Andrés Dapuez
Sabemos a ciencia cierta que en el largo plazo estamos todos muertos. El famoso economista lo sigue anunciando desde el más allá. Sin embargo, ignoramos, mientras más largo sea ese plazo, cuánto dinero les dejaremos en herencia a nuestros hijos, nietos, etc. o cuánto importará el monto de nuestras deudas. Dinero e incertidumbre son, por supuesto, no solamente preferibles a la certeza atroz de nuestra inexistencia. Juntos contrastan con la sombría temporalidad en que ya nada importa. Ambos, dinero e incertidumbre, son bálsamos para ese larguísimo plazo. No me caben dudas, después de entender la irónica profecía J.M. Keynes, que el dinero surgió de las astucias impuestas por la incertidumbre a los humanos, y por eso mismo, es precioso.
Siempre y cuando me fije en mi bolsillo, o en mi cuenta bancaria, podré saber con alguna certeza qué gastos podré afrontar mañana. ¿Pero qué pasa si a esa proyección de gastos la amplío en un par de días, meses, años o décadas? ¿Puedo calcular precisamente hoy cuánta plata tendré en veinte años? ¿Pero por qué estoy hablando de dinero e incertidumbre? Evidentemente, porque el dinero ha sido creado para disminuirla. Pero también porque la incertidumbre radical se puede reducir con presupuestos detallados, con promesas o simplemente con ficciones de gratuidad. Si este texto trata al dinero como ficción es porque la ficción nos ayuda a producir futuros diversos para volver con más intensidad sobre lo real. Más específicamente, este capítulo habla de un dinero transferido por el estado argentino a través del programa Asignación Universal por Hijo para la Protección Social, que al producir distintas ficciones entre sus dadores y receptores, engendra nuevos regímenes de gratuidad e incertidumbre.
Según el sociólogo alemán Jens Beckert las “expectativas ficcionales” (2011; 2013; 2016) son imágenes de futuro producidas por los actores sociales para vivir en un mundo cambiante. Las mismas emergen no como frutos de un razonamiento empíricamente fundado, sino, en cambio, como producciones mentales que anticipan hechos y que, a diferencia de un cálculo matemático, o de una expectativa racional, utilizan a la imaginación como su principal recurso. Estas invenciones reciclan un conjunto de objetos previamente formulados por una sociedad, por un sector de ella, por distintos grupos sociales. Al reordenar imaginariamente un cúmulo limitado de información, estas anticipaciones tienen más que ver más con lo socialmente esperable que con lo que realmente pueda llegar a pasar. Sin embargo, y como ya lo dijo el mismo economista antes de los estudios sobre performatividad, para saber quién va a ganar un concurso de belleza o para saber qué acción va a subir en el mercado de capitales, lo que importa es saber las preferencias de la mayoría de los jurados, no mis propias preferencias, sobre belleza o títulos de capital. Los futuros imaginarios, por lo tanto, son siempre compartidos. Pueden ser productos de un sueño individual, pero como todo sueño posee marcas sociales que evaden a cualquier solipsismo. Y cuando el dinero interviene como uno de sus elementos fundamentales esas ficciones anticipatorias se vuelven doblemente sociales.
Capital humano como ficción
Las ficciones de gratuidad monetaria son también construidas de esta manera, socialmente. A través de observación y entrevistas que mantuve durante el período 2015-2020 en la provincia de Entre Ríos, Argentina, pude encontrar ciertos patrones en los que tanto los funcionarios que controlaban dicha política como sus beneficiarios se reconocían. Como todo trabajo con alguna base etnográfica, éste dependió de una ilusión comunitaria; en este caso, de ficciones compartidas sobre el dinero.
Pongo un ejemplo, después de preguntar a decenas de administradoras de la transferencia monetaria Asignación Universal por Hijo para la Protección Social en qué gastaban esos dineros, y después de escuchar la respuesta normalizada de que “esa plata se usa para comprarle cosas a los chicos”, comencé a pensar en los efectos que esa ficción produciría. De la repetición de lo esperable la gente obtiene certezas que de otra forma se les escabullirían. Aclaro que es muy probable que la mayor parte de dicha transferencia se convierta en comida para los hijos de las administradoras de AUH, pero a lo que me refiero acá es a la proyección que se construye mediante una respuesta normalizada.
Al encontrar acuerdos mínimos y tácitos entre un estado que provee de dinero a los pobres para que se mantengan, y las ficciones que esos pobres reproducen para representarse a sí mismos y al estado en una relación virtuosa, entreveo más que una etnografía de la administración estatal y efectiva de la pobreza por medio de transferencias monetarias como la que acertadamente escribió Alejandro Agudo Sanchíz (2015). Los futuros proyectados por los beneficiarios de AUH, y de otras transferencias monetarias, contribuyen sobre todo a reproducir ficciones capitalistas de “barrios vulnerables” o de “villas miserias”, dependiendo de quién los nombra. En pocas palabras, ficciones de incertidumbre y de gratuidad se representan para activar a un dinero-capital que se escenifica, entre otras potestades, con la capacidad de sacar definitivamente de la pobreza a sus beneficiarios.
En este sentido, Carol Worthman, criticando la lógica del “modelo dual” de las políticas de desarrollo, específicamente, al señalar en sus diseños las expectativas automáticas y “mágicas” de que una “inversión” en desarrollo humano, para que la misma produzca retornos materializados en ganancias recíprocas de productividad, y beneficie a la sociedad en su conjunto (de dentro-hacia-afuera) transformándose “en desarrollo socioeconómico” (Worthman 2011: 447) ha objetivado dos circuitos. Por una parte, el dinero circulará desde el estado, representando a la sociedad, hacia el individuo. Por otra, el individuo al desarrollar su capital humano y sus capacidades económicas, al convertirse en un adulto productivo, devolverá su contribución a la sociedad.
Por mi parte creo haber entendido que la magia de la inversión del modelo dual argentino se produce en procesos expectacionales, entre el estado y familias beneficiarias, y alrededor de un cierto tipo de dinero-capital (Dapuez 2020). En ese sentido, entre el dinero transferido por el estado y las expectativas económicas de sus receptores se abre un espacio social autónomo de producción social de expectativas que tiene como objeto principal al dinero-capital. Esta es una de las áreas más importantes en donde se objetivan los efectos de las transferencias. En pocas palabras, las transferencias monetarias actuarían como inversiones en expectativas. Su principal función será la de incentivar, o por lo menos reafirmar, la “capacidad de aspirar” (Appadurai 2013) de sus beneficiarios a formar un capital.
¿El capital desde abajo?
Pero ¿cuáles son, concretamente, las aspiraciones que las familias receptoras de AUH construyen para sus beneficiarios? Es decir, ¿cuáles son las principales formaciones de capital a las que las familias receptoras aspiran acceder para sus hijos?
Sobre todo, una “casa de material”, es decir de ladrillos, cemento e instalaciones regulares de agua, luz y gas y una educación formal que a sus hijos les permita el ingreso al mercado formal de trabajo. La obtención de certificados educacionales que posibiliten el acceso a un trabajo formal y la infraestructura familiar que haga posible estos certificados, no agota, sin embargo, las pretensiones de las administradoras de AUH. Ellas explican con sus palabras que ese dinero está destinado a una acumulación efectiva de capital humano en sus descendientes. De ninguna manera la fuerza semiótica del dinero de AUH se limita a los certificados o al estigma que las señala como pobres y carentes de la infraestructura necesaria para que sus hijos tengan los logros educacionales adecuados.
Como traté de describir y explicar en otros lados, el dinero-capital de la AUH no solo conecta a sus beneficiarios con el resto de la sociedad, por medio de consumos de mercancías y servicios que promueven imaginarios capitalistas (Dapuez et al. 2017; Dapuez 2020); sino también, y más importante, promete procesos de formación de capital a largo plazo a través de la incorporación de salud y educación en los niños y niñas a escolarizar. Las proyecciones del dinero transferido (de arriba hacia abajo) se encuentran con apropiaciones (de abajo hacia arriba) que solamente pueden ser estudiadas al través (para continuar con la simplificación espacial que proponen Susan Wright and Sue Reinhold 2011). ¿Por qué?
Porque, aunque el propósito de acumulación de capital humano en los estudiantes sea ignorado por sus beneficiarios, la efectividad de la política (top-down) puede ser estimada en términos objetivos, al evaluarse cuántos meses o años de escolarización o de sobrevida se logró agregar a las poblaciones beneficiarias. En sentido contrario, y desde una perspectiva (bottom-up) las resignificaciones culturales de los dineros recibidos podrán ser las más variadas, y a veces, contra-hegemónicas, al por ejemplo, “quemarse” los dineros de AUH en alcohol y drogas. Sin embargo, el “studying through” de la antropología de las políticas nos permite una cierta trayectoria reproducible, limitando las afirmaciones relativas pero oposicionales con el arriba y el abajo (que no son más que idealizaciones de otras oposiciones polares como la de las perspectivas emic versus etic).
De esta manera el trayecto del dinero desde el estado hacia los hogares y desde estos últimos hacia el mercado parece no hacer otra cosa más que recordarnos que los actores se anticipan todo el tiempo a los movimientos de los otros actores. El seno de las unidades domésticas no debería ser considerado, por lo tanto, como un destino final de los dineros de AUH, en el que los mismos desaparecen en consumos de mercancías, principalmente en alimentos. En el capitalismo, y por definición de las ciencias de la economía, los hogares deben considerarse como lugares de producción de capital, humano y económico. La antropología económica que desconozca la compleja topografía del capital en los hogares, y que prescriba una clara línea divisoria entre el adentro y el afuera de éstos últimos, no solamente estará reproduciendo una idea un poco ingenua de la pureza de las esferas públicas y privadas, sino que también desconoce la principal característica del dinero en el capitalismo, esta es la de tender siempre a valorizarse infinitamente (Marx 2000), convirtiéndose en capital (Keynes 1936) en cada posibilidad. Por lo tanto, la antropología de las transferencias monetarias que reproduzca la escena originaria entre un dinero y una familia pre-capitalista no hará más que ficcionalizar el encuentro imposible entre esferas de mercantilización y gratuidad, en la que una de estas dos esferas se vuelve hegemónica.
Etnografías del dinero transferido
Si bien el estudio antropológico de las transferencias monetarias constituye un área relativamente nueva, este acumula ya un abundante corpus. Los orígenes de esta sub-disciplina se remontan a los años noventa cuando se implementan las primeras transferencias masivas en México (PROCAMPO 1994 y PROGRESA 1997) y el estado mexicano constituye los organismos para realizar evaluaciones cualitativas. Entre quienes las realizan, Mercedes González de la Rocha y Alejandro Agudo Sanchíz publican los primeros trabajos académicos sobre su recepción y uso. En ellos, estos autores sugieren que el estado, a través del programa OPORTUNIDADES, continuación de PROGRESA, reproduce una imagen homogénea de la familia (González de la Rocha y Agudo Sanchíz 2006). En otros artículos, González de la Rocha sostiene que las “corresponsabilidades” del programa (enviar los hijos a la escuela, cumplir con el calendario de vacunación, entre otras condiciones) se vuelven de imposible cumplimiento, sobre todo cuando los hogares están encabezados por ancianos, madres solteras o madres responsables tanto de trabajar fuera del hogar como del cuidado de sus hijos (González de la Rocha, 2006). Se afirma que, en algunos casos, las condicionalidades que imponen las transferencias a sus administradoras son contraproducentes o son recreadas al interior de las comunidades como “compromisos” que algunas mujeres establecen con otras mujeres (Agudo Sanchíz 2011), complejizando así las nociones de “empoderamiento” femenino (Maldonado et al., 2005: 38; Gammage 2010), aunque sin llegar a suscribir al argumento de Molyneux, quien había sostenido que las transferencias monetarias re-tradicionalizan el papel de la mujer en el hogar y transforman a las madres en meros conductos de políticas de desarrollo (Molyneux 2006).
Investigaciones posteriores sobre la implementación de cash transfers, esta vez en África, también revelan que los procesos de inclusión propuestos por medio de los programas de transferencias monetarias producen “sospechas” sobre el estado y las ONG que distribuyen el dinero (Olivier de Sardan et al. 2015) y finalmente sobre sus receptores. Otros investigadores, basándose en la denuncia de Taussig (1980) acerca de la producción sistemática de dineros infértiles en la periferia de la economía mundial, muestran cómo diferentes grupos indígenas de Perú consideran a las transferencias monetarias como parte de una estrategia de “apropiación peligrosa” (Piccoli 2014, 1). Según reportan los trabajos de Santos Granero y Barclay (2011) y Piccoli (2014), los beneficiarios indígenas de las transferencias monetarias peruanas aseguran que el estado está adelantado dinero para apropiarse de sus vidas (en forma de órganos, niños o sangre), para incorporarlos, debilitados, al sistema capitalista mundial. De esta manera, algunas de las etnografías arriba mencionadas han tenido cierta sensibilidad a la proyección de futuros que las transferencias de dinero generan en sus respectivos países y receptores, pero se han dedicado sobre todo a describir sitios donde debería haber capital.
Arriba, abajo y a través
Al comenzar una carrera universitaria, al dejar un trabajo, cuando tenemos hijos o emprendemos un viaje, entrevemos resultados. Nos imaginamos con un título universitario, con otro trabajo o de vacaciones, con hijos yendo a la escuela o jugando con nosotros en una plaza, o disfrutando del paisaje o de un hotel que proyectamos a partir de una mezcla de imágenes previas. En cada tarea que emprendemos no podemos dejar de proyectarnos a nosotros mismos esas imágenes. Las mismas seguramente serán muy distintas de las que realmente veremos mientras desarrollemos nuestras acciones, o al terminarlas. Nuestro accionar es siempre teleológico. Pero el fin de las acciones también va cambiando. Las imágenes del futuro normalmente se van adecuando según las acciones se vayan desarrollando. Nuevas imágenes desmienten a las viejas. Sin embargo, las imágenes proyectadas al comienzo nos ayudaron a comenzar o a desistir de la tarea. O para ponerlo en términos negativos, es imposible que no aparezcan ficciones premonitorias de la acción y todo un imaginario en el que se enmarquen las ilusiones más irreales con la planificación más racional.
Ahora bien, ¿cuál es la lógica de esas premoniciones? Su lógica es social. Difícilmente uno emprenda un viaje, por ejemplo, sin haber escuchado alguna descripción del lugar a dónde va, sin haber visto un mapa o fotografías relativas a su destino. Cuando uno se imagina unas vacaciones en Colombia, por poner un país que no conozco, aparecen partes de narraciones, de recuerdos de personas que visitaron ese país y nos lo contaron, de personas de ese país que uno conoció, de fotos, canciones, sabores, olores, que de una manera u otra están relacionados con “Colombia”. Dije “de una manera u otra”, pero quise decir socialmente relacionados con mi imagen de Colombia. Cuando hablo de relaciones sociales, o de imágenes socialmente relacionadas, me refiero aquí a una posición concreta y discreta en un conjunto. Más allá de la repetición tautológica que nos dice que toda relación es social o que toda socialidad es relacional, mi posición en un conjunto social determinado se vuelve la primera pista para encontrar una racionalidad en las imágenes evocadas por una palabra, una imagen, una melodía o un concepto.
Cuando digo “Colombia”, entonces, aparecen sensaciones que seguramente no serán las mismas que las que se le aparezcan a otra persona, porque yo y esa otra persona nos encontramos en distintas redes de relaciones. En mi cabeza, si yo soy un profesor universitario adulto, o una joven wayúu, se producirán distintos conjuntos de sensaciones y de conceptos. “Colombia”, en el primer caso, traerá a mi mente un cúmulo aparentemente desordenado de percepciones; pero el mismo puede ser perfectamente comparado con un segundo cúmulo de sensaciones. Siendo yo una joven indígena colombiana mis imágenes de “Colombia” diferirán bastante de las del profesor universitario argentino. En pocas palabras, las anticipaciones de “Colombia” que ambos tengamos dependen de quienes seamos y de cómo hayamos sido socializados, entre otras cosas, en relación a Colombia. Sin embargo, existe algo en común para nuestros procesamientos semióticos de la palabra “Colombia”. Con el dinero- capital ocurre otro tanto. Uno no puede pretender que las personas que viven en “villas miserias” o en el campo no tengan nada en común con el dinero-capital del profesor universitario de economía. Tal vez no entiendan exactamente con los mismos conceptos o no puedan explicarlo con las mismas palabras, pero con certeza lo referirán a un núcleo de sentido en común.
El poder de compra del dinero está limitado, también, por imágenes tentativas. No solamente provienen de la publicidad, o de interesadas máquinas de sueños que contaminan y tratan de encauzar ese poder de compra hacia determinados productos o servicios. También, el estado que transfiere dinero a sus pobres lo condiciona, haciéndole saber a las madres administradoras de esas transferencias en qué deberían gastarlo: en los hijos y las hijas, en los destinatarios finales de AUH. En pocas palabras, el estado les hace saber, por distintos medios, que les transfiere a las madres esas cantidades mensuales para que los niños estén sanos, bien alimentados y bien educados. Casi cualquier cosa se puede discutir de los programas de transferencias monetarias condicionadas, menos que sus beneficiarios deberían ser estos niños y niñas. Que el dinero de las transferencias debe ir para alimentarlos, vacunarlos y enviarlos a la escuela.
Imágenes a futuro de esos niños, esta vez jóvenes con un diploma, bien alimentados y sanos, se supone que acompañan a las transferencias mensuales. De vez en cuando, también se presentan algunas siniestras premoniciones. En rumores o en la prensa aparecen padres o madres de los beneficiarios malgastando los dineros de AUH en drogas, alcohol, ropa y fiestas. Esos casos marginales no hacen, sin embargo, más que reafirmar que esos dineros al no provenir del esfuerzo que el trabajo les imprime no puede ser más que malgastado. De una manera u otra, los destinos de los dineros de AUH están rigurosamente previstos. Así los consumos refuerzan expectativas de vida particulares. Distintas unidades domésticas y el “estado de post-bienestar” (Hyatt 2012) renegocian los destinos imaginarios y reales de las transferencias monetarias en términos de expectativas inter-generacionales de acumulación de capital humano, económico y social.
Trampas para atrapar futuros
Las transferencias monetarias Asignación Universal por Hijo para la Protección Social (de ahora en más “AUH”, para abreviar) fueron cambiando según los distintos contextos sociales y políticos en las que las mismas se anunciaron, implementaron, recibieron y gastaron. Instaurada en octubre del 2009 a través de un decreto presidencial, la AUH fue presentada como un instrumento compensatorio de tantos años de políticas neoliberales.
“Neoliberalismo” y “neoliberal” se parecen a insultos porque son categorías que nadie, o casi nadie, hoy se auto-adjudica, y, como casi todos los insultos tiende a designar, por la fuerza misma de una supuesta acusación, a conjuntos vacíos. En EEUU, donde mucha gente se autodefine como “liberal”, durante la presidencia de G.W. Bush, la prensa intentó proteger a esa categoría de la nueva versión (neo), hablando en vez de “neo-liberal” de “neo-con” (Wedel 2009). Este último neologismo, valga la redundancia, pretendía hacer justicia al mismo tiempo refiriendo a los nuevos conservadores, pero también a los nuevos estafadores o “con-men”. Por lo tanto, una buena opción podría ser no utilizar más “neoliberal” para designar a un adversario y buscar otra, un poco más técnica y descriptiva, como por ejemplo “monetarista”.
El monetarista Milton Friedman, quien en los capítulos X, XI y XII de su libro Capitalism and Freedom (1962) es quien realiza un prolijo diseño del Negative Income Tax, es decir del “retorno” o transferencia de dinero para aquellos que estuvieran por debajo de una cierta cantidad de ingresos. La idea que sustentaba esta simplificación era que el estado de bienestar (welfare state) gastaba más y peor que los mismos individuos de pocos ingresos en sí mismos. A partir de esa formulación teórica, el Internal Revenue Service lo fue implementando de distintas maneras, proveyendo de un dinero extra a los ciudadanos que, supuestamente, lo necesitaban. Otro ejemplo de transferencia monetaria que se relaciona directamente con el “neoliberalismo” o con el monetarismo, fue la que el gobernador republicano de Alaska instituyó en su estado para todos sus habitantes. Las petroleras comenzaban a explotar y a vaciar las reservas del estado. Por primera vez los residentes de Alaska en el año 1982 reciben US$1000 como renta compensatoria de dicha explotación. El origen es un fondo constituido a tal efecto. Según documentación oficial se calcula que el Alaska Permanent Fund se inició con una suma inicial de $734,000 en 1977 y llegó a tener US$ 52.000 millones en el 2015.
Por otra parte, y unos meses después de su implementación en Argentina, AUH se transformaba en la política de estado con mayor consenso social. Cerca de las elecciones del 2015 se la consideraba como el logro más destacable del gobierno de Cristina Fernández. Sin embargo, ya para esa época un sector importante de la sociedad argentina la denostaba. Junto con otros “planes” sociales una parte de la clase media baja se hacía eco de críticas reaccionarias. Las mismas clasificaban a los receptores de programas sociales dentro de las categorías que la literatura especializada ha denominado “pobres no merecedores” y “reinas del estado de bienestar”. Al hacerlo, no solamente reafirmaron sus anticipaciones conservadoras, también se diferenciaban ellos mismos de los receptores de programas de asistencia social. Por medio de esta diferenciación reapreciaban su agencia y su capacidad de trabajo mientras devaluaban las de quienes recibían transferencias monetarias u otras “ayudas” del estado o de ONG. ¿Eran todos estos detractores de las políticas de transferencias monetarias monetaristas críticos de un instrumento diseñado por Friedman? ¿Eran, en cambio, laboristas que solamente pretendían que el dinero se obtuviera en el mercado de trabajo?
Lo interesante de la historia de las expectativas que AUH contribuyó proyectar no tiene que ver con dicotomías maniqueas: neoliberal versus progresista; vagos versus trabajadores; antipopulares versus populares. Lo que me interesa mostrar acá es que nos encontramos a nosotros mismos intentado modificar no solamente nuestra propia prolepsis, en el transcurso de nuestras acciones, sino que también la de los otros. Estas pequeñas o grandes batallas sobre el futuro forman una parte importantísima de nuestras acciones cotidianas, de nuestra vida de todos los días. Unos y otros, ellos y nosotros, nos preocupamos por diferenciarnos, no tanto de lo que real u ontológicamente seamos, sino por lo intentamos ser. Veamos otro ejemplo.
La reina del estado de bienestar es un personaje creado en los EEUU durante la administración Reagan. El mismo Ronald Reagan se refirió a este mito en varias entrevistas. Se trata de una mujer afroamericana promiscua que ha tenido todos los hijos que pudo para beneficiarse, mediante su reproducción, de las arcas estatales. Al tener más hijos sumaba más ayudas estatales o, como decimos en Argentina, más planes sociales para vivir de los mismos. ¿Pero al hablar de ella de qué estaban hablando Reagan y sus seguidores? Probablemente de su propio racismo, machismo y maniqueísmo. También de las expectativas que ellos mismos necesitaban prefigurar en sus adversarios.
El mecanismo anticipatorio al que hago referencia es tan viejo y excitante como lo es el ritmo percusivo. Aquí aparece en su versión perversa pero también tiene un lado bueno. Si bien los neoliberales necesitaban de una enemiga que enfrentar con su reforma del estado, no la querían solamente para eliminarla. Antes, pretendían que se comportara según sus expectativas. Necesitaban creer en su existencia. Ahora bien, un poco de lo mismo ocurre en estas líneas cuando tematizo la brutal simplificación neoliberal de las mujeres pobres como reinas del estado de bienestar, no solamente me creo un enemigo a mi medida, “el neoliberal”, sino que espero que se comporte, o se haya comportado, de alguna determinada manera. En ambos casos, en el de la construcción de una reina del estado de bienestar reaganeano o en mi descripción de Reagan y sus acólitos reformando el estado de bienestar, aparece un recorte sesgado del pasado, proyectado como futuro. Esto es, lo que se puede esperar de un neoliberal o de una reina del estado de bienestar. Estos futuros simplifican los dos argumentos.
¿Por qué esperamos ansiosamente que los machistas, racistas, neoliberales, las reinas del bienestar, los receptores de programas sociales, los vagos, y la lista puede seguir, se comporten de una determinada manera? No solamente lo esperamos. También proyectamos sus comportamientos y, al hacerlo, construimos lo que preliminarmente podría denominarse trampas de futuros. En ellas tipificamos comportamientos para los cuales también hemos previsto las respuestas adecuadas. El protocolo de reacción ante un comportamiento X a veces se anquilosa y lo cambiamos por otro, pero nunca dejamos de prever conductas, ni propias, ni ajenas. Ni siquiera cuando investigamos.
Esta no es una conclusión reflexiva a la que llegamos. Es solamente un punto de partida para una investigación que intentará dar cuentas de las regularidades sociales y de la misma imposibilidad de prescindir de previsiones, anticipaciones y expectativas para objetivarlas. Como toda investigación empírica, sus conclusiones son tentativas y provisorias. Poco deberían tener que ver con ideologías que intentan retroalimentarse de supuestos que anticipan comportamientos. Sin embargo, los presupuestos producen, a priori, los sujetos aptos para realizar las ideologías en las que se enmarcan. A estos supuestos anticipatorios los he dado en llamar “trampas de futuros”. Solo puedo objetivarlas al establecer sus repeticiones, en este caso, para volver un poco más inteligibles los programas de transferencias monetarias.
El capital como trampa de futuro
Las trampas de futuros sujetan determinados tipos de actores y dejan escapar otros. Una ideología, por ejemplo, dispone de un cierto régimen de futuridad que le ayudará a construir ciertos tipos de promesas de un mundo mejor, dejando de lado otros. Comparándolas con otras promesas, con otros regímenes de futuro, se las puede objetivar un poco más. Así, se puede saber si la promesa de felicidad que implica se encuentra en el largo, en el mediano o en el corto plazo, por ejemplo. Si apunta a una vida autónoma, individual y auto-sustentable o si, en cambio, nos habla de una comunidad solidaria en la que todos dependen de todos en casi todos los órdenes de sus vidas.
En los casos que analizo existen dos ideologías contrapuestas que presentan trampas de futuros distintas. La primera proviene, desde la formulación misma de la política, del estado y de los simpatizantes del partido que en el 2009 gobernaba Argentina. Su utilidad fue la de co-ayudar a producir madres responsables pero probablemente tenderá, también, a contradecir los hallazgos de dispositivos diferentes, siempre y cuando éstos sujeten a receptoras que gastan esos dineros en cerveza u otro bien suntuario y no conducente a la mejora de las capacidades del niño beneficiario. La política de transferencias monetarias del gobierno de Cristina Fernández se enmarcó en una serie ideológica que pregonaba el ascenso de una nueva centro-izquierda al poder promoviendo el consumo popular.
Los autodenominados gobiernos “progresistas” de Argentina hicieron todo lo posible para relacionar a AUH con Bolsa Familia, el programa que había popularizado Lula Da Silva, y ocultar que ambos programas habían sido ensayados e implementados en el México neoliberal de Salinas de Gortari (1 de diciembre de 1988 al 30 de noviembre de 1994) y de su sucesor Ernesto Zedillo (1 de diciembre de 1994 hasta el 30 de noviembre de 2000), porque surgieron de una matriz conceptual común: la revolución monetarista.
Si bien esta revolución paradigmática de las ciencias económicas ya no puede deshacerse, es importante dar cuenta de cómo la misma hizo posible a las políticas de transferencias monetarias. Valen algunas aclaraciones sobre el caso Bolsa Familia. Retrospectivamente, podemos decir que Bolsa Familia se resignificó al polarizar al electorado brasileño y conformar dos bandos antagónicos. Dicha polarización terminó en la destitución de Dilma Rousseff, pero anteriormente cambió de signo. De emblema de los gobiernos de Lula y Dilma se volvió estigma. Al describir cómo la politización de Bolsa contribuyó a la destitución del gobierno de Dilma Rousseff, Tomazini describe que los votantes no beneficiarios de Bolsa, y sobre todo aquellos anteriormente hostiles al PT, representaron al programa como una compra de votos por medio de políticas asistenciales dirigida a los pobres (Tomazini 2018). Tomazini, en otro artículo en el que diferencia un tanto ingenuamente las fuentes de las políticas públicas de protección social como “endógenas” o “exógenas” (2017: 2) y al describir los antecedentes de Bolsa Familia, nos informa de la autoría de un programa de Ingresos Mínimos Garantizados presentado al congreso por un PhD en Economía de la Michigan State University (1973), el senador del Partido de los Trabajadores Eduardo Matarazzo Suplicy (cuyo post-doctorado lo realizó en Stanford). De la educación de Suplicy no debería más que inferir que estuvo al tanto de los desarrollos que Friedman y sus seguidores produjeron en la política de asistencia a los pobres. Un poco más arriesgado sería inferir que las transferencias monetarias Bolsa Familia y Progresa-Oportunidades le deben más a una élite latinoamericana formada en universidades de los EEUU, en donde la revolución monetarista dejó más profundas sus marcas, que al populismo de centro-izquierda tradicional.
Estamos otra vez creyendo que estudiamos el “arriba”, pero, sin embargo, nos damos cuenta de que la idea se gesta en lugares particulares y tiene trayectorias particulares. Para poner otro ejemplo que desvincula el ordenamiento espacial arriba-abajo e izquierda-derecha; en Argentina el presidente Mauricio Macri de la Alianza de centro-derecha Cambiemos (2015-2019), una vez en el poder aumentó significativamente el gasto social, específicamente en los deciles de menores ingresos ampliando la cobertura de AUH a monotributistas sociales. Por lo tanto, no cabe descartar que centroizquierda y centroderecha se hayan valido de la implementación de políticas tales como las transferencias monetarias para lograr sus fines de estabilización social y realizar un masivo de-pooring en un sector de la población (Biehl 2016).
Imaginemos ahora que las políticas de un gobierno o las acciones humanas no dependan exclusivamente de la autopoiesis de los actores. Supongamos por un momento que ambas partes, los que creen que las transferencias monetarias son sumamente virtuosas y los que creen que las mismas son sumamente viciosas, observan y comparan sus trampas de futuros. ¿En qué presupuestos básicos podrían acordar, aunque sea, para opinar distinto? ¿Cuáles son los patrones de reconocimiento que tienen en común para disentir? Respuesta: el estado funciona (bien o mal) como sucedáneo del capital, dando lugar a un flujo de ingresos.
Si bien como sostiene Mincer “la definición de Fisher de capital como cualquier activo que da lugar a un flujo de ingresos requiere la inclusión del capital humano” (1981:2) lo que queda por investigarse es cómo el estado-nación ha sido reducido por el saber económico a existir como un conjunto de activos que debería proveer de ingresos a una cierta cantidad de individuos que estén por debajo de una línea de pobreza.
Expectativas del trabajo y del capital
Como intenté demostrar en un artículo, gran parte de la eficacia de los programas de transferencias monetarias depende de un proceso de evaluación que retroalimenta virtuosamente la conducta de los sujetos observados (Dapuez 2016). La literatura especializada en métodos y epistemología de las ciencias sociales lo denomina efecto Hawthorne, por el nombre de la fábrica en la que fuera identificado: Western Electric Company, Hawthorne Plant, Chicago. En la misma se producía instrumental telefónico. Los experimentos fueron llevados a cabo por ingenieros, primero y luego por científicos sociales. Los investigadores modificaron las luces de las salas, al mismo tiempo que anunciaban que estaban investigando el efecto de la luz artificial en la productividad de los trabajadores. En una sala incrementaron la luminosidad, dejando en la otra -grupo de control- la misma luz. Lo que estaba previsto era que en la sala con más luz los empleados produjeran más, lo cual finalmente sucedió. Lo que en el experimento no se había previsto fue que la productividad del grupo de control también se incrementara, incremento que también se observó. Esta variación no prevista sorprendió a los investigadores, quienes volvieron a repetir el experimento, esta vez disminuyendo la luminosidad en la que fuera la sala del grupo de control. ¿Qué sucedió? La productividad de los trabajadores, una vez más, se incrementó.
Para saber qué estaba sucediendo con los trabajadores de la planta Hawthorne, los primeros experimentadores pidieron ayuda. Una segunda ronda de experimentos se llevó a cabo. Liderados por Fritz Roethlisberger, de la Hawthorne, y por William Dickson de la Escuela de Negocios de Harvard en 1939 y supervisados por Elton Mayo, los resultados sobre la mejoría en la productividad de los sujetos observados se relacionaron esta vez no con las condiciones de trabajo, sino con el hecho mismo de su observación experimental. La conclusión fue que al sentirse observados u objetos de un experimento para mejorar su productividad, los trabajadores trabajaban mejor. Los trabajadores no respondieron a los cambios en las condiciones de trabajo incrementando su productividad, sino que lo hicieron al sentirse parte de un experimento (para más detalles sobre el efecto Hawthorne ver un resumen del caso en Shortall et al. 2003), por lo cual el experimento mismo debe ser considerado como un evento que modifica las conductas investigadas.
Mi conclusión, en ese artículo (2016), fue que algo similar podría haber pasado con las “evaluaciones experimentales” a las que fueron sometidas miles de mujeres receptoras de transferencias monetarias en distintas partes del mundo. Las mismas, al sentirse observadas y partes de un experimento, podrían haber gastado esos dineros de la manera más virtuosa posible. Efecto Hawthorne mediante, por el solo hecho de ser parte de un experimento, podrían haber incrementado sus prestaciones como madres administradoras y haber utilizado de la mejor manera posible los dineros que las transferencias monetarias les ofrecían. Otras investigaciones, esta vez sobre la efectividad de tratamientos médicos, intentaron objetivar el sesgo que el efecto Hawthorne produciría. Por ejemplo, en una comparación aleatoria, no ciega, del seguimiento de intensivo a mínimo de pacientes que viven en la comunidad que sufren de demencia leve a moderada, se encontró evidencia de un “pequeño” ‘efecto Hawthorne’ (McCarney et al. 2007). Al efecto Hawthorne de las transferencias monetarias debe sumárseles otros estímulos que podrían haber sesgado aún más las evaluaciones de la efectividad de las transferencias monetarias para el desarrollo. En mi trabajo del campo en el Banco Inter-Americano de Desarrollo recopilé información acerca de las prácticas de evaluación (supuestamente experimental) y promoción de estas políticas. A diferencia de otros investigadores de las transferencias monetarias, yo tuve la suerte de vivir cerca del Banco Inter-Americano de Desarrollo en Washington DC. Al haber interactuado con algunos funcionarios y economistas de rango menor durante el tiempo en el que ellos hacían sus carreras de doctorado en economía, y yo la mía en Antropología, pude interiorizarme acerca de sus expectativas de salida de la pobreza de las poblaciones “tratadas” con transferencias monetarias.
Al estar directamente expuestas a la propaganda oficial de los mismos programas de transferencias monetarias, la toma de conciencia de un comportamiento hipercorrecto se acentúa. Como en el caso de la fábrica Hawthorne, si uno les pregunta sobre los cambios realizados (la nueva iluminación o el nuevo programa de transferencias) muy difícilmente puedan contradecir las expectativas que de los mismos programas se han expresado en la televisión o en la radio. ¿Con qué autoridad unos trabajadores manuales o unas madres pobres podrían contradecir las expectativas de una serie de expertos que están trabajando para probar una tecnología que supuestamente los beneficiaría? Trabajadores y madres administradoras de AUH u otra transferencia perciben y manifiestan un bienestar por el mismo hecho de ser tenidas en cuenta, observadas u objeto de una política. Sin embargo, esta “ayuda”, término con el que la mayoría de las administradoras de AUH se refiere a la transferencia, no puede evaluarse en toda su eficacia o ineficacia si no es, por decirlo de alguna manera, normalizada.
La normalización de las expectativas de AUH también fue instituida por decreto. Desde su misma creación AUH es referida desde el estado como una asignación universal para los menores de edad que no tuvieron la suerte de ser hijos de trabajadores formales. La norma que se universaliza en Argentina, en este caso tiene que ver con las asignaciones que reciben los hijos de trabajadores. A diferencia de otros países en los que no se hace mención al trabajo formal y las transferencias monetarias condicionadas se implementan para mejorar condiciones de pobreza rural extrema (México 1995), la AUH cifra cierta normalidad en el trabajo formal. El laborismo del Partido Justicialista, referencia ideológica del Frente para la Victoria, parece ser una parte de esta voluntad de normalidad argentina.
Numerosas interpretaciones de la AUH han subrayado la ampliación de derechos que implicaría para sus beneficiarios (Mazzola 2012; Pautassi 2009; Pautassi et al. 2013; Kliksberg y Navacovsky 2015). Este argumento está desarrollado por una mayoría de analistas que señalan a la AUH como creadora de derechos y productora inmediata de un “bienestar personal y familiar en sus receptores” (Kliksberg y Navacovsky 2015: 316). Sin embargo, Isla y Vezza han dejado en claro que la AUH ha contribuido también a la intensificación de las migraciones rurales de varias poblaciones indígenas del norte de Argentina hacia periferias urbanas (Isla y Vezza 2013: 40).
Desde el punto de vista estatal, los funcionarios sostienen que los hijos de los trabajadores se benefician de un sistema de la seguridad social que podría hacerse extensivo a los hijos de los desocupados o de los trabajadores informales. De esta manera se instituye a un sujeto pobre pero merecedor de beneficios de la seguridad social. Los niños hijos de desempleados o trabajadores informales no tienen ninguna responsabilidad en la inseguridad económica que sus progenitores les provocan. La misma debe ser minimizada y con este objetivo se implementa AUH. La normalización de AUH, entonces, procede del estado nación. Pero no solo de él. Los numerosos funcionarios, profesores, investigadores, casi todos ellos trabajadores estatales, que proponen AUH como uno de los casos de ampliación de derechos, poco o nada reflexionan sobre la eficacia de dicha normalización. La normativización, sin embargo, de la conducta de las madres administradoras de AUH, a través de lo que se denominan condicionalidades de la política: mandar a los hijos a la escuela, vacunarlos y hacer chequeos médicos periódicos, en tanto y en cuanto podría estar marcando una frontera de normalidad, podría ser contraproducente. ¿Cómo? Dictar normas para normalizar conductas y poblaciones, aunque las mismas se presenten en el marco del autodenominado “paradigma de ampliación de derechos” y sean consideradas políticas “progresista”, podrían implicar una creación de expectativas muy poco realista. ¿Por qué? ¿Por qué estarían sosteniendo que para salir de la pobreza los niños deberían ir a la escuela y estar sanos y vacunados?
No. Reaccionarios y Progresistas esperan que sus hijos vayan a la escuela, estén sanos y tengan un buen futuro. Ambos, sin embargo, se encuentran con que hijos de otros, y a veces los propios, no pueden lograrlo. A veces, uno no puede hacer que su hijo termine la escuela, que no se enferme o que no esté desempleado. Sin embargo, es imprescindible tener en cuenta que el derecho y el capital nos hablan más de un futuro óptimo que de un estado de cosas presentes.
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