Una aproximación del período 2014-2017 en una ciudad de la provincia de Buenos Aires
Matías Pizarro
Introducción
El 22 de enero de 2014, la entonces Presidenta de la Nación Cristina Fernández de Kirchner anunció el lanzamiento del Programa de Respaldo a Estudiantes de Argentina –de aquí en adelante Progresar– en un acto celebrado en la Casa Rosada ante la presencia de funcionarios, ministros de gobierno y militantes de diversas organizaciones políticas. Este programa, que hoy continúa vigente a pesar de sus cambios y las alteraciones dentro del ámbito institucional de gobierno, se inscribe en un proceso político que abarcó particularmente el periodo que recorre desde el año 2003 al 2015, etapa que comprendió el primer gobierno de Néstor Kirchner (2003-2007) y los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner (2007-2011, 2011-2015).
Entre 2003 y 2015 especialmente, se impulsó desde el sector público estatal una batería de políticas sociales entre las que destacaron en gran medida las Transferencias Monetarias (TM) que fueron suscriptas a lo que se planteó como un proceso de “recuperación de derechos” e impulso de “políticas de reparación”. Dentro de este amplio conjunto de políticas de transferencias condicionadas que tienen su origen en Latinoamérica durante la década de 1990 (Hornes, 2012), en el año 2009 surgieron bajo dependencia del Ministerio de Desarrollo Social y la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES) dos de los programas insignias del periodo: Programa Ingreso Social con Trabajo (Argentina Trabaja) y la Asignación Universal por Hijo para la Protección Social (AUH). En este contexto más amplio que abarcó también otros programas, apareció el Progresar orientado a jóvenes entre 18 y 24 años con el objetivo de brindar un apoyo para el inicio y/o finalización de sus estudios en cualquiera de los niveles, incluyendo capacitaciones y formación en oficios, rasgos que lo caracterizaron como un complemento innovador (sobre todo por la franja etaria a la que se apuntaba).
El día posterior a la celebración en la sede de gobierno, el anuncio se oficializó a través del Decreto 84/2014[1] que estableció los objetivos, financiamiento, las modalidades de gestión, implementación, los requisitos de acceso al programa, las condicionalidades y otras acciones complementarias. La administración, gestión, otorgamiento y pago de las prestaciones del programa quedó a cargo de la ANSES y la fuente de financiamiento fue estipulada con los recursos del Tesoro Nacional previendo las actualizaciones pertinentes bajo supervisión de la Jefatura de Gabinetes. Según los requisitos instituidos inicialmente, podían acceder al programa los jóvenes que no trabajaran, trabajaran informalmente o tuvieran un salario menor al salario mínimo vital y móvil y su grupo familiar se encontrara en iguales condiciones. Para solicitar la prestación, se debía presentar ante ANSES un formulario de inscripción y otro de inscripción de escolaridad que acreditara la asistencia a un establecimiento educativo público. Luego que se completaba el proceso de inscripción y el destinatario accedía al beneficio, para continuar percibiendo la prestación se requería completar tres veces al año un formulario de acreditación de escolaridad. Como complemento y parte de la vinculación interministerial que caracterizó al programa en sus inicios, se estipulaba la acreditación anual de un chequeo de salud a través del formulario de control de salud. Desde su implementación, las condicionalidades y los aspectos generales del programa fueron modificados a lo largo del proceso de aplicación y también redefinidos en el contexto de cambios políticos sucedidos a escala nacional.[2]
Las transformaciones políticas que suscitó el último período señalado redefinieron concepciones políticas acerca de la transferencia de recursos hacia los sectores más pobres y se basaron en una nueva interpretación sobre el dinero público que circula en esa dirección (Wilkis, 2017). En este trabajo queremos destacar la potencialidad heurística de prestar atención a aquellos hechos que desbordan los diseños programáticos de las políticas sociales de transferencias monetarias y vuelven objeto de ponderación analítica las ambigüedades, las ambivalencias, las heterogeneidades, las adaptaciones y apropiaciones, las prácticas y relaciones sociales en que se inscriben, elementos que pueden ser rastreados a la luz de las controversias morales que generan. Veremos aquí cómo la implementación del Progresar se tiñe de preocupaciones morales, valoraciones, sospechas, juicios y múltiples significados atendiendo particularmente al modo en que el dinero de la prestación (dinero estatal – dinero público) interpela a destinatarios y titulares universitarios de la TM actualizando sentidos alrededor del mismo. Daremos cuenta también de cómo este proceso recupera un conjunto más amplio de significados que son producidos en el contexto familiar (movilizando en algunos casos ideas de mayor alcance público) y moldean las perspectivas de los estudiantes. Los datos sobre los cuales se asienta este trabajo corresponden a una investigación llevada adelante durante el periodo 2014-2017 en la ciudad de Olavarría, Provincia de Buenos Aires (Argentina). El epicentro de registro y observaciones fue la Facultad de Ciencias Sociales (FACSO) de la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNCPBA), aunque la indagación también incluyó la presencia del investigador en eventos de presentación y programación de la implementación a nivel local y visitas a la sede local de la ANSES. La fuente principal que tomamos para el desarrollo de este capítulo son algunas entrevistas realizadas a un grupo de estudiantes de la FACSO beneficiarios del Progresar que se complementan con otras observaciones. En un primer apartado presentamos desde un enfoque particularmente descriptivo las apreciaciones de cada uno de los estudiantes, estructuradas en cuatro subapartados que le dan forma. En el segundo apartado intentamos articular las secuencias mostradas en el apartado anterior con algunas observaciones de mayor alcance analítico. Finalmente esbozamos algunos comentarios finales.
El Progresar en la perspectiva de estudiantes universitarios titulares
Vergüenza y orgullo
Una tarde de septiembre de 2014 me junté con Giuliana, en aquel momento estudiante del primer año de la carrera de Comunicación Social de la Facultad de Ciencias Sociales de Olavarría y beneficiaria del Progresar. Algunos días atrás habíamos acordado este encuentro cuando nos cruzamos en los pasillos de la facultad. En los inicios de aquel ciclo académico establecimos un primer contacto cuando desde la Secretaría de Bienestar Estudiantil del Centro de Estudiantes la aconsejé con su aplicación a las becas universitarias promovidas desde la universidad. Finalmente, su solicitud fue rechazada y más adelante comenzó a tramitar su inscripción a Progresar. Desde julio del año 2014 formaba parte de los miles de jóvenes que habían accedido al programa. Al momento de nuestra charla, ya se encontraba próxima a recibir el tercer estipendio mensual. Oriunda de la ciudad de Mar del Plata, donde vivía junto a su madre y abuelos, Giuliana había optado por Olavarría como destino porque le resultaba mucho “más económico” instalarse allí para emprender sus estudios, ya que en su ciudad natal, de acuerdo a su elección de carrera y la oferta vigente, debía ingresar al circuito de la educación privada según me comentó.
“Giuli viste que la presidenta ahora va a dar plata para los que estudian…” le dijeron un día que llegaba a su casa. Después de ponerse a “investigar” un poco más, “nos pusimos re contentos porque era como otra chance más para poder irme afuera”. Esta joven me comentó aquella vez que el uso del dinero correspondiente al estipendio lo dedicaba a la compra de material necesario para sus estudios con “el tema de las fotocopias, yo la uso más que nada para eso”. En algunas ocasiones también destinaba parte para almorzar en el comedor del campus.
Desde el principio de la conversación, ella me indicó que el Progresar también representaba una “re ayuda” para concretar la posibilidad de radicarse en otra ciudad y continuar con sus estudios, pero especialmente una ayuda para su mamá al evitarle algunos gastos de alquiler o relacionados con la compra de material de estudio. En ese sentido, ella afirmaba que:
Lo de Progresar no se toca a menos que sea para fotocopias, comida. Un libro, algo que me pueda ayudar con la carrera. Yo saco la plata [del cajero automático] y me la guardo. La saco todo de una y un día le digo a mi mama “no me deposites hoy, si querés deposítame cuando puedas que yo tengo el Progresar”. Lo que sí… la gasto muy responsablemente. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Como se observa, Giuliana se esfuerza en dos sentidos. Por un lado, activa un proceso de diferenciación y separación del dinero de Progresar y, por el otro, apela a una forma de autonomía monetaria, al menos transitoria, respecto de su madre tomando la prestación como recurso en esa dirección. Y ambos elementos parecen estar articulados por el valor de la responsabilidad. Pero, además, este proceso de marcaje y el intento de validar una autonomía económica respecto a su progenitora, no suspende las evaluaciones y valoraciones morales que surgen al interior de su familia y en las cuales ella se ve envuelta.
Me dicen ‘ojo nena porque vos sos un peligro con la plata’. Y es verdad. Si yo veo algo necesario, lógico voy a ir y agarrar plata de eso. Pero… ya te digo: para salir, lo que sea, ir al cine… no me lo voy a gastar. Todo lo que sea para la facu sí. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Asimismo, este dinero también despierta algunas controversias en su grupo familiar o actores cercanos a él.
El novio de mi mamá me dijo… “mira, a mí me están sacando parte de mi salario para que vos te gastes el PROGRESAR en pelotudeces, para que te gastes el PROGRESAR en pavadas”. (Registro entrevista, septiembre 2014)
El entramado de las opiniones que su grupo familiar produce junto a las maneras en que la economía familiar también se sustenta desde las prácticas, entre estas los trabajos temporarios en época estival que Giuliana realiza como cuidadora de niños y que luego le sirven para “mantenerse durante el año”, ofrecen un marco de referencias y repertorios a través de los cuales esta joven organiza sus ideas y produce sus juicios morales. Este marco de interpretación condiciona las evaluaciones que Giuliana realiza frente a las prácticas y usos del dinero de la TM, que tanto otros destinatarios como ella misma llevan a cabo.
En este sentido, la joven me comentó que durante una charla con otro estudiante sobre las Olimpiadas Estudiantiles que se realizan en la ciudad de Tandil –evento celebrado generalmente las primeras semanas de octubre, al que asisten estudiantes de todas las facultades que forman parte de la UNCPBA y se desarrollan actividades deportivas y culturales– llegó a preguntar “qué tan mala persona soy si uso un poquito del Progresar para poder viajar a Tandil a las olimpiadas. Un gusto me puedo dar, ¿o no? En recompensa por el estudio… No es que lo estoy gastando… Son las olimpiadas” (Registro entrevista, septiembre 2014).
Por otra parte, me contó acerca de una amiga de Mar del Plata que también estaba cobrando la TM del Progresar “que no debería cobrarlo porque tiene… o sea puede pagarse los estudios” y las discusiones que mantenían porque según Giuliana “lo cobra y no lo usa responsablemente… ella me dice ‘ay no pasa nada, agarra del Progresar’ y yo no, no me parece”.
En relación a estas cuestiones sobre los usos del dinero proveniente de una TM, los valores que se asumen que deben guiar esta práctica, y que son en los que se apoyan las evaluaciones realizadas, y los modos y formas que deberían asumir las contraprestaciones, Giuliana me dijo:
En mi familia siempre se habló de una Asignación por Hijo pero que haya que devolver algo. Cobras una asignación pero anda a barrer una plaza, anda a pintar una escuela. Mi familia quiere cobrar un plan a cambio de ir a pintar una escuela, una plaza… Y yo hoy lo estoy cobrando por ir a estudiar. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Estos modelos producidos socialmente en distintas escalas y universos sociales, en este caso familiar (aunque no es difícil detectar elementos que desbordan el universo familiar pero que significan estos programas en la práctica doméstica), también impactan en los modos que los destinatarios construyen hacia afuera (comparativamente) y hacia adentro (distintivamente) sus juicios y evaluaciones. Lo que no deberíamos obviar sobre esta cuestión, es que ambos procesos –a riesgo de caer en la tautología– están fuertemente caracterizados social y moralmente.
Me veo obligada. A devolver… la ayuda. Sino sería muy hipócrita de mi parte. Estar recibiendo algo que no necesito ni merezco. Y bueno la verdad que hoy en día lo necesito y no lo quiero ni desperdiciar ni nada. Y en parte también, no se… creo que estoy haciendo las cosas bien. Estudio, no seré el mejor promedio pero tengo casi todas las materias al día… no sé. Devuelvo un poco. Porque el día de mañana voy a ser comunicadora o profesora y… Qué se yo… Me voy a poder ganar la vida gracias en parte también a esto, a este plan. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Además de estas apreciaciones que se producen en su grupo familiar, la situación de que Giuliana sea instituida como beneficiaria del Progresar, por lo tanto, destinataria de una TM, provoca la movilización de sentimientos que describen la experiencia del programa al interior de un hogar a la vez que la objetivan en términos morales de manera controvertida. Como veremos, y más tarde analizaremos, las posiciones elaboradas en referencia a estos sentimientos traen a luz un conjunto más amplio de críticas y juicios que las personas realizan acerca de las TM. En este sentido, Giuliana me dijo:
No es que te están, como dicen muchos, que es un regalo. No te están regalando plata. Te están incentivando y ayudando para que vos el día de mañana tengas un título, una carrera una salida laboral. Mi mamá siempre me dice, porque yo voy a la peluquería y estoy toda la tarde ahí y hablo con todas las clientas que ya me conocen de chiquitita, y me dice que ni se me ocurra decir que cobro el Progresar, porque “¡qué vergüenza!”. Mi mamá tiene todas esas ideas de diva en la cabeza. Y yo sí re orgullosa, “sí, yo cobro el Progresar”. Qué se yo, para mí es como te digo, para mi es re lindo, para mi es una ayuda… hasta un orgullo. Me están ayudando a estudiar. Y sí… qué problema hay. “Ay si nena, yo estoy todo el día acá trabajando van a pensar que me gasto la plata en botas” o “Como vas a aceptar ayuda de otros”. Pero… es una discusión eterna que vamos a tener. Siempre dice “vos agarrá, agarrá todo que ella le regala a todos… ella [en referencia a la entonces Presidenta de la Nación] le regala a todos los negros, agarrá una vez que le dan algo bueno a nosotros vos agarrá nena, agarrá”. (Registro entrevista, septiembre 2014)
La manera en que la experiencia de beneficiarios del Progresar es interpretada a partir de diversos valores y sentimientos, que articulan narrativas, sensibilidades y prácticas singulares, no está exenta en algunos casos de las afinidades políticas que el destinatario posea y sus expresiones afines, lo que también siguiendo el relato de Giuliana fija posiciones dentro de la familia:
Mi familia está más que agradecida. Más que nada mi abuela. Hoy en día yo estoy yendo a la facultad, me están, no sé si decir pagando, pero me están dando una ayuda económica para que yo pueda encarar mis estudios y… y es loco y lo agradezco inmensamente. Es más, a veces no tengo ganas de estudiar y digo “bueno, me tengo que poner, por mi familia, por la gente que me está bancando, y por… que se yo…” ¿no te digo? que mi abuela dice “qué bueno nena esta Cristina, vos tenes que agradecer, a Cristina y a Dios… por toda esta ayuda”. El día de mañana voy a tener el título en mano y voy a decir gracias a mi vieja y gracias a Cristina y gracias al proyecto de gobierno… porque lógico es una gran ayuda. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Plata que no es para la joda
A finales de mayo del año 2014 nos encontramos con Martín que en aquellos días tenía 18 años. Nacido en Olavarría, por aquel entonces estaba viviendo con un hermano mayor de 21 años, su hermana menor de 7 años, su mamá y el marido de ésta. Su hermano estaba estudiando una tecnicatura en recursos humanos (también beneficiario del Progresar), su mamá se desempañaba como empleada doméstica y el marido realizaba trabajos de albañilería. Fue precisamente su mamá quien impulsó a Martín a buscar más información en internet e inscribirse al Progresar luego de mirar por televisión el anuncio realizado en cadena nacional por la entonces presidenta de la Nación.
Martín me comentó en dicha oportunidad que el programa tuvo un impacto positivo al interior de su familia y lo relacionó con los usos que derivan del dinero de la prestación económica:
Les pareció muy bueno porque es una ayuda ponele para… por la fotocopia o por qué se yo… por el buffet cuando te queres quedar a comer y recurrís a eso. O también la fotocopia que te empiezan a pedir te empiezan a pedir y yo en la escuela le tenía que pedir a mi vieja a cada rato. (Registro entrevista, mayo 2014)
Como en el caso que describimos anteriormente con Giuliana, aquí la TM también es apreciada como una ayuda hacia la familia a la vez que moviliza percepciones acerca de un tipo de autonomía económica o al menos la posibilidad de evitar tener que recurrir a un familiar solicitando dinero. A partir de Progresar “depende más de mí. No tengo que ir a pedirle a mi vieja para las fotocopias y eso”.
En el caso de Martín, los esquemas que produce y delinean sus percepciones sobre el uso del dinero de la TM no invalidan la utilización del estipendio para consumos extra académicos, o siendo un poco más precisos, la adquisición de otros elementos que desborden los bienes de estudio no es vivida a modo de recompensa sino como una decisión enmarcada en la libertad del destinatario para hacer uso del mismo según sus deseos. Sin embargo, esta actitud no implica una práctica descontrolada e insensible a las definiciones morales del destinatario que sea muy diferente a la de Giuliana. Las distinciones permanecen y el valor de la responsabilidad se sostiene como parte del ethos de los destinatarios del Progresar:
Si es algo para vos… vos lo podes gastar en lo que quieras. Pero también tenes que tener responsabilidad porque no tenes que, ponele, cobras y que se yo… me compro cualquier porquería. O incluso te podes comprar ropa todo lo que vos quieras. Porque vos… es tuyo, y vos haces lo que queres con eso. También lo he usado para salir y comprarme ropa. (Registro entrevista, mayo 2014)
A diferencia de su hermano que también recibía en aquel momento la TM del Progresar y cada tanto realizaba algunas “changas” en la descarga de camiones que transportan productos cosméticos hasta un comercio ubicado en las cercanías de su casa, Martín no se encontraba realizando ningún trabajo o ‘changa’ y en ese sentido consideraba al programa de gran ayuda y como un “incentivo para seguir adelante con la carrera”. Nuevamente volvía a insistir en que esto daría resultado, pero “lo tenes que usar con responsabilidad…”. Ante la insistencia en la cuestión de la responsabilidad, le pregunté a qué se refería puntualmente con esta idea, si tenía que ver con cumplir con los estudios y él me dijo: “Claro. Y no gastarlo en cualquier pavada”.
Esto último revela la permanente preocupación registrada con los usos del dinero en relación a las evaluaciones morales que los destinatarios elaboraban acerca del Progresar. Si el cumplimiento con los estudios era importante, el uso responsable del dinero no era menos importante.
En 2017, cuando tuvimos otra charla con Martín, él recordó sus primeras experiencias con el programa, atendiendo particularmente al uso del dinero, y describió con más detalles cómo clasificaba y organizaba el estipendio mensual proveniente del programa. Recupero una parte de nuestro diálogo que, si bien es algo extensa, creo que brinda un cuadro bastante descriptivo del tipo de experiencia que aquí estamos recuperando.
Martín: Bueno, mes a mes fui obteniendo el derecho que para mí, en ese momento me ayudó un montón. Sobre todo, digamos, en el transcurso de la carrera ya sea porque tenía que comprar fotocopias para la cursada… Eh… más que nada, bueno, también el comedor. Yo en ese momento pasaba todo el día acá [en la facultad]. Iba al comedor, sacaba fotocopias. En ese momento, mi primer año, estuve un montón acá, pasaba muchas horas. Además de eso, obviamente la plata también la usaba para otras cosas. No es que solamente la usaba para… el ámbito académico.
Rafael: Para qué cosas, por ejemplo…
M: Por ejemplo… Cuando… Para salir. Si bien la usaba para estas cosas de la facultad, era como que también la usaba para salir o para comprarme cosas. Eh… Siempre tratando de… digamos… de no… De entender que esa plata no era para la joda, sino para “enfocate primero en esto” y después “si te queda algo” sí, ahí sí, usarlo para otras cosas.
R: Entonces vos, una vez que cobrabas esa plata la apartabas o…
M: ¿En el momento?
R: Claro, en el momento… Cómo llegabas a decir “bueno me quedó tanto y esto si lo puedo usar en lo otro”…
M: Claro, yo trataba de priorizar ponele, eh… Tenía que sacar tantas fotocopias. Sacaba las fotocopias, eh…. bueno ponele que quedaban 300 pesos… y eso, bueno, lo iba usado para otras cosas. Tampoco es que me gastaba todo sino que ponele, “bueno, si salimos, bueno, gasto algo”. Pero siempre me quedaba algo como para estas cosas. Si de repente tenía que sacar una fotocopia, yo sabía que tenía la plata la usaba para eso.
R: ¿Pero vos esa plata siempre sabías que era del programa, digamos? ¿La tenías contada?…
M: ¡Claro! Y era como que sentía culpa si lo gastaba en otra cosa. O sea, si solamente lo derrochaba en… Me entendés a lo que voy. (Registro entrevista, mayo 2017)
La viñeta que antecede ofrece una muestra sugerente sobre las connotaciones morales que rodean al dinero del Progresar. Si bien la actitud de Martín acerca del margen de utilización de la TM resultaría de un carácter más abierto que como repasamos con Giuliana, sus acciones no dejan de ser evaluadas (incluso comparadas) moralmente (“esa plata no era para la joda”). Además, los dilemas morales a los que se podía enfrentar Martín vuelven al sentimiento de culpa un elemento presente en los significados atribuibles al dinero del Progresar y su impacto en la práctica de los destinatarios.
Lo que hagan los demás, allá ellos
Florencia tenía 19 años cuando nos vimos durante la primavera del 2014. En ese entonces vivía con su hermana, su papá y su mamá. Hacía aproximadamente dos años que por distintos problemas de índole económica habían decidido radicarse en Olavarría y dejar la ciudad en la que se encontraban viviendo en uno de los municipios del conurbano bonaerense en zona sur. Su papá, al momento de la entrevista, estaba desempleado desde hacía un año y medio atrás, por lo cual ella consideró que le resultó “más que necesario hacer este trámite”. La noticia del Progresar le llegó a través de unos compañeros de estudio que tenía en el instituto en el cual estudiaba antes de ingresar a la FACSO y finalmente decidió dirigirse a la sede local de ANSES para inscribirse al programa.
Florencia me manifestó que al principio no le prestó demasiada atención al hecho de la existencia de Progresar, pero que luego admitió cierto tipo de “utilidad” que le brindaría el programa en el sentido de no incrementar los gastos a sus padres. Como me comentó, “Me di cuenta que me era útil por el tema de que no le quiero cargar más gastos a mis viejos y con el tema de las fotocopias y todo eso me re sirvió y de hecho me sigue sirviendo”.
Resuena otra vez aquí la cuestión del dinero de Progresar experimentado y condicionado familiarmente. Florencia resalta la importancia del programa en el marco de la situación laboral de su grupo familiar y cómo este se enlaza en la dinámica económica del hogar. Este escenario es el que caracteriza las apreciaciones sobre el uso y la funcionalidad de la TM que expresa la joven. Luego agregó:
Hasta ahora lo estoy usando para eso. Todo únicamente para la facultad. Me re sirve para venir a comer acá también. Y es un gasto que quizás al principio no parece pero es algo importante que se les descuenta a mis viejos. Más que tampoco yo trabajo, no hay ingresos de laburo propiamente en mi casa. Porque bueno… mi vieja está cobrando por cuidar a mi hermana [con discapacidad] como si fuera enfermera, entonces… bueno, estamos más o menos con eso y ella tiene algún laburito que otro y nos mantenemos así. Esta realmente difícil. Así que me vino bien. Me vino bien para estudiar. Lo uso exclusivamente para eso. Tampoco es que es un sueldo que lo podría usar para otra cosa. Pero es una ayuda. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Durante la charla con Florencia volvió a surgir el tema de la comparación con otros usos que diferentes beneficiarios de Progresar hacían del dinero de la TM. Puntualmente ella señaló que sabía de otros compañeros en el instituto que “lo estaban cobrando y les sirve un montón” que “tenían necesidad pero no tanta como yo” y “lo han llegado a usar para otras cosas quizás”. Florencia se refirió a un caso puntual en el que una joven estaba pagando un teléfono celular con el dinero de Progresar. Ante esta situación, ella expresó:
No sé si estará bien o estará mal. Vos lo usas como se supone que crees que corresponde usarlo. Yo lo uso para esto, para la facultad. Si me lo están dando para eso… Se publicita que es para eso, yo lo uso para eso. Trato de respetar. Después lo que hagan los demás allá ellos. Los beneficios que me dan si es específicamente para eso, yo los voy a respetar. A mí me enseñaron eso. El tema es si lo mal utilizas. Como yo lo uso para esto nada más, a mí me alcanza perfecto. (Registro entrevista, septiembre 2014)
En cuanto a la consulta acerca de si recibe consejos sobre el manejo del dinero, me comentó que su padre le dice “cuida la plata” o que la use “para lo que realmente tenes que usarla”. Es interesante ver como se destaca nuevamente la producción familiar de los criterios de responsabilidad, que en este caso se asocia al estudio y el modo de medir el valor es prestando atención a los diferentes modos en que se usa el dinero de la TM:
Si hoy tu única responsabilidad es estudiar y se te da para estudiar eso, úsalo para eso. Y nada más. La plata más o menos si viene de arriba sin que tengas que hacer mucho esfuerzo, obvio que te va a servir. El tema es saber usarla… ponerte un poco en la cabeza la responsabilidad de que lo tenes que usar para un fin que te sea útil. (Registro entrevista, septiembre 2014)
Militantes y “ñoquis”. Dinero que no es justo
En mayo del 2016 luego de un encuentro fallido con un estudiante beneficiario del Progresar, me crucé con Joaquín en la facultad y lo invité a conversar conmigo sobre su experiencia en el programa. Joaquín, cerca de cumplir 21 años en aquellos días, es oriundo de una localidad perteneciente al partido de Olavarría que se encuentra a 24km de la ciudad cabecera hacia el sudeste. Por aquel entonces, vivía junto a sus padres y hermanos y todos los días tomaba un colectivo de la línea interurbana de pasajeros para llegar al campus universitario.
En un primer momento charlamos acerca de la cuestión vinculada a los diferentes trámites que tuvo que llevar adelante como parte de su inscripción y posterior incorporación al programa. En ese caso, Joaquín reconstruyó su itinerario burocrático inicial que implicó su visita personal a la sede de ANSES en Olavarría a los pocos días que el programa fue anunciado y posteriormente un viaje a otra localidad del partido para poder recibir el primer estipendio, ya que al no contar su localidad natal con una sede bancaria resultó necesario abrir una cuenta en la sede que estuviera más próxima para depositar el dinero. Respecto al formulario de escolaridad, condición a acreditar para la continuidad dentro del programa, me comentó que “dos o tres veces al año” la acercaba personalmente a la sede de ANSES y que incluso una vez fue su mamá quien se encargó de acercar este documento. Esta vez, hacía una semana que había realizado el procedimiento habitual y me aclaró que en ANSES le habían señalado que “ahora es la universidad la que carga esos datos”, pero que, de todos modos, “por si las dudas”, él continuaba acercando la planilla personalmente hasta la dependencia mencionada.
Doy cuenta de este registro por dos motivos. Si bien se distancia en cierta medida con el tópico principal que viene articulando el apartado (los significados sobre el dinero), las singularidades burocráticas asociadas a Progresar moldean la experiencia y los significados atribuidos al programa, con lo cual dicha distancia se acorta al menos analíticamente. Asimismo, las diferentes modalidades y estrategias que los destinatarios emprenden ante los cambios en la gestión de los trámites, la negociación de sus expectativas y los distintos resultados a los que se acercan, se vuelven fuente o insumo para sus interpretaciones. Además, como el éxito de estas instancias radica en la recepción continua y sostenida del estipendio mensual programado, en algunos momentos frente a algunas irregularidades y/o dificultades para acreditar la condición de estudiante regular, las sospechas y juicios morales vuelven algunas transferencias un hecho injusto, es decir, un dinero injusto.
Fue precisamente poco tiempo después de la charla con Joaquín, que una tarde fría de julio de ese mismo año, mientras me encontraba en la fotocopiadora de la facultad, otra estudiante de la FACSO, Lara, manifestó su disgusto en torno a lo que estaba sucediendo en ese momento con la gestión del programa. Cada vez eran más actores los que reclamaban frente a una “baja” del programa que había alcanzado a muchos jóvenes por medio de la interrupción o suspensión de la transferencia mensual estipulada. En dicha facultad, a lo largo del año, varios estudiantes manifestaron problemas y señalaron principalmente irregularidades de parte de ANSES –y también las imprecisiones dentro del entramado universitario y ministerial vinculado– en cuanto al pago mensual y el cobro de retroactivos posterior a las acreditaciones de estudio. Haciendo una breve reconstrucción del itinerario burocrático que venía transitando, esta joven comentó que en dos oportunidades había llevado la planilla de escolaridad a la sede de ANSES sin obtener una respuesta favorable a los efectos de su situación, porque al momento de dirigirse a retirar el estipendio programado para el mes en curso, junto al retroactivo que se suponía debía acompañar dicha liquidación, se encontró con que no había dinero depositado en su cuenta. La joven, de manera enérgica expresó su descontento e incertidumbre dándole énfasis a su condición de estudiante migrante proveniente de otra ciudad y apelando a los gastos referidos al estudio y los adicionales por vivienda. “No es justo (…) Yo sé, porque sé, que hay gente que está recursando o que no meten una materia y sigue cobrando… ¿Cómo puede ser?” (Registro 13 de julio 2016).
Nos volvemos a situar en la charla con Joaquín. Durante la conversación que manteníamos en una de las aulas de la facultad, en un momento ingresó al lugar Leonardo, otro estudiante de la casa de estudios olavarriense a quien invité a que se sume a la charla. Con 21 años de edad en aquel momento, este joven se había radicado en Olavarría junto a su familia diez años antes. Si bien no estaba percibiendo la prestación de Progresar, estaba vinculado a su implementación como parte de su militancia al interior de la universidad. Como Lara llegó a cuestionar que haya estudiantes que reciban la TM cuando aparentemente no cumplen con los requisitos mínimos de acreditación (certificación de escolaridad o regularidad de estudios), otros titulares de la TM y estudiantes vinculados de algún modo con el programa, aunque no sean beneficiarios o destinatarios, también recuperan o movilizan valoraciones acerca del dinero que se vinculan con otras representaciones que por momentos tienen mayor alcance debido a sus presencias en el debate público de estas políticas. Joaquín recordó discursos en los cuales escuchó decir que “el programa lo cobraban los militantes”, o “el que tiene el programa es ñoqui”.[3] Leonardo agregó que “hay gente que le parece mal que paguen $900, o simplemente les parece mal esa política pública” (aproximadamente unos 100 dólares estadounidenses para la época) . Asimismo, ambos coincidieron con las demandas que se expresan en relación al “control” y/o la regularización del programa. Leonardo, finalmente, rememoró una situación en el contexto de una pequeña ciudad en la provincia de Santa Fe de donde es oriundo, en la que escuchó comentar entre unos vecinos que “hay gente que tiene dos camionetas y los hijos están cobrando Progresar”.
La dimensión moral del dinero a la luz del Progresar
Procesos de marcaje de la moneda
A lo largo de las diferentes situaciones y diálogos recogidos en el apartado anterior se ha podido observar una serie de elementos que vuelven a la cuestión del dinero en Progresar una preocupación analítica muy potente. Como el lector habrá notado, este interés está sumamente conectado con las múltiples formas en que el dinero es representado y significado en el curso de diferentes situaciones. Por lo tanto, un primer esfuerzo de nuestra parte radica en identificar las maneras y expresiones variables con las que un grupo de titulares de una TM vuelven este dinero un elemento singular en sus vidas. Esto indica que la pretendida uniformidad del dinero involucrado en este tipo de transacción es solo eso, una pretensión, o mejor dicho, un modo más de dotar de significado a las diferentes monedas, el cual sin embargo ha tenido un largo alcance y efectos importantes a la hora de pensar el dinero. Con una dosis de astucia etnográfica –siempre en necesidad de ser ajustada y profundizada – llegamos a identificar que el dinero de esta TM se vuelve no sólo una preocupación especial sino también un dispositivo de interpretación cultural (Hornes, 2015, 2020), lejos de ser solo unidad y medida de cambio o la moneda espuria par excellence.
En este sentido, podemos indicar que los estudiantes beneficiarios de Progresar emplean una serie de distinciones y separaciones del dinero de la TM en relación no solo a otros dineros sino también a usos y relaciones sociales diferentes, constituyendo un dinero marcado (Zelizer, 2011). Como veremos a lo largo del apartado, este proceso de marcado atraviesa las diferentes interpretaciones que circulan en torno a él. Es decir, las marcas que se imprimen socialmente sobre esta moneda constituyen huellas morales. Como ha señalado Zelizer (2011) “diferentes redes de significados marcan el dinero moderno, al introducir controles, restricciones y distinciones” (p.41). Nos detenemos brevemente aquí en las distintas formas en que los estudiantes beneficiarios que presentamos en el apartado anterior marcan, clasifican y distinguen un nuevo dinero que ingresa al circuito económico de sus hogares, para intentar conectar luego la manera en que esto se relaciona con las evaluaciones y juicios que los mismos realizan tomando al dinero, sus usos y significados como recurso de interpretación.
Una asociación frecuente en la mayoría de los casos que presentamos tiene que ver con señalar al dinero del Progresar como aquel destinado al estudio, particularmente a los recursos e insumos vinculados con dicha actividad como pueden ser libros o fotocopias. Esto no quiere decir que los beneficiarios solo utilicen el estipendio para el acceso al material de estudio, sino que lo interesante es observar el modo en que otros usos entran en tensión con esta primera marca de diferencia. Al decir de Martín, el dinero del estudio “no es para la joda” y esto puede provocar sentimientos de culpa cuando el dinero se gasta en otra cosa.
Sería valioso rastrear las diversas nominaciones que el Progresar recibe y conectarlas con los diversos ámbitos y marcos de relaciones sociales en las que las mismas se desarrollan. Señalamos esto porque, al parecer, en el ámbito en el que nuestro trabajo se inscribe (universitario) una de las denominaciones más frecuentes que con el tiempo se fue movilizando (y hoy ya alcanza estatus oficial) era la de beca, lo cual fácilmente remite al contexto de implementación relevado. Esto también vuelve interesante como objeto de atención analítica las similitudes, diferencias o tensiones suscitadas entre distinciones y denominaciones de marca oficial estatal (en el caso de Progresar la idea de ‘derecho’ aparece con prominencia) y las de los distintos grupos sociales que reciben el dinero, observación que creemos necesaria pero que excede el corto alcance de nuestro trabajo.
Lo que sí observamos a través de nuestros registros es la contundencia con la que el dinero del Progresar es representado como una “ayuda”. Los estudiantes destacan la ayuda en materia correspondiente a sus transacciones vinculadas con el estudio como la compra de libros o fotocopias. Pero la fuerza de esta expresión no se agota en los beneficios ligados al individuo destinatario, sino que adquiere más peso porque supone una ayuda que es valorada en relación al grupo familiar.
Progresar como negociación doméstica y experiencia moral intergeneracional
“Le tenía que pedir a mi vieja a cada rato” y ahora “depende más de mí”, nos decía Martín. “No le quiero cargar más gastos a mis viejos”, comentaba Florencia. “Le digo a mi mama ‘no me deposites hoy, si queres deposítame cuando puedas que yo tengo el Progresar’”, aseguraba Giuliana. Como vemos, el dinero del Progresar es referenciado como parte de una dinámica familiar y doméstica, sea tanto para marcar una complementariedad (la ayuda es para la familia) como una diferencia o separación que los destinatarios viven como parte de un proceso interno de autonomía.
Ambos elementos señalados se conjugan en la atribución de significados al dinero circulante del Progresar sobre la base de una serie de valores y prácticas que se forjan familiarmente. El deseo de un margen de autonomía –probablemente estimulado por las apreciaciones de carácter social sobre el trabajo, el esfuerzo y la independencia económica que se articulan sobre criterios de diferenciación generacionales, y no únicamente por la situación económica de ingresos de cada hogar– como así también la idea de un ingreso que se entrelaza con la dinámica doméstica de cada familia, están sujetos a juicios y valores morales. “Ojo nena porque vos sos un peligro con la plata”, “cuida la plata”, “usala para lo que realmente tenes que usarla”, entre otro conjunto de afirmaciones, revelan que más allá de las afirmaciones asociadas a procesos de independencia o autonomía monetaria, como así también aquellas percepciones que imaginan a los beneficiarios como destinatarios reales y practicantes legítimos de sus derechos, el dinero proveniente de la TM del Progresar se convierte, como en los casos que hemos relevado, en una “moneda doméstica” (Zelizer, 2011) alrededor de la cual se construyen límites, clasificaciones, jerarquías y valores.
A diferencia del trabajo de Hornes (2020, pp.155-194) que ofrece un destacado y muy detallado ejercicio etnográfico, y debido probablemente en gran parte al aparato metodológico que desplegamos durante nuestro tiempo de investigación, no llegamos a identificar en nuestro registro tensiones en torno al dinero estructuradas alrededor de dimensiones de género ni disputas o negociaciones intergeneracionales marcadas. Sin embargo, creemos que algunos elementos que sobresalen a partir de nuestros datos pueden articularse en alguna medida a las observaciones que despliega el autor, con algunas singularidades propias y que inspiran una profundización con nuevos abordajes para que el aparato conceptual que aquí retomamos no falle al rigor requerido.
Buena parte de los valores, los consejos y las definiciones que se expresan en el ámbito familiar y/o que los titulares recuperan en sus intervenciones, están fuertemente relacionados con la oportunidad de estudiar como una suerte de eje articulador de las apreciaciones producidas en torno a la prestación y sus usos. “Tu única responsabilidad hoy es estudiar”, “yo el día de mañana voy a tener el título en mano…”, “le van a dar plata a los que estudian”, “seguir adelante con la carrera”, son expresiones que revelan la presencia de los estudios como horizonte de expectativas y normativas vernáculas que definen responsabilidades a tener en cuenta. Sería interesante notar el impacto que las biografías, creencias y repertorios familiares llegan a tener en estos procesos de movilización de significados, algo que Hornes (2020) revela de gran modo llegando a identificar las tensiones que se suscitan entre valores asociados al estudio y el trabajo en relación a procesos de jerarquización o desjerarquizacion al interior de cada familia. Una característica bastante presente en la FACSO, y que los casos que recuperamos para este trabajo reflejan, tiene que ver con que los beneficiarios del Progresar representan mayoritariamente a la ‘primera generación universitaria’ en sus familias. Con la insistente advertencia acerca de la necesidad de ampliar las observaciones que sometan a prueba nuestras ideas, el registro con el que contamos nos permite indicar que el estudio no es mero requisito dado por las condicionalidades de la TM, sino también –sobre todo– una preocupación de orden moral que se revela a la luz de las apreciaciones sobre el uso del dinero. En este sentido, como bien identificó y analizó Hornes (2020) en cuanto a la distribución de obligaciones generizadas dentro de los órdenes familiares enraizados en un orden monetario a partir de la expansión de las TM, podemos identificar aquí un conjunto de percepciones y obligaciones que parecen estar distribuidas generacionalmente y sostenidas por lo que se espera socialmente a la luz de una actividad relacionada principalmente a una etapa de la vida y un grupo social particular: los jóvenes.
De esta forma, también se destaca que el proceso de demarcación de la moneda, las maneras en que los titulares marcan el dinero del estipendio, se inscribe en la relación familiar que mantienen con sus progenitores. A la vez, este dinero especial, apartado de otros ingresos y cuentas, que se retira todo y se separa, que se gasta para la facultad, es vigilado sobre la base de valores y virtudes asociadas a la responsabilidad y el estudio, incluso cuando su uso no se circunscriba excluyentemente al consumo de bienes relacionados con el estudio (como describe Martín).
Como destaca Hornes a partir del trabajo de Du Toit y Neves (2009), deben tenerse en cuenta “los complejos procesos monetarios y no monetarios –deudas personales, obligaciones sociales, rituales e intercambios comunitarios, relaciones e historias familiares– que conforman la serie de estrategias híbridas de bienestar que se desarrollan en los hogares” (Hornes, 2020, p.193) para la comprensión de las decisiones sobre los usos del dinero que provienen de las políticas sociales.
Es interesante señalar que tampoco aparecen desjerarquizaciones patentes de la TM que movilicen disputas familiares para equilibrar o revertir las mismas. Sin embargo, los titulares reconocen que el estipendio no está al alcance de un ingreso más sólido tanto cuantitativamente como cualitativamente, por eso las referencias que señalan que “no es un sueldo” y se trata de una “ayuda” que equilibra o evita gastos como parte de una complementación a otros ingresos. Por lo tanto, la cuestión de las jerarquías morales establecidas en relación a los distintos ingresos y transferencias podría ser una pista interesante para analizar situaciones como la de Giuliana, que realiza trabajos temporarios en época de receso estival para mantenerse durante el año, pero también para aliviar gastos y ayudar a su madre.
Hemos rastreado aquí, de manera breve pero en correspondencia con los datos que ofrece nuestro registro, el impacto que las relaciones intergeneracionales tienen sobre la dimensión moral del dinero y los sentidos asociados a un programa como el Progresar. Hay valores que moldean la experiencia con el dinero del Progresar, más allá de que efectivamente la prestación represente un nuevo ingreso al hogar que coopera en la constitución de nuevas expectativas económicas. Las preocupaciones económicas no aparecen exentas de preocupaciones morales: la responsabilidad, la prudencia y el cuidado del dinero.
Transacciones monetarias, asuntos morales
Las líneas que anteceden brindaron una serie de observaciones acerca de los significados que los destinatarios y sus grupos familiares producen acerca de la TM del Progresar. Continuando en la línea que venimos explorando, nos animamos ahora a presentar algunas consideraciones que desbordan los límites del ámbito familiar. Esto a los esfuerzos de rastrear los modos en que los destinatarios movilizan diferentes valores e ideas y producen evaluaciones, juicios y prácticas hacia adentro del universo de beneficiarios. También nos interesa la relación que por momentos este entramado de significados y su coproducción doméstica mantienen con una pluralidad de sentidos que son elaborados y disputados moralmente en el marco de las controversias públicas del dinero transferido a partir de las políticas sociales (Hornes, 2015).
Como sostiene Hornes (2015) “los juicios y evaluaciones morales sobre el dinero transferido a través de los programas de TMC no pueden dejar de ser analizados en consonancia con la pluralidad de sentidos asociados al dinero de origen estatal” (p.59). Y como advierte de manera muy acertada Zelizer (2011) “a las personas les importa mucho cuánto dinero está involucrado en sus transacciones. Pero qué clase de dinero y de quién es el dinero son cosas que también importan mucho” (p.246. Destacado en el original). Estas dos ideas, junto a otras recuperaciones que hacemos más adelante, atraviesan las reflexiones analíticas que a continuación esgrimimos.
Los siempre presentes vericuetos burocráticos que formaban parte de la implementación del programa hicieron notar, además de las irregularidades, desajustes y ajustes sobre la marcha que este tipo de política habitualmente conlleva –especialmente durante los primeros tiempos de implementación–, algunas sospechas que se movilizaban y denunciaban algún tipo de ‘ilegalidad’ respecto a la condición de los beneficiarios. Un punto sensible alrededor de esta cuestión tenía que ver con el formulario de acreditación de escolaridad que ponía en tensión, y en varios casos de manera adelantada al calendario escolar-académico, la regularidad y la condición de estudiante de los beneficiarios. Esto sucedía tanto en el ámbito universitario como en el secundario, lo que provocaba encendidas reacciones y actitudes de parte de grupos militantes universitarios articuladas y significadas a partir de la retórica del Progresar como “derecho” (Pizarro, 2018).
En esa línea, los sentidos asociados a la idea del Progresar como derecho tenían una fuente oficial de producción que era el propio gobierno, quien marcó fuertemente esa orientación semántica. A la vez, varios de los actores locales encargados de la implementación la replicaban y actualizaban según los contextos. Asimismo, estas disputas por la definición del programa tenían repercusión de gran alcance mediático cuando actores políticos -en aquel momento enfrentados al gobierno nacional- cuestionaban la TM agudizando las sospechas y acusaciones contra la población destinataria y sus competencias para el uso del dinero, denunciando su supuesto derroche en vicios como el alcohol, las drogas y el juego.[4] Recurrentes y sistemáticas también eran las exigencias de una mayor rigurosidad a la hora de “controlar” cómo se gestionaba el programa, astucia nativa válida en algunas situaciones para impugnar casos concretos y reclamar un conjunto de exigencias de carácter moral.
Si repasamos algunas de las afirmaciones recuperadas en el apartado descriptivo que presenta las experiencias de los destinatarios con los que compartí mis instancias de exploración etnográfica, podemos delinear algunos atisbos sobre lo que estamos comentando.
En el caso de Giuliana es contundente durante algunos pasajes el modo en que las controversias públicas acerca del dinero estatal moldean las apreciaciones incluso dentro del mismo grupo familiar del destinatario con el cual entran en tensión: “a mí me están sacando parte de mi salario para que vos te gastes el Progresar en pelotudeces”; “Ay si nena, yo estoy todo el día acá trabajando van a pensar que me gasto la plata en botas”; “Vos agarrá, agarrá todo que ella le regala a todos”; “ella le regala a todos los negros, agarrá una vez que nos dan algo bueno a nosotros”. Estas tensiones también movilizan sentimientos diversos y en ocasiones contrapuestos dentro del mismo grupo, como ocurre con Giuliana y su madre, donde el orgullo se opone a la vergüenza respectivamente.
Esto nos lleva a pensar en aquello que Wilkis (2013) denomina las sospechas del dinero: el autor sostiene que el dinero es “un poder que no se puede controlar completamente y eso genera sospechas” (Wilkis, 2015, p.564). En su análisis sobre el dinero en el “mundo popular”, señala que la monetización de la política social ha desplegado un espacio monetario en el cual las clases populares se exponen a ser juzgadas moralmente. En ese sentido, expresa que
El derecho a tener o no una protección social monetaria por parte de los más necesitados pasa a convertirse en tema de discusión y quienes opinan lo hacen con la potestad de juzgar los usos del dinero. Los juzgadores se convierten así en emprendedores morales (Becker, 2009) a través del dinero público, y éste se vuelve dinero sospechado. (Wilkis, 2015, p.565)
Al dinero proveniente de las políticas sociales, Wilkis (2013) lo denomina dinero donado. Para el caso recuperado, los “negros”[5] son juzgados a través de ideas asociadas al ‘regalo’ –enfrentadas habitualmente a las posiciones que destacan las TM como un derecho y con enfática atención en los usos del dinero–, juicio que a la vez proyecta tensiones internas teniendo en cuenta que su hija es beneficiaria de una política social, por lo cual la mujer también se expone a la sospecha del dinero (“van a pensar que me lo gasto en botas”) y esto moviliza un sentimiento de vergüenza frente al orgullo contrapuesto de su hija titular de la TM. Además, las sospechas también pueden estar orientadas en otras direcciones movilizadas por ideas que asocian el dinero estatal con la actividad política partidaria (“lo cobran los militantes”) o con ciertos bienes adquiridos que vuelven sospechoso o un acto de obscenidad el estar percibiendo la prestación (“hay gente que tiene dos camionetas y los hijos cobran el Progresar”).
En otra oportunidad (Pizarro, 2018) he señalado que este conjunto de valoraciones activa normativas vernáculas a partir de las cuales se reclama que los destinatarios y titulares de políticas de TM se sometan a una serie de obligaciones y de esa forma logren acreditar moralmente su condición legítima de beneficiario. Estas pruebas de legitimidad pueden ser pensadas, como ya se señaló en otro trabajo (Pizarro, 2017), a la luz de lo que Matta (2013) –salvando la distancia entre los objetos analíticos de ambas investigaciones– ha denominado formas de acreditación moral para el análisis de conflictos derivados de relaciones mercantiles y tratados en el ámbito de una oficina de Defensa al consumidor, donde articula los conceptos de intercambio, moralidad y conflicto. Según el autor:
El intercambio se encuentra enmarcado en un entramado de obligaciones sociales (morales) que, en caso de ser desatendidas por alguna de las partes involucradas, se convierten en un elemento de desacreditación moral de su persona […] Cuando las personas concretan sus intercambios cotidianos no explicitan sus expectativas morales (confianza, buena fe, reciprocidad, etc.), aunque resulten constitutivas de la relación. (Matta, 2013, p.15)
Otro concepto clave que nos ayuda a pensar lo que venimos planteando –y que en este caso el objeto de estudio sí se acerca al interés de nuestro trabajo– es el de capital moral propuesto por Wilkis (2015). Inspirado en la categoría de capital simbólico de Bourdieu, el autor formula que las personas todo el tiempo están midiendo, comparando y evaluando sus virtudes morales, por lo cual ser reconocidos a través de esas virtudes implica poseer capital moral. Y agrega que “hablar de capital moral es entender que se requiere ser reconocido por poseer ciertas virtudes para que se realice un préstamo o se participe en actividades que no están encuadradas en ninguna normativa legal” (Wilkis, 2015, p.563). En este sentido, los jóvenes destinatarios se inscriben en un escenario de disputas acerca de las valoraciones desplegadas en torno a ellos y sus acciones en un contexto específico. Estos regímenes de disputa moral que se activan los orientan dentro de una lucha por el reconocimiento (Cardoso de Oliveira, 2004) a través de la cual intentan acreditar su condición moral de merecedores o receptores legítimos del dinero donado, obligados a devolver ante el riesgo de estar recibiendo algo que no merecen o de percibir una negación de su condición legítima de destinatario.
En otros momentos se pone de relieve que las interpretaciones en torno a las diferentes transacciones que puedan tener lugar a partir del uso del dinero de la TM, no solo operan en clave de imputación o evaluación moral de los otros, sino también como un modo de representar a la propia persona (“a mí me enseñaron eso”, “los demás allá ellos”). Por lo tanto, el dinero de las TM, que es un dinero moral, no solo opera en clave de dispositivo de interpretación sobre los otros y sus acciones (juicio moral), sino que esta operación suele ser articulada permanentemente con una búsqueda por consolidar una imagen de sí, el self, adecuada a un conjunto de repertorios considerados legítimos para el tipo de relación o transacción en el que se inscriben las valoraciones (prestigio moral). Esto indica que en el terreno de la reputación es importante no solo cuestionar la ajena sino también proteger la propia y esto es alcanzado en el marco de las transacciones o intercambios morales.
Comentarios finales
A lo largo del capítulo hemos dado cuenta de los múltiples significados que adquiere el dinero relacionado al Progresar a partir de nuestros diálogos y encuentros con estudiantes universitarios beneficiarios de la TM, el impacto que la experiencia doméstica de este ingreso y los sentidos producidos en el ámbito familiar tienen sobre sus decisiones de uso o no uso del estipendio y sus valoraciones, las tensiones morales entre beneficiarios, como también la manera en que las distintas percepciones registradas se vinculan con sentidos y asociaciones que suelen ser objeto del debate público sobre el dinero de las TM. Sin intención de acudir en estas líneas finales a un copy and paste de las páginas que anteceden, aprovechamos el resto para señalar dos cuestiones que probablemente sinteticen, al menos de cierta forma, los esfuerzos reunidos en la presentación de este trabajo.
La primera tiene que ver con la propuesta que ofrece este libro de colaborar con un enfoque relacional de las políticas sociales centradas en TM promoviendo una evaluación cualitativa de los objetivos y alcances propuestos en los esquemas de implementación de las mismas. Esto guarda la intención de llegar a captar cuáles son las negociaciones y disputas, las continuidades y rupturas, que existen entre los diferentes actores envueltos en la instrumentación y aplicación de este tipo de políticas. En nuestro caso, centrar la mirada sobre una parte de la población destinataria de este tipo de políticas nos permitió dilucidar una serie de cuestiones que condicionan enormemente sus experiencias y que difícilmente podrían ser palpables a la luz de indicadores y evaluaciones macros de gestión, pero que tampoco deben ser leídas en una clave que canonice a estos grupos como universos autónomos, escindidos de o enfrentados a grupos sociales más distantes. Y la segunda radica en la atractiva potencialidad de considerar al dinero como una pista sólida y tentadora para explorar no solo los significados que jóvenes titulares de las TM u otros actores le atribuyen a estas políticas, sino también rastrear cómo y en qué medida estas experiencias están moldeadas de manera singular por las formas en que estos actores producen, disputan y actualizan sus ideas en el marco de relaciones sociales diversas, lo que sugiere que los significados que se les confiere a este tipo de programas no puede ser pensado por fuera de los modos en que estas personas producen significados y prácticas en los universos sociales de sus vidas cotidianas.
Bibliografía
Cardoso de Oliveira, L. R. (2004). Honor, dignidad y reciprocidad. Cuadernos de Antropología Social, 20, 25-39.
Hornes, M. (2012). Los programas de transferencias monetarias condicionadas. Una aproximación desde la socio antropología económica. Revista Debate Público. Reflexión de Trabajo Social, 103-112.
Hornes, M. (2015). Controversias en torno a la construcción pública del dinero. Cuadernos de Antropología Social, 42, 55-71.
Hornes, M. (2020). Las tramas del dinero estatal: saberes, prácticas y significados del dinero en las políticas sociales argentinas (2008-2015). Libro digital. Buenos Aires: Tesseo Press.
Matta, J. P. (2013). Intercambios, moralidades y conflictos. Intersecciones en Antropología, 14, 171-183.
Melendez, C. E., Torres, M. A. y Yuni, J. A (2020). Análisis del Programa de Respaldo al Estudiante Argentino (Progresar) para la Educación Superior (2014-2020). Revista Latinoamericana de Estudios Educativos, vol. L, núm. 3, 69-94.
Pizarro, M.R. (2017). Progresar: Un abordaje etnográfico sobre las moralidades asociadas a un programa de Transferencia Condicionada de Ingresos. Revista Kula. Antropólogos del Atlántico Sur, 15-16, 28-39.
Pizarro, M.R. (2018). Política y moralidades en torno a la implementación del PROGRESAR en la ciudad de Olavarría. Question/Cuestión, 1(62), e164. https://doi.org/10.24215/16696581e164
Wilkis, A. (2013). Las sospechas del dinero. Moral y economía en la vida popular. Buenos Aires: Paidós.
Wilkis, A. (2015). Sociología moral del dinero en el mundo popular. Estudios Sociológicos XXXIII (99), pp. 553-578.
Wilkis, A. (2017). The Moral Power of Money. Moral and Economy in the poor people life, California. Standford, Standord University Press.
Yunger Sarrasqueta, L. A. (2016). Procesos de implementación de políticas nacionales de inclusión educativa: una aproximación antropológica al progresar en la ciudad de Olavarría. Tesis de grado para obtener el título de Licenciado en Antropología – Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires. Facultad de Ciencias Sociales. No publicada. Disponible en el catálogo de Biblioteca UNCPBA, sede Campus Olavarría.
Zelizer, V. (2011). El significado social del dinero. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.
- Decreto DNU 84/2014 [Texto completo]: https://www.argentina.gob.ar/normativa/nacional/decreto-84-2014-225728/texto.↵
- Decreto DNU 84/2014 [Texto actualizado]: https://www.argentina.gob.ar/normativa/nacional/decreto-84-2014-225728/actualizacion. Para un estudio sobre las modificaciones en el diseño e instrumentación del Progresar que analiza las continuidades y rupturas identificadas en los procesos de cambio institucional desde la perspectiva del marco secuencial, a través del examen detallado de los instrumentos legales y de los documentos oficiales específicos, ver Melendez, C. E., Torres, M. A. y Yuni, J. A (2020).↵
- En Argentina “ñoqui” hace referencia a aquel que recibe un salario o una suma de dinero por un exiguo esfuerzo laboral, es decir, alguien a quien le pagan por “no hacer nada” o que “nunca trabaja”. La idea está íntimamente asociada a los trabajadores estatales y también con fuertes connotaciones políticas-partidarias a militantes políticos, es decir, “ñoqui” también sería alguien que ofrece lealtad política a cambio de un dinero (formalizado o no) proveniente de las arcas estatales o un trabajo dentro de la administración pública. El uso metafórico haría referencia al plato de pastas típico que se come tradicionalmente los 29 de cada mes en Argentina indicando que esta persona solo aparece en el trabajo una vez al mes para recibir su “salario”.↵
- Yunger Sarrasqueta, L. A. (2016) realiza una vinculación histórica de estas ideas sobre el dinero de las TM y los sentidos producidos en torno a las políticas sociales del peronismo, particularmente las de vivienda. También analiza el impacto de las controversias públicas sobre el Progresar en las organizaciones e instituciones involucradas en su implementación a nivel local (ver. Cap. V – Cap. VI). ↵
- Forma nativa utilizada habitualmente para referirse de manera peyorativa a grupos de personas pertenecientes al denominado sector popular y especialmente a sectores pobres.↵






