Políticas públicas.
Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2000-2015)
Verónica Paiva[1]
Introducción
Desde mediados de la década de 1990, surgieron en zonas centrales de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) una serie de nuevas villas de emergencia que no tenían existencia previa en la urbe. Desde ese momento, comenzaron las investigaciones orientadas a conocer las razones de su surgimiento y las características de sus habitantes (Szajenberg, 2009; Defensoría, 2006; Sindicatura, 2007).
En diálogo con esas investigaciones, este capítulo aborda el caso del “playón de Fraga”, una villa ubicada en el barrio de Chacarita que se formó en los últimos quince o veinte años. De acuerdo con ello, el trabajo indaga sobre el momento histórico y las causas de surgimiento del “playón”, las razones por las cuales se asentaron sus habitantes, las estrategias habitacionales y las trayectorias residenciales implementadas y las condiciones sanitarias, urbanísticas y habitacionales en las que viven. Por otro lado, y en línea con la temática central de este libro, analizaremos la conflictividad generada a partir del surgimiento de la villa entre viejos y nuevos habitantes el barrio.
Para cumplir con los objetivos propuestos, en un primer apartado realizaremos una breve reseña histórica sobre el término “villa de emergencia”, luego daremos cuenta de las causas de surgimiento de la villa “playón de Fraga”, de las trayectorias y estrategias habitacionales de sus residentes y, luego, de la conflictividad que genera el asentamiento entre nuevos y viejos vecinos.
Metodología
La investigación que sostiene este escrito se realizó en base a información de documentos oficiales, crónicas de diarios de circulación masiva y a partir de una serie de quince entrevistas en profundidad que buscaban conocer las trayectorias residenciales y las estrategias habitacionales de los habitantes del “playón”, tomadas entre 2013 y 2014. Las entrevistas se tomaron de acuerdo con una guía de preguntas que marcaban el rumbo del encuentro pero que no excluían la emergencia de temas nuevos y relevantes. Los entrevistados se contactaron por el método de bola de nieve (Taylor y Bodgan, 1987), por lo cual no se trata de entrevistas representativas de la población total del playón. Se tomaron siguiendo el criterio de saturación teórica de Glasser y Straus, es decir, el que indica que debe darse por finalizada la muestra cuando la incorporación de nuevos casos no agregaría información teórica (1967). Por la misma vía se tomaron también algunas entrevistas a vecinos colindantes a la nueva villa y se trabajó con un blog de “vecinos del playón de Fraga” que sirvió para conocer algunas de sus opiniones.
Sobre el término “villa”
En Argentina se denomina “villa” a las ocupaciones espontáneas de tierras surgidas hacia la década de 1930, como efecto de las migraciones internas iniciadas por la demanda de empleo que generó la industrialización por sustitución de importaciones posterior a la crisis de 1930. La primera villa se llamó “Villa Desocupación” y se formó en las cercanías del Puerto Nuevo (zona norte de la CABA), a partir del asentamiento de obreros portuarios despedidos en el contexto de la crisis de los años treinta (Novick 2003). Posteriormente, y a partir de ese antecedente, fue acuñada la expresión “villa miseria” o “villa de emergencia”, que se refiere a los asentamientos de trazado irregular, en general ubicados en tierras de propiedad fiscal, ocupados por migrantes internos o de países limítrofes que arribaron desde mitad del siglo XX y levantaron sus casas con materiales perecederos, sin equipamientos y sin regularidad dominial (Novick 2003; Bellardi y De Paula, 1986). Sus ocupantes las llamaron “villas de emergencia” justamente porque pensaron que su localización en el lugar era temporaria, hasta que encontraran un sitio mejor para vivir (Merklen, 1991). Su existencia se acentuó en la década de 1950 a partir de las migraciones internas y se expandió hasta mediados de 1970. Dicho período se caracterizó por el sostenido crecimiento de las villas, cuya cantidad de habitantes pasó de 34.000 en 1956 (21 villas) a más de 200.000 en 1976 (31 villas) (Dirección de Estadísticas y Censos, 2011). Luego de ello, y en el contexto de la dictadura militar que se inicia en 1976, sobrevino la erradicación de los pobladores y la baja del número de habitantes hasta la restauración de la democracia en 1983 (Aristizábal, 1998). Según el censo de 2010, la población en villas y asentamientos (sin definir a qué se refieren con uno y otro) aumentó un 52,3% entre 2001 y 2010 (Bermúdez, 2011).
En cuanto a las características tipológico-espaciales, la villa se caracteriza por ser un tejido de tipo irregular formado por lotes de diferentes tamaños (Bellardi y De Paula, 1986; Aristizábal, 1988), lo que se relaciona con el criterio que poseían los primeros pobladores en torno de su estancia en dichos lugares. Concretamente, pensaban que la villa era un lugar de tránsito hasta que pudieran acceder a sus viviendas definitivas, de mayor consolidación, razón por la cual no dedicaban demasiada atención a la forma ni al tamaño del terreno (Bellardi y De Paula, 1986).
En cuanto a la organización social implementada para ocupar el espacio, se trató de asentamientos espontáneos, a los que seguían otras ocupaciones relacionadas con la llegada de familiares y amigos de otras provincias de Argentina o de países limítrofes y del Perú. Hasta el momento, ésta sigue siendo la forma dominante de organización social y espacial para poblar las villas, aunque con un marcado aumento del mercado informal de compraventa de terrenos y casas (Paiva, 2013).
En la actualidad, la población de las villas presenta un perfil poblacional heterogéneo que incluye inmigrantes internos y de países limítrofes y también población nacida en el Conurbano Bonaerense que se trasladó a la ciudad en busca de mejores oportunidades laborales (Cravino, 2006). En todos los casos, esta mudanza fue precedida por la existencia de familiares o conocidos que ya habitaban la villa y que brindaron las redes de información necesaria para la ocupación y el acondicionamiento del sitio. Este hecho, unido a la cantidad de organizaciones intermedias tales como comedores, instituciones de asistencia y delegados encargados de representar a los pobladores ante las autoridades estatales, mejoran la calidad de vida de los habitantes de las villas de emergencia.
El playón de Chacarita. Ubicación, reseña de su gestación y etapas de crecimiento del asentamiento
El “playón de chacarita” es un núcleo poblacional ubicado en dos hectáreas correspondientes a la playa de maniobras del ex Ferrocarril Urquiza, detrás de la Estación Federico Lacroze, entre las calles Céspedes, Fraga y Teodoro García, del barrio Chacarita de la CABA.
Según un informe de la Defensoría del Gobierno de la CABA, en 2006 había establecidas allí 120 familias (Defensoría, 2006), mientras que un segundo informe indicó que hacia 2007 ya se habían asentado alrededor de 500 personas (Sindicatura, 2007). Según el censo general de población y viviendas de 2010, residían allí 2324 personas: 1184 mujeres y 1140 varones (GCBA, Dirección de Estadística y Censos, 2010). Es decir que entre 2006 y 2010, la población creció de modo exponencial.
El sitio donde surgió el poblado era la playa de maniobras que cayó en desuso hacia mediados de los años noventa a partir de las privatizaciones de los ferrocarriles. Desde la Estación Federico Lacroze circulaban trenes metropolitanos y de larga distancia, como por ejemplo “El Gran Capitán”, que unía la CABA con Posadas (Misiones) y que fue un ícono de la importancia del transporte ferroviario en la vida cotidiana de la población argentina, desde su nacionalización en 1948 hasta el comienzo de la operatoria de privatizaciones iniciada en 1991. Pero, además del transporte de pasajeros, desde esta estación salían trenes de carga de granos, aceites y carnes hacia Misiones, Corrientes y Entre Ríos, cuya actividad se concesionó en 1997 a la América Logística Latina (ALL) hasta el año 2013 en que volvió a la gestión del Estado.
Toda la prolífera actividad que supo tener el ferrocarril Urquiza generó la construcción de viviendas para los empleados ferroviarios en las diversas estaciones. En la de Federico Lacroze se construyeron una serie de viviendas para los trabajadores que eran trasladados a la CABA para realizar tareas de mantenimiento o de reparación de los trenes de esa estación. Durante años, ese fue el único núcleo poblacional que existió en la estación ferroviaria y se trataba de viviendas con todos los requerimientos legales y con todos los servicios de agua, luz, etc., necesarios para la buena habitabilidad. Todas esas viviendas están hoy rodeadas por otras que fueron construidas con posterioridad al año 2000.
Siguiendo las palabras del mismo empleado ferroviario que habita el lugar:
El sitio se fue poblando de a poco y cuando me di cuenta estaba rodeado de una cantidad de familias que se ubicaron en el terreno vacío. La mayoría eran desalojados de lugares cercanos, pensiones o casas que estaban en el barrio. No pudieron seguir pagando los alquileres y comenzaron a venirse acá. (Entrevista a empleado del ferrocarril, agosto de 2013)
A este primer conjunto de viviendas ferroviarias, le siguieron ocupaciones sucesivas de terrenos que fueron transformando ese espacio en un nuevo poblado pobre y precario de la ciudad, en tiempos cercanos al año 2000.
El crecimiento del playón de Fraga desde el año 2000 en adelante
Además de los documentos oficiales, uno de los textos pioneros en relación con la villa de Fraga fue el realizado por Szajnberg y equipo (2009). El texto sostiene que la eclosión poblacional del playón se dio a partir del año 2000 con la instalación de gente que no podía seguir pagando alquileres en las pensiones cercanas y se asentó en el lugar:
Las primeras viviendas autoconstruidas totalmente (esto es, por fuera de los vagones en desuso) fueron localizadas sobre la calle Fraga, utilizando la medianera que separa el predio de la calle como paredón propio, y con aberturas al exterior. (Szajnberg 2009: 52)
Con posterioridad a este primer movimiento de personas, aproximadamente a partir de 2003, el sitio comenzó a poblarse de inmigrantes del interior del país y de países limítrofes o de la región (peruanos, paraguayos, bolivianos) y por nuevos vecinos de zonas aledañas corridos por los desalojos o la suba de alquileres (Szajemberg, 2009: 52).
Por su parte, otro informe de la Defensoría del Pueblo en 2008 describe cuáles eran las condiciones ambientales, sanitarias y sociales de los habitantes del playón en ese período:
De la observación realizada en los sectores comunes del predio y en algunas unidades de vivienda se comprobó que las casillas están construidas a partir de la disposición irregular de tirantes, tablones y placas de material fenólico. En algunos casos, el material de cubierta lo constituyen chapas metálicas y, en otros, placas de madera. Asimismo, se constató que los muros perimetrales que limitan el predio se encuentran sostenidos -en su mayoría- por construcciones precarias y, en ellos se apoyan algunas de las viviendas. Además, se observó que los pasillos internos del asentamiento son de tierra, sin detectarse pendientes planificadas, hecho que las convierte en inundables (Defensoría 2008: 1).
Y se agrega: “Los vecinos manifiestan que carecen de agua segura para el consumo humano por la inexistencia de fuentes de agua corriente, debiendo proveerse de la misma mediante conexiones precarias y baldes” (Defensoría 2008: 2-3).
Si se citaran los párrafos de este informe referidos a electricidad, residuos y gas, la descripción de la situación no diferiría de la comentada, ya que durante años el playón fue un sitio muy precario, sin servicios, ni recolección de residuos. El testimonio de algunos de sus primeros habitantes abona el comentario realizado: “Vivíamos con mi mamá en una pensión de aquí cerca. Pero nos desalojaron. Alguien le dijo a mi mamá de venir aquí pero ella no quería porque el lugar era muy precario. No había nada, ni luz, ni agua, ni nada. Con el tiempo aceptó y nos vinimos para acá en el 2007” (M., agosto de 2013).
En esta primera etapa la ocupación de los terrenos se producía por individuos o familias que se asentaban sin un patrón organizado, ni social ni espacialmente. Los lotes eran de tamaños diversos y de trazado irregular, la información sobre sitio disponible para instalarse corría entre parientes y amigos y aún no existía un mercado informal de compra-venta.
Desde 2006 hasta 2009, el lugar se pobló lentamente, pero luego de esa época no sólo se aceleró el ritmo de instalación, sino que cambió la modalidad de edificación:
Fraga fue creciendo exponencialmente. Ahí viven alrededor de 700 familias y cada vez llega más población del conurbano y de países limítrofes. También gente que no podía pagar el alquiler en otras villas, como la 1.11.14. Como ya no cuenta con espacio para crecer a lo ancho, se desarrolla a lo alto: sus construcciones de ladrillos tienen entre cuatro y cinco plantas. Cuando empezó el asentamiento, en el año 2001, apenas había algunas casillas de obreros ferroviarios. Después se fue instalando más gente, aunque hasta 2006 se levantaban pocas casas de material. Tres años más tarde, las construcciones alcanzaban las tres plantas y en 2011, cuatro” (Santiago López Moreno, Subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario, Ministerio de Desarrollo Social del GCBA a Diario Clarín, 07/07/2013).
Trayectorias residenciales y estrategias habitacionales de los residentes del playón
Vamos a entender como trayectoria residencial el conjunto de cambios de residencia que realizan los hogares o las personas a lo largo de su vida (Di Virgilio, 2007) y, como estrategias habitacionales, todas las tácticas implementadas por los habitantes para acondicionar el sitio donde viven, lo que incluye las acciones utilizadas para acceder a los terrenos, las usadas para edificar la vivienda y los mecanismos puestos en marcha para acceder a los servicios mínimos indispensables: agua, luz, gas (Di Virgilio, 2007).
Con estos conceptos como marco de referencia, algunos extractos de entrevistas tomadas a personas del playón permitirán conocer por qué llegaron hasta ahí y cómo satisfacen sus necesidades habitacionales.
Llegué a Buenos Aires hace veinte años. Vivíamos en una pensión cerca de acá. Nos desalojaron y buscamos aquí. En la actualidad tengo luz y compré un tanque de agua usado que se carga con el camión cisterna que trae todos los días el Gobierno de la ciudad. Mi mamá vive abajo y yo, acá arriba con mis hijos. Las conexiones de luz están sobrecargadas por la cantidad de vecinos que se cuelgan de ella (M., agosto de 2013).
El testimonio de A., otra mujer que llegó no hace tanto tiempo, esclarece aspectos vinculados a las trayectorias y las estrategias:
Yo vine de Perú directamente para acá. Vine para acá porque acá ya estaba mi primo. Nunca quise alquilar en otro sitio sino que me fui mudando acá. Primero alquilamos una pieza horrible en la parte de adelante. Era chica y muy fría porque era en un segundo piso. Y cara. Nos cobraban 1000 pesos por la pieza y compartíamos el baño y la cocina. Se cortaba el agua y la luz. Luego me mudé a otra pieza más atrás y esa está mejor. A veces se corta la luz porque está sobresaturado y se recalienta y se corta. Una vez se cortó todo y luego se me quemó la televisión. Sobre la garantía no te piden nada, sólo tenés que pagar por adelantado. Con la dueña bien, sólo si rompes algo tenés que repararlo. Yo gano más o menos 3000 pesos como empleada doméstica por hora y 1100 se me van en el alquiler. Acá en el comedor te dan la leche y un pan o una facturita y además tengo Ciudadanía Porteña que en mi caso son más o menos $ 400[2] (A., 2014).
Varios testimonios reproducen la procedencia, la trayectoria y las estrategias habitacionales de los pobladores del playón. Se trata de personas desalojadas de casas tomadas o pensiones del barrio o de inmigrantes más o menos recientemente llegados al país, que no pueden acceder a alojamientos generados por el mercado formal, ya sea departamentos o pensiones y, por esa razón, se asientan en ese sitio.
Yo vivo en Buenos Aires hace 4 años. Llegué de Perú a un lugar donde mi hermana alquilaba que es en el barrio de Once, sobre Pasteur. Estuve viviendo ahí con ella, durante nueve meses. Luego tenía que entregar el lugar y la familia crecía porque me vine con mi nena, y tuvimos que salir a buscar un lugar para alquilar y buscando, buscando, llegamos a esta villa por una conocida de mi hermana que nos avisó de unas piezas que alquilaban. Cuando ingresamos pagábamos $ 800 y nos mantuvieron el precio hasta 2011 en que pudimos comprar este primer piso que nos salió 20.000 en el año 2013. Te venden el aéreo y construís. Aquí de alguna forma estamos mejor, en Pasteur no había agua caliente para nada. Aquí tampoco hay pero tenemos la posibilidad, o será porque no era mío el espacio, acá mi marido puso un calefón eléctrico y por lo menos tenemos agua caliente todo el día. La desventaja es que se corta cuando están las fases sobrecargadas, ese es el problema que tenemos con la luz (L., entrevista agosto de 2014).
Los testimonios no sólo dan cuenta de las trayectorias y las estrategias sino de la lógica predominantemente mercantil y de producción inmobiliaria informal que predomina dentro del playón ya que, como se ha visto, los terrenos, las casas y las piezas se compran o alquilan a precios que rondan los $ 1000 (alquiler). Términos como “venta del espacio aéreo” o carteles que indican “Aviso: se alquila pieza. Sólo o con pareja. No con chicos” dan cuenta del ingreso de una lógica mercantil que se extiende sin las leyes del mercado formal y que convive con estrategias no mercantiles, como informar sobre sitios disponibles o la ayuda entre parientes.
Conflictos entre nuevos y viejos vecinos
El “playón de Fraga” es una villa que surgió en el medio del tejido urbano del barrio de Chacarita, un sitio residencial de la CABA. Su surgimiento no pasó inadvertido ante los vecinos sino que, al contrario, provocó fuerte repudio. Tal fue el rechazo que un grupo de ellos armó un blog para publicitar la situación y existen diversos sitios en Facebook y en Twitter donde los vecinos pueden postear opiniones. ¿Qué dicen esos post?
Los vecinos de Chacarita somos gente que vivimos hace mucho en nuestro querido barrio y nos da mucha bronca que hasta ahora ningún Gobierno tome las riendas y haga lo que la ley manda. Luchamos por la erradicación de este predio, no queremos urbanización de tierras usurpadas. No es correcto premiar con títulos de propiedad a quién usurpó y hasta realizó negocios inmobiliarios en tierras de mi país (Blog: “no al asentamiento del playón de fraga”, 2015)
¡¡Vienen a laburar de narcos y de trata!! La Villa Fraga es un criadero de delincuentes y el 90% son extranjeros. Vivo a metros del lugar y conozco bien la zona. (Carlos, invitado, wikimapia.org, 2014)
No queremos villa en nuestro barrio. (Blog: “no al asentamiento del playón de fraga, 2015)
Narcos, borrachos, planeros, ruidos a toda hora. (Blog: “no al asentamiento del playón de fraga”, 2015)
Como dejan ver las frases, la queja no se relaciona con elementos construidos del barrio o con la ausencia de infraestructura o servicios suficientes, sino con otro aspecto de la vida barrial, concretamente, con la presencia de un “otro” al que se le adosa toda una serie de males sociales y urbanos.
Es que, como plantean Duhau y Giglia (2004), existe un “orden urbano” que emana de distintos tipos de urbanismo y reglamentos sobre la ciudad: tránsito, formas de uso de los artefactos urbanos, de los espacios públicos, de las infraestructuras, cuyo quiebre por la aparición de nuevos usos no previstos genera conflictividad. Pero además de este orden ligado a la forma y a los usos reglamentados, existe otro uso validado en la cotidianeidad, que se aprende durante el proceso de socialización y que informa a los sujetos sobre el uso “correcto” de la ciudad (Duhau y Ciglia, 2004: 263-264).
Por eso, para los viejos vecinos del área lindante al playón de Chacarita, hay “buenos y malos vecinos”, “locales” y “extranjeros”, “propietarios” y “usurpadores”, “trabajadores y planeros”, usuarios “legítimos” e “ilegítimos” de la ciudad, más toda otra serie de caracteres estigmatizantes que se le imputan a quien no comparte el habitus urbano (Duhau y Ciglia, 2004: 264). Es que, tal como plantean De Certeau y otros,
el barrio es, casi por definición, un dominio del entorno social, una porción conocida del espacio urbano en la que, más o menos, el usuario se sabe reconocido. El barrio debe entenderse como esa porción del espacio público en general (anónimo, para todo el mundo) donde se insinúa poco a poco un espacio privado particularizado debido al uso práctico cotidiano de este espacio (De Certeau et al., 1994: 8).
Por esta razón, quien no comparte el habitus de los “buenos vecinos” del barrio es un desconocido, un extraño, un “otro” delictivo al que hay que alejar.
Políticas públicas dirigidas a las nuevas villas, a sus habitantes y al barrio mismo
Cuando se exploran las políticas públicas dirigidas a las nuevas villas, se detecta una gran ausencia de normas y políticas relativas a estos nuevos núcleos poblacionales. En términos generales todas las villas de la CABA están incluidas dentro de la Ley 148 de atención a la problemática de villas y núcleos habitacionales transitorios (Legislatura de la Ciudad Autónoma, 30/9/1998) lo que implica el reconocimiento y la puesta en marcha de procesos de radicación y de urbanización para todas las villas de la ciudad. Si bien en la práctica no existen tareas concretas dirigidas a la radicación y a la urbanización (excepto algunos casos aislados en las villas de zona sur), lo cierto es que al menos existe una ley que admite su existencia y exige que deben hacerse reformas urbano-sanitarias adecuadas a un área residencial.
En cambio, en lo relativo a las nuevas villas, hasta el momento no han sido reconocidas como tales, sino como “nuevos asentamientos”. Esto es así porque los primeros documentos que daban cuenta de la formación de nuevos poblados en situación precaria se referían a la existencia de “asentamientos nuevos” y no de villas (Defensoría, 2006). Sin pretenderlo, los valientes documentos de la Defensoría que denunciaban la existencia de personas en situación de desamparo social y habitacional contribuyeron a validar un tipo de núcleo poblacional –el asentamiento– que no está comprendido dentro de la Ley 148 y en el que se escudan las autoridades competentes para no tomar medidas para intervenir con políticas de radicación y de asistencia sanitaria. Uno de estos casos es el playón de Chacarita.
Este tipo de medidas no sólo deja ver la fuerza de los documentos oficiales para convalidar tipologías de núcleos urbanos (el asentamiento y no la villa), sino también la pericia de las instituciones para escudarse en estas normativas y no intervenir. Hasta el momento, el Gobierno de la ciudad asiste a los habitantes mediante instrumentos de política social, como la Tarjeta Ciudadanía Porteña, pero no con medidas de fondo que contribuyan a la solución habitacional definitiva de los habitantes.
En lo referente a las políticas públicas orientadas a mitigar el conflicto entre nuevos y viejos vecinos, son inexistentes las relativas a mesas de debate, talleres participativos o cualquier otro instrumento orientado a conciliar posiciones y equilibrar la convivencia vecinal.
En síntesis
La villa del “playón de Fraga” surgió en una época cercana al año 2000 a partir del asentamiento de personas desalojadas de las pensiones y casas tomadas de la zona, que se instalaron en las playas de maniobras y depósitos que quedaron sin uso luego de las concesiones de las redes ferroviarias a empresas privadas.
Tal como dejaron ver las trayectorias y las estrategias habitacionales, existieron tres momentos en la formación de la villa de Chacarita: uno inicial en el que sólo hubo viviendas de los empleados del ferrocarril (hasta el año 2000, aproximadamente), una segunda etapa en que se asientan vecinos desalojados de casas tomadas o pensiones cercanas a la estación, en que la villa crece lentamente por medio de ocupaciones espontáneas o tomas de tierra más o menos organizadas, y una tercera, cercana a los años 2008 o 2009, en que se precipita el crecimiento de la villa a partir de la instalación de personas que se mudaron desde otros sectores de la ciudad y por la llegada de inmigrantes de países cercanos o migrantes internos. En esta etapa, no sólo se aceleró el ritmo de expansión, sino que se generalizó el crecimiento en altura y el acceso al hábitat por vía de la compra o del alquiler de terrenos y casas, emulando lógicas mercantiles.
El surgimiento de esta nueva villa en medio del tejido formal de un barrio tradicional como el de Chacarita provocó reacciones negativas de parte del resto de los vecinos que vieron amenazados el “orden urbano”. Dicha conflictividad puede entenderse a la luz de los comentarios de Pierre Bourdieu en “Efectos de lugar”:
Si el hábitat contribuye a formar el habitus, éste hace lo mismo con aquél, a través de los usos sociales, más o menos adecuados, que induce a darle. Así, nos inclinamos a poner en duda la creencia de que el acercamiento espacial de agentes muy alejados en el espacio social, pueda tener, de por sí, un efecto de acercamiento social: de hecho, nada es más intolerable que la proximidad física (vivida como promiscuidad) de personas socialmente distantes. (Bourdieu, 2010: 121-122)
De este modo Bourdieu cuestiona una premisa sostenida por otros autores como Kaztman (2001) que postula la coexistencia espacial de personas de distinto nivel socioeconómico para alimentar la heterogeneidad y la integración social. La posición de ambos autores marca un contrapunto valioso al momento de pensar el perfil de las políticas públicas a implementar en la ciudad.
Bibliografía
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De Certeau, Michel, Giard, Luce y Mayol, Pierre (1999). La invención de lo cotidiano. México: Universidad Iberoamericana.
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Entrevista a Santiago López Moreno, Subsecretario de fortalecimiento familiar y comunitario, GCBA. En: “En la calle Fraga, el asentamiento de Chacarita ya es una villa: tiene edificios de 5 pisos”, Clarín, 7/7/2013. Disponible en: www.clarin.com/ciudades/asentamiento-Chacarita-villa-edificios-pisos_0_951504946.html (Consultado el 27/8/2014).
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