Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

5 Los desafíos del desacuerdo profundo entre la dialéctica y la epistemología

Peter Ivanecký (UAH/CONICYT)

I. Introducción

El desacuerdo es para la sociedad algo omnipresente y vital, especialmente en ciertos ámbitos como la religión, la filosofía, la política y la ciencia, pero también en la vida de todos los días. La actividad de discordar cumple una importante función epistémico-crítica: por medio de ella se examina si las convicciones de las personas y de las comunidades son dignas –o no– de ser sostenidas de manera justificada. Discordar consiste, primero, en negarse a reconocer o aceptar algún punto de vista y, segundo, a menudo consiste también en la presentación de una posición contrastante sobre el asunto discordante. En este artículo quiero poner énfasis en este segundo aspecto del desacuerdo, donde juega un rol fundamental el ejercicio de la razón pública. Lo que cuenta en y para los desacuerdos abiertos y públicos es la defensa argumentativa de los puntos de vista, más que las íntimas convicciones privadas inaccesibles recíprocamente.[1] Diciendo esto tomo parte por la perspectiva dialéctica de la justificación, en la que la razón es comprendida como tal solo si es articulada e identificada por ambos interlocutores con esta función de justificar el punto de vista.[2]

Este aspecto público del desacuerdo – y la complejidad que conlleva – fue captado por Robert J. Fogelin, quien en los años ‘80 reflexionó sobre un desacuerdo que llamó ‘profundo’ (1985). El desacuerdo profundo se caracteriza por ser un desacuerdo en que los interlocutores son incapaces de llegar a un común acuerdo o posición sobre el problema debatido. Sin embargo, el desacuerdo profundo, como lo afirmará Fogelin, puede ser solucionado irracionalmente, es decir, por medio de falaces técnicas persuasivas. El debate que se desplegará a raíz del concepto de desacuerdo profundo planteado por Fogelin es comprendido como un debate sobre la racionalidad del desacuerdo.

El artículo de Fogelin originó en la Lógica Informal, en dos ocasiones – al final de los años ‘80 y en el 2005 –, un debate que reacciona a las siguientes consecuencias infelices de sus tesis: i) en ciertas situaciones es irracional seguir discutiendo, ii) ciertos debates entonces no tienen una solución racional, iii) los instrumentos lógico-argumentativos son útiles hasta un cierto punto. Podríamos llamar dialéctico al contexto filosófico en el que aparece esta discusión sobre el desacuerdo profundo, dado que los intereses de los autores son mayormente lógico-argumentativos. En la primera década del siglo XXI, los epistemólogos contemporáneos advierten y discuten casos de desacuerdos análogos al desacuerdo profundo de Fogelin, aunque no siempre utilizan el término ‘profundo’ para caracterizarlos. Estos casos de desacuerdos son llamados complejos, de larga duración, confusos o reales. Llamemos este segundo contexto del debate epistémico. En mi opinión, no es casual que la segunda discusión en la Lógica Informal (2005) coincida con la llegada de los estudios epistemológicos del desacuerdo, que hoy en día reciben el nombre de desacuerdo entre pares epistémicos (epistemic peer disagrement).[3]

El objetivo de este artículo es investigar, primero, el debate sobre el desacuerdo profundo en ambos contextos, dialéctico y epistémico, para en seguida proporcionar algunos elementos que permitirían responder a los desafíos fogelinianos y englobar mejor el concepto en algún marco teórico apto a analizarlo. Pero antes de dedicarme a dichos debates, es oportuno presentar el concepto, según lo plantea el mismo Fogelin.

II. El desacuerdo profundo de Robert J. Fogelin

El desacuerdo profundo es una noción que surgió en la Lógica Informal y que fue introducida en un artículo de Robert J. Fogelin (1985), fue además ratificada 20 años después en algunos capítulos de sus dos libros.[4]Fogelin reflexiona sobre el desacuerdo profundo a partir de dos consideraciones. Primero polemiza contra el modelo deductivo de razonamiento y, segundo, diferencia el contexto argumentativo normal del contexto argumentativo que no es normal. La noción de desacuerdo profundo se relaciona con la segunda consideración. El contexto argumentativo ‘normal’ es caracterizado como aquel donde los interlocutores comparten las creencias de base, gracias a las que es posible entenderse, discutir, y en fin de cuentas también solucionar el desacuerdo:

Ellos [las partes en la conversación] comparten un conocimiento detallado de la geografía local, preferencias por el helado congelado más que por el helado derretido y por el pescado fresco más que por el pescado descompuesto, etc. (1985, 3).[5]

Fogelin afirma que el desacuerdo profundo es un tipo de desacuerdo en que los interlocutores no comparten las creencias de base.[6] Esta ausencia hace imposible no sólo la racionalidad del debate, sino también impide entrever una solución al desacuerdo mismo. Como consecuencia de esta caracterización del desacuerdo, Fogelin afirma que el uso del argumento – entendido como manera racional de discutir – es inútil, dado que no existen condiciones para su aplicación. Es decir, porque no existen las creencias compartidas: preferencias, gustos, valores, sentido del humor, etc.[7] Llamando en causa a Wittgenstein,[8] Fogelin afirma que en el desacuerdo profundo se asiste al choque de principios o proposiciones estructurales, y en fin de cuenta de enteros sistemas, paradigmas y modelos de pensamiento:

(…) cuando investigamos el origen de un desacuerdo profundo, no encontramos simplemente proposiciones aisladas (“El feto es una persona”), sino un sistema completo de proposiciones que se apoyan mutuamente (y paradigmas, modelos, estilos de actuar y de pensar), que constituyen, si se me permite la expresión, una forma de vida. (Fogelin 1985, 5-6).[9]

Dicho en una manera simple: hay ciertas formas de vida que no tienen nada que ver con otras, y que a veces se cruzan en discusiones, generando bloques insuperables detrás de los que no hay manera de avanzar. Estas discusiones, por su naturaleza, no pueden ser solucionadas racionalmente, es decir, con procedimientos argumentativos comúnmente reconocidos y aceptados. Sin embargo, el desacuerdo puede encontrar según Fogelin su solución en la persuasión, que es una manera irracional de solucionarlo utilizando la persuasión en vez de instrumentos lógico-argumentativos, propios de movimientos como el Pensamiento Crítico o la Lógica Informal.[10]

La tesis de Fogelin tiene consecuencias poco felices (para no decir espantosas) sobre todo para la misma escuela de la Lógica Informal y su aplicación a la enseñanza escolástica que se conoce con el nombre Critical Thinking. Si hay desacuerdos que no se pueden solucionar discutiendo, entonces toda la pertinencia de la enseñanza de los instrumentos crítico-racionales es puesta en duda. En seguida, la discusión del desacuerdo profundo en la escuela de la Lógica Informal toma diferentes caminos. Hay quienes – sin mucho éxito – intentan atacar sus tesis (optimistas racionales), pero hay también quienes defienden el concepto ampliando su extensión a otro tipo de casos (pesimistas racionales). El optimista racional se distingue del pesimista racional, por el rechazo de las tres tesis sobre el desacuerdo profundo, con las que Fogelin desafía la racionalidad del debate:

 

i) en ciertas situaciones es irracional seguir discutiendo

ii) ciertos debates no tienen una solución racional

iii) los instrumentos lógico-argumentativos son útiles hasta un cierto punto

III. El contexto dialéctico del desacuerdo profundo

Los optimistas racionales, por una parte, como Lugg (1986), Feldman (2005), y Adams (2005), intentan atacar las tesis de Fogelin, rechazando la inevitable caída del debate en la irracionalidad. Estos autores no aceptan, como sugiere Fogelin, que si una discusión no se puede solucionar en manera racional, es inevitable su caída en la irracionalidad. Por otra parte, autores como Davson-Gale (1992), Turner y Wright (2005), y Campolo (2005), defienden el concepto de desacuerdo profundo ampliando su extensión a otro tipo de casos, donde sí hay un background compartido y aún así aparece el desacuerdo profundo.

En primer lugar, Lugg cambia ligeramente el caso de desacuerdo estudiado, analizando casos de desacuerdos donde sí hay un background compartido. En este sentido, el caso más interesante se da para este autor cuando los interlocutores comparten las creencias de base y no obstante eso, el desacuerdo permanece.[11] Lo que es interesante es que ellos cumplen el requisito para el intercambio argumentativo normal, y aún así desacuerdan. Lugg, y en manera análoga Feldman y Adams, distinguen – criticando a Fogelin – situaciones donde es imposible solucionar el desacuerdo de la inevitabilidad de la irracionalidad.[12] Puede ser que un debate que se presena actualmente como irresoluble, en el futuro encontrará, basándose sobre la misma discusión, su solución racional. Feldman, por su parte, desarrolla una tercera opción racional que consiste en la suspensión de juicio; aunque el desacuerdo no se soluciona, al menos es posible superarlo en esta manera.

Adams hace una investigación interesante estableciendo, por una parte, las condiciones para la profundidad del desacuerdo, y por otra atacando la consecuencia irracional de la tesis de Fogelin, distinguiendo entre la irresolubilidad de un problema y su intratabilidad. Primero, para que un desacuerdo sea considerado profundo, no es suficiente la divergencia en las creencias de base – como afirmaba Fogelin, sino más bien se requiere que no existan procedimientos y criterios compartidos que permitan su solución. El desacuerdo puede entonces ser irresoluble, sin ser profundo. Adams afirma que “un desacuerdo profundo es (presuntamente) uno que permanece (o permanecería) aún cuando las partes sean plenamente racionales, completamente informadas sobre los hechos relevantes, y posean suficiente tiempo y habilidad de deliberar” (Adams 2005, 69).[13] Para que un desacuerdo sea considerado como tal son necesarias cuatro condiciones: la incompatibilidad de las posiciones, la irresolubilidad, la intractabilidad, y la falta de procedimientos compartidos para avanzar en la discusión racional.

Por otra parte, los sostenedores de las tesis fogelinianas pesimistas sobre el desacuerdo profundo muestran sus plausibilidades. En este sentido, Turner y Wright hacen una investigación sobre los contextos argumentativos, mostrando que un acuerdo es imposible cuando no existe un backgroud compartido. El argumento es posible solo cuando hay ciertas asunciones gracias a las que se puede argumentar y que no son puntos de debate.[14] Estas asunciones son parte del background. Sin embargo, Turner y Wright – contra Fogelin – evidencian que el argumento tiene múltiples funciones y no sólo la de solucionar desacuerdos, y por eso no hay que abandonar su uso. Además, estos autores evidencian que el concepto de racionalidad de Fogelin está demasiado restringido a los estándares lógico-argumentativos. Y muchas veces la solución de un desacuerdo no deriva de la aplicación de estos estándares.

Campolo es uno de los autores que nos advierte sobre el riesgo de continuar una discusión de manera racional cuando no se dan – como lo observó Fogelin – las condiciones para la misma discusión racional. Este autor analiza diferentes casos en los que se razona en conjunto. El límite del razonamiento en conjunto que no se puede superar se da cuando: 1) los interlocutores no comparten procedimientos – práctica, 2) los interlocutores no son expertos en un problema – el conocimiento, 3) los interlocutores no comparten competencias. Los dos, por supuesto, pueden seguir razonando, y quizás solucionar el desacuerdo, pero el acuerdo o resultado ya no será el producto de procedimientos racionales, sino el producto de la suerte. Y, como filósofos post-gettierianos, sabemos que el conocimiento fortuito no es conocimiento.

IV. El contexto epistémico del desacuerdo profundo

Focalizándome en el contexto epistémico del desacuerdo profundo sigo dos objetivos: primero, quiero evidenciar en qué sentido está presente la noción de desacuerdo profundo en el debate epistemológico sobre el desacuerdo y, segundo, quiero mostrar cuáles son los límites de este debate respecto al análisis de la noción. Anticipando mis conclusiones, afirmo que en el debate epistemológico contemporáneo sobre el desacuerdo existe lo que llamo una epistemología del desacuerdo simple, pero no existe una epistemología del desacuerdo profundo o complejo. A mi juicio, el motivo de este límite teórico es la preferencia por el análisis de casos simples de desacuerdos y el descarte de casos más complejos y profundos.  

Los autores que participan en el debate epistemológico sobre el desacuerdo utilizan una variedad de expresiones para referirse al fenómeno de desacuerdo analizado por Fogelin. Una primera expresión con la que se nombran casos difíciles de desacuerdo es “confusos casos del mundo real” (messy real-world cases), presente en Elga (2007, 492-493). El autor introduce el apodo “confusos” no para despreciar casos de desacuerdos reales sino para distinguirlos de desacuerdos en los que hay un sólo asunto cuestionado, y que denomina “limpios, puros ejemplos de desacuerdo” (clean, pure examples of disagreement). Lo que es característico de desacuerdos del mundo real es que se presentan mezclados con otros asuntos controvertidos. Este aspecto los diferencia (y al mismo tiempo los excluye del análisis) de casos de desacuerdos limpios y puros, en los cuales sólo un asunto es punto de desacuerdo.

En manera semejante, Christensen menciona ciertos casos de desacuerdo, llamándolos “controversias reales”, diferenciándolos de casos de desacuerdo artificialmente simples (artificially simple cases), que son el objetivo principal del análisis de la literatura epistemológica (2009, 765). Este autor, por otra parte, deplorará la inexistencia de elementos evaluativos que permitan abordar este tipo de desacuerdo más complejo.[15] Análogamente Simpson (2013), utiliza expresiones como “el desacuerdo más substancial” (more substantial disagreement) y “permanente controversia del mundo real” (perennial real-world controversy), para referirse a desacuerdos más complejos, como por ejemplo, los méritos del sistema social de salud, y para diferenciarlos de casos más simples de desacuerdo. La expresión “profundo desacuerdo epistémico” (deep epistemic disagreement), presente en Lynch (2010), también se aplica a un caso de desacuerdo profundo donde los agentes – a la manera fogelininana – no comparten principios a partir de los cuales el acuerdo podría encontrar una solución racional. Más aún, De Langhe, siguiendo estudios de Douven (2009, 2010), menciona ciertos casos de desacuerdos científicos y filosóficos, caracterizándolos como “desacuerdo de larga duración” (longstanding disagreement), afirmando que en estos desacuerdos es común el rechazo a encontrar un punto de compromiso (2013, 2548).

Hemos podido observar que el desacuerdo profundo está marginalmente presente en el debate epistémico del desacuerdo, y que se caracteriza con diferentes expresiones. La literatura epistemológica lo llama con términos tales como: “complejo”, “substancial”, “real”, “confuso”, o “de larga duración”. Este desacuerdo, como lo releva Christensen, carece de elementos que permitan evaluarlo desde esta perspectiva epistémica. Su afirmación no sorprende, dados los puntos de partida del análisis de desacuerdos en este contexto epistémico: i) se analiza el desacuerdo que es simple, es decir el desacuerdo que versa sobre un sólo punto controvertido, ii) además, el desacuerdo es idealizado o artificial, sin correspondencia con casos reales, iii) el desacuerdo se da entre los pares epistémicos,[16] iv) y, por fin, el desacuerdo se analiza en el marco teórico de un único sistema epistémico de creencias (es decir en el sistema de las creencias que son compartidas).[17] Los puntos apenas evidenciados (i-iv), a mi juicio, no permiten percibir teóricamente el desacuerdo profundo, aún cuando este se advierte o es ignorado o se lo trata desde el marco teórico del desacuerdo simple o se le niega su racionalidad.[18]

V. Conclusión

En este artículo he intentado presentar dos debates filosóficos que estudian el desacuerdo, especialmente el desacuerdo profundo, cada uno desde su perspectiva particular. Ambos dedican una cierta atención a los casos de desacuerdo profundo. El debate dialéctico post-fogeliniano, que he intentado reconstruir, muestra una crítica del concepto, que incluye intentos para una mejor conceptualización y definición. El debate señaliza que el concepto de desacuerdo profundo necesita ser mejor definido, sea para diferenciarlo de otros tipos de desacuerdos, sea para entender su núcleo. En tiempos recientes, sin embargo, podemos encontrar un intento de definir el desacuerdo profundo, que conoce los debates de la Lógica Informal y de la Epistemología. En mi opinión, este intento no da cuenta de la complejidad de este tipo de desacuerdo, con el resultado de una definición simplista y ambigua:

Los “desacuerdos profundos”, en nuestra comprensión del concepto, serán los casos difíciles, es decir, no aquellos en que el acceso a información esencial resuelve el problema, o en los que un mejoramiento leve en las condiciones epistémicas disuelve el desacuerdo. Un desacuerdo profundo se tiene con un par epistémico (…) (Fuentes Bravo y Lavín 2014, 83).

Del debate epistemológico revisado aparece evidente que el desacuerdo profundo no se da en el marco de la paridad epistémica; y asimismo, la noción fogeliniana de este desacuerdo revela claramente que entre los interlocutores no hay puntos compartidos en las creencias de base. Eso indica que cualquier igualdad epistémica es imposible. Estoy convencido de que el segundo contexto – epistémico – del desacuerdo profundo nos puede otorgar algunos elementos para su mejor conceptualización y definición. El debate epistémico que he intentado presentar, aunque se dedica a analizar casos simples de desacuerdo, nos puede proporcionar estos elementos, que por otra parte, deberían ser considerados en el marco teórico capaz de analizar los desacuerdos profundos. ¿Cuál podría ser este marco teórico capaz de observar y analizar los desacuerdos profundos? Sinceramente, aún no tengo una respuesta definida, pero he relevado algunos elementos que no debieran ser ignorados.

  1. Creo que este marco debería considerar los aspectos grupales y sociales del desacuerdo. Los casos de desacuerdos profundos que menciona la literatura presentan casi siempre este elemento socio-colectivo, y se dan normalmente en macro-contextos argumentativos de debate público, en los cuales las posiciones contrastantes están claramente determinadas y polarizadas.[19]
  2. Con este primer aspecto socio-colectivo se relaciona el segundo elemento que la teoría del desacuerdo profundo debería considerar, es decir, la realidad ordinaria o cotidiana del desacuerdo. Los desacuerdos profundos nos presentan concretos desacuerdos presentes en el mundo real (no simples, puros y artificiales desacuerdos), entre bien identificados grupos de personas, por ejemplo mapuches, abortistas, ateístas o filósofos externistas.

III. El desacuerdo profundo nos muestra que el desacuerdo entre los interlocutores tiende a permanecer. En otras palabras, el desacuerdo se queda sin solución, mientras sus interlocutores no se mueven de sus puntos de vista inicialmente avanzados. Quizás es pertinente relevar, que el desacuerdo se comprende tradicionalmente como una fase imperfecta en el proceso deliberativo y necesitada de una solución. Sin embargo, algunos estudios recientes en el ámbito de la Epistemología Social avanzan hipótesis sobre el valor permanente del desacuerdo. ¿Podríamos considerar el desacuerdo no como necesitado de una solución, sino como portador de un estatuto propio y permanente, y así valorarlo en una manera más positiva?[20] Miriam Solomon releva:

(…) el disenso se ve como la fase de la competición, y como consenso la fase en la que hay un ganador de la competición. El disenso que no se resuelve por un tiempo, a menudo es considerado como ciencia incompleta o inmadura. (…) El disenso se ve como una etapa en la que se necesita, o se dirige inevitablemente hacia la resolución en consenso. Nuestra obsesión cultural con la competición, ganadores y perdedores (por ejemplo, el discurso militar y deportivo) proporciona un trasfondo ideológico que resuena con estas narrativas de consenso en los estudios científicos y, lo más probable, contribuye a ellos. (Solomon 2001, 99-100).[21]

Quizás los desacuerdos, quizás todos los desacuerdos, son como “un juego” en el que las posiciones se balancean continuamente entre las ventajas y las igualdades. Comprendido en esta manera, un desacuerdo que primero presenta claras ventajas en una parte, con un nuevo argumento o una nueva evidencia resulte en que esta misma posición pasa a estar en desventaja. Un nuevo desafío, un nuevo argumento, una interpretación nueva o una nueva evidencia cambian bruscamente el escenario y el balanceo del desacuerdo. También por esta razón, acordemente con las palabras de Solomon, no veo por qué ciertos desacuerdos deberían necesariamente terminar y tener un ganador, cuando lo que sucede en la dinámica del desacuerdo es equilibrar continuamente las posiciones, reduciendo desventajas y asumiendo ventajas sobre el punto debatido.

Bibliografía

Adams, D. 2005. “Knowing When Disagreements are Deep”. Informal Logic 1, 65-77.

Boghossian, P. 2006. Fear of knowledge: against relativism and constructivism. Oxford: Oxford University Press.

Campolo, Ch. 2005. “Treacherous Ascents: On Seeking Common Ground for Conflict Resolution”. Informal Logic 25 (1): 37-50.

Christensen, D. 2007. “Epistemology of Disagreement: The Good News”, Philosophical Review 116 (2): 187-217 (tr. esp. Christensen, D. 2014. Epistemología del desacuerdo: las buenas noticias. En Explorando el desacuerdo: epistemología, cognición y sociedad, comp. Arroyo G. … [et.al.]. Los Polvorines: Universidad Nacional de General Sarmiento, 33-66).

Christensen, D. 2009. “Disagreement as Evidence: The Epistemology of Controversy”. Philosophy Compass 4/5, 756–767.

Christensen, D. 2014. “Disagreement and Public Controversy”. En Lackey J. (ed.). Essays in Collective Epistemology. Oxford: Oxford University Press, 142-163.

Davson-Galle, P. 1992. “Arguing, Arguments, and Deep Disagreements”. Informal Logic 14 (2-3): 147-156.

De Langhe, R. 2013. “Peer disagreement under multiple epistems”. Synthese 190: 2547-2556.

Douven, I. 2009. “Uniqueness revisited”. American Philosophical Quarterly 46: 347-361.

Douven, I. 2010. “Simulating peer disagreements”. Studies in History and Philosophy of Science 41: 148-15.

Eeemeren, F. H. van, Grootendosrt, R. 1984. Speech Acts in Argumentative Discussions. A Theoretical Model for the Analysis of Discussions Directed towards Solving Conflicts of Opinion. Dordrecht: Foris Publications.

Feldman, R. 2005. “Deep Disagreement, Rational Resolutions, and Critical Thinking”. Informal Logic 25 (1): 13-23.

Feldman, R. 2007 Reasonable Religious Disagreement. En: Antony, L. (ed.) Philosophers without Gods, Oxford: Oxford University Press, 194-214 (la versión citada aquí es de: Goldman, A. I., Whitcomb, D. 2011. Social Epistemology: Essential Readings, New York: Oxford University Press, 194–214.)

Fogelin R. J. 2003. Walking the tightrope of reason: the precarious life of a rational animal. New York: Oxford University Press.

Fogelin, R. J. 1985. The logic of deep disagreements. Informal Logic 7 (1): 1-8. [reimpreso en: Fogelin, R. J. 2005. The logic of deep disagreements. Informal Logic 25 (1): 3-11].

Fogelin, R. J. 2009. Taking Wittgenstein at his word: a textual study. Princeton: Princeton University Press.

Fuentes Bravo C. y Lavín C. 2014. “Elementos teóricos y metodológicos para evaluar la relación entre orientación política y sesgo cognitivo en contextos políticos de desacuerdo profundo”. En Explorando el desacuerdo: epistemología, cognición y sociedad, comp. Gustavo Arroyo … [et.al.]. Los Polvorines: Universidad Nacional de General Sarmiento, 81-94.

Godden, D. M. y Brenner, W. H. 2010. “Wittgenstein and the Logic of Deep Disagreement”. Cogency 2 (2): 41-80.

Hales, S. D. 2014. Motivations for Relativism as a Solution to Disagreements. Philosophy 89, 63-82. van Inwagen, P. 2010. We’re Right They’re Wrong. En: Feldman, R., Warfield, T. A. (eds). Disagreement. Oxford: Oxford University Press, 10-28.

Kelly, T. 2005. “The Epistemic Significance of Disagreement”. En: Gendler, T. S. y Hawthorne, J. (eds.). 2005. Oxford Studies in Epistemology, vol. 1, Oxford: Oxford University Press, 167-196.

Kornblith, H. 2010. “Belief in the Face of Controversy”. En: Feldman, R., Warfield, T. A. (eds). Disagreement. Oxford: Oxford University Press, 29-52.

Lammenranta, M. 2011. “Skepticism and Disagreement”. En Machuca, Diego (ed.). Pyrrhonism in Ancient, Modern, and Contemporary Philosophy. Springer, 203-216.

Lugg, A. 1986. “Deep disagreement and informal logic: No cause for alarm”. Informal Logic 8 (1): 47-51.

Lynch, M. P. 2010. “Epistemic circularity and epistemic incommensurability”. En: Haddock, A., Millar, A., Pritchard, D. (eds.). Social epistemology. Oxford: Oxford University Press, 262-277.

Lynch, M. P. 2010. “Epistemic circularity and epistemic incommensurability”. En: Haddock, A., Millar, A., Pritchard, D. (eds.). Social epistemology. Oxford: Oxford University Press, 262-277.

Pritchard, D. 2011. “Wittgensteinian Pyrrhonism”. En. Machuca, D. (ed.). Pyrrhonism in Ancient, Modern, and Contemporary Philosophy. Springer, 193-202.

Simpson, R. M. 2013. “Epistemic peerhood and the epistemology of disagreement”. Philosophical Studies 164: 561–577.

Sinnott-Armstrong, W. 2004. Pyrrhonian Skepticism. Oxford: Oxford University Press.

Turner, D., y Wright L. 2005. “Revisiting Deep Disagreement”. Informal Logic 25 (1): 25-35. Elga, A. (2007). Reflection and Disagreement. Noûs, 41/3, 478-502.


  1. David Christensen que estudia la naturaleza pública del debate lo expresa con estas palabras (2014, 152): “El hecho de que los desacuerdos ocurran en el contexto de grupos grandes hace que la información personal sea en gran parte irrelevante.” [“The fact that the disagreements occur in the context of large groups makes personal information largely irrelevant.”] (la traducción es mía).
  2. Lynch (2010, 270) y Lammenranta (2011, 209-213), analizando el desacuerdo dialécticamente, observan que la noción de justificación que es independiente de la dialéctica, por ejemplo en el fiabilismo o en el evidencialismo, es de poca utilidad en situaciones de desacuerdo, cuando se trata de determinar quién tiene la razón.
  3. Uno de los protagonistas en ambos debates es Richard Feldman, quién es uno de los primeros autores en el ámbito de la epistemología del desacuerdo, que se está originando en esos años.
  4. Fogelin (2003, 69-94) y Fogelin (2009, 13-55).
  5. “They [the parties to the conversation] share a detailed knowledge of local geography, preferences for frozen ice cream over melted ice cream and fresh fish over stinking fish, etc.” (la traducción y la letra cursiva es mía).
  6. Cf. Davson-Galle (1992, 147) sobre lo que es comprendido entre las creencias de base.
  7. Fogelin (1985), 5: “El lenguaje del argumento puede persistir, pero se vuelve inútil ya que hace un llamamiento a algo que no existe: un fondo compartido de creencias y preferencias. Aquí me gustaría hablar sobre los desacuerdos profundos. Mi tesis, o más bien la tesis de Wittgenstein, es que los desacuerdos profundos no se pueden resolver mediante el uso de argumentos (…).”[“The language of argument may persist, but it becomes pointless since it makes an appeal to something that does not exist: a shared background of beliefs and preferences. Here I wish to speak about deep disagreements. My thesis, or rather Wittgenstein’s thesis, is that deep disagreements cannot be resolved through the use of argument (…)”]; la traducción y la letra cursiva es mía.
  8. La relación entre Fogelin y Wittgestein es compleja y requeriría más espacio, por eso aquí me concentro solo en el concepto de desacuerdo profundo, y de su debate filosófico. Como entrada al estudio de la relación entre estos dos filósofos se puede consultar el artículo de Godden y Brenner (2010); sin embargo un estudio más detallado debiera tener cuenta el contexto filosófico neo-pirrónico wittgensteiniano y fogeliniano, lo que no es parte del análisis de estos autores. Véase: Sinnott-Armstrong (2004), y Pritchard (2011).
  9. “(…) when we inquire into the source of a deep disagreement, we do not simply find isolated propositions (“The fetus is a person.”), but instead a whole system of mutually supporting propositions (and paradigms, models, styles of acting and thinking) that constitute, if I may use the phrase, a form of life.”
  10. Cf. Fogelin (1985), 6: “But if deep disagreements can arise I what rational procedures can be used for their resolution? The drift of this discussion leads to the answer NONE.”
  11. Lugg (1986), 47: “But presumably the interesting case is the one in which individuals are able to argue yet unable to settle their differences, i.e., the case in which there exists a framework for disagreement but not one for bringing about its resolution. (…) What makes disagreements interestingly deep is not that the parties to them talk at cross-purposes but rather that they differ even though they share a rich body of commitments (…).”
  12. Cf. Adams (2005), 91: “For example, future developments in neuroscience could make it possible (…) This reply of course assumes something Fogelin may not be willing to grant: namely, that disagreements are not deep as long as it is possible for the disputants to develop procedures for resolving their dispute even though they have yet to do so.”
  13. “A deep disagreement is (presumably) one that persists (or would persist) even if the parties were fully rational, completely informed of the relevant facts, and possessed of sufficient time and ability to deliberate fully.” (la traducción es mía).
  14. Quién conoce la teoría pragma-dialéctica de van Eemeren y Grootendorst (1984) sabe que en una discusión hay siempre algo que no se puede poner en duda, y que de otra manera es imposible discutir. Ellos lo formulan como una regla de la discusión crítica /6/ del punto de partida.
  15. Christensen, (2009, 765): “Pero en controversias reales, carecemos del tipo de historial que proporciona evaluaciones sólidas en algunos de los casos artificiales. No está del todo claro qué tipo de factores se deben tomar como relevantes para, digamos, la probabilidad de que una persona llegue a las opiniones correctas sobre la causalidad mental, o sobre el aborto, o la existencia de dioses, o incluso sobre los posibles efectos de la reducción de impuestos a las ganancias de capital en los estadounidenses más pobres.” (la traducción es mía) [“But in real controversies, we lack the sort of track record that provides for robust evaluations in some of the artificial cases. It is not totally clear what sorts of factors one should take as relevant to, say, the likelihood of a person’s arriving at correct opinions on mental causation, or abortion, or the existence of gods, or even the likely effects on poorer Americans of cutting capital gains taxes.”]
  16. La paridad epistémica es un concepto que evidencia una cierta simetría o igualdad entre sujetos que desacuerdan. Elga (2007) y Christensen (2007), por ejemplo, utilizan el término “amistad” para acercarse a lo que quiere significar con la noción de la paridad epistémica. ¿Por qué caracterizan el par epistémico con el término amigo? Simplemente, porque el amigo es uno que se presenta igual a mi en muchos aspectos, y no obstante esta igualdad desacuerda conmigo. Kelly sistematiza más la noción de la paridad epistémica, mostrando que los sujetos que desacuerdan son iguales bajo dos condiciones: i) en cuento a la disponibilidad y al análisis de la evidencia, y argumentos, ii) en cuanto a las capacidades y virtudes intelectuales (2005, 174-175). Otros estudios añaden la paridad respecto o también de igualdad de errores, igualdad de prejuicios, y de tiempo disponible en analizar la evidencia. En mi opinión, la noción de paridad epistémica es irrelevante para el concepto de desacuerdo profundo: la paridad epistémica en los desacuerdos profundos simplemente no existe, o es una noción irrelevante, cuando la pregunta principal es sobre cómo solucionar el desacuerdo.
  17. Estos puntos son evidenciados en Elga (2007), Kornblith (2010), y Simpson (2013), que evidencian las diferencias entre el desacuerdo simple y el desacuerdo más complejo.
  18. Me doy cuenta de que lo afirmado requeriría un análisis más detallado, pero en este contexto no es posible ilustrarlo con más detalle.
  19. Véanse algunos de estos casos: teísmo-ateísmo (Feldman 2007), compatibilismo-incompatibilismo (van Inwagen 2010, 23-24), externismo-internismo (Kornblith 2010), la edad de la Tierra (Hales, 2014, 78-82), méritos del sistema social de salud (Simpson 2013, 563), el desacuerdo sobre aborto entre Ann y Beth (Elga, 2007, 492-493), el caso Galileo-Bellarmino (Boghossian 2006).
  20. Casos que considero como desacuerdos profundos, como el “terrorismo mapuche” o la discusión sobre el aborto en Chile muestran que el desacuerdo de facto permanece a seguida de la solución pragmática de terceros, que en estos casos es dada por el Tribunal Constitucional y el Tribunal de Garantía. Los cristianos van a seguir afirmando que cualquier aborto es un acto homicida, y la gente con inclinaciones derechistas va a seguir defendiendo que la quema de camiones por parte de mapuches es un acto terrorista.
  21. “(…) dissent is seen as the stage of competition, consensus the stage when there is a winner of the competition. Dissent that does not resolve itself for a while is frequently regarded as incomplete or immature science. (…) Dissent is seen as a stage in need of, or inevitably headed towards, resolution in consensus. Our cultural obsession with competition, winners and losers (e.g., military and sports discourse) provides an ideological background that resonates with these narratives of consensus in science studies and, most likely, contributes to them.” (la traducción es mía).


Deja un comentario