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8 Las mujeres y el proceso de participación política

La experiencia de la Organización de Mujeres Campesinas e Indígenas de Paraguay (CONAMURI)

Somos indígenas,
somos campesinas,
hijas de la tierra y de la vida.
En lucha por nuestros territorios y la soberanía.

                         

Declaración Política
del 7.º Congreso Nacional de CONAMURI, 2014

El capítulo se propone reflexionar sobre la irrupción en las últimas décadas de la Organización de Mujeres Campesinas e Indígenas de Paraguay (CONAMURI) en la configuración y el devenir de los movimientos sociales de carácter emancipatorio en Paraguay. Los datos analizados se desprenden de documentos elaborados por CONAMURI, diez entrevistas biográficas sobre trayectorias de vida a mujeres que integran CONAMURI, tres talleres de educación popular destinados a 15 mujeres de CONAMURI que desempeñan sus tareas comunitarias y territoriales en diferentes departamentos (provincias) de Paraguay, y observación participante a partir de la participación en encuentros y acciones promovidas por CONAMURI.

8.1. La gestación de CONAMURI

CONAMURI es una organización que nuclea a mujeres rurales, campesinas e indígenas que denuncian una serie de injusticias e inequidades relacionadas con el género, la etnicidad y los conflictos en territorios rurales. Ponen en evidencia la discriminación, la opresión a las mujeres, la falta de participación de estas en los ámbitos públicos, particularmente en la vida política, en los espacios de decisión. Esta organización mantiene un fuerte contenido clasista en sus discursos, sus demandas y reivindicaciones, pero al mismo tiempo excede los planteamientos netamente clasistas al denunciar una serie de injusticias e inequidades derivadas de los géneros, de la etnicidad en los territorios rurales. Su origen data del año 1999, en un encuentro realizado el Día Mundial de la Mujer Rural (15 de octubre), momento en que se reunieron en la ciudad de Asunción más de 300 mujeres campesinas e indígenas, y decidieron articular esfuerzos para trabajar sus respectivas propuestas y reivindicaciones. En aquel momento, por primera vez las mujeres campesinas e indígenas de Paraguay sacaron una declaración política, denunciando la situación económica y social que afectaba a las mujeres. También en ese momento se planteó la preocupación por la preservación de los bosques y el agua, como también la lucha contra la utilización de agrotóxicos. A partir de aquí, las mujeres campesinas e indígenas comenzaron a reflexionar sobre la necesidad de construir un espacio propio de mujeres. El deseo de ser escuchadas, de dejar de ser “solo cocineras” dentro de las organizaciones para empezar a pensarse como sujetas de construcción y transformación de esa doble explotación y opresión que recae sobre ellas (Conamuri, s/fa). Esto era un elemento que trabajar en las organizaciones mixtas, donde sus voces son acalladas.

En palabras de la CONAMURI (2009), a lo largo de la historia del Paraguay, puede notarse la escasa o nula participación de la mujer en los distintos procesos que configuraron a la nación (Ramos, 2018).

La presencia de CONAMURI da cuenta de un ya basta a la violencia epistémica que invisibiliza el conocimiento de los pueblos originarios, de las mujeres específicamente (Hernández Navarro, 2009). Desde su accionar, rompen con la dicotomía público-privado y reivindican la necesidad de tener igualdad de oportunidades.

8.2. Contexto de actuación de la CONAMURI

Paraguay es el cuarto mayor país exportador de soja y el sexto mayor exportador de carne bovina del mundo. La disponibilidad local de alimentos disminuye sostenidamente, registrando en 10 años un incremento de 300 % de la importación de hortalizas y legumbres, y más de 400 % de la importación de frutas […]. Se ha observado una disminución en el gasto público destinado a los programas dirigidos a la agricultura familiar para fortalecer y estimular el sector (agricultura familiar campesina). Este gasto representó alrededor del 0,14 % del producto interno bruto en 2015, tasa muy inferior a la registrada en 2005 y 2012 con porcentajes de 0,42 % y 0,41 %, respectivamente.

               

Franceschelli, 2017

A Paraguay también se lo ubica como “uno de los países con mayor tasa de deforestación en el mundo”, según un informe de la FAO (2015). Pese a que, luego de México, fue Paraguay el primer país latinoamericano en sancionar una ley de reforma agraria, hasta la actualidad el derecho agrario nacional carece de procedimientos y de fuero especializados para la solución de los conflictos que tienen por objeto tierras agrarias (Gómez Hansen, 2018).

La tenencia de la tierra ha mostrado desigual comportamiento. Existen sectores que acceden en demasía a la tierra, mientras que otros no tienen esta posibilidad, o bien lo hacen en situación muy variable. Esta desigual distribución de la tierra no es un problema nuevo. El Paraguay, desde la colonia, pero sobre todo luego de la guerra de la Triple Alianza, ha pasado por distintos estilos de desarrollo de base agrícola dependiente de mercados externos, es decir, ha atravesado varias fases extractivistas. Ahora, en la tercera década del siglo xxi, con un Estado siempre precario en su soberanía e institucionalidad frente a las corporaciones trasnacionales, está transitando el denominado “desarrollo de los agronegocios” –basado en monocultivos y ganadería, entre otros commodities–, determinado por las demandas a gran escala de “la naturaleza paraguaya” (Caputo, 2017). El avance de los mercados interviene directamente en las estructuras de las organizaciones campesinas, que transitan por un proceso de reajuste estratégico para mantener su identidad y vigencia; no obstante, estos cambios tienden a producir fricciones y conflictos internos según la capacidad de adaptación al nuevo escenario. Las acciones expansionistas de las empresas extranjeras dedicadas a la producción de soja tienen como foco de resistencia a las organizaciones campesinas (Mora, 2006).

Con relación al proceso más reciente (tres últimas décadas del siglo xx) y actual de extranjerización de la tierra (las dos primeras del siglo xxi), sobresale la creciente difusión de las grandes empresas agropecuarias. Al respecto, cabe consignar que en el año 1991 los propietarios extranjeros solamente comprendían el 14 % del total de dueños de las explotaciones agropecuarias de 1.000 y más hectáreas. Por el contrario, en el año 2008, dichos propietarios alcanzaron el 24 % a nivel nacional.

La consolidación de la estructura agraria hoy presente en el Paraguay tuvo sus inicios durante la época dictatorial del general Alfredo Stroessner, por medio de políticas que incentivaron el ingreso del capital extranjero en conjunto con la modernización de la agricultura. Durante los últimos años de la dictadura stronista (década del 80), la penetración más notoria de los empresarios extranjeros, especialmente de los brasileños, tuvo lugar en las regiones fronterizas con el Brasil. Esa tendencia es la que se consolidó en el transcurso de los años correspondientes a las dos últimas décadas (Galeano, 2017).

Al hablar de impactos socioambientales causados por la expansión de la soja, se presta una especial atención a la expulsión, la desocupación y la degradación ambiental como principales efectos del sistema productivo dominante en Paraguay. Con este escenario no muy alentador para las comunidades campesinas, se desembocó en procesos de desagrarización y descampesinización; a fin de buscar solución para sus problemas económicos, estas migraron para los grandes centros urbanos con finalidad de la venta de su fuerza laboral, y, en la mayoría de los casos, quedaron formando parte de los cinturones de pobreza y agudizándolos (Base, 2010). La concentración de tierras en manos de grandes productores, la fragilidad de la pequeña economía campesina y la propia dinámica de crecimiento de las familias son factores que limitan sus oportunidades para acceder a parcelas propias (Kretschmer, 2008).

Con el proceso de expansión, se fueron agudizando los conflictos sociales en torno a la tierra.

Desde hace décadas, el país se basa en la agricultura expansiva y extractivista, que satisface la demanda externa, desplazando a la agricultura familiar, que es el sector que abastece el mercado nacional. El desarrollo de una agricultura extractiva en las últimas décadas explica cómo, de la inmensa masa boscosa original, queda solo un 32,3 % de hectáreas. Esta agricultura degradadora del medio natural pone en peligro la biodiversidad y el equilibrio ecológico. El impacto de esta agricultura aniquiladora resulta asombroso en la región oriental, que perdió el 73 % de sus bosques en menos de 50 años (Palau, 2013). Ese modelo se inscribe dentro de un sistema mundial que impulsa la consolidación de las transnacionales, que solo buscan sus ganancias a costa de la destrucción de nuestro ecosistema y del empobrecimiento sostenido de la población (Apipé, 2017). De acuerdo a informes del Servicio Nacional de Calidad y Sanidad Vegetal y de Semillas (Senave), hasta el 2017 fueron varias las semillas genéticamente modificadas cuya comercialización fue autorizada mediante diferentes normativas. Ellas son las siguientes: maíz, 16 eventos liberados comercialmente; algodón, 4 eventos; y soja, 3 eventos. En 2017 fueron autorizadas dos variedades de semillas transgénicas, una de algodón de la empresa Monsanto, y otra de maíz de Agar Cros (Apipé, 2017).

Por otra parte, con relación a la disponibilidad de alimentos, el deterioro de la agricultura familiar campesina e indígena ha significado la disminución de la producción diversificada de rubros alimenticios para el consumo local. La intensa deforestación y desaparición de bosques, la contaminación de los recursos hídricos, así como la falta de una política que salvaguarde el derecho de las comunidades campesinas y de los pueblos indígenas a usar y controlar sus semillas, a acceder a sus recursos alimentarios tradicionales y a preservarlos, inciden negativamente en la adecuabilidad cultural (Base, 2015). Diversos informes señalan el incumplimiento de las normas constitucionales y los convenios internacionales que reconocen y protegen sus derechos, que tiene como consecuencia uno de los crímenes más aborrecibles en las sociedades civilizadas, el paulatino exterminio de las 19 naciones indígenas que habitan el Paraguay (informe de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay [Codehupy], 2018). Particularmente, en Paraguay hay cerca de 1.300.000 mujeres rurales; la mayoría de ellas sostienen sus hogares con un trabajo casi siempre invisibilizado, más de la mitad viven en la pobreza, y cerca del 35 %, en pobreza extrema. Apenas 6 de cada 100 mujeres del campo han recibido asistencia crediticia, y solo el 2,5 % de las campesinas tuvieron algún tipo de asistencia técnica para la producción (Informe Kuña ha Yvy, 2017).

El agronegocio, además de tener su dimensión productiva y económica, tiene una serie de aspectos interdependientes en el orden social, político, cultural y de género que en la actualidad permean en las realidades que se viven en las comunidades indígenas y campesinas, a través de diferentes estrategias de presión (Schvartzman y Espíndola, 2017).

8.3. CONAMURI. Mujeres rurales y la participación política

Las mujeres rurales portan una invisibilidad histórica, pese a su participación cotidiana en el proceso de desarrollo del país. En Paraguay resulta interesante analizar que, más allá de la ausencia del derecho formal a la participación política, hubo ejercicio de este derecho por parte de mujeres que trasgredieron el comportamiento considerado adecuado para ellas en sus épocas. Tanto desde la resistencia de mujeres a la colonización, como desde el ejercicio del derecho a la expresión y a la participación política, pasando por los intentos de las mujeres de tomar parte en las decisiones sobre el destino del país cuando se libraron las dos guerras que asolaron al Paraguay y por las asambleas y grandes marchas de mujeres en la posguerra del 70, hasta las demandas organizadas en la primera mitad del siglo xx, muchas mujeres paraguayas no se dejaron limitar por la ausencia del derecho al voto y por las expresiones machistas de la época (Soto y Schvartzman, 2014).

En el caso de los movimientos sociales campesinos en Paraguay, tienen una fuerte participación popular debida a la amplia movilización de los sectores campesinos en las protestas de tipo reivindicativo llevadas a cabo por diversas organizaciones sociales del campo, en las que siempre estuvieron presentes también las mujeres (Mora, 2014). Sin embargo, existe una deuda sobre el reconocimiento de las mujeres en los procesos organizativos, las redes, las plataformas de lucha, por su participación en acciones sociales de cuidado, pero también por la brecha de género en los derechos de propiedad y usufructo de la tierra. Además, se reconoce la lucha necesaria “contra el patriarcado de las sociedades rurales tradicionales” (Houtart, 2014).

En este sentido, la Organización de Mujeres Campesinas e Indígenas de Paraguay (CONAMURI) es un caso ejemplar que puede ser analizado desde dos aristas: la primera recae en la invisibilidad de la mujer dentro de los nuevos movimientos sociales.

Desde 1982, en el Movimiento Campesino Paraguayo, empezamos a analizar la poca participación de las mujeres en la organización. Como yo siempre estuve en la dirección nacional de la organización, a partir de allí planteamos con los compañeros cómo las mujeres pueden ir participando con mayor protagonismo en la organización. Luego de tres años de trabajo, en 1985, todavía en plena dictadura, en una movilización grande de varios departamentos, en Caaguazú centramos esa movilización, fundamos la Coordinación de Mujeres Campesinas, la CMC. Lo hicimos en una movilización, la fundamos reivindicando tres aspectos: la igualdad de las mujeres en la sociedad, crear una gran organización nacional de mujeres y defender los derechos del niño. Y levantábamos la reivindicación del cese de la represión, de la libertad de organización, todo eso. Cuando cae la dictadura en el 89, surgen varias organizaciones, tal es así que para 1992 ya había más de 40 organizaciones nacionales, distritales, departamentales, en Paraguay y adentro, participando también las mujeres. Había ONG que llevaban a las organizaciones mixtas la capacitación para mujeres sobre las leyes, sobre los derechos. Empezaron las mujeres a reunirse como mujeres, se iban juntando de a poco. Así nace CONAMURI, de ese espacio de debate nació CONAMURI en el 99, al filo del nuevo siglo. CONAMURI es la respuesta prácticamente de esa falta de visibilidad, de apoyo, de reconocer el aporte de las mujeres, que la mujer es la que trabaja en la casa y aporta tanto en la vida cotidiana, criar a los hijos, la atención en el hogar, pero no son visibilizadas, no son valoradas. Y así nace la organización en el 99, con ideas muy claras de su autonomía, de la lucha por la igualdad contra el machismo, contra la violencia, una lucha de género y de clase, una lucha también de etnia dentro de las mujeres que migran. Así se define su lineamiento político, ideológico. CONAMURI se define como una organización con orientación socialista, luchamos por la igualdad, por los cambios estructurales de la sociedad, y eso va formando a CONAMURI en estos quince años, para formar valores en mujeres más nuevas que nosotras (Silvia, 55 años).

Esta característica que históricamente ha marcado gran parte de estos movimientos alrededor del mundo es un reflejo de la sociedad patriarcal moderna inserta en estas nuevas formas de organización.

La segunda arista se refiere a la necesidad de las mujeres rurales e indígenas de encontrar un espacio para hablar desde sus experiencias, con su propia voz. Entre sus principales demandas, figuran las siguientes: los derechos plenos sin discriminación para las campesinas e indígenas, el reconocimiento del trabajo de las mujeres en la producción, la defensa del medio ambiente, la prohibición del uso de agrotóxicos y transgénicos, la promoción de la soberanía alimentaria, y la lucha por la reforma agraria integral, con perspectiva de género y etnia (Conamuri, s/fb).

En este sentido, las mujeres de CONAMURI luchan contra el capitalismo, el patriarcado, el colonialismo y el racismo. Desde su surgimiento, hace casi 20 años, CONAMURI pone en evidencia la discriminación y opresión que viven las mujeres, e insisten en la falta de participación de estas en los ámbitos públicos, particularmente en la vida política, en los espacios de decisión. Asume el compromiso de superar la opresión y la explotación. La CONAMURI pone en enunciación a la violencia contra las mujeres como un núcleo donde la clase social, la etnia, la raza, la edad, la sexualidad, etc., se intersectan con la opresión de género para producir formas diferenciadas de desigualdad y, consecuentemente, de vulnerabilidad (Sokoloff, 2005). También advierten que

la visibilización de las condiciones de desigualdad y la exigencia de reconocimiento que las mujeres indígenas y afrodescendientes colocaron dentro de sus propias comunidades y en los movimientos indígenas y campesinos regionales y nacionales de los que fueron (y son) parte, ha estado marcada por el diálogo con las feministas y con “otras” mujeres subalternas del continente de diversos orígenes y experiencias (Espinosa, Correal y Ochoa, 2013).

8.3.1. Desafiando las dinámicas de discriminación

Realizan una fuerte crítica a los movimientos sociales por la falta de visibilización y preocupación real sobre los impactos particulares y específicos que padecen las mujeres rurales. CONAMURI, pese a sus dificultades, viene generando prácticas que contribuyen a mejorar el ejercicio de ciudadanía activa y en particular la justicia de género en mujeres. Simultáneamente, busca fortalecer la capacidad de control y negociación de las mujeres que participan en movimientos sociales. En su caminar, pone en evidencia la discriminación histórica de las mujeres en todos los espacios de su devenir y problematiza las configuraciones sociales que tienden a considerarlas como segunda categoría, como inferiores. CONAMURI cuestiona la presencia de sentidos, discursos y prácticas plasmadas de racismo y discriminaciones que tienden a consolidarse y perpetuarse en el sentido común de nuestras sociedades. El racismo es uno de los hechos más negados por nuestras sociedades latinoamericanas pese a su presencia en toda una variedad de procesos y especialmente a través de múltiples aspectos que se tornan cotidianos (Menéndez, 2009). La negación del otro como modo de discriminación cultural se transmuta históricamente en forma de exclusión social y política.

La marcada conjugación de diferentes sistemas de dominación que caen en sus cuerpos, subjetividades y vida cotidiana es una de las particularidades que asume la CONAMURI.

Siguiendo este sentido, la declaración política del 7.º Congreso Nacional de CONAMURI (noviembre de 2014) sostiene:

[…] las mujeres del sector popular somos las víctimas más vulnerables de este sistema capitalista demencial y patriarcal, que roba nuestras semillas, nuestros territorios, que utiliza nuestros cuerpos como mercancía y que nos explota en los engranajes de la maquila absorbiendo nuestras vidas en sus máquinas impías, violando nuestros derechos humanos y soslayando nuestro derecho inalienable de tener una vida digna y sin violencia.
Para mí, es demasiado importante para reivindicar nuestra tierra y nuestra lucha porque las mujeres indígenas también tienen su historia como indias humilladas luchando mucho para recuperar sus tierras (Ada, 33 años).

CONAMURI denuncia el entrecruzamiento del patriarcado y el capitalismo. Esto se evidencia en la enumeración de los impactos en sus vidas, cuerpos y territorios. Sus posiciones dan cuenta de cómo ambos sistemas (patriarcado y capitalismo) se refuerzan y consolidan mutuamente. Entrelazan los efectos en los territorios afectados por el monocultivo, sin dejar de reflexionar sobre las afecciones en los cuerpos y las vidas de las mujeres campesinas e indígenas. Enhebran la lucha por la soberanía alimentaria junto con la soberanía de los cuerpos. Sus reivindicaciones evidencian las complejas implicancias que contiene también el proceso de recolonización[1] del continente, que se enmarca en este contexto en el modelo extractivista, depredador de todas las formas de vida existentes, afectando a las mujeres campesinas de manera particular. Según sus palabras:

Las mujeres del sector popular, trabajadoras, campesinas e indígenas, luchamos a diario contra el machismo y el patriarcado que tienen diferentes rostros: hoy, por ejemplo, estamos bajo las estrellas, a la intemperie, defendiendo la soberanía nacional y en busca de un pedazo de tierra, no ya para nosotras, sino para nuestros hijos e hijas; hoy presenciamos con honda tristeza cómo el suelo es incapaz de responder a causa de la sequía y cómo nuestras semillas y nuestra biodiversidad se pierden en manos de las empresas y particulares que ven lucro donde nosotras vemos sinónimos de vida y libertad (CONAMURI, comunicado a la opinión pública en el Día de la Mujer Paraguaya, 2012).

La consolidación del llamado “modelo de desarrollo actual” tiene efectos inmediatos en la vida cotidiana de las poblaciones, y particularmente en la vida y en los cuerpos de las mujeres. Que irremediablemente establece un reordenamiento territorial, que va aparejado de un reordenamiento cultural, comunitario, cotidiano, simbólico, subjetivo y de género. Dicho proceso es complejo y dinámico, con múltiples dimensiones en las que se entrecruzan las relaciones culturales, de clase, de género, étnicas e intergeneracionales y que inciden significativamente en el devenir de las mujeres.

En este sentido, en el “Pronunciamiento de CONAMURI por el Día del Indígena Americano” (abril de 2015), manifiesta:

Vivimos amenazados en nuestros territorios, hombres y mujeres, aldeas, comunidades, pueblos, por las empresas agroganaderas, por las empresas extractoras de minerales, por las empresas exploradoras, por empresas sojeras, por empresas madereras, por autoridades cómplices, por mafias, por narcotráfico y por otros tráficos que comercian con mujeres, órganos, jóvenes de nuestros pueblos.

Asimismo, en el “Comunicado conjunto de las mujeres campesinas e indígenas” elaborado para el 8 de marzo de 2015, enfatizan:

[…] las mujeres del campo denunciamos a las transnacionales del agronegocio como enemigas de nuestro pueblo al robarnos las semillas nativas y criollas, las tierras, el agua, la salud y la vida de nuestras familias. El modelo de producción a gran escala está atropellando nuestras prácticas tradicionales de agricultura campesina e indígena y con ello nos desplaza convirtiéndonos en las más grandes víctimas de sus acciones y su impunidad.
Las mujeres somos conscientes de que solas no podremos resistir y menos proyectarnos, pero también sabemos que necesitamos nuestro espacio para crecer, para liberarnos y liberar a nuestros pueblos del sometimiento al que nos mantienen el sistema capitalista y el patriarcado en un país que, en vez de avanzar, cada vez retrocede más en democracia (Vanesa, 46 años).

En este camino, es importante el papel que ha tenido CONAMURI en el reconocimiento de las mujeres como sujetas de la reforma agraria en el Estatuto Agrario, ya que elaboró un documento y desarrolló diferentes iniciativas de exigibilidad proponiendo la incorporación de la mujer jefa de familia como beneficiaria de la reforma agraria, y que el título de propiedad sea expedido a nombre de la mujer si es jefa de familia, o a nombre del varón y la mujer si fueran concubinos. Finalmente, esta propuesta fue incluida en el Nuevo Estatuto Agrario promulgado en enero de 2002 (Pilz et al., 2002).

8.4. Acciones de autoafirmación política y subjetiva

CONAMURI, desde su autoafirmación y política de visibilidad, confirma la importancia de impulsar una política sexual específica como mujeres campesinas e indígenas. Desde su experiencia fueron excediendo o desbordando los campos propuestos por el marxismo de tinte más tradicional. Ya que ponen en juego su identidad indígena y problematizan las modalidades de opresión asumiendo el trípode colonialismo, patriarcado, colonialismo. Colocan un particular acento en la práctica internalizada de autodesprecio e higienización de lo indio como parte del proceso de “ciudadanización forzada de las poblaciones indígenas a través de la violencia física y simbólica” (Rivera, 1993: 94). La “domesticación” (Mendoza, B. 7) que acompañó la ocupación de las tierras, el borramiento de la identidad de los pueblos ori­ginarios, la imposición de la evangelización, la muerte y la servidumbre implicó el femicidio, el genocidio de mujeres, las violaciones masivas, la (des)posesión de los cuerpos, la ocupación de los úteros, la mercantilización de la mujer americana como algo que se compra, se vende, se trueca, se hereda, la esclavización y la servidumbre indígena (Alvarado, 2014). Subrayando especialmente los procesos de las mujeres indígenas y su particular historicidad como sujetas subalternas. En el proceso se reconocen como sujetas de su propia historia y se autorreafirman como mujeres campesinas e indígenas. Desde CONAMURI se contribuye a pensar sus historias de vida de manera más compleja, ampliando la politización de los procesos de la vida política. CONAMURI, desde su experiencia y sus reivindicaciones, trata de explicar y de cambiar los sistemas históricos de diferencia sexual, en los que “los hombres” y “las mujeres” están constituidos y situados socialmente en relaciones de jerarquía y antagonismo (Haraway, 1995: 221).

La propuesta es que la mujer tenga un rol más político donde ponga sus decisiones, eso se logra a través de la participación de las mujeres en los cursos de formación en los departamentos; CONAMURI surge por una necesidad de que las mujeres también estemos organizadas. Es a partir de aquí que las mujeres campesinas e indígenas comienzan a reflexionar sobre la necesidad de construir un espacio propio de mujeres. La necesidad de ser escuchadas, de dejar de ser solo cocineras dentro de las organizaciones a comenzar a pensarse como sujetas de construcción y transformación de esa doble explotación y opresión que recae sobre las mujeres. Y esto era un elemento a trabajar en las organizaciones mixtas, que venían del bagaje anterior, donde la voz de las mujeres era acallada (Documento de Trabajo de CONAMURI, 2000).

Las mujeres de CONAMURI luchan contra el silenciamiento, la imposición de estilos de vida no gratificantes para sus devenires personales, colectivos y comunitarios. Promueven espacios de encuentro y la problematización de sus subjetividades y actúan forjando subjetividades en resistencia a la dominación patriarcal, colonial y capitalista. Interpelan la construcción histórica del “ser mujer” y se interrogan sobre cómo los cuerpos se entrelazan con todo un aparato discursivo de significación y valor que moldea culturalmente lo masculino y lo femenino. Como también problematizan la consideración política tanto en microescenarios de la vida cotidiana (afectados por las relaciones de opresión y represión), como en la separación que se establece entre lo público y lo privado que consolidó la historia social en torno a la división del género (Richard, 2002). Adoptan demandas específicas como mujeres campesinas tales como la valoración del trabajo productivo y reproductivo, y el acceso a la toma de decisiones y a recursos de diferente índole (políticos, naturales, productivos) (Vázquez, García, Balland, Pacheco, Rosales y Ramos, 2018). Las prácticas propuestas contribuyen a la deconstrucción de la división sexual del trabajo y al reconocimiento de los saberes de las mujeres, que presentan una “actitud crítica y reivindicativa sobre la cultura patriarcal” (Arias, 2012).

En este sentido, amplían los horizontes de luchas, ya que, sin renunciar a las consignas que pregonan la construcción del socialismo, al mismo tiempo sostienen una demanda clara y firme que comulga con el feminismo y la importancia de pensar la igualdad en clave con el género y la participación de las mujeres como protagonistas de la historia.

[…] Reivindicamos el socialismo como un horizonte al que aspiramos llegar construyendo poder popular junto con toda la clase trabajadora y explotada, acumulando fuerzas al fragor de las luchas cotidianas por la igualdad, pero también Afirmamos que Sin Feminismo no hay Socialismo, ya que el feminismo campesino y popular es una herramienta que nos permite visibilizarnos y ser protagonistas de nuestras historias y la de nuestro país (declaración política del 7.º Congreso Nacional de CONAMURI, octubre de 2014).

Está afirmación devela que resulta indispensable, en primer lugar, reconocer el movimiento de las contradicciones sociales y de los problemas derivados de la concentración de poder en todos los ámbitos –incluida la vida cotidiana–, que son generadores de inequidad y que se recrean y se expresan en las cambiantes condiciones, y que, a la vez, también inciden sobre la vida social y en especial de los movimientos sociales. De esta manera, resulta importante tener presente que el género, como simbolización de la diferencia sexual, se construye culturalmente diferenciado en un conjunto de prácticas, ideas y discursos. Propiciar prácticas proactivas y participativas favorece la compresión y elaboración de situaciones anímicas de sí y de los otros, la expresión de necesidades, emociones, ideas, y poder negociar y resolver problemas con más seguridad y confianza en sí misma (Zaldúa, 2011: 36). La autoafirmación subjetiva es el acto en el cual toma posición el acto de apropiación de su destino. En la consciencia, se da el acto de autoafirmación del sujeto, y en este se da el acto de autoafirmación de la consciencia (Morín, 2000).

El feminismo que construye la CONAMURI tiene mucho que aportar al “movimiento social”, nada menos que las “teorías, las prácticas y las estrategias de supervivencias” propias de un sujeto que ha empezado su recorrido político en condiciones de extrema debilidad, pero al mismo tiempo se ha revelado capaz de transformar profundamente la civilización. Por ello, el empowerment del movimiento se basa en la comprensión de la propia historia (Amoros, 109-110).

8.4.1. Autoafirmación identitaria

Desde sus prácticas promueven el fortalecimiento de su identidad como mujeres campesinas, recuperando modos y estilos de vida propios de su cultura y su historia. Desde la apropiación identitaria, se produce una reapropiación de símbolos, de relaciones, de interacciones entre sujetos, que está teñida por la historia y por su transmisión generacional (Montecino, 1995).

La identidad es un producto social. Tiene las siguientes características:

  1. se compone según cada cultura o subcultura, que transporta valores e indicadores de acciones, de pensamientos y sentimientos;
  2. es dinámica: los comportamientos, las ideas y los sentimientos cambian según las transformaciones del contexto familiar, personal, institucional y social en el cual se vive; y
  3. es dialéctica: su construcción no es un trabajo solitario e individual, requiere de la presencia de otros individuos (CIP-FUHEM, 2002).

La identidad no es estática, tenderá a cambiar con el trascurso de la vida de forma dinámica. En el caso de la identidad campesina, esta aglutina un conjunto de rasgos o cualidades adquiridas socialmente, que hacen distinguir o determinar quién y qué es un/a campesina/o. Las características comprenden elementos de índole material e intelectual, incluyendo los conocimientos, las creencias, los derechos, los usos y las costumbres, y todos los hábitos y las aptitudes adquiridos por las campesinas. El proceso identitario por el que atraviesan las mujeres de CONAMURI tiene un doble sentido: por un lado, abarca un proceso de distanciamiento crítico, de ruptura sobre la construcción hegemónica de lo que implica “ser” una mujer en el mundo rural, en el que prevalecen ciertos estereotipos de género, y, por otro lado, el proceso comprende una apropiación histórica identitaria que potencia su ubicación colectiva en el mundo rural. En las narrativas de las mujeres de CONAMURI, se evidencia que ellas se afirman desde el reconocimiento identitario en ese recorrido colectivo, subrayan que las mujeres campesinas históricamente han compartido y trasmitido generacionalmente saberes y experiencias, y han aportado a la economía familiar, en los procesos de salud comunitaria, han cooperado en el desarrollo de las semillas tradicionales, han contribuido en la generación de un ambiente sano.

Tiene mucho valor porque de la tierra uno vive, se alimenta, se medica. Por eso a mí me gusta la vida del campo. Por sobre todas las cosas, ayuda mucho a las mujeres para vivir mejor, en la salud, mediante la buena alimentación (Camila, 30 años).

Al mismo tiempo, desde sus prácticas, luchan contra el silenciamiento, la imposición de estilos de vida que no coindicen con los suyos y con sus patrones culturales. Promueven espacios de encuentro y problematización de sus subjetividades y van desplegando diferentes cambios en las posiciones subjetivas, articulados con los cambios comunitarios, producen transformaciones afectivas, de las representaciones psíquicas, que abren otras posibilidades simbolizantes en las mujeres, no solo las tradicionales de la maternidad y el cuidado, sino del trabajo, el arte, la política (Zaldúa, 2007). Al mismo tiempo, construyen estrategias colectivas de exigibilidad de la integralidad de los derechos humanos hacia las mujeres. En relación con esto, sostienen:

Estamos en una sociedad tan machista y patriarcal, por el rol de las mujeres dentro de la sociedad y cómo ve la sociedad el abandono de la casa. Aguanté muchos años la situación de discriminación, de sufrir violencia de diferente tipo. En CONAMURI me di cuenta que yo estaba sufriendo violencia y ahora luchando a su vez contra la violencia hacia la mujer. Eso para mí es mortal (Sara, 28 años).

Me siento muy bien en CONAMURI. Es mi experiencia de vida. Exactamente y ese es el trabajo de CONAMURI. Vos pasás tu experiencia a otras mujeres que vivieron igual que vos, y que su vida puede cambiar mediante CONAMURI, conociendo los derechos de las mujeres, defendiéndose también del machismo, de la sociedad opresora (Martina, 53 años).

En CONAMURI tuvimos la oportunidad de conocernos como mujeres, conocernos como nosotras mismas, nuestro rol de mujer y como campesina también, como mujeres campesinas e indígenas. Ahí fuimos involucrándonos, cómo se puede defender un derecho de las mujeres (Noemi, 55 años).

La organización CONAMURI cumple un papel muy importante hacia las mujeres porque […] abre nuestra mente, nos despierta esta organización como mujeres, hace conocer nuestro derecho hacia nuestros hijos y todos los derechos que como mujeres nos faltan (Mercedes, 58 años).

Porque tuve una violencia hacia la mujer en la que no tuve respuesta en ningún lado, en ninguna organización. Vine a CONAMURI por lo menos nos abrazamos y lloramos juntas. El abrazo, eso fue para mí grande, y dije “Acá me quedo”. […]. Es un eje muy importante de CONAMURI, la capacitación constante de sus lideresas. Sabemos lo que queremos y sabemos para dónde vamos, eso es importante como mujeres (Silvia, 55 años).

Antes yo no quería hablar porque me sentía mal por cómo está la gente, pero ahora ya quiero hablar en cualquier parte. Para mí, es demasiado importante para reivindicar nuestra tierra y nuestra lucha porque las mujeres indígenas también tienen su historia como indias humilladas luchando mucho para recuperar sus tierras (Carla, 42 años).

8.5. Los procesos de reflexividad crítica

La reflexividad es una habilidad humana que está presente en las interacciones sociales que facilitan otra mirada de la realidad social; implica la autoconciencia, la autorreferencia y la construcción de significados (Sánchez, 2007). La reflexividad en CONAMURI es una práctica colectiva que facilita la mirada introspectiva personal, la revisión de situaciones personales y cotidianas, como también la apertura de nuevos horizontes y expectativas de vida. Se impulsa una praxis en la que se cuestiona el poder y se lo analiza en todas sus grietas.

La violencia hacia las mujeres es un tema trabajado también porque el patriarcado no solo está en la cabeza de los hombres, sino en la de las mujeres. Hay que terminar la idea del patriarcado no solo de la cabeza de los varones, sino de las propias mujeres. Es la idea que las mantiene fuera del espacio que les corresponde a las mujeres. Son tareas permanentes, que no podemos descuidar porque el patriarcado vuelve, se manifiesta en cualquier momento, ahí, en tu casa, en la organización, en tu comunidad, en la prensa, en los medios, en todo aparece el patriarcado, así que es un combate ideológico permanente, es una lucha que no puede parar. Son cientos de miles de año de patriarcado, de opresión de un sistema. Asimismo, necesitamos muchos años, décadas, tal vez siglos, para desterrar, sacar de raíz esa idea, solamente con nuevas ideas, nuevos pensamientos y nuevas prácticas, con nuevos valores. CONAMURI es un espacio donde eso se puede discutir (Susana, 52 años).

La problematización abarca las esferas públicas y privadas en las que se entretejen las vidas humanas. No dejan de pensar en las dinámicas de poder a nivel macro, general, y el impacto en las vidas y oportunidades según el género, la clase social y la etnia. Es decir, la reflexividad que desarrollan desde CONAMURI contempla las relaciones entre estructura social y modo de vida, lo colectivo y lo singular atravesados por las categorías de poder, clases sociales, géneros, interculturalidad en los procesos subjetivantes (Zaldúa, 2013).

[…] venimos profundizando el debate que tenemos en tanto como condición de mujer que tiene que ver con la posición relacionada con el trabajo doméstico, la cuestión de la violencia hacia las mujeres, y es importante también el empoderamiento de las mujeres, la participación de las mujeres (Ada, 34 años).

Un eje muy importante de CONAMURI es la capacitación constante de sus lideresas. Eso hace que avancen todas las lideresas que están en un avance político muy grande, en cuanto a política ideológica, en cuanto a lo que quieren. Sabemos lo que queremos y sabemos para dónde vamos, eso es importante como mujeres (Mercedes, 58 años).

Es en la reflexión colectiva en que las mujeres de CONAMURI develan el papel destinado para ellas en la agricultura dominante, como así también para sus vidas cotidianas y personales. La vida cotidiana se constituye como lugar estratégico para pensar la compleja pluralidad de símbolos, estereotipos e interacciones en los que se encuentran prácticas, significaciones y estructuras de reproducción e innovación social.

8.6. Los procesos colectivos y el fortalecimiento subjetivo

Los proyectos de CONAMURI insisten en dimensionar la integralidad de los derechos humanos hacia las mujeres. Los espacios educativos y de formación son elementos importantes en el proceso de la CONAMURI; en este sentido, en el año 2018 han inaugurado una Escuela de Mujeres Indígenas, que busca el fortalecimiento del liderazgo en las comunidades. El objetivo de la escuela es promover el empoderamiento y el liderazgo de las mujeres indígenas integrantes de CONAMURI, tanto al interior de la organización como a nivel nacional, para obtener herramientas con que incidir y transformar la realidad a través de la promoción del buen vivir, la agroecología, el feminismo indígena comunitario y una vida libre de violencia.

La formación política es una apuesta y un esfuerzo permanentes de CONAMURI. Han pasado por diversos espacios pedagógicos cientos de mujeres y jóvenes durante todos estos años de existencia, ante la certeza de que, a través de la adquisición de saberes y la colectivización del conocimiento, colaboran para que las comunidades campesinas y los territorios indígenas sean protagonistas de su historia (CONAMURI, 2017). El participar de diferentes instancias y proyectos promovidos por CONAMURI les posibilita problematizar sus trayectorias de vida de manera colectiva y generar espacios y proyectos en los que se promueve la autoafirmación identitaria y subjetiva. Forman espacios de contención, fortalecimiento y autonomía subjetiva. Esta instancia se vincula la producción de subjetividades como una instancia activa, histórica, de construcción y producción colectiva de lazos sociales en la que se propicia el empoderamiento para superar las desigualdades de género.

Muchísimas cosas, para una lideresa, para una militante activa, que tenés tus hijos, que tenés que criarlos, que darles de comer y educarlos; a mí me tocó hacer todo eso porque mi compañero nunca lo asumió […]. Todo ese proceso me fortaleció porque las mujeres empezábamos a tratar problemas de mujeres. Ahí las mujeres decían si habían sido violentadas, cuántos hijos quieren tener, la planificación, de qué hablan en su pareja, cuál es el compromiso, si quieren tener hijos espaciados, cada cuántos años, cuántos hijos. Todo lo discutimos entre mujeres, lo que nunca hemos podido hacer antes en el movimiento porque, frente a los hombres, las mujeres no hablan. A mí me ayudó mucho cuando yo lo contaba (Susana, 52 años).

Fui conociendo a varias compañeras. Antes yo no quería hablar porque me sentía mal por cómo está la gente, pero ahora ya quiero hablar en cualquier parte. Conocí muchas compañeras de Paraguay y de otros países y me sentí muy bien (Carla, 42 años).

8.7. Cambios, desafíos y fortalezas

Como parte de los procesos de reflexividad que aborda la presente investigación, se trabajó en tres talleres con un total de 15 mujeres en cada uno de ellos, que integraban CONAMURI y residían en diferentes provincias de Paraguay. Los tres talleres se realizaron desde la propuesta de educación popular, se apuntó a propiciar un espacio de reflexión y diálogo en el que se rescataron los cambios personales desde las trayectorias personales de las integrantes, el rescate del trabajo y la construcción cotidiana de la organización en términos de analizar las fortalezas, los problemas y los desafíos que presenta CONAMURI. En la síntesis de los talleres, se subrayó la importancia de la cooperación y la cogestión, mediante la articulación de recursos, esfuerzos y potencialidades, como también la necesidad de superar obstáculos que afectan al proceso organizativo de CONAMURI. Entre estos impedimentos, está la dinámica de competencia entre miembras de la organización, los personalismos y, al mismo tiempo, la necesidad de fortalecer los procesos de participación locales, de base. A continuación, se presenta un cuadro que sistematiza las ideas fuerza que salieron en los talleres.

Cambios/trasformaciones personales

Fortalezas de la organización

Problemas

Desafíos

Tener mayor autoestima.

Cooperación.

Críticas destructivas.

.

Mayor conocimiento técnico y científico.

Superación personal.

Solidaridad.

Chismes dentro de la comunidad.

Fortalecer nuestra formación política.

Vencer miedos.

Coherencia.

Miedo a la exposición pública.

Consolidar los grupos de trabajo en las comunidades.

Valorarme como mujer.

La fuerza y el apoyo grupal.

Amenaza de hombres de otras organizaciones.

Aumentar la participación de mujeres en las comisiones vecinales.

Poder decidir por mí misma.

La problematización a la sobrecarga de trabajo.

Prácticas asistencialistas en nuestros territorios.

Evitar las migraciones de las mujeres del campo.

Participar en la vida política/pertenecer a un grupo.

Luchar por nuestros deseos.

El papel de las religiones en las comunidades.

Mantener procesos de exigencias y demandas campesinas e indígenas.

Conocer a mujeres de diferentes países, culturas.

La articulación con otras organizaciones internacionales. Ser parte de la Vía Campesina/Cloc.

La competencia entre nosotras. Las desconfianzas.

Romper con la cultura de la competencia.

El proceso de conciencia de nosotras mismas.

La presencia de CONAMURI en ferias con nuestra producción.

La falta de recursos materiales.

Potenciar las prácticas de soberanía alimenticia.

Acceder al estudio o la educación.

Unión.

Falta de experiencia.

Fortalecer los proyectos productivos.

Tener más oportunidades.

Enfrentar criticas.

Entorno familiar.

Aumentar nuestra incidencia en los departamentos.

8.8. Autoafirmación territorial: construcciones de alternativas territoriales

CONAMURI, pese a sus dificultades, viene generando prácticas que contribuyen a mejorar el ejercicio de ciudadanía activa y en particular la justicia de género en mujeres, y a la par busca fortalecer la capacidad de control y negociación de las mujeres que participan en la vida política. Sus integrantes intentan desde diferentes estrategias fortalecer el modelo de la agricultura familiar y campesina. Trabajan contra todas las formas de desigualdad y discriminación hacia las mujeres, vigorizando su propia identidad, su cultura. Generan sus propias alternativas para producir la tierra, conservar las semillas nativas y crear mayores oportunidades para las mujeres campesinas. Particularmente las mujeres organizadas han desafiado todas y cada una de las facetas de la globalización mediante manifestaciones masivas, ocupaciones de tierras, construcción de economías solidarias, generación de proyectos de formación. Han continuado plantando maíz en campos abandonados, cocinando alimentos para venderlos en los bordes de las carreteras, creando cocinas comunales, ferias comunitarias, interponiéndose de este modo a la mercantilización de la vida y dando pie a procesos de reapropiación y recolectivización de la reproducción, indispensables para recuperar el control sobre nuestras vidas (Federici, 2013). En su caminar, también desarrollan una autoafirmación territorial que retroalimenta su identidad como mujeres indígenas y campesinas en los diversos espacios que transitan, tanto públicos como privados. Sus territorios constituyen espacios de confrontación entre modelos económicos y culturales, en los que las mujeres son protagonistas que dilatan el presente, porque defienden su tradición cultural que viene del pasado para asegurar su futuro (Arias Guevara, 2018).

Nos reafirmamos que somos indígenas, campesinas y que venimos desde abajo, somos hijas de la tierra. Hablamos mucho de la defensa del territorio. En este momento estamos amenazados, no solamente tenemos la lucha por la tierra, sino ver cómo vamos a defender nuestro territorio, porque estamos muy amenazados tanto indígenas como campesinos por parte de las grandes empresas multinacionales. CONAMURI es muy conocida en Paraguay por su lucha por la soberanía alimentaria en el rescate de semillas (Ada, 34 años).

Trabajamos en la recuperación de la semilla autóctona y guardamos nuestra semilla. Mi sueño es hacer una Semilla Róga en Misiones, donde tenemos dos parcelas demostrativas de semillas nativas, donde cultivan las mujeres (Silvia, 55 años).

En todos los departamentos, tenemos huerta comunitaria donde se produce verdura agroecológica, y la gente trae, nos manda. […] justamente porque queremos politizar todo lo que hacemos, vamos ensayando diferentes aspectos de la lucha (Carla, 42 años).

Tenemos una huerta bien grande y ahí trabajamos toditas las mujeres que estamos organizadas, las que somos parte de CONAMURI. Tenemos tierra comunitaria y nuestra tierra cada una en nuestra casa. La huerta comunitaria es para aprender con el técnico cómo manejar y de ahí llevamos a cada una de nuestras casas, para manejar la huerta en nuestra casa (Noemi, 55 años).

La recuperación física y simbólica de territorios reconfigura el ordenamiento físico de las comunidades, el papel decisivo de las mujeres en la reproducción de la vida familiar, organizativa y productiva de sus comunidades, y la revalorización de la cultura y la afirmación de la identidad de sus pueblos y sectores sociales, potenciando las diferencias étnicas y de género en la lucha social (Zibechi, 2003: 1-3). Es decir, impulsa prácticas e iniciativas diversas que refuerzan valores de autonomía y autodeterminación territorial. Ellas, como movimiento campesino autónomo de mujeres, asumen la dimensión pragmática de la intervención política y trabajan positivamente en la negociación de conflictos, demandas y reivindicaciones (Lamas, 2000).

8.8.1. La conservación de semillas: la Casa de las Semillas

Semilla Róga (la Casa de las Semillas) es un proyecto productivo y político de la CONAMURI para rescatar y conservar especies nativas y criollas de semillas, sin ningún tipo de apropiación privada. El proyecto pretende educar a la sociedad paraguaya sobre la importancia política de la defensa de las semillas nativas y criollas como garantía de la seguridad alimentaria. Este proyecto propone acciones concretas tendientes a frenar el modelo agroexportador y el agronegocio, que mercadean con la vida y destruyen la biodiversidad y el medio ambiente, así como a valorar el trabajo de las mujeres rurales y a reconocer el rol preponderante de las mujeres en el proceso agrícola, a través de la selección y conservación de las semillas. Este proyecto, iniciado en el año 2008, trabaja con más de 80 comités de productoras y productores en los que se ha incidido en la formación e información sobre el rescate y la conservación de las semillas y la soberanía alimentaria. Paralelamente, se impulsan proyectos legislativos como, por ejemplo, la ley del maíz y la ley de las semillas (Espallargas) (CONAMURI, 2018).

Tenemos experiencia en Semilla Róga, que sería la Casa de la Semilla, y, dentro del marco de la campaña por la soberanía alimentaria, tenemos varias acciones, ferias permanentes en Asunción, promoción de nuestra comida culturalmente. Hemos estado en varios espacios, ya sea a nivel popular, como en otros niveles también, llevando nuestro conocimiento, rescatando los saberes populares en las mujeres y visibilizando el trabajo de las mujeres que es fundamental. Verdura agroecológica y la gente trae, nos manda. Es un trabajo demasiado grande, la dirigencia nacional asume esa responsabilidad de llevar adelante, justamente porque queremos politizar todo lo que hacemos, vamos ensayando diferentes aspectos de la lucha (Camila, 30 años).

En este proyecto participan jóvenes de diferentes departamentos del país que trabajan en las huertas comunitarias con enfoque agroecológico. No solo rescatamos las técnicas agroecológicas, sino también practican el trabajo colectivo con enfoque de género (Sara, 28 años).

8.9. Autoafirmación como feministas: construyendo un feminismo campesino e indígena

Desde su trayectoria, las integrantes de CONAMURI trabajan como mujeres campesinas e indígenas por el derecho a la tierra, a la soberanía alimentaria, a la vida. La defensa de la vida de las mujeres y la revalorización de sus derechos ocupan un lugar central para la organización. La crítica a los procesos migratorios, particularmente relacionados con el empobrecimiento y la violencia social y de género en el campo, como también el desplazamiento de mujeres a centros de producción empresarial debido a su expulsión de las tierras productivas y la destrucción de los conocimientos y métodos de producción campesina llevados adelante milenariamente por las mujeres campesinas (Longo, 2014) son algunas de las problemáticas denunciadas por la organización. Ponen en práctica un feminismo de las luchas cotidianas en el que despliegan diferentes iniciativas que fortalecen a las mujeres campesinas e indígenas en sus capacidades y conocimientos para convertirlas en esa fuerza transformadora que aporta de manera efectiva y propositiva ante la realidad comunitaria y social.

Con el feminismo campesino y popular, descubrí que sí podemos ser iguales con el campesino, que sí podemos traer la azada y hacer el surco que tanto nos gusta a los dos. Pero eso depende de la pareja y del hombre también, que podamos ser iguales. Necesitamos construir una sociedad diferente, el feminismo nos ayuda a eso (Vanesa, 46 años).

Después que coordiné en CONAMURI, mi visión cambió bastante, por el tema de las mujeres, nuestras realidades, la explotación extrema de este sistema, el machismo profundo, me doy cuenta de tantas cosas y empiezo a cuestionar en todas partes. Fui mucho tiempo explotada, discriminada por mi pareja. Nos ayudó la profundización de discusiones y de lineamientos en el tema del feminismo, nosotras avanzamos en lo organizativo y en lo personal (Silvia, 55 años).

Se trata de un feminismo que contempla fuertemente el eje de la defensa de los territorios abrumados por el modelo de explotación intensiva de la naturaleza, expresado en la imposición del agronegocio y las plantaciones extensivas de monocultivo, la presencia permanente de agrotóxicos que pone en riesgo la salud de las comunidades y golpea fuertemente sobre las prácticas tradicionales que milenariamente desarrollaron las mujeres. Al mismo tiempo, despliegan un feminismo crítico hacia las violencias producto del machismo que históricamente vivenciaron las mujeres campesinas e indígenas. Y, simultáneamente, es un feminismo compañero, en el que se entretejen lazos solidarios, de acompañamiento y sostenimiento subjetivo y colectivo. En el proceso las mujeres se redescubren, recrean sus vidas y encuentran soluciones a sus problemas cotidianos. CONAMURI funciona como un colectivo que facilita procesos participativos en los que las mujeres desarrollan una fuerte problematización de su ser en el mundo y de su relación con el mundo, con la naturaleza.

Nosotras las campesinas somos muy sencillas. Desde que estoy en CONAMURI, me siento dueña de mi cuerpo. Antes, cuando no estaba en la organización, yo no me sentía dueña de mi cuerpo. No era libre para ir a una organización, para ir junto a una amiga, para salir. Todos los días estaba en casa con mis hijos, con problemas, dificultades económicas. Después me sentí más libre y más dueña de mí misma, después de tener experiencia en CONAMURI (Noemi, 55 años).

Nuestro cuerpo es una de las cosas más importantes. Elegir, saber que yo tengo posibilidades. Que puedo ser yo misma, sin que nadie me discrimine y me diga cómo tengo que ser. Ser críticas a ese molde que la sociedad nos pone: las mujeres tienen que cocinar, lavar y planchar y quedarse en la cocina. La mujer es como la olla que se queda en la cocina. Eso para mí es importante, ser una misma (Sara, 28 años).

Las mujeres de CONAMURI desarrollan espacios de formación donde reflexionan críticamente sobre el impacto del modelo sobre sus cuerpos y cotidianeidades y, al mismo tiempo, revisan el poder de dominación que ejerce sobre ellas el patriarcado en su vida cotidiana y afectiva y en su propia subjetividad. Estas iniciativas no solo abren la posibilidad de responder a las necesidades sentidas y organizarse alrededor de ellas, socializando sus experiencias, percepciones y emociones, sino que también ofrecen el terreno propicio para perfilar intereses, explicitar los latentes y articularlos en proyectos colectivos (Connell, 1991). Esta instancia se vincula con la producción de subjetividades como una instancia activa, histórica, de cons­trucción y producción colectiva de lazos sociales en la que se propicia el empoderamiento para superar las desigualdades de género. El fortalecimiento de los colectivos de mujeres es un proceso que implica una transformación visible.

8.10. Entretejiendo vínculos

CONAMURI construye experiencia y entrelaza vínculos con otras organizaciones sociales de Paraguay y de diferentes países. Las mujeres que integran CONAMURI, al igual que las integrantes del Movimiento de Trabajadoras Rurales sin Tierra, se identifican con las luchas emancipadoras y recuperan el aporte del feminismo como movimiento emancipador, y al mismo tiempo lo recrean a la luz de sus propias realidades y vicisitudes, experiencias e identidades.

El sostenimiento desde 1993 de la Vía Campesina, que comprende 164 organizaciones locales y nacionales en 73 países de África, Asia, Europa y América, es un factor importante para propuestas sustitutivas. Sin lugar a dudas, la presencia de la Vía Campesina fortifica procesos de organización colectivos de exigibilidad de derechos en el campo de lo internacional. Sin embargo, simultáneamente, los procesos que se desenvuelven a nivel local y comunitario son experiencias que permiten visibilizar la posibilidad de promover prácticas basadas en el respeto por la naturaleza, la alimentación y todas las formas de vida.

CONAMURI es una organización internacional también, porque está en la CLOC, en la Vía Campesina. La organización apuesta a que las mujeres paraguayas vayan a los cursos, a los encuentros de mujeres por la lucha de las mujeres. Esa experiencia internacional enseña a las mujeres paraguayas (Susana, 52 años).

Trabajamos mucho en la “Campaña Basta de Violencia Hacia las Mujeres”, dentro de la línea de la CLOC, la Vía Campesina. En Paraguay estamos llevando adelante la campaña con todo un programa y dentro de nuestra formación, en nuestra escuela de formación también. Dentro de las comunidades indígenas, también estamos trabajando (Vanesa, 46 años).

Desde la Vía Campesina, hemos insistido mucho sobre el tema de la violencia hacia las mujeres. Sabemos desde la Vía Campesina que es terrible la discriminación hacia las mujeres. Es un proceso lento, se tiene que seguir insistiendo en la campaña. La campaña contra la violencia es importante (Silvia, 55 años).

La articulación internacional también fortalece y vigoriza la participación local, comunitaria, nacional y personal. Paralelamente, se propician una serie de reflexiones y elaboraciones colectivas sobre las necesidades específicas que se les presentan a las mujeres campesinas frente al modelo de desarrollo actual, y también se promueven iniciativas colectivas en el escenario internacional a través de la Vía Campesina, como, por ejemplo, la Campaña contra las Violencias hacia las Mujeres, que se desarrolla desde hace varios años. En el año 2008, en la V Conferencia, la Vía Campesina asumió la Campaña Mundial Basta de Violencia contra las Mujeres, como un llamado urgente que busca provocar un cambio social, cultural y político en los pueblos, las comunidades y las organizaciones, y que, a la vez, desafía a la sociedad en su conjunto a construir una nueva cultura para superar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres (Movimiento Campesino Internacional, 2018).


  1. La recolonización es un proceso que se renueva constantemente desde la llamada “descolonización”, reactualizando la colonialidad del poder. En el plano de lo político, la recolonización consiste en la injerencia externa para impedir la libre autodeterminación de los pueblos y la capacidad para decidir su condición política y su destino histórico (Petras, 2004).


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