El caso de la zona roja de Palermo, 1996-2005
Martín Boy
1. Introducción
La autonomía político-administrativa que adquirió la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) en 1996 instaló en la agenda pública y política la derogación de los denominados “edictos policiales” y la creación de un Código de Convivencia. Este proceso político fue promovido por los diferentes actores involucrados bajo el argumento de la necesidad de democratizar el acceso a la justicia y de quitarles facultades a las fuerzas policiales para otorgarle así mayor protagonismo al Poder Judicial. Este proceso abrió un debate público que involucró a vecinos/as, funcionario/as, religiosos, travestis, organizaciones de la sociedad civil, entre otros grupos, y tuvo como uno de sus principales ejes el dilema de qué hacer con la oferta de sexo callejera.
La CABA contaba con diferentes áreas donde se ofertaba sexo en la vía pública. A estas se las solía denominar “zonas rojas” y se encontraban ubicadas en barrios del norte (Palermo), del sur (Constitución), del centro (Once) y del oeste (Flores). A partir de la derogación de los edictos policiales, sólo una de estas zonas rojas se convirtió en un eje de discusión pública: la de Palermo. ¿Qué particularidades tenía esta área? Pueden identificarse rápidamente dos: por un lado, los/as vecinos/as que residían en este barrio eran de clase media y media alta, contaban con un nivel socioeconómico notoriamente más elevado que los/as vecinos/as que habitaban en las otras zonas rojas; por otro lado, quienes ofertaban sexo en el área de Palermo eran exclusivamente travestis[1] y, en este sentido, los discursos del resto de los actores adquirieron particularidades que giraron en torno a la extranjerización de las travestis anclada en la ajenidad y en la abyección de ciertos cuerpos y prácticas.
En este trabajo se problematizarán los discursos que fueron publicados en dos medios gráficos (Clarín y La Nación) entre 1996 y 2002 sobre la zona roja de Palermo, ya que sus vecinos/as, posiblemente debido a su capital social y político asociado a su clase social, fueron quienes lograron instalar la oferta de sexo de travestis como un conflicto urbano que tuvo eco en la agenda pública y política de la ciudad. No sucedió lo mismo con las otras áreas donde habitaban vecinos/as de clase media baja y baja. En el conflicto urbano de Palermo, se pusieron en disputa cuáles eran los usos legítimos e ilegítimos del espacio público, para qué actores era o debía ser la ciudad, quién merecía vivir en ella, quiénes eran los extranjeros o forasteros y quiénes los/as nativos/as. En este escrito se debatirá sobre la otredad que ciertos actores construyeron a partir de narrativas morales que promovieron la preminencia de ciertos grupos e identidades y expresiones de género por sobre otros en espacios públicos. Tanto la moral como el género son variables que deben de tenerse en cuenta a la hora de problematizar las formas y los procedimientos a través de los cuales se construyen espacios urbanos. A continuación se presentará un apartado útil para contextualizar lo enunciado.
2. Breve presentación del caso: la zona roja de Palermo
La CABA comenzó a ser autónoma en 1996 y sus habitantes por primera vez votaron a su Jefe de Gobierno. Esta autonomía implicó algunas reformas institucionales de importancia, tales como la creación de una Constitución propia,[2] de un Poder Legislativo así como la derogación de los edictos policiales, entre otras.
Los edictos policiales comenzaron a regir en la ciudad en la década de 1930 y tuvieron la característica de regular los comportamientos cotidianos de la población, como por ejemplo no salivar en el espacio público, no utilizar máscaras, prohibir los festejos de carnaval (en épocas dictatoriales, sobre todo), no gritar en el espacio público, sancionar las prácticas viciosas de los homosexuales y el vestir ropas del sexo opuesto. Los edictos, además, facultaban a las fuerzas policiales a arrestar, multar y sentenciar. Esto quiere decir que éstas no necesitaban apelar al sistema judicial para poder operar. Cuando la CABA logró la autonomía, desde los poderes Ejecutivo y Legislativo se resuelve comenzar un proceso de democratización del acceso a la justicia a raíz de la presión ejercida por la sociedad civil. Esto tuvo como resultado la derogación de los edictos para comenzar con la construcción de un Código de Convivencia que tuvo como referente al sistema judicial y que le quitó libertad de acción a la fuerza policial.
En 1996 se derogaron los edictos[3] y se inaugura un espacio de debate que incluyó a los/as vecinos/as a la hora de planificar y construir el Código de Convivencia. En este momento fue cuando la zona de Palermo se instaló en la agenda pública y política. Los/as vecinos/as, las organizaciones de la sociedad civil, los/as funcionarios/as públicos/as, el empresariado y hasta las autoridades de la Iglesia Católica se pronunciaron sobre qué debía hacerse con la oferta de sexo en la calle. En este artículo me centraré, principalmente, en los discursos de los/as vecinos/as y se recuperarán algunos testimonios de activistas trans que recuerdan aquel momento.
La zona roja de Palermo puso en contacto en el espacio urbano a otredades de género y de clase que comenzaron a disputarse los límites y los alcances de lo público. Por un lado, los/as vecinos/as representaban a los estabilizados en el territorio y, por el otro, los cuerpos travestis aparecían como parte del flujo de un espacio público al que no pertenecían en términos de clase, de identidad o expresión de género y de trayectoria barrial y habitacional. Ante esto, surgió un interrogante: ¿de dónde venían las travestis que ofertaban servicios sexuales? ¿Cómo fueron construidos sus cuerpos y sus identidades desde la perspectiva de los/as vecino/as?
3. (In)migraciones travestis: puntos de partida y de llegada
Diferentes estudios indicaron que un alto porcentaje de la población trans que vivía en la CABA no nació en la ciudad. Hasta este momento, existen tres informes que brindan información sobre las características sociodemográficas de la población trans de Buenos Aires. En 1999 el primer estudio realizado por la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires en conjunto con la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual (ALITT) titulado “Informe preliminar sobre la situación de las travestis en la Ciudad de Buenos Aires” (Adjuntía en Derechos Humanos de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad de Buenos Aires; Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual, 1999) indicó que, en una muestra de 133 travestis encuestadas en la CABA, sólo el 38% era originaria del Área Metropolitana de Buenos Aires: el 41% provenía de las provincias del noroeste, el 11% de provincias del noreste, el 10% eran extranjeras (el 57% de países no limítrofes y el 43% de países limítrofes), el 5% de provincias del Centro, el 2% de provincias del Oeste y el 2% de provincias del Sur de Argentina. El 62% de las travestis encuestadas en la Ciudad de Buenos Aires no había nacido en la ciudad, era (in)migrante.
El estudio más reciente, realizado en 2007, fue publicado en el libro titulado Cumbia, copeteo y lágrimas (Berkins, 2007) donde también se indagó sobre el lugar de nacimiento de las trans.[4] La particularidad de este trabajo es que relevó características sociodemográficas relativas a migraciones en la población trans en otras provincias sin incluir a Buenos Aires: Salta y Tucumán (Noroeste), Córdoba (Centro), Mendoza (Oeste) y Neuquén (Sur) con una muestra total de 257 casos. Los resultados fueron interesantes porque indicaron que las travestis encuestadas en Salta (92,4%) y en Córdoba (94%) eran originarias de la provincia. En Mendoza, el 81,4% era de la provincia y en Tucumán y Neuquén los porcentajes descendían al 69,4% y 51,1% respectivamente. Una posible interpretación, teniendo en cuenta los resultados del estudio ya citado de 1999, es que hay provincias que son expulsoras de trans y que no son receptoras. El ejemplo de esto paradigmático es Salta ya que en 1999 se detectó que la mayoría de las migrantes trans en CABA eran del Noroeste. Sin embargo pocas trans decidían migrar hacia Salta.
Si se comparan los datos estadísticos de las (in)migraciones de travestis hacia la CABA con las de la población en general que reside en la ciudad, el contraste es aún mayor. Según la información relevada por la Encuesta Anual de Hogares realizada en 2014, el 25,8% de la población total de la ciudad proviene del resto del país y el 12,1% son extranjeros (6,8% de países limítrofes, y 5,3% de países no limítrofes). Esto quiere decir que el 62,1% de los residentes de CABA nacieron en la ciudad, no son (in)migrantes. Recordemos que el estudio realizado por la Defensoría del Pueblo (antes citado) de 1999 había indicado que el 62% de las travestis era (in)migrante. La misma cifra pero al revés: el 38% de la población de la ciudad era (in)migrante y, para el subgrupo de las travestis, el porcentaje de las nacidas en la ciudad ascendía solamente al 38%.
Más allá de las conjeturas que puedan hacerse, estudios muestran que la (in)migración en la población trans es una alternativa concreta y cercana: la (in)migración atraviesa sus trayectorias familiares, residenciales, educativas y laborales. Otro de los elementos que cruza a esta población es la oferta de sexo como una actividad que permite la supervivencia a edades tempranas. En este sentido, los grandes centros urbanos se convierten en polos de atracción porque existe un mercado sexual y porque es en éstos donde pueden gozar de cierto anonimato que las protege del estigma familiar, barrial o comunitario. Al decir de Delgado Ruiz (1999), el
espacio público es aquel en el que el sujeto que se objetiva, que se hace cuerpo, que reclama y obtiene el derecho de presencia (…), se convierte en una nada ambulante e inestable. Esa masa corpórea lleva consigo todas sus propiedades, tanto las que proclama como las que oculta, tanto las reales como las simuladas.
Este autor señala que en el espacio público es donde se producen las relaciones de tránsito, los vínculos ocasionales que muchas veces se encuentran en la frontera de no ser relación en absoluto. En el cruce de las personas que ocurre en los grandes centros urbanos se produce una desatención cortés,
consiste en mostrarle al otro que se le ha visto y que se está atento a su presencia y, un instante más tarde, distraer la atención para hacerle comprender que no es objeto de una curiosidad o de una intención particular. (Delgado Ruiz, 1999)
Poco se sabe del “otro” en este tipo de relaciones en la vida urbana; se pueden presumir o sospechar cosas a partir de indicios (ropas, actitudes, modismos, etcétera), pero no tendremos casi ninguna certeza del prójimo. Esta imposibilidad de saber sobre el “otro” nos otorga la posibilidad de ser anónimos en la ciudad y esta condición, al decir de Delgado Ruiz, actúa como una capa protectora frente a las miradas estigmatizadoras (Delgado Ruiz, 2008: 352), sobre todo de los círculos afectivamente cercanos. Los sujetos que se saben posibles candidatos a ser discriminados, especial aunque no exclusivamente, utilizan el anonimato como una estrategia para invisibilizar los atributos que la sociedad condena. Delgado Ruiz identifica entre otros grupos a los inmigrantes y se abre un interrogante: ¿puede pensarse que las identidades y las expresiones de género travestis gozan de este anonimato o la mirada del Otro lee estos cuerpos con un anclaje particular que alimenta la estigmatización? ¿De qué tipo de anonimato gozan las travestis en el espacio público de las grandes urbes?
En palabras de la activista Lohana Berkins, “a diferencia de gays y lesbianas, las travestis no tenemos opción en cuanto a nuestra visibilidad. No podemos elegir no decir a nuestras familias qué somos o queremos ser, no podemos elegir cuándo salir del closet” (Berkins, 2003: 136). El testimonio de Berkins, pone en duda la posibilidad de ser anónimas desde otra perspectiva: es muy dificultoso para una travesti pasar desapercibidas si así lo quisiera. Si bien es cierto que muchos transeúntes marcarán la diferencia a partir de un gesto, una mirada o una acción concreta, pocos/as de ellos/as sabrán sobre la historia personal de la travesti. En todo caso, será una travesti más de la ciudad. En otras palabras, hay marcas corpóreas y comportamientos que pueden ser simulados y otros que no: el cuerpo travesti representa la ruptura de la regla que asocia a tal genitalidad tal género. Esto último imposibilita en la gran mayoría de los casos el total goce de las oportunidades que otorga el anonimato.
Como hay ciertos cuerpos y prácticas que delatan y que exponen a la estigmatización, será interesante problematizar en el próximo apartado los discursos emitidos por los/as vecinos/as de Palermo acerca de la presencia de travestis en las calles del barrio para analizar bajo qué formas y contenidos se construyen fronteras simbólicas en espacios urbanos concretos.
4. Cuerpos extranjeros en tierras nativas
La presencia de cuerpos travestis en las calles del barrio de Palermo no pasó desapercibida para los/as vecinos/as. En los discursos de estos últimos primó la necesidad de defender los usos y las prácticas legítimas de un barrio como este. Mayol (1994) entiende al barrio como el lugar de uso habitual y sostiene que
puede considerarse como la privatización progresiva del espacio público. Es un dispositivo práctico cuya función es asegurar una solución de continuidad entre lo más íntimo (el espacio privado de la vivienda) y el más desconocido (el conjunto de la ciudad o hasta, por extensión, el mundo) (…). El barrio es el término medio de una dialéctica existencial (en el nivel personal) y social (en el nivel de grupos de usuarios) entre el dentro y el fuera. Y es en la tensión de estos dos términos, un dentro y un fuera que poco a poco se vuelven la prolongación de un dentro, donde se efectúa la apropiación del espacio. El barrio puede señalarse como una prolongación del habitáculo (…) El barrio es la posibilidad ofrecida a cada uno de inscribir en la ciudad una multitud de trayectorias cuyo núcleo permanece en la esfera de lo privado. (Mayol, 1994: 10)
El posicionamiento de Mayol puede ser indicado para problematizar la apropiación de los/as vecinos/as sobre el espacio público contiguo a sus viviendas para entender la forma en la que se organizaron para que la oferta de sexo en la vía pública deje de estar presente en su cotidianeidad. Posiblemente, veían en los cuerpos travestis una amenaza a la extensión de su propiedad privada o, dicho de otro modo, a su avance sobre el espacio público aledaño a sus viviendas.
Los testimonios publicados en Clarín y La Nación, los dos diarios con mayor tirada en la Argentina, dieron cuenta de dos grandes dimensiones argumentales que forjaban, por un lado, el proyecto de ciudad que tenían en mente los/as vecinos/as y, por el otro, qué tipo de valores debían fundar el barrio que habitaban, tópicos que trascendían el conflicto puntual de la zona roja pero que funcionaban como narrativas morales que oponían un proyecto virtuoso y auténtico de comunidad a lo otro, al orden desenfrenado que busca corromper el proyecto de los buenos vecinos.[5] Tal como propuso Noel (2011) cuando trabajaba el conflicto entre los/as nuevos/as vecinos/as y los/as consolidados/as residentes en la localidad balnearia de Villa Gesell, analizar los discursos publicados en medios gráficos permite ver la génesis y los contenidos de algunos de los repertorios morales a través de los cuales los actores legitiman sus posiciones y sus acciones. Desde esta perspectiva, se comenzará con la primera de las dos dimensiones encontradas: ¿para quién es el barrio? ¿Quién lo merece?
4.1 Argumentos en defensa de la vuelta al barrio perdido
Los/as vecinos/as de la zona roja comenzaron a realizar asambleas barriales para debatir cuál era la posición que debían asumir para solucionar lo que percibían como un problema. En estas asambleas se decidió dejar de reclamar castigo a la oferta de sexo en la calle y se comenzó a elaborar un proyecto que, luego, fue presentado en la Legislatura de la CABA en 2000. Este proyecto tenía como propósito promover la reglamentación de la oferta de sexo callejero en determinadas zonas que se encontraran alejadas de sus viviendas. Estos/as vecinos/as habían detectado que la sanción a la oferta de sexo no terminaba con ella sino que habilitaba a la policía a cobrar a las travestis montos de dinero a cambio de no ser arrestadas. El nuevo tipo de acercamiento a los/as representantes electos/as en el marco del proceso de autonomía de la ciudad se vio plasmado en los medios de comunicación. Tal como publicaron Clarín y La Nación,
Son padres y madres de familia de distintos barrios, que a lo largo de los últimos dos años participaron de marchas y carpas de protesta para que la Legislatura porteña prohibiera ofrecer sexo en las puertas de sus casas. Ahora piden reuniones con el jefe de Gobierno y con todos los bloques de la Legislatura porteña, pero el tiempo los hizo cambiar de opinión: quieren crear por ley una o varias zonas especiales, en las que prostitutas y travestis puedan trabajar libremente, sin tener problemas con la Policía ni alterar la vida cotidiana de los barrios residenciales (Clarín, 23/08/2000).
Juan Fernández vive en Borges y Charcas y, en lo que concierne a la oferta de sexo en la vía pública, propuso: “La prostitución tiene que ser como en Holanda, donde hay áreas exclusivas para los que quieran recurrir a ella, o como era antes, cuando los prostíbulos estaban en la calle 25 de Mayo” (La Nación, 04/03/1999).
En estos documentos aparecen repertorios morales que delinean que hay espacios pertinentes para ofertar sexo y otros que no. Nunca se cuestiona que ciertos grupos recurran a la oferta de sexo como estrategia de supervivencia sino que se intentaba promover un tipo de barrio en el cual los padres y las madres de familia pudieran poder vivir su vida cotidiana con comodidad. La sexualidad de la zona roja aparecía como un foco de peligro frente a valores que asociaban el orden con la familia nuclear y la oferta de sexo con lo ajeno, con lo que hay que alejar. De esta forma, los/as vecinos/as presentaron como estrategia ante los funcionarios públicos la necesidad de administrar la distancia, de llevar la zona roja más allá. El alejamiento de las travestis devolvería al barrio la armonía ya que los clientes dejarían de frecuentarlo, el tránsito se aliviaría y la policía dejaría de tener una entrada de dinero a través de los sobornos. Esto manifestaban los/as vecinos/as en aquellos años:
El barrio es un desastre y la prostitución es cotidiana. Mire: si yo fuera mujer no caminaría por la calle, porque no se distinguen de los travestis. En cuanto al castigo, no se va a cumplir –dijo Carlos Izzo–, porque acá nada se cumple. Los verdaderamente castigados son los decentes, quienes pagan impuestos y cumplen con la ley (La Nación, 23/12/1998).
“Ellos (por la policía) coimean (sobornan) a los travestis y los dejan trabajar”, dijo Irene Lugones, del pasaje Emilio Zola. “Al tema se le dio tanta publicidad en este tiempo que la zona se convirtió en un circuito de miniturismo”, dijo la mujer (La Nación, 23/12/1998).
A veces, son los clientes los que alteran el orden público. A eso de las 10 (de la noche), comienzan a llegar los primeros autos, con la música a todo lo que da. La presencia del travesti es un imán, dijo Gonçalves (La Nación, 11/05/2002).
Otros recibieron la medida con gratitud, como Lidia Leiva, que reclama mayor seguridad en el barrio de Palermo Viejo. “No es posible que la policía no pueda hacer nada hasta que no te hieran o te maten. Acá hay drogadictos, ladrones, y no sólo prostitutas. Parece que los derechos son para los bandidos y no para la gente bien”, se quejó (La Nación, 04/03/1999).
“Nosotros no estamos en contra de los travestis por ser travestis, sino por lo que causan en el barrio”, dijo Durañona y Vedia. “Vienen patotas –agregó– y grupos de jóvenes alcoholizados a pelearlos. Los travestis hacen exhibiciones inmorales”, sentenció (La Nación, 13/10/2001).
Estos fragmentos dan cuenta de narrativas morales acerca de una zona de Palermo, un barrio que había cambiado el uso de su espacio público, que se había visto alterado. En los testimonios aparecen dos ciudades: por un lado, aquella habitada por la gente decente, los/as legales, los padres y las madres de familia que pagan sus impuestos y, por el otro, aquella ciudad plagada de grupos asociados a los malos hábitos que se benefician de la laxitud y la corrupción inherente a las instituciones responsables de aplicar los castigos correspondientes, los forasteros que amenazan los valores asociados al orden y las buenas costumbres propios de los/as vecinos/as domiciliados/as. A partir de ciertas categorías que desarrolla Elias cuando analiza la presencia de los forasteros (los nuevos habitantes) en ciertos pueblos de Estados Unidos, puede pensarse que la llegada de las travestis que ofertaban sexo en la vía pública representaba la anomia y reforzaba la identidad de grupo de los/as vecinos/as establecidos/as. La existencia de la zona roja de Palermo provocó que estos/as vecinos/as se organizaran y unificaran discursos frente a lo que aparecía como una infección anómica, en términos de este autor (Elias, 2003: 227). La presencia de los forasteros fue funcional para que los/as establecidos/as hicieran un frente común. En palabras de Elias, “la exclusión y la estigmatización de los forasteros por parte del grupo establecido fueron poderosos instrumentos utilizados por este último para preservar su identidad, afirmar su superioridad y mantener a los demás en el lugar que les correspondía” (2003: 223).
La administración de la distancia con respecto a las travestis, su alejamiento espacial, implicaba poder conservar un modo de vida, las normas compartidas por el vecindario. Con las travestis y los visitantes alejados no habría grupos foráneos que contaminaran de anomia y suciedad al barrio. ¿Qué se dijo de los cuerpos e identidades travestis?
4.2 Argumentos en torno a los cuerpos travestis en Palermo
En el barrio de Palermo, a diferencia de las otras zonas rojas de la ciudad, la oferta de sexo callejera era exclusivamente de travestis. Y esta característica le dio matices particulares al conflicto. Los cuerpos y las identidades travestis aparecieron en los testimonios de los/as vecinos/as, una y otra vez, como fuentes de mayor irritación.
Los cuerpos travestis semidesnudos despertaban incomodidades para unos y gustaban al mismo tiempo a otros. Quienes buscaban servicios sexuales de travestis eran asociados a lo ilegítimo y a lo clandestino, lo que reforzaba los reclamos de los/as vecinos/as que apuntaban a la recuperación de la norma perdida. Los/as vecinos/as devinieron en policías de lo que circundaba a sus viviendas y los cuerpos travestis representaron una irrupción al orden legítimo: eran rechazados y un imán a la vez.
Estos cuerpos pusieron en jaque la división binaria del sistema sexo-género. Exponían a los/as transeúntes y vecinos/as a poner en duda los esquemas aprehendidos para clasificar a las personas. Obligó a los padres y a las madres a hablar de sexualidad a sus hijos/as, a desnaturalizar que a tal genitalidad correspondía tal tipo de aspectos físicos y comportamientos. Farji Neer sostiene que hay sujetos inteligibles al esquema binario de género y, siguiendo a Judith Butler, define como “género inteligible a aquellos que en algún sentido instituyen y mantienen relaciones de coherencia y continuidad entre sexo, género, práctica sexual y deseo” (Farji Neer, 2013: 26). Los testimonios de los/as vecinos/as publicados en los medios gráficos fueron claros: mostraron a adultos/as que no sabían cómo estar cerca de lo que desconocían, de lo inclasificable, de lo ininteligible pero que por las dudas rechazaban.
“Tiene que haber algún tipo de control porque el travestismo es una aberración. Yo salgo a correr por la zona y me gritan de todo. Además, no sé cómo explicarles a mis hijas que un hombre puede llegar a parecerse a una mujer” –sentenció Alberto Torielli Pérsico, de Aráoz y Paraguay (…) (La Nación, 04/03/1999).
“¿Qué les digo a mis hijos cuando me preguntan si eso –un travesti– es un hombre o una mujer?”, se preguntó Paula Ortega, madre de dos niños de 2 y 5 años (La Nación, 11/05/2000).
“Los travestis ni siquiera tendrían que estar en la calle”, dijo, indignado, Daniel Cancelo (La Nación, 11/05/2000).
Y cómo se explicaba que los cuerpos travestis, no ajustados a la norma social, despertaran curiosidad era otro de los puntos que los/as vecinos/as no se podían responder. Estos cuerpos travestis actuaban como imanes.
“Las amas de casa del barrio dicen que son perseguidas por hombres que las confunden con prostitutas. Es una situación muy compleja. Están parados semidesnudos en las esquinas y uno pasa con sus hijos y no sabe qué decirles. Además provocan disturbios, después de las nueve de la noche se empiezan a formar caravanas de autos y es un lío”, dijo Eugenio Ramírez, presidente de la Sociedad de Fomento de Palermo Viejo (Clarín, 15/03/1998).
Pero no siempre quieren contratar los servicios de los travestis. La gente no viene a comprar el producto, sino a ver lo que pasa. Vienen en grupos de más de tres personas y, generalmente, están borrachas, afirmó Juan Pablo Gonçalves, otro vecino de la zona (La Nación, 11/05/2002).
Si bien los medios gráficos publicaron testimonios de vecinos/as de Palermo que se sentían perjudicados por la oferta de sexo en el espacio público, también el debate sobre la derogación de los edictos ´policiales y la creación del Código de Convivencia motivó la conformación de organizaciones vecinales que se autoproclamaban representantes del vecindario. Según Berkins (2003: 137), estas asociaciones representaron “un grupo social muy activo, que expresaba la queja acerca de que su barrio (Palermo) se había transformado en una virtual Zona Roja, y pedía más represión policial y normas más duras para erradicar a las travestis”.
Para Raffo (2006), lo que estaba en disputa en el conflicto en torno a la oferta de sexo en las calles de Palermo entre los/as vecinos/as y las travestis era la definición de cuáles eran las formas de sexualidad admisibles para la sociedad. En palabras de la autora,
las reacciones de los vecinos del barrio de Palermo Viejo frente a la nueva reglamentación de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hicieron nítidamente perceptibles y visibles las dificultades para afrontar la cuestión de la diferencia y de los derechos. En relación con las reacciones de los vecinos y el grado de conflictividad que el reconocimiento de los derechos de las minorías supuso, podría lanzarse una hipótesis: lo que se jugó en definitiva fue la negociación del uso del espacio público (la práctica de la prostitución en sí) y, sobretodo, la visibilidad de esa diferencia tan perturbadora y de esas elecciones sexuales no convencionales. (Raffo, 2006: 20)
Es importante dar cuenta que las mujeres nacidas con vagina que también ofertaban sexo en el espacio público en otras zonas de la ciudad no fueron incluidas ni interpeladas por los discursos de los/as vecinos/as. Esto indicó que no todos los cuerpos gozaban de la misma admisibilidad y que los cuerpos travestis representaron un desafío al binarismo hombre/mujer, una amenaza a la correspondencia directa entre la genitalidad y la identidad y la expresión de género. La presión de los/as vecinos/as de Palermo fue tan intensa que la clase política elegida por el voto popular decidió modificar el nuevo Código de Convivencia y penar nuevamente la oferta de sexo en la calle. Años más tarde, en 2005, una normativa reglamentó la actividad y permitió que pudiera desarrollarse en el espacio público sólo si se realizaba a más de doscientos metros de una vivienda, un centro educativo o un templo religioso. La única área de oferta de sexo que se vio modificada a partir de esta reglamentación fue la de Palermo.
5. Conclusiones
La condición de extranjero suele ser asociada a la inmigración. Como se mencionó, las (in)migraciones son una constante en las trayectorias de vida de las travestis que vivían en la CABA, debido a la expulsión de sus núcleos familiares, por la falta de oportunidades de trabajo en sus lugares de origen o por asumir una identidad y una expresión de género que desafiaba el orden social de las comunidades de las que eran oriundas. Sin embargo, los discursos de los/as vecinos/as que fueron publicados no apelaron a esta condición de extranjería para proponer el alejamiento de las travestis. Entonces, ¿bajo qué nuevas formas debe pensarse la extranjería en los grandes centros urbanos atravesados por el anonimato?
Los discursos de rechazo de los/as vecinos/as apelaron a la defensa de la moral y a las buenas costumbres de los/as establecidos/as ancladas en el cumplimiento de los valores representados por la familia nuclear moderna, en los límites admisibles de las prácticas y las identidades sexuales y en la definición de los usos (i)legítimos de un territorio determinado. Tal como se trabajó desde la antropología urbana, la construcción de otredades en las ciudades permite pensar que los discursos y las prácticas presentes en torno a las sexualidades también producen el espacio urbano. En este sentido, la construcción de un Otro al que hay que castigar, alejar y controlar es, a su vez, la delimitación y legitimación de un Nosotros. Como sostiene Bartolomé (2006),
la frontera (que se traza con un “otro”) nos ofrece la posibilidad de una singularidad en la cual afirmarnos, un recurso para el ser de cada colectividad humana que se percibe como distinta. (…) Muchas veces, las diferencias se utilizan para construir estereotipos caricaturescos sobre “los otros” (…) o también les adjudicamos (a ese “otro”) nuestras propias fantasías (Bartolomé, 2006: 7).
Grimson también nos permite pensar las fronteras simbólicas que se tejen en las ciudades. Este autor sostiene que es necesario estudiar los límites de las identidades y, sobre todo, los “dispositivos a través de los cuales se construyen esas diferencias, articulándolas en la mayor parte de los casos con formas de desigualdad” (Grimson, 2005: 127). En estas desigualdades se siguen (re)produciendo las nociones de un Otro que, en este caso, se encontró encarnado en los cuerpos y en las identidades travestis. En el caso de la zona roja de Palermo, la caracterización de la construcción de un Otro apeló a una condición de extranjería pero no por la condición de nacionalidad sino por la ajenidad que estos cuerpos e identidades representaban por su clase social, sus prácticas y por una identidad y expresión de género inclasificable en un país en donde a mediados de la década de 1990 todavía no habían existido fuertes debates en torno a la extensión de los derechos sexuales para la población de lesbianas, gays, bisexuales y trans.
Este capítulo es una invitación a problematizar cómo la sexualidad, el cuerpo y la identidad y expresión de género también son variables a través de las cuales los diferentes actores construyen el espacio urbano. De esta forma, éstos edifican y fortalecen diferencias socioeconómicas, otredades, fronteras, muros físicos y simbólicos para administrar las distancias con respecto a lo que se concibe como una amenaza a lo propio. El extranjero, el otro, el forastero, el indecente, el ilegal, el intruso, entre otras figuras posibles, se encarnan en un mismo grupo: el de la vereda de enfrente, el que reconfirma la propia legitimidad.
6. Bibliografía citada
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— (2003). “Un itinerario político del travestismo”. En Maffía (comp.) Sexualidad migrantes. Género y Transgénero. Buenos Aires: Feminaria Editora, pp. 127-137.
Bartolomé, Miguel (2006). “Discontinuidades en América Latina”. Revista Todavía, 5.
Delgado Ruiz, M. (1999). “Anonimato y ciudadanía”. Revista Mugak, 20, tercer trimestre.
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Raffo, María Laura (2006). Ciudadanías en construcción. Un estudio sobre organizaciones de travestis en la Ciudad de Buenos Aires. Buenos Aires: CLASPO- Argentina.
Fuentes consultadas
Encuesta Anual de Hogares de 2014. Dirección General de Estadística y Censos. Ministerio de Hacienda del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
- Se decidió utilizar la categoría travesti ya que para el período que se estudia era el concepto que la gran mayoría de ellas utilizaba para autodefinirse. Hoy en día también se utilizan términos como trans, transexual, transgénero.↵
- Argentina cuenta con un sistema político federal. Esto quiere decir que cada una de las provincias cuenta con una Constitución propia y una Legislatura provincial.↵
- Vale aclarar que cada una de las provincias de Argentina (veintitrés más la CABA) cuenta aún hoy con un Código de Faltas y que recién en 2012 se derogaron los artículos que prohibían el “uso de ropas del sexo opuesto” en las provincias de Neuquén y Formosa.↵
- Es importante aclarar que los estudios citados sólo incluyeron a identidades y expresiones de género femeninas, no contemplando a los hombres trans.↵
- En este artículo se concibe a los medios de comunicación no como plataformas neutras en las que las opiniones de los/as vecinos/as se explayan sino como un actor más que genera sentidos. De todas formas, en otros trabajos en los que se analizaron las versiones taquigráficas de los debates públicos también se encontraron discursos de vecinos/as que promovían cierto uso y pertenencia legítimos sobre el espacio público.↵






