latín a alumnos de Londres, lo que llevó a una traducción en la que nace la primera gramática del inglés.

La persecución en Inglaterra durante el reinado de Isabel I a los católicos se tradujo en la prohibición de sus escuelas en 1571, que se desarrollaron en la clandestinidad, jugando un gran papel las imprentas también clandestinas que imprimían textos religiosos católicos y de educación violando la orden del Consejo privado de 1566 que regulaba la autorización de las imprentas y las restringía todas a Londres, con la excepción de una para Cambridge y otra para Oxford. Esto muestra la relevancia que ese instrumento tenía en el control ideológico de la población.

La respuesta católica impulsada por los jesuitas se tradujo en varias publicaciones relevantes. Después del concilio de Trento, el papa Pío IV difundió la Bula Iniunctum nobis, conocida como la Profesión de fe tridentina, que debía ser acatada por todos los obispos y sacerdotes. Un ejemplo relevante del papel de los libros en las batallas religiosas (ligadas al poder terrenal) fue la publicación en 1557 por la Inquisición de su compilación de libros prohibidos Index librorum prohibitorum, que enumeraba la lista de autores y libros considerados contrarios a la fe y la moral católicas. Este Index se convirtió en la práctica en un catálogo de la literatura reformista relevante de la edad moderna. Los jesuitas publicaron los Ejercicios espirituales escritos por Ignacio de Loyola y las Constituciones. Hacia el final de siglo desarrollaron un programa exhaustivo de enseñanza en la Ratio studiorum que se convirtió en un manual práctico de los objetivos educativos de los jesuitas.

Gargantúa y Pantagruel, de Francois Rabelais (una obra de cuatro libros publicados entre 1532 y 1552, dedicados a criticar duramente a la educación francesa, la religión y la cultura en general), tuvo una enorme repercusión en la vida intelectual francesa. A estos esfuerzos se sumaron las ideas provenientes de la revolución científica producida en el siglo XVI.[8] Esta se inició con los avances de la investigación en la cosmología que intentaba ofrecer una explicación del universo y del lugar del hombre. Las exploraciones europeas a escala mundial derrumbaron la astronomía de Ptolomeo basada en una concepción geocéntrica del universo. El Renacimiento fue la edad de oro de los descubrimientos geográficos. En 150 años el conocimiento de la tierra conocida se había duplicado, incorporando una gigantesca cantidad de nuevos climas y nuevos aspectos naturales, así como plantas, animales y hombres y mujeres desconocidos. En 1543, el clérigo polaco Nicolás Copérnico publica De revolutionibus orbium caelestium que da inicio a nuevos conocimientos basados en métodos cada vez más exactos de observación al crearse los telescopios. Retomados por Johannes Kepler y por Galileo Galilei, sus libros fueron un gran avance en el desarrollo de las Ciencias Naturales. Francis Bacon, con sus obras The Advancement of Learning, Novum Organum y New Atlantis, sentó las bases del empirismo, para el cual el conocimiento se deriva únicamente de la experiencia sensible de primera mano. Su propuesta de generar un espacio institucional (la casa de Salomón) para el desarrollo de las ciencias, sale al encuentro de iniciativas similares que se comenzaban a plasmar, las sociedades científicas y las academias.

La influencia de René Descartes (1596-1650) en estos procesos fue relevante. Jugó un papel decisivo en la ruptura con la tradición escolástica medioeval, formulando un nuevo método para el desarrollo del conocimiento basado en la observación y en la experiencia directa. Sus libros están estrechamente asociados al nacimiento de las publicaciones científicas en abierta oposición a los libros canónicos donde reinaba Aristóteles. Los nuevos libros, paradojalmente, fueron dirigidos contra el culto del Libro en el sentido de verdad revelada eterna.

En pocas décadas, a partir de 1620, aparecieron las grandes obras de Francis Bacon, Galileo, Grotius, Hobbes. La relevancia de la publicación de los libros para la difusión de las ideas era notable. Los Países Bajos (Netherland) ofrecían un espacio de más amplia libertad intelectual y su temprano desarrollo capitalista había favorecido la creación de buenas editoriales. Estas fueron parte de las causas que hicieron que Descartes viviera allí durante unos veinte años. En Leiden y en Amsterdan era posible encontrar editores de alto nivel, aunque los autores debían estar dispuestos a asumir la inversión financiera de las publicaciones. El filósofo era muy exigente en relación a la calidad de los libros. En la primavera de 1636 fue a Leiden para supervisar, durante un año, la impresión de su libro, que contenía los ensayos Dióptrica, Meteoros y la Geometría con grabados en madera realizados por Frans Schooten el Joven y que debían ser revisados por el autor. Descartes exigía que el texto se imprimiera con caracteres muy finos y en papel de alta calidad, y que por lo menos doscientos ejemplares fueran para su uso personal. El libro iba a ser publicado por la editorial de los hermanos Elzevier pero luego quedó a cargo de otra imprenta de la ciudad. En 1637 publicó El discurso del Método con el editor Jean Maire de Leiden.

Los filósofos de la naturaleza que iniciaron la llamada revolución científica[9] se diferenciaban de los eruditos herméticos del Renacimiento haciendo públicos sus pensamientos y descubrimientos. Relevantes estudios sobre magnetismo fueron presentados por Robert Norman en 1581, William Gilbert en 1600, Guiollaume de Nautonier en 1602-1604, Athanasius Kircher en 1631 y Descartes en 1644. Todos estos libros fueron escritos antes de que existieran publicaciones en revistas o las academias científicas de Inglaterra y Francia.


  1. “Los primeros libros de la humanidad aparecieron en la ignota y semiárida región de Súmer, en el mítico Cercano Oriente, en Mesopotamia (hoy sur de Irak) entre los cauces de los ríos Éufrates y Tigris, hace miles de años, tras un sinuoso y arriesgado proceso de perfeccionamiento y abstracción. La escritura se originó en Súmer por razones económicas. A partir de los análisis y hallazgos de la arqueóloga Denise Schmandt-Besserat (Before Writting, 2 vols, Austin, 1992) se han definido tres etapas anteriores a la invención de la escritura: 1. En pleno Neolítico, se pasó de la pintura al pictograma y se elaboraron bolas con fichas. En Uruk se han encontrado pelotas de arcilla, en cuyo interior hay fichas con figuras. Es obvio que la pelota se refería a una unidad administrativa y constituía una forma inicial de contabilidad. Las figuras de las fichas trataban de parecerse a animales y, en otros casos, representaban formas geométricas. 2. En un segundo momento, las pelotas de arcilla tenían signos impresos en su exterior, lo que indica que por razones de velocidad en la revisión de los registros se avanzó hacia el diseño de signos capaces de representar en segundo grado un contenido interno. 3. Finalmente, se impusieron las tablillas, dado que eran más prácticas. Los signos llegaron a ser entendidos no sólo como signos sino como sonidos. La escritura se tornó más abstracta y hacia el 2000 a.C. los escribas dotaron a cada signo de una complejidad tal que redujo su número.” (Báez, Fernando, 2013: p. 41 y nota 1 en p. 390).
  2. “De los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono, de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Conferencia pronunciada por Jorge Luis Borges en la Universidad de Belgrano el 24 de mayo de 1978, publicada al año siguiente en el libro Borges oral, Buenos Aires, Emecé Editores / Editorial de Belgrano.
  3. Véase Báez, Fernando (2013). Nueva historia universal de la destrucción de libros. De las tablillas sumerias a la era digital. México, Océano.
  4. Un ejemplo clásico es el que ofrece la carrera de Pedro Abelardo. Nació en la villa fortificada de Le Pallet (Bretaña, cerca de Nantes) en 1079. Estudió Lógica y Dialéctica. Apasionado, se dedicó a viajar por diversas provincias para disputar dialécticamente con aquellos que practicaban ese arte. A los veinte años se trasladó a París, cuya escuela episcopal era la más famosa y la más concurrida; su jefe o cabeza era el archidiácono Guillermo de Champeaux. Teniendo a Guillermo como profesor estudió en París primeramente Retórica, Gramática y Dialéctica, las disciplinas del trivium preparatorio de la formación de la época durante los años 1098 y 1100; posteriormente estudió Aritmética, Geometría, Astronomía y Música, que componían el quadrivium de estudios más avanzados en el año 1108, también con Guillermo, con lo que obtuvo el título de Magister in artibus. Hacia 1112 se inició en la docencia en Melun, Corbeil, y más tarde en la colina de Sainte-Geneviève, cerca de París, ciudad donde Guillermo enseñaba y donde fundaría la escuela en la ermita de Saint-Victor. Abelardo consiguió que los alumnos de Guillermo lo dejaran por él ridiculizándolo en público por su realismo ingenuo. Mientras Guillermo de Champeaux abandonaba la enseñanza para refugiarse en Saint-Victor, entre 1112 y 1113 Abelardo se trasladó a Laon, ciudad situada al noreste de París. Al igual que hizo con Guillermo, ridiculizó y rebatió a su profesor de teología, Anselmo de Laon, ganándose su enemistad. En el año 1114 regresó a París y triunfó en la escuela catedralicia de Notre Dame como maestro laico. Su escuela fue tan famosa que se educaron en ella un papa (Celestino II), diecinueve cardenales, más de cincuenta obispos y arzobispos franceses, ingleses y alemanes, y un número mucho mayor de controversistas, entre ellos Arnaldo de Brescia. Más allá de sus reconocidos aportes en el campo filosófico, lo que destacamos es cómo se organizaban los grupos humanos en torno a un reconocido maestro. Lo mismo sucedió con el jurista italiano Irnerius en Bolonia en 1158 o en 1170 en las célebres polémicas entre la escuela catedralicia de Notre Dame, Santa Genoveva y Saint-Denis, que conducen a la creación de las respectivas universidades.
  5. “El término ‘universitas’ que en la Roma Antigua significaba ‘totalidad’, servía, desde el Digesto, para indicar que se consideraba a los miembros de un grupo o de una ‘guilda’ como un cuerpo colectivo, en contraste de considerar a cada uno de ellos en su singularidad. Designó así, corrientemente, toda corporación, por ejemplo aquella de los vendedores (universitas mercatorun), con sus privilegios o sus derechos propios, antes de que el empleo viniera a reservarse a aquella de los maestros y de los alumnos, nombrada como tal, universitas magistrorum y scholarium Parisiensium, en el estatuto de Robert de Courcon que, en 1215, constituyó la partida de nacimiento de la Universidad de París.” (Renaut, Alain, 2008: 18).
  6. Fuentes: Wikipedia y Babini (1954).
  7. Fuente: Darton (2010: 102).
  8. “Nuestra definición del Renacimiento (es decir 1450-1600) puede parecer artificial, pero es fácil de recordar y no es arbitraria. Dígase lo que se quiera de su techo (1600) estoy convencido de que hubiera sido imposible encontrar una planta baja más adecuada (1450), por lo menos en lo que se refiera a Europa occidental. El descubrimiento de la imprenta fue uno de los jalones más grandes en la historia de la humanidad, y para la historia de la ciencia adquiere una importancia especial. Cambió toda la trama y urdimbre de la historia, pues reemplazó las formas precarias de la tradición (oral o manuscrita) por una forma estable, segura y duradera; es como si de pronto la humanidad hubiera adquirido una memoria digna de fe en sustitución de otra veleidosa e ilusoria. No es suficiente hacer un descubrimiento: si deja de transmitirse es como si no se hubiera realizado; no es suficiente escribir un tratado científico: se le debe conservar. Si llega a perderse, como ha ocurrido con una gran cantidad de textos antiguos y medievales, de nada nos sirve. Necesitamos el texto, un texto fiel y permanente, y esto solo fue posible cuando se inventó la imprenta a mediados del siglo XV” (Sarton, 1965: 15).
  9. Escritores como Thomas Kuhn (1957, 1962) han afianzado la percepción de que la historia de la ciencia consiste en una serie de revoluciones científicas. Por otra parte, sostuvo que una revolución científica implicó un cambio de paradigma que dio lugar a una nueva percepción del mundo que era inconmensurable con la visión del mundo anterior. Desde el punto de vista de Europa occidental, hay una percepción común de que se produjo la “Revolución Científica” durante el Renacimiento y que el origen de la “ciencia” se asocia con nombres como Copérnico, Kepler, Galileo y Newton. Sin embargo, Steven Shapin (1996) sostiene que “No hubo ningún evento singular y discreto, localizado en el tiempo y en el espacio que puede ser señalado como ‘la’ revolución científica”. Señala que no había ninguna entidad cultural coherente singular llamada “ciencia” en el siglo XVII para someterse a un cambio revolucionario. No habría continuidad entre la filosofía natural del siglo XVII con su pasado medieval, mientras que hubo revoluciones en el siglo XVIII y XIX en la Química y la Biología. En cuanto a la evolución de la historia de la ciencia, Gerald Holton (1998) argumenta que el principal avance científico puede ser entendido en términos de un proceso científico evolucionista. Einstein no se vio a sí mismo como un revolucionario sino como un miembro de una cadena evolutiva. Él miró a su Teoría de la Relatividad como “una modificación” de la Teoría del Espacio y del Tiempo. Sostuvo que: “No tenemos aquí ningún acto revolucionario, sino el desarrollo natural de una línea que se puede rastrear a través de los siglos” (Liebenberg, 2013: 135).


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