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6 Movimientos urbanos de Argentina

Proceso de exigibilidad de derechos de las mujeres

Contando historias, los seres humanos entendemos y vamos hilando nuestras vidas o las deshilamos para volver a empezar.

                                     

Melissa Cardoza, 2014

Somos las nietas de las brujas que no pudiste quemar.

El presente capítulo expone producciones emergentes del proceso de exigibilidad de derechos y transformaciones subjetivas de mujeres que participan en movimientos sociales urbanos de Argentina. Tiene como propósitos reflexionar sobre los procesos de participación política y vigilancia social en lo que respecta a la problemática de la violencia contra las mujeres, e indagar sobre los procesos subjetivos/colectivos de reflexividad y las prácticas autogestivas y de exigibilidad de derechos de las mujeres que participan en movimientos sociales urbanos en Argentina y su vinculación con procesos feministas.

Desde la epistemología feminista, se apunta a reinscribir en la historia las voces y las luchas de las mujeres por romper con una sujeción cultural y política milenaria (Lamus Canavate, 2009). Las trayectorias de mujeres que se presentan en este capítulo dan cuenta de la potencia que emana del movimiento de mujeres y más específicamente de los feminismos en Argentina. Tal como sostiene Marcela Lagarde (1999), el poder resignificado feminista consiste en influir, reorientar, transformar, inventar formas de convivencia y preservar el mundo, crear una perspectiva de futuro de la buena vida. Además, entiende que los asuntos denominados “personales” están insertos en dinámicas más amplias a las que constituyen y por las que son constituidos, en vínculos de dominación y resistencia. A partir de la estrategia de investigación acción participativa, se desarrollaron diez entrevistas y talleres con mujeres que participan de los siguientes movimientos sociales urbanos del conurbano bonaerense y CABA: Frente Popular Darío Santillán; Asamblea de Mujeres de la Federación de Organizaciones de Base; Frente de Organizaciones en Lucha; y Movimiento Popular La Dignidad.

6.1. Genealogía de los movimientos de trabajadores/as desocupados/as en Argentina

La hegemonía del modelo neoliberal en la Argentina produjo transformaciones en el campo económico, político, social, ideológico y de la subjetividad de polarización social extremas: acumulación y apropiación de la riqueza vía privatizaciones de los recursos públicos, entre otras estrategias, por parte de la clase dominante y, a la vez, desempleo, expulsión social y precarización de la vida de más de un tercio de la población. Estas brechas históricas generaron espacios de resistencia frente al avance y la radicalización del neoliberalismo y fueron adquiriendo visibilidad en el espacio público. Los movimientos de trabajadores desocupados forman parte de una de las experiencias más importantes que se desarrollaron hacia medidos de los años noventa en Argentina.

A todas las organizaciones de trabajadores desocupados, sin distinción, les cabe la responsabilidad de haber puesto en movimiento y en evidencia las contradicciones sociales en la Argentina desde las postrimerías del siglo xx. Cada organización expresó a un sector que rompió con la inercia y cuestionando el lugar que se les había asignado en la estructura social y política (Mazzeo, 2004).

El fenómeno del movimiento de trabajadores desocupados (MTD) en la Argentina surgió a fines de 1994 y comienzos de 1995. En sus inicios, no era una organización única; tampoco un “movimiento” en los términos más clásicos. En los hechos, era un conjunto heterogéneo de comisiones barriales que, sin vínculos entre sí, se habían ido desarrollando con el objetivo de agrupar a los desocupados (Pacheco, 2010). Las primeras marcas de la resistencia se encuentran en los años 1996, con la aparición de las primeras puebladas y piquetes en el interior del país, que señalaban el principio de un proceso de articulación de nuevas prácticas colectivas, de nuevos movimientos asociados a nuevas formas de organización, de lucha y de inscripciones programáticas e identitarias, emergían frente a las realidades sociales forjadas por las políticas neoliberales y daban cuenta de ellas (Seoane, 2002). Entre 1997 y 2001, las comunidades salteñas de Tartagal y Mosconi protagonizaron cuatro puebladas y otra gran cantidad de acciones que asumieron un carácter contrahegemónico y se pueden contar entre las más radicalizadas de la Argentina desde la década de 1970. En ese proceso surgió el movimiento piquetero y se consolidó como movimiento de trabajadores desocupados, jugando un papel central en todas las luchas, y recibiendo el apoyo del resto de la población (Benclowicz, 2016).

Muchos de los MTD se sustentaron en formas de acumulación y organización diversas, algunos apoyados por movimientos políticos revolucionarios, otros, por militantes marxistas, y algunos, por miembros de comunidades eclesiales de base. En el espectro piquetero, se perfilaron diferentes alineamientos: los movimientos de trabajadores desocupados que respondieron a las centrales sindicales no oficiales (línea política más institucionalizada); los que se agruparon alrededor de partidos políticos y grupos autónomos de izquierda (línea política radical); y, por último, aquellos que no se alinearon con ningún grupo y enfatizaron el trabajo microsocial (Svampa y Pereyra, 2003).

Cabe destacar que, en los movimientos de trabajadores desocupados, la presencia de las mujeres fue fundamental. Algunos de los MTD estaban conformados por un 90 % de mujeres, y en ellos fue importante su participación, tanto en términos cuantitativos como cualitativos (Longo, 2012). En la cartografía de estas protestas, resaltaba la presencia mayoritaria de las mujeres en las puebladas, en los movimientos piqueteros (Andújar, 2005, 2006; Cross, 2006). La marcada participación de las mujeres en los MTD incidió sustancialmente en la apertura de nuevas experiencias colectivas y en la generación de una práctica de cuestionamientos que abarcó una serie de críticas a las lógicas sistémicas propiciadas por el capitalismo y el patriarcado en términos macrosociales, como también al conjunto de opresiones e injusticias que envuelven las complejas realidades cotidianas y organizativas. Estos movimientos tuvieron un anclaje muy notable en lo territorial. En eso fueron muy importantes las mujeres en los comedores comunitarios y los merenderos, y en conocer los padecimientos cotidianos de los/as vecinos/as en su territorio concreto. En este recorrido los diversos MTD organizaron proyectos productivos como los siguientes: cooperativas de vivienda, reparación de escuelas, construcción de salones multiuso, salas de primeros auxilios, casas destinadas para mujeres que sufren violencia de género, ladrilleras, huertas comunitarias, diversos emprendimientos productivos y talleres de oficio, y un proceso importante de espacios de educación alternativa. La presencia de las mujeres también es numerosa en los “cortes y piquetes”, en las manifestaciones callejeras, en los “acampes” en plazas y frente a edificios públicos. En tanto, en lo que respecta a la estructura organizativa de los movimientos, muy pocas mujeres alcanzan las posiciones de dirección o conducción. Al interior de algunos movimientos piqueteros, ellas comenzaron a reunirse para discutir las problemáticas que se les planteaba al momento de participar en instancias de dirección política. Estos primeros encuentros han dado origen a espacios específicos de mujeres, en los cuales se juntaban para tratar cuestiones que no eran abordadas en los movimientos, pero que las preocupaban y eran comunes. De esta forma, se fue delineando una suerte de agenda de género que dio nuevo impulso a la creación de espacios de mujeres. Las prácticas construidas desde el “espacio de mujeres” instalan en el centro del debate tres cuestiones fundamentales: el lugar que ocupan ellas en el movimiento, pero también en la casa, en el barrio y en otros espacios de participación; las prácticas a partir de las cuales se trabaja sobre el reconocimiento y la demanda activa de derechos; por último, los contenidos de las reivindicaciones y luchas por un “cambio social” (Partenio, 2005, 2008). Los movimientos sociales urbanos abordados en esta investigación forman parte de esta experiencia y de la conformación de los movimientos de trabajadores desocupados, que efectivamente marcaron su devenir político y su accionar colectivo.

6.2. Mujeres en Argentina

6.2.1. El mundo del trabajo femenino

En Argentina, si bien hubo avances significativos en las últimas décadas, la inserción laboral de las mujeres permanece signada por fuertes brechas de género. A pesar del aumento en la tasa de participación de las mujeres en relación con los varones en los últimos veinte años, persisten brechas significativas en la calidad de esa participación y su alcance (ELA, 2018). Además, las mujeres ganan un 27 % menos que los varones por igual trabajo. Y en ciudades como Buenos Aires, entre el 35 % y 40 % de los hogares son mantenidos por una mujer. La informalidad es otro grave problema. El servicio doméstico, por ejemplo, es mayoritariamente informal, y es casi totalmente realizado por mujeres. Además, la disparidad también se da en el trabajo doméstico que desarrollan en sus propias casas (INAM). Según un informe reciente del Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social sobre las mujeres en el mundo del trabajo, en el sector de la industria participan solamente un 19 % de mujeres, y en el sector de la electricidad, gas y agua, un 17 %. Por el contrario, en algunas áreas de servicios, como el trabajo doméstico remunerado, las mujeres representan el 98,7 % de las personas ocupadas y son más del 70 % de quienes se emplean en la enseñanza y la salud.

Paralelamente, persisten marcos normativos laborales, previsionales y fiscales discriminatorios y que atentan contra la equidad de género y el acceso a la seguridad social. La menor tasa de formalidad afecta al acceso de las mujeres a la salud y a derechos laborales básicos (vacaciones, aguinaldo, entre otros derechos que se derivan de la condición de empleo), restringe sus posibilidades de participación sindical y también de contar con cobertura previsional en la vejez (ELA, 2018). Entre los marcos normativos laborales, las licencias o los tiempos para cuidar son una herramienta fundamental para promover una organización social más justa del cuidado desde un enfoque de corresponsabilidad. Además, el desempleo, la marginalidad y la discriminación, la fragilidad de los espacios públicos y la sistemática violación de los derechos humanos y sociales tendrán a las mujeres como uno de sus blancos más precisos, precarizando y degradando las condiciones de vida de millones de mujeres en nuestro país.

6.2.2. La morbimortalidad femenina

En lo que respecta a la reducción de la morbimortalidad femenina, hay dos vías principales para transitar: la primera son las políticas públicas como oferentes de dispositivos de prevención y promoción de la salud, y la segunda son las mismas mujeres, como demandantes de servicios en su calidad de ciudadanas (López y Findling, 2003). Los avances legislativos en Argentina son meritorios; un ejemplo de ello es la sanción de la Ley Nacional n.° 26.485 de protección integral para prevenir, sancionar y erradicar la violencia contra las mujeres en los ámbitos en los que desarrollen sus relaciones interpersonales, aprobada en el año 2009. En octubre de 2002, se sancionó la Ley Nacional n.º 25.673, que originó la creación del Programa Nacional de Salud Sexual y Procreación Responsable, y en octubre de 2006 se aprobó la Ley de Educación Sexual Integral (n.º 26.150). También forman parte del marco legal vigente la ley de SIDA (n.º 23.798) y el Protocolo Facultativo de la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW), cuya adhesión fue actualizada por Argentina en el 2007. No obstante, diferentes factores, como las concepciones, las creencias y los perfiles de formación desplegados en el campo de salud, la educación y la justicia, y el apego a ciertas prácticas de modelo asistencial tradicional, pueden obstaculizar la efectiva aplicación de las leyes (Cappuccio, Nirenberg y Pailles, 2006).

Para visualizar los obstáculos de acceso a la justicia de género, es pertinente visibilizar los procesos de significación tejidos en el entramado de la simbolización cultural, los sentidos colectivos asignados a los roles de género y las expectativas sociales en torno a ellos. Sin embargo, cuando ya pasaron varios años de firmados esos acuerdos, delitos como los asesinatos, las violaciones, los abusos y acosos sexuales, la trata de mujeres y niñas, la prostitución forzada, la esclavitud sexual y la violencia siguen siendo practicados con impunidad. Superar las injusticias significa desmantelar los obstáculos que impiden a algunas personas participar en condiciones de igualdad con el resto, como partes de pleno derecho en el proceso de interacción social (Fraser, 2004: 35).

Las teorías feministas y el enfoque de género han contribuido a comprender las particularidades de este tipo de violencia y han insistido en la necesidad de implementar políticas públicas con perspectiva de género. Impulsar iniciativas de vigilancia social y exigibilidad colectiva en materia de derechos de mujeres continúa siendo un desafío fundamental.

6.2.3. Feminicidios

El feminicidio, asesinato de mujeres por razones de género, es un problema grave en nuestro país. Se asocia a la cosificación del cuerpo de las mujeres, que las vacía de sus derechos como “humanas” (Lagarde, 2005). De acuerdo con los datos oficiales de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, durante 2017 hubo 251 femicidios, sin que las políticas públicas y las respuestas del Poder Judicial pudieran llegar a efectivizar su obligación de prevención. Los datos del Observatorio Ahora Que Sí Nos Ven revelan que, en lo que iba de 2019, hubo un femicidio cada 28 horas. Organizaciones de diversidad sexual, travestis y trans aseguran que en el 2018 se contabilizaron 79 travesticidios y transfemicidios, y en los primeros meses de 2019 ya se habían producido14 (ELA, 2019). Los datos dan cuenta de que el problema de la violencia de género exige ser considerado en su complejidad. Requiere una política de alcance integral que implique la asistencia y el acompañamiento inmediato a las mujeres que realizan las denuncias, el análisis interdisciplinario de los determinantes y condicionantes de las situaciones de violencia y la capacitación intersectorial para la erradicación de las violencias (Longo, Lenta y Zaldúa, 2018).

6.2.4. Derechos sexuales y reproductivos

En Argentina se ha transitado por diversos trayectos en cuanto a esta cuestión, desde políticas demográficas hasta el avance significativo en el desarrollo de políticas públicas que garantizan el acceso a la anticoncepción a toda la población en edad reproductiva. La visibilidad del campo y la incorporación en la agenda pública como componente de los derechos humanos, que trasciende el ámbito de los asuntos privados, se relacionaron con las demandas de la sociedad civil y en particular del movimiento de mujeres y de un sector de profesionales comprometidos con la salud colectiva (Zaldúa, Pawlowicz, Longo y Moschella, 2010).

En este proceso, se ha reconocido la vulnerabilidad de las mujeres frente a la accesibilidad a los servicios en salud sexual y reproductiva (SSyR) (conocidos históricamente como “planificación familiar”). Si bien se puede percibir un progreso en la atención de la salud de las mujeres, siguen persistiendo obstáculos y serias deficiencias cualitativas y cuantitativas reflejados en los indicadores de salud: altos índices de mortalidad materna, índices muy bajos en el uso de la contracepción y también un bajo porcentaje de nacimientos atendidos por personal experimentado. Más de 1.500 mujeres y niñas mueren cada día en el mundo como resultado de complicaciones prevenibles que ocurren antes, durante y después del embarazo y del parto, según la OMS. La Argentina ha sido signataria de compromisos en los ámbitos internacional, regional y nacional, que responsabilizan a los gobiernos por la implementación de políticas, programas y acciones tendientes a lograr la disminución de las muertes maternas (Consejo de Políticas Sociales, 2003).

En Argentina las mujeres, especialmente las mujeres pobres, son las más afectadas. Según datos oficiales, en el 2008 se produjeron 296 muertes de mujeres en edad fértil (de 10 a 49 años) por causas asociadas al embarazo, parto o puerperio. En CABA la tasa fue de 0,9 por cada 10 mil nacidos vivos. En Jujuy llega a 10 y en Formosa asciende a 11,5 (Dirección de Estadísticas e Información de Salud. Estadísticas vitales. Ministerio de Salud de la Nación, 2009). La tasa de mortalidad materna en Argentina es inaceptablemente alta si se vincula con los indicadores sociosanitarios del país. La evolución más reciente marca que, desde mediados de la década de los 90, se observa un amesetamiento y una resistencia al descenso (“Informe alternativo de organizaciones de la sociedad civil”, 2010). Esta situación se agrava aún más en mujeres que se encuentran expuestas a la pobreza, al analfabetismo, al trabajo forzado y a la migración. Existen diversos obstáculos que atraviesan las mujeres migrantes para el acceso a servicios de SSyR. Persisten serias restricciones y dificultades en el acceso a servicios vinculados a los derechos reproductivos y (no) reproductivos. La falta de políticas públicas efectivas para garantizar el derecho a la salud de niñas y adolescentes incumple los compromisos asumidos en el marco internacional de derechos humanos y desoye las observaciones del Comité de Derechos del Niño de Naciones Unidas, que, en mayo de 2018, urgió al Estado a asegurar que se garantice el acceso a servicios de aborto seguro y de atención posaborto a niñas y adolescentes (ELA, 2019).

6.3. Las mujeres y los movimientos sociales urbanos

En los nuevos movimientos sociales, aparecen nuevos instituyentes protagonizados por mujeres, su presencia invita a la reflexión de la configuración, la dinámica y las necesidades de los sujetos involucrados en el proceso (Longo, 2012). La participación de las mujeres en los movimientos sociales de Argentina emerge de manera destacada y no cesan las prácticas de participación llevadas adelante por ellas. Las mujeres han sido protagonistas en los movimientos de trabajadores desocupados de numerosas tomas de fábricas, asambleas barriales y también han sido protagonistas en asambleas ambientales. Participan en movimientos sociales urbanos que abarcan desde problemáticas estructurales como la falta de trabajo, de vivienda, de alimentación, de educación y de salud, hasta la oposición a la gentrificación, a la destrucción del medio ambiente y al uso de las expropiaciones para desalojar a los residentes locales y permitir un uso más rentable del suelo (Harvey, 2013: 53).

Los movimientos sociales se visibilizaron como nuevos sujetos políticos, representando una amplia diversidad de conflictos (Luna, 1994). A través de diversas acciones colectivas, ponen en relieve las fronteras de la exclusión. Se trata de movilizaciones y proyectos urbanos con un destacado carácter territorial, que incluyen desde la demanda de infraestructura y trabajo, hasta el reclamo contra el saqueo de los bienes naturales y contra la contaminación ambiental (Svampa, 2008). Es decir, hay una resistencia corporal plural y reformativa operando que muestra cómo las políticas sociales y económicas están diezmando las condiciones de subsistencia y hacen reaccionar a los cuerpos (Butler, 2014).

La profundización de los mecanismos de exclusión incide sobre la feminización de la pobreza y establece las reglas para que, bajo esas condiciones no elegidas, las mujeres diseñen estrategias de supervivencia similares: la producción alimenticia, el trabajo informal, la migración, la prostitución, entre otras (Sassen, 2002: 18). En momentos de rápida movilización de bienes e informaciones, todos los sistemas de explotación, opresión y dominación se refuerzan: el sistema de clases y el sistema racista, pero sobre todo el sistema jerárquico de opresión sexual (Gargallo Celentani, 2010). Descubrir alternativas para construir sus propias organizaciones y ejercer influencia como ciudadanas ha tenido un impacto efectivo en la vida de las mujeres (Vargas, 2008).

En este proceso, en Argentina muchos movimientos sociales mixtos, a partir de diversas instancias de problematización y estrategias colectivas, impulsadas o generadas por los espacios de mujeres de las propias organizaciones, comienzan a autoasumir un eje importante de reivindicación que pone en relieve la igualdad de género y la lucha antipatriarcal. En el interior de las organizaciones, hay una fuerte crítica a las dinámicas organizativas que no contemplan los límites propios que presentan las mujeres. Un aspecto importante de la crítica ronda en la histórica exclusión de la vida política. Como también las limitaciones de género impuestas a las mujeres conforman una compleja problemática económica y social, cultural y política. Son las mujeres, en primer lugar, quienes cuestionan la organización social del patriarcado y el complejo entramado de sus propias condiciones de edad, clase, raza, etnia (Lagarde, 2013).

Cuando ellas se involucran en los movimientos sociales, el primer paso que realizan es romper con la dicotomía que se establece entre espacio público y privado. No es un dato menor que los nuevos movimientos sociales comiencen a cuestionar, a hablar, a debatir sobre el patriarcado como sistema de dominación (Longo, 2013). La participación de las mujeres en los movimientos sociales urbanos es importante tanto en términos cuantitativos como cualitativos, ellas son las que sostienen el trabajo cotidiano de las organizaciones, recrean lazos territoriales, comunitarios e identitarios. En la investigación El protagonismo de las mujeres en los movimientos sociales. Innovaciones y desafíos. Prácticas, sentidos y representaciones sociales de mujeres que participan en movimientos sociales[1], se registró que las mujeres que participan en movimientos sociales (MS) promueven subjetividades en transformación, transitan de una subjetividad de dependencia y subordinación hacia una subjetividad de complementariedad y colaboración (Longo, 2012). Los hallazgos y las construcciones categoriales invitan a avanzar desde la investigación acción participativa en la indagación sobre promoción de los derechos humanos, empoderamiento, desarrollo personal, participación comunitaria y ciudadana en relación con la exigibilidad de derechos en mujeres que participan de movimientos sociales de la CABA y el conurbano bonaerense de Argentina.

6.4. La reivindicación antipatriarcal en los movimientos sociales urbanos

Son las propias mujeres las que introducen la discusión e insisten en que los movimientos de los que forman parte se asuman como antipatriarcales. Esta insistencia engloba una multiplicidad de aspectos relacionados a las históricas inequidades de género que atraviesan las mujeres. En ella, se inserta fuertemente la crítica a los límites que se les presentan para participar activamente de la vida política y social. Habitualmente la participación femenina es una práctica social silenciosa que tiene un escaso reconocimiento social y político. Está desigualdad implica, por una parte, que los sujetos tienen distintas capacidades y recursos en función de la posición que ocupan en la sociedad y, por otra, que las instituciones limitan y posibilitan, a la vez, el ejercicio de estas capacidades de acuerdo a las prácticas, los discursos y las representaciones culturales y estructuras sociales existentes (Fraser, 1998). En este recorrido, las mujeres organizadas instalan fuertemente un conjunto de tópicos que, en muchas experiencias de participación política emancipatorias, quedaban por fuera o en los bordes, temáticas tales como las sexualidades, los feminismos, la colonialidad y los géneros, los cuerpos, los cuidados, la vida cotidiana, etc. Este recorrido no fue espontáneo, sino que fue un proceso propiciado por las mujeres que participaban en estos movimientos mixtos. Es decir, fue sustancial la decisión política de las mujeres de instalar estas demandas y esencialmente en primer lugar de agruparse, de reunirse como colectivo de mujeres para poner en común situaciones que fue necesario problematizar y para fortalecerse como sujetas políticas, convencidas en primer lugar ellas mismas de esas demandas.

El primer movimiento social que se definió públicamente como anticapitalista y antipatriarcal fue el Frente Popular Darío Santillán en el año 2007; ese proceso facilitó que posteriormente otros movimientos sociales también se asumieran públicamente como antipatriarcales. Lo cierto es que antes de las respetivas definiciones públicas las mujeres de los movimientos mixtos trabajaron colectivamente entre ellas, produciendo alianzas y lazos y convenciendo de que sus demandas y problemáticas deben ser escuchadas y consideradas.

Una organización con las características más tradicionales, viejas o anteriores, más ortodoxa, no hubiera entrado de la misma manera el eje de la mujer, porque no hubiera sido visto, porque siempre la lucha de clases está primero que el género. Está todo el debate de la clase o el género, que probablemente no se salde nunca en el feminismo porque es histórico. En realidad, no sé si tiene que saldarse, porque es la lucha misma. Pero esa cosa de cómo juntar la clase y el género me parece que fue el desafío que nos dimos muchas mujeres en ese momento en la Verón, cómo hacer para que se pudieran tomar las dos cosas, el eje de la mujer o el eje feminista y el de la clase, en tal caso una perspectiva de género, de mujeres, desde la clase también, no solamente desde el feminismo en abstracto. Fue todo un debate. De hecho, tuvimos resistencia de muchas mujeres. En su momento, cuando convocamos a las primeras asambleas en el puente Pueyrredón, el trasfondo era este debate, que nos vamos a poner a discutir de las mujeres si no tenemos para comer, si hay que salvar los comedores, hay que conseguir planes para que trabajen lxs compañerxs. Fue un proceso y en el proceso se fue armando (Laura, 37 años, Frente Popular Darío Santillán).

                               
Soy parte del movimiento desde el año 2002, ya son varios años. Lo que me llevó a formar parte del movimiento fueron, por un lado, las necesidades básicas insatisfechas, ya que en ese momento estaba desocupada, y, por otro lado, la forma organizativa que se estaba dando en ese momento en los MTD, los movimientos de trabajadores desocupados; me parecían muy interesantes los principios que llevaban adelante, trabajo, dignidad, cambio social, la cosa asamblearia, autoconvocada, autogestiva, todo eso me llevó a ser parte y a decidir, a dedicarle todos estos años al movimiento. Es un proceso que se da desde el inicio de la lucha en los cortes, nos dimos cuenta todas que éramos mayoría mujeres, pero que en los lugares de referencia generalmente se destacaban los varones. Eso lo vimos como una mirada crítica e intentamos en principio empoderarnos y empezar a tener espacios propios. Muchas de nosotras ya habíamos participado de los Encuentros Nacionales de Mujeres, otras venían con experiencias desde el feminismo, entonces hicimos un cruce de experiencias muy rico que se trasladó al interior de la organización y empezaron a surgir los espacios y las asambleas de mujeres. En nuestro MTD de entrada fue una asamblea de mujeres y un momento fundante para nosotras es el año 2004 y son los 26 de junio, cuando íbamos al Puente Pueyrredón a reclamar y a exigir justicia por el asesinato de Darío y Maxi. Nos encontrábamos en el puente y hacíamos nuestras asambleas de mujeres. En ese momento éramos MTD Aníbal Verón y después cada movimiento fue trasladando esa experiencia a sus territorios y a sus espacios o asambleas de mujeres (Caro, 46 años, integrante de FOB).

                                
Cuando me meto al movimiento hace muchos años, aparecía toda esta cosa nueva de generar asambleas y organización de la base, promover una democracia directa, toda esta nueva forma discursiva y de práctica para mí fue muy interesante y fue lo que me convocó bastante. […]. Al mismo tiempo, fue importante cruzándose distintas experiencias militantes con compañeras que ya habían hecho un recorrido por el feminismo, y esas experiencias empezaron a cruzarse un poco más. Después, a partir de la participación en el Encuentro de Mujeres, ahí sí definitivamente dije: “Este es mi camino”. Quizás no individualmente, me parece que fue un proceso colectivo, que varias compañeras fuimos haciendo a la vez, en mayor o menor medida, cada una con su bagaje y su historia, o la historia individual dentro del colectivo que cada una traía. Ahí hice la última transformación de convertirme ya al feminismo y empezar a poder mirar la historia desde las mujeres, desde la lucha de las mujeres (Azucena, 50 años, Frente Popular Darío Santillán).

Las mujeres producen una serie de cuestionamientos al interior de los movimientos sociales, enriquecen los horizontes políticos, los problematizan, y desafían a las propias estructuras organizativas. Han desarrollado un empoderamiento individual y colectivo, una transformación de la conciencia que incide sobre las dinámicas organizacionales. En términos generales, en los movimientos sociales analizados, se resalta el papel de las mujeres y la necesidad de cuestionar al interior de ellos las expectativas y los roles que se les designan y se les otorgan en función de sus trayectorias de vida. Han construido lazos de apoyo mutuo y han superado los temores de participar en actividades políticas tradicionalmente masculinas (Horton, 2017). En este proceso las mujeres fueron activas en insistir en la importancia de garantizar una participación igualitaria y en propiciar espacios de reflexión exclusivos de mujeres.

Nosotros pudimos hacer este proceso de definirnos antipatriarcales, escuchando y compartiendo espacios de discusión, de diálogo, mesas, actividades, con otras organizaciones, con inicios similares a la nuestra, como el FPDS. Un montón de organizaciones que tuvieron un recorrido similar en este sentido. La base social y la composición de la organización es la misma. Y después nos constituimos como comisión de género del MPLD, al que le dimos nombre porque empezamos a darnos discusiones y formación de género. Después de toda una discusión y formación super intensa hacia adentro, de malestares de muchos compañeros que se resignaban a tener este tipo de discusiones, o que por lo menos no las consideraban relevantes en sus comienzos, después de todo este proceso, uno de nuestros fundamentos políticos-ideológicos es ser antipatriarcales, dando toda una discusión con esto, no solo nos nombramos antipatriarcales y ya, sino que tiene que ver con la transversalidad de esta discusión y de este fundamento político-ideológico. Y principalmente que nuestros compañeros puedan llevar en sus relaciones políticas con cualquier organización o en cualquier lugar que su organización es antipatriarcal (Juliana, 33 años, MPLD).

6.5. Espacios de exigibilidad de derechos y participación política

En la actualidad, en Argentina existen diversas iniciativas que favorecen el despliegue de ciertas demandas y reivindicaciones contra la violencia hacia la mujer. La organización y visibilidad de las mujeres en el escenario político y social no pasa desapercibida. Las campañas y los procesos de articulaciones existentes son una clara muestra de ello. Los Encuentros Nacionales de Mujeres que se vienen desarrollando desde hace 33 años son unas de las experiencias e instancias colectivas más trascendentes de Argentina promovidas por el movimiento de mujeres. También la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito, que es impulsada nacionalmente y tiene sus simientes en el xviii Encuentro Nacional de Mujeres (ENM), realizado en Rosario en el año 2003, y en el xix ENM, desarrollado en Mendoza en el 2004. Fue lanzada finalmente el 28 de mayo de 2005, el Día de Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres. Por otra parte, está la Campaña contra las Violencias hacia las Mujeres, que surgió en el año 2012 y está conformada por integrantes de diferentes movimientos sociales mixtos, colectivas feministas y activistas. Otros espacios de articulación son la Campaña Ni una Víctima Más, la Red de Socorristas, entre otras. Y desde el 2015 se produce una gran irrupción impulsada por el colectivo Ni una Menos, que hace masivo y diverso el reclamo de cese a la violencia hacia las mujeres. Todas estas iniciativas constituyen un potente ejercicio de exigibilidad de derechos promovido por el movimiento de mujeres argentinas.

6.5.1. Los Encuentros Nacionales de Mujeres

Los Encuentros Nacionales de Mujeres son uno de los eventos más importantes de Argentina promovidos por el movimiento de mujeres. Estos se llevan a cabo ininterrumpidamente desde hace 36 años y reúne a mujeres de diferentes partes del país y del mundo. En 1986 empezaron los encuentros en nuestro país y desde ese momento no dejaron de realizarse. Cada año son más concurridos y exitosos. La modalidad del Encuentro Nacional de Mujeres permite que cada año miles de mujeres se reúnan y desplieguen un proceso claro de exigibilidad de derechos y de agenda política. Los encuentros son autoconvocados, horizontales, plurales y masivos, y de ellos han llegado a participar más de 70.000 mujeres. Esta instancia impacta significativamente en las mujeres que forman parte de los movimientos sociales abordados en este estudio.

El proceso del encuentro de mujeres es excelente en las organizaciones, porque se va primero como un objetivo de un viaje a un encuentro de mujeres. La dinámica de talleres, el encontrarse con un montón de mujeres, la movilización, fue muy impactante e hizo que sigamos organizadas (Lucy, 40 años, FOL).

En el día a día con las compañeras, siempre siento como mucha plenitud. Hay momentos que son de mayor plenitud, los Encuentros Nacionales de Mujeres son uno de ellos. No es casualidad que tratamos de no faltar […], para nosotras es muy emocionante porque toda nuestra historia de vida se nos pone encima. En el medio de la marcha, nos vemos a nosotras mismas siendo niñas, siendo adolescentes, siendo mujeres jóvenes, es como que hacés un recorrido por toda tu vida. Yo en este momento tengo 45 años, y el primer taller al que fui fue el de mujer joven, y ahora todavía estoy pensando a qué taller voy. Todos los años he variado de talleres y ahora lo que más me convoca es la plaza feminista, es la campaña contra las violencias, como que siempre encontramos espacios donde sentirnos plenas. Nos sigue moviendo la indignación, la rabia, pero en esa indignación y en esa rabia también hay un lugar para la plenitud, la plenitud que nos da estar vivas y estar luchando (Laura, 30 años, FOB).

Los Encuentros Nacionales de mujeres son muy buenos. Las compañeras que viajan al ENM, sin los pibes, sin el esposo, sin estar pensando que tienen que cocinar o hacer otra cosa, pudiendo salir con el resto de otras mujeres a comer, a bailar, a escuchar un taller, sentir esa independencia y esa autonomía, es genial (María, 40 años, MPLD).

Miles de mujeres se dan cita durante tres días cada año en un espacio propio para debatir sobre una multiplicidad de temas, con la dinámica de talleres horizontales –sin disertaciones magistrales o de especialistas–, tales como desempleo, tercera edad, globalización, medio ambiente, sexualidad, aborto, lesbianismo, por mencionar solo algunos pocos. Estos encuentros, que comenzaron por iniciativa de algunas feministas a partir de la experiencia en el iii Encuentro Feminista Latinoamericano en Bertioga, Brasil (1985), y de la asistencia a la iii Conferencia Internacional de la Mujer organizada por Naciones Unidas en Nairobi (1985), son únicos en el mundo y se caracterizan por ser autónomos, autoconvocados y autofinanciados (Alma y Lorenzo, 2009). Ambas instancias se consideran antecedentes de los Encuentros Nacionales de Mujeres, una práctica que desde 1986 hasta la fecha se desarrolla en diferentes ciudades del país.

La experiencia de los Encuentros Nacionales de Mujeres, único evento que se desarrolla en América Latina, es un acontecimiento destacado, por su continuidad histórica y también por el número importante de mujeres diversas que reúne año tras año. Este favorece procesos de encuentro, intercambios, construcción de redes, incorporación en la militancia de mujeres (manera significativa en los últimos años de mujeres jóvenes), y acuerdos de agendas comunes para el movimiento de mujeres. Cada año aparecen demandas novedosas protagonizadas por la masiva participación de las mujeres. Desde 2019, se denominan Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis y No Binaries. Dicha modificación se debe a que hay otras identidades que es necesario nombrar para visibilizar.

Sin lugar a dudas, la trayectoria de estos encuentros da cuenta de que se trata de una instancia participativa que ha permitido a muchas mujeres interrogarse sobre toda una serie de aspectos concernientes a ser mujer, y para otras tantas fue el motor para organizarse. En síntesis, desde diversas experiencias, se puede sostener que el movimiento de mujeres opera transformando la sensibilidad social ante determinados fenómenos culturales, sociales y políticos. Se trata de una verdadera transformación epistemológica y política a la vez (Amorós, 2006).

6.5.2. Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito

Desde hace más de 14 años, la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito[2], impulsada por mujeres y feministas, viene poniendo en debate público el tema del aborto y las consecuencias de su estatus legal actual para la vida y la salud de las mujeres. Es una amplia y diversa alianza federal que articula y recupera parte de la historia de las luchas desarrolladas en nuestro país en pos del derecho al aborto legal, seguro y gratuito. Fue lanzada el 28 de mayo de 2005 (Día Internacional de Acción por la Salud de las Mujeres). En Argentina, se ha hecho cargo de transformar la práctica ocultada y silenciada del aborto, producto de la resistencia individual a imposiciones socioculturales, en soporte político de un movimiento que reivindica los derechos y la dignidad de las mujeres protagonistas (Zurbriggen y Anzorena, 2013). En el caso de la campaña, aquellas personas que integran, construyen y comparten las consignas “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar y aborto legal para no morir” sostienen como objetivo la legalización y despenalización del aborto.

El derecho al aborto voluntario constituye una demanda histórica gestada por el movimiento de mujeres y el feminismo. En 1987 se impulsó la primera organización que se propuso esto: la Comisión por el Derecho al Aborto. En 1995 nació la Coordinadora por el Derecho al Aborto. En el año 2003, en Rosario se desarrolló el xviii Encuentro Nacional de Mujeres, donde se realizó la primera Asamblea Nacional por el Derecho al Aborto. Esta asamblea significó un precedente importante para que luego se constituyera la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, Legal, Seguro y Gratuito. La demanda de la Campaña se refería no solo a la necesidad de terminar con las muertes evitables de mujeres gestantes, en su mayoría jóvenes y pobres, sino que aludía también a la demanda sobre la autonomía y la decisión sobre el propio cuerpo (Lenta, 2018).

Durante el 2018, Argentina fue protagonista de un movimiento histórico, un claro ejercicio de exigibilidad relacionado con la interrupción voluntaria del embarazo: se llevaron adelante las jornadas del 13 y 14 de junio y del 8 de agosto de 2018, en las que tuvieron lugar los debates sobre el proyecto de ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) en el pleno de las Cámaras de Diputados y Senadores. Fueron acompañadas por millones y millones de personas de diversas generaciones, que poblaron con sus pañuelos verdes (símbolo de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito) en cada punto del país, que luego se propagó por la región y el mundo. Es importante señalar que los movimientos urbanos estudiados son parte activa de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto
Legal, Seguro y Gratuito y han trabajado durante todos estos años esta temática como parte de una experiencia colectiva, que, aunque con tensiones, ha sido un eje en donde se intentó romper la escisión entre lo público y lo privado, inscribiendo a los cuerpos, las sexualidades y las subjetividades dentro de lo político (Ciriza, 2007).

La lucha por la legalización del aborto me impactó mucho porque me atravesó como a todas las mujeres. Al principio, en la organización no se hablaba demasiado. Sí todas las mujeres, directa o indirectamente, habíamos atravesado situaciones de aborto, porque abortamos o porque acompañamos a una amiga. A cada mujer nos ha tocado vivirlo directa o indirectamente en más de una oportunidad. Después todo lo demás fue formarme y formarnos, darme un saber que existía. Con el tema del derecho al aborto, después fui descubriendo otro montón de cuestiones que tenía que ver con ser mujer. La formación en esto es fundamental, seguir formándonos en qué significa la violencia, el aborto, estas cosas que sufrimos las mujeres, por qué hablamos de igualdad de derechos en las mujeres, por qué las mujeres necesitamos igualdad y equidad (Alma, 53 años, FPDS).

La discusión del aborto fue la primera que salió y la primera en la que tuvimos definición política. Esa discusión la dimos como taller de derechos humanos. Empezamos a trabajar sobre el tema del cuerpo, pero también se colaba mucho el tema de la religión. Ahí las compañeras hicieron un proceso muy interesante de decir que no es lo mismo la institución de la Iglesia, y eran compañeras muy religiosas, que decir cuál es mi derecho y que lo que haga una mujer con su cuerpo y lo que haya decidido con un embarazo no querido no le afecta al resto y nadie puede decirle qué hacer o qué no hacer a esa mujer. Empezamos el taller de derechos humanos y empezaron a salir un montón de problemáticas, la violencia, el aborto, mi cuerpo, todas cuestiones más generales, pero que hacían también a su particularidad como mujeres (Dora, 30 años, MPLD).

Muy pocas personas saben quién estuvo impulsando la Campaña por el Aborto Legal, Seguro y Gratuito, y en realidad no importa quién, la cosa es que se hizo y la campaña es de todas, aunque estés o no dentro de la campaña (Eva, 30 años integrante de FOB).

6.5.3. Ni una Menos. “No estamos solas… estamos organizadas”

Desde diversas experiencias, se puede sostener que el movimiento de mujeres opera transformando la sensibilidad social ante determinados fenómenos. Se trata de una verdadera transformación epistemológica y política (Amorós, 2006). La aparición en el escenario social y político del movimiento de mujeres es contundente y pone en relieve la existencia de un proceso de violencia cruenta que se ejerce sobre las mujeres, como una estrategia de reafirmación de identidad patriarcal, redefinición y reacomodamiento en el contexto actual que se develan a través de prácticas privativas y violentas contra las mujeres (Feminías, 2013).

En el contexto actual, se presenta una acentuada pauperización del “Otro”, como proceso continuo; dicha situación se establece tanto en términos materiales como simbólicos, e incide negativa y fundamentalmente en las mujeres, pobres y latinas. Simultáneamente, se establecen procesos de cosificación del “Otro”, reflejados en la persistencia del trabajo esclavo, la feminización de la migración, la explotación sexual y la mercantilización de los cuerpos de las mujeres.

Por otra parte, una de las facetas más duras en las que se manifiestan los procesos de deshumanización actuales se evidencia en los altos índices de feminicidios y en el aumento de violaciones colectivas impartidas contra las mujeres (Longo, 2016). La problematización de la violencia de género como un fenómeno social, cultural, cotidiano e incluso personal abre un inmenso campo para el ejercicio de ciudadanía.

La situación de la violencia hacia las mujeres históricamente fue abordada por la preocupación del movimiento de mujeres, y se han promovido diferentes iniciativas para enfrentarla. El 3 de junio de 2015, bajo la consigna “Ni una menos”, se desplegó una acción colectiva multitudinaria en todo el país de ejercicio de exigibilidad de derechos y ciudadanía, que cuestionó a la sociedad en su conjunto sobre la dimensión del problema de la violencia hacia las mujeres y sobre las escazas respuestas existentes por parte de las políticas públicas. La acción fue una práctica instituyente que instaló en el escenario social a las mujeres como sujetas de derecho (Zaldúa, Lenta y Longo, 2018). Algunos de los relatos respecto a este hecho son los siguientes:

Hoy vinimos las mujeres trabajadoras a decir […]. Estamos cansadas, hartas de ver por la televisión cómo nos matan. Decidimos hoy salir porque esto no es un caso aislado, es un problema estructural que tiene que ver con esta sociedad machista en que vivimos y estamos cansadas, hay que decir basta. Mostrarnos como sociedad. […] las mujeres no somos todo el tiempo cosas a matar, a pegar, a utilizar. Y también a manifestarnos, a encontrarnos, también a exigirle al Estado políticas públicas para enfrentar este problema (Laura, 37 años, FPDS).

Hoy estoy por el tema del Ni una Menos. Para denunciar y hacer visible la problemática de las mujeres (Eva, 30 años, FOB).

Estoy en la plaza porque hace años con la organización a la que pertenezco luchamos para que no haya más violencia machista en todos los ámbitos de la vida de las mujeres. Y hoy nos pareció una fecha importante para reafirmar esa lucha y para reclamar al gobierno la efectivización de la ley de violencia de género (Alma, 53 años, FPDS).

Estamos en contra de la violencia hacia las mujeres, le exigimos al Estado respeto y una Justicia que sea justicia y que nos escuchen (Ana, 27 años, FOB).

El tema de la violencia de género es una deuda terrible del Estado nacional. El Estado nacional es responsable y los gobiernos mundiales, porque me parece que es un problema mundial. Con todas las leyes, protocolos, cada día más mujeres mueren víctimas de la violencia de género. Me parece que hay que acabar un poco con tanto discurso y empezar a poner manos a la obra y sancionar en serio estas cuestiones, y no seguir jugando a la piedra libre, la culpa la tiene el Poder Judicial o no sé quién la tiene, pero lo concreto es que las mujeres mueren más. Quizás con el aborto se ve claramente, con la violencia a veces queda más velado, porque hay muchas variables más que entran en juego (Azucena, 50 años, FPDS).

Es evidente que la acción colectiva enmarcada en el 3 de junio de 2015 despliega un proceso de reciprocidad y sororidad entre mujeres. La sororidad es un pacto político entre pares. El mecanismo más eficaz para lograrlo es dilucidar en qué se está de acuerdo y discrepar con respeto con lo que se exige para las mujeres. Son pactos que tienen objetivos claros y concisos; incluyen, también, las maneras de acordarlos, renovarlos. Al actuar así, las mujeres amplían coincidencias y potencian las fuerzas para vindicar sus deseos en el mundo (Lagarde, 2006). Algunos de los relatos que surgieron tres años después de la primera convocatoria del Ni una Menos, es decir, el 4 de junio de 2018:

Me siento con rabia, enojo, pero también nos fortalece para seguir organizándonos como mujeres y seguir luchando contra el maltrato hacia las mujeres. […] que el Estado vea que no estamos solas, estamos organizadas y que exigimos nuestros derechos […]. En nosotras está el exigir que se cumplan nuestros derechos (Eva, 30 años, FOB).

Como mujeres es importante juntarnos […]. Me siento más fuerte porque en estas marchas nos hacemos sentir, somos las mujeres apoyándonos unas a las otras. Y luchando por nuestros derechos y exigimos al gobierno nuestros derechos (Lucy, 40 años, FOL).

A tres años de la primera marcha del Ni una Menos, seguimos luchando contra la violencia hacia la mujer. Nos sentimos con rabia por la violencia que existe, pero a los mismos tiempos contentas porque cada vez somos más (Caro, 46 años, FOB).

6.5.4. Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres

Por otra parte, también existe la Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres, que surgió en el año 2012 y es promovida por diferentes organizaciones sociales, movimientos sociales, organizaciones feministas, culturales y estudiantiles y mujeres independientes[3]. La campaña tiene el objetivo de generar redes en distintos puntos del país.

La aparición en el escenario social y político de la temática de la violencia hacia las mujeres da cuenta de cómo la politización de lo social, de lo cultural, de lo cotidiano e incluso de lo personal abre un inmenso campo para el ejercicio de la ciudadanía, y revela, al mismo tiempo, las limitaciones de la ciudadanía de extracción liberal, incluso de la ciudadanía social, circunscrita al marco del Estado y de lo político por él constituido (Santos, 2001: 181). En relación con ello, sus integrantes sostienen lo siguiente:

También queremos lograr difusión no solo de las terribles consecuencias de la violencia, sino también de propuestas, de reclamos y de concientización, de visibilizacion y prevención de las violencias hacia las mujeres y las desigualdades de géneros (Laura, 37 años, FPDS).

Porque todo el tiempo estás expuesta a las violencias, sea en instituciones, en lugares públicos. Creo que es importante encontrarnos como mujeres (Lucy, 40 años, FOL).

Nuestro objetivo es llegar a la gente común, trabajadora, en los barrios, en las escuelas, en los centros de salud, en los medios de comunicación, en las universidades, en la calle… A los funcionarios del Estado, a quienes consideramos responsables de tomar medidas concretas y garantizar nuestros derechos (Caro, 46 años, FOB).

Entendimos que no se trataba de una violencia, sino de muchas, muy complejas si se las abordaba de manera integral. No sucedía que “solamente” era golpeada, o maltratada en su trabajo o casa (Ana, 27 años, FOL).

Quienes participan de la Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres puntualizan en la necesidad y el potencial de trabajar en la construcción de espacios colectivos en los que se compartan resonancias múltiples. En la construcción también generan una alteridad dialógica a partir de encuentros que potencian sus desarrollos cotidianos, personales y políticos. A través de iniciativas callejeras, de espacios de formación e instancias de discusión, se van fortaleciendo no solo la campaña, como espacio colectivo de demanda y autoafirmación, sino también quienes participan. Desde los relatos de las mujeres, se rescatan aquellas miradas, saberes, sentimientos y prácticas que las une, entendiendo estas últimas como elementos sustanciales y enriquecedores para la construcción y la articulación de diferentes iniciativas. La Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres va analizando sus propias condiciones y sus posibilidades de producir transformaciones, identificando los problemas y las necesidades, definiendo prioridades, considerando los recursos materiales o de otro tipo que tienen. En este camino las posibilidades para inventar alternativas se hacen mayores. Pertenecer a un colectivo o grupo con sentido de cambio promueve lazos solidarios, confianza mutua, amistad y favorece el enfrentamiento de situaciones conflictivas en el caso de que aparezcan (Zaldúa, 2011). En relación con ello, se sostiene lo siguiente:

Nos parece que es una experiencia de articulación grande y promete mucho. Se construye de manera similar a nuestras organizaciones. Estamos promoviendo esta campaña, somos organizaciones hermanas (Azucena, 50 años, FPDS).

Nosotras dentro de nuestra organización de base tenemos la pata antipatriarcal como una definición. Tenemos muchos equipos de géneros formados. Creemos que la construcción que hacemos de nuestros trabajos y todo lo que estamos haciendo en nuestros territorios se puede potencializar mucho más llevándolos a la campaña y además se potencia esa ida y vuelta. Esa sororidad dentro de la campaña que no existe en ningún lado (Eva, 30 años, FOB).

Fuimos una organización que le dio mucho impulso a la campaña porque nos parecía que era una manera de impulsar nuestra definición antipatriarcal también. Una campaña abonaba a que esa definición también creciera en otras organizaciones sociales. El encuentro con otras organizaciones y generar más militantes que estén pensando y trabajando en torno al eje antipatriarcal (Lucy, 40 años, FOL).

La sensación de reciprocidad, de potencia es una clara manifestación de quienes participan de la Campaña Nacional contra las Violencias hacia las Mujeres. La participación es vivida y asumida como un ejercicio revelador que potencia su ser en el mundo, que vitaliza sus ganas de trabajar en torno a la injusticia de género, y en el transcurso se amplían las miradas, los balances y los horizontes. Esta situación devela que, en las iniciativas emprendidas por estas mujeres, destacan nuevas formas de regulación y, por tanto, de emancipación. En este sentido, están evidenciando la necesidad de una nueva relación entre la subjetividad y la ciudadanía (Morfín, 2011). En el ejercicio de participación y exigibilidad, se rescata el empoderamiento para superar las desigualdades de género y vivencias injustas. Sus relatos de alguna manera aluden al empoderamiento como un proceso que se produce a través de la experiencia, por el cual las mujeres como individuos y como grupo ganan la autoconfianza necesaria para transformar, de manera particular en cada contexto, su posición de subordinación en las relaciones de género (López, 2007).

Otro de los aspectos que sobresale entre quienes integran los movimientos sociales abordados en este estudio es la relación que se establece entre solidaridad y la sensibilidad frente a las situaciones de violencia que atraviesan las mujeres. La solidaridad, entendida como una vinculación que no presupone necesariamente amistad personal, pero que implica compartir cargas, puede ser posible entre muchas (Jónasdóttir, 1993: 248). Respecto a esto, se sostiene lo siguiente:

Como la solidaridad entre pares se contagia, también la consigna de “ponerse en el lugar de la otra” se multiplica (Lucy, 40 años, FOL).

Creemos que es importante y empoderarnos como mujeres problematizar la violencia que vivimos todos los días (Eva, 30 años, FOB.

Creo que es importante visibilizar todas las violencias que sufren cotidianamente las mujeres. Como las he sufrido y las padezco desde mi cotidianidad, esto creo ha servido para estar acompañada. Es importante para superar y sentirme acompañada por otras y apropiarme de la consigna “No estamos solas, estamos organizadas” (Alma, 53 años, FPDS).

6.6. Los procesos de educación popular y formación feminista

Los movimientos sociales urbanos estudiados se destacan porque desde sus comienzos propiciaron procesos autónomos en materia de educación, salud y trabajo. En el caso del campo educativo, desarrollaron diversas iniciativas de formación política, educación popular, espacios en formación en género y bachilleratos populares. Los espacios de formación de género fueron generalmente impulsados por los espacios o las áreas de género de los movimientos sociales. Estos fueron elementales para que muchas mujeres que comenzaron a problematizar sus vidas cotidianas y en el proceso descubrieran palabras y conceptos novedosos, que en la mayoría de los casos eran portadores de prejuicios diversos, como, por ejemplo, “patriarcado”, “feminismos”.

Nosotras centramos el laburo en algunos ejes a través de talleres, el eje principal es el eje de la violencia y después lo desgranamos en lo que es el aborto, trata, diversidad, entre otros. El principal problema que emergía en los barrios era la violencia, es decir, era la necesidad. Por eso empezamos a hacer reuniones o talleres en los barrios. Hacíamos obra de títeres y una serie de diversos recursos para entrar al tema. Después con el tiempo fuimos avanzando, nos definimos como antipatriarcales. Obviamente esa definición no fue fácil lograrla y fue posible por el trabajo de organización de las mismas compañeras para empezar a discutirlo en la mesa de delegados, en las mesas con los referentes. Bueno, costó, pero lo logramos. Una cosa que estaba buena fue que nosotras problematizamos mucho la definición que no sea una firma nada más, teniendo en cuenta que hoy es políticamente correcto ser antipatriarcales, sino que realmente eso se plasmara en la práctica real (Eva, 30 años, FOL).

Partiendo de la necesidad de las mujeres, también facilitaron procesos de alfabetización jurídica en los que las mujeres comenzaron a conocer sobre legislaciones nacionales y tratados internacionales en pos de la igualdad de género.

Fueron fundamentales las instancias de educación popular impulsadas, ya que permitieron construir una mirada problematizadora sobre la vida cotidiana y el proceso de salud-enfermedad-atención-cuidados, es decir, sobre temas que en otros tiempos habían quedado por fuera de los procesos de formación, como, por ejemplo, los deseos, los géneros, el cuerpo en la educación, y lo grupal como fundamental en la construcción de conocimiento, etc.

[…] el espacio de mujeres fue fundamental. Nuestro encuentro como mujeres, nuestros respetos, nuestros relacionamientos y nuestro querer avanzar en un cambio como mujeres, si desde adentro no lo podemos hacer. Fue medio duro para mí aceptar (Azucena, 50 años, Frente Popular Darío Santillán).

Juntarme con el espacio de género me impactó bastante porque empezás a mirar las cosas desde distintos lugares, cosas que yo las tenía más naturalizadas. Mi compañero no era un machista tradicional, pero con los años se fue convirtiendo en un machista bastante más tradicional (Laura, 37 años, Frente Popular Darío Santillán).

Nosotras comenzamos a trabajar género con un grupo de compañeras que se llamaban 8 de Marzo, muchas al principio no queríamos saber nada con el tema. Ahí empezamos a participar en los talleres que convocaban las 8 de Marzo; ahora que pienso, que eran re grosos, venía Claudia Korol, Diana Maffía, María Alicia Gutiérrez, Lohana Berkins. Íbamos y eran cosas bien concretas. Venía Lohana a hablar de sexualidades, con todo lo que implica Lohana, que era gigante, con cara de salteña. Fue una linda formación la que tuvimos. Después, otra cosa que nos hizo que trabajemos más como organización fue el Encuentro Nacional de Mujeres. Todas empezamos sin saber nada, algunas teníamos una responsabilidad más de coordinación, pero tampoco sabíamos mucho. Teníamos la humildad de decir “Yo tampoco sé nada”; y era como un enseñaje de las vivencias de las compañeras. Por otro lado, estaba la formación del 8 de Marzo, fue sustancial. Todo fue nuevo y de constante aprendizaje todo el tiempo. Los encuentros fortalecieron todo lo que era la comisión de género, “de mujeres” le decíamos en ese momento, de los movimientos del FOL. Después nos dimos la discusión política de por qué tenía que ser de géneros, pero pasaron como dos o tres años. Y estuvo bien porque fue necesario que fuera solo un espacio de mujeres (Caro, 46 años, FOL).

La implementación de espacios de educación popular y de poner en práctica una pedagogía feminista facilitó un proceso de conocimiento situado, en el que se rescata el papel de las experiencias de vida de hombres y mujeres en la producción de conocimientos. La combinación entre la educación popular y el feminismo proporcionó la reflexión sobre las relaciones que se establecen entre lo subjetivo, lo social, lo económico, lo cultural, los géneros y lo político, así como también lo global, lo regional y lo local desde una mirada que no dicotomice, que interpele diversos criterios de poder que se anudan en nuestra sociedad. La educación popular aportó a las búsquedas emancipatorias que intentan transformar las injustas relaciones sociales, pero también propone analizar críticamente la dimensión de la vida cotidiana. Las mujeres fueron transitando por un proceso de deconstrucción. La deconstrucción supone la búsqueda de nuevos sentidos y prácticas sociales que requieren de la invención activa y creativa de los seres humamos. Promovieron el desarrollo de saberes colectivos o interdisciplinarios que fomentaron los valores feministas de solidaridad, interdependencia y autonomía.

El proceso de formación y encuentro fue medio a las patadas, porque no era un objetivo político del movimiento, ahí un par empezamos a formarnos. La herramienta más cercana que teníamos era el grupo 8 de Marzo, con el que después entablamos una relación fraternal, de amigas. Entonces, fue mucho más ameno el proceso de formación. Esto era en la práctica conocer a mujeres argentinas feministas, que venían a los talleres. Recién el año pasado, el otro y este empezamos a tener como algo más unificado con respecto a la opinión sobre las posturas feministas y mucho más este año. El año pasado nos formamos un poco más, a veces juntas. Pero es un proceso (Lucy, 40 años, FOL).

Yo lo que veo es que nos permitió autoestima, de sentirse valoradas, de sentirse que sos persona. Soy persona y puedo hacer esto y no necesito del otro que me diga qué soy. Porque la subestimación constante hace que uno se venga para atrás. Con las que charlo, eso es como que las transformó. Yo no sé si van a llegar a estar mejor, pero mientras logren eso. Era un combo lo que necesitaban porque necesitaban encontrarse a sí mismas, y lo hice con otras mujeres (Alma, 53 años, Frente Popular Darío Santillán).

Yo empecé a vivir el feminismo concretamente con la militancia en el barrio, con las mujeres y con sus tareas en los cabildos, que eran muy fuertes (Natalia, 35 años, MPL).

Por esto, las experiencias estudiadas revalorizaron los espacios colectivos como potenciales para colaborar en la articulación de diversas propuestas participativas feministas que emprenden trabajos en pos de la igualdad de géneros y derechos humanos. Desarrollan espacios de formación en los que se reflexiona críticamente sobre el impacto del modelo actual sobre los cuerpos y las cotidianeidades, y al mismo tiempo revisan el poder de dominación que este ejerce sobre ellas, y cómo el patriarcado impacta en su vida cotidiana y afectiva y en su propia subjetividad. Estos espacios facilitan un reconocimiento de su condición como mujeres y propician subjetividades críticas. Las experiencias de formación fueron claves para los procesos de exigibilidad de género.

El lema “Lo personal es político” es una marca sustancial en las experiencias de formación y educación popular feminista que han desenvuelto los movimientos sociales urbanos estudiados. En este sentido, cabe subrayar el particular aporte que ha realizado el equipo de educación popular Pañuelos en Rebeldía[4], que ha apoyado muchas de estas experiencias de formación y ha colaborado en ellas. La pedagogía feminista recupera de la educación popular datos centrales como el lugar del cuerpo en el proceso educativo y la dimensión lúdica, y recurre a los aportes de la educación por el arte, el psicodrama, el teatro de los oprimidos y las oprimidas, la danza, el canto y el diálogo desde diversas perspectivas ideológicas emancipatorias (marxismos, ecofeminismo, teología feminista, feminismos negros, indígenas, lésbicos, etc.) (Korol, 2016). Desde los procesos de formación y encuentro entre las mujeres, se van interpelando los procesos de violentación y naturalización que recaen particularmente en las mujeres y otros sujetos oprimidos. Asimismo, se fue avanzando en la problematización del poder, en el proceso de deconstrucción de la ideología y las culturas dominantes, que son acompañados de procesos de construcción de nuevas formas de saberes, de capacidades organizativas.

Hicimos muchos talleres en los barrios que fuimos trabajando y transformando el tema del feminismo, de nuestros derechos, de decidir sobre nuestros cuerpos en los barrios. A veces no es sencillo instalar el tema del feminismo y de nuestros derechos y tocar estos temas con la barriada. Fue un proceso que se charle y abrirlo a los barrios, a veces es complicado abrir estos temas, entonces a veces una tiene que estar buscando la mejor manera para desarrollarlo y descubrir en el proceso que cada compañera tiene sus derechos, que puede decidir sobre su cuerpo, que puede tomar algunas determinaciones, como por ejemplo aquellas relacionadas con su dependencia económica; o qué se puede hacer en caso de violencia es una de las tareas que se presenta cotidianamente siempre en los barrios (Alma, 53 años, FPDS).

Se trata de un proceso y una construcción colectiva en los que van definiendo sus propios derechos desde diversas iniciativas de alfabetización jurídica. Aquí vemos, por ejemplo, cómo relacionan los derechos según su experiencia de vida, sus necesidades más sentidas y percibidas.

Decisión
Esfuerzo

Reclamar/expresión

Estado

Casas

Humanidad (hermandad)

Organización

-Derecho a tener una vida libre de violencia.

-Derecho a la libertad de expresión.

-Derecho a la igualdad.

-Derecho a tener un plato de comida (derecho a la alimentación).

-Derecho a la salud.

-Derecho a la alimentación.

-Derecho a no ser discriminadas.

-Derecho a migrar.

-Derecho al trabajo digno.

-Derecho a tener una casa digna.

-Derecho a la organización a luchar.

Material sistematizado. Taller “Nuestros derechos”, en el que se trabajó el marco legal. MPLD.

El material sistematizado producto del taller “Nuestros derechos” da cuenta de que el proceso existencial de las mujeres está marcado sustancialmente por necesidades materiales insatisfechas, pero también remite a discriminaciones vividas por su condición de género y subraya el derecho a tener una vida libre de toda violencia. Las producciones marcan el proceso de reconocerse a sí mismas en calidad de sujeto político con derechos, y de ser identificadas como tal en el ámbito de la vida comunitaria y política. Entonces, convertirse en ciudadana significa sentir que uno es sujeto de derechos. No es que la politización lleve a ser sujeto de derecho, la misma acción de salir a la esfera pública, de sentirse con derecho a estar en esfera pública es el proceso de construcción de alguna dimensión de la ciudadanía (Jelin, 2005). Para las mujeres, ejercer los derechos de ciudadanía plena es investirse como sujetas de derecho.

Por otro lado, en diferentes talleres se reflexionó sobre las expectativas sociales en torno a las mujeres: “Lo que la sociedad espera de nosotras mujeres” y “Cómo se presenta la discriminación hacia las mujeres”. Las producciones colectivas dan cuenta de la exigencia que sienten las mujeres respecto a las expectativas sociales. La discriminación se extiende a las instituciones de nuestras sociedades. Se rescató el papel de las instituciones como reproductoras de significados, sentidos y prácticas relacionadas con el racismo, la discriminación y la diferenciación social.

Producción realizada en el marco del taller con mujeres del Movimiento Popular La Dignidad.

6.7. El cuerpo

Abordar la importancia del cuerpo en la vida de las mujeres es uno de los aspectos que también es trabajado entre las mujeres que participan de los movimientos sociales. Aparece especialmente la reflexión del territorio cuerpo como fuente fundamental para concretar la soberanía propia, personal y del colectivo de mujeres. Para ellas, recuperar y defender el cuerpo es una batalla política, y también interpelar de manera conscien­te para provocar el desmontaje de los pactos masculinos con los que se convive implica cuestionar y generar el des­montaje de los cuerpos femeninos para su libertad. Recuperar el cuerpo para defender­lo del embate histórico estructural que atenta contra él se vuelve una lucha cotidiana e indispensable, porque el te­rritorio cuerpo ha sido milenariamente un territorio en disputa por los patriar­cados, para asegurar su sostenibilidad desde el cuerpo de las mujeres y sobre él (Cabnal, 2010). Se podría afirmar que el cuerpo de las mujeres no solo está atado a lo privado o al ser individual, sino que está íntegramente vinculado a la comunidad y al espacio público (Vargas, 2008).

Todas ponemos el cuerpo y a veces en ese poner el cuerpo, como lo ponemos en un marco de violencia, sufrimos una enajenación del propio cuerpo, entonces para nosotras la organización, la lucha, la experiencia diaria nos va sanando y va generando que nuestro cuerpo se libere. Nuestro cuerpo es un espacio en disputa, se lo estamos disputando al Estado, se lo estamos disputando al patriarcado y cada espacio propio que tengamos, y cada acto de sanación que hagamos colectivamente nos vuelve más fuertes para enfrentar nuestro destino y para modificarlo. Por ese lado vamos. Para nosotras, la sanación es colectiva y en eso estamos (María, 42 años, MPLD).

Nunca pudimos sistematizarlo como un taller, pero lo trabajamos todos los días, la no discriminación por los cuerpos en sí, las burlas por gorda, por petisa, por alta. Nunca lo pudimos trabajar sistemáticamente, pero sí esto del respeto a los cuerpos diversos y a la decisión de qué hacer con tu cuerpo en caso de embarazo o no. El respeto a los cuerpos diversos lo trabajamos todo el tiempo en lo cotidiano. Mientras no te traiga problemas a tu salud, dejá que los cuerpos sean como sean (Azucena, 50 años, FPDS).

La misma transformación de mujeres en lucha tiene que ver con esta transformación de las mujeres, que en principio se refleja en la palabra y no tanto en poner el cuerpo, porque, si bien no hablaban, eran las que ponían el cuerpo y lo ponen en lo cotidiano (Juliana, 32 años, MPLD).

La apropiación del cuerpo por parte de las mujeres es también parte del proceso pedagógico por el que transitan y desde donde van reconfigurando nuevos marcos interpretativos sobre los cuerpos. Nuevas interpretaciones en torno a ellos asociadas a la historia, al deseo, a la alegría y al reconocimiento de la diversidad de cuerpos existentes, que adquiere relevancia en el devenir de las mujeres organizadas. Recuperar el cuerpo como espacio político, que actúa como mediador de las relaciones sociales y culturales vividas, e interpelar que está no solo “atado a lo privado, o al ser individual, sino también vinculado íntegramente al lugar, a lo local, al espacio público” (Harcourt y Escobar, 2002).

Las instancias de formación y educación popular impulsadas por los movimientos sociales abordados en este estudio son espacios en donde van resignificando el feminismo desde sus propias vivencias, miradas y prácticas, cuestionándolo, argumentándolo y llenándolo de sentido en contextos latinocaribeños y del sur (Vázquez y otros, 2014). Surgen experiencias con una fuerte identidad feminista que reflexiona sobre las especificidades propias de un feminismo nacido desde su cotidianeidad y en territorios latinoamericanos.

A continuación, se presentarán los sentidos relacionados sobre el feminismo que construyen las mujeres en talleres de educación popular organizados en conjunto con las mujeres de los movimientos sociales que formaron parte de este estudio.

¿Qué feminismo queremos?

Un feminismo que busque

La igualdad.

El respeto a las opiniones.

Ser escuchadas y escucharnos entre nosotras.

Que respete las diferencias.

Que luche por todas las opresiones.

Que facilite abrirnos y que podamos hablar.

La solidaridad.

Nuestra decisión es importante.

Cambiar la mentalidad.

Trabaje los mitos y los tabú.

No culpabilizar a las otras.

Material sistematizado de un taller realizado con el Frente de organizaciones en lucha/FOL.

Sentidos respecto a la palabra “feminismo” producidos en el marco de un taller con el Frente Popular Darío Santillán.

Las producciones colectivas en torno a la palabra “feminismo” aluden a relavolizar a las mujeres como activas (“luchadoras”, “resistencia”, “fuertes”, “independientes”). Acuden a cualidades que las mujeres despliegan a partir de estar organizadas. Por otro lado, las producciones remiten a la crítica del sistema patriarcal (“obligación de la maternidad”, “marginalidad”, “esclavitud”), develan el sentir de ellas en relacion con la ubicación y expectativa de la sociedad.

Acrósticos, producidos en el marco de un taller con Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) Santillán. Cadenas asociativas en torno a la palabra “patriarcado”.

Las cadenas asociativas referidas a la palabra “patriarcado” remiten a prácticas y actos mediante los cuales se discrimina, se ignora, se somete y se subordina a las mujeres (“dominio”, “tirano”, “autoritarismo”, “amenaza”, “objeto”). Por otro lado, aluden a la triple discriminación –género, clase, etnicidad– por ser mujeres y por ser indígenas, y a que viven en condiciones de exclusión, pobreza y discriminación (“racismo”,“capitalismo”, “colonial”). Las cadenas asociativas evidencian el malestar de las mujeres frente a situaciones de vida subordinadas.

Las producciones colectivas desprendidas de los talleres de educación popular evidencian que las mujeres en el camino construido van analizando críticamente la dinámica del sistema patriarcal y al mismo tiempo van armando definiciones sobre el feminismo que quieren llevar a la práctica, desde un feminismo que construyen y con el cual se identifican. En término generales, se definen por erigir un feminismo popular que en el ámbito urbano está estrechamente vinculado a los territorios que habitan, a las necesidades que experimentan, y a sus experiencias vitales relacionales e identitarias. Esta experiencia tiene su punto nodal en los procesos de concienciación y la revalorización de la dimensión personal. Desde la pedagogía feminista, se constituyen modos de empoderamiento singulares, pero también locales-territoriales, bases de la creación y creciente acumulación de un nuevo tipo de poder participativo-consciente –no enajenado– desde abajo, de desarrollo de las conciencias, de las culturas sumergidas y oprimidas, con múltiples y entrelazadas formas encaminadas a la transformación global de la sociedad (Rauber, 2015). En este camino las mujeres organizadas y de manera colectiva profundizan el cuestionamiento a las reglas de dominación impuestas por el patriarcado. Pero no dejan de señalar críticamente las desigualdades sociales y raciales. El diálogo entre el feminismo y la educación popular, propiciado fundamentalmente en los últimos años, facilitó en muchas experiencias visualizar los obstáculos de acceso a la justicia de género y visibilizar los procesos de significación tejidos en el entramado de la simbolización cultural, los sentidos colectivos asignados a los roles de género y las expectativas sociales en torno a ellos. Paralelamente, interroga y propicia una serie de reflexiones, problematizaciones y elaboraciones colectivas sobre las necesidades específicas que se le presenta al feminismo latinoamericano en un escenario cada vez más desigual y violento.

Los feminismos populares se han extendido en Argentina y en América Latina y abarcan un abanico diverso de movimientos de base territorial que interactúan con movimientos de mujeres que no necesariamente se definen como feministas y participan de organizaciones populares mixtas (Korol, 2017). Entre los feminismos populares, se pueden mencionar los feminismos villeros, los piqueteros, los comunitarios, los indígenas, el feminismo negro y antirracial. Los feminismos populares nacen entonces del seno del movimiento de mujeres, para interpelar la configuración de sujeto hegemónico. Hacen política basados en el acompañamiento y en la pedagogía, contribuyendo a pensar las opresiones, no desde la victimización, sino buscando el poder y la energía para enfrentarlas. El acompañar, poner el cuerpo crea vínculos vitales entre compañeras y colectivas feministas, y con mujeres que son parte de los movimientos (Korol, 2016).

Acrósticos, producidos en el marco de un taller con Frente de Organizaciones en Lucha (FOL) Frente Popular Darío Santillán. Cadenas asociativas respecto a la palabra “patriarcado”.

A partir de mi recorrido personal como educadora popular e integrante del equipo de educación popular Pañuelos en Rebeldía, y de acompañar procesos de formación, la experiencia y participación de las mujeres en los movimientos de trabajadores/as desocupados/as que acontecieron en nuestro país en décadas recientes fue significativa para el devenir de los feminismos populares. Hemos desarrollado diversos espacios de formación y educación popular con mujeres involucradas en estos movimientos sociales. Los espacios educativos generados permitieron revisar prácticas y representaciones sociales tradicionales. Fueron instancias importantes para cuestionar y repensar valores, actitudes, conductas, prejuicios. Las mujeres, al encontrarse, conectarse y poner en común sus vivencias, sus historias de vida, sus sentires y haceres, fueron y van redescubriendo que muchos de los malestares personales también son vividos y sufridos por otras mujeres con historias de vida, dificultades y problemáticas similares. Descubren que el fenómeno vivido individualmente también es sobrellevado por otras mujeres. A través de instancias de comunicación y valoración de las relaciones humanas, se van generando cambios profundos y complejos en la subjetividad individual y colectiva. Los grupos de encuentro-reflexión de las mujeres jugaron un papel clave; a partir de ellos, las mujeres comenzaron a repensar su propia realidad, su vida cotidiana, los vínculos que generan y las diversas problemáticas con las que se encuentran (Longo, 2013). En la interacción y el debate, se promueven reflexiones críticas para interpelar cómo el patriarcado ha impactado en la construcción de sus cuerpos, en sus sexualidades, en su vida cotidiana y afectiva. Esto implica también una deconstrucción de las maneras de verse a sí mismas y al mundo, y una construcción de nuevos posicionamientos subjetivos (Longo, 2016). Simultáneamente, fueron asideros de encuentros y posibilidades de acción colectiva, con fuertes iniciativas creativas, de incidencia social, comunitaria y política, en los que llevaron adelante procesos de exigibilidad de derechos.

6.8. Subjetividades interpeladas y reconstruidas

En los relatos de las mujeres entrevistadas, y desde los talleres compartidos, se evidencia un doble despliegue crítico, es decir, ellas critican las estructuras sociales que generan inequidad (capitalismo, patriarcado), pero, simultáneamente, recogen vigorosamente el lema “Lo personal es político”, que interpela fuertemente sus vidas cotidianas. Para ellas, la vida cotidiana se constituye como lugar estratégi­co para pensar la compleja pluralidad de símbolos, estereotipos e interaccio­nes en los que se encuentran prácticas, significaciones y estructuras de reproducción e innovación social. A partir de ese proceso y de la participación activa de quienes integran los movimientos, dan vida a instancias de construcción colectiva y de organización social y comunitaria. El trabajo en comunidad constituye un proceso de constantes aprendizajes y des­aprendizajes. Proceso que conlleva la reflexión crítica y al encuentro con la otra. En ese andamiaje, se vincula la producción de subjetividades como una instancia activa, histórica, de cons­trucción y producción colectiva de lazos sociales y comunitarios. El feminismo llevado adelante por estas mujeres pone en relieve la necesidad de un proceso democrático para el ejercicio de los derechos de las mujeres que no solo se inscriba en el campo de lo público y la política formal, sino que exija la redefinición del ámbito de lo privado, espacio en el que se excluyó a las mujeres de tener derechos. Promover la democracia en el ámbito de la vida privada, de la intimidad, de la vida sexual y reproductiva amplía y restructura el proyecto democrático que ellas se proponen.

Me parece que son los procesos individuales que una también va haciendo, que te van poniendo en otros lugares, el haber sido madre, el haber tenido que criar una hija, después tener que criar dos hijos, todo eso también te va ubicando; toda la teoría que escuchás tanto ahora la tengo que llevar a la práctica yo. No porque uno sea individualista, pero, cuando crías a tus hijos, ¿cómo los crías? ¿Qué les decís? ¿Tengo una hija y qué le tengo que decir? ¿Tengo que derribar estereotipos? Esa contradicción cotidiana que se te presenta. Cómo enseñarles la autonomía, la independencia y enseñarles además un mundo que, en general, en otros lugares institucionales no se lo van a enseñar. Que las posibilidades son miles, que la heterosexualidad no es la única elección, ni que deben jugar a la pelota los varones y a las muñecas las nenas, todas esas cosas que a mí siempre me rebelaron mucho (Azucena, 50 años, FPDS).

Cuando empezamos los talleres y a charlar un poco más, me hice muchas preguntas hacia dentro de mi persona. Era agobiante esto de viajar al trabajo, la casa, de hacerse responsable de muchas cosas. Siempre fui la mantención de la familia, ya el rol estaba cambiado desde el vamos. Sigue siendo de esa manera, el resto hace todo, pero la persona que cumple el rol, la jefa de hogar soy yo. Asumir ese rol de que todos dependían de mí fue hace poco, ya que no lo pensaba, no hace mucho tengo ese clic en mi cabeza. Sé y asumo que soy la jefa del hogar y que el resto tiene sus entradas, pero dependen mucho de eso. Hay un cambio de rol. Antes me preocupaba constantemente de la ropa de todos. Es un aprendizaje constante, nosotros aprendemos todo el tiempo. Fue parte de un aprendizaje importante, un cachetazo de “Despertate, Olga, si eso no es lo que vos querías para tu persona, vos tenés que ser vos”. ¿Dónde está Olga? Perdida, no, tiene que ser Olga. Ahora existe Olga, y lo demás bueno, pero existe Olga, no es que se perdió el submundo de los hijos y otras cosas, ahora estoy yo como más parada en ese sentido. Tuvo mucho que ver. Los talleres son muy importantes, son muy reflexivos, por ahí en el momento no te das cuenta, pero, cuando te vas, empezás a pensar (Alma, 53 años, FPDS).

6.9. Subjetividades emancipadas: los cambios percibidos

Las trasformaciones que viven las mujeres que integran los movimientos sociales también propician transformaciones en las propias dinámicas políticas de los movimientos sociales. A la par que transforman las organizaciones sociales con sus demandas, también se produce un efecto de trasformación en sus vidas personales, en sus subjetividades, en sus trayectorias vitales. Las mujeres, al participar de las dinámicas de los movimientos urbanos, aspiran a cambiar las condiciones tanto de su vida productiva, como de su vida reproductiva, e impulsan iniciativas para erradicar el sexismo, el racismo y el clasismo, partiendo siempre de lo cotidiano, de la experiencia vivida a diario. Desarrollan una metodología integrada que comprende –incluyendo a la persona desde su integralidad– la vida íntima diaria y simultáneamente sus vidas laborales y comunitarias. El proceso implica una construcción de sujetos/as sociopolíticos/as autónomos/as, individuales y colectivos, capaces de transformarse y transformar el contexto en el cual interactúan, es decir que fortalece las capacidades necesarias para constituirnos en sujetos/as de nuestras historias (Bickel, 2005).

Yo me fui modificando, o empecé a ver cosas que antes las negociábamos desde otro lugar, y yo las empezaba a pelear ahora, no solo a negociarlas, sino a pelearlas desde distintos lugares, desde el lugar del reconocimiento también. Por ejemplo, la naturalización de que él se podía ir tres veces por semana a la noche y yo no, empezar a cuestionarlo. A pesar de que siempre laburé, siempre tuve responsabilidades fuera del hogar, no es que me quedé siendo un ama de casa nada más, y de golpe descubrí todo un mundo. No, siempre fui ama de casa en el sentido de tener la tarea central del cuidado doméstico, sino que también trabajé, o milité y trabajé y cuidé a mis hijos. Me parece que empezó a generar tensiones y distanciamientos, generó conflictos, nuestra pareja tuvo idas y venidas y finalmente nos terminamos separando, no sé si porque yo me declaré feminista, probablemente porque hubo transformaciones en los dos, probablemente porque él sí se volvió más machista porque crecieron las hijas, porque empezó a decir cosas que jamás hubiera imaginado que las iba a decir. Todas esas cosas fueron distanciándonos (Juliana, 33 años, MPLD).

Empecé a participar en 2001 y participamos. Eso para mí fue un shock. Nosotros, acá en el Ministerio, vivimos las peores condiciones en la década del 90, como trabajadores perdiendo reivindicaciones, con mal sueldo. Todo lo horrible que vivimos lo pasamos acá. En ese momento ya era delegada, pero igual ATE no era la contención que necesitaba en ese momento, siempre nos puenteaba. Cuando pasó lo del 2001 y empezamos a participar de las asambleas y nos integramos a la Verón, ahí fue como un flash para mí. Volví a hacer lo que hice toda mi vida, nunca salí del barrio, el trabajo en el territorio. Siempre hice la cuestión barrial, siempre hicimos la cuestión de los comedores, siempre tuvimos esa práctica con el barrio. Estar ahí era mi pasión, me encantaba estar. Ahí fue mi militancia más a full, en lo que fue la Verón y con las reivindicaciones que veníamos haciendo. Me parecía que era el ámbito donde estaba menos viciada (Azucena, 50 años, Frente Popular Darío Santillán).

El asumir y politizar temas cotidianos en estos espacios organizativos fue un paso para que las mujeres, de manera bastante generalizada, tomaran conciencia de su situación. El darse cuenta de la discriminación es fuente de emancipación, y en este sentido han servido de gran ayuda el diálogo con los movimientos feministas y las voces que se han alzado para concienciar a las mujeres (Gasteiz, 1995). Es decir, en la práctica se supera la separación moderna entre público y privado, y se politizan los cuerpos, las relaciones y prácticas diarias, así como la vida en sí, y se las convierte en territorio de disputa (Ceballos, 2016).

A la vez que nos fuimos dando las discusiones necesarias y de formación, dijimos “Vamos a empezar con las comisiones de mujeres en lucha en los barrios, para discutir aborto, sexualidad, nuestro cuerpo” –hicimos varios cuadernillos que surgieron de esas comisiones–, sin perder la acción directa que nos forzaba a estar en el territorio en el que estamos, que son las villas, porque nos forzaba a estar en la calle todo el tiempo. En esas comisiones empezamos a reconocer. Esto lo sostuvieron mujeres que dejaron su casa, sus hijos, se pelearon con sus compañeros porque no entienden y porque no las bancaron, tiene que ver con que empezamos a reconocer que, en los talleres y las comisiones, las compañeras empezaron a hablar. Las compañeras que no hablaban, que no se les escuchaba la voz empezaron a hablar en la organización y hacia afuera de la organización. Empezaron a hacerse cargo de su rol, de qué es ser mujer, qué es para nosotras ser mujeres, a romper con el rol que nos quieren asignar de mujer, y eso fue muy zarpado. Compañeras que hoy son las referentes del movimiento y de la corriente son compañeras que no hablaban, estaban en la comisión en Retiro en derechos humanos y no hablaban (Dora, 30 años, MPLD).

Propiciar espacios en los que se trabajaron las problemáticas de género sentidas por las mujeres posibilitó la construcción de subjetividades colectivas. Estas remiten a distintos espacios sociales donde se construyen y se dan profundas transformaciones en lo personal, pero también en la familia, los lugares de trabajo, la organización, el barrio, el territorio, entre otros. En este entramado, no se trata de aislar lo subjetivo de las prácticas sociales; por el contrario, se rescata la relación dialéctica entre ambas. Hay una relación dialéctica entre experiencias colectivas por la búsqueda o el reconocimiento de derechos y la construcción de subjetividades colectivas. Esta construcción en muchas mujeres fue posibilitando prácticas y subjetividades de emancipación, a través de trabajar un conjunto de temas vinculados a la capacidad de cooperación social; esto generó procesos de transformación y construcción de subjetivades críticas. Las mujeres van realizando una elaboración crítica y propositiva en el entramado de los varios espacios sociales de actuación en la cotidianeidad, que a su vez predispone a nuevas formas de actuar (Falero, 2018).

6.10. Procesos de autonomía. Subjetividades autónomas

Desde sus trayectorias personales y colectivas, las mujeres rescatan los procesos personales de participación e integración en los movimientos sociales. Particularmente, participar en experiencias autogestivas (proyectos productivos o microemprendimientos, cooperativas de trabajo) les ha posibilitado instancias de autonomía económica que han incidido en generar subjetividades más autónomas. A partir de la indagación de las percepciones y representaciones sociales sobre los emprendimientos cooperativos o proyectos productivos, se evidencia que estos han sido favorables para la autonomía de las mujeres. Lograr las condiciones para la independencia económica de las mujeres es parte central de estos procesos (Zaldúa, Longo y Lenta, 2018). Estas iniciativas han facilitado problematizar el rol de las mujeres en la producción, pero también en la distribución económica y cotidiana.

Con respecto a las mujeres, era importante la reivindicación de lo que ellas vivieron, fue que llevarán el dinero a su casa, la independencia económica. Trabajar con ellas eso fue fundamental, que vieran que se puede, que podés trabajar. Partía de una decisión de que hay que trabajar, hay que darse su tiempo, hay que tener creatividad y hay que hacer un montón de cosas que nosotras generalmente no nos permitimos (Laura, 37 años, FPDS).

Nosotras estamos en Ciudad de Buenos Aires, entonces hicimos fuertemente un plan de lucha en Ciudad y le hemos arrancado al gobierno de Macri puestos de trabajo, que nosotros les decimos cuadrillas de calle. En esos puestos de trabajo, son grupos de compañeras que se dedican a hacer corte de pasto o limpieza de calle. Después, en la cuestión autogestiva, armamos emprendimientos productivos. Este año en particular hemos armado dos que son muy fuertes, uno es la panadería Pepita Guerra y otro es el productivo gráfico que es La voz de la mujer. En La voz de la mujer hacemos cuadernos artesanales, y la idea es también editar textos de feministas y un poco de pensamiento autónomo que esté circulando por allí, darle formato de libro. Es muy importante para nosotras ese productivo porque las compañeras despliegan toda su creatividad, reciclamos cartones, papel, y lo que hacemos son talleres de arte para que cada una de esas tapas tenga la impronta de cada una de las compañeras que lo está desarrollando en ese momento. Eso por el lado de la gráfica. Y por el lado de la panadería, le pusimos Pepita Guerra. Los dos productivos tienen nombres que reivindican la lucha de compañeras libertarias. En el caso de la gráfica, se llama La voz de la mujer por el periódico anarquista que se llamaba así, salió en 1896. Y a la panadería le pusimos Pepita Guerra porque una de las que escribía en La voz de la mujer se autodenominaba así. Nos parece importante reivindicar las experiencias de compañeras y de mujeres libertarias en el hoy, por eso las homenajeamos retomando de la historia sus nombres (Caro, 46 años, FOB).

La autogestión y los proyectos productivos o cooperativos son también experiencias de formación en las mujeres. En esas instancias ellas se capacitan, adquieren un oficio y al mismo tiempo gestan nuevos sentidos sobre las configuraciones laborales. Desde estas iniciativas vinculadas a emprendimientos laborales, van encontrando nuevos espacios de expresión, visibilidad y desarrollo. Las trayectorias vitales que enuncian las mujeres dan cuenta de modificaciones en las relaciones y roles de género que inciden en una reformulación sobre la división sexual del trabajo, la sobrecarga de tareas, el trabajo de cuidados y el rol de la economía social y solidaria. La inserción a proyectos laborales impacta en sus trayectorias vitales, que se extienden en sus relaciones personales, políticas de parentesco, y redes vecinales.

Bueno, por ejemplo, cuando fue el plan Argentina Trabaja, en 2009, estamos hablando de compañeras que empezaron a tener un ingreso de $ 1.200, que a lo mejor no tenían, o tenían un plan de $ 150 y pasaron a tener $ 1.200. Ahí lo que se incrementó fueron las situaciones de violencia, muchas compañeras sufrieron situaciones de violencia porque ellas empezaron a tener su plata y ponían de sus recursos y de su tiempo. Tuvimos compañeras a las que hubo que acompañarlas en el proceso de hacer la denuncia. O se profundizó el circuito de violencia en el que estaban. A muchas les ha costado mucho tiempo, por supuesto, salir o a lo mejor no pudieron salir. Sí es cierto que se generaron muchas situaciones de violencia, a partir de una independencia económica, y además que las compañeras tenían que cumplir un horario obligatoriamente, porque les descontaban el día. Lo que recuerdo muy fuertemente es eso y sí que se generaron discusiones, compañeras con problemas de violencia en el ámbito de sus parejas, de su familia, también compañeras que lograron independizarse, separarse, que a lo mejor tenían procesos que venían arrastrando desde hacía mucho tiempo y que no terminaban de poder hacerlo. Pudieron mudarse, irse a otro lugar, alquilar, conseguir otro trabajo, tener fuerza como para armarse mejor, valorarse, sentir que podían hacer otra cosa más. Nosotros en ese momento dimos un nuevo impulso a los trabajos autogestivos (Azucena, 50 años, FPDS).

Uno de los primeros convenios que hemos tenido es de trabajo en calle, por ejemplo, y las compañeras te cuentan que desde que trabajan fue un antes y un después, no solamente porque les ha cambiado la subjetividad a ellas mismas, esta cuestión de tener dinero propio, independencia económica, poder decidir sobre tu dinero y al mismo tiempo el cambio en tu subjetividad que eso implica y la organización que acompaña y los talleres que tenemos en la asamblea de mujeres hacen que muchas de ellas vivan sus vidas con un cambio muy concreto y real, que es poder disponer de su tiempo, incluso a veces de su tiempo libre. En otros casos, también nos ha pasado que este cambio después ha implicado separaciones o situaciones de violencia, de la experiencia de la autonomía es difícil volver, es una experiencia que te enriquece y por eso lo estamos fortaleciendo (Eva, 30 años, FOB).

Sin lugar a dudas, las mujeres propiciaron proyectos territoriales, comunitarios, autogestivos que facilitaron a muchas enfrentar la feminización de la pobreza, pero también avanzar en la problematización de nuevas construcciones de poder local y laboral. Desde diversas iniciativas, se observa que las mujeres emprenden diferentes prácticas en el campo de la economía, de la formación, del quehacer comunitario e identitario que favorece la inclusión y la equidad. Por otra parte, los relatos dan cuenta de que la autonomía no está dada, sino que es una conquista, se trata de una conquista que realizar con otras, en colectivo, en conjunto. La autonomía supone audacia para crear significados y valores nuevos, desafiando significados estériles y cristalizados (Zaldúa, Sopransi y Longo, 2014).

6.11. Anudar esfuerzos y búsquedas colectivas

La presencia de pluralidad de expresiones, vivencias, afectos y vínculos diversos es considerada por sus integrantes como una fuerza adicional que beneficia al proceso colectivo e individual. El reconocimiento de un/a “otro/a” diverso/a favorece el ejercicio de una práctica emancipadora. Se trata de un/a “otro/ a” no pensado/a ni sentido/a en términos de una alteridad amenazante. Por el contrario, se propone una alteridad dialógica, de encuentros y resonancias. Al mismo tiempo, no se niegan las contradicciones existentes, no se las evade, sino que se las trabaja en el aquí y ahora. En este sentido, se trabaja desde el paradigma feminista, en que se prioriza el desarrollo de cada mujer concebido como la construcción de los derechos humanos de las mujeres en la vida propia (Lagarde, 2000).

Por otro lado, se entiende a la realidad en constante movimiento y dinámica, con elementos reproductores y transformadores, y se esfuerza por el pasaje de ser comunidades y colectivos monolíticos a generar procesos con praxis dialógica. Por esta razón no se evaden los conflictos, sino que se los asume y se buscan posibles soluciones colectivas. Se rescatan miradas, saberes, sentimientos y prácticas diversos, entendiéndolos como elementos sustanciales y enriquecedores para la construcción de la emancipación. El encuentro entre mujeres posibilita anudar esfuerzos y búsquedas colectivas y favorece el proceso de exigibilidad y visibilidad pública.

Nosotras acudimos a las intervenciones artísticas que visibilizan cómo el machismo opera en cada contexto. Siempre el camino es el mismo: interpelar lo naturalizado, para que las mujeres aprendan que son todo lo que quieran, no lo que el sistema deposita bajo sus nombres (Ana, 37 años, FOL).

Como mujeres organizadas, tenemos mucho para decir, para interpelar a la sociedad, a nuestros compañeros. Por eso acudimos a decir lo que nos pasa como mujeres de sectores populares, y lo decimos con distintos lenguajes, expresiones, formas (Juliana, 33 años, MPLD).

Se vincula la producción de subjetividades como una instancia activa, histórica, de construcción y producción colectiva de lazos sociales y comunitarios. Se realizan diversos acompañamientos a mujeres que viven situaciones de violencia de género, se trabaja la problemática de género en cursos de capacitación, se elaboran materiales que promueven la prevención de la violencia y se exigen políticas públicas para abordar esta grave problemática. Como ya señalamos, los nuevos movimientos sociales son asideros importantes para la contención, la formación y el fortalecimiento de muchas mujeres. Parte de este proceso se refleja en la actualidad en Argentina a través de diversas iniciativas que favorecen el despliegue de ciertas demandas y reivindicaciones.


  1. Esta investigación fue realizada como base para mi tesis de maestría en Psicología Social Comunitaria durante (2007-2009), y sus resultados fueron publicados en el libro El protagonismo de las mujeres en los movimientos. sociales. Innovaciones y desafíos. Prácticas, sentidos y representaciones sociales de mujeres que participan en movimientos sociales, de Ediciones América Libre (2012).
  2. En Argentina Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE/27.610) fue sancionada por el Congreso Nacional el 30 de diciembre de 2020 y promulgada el 14 de enero de 2021.
  3. Al momento de realizar las entrevistas, formaban parte de la Campaña Nacional contra la Violencia hacia las Mujeres las siguientes organizaciones: COB La Brecha, el Colectivo de Abogadxs Populares La Ciega, El Galpón de Tolosa, Corriente de Agrupaciones Universitarias contra la Explotación (CAUCE-UNLP), el Frente de Organizaciones en Lucha (FOL), el Colectivo de Varones Antipatriarcales, Conurbanas, Debocaenboca, el Equipo de Educación Popular Pañuelos en Rebeldía, la Federación de Organizaciones de Base FOB, el Frente Popular Darío Santillán (FPDS), Desde el Fuego, Casa de la Mujer Azucena Villaflor.
  4. El equipo de educación popular Pañuelos en Rebeldía es un colectivo de educadores/as mixto que desarrolla su práctica política pedagógica con movimientos populares de Argentina y de América Latina. Asume la pedagogía feminista como parte de sus definiciones de acción política. Actúa en la formación de formadoras y formadores de los movimientos populares, entre ellos los movimientos de mujeres y los colectivos feministas y de la diversidad sexual.


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