Sebastián Botticelli
Nació en 1978, en Morón, provincia de Buenos Aires, Argentina, un barrio del oeste bonaerense que en buena medida construye su identidad a partir de su equipo de fútbol, Deportivo Morón, el cual milita en las divisiones del ascenso. Se trata de una zona suburbana y compleja, no tan lejana de la Ciudad de Buenos Aires, pero aun así bastante desfavorecida comparativamente en lo que respecta al acceso a bienes sociales como el empleo, la salud, la educación y el transporte público. Quizá por eso la relación centro-periferia (espacio contra tiempo) siempre estuvo presente entre sus inquietudes y sus angustias. Cursó estudios de grado en Filosofía y se doctoró en Ciencias Sociales por la Universidad de Buenos Aires. Sus temas de investigación son diversos, así como también sus motivaciones. Por haber nacido durante la última dictadura militar argentina, se interesa por el despliegue de la gubernamentalidad neoliberal en sus (tensos) vínculos con las mutaciones de la democracia. Recupera algunos elementos del pensamiento foucaultiano para intentar pensar filosóficamente los vínculos entre la actualidad y la historia, pues entiende que el academicismo se convierte en cáscara vacía cuando evita la prueba de la realidad. Y se preocupa por las tensiones entre humanismos y poshumanismos pues teme que la afirmación acrítica y la reproducción alegre de las tendencias poshumanas terminen convirtiendo a estas en una profecía autocumplida. Estos objetos de estudio, que pudieran parecer demasiado diferentes, están para él interconectados, aunque de un modo que resulta muy difícil de precisar. Una clave, quizás: comprender al mundo como resultado nunca definitivo de un proceso constante de producción. Trabaja como docente-investigador en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de Tres de Febrero. Cree fervientemente en la potenciación mutua entre la labor docente y las tareas de investigación académica, aunque demasiado a menudo las circunstancias concretas ponen a prueba esa fe hasta hacerla tambalear.
Jonathan Piedra Alegría
Nacido en un cálido mes de julio, en un país conocido como el más feliz del mundo, Costa Rica; su llegada fue anunciada con el primer llanto en un hospital público a las 8 de la noche. Quizá tanto llanto prefiguró su futura inclinación hacia la filosofía, un campo que terminó abrazando casi por accidente, pero que con el tiempo se convirtió en una pasión que lo atrapó, o tal vez, como suele decir, fue la filosofía la que se quedó en él. En su juventud, movido por ideales de justicia y la ingenua creencia de que el derecho era un instrumento para mejorar el mundo, decidió estudiar esa disciplina. Sin embargo, pronto descubrió que la ley no siempre es sinónimo de equidad ni es capaz de transformar la realidad de la manera que esperaba. Este desencanto lo empujó a un constante vaivén reflexivo entre la filosofía y el derecho, dos espacios que, aunque distintos, continúan resonando en su pensamiento y entre los cuales aún no ha decidido en cuál encontrar descanso. Ávido lector de ciencia ficción y amante del género cyberpunk, estas influencias despertaron en él un profundo interés por el papel de la tecnología en la sociedad contemporánea, cuestionando las implicaciones de un futuro poshumano y, más recientemente, el impacto y las problemáticas éticas que rodean el desarrollo de la inteligencia artificial. Estos temas han ocupado gran parte de sus reflexiones actuales, mientras explora los desafíos y las oportunidades de un mundo cada vez más digitalizado. En su tiempo libre, escucha tango como un simple pasatiempo, pero lo que empezó como un hobby se transformó en una pasión que lo ha acompañado desde entonces. De la misma forma, su amor por el jazz, especialmente la música de Chet Baker, y su fascinación por el cine coreano son fuentes constantes de inspiración y disfrute. Ahora, con una mezcla de humor y una pizca de melancolía, confía en que, a diferencia de su nacimiento, pueda dejar este mundo material con una sonrisa en el rostro, aunque quizá llegue también después de mucho llorar.
Alfredo Saab Monroy
Llegó al mundo entre los gritos de una colombiana y las consignas políticas de un libanés que venía huyendo de lo que en algún momento se consideró la Perla de Oriente. Como el tiempo ya dejó de correr por sus venas, a veces cree que tiene 84 años y otras veces 44 años. Su padre vendía telas al por mayor, y su madre recorría libros sin parar. También era una de las mejores chefs de comida árabe, lo que hacía que a la casa familiar llegaran muchos ilustrados hambrientos de buena comida y sedientos de jugo de maracuyá. Tal vez en esas tertulias escuchó de la existencia de libros secretos, prohibidos, perseguidos, que estaban seguros en la biblioteca de la casa. Libros que nadie leía porque eran peligrosos, malditos; a buen juicio de varios lectores que habían dado por sabio leer ese tipo de escritos. El caso, para no alargar más esta truculenta historia, es que el joven autor terminó leyendo esos libros. Así perdió su alma, su seso y su carisma. Decidió recorrer las sendas perdidas de la filosofía y de las letras, de las ciencias de la educación y de los estudios sociales. Su madre y su padre siempre lo veían sentado en la biblioteca de la casa. Era como si el tiempo fuera el espejo roto en la habitación de al lado. Le interesa el arte poshumano y sueña con un universo donde solo encuentre máquinas inteligentes. Le aterra la extinción de los dodos, admira a los All Blacks y le inyecta a quien puede o a quien quiere la lectura de los libros de Jon Fosse. Como no tiene tiempo, no envejece. Ya no lo hace, pero lo hizo, le sacaba pensamientos oscuros a la gente y los pegaba con cinta aislante en la pared de los recuerdos. Hasta que enfermó de las emociones. El doctor le recomendó leer para disipar el revoloteo de los fantasmas. También una dosis de miel caliente con ajo y limón antes de dormir, para que las pesadillas no se recuerden. Pero tomó tantas dosis que perdió la memoria y ya no sabe quién es. Una vez me lo encontré en un parque, pero no me reconoció. Me dijo que estaba buscando una fotografía. Lo ayude a buscar. Estaba entre la hojarasca. Una vieja y un viejo observando desde el umbral de una puerta abierta hacia adentro de lo que parecía una biblioteca. Me dijo que era inventor de autómatas, que si quería lo acompañara a su casa, que él me regalaría uno. Saben hablar, dijo. Los llamo poshumanos. Es de cariño. Entonces me fui, lo dejé hablando solo. Ya tenía varios poshumanos en el apartamento, no quería otro más. Sabía que mañana volvería al parque, que yo encontraría la fotografía, que ambos volveríamos a recorrer las palabras de la misma conversación.
Félix Martínez Cleves
Nació en 1978 en Fusagasugá, Departamento de Cundinamarca, Colombia, una de las puertas al Páramo de Sumapaz; el más grande del mundo. Entre montañas, senderos, ríos y calles polvorientas, se hizo irremediablemente provinciano. Sus abuelas y abuelos lo pusieron ante los problemas urbanos y las narraciones diversas del pasado, de allí lo crítico. Por eso se hizo historiador y filósofo, interesado por la técnica, las tecnologías y las escrituras diversas; en su conjunto, por las diversas formas de estar vivos. Semejantes preocupaciones constituyen los nodos de sus clases, de sus investigaciones y, sobre todo, de sus días caminando junto con una animal de compañía de nombre Simone, o ensamblado con una bicicleta de color rojo. Esas compañías y ensambles multiespecie se suceden, ahora, principalmente, en Ibagué y el departamento del Tolima, tierra de sus abuelas y abuelos, en donde se le da qué pensar.








