Una lectura foucaultiana en clave comparativa de las ficciones fundacionales argentinas y la literatura autobiográfica peronista
Adrián Melo
Introducción
Según las hipótesis de Doris Sommer respecto de las ficciones fundacionales latinoamericanas, Amalia de José Mármol funciona a la vez como novela de educación política y sexual. Por un lado, asociando pasión romántica y patriotismo, la obra literaria tiene como objetivo que, en un mismo movimiento, el lector se identifique con la historia de amor de la pareja protagonista de la ficción, con la aversión que esta le propina al gobernador Juan Manuel de Rosas y con el proyecto político liberal-burgués que defiende. Por otro lado, centrándose en una pareja romántica cuyo objetivo principal es la llegada a la alcoba matrimonial y la reproducción, asume el rol pedagógico de mostrar cuál es el erotismo legítimo y relega el resto de las sexualidades al campo de las perversiones.
En este sentido y paradojalmente, ha sido el peronismo el que, con recurrencia, ha intentado repetir, en un plano cultural, el esquema y la fórmula de Amalia para movilizar sentimientos colectivos de adhesión política. Así, algunas de sus imágenes más icónicas o que han quedado grabadas en la memoria colectiva son escenas de la vida conyugal de sus matrimonios paradigmáticos: los días felices de Perón y Eva, abrazados o arengando a los obreros y a las obreras en la escena pública y sonriendo con los caniches en espacios íntimos, o los días más dramáticos y patéticos de la agonía fotografiada y cinematografiada de Evita. De igual manera y repitiendo algunas de esas estéticas aggiornadas a su época, han sido construidas las imágenes conyugales de Néstor y Cristina Kirchner. Así, las imágenes del 1° de mayo de 1952 de Eva llorando desconsolada su destino en los brazos de su marido se superponen con las de Néstor y Cristina abrazados y emocionados sin prever la tragedia que los acechaba prontamente.
En el plano literario, la “Amalia peronista”, es decir, la historia de amor que conjuga pasión y patriotismo, fue particularmente intentada –consciente o inconscientemente– y firmada por los mismos creadores y recreadores del peronismo. En efecto, desde La razón de mi vida de Eva Perón,[1] pasando por Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron de Juan Perón, hasta Sinceramente de Cristina Fernández de Kirchner, la literatura peronista apeló al género de la autobiografía como herramienta para la denuncia y la propaganda política y para movilizar afectos, emociones e identificaciones ideológicas y sentimentales a favor de sus proyectos. Claro que a diferencia de Amalia, en la literatura política peronista autobiográfica ya no se interpelaba a la burguesía agrario-exportadora, sino que dentro del marco de las ideologías nacionales y populares la clase obrera y la burguesía nacional eran interpeladas como actores sociales protagónicos.
Eso obligó a apelar a otro tipo de lenguajes y estéticas literarias. En efecto, otra de las diferencias sustanciales es que no se utilizó, como en el caso de Amalia, el lenguaje culto de la corriente romántica europea en boga del siglo XIX en su versión latinoamericana. Por el contrario, los registros autobiográficos peronistas recurrieron al lenguaje y a estéticas, géneros y hablas populares acordes con los actores a los cuales se buscaba interpelar: al melodrama de la radio y las telenovelas, las escenas de vida cotidiana e incluso a la necrofilia romántica para narrar historias de amor heterosexuales ejemplares y canónicas, siempre puras y sin dobleces, con heroínas y galanes propios del folletín popular. Si en términos políticos y en relación con la ampliación de los derechos de ciudadanía de la clase trabajadora, el peronismo supuso un rayo que partió en dos a la historia argentina y se autodenominó revolucionario, en estos escritos la construcción de géneros y sexualidades supo ser conservadora, casi decimonónica.
Lejos de las voces opositoras o más radicalizadas que insistían en las imágenes de una Evita o una Cristina prostituidas o prostitutas, hacedoras de orgías plebeyas u organizadoras de bacanales de la carne dignas de Cleopatra, de un Perón pícaro andando en motoneta con muchachitas impúberes de la UES que manoseaban sus genitales –que se contrapone al sacro Perón sanmartiniano montado a caballo de las estampas peronistas–, las autobiografías insisten en matrimonios ideales y conservadores a lo Amalia. Y como esa ficción fundacional, buscan una analogía entre amor y patriotismo, es decir, proponen que los lectores se identifiquen a su vez con la historia de amor de los actores principales del poder político y con un modelo de Estado y de país que proponen.
Ficciones y dispositivo de sexualidad
Este trabajo es deudor de muchas de las teorías y de las hipótesis formuladas y desarrolladas por Michel Foucault a propósito de lo que el filósofo denomina dispositivo de la sexualidad. Este dispositivo, compuesto de enunciados científicos, pedagógicos, psicológicos, psiquiátricos, morales, religiosos que se multiplican en el siglo XIX, entre otros discursos destinados a distinguir el cuerpo sexual saludable y reproductor respecto del que no lo es, se configura y sirve para volver hegemónica a una clase social en particular, que es la clase burguesa. En este artículo, se analizará cómo se manifiesta y se despliega ese dispositivo de sexualidad en uno de los discursos que Foucault no desarrolló demasiado, como es el discurso literario.
La importancia de este discurso fue insoslayable no solamente a nivel pedagógico respecto de los saberes de la sexualidad que debía aprender la naciente burguesía –que justamente hizo del consumo de las novelas un verdadero auge en el siglo XIX–, sino también como ficciones orientadoras de la nación, como mitos y discursos nacionales que presentaban una idea de cómo debía ser el país que se estaba conformando y que se integraba al concierto del mercado mundial como Estado-nación hacia fines de ese mismo siglo.
A su vez, en Ficciones fundacionales. Las novelas nacionales de América Latina, Doris Sommer analiza la relación entre erotismo y patriotismo presente en lo que ella denomina los “romances fundacionales” latinoamericanos. Según Sommer, novelas románticas como Amalia de José Mármol en Argentina, María de Jorge Isaacs en Colombia, Iracema de José de Alencar en Brasil, o Doña Bárbara en Venezuela, entre otras, funcionaron como verdaderos mitos fundacionales para promover el nacionalismo y el modelo del Estado nacional, tal como se conformó en esos países, tras las guerras de independencia. A partir de la asociación entre pasión romántica y patriotismo, todas estas primeras novelas se centraban en una historia de amor heterosexual y en matrimonios que sirvieran como ejemplos de consolidación aparentemente pacíficas durante los conflictos de mediados del siglo XIX. En Amalia, la novela fundacional por excelencia de Argentina, esto se vislumbra en el amor entre la bella tucumana Amalia y el porteño Eduardo Belgrano, dos regiones antagónicas que se reconcilian en el matrimonio de la pareja protagonista y, en cierta forma, en la figura de Daniel Bello, quien, aunque un híbrido de las facciones políticas rivales de la Argentina del siglo XIX –unitarios y federales–, defiende claramente los ideales del liberalismo burgués.
Sommer se apoya en la idea gramsciana de la necesidad de conquistar al adversario por medio del interés mutuo, del amor, más que por la coerción, con el fin de consolidar un proyecto hegemónico. Para la autora, era la sociedad civil la que debía ser cortejada y domesticada después de que los criollos conquistaron su independencia. En ese sentido, lograr la identificación del lector con la historia de amor era, al mismo tiempo, lograr la adhesión al proyecto político que sustentaba. El romance y la república a diseñar coincidían y en la mayoría de los casos, los escritores eran a la vez actores políticos.
El erotismo y el sexo en la ficción se ponen al servicio de un proyecto político, de un determinado equilibrio en las relaciones de poder que responde asimismo a un interés de clase, en este caso, de la burguesía. Es imprescindible que la retórica de ese amor sea específicamente la sexualidad productiva en la intimidad del hogar. En principio, porque de esa pareja adánica surgirán los hijos, el “creced y multiplicaos” de la nueva nación.
Asimismo, advierte Sommer, “al tiempo que las naciones se estaban construyendo, demarcando sus fronteras y sus recursos, lo mismo sucedía con los cuerpos sexuales que llamaron la atención de Foucault” (Sommer, 2004: 55). Retomando las ideas de Michel Foucault, el biopoder como elemento indispensable en el desarrollo del capitalismo solo puede afirmarse al precio de la inserción controlada de los cuerpos en el aparato de producción y mediante un ajuste de los fenómenos de población a los procesos económicos. Para Foucault, en el período temprano de la consolidación de la burguesía, el sexo fue ligado por la fuerza a una economía productiva que distinguía un reino legítimo de la sexualidad en la relación conyugal claramente demarcada y que desterró los placeres esporádicos de una sexualidad polimorfa (Foucault, 1990: 36).
En este contexto, el despliegue de la sexualidad burguesa coincide con la legítima opción conyugal y sitúa las otras sexualidades en el ámbito de las perversiones. Las ficciones nacionales funcionaron a un tiempo como novelas de educación política y sexual. No solo tendieron a desterrar las sexualidades alternativas y ayudaron a construir la hegemonía heterosexual en el contexto de la cultura burguesa sino que, en un mismo movimiento, hacían aparecer que el sexo legítimo pareciera divertido (Sommer, 2004: 53). Como señala Sommer, si es verdad que las novelas románticas rara vez nos invitan a pasar a la alcoba, logran alimentar nuestro deseo de estar ahí. Las novelas se presentan como un largo camino de desventuras políticas y sociales que aparecen como un obstáculo para la consumación del amor de los amantes. Una de las principales interpelaciones a la subjetividad de los lectores es el anhelo por la llegada del momento del sexo por el cual valió la pena la lucha de los enamorados de toda la ficción. No casualmente, una de las últimas escenas de Amalia es en el lecho de los amantes. El sexo reproductivo es también el que posibilita la creación de la nueva nación y la continuidad del proyecto liberal y burgués.
El dispositivo de sexualidad en Amalia
Desde la primera página, Amalia de José Mármol se presenta apelando e invocando a figuras e imaginarios sociales nacionalistas y patrióticos. “El 4 de mayo de 1840, a las diez y media de la noche, seis hombres atravesaban el patio de una pequeña casa de la calle de Belgrano, en la ciudad de Buenos Aires” (Mármol, 1985: 41) son las palabras que abren la novela. En la calle de Belgrano, se prepara la conspiración patriótica contra el régimen bárbaro y despótico de Rosas. El nombre de la calle traza una analogía entre las luchas por la libertad contra el gobierno rosista y las luchas contra los realistas por la independencia nacional. Más tarde, la analogía se refuerza, cuando comprobamos que el héroe de la novela, Eduardo Belgrano, es el sobrino del general Manuel Belgrano, uno de los líderes militares de las luchas independentistas e ícono por excelencia, junto al general José de San Martín, de valores patrióticos y nacionales. De hecho se asocia al general Belgrano con un símbolo nacional por antonomasia como es la creación de la bandera argentina. La otra calle nombrada al principio de la novela sigue el mismo sentido: Balcarce, jefe de la Primera Expedición al Alto Perú, quien, al frente de este cuerpo, el 7 de noviembre de 1810, venció a las tropas realistas en la batalla de Suipacha, la primera victoria de las armas de la Revolución de Mayo. De esta manera, la epopeya unitaria se inscribe en las ficciones orientadoras de la nación.
El primer hecho que narra la novela es la matanza de los rebeldes y conspiradores unitarios por un grupo de asesinos rosistas. Solo sobrevive a la masacre Eduardo Belgrano, quien, haciendo honor a su apellido y en una escena digna de una película de acción norteamericana, aun herido, hace gala de una gallardía de héroe que lo lleva a enfrentarse él solo y casi triunfar frente a cuatro hombres armados. Finalmente, cuando está a punto de sucumbir, es salvado por su amigo Daniel Bello.
No es casual que los federales hieran a Eduardo Belgrano en uno de sus muslos, tan cerca de la zona genital y reproductiva. Es la recuperación de esa herida lo que lleva al joven –conocido desde las primeras páginas como el joven de la espada– a casa de Amalia, la prima de Daniel. La novela puede ser leída también como la espera de Amalia para que cicatrice la herida de Eduardo y este recupere los atributos viriles y reproductivos que permitan dar a luz a los nuevos y sanos hijos de la nación.
En uno de los momentos más dramáticos de la novela, María Josefa Ezcurra, la cuñada del dictador Rosas, apoya su mano y el peso de todo su cuerpo sobre el muslo izquierdo de Eduardo para cerciorarse de que fue el prófugo herido que escapó de la matanza del 4 de mayo. Ante la expresión de dolor del joven, Josefa le recrimina que otra hubiera sido su reacción de haber sido una muchacha joven la que se apoyara sobre su muslo. Es la enemiga política la que se interpone a un tiempo en el amor de los amantes y en su capacidad de reproducción. Josefa ataca la zona de la reproductividad.
La analogía entre el amor romántico y el amor patriótico se explicita en la novela. Cuando Eduardo le confiesa a su amigo Daniel Bello que se halla enamorado, este le contesta:
Acabas de pensar en la patria y estás pensando en Amalia. Acabas de pensar cómo conquistar la libertad y estás pensando cómo conquistar el amor de una mujer. Acabas de echar de menos la civilización en tu patria y echas de menos los bellísimos ojos de tu amada. Esa es la verdad, Eduardo. Ese es el hombre, esa es la naturaleza (Mármol, 1985: 282).
En este sentido, la hipótesis subyacente en la novela es que el amor romántico puede superar las contradicciones nacionales. De hecho Amalia es tucumana y sus características físicas y morales se confunden con las características que el autor le asigna a la provincia de Tucumán. Asimismo, Eduardo es heredero –no olvidemos que es descendiente de Manuel Belgrano– y representante de los mejores valores y aspiraciones de la provincia de Buenos Aires. La unión del voluptuoso interior y de la violenta capital, el Señor Buenos Aires y la Señora Tucumán, los llama Doris Sommer en su análisis de la novela (Sommer, 2004: 138):
Su encanto designa el deseo erótico como el ámbito “natural” de toda posible dialéctica de conciliación política y crecimiento económico. Amalia no necesita ser convincente ni compleja como personaje para ocupar un lugar central en este romance nacional. Es suficiente con que sea deseada y que los obstáculos políticos se pongan en el camino de ese deseo, remitiendo repetidamente la energía erótica hacia una conciliación política. La historia de amor de Amalia se vuelve una ficción fundacional porque proyecta el tipo de cópula social liberal entre las regiones y partidos que podían establecer una familia pública legítima (Sommer, 2004: 142).
En Mármol: los dos ojos del romanticismo, David Viñas hace hincapié en el hecho de que Mármol en Amalia produce el efecto contrario a aquel que busca a partir de las descripciones ideales y románticas de sus protagonistas. Según Viñas, el lector difícilmente puede identificarse con ese dechado de admirables perfecciones y de arquetipos deseables que aparecen poco terrenales y más bien relegados al cielo de los ideales platónicos. Frente a ellos, la figura de los malvados –Rosas, Josefa Ezcurra, la mazorca– se presenta carnal, accesible, localizable y cercana.
También Pérez difiere de Sommer, al expresar que el amor de Amalia y Eduardo no está hecho para el goce físico sino para el sufrimiento. Los amantes viven su relación procurando apartarse de la tragedia política que se gesta alrededor de ellos. No son como el unitario del matadero que se adentra en el territorio de los federales. Ellos permanecen en su territorio burgués hasta que la mazorca invade la casa para dar cuenta de que no hay posibilidad de amor ni de fecundidad en el país de Rosas.
El tálamo nupcial donde concretan su amor es también el sitio mortuorio, expresa Pérez. Pero antes se nos había descripto cómo Eduardo la atraía “hacia su seno, levantando los rizos que vagaban desordenados sobre su frente, apagaba con besos las luces de sus ojos y contaba en sus labios los latidos de sus sienes” (Mármol, 1985: 714). Y después, “la luz de la lámpara se amortiguaba: las hojas de la rosa blanca se desprendían y caían entre los rizos de la joven, y el chal de encajes, envuelto al acaso entre los brazos de los dos, cubrió la frente de ambos… y era el velo de la novia… y era el cendal del amor y del misterio!… (Mármol, 1985: 714).
Lenguaje idealizado, lejos quizás del erotismo carnal, pero en el secreto está la fascinación. El misterio al que se refiere Mármol encendía acaso la imaginación de las jóvenes burguesas que consumían ávidamente esas novelas. Por ese misterio, al fin y al cabo, valieron la pena todas las tribulaciones de los protagonistas. “Libremente se entregaron el uno al otro, la tucumana y el porteño, quizás para producir a un hijo que tenga un poco de ambos” (Sommer, 2004: 140). En Amalia, que quizás haya sobrevivido a la masacre, se cifra el futuro de la patria, la población saludable.
El dispositivo de sexualidad en el peronismo clásico
En la introducción a La razón de mi vida, el libro destinado a formar parte de la liturgia peronista y con la pretensión de quedar en la historia y la memoria colectiva como la autobiografía de la mujer política argentina más importante del siglo XX,[2] Eva Perón escribe:
Yo no era ni soy nada más que una humilde mujer… un gorrión en una inmensa bandada de gorriones… Y él era y es el cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios. Si no fuese por él que descendió hasta mí y me enseñó a volar de otra manera, yo no hubiese sabido nunca lo que es un cóndor ni hubiese podido contemplar jamás la maravillosa y magnífica inmensidad de mi pueblo. Por eso ni mi vida ni mi corazón me pertenecen y nada de todo lo que soy o tengo es mío. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón (Perón, 1951: 8).
Apelando a metáforas propias del radioteatro o del romanticismo popular que no son ajenas a su recorrido vital, Evita consagra el libro y su vida al de su marido. A su vez, el encuentro entre los amantes es narrado de manera folletinesca:
En todas las vidas hay un momento que parece definitivo. Es el día en que una cree que ha empezado a recorrer un camino monótono, sin altibajos, sin recodos, sin paisajes nuevos. Una cree que, desde ese momento en adelante, toda la vida ha de hacer ya siempre las mismas cosas, ha de cumplir las mismas actividades cotidianas, y que el rumbo del camino está en cierto modo tomado definitivamente. Eso, más o menos, me sucedió en aquel momento de mi vida.
Por fin llegó “mi día maravilloso”. Todos, o casi todos, tenemos en la vida un “día maravilloso”. Para mí, fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón. El encuentro me ha dejado en mi corazón una estampa indeleble; y no puedo dejar de pintarla porque ella señala el comienzo de mi nueva vida (Perón, 1951: 26).
El “día maravilloso”, el día del encuentro entre los amantes, funciona como en las radionovelas o telenovelas como un rayo que parte en dos la vida. Pero es también en el relato peronista el día de la creación del peronismo: no puede pensarse Perón sin su complemento.
Como señala Horacio González:
Evita pertenece a la patria de las luchas y a la patria del folletín […] Por eso, una de las claves para entender el peronismo es el folletín popular, ese modo narrativo que postula una suma de gestos muy condensados y patéticos, enhebrándolos con las figuras canónicas de la pobreza, el abandono, la caída, la venganza, la redención. La historia que cuenta el folletín es una historia de sentimientos puros, congelados, moldeados en altares colectivos, de una intensidad de matices. Por ello, no se entiende Evita, su lenguaje, su oratoria, sin su pasado en el radioteatro y la cinematografía argentina.
No se entiende, por añadidura el peronismo, sin hacerlo un contemporáneo sensible de los lenguajes que animaban la radiofonía de los años cuarenta. […] Las clases populares, y en especial la clase obrera, en donde los procesos históricos conocidos, se forma en un suelo cultural y social, en donde los lenguajes narrativos constituyen o ayudan a formar inequívocamente formas de conciencia colectiva (González, 1982: 15).
En este sentido, se puede trazar una continuidad, ya advertida prematuramente por Borges y por Sebreli,[3] entre la carrera artística de Eva Perón y su desarrollo en el teatro, la radio y la cinematografía argentina, y su vida real con el romance entre el coronel y la actriz considerada poco menos que puta, en las románticas epístolas de amor de Perón desde el encarcelamiento de Martín García (“Mi tesoro adorado: Solo cuando nos alejamos de las personas queridas podemos medir el cariño. Desde el día en que te dejé allí con el dolor más grande que puedas imaginar no he podido tranquilizar mi triste corazón. Hoy se cuánto te quiero y que no puedo vivir sin vos. Esta inmensa soledad solo está llena con tu recuerdo”[4] [Luna: 297]) y luego en el papel de primera dama de Eva con sus aigrettes, pieles, costosísimas joyas y los modelos exclusivos que la convertían en la María Antonieta de los humildes.
La comunión completa entre erotismo y política queda al descubierto cuando Eva transparenta que la prueba absoluta del amor de Perón se reveló cuando él “en la hora más difícil, le encomendó a los obreros”. “En la hora más difícil de su vida. ¡Mientras yo viva no me olvidaré que él, cuando quiso probarme su amor, me encargó que cuidase a sus obreros!”.
Y también en el hecho de que el galanteo romántico utilizó también el lenguaje de la política:
Porque él no me conquistó con palabras bonitas y elegantes, ni con promesas formales y risueñas. No me prometió ni gloria ni grandeza, ni honores. Nada maravilloso. Más: ¡creo que nunca me prometió nada! Me habló siempre únicamente de su pueblo y yo terminé por convencerme que su promesa de amor estaba allí, en su pueblo, en mi pueblo. ¡En nuestro pueblo! Es muy simple todo esto. Es el camino que hacemos todas las mujeres cuando amamos al hombre de una causa. Primero la causa es “su causa”. Después empezamos a decirle “mi causa”. Y cuando el amor alcanza su perfección definitiva, el sentimiento de admiración que nos hacía decir “su causa” y el sentimiento egoísta que nos hacía decir “mi causa” son sustituidos por el sentimiento de la unidad total y decimos “nuestra causa” (Perón, 1951: 19).
Cabe recordar que el casamiento de Eva con Perón es posibilitado por la actitud de los obreros. La vida de Eva cambió sustancialmente como resultado de la movilización de miles de desconocidos que dispuestos a “dar la vida por Perón” se movilizaron para forzar la libertad del militar. Fue entonces y solo entonces que Perón se decide a pedirle matrimonio en la romántica carta aludida de las dos que le envió desde su confinamiento en Martín García. Cuando termina la crisis, como en los cuentos de hadas o en las novelas románticas, el coronel cumple con su palabra. Cuatro días después de ser liberado Perón y Eva contraen matrimonio civil y dos meses después, el 10 de diciembre de 1945, tuvo lugar la ceremonia religiosa en La Plata.
Y así como Perón y los trabajadores se unen el 17 de octubre en una nueva relación líder-descamisados, ella (Evita) se une con Perón a través de los mismos y por lo tanto, quedarán para siempre enmarcados y confundidos en su amor (Navarro, 1981: 116).
Eva lo pone de manifiesto en un discurso que pronuncia en Rosario en enero de 1947:
Cuando fue noche para la argentinidad y fue noche para mi corazón de mujer, cuando había perdido todas mis esperanzas, mis queridos descamisados me devolvieron al coronel Perón. Como mujer del pueblo no puedo olvidar ese gesto y como esposa del coronel tendré que luchar hasta la muerte por ustedes. Mis palabras no tienen más valor que significarles que estoy pagando una deuda que tengo con mis queridos descamisados, deuda que no podré saldar jamás (citado en Navarro, 1981: 116).
Eva Perón, como muchos de los obreros que colmaron en esa jornada la Plaza de Mayo y mojaron sus pies en la fuente, había llegado desde una ciudad de la provincia y había sufrido la humillación de ser cabecita negra, hija natural, pobre. Como encarnación de ellas y ellos, encontró en ese día memorable también su redención. En ese sentido, Eva Perón nace como el peronismo el 17 de octubre de 1945.
De esa manera, la comunidad organizada que conforma el peronismo –y cuyos actores sociales protagónicos son los obreros y la Iglesia– es erótica, familiar y política al punto de que “el pueblo puede estar seguro de que entre él y su gobierno no habrá divorcio posible. Porque, en este caso argentino, para divorciarse de su pueblo, el jefe del gobierno deberá empezar por divorciarse ¡de su propia mujer!”.
La cúspide del amor romántico se prolonga en Eva Perón más allá de la muerte. Tanto en La razón de mi vida como en Mi mensaje, texto leído como su testamento el triste 17 de octubre de 1952, ya sin ella, en el acto de Plazo de Mayo, Eva legará para la posteridad que “Perón es mi sol y mi cielo… No concibo el cielo sin Perón”.
Si Eva utilizó el lenguaje del melodrama, este no fue ajeno a la bella prosa de Perón, que adquiere por momentos verdadera belleza literaria. “Eva entró en mi vida como el destino”, escribe en Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron. El destino elegido es un festival artístico a beneficio de las víctimas del trágico terremoto de San Juan. Ya Mark Healey en su libro ejemplar El peronismo entre las ruinas desmenuzó las maneras en que el lenguaje político peronista y la figura del líder justicialista se construyeron a partir del desastre sanjuanino. La idea de la Nueva Argentina de obreros, niños y ancianos felices que se elevaba sobre las injusticias históricas de la Argentina del modelo agroexportador y oligárquico, presente en la raíz del discurso justicialista, es hija de la Nueva San Juan, es decir, la moderna ciudad que Perón reconstruiría sobre los escombros de la antigua destrozada por la tragedia natural. Por ello, no casualmente, si bien pudieron conocerse casualmente con anterioridad, la versión más aceptada sitúa el primer y decisivo encuentro entre Perón y Evita el 22 de enero de 1944 en el Luna Park a propósito del drama sanjuanino como escenario. Perón escribe en Del poder al exilio: cómo y quiénes me derrocaron que fue el trágico terremoto que se abatió sobre la provincia de San Juan, en la Cordillera, y destruyó por entero la ciudad, el que le hizo encontrar a su mujer. Y a la vez que la describe erróneamente como una mujer de cabellos rubios cuando Eva Duarte aún lucía cabellos negros –visión distorsionada por la distancia, el cine de los cincuenta o la imagen que se quería proyectar–, el enamoramiento coincide con la ayuda al sufrido pueblo sanjuanino.
Cuando ya casados, Perón le reprocha a Eva su entrega absoluta a la ayuda social desde la Fundación Eva Perón con las palabras “Eva, descansá y pensá que también eres mi mujer”, ella le responde seriamente: “Es justamente así como me doy cuenta de que soy tu mujer” (Perón, 2010: 59).
El melodrama concluye con los abrazos desgarrados de la agonía de Evita reproducidos hasta el cansancio en las fotografías de la época, los discursos de barricada ornamentados con ritualismos de folletín burgués, su rostro pálido y sus manos casi esforzándose en poner el voto en la urna desde la cama del hospital, el penoso vía crucis de una Eva demacrada saludando desde el auto descapotable para asistir a la asunción de la segunda presidencia de Perón.[5] Y si la autobiografía La razón de mi vida sigue la estructura de la vida y milagros de los santos populares, estas imágenes encuentran su cenit en los espectaculares y fastuosos funerales de Evita, que evocan algún triste film del neorrealismo italiano, con las caras llorosas de los pobres bajo la lluvia. Perón escribe en el más autobiográfico de sus escritos políticos:
El 10 de mayo habló por última vez en público desde un balcón de la Casa Rosada. Le costó un gran esfuerzo, tanto que al término de sus palabras cayó en mis brazos. En la sala, detrás de la ventana, a través de las cuales llegaba todavía la voz de la multitud que la llamaba, se oía solamente mi respiración; la de Eva era imperceptible y fatigada. Entre mis brazos no había más que una muerta (Perón, 2010: 60).
Las últimas palabras de amor entre los amantes son también las del amor a un proyecto político: el del pueblo: “No abandones a la gente pobre… Es la única que sabe ser fiel”, escribe Perón que le dijo Eva. Y es con la muerte de la amada cuando la prosa de Perón encuentra momentos de belleza literaria épica romántica al establecer una analogía entre sus sentimientos, el clima y el color del cielo: “Ya era avanzada la noche; por la ventana entraban las primeras sombras. Un viento implacable mecía furiosamente los árboles. El cielo tenía el color de un sudario y amenazaba lluvia” (Perón, 2010: 65).
Luego, como en la necrofilia romántica y su tópico de desenterrar el cadáver de la amada, sus palabras se detienen, como las de Heathcliff en Cumbres Borrascosas, en la belleza del cuerpo sin vida de su querida muerta:
Eva vestía una túnica blanca, larguísima, que le cubría los desnudos pies. Sobre la túnica, casi a la altura de los hombros, brillaba el distintivo peronista en oro y piedras preciosas que llevaba cuando vivía. Las manos le salían de las amplias mangas y estaban cruzadas; entre las manos tenía un crucifijo. Su rostro estaba como de cera, lúcido y transparente, tenía los ojos cerrados como si durmiese, los cabellos bien peinados hacían el efecto de una aureola. El cadáver estaba extendido en un minúsculo lecho forrado de raso y encerrado en una campana de vidrio (Perón, 2010: 68).
Y, luego, ya alejado, en principio definitivamente tanto del cuerpo muerto de su esposa como del poder político, quedan los objetos como jirones de la vida. Por ello escribe con desgarradora melancolía un Perón aparentemente derrotado escribe en Del poder al exilio:
De nosotros dos, Evita es la más feliz. Si bien está muerta y sin paz, está por lo menos en su tierra. Yo estoy lejos y obligado a vivir solamente de esperanzas, de ansias y de recuerdos. De ella solo tengo una fotografía, su libreta cívica y la última carta que me escribió el 4 de junio de 1952. Las pocas palabras que escribió de su propio puño son casi ilegibles. La caligrafía es irregular, incierta y fatigosa. Se asemeja a su respiración, tal como la sentí aquella mañana anterior a la de su muerte.
Conclusiones: hacia la construcción del dispositivo de sexualidad en el kirchnerismo
“El amor es tener ganas de estar con el otro. Para escucharlo, para hablar, para lo que sea. A mí me encantaba estar con él y a él conmigo. Siempre me decía: ‘De lo único que nunca me aburrí fue de vos’”, escribe Cristina que le decía frecuentemente su marido Néstor Kirchner.
Entre las denuncias por persecución política, la descripción de los avatares de su gobierno y la presentación casi propagandística de las obras políticas más importantes de la era kirchnerista, en Sinceramente, Cristina Kirchner cuela anécdotas cotidianas, aspectos íntimos de su vida matrimonial y familiar, en definitiva, estrategias y fórmulas que forman parte de la tradición autobiográfica del peronismo clásico. Así, Néstor Kirchner le pide a su hijo Máximo que convenza a su madre de una eventual alianza con Eduardo Duhalde para alcanzar el sillón presidencial y de esa manera poder “poner en cana a los milicos”, a los militares responsables por delitos de terrorismo de Estado en el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. Nuevamente comunidad familiar y comunidad política se confunden en el relato peronista.
Más allá de la narración de los derechos conquistados por la comunidad LGTBIQ –la sanción de la Ley 26.618 que en su artículo 2 amplía los derechos del matrimonio civil a los contrayentes de igual sexo– y la sanción de la Ley 26.743 de Identidad de Género, el peronismo en su fase kirchnerista ha mantenido el relato clásico y conservador del matrimonio heterosexual ideal cuyo punto de partida es la novela de Mármol. Para buscar voces disidentes en cuestión de sexualidades o género u otros modelos familiares habrá que buscar otras voces y otros ámbitos: La cabeza contra el suelo de Paco Jamandreu, el relato peronista del puto que no va de la casa al trabajo y del trabajo a casa sino que en el medio se toma sus licencias concupiscentes.
Es paradojal que los discursos del peronismo más radicales y menos conservadores en términos de género o sexualidades disidentes hayan sido construidos o bien por la oposición para desprestigiar las figuras de Perón y Eva Perón o de Néstor y Cristina Kirchner o, en el plano literario, por sectores ajenos al peronismo tales como la Evita que vuelve desde el cielo y que se soba y deja sobar por negros, negras, putas y putos en ese cuento considerado maldito de la literatura argentina, Evita vive de Néstor Perlongher. La familia diferente y subversiva que se construye en cierta iconografía del peronismo de fines de los años 1960 y principios de los 1970 es aquella que une en un mismo plano a Perón en el centro rodeado por su Evita, su segunda mujer, frecuentemente a su izquierda, y por Isabel a su derecha, conformando un nuevo modelo familiar de vivos y muertos. Pocos días después de la muerte de Perón, Isabel Perón ya presidenta, en un discurso desde los balcones de la Casa Rosada señaló:
Tengo dos brazos, y en una mano a Perón y en la otra a Eva Perón. Perón y Eva sacrificaron sus vidas en aras y por amor al pueblo. […] Como alumna de Perón, cumpliré fielmente su doctrina, caiga quien caiga, y cueste lo que cueste (Nuestro Siglo, 1987: 198).
Quizás el reciente triunfo del candidato presidencial de la nueva variante del peronismo (el Frente de Todos), Alberto Fernández, que presenta orgullosamente a su hijo que suele travestirse como una drag queen, permita asimismo pensar otras y novedosas maneras de concebir la sexualidad, las configuraciones familiares y las políticas sexuales desde aquellos que ejercen el gobierno, el liderazgo y el poder político.
Bibliografía
Borroni, Otelo y Vacca, Roberto (1970), Eva Perón, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina.
Foucault, Michel (1989), Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, México, Siglo XXI.
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- Si bien firmado por Eva Perón, las fuentes históricas coinciden en señalar que el redactor de La razón de mi vida fue el español Manuel Penella de Silva. En todo caso, a los efectos del análisis que se realiza, lo importante es que es el registro autobiográfico por excelencia, autorizado y suscripto por Eva Perón y en ese sentido, la versión de la vida que el discurso peronista hegemónico destinó para la memoria histórica.↵
- Según la versión de Manuel Penella en Evita y yo. La verdadera historia del libro de Eva Perón, las expresiones más fanáticas de adoración a Perón no existían en el libro original y son producto de las correcciones introducidas por Raúl Mendé, ministro de Asuntos Técnicos durante el segundo gobierno de Perón. Si bien algunas expresiones no responden a las intenciones originales de Eva, lo cierto es que ella claudicó respecto de la autonomía de la mujer y de las luchas del feminismo permitiendo que su nombre sea invocado y que su imagen sea en cierta forma subordinada a la figura del hombre (Perón). En muchos fragmentos de La razón de mi vida, reniega y se burla de las feministas y de las luchas de las feministas. En su nombre, la política femenina autónoma fue relegada y reducida a la creación del Partido Peronista Femenino.↵
- Borges en su cuento “El simulacro” utiliza su versión de los funerales de Eva Duarte para postular la hipótesis del peronismo como farsa tragicómica y como máscara engañosa y por ende, en su interpretación Perón no era Perón ni Eva Duarte era Eva Duarte sino vulgares e impostores enmascarados destinados a crear una crasa mitología para el credo humor de los arrabales. Por su parte, Juan José Sebreli afirma, en Eva Perón ¿aventurera o militante?, a propósito de la cancelación definitiva del último radioteatro de Eva Perón el 9 de octubre de 1945, tras la caída provisoria de Perón que lo obligó a renunciar a los cargos políticos acumulados desde el golpe de Estado del 4 de junio de 1943 –secretario de Trabajo y Previsión, ministro de Guerra y vicepresidente de la nación– y a una eventual confinación en la Isla Martín García, una continuidad entre la ficción radioteatral de Eva y la continuidad de sus performances artísticas en el mundo teatral de la política; Eva no necesitó retomar su actividad artística porque ella guardaba paralelo con su acción política. “Por haber sigo testigo del nacimiento del peronismo y de los orígenes de su heroína, el mito de Eva Perón estuvo indisolublemente unido a Eva Duarte, es decir al mito más antiguo de las estrellas en el universo kitsch”, afirma el sociólogo.↵
- La carta de Perón a Eva Duarte desde la Isla Martín García fue reproducida por primera vez en el excelente libro El 45 de Félix Luna publicado en el año 1969. ↵
- “El cáncer era mostrado en la plaza pública. Evita se consumía a la vista de todos. Ella estaba consciente del papel que desempeñaba en sus últimos espectáculos. “Yo sé que recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera hacia la victoria… La victoria será nuestra, caiga quien caiga, cueste lo que cueste… Deseo que sepan cuánto los amo…”. Las frases salían perfectas: hablaban de enfermedad, de poder, de muerte, de la perdurabilidad de las luchas. Quería abarcar todos los patetismos posibles” (González, 1982: 97).↵









