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¿Puede la belleza redimir al capitalismo?

Gilles Lipovetsky y el optimismo transestético

Esteban Cardone

Introducción

Gilles Lipovetsky es un filósofo francés nacido en París en el año 1944. Desde principios de la década de los ochenta ha publicado recurrentemente libros en donde su principal inquietud está vinculada al desarrollo actual de nuestras sociedades occidentales. De estilo llevadero, su prosa no incurre en oscuridades, incluso es poco académica; prefiere un lenguaje liso y llano para dar cuenta de una propuesta filosófica que, adelantamos, se hace fuerte en la descripción detallada de la cotidianidad. Lipovetsky es un pensador cuyo periplo intelectual lo ha conducido a visitar la obra de figuras como Marx, Nietzsche, Freud, Lévi-Strauss, Deleuze, Lyotard, Baudrillard y Alexis de Tocqueville, entre otros. De este último se ha servido en gran medida para reivindicar la idea de igualdad material entre las personas, y a ello ha asociado el filósofo francés no solo el soporte que brindan las democracias liberales, sino fundamentalmente el despliegue global del capitalismo. ¿Qué otro sistema está capacitado para dar bienestar a los miles de millones que pueblan el planeta?,[1] se pregunta en La estetización del mundo.

En tal sentido, Lipovetsky no es un filósofo pesimista, que reniegue de las posibilidades del capitalismo; dicha toma de posición, por simple que pueda parecer, denota ya el tinte que impregna su obra. Ello no lo vuelve ingenuo respecto de las miserias que el propio sistema engendra, sino que lo obliga a ubicarse en un lugar que le permita hacer objeciones pero sin dejar de reivindicar lo que considera loable de este. De allí que el marxismo deje de ser una referencia para el autor, como lo fue quizá en su juventud, cuando en Poder obrero, acompañado por Lefort y Castoriadis, lanzaba invectivas contra el capitalismo y la sociedad burocrática de entonces.

Lipovetsky estudió filosofía en la Universidad de Grenoble; vivió el movimiento estudiantil de mayo de 1968 más animado por su propuesta libertaria que por sus proclamas antisistema; publicó su primer libro, La era del vacío, en el año 1983 y con ello se ganó el rótulo de posmoderno. Desde entonces, se convirtió en un autor prolífico a la vez que fue incrementando su prestigio merced a distinciones como la de caballero de la Legión de Honor francesa, y múltiples doctor honoris causa de varias universidades alrededor del mundo. El reconocimiento público lo llevó a convertirse en un conferencista bien remunerado, mientras que era nombrado profesor titular en Grenoble en el año 1983. Lipovetsky es demandado aún hoy como docente por escuelas para empresarios y su trabajo como consultor también es valorado.

Su pensamiento se halla reflejado en casi una veintena de libros en donde, como ya se adelantó, analiza el devenir de la sociedad capitalista. Pero Lipovetsky no es un pensador afecto a sistematizar su teoría, a hacer de ella un cuerpo ordenado y coherente de ideas. Tampoco es un filósofo a la “vieja usanza”; no es un pensador de la totalidad. Prefiere, en todo caso, describir la realidad, estudiar fenómenos cotidianos concretos, incluso insospechados, y de allí derivar su análisis del estado de cosas vigente. Un ejemplo de ello es El imperio de lo efímero: la moda y su destino en las sociedades modernas de 1987, en donde, como bien menciona el título, “hace tema” del mundo de la moda, del sistema que comprende, para reconocer en él un potencial dinamizador de las sociedades modernas y releerlo a partir de nuestro presente. Si tradicionalmente imaginamos al filósofo como a un ser encerrado en un mundo de ideas lejano, como a una figura alienada de la realidad material y ordinaria, Lipovetsky nos obliga a replantearnos dicha imagen a partir de su propia labor, afecta a no desentenderse de los fenómenos de corte masivo o corriente.

La era del vacío

Como bien señalaba Lipovetsky en 1983, dirimir si es pertinente hablar de posmodernidad implica tener una perspectiva histórica de nuestro tiempo:

Una interpretación en profundidad de la era de la que salimos parcialmente pero que, en muchos aspectos, prosigue su obra […] si se anuncia una nueva era del arte, del saber y de la cultura, se trata de determinar qué es lo que queda del ciclo anterior, lo nuevo reclama la memoria, la referencia cronológica, la genealogía.[2]

La aclaración posee un rasgo metodológico claro, habla de cómo trabaja Lipovetsky, de cómo entiende la tarea comparativa. El derecho a etiquetar una era queda justificado, según el parecer del filósofo, si sus particularidades no se acotan a un solo ámbito de la realidad, o dicho de un modo más sencillo, si se registra un cambio significativo a escala del todo social. Lipovetsky desde ya cree que esto ocurre, que tenemos el pleno derecho a decir que vivimos en una sociedad posmoderna.

El punto de partida se remonta al movimiento cultural del siglo XIX y comienzos del siglo XX llamado modernismo, que significó por entonces un quiebre con la tradición, una nueva lógica que rendía culto a lo nuevo y al cambio. El arte se propuso romper con su propia historia, con sus temas, sus procedimientos, sus técnicas, etc.; se autoimpuso un rol activo en la transformación de la sociedad. Ello, desde luego, toma cuerpo en las vanguardias artísticas de principios del siglo XX,[3] que poseen un doble carácter: por un lado el rupturista, aquel que denuncia la obsolescencia de los cánones del arte, de sus fines, el que se rebela contra los encorcetamientos morales y el modo de vida burgués; por otro lado el creador o propositivo, que asocia al arte finalidades y compromisos novedosos hasta entonces (de corte político y social; en ciertos casos revolucionarios y en otros ciertamente reaccionarios), que exalta la creación, el cambio, la libertad del pensamiento y de los procedimientos para hacer arte. Desde el arte parte la rebelión contra el orden instituido, contra el espíritu burgués y contra la sociedad que él produce. A ello los artistas oponen “Vivir con la máxima intensidad, desenfreno de todos los sentidos, seguir los propios impulsos e imaginación, abrir el campo de las experiencias”,[4] la cultura modernista hace especial hincapié en el individuo, como dice Lipovetsky, en el Yo encuentra su centro.

El individualismo hedonista hizo allí su aparición, en declarada batalla contra el orden disciplinario impuesto por la sociedad burguesa. El modernismo, con su declarado interés en un individuo libre de ataduras, no representa para Lipovetsky una ruptura absoluta con el pasado, sino que es más bien parte de un proceso histórico por el cual las sociedades han ido haciéndose más libres y democráticas, es una suerte de prolongación cultural de un proceso que data de fines del siglo XVIII y que dio como resultado la conformación de sociedades sin fundamento divino. Dicho de otro modo, el modernismo es una instancia cultural e histórica de rechazo a la tradición y por consiguiente de afirmación de la libertad individual. “Arrancar la sociedad de su sujeción a las potencias fundadoras exteriores y no humanas, liberar el arte de los códigos de la narración-representación, es la misma lógica, instituyendo un valor autónomo que tiene por fundamento al individuo libre”.[5]

Allí se sugiere aquello que sospechábamos: Lipovetsky analiza fenómenos disímiles, compara acontecimientos de índole político, social y artístico, y en todos ellos observa un mismo ímpetu emancipatorio, un espíritu común, el que da como resultado la liberación del individuo, lo cual lo lleva a afirmar que el modernismo es vector de la individualización.[6] En tal sentido, el modernismo se presenta como un fenómeno rupturista, que rompe deliberadamente con la tradición, pero paradójicamente forma parte, como se sugirió, de un proceso mediante el cual el individuo se hace soberano de su propia existencia, de su organización social y política, se da a sí mismo los principios morales que guían sus actos y las leyes que colectivamente los aplican. El modernismo libera al arte de su propia historia y en tal sentido decimos que rompe o rechaza su pasado. Lo que surge de todos estos procesos de naturaleza muy diferente es un individualismo fortalecido, el valor de la autonomía personal se hace el centro de la existencia humana. Eso lo lleva a Lipovetsky a reconocer que “El modernismo artístico no introduce una ruptura absoluta en la cultura, perfecciona, con la fiebre revolucionaria, la lógica del mundo individualista”.[7]

Así interpretado, el modernismo no es una ruptura, sino la profundización de un proceso histórico. Resulta interesante observar que dicha conmoción en la concepción del arte indujo a que los artistas exploraran nuevos temas y técnicas, que trabajaran con materiales nuevos, otrora impensados, a que elucubraran nuevos procedimientos y objetivos de sus obras, y que todo ello constituyó un nuevo modo de legitimación individual, un rediseño de la subjetividad. Cada artista era a la vez que el autor de sus obras el artífice de sí mismo; el arte puso de relieve un proceso de construcción de la individualidad. Es la revolución individualista la que hizo posible el modernismo, hija de una nueva lógica social que pone en el centro a un Yo que busca su autodeterminación política, espiritual, moral, económica y, en este caso, artística.

A este marco remite el denominado proceso de personalización que sustituye la rigidez de los cánones artísticos que arrastra la tradición por una libertad tal que abre el paso a la experimentación, la creación y el consiguiente debate en torno al estatus mismo del artista y de la obra de arte. ¿Pero de qué se trata dicho proceso? Digamos en primer lugar que es un acontecimiento que abarca todas las manifestaciones del arte; los ejemplos que aporta Lipovetsky están dirigidos más específicamente a lo acontecido en la literatura y en las artes plásticas. En ellos puede verse una verdadera revolución, un deliberado poner “patas para arriba” las nociones más fundamentales, hasta entonces, de la experiencia artística de cada disciplina. La pintura es, quizá, el caso más fácil de comprender. Existía una relación más o menos establecida entre un cuadro y el espectador que lo contemplaba: la pintura representaba un espacio, un plano dado a un observador pasivo; todo ello era esperable, tanto el contenido definido del cuadro, identificable, circunscrito a una espacialidad confinada en el lienzo, como también un individuo inclinado a una expectación previsible, ya dispuesto o preparado a la experiencia contemplativa. Podría decirse vulgarmente que el vínculo se vivía inconscientemente de este modo: “Voy a pararme frente a un cuadro y a ver en él algo seguramente familiar”. Todo ello sufrió una verdadera conmoción, puesto que cambió por completo la relación entre la obra y el espectador.[8]

La literatura comporta un cambio de proporciones comparables. El clásico narrador omnisciente que estructura un relato deja su lugar a subjetividades varias, fragmentarias e incluso mínimas. Las continuidades narrativas son vulneradas, las historias son contadas por varios personajes y el devenir de la conciencia cobra relevancia, a la par que lo hacen hechos inusitados por su pequeñez.

“Todo el arte moderno, por el hecho de sus producciones experimentales, está fundado en el efecto de distanciación y provoca sorpresa, sospecha o rechazo, interrogación sobre las finalidades de la obra y del propio arte”.[9] Lipovetsky describe muy elocuentemente el desafío o la dificultad que el modernismo supuso para un público acostumbrado a modos muy precisos de concebir y hacer arte, arraigados históricamente, que habían modelado un tipo de espectador, haciendo que este respondiera de un modo previsible ante la obra. Como señala Adorno en su obra Teoría estética:

Anteriormente, la forma tradicional de enfrentarse con las obras de arte […] era la de la admiración: las obras de arte son así en sí mismas, no para el que las contempla […] la relación con el arte no era la de la posesión del mismo, sino que, al contrario, era el observador el que desaparecía en la cosa.[10]

Con el modernismo la relación ante la obra, sea esta una novela, una escultura, una pintura o una canción, cambia radicalmente y lo propone al individuo como parte, implicándolo en una trama de sensaciones, interpretaciones y experiencias subjetivas, carentes de un punto de vista único o definitivo, ungiéndolo como cocreador de la obra. En definitiva, las convenciones del arte son afectadas, sus imposiciones transgredidas, lo que deja su experiencia abierta a una libertad sin precedentes históricos; las normas artísticas se disuelven, flexibilizan o mixturan y libran a la voluntad del individuo su designio. El proceso de personalización está estrechamente vinculado con la libertad individual para automodelar su experiencia; en este caso, emancipado de la tradición, el artista es libre de configurar su obra sin atenerse a jerarquías, referencias ni imposiciones externas. En el transcurso de la historia el mismo proceso conquistará otras esferas del acontecer humano, iluminando, según Lipovetsky, un orden social caracterizado por la fluidez, la movilidad y la apertura a las posibilidades más amplias para los individuos.

El acceso de enormes masas, consumo mediante, al ideal de vida hedonista que tiempo atrás ostentaban solo los rupturistas artistas modernos[11] consagró una nueva época: la posmodernidad. La fecha clave para ubicar los factores sustanciales que nos permiten hablar de un nuevo tiempo eclosionan en la famosa década de los sesenta. Según Lipovetsky la posmodernidad radicaliza los postulados del modernismo, todo lo que hemos venido describiendo hasta aquí, esa emancipación en el orden artístico, contamina otros órdenes de la vida y en su unión con el consumo de masas llega a conquistar la cotidianidad de millones. Lo que cambia definitivamente, según el autor, es el modo de vida. La imprecisión, los límites difusos, la flexibilidad que se hizo notar en la esfera del arte y que conmocionó sus cimientos se traslada ahora a la vida común de las personas. Ya no hace falta ser un artista iconoclasta para rebelarse ante las convenciones sociales y la moral vigente: dicha inclinación vital se afincó masivamente en el imaginario colectivo. El individuo ve disolverse su propio contorno, las prácticas antes regidas por normas añejas son reconsideradas en un marco general de desregulación de estas; el mundo cambia tan aceleradamente que el sujeto carece de referencias estables, lo cual lo obliga a ser móvil, flexible, capaz de cambiar rápidamente, de adaptarse. Ello requiere una extraña labor sobre sí, con resultados efectivos: la personalización de la propia vida, un acondicionamiento existencial en un medio sin señales que indiquen un rumbo común. Dicha labor privada ocurre a la par que el consumo de masas vuelve uniformes las conductas y millones de personas logran acceder a un sinfín de bienes; en tal sentido sus comportamientos se homogeneizan, todos consumen lo mismo. Sin embargo, lo anteriormente dicho es la contracara de ese fenómeno normalizador: a la par, el individuo personaliza su existencia, la modela a su gusto; cada individuo emprende una tarea de diferenciación del otro sin estar atado más que a su deseo de plenitud personal. “El consumo obliga al individuo a hacerse cargo de sí mismo […] la era del consumo se manifiesta y continúa manifestándose como agente de personalización de los individuos, obligándoles a escoger y cambiar los elementos de su modo de vida”.[12]

No está de más subrayar que todo ese empeño puesto en el ámbito privado, todo ese trabajo sobre sí de cada individuo, cobró enorme fuerza en detrimento de los proyectos colectivos y de las iniciativas públicas, lo cual trajo como consecuencia un cambio en las formas de socialización, en cómo nos relacionamos entre nosotros y respecto de las cosas que nos incumben en común a todos. Si la esfera individual es inestable, sujeta a modificaciones veloces y constantes, afuera el panorama no deja de ser menos incierto, se aprecia una espacialidad social fragmentada, móvil y descentralizada. La fase moderna de nuestras sociedades, dirá Lipovetsky, estaba dominada por lógicas de corte disciplinario, cuando no directamente autoritarias: piense por ejemplo en la rigidez impuesta en la escuela clásica, en la conducta exigida al obrero en la fábrica, en la tradicional estructura familiar, cuando no en las medidas coercitivas y violentas de algunos gobiernos. La sociedad posmoderna es aquella en donde esa lógica se invierte, inaugurándose un novedoso tipo de socialización apoyado en el predominio individual, en la diversificación de las conductas, en el rechazo a las estructuras rígidas que organizaban la sociedad hasta entonces y en la personalización de la vida. Todos los órdenes de la vida se ven afectados por este nuevo tipo de socialización: la familia, la educación, la sexualidad, la política, el trabajo, la moda, las relaciones personales, etc. El proceso de personalización originó el desplazamiento de la lógica disciplinaria que estructuraba a la sociedad.

Si por un rasgo puntual hubiese que definir a la posmodernidad, sería por la prevalencia de lo individual sobre lo universal, con todo lo que ello conlleva: lo particular y lo diverso se impone por sobre lo colectivo y uniforme. De allí surge la decadencia de los grandes relatos, la supuesta obsolescencia de los marcos ideológicos rígidos y coercitivos. En la lectura de Lipovetsky, como hemos dicho, este fenómeno resulta ser la consumación de los ideales modernos, la consecuencia de un proceso que fue emancipando al individuo de las diversas ataduras a las que se vio sometido históricamente.

La estetización del mundo

Gilles Lipovetsky hace décadas que viene reflexionando en torno al desarrollo de las sociedades que habitamos, al modo como producimos, vivimos y nos relacionamos. En ese sentido, no se le escapa el hecho de que el orden capitalista impuesto a nivel planetario conlleva una serie de riesgos y peligros concretos, presentes y futuros;[13] no obstante, decide preguntarse si acaso las implicancias negativas de su propio desarrollo incluyen entre sus efectos un afeamiento general del mundo, o dicho de otro modo, se pregunta si tal vez la degradación del orden general de la vida que el capitalismo produce se extiende también al ámbito estético. Además de ser injusto y desigual, ¿es también al mundo más feo por obra del capitalismo?

A continuación pondremos especial atención a una de las últimas obras del filósofo francés, nos referimos a La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico (2015). Allí Lipovetsky, acompañado de Jean Serroy, analiza el devenir de las sociedades contemporáneas, siendo lo más interesante el vínculo que establecen entre cuestiones aparentemente autónomas, puntualmente entre el desarrollo de la economía que el capitalismo impulsa y la lógica que subyace a su hegemonía global. Sucede que lo que hoy caracteriza precisamente al estadio actual del capitalismo es que la producción, la distribución y el consumo se han visto consustanciados con operaciones de carácter estético y como consecuencia la vida misma de las personas se ha teñido con intereses de ese tipo. Curiosamente, entender cómo funciona hoy el capitalismo nos obliga a reconocer que su funcionamiento está regido por imperativos de orden estético. Esta fase del capitalismo Lipovetsky la llama capitalismo artístico[14] o transestético.

Hoy existe una sobreabundancia de productos y servicios que compiten entre sí ya no solo por las prestaciones que ofrecen a sus consumidores, sino que buscan despuntar en cuanto a estilo, diseño y belleza; buscan afectar emocionalmente a las personas, proponiendo experiencias deseables y siempre renovadas. Seducir a los clientes es una de las premisas de diseñadores, estrategas del marketing, publicistas y de toda la caterva de profesionales detrás de la creación y puesta a punto de objetos y servicios. Las universidades entrenan a diseñadores e ingenieros ya no solo para aplicar su potencia intelectual a la creación de objetos cada vez más eficientes y útiles sino también más vistosos, más bellos; la satisfacción de los potenciales consumidores está fundamentalmente dada por el halago estético que los objetos les dispensan.[15]

De allí que operaciones que otrora pertenecían al ámbito del arte hoy se hallan imbricadas indisolublemente en los procesos de producción y comercialización. En tal sentido, la desregulación que Lipovetsky viene denunciando desde el inicio de su carrera intelectual encuentra hoy su expresión acabada en lo que denomina la lógica de la desdiferenciación. Lo propio del arte ya no se constituye como una esfera separada de la vida cotidiana, el capitalismo artístico ha sabido derribar los límites y propiciar la mixtura que hace que nuestra existencia se haya impregnado de intereses estéticos, de allí que su funcionamiento promueva la mezcla de dominios, el entrecruzamiento por sobre cualquier delimitación rígida. Vale decir que no alcanza ya con pensar el funcionamiento del capitalismo a partir de formulaciones simplistas como la tan mencionada lógica de oferta y demanda; se trata de advertir que los mercados mundiales buscan seducir a sus potenciales clientes ofreciendo productos, servicios y experiencias que deliberadamente afectan su sensibilidad, es decir, que alimentan sus deseos, que les producen emociones.

Admitir esto nos lleva a reconocer un entrecruzamiento a priori insospechado entre tramas de índole económico-comercial y estético, o dicho de otra manera, a entender que si bien el capitalismo nunca dejó de perseguir como objetivo el lucro descarnado y que la economía se apoya en cálculos, estimaciones y estadísticas frías todo ello se ha visto asociado y dirigido hoy más que nunca a satisfacer las aspiraciones y deseos humanos, a afectarlo emocionalmente, y que para ello ha incorporado procesos, herramientas y saberes a priori alejados de los procedimientos matemáticos puros y duros. “No es la menor de las paradojas que el mismo sistema que se basa en el cálculo racional de los costes y beneficios sea también el que desarrolla el sentido y la experiencia estéticos de la inmensa mayoría”.[16] La vida económica hoy no puede pensarse sin su relación con la dimensión artística, pues es esta última aquella capaz de movilizarnos, de alimentar nuestros deseos, de poblar nuestro imaginario.[17]

La estilización del packaging, el rediseño de envoltorios, logos, banners, flyers, la selección de fuentes, colores, texturas, el guionado, producción y actuación de una escena publicitaria, la divulgación en redes sociales, etc., todo un enorme maridaje de labores y procedimientos que buscan afectarnos, tienden a entablarse, a trabajar entre sí con ese fin común. El capitalismo se dedica en nuestros días a la producción masiva de bienes cargados de valor estilístico y emocional, al punto de que hay quienes sostienen que es la dimensión inmaterial la que hoy prevalece por sobre la material, es decir, que los aspectos intangibles generan mayor valor que los productos en concreto. De allí que, como señala Lipovetsky, las industrias culturales o creativas se destaquen especialmente. Si aceptamos que un producto está rodeado de un sinfín de valores e ideas, que nutre nuestra imaginación con fantasías, sentimientos y deseos, notaremos que su corporeidad pierde relevancia en virtud de todo el mundo que a su alrededor se monta. “Nuestro mundo se presenta, pues, como un vasto teatro, un decorado hiperreal destinado a entretener a los consumidores […] la economía transestética se presenta como capitalismo experiencial, capitalismo de sueños orientado hacia la producción de diversiones, de ambientes, de emociones”.[18]

La era transestética que describe Lipovetsky impone, como se dijo, la integración de procedimientos estéticos a la producción capitalista a la vez que modela la vida de las personas con arreglo a la satisfacción de individuos abocados exclusivamente a hacer de su vida una experiencia centrada en un presente placentero y lleno de emociones. El mundo abandona las oposiciones rígidas como cultura versus comercio o arte contra cultura, y se decide a hibridar las esferas de la vida social. El resultado: mercados de consumo masivo que además de lucro incluyen criterios artísticos sea cual fuere la actividad que realizan y que por consiguiente garantizan una enorme variedad de objetos y servicios para todos los gustos.

Lo que se moviliza ante nuestros ojos es un universo de superabundancia, de inflación estética: un mundo transestético, una especie de hiperarte donde el arte se infiltra en las industrias, en todos los intersticios del comercio y de la vida corriente”.[19]

Comprendido esto, basta con mirar a nuestro alrededor y comprobar que absolutamente todos los objetos que nos rodean, hasta los más insignificantes, comparten ese interés por deleitarnos y hacer nuestro entorno más confortable. Precisamente esto es lo que Lipovetsky denomina inflación estética, la omnipresencia de la dimensión artística en nuestra existencia, ya sea en la materialidad que nos rodea como en nuestras aspiraciones en la vida. Basta con ver, por citar un ejemplo, la variedad de diseños que afectan a un mismo objeto de consumo masivo en el tiempo para advertir cómo las operaciones de índole estético fueron transformándolo hasta llegar a nuestros días: cualquier envase ha sufrido modificaciones que lo han vuelto, cuando no más ergonómico, suave, aerodinámico o delicado para la mano, menos rústico, anguloso o incómodo. Nuestros hogares, su mobiliario, la vestimenta que utilizamos, los alimentos que consumimos, los sitios que frecuentamos, los vehículos en los que nos trasladamos, los espectáculos a los que asistimos, todos están atravesados por intereses estéticos que pretenden captarnos, seducirnos, conquistar nuestra preferencia. Esta inflación estética presente por doquier consolida un modo de vivir que persigue deliberadamente el goce, las sensaciones novedosas, un aquí y ahora placentero. Es difícil encontrar productos de consumo masivo que no vengan a contribuir de algún modo a esta construcción de un mundo estetizado. La inflación estética quizá sea el fenómeno más fácil de reconocer, o más difícil de obviar, según se quiera; Lipovetsky busca hacerlo patente a partir de una visualización sencilla que desglosa en algunos puntos fundamentales que aquí recorreremos someramente.

En primer lugar, dice, el estilo se ha vuelto un imperativo económico, al punto de que “Ningún objeto, por banal que sea, escapa ya a la intervención del diseño y de su trabajo estilístico”.[20] Ningún producto sale ya al mercado sin antes haber recibido un esfuerzo estilístico, sin que su presentación haya sido modelada bajo algún proceder de corte artístico. Como consecuencia, asistimos a una “cosmetización ilimitada del mundo”, lo cual no quiere decir, desde ya, que necesariamente habitemos un mundo más bello, sino que todo se ve impregnado de una orientación hacia lo que nos causa placer estético.

En segundo término, todo lo anteriormente dicho no implica que exista una orientación unívoca de los procesos estéticos, un horizonte común hacia el cual todos los productos tiendan o se orientan, sino que conviven entre sí ideales estéticos diversos, una multiplicidad de estilos para todos los gustos. Desde luego que existen modas que se imponen o que aglutinan la atención masiva, sin embargo, estas habitan un espacio compartido en el cual hay lugar para todos; es el pluralismo estético lo que domina la escena del capitalismo artístico. Lo que predomina es la variedad, la multiplicidad, ya nada posee la capacidad de convertirse en un centro dominante, en imponerse de forma unilateral o de estipular criterios o normas estéticas válidas e indiscutibles. Digamos, mal y pronto, que hay de todo y para todos los gustos, el mercado se ha encargado de que esto así sea.

El tercer aspecto esencial para entender de qué se trata la idea de inflación estética tiene que ver con el tiempo y la velocidad; la producción estética del capitalismo es desmesuradamente rápida, impone un ritmo trepidante a las modas y estilos. Lo efímero es la marca distintiva de nuestro tiempo. “Mientras que la vida de los productos industriales es cada vez más corta, su faceta visual, su diseño no cesan de cambiar a enorme velocidad”.[21] ¿Recuerda usted, por citar un ejemplo, cómo era visualmente internet años atrás? Los primeros sitios web poseían un diseño que con nuestros ojos actuales nos parece tosco. Estilísticamente hablando podemos identificar una visible evolución en los diseños de los sitios. Lo mismo ocurre con infinidad de productos, cuyos cambios se dan en períodos brevísimos de tiempo. La moda varía año tras año, nunca podemos establecernos tranquilos en una tendencia porque rápidamente viene a ser reemplazada por otra. Así, estamos habituados a la fugacidad estética en todo nuestro entorno.

El cuarto elemento que prueba el denodado esfuerzo estético que nos rodea está dado por la sobreabundancia de muestras, museos, galerías, parques, monumentos y demás espacios que se empeñan en reivindicar el lugar del arte, del diseño o de la belleza, constituyéndose como circuitos, atracciones turísticas, patrimonio cultural, etc. Hoy más que nunca existen lugares que celebran justamente los valores estéticos. A esto suma Lipovetsky una quinta nota de la inflación estética en la que estamos todos inmersos, y que tiene que ver con los precios que el mercado de arte contemporáneo maneja, con cifras desorbitantes que dan cuenta de que el mundo del arte ya no pertenece a una esfera autónoma del quehacer humano sino que se halla indisolublemente imbricado con el mercado; en tal caso el arte no se opone al comercio, sino que forma parte de él: el arte es hoy estrategia de inversión, las obras poseen rendimiento a nivel financiero, es decir, hablan en algún punto el mismo idioma que el mercado. El quinto punto sea tal vez uno de los más importantes para nuestra actual presentación dado que nos propone detenernos sobre el individuo emergente de esta cultura del consumo. El sentido que el capitalismo que venimos describiendo le imprime al consumo delinea un individuo afecto a las experiencias de carácter estético.[22] El consumo masivo sostiene un vínculo extremadamente fuerte con el sentir, con las emociones y las experiencias de los individuos, una relación tan consolidada que nadie parece anhelar su retroceso; el capitalismo montó una maquinaria planetaria que nos convida a desear, que hace masivamente accesible su satisfacción y su frustración. Lo que se modela es una forma de vivir, concentrada en las experiencias novedosas, en los placeres de los sentidos, en el mimo a nuestro ánimo y a nuestro cuerpo; una vida abocada a ubicar la satisfacción en el presente. Se recorta así el perfil del sujeto al cual van dirigidos todos los esfuerzos de los dispositivos anteriormente mencionados: un individuo defensor de un ideal de vida de carácter hedonista, que concentra mayoritariamente su interés en sí mismo, en su propia autorrealización y que asume que la vía para hacer realidad dicho objetivo vital está dada por el consumo.

A los efectos de resumir brevemente lo dicho hasta el momento en torno al concepto de inflación estética diremos sucintamente que refiere al hecho de que todo nuestro entorno se encuentra modelado con arreglo a afectar directamente nuestras emociones, que en ello consiste hoy el consumo de masas; la producción está imbricada en procesos de corte estético que dan como resultado una diversidad de bienes y servicios en competencia por conquistarnos, por seducirnos; a todo ello va asociado un registro temporal que se subyuga en lo efímero, en los cambios de estilo permanentes, en la innovación veloz, casi apremiante; todo ello se aplica a su vez al espacio que nos rodea, poblándose por doquier de caracteres estilísticos, desde un sencillo café hasta un paseo público presentan una reivindicación estética de la espacialidad; el arte se constituye como un mercado más, que mueve fortunas, y que ha aunado así lo artístico con lo comercial, otrora ámbitos separados y hasta antagónicos; finalmente, el consumo masivo se ha estetizado, dando como resultado la imposición de un modo de vida enfocado en un perpetuo mimo emotivo al individuo.

El individualismo hedonista

Como se señaló anteriormente el proceso de estetización ha trascendido lo meramente comercial y ha constituido un modo de concebir la vida que va más allá de las clases sociales. Todos, desde los más pobres hasta los más ricos, añoran o sostienen el mismo estilo de vida hedonista que se funda en la continua satisfacción de los deseos, en nutrir la existencia de experiencias gozosas, que nos diviertan y que nos llenen de la tan preciada “adrenalina”. Se ha universalizado la finalidad de la vida, de allí que para el autor no resulte fructífero hablar en términos de clases sociales ya que el consumo masivo ofició como proceso horizontalizador de las sociedades, hizo factible que millones de personas tuvieran acceso a posibilidades inimaginables siglos atrás; hoy tanto ricos como pobres coinciden en mayor o menor medida en querer hacer de su vida la experiencia más placentera posible. De allí que la discusión política actual recaiga frecuentemente en temas como la “igualdad de oportunidades”; el consenso general es que la vida deseable es la que, con Lipovetsky, venimos describiendo, los debates son en torno a cómo hacer para que más personas tengan a ella acceso, cuál es el rol del Estado frente al mercado, etc.

Las reformas radicales o revolucionarias de la sociedad ya no gozan del prestigio de antaño y por desgracia todo proyecto colectivo es mirado masivamente con cierta reticencia. Los valores dominantes hoy resultan ser hostiles a las iniciativas colectivas, cualquier encorcetamiento de las posibilidades individuales resulta inaceptable para individuos ocupados solo en su autorrealización y en la búsqueda de experiencias que los conmocionen continuamente. De allí que Lipovetsky diga que se ha estetizado no solo el modo de producir y comercializar los bienes en nuestras sociedades sino que lo ha hecho la vida misma: “La sociedad estética hipermoderna […] se caracteriza asimismo por la promoción de una cultura, de un ideal de vida, de una estética concreta”.[23] La actitud de las personas frente a sus vidas es estética y ello implica hacer de ella algo intenso, bello y abundante en sensaciones gozosas, divertidas y novedosas: estamos en presencia del homo aestheticus, un individuo empecinado a hacer de su vida una experiencia divertida y placentera. Conforme el placer y las emociones se vuelven un imperativo de vida, se constituye y consolida un modo de actuar determinado, es decir, una ética estética.

Conviene aquí hacer un alto y aclarar algunas cuestiones. Cuando Lipovetsky sostiene que detrás del consumo estético hay una ética se está refiriendo a que existe un proyecto de vida, un ideal de cómo se debe vivir. Más específicamente, está diciendo que dicho proyecto consiste en hacer del bienestar el fin de la vida de las personas. El antecedente clásico de tal postura nos retrotrae a la Antigüedad, más precisamente a la Grecia del siglo III a. C., y especialmente a la figura de Epicuro de Samos, fundador de una escuela filosófica que, entre otras cosas, pregonaba una vida cuyo fin era la búsqueda de la felicidad, y esta se encontraba ineludiblemente ligada al placer. El fundamento para actuar en la vida era justamente procurarse placer y alejarse de todo aquello que pudiera producirnos dolor, ello nos conduciría a la felicidad. Epicuro tenía presente desde ya que la satisfacción de los deseos conlleva un riesgo: sumir a los individuos en la dependencia o en el exceso. De allí que sugiriera la prudencia a la hora de evaluarlos y postulara la moderación; la sabiduría estaba asociada con la sobriedad y con la mesura, no así con el derroche ni la abundancia. De dicha tradición emerge la palabra “hedonismo” como una doctrina ética que asocia el placer con el fin de la vida y que Lipovetsky retoma para designar el ideal de vida imperante en nuestras sociedades contemporáneas promovido por el capitalismo en su actual fase de desarrollo. El sistema propone entonces una ética estética, una forma de considerar y vivir la vida, “Basada en los goces del presente, la renovación de experiencias vividas, la diversión permanente”.[24] El capitalismo ha logrado que dicho ideal de vida se masifique, sea compartido por millones alrededor del globo, y con ello que compartan el carácter normativo que de él se desprende, a saber, que vivir conforme a dicho consumo estético está bien. Si el planteo se agotara en el hecho de que el capitalismo aunó a su lógica comercial intereses estilísticos no tendría un mayor potencial explicativo; el punto central aquí es la masificación de un modo de concebir la vida que es por completo solidario con el sistema que le da sustento.

Hay que decir que el individuo que Lipovetsky delinea no se entrega a los placeres desde la irreflexión, por el contrario, es plenamente consciente de las contradicciones en las que dicho ideal de vida incurre; anclado en el presente, está informado de los riesgos futuros, lo cual le depara una incertidumbre incompatible con su propio proyecto hedonista. “Es evidente que la vida en la sociedad estética no se corresponde con las imágenes de felicidad y belleza que difunde diariamente en abundancia”.[25] Como bien señala Lipovetsky, consumimos más belleza efímera a diario, pero ello no se traduce en un mundo más equitativo ni más justo, nuestra propia existencia está sujeta a estructuras muy endebles, cualquier cimbronazo puede afectarlas, la economía no nos da garantías de estabilidad en un mundo en permanente cambio, el medioambiente sufre las consecuencias de la actividad humana y si bien aún no lo hace notar de forma globalmente trágica comienza ya a verse lesionado el hábitat que nos cobija.[26] El mundo se estetiza, sin embargo, eso no redunda en mayor felicidad, ni mucho menos en mayor seguridad o estabilidad; por el contrario, nos volvemos consumidores cada vez más exigentes, lo cual implica que nuestro grado de insatisfacción crece conforme el mercado nos inunda con novedades todos los días. El resultado: tenemos la sensación de que el mundo en realidad se torna desagradable; paradojas de la estetización, que le dicen. No todas son rosas, si bien es evidente que el ideal de vida hedonista prevalece, no está solo, entra en conflicto con otras normativas que establecen lo que es deseable para la vida, entrando en conflicto recíproco.

Las exigencias en torno a la salud se vuelven un culto que choca contra el ritmo impuesto por la dinámica de consumo. “Goce y salud: estamos innegablemente en el momento en que el modelo estético de vida, basado en la primacía de los goces inmediatos, retrocede ante el fortalecimiento de un modelo preventivo y sanitario, gobernado por el miedo”.[27] Dicho mal y pronto, estamos movilizados por brindarnos satisfacción pero también estamos atentos a nuestra salud, que muchas veces marca límites a lo posible o deseable. De forma similar, la conciencia ecológica nos plantea una serie de valores que se oponen férreamente a la vida de consumo. Existe una manifiesta incompatibilidad entre el modelo de vida subyacente al capitalismo artístico y el porvenir venturoso de la Tierra; como ya se advirtió más arriba, cualquier propuesta ética que se precie de reivindicar la defensa del medio ambiente postulará principios o normas que entrarán en conflicto con el ideal de vida estético asociado al capitalismo artístico. Al mismo tiempo la educación suele imponer un sistema de normas que puede enfrentar la cultura de los placeres inmediatos, aunque a partir de la década de los sesenta dio un viraje que la hizo profundamente solidaria con la sociedad de consumo. “De este modo, los valores educativos se alinearon con la cultura individual-hedonista estimulada por la era del consumismo”.[28] No obstante, educar, señala Lipovetsky atinentemente, es también enseñar a frustrarse, a no ser preso de la inmediatez, a poder decir que no, a ser reflexivo; en una palabra, a poner límites a nuestros deseos. Por último, la eficacia como ideal empresarial entra en pugna con la vida orientada al placer toda vez que nos impone una tensión y un nivel de exigencias a menudo difíciles de soportar. La obligación de ser eficaces traspasa el ámbito laboral y se cierne sobre el resto de nuestras actividades; así, somos severos con nuestra alimentación sometiéndola a restricciones, con nuestro cuerpo haciéndolo objeto de entrenamientos duros, con nuestra imagen, aplicada a encajar dentro de los estándares del momento, etc. Dichas imposiciones sociales van muchas veces a contramano del ideal de vida estético, haciendo notorio el hecho de que la plenitud encuentra escollos constantemente.

En cualquier caso, los reparos frente a la ética estética actual desnudan una conflictividad temporal inevitable en todo este embrollo. La ética estética que profesamos sin culpa se ciñe mayormente a nuestro presente, a hacer de él un momento gozoso, novedoso, placentero, etc. De más está decir que ninguno de nosotros descuida su proyección a futuro, que planifica objetivos por venir y estipula plazos con cierto cuidado. No obstante, el modelo ético detrás de la vida de consumo estético privilegia el anclaje en el presente, principalmente porque reivindica ante todo la experiencia y la emotividad. Tal ideal de vida hegemónico convive, como se dijo, con modelos antagónicos, con propuestas que lo denuncian como inviable: permanentemente está puesto en cuestión, y en aquella tensión sobrevive.

Lipovetsky insiste en algo que es crucial. Según él, la sociedad que alumbra el capitalismo artístico no está amenazada por contradicciones insalvables que la vayan a hacer sucumbir tarde o temprano, en todo caso está poblada, eso sí, por tensiones internas, por corrientes que chocan y se enfrentan, que dan como resultado una cultura habitada por innumerables paradojas. La realidad paradojal, como vimos, desplaza a la realidad constituida por contradicciones excluyentes, no hay una puja que se decida por la primacía de una sobre otra, no hay instancia en el planteo de Lipovetsky que suponga la supresión definitiva de los males del mundo. Hay tensiones, sí, simultáneas, en convivencia. Lipovetsky se rehúsa a considerar el futuro del capitalismo en términos catastróficos, no le depara un ocaso estruendoso sino que prefiere advertir un sinfín de situaciones que, lejos de representar indicios de una debacle absoluta, ponen de manifiesto una compleja trama de tensiones en coexistencia. “Aquí proponemos otra lectura de conjunto: una lectura que se sitúa en el punto de vista de las tensiones paradójicas, no en el de las nostalgias y las catástrofes”.[29] Para Lipovetsky la realidad, más que tragedia, se vuelve ironía. El sistema que universaliza un ideal de vida cuya meta es la felicidad asociada al autodesarrollo personal es el mismo que somete al individuo a exigencias de rendimiento y eficacia que lo presionan al punto de desarrollar patologías como stress, hipertensión, bulimia, anorexia, ansiedad, insomnio, depresión, etc. El modo de vida que nos promete la realización y la felicidad es el mismo que socava los recursos naturales y nos deja sin planeta. Nada de todo esto alcanza para hacer desbarrancar de una vez y para siempre al sistema capitalista, al contrario, dichas tensiones, y muchas otras, cohabitan entre sí, balanceándose, a veces se solapan, repliegan o destacan.

Lipovetsky es plenamente consciente de las dificultades a nivel social, económico y ecológico que se avecinan a futuro, pero apuesta a que podrán sortearse en gran medida por el uso de la técnica, poniendo la inteligencia y creatividad humana a trabajar en usos tecnológicos que eviten, por ejemplo, la degradación del planeta, las hambrunas, la marginación social, etc. En palabras del propio filósofo, no habrá que esperar tanto del arte para hacer de este mundo un lugar más próspero para todos, sino de la inteligencia humana aplicada, básicamente, al dominio técnico. Los ejemplos más próximos que tenemos de ello son los avances en el desarrollo de las energías renovables: reemplazar el uso de combustibles fósiles por energías que no generen un impacto negativo en el medio ambiente, como son la energía solar o la eólica, entre otras. Es en este preciso momento cuando nos da la sensación de que Lipovetsky nos debe algo más, que no nos satisface mucho con su perspectiva, que no solo dista de ser novedosa sino que además creemos insuficiente para enfrentar los peligros que el propio sistema engendra.

Desde luego que el conocimiento científico puesto al servicio de la humanidad puede contribuir al sostén de nuestra vida en el planeta, sería sumamente necio negarlo, el punto es apostar tan fuerte a ello. Si así fuera, estaríamos sosteniendo la idea de que todos nuestros problemas se reducen a una cuestión instrumental, a nuestra eficacia material para administrar fríamente los recursos de los cuales disponemos. En tal caso, hace rato que estamos al tanto de los problemas que comporta nuestra mera presencia en la Tierra y también hace rato que venimos haciendo uso de la técnica. Casi podríamos decir que lo hacemos desde el momento en que como homínidos nos pusimos de pie en dos patas y dejamos nuestras manos libres. En verdad parece ser la sofisticación de la técnica la que nos ha arrojado a nuestro actual estado de desarrollo como sociedad; cabe preguntarse entonces si podemos descansar tranquilamente en la confianza de que solo gracias a ella podremos lograr masivamente cotas de calidad de vida digna. No obstante lo dicho, Lipovetsky acompaña su confianza en la inteligencia humana con una propuesta que transita por una vía diferente, aunque complementaria, de las soluciones tecnocientíficas.

Y es que el ideal de vida que sugiere no dista de poseer un valor estético, de hacer de la vida de las personas algo más armonioso y placentero, sin embargo, entiende que la actual sociedad entre imperativos de mercado, consumo masivo y necesidades de autorrealización no conduce a ello. Aboga entonces por lo que llama un ideal estético superior asociado con la calidad de vida, que se aleje de las imposiciones del mercado, de la lógica que este busca imprimirle a la vida humana, del non-stop continuo de experiencias triviales, fugaces y despreocupadas; pretende un ideal de vida que se aleje de los cánones del consumo masivo, que haga primar la calidad de las experiencias por sobre la cantidad de estas, que dé lugar para el goce lento y consciente de la existencia, que erradique el continuo estado de urgencia en el que vivimos. “A la estética de la aceleración hay que oponer una estética de la tranquilidad, un arte de la lentitud que sea preámbulo de los goces del mundo y permita sacar el mejor partido de la propia vida”.[30] Según Lipovetsky, su propuesta no consiste en reivindicar el ideal ascético de una vida de renunciamiento; al tren de consumo acelerado de nuestros días no opone la abstención total del consumo, sino la paulatina independencia de las imposiciones del mercado. Al ritmo vertiginoso y desesperado que el consumo le imprime a nuestros días contrapone una sabia pausa en donde encontrar el gozo profundo del existir.

Este elogio de la lentitud impone nuevas formas de conducta, la reedición de una vigilancia de sí, tópico muy común a lo largo de la historia de la filosofía. En todo ello hay un reconocimiento implícito y es que finalmente la cuestión no se dirime en términos técnicos sino más bien en términos éticos. Dicho de otro modo, la discusión es cómo modelar cada uno una conducta en la vida que no signifique la renuncia a los placeres, sino que los celebre responsablemente y que busque a la par la autonomía concreta de los cánones establecidos por el mercado. La cuestión técnica no llevaría entonces la delantera, sino que se subsumiría a la discusión ética. No queda demasiado claro cómo sería posible implementar un cambio en las costumbres de tamaña magnitud, es decir, no es claro cómo un modelo ético hedonista masivo puede ser reemplazado por otro, y cómo un individuo hedonista admitirá un reemplazó que le significará un sacrificio a su placer. Nuestra incredulidad contemporánea nos hace pensar muchas veces que somos hijos del rigor y que el imperio de la necesidad es el que promueve los cambios. De ser así, la humanidad entera descubriría la conveniencia de cambiar su estilo de vida ya demasiado tarde, cuando las consecuencias materiales fuesen irreversibles y el daño humanitario-ambiental no encontrase reparación alguna posible. Ante dicho panorama es que, con Lipovetsky, debemos creer que podemos hacer algo mejor y que tenemos facultades y herramientas para hacerlo; allí es cuando algo de confianza aún ponemos en la humanidad.

La ética estética que se ha venido describiendo a lo largo del presente texto se ha convertido en un ideal dominante a escala mundial. Lipovetsky señala que ello no equivale a decir que dicho modelo ético sea hegemónico, dado que existen por sobre él una serie de valores superiores que se lo impiden y que están relacionados con el orden democrático y la vida moral. No vivimos en una suerte de “yermo moral”, carente de valores y normas; nuestra sensibilidad ante la injusticia, aduce el filósofo francés, no se encuentra apagada, todavía nos indignamos, aún nos rebelamos ante lo que consideramos injusto. Todo ello indicaría que los valores hedonistas e individualistas no se han absolutizado, y que por encima de ellos aún admitimos valores superiores. “Los principios morales no han caducado en modo alguno. No hemos perdido el espíritu: la decadencia moral es un mito”,[31] se atreve a afirmar Lipovetsky.

El individualismo no es sinónimo de vacío moral: Lipovetsky cree descubrir en él una faceta solidaria, menos egocéntrica y más dispuesta a preocuparse por los demás de forma directa, sin la necesidad de mediatizar su denuedo a través de un proyecto colectivo o vinculante. El individualismo propiciaría, paradójicamente, una militancia a la carta e inmediata, sin el requisito de adherir a un combo ideológico cerrado.

Se ha insistido en que el capitalismo artístico impone un ritmo vertiginoso y contundente a la vida. Ello se traduce en nuestras prácticas, desde la alimentación al trabajo, el desplazamiento, el entretenimiento, el sueño reparador, etc. Se hace escaso el debido descanso, la pausa reflexiva y el tiempo desinteresado; nuestra vida transcurre, en términos generales, a alta velocidad, y, como se sugirió anteriormente, ello entra en tensión permanente con nuestra salud y con nuestro anhelo de realización personal, es decir, con el proyecto que creemos que va a hacernos felices. Todo ello no hace otra cosa sino poner de manifiesto una enorme insuficiencia ética: la ética estética que impone culturalmente el capitalismo artístico de nuestros días no logra hacer factible una forma de vivir con plenitud, sin apremios ni angustias; la autorrealización conlleva un sacrificio enorme a los individuos que acarrea múltiples padecimientos y que con ello no hace sino oponerse al ideal que persigue. Lipovetsky interpreta que el compromiso que debe asumir el sistema es el de conciliar el proyecto individualista-hedonista a un costo menor para el responsable, y que para ello el foco debe estar puesto en enriquecer cualitativamente la vida. Ello no se traduce en la reivindicación de un ideal de vida ascético, un renunciamiento radical que niegue todo placer y que implique dejar de consumir, sino una toma de conciencia que privilegie en todo caso el goce detenido y que nos aleje de los imperativos de mercado, y que nos libre con ello de su demanda de cambio veloz y permanente. Aprender a gozar con moderación supone ser consciente de que la cantidad no hace a la calidad, que ser absorbido por el fragor del consumo indiscriminado no conduce a una vida más feliz, sino que redunda a la larga en una insatisfacción y una desdicha proverbial. Apartarse de todo ello requiere aprender a, como dice Lipovetsky, “Poner el freno a la fiebre del cada vez más”,[32] asumir que el criterio de nuestra vida sea el de la calidad de experiencias en vez de su cantidad y ello es posible en el detenimiento que propicia el sentir y la reflexión sinceros.

Podríamos estar tentados a pensar que una merma del ritmo haría nuestros días algo más saludables: en términos temporales, una ralentización de nuestras actividades que dejara lugar para el tiempo de ocio fructífero, para el detenimiento en la experiencia placentera, podría ser una salida a la vida de vértigo y frenesí consumista. Lipovetsky contempla ambiguamente esta posibilidad: descree que sea posible masificar un ideal que signifique desacelerar el ritmo de vida y encontrar la medida justa en el detenimiento. Sostiene que el tren de la historia viene acrecentando el pulso de nuestra vida: la modernidad fue incremento y velocidad y ello no ha hecho más que acentuarse a lo largo de los siglos. Es más, en tono algo profético, Lipovetsky se anima a avizorar el futuro cercano y no descubre allí una merma o un desaceleramiento generalizado. “En el mundo que se avecina proseguirá la aceleración general y, en casos concretos, procesos de ralentización en respuesta a las necesidades de experiencias de calidad, de contemplación, de tranquilidad, de silencio o de placeres estéticos más refinados”.[33] El mundo seguirá siendo un hervidero pero la tendencia será a compensar el esfuerzo y la tensión con momentos de mayor calidad estética; así, el capitalismo estético tenderá a profundizarse en pos de ofrecer cotas de calidad superiores, experiencias diversas y más altas. Ello no desplazará por completo a la ética estética de la inmediatez, de las experiencias cuantiosas y fugaces; lo que se dará es algo así como el complemento justo entre las prácticas del consumo frívolo y su ritmo agotador y las experiencias más refinadas y de calidad que sirvan para equilibrar la balanza. Pero todo eso implica, como se dijo, tomar distancia de las exigencias del mercado, el ideal de una vida estética no puede estar acotado a su vínculo con el consumo, es deseable que la realización personal no dependa con exclusividad de las imposiciones del mercado, sino que se nutra de valores y prácticas a él ajenas e incluso, por qué no, contrarias a sus mandamientos. Para ello, Lipovetsky confía plenamente en la educación.

Si queremos apoyar un modelo de existencia estética que no sea el que propone el mercado, ahí tenemos la escuela, la formación, la cultura humanista clásica, que conservan toda su importancia, por pequeña que sea su oposición al mundo tal como es hoy y tal como será mañana, aunque habría que probar a conciliarlos.[34]

Como vemos, Lipovetsky no se decide por una solución drástica ni revolucionaria, abona solapadamente la idea de una evolución del sistema, de un gradual mejoramiento que nos lleve a afianzar el ideal de una vida estética plena. Así como están dadas las cosas dicho ideal no se cumple y, como se sabe, su estrecha ligazón con el consumo masivo conlleva riesgos a nuestra existencia. La profundización del ideal de una vida estética conlleva una gradual toma de conciencia acerca de cómo estamos viviendo y de sus consecuencias no solo individuales, sino sociales y ecológicas. Lo que no está claro es si a ello estaremos inclinados por la fuerza de la necesidad o por la de nuestra propia madurez. A decir por el optimismo que brota del planteo de Lipovetsky deberíamos suponer que será fruto más bien de todo aquello que como seres humanos nos da derecho a sentir cierto grado de orgullo.

Algunas consideraciones críticas finales

¿Si el posmodernismo comporta, siguiendo a Lipovetsky, el punto culminante de un proceso histórico en donde el individuo se impuso definitivamente a las imposiciones que coartaban su libertad, qué decir de la sujeción a la que lo somete hoy por hoy el omnímodo operar del mercado? La más elemental de las observaciones no puede pasar por alto este punto, por obvio que resulte ser. Podríamos conceder a Lipovetsky la razón en cuanto a que la sociedad actual encierra un buen puñado de situaciones que responden a una lógica paradojal; ahora bien, la principal es justamente aquella que condiciona nuestro modo de vida en términos generales aunque bien concretos: el capitalismo, según Lipovetsky, redunda en beneficios por dos razones, en primer lugar por su capacidad igualitarista, consumada a partir de la sociedad de consumo y el acceso irrestricto de las masas a una oferta material nunca antes vista, y por el otro lado por las posibilidades de desarrollo individual que ello facilita. En tal sentido, las personas tienen la posibilidad de construir su existencia a medida gracias al mercado que para ello facilita infinitas posibilidades, lo cual quiere decir que ha operado una histórica sustitución de la sujeción humana; el individuo fue deshaciendo a su tiempo el influjo que sobre él ejercían los dogmas religiosos, las morales rigoristas, ciertas ideologías políticas, etc., y ha celebrado ello como un logro histórico mayúsculo, al punto de llegar al convencimiento de ser protagonista de una época libre de ataduras, próspera para cualquier proyecto individual que busque la autorrealización. No obstante, como hemos repetido a lo largo del presente texto, olvida que dichas posibilidades poseen un precio, que lo vinculan al poder omnímodo del mercado. Desde luego Lipovetsky esto lo sabe, y de hecho su propuesta a futuro nos exhorta a que aprendamos a mantener una sabia distancia de todo lo peor que nos ofrece el mercado. No queda del todo claro cómo se supone que se generalizaría la conciencia que promueva una emancipación que en definitiva no sería tal, ya que Lipovetsky no desea un retraimiento del mercado, ni predice tampoco una desaceleración de su actividad; aduce que, preferentemente por medio de una educación que vuelva a enaltecer valores más altos que los que impone el ideal de vida hedonista, seremos capaces de regir nuestro consumo de un modo inteligente, haciendo primar las experiencias de calidad antes que el derroche de vivencias anodinas.

El proceso de personalización posee una tendencia natural a achatar los criterios de valoración moral, a tergiversar los términos de un reclamo o reivindicación para releerlos en clave individualista, es decir, a desvirtuar irresponsablemente problemas de índole ético y político y reducirlos a una cuestión individual desarticulada del entorno social, las relaciones de poder y de todas las posibles lecturas que pudieran hacerse al respecto. En tal sentido, el proceso de personalización afirma el criterio de juzgar los hechos principalmente en términos individuales, lo cual promueve una mirada chata y reduccionista de la realidad. Se impone un modo de pensar cómodo y acrítico. “Aunque las reivindicaciones de los grupos siguen siendo formuladas en términos de ideal de justicia, de igualdad y reconocimiento social, es sobre todo en razón del deseo de vivir más libremente por lo que encuentran una audiencia de masa verdadera”.[35] Así, por ejemplo, la lucha de grupos sexuales disidentes es leída meramente como un reclamo que concierne a la libertad del individuo para elegir el modo como quiere vivir su sexualidad, y pierde de vista así un sinfín de cuestiones relacionadas con ello, como por ejemplo los factores de poder que excluyen y marginan a tales personas, el rol que cumplen las instituciones que entran en juego, la moral y los intereses que subyacen a las posturas que obturan su derecho identitario, etc. Nuestro culto al ensimismamiento unido a la apatía política aplana nuestros criterios para analizar la realidad. No todo se reduce a un reclamo de carácter individual, aunque pueda prevalecer generalmente el criterio para interpretarlo así. La orientación sexual, por seguir con el mismo ejemplo, no puede acotarse meramente a una cuestión de elección personal, como si fuera equiparable a elegir productos entre las góndolas de un hipermercado. Cuando el criterio que se impone es el de la libre elección del individuo queda marginada de la discusión una multiplicidad de factores que hacen al devenir colectivo de una sociedad. Algo similar ocurre con los juicios de corte moral: el proceso de personalización acostumbra comúnmente a las personas a juzgar la responsabilidad individual por sobre las condiciones del entorno, ya sean estas sociales-económicas, ideológicas, políticas, etc. Concebido vulgar e injustamente, el ideal de autorrealización personal fomenta un modo de pensar que responsabiliza al pobre de su condición de pobre, aduciendo, entre otras cosas, una propensión a buscar empleo supuestamente escasa. La masificación de un proyecto de vida cuya realización recae sobre el individuo habitúa al pensamiento a mensurar su concreción en términos individuales, eximiendo a cada uno de la responsabilidad del desarrollo de los demás; allí radica una cuestión moral central que refleja una de las tantas aristas que tiene el conflicto entre individuo y sociedad.

Como hemos podido apreciar en este somero repaso por algunos de los temas a los que dedicó décadas de trabajo, Gilles Lipovetsky ostenta una encomiable capacidad para inventariar la realidad. Resulta saludable que un intelectual sea capaz de observar con tanto detalle el contexto que lo circunda. Sin duda existe allí una actitud para replicar, sea cual fuere nuestra forma de pensar: estar atento a lo que pasa, incluso en aquellos órdenes que a priori podamos considerar menores o no dignos de atención. Nos indica, o advierte, que la sociedad contemporánea es sumamente compleja, que sus fenómenos admiten miradas muy diversas y que por ello puede no ser suficiente ser esclavo de una arquitectura conceptual rígida o añeja. El aspecto incierto de todo ello es que pareciera que tampoco podemos esperar una postura categórica o definitiva en relación con los desafíos que se nos presentan. El propio Lipovetsky no parece proveernos de soluciones plausibles, es más, tampoco parece tener en cuenta el prisma eurocéntrico-primermundista desde el cual contempla la realidad global. Tampoco satisface su visión del porvenir: le falta realzar la entidad de los problemas que a futuro deberán enfrentar las sociedades que él mismo caracteriza y no se esfuerza por definir el rol de la política en su planteamiento.

Más allá de la apuesta a una educación que nos conmine a preferir goces más altos o elevados, no deja lugar a la reflexión política concreta, a qué proyecto colectivo cobijará la posibilidad de superar la hipermodernidad. En última instancia, parece dejar librada a los designios del individuo la responsabilidad por volcar sus preferencias conforme a valores más nobles que los que pregona el mercado. La mirada de Lipovetsky se antoja tan liviana como la propia sociedad que su análisis retrata, en ese sentido parece haber una coherencia respetable. Su filosofía no puede ser categórica ni redentora porque él mismo no cree en ello. Puede, eso sí, destacarse como un interesante análisis para disparar reflexiones complementarias, que versen en lo posible en torno a lo que el filósofo francés calla, olvida o desatiende.

Sin dudas el vínculo que establece entre el orden de los asuntos estéticos y el desarrollo del capitalismo es original y estimulante, es bueno subrayarlo. No obstante, desnuda también una cuestión ciertamente inquietante, y es que el atolladero al que conduce su propia reflexión nos deja, como se dijo, con un mal sabor de boca, preguntándonos qué otras alternativas serían posibles dentro del marco de su propio análisis, esto es, jugando su propio juego. Está por supuesto en quienes recibimos su obra la decisión de aceptar o desestimar los propios términos del juego.

Bibliografía del autor

Lipovetsky, G., La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona, 1986.

—. El imperio de lo efímero. La moda y su destino en las sociedades modernas, Anagrama, Barcelona, 1990.

—. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Anagrama, Barcelona, 1994.

—. La tercera mujer. Permanencia y revolución de lo femenino, Anagrama, Barcelona, 1999.

—. Metamorfosis de la cultura liberal, Anagrama, Barcelona, 2003.

—. El lujo eterno. De la era de lo sagrado al tiempo de las marcas, Anagrama, Barcelona, 2004.

—. La felicidad paradójica. Ensayo sobre la sociedad del hiperconsumo, Anagrama, Barcelona, 2006.

—. La sociedad de la decepción, Anagrama, Barcelona, 2006.

—. Los tiempos hipermodernos, Anagrama, Barcelona, 2007.

—. De la ligereza. Hacia una civilización de lo ligero, Anagrama, Barcelona, 2016.

Lipovetsky, G. y Serroy, J., La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, Anagrama, Barcelona, 2009.

—. La cultura-mundo. Respuesta a una sociedad desorientada, Anagrama, Barcelona, 2009.

—. La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico, Anagrama, Barcelona, 2015

Bibliografía sobre el autor

Corral Quintero, R., “Gilles Lipovetsky: una sociología del presente pos(hiper)moderno”, Revista Casa del Tiempo, Vol. I, Época IV, N.º 1. Disponible en https://bit.ly/3swYOG9.

Lóizaga, P., Diccionario de pensadores contemporáneos, Barcelona, Emecé, 1996.

Engaña, C., Las raíces de la forma. Lecturas sobre pensadores sociales contemporáneos (comp. Marta Fernández), Buenos Aires, Ediciones del Signo, 2006.

Tamés, E., Lipovetsky: del vacío a la hipermodernidad, Revista Casa del Tiempo, Universidad Autónoma Metropolitana, Vol. I, Época IV, N.º 1. Disponible en https://bit.ly/2ZMNRE2.


  1. Lipovetsky, G. y Serroy, J., La estetización del mundo: vivir en la época del capitalismo artístico, Anagrama, Barcelona, 2015, pág. 353.
  2. Lipovetsky, G., La era del vacío: ensayos sobre el individualismo contemporáneo, Anagrama, Barcelona, 1986, pág. 79.
  3. Las vanguardias de comienzos del siglo XX fueron movimientos artísticos que se reivindicaban a partir de la ruptura que proponían con los valores artísticos heredados y las formas establecidas. Entre ellos podemos mencionar al futurismo, el fauvinismo, el dadaísmo, el surrealismo y el expresionismo, entre otros.
  4. Lipovetsky, G., op. cit., pág. 83.
  5. Ibidem, pág. 87.
  6. Ibidem, pág. 88.
  7. Ibidem, pág. 88.
  8. El espacio representado dejó de reflejar situaciones cotidianas para dar lugar a contenidos de un carácter más abstracto o simbólico, concitando en oportunidades el desconcierto del espectador. Se establece un rol novedoso para el otrora observador pasivo, una exigencia de interpretación, trabajo o toma de posición; en definitiva, un involucramiento que supone que pararse frente a un cuadro ya no es simplemente como mirar a través de una ventana.
  9. Lipovetsky, G., op. cit., pág. 98.
  10. Adorno, T., Teoría estética, España, Taurus, 1971, pág. 25.
  11. Claro que hace rato que las vanguardias artísticas que fueron pioneras rebeldes contra la tradición han sucumbido. El espíritu que las impulsó no demoró en hacer visibles sus propias limitaciones. Si era un movimiento artístico destinado al fracaso con base en sus contradicciones internas es un debate que excede la propuesta de esta presentación. La institucionalización de su propuesta cristalizada en la sociedad de consumo constituye su trágico fin: la rebelión se convirtió en norma en el decurso del siglo XX.
  12. Lipovetsky, G., La era del vacío, pág. 109.
  13. Entre los aspectos negativos que el propio Lipovetsky atribuye al desarrollo del capitalismo a nivel global se encuentran las recurrentes y a la vez que profundas crisis económicas y sociales, las desigualdades que el propio sistema genera, la inclinación a reducir la protección social de los individuos y las catástrofes ecológicas que produce.
  14. Para quienes sean afectos a las definiciones, aquí se compendian algunas que el propio autor suministra en distintas ocasiones acerca del capitalismo artístico:
    “El capitalismo artístico es ese sistema que produce a gran escala bienes y servicios con fines comerciales, pero con un componente estético-emocional que utiliza la creatividad artística para estimular el consumo comercial y entretener a las masas”. Lipovetsky, G., op. cit., pág. 55.
    “El capitalismo artístico debe entenderse como ese estado del orden económico liberal que por no estar centrado ya fundamentalmente en la producción de bienes de equipamiento invierte cada vez más en las industrias de creación para colocar en el mercado multitud de productos y servicios de consumo atractivos, bienes que generan placer, distracción y experiencias emocionales”. Ibidem, pág. 57.
    “El capitalismo artístico designa el sistema económico que tiende a estetizar todos los elementos que componen y organizan la vida cotidiana: objetos, medios de comunicación, cultura, alimentación, apariencia visual, pero también tiendas y centros comerciales, hoteles y restaurantes, centros urbanos, riberas, muelles y yermos industriales”. Ibidem, pág. 264.
  15. Piénsese por ejemplo en la cultura de la customización que prolifera en todos los órdenes, la moda de la personalización de todo, desde el color de la pintura que adornará el living de nuestra casa a la disponibilidad de fondos de pantalla para el dispositivo electrónico que prefiera: todo está allí disponible para que nuestra vida esté vestida a nuestro gusto, para causarnos placer estético.
  16. Lipovetsky, G. y Serroy, J., La estetización del mundo, pág. 51.
  17. El ejemplo más acabado y emblemático de todo ello es el de la publicidad, una infinidad de técnicas y procedimientos de índole audiovisual puestos a generar sensaciones, a sugerirnos experiencias y sentidos, a poner en ebullición nuestro deseos. Tómese el lector el trabajo de detenerse a observar cualquier comercial: aisle por un instante el producto o servicio que se le ofrece, imagínelo en bruto, separado de todo aquello que lo rodea, de las personas siempre alegres que lo promocionan, de las relaciones que entre ellos se sugieren, de los ideales de los que participan, de los ambientes que los rodean, en fin, haga de cuenta que todo ello no existe, separe al producto en cuestión de todo ello. ¿Por qué se asocian deliberadamente un sinfín de personas, situaciones, historias y cosas con el objeto para promocionar? Si lo que se busca vender es, por ejemplo, algo tan burdo como un chicle, ¿por qué se lo asocia con una mujer joven y guapa, o con una situación breve que busca hacernos reír? Precisamente porque el producto en cuestión importa menos que las sensaciones que en nosotros buscan promover. Imagine a la vez que en las sociedades que defienden el libre mercado y la iniciativa comercial privada los productos y marcas compiten entre sí abarrotando las góndolas y escaparates; volviendo al ejemplo del chicle, son varias las marcas que pugnan por ganarse al consumidor vendiendo esencialmente lo mismo, de modo tal que la diferenciación debe estar dada por alguna otra cosa independiente del producto mismo, y es allí cuando el marketing, el diseño y la publicidad entran en escena y tienen mucho que decir.
  18. Lipovetsky, G. y Serroy, J., op. cit., pág. 53.
  19. Ibidem, pág. 21.
  20. Ibidem, pág. 40.
  21. Ibidem, pág. 44.
  22. “El capitalismo artístico no ha desarrollado solo una oferta creciente de productos estéticos: ha creado un consumidor bulímico de novedades, de animaciones, de espectáculos, evasiones turísticas, experiencias emocionales, goces sensitivos: dicho de otro modo, un consumidor estético, o más exactamente, un transestético”. Ibidem, pág. 50.
  23. Ibidem, pág. 325.
  24. Ibidem, pág. 325.
  25. Ibidem, pág. 25.
  26. Desde Global Footprint Network se estudia la evolución de la huella ecológica, o lo que es lo mismo, el registro y las consecuencias que la actividad humana deja sobre el planeta. Los últimos resultados al día de la fecha indican que cada año, entre los meses de julio y agosto, la humanidad extrae y consume todos los recursos que la Tierra es capaz de regenerar en un año. O dicho de otro modo, promediando la mitad del año ya agotamos los recursos que a la Tierra le toma un año regenerar. En el año 2017, la fecha estipulada como límite es el 2 de agosto; para esa fecha habremos utilizado más recursos de los que la Tierra puede reponer en un año. Más información en http://www.footprintnetwork.org/.
  27. Lipovetsky, G. y Serroy, J., op. cit., pág. 332.
  28. Ibidem, pág. 335.
  29. Ibidem, pág. 339.
  30. Ibidem, pág. 28.
  31. Ibidem, pág. 347.
  32. Ibidem, pág. 354.
  33. Ibidem, pág. 351.
  34. Ibidem, pág. 353.
  35. Lipovetsky, G., La era del vacío, pág. 116.


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