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Introducción

Pensar en las consecuencias que se siguen del contacto con las formas del arte supone redirigir la mirada sobre dominios que exceden lo estético en sentido estricto. Al menos, en lo que toca a lo estético y lo artístico. Así como es difícil pensar en un arte desligado de su materialidad, es fuerza detenerse en ciertos aspectos igualmente constitutivos de algunas obras derivados de impactos extraestéticos. En este sentido, un punto de partida interesante se halla constituido por el entrecruce del arte y ciertas prácticas que dan de lleno en el ámbito que rige nuestra moralidad y nuestra vida en comunidad. Puntualmente, el ámbito de lo político.

Conviene retener aquí lo político en su sentido más amplio. Esto es, entendido como aquel espacio de visibilización y desmarque de ciertos elementos propios de una cultura y sociedad. Así, en el enfoque de Rancière, por ejemplo, el arte deviene –junto a la política– un régimen de visibilidad específico que acompaña a lo político.[1] Ahora bien, en algún sentido, todo arte ha sido y es político. Es decir, ha podido, de mejor o peor manera, contribuir a señalar aquellos ethos en cuyo marco fue configurado. Todo arte, podría sostenerse, espeja su tiempo, su contexto cultural y social, y así acompaña la configuración de tales espacios de construcción comunitaria de sentidos.

Cualquier obra, siguiendo esto, es susceptible de recibir un análisis histórico que busca recuperar parte de su pasado originario en la interpretación adecuada de sí. Paralelamente, buena parte de los problemas que se suscitan en materia de interpretación y crítica de arte descansan, a menudo, en la tergiversación de dichos contextos de origen en el despliegue inconveniente de ciertos anacronismos que, como señala Didi‑Huberman,[2] son propios de la labor historiográfica. La obra permanece como documento y testimonio pero de un tiempo que ya no es y cuya ligazón se halla, consecuentemente, interrumpida.

Sin embargo, existe otro modo en el que el arte acompaña y de algún modo espeja esa realidad extraartística que lo rodea. Se trata de la utilización explícita de sus estrategias en materia de señalamiento, de reclamo, de interpelación. Según esta modalidad el arte interrumpe su tradicional tendencia a la complacencia y el disfrute de sus formas por parte de su potencial público para posicionarse como elemento de transformación. Un arte con compromiso político explícito del que, entre otros, América Latina ha sido claro ejemplo desde mediados del siglo XX.

Si la tarea del arte no descansa ya en la mera contemplación estática de sus formas con vistas al disfrute estético, esta constituye una de las alternativas en las que el desmarque contemporáneo amplía las fronteras del mismo. El ejercicio de las prácticas artísticas deviene instrumento o vehículo de transformación social, política, cultural. Toda vez que sus propuestas se corren de los parámetros neutralizantes de aquellos contextos tradicionalmente vinculados a ellas es posible advertir el despliegue de alternativas que trascienden lo estético.

Un claro activismo político acompañó buena parte de las producciones artísticas de mediados de siglo XX en la Argentina y en Latinoamérica. Un vuelco interesante para el arte y la cultura locales que llevó a transformar las vidas de más de un artista y su obra. Un modo de encauzar reclamos, denuncias, peticiones y demás estrategias de visibilización pareció atestiguar algunas proyecciones y anhelos teóricos esbozados con anterioridad. Sin embargo, lo importante parece cifrado en la posibilidad que comienza a habilitar un efecto diferente del contacto meramente estético con el arte. Algunos de aquellos miembros de lo que hoy se considera la primera generación de la Escuela de Frankfurt, y cuya tesitura es recuperada por parte de los trabajos que componen este volumen, cifraron cierta esperanza en lo estético como modo de resistencia frente al instrumentalismo y la opresión del sistema imperante. Parte de ello tuvo que ver con oponer a la creciente estetización del orden político una buena dosis de politización del arte.

La compilación que introducen estas palabras fue gestada a la luz de estos problemas y con el afán de trascender las limitaciones de corrientes filosóficas para dar lugar a una pluralidad de voces y aportes teóricos que permitieran un amplio recorrido. El proyecto de investigación que le da nombre a este texto tuvo lugar en el marco de la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional de Mar del Plata durante los años 2018 y 2019. El resultado de aquellas búsquedas iniciales y de esos esfuerzos colectivos, construidos desde aportes de estudiantes, graduados/as y docentes investigadores/as, es la presente colección de exploraciones de muy diferentes posiciones y autores de los siglos XX y XXI, cuyas ideas se anclan en los vínculos estrechos que existen entre la experiencia estética, el arte, la sociedad en su trama ético-política y los avatares de la cultura moderna y contemporánea.

Federico Mitidieri se ocupa de la presentación de Theodor Adorno, para quien la experiencia estética es expresión de la no identidad. Para este autor, el arte requiere de la interpretación filosófica para decir su verdad, pero esa interpretación no cierra definitivamente la obra, por lo que arte y filosofía deben complementarse para dar cuenta del contenido de una verdad, que no puede decirse por sí misma. De esa forma, la verdad permanece en condición de enigma en la obra de arte, expresando desde allí lo que no se puede expresar en la sociedad, a saber, lo no idéntico, lo no conceptual, lo emancipado en una sociedad falsa.

Ignacio Girala analiza los aportes de Walter Benjamin a la luz de la emergencia de los medios técnicos que irrumpieron en la vida europea a lo largo del siglo XIX modificando no solo los modos de producir y distribuir obras de arte sino también el ámbito de la experiencia y de la reflexión estética en un sentido más abarcador, con poderosas derivas políticas emancipatorias. Para Benjamin, en la misma sociedad capitalista y post-aurática se encuentran las vías para su superación.

Cristian Bianculli recupera los aportes en torno a la experiencia estética que devienen de las obras de Herbert Marcuse, analizando la vinculación con la técnica en el marco de una organización social profundamente homogeneizante. Del mismo modo que en la totalidad de su filosofía, el análisis marcuseano de la experiencia estética y la permanencia del arte conduce al reconocimiento de ciertas instancias potenciadoras de la negación, que se vislumbran como fragmentaciones posibles en un orden de dominación.

Para completar el panorama de los aportes de la línea de la teoría crítica al problema de los alcances extraestéticos de la experiencia del arte, Guillermo López Geada analiza la propuesta de Christoph Menke, quien, siguiendo a Adorno, ve el potencial crítico de la estética en su efecto postestético, del cual lo más importante es poner en evidencia que nuestros modos habituales de comprensión (automáticos, inmediatos, identificadores) fracasan al realizar afirmaciones con un mismo concepto para todos los casos posibles. El fracaso de la comprensión al que conduce la experiencia estética consiste, entonces, en señalar que la razón y los discursos entran en una crisis irresoluble cuando dan una validez infinita a un uso de los conceptos, que fue determinado por los medios, finitos, del conocimiento.

Contemporáneo de Menke, en pleno siglo XXI, Martin Seel propone una estética del aparecer que también se inscribe en la estela de la obra de Adorno, pero despliega un juego profundo con la problematización de las modalidades de la experiencia, retomando desarrollos propios de la estética kantiana, aunque mediados por las herramientas de consideración de toda la tradición de la teoría crítica. Romina Conti se ocupa de esta propuesta, que reinstala y profundiza en las posibilidades de una estética no conceptual, pese a los principales detractores de la experiencia estética en las concepciones preponderantes del arte contemporáneo.

Desde otra línea filosófica, Maximiliano Correia se ocupa de los aportes de Jacques Rancière, para quien la igualdad se funda en un tipo de sensibilidad que abarca un conjunto de modos de hacer, sentir, hablar y ver. Gestos y acciones que derriban la preeminencia de determinadas concepciones edificantes que hacen de la percepción del mundo algo unívoco e inamovible. Rancière aporta elementos para la comprensión de que la dominación no se limita de manera simplificada a un sistema económico desigual, sino que es necesario dimensionar su alcance como régimen de lo decible, lo visible y lo pensable.

Juan Pablo Sosa aborda el pensamiento de Gilles Deleuze, para quien no hay pensamientos generales, sino que esta tarea siempre se realiza en un dominio determinado, el filosófico o conceptual y el artístico o sensible. Sosa reestablece los puntos nodales de la filosofía de Deleuze, según la cual se piensa mediante concepto o bien mediante sensaciones, y ninguna modalidad de pensamiento es mejor que otra, ni más plena, ni más completa. Preguntar entonces por el vínculo del arte y la experiencia estética con el pensamiento es desconocer ese lazo de naturaleza común que las aúna.

En el octavo capítulo, Nahir Fernández sistematiza elementos claves de la propuesta de Jean-Marie Schaeffer en su análisis de la conducta estética. La autora señala que en esta propuesta filosófica convergen elementos de la antropología, la biología y la filosofía misma, dejando de lado la tesis de la excepcionalidad humana y con ello el etnocentrismo y el antropocentrismo de las miradas predominantes sobre lo humano en nuestra cultura occidental y eurocentrada. Para Schaeffer, el análisis de la experiencia estética no tiene que ser materia específica de la filosofía, sino que en este pueden y deben participar otros saberes.

El planteo y análisis de los aportes de John Dewey son presentados por Mariano Martínez Atencio. El énfasis del texto está puesto en aquellos elementos de la propuesta del filósofo que apuntan a develar la inconexión del arte respecto de las restantes esferas de la cultura que se sostiene en la sociedad posindustrial. Dicha inconexión es reflejo de la incoherencia de las sociedades actuales. Frente a esto, parte del problema actual parece derivar del aislamiento que suponen los modernos modos de producción y, consecuentemente, de consumo.

También mirando los condicionamientos de las experiencias contemporáneas, Ignacio Leandro Luis recupera la obra de Jean Baudrillard, enfocando particularmente la vinculación entre los conceptos de simulacro y arte. El investigador sostiene que en la estética se encuentra casi la totalidad de las categorías desarrolladas por Jean Baudrillard, que se muestran actuales para pensar las dinámicas del arte contemporáneo y su lugar en la dinámica de la cultura de nuestras sociedades.

Jazmín Bassil aporta la mirada de Boris Groys, según el cual es posible retornar a las preguntas por la relación entre la estética y la poética; es decir, a los interrogantes que se abren en el territorio de la estética contemporánea, para distinguir las visiones o funciones de los/las artistas o productores/as de arte y de los/las consumidores/as, espectadores/as o contempladores/as. El problema del arte, el diseño y la estetización del mundo colocan al aporte de Groys en el intercampo de la sociología, la ética, la política y la metafísica, lo que hace de sus aportes una clave de actualización de muchos de los debates planteados en torno al problema del lugar de lo estético.

Finalmente, la compilación se cierra con el capítulo de Esteban Cardone sobre Gilles Lipovetsky, para quien desde que el arte asumió la rebelión contra el orden instituido, contra el espíritu burgués y contra la sociedad que él produjo hace su aparición el individualismo hedonista, en declarada batalla contra el orden disciplinario impuesto por la sociedad burguesa. Para Lipovetsky, el modernismo es una instancia cultural e histórica de rechazo a la tradición y por consiguiente de afirmación de la libertad individual, por lo que la teoría del autor analiza las derivas de esa dirección en las experiencias propias de la vida contemporánea.

El presente texto se compone entonces de doce capítulos, elaborados en el marco de una serie de encuentros de lectura, de exposición y debates que se propusieron desplegar las diferentes dimensiones del desborde de lo estético, y hacerlo desde teorías filosóficas contemporáneas. Esto debe entenderse en el sentido de Agamben, que nos recuerda que “lo contemporáneo es lo intempestivo”. Aquello que ofrece resistencia, que no entra dócilmente en las lógicas habituales de la comprensión y que disloca el sentido de la interpretación respetada.

Podríamos agregar que la experiencia estética es siempre contemporánea en ese sentido:

Pertenece en verdad a su tiempo, es en verdad contemporáneo aquel que no coincide a la perfección con este ni se adecua a sus pretensiones, y entonces, en este sentido, es inactual; pero, justamente por esto, a partir de ese alejamiento y ese anacronismo, es más capaz que los otros de percibir y aferrar su tiempo.[3]

Queremos agradecer a la Universidad Nacional de Mar del Plata el marco para la generación del proyecto de investigación que dio origen a este trabajo, a nuestros/as colegas y amigos de la carrera de Filosofía, con quienes hemos discutido colectivamente muchas de las ideas aquí vertidas; a Gabriel Cabrejas por el apoyo a nuestras iniciativas y por el prólogo de esta obra colectiva; a Paula Meschini por la hospitalidad en el maravilloso espacio de la Facultad de Ciencias de la Salud y Trabajo Social en el que pudimos realizar nuestros encuentros de avance y de debate; y muy especialmente a Andrés Crelier, por acompañar las instancias formales de nuestro trabajo, con entusiasmo y generosidad.

De esta forma, y en un año tan desafiante como el que nos ha tocado atravesar, abrimos el conjunto de presentaciones sobre las posibilidades de trascendencia del arte y de lo estético, desde esa perspectiva contemporánea: aquella que mantiene la mirada fija en su tiempo, pero no para percibir sus luces, sino su oscuridad. Esperamos que estas introducciones a diferentes miradas de diversos autores se constituyan para quienes las lean en una invitación abierta a profundizar en esos u otros abordajes que nos permitan debatir, cada vez más intensamente, las posibilidades de la estética en la trama posible de trasformaciones de nuestra realidad.

 

Romina Conti y Mariano Martínez Atencio

Mar del Plata, diciembre de 2020


  1. Cf. Rancière, J., El desacuerdo. Política y filosofía, Buenos Aires, Nueva Visión, 2010 o El espectador emancipado, Buenos Aires, Manantial, 2010.
  2. Cf. Didi-Huberman, G, Ante el tiempo, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2006.
  3. Agamben, G., “¿Qué es lo contemporáneo?”, en Desnudez, Buenos Aires, Adriana Hidalgo Editora, 2011, pág. 17.


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