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Gilles Deleuze: las artes y la filosofía, una alianza activa del pensamiento

Juan Pablo Sosa

Introducción

Gilles Deleuze es un filósofo francés nacido en París el 18 de enero de 1925. Entre 1944 y 1948 cursa los estudios universitarios de filosofía en La Sorbonne, donde conoce a Michel Butor, Michel Tournier, Francois Châtelet, Jean Hippolyte, Maurice de Condillac y quien será su director de tesis, Georges Canguilhem. En 1953 publica su primer libro, Empirismo y subjetividad, sobre la filosofía de David Hume. En 1962 publica Nietzsche y la filosofía, y en ese mismo año conoce a Michael Foucault que por entonces es director de Filosofía en Clermont-Ferrand. Entre 1963 y 1968 publica La filosofía de Kant, Proust y los signos, Nietzsche, El bergsonismo, Presentación de Sacher-Massoch y Spinoza y el problema de la expresión, uno cada año. En 1969 ocupa el cargo de profesor de Filosofía en la Universidad de Vincennes (París VIII), publica Lógica del sentido y Diferencia y repetición. Ese mismo año conoce a Félix Guattari, con quien publicará en 1972 El anti‑Edipo. Capit alismo y esquizofrenia. En 1975 publica Kafka, por una literatura menor también junto a Félix Guattari. En 1976, en colaboración con Claire Parnet, surge Diálogos. En 1979, producto de un trabajo conjunto con el director de cine y dramaturgo Carmelo Bene, aparece el libro Superposiciones. En 1980 publica junto a Guattari Mil mesetas, el segundo tomo de Capitalismo y esquizofrenia. Al año siguiente, en 1981, se publica un estudio sobre pintura, Bacon: lógica de la sensación. En 1983 y 1985 publica sus estudios sobre cine, La imagen-movimiento y La imagen-tiempo, respectivamente; en 1984 muere su amigo Michael Foucault. Al año siguiente publica el libro Foucault, sobre la obra del filósofo. En el año 1987 se retira de la docencia universitaria, y filma una entrevista con Claire Parnet que se titula El abecedario de Gilles Deleuze (Deleuze pone como condición que sea editada únicamente después de su muerte). También ese mismo año funda junto a Guattari la revista Chimères. En 1988 publica El pliegue: Leibniz y el barroco y un pequeño libro dedicado a la filosofía de su amigo Fracois Châtelet, Pericles y Verdi. En 1991 publica el último libro junto a Félix Guattari, ¿Qué es la filosofía? Al año siguiente, en 1992, muere su amigo Félix Guattari y comienza el intercambio epistolar con Alain Badiou que se interrumpe en 1994. Un año antes, en 1993, publica Crítica y clínica, una compilación de ensayos en torno a la literatura. En 1995 la salud del Gilles Deleuze se deteriora significativamente y pasa mucho tiempo internado, hasta que finalmente el 4 de noviembre de ese mismo año se suicida arrojándose a la calle desde la ventana de su departamento. En septiembre de ese mismo año aparece el texto La inmanencia: una vida dos meses antes de su muerte.

Las artes y la filosofía

El principal objetivo de la sociedad capitalista contemporánea es la subjetividad, el alisado o la homogeneización de la subjetividad. El capitalismo busca imponer sus modos de subjetivación, y así establecer una subjetividad que es producida a escala industrial, perdiendo esta su singularidad, pauperizándola y haciéndola funcional. Para Gilles Deleuze y Félix Guattari el individuo es un caso particular de agenciamiento ligado a una cultura, a prácticas sociales. En este sentido, la subjetividad es lo que hay de más rico y heterogéneo, es el resultado de agenciamientos colectivos que implican una multiplicidad de personas, de factores tecnológicos, económicos, de sensaciones prepersonales, etc., pero que al ser capturada por la máquina capitalista es homogeneizada, empobrecida. No obstante, esta situación no es irreversible. Ante el reduccionismo dominante de la subjetividad, el arte se presenta como un campo de resistencia, que funciona como una heterogénesis contra la homogénesis capitalista. El artista busca lo que rompe, busca aquello que huye a las redundancias dominantes, para lo cual puede servirse de la filosofía. Pues es a condición de deshacer los poderes de la redundancia que la composición es posible. El arte es capaz de producir mutaciones de la subjetividad que deshacen los poderes que nos habitan.

No obstante, las artes pueden ser capturadas por la máquina capitalista, por los poderes, y ser reproducidas. El arte, oprimido por los significantes de poder, puede reproducir el sistema de las redundancias significativas que alisan y homogeneizan la subjetividad, ligado a los medios masivos de comunicación y a la uniformidad de las opiniones del sentido común. De hecho, el mismo concepto del arte es un concepto nominal que contiene y homogeneiza las diferentes expresiones artísticas en un problema común. Por eso más que del arte tendríamos que hablar de las artes, con problemas heterogéneos planteados en artes particulares. Pero las artes resisten, la creación estética huye o va a hacer huir estos esquemas estereotipados y funcionales, sacando a flote el desorden que habita el orden establecido, haciendo surgir una sensación que desafía el cliché. La creación estética puede dar lugar, y en efecto lo hace, a dispositivos que produzcan sentido, que resistan y agrieten las redundancias dominantes.

El pensamiento puede ser sometido al poder, puede ser funcional a él. La historia de la filosofía ha sido para Gilles Deleuze un agente de poder dentro de la filosofía, un agente de poder dentro del pensamiento, jugando un papel represor. La relación de la filosofía con el Estado, con el poder, se remite a un ejercicio del pensamiento que se ajusta tanto a los fines del Estado real como a las significaciones dominantes y a las exigencias del orden establecido. Pero la filosofía no es un poder, y al no serlo no puede enfrentarse a este en una batalla, sino que mantendría con aquel una guerra de guerrilla, una guerra sin batalla. La filosofía, como las artes o como toda forma de pensamiento, es embestida constantemente por todo tipo de rivales e ilusiones, que instauran un aparato de poder en el pensamiento que lo vuelven inactivo, funcional. En ese sentido, se enfrentan en una doble lucha contra el poder. Por un lado, al aparato de poder que se instaura en el pensamiento en la determinación de una imagen de sí mismo que se ajusta a los fines dominantes, y por otro lado a la máquina capitalista y su poder de alisado y homogeneización de la subjetividad. Esta guerra de guerrilla, sin batalla, es transversal al pensamiento pues al naturalizar una imagen del pensamiento artístico o filosófico que es preartístico y prefilosófico tomado del sentido común, homogeneizado por los poderes de la sociedad capitalista, este se filtra y es reproducido por el pensamiento, racionalizándolo o sensibilizándolo.

La estética deleuziana no es una estética tradicional. Según el camino que se elija recorrer en su pensamiento rizomático, puede ser una estética, como lo expresa René Schérer, que busca la lógica de la producción de sensibilidades nuevas, o, como dice David Lapoujade, una estética de las aberraciones de lo informal. Pero no una estética tradicional. Asimismo, la relación que mantienen las diferentes expresiones artísticas con la filosofía en el pensamiento de Gilles Deleuze es una relación de intercambio y resonancia que interpela lo nuevo. La filosofía, las artes y la estética se presentan como lugares donde se desarrollan terribles luchas de poder, el cual puede reproducir o puede resistir en pos de nuevas formas de pensar y de sentir.

El encuentro

Aquello que está primariamente en cuestión en el encuentro entre la filosofía y el arte o las artes, en la obra de Gilles Deleuze, es el problema del pensamiento, el problema de una cierta imagen del pensamiento. Pues bien, lo que entendamos por pensar, o por ejercicio de la filosofía, será determinante en el modo en que comprendamos la dinámica del encuentro y, de igual manera, en la forma en que se constituya el pensamiento. Un encuentro entre la filosofía y el arte no es hacer, o no resulta en, una filosofía del arte, no es una reflexión sobre el arte, ni a la inversa. Que se comprenda de esta manera no es sino expresión de una determinada imagen del pensamiento que cada una construye sobre sí misma de lo que supone que significa pensar. Un encuentro es para Deleuze algo muy diferente, “Un encuentro quizás sea lo mismo que un devenir”.[1] Un encuentro es algo que sucede entre y un devenir es el encuentro entre, es el movimiento sin punto de partida ni llegada, es una relación dispar sin términos que se intercambien. Es un movimiento que no consiste en alcanzar una forma, en imitar, ni adaptarse a un modelo, sino que se decanta hacia lo informe, es alcanzar una zona de vecindad, de indiscernibilidad. Un devenir es aquello que cambia mientras cambian los que devienen, una evolución paralela entre ideas de dominios diferentes que siguen unas líneas que arrastran un bloque móvil, que no es de nadie, de ninguna. En este sentido es una doble captura, nada que esté en uno ni en el otro, aunque puedan llegar a mezclarse, llegar a resonar, es algo que está afuera y entre ambas. Una tierra incógnita, o “Ese espacio intermezzo propio de la creación”.[2]

No obstante, en la imagen dominante que la filosofía crea de sí misma de lo que significa pensar esta se constituye como un tribunal de la razón que pretende hablar en nombre de y en lugar de, en nombre del arte o la estética. En tal caso, resulta una filosofía del arte en la cual la filosofía reflexiona sobre el arte, o habla en nombre y en lugar del arte. Engendrando estéticas del espectador, de la apreciación y del juicio, en las que la estética se pronuncia como una disciplina que produce y reproduce la historia de las formas en su correspondencia sensible. Restableciendo problemas prefijados para respuestas prefabricadas a dominios impropios, inadecuados, y adecuándolos a su propia problemática imponiéndose como agente de poder del pensamiento e imposibilitando la llegada de lo nuevo. En este caso, la filosofía se reconoce en los problemas del arte, en los problemas de la música, de la pintura, del cine, etc. Pero “El reconocer es lo contrario de un encuentro”.[3] Un encuentro o un devenir es siempre problemático, el problema es aquello que fuerza el pensar. Por lo que para Deleuze los problemas son algo muy importante, los problemas no están dados sino que se construyen, pues “Antes de encontrar una solución, se inventa un problema, una posición de problema”.[4] El más alto poder del pensamiento está en la posibilidad de plantear, de presentar nuevos problemas.[5] Por todo ello, un encuentro tal no resulta ni en una filosofía del arte ni reproduce el sistema de las bellas artes, al contrario, provoca el doble alejamiento propio de una traición creadora que desborda el mundo de las significaciones dominantes y el orden establecido. En el que “el arte” es solo un concepto nominal,[6] la homogeneización de las diferentes expresiones artísticas en una problemática común preestablecida. En cambio la singularidad de cada planteo sensible reclama “Problemas muy diferentes que encuentran soluciones en artes heterogéneas”.[7] El verdadero problema es el de un devenir, un devenir del pensamiento, la problemática de liberar al pensamiento de los obstáculos internos que lo imposibilitan. Pensar fuera de las formas preconcebidas de lo que se supone, ello significa hacia un nuevo pensar, pensar de otro modo.

La pregunta más importante o más determinante de la filosofía es la pregunta por el pensamiento. ¿Qué es pensar? Tal pregunta implica el replanteamiento de lo que se supone que ello significa, y, por lo tanto, una renovación de la imagen del pensamiento. De esta manera, la pregunta por el pensar es la pregunta por la indagación de una imagen del pensamiento, es la búsqueda de una imagen fundamental del pensamiento.[8] Las artes y la filosofía son formas de pensamiento, y, en efecto, todo pensamiento ya sea filosófico o artístico supone una imagen de lo que significa pensar, de lo que es para él pensar. Así, una imagen del pensamiento es el o los presupuestos últimos que todo pensamiento implica, es la manera de pensar.[9] Según Gilles Deleuze,

[…] Existe una imagen del pensamiento que varía enormemente, y que ha cambiado mucho a lo largo de la historia. No entiendo por imagen del pensamiento el método, sino algo más profundo, algo siempre presupuesto, un sistema de coordenadas, de dinamismos, de orientaciones: lo que significa pensar, “orientarse en el pensamiento”.[10]

Pero este conjunto de presupuestos no son propios del pensar como actividad afirmativa y efectiva sino que son exteriores en tanto anteriores pero interiores en tanto que lo informan y lo organizan para que se ejerza de una forma establecida. En este caso, puesto que el destino de los presupuestos es orientar el pensamiento, estos lo inducen en una senda, a un lugar ya recorrido y señalado, creado en una dirección determinada. En la que pensar es recorrer caminos, lugares ya trazados, hacia territorios ya delimitados del pensamiento de acuerdo a una tradición en el modelo de una época. Este conjunto de supuestos que asignan a priori lo que significa pensar, y que se despliegan a través de la historia de la filosofía y de las artes, constituyen lo que Deleuze llama la imagen dogmática del pensamiento.

La imagen del pensamiento

Pensar designa la actividad del pensamiento; pero el pensamiento tiene sus propias formas de ser inactivo, y puede entregarse a ello totalmente y con todas sus fuerzas.[11]

Ciertamente, es una constante en los escritos del filósofo francés la temática de una imagen del pensamiento que impediría el pensar. Desde Nietzsche y la filosofía hasta ¿Qué es la filosofía? insiste en la cuestión de la naturaleza del pensamiento. Es el problema que Deleuze retoma y hace suyo de la filosofía de Nietzsche, el problema de liberar al pensamiento de los obstáculos que lo aprisionan, que lo imposibilitan, para impulsarlo hacia un nuevo pensar. Renovar la imagen de lo que significa pensar es la tarea que todo gran pensador debe llevar a cabo. La imagen dogmática del pensamiento es la entrega del pensamiento a formas inactivas que se expresan, según la tradición lo ordena, en la filosofía de la época que nos exige pensar de un modo determinado, de acuerdo a un estilo y a un régimen de producción. Según esta tradición, que se origina en Platón y se apoya en la representación, el pensar se despliega bajo determinados postulados o imágenes; de la buena voluntad del pensador que busca la verdad y la buena naturaleza del pensamiento que posee por derecho la verdad, de un sentido común en la armonía de las facultades nucleadas en un sujeto pensante, del reconocimiento como modelo, del error como un falso reconocimiento y el saber como finalidad y lugar de una verdad que proclama respuestas y soluciones a problemas dados.[12] Pero “No tenemos ninguna razón para pensar como Platón, y no porque hayamos superado a Platón sino, al contrario, porque Platón es insuperable, y carece de interés volver a empezar algo que él ya hizo de una vez y para siempre”.[13] Porque carece de interés pensar cómo, es decir, de acuerdo a un modelo, y porque el más alto ejercicio de pensar reclama la pregunta por lo que ello significa y por lo tanto su renovación, su in-actualización. El problema de la naturaleza del pensamiento implica la crítica de una imagen conservadora y conformista que es dominante en la filosofía, y que no ha dejado de poner límites a la propia capacidad de la filosofía para pensar.

A este respecto, y a modo de no crítico que precede a la afirmación, Deleuze se propone hacer un estudio, un inventario de los postulados producidos por esa máquina racional administrativa que conforma la imagen dogmática del pensamiento filosófico. A dicho estudio Deleuze lo denomina “noología” y es el “Verdadero objetivo de Diferencia y repetición: la naturaleza de los postulados en la imagen del pensamiento”.[14] En resumidas cuentas, dicho inventario delimita los contornos de la imagen en cuestión, conformada por una serie de ocho postulados:

Primer postulado, cogitatio natural universalis: la filosofía demanda un comienzo, un fundamento que indique que ha iniciado a pensar, en el cual comenzar significa ‘eliminar todos los presupuestos’. Pero los presupuestos en filosofía son de dos tipos, subjetivos y objetivos. Presupuestos objetivos son los conceptos explícitamente supuestos por un concepto dado (como animal y racional en la definición de hombre como ‘animal racional’) y subjetivos o implícitos son aquellos que están envueltos en sentimientos en vez de estarlo en un concepto. Se pretende eliminar los presupuestos objetivos pero a condición de darse otros presupuestos subjetivos. Un presupuesto subjetivo es el que tiene la forma “todo el mundo sabe (lo que significa pensar)” y “nadie lo puede negar (que pensar es)” que es anterior al concepto y prefilosófico. Esto constituye la forma y el discurso de la representación. Los presupuestos subjetivos son aquellos que conforman el pensamiento natural y los presupuestos objetivos son los de la cultura de una época. Así es como el filósofo mantiene la forma de la representación. El presupuesto implícito de la filosofía se encuentra en el sentido común como cogitatio natural universalis, aquí el pensamiento es el ejercicio natural de una facultad dotada y en afinidad con lo verdadero, en la cual todo el mundo piensa naturalmente y todo el mundo sabe lo que significa pensar; este el punto de partida de la filosofía. El pensamiento conceptual filosófico tiene como presupuesto una imagen prefilosófica y natural del pensamiento tomada del sentido común: el pensamiento es afín a lo verdadero, lo posee formalmente y lo quiere materialmente, en el que cada uno se supone que sabe lo que significa pensar.[15]

Segundo y tercer postulado, concordia facultatum y el modelo del reconocimiento: el pensamiento tiene un modelo que es el del reconocimiento definido por el ejercicio concordante de todas las facultades sobre un objeto que es el mismo para todas. Un objeto es reconocido cuando todas las facultades juntas relacionan lo dado y se relacionan ellas mismas con una forma de identidad en el objeto. El modelo del reconocimiento requiere simultáneamente una colaboración de las facultades, un sentido común como concordia facultatum, y un principio subjetivo como fundamento pensante cuyas facultades son modos para la forma de identidad del objeto. La unidad de las facultades en el sujeto articula la posibilidad de las facultades de relacionarse con una forma de objeto que manifiesta la identidad subjetiva. El pensamiento es la facultad que, relacionada con el sujeto, constituye la unidad de todas las facultades (modos del pensamiento) que él orienta en la forma de lo mismo en el modelo del reconocimiento. Bajo esta orientación del pensamiento la filosofía no puede realizar su proyecto de romper con la doxa, aunque no toma nada de ella mantiene su forma, calca el pensamiento sobre la forma del sentido común. En este sentido la imagen del pensamiento es la racionalización de la doxa.[16]

Cuarto postulado, de la representación: “El postulado del reconocimiento era, pues, un primer paso hacia un postulado de la representación mucho más general”.[17] Los postulados anteriores constituyen un cuarto postulado más general, en el que el pensamiento a través del reconocimiento en el pleno empleo de las facultades se halla sosegado en la aparente actividad que solicita el mundo de la representación. Aquí el pensamiento tiene una imagen de sí mismo en la cual se reconoce en el reconocimiento de las cosas.[18]

Quinto postulado, del error como único negativo del pensamiento: en este caso el infortunio del pensamiento se reduce a la figura del error. Este postulado no es independiente de los cuatro anteriores sino que depende de ellos, y, a la inversa, ellos dependen de él. Coherente con los postulados de la representación, el error no es sino un falso reconocimiento, tomar lo falso por lo verdadero. El error es el negativo del reconocimiento o el sentido común que testimonia a favor del modelo o de la imagen del pensamiento. Ciertamente hay otros negativos del pensamiento pero la imagen dogmática del pensamiento no deja de reducirlos al error. En tal caso, es necesario enriquecer el concepto de error por determinaciones de otra naturaleza,[19] tales como la idiotez, la crueldad, la bajeza o la estructura misma de un pensamiento.[20]

Sexto postulado, de la proposición o de la designación: pues la designación es la forma lógica del reconocimiento. Definiéndose el sentido como la condición de lo verdadero, y como toda condición tiene una dimensión más amplia que lo condicionado, el sentido funda a la vez lo falso. Por lo que una proposición falsa es una proposición con sentido. Luego el sinsentido es lo que no puede ser ni verdadero ni falso. En una proposición se distinguen dos dimensiones, la de la expresión y la de la designación. En la primera dimensión, de la expresión, la proposición enuncia o expresa alguna idea, es la dimensión del sentido. En la segunda dimensión, la de la designación, la proposición indica objetos a los cuales se aplica lo expresado, dimensión de lo verdadero y lo falso. Pero aquí lo verdadero y lo falso, siendo asuntos de designación, quedan indiferentes al sentido. Lo verdadero y lo falso no son afectados por la condición que los funda, el sentido, consignándolos a una relación de designación en la proposición. Pero la verdad no es adecuación sino que es producción, y el sentido es la producción de lo verdadero. Por consiguiente, la relación de la proposición con el objeto que designa debe ser remitida al sentido mismo.[21]

Séptimo postulado, el postulado de las respuestas y las soluciones: según este postulado los problemas nos son dados hechos y estos desaparecen con la solución o respuesta. Más aún, los problemas son moldeados por la forma de las posibles respuestas. En este sentido pensar es buscar soluciones, pensar comienza con la búsqueda de soluciones. Pero los problemas no están hechos, deben ser construidos en campos simbólicos determinados e investidos en ellos. Las soluciones se desprenden del problema, de sus condiciones y de la forma de su planteamiento. “El problema o el sentido es, a la vez, el lugar de una verdad originaria y la génesis de una verdad derivada”.[22] El problema no desaparece con las soluciones, sino que subsiste con ellas. Las soluciones deben hallarse determinadas por las condiciones del problema, engendradas por y en él. “El problema es el elemento diferencial en el pensamiento”,[23] es la condición de posibilidad de las respuestas y no a la inversa.[24]

Octavo postulado, el postulado del saber, que recapitula los otros postulados en una finalidad y un resultado común:[25] este postulado supone una concepción del aprendizaje como intermediario de la ignorancia al conocimiento que cierra el pensamiento sobre sí mismo. Pero esta concepción del aprendizaje como medio ignora el carácter involuntario de este y por lo tanto del encuentro fundamental que inicia el pensamiento. Es posible contrastar el aprendizaje con el reconocimiento debido a que esta es una actividad involuntaria sin un método determinado, como tampoco es el ejercicio natural de una facultad sino algo que nos vemos llevados a realizar por necesidad de la percepción de un problema.[26] En este sentido lo que se opone al pensamiento no es tanto el error como el fracaso en percibir adecuadamente un problema.[27]

De esta forma, el despliegue y la correspondencia del pensamiento con estos postulados es aquello que según una cierta imagen significa pensar. “No es posible determinar las condiciones de la filosofía más que sacando a la luz estas imágenes del pensamiento”,[28] sacando a la luz sus postulados. Pero para Deleuze la actividad de pensar no es el ejercicio natural de una facultad en su amable proceder. La actividad de pensar no es la impasibilidad de ejercer lo pensable del pensamiento, una simple posibilidad natural dispuesta en una facultad en su buen funcionamiento. Un pensamiento que piensa por sí mismo despreocupado por sus condiciones de posibilidad, la demostración de un adiestramiento del pensamiento. En todo caso, facultad es un estado del pensamiento en el que este opera abstractamente, esquemáticamente, bajo la forma invariable de la representación. Este operar esquemático y abstracto mantiene al pensamiento inactivo o le da una aparente actividad, el reconocimiento. De hecho, esta aparente actividad es la completa entrega del pensamiento a la estratificación efectuada por el despliegue de una imagen del pensamiento dominante que se extiende a través de la historia de la filosofía en el que este se desenvuelve condescendiente en el falso movimiento de lo esquemático y la funcionalidad. A pesar de la decidida denuncia y ruptura de la filosofía con la doxa, con la no-filosofía o el sentido común, la imagen dogmática del pensamiento no establece sino la incorporación de la opinión a la filosofía.[29]

La opinión es un pensamiento que se ciñe estrechamente a la forma de la recognición: recognición de una cualidad en la percepción (contemplación), recognición de un grupo en la afección (reflexión), recognición de un rival en la posibilidad de otros grupos y de otras posibilidades (comunicación).[30]

La opinión es un pensamiento abstracto que extrae de la percepción una cualidad abstracta y extrae de la afección una potencia general. Por lo que la verdad de la opinión está dada por la verdad de un grupo, la verdad es una opinión que coincide con la del grupo. Esto se debe a que la opinión en su esencia es voluntad de mayoría, habla en nombre de una mayoría, que se expresa en afirmaciones como “todo el mundo sabe”. Aunque la filosofía rechace la opinión conserva su forma, se ha dejado ganar por la opinión racionalizándola. En este caso el pensamiento es estratificado en su propia forma de ser inactivo correspondiendo con esta imagen de lo que significa pensar. Por el contrario, solo se comienza a pensar liberado o liberando al pensamiento de la imagen y de los postulados dogmáticos que actúan sobre él.

Lo expresamos anteriormente, hay una imagen del pensamiento que nos dice lo que significa pensar, hay una imagen de la filosofía que no dice cómo piensa la filosofía, qué es y cómo hacer filosofía. Hay una tradición, una historia de la filosofía que juega un papel represor, que funciona como “El agente de poder dentro de la filosofía, e incluso dentro del pensamiento”.[31] Escuela que fabrica especialistas del pensamiento, administradores de ideas justas, que se ajustan a las significaciones dominantes y a las exigencias del orden establecido. Deleuze empieza por la historia de la filosofía pero para huir de ella, huir a través de aquellos que lo han hecho: Nietzsche, Bergson, Spinoza, Hume, Lucrecio. “La filosofía es inseparable de una cierta cólera contra su época”.[32] Por supuesto que cualquier historia de la filosofía tiene un lugar dedicado a ellos, aunque su lugar sea incómodo y no encajen bien dentro de las grandes clasificaciones, aunque no sean muy bien asimilables y no lleguen a ser comprendidos.

Todos estos pensadores tienen pocas relaciones entre sí –salvo Nietzsche y Spinoza–, y sin embargo las tienen. Se diría que algo pasa entre ellos, con velocidades e intensidades diferentes, que no está ni en uno ni en otro, sino en un espacio ideal que ya no forma parte de la historia, y que no es un dialogo de muertos, sino una conversación interestelar entre estrellas muy desiguales cuyos devenires diferentes forman un bloque móvil que habría que captar, una inter-vuelo, años luz.[33]

Todos ellos lograron alcanzar, y a través de ellos Deleuze, ese movimiento del pensamiento que se opone a la imagen tradicional que la filosofía ha proyectado sobre el pensamiento para someterlo e impedir su funcionamiento. Hacer huir el pensamiento no significa evadirse o renunciar a la acción de pensar, nada más activo que huir. Gilles Deleuze pertenece “A una de las últimas generaciones que han sido más o menos asesinadas por la historia de la filosofía. La historia de la filosofía ejerce, en el seno de la filosofía, una evidente función represiva”.[34] Pero no es la última generación asesinada porque ya no habrá más sino que es la última de su tiempo, su contemporaneidad. Deleuze es un guerrillero, huye, hace huir la historia de la filosofía, y hace de esta una disciplina no ya reflexiva sino creativa. Pues no se trata de decir lo que el filósofo ya dijo, lo que significaría, sino que se trata de crear retratos conceptuales, consiguiendo una semejanza con el retratado, pero por medios desemejantes, decir lo que está sobreentendido, aquello que no dice pero que sin embargo está presente en lo que dice.[35] Se hace huir un sistema, se hace huir la historia de la filosofía para que la filosofía entre en devenir. Hacer huir es trazar una línea de fuga a través de la cual la filosofía entra en devenir, es traicionar a la filosofía, a su historia. Pero traicionar no es fácil sino todo lo contrario, “traicionar es crear”,[36] pensar es devenir otra cosa que filósofo.

La filosofía tiene con el tiempo una relación esencial: siempre contra su tiempo, crítico del mundo actual, el filósofo forma conceptos que no son ni eternos ni históricos, son intempestivos e inactuales. La oposición en la que se realiza la filosofía es la de lo inactual con lo actual, de lo intempestivo con nuestro tiempo. Y lo intempestivo encierra verdades más duraderas que las verdades históricas y eternas reunidas: las verdades del porvenir.[37]

El devenir no es la historia, el devenir o el acontecimiento escapan a la historia, quien solo capta las efectuaciones del acontecimiento es un estado de cosas. La historia designa el conjunto de condiciones de las que hay que desprenderse para devenir, para pensar, para crear algo nuevo. Provocar una desconexión, un desfasaje, pensar es el acto intempestivo que escapa a los postulados de una época. La filosofía siempre es entre-tiempo, afirman Deleuze y Guattari.[38] En este sentido, el filósofo es quien introduce una grieta, quien efectúa una discontinuidad en el tiempo, es un inactual, un anacrónico, aquel que no coincide a la perfección ni se adecua a las pretensiones de una época. El devenir-filósofo se desentiende de la historia de la filosofía, nada tiene que ver con ella, pues pasa por todo aquello que la historia de la filosofía no logra clasificar.[39] La historia de la filosofía es un poder, un poder represor. Pero la filosofía no es un poder, y al no serlo no puede enfrentarse a este en una batalla sino que mantendría con aquel una guerra de guerrilla, una guerra sin batalla.[40] La filosofía, como toda forma de pensamiento, es embestida constantemente por todo tipo de rivales e ilusiones, que instauran un aparato de poder en el pensamiento que lo vuelven inactivo, funcional. En este sentido, contemplación, comunicación y reflexión son ilusiones que la misma filosofía engendra en la imagen que construye de sí misma,

[…] Son máquinas para construir universales en todas las disciplinas. Los universales de contemplación, y después de reflexión, son como las dos ilusiones que la filosofía ya ha recorrido en su sueño de dominación de las demás disciplinas (idealismo objetivo e idealismo subjetivo), del mismo modo como la filosofía no sale mejor parada […] volcándose sobre los universales de la comunicación que proporcionarían las reglas de una dominación imaginaria de los mercados y de los media (idealismo intersubjetivo).[41]

La filosofía no es contemplativa, no es reflexión, no es comunicación. No es contemplación porque no hay un orden trascendente al cual apreciar, tampoco es reflexión, todo el mundo reflexiona, nadie necesita de la filosofía para reflexionar y por el hecho de hacerlo no devienen en filósofos, tampoco es comunicación, ella no es sino la manifestación de opiniones en vista de crear consenso.[42]

Además, decir que la filosofía no sirve para nada y que su grandeza estriba justamente en eso constituye para Deleuze un acto de coquetería que no divierte a nadie.[43] Más aun, los filósofos tampoco son sabios, los protectores de la sabiduría. El sabio es aquel que reproduce, que representa los discursos establecidos, es el defensor de lo estratificado. Los sabios son personajes de la religión, sacerdotes, que conciben la instauración de un orden siempre trascendente que piensa por figuras. “Nada de ser un sabio, saber o conocer tal dominio, sino aprender esto o aquello en dominios muy diferentes”.[44] Los filósofos efectúan una desviación de la sabiduría, el filósofo pone la sabiduría al servicio no ya de las formas o de la trascendencia sino de la inmanencia. El filósofo no es quien posee la sabiduría, el sabio, sino que es un amigo, un pretendiente. “La amistad es algo interno a la filosofía, ya que el filósofo no es un sabio sino un “amigo”.[45] El filósofo es el amigo de la sabiduría, la pretende pero no la posee formalmente.[46] El amigo no es un personaje extrínseco a la filosofía, sino que es una presencia intrínseca al pensamiento, una condición de posibilidad del pensamiento mismo.[47] El amigo es la determinación empírico-trascendental del pensamiento que opera en un espacio delimitado en vista de problemas y cuestiones concretas.[48] La filosofía piensa el concepto, pero el concepto para definirse necesita de personajes conceptuales: el amigo es el personaje conceptual que contribuye a su definición. La filosofía sirve, es útil, y sirve para algo muy concreto, pero antes de desarrollar este punto debemos determinar en qué condiciones se engendra el pensamiento.

Para Deleuze lo primero en el pensamiento es la fractura, la contingencia de un encuentro que fuerza a pensar, para erigir la necesidad absoluta de un acto de pensar. Aquello que fuerza a pensar es el objeto de un encuentro fundamental y no un acto de reconocimiento que lo mantiene inactivo o en una aparente actividad. En este caso, el objeto del encuentro fundamental es el signo, es el límite de lo sensible que es en sí mismo un problema. Por lo que este encuentro fundamental tiene dos características. La primera característica es que solo puede ser sentido, hace nacer la sensibilidad en el sentido. En este caso la sensibilidad es llevada a su límite, el ser de lo sensible, oponiéndose al reconocimiento en el cual lo sensible en su límite y aporte específico está relacionado con otras facultades en un sentido común. Por lo que aquel ser de lo sensible, el sintiendum, es insensible desde el punto de vista del reconocimiento. La segunda característica es que el sintiendum conmueve, nos deja perplejos, fuerza el planteamiento de un problema.[49] Por esta razón no se pregunta por el pensamiento como facultad sino que se pregunta por las condiciones de posibilidad del pensamiento, se pregunta por el devenir del pensamiento. En el que pensar no depende de sí mismo en un estado de facultad sino de algo más, de algo exterior a él. Se piensa por encuentro y violencia, el pensamiento piensa cuando se ve forzado, no se piensa de gusto o de buena gana, sino porque estamos forzados a hacerlo. Es necesario que algo lo fuerce, que algo lo sacuda y lo impulse hacia una búsqueda que lo saque de sí mismo. En este sentido, el pensador es ante todo un paciente, es alguien que se ve forzado a hacerlo, y pensar es traicionar el pensamiento, es hacer algo diferente que la imagen de lo que ello significa. Entonces, el comenzar no depende del pensamiento, comenzar a pensar no depende de él. Se está siempre hacia la mitad, en medio,[50] el verdadero comienzo está fuera y en los límites del pensamiento.

En este sentido, lo que surge del encuentro es el afecto. Hay un profundo vínculo entre el pensamiento y el afecto, debido a que el pensar emerge en el pensamiento cuando este es primeramente afectado. El pensamiento mientras piensa es afectado, es disyunción, es disonancia, puesto que ser afectado es ser forzado. Un afecto es involuntario debido a que implica un encuentro ejercido sobre el pensamiento desde afuera en el cual es llevado a sus límites. Pues bien, aquello que fuerza el pensamiento y escapa a la representación subjetiva, a los esquemas representativos, es el signo. El signo es inseparable de una sensación, de un afecto, e implica su sentido, esto es, es la expresión de un mundo posible, la emergencia de un nuevo punto de vista. Asimismo, el sentido es problema, es diferencia y está implicado en el signo. Se piensa siendo sensible a algo, a un signo, y el signo es el límite de la sensibilidad, la sensibilidad como diferencia. Pensar comienza con la diferencia, cuando algo se distingue, cuando se hace signo. Esto quiere decir que hay problema y sentido porque hay un signo que el pensamiento encuentra, al que el pensamiento es sensible, se hace sensible y fractura la unidad de lo dado, dislocando la subjetividad. En cambio, aquello que ya está explicado, objetivado, deja de ser sensible para ser reconocido. El pensamiento surge de un problema, del planteamiento de un problema cuando está siendo forzado, pero el problema no está determinado sino que es aquello que abre un horizonte de sentido y sustenta la creación como actividad propia del pensamiento. Un problema hace y fuerza a pensar, da lugar a una creación del pensamiento. La creación es la génesis del acto de pensar.[51] “Pensar es crear, y no hay otra creación sino que crear es, ante todo, engendrar pensamiento en el pensamiento”.[52]

Esto quiere decir que crear un pensamiento sin imagen, que no siga ni aplique un método afín a un esquema preexistente de lo que significa pensar, no es imponer una forma (imagen dogmática). Pensar es cuestión de creación, una creación que desborda cualquier materia vivible o vivida (reconocimiento-representación). El pensamiento como creación de nuevos modos de existencia, de posibilidades vitales, como proceso de subjetivación. Pensar es crear conceptos, bloques de sensación, nuevas formas de vida, nuevas posibilidades de vida, potencialidad de una vida inorgánica, intensiva, en los que la vida supera los límites que le fija el organismo y el pensamiento supera los límites que le fija la vida. Lo que está en juego tanto en el pensar como en el vivir es siempre un encuentro, un acontecimiento.[53] Pensar es siempre un acontecimiento que sobreviene al pensamiento, que encuentra su punto de partida fuera del pensamiento, en una relación positiva con aquello que él no piensa todavía. En este sentido pensar es experimentar, problematizar. El acto de pensar es un acto creativo, pero este acto de creación no emana del sujeto pensante, sino que desborda la subjetividad hacia una individuación por venir. Es un pensamiento-acontecimiento, en el que el pensamiento está enteramente liberado del sujeto y del objeto.[54] El pensar desplaza la posición subjetiva debido a que la individuación de un objeto extraño a este, algo nuevo, no es independiente de una nueva individuación del sujeto, del individuo. El acto de pensar no depende de una subjetividad sino que pone necesariamente en crisis la subjetividad,[55] debido a que el pensamiento se ve obligado a pensar lo que no puede pensar todavía, lo impensado, aquello que no tiene un esquema que el pensamiento reconozca, desbordando el esquema subjetivo sensorio-motor.

Ciertamente no hay pensamiento absoluto como meta de una imagen sino pensamiento imposible, sin imagen o en una imagen en devenir del pensamiento, sin duda alguna un acto imposible que no piensa sino lo imposible creando nuevas posibilidades. En suma, liberar una materia impensable para volverla pensable. Después de todo, pensar es crear y resistir, resistir en una doble lucha contra la opinión y el caos, y como la hierba entre los adoquines, sortearse entre aquello que lo imposibilita para erigirse en una nueva forma de existencia, en una nueva forma de vida. Es crear, y no se crea sino lo nuevo, definitivamente nada que esté dado, nada a priori, sino aquello que se nos presenta como un enigma y excede la actualidad de nuestro tiempo. Es la forma de resolver de otra manera los problemas, de plantearlos de otra manera. Efectivamente, la actividad que nos inquieta es el acto intempestivo e inactual en beneficio de un tiempo futuro, de un pueblo por venir, que hace sensible otro modo de percibir, otro modo de comprender. Pues bien, los grandes pensamientos son aquellos que cambian, que modifican, lo que significa pensar.

Filosofía

Como mencionamos anteriormente, la filosofía es una forma de pensamiento, y pensar es crear. Y como todo pensamiento, toda creación se lleva a cabo en un dominio particular, el pensamiento o la creación propia de la filosofía es el concepto. La filosofía para Deleuze es la disciplina o la actividad que consiste en crear conceptos,[56] crear conceptos siempre nuevos.

La única condición es que satisfaga una necesidad y que presente cierta extrañeza, cosa que solo sucede cuando responde a problemas verdaderos. El concepto es lo que impide que el pensamiento sea simplemente una opinión, un parecer, una discusión, una habladuría.[57]

El concepto es la creación singular que emerge entre las adversidades del caos y la opinión como la respuesta necesaria ante la urgencia de un problema. Los conceptos son creados y es el filósofo el encargado de hacerlo, es el especialista en crearlos. Hay múltiples formas de pensar, de crear; la filosofía y el arte son creadoras, pero corresponde únicamente a la filosofía la creación de conceptos en sentido estricto.[58] La creación de conceptos es la exclusividad filosófica, el concepto es una idea filosófica. Un filósofo debe crear sus propios conceptos, por eso hay que desconfiar de los conceptos que no son propios. Estos hay que crearlos y esta creación mantiene una estrecha relación con su creador, con lo cual tienen su propia firma, los conceptos nuevos y propios remiten a problemas, historias y devenires propios.

Hay estilo en filosofía, cada filósofo tiene su estilo, un estilo que está dado por el concepto y la palabra que lo designa, entre la singularidad de las palabras y su elección. Es una cuestión de gusto, un gusto propiamente filosófico. Nietzsche tiene su estilo, Platón el suyo, cada uno constituye en la lengua, en su propia lengua, un lenguaje filosófico. Algunos necesitan palabras extraordinarias que los designan, otros, palabras simples y corrientes cargadas y resignificadas conceptualmente, con un sentido más rico y renovado.[59] El concepto no es una proposición, se distingue de esta. El concepto es un acontecimiento y la proposición, al definirse por su referencia, nada tiene que ver con el acontecimiento. La proposición hace referencia a un estado de cosas mientras que la filosofía en la creación de conceptos distingue el acontecimiento del estado de cosas que lo encarnan, la filosofía establece un acontecimiento nuevo de las cosas y de los seres, un nuevo reparto de las cosas, de lo sensible. Crear un concepto es establecer un acontecimiento. Los conceptos y por lo tanto la filosofía no son discursivas sino más bien resonantes, y como las resonancias, los conceptos son vibraciones que mantienen interferencias unos con otros. Los conceptos solo tienen consistencia, no son jerarquizables sino que se mantienen en una relación inmanente, los componentes de uno pueden formar otro concepto con componentes heterogéneos.

La naturaleza del concepto como realidad filosófica implica el hecho de que este no está dado o más bien no viene dado sino que es creado, es un acto del pensamiento, una creación. Por lo que el concepto no está formado sino que tiene que adquirir una cierta consistencia, plantearse a sí mismo en sí mismo. Estas ideas propiamente filosóficas no son ideas abstractas o generales, toda creación es singular, y los conceptos son singularidades complejas conformadas de múltiples componentes entre los cuales puede haber otros conceptos. “Un concepto es una heterogénesis, es decir una ordenación de sus componentes por zonas de proximidad”.[60] No hay conceptos simples, todos ellos son complejos, es una multiplicidad finita, un compuesto finito que se extiende hasta el infinito. Son multiplicidades abierta y potencialmente variables que están compuestas y es ese compuesto, sus múltiples componentes, lo que lo define. Tales componentes son elementos intensivos y la relación que mantienen entre sí requiere una cierta consistencia para que el concepto adquiera tal singularidad. El concepto es el punto de condensación de sus propios componentes, y cada componente es un rasgo intensivo de este, en este sentido es la unidad intensiva de sus elementos. Los componentes y la consistencia que estos adquieren en un determinado concepto son dos dimensiones distintas pero relacionadas. Relativo en tanto fragmentario, respecto a sus componentes, los demás conceptos y del plano sobre el que se delimita, y absoluto como totalidad, por la condensación que adquiere y su lugar en el plano, el concepto se ajusta al filósofo, quien lo ajusta, reajusta y cambia incesantemente a condición de problemas nuevos y de un plano distinto respecto al cual el concepto pierde todo sentido. El concepto definido por la consistencia tendida entre su endoconsistencia y su exoconsistencia es autorreferencial; a la vez que es creado se plantea a sí mismo y su objeto.[61] En efecto, al estar compuesto debe volver sus distintos y heterogéneos componentes inseparables entre sí. Por un lado, la endoconsistencia o consistencia interna está dada por el solapamiento de sus propios componentes. Por otro lado, la exoconsistencia o consistencia externa está dada por su relación con otros conceptos. En todo concepto hay componentes que derivan de otros conceptos, que responden a otros problemas correspondientes a otro plano, con lo cual los conceptos no son puros sino que están compuestos de restos y de componentes de otros conceptos que conforman su propia historia. La historia de los conceptos es la historia de las variaciones que sufren en las migraciones de un problema a otro. Este no es sino su devenir, esto es, las series de relaciones virtuales que la singularidad del concepto, y por lo tanto del problema, mantiene en interconexión con otros problemas y conceptos, que se tornan indiscernibles. Tanto en su historia, como en su devenir y sus conexiones, el concepto remite siempre a otro compuesto, resuena.

Si los conceptos resuenan es porque hay un medio que lo permite. Para su creación todo concepto remite a un problema y supone un plano, el problema hay que plantearlo y el plano hay que trazarlo, hay que hacerlo. Esto se debe a que todo concepto supone un plano; la filosofía crea conceptos en un plano de inmanencia o de consistencia. Los conceptos filosóficos como totalidades fragmentarias y centros vibratorios resuenan en un plano de inmanencia, resuenan porque hay un plano que los hace entrar en resonancia. Un plano que cada filósofo presenta como un todo que los incluye, y este plano de consistencia o de inmanencia es correlativo a los conceptos. La filosofía crea conceptos y establece un plano que los contiene, el plano es el medio elástico y fluido sobre el cual el pensamiento se mueve.[62] “El plano es lo que garantiza el contacto de los conceptos, con una conexión siempre creciente, y son los conceptos los que garantizan el asentamiento de población del plano sobre una curvatura siempre renovada, siempre variable”.[63]

El plano de inmanencia es lo que tiene pero no puede ser pensado en el pensamiento, es su intimidad transversal, es una sección consistente del caos, que, como mencionamos anteriormente, amenaza con deshacer en lo infinito toda consistencia. Pero el plano de inmanencia es el intermediario, el tamiz entre el caos y la creación de conceptos; en él, la filosofía conserva los movimientos infinitos por intercambio incesante. El plano de inmanencia es prefilosófico, es el presupuesto no preexistente, esto quiere decir que no preexiste a la filosofía sino que es simultáneo, prefilosófico y preconceptual, que se traza o se instaura a la vez que la creación de conceptos como actividad propiamente filosófica se sucede. La filosofía y los conceptos tienen una comprensión no filosófica y no conceptual que es el plano de consistencia o de inmanencia.

Las posibilidades de vida o los modos de existencia solo pueden inventarse sobre un plano de inmanencia que desarrolla la potencia de los personajes conceptuales. El rostro y el cuerpo de los filósofos albergan a esos personajes que les confieren a menudo un aspecto extraño, sobre todo en la mirada, como si otra persona viera a través de sus ojos.[64]

Entre el plano de consistencia y los conceptos habita una especie muy particular de personaje; Sócrates lo llamaba Platón, Zarathustra y Dionisos lo llamó Nietzsche. No siempre aparecen o se muestran pero están y tienen que ser reconstruidos por el lector,[65] conforman el ritmo de un pensamiento. Estos singulares y variados pensadores son los personajes conceptuales. Ellos son una especie de existencia confusa que emerge y se oculta entre el plano de inmanencia y el concepto, vive e insiste entre ambos, está en presupuesto recíproco. “Los personajes conceptuales ejecutan los movimientos que describen el plano de inmanencia del autor, e intervienen en la propia creación de conceptos”.[66] Son potencias de concepto que efectúan una doble intervención, entre el caos y los rasgos diagramáticos del plano de inmanencia y entre el plano y los rasgos intensivos de los conceptos.[67] Como un leitmotiv el personaje conceptual es quien manifiesta el movimiento, el devenir del filósofo; Nietzsche deviene Dionisos a la vez que Dionisos deviene filósofo. Permite al filósofo devenir otra cosa que filósofo a la vez que el personaje lo deviene, es la alternativa al pensador profesional, al profesor. Es quien encarna el movimiento en una dramática de pensamiento, el verdadero agente de enunciación.[68]

Así entonces, la filosofía es una forma de pensamiento singular constituida por tres elementos: trazar, inventar y crear. Esto quiere decir el plano de inmanencia prefilosófico que hay que trazar, los personajes prefilosóficos insistentes que hay que inventar y los conceptos filosóficos consistentes que hay que crear.[69] Son tres actividades simultáneas y en una íntima relación. Pero el pensamiento tiene sus espejismos, sus ilusiones, que es necesario delimitar, ilusión de trascendencia, ilusión de los universales, de lo interno, de la discursividad, etc.,[70] que asigna al pensamiento una función y un significado. En cambio el constructivismo denuncia todo tipo de universales, contemplación, reflexión y comunicación, estos son fuente de falsos problemas que emanan de la ilusión que rodean el plano.[71] “El primer principio de la filosofía consiste en que los universales no explican nada, tienen que ser explicados a su vez”.[72] Pues bien, pensar no es reproducir los esquemas conceptuales instaurados por una imagen dominante que establece un significado de lo que ello significa y en el cual nos reconoceríamos. De la misma manera que el saber no es la finalidad de la filosofía ni la verdad su inspiración sino que la inspira otro tipo de categorías muy diferentes con las que mide su éxito o su fracaso, tales como “interesante”, “notable” o “importante”.[73] “Lo interesante de la filosofía es que propone un nuevo reparto de las cosas, una nueva distribución: agrupa en un mismo concepto cosas que se tenían por muy diferentes, y separa mediante conceptos cosas que se tenían por muy próximas”.[74]

Así, pensar es el acto creativo que se traza entre dos imposibilidades, el caos que deshace en lo infinito toda creación y la opinión y sus universales de trascendencia que extingue todo acto creativo. Se hace filosofía si se tiene la necesidad de conceptos nuevos que crear. Pero esto entraña dos peligros, repetir lo que ya se ha dicho mil veces y buscar lo nuevo por lo nuevo.[75] En ambos casos se trata de copiar, de reproducir, de copiar lo antiguo o de copiar la moda.[76] En filosofía pensar es crear conceptos que emergen ante la urgencia del planteamiento de un problema que constituye su sentido; en otros términos, el sentido del concepto está dado por el problema al cual remite. Pero esta creación es indisociable de un titubeo, de una experimentación, en el que el filósofo a través de sus personajes conceptuales deviene otra cosa que filósofo, “Uno no piensa sin convertirse en otra cosa, en algo que no piensa, en un animal, un vegetal, una molécula, una partícula, que vuelve al pensamiento y lo relanza”.[77] Trazando un plano de inmanencia en el caos que constituye la imagen en devenir que se da a sí mismo de lo que significa pensar, en el que el pensamiento reivindica solo el movimiento que puede ser llevado al infinito.[78] Por lo que dicha imagen no le es proporcionada sino que es trazada en el acto mismo de pensar, y en el que el movimiento se constituye como imagen y materia del pensamiento. Entonces, esta sección consistente del caos que traza es el plano de inmanencia que desarrolla la potencia de los personajes conceptuales inventados, creando un concepto finito que devuelve el infinito del caos en una imagen en devenir del pensamiento.

El arte

Resuenan los ecos de una pregunta ya planteada: ¿qué es pensar? Pues si esta pregunta era fundamental para la filosofía, no es exclusiva de ella ni menos importante para las artes. El arte es una forma de pensamiento, por lo cual el problema del pensamiento resuena en sus diferentes formas. Por supuesto que el problema del arte no es el mismo que el de la filosofía, el arte o las diferentes expresiones artísticas tienen sus propios problemas. Ahora bien, si todo pensamiento supone, como mencionamos anteriormente, una imagen de lo que ello significa, el arte tiene su imagen, una manera de pensar, de orientarse en el pensamiento. Hay una imagen del pensamiento sensible. Pero aquello que hay que determinar es qué tipo de imagen construye el arte sobre sí mismo de lo que significa pensar, o más bien, qué imagen se atribuye o se impone sobre el arte de lo que ello significa. Pues bien, en el arte –como en la filosofía– el pensamiento tiene sus propias formas de ser inactivo. Hay una imagen dogmática de lo sensible que ordena la sensación, que organiza las percepciones y las afecciones en un sentido común propiamente estético que configura un reparto de lo sensible. Hay una imagen dogmática del pensamiento sensible que se despliega a través de las artes. Dicha imagen opera sobre la sensación formándola, codificándola, reduciéndola a percepciones y afecciones dominantes. Esto conforma un sentido común propiamente sensible, o una opinión sensible que nos dice cómo sentir. En el que una sensación representaría un estado determinado y bien delimitado del sentir, o un cliché. Pero una obra no reproduce una regla sino que instaura una nueva. Una obra es siempre una anomalía respecto de los esquemas sensibles dominantes.

Esa imagen dominante de lo sensible que se proyecta en la reproducción de la representación de las formas en lo sensible a través de clichés conforma el sentido común propiamente estético. Pero el problema del arte es la sensación, cómo extraer de lo dado la sensación. El cliché es lo dado, lo fácil, la forma misma de ser inactiva del pensamiento sensible. Donde la sensibilidad se reconoce en las representaciones dominantes provocando una cierta sensualidad y nada más, que puede producir un efecto hipnótico. Pero pensar no puede ser, como mencionamos anteriormente, la impasibilidad de reproducir lo pensable o lo pensado del pensamiento, esto es, reproducir lo sentido. Puesto que el arte es una forma de pensamiento sensible, pensar no puede ser reconocerse en las representaciones de lo sensible. Y siendo que pensar es crear, la creación propiamente artística será bloques de sensación o agregados sensibles. “Se pinta, se esculpen, se componen, se escriben sensaciones”,[79] afirma Deleuze junto a Guattari. No lo dado a la sensibilidad, la opinión o el cliché adheridos a los sentidos, sino la sensación, que no nos es dada sino que hay que extraerla. Una obra de arte o una composición es un bloque de sensaciones, un compuesto de perceptos y afectos. “Los acordes son afectos. Consonantes o disonantes, los acordes de tono o de colores son los afectos de música o de pintura”.[80] Deleuze distingue los perceptos de las percepciones y los afectos de las afecciones o sentimientos que constituyen lo dado. Los perceptos no son percepciones que remiten a un objeto y los afectos no son sentimientos que remiten a un sujeto. Este bloque de perceptos y afectos conforman la sensación, un ser de sensación que vale por misma independiente de cualquier referencia objetiva o subjetiva. Por lo que para Deleuze una obra de arte es un ser de sensación. Si la sensación es independiente del sujeto y del objeto, también lo es del material. La sensación no es el material, no se confunde con él. El material es el medio, es aquello que da a la sensación el poder de existir pero no se confunde con él.

Pero para salir del cliché es necesario pasar por el caos, hay que hundirse en el caos. Todo pensamiento o acto creativo al no ser un acto fundador se encuentra arrojado a un abismo sin fondo, ante la inminente disolución en lo infinito. El caos es lo primero que se nos presenta cuando queremos aventurarnos a pensar, cuando se inaugura el acto de composición. Pero las opiniones son aquello que se nos presenta inmediatamente como un lugar seguro para protegernos de ese caos que amenaza con deshacer el pensamiento en lo infinito. Pero esta doble lucha contra el caos amenazante y las opiniones tranquilizadoras no se puede llevar a cabo sin una cierta afinidad con el enemigo, el caos. Pues afrontamos un combate mayor contra la opinión que sin embargo pretende protegernos del caos. “El arte no tiene opinión. El arte desmonta la organización triple de las percepciones, afecciones y opiniones, y la sustituye por un monumento compuesto de perceptos, de afectos y de bloques de sensación que hacen las veces de lenguaje”.[81]

Como la filosofía, el arte necesita algo más, traza un plano en el caos, vence al caos trazando un plano. Porque solo sumergiéndose en el caos el arte vence a la opinión[82] para extraer algo de él. El artista se sumerge en el caos para extraer de él unas variedades que no constituyen una reproducción de lo sensible en los órganos sino que crean un ser de sensación en un plano de composición anorgánica que es capaz de volver a dar lo infinito.[83] El artista se pelea menos contra el caos, de quien extrae todas sus fuerzas, todo su potencial, que contra la opinión. El artista desgarra la opinión, fractura lo sentido para alcanzar la sensación. “El arte afectivamente lucha con el caos, pero para hacer que surja una visión que lo ilumine un instante, una sensación”.[84] El arte se compone tan poco de opinión como de caos. Así como evita componer una obra de opinión evita también realizar una obra de caos, ninguna es buena ni mejor que la otra. Se pelea contra el caos pero para extraer de él las armas que le permiten afrontar el combate mayor contra la opinión.[85] Lucha contra el caos pero para hacerlo sensible. “El arte toma un trozo de caos en un marco, para formar un caos compuesto que vuelve sensible, o del que extrae una sensación caoidea como variedad”.[86] El arte crea una composición del caos, un caos compuesto o caosmos, que da la sensación. Caoidea es la realidad producida, creada sobre un plano que secciona el caos, y transforma el caos en caoideas.

La finalidad del arte, con los medios del material, consiste en arrancar el percepto de las percepciones del objeto y de los estados de un sujeto percibiente, en arrancar el afecto de las afecciones como paso de un estado a otro. Extraer un bloque de sensaciones, un mero ser de sensaciones.[87]

El artista crea un bloque de perceptos y afectos cuya única ley, dice Deleuze, consiste en que el compuesto se sostenga por sí mismo.[88] Que se sostenga, que se conserve en sí mismo quiere decir que es independiente de cualquier modelo, de cualquier combinación efímera o referencia y no se disuelve en el caos. Para que un bloque de sensación exista por sí mismo, hay que limpiar la partitura, limpiar el lienzo del pintor, la cabeza, el cuerpo, de todo lo que es escoria. Hay que hendir la materia, saturarla, e investir los sentidos, sacar todo aquello que se adhiere a la percepción, a las percepciones corrientes y vividas. Componer no se hace según los moldes de la percepción o de reglas preestablecidas de composición sino a pesar de ello. Los artistas y los filósofos crean algo, ven algo que es más grande que ellos, que los desborda. El arte necesita algo más que la destreza del compositor o del pintor que reproduce y marca las formas musicales o pictóricas y humanas. El arte demanda la potencia de un fondo capaz de disolver las formas e imponer zonas de indiscernibilidad, que provoca devenires no humanos. Para ello el artista debe crear procedimientos que varían en cada caso.

La sensación es lo contrario a lo fácil y lo acabado, del cliché, pero también de lo sensacional, de lo espontáneo… La sensación tiene una cara vuelta hacia el sujeto…, y una cara vuelta hacia el objeto. O, más bien, no tiene dos caras, es las dos caras indisolublemente, es ser-en-el-mundo, como dicen los fenomenólogos: a la vez devengo en la sensación y algo ocurre en la sensación, lo uno por lo otro, lo uno en lo otro.[89]

Independiente del material, aunque no subsista más que el tiempo que este exista, como también del sujeto de representación sensible y del objeto representado sensiblemente. Un afecto es una sensación, es una zona de indeterminación o de indiscernibilidad que antecede a la diferenciación natural,[90] es lo indeterminado. En este sentido, el afecto es el devenir no humano del hombre.[91] Es decir, aquello que desborda las funciones orgánicas propiamente humanas para deshacerlas en la pura sensación. Es abrir el cuerpo a otras formas de percibir. Devenir en la sensación es que algo pase de un lado a otro, sin términos, las dos caras indisolublemente. “Los afectos son precisamente esos devenires no humanos del hombre como los perceptos son los paisajes no humanos de la naturaleza”.[92] El artista es creador de afectos en relación con los perceptos que nos da y nos toma en el compuesto. El percepto y el afecto conforman un bloque que nos toma, nos arrastra en un movimiento hacia lo indeterminado. El bloque de percepto y afecto o el ser de la sensación surgen en un entrelazamiento íntimo como la unidad reversible del que siente y de lo sentido.[93] El artista es quien crea afectos desconocidos o mal conocidos, agrega variedades nuevas, seres nuevos al mundo. El arte crea seres de sensación, nuevas formas de sentir, nuevas formas de vida. Siempre de lo que se trata es de devenir, no ser esto o aquello, sino devenir, devenir animal, devenir imperceptible. El arte provoca devenires y para ello hace falta el estilo, los modos y ritmos de un músico o de un pintor que extraen el percepto a las percepciones vividas y el afecto a las afecciones vividas. Alcanzar el percepto es volver sensibles las fuerzas insensibles que pueblan el mundo, que nos afectan y nos hacen devenir, todo está entonces en relación con las fuerzas, todo es fuerza.[94] Las fuerzas como perceptos y los devenires como afectos. “La fuerza está en estrecha relación con la sensación: es preciso que una fuerza se ejerza sobre un cuerpo […] para que haya sensación”.[95] La fuerza es la condición de la sensación pero la fuerza no es sentida. La sensación es un devenir. El ser de sensación es el devenir no humano del hombre.

Aquello que define al arte y a la filosofía, como a toda forma de pensamiento, es afrontar siempre el caos, trazar y establecer un plano en el caos. Pero mientras la filosofía pretende salvar lo infinito dándole consistencia, trazando un plano de inmanencia que lleva al infinito conceptos consistentes a través de personajes conceptuales, el arte se propone crear un finito que devuelva lo infinito trazando un plano de composición que es portador de sensaciones compuestas a través de figuras estéticas.[96] Nos referimos anteriormente a Zarathustra como un personaje conceptual y como una figura estética, pero hay un devenir conceptual que concierne a la filosofía y un devenir sensible que corresponde al arte. Las figuras estéticas no son idénticas a los personajes conceptuales, aunque pueden pasar uno dentro de otro, una evolución paralela, como en Zarathustra. Las figuras estéticas son sensaciones, son devenires sensibles.

El devenir sensible es el acto a través del cual algo o alguien incesantemente se vuelve otro (sin dejar de ser lo que es)… mientras que el devenir conceptual es el acto a través de cual el propio acontecimiento común burla lo que es.[97]

El concepto es la heterogeneidad comprendida en una forma absoluta, mientras que la sensación es la alteridad introducida en una materia de expresión.[98] Ambos pensamientos se cruzan y se entrelazan pero sin síntesis ni identificación, filosofía y arte se diferencian por el plano que ocupan. Los planos son irreductibles, la filosofía traza un plano de inmanencia para crear conceptos a través de personajes conceptuales, el arte traza un plano de composición para crear una sensación a través de figuras estéticas.[99] Mientras que el plano de la filosofía es un plano de inmanencia, el plano artístico es el plano de composición. “Composición, composición, esa es la única definición del arte. La composición es estética, y lo que no está compuesto no es una obra de arte”.[100] El plano de composición no está dado, no está preconcebido en abstracto, sino que se construye o se traza a medida que la obra avanza, abriendo camino, removiendo desechos, deshaciendo y volviendo a hacer compuestos de sensación. “Todo sucede entre los compuestos de sensaciones y el plano de composición estética”.[101] Pues bien, el plano no se sitúa antes ni después, sino que se traza a medida que la obra avanza. Hay una estricta coexistencia y complementariedad entre el plano de composición y la sensación compuesta. La composición estética es el trabajo de la sensación, en el cual el artista lleva a cabo una trasmutación de sí mismo, una mutación subjetiva por la obra, que la misma obra es capaz de provocar a todo aquel que se confronta con ella.

Alianza activa entre arte y filosofía

Cuando se vive en una época de indigencia, la filosofía se refugia en la reflexión “sobre” esto o aquello; cuando no crea nada, ¿qué puede hacer sino “reflexionar sobre”? Así pues, reflexiona sobre lo eterno, o sobre la historia, pero no alcanza a hacer ella misma ningún movimiento.[102]

Deleuze entiende la filosofía como un constructivismo y las resonancias que sus creaciones efectúan son resonancias constructivas. La filosofía no es reflexión sobre algo diferente, como en este caso el arte. Ella se ocupa de algo muy concreto, la creación de conceptos. Comprender un concepto no es más fácil ni más difícil que experimentar una sensación. La filosofía no reflexiona sobre el arte, aunque es normal que cree conceptos que resuenen en él. En este sentido, la materia de la filosofía, ese finito que devuelve el infinito o el concepto, es un centro de vibraciones que resuena en el pensamiento y lo compone según conexiones siempre crecientes, siendo que “Si un concepto es mejor que uno anterior es porque permite escuchar variaciones nuevas y resonancias desconocidas”.[103] Hay incluso puntos de indiscernibilidad en los cuales la misma cosa podría expresarse mediante sensaciones o conceptos, y, sin embargo, cada disciplina mantiene su propio movimiento, sus medios y sus problemas.[104] “La filosofía no está en posición de reflexión exterior sobre los demás dominios sino en posición de alianza activa e interior con ellos, y no es ni más abstracta ni más difícil que ellos mismos”.[105]

Pues bien, no hay pensamientos generales, siempre se realiza en un dominio determinado, el filosófico o conceptual y el artístico o sensible. Se piensa mediante conceptos o bien mediante sensaciones, y ninguno es mejor que otro, no es ni más pleno ni más completo ni más sintéticamente pensamiento.[106] Es desplegar un potencial ya inscripto en un domino de expresión y es inseparable de este, una forma singular de sensibilidad. Una crítica a la representación y a los universales implica el rechazo de toda tentativa de hablar en lugar de, debido a que no se trata de que la filosofía hable sobre el arte, que reflexione sobre el arte, que lo someta, que se exprese por él. Tampoco se trata de que la filosofía le aporte algo al arte, aunque es posible que esto suceda, sino de lo que el arte tiene que aportarle a la filosofía en ese terreno en el cual se vuelven irreconocibles, el terreno de la creación. Para ello hace falta que haya una necesidad, pues no se piensa sino por una necesidad absoluta que se produce en el acto de resistencia ante el reparto de lo sagrado y lo profano, y la creación de nuevas formas de pensar y de sentir. Para proponer un nuevo reparto de las cosas, un nuevo reparto de lo conceptual, de lo sensible. Esto es lo nuevo: la forma de resolver de otra manera los problemas, porque se los ha sabido plantear de otra manera, de una forma nueva.[107] No se piensa por naturaleza sino por encuentro, resonancia, “En el universo todo son encuentros”.[108] Así, un encuentro entre filosofía y arte es una relación que nos fuerza, una necesidad que nos hace experimentar el afuera de la filosofía y del arte para arrojarnos a ese espacio intermezzo propio del pensamiento, de la creación. Como la hierba entre los adoquines, las artes y la filosofía, en una alianza activa del pensamiento, resisten a los poderes que las asedian, creando un nuevo reparto de lo conceptual y lo sensible que promueven nuevas formas de pensar y de sentir, y abren camino a nuevas formas de subjetividad. Escribir, componer, y en definitiva pensar son una tentativa de liberar la vida de aquello que la aprisiona.

Bibliografía del autor

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  1. Deleuze, G. y C. Parnet, Diálogos, Valencia, Pre-textos, 2004, pág. 11.
  2. Sosa, J y S. Díaz, Hacer audibles… Devenires, planos y afecciones sonoras entre Deleuze y a música contemporânea, Mar del Plata, Suárez, 2013, pág. 14.
  3. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 13.
  4. Ibidem, pág. 5.
  5. Cf. Patton, P., Deleuze y lo político, Buenos Aires, Prometeo, 2013, pág. 38.
  6. Cf. Deleuze, G y F. Guattari, Mil mesetas. Capitalismo y esquizofrenia, Valencia, Pre-textos, 1997, pág. 299.
  7. Ibidem, pág. 299.
  8. Cf. Mengue, P., Deleuze o el sistema de lo múltiple (trad. J. M. Fava y L. Taxi), Buenos Aires, Las Cuarenta, 2008., pág. 51.
  9. Cf. Ibidem, pág. 56.
  10. Deleuze, G., Conversaciones, Valencia, Pre-textos, 2006, pág. 209.
  11. Idem, Nietzsche y la filosofía, Anagrama, 2002, pág. 152.
  12. Cf. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., págs. 29-30.
  13. Deleuze, G., op. cit., págs. 210.
  14. Ibidem, pág. 211.
  15. Cf. Deleuze, G., Diferencia y repetición, España, Amorrortu, 2002, págs. 201-206.
  16. Cf. Ibidem, pág. 208.
  17. Ibidem, pág. 214.
  18. Cf. Ibidem, págs. 213-214.
  19. Cf. Ibidem, págs. 227-234.
  20. Mengue, P., op. cit., pág. 254.
  21. Cf. Deleuze, G., op. cit., pág. 237.
  22. Ibidem, pág. 243.
  23. Ibidem, pág. 247.
  24. Cf. Ibidem, págs. 242-250.
  25. Cf. Ibidem, págs. 253-254.
  26. Cf. Patton, P., op. cit., pág. 37.
  27. Cf. Ibidem, pág. 37.
  28. Deleuze, G., op. cit., pág. 210.
  29. Cf. Mengue, P., op. cit., pág. 251.
  30. Deleuze, G. y F. Guattari, ¿Qué es la filosofía? (trad. Thomas Kauf), Barcelona, Anagrama, 1993, pág. 148.
  31. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 17.
  32. Deleuze, G., op. cit., pág. 3.
  33. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 20.
  34. Deleuze, G., op. cit., págs. 7-8.
  35. Cf. Ibid. pág. 191.
  36. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 55.
  37. Deleuze, G., op. cit., pág. 151.
  38. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 161.
  39. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., 6.
  40. Cf. Deleuze, G., op. cit., pág. 3.
  41. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., págs. 12-13.
  42. Cf. Ibidem, pág. 12.
  43. Cf. Ibidem, pág. 14.
  44. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 14.
  45. Deleuze, G., op. cit., pág. 230.
  46. Cf. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 8.
  47. Ibidem, pág. 9.
  48. Pellejero, E., Deleuze y la redefinición de la filosofía. Apuntes desde la perspectiva de la inactualidad (tesis doctoral), 2007, pág. 230.
  49. Ibidem, págs. 215-216.
  50. Cf. Zourabichvili, F., Deleuze. Una filosofía del acontecimiento, España, Amorrortu, 2004, págs. 26-27.
  51. Cf. Deleuze, G., Proust y los signos, Barcelona, Anagrama, 1970, págs. 177-185.
  52. Deleuze, G., op. cit., pág. 227.
  53. Cf. Zourabichvili, F., op. cit., pág. 34.
  54. Cf. Foucault, M. y G. Deleuze, Theatrum philosophicum seguido de Repetición y diferencia, España, Anagrama, 2006, pág. 25.
  55. Cf. Zourabichvili, F., op. cit., pág. 28.
  56. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 11.
  57. Deleuze, G., op. cit., pág 192.
  58. Ibidem, pág. 11.
  59. Cf. Ibidem, págs. 13-14.
  60. Ibidem, pág. 26.
  61. Cf. Ibidem, pág. 27.
  62. Cf. Ibidem, pág. 39.
  63. Ibidem, pág. 41.
  64. Ibidem, pág. 75.
  65. Cf. Ibidem, págs. 63-65.
  66. Ibidem, pág. 65.
  67. Cf. Ibidem, pág. 77.
  68. Cf. Ibidem, pág. 66.
  69. Cf. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 78.
  70. Cf. Ibidem, págs. 52-53.
  71. Cf. Ibidem, pág. 83.
  72. Ibidem, pág. 13.
  73. Cf. Ibidem, pág. 84.
  74. Deleuze, G., op. cit., pág. 198.
  75. Ibidem, pág. 199.
  76. Cf. Ibidem, pág. 199.
  77. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 46.
  78. Ibidem, pág. 41.
  79. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 167.
  80. Ibidem, pág. 165.
  81. Ibidem, pág. 178.
  82. Cf. Ibidem, págs. 202-204.
  83. Cf. Ibidem, pág. 203.
  84. Ibidem, pág. 205.
  85. Cf. Ibidem, pág. 205.
  86. Ibidem, pág. 207.
  87. Ibidem, pág. 168.
  88. Cf. Ibidem, pág. 165.
  89. Deleuze, G., op. cit., pág. 41.
  90. Cf. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 175.
  91. Cf. Ibidem, pág. 174.
  92. Ibidem, pág. 170.
  93. Cf. Ibidem, pág. 180.
  94. Deleuze, G., op. cit., pág. 66.
  95. Ibidem, pág. 63.
  96. Cf. Ibidem, pág. 199.
  97. Ibidem, pág. 178.
  98. Cf. Ibidem, pág. 179.
  99. Cf. Ibidem, pág. 218.
  100. Ibidem, pág. 194.
  101. Ibidem, pág. 198.
  102. Deleuze, G., op. cit., pág. 169.
  103. Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 33.
  104. Cf. Deleuze, G., op. cit., pág. 197.
  105. Ibidem, pág. 201.
  106. Cf.Deleuze, G. y F. Guattari, op. cit., pág. 200.
  107. Cf. Deleuze, G., op. cit., pág. 200.
  108. Deleuze, G. y C. Parnet, op. cit., pág. 69.


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