Narrativas, moralidades e identidades de clase media en disputas urbanas en un barrio
de Buenos Aires
Natalia Cosacov
Introducción
En Buenos Aires –y en otras ciudades–, es posible encontrarse de modo casi cotidiano con apelaciones a la identidad de clase media o a narrativas históricas a ella asociadas para justificar o impugnar transformaciones urbanas. Son los propios actores, identificados como “vecinos”, quienes traen discursos sobre la clase media y reactualizan disputas, que tienen una larga historia en la ciudad, sobre quiénes tienen derecho a pertenecer. En Buenos Aires, clase media parece ser una poderosa identidad social y las narrativas articuladas en torno a ella son particularmente efectivas para (re)producir diferencias de clase y cartografías normativas (Guano, 2004) sobre quiénes pertenecen a dónde y quiénes no pertenecen a ningún lugar… o al conurbano.
El artículo retoma el trabajo de campo realizado en el barrio de Caballito, ubicado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) entre 2006 y 2010. En particular, se centra en dos escenarios de disputas que ocurrieron de modo simultáneo en ese espacio barrial: la movilización de un grupo de “vecinos” contra la construcción de torres y edificios y las protestas de otro grupo de “vecinos” que reclamaban el desalojo de un asentamiento de cartoneros. Esas dos demandas aglutinaron –en cierta medida– modos diferentes de pensar y de explicar su propio lugar en la sociedad y, en ambos casos, supusieron la construcción de “otros” cuya presencia es impugnada en ese espacio barrial. Quienes se comprometieron en la protesta contra las torres y edificios pueden pensarse como involucrados en disputas culturales (Douglas, 1998) al interior de las clases medias. Contiendas de gustos y de valores inscriptos en el contexto de una creciente heterogeneización de las clases medias no sólo en términos socioeconómicos sino también en términos de estilos de vida. Por su parte, quienes se comprometieron en la protesta para erradicar el asentamiento de cartoneros, están involucrados en producir y espacializar distinciones de clase, expulsando a gente pobre asentada en ese espacio barrial al que reivindican como residencial y de ciudadanos que pagan altos impuestos por residir allí.
Se trata de dos movilizaciones vinculadas a procesos estructurales de la ciudad. En el “asentamiento” y en “las torres” están condensados procesos más generales vinculados con el boom inmobiliario y su reverso: el déficit habitacional y la pobreza urbana. Luego de la crisis de 2001 y la posterior devaluación del peso en 2002, la economía argentina comenzó un proceso de recuperación y de crecimiento sostenido. Una de las actividades donde fue notable es en el sector de la construcción. Como indicador, sirve referir a la dinámica de los permisos de obra. Mientras que en 2002 cayeron a 690, al año siguiente fueron un poco más del doble, y muestra un crecimiento continuo en los años posteriores hasta 2008, momento de la crisis financiera mundial. Este dinamismo se expresó en la proliferación de obras en construcción en su mayoría destinadas a nuevas viviendas. Es importante señalar que más del 50% de esas viviendas nuevas se distribuyeron sólo en 6 de los 48 barrios de la ciudad, dato que expresa un alto grado de concentración del boom inmobiliario, un reforzamiento de la segregación socioterritorial y un proceso de valorización diferencial del suelo urbano. Como señala Baer (2006), las zonas más demandadas para la construcción de nuevas viviendas fueron aquellas que presentan altas densidades, poseen buena accesibilidad al centro, alta calidad urbana, cercanía a centros comerciales y de servicios y un nivel socioeconómico homogéneo de sus habitantes. La selectividad de la zona también fue acorde al tipo de vivienda que se construyó de manera predominante: multiviviendas destinadas a sectores medios-altos y altos (Mignaqui, 1998; Welch Guerra y Valentíni, 2005; Duarte, 2006; Szajnberg y Corda, 2007; Baer, 2008).
Caballito es uno de los seis barrios donde se localizó una gran proporción de emprendimientos residenciales. Del total de viviendas construidas en la ciudad en el periodo 2000/2009, el 10,4% se concentró en esta zona. En algunas partes del barrio, esto implicó que de manera simultánea se registrara un edificio en construcción por manzana (Informe Reporte Inmobiliario, 2008). Los datos del Censo 2010 muestran que entre 2001 y 2010, se incorporaron al barrio 6000 nuevos residentes, lo que significó un crecimiento del 3,4% de su población y revirtió el sentido decreciente que se había registrado en el período intercensal anterior (1991-2001).
Unos años antes de ese boom inmobiliario y en el contexto de la profunda crisis social de 2001, se registraron en la CABA ocupaciones de predios públicos y privados ubicados en zonas centrales por parte de familias pobres. Este tipo de asentamientos fueron denominados “Nuevos Asentamientos Urbanos” (NAU) para distinguirlos de las villas miserias, los históricos asentamientos de personas pobres en la ciudad. Mientras éstas últimas se localizan en su mayoría en la zona sur de la CABA, cuentan con una trama más o menos estable, tienen algunos servicios y son reconocidas en los mapas oficiales, los NAU son modalidades de pobreza urbana que tienen un marcado carácter intersticial y se distribuyen en distintos puntos de la ciudad (Rodríguez, 2009). La ubicación de los NAU tuvo por efecto una mayor proximidad física entre grupos socialmente distantes y reforzó aquello que registra Kessler (2009) como un desdibujamiento de la oposición barrio versus villa como ordenador central de las fronteras entre lo seguro y lo peligroso. Los NAU emergieron como alteridades geográficamente próximas en barrios centrales de la ciudad.
Ubicado a pocos metros del Club Ferrocarril Oeste y a otros tantos del emprendimiento inmobiliario “Dos Plaza Caballito” –uno de los recientes desarrollos residenciales de torres amuralladas– se encontraba el asentamiento Morixe, donde vivían unas 200 personas. Según la Comisión de Vivienda de la Legislatura (CVL) de la CABA había estado allí desde finales de los años noventa, pero algunos vecinos señalan el año 2001 como el momento en que comenzaron a asentarse familias pobres. Algunos eran habitantes recientes en ese asentamiento, muchos eran “cartoneros”[1] que con el cierre del “tren blanco”[2] –en febrero de 2008– decidieron quedarse en áreas centrales de la ciudad. Otras familias habían llegado ahí luego de que fueran expulsadas del sitio que ocupaban antes, también en Caballito, en la calle Donato Álvarez y las vías. A metros del asentamiento, del otro lado de la vía, existía un depósito de cartones y material reciclable (botellas, chapas, madera, cartones). Las tierras sobre las que estaban emplazados eran terrenos públicos nacionales, propiedad de la ADIF[3] que antes de la privatización de los trenes fueron la playa de Cargas y Maniobras del ex ferrocarril Sarmiento.
La presencia del asentamiento así como también la vertiginosa transformación del barrio resultado del boom inmobiliario resultaron disruptivas para muchos de sus residentes que decidieron frente a ello dedicar esfuerzo y tiempo en desplegar acciones de protesta, realizar presentaciones ante los tribunales, entrevistarse con funcionarios y legisladores y volverse atractivos para los medios de comunicación. Esas transformaciones materiales del barrio y sus contestaciones son ámbitos donde se negocian identidades y diferencias de clase. Al involucrarse en protestas y reclamos, los residentes movilizados no sólo están comprometidos con la construcción de un espacio barrial como ellos imaginan que debe ser, también allí disputan –y construyen– el sentido de “ser de clase media” y dan explicaciones sobre quiénes son esos “otros”. Es en ese proceso relacional de impugnación de esas transformaciones y de esos “otros” presentes en el espacio barrial donde también producen su propia identidad, actualizando narrativas históricas sobre las clases medias argentinas y sus imaginarios espaciales. En esos espacios de conflicto, el drama de las fronteras sociales y espaciales se intensifica. Quiero evidenciar los discursos y las prácticas de esos “vecinos” en tanto actualizan narrativas y moralidades de clase media que –al tiempo que performan y espacializan esa identidad– niegan a “otros” la legitimidad de ese anclaje residencial o, más aún, la pertenencia a la propia ciudad. Además, como sugieren Elwood et al. (2015), me interesa resaltar cómo esos momentos en que residentes de clase media luchan por hacer del barrio lo que imaginan que debe ser –en particular la movilización por el desalojo del asentamiento de cartoneros– constituyen momento de producción de políticas de la pobreza. Siguiendo a esos autores, las “políticas de pobreza” refieren a las ideas, los discursos y las acciones de grupos sociales en respuesta a la pobreza, ya sea para aminorar sus efectos o para defenderse a sí mismos contra su presencia. Preguntarse por la producción de políticas de pobreza necesariamente implica un abordaje relacional situado en zonas de contacto entre personas pobres y no pobres. Como señalan Lawson et al. (2015), esto supone asumir de entrada que “los actores ‘no pobres’ están profundamente implicados en la producción y la transformación de la pobreza a través de sus roles en la legitimación de diferencia” (2). En ese marco, los barrios centrales de la CABA son un escenario privilegiado[4] para observar este tipo de dinámicas.
Orígenes y avatares de un barrio en transformación
Caballito es un barrio ubicado en el centro geográfico de la CABA, está “en el medio”. La historia de su urbanización está íntimamente articulada al hecho de estar atravesado por lo que fue históricamente el eje tradicional de tráfico desde los tiempos de la Colonia, “la espina dorsal de Buenos Aires”[5], la actual Avenida Rivadavia.
Desde su conformación en las primeras décadas del siglo XX, Caballito fue imaginado como lugar donde podían desarrollarse valores de privacidad, respetabilidad, tradición y familia. Por esos años, la vivienda individual fue el polo positivo de una distinción que se recortó contra la vivienda colectiva y, en particular, contra el conventillo, considerado un “peligro de orden físico y moral” (Aboy, 2007: 28). En ese contexto, la vivienda individual fue investida de todas las virtudes de las que carecían –hasta entonces– los alojamientos colectivos. El conventillo, así como las pensiones y los inquilinatos, predominaban en las zonas céntricas y eran lugares de convivencia que se articulaban más allá de los vínculos de parentesco. Por el contrario, la vivienda individual era posible en los suburbios y quedaría estrechamente vinculada a una noción de hogar familiar, a un núcleo de convivencia sostenido en la sangre (Aboy, 2007). Trabajadores, inmigrantes o nativos, encontraron en el “ser propietario” no sólo un elemento de seguridad sino también de respetabilidad en el contexto de esa nueva sociedad que se iba conformando en las primeras décadas del siglo XX (Adamovsky, 2009). En ese contexto, llegar a Caballito significaba lograr una estabilización social y espacial y una mayor consideración social.
A mitad de siglo XX Caballito ya era un barrio consolidado. Su ubicación geográfica estratégica y la infraestructura de transporte allí instalada –ya contaba con dos líneas de subterráneo, un tren metropolitano y una diversidad de líneas de tranvías que lo atravesaban– fueron colocando a este barrio como residencial, pero también con una fuerte impronta comercial de escala barrial y urbana y una significativa conectividad con el resto de la ciudad. Como señala Torres (1992), el cambio de la posición relativa de aquellos barrios que como Caballito pasaron de ser periferia a comienzos de siglo a ciudad central en 1940 “fue capitalizado por aquellos sectores de trabajadores que habían logrado –en las primeras décadas del siglo– acceder a la pequeña propiedad residencial estableciéndose en el suburbio” (1992: 159). Así, Caballito fue quedando, entre mito y realidad, entre narrativas históricas y relatos autobiográficos, como un barrio de clases medias ascendentes.
El relato autobiográfico de una de las entrevistadas es elocuente. El abuelo de Marita fue uno de los cuatro millones de europeos que arribaron entre 1880 y 1910 a la Argentina y parte de ese 60% que se radicó en Buenos Aires. A diferencia de las pautas que tendría la migración interna dos décadas más tarde, esta inmigración europea se asentó en las zonas céntricas de la ciudad de manera predominante, y una de las modalidades habitacionales más extendidas fue el “conventillo”. Ramón llegó de España a Buenos Aires. Vivió en piezas de distintos conventillos e inquilinatos, ubicados en el centro de la ciudad. Durante cinco años fue chofer de una familia “adinerada” y luego se transformó en taxista. En 1917 compró un terreno en Caballito. Además del financiamiento ofrecido por loteadores, Ramón solicitó dinero a prestamistas en distintos momentos. Con ese dinero construyó su casa, primero de un piso, luego le agregó otro piso, hizo un gran garaje y arriba del garaje construyó dos departamentos para alquilar. Al poco tiempo, el abuelo de Marita vivía de rentas. Había hecho de ese terreno un lugar no sólo para vivir, sino también para obtener recursos monetarios. El garaje de Ramón sería una de las primeras playas de estacionamiento del barrio. Circula como un recuerdo familiar que Ramón decía que Caballito era un barrio que iba a “progresar”.
Hacia finales del siglo XX y comienzos del XXI, Caballito pasó de ser un territorio imaginado –y que en gran medida así había funcionado– como asiento de clases medias ascendentes a un territorio cada vez más exclusivo. El boom inmobiliario poscrisis 2001 fue parte de ese proceso. La demolición de casas viejas y su sustitución por edificios o torres amuralladas se reiteraba en cada manzana de algunas zonas del barrio. Muchos emprendimientos en marcha y otros terminados mostraban una tendencia a la consolidación del tejido en altura, lo que implicaba la demolición del tejido existente.
No era la primera vez que Caballito atravesaba por un proceso de transformación de su morfología. Al filo de los años cincuenta y sesenta, la construcción de edificios fue masiva y verticalizó algunas de sus zonas hasta entonces caracterizadas por sus casas bajas.[6] Aquel momento ha sido mencionado en la literatura especializada como el de mayor acceso a la pequeña propiedad urbana de amplios sectores de las clases medias.[7] Políticas directas e indirectas implementadas durante el peronismo están en la base de ese proceso.[8] A mitad de siglo y en las dos décadas siguientes las transformaciones del barrio formaron parte de un contexto social de democratización del bienestar (Torre y Pastoriza, 2002) y fueron en gran medida la materialización y la posibilidad de una movilidad social ascendente.
Pero las transformaciones recientes en Caballito se inscribieron en un contexto social signado por el aumento de la desigualdad y la preeminencia de lógicas excluyentes y de segmentación social que también operaron en el territorio. Esto no fue privativo de Caballito, forma parte de una dinámica más general de fragmentación socioespacial de la metrópoli de Buenos Aires (Janoschka, 2002; Prévôt-Schapira, 2000, 2001).
Los cambios en el barrio trajeron también una novedad tipológica: la llamada torre-country o torre amurallada.[9] En Caballito ya existían algunas torres de perímetro libre o semilibre, cercadas por una reja, que ocupan una fracción de manzana. Pero a diferencia de éstas, las torres amuralladas ocupan terrenos equivalentes a una manzana y además de tener cámaras de seguridad están perimetradas por un muro infranqueable a la mirada exterior. Fueron dos los emprendimientos que los “vecinos” movilizados señalaron como paradigmáticos de los cambios en el barrio. Uno fue el complejo “Caballito Nuevo” que ocupa gran parte de la manzana que recortan las calles Vallese, Colpayo, Arengreen y Rojas. Es una obra que impacta por su volumen y el contraste con el tejido urbano de la zona, conformado de manera predominante por casas bajas o multiviviendas que no superan los dos pisos. Las torres fueron perimetradas por un muro y están rodeadas de un parque de 9000 m2 “en una de las manzanas más tranquilas del barrio, con excelente accesibilidad”.[10] Cada torre, de 35 pisos, tiene cinco ascensores de alta velocidad y un gimnasio. El predio cuenta con una pileta climatizada con bar incorporado, canchas de tenis y fútbol, spa y vestuario con lockers para personal de servicio. Estas características se ofrecen en los folletos como “una completísima infraestructura de amenities y servicios, pensados para el confort, la tranquilidad y el esparcimiento de sus propietarios”. La misma publicidad de este desarrollo residencial se construye en oposición a una práctica constitutiva de la sociabilidad barrial: el club. La publicidad señala: “lo que otros tienen en el club, vos lo tenés en tu casa”. El complejo tiene dos entradas principales, independientes para cada torre, portones automáticos y puestos de control y seguridad.
Otro de los emprendimientos residenciales de estas características está ubicado a pocas cuadras del anterior: el complejo “DosPlaza Caballito”.[11] La importancia de este emprendimiento inmobiliario radica, al igual que el anterior, no sólo en sus dimensiones, sino en el hecho de que son tipologías habitacionales que no existían con anterioridad en el barrio. “DosPlaza” está ubicado entre la sede del Club Ferrocarril Oeste y la vera del ferrocarril, en las calles García Lorca y Martín de Gainza. Dos torres de 33 pisos con cuatro ascensores de alta velocidad y uno de servicio, rodeadas de una parquización de 10.500 m2. Entre los servicios y la infraestructura con la que cuenta, hay cuatrocientas cocheras fijas, pileta, solarium, gimnasio, seguridad las veinticuatro horas y vestuarios para el personal.
La protesta de los “vecinos” y sus consignas atestiguaban que esos cambios en el entorno barrial resultaban disruptivos. La verticalización creciente del barrio, la velocidad y multiplicación de las construcciones que mostraban la “angurria de los desarrolladores” y la presencia de esa nueva tipología en Caballito a la que calificaron como “paradigma de una ciudad neoliberal”, tensionaron la configuración socioespacial previa y actualizaron imaginarios espaciales ligados a ese territorio.
No voy a detenerme en las formas de protesta desplegadas en las calles, los recursos de amparo presentados ante los tribunales o cómo ser “vecinos de Caballito” importó para llegar a los medios de comunicación y a los legisladores de la ciudad, coronando con éxito la protesta.[12] Eso ha sido desarrollado con anterioridad en otro artículo (Azuela y Cosacov, 2013). Quiero detenerme en cómo disputaron la legitimidad de sus demandas e imaginarios espaciales. Y cómo en ese proceso categorizaron a las “torres” y sus habitantes, esos “otros”, como contrapunto de una identidad de clase media –siempre negociada– a la que ellos se autoadscriben y reivindican. Hay que decir que, a pesar de movilizar narrativas, moralidades y la propia identidad de clase media al elaborar sus explicaciones, quienes se movilizan lo hacen como “vecinos”, una identidad que despoja cualquier movilización de intereses de clase.
Estéticas y méritos en la impugnación moral a “las torres” y sus habitantes
Ana vive en una casa de dos plantas cuya fachada es de ladrillo a la vista y en su interior presenta un estilo definido por ella como “cálido”. Desde que se mudaron ella ha puesto gran dedicación y pasión a su casa. Esta casa en la que vive Ana es la culminación de una trayectoria residencial que corona otra, de movilidad social ascendente. La mamá de Ana, nacida en Carlos Casares, era hija de inmigrantes rusos. El papá había llegado de Rumania y era vendedor de ropa.
Mi papá era muy bohemio, vendedor con la valijita de ropa, dentro de la Capital, su clientela estaba en Parque Patricios, en el Once, y se manejaba con ingresos más que acotados. Vivíamos en un departamento de dos ambientes, interno, alquilado, costaba bastante pagar el alquiler. Mi mamá no trabajaba, y nosotros éramos cinco […], teníamos muchos problemas económicos.
Cuando tenía 10 años, Ana se mudó con su familia a Villa Celina. Sus padres habían empezado a pagar las cuotas a una empresa constructora que quebró y el Banco Hipotecario se hizo cargo de todos los perjudicados, otorgando “facilidades para acceder a una vivienda en un monoblock en la General Paz, donde está el autódromo, pero de enfrente, del lado de provincia […] eran como unos 20 monoblocks, una zona fea”.
Al poco tiempo de comprar su casa actual, la “casita de mis sueños”, comenzó a modificarla acorde a su gusto
y cuando se me dio el sueño de la casita después de muchísimos años me aboqué a la casa. (…) hice la parrilla ¡por favor el asado! Y el cantero de la calle, (…) le saqué el hogar, le puse uno más rústico, tipo campiña francesa que me encanta, ¡yo quería todo así! Y esos listones de madera en el techo también…
Hay en la casa de Ana una intención de hacer de cada objeto que ha colocado una elección estética, de que la belleza se introduzca en la cocina, en el baño, en el comedor. Ella es dibujante, estudió en un terciario y se dedica desde hace mucho, junto con su marido, al merchandising publicitario. Ella misma ha hecho muchas de las cosas que cuelgan de las paredes. En su casa no hay una separación de espacios entre lugares funcionales, prácticos y otros socialmente designados para ser “decorados”. En la casa de Ana todo está decorado con un estilo campestre. Ana enmarca su oposición a los cambios en el barrio en un relato sobre el fin de una sociedad que a muchos –como ella– les permitió acceder, a través de un crédito y con esfuerzo, a su primera propiedad. Ella se siente portadora de una “cultura del esfuerzo” que contrasta con “lo ostentoso” y “fácil” de quienes compran los departamentos:
Mi casa ha sido el fruto de tanto, de tanto esfuerzo y de la elección de vivir en este barrio […]. Argentina se caracterizó por una gran clase media y esta gran clase media tenía sus matices. Lo cierto que en los noventa hubo una barranca hacia una clase media baja atroz por todas las industrias que se cerraron. Entonces las hipotéticas, los hipotéticos ocupantes de los edificios estos nuevos, podrían ser la juventud que necesita o quiere mudarse y les resulta mucho más económico que una casa. Un departamento, como me pasó a mí en su momento. Pero lo cierto es que a la mayoría de los jóvenes le resulta inaccesible. Ni siquiera un departamento, y ni siquiera hoy tenemos los planes del Banco Hipotecario, que era un plan social para una clase media baja como era mi caso. […] Acá no estamos hablando de gente que tiene un poder adquisitivo que le permite comprar un departamento de clase media, esto está pensado en función de clase media alta, o muy alta, yo qué sé, las torres de Colpayo con pileta olímpica de natación, canchas de tenis, eso es un barrio cerrado, en el mismo barrio. Es un barrio sobre el barrio. Está pensado con otras variables, que no son el interés por la gente que compone el barrio, porque el tejido social viva bien (Entrevista a Ana, abril de 2008).
La “cultura del esfuerzo” de la que se sienten portadores tiñe de legitimidad sus propiedades y apropiaciones. Pero esa “cultura del esfuerzo”, ese sacrificio al que remiten una y otra vez, no necesariamente remite a una concepción individualista del ascenso social. En el relato de los “vecinos” emerge cierta añoranza de un Estado que tuvo un rol de igualador de las desventajas sociales y se lo reivindica, aunque es parte del pasado. En la explicación de su propia posición social logran articular un discurso meritocrático con la reivindicación de ese Estado que tuvo políticas habitacionales y educativas que les permitió llegar a donde están hoy. Casi todos los entrevistados han transitado su escolaridad en el sistema público, de nivel medio, terciario y universitario. Reivindican un Estado que formaba parte de una sociedad que acompañó trayectorias sociales ascendentes sustentadas en “esfuerzo” y “sacrificio”, en una “cultura del trabajo”.
En esa construcción relacional, las “torres” encarnan procesos de “especulación”, “modos fáciles de ganar dinero”, “negocios con ganancias extraordinarias”. Quienes residen en esas nuevas edificaciones son colocados como aquellos que han podido acceder a bienes sin haber seguido una trayectoria signada por el “esfuerzo”, “sin trabajar”: “Los departamentos que se hacen tampoco se hacen para gente que trabaja, ¿me entendés? No son departamentos para clase media para abajo. Son deptos para clases altas, entonces tampoco están solucionando un problema habitacional” (Entrevista a Rubén, octubre de 2007).
Una entrevistada enmarcaba la indignación que le generaban las nuevas construcciones en un relato acerca de que “la clase media” viene sufriendo una “cadena de pérdidas” y que “la casa” aparece como el “último reducto” donde refugiarse emocional y patrimonialmente. Tanto ella como la mayoría de los vecinos movilizados tienen más de cincuenta años. Han vivido experiencias significativas de ascenso social intergeneracional, la gran mayoría constituyen la primera generación de sus familias que accede a la universidad y hacen de su origen inmigrante un relato épico. Quienes se movilizan colocan como núcleo de su relato la noción de sacrificio y esfuerzo, para explicar cómo llegaron a tener lo que tienen y a vivir en el lugar en el que residen. La experiencia familiar de ascenso social atraviesa el relato de estos vecinos y enmarca poderosamente la explicación de la legitimidad de sus apropiaciones. Relatos autobiográficos que encarnan y actualizan lo que Visacovsky (2014) llama “el relato de origen de clase media”. Un relato –elaborado durante la primera mitad del siglo XX– sobre el éxito del inmigrante de origen europeo y de sus descendientes que resalta las virtudes del trabajo y el esfuerzo como camino al éxito y al progreso. Siguiendo al autor, la eficacia y la vigencia de este relato descansa en su capacidad de brindar un camino moral de ascenso social y en funcionar como principio de diferenciación de caminos inadmisibles y aquellos considerados moralmente aceptables. Los “vecinos” ponen a jugar este origen virtuoso y desde allí evalúan y categorizan a esos “otros” como encarnando caminos moralmente inadmisibles y expresando la materialización del quiebre de una sociedad que ya no premia ni acompaña esos caminos morales de ascenso social. Es decir, enmarcan la indignación que les produce la construcción de las torres, el deterioro del barrio, del entorno que rodea su casa, la degradación de su hábitat, como un suceso más de una cadena de eventos críticos que han puesto en jaque lo que han logrado con trabajo, esfuerzo y educación.
En el relato de los “vecinos” emerge el neoliberalismo como la etapa de la Argentina en la que se produjeron esos “trastocamientos” que hicieron posible caminos de éxito moralmente inadmisibles. “Piojos resucitados”, “futbolistas enriquecidos” son algunos de los modos de nombrar a esos “otros” de los que ellos se distinguen.
Pero los cambios en el barrio no sólo impactan en esa moralidad de clase media, también en las estéticas (siempre negociadas) a la que esa identidad remite. Roberto, que también vive en una casa de dos plantas de ladrillo a la vista, con un jardín grande, rechaza la estética de las nuevas construcciones y la distingue de la que siempre caracterizó al barrio: “Caballito era un barrio residencial. Caballito sur era un barrio de petit hoteles, de arquitectura maravillosa, de patrimonio arquitectónico, cultural. (…) La avenida Pedro Goyena era una calle de casas hermosísimas. La hicieron añicos con un estilo hollywoodense”.
Aluden al estilo de las nuevas construcciones como “hollywoodense” y marcan que allí predomina un exceso de iluminación, vidrios, espejos, tonos grises, blancos y negros y unos materiales como el acero que ellos oponen a la calidez de la madera. Las nuevas construcciones aparecen como portadoras de una estética distinta al estilo francés e inglés que reivindican como identidad del barrio y toman distancia de aquel estilo, no quieren ser asociados a eso.
Pero detrás de estos materiales y estilos, ellos afirman que existe una intencionalidad de “ostentación”, de querer “aparentar” lo que no se tiene. En esa línea, dicen que quienes viven en los nuevos edificios no lo hacen sólo por la mayor seguridad que proponen, sino también por la presencia de las llamadas amenities, porque “muestran lujo”. Marcos, un psicoanalista que vive en una vivienda tipo dúplex ubicada en un pasaje tranquilo del barrio, con árboles viejos y casas bajas, me decía algo similar.
Esa impostura de clase media alta, de hacer cierto sacrificio para mandar a sus hijos a una escuela privada y por ahí los dos pibes duermen en el living, es como algo, a mi criterio, que me hace un cortocircuito, es decir, como que hay ciertas prioridades me parece. Y también, tienen ciertas actitudes de creérsela, esta cuestión de tener como una posición ideológica en el mundo que no se condice ni con la posición económica ni con la trayectoria de clase familiar, para decirlo de un modo. Si vengo de una familia patricia y tengo como cierta soberbia, bueno por lo menos se justifica biológicamente, naturalmente, tengo un apellido, nací así, en una casa pituca de Recoleta y aunque hoy viva con dos mangos, bueno, me quedé con la soberbia porque lo mamé. Pero hay gente que viene de hogares muy humildes y se ha hecho como una especie de repudio a sus orígenes. (…) gente que tiene un modo de hablar y de plantarse, que no tiene nada que ver con sus recursos y el lugar donde vive. (…) como si fueran los “dueños de”, gente que tiene una impostura, una cosa de, no sé si llamarla de clase, sería como de clase cultural, no encuentro la palabra, me falta vocabulario sociológico [riéndose], es decir, esa posición, una cierta corriente, una cierta subclase que es la posición que marca la 4×4, o determinado tipo de coche, determinado modo de vestir a los pibes. El tipo de vestimenta es cierto tipo de ropa que está en las revistas, está en la publicidad, ese tipo de ropa. Visten a los pibes de esa manera, uno nunca va a ver a los pibes vestidos medio indiecitos. No sólo la cuestión de la ropa, la cuestión del trato también es diferente. Es gente de mucho “anteojo ahumado”, hay una distancia…
Olga, una arquitecta que vive en una casa ubicada en una zona que está declarada Área de Protección Histórica por el valor arquitectónico de las viviendas, me señalaba que los “nuevos” tienen otro tipo de actitud, de invasión, acá en la otra cuadra tenemos un colegio privado y cada vez que hay una fiesta escolar te estacionan el auto en tu garaje, no les importa absolutamente nada, ellos son los dueños de todo”.
En estos discursos, emerge cierta “retórica de la adecuación” (Liechty, 2009: 349) que remite a la noción de moderación y punto medio, coloca a los “vecinos” como portadores de un “consumo esclarecido”, guiado por una jerarquía de valores adecuada. A esos “otros”, en cambio, se le atribuyen consumos que a ellos les hace “cortocircuito” y que califican de “impostados”, aludiendo a que buscan fingir algo que no son. Hay una impugnación moral acerca de las prioridades que tienen esos “otros” frente a las que serían “adecuadas” para una clase media.
Como señala Douglas (1998), la cultura es una contienda sobre la decoración como lo es sobre tantas otras cosas (1998: 84). Los bienes se utilizan para mostrar distinciones, entre viejo y joven, superior e inferior, insider y outsider. Lo interesante –siguiendo a Douglas– es poner a dialogar los continentes y los contenidos. En la retórica de la adecuación, lo que está en juego es un juicio acerca de un mal uso de objetos y comportamientos moralmente inaceptables que evidencian que no fueron adquiridos a lo largo de generaciones de correcta herencia. Son considerados por los “vecinos” como vulgares. Las “torres” buscan “ostentar”, “exhibir poder” mediante objetos –también las 4×4 son parte de ello– sin formar parte de una serie legitimada de consumos y de trayectorias. A diferencia de esos “otros”, los “vecinos” se sienten portadores de historias familiares de ascenso social sustentados en el esfuerzo y el sacrificio. Un relato que remite a sus antepasados inmigrantes y que actualiza el relato de origen de la clase media.
Purificando el territorio. La lucha por el desalojo del asentamiento
De modo simultáneo a quienes se involucraron en las contestaciones contra la construcción de edificios y torres, otros “vecinos” estaban comprometidos en lograr la expulsión de un asentamiento de cartoneros. Fue la presencia visible de esa pobreza la que activó la movilización y la organización. En septiembre de 2007, se construyó un puente peatonal y vehicular que cruza las vías uniendo a la calle Yerbal y Avellaneda a la altura del Club Ferrocarril Oeste. Si bien este asentamiento de cartoneros hacía tiempo que estaba allí, fue la construcción de este puente lo que creó una “zona de contacto”,[13] puesto que tornó visible el asentamiento antes bastante solapado por la morfología del lugar.
Una vecina relataba:
Cuando el puente se terminó, dejó al descubierto un montón de viviendas precarias que aparecieron entre las vías del ferrocarril y el club Ferrocarril Oeste, cuya instalación crece incesantemente. Junto con todo este movimiento de viviendas precarias, empezaron a aparecer los robos a casas, negocios, autos y transeúntes. (…) Como si esto fuera poco, a fines de diciembre, un numeroso grupo de personas, aparentemente de origen peruano, invadieron dos propiedades que estaban desocupadas en Yerbal al 1420 y 1428 (…) A poco que apareció toda esta gente, dejaron de funcionar todas las luces de la calle, desde la esquina de Yerbal y Nicasio Oroño hasta la mitad de la cuadra del 1400. La calle de noche es un peligro mayor que de día, ya que, a la marginalidad de nuestros nuevos vecinos, se agrega una oscuridad que asusta… (Relato de vecina en una carta dirigida a una de las organizaciones del barrio, 14 de enero de 2008).
En ese breve relato de una de las vecinas, están condensados todos los modos de categorizar que los vecinos movilizaron para aludir al asentamiento de familias pobres que se dedican al cartoneo. Como señala Carman (2011), la contaminación tiene diferentes acepciones implicadas en los proceso de segregación urbana y funciona siempre entrelazándose con discursos más amplios, como la concepción de ciudadano, los modos adecuados de ocupar el espacio, de relacionarse con el resto de los sujetos presentes en el territorio, con discursos morales, etc.
En el asentamiento se condensa la “ilegalidad”, la “inseguridad”, la “suciedad” y la “oscuridad”. Formas de categorizar el asentamiento que también son alimentadas por los medios de comunicación que, al mes de construido el puente, comenzaron sacar notas sobre el asentamiento no como un problema de pobreza urbana sino como foco de inseguridad.[14] Al mismo tiempo, comenzaron a proliferar diversos foros virtuales donde “los vecinos” opinaban sobre el asentamiento, las villas y lo que, según ellos, se debería hacer. Me interesa transcribir la intervención de un miembro de una de las organizaciones del barrio a quien, unos meses después, le sería otorgado el premio al Vecino Participativo 2009[15] y quien fuera uno de los referentes en el tema del desalojo del asentamiento:
Desde hace meses, vecinos del barrio de Caballito, venimos observando con mucha preocupación un nuevo asentamiento ilegal debajo y en adyacencias del nuevo puente, (…) en el que se acumulan en gran extensión y en forma constante desperdicios. Por otro lado, dichos elementos son quemados y seleccionados para su posterior traslado en camiones que estacionan todas las noches en doble mano sobre la calle Yerbal al 1300, siendo todo este conglomerado un foco de infección y asentamiento de roedores y alimañas, además de ser evidentemente un espectáculo nada agradable para los habitantes que cumplimos con las ordenanzas municipales. (…) Este asentamiento se suma paralelamente al precario conjunto de viviendas y basura acumulada ya existente detrás de los terrenos del Club Ferrocarril Oeste (al que concurren periódicamente cientos de niños). Este nuevo foco (aún disipable si se actuara con la urgencia que este tema requiere) inaugura otro potencial conjunto de viviendas precarias, pero a no más de 50 metros de nuestras viviendas. Los vecinos, con total desconcierto, divisamos desde nuestras viviendas, cómo se acumulan montañas de desperdicios y se efectúan frecuentes incendios intencionales a toda hora de materiales diversos (…) los cuales invaden nuestros hogares y obligan a cerrar las ventanas, afectando nuestra salud. Por otro lado, según consta, Caballito es una zona residencial, y por su condición de tal abonamos altos impuestos, mientras que estos asentamientos ilegales y precarios, tanto como las prácticas que los acompañan, hacen que los vecinos veamos con desagrado este tipo de invasiones visuales y ambientales, que van en desmedro del lugar en el que hemos elegido vivir. Ante la falta de respuesta policial (llamados múltiples al 911- visitas a Seccionales 12º y 13º) se hace manifiesta nuestra impotencia como ciudadanos de esta capital, al no ser escuchados nuestros reclamos (…) es por ello que los vecinos afectados por este grave problema, solicitamos en forma urgente a las autoridades que tomen las medidas necesarias (…). Ya que a todas luces vemos en este asentamiento, no sólo una situación ajena a la legalidad, con consecuencias notables de inseguridad en la zona (varios ilícitos) y con perjuicio ambiental; sino también la transformación de esta zona de transición a metros de nuestras viviendas, como el foco inicial de una potencial villa… (Intervención de Juan Matienzo en Forocaballito, resaltado mío)
En el relato de Juan, la contaminación ambiental se anuda con la creencia acerca de que la condición de “ilegalidad” tiene “consecuencias notables de inseguridad en la zona (varios ilícitos)”. Al igual que en el primer relato citado, para estos vecinos hay una superposición entre “ilegalidad”, “inseguridad” y “contaminación”. Estos modos de categorizar a esos “otros” pobres funcionan también justificando su expulsión. Como veremos, el poder público –encarnado en funcionarios de Gobierno– parece compartir esa comunidad moral que construyen los vecinos y que al tiempo que refuerza las fronteras con los “otros” pobres, la diluye con los funcionarios. Pero antes, es preciso decir que frente a esos “otros” construidos como sucios y delincuentes –además de usurpadores– los “vecinos” refuerzan su lugar de “ciudadanos de esta capital” que “cumplen con las ordenanzas” y “pagan altos impuestos” por vivir en ese barrio.
Al igual que sucedió en el caso de la protesta contra la construcción de edificios y torres, la identidad social de quienes se movilizan –y que en ese proceso la refuerzan–parece ser sumamente poderosa para abrir canales de visibilidad tanto en los medios de comunicación como frente a las agencias de gobierno. Los “vecinos” consiguieron tener ocho reuniones con altos funcionarios de la ciudad para plantear los principales problemas del barrio. Me interesa recuperar un intercambio entre vecinos y funcionarios que pude presenciar en una de las reuniones.
En la reunión del 2 de octubre de 2008, estuvieron presentes diversos funcionarios, entre ellos, el Director General de Reciclado Urbano. La presencia de este funcionario se debía a que sería el encargado de explicarles a “los vecinos” los plazos legales para la desocupación del asentamiento, así como las futuras mecánicas de funcionamiento de los recicladores urbanos. La intervención del funcionario comenzó con una frase que le garantizó que los vecinos –muy acostumbrados a hacer interrupciones con frases como “somos profesionales, no nos pueden engañar”– le prestaran mucha atención. El funcionario inició su exposición diciéndoles que estaba ahí para “contarles el plan para ver cómo atacamos Caballito”. Lo escucharon atentamente:
“el Gobierno tiene la postura de que acá –en el barrio– no se recicla más, se van, te damos los recursos y te vas a un centro verde. El espacio público no es negociable, se los saca por las buenas o se aplica la ley. El espacio público es para que pueda ser usado y disfrutado por los vecinos, no para que esté usurpado”.
En ese momento, la explicación del funcionario se vio interrumpida por acotaciones desordenadas de distintos vecinos:
“sí, ¡no se le debe dar recursos a nadie que no se esfuerce!”
“no se les puede regalar todo”
“al final somos unos boludos, permisivos, dejamos que esa gente usurpe los espacios públicos del barrio”
“parece que en Caballito fuéramos millonarios ¡y somos muertos de hambre!”
El centro verde al que aludía el funcionario queda en el Parque Roca, en Villa Soldati, en la zona sur de la ciudad. Villa Soldati es uno de los tres barrios que conforman la Comuna 8, la más pobre de la ciudad (Cfr. Cosacov et al., 2011). Tanto para “los vecinos” como para los funcionarios en Villa Soldati sí es adecuada la instalación de un centro de reciclado. Estas son las instancias cotidianas, microsociales en los que se (re)producen “cartografías normativas de pertenencia” (Guano, 2004), que distribuyen personas y objetos según una jerarquía de lugares. El funcionario les prometió a los vecinos que el día 22 de octubre se procedería al desalojo del acopio de materiales reciclables y del asentamiento. Además, continuó el funcionario, “según la Ley 992 y (el) Código Contravencional, no puede haber ningún reciclador urbano que no esté vestido, con carro y registrado. Los recicladores urbanos es un paso del cartonero a reciclador urbano, y no es lo mismo, puesto que no vive en el barrio, llega y se va”.[16]
A continuación de la explicación del funcionario, una vecina planteó que tenía la duda de si “la tracción a sangre está permitida en la ciudad”. El funcionario le contestó que la tracción a sangre era lícita, “es como el caso de los de Disco, que llevan un carrito”. A continuación, otra vecina, agregó “sí, pero no es lo mismo uno que hace delivery para Disco y un cartonero”. Interrumpiendo, la primera vecina que había planteado la cuestión sobre la legalidad o no de la tracción a sangre, aclaró: “yo no hablo de los cartoneros, hablo de la tracción a sangre de animal, de los carritos tirados por caballos”. Por un instante, “la tracción a sangre” los convocó a los dos: caballos y cartoneros fueron figuras que estuvieron en paralelo. Ese malentendido revelaba el modo en que habían sido tematizados los cartoneros y los habitantes del asentamiento por parte de estos “vecinos” y funcionarios: despojados de derechos, sin ser considerados ciudadanos, ni acaso humanos, esos “otros” eran puestos en el límite de la sociedad. Eso era posible por una absoluta naturalización de la desigualdad, que la invisibilizaba como problema.
En la explicación que los “vecinos” elaboraron sobre el asentamiento y la necesidad de desalojarlo sostuvieron un modo individualista y meritocrático de entender las maneras de estar y de habitar la ciudad y el propio lugar que se ocupa en la sociedad. A lo largo de las reuniones y en otras situaciones que compartí con “los vecinos”, emergió con claridad la condena moral de estos vecinos hacia los habitantes del asentamiento, sustentada en la “falta de esfuerzo”.
Corría el 16 de octubre de 2008; ese día se desarrollaría otra reunión. Sin embargo, cuando llegué estaban unos quince vecinos en la puerta del Centro de Gestión y Participación Comunal (CGPC) que estaba totalmente cerrado. Adentro había un policía que dijo no tener información de una reunión. Allí empezó toda una discusión sobre qué deberían hacer ante esta “falta de respeto” que era suspender la reunión sin avisarle a nadie. Allí decidieron escribir un acta y firmarla dejando constancia de que se habían hecho presentes tal como había sido acordado en la reunión anterior. Mientras se debatía qué escribir en el acta, llegó una mujer que decía saber por qué se había suspendido la reunión. Contó que habían asaltado toda una serie de negocios cercanos al asentamiento. Eran los del asentamiento los que habían robado. El hecho había ocasionado que cortaran calles, el tránsito se había complicado para cruzar el puente y varios policías estaban en la zona. Esa noticia generó muchísimos comentarios. Había pasado lo que muchos anunciaban que ocurriría si el asentamiento no era erradicado de ese lugar.[17]
Unos minutos después, aproveché que esta señora y un grupo de unas seis personas habían salido de “la ronda” principal que se dedicaba a redactar el acta para preguntarles qué pensaban acerca de por qué esa gente vivía ahí y si no contemplaban que estas personas no tenían otro lugar donde habitar, no tenían otra opción. Algunos no dijeron nada, y si bien hubo como una gestualidad de asentimiento, después de la intervención de una vecina se instaló un discurso acerca de que los antepasados de ellos también habían sido “inmigrantes” y “pobres”, “y ser pobre no está mal”, pero sus antepasados, a diferencia de los habitantes del asentamiento, habían “trabajado”, se habían “esforzado” y habían logrado ascender socialmente. Al igual que los vecinos movilizados en contra de la construcción de edificios y torres, el relato de origen de la clase media es desplegado para explicar el lugar que tienen en la sociedad, teñir de moralidad sus trayectorias de ascenso social y distinguirse de quienes no pueden reivindicar para sí ese origen virtuoso. En este caso, por no poder alegar un origen blanco y europeo. A diferencia de la otra protesta en la que los “vecinos” movilizados lograban articular una explicación meritocrática con una lectura más colectivista en la que recuperaban la importancia del Estado como igualador de desventajas sociales, en ésta emergieron explicaciones meritocráticas individualistas. La naturalización de la desigualdad, la no problematización de la existencia de una distribución desigual de recursos y de los mecanismos que intervienen en ello, no sólo reforzó la esencialidad de esos “otros” –los cartoneros vagos, sucios, delincuentes– sino que también llevó a explicar por un “modo de ser”, el lugar que ellos mismos –“los vecinos”– tienen en la sociedad.
Un final anunciado…
Unos meses después, el día 15 de mayo de 2009, se desalojó el asentamiento. Una revista barrial, cuyos editores forman parte de esos vecinos que estuvieron en las reuniones con los funcionarios, publicó una nota sobre el desalojo. En la nota puede leerse:
Este desalojo no sólo fue posible por el accionar gubernamental, sino que también el compromiso cívico de los vecinos al denunciar el basural y el asentamiento, dio lugar al desalojo. La acción de una asociación vecinal, abocada a solucionar temas reales y concretos que nos afectan a todos, sin elaborar proyectos legislativos que muchas veces muestran cierto interés político; ha demostrado que vale la pena involucrarse y participar. El desalojo se desarrolló en armonía. Los ex habitantes del predio se instalarán ahora en un espacio digno y propio, ya que cada grupo familiar ha sido beneficiado con un subsidio que les posibilitó adquirir un terreno y una vivienda en el conurbano (18/05/2009, Revista barrial Horizonte, resaltado mío).
Conclusiones
Recuperamos dos situaciones de conflicto en el barrio de Caballito que nos permitieron evidenciar cómo “los vecinos” en el proceso de trabajar por lo que imaginan y desean que sea el barrio, no sólo construyen a “otros” sino que también negocian su propia identidad. En ese sentido, las disputas urbanas en torno a los usos legítimos del espacio y sus legítimos habitantes constituyen momentos de producción del orden social y espacial y de las diferencias de clase. En esas dos situaciones de conflicto, la pregunta se dirigió a comprender cómo los vecinos construyen sus sistemas de diferencias, sistemas que crean clases de “otros”, y qué diferencias se seleccionaron como “problemáticas”. En ello, resulta significativo cómo las transformaciones por las que atraviesa el barrio son interpretadas y leídas a la luz de un relato sobre la clase media argentina y sus avatares. La clase media termina siendo el eje alrededor del cual se elaboran explicaciones sobre lo existente, lo que ocurrió en el barrio y desde donde se construyen identidades y diferencias de clase.
Ya sea contra “las torres y edificios” o contra “el asentamiento”, es en el contexto de esas prácticas relacionales que “los vecinos” negocian qué significar ser de clase media. Tanto en esa delimitación por arriba o por abajo, se movilizan narrativas y moralidades de clase media. Sin embargo, en la delimitación frente a “las torres” y sus habitantes, emergen explicaciones más colectivas, los “vecinos” se colocan como encarnando una cultura de lo público que los diferencia de esos “otros” y reivindican un rol del estado como igualador de las desventajas sociales para explicar sus trayectorias sociales. En la explicación de su propia posición social logran articular un discurso meritocrático con la importancia del papel del Estado al acompañar trayectorias sociales sustentadas en el sacrificio y el esfuerzo. Al mismo tiempo, construyen a esos “otros” –habitantes de las torres– como encarnando trayectorias de ascenso social moralmente inadmisibles y personas menos comprometidas que ellos con lo colectivo. Hacen juicios sobre sus comportamientos: “se creen dueños de todo” y ponen en serie esos comportamientos con la elección por tipologías arquitectónicas cuyo valor está puesto en el uso más privado de espacios. Los “vecinos” oponen a ello su imaginario espacial de un barrio como espacio público y colectivo frente a esos “otros” a los que se categoriza como individualistas. Por su parte, en la explicación que dan sobre el asentamiento y la necesidad de desalojarlo, la mirada estructural, el contexto social, parece borrarse. Prima en cambio un modo meritocrático e individualista de entender las maneras de estar y habitar la ciudad y el propio lugar que se ocupa en la sociedad. Refuerzan una esencialidad tanto para explicar por qué son “pobres” los del asentamiento, como para explicar su propia posición social.
Para cerrar quisiera agregar una última cuestión que, aunque requiere ser ampliada, es preciso destacar. Estas situaciones muestran de qué modo el espacio público está atravesado por lógicas de inclusión/exclusión y el modo en que algunos grupos, más que otros, logran instalar la definición sobre sus usos legítimos. En ese proceso, la participación ciudadana de estos vecinos muestra la paradoja de que su uso es para producir un cierre social. Estos vecinos necesitan del Estado –y lo consiguen– para lograr territorializar una frontera simbólica sustentada, pero a la vez reproductora de desigualdades sociales. La lucha exitosa de “los vecinos” para erradicar el asentamiento es una clara muestra de ello.
Desde diversos ámbitos tanto académicos y como gubernamentales, a nivel local como internacional, la promoción de la participación ciudadana ha sido una de las apuestas más compartidas en vías a ampliar la democracia. Pero es preciso discutir y complejizar las miradas en torno a la participación ciudadana. A la luz de las disputas analizadas, el problema pareciera ser no una despolitización de la sociedad en el sentido de un menor interés por los asuntos públicos, sino el carácter impolítico al que conducen estas formas de participación, esto es, “la falta de aprehensión global de los problemas ligados a la organización de un mundo común” (Rosanvallon, 2007: 38). El poder público, por su parte, lejos de favorecer el trabajo político entendido como una restitución de la globalidad, de las causas subyacentes de fenómenos sociales, capaz de otorgar inteligibilidad a ese mundo común, refuerza y realimenta la disgregación. La participación de estos vecinos, implicados en producir el barrio como ellos imaginan que debe ser, son prácticas políticas en tanto implican movilización de recursos para orientar las decisiones de gobierno respecto al espacio urbano. Al mismo tiempo, son prácticas moldeadas por sistemas de clasificación, que categorizan y jerarquizan a ellos mismos y a los “otros”, al tiempo que se sostienen en evaluaciones morales.
Sin lugar a dudas, es preciso asumir que los barrios son ámbitos densos de producción de diferencias de clase (Elwood et al., 2015). Las clases están estructurándose en interacciones sociales, en arenas públicas y privadas, en discursos sociales y en distintos ámbitos de la vida social (Bourdieu, 1998; Giddens, 1998; Devine, Savage, Scott y Crompton, 2005). Y uno de esos ámbitos son los barrios de la ciudad.
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- Se llama “cartoneros” a las personas que recolectan cartones y otros materiales reciclables –lo que para otros son residuos– en las calles de la ciudad. ↵
- El “tren blanco” o “tren cartonero” fue un servicio especial prestado en los ferrocarriles metropolitanos luego de la crisis de 2001. En aquel entonces, miles de personas desocupadas o en situación de pobreza se volcaron a la actividad de juntar materiales reciclables. Este servicio espacial de los ferrocarriles trasladaba a los “cartoneros” desde el centro de los barrios centrales de la ciudad hacia los suburbios. ↵
- Sociedad del Estado Administración de Infraestructura Ferroviaria encargada de administrar los bienes ferroviarios que estaban bajo la jurisdicción de la ONABE (Organismo Nacional de Administración de Bienes). ↵
- En un artículo anterior (Cosacov y Perelman, 2014) exploramos la productividad de analizar los contactos entre cartoneros y vecinos para dar cuenta de los umbrales de tolerancia frente a esos “otros” y las tácticas que esos “otros” despliegan para poder realizar su trabajo de recolección de materiales reciclables en barrios de clase media de la CABA. ↵
- Así se refería a la Av. Rivadavia Guiraldes, el Intendente de la ciudad, en una nota que enviara en 1909 al Ministro del Interior (MCBA, 1909: 395; citado en Dhan Zunino, 2009).↵
- Como señala Ballent, pese a que el Gobierno peronista pretendió estimular la construcción a través de esa ley –además de democratizar el acceso a la propiedad– no logró tal objetivo en el período de su gestión. Si bien favoreció la venta de unidades existentes, “el boom de la construcción en propiedad horizontal se registró en las décadas del sesenta y del setenta, hasta la crisis de 1975, y se basó en el apoyo del crédito oficial a través de planes de ahorro y préstamo” (1999: 40).↵
- En la CABA el aumento de la proporción de propietarios pasó de 17,6% en 1947 a 45,6% en 1960, según los datos de los respectivos censos. ↵
- En particular, la construcción directa de viviendas a cargo del Estado, el financiamiento de la demanda a través de los créditos ofrecidos por el Banco Hipotecario Nacional, la regulación de los alquileres, la Ley de Propiedad Horizontal sancionada en 1948, así como el abaratamiento de los viajes –consecuencia de la nacionalización de los ferrocarriles– están entre los principales factores que tuvieron efectos directos en la producción material de la ciudad y el acceso a la vivienda, tanto en la periferia como en la ciudad central.↵
- Siguiendo a Welch Guerra y Valentini (2005), esta tipología edilicia comienza a ofrecerse en nuestra ciudad a comienzos de la década del noventa y su auge está estrechamente vinculado al boom inmobiliario de 1991 y 1992. En términos geográficos, la construcción de torres amuralladas se expandió primero en todo el eje norte de la ciudad y en algunos partidos lindantes, pero a mediados de los años noventa fue notable su avance hacia el noroeste y el oeste. En Caballito, su implantación se registra junto al boom inmobiliario tras la devaluación de 2002.↵
- Según folletos y página web del emprendimiento: www.torrescaballitonuevo.com.↵
- Se puede ver en www.dosplaza.com.↵
- Los “vecinos” lograron no sólo fallos favorables ante los tribunales, sino también dos leyes aprobadas por la legislatura de la Ciudad de Buenos Aires que rezonificó y bajó las densidades y alturas permitidas en varias manzanas del barrio. Para ampliar ver, Azuela y Cosacov (2013).↵
- Este concepto pone el acento “en el modo en que están constituidos los sujetos en sus relaciones mutuas, en la copresencia, en interacción” (Geertz, 2002: 78).↵
- “Caballito: denuncian que la zona del nuevo puente es muy insegura. Las miradas apuntan a un asentamiento ubicado entre las vías” (Clarín, 25/10/07); “La inseguridad golpea al nuevo puente de Caballito” (Infobae, 25/10/07); “Crece la ocupación de un terreno ferroviario en la zona de la cancha de Ferro. Pelea entre vecinos y cartoneros por un asentamiento en Caballito” (Clarín, 28/06/08); “Vecinos de Caballito exigen la erradicación de asentamiento” (Infobae, 29/06/08).↵
- Juan Matienzo fue quien recibió el premio por “por su compromiso y trabajo por la seguridad y la higiene en el barrio”. Los premios al Vecino Participativo se enmarcan en el Programa de Fortalecimiento de la Participación Institucional (FOPAI). Desde 1991, y mediante Dto. Nº 578/90, el Gobierno de la Ciudad realiza el acto celebratorio, “en homenaje al vecino/a participativo/a”. En dicho evento, vecinos y organizaciones elegidos por los vecinos de los 48 barrios porteños son reconocidos por el Jefe de Gobierno de la Ciudad por su contribución a la mejora de la calidad de vida del barrio. ↵
- Como hemos señalado en un trabajo anterior (Cosacov y Perelman, 2014), el Estado realiza operaciones estratégicas destinadas a colocar a los cartoneros como “trabajadores recuperadores”. Los cartoneros pueden ser usuarios legítimos de esos espacios en tanto “trabajadores recuperadores”, pero no como habitantes. En los barrios porteños de clase media los cartoneros no pueden constituirse en “vecinos”. Y en ello el Estado nuevamente emerge operando a través del uso de la fuerza pública. ↵
- Nunca pude confirmar si efectivamente había sucedido esa cadena de robos. Los diarios al día siguiente no publicaron nada al respecto. ↵






