Estrategias de encuentro, negociación y disputa en y por el espacio público porteño. Parque Mujeres Argentinas de Puerto Madero, Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2011-2012)
María Rosa Privitera Sixto
Introducción
En 2011 tomé conocimiento de las disputas nocturnas establecidas entre jóvenes residentes de los barrios porteños de Villa Lugano y Villa Soldati, practicantes de skate y longboarding,[1] y los vecinos residentes de las torres aledañas al Parque Mujeres Argentinas del barrio Puerto Madero, en torno al uso de dicho espacio público. Si bien tales tipos de discrepancias son las que suelen generar la mayor cantidad de los conflictos que caracterizan la vida de y en las grandes ciudades contemporáneas (Duhau y Giglia, 2008), la particularidad y la relevancia de nuestro referente empírico surge de los vínculos sociales y espaciales que se estaban poniendo en juego.
Es que mientras los barrios pertenecientes a la comuna 8, en los que los jóvenes residían, se destacan por la presencia de un gran número y tamaño de conjuntos de vivienda social, villas, asentamientos y espacios verdes que configuran una estructura “fuertemente fragmentada y discontinua” que rompen con el tradicional damero de la trama urbana porteña (Secretaría de planeamiento, MDU, 2011), la discontinuidad de Puerto Madero surgía de que su acceso se hallaba limitado a un puñado de puentes giratorios que desde fines del siglo XIX conectan esta isla artificial al centro histórico, político y financiero de la ciudad (Khalil, 2014: 3). Ahora, para la segunda década del siglo XXI, Puerto Madero ya era reconocido como paradigma de la recualificación urbana que desde hacía algunas décadas se había vuelto hegemónica como forma de hacer ciudad, mientras los barrios de la comuna 8 lo eran de la relegación con respecto a esos procesos de recorte y de iluminación selectiva ejercidos por el capital financiero inmobiliario de la mano del Estado (Girola et al., 2011). Y mientras Puerto Madero era reconocida como “emblema de una urbe reconfigurada principalmente –aunque no de modo exclusivo– para el disfrute de los sectores sociales más acomodados” (Girola, 2006), la comuna 8 era la que concentraba los indicadores más deficitarios de la ciudad, agrupando a fines de 2011, según datos del propio Ministerio de Desarrollo Urbano, la población con los niveles más bajos de ingresos, con más del 60% de sus hogares ubicados entre los estrato medio-bajo (37%) y bajo (28,6%), amén de que el porcentaje de hogares con necesidades básicas insatisfechas (13,4%) duplicaba el promedio a nivel ciudad, lo que contribuía “a desarrollar, sostener y reforzar un territorio segregado en relación con el resto de la ciudad” (Rodríguez y Zapata, 2013: 50).
Ahora bien, son los jóvenes uno de los sectores de la población que se ven más expuestos a la vulnerabilidad y el riesgo de exclusión en las sociedades contemporáneas, aunque no todos lo están por igual (Saraví, 2009). Al respecto son contundentes las disparidades entre los jóvenes que residen en la zona sur –que incluye a la comuna 8– y aquellos que residen en el norte de la ciudad de Buenos Aires: mientras indicadores como nivel de repitencia, precarización laboral, desocupación o carencia/déficit de servicios de salud, en el año 2012, duplicaban los valores del norte, otros como la deserción escolar y los problemas sociorresidenciales los triplicaban; así, se observaba incluso que frente a una tasa de desocupación del 16,2% entre los jóvenes con problemas sociorresidenciales, la de aquellos jóvenes que no tenían tales problemas habitacionales apenas alcanzaba el 8,9%, “lo que reafirma la situación de ‘acumulación de desventajas’, para usar la expresión con la que Gonzalo Saravi (2006) define las formas de exclusión en América latina” (Chorny y Paura, 2015: 4).[2]
Pues bien, en el marco de aquella línea que indaga en los procesos de interacción/negociación cotidiana a través de los cuales se reproducen las desigualdades socioterritoriales en la ciudad contemporánea de Buenos Aires, este escrito analiza la problemática inserción de un grupo de jóvenes residentes de una de las zonas más relegadas de la ciudad, en el espacio público de uno de los barrios porteños más modernos y lujosos. Para ello nos valdremos de observaciones de campo realizadas en el parque Mujeres Argentinas del barrio de Puerto Madero, entrevistas a usuarios y vecino del parque entre los años 2011 y 2012, y otras fuentes primarias. Se pretende establecer tanto el valor diferencial que las prácticas de los jóvenes podían adquirir al ser ejercidas en sus barrios de residencia y fuera de estos, como los límites de lo que resultaba socialmente tolerable en el particular territorio público de Puerto Madero. Asimismo se examinarán las prácticas y los discursos puestos en juego a la hora de legitimar y negociar los distintos tipos de apropiaciones trabadas en la disputa por el uso y el control de dicho espacio público. Ello nos conducirá a sostener que la experiencia que de la ciudad pueden tener estos jóvenes es efecto de toda una historia de acumulación de desventajas respaldadas por los Estados, inversores privados y vecinos porteños, pero también de su pretensión y capacidad de darse algo más que experiencias de padecimiento, victimización y exclusión. De modo tal que aun cuando en la ciudad proliferen procesos de fragmentación socioespacial, los contra-usos que los jóvenes se muestran capaces de ejercer, además de cuestionar y redefinir los límites de lo que resulta posible hacer en y con el espacio urbano, también deben ser interpretados como estrategias de encuentro entre pares y copresencias con sus otros urbanos.
Copresencia y representaciones espacio-temporales en el Parque Mujeres Argentinas
Durante mis visitas al parque Mujeres Argentina de Puerto Madero, lo que más llamó mi atención fue que las decenas de grupos que estaban “andando” en skate, en longboard, en rollers, o en distintos tipos de bicicletas, o paseando a sus perros, trotando, practicando breakdance o realizando algún tipo de celebración, se sucedían a la vez, circulando y esquivándose, “sin molestarse” unos a otros. A mi modo de ver, la disposición corporal de esos actores dentro de aquella dinámica de circulación a primera vista pacífica, hablaba de una eficaz incorporación de normas. Estos cuerpos se volvían expresión de una “manera de estar, de comportarse” (Bourdieu, 1986: 184), “adecuada” a las interacciones que se deben sostener en el espacio público urbano. Me refiero a las “reglas de urbanidad” (Giglia, 2000) que constituyen estos códigos de comportamiento e incluyen un arduo trabajo “en el sentido goffmaniano de una evitación de señales y expresiones”, una actitud de “desatención cortés” que, esquivando la mirada y el tacto, nos permite hacer como que no vemos a los cientos de otros que por allí transitan (Villalobos, 2004: 26). Esto resulta posible en tanto los espacios constituyen esferas de significación social, que
Contienen visiones del mundo o éticas particulares (…) que constituyen la propia realidad y que permiten normalizar y moralizar el comportamiento a través de perspectivas propias. (…) Es de esperar (…) un comportamiento diferenciado de acuerdo con el punto de vista de cada una de esas esferas de significación. (Da Matta, 1985: 53)
Sin embargo, aun cuando la idea del espacio público suponga tal convergencia mínima de sentidos acerca de lo que significa frecuentarlo e integrarlo, el mismo podrá ser definido como entrecortado por diferentes representaciones, emergentes a partir de los usos que califican al espacio y le atribuyen sentidos, orientando acciones sociales y siendo por estas delimitado de manera reflexiva, contribuyendo así a una conflictiva construcción práctica del espacio público (Leite, 2004).
En el caso bajo análisis, la tensión se presentaba entre los jóvenes de entre 17 y 30 años de edad, practicantes de skateboarding y longboarding venidos de la comuna 8, y algunos de los residentes de las torres-country[3] aledañas al parque Mujeres Argentinas. Es que más allá de los usos planificados para el mobiliario de dicho parque, este se veía sometido a proyecciones de sentidos que habilitaban usos no convencionales: en el caso del skateboarding se trata de saltos y deslizamientos sobre escaleras, bancos, barandas y bordes en general –untados con cera–, mientras que en el del longboarding más bien se trata de extensos deslizamientos a través de sendas/caminos/calles, a altas velocidades. Estos contra-usos, que hasta incluían cambios en la ubicación del mobiliario, suponían la transformación de la funcionalidad con la que estos y el parque habían sido originalmente diseñados –imagen 1–. Al respecto, una de las chicas de 25 años de edad, que hacía poco empezaba a “andar” con la tabla, en una de las entrevistas que tuvimos en el parque naturalizaba: “Esta plaza está hecha para andar, ¡mirá! Escaleras, bajadas, barandas…”, invitándome gestualmente a observar uno de los parques con mayores dimensiones de la recualificada isla portuaria, custodiado por una decena de agentes de Prefectura, y que asimismo se destacaba por un diseño que poseía barrancas, desniveles y muros de piedra, así como extensas rampas y escaleras de cemento que permitían acceder a su centro.[4]
Imagen de bancos de cemento usados como rampas en las escaleras, o corridos a un lado para facilitar deslizamientos. Parque Mujeres Argentinas ver Diario La Nación, 30/05/2014.
La excentricidad de este parque era producto de la predilección que, con mayor sistematicidad en los años noventa, las intervenciones público-privadas habían comenzado a mostrar sobre los espacios públicos en el marco de las estrategias del “urbanismo escenográfico” que, orientadas por imperativos del diseño, la belleza y la distinción, buscaban “sellar el carácter único del flamante barrio”, promoviendo la transformación de “porciones” de la ciudad-problema –atravesada por una creciente segregación y discriminación–, en “porciones” de la ciudad-negocio (Gorelik, 1997 citado en Girola et al., 2011: 29).
Pero por otro lado, también respondía a la pretensión de que Puerto Madero pudiera reeditar el ideal moderno del espacio público como lugar de urbanidad y de civilidad, escenario de convivencia pacífica y previsible con la otredad (Girola et al., 2011: 35) como parte de un espíritu de época. Una pretensión propia de la Argentina de fines de los años ochenta, en función de lo cual los nuevos espacios públicos, según declamaban los funcionarios a cargo del proyecto de recualificación, debían “expresar la postal de la vuelta a la democracia, donde se celebrara la diversidad, haciendo coexistir el hecho de que fuera un lugar de prestigio (…) pero que a la vez sea un ámbito de lo popular, y así expresar la naturaleza del centro, lugar donde coexisten todos los sectores sociales” (Crovara y Girola, 2009: 11).
Ahora bien, pese a esas percepciones y pretensiones celebradoras del civismo, “una ideología que concibe la vida social como terreno de y para el consenso, en que ciudadanos libres e iguales acuerdan convivir amablemente cumpliendo un conjunto de preceptos abstractos de buena conducta” (Delgado 2007: 17), las apropiaciones y las interacciones practicadas en esos espacios hacían surgir fronteras y disputas por lo que resultaba tolerable y no tolerable en ese barrio de clases altas. Los contra-usos practicados por los jóvenes skaters instituían entonces otro concepto de espacio público. En primer lugar sus contra-usos cuestionaban la imagen de consumidores pasivos de espacios diseñados previamente por otros actores con miras a ejercer su control social, y más bien expresaban la realidad de apropiaciones selectivas –incorporan y desechan– de la ciudad neoliberal, capaces de erigir a los espacios públicos en un “espacio de y para la acción social”, “de y para el conflicto”, “donde se dirimen batallas por definir de quién es y qué significa”, aun cuando su raíz ideológica sigua siendo un ideal de sociedad de libres e iguales (Delgado, 2004: 3).
Como mínimo una vez a la semana, entonces, vecinos y usuarios del parque Mujeres Argentinas se hacían y enfrenaban la misma acusación: estar intentando realizar un usufructo privado del parque, mientras el ideal de espacio público sería el de aquel que debe ser de todos a la vez pero de nadie en particular. En este punto, la intervención de los agentes de Prefectura Naval –a cargo de la “seguridad” de la zona– resultaba clave a la hora otorgar/impugnar legitimidad a los usos y a los usuarios en la reproducción del espacio público de Puerto Madero, tal y como veremos a continuación.
La nocturnidad de Puerto Madero, escenario, objeto y producto de la disputa
Acerca de la mecánica de su intervención en el conflicto, uno de los oficiales de Prefectura apostados en el Parque Mujeres Argentinas con los que pude conversar en 2012 me comentaba que, más allá del conflicto más amplio por los espacios públicos de Puerto Madero, que involucraba a otros usuarios –automovilistas, cartoneros, etc.–, otras temporalidades –fines de semana–, otros canales de demanda –reuniones con miembros de la Corporación Puerto Madero y otros funcionarios públicos–, eran los residentes linderos al parque los que, de forma más cotidiana, solían llamar a la línea telefónica de la Prefectura, demandando la restricción de los deslizamientos y los saltos realizados con las patinetas, bajo el argumento de que generaban una contaminación sonora intolerable, amén de que destruían el mobiliario público. Luego, “desde la central, un superior le pide al oficial más cercano a la zona ruidosa, que corra a los chicos de un sector a otro del parque”. A continuación señaló un edificio que yo tenía a mis espaldas para indicarme que eran los vecinos de aquella torre quienes solían quejarse con mayor frecuencia y con una sonrisa agregó: “los vecinos son medio mala onda… pero el problema no es por la tarde sino por la noche, cuando tienen ganas de descansar”.
Efectivamente, los jóvenes practicantes de skateboarding y de longboarding de la comuna 8 tenían predilección por el uso esas instalaciones por las noches, “cuando no hay tanta gente”, ya que durante el día y los fines de semana el parque se volvía escenario de actividades masivas –paseos familiares y románticos, mateadas y otras actividades deportivas– que limitaban materialmente sus saltos y sus desplazamientos. Ahora, aunque no todos los vecinos consultados se mostraron en desacuerdo con aquellos usos –algunos llegaron hasta a celebrar la diversidad de apropiaciones de que eran objeto los espacios públicos de su barrio–, los que sí lo hacían demandaban a la Prefectura poner en juego la fuerza performativa de su lenguaje.
Frente a tal confrontación de una temporalidad residencial del descanso y una temporalidad del ocio, la Prefectura gestionaba el conflicto proponiendo entonces una tercera opción ligada al “tránsito”. Concretamente, las 23 hs eran el punto de referencia fijo a partir del cual aquel espacio público “abierto”, que durante las jornadas diurnas era sede de masivos encuentros entre pares y entre desconocidos, se vería cercado simbólicamente, ya que ciertas actividades serían restringidas bajo el argumento de que “los vecinos tienen ganas de descansar”. El símbolo numérico abstracto generaba un cambio de disposición en cuanto a lo que resultaba tolerable y, a medida que transcurriera este nuevo tramo, la presencia de los sujetos en el parque levantaría más y más sospechas, lo que haría que se vieran por ende “legítimamente” sujetos a la vigilancia de las fuerzas de seguridad.
En un sentido, ello implicaba que la nocturnidad pública gestionada por los agentes de Estado estaba comprometida con la desigual inserción socioespacial de los actores sociales, en función de lo cual sus argumentos no tenían la misma legitimidad ni generaban los mismos efectos, y sus prácticas no eran sometidas a las mismas sanciones: los reclamos de los residentes de arriba, de las torres-country, eran los que dirigían los desplazamientos que los de abajo, usuarios del parque, debían hacer. Aquí nos enfrentamos a la existencia de una serie de derechos exclusivos que pretendían ser erigidos para los demás en “prohibiciones de derecho o imposibilidades de hecho” (Bourdieu, 1999: 298). El derecho de quienes habitaban las alturas de Puerto Madero a descansar, a solicitar a la Prefectura se respete su “tiempo de…”, planteaba así la prohibición de apropiaciones diversas respecto al espacio público.
Ello encuentra sostén en un marco sociocultural atravesado por el capitalismo, en el que, aún cuando la tendencia sea a representarse el tiempo, así como al espacio y a los sujetos, de formas cada vez más individualizados y autonomizados del sistema social del cual son emergentes (Da Matta, 1985), el orden social es un ritmo y adecuarse a él implica respetar ese tempo (Bourdieu, 2006). Me refiero a una temporalidad disciplinada y disciplinante que, no pudiendo escapar ya a su conversión en dinero, podrá ser gastado o malgastado, pero perderlo, un escándalo moral (Thompson, 1984; Weber, 1993). Y así, aquel ocioso que pierda el tiempo será similar entonces a un animal que no sabe medirlo (Le Goff, 1983). Justamente, los vecinos leían las prácticas nocturnas de los jóvenes cual expresión de una carencia de civilidad amenazante, que los agentes de Estado estaban entonces llamados a imponer, haciendo surgir un nuevo orden nocturno bajo el que debía imponerse la noción del espacio público como “lugar de tránsito”.[5]
No obstante ello, los jóvenes con los que trabajé negociaban y disputaban estas definiciones y significaciones hegemónicas desde su propia rutina cotidiana, es decir, ello no necesariamente pensado desde la transgresión, sino actuado desde la naturalización del orden social (Giddens, 1982), tal y como deja entrever la reflexión de Lorenzo respecto a las demandas de los vecinos:
-L: A MÍ me parece una MIERDA… me parece una mierda porque, sí, les puede molestar el ruido… pero si tanto les molesta… ¡QUE SE JODAN! O sea… a mí, si yo tuviera una plaza de esas características para usar en otro lugar… la verdad que no iría a Puerto Madero, porque no es un lugar que me guste en sí mismo…
-MR: ¿Por qué?
-L: PORQUE NO ME GUSTA TODO EL AMBIENTE QUE HAY, DE MUCHA PLATA [tono firme y alto, como reafirmando su opinión]… ME GENERA UN POCO DE RECHAZO, O SEA ES COMO QUE ESTÁ TODO MUY LINDO, ESTÁ TODO MUY LIMPIO… eh… pero ya me parece demasiado… No sé, me parece demasiada plata y demasiada gente de plata… que en sí mismo es “esa es SU plaza, y nos dejan a NOSOTROS usarla”… y a mí eso me molesta… (…) mismo Puerto Madero… es un barrio construido en los noventa… que, una vez iba con un amigo caminando, y me dijo algo que es verdad… es como… su propio… mueven los puentes para cruzar de un lado para el otro y se aíslan de todo el resto de la ciudad… o sea hasta ese grado de… división… potencial tienen… Pero esa no deja de ser una plaza pública, el punto es que… ellos, yo lo sé porque uno de los vecinos se lo dijo a mi amigo que… ponen plata para cuidar la plaza, tiene como parte de las expensas… una parte va para el mantenimiento de la plaza… en última instancia como espacio público puede ser usado por todos, de muchas formas… y aparte… en particular…no me molesta joderle a esa gente…
-MR: Ah… es como una actitud ya de… ¿Choque?
-L: NO, ES QUE CUANDO ESTOY ANDANDO NO LO PIENSO, pero cuando lo pienso…
Este testimonio explicita la configuración del espacio público de Puerto Madero no sólo como un espacio que debe ser de todos y para todos, sino además como un espacio conflictivo a partir del cual se configuran y expresan fronteras sociales –ellos vs nosotros–. Ahora bien, la mediación de los Prefectos resultaba clave en el sostenimiento de la copresencia conflictiva, ya que no venía a resolver el conflicto por la vía de la prohibición-exclusión, sino que su forma de gestionarlo habilitaba el ejercicio de una presencia negociada, lo que puede ser observado en el descargo del Prefecto Mayor al ser interpelado sobre “la problemática de la seguridad” en un medio de comunicación barrial:
Es un tema delicado. (…) nos genera denuncias que creo injustas, aduciendo que nosotros no controlamos o no brindamos mayor seguridad a los parques, fundamentalmente ‘Mujeres Argentinas’ (Dique 3), ‘Micaela Bastidas’ (Dique 2) y ‘Eva Perón’ (Dique 1). Destaquemos primero que la función principal de la Prefectura no es la de Guardaparques. En la mayoría de los espacios verdes importantes de Buenos Aires hay gente a la que el Gobierno de la Ciudad le paga un sueldo para que vigile los parques. Cuanta más gente destinamos a los parques para que los chicos no anden con la patineta, para que no destruyan el emblema, para que no pinten graffitis en la pared, para que no estropeen el césped, todo ese personal se lo quitamos a la seguridad de Puerto Madero. Es una cuestión de prioridades: para nosotros es fundamental evitar la salidera bancaria, cuidar los cajeros automáticos… Con esto no estoy diciendo que no haya que destinar agentes al cuidado de los parques: en Mujeres Argentinas apostamos entre 3 y 5 prefectos (…). Pero son muchas hectáreas y nuestro personal puede desalentar algunas prácticas y conductas, pero no puede prohibir actividades que están permitidas, como el skate. (Portal de noticias Nuevo Madero, 2010)
La mediación de los Prefectos entonces estaba construida en base a la percepción que tenían de cada uno de los actores implicados e incluso del rol que creían estaban llamados a cumplir en Puerto Madero. Así, las demandas de los residentes de Puerto Madero de prohibir las maniobras con las tablas de skate o de longboard en el espacio público eran sancionadas por los Prefectos no sólo como injustas –para con su tarea en el barrio– sino además como desmesuradas y hasta casi absurdas –frente a los delitos contra la propiedad privada–. Respecto a la cuestión prohibicionista, este fragmento coincide con el relato que en 2012 uno de los prefectos apostado en el Parque me daba respecto de que, tras el llamado de algún vecino, él se limitaba a “explicarles bien a los chicos” –quienes por su parte caracterizaban a los oficiales de la Prefectura como “muy correctos”, de un trato diferente al que tiene la Policía Federal– que debían desplazarse hacia otra parte del parque, “pero no los echo, y bueno, en la otra esquina que se arreglen con el otro oficial…”.
Ello en definitiva supone que la nocturnidad de Puerto Madero, gestionada por los agentes de Estado, no resultaba totalmente comprometida con los deseos de “los vecinos”. Por supuesto que el imperativo de tener que desplazarse de una esquina a la otra del parque podía pretender tener un efecto desgastante, pero en tanto el desplazarse por el espacio formaba parte de la lógica misma de las prácticas de skate y longbaording, el cumplimiento de esas demandas por parte de los jóvenes más bien actuaba como un modo de negociar sus visibles y ruidosas presencias.
Por último además hipotetizo que el sostenimiento de la conflictiva presencia de los jóvenes de la comuna 8 en el espacio público de Puerto Madero era efecto del hecho de que sus prácticas configuraban parte del concierto masivo de actividades deportivas que daban “pulso” a la vida del fragmento escenográfico de la ciudad-negocio. Y a pesar de las carencias de civilidad que los vecinos pudieran ver en sus prácticas, tal participación suponía la disposición de un tiempo-dinero “libre” de obligaciones laborales, tanto como la capacidad de transfigurar ese tiempo ocioso para el capital en tiempo de ocio, en el que es posible no sólo consumir sino además competir por la acumulación de capitales simbólicos (Bourdieu, 1999), capaces por ejemplo de efectivizar operaciones de blanqueamiento sociocultural como las que propone el ideal europeo del espacio público porteño. Competencias que asimismo resultarían beneficiosas para la materialización de la postal porteña que funcionarios y agentes inmobiliarios pretenden presentar en el mercado de las ciudades globales.
Salir del barrio, agenciar un lugar en la ciudad neoliberal
Hasta aquí hemos dejado entrever, retomando un sentido relacional de lugar (Massey, 1991; Leite, 2004), la noción de que el valor del espacio público de Puerto Madero para los jóvenes residentes de la comuna 8, y por ende de la disputa por su apropiación, surgía de las carencias de infraestructura que la comuna 8 presentaba, cuyas plazas y parques en gran medida se encontraban enrejados y limitados por una franja horaria en la que era legítimo su uso, claro que tampoco para cualquier práctica: por ejemplo, en muchas estaba prohibido jugar a la pelota, ingresar con animales o andar en bicicleta –disposiciones todas que el Gobierno de la ciudad pretendía controlar mediante el apostamiento de “guardianes de plazas” que, sin embargo, no se sostuvieron en el tiempo–.
Sin embargo, más allá de las cualidades estéticas o “técnicas”[6] que puedan volver atractiva una plaza o cualquier otro espacio público para “andar”, en esa valoración los vínculos sociales establecidos en y a partir de los espacios comunes de sus barrios de residencia resultan ser igualmente relevantes. En esa dirección un joven de diecisiete años de edad sostenía con respecto a las plazas de su barrio:
-Q: Ahí… ¡es re feo! son todos re-kaqui… (…) hay una plaza, ‘ta buena…pero no me gustaría andar ahí… (…) están todos “los negros” [sonríe].
-MR: ¿Qué significa eso?
-Q: Y… que te re vacilan, te descansan. Ponele, te caes, y se cagan de la risa… (…) si salgo con todos los pibes… me cebo más, y ya está, estoy con todos los pibes que andan, para andar solo es re feo…
Por un lado, la cita es reveladora de una relación de alteridad que se establece frente a otros actores con los que se comparte el lugar de residencia, pero de quienes se toma distancia en base a una valoración diferencial respecto a esa otra forma de practicar el ocio que suponen las prácticas del skate y del longboarding. Esa distancia se construye mediante una racialización que busca invertir la jerarquía de quien ejerce la burla, y así la impugnación de la que se es objeto. A partir de ello, apropiarse de espacios públicos allende sus barrios de residencia implicaría asimismo una operación de blanqueamiento. Estos vínculos establecidos en y a partir de los espacios comunes de sus territorios de residencia son entonces también factores explicativos de ese “salir” del barrio, en busca, si no de reconocimiento y de respeto, por lo menos de la indiferencia y el anonimato prometidos por el ideal moderno del espacio público. Y por otro lado, la cita asimismo explicita que es la presencia de un grupo de pares capaces de reconocer y de valorizar esas otras formas de practicar el ocio lo que habilita la apropiación de nuevas áreas de la ciudad.
En primer término ello supone que así como estos jóvenes elegían trasladarse a Puerto Madero, las disposiciones acerca de lo que resultaba posible y deseable hacer en y con el espacio público urbano[7] habilitadas por el skate y el longboarding disponían su traslado hacían a otros parques, edificios públicos y skateparks –áreas exclusivamente diseñadas para la práctica del skateboarding y que simulan el mobiliario urbano como ser escaleras, barandas, rampas de acceso, etc.–. Las travesías así generadas resultan ser formas de apropiación del espacio urbano y lugares propicios para disparar imaginarios (Canclini, 1999) que les permiten trazar sus propios mapas urbanos (Delgado, 1998) y conducen a cuestionar la imagen de los residentes de espacios “relegados” cual inmovilizados, anclados al territorio de la periferia.[8]
Sostengo entonces que lo señalado hasta aquí nos obliga a cuestionar aquellas perspectivas que al subrayar demasiado la fragmentación social y los procesos de repliegue o guetización en grandes ciudades contemporáneas, como Buenos Aires, terminan por construir una imagen absolutamente pasiva de los sujetos frente a los procesos sociales, cuya única experiencia es la del padecimiento. No discuto que los procesos de fragmentación socioespacial existan, más bien planteo que poniendo el foco en la agencia de los sujetos, podremos dar cuenta de formas alternativas en que los jóvenes buscan hacerle frente: construyendo sus propios circuitos a través de los que recorren la ciudad en busca de alternativas formas de estar juntos, lo que nos conduce al segundo comentario.
Aquel testimonio nos conduce a sostener también que las prácticas ejercidas por estos jóvenes, de “salir a andar”, de transitar por el espacio urbano, suponen activas y complejas formas de integración/inclusión al orden social, capaces de configurar modos de estar juntos, formas de copresencia con sus otros generacionales y con sus otros de clase, amén de con su grupo de pares, más allá de un modelo de ciudad orientado a la atracción de capitales (Yúdice, 2002) –lo cual no significa que no lo tengan de alguna forma en cuenta–,[9] configurando experiencias del espacio urbano que desbordan las acciones que pueda planificar el Estado, de la mano de otros agentes privados (Leite, 2004), constituyéndolo en verdadero lugar de encuentro, de protección y de pertenencia identitaria.[10]
Palabras finales
La principal hipótesis que estructuró este capítulo fue que la residencia en áreas estigmatizadas y segregadas socioespacialmente no determina únicamente experiencias juveniles de padecimiento, victimización o exclusión, sino que puede además erigirse en motivación de apropiaciones materiales y simbólicas del espacio urbano allende sus áreas de residencia. Prácticas sociales que, como el “salir a andar” –apropiación local de imaginarios y prácticas de ascendencia global como el skateboarding y el lonboarding–, son vehículo de una forma de experimentar la ciudad que no permanece anclada al barrio, y asimismo supone adscripciones a lugares-valores que van articulando procesos de configuraciones identitarias juveniles, entre pares y frente a sus otros urbanos, construyendo y expresando formas complejas de integración, no solamente pacíficas, sino también conflictivas, en tanto suelen darse en el marco de relaciones de poder radicalmente asimétricas.
Por ello mismo pudo observarse a los jóvenes residentes de territorios históricamente marginados negociando su presencia y su reconocimiento en el espacio público del barrio más exclusivo de la ciudad neoliberal –la aceptación de desplazarse de una esquina a otra del parque o la apelación al ideal del espacio público como lugar de y para “todos”–. Acciones que, siguiendo la perspectiva de Canclini, podrían ser pensadas en la sintonía de las tácticas –en oposición a estrategias–, en tanto no tienen por meta gestionar en beneficio de la mayoría las dificultades propias de la vida urbana, sino que suponen pequeños arreglos y transacciones de beneficio personal (1999: 128).
Ahora bien, ello no tanto a fuerza de su propia voluntad, como de la tracción que todavía ejerce el ideal del espacio público moderno en los habitus urbanos de los actores cotidianamente implicados en el ordenamiento de la experiencia de esta área de Puerto Madero. Ello, sin embargo, no implica que no se establezcan diferentes espacios y temporalidades basadas en fronteras morales y simbólicas. De ello da cuenta, justamente, el conflicto sostenido entre vecinos residentes y jóvenes usuarios venidos de la zona “sur”. Fronteras asimismo expresadas en la visible ausencia de personas pernoctando o ejerciendo la prostitución en el parque, prácticas que sin embargo sí eran ejercidas a espaldas de su muro más alto, justo sobre el boulevard que opera de frontera entre la urbanización Puerto Madero, la Reserva Ecológica y el asentamiento “Rodrigo Bueno”.
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Fuentes primarias
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- Las prácticas del skate y longboarding surgen en vinculación a otras prácticas como el surf, de la que se toma la idea de “montarse” sobre un tabla que se desliza, no ya sobre el agua, sino sobre el pavimento de la costa oeste de Estados Unidos, durante la segunda mitad del siglo XX, en el marco de una época que ha sido caracterizada por el historiador Eric Hobsbawm (1995) como de “auge de la cultura juvenil” en las sociedades urbanas occidentales, durante la cual los jóvenes comienzan a ser erigidos en grupo social independiente. Son prácticas sociales que se desarrollan a escala global, entre el pasatiempo de estilo rebelde y anti-social, y el disciplinamiento por las vías de su deportivización (Camino, 2010) y su mercantilización. ↵
- Cifras arrojadas por la Encuesta Joven 2012, que no sólo no fueron corregidas por las políticas públicas, sino que continuaron acrecentándose según la encuesta de 2014 (Chorny y Paura, 2015).↵
- La categoría refiere a un espacio social pretendidamente “aislado de su entorno, despegado del tejido urbano, cerrado a la calle con cercas y paredones, elevado en altura para capturar vistas al río y a los parques, concentrado en planta baja para ganar capacidad constructiva y para generar un parque propio, que junto a los equipamientos y servicios comunes conforman una alternativa ‘urbana’ a las promesas del country club o barrio cerrado (seguridad, confort, contacto con la naturaleza, exclusividad)” (Tercco, 2005).↵
- Diseño que por otro lado, algunos autores interpretan en términos de barreras físicas que limitan el accionar de los usuarios, pero facilitan “la vigilancia omnipresente” por parte de las fuerzas de seguridad “que detectan y corrigen las más mínimas desviaciones” (Khalil, 2014: 16).↵
- El accionar de la prefectura coordinaba así las actividades dentro y fuera del parque, con el paso de un tiempo abstracto, cosificado y cuantificado a través de las horas del reloj, que es experimentado como si fuera algo real. Sin embargo, tal y como señala Leach “nada existe en el principio de la cosa o de la naturaleza de nuestra experiencia, que sugiera que el tiempo deba necesariamente transcurrir a una velocidad constante (…) De hecho, creamos el tiempo al crear intervalos en la vida social” (1985: 206).↵
- Básicamente, los elementos “técnicos” que determinan el valor de algún parque o plaza para “andar” poseen una funcionalidad hegemónica divergente a la asignada por estos chicos y estas chicas, como las barandas y las rampas pensadas para personas con movilidad reducida, que son “voladas” junto a las escaleras o los bancos, cuyos bordes son también untados con cera de vela para deslizarse por ellos con las tablas.↵
- Ese circuito urbano resulta tramado a partir de una mirada particular sobre la ciudad, que la clasifica, identificando y jerarquizando aéreas pasibles de intervención con sus tablas. Así, ante el interrogante de “¿Qué plazas tendrían ‘tanto’…?” [me refiero a las condiciones “técnicas” para andar con un skate], uno de los jóvenes me planteaba “Es que en realidad no hay UNA plaza que tenga TANTO… la plaza que más podes aprovechar para andar en skate, y que es mucho mejor, es la que está… la plaza Houssay… (…) porque tiene escaleras, tiene más bordes… igual yo no fui nunca a andar ahí, así que tampoco te sé decir mucho… pero la conozco a la plaza, pasas con el colectivo, la vez, y ya te das cuenta…”.↵
- Ello confirma algunas tendencias advertidas por otros autores hacia fines del siglo XX, como la de que el barrio –entendido como el territorio propio– ha dejado de ser el epicentro del mundo y de las prácticas juveniles, así como la noción de que las formas de adscripción identitaria juveniles, sus representaciones, sus anhelos, sus sueños, sus cuerpos, deben ser entendidas en el intricado entramado de múltiples interacciones, puesto que los jóvenes son actores en el mundo social, no fuera de este (Reguillo, 2000: 112-113). ↵
- Al momento de la entrevista EO tenía 27 años de edad, desde los 15 andaba en skate y desde hacía 2 había comenzado a practicar longboarding. Respecto al interrogante sobre el atractivo del Parque Mujeres Argentinas, él me comentaba que “y… lo que tiene la plaza es como… caminos en un piso muy liso, y un espacio verde muy grande… o sea es un espacio verde muy grande… con… pasillos de material muy liso donde las ruedas (…) Lo que tiene es que… primero que no está enrejada… segundo que ¡es MUY grande! entonces uno puede patear con la tabla. Hay otras plazas que no… no se puede, mismo si pensás en un parque grande como ‘el Centenario’, la vereda… es más vieja, está rota… hay puestos de feria, que está bueno, pero para andar no te sirve. Ahí encima lo que tiene de bueno es que, bueno… en invierno hace mucho frío, pero, en verano es un lugar RE-fresco, está al lado de la costanera y circula mucho viento (…) Está muy cuidado… hay mucha plata en esa plaza. -MR: ¿Por eso te gusta ir ahí? -EO: No es que me guste ir a la plaza porque tiene mucha plata encima, sino porque las condiciones que me da para andar con la tabla son mucho mejores.”↵
- El hecho de que esos mismos jóvenes con posterioridad lograran impulsar la creación de un skatepark en Villa Lugano, a manos de la gestión macrista del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y hayan continuando interviniendo de modo directo en su gestión –vía la realización de una “escuelita de skate” y de campeonatos–, poniéndose en contacto con jóvenes de otros barrios, reafirma la hipótesis sostenida.↵






