Mariano Perelman
Introducción
Desde hace más de diez años que hago trabajo de campo con cartoneros (recolectores informales) y vendedores ambulantes en Buenos Aires. En estas actividades el espacio público es central. Los que realizan estas tareas lo hacen en las calles, en los trenes, en los colectivos. Y para ello necesitan ser reconocidos como cartoneros o como vendedores para poder realizar la actividad.
En 2002 comencé mi primera investigación con cirujas[1] que realizaban la tarea de recolección en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Partía del supuesto de que el marco jurisdiccional y normativo era relevante para comprender la actividad. Imaginariamente, además, la ciudad solía oponerse al “conurbano”, que aparece a los ojos de parte de la sociedad como “la cristalización de todos los males del país, de la descomposición, de las grandes desigualdades y de los miedos sociales” (Kessler, Svampa y Gonzalez Bombal, 2010: 16).
El cartoneo era realizado por personas que eran vistas por una gran cantidad de “vecinos” como fuera de lugar. Sin embargo, con el trabajo de campo fui comprendiendo que, pese a la importancia de estos marcos normativos (las diferentes legislaciones en la ciudad y en los municipios), con ello no alcanzaba. Los recolectores seguramente “llegaban” y también desarrollaban alguna parte de la tarea fuera de los límites jurisdiccionales de la Ciudad de Buenos Aires. Además las fronteras físicas y simbólicas no concordaban con los límites administrativos de la capital argentina. Y las más de las veces no interesaba en el transitar si los cartoneros eran o no del conurbano. En las prácticas y en los discursos de los cartoneros, “la ciudad” adquiría diferentes contornos, sobre los que se establecía un adentro y un afuera.
Algo similar me ocurrió con los vendedores ambulantes. En 2011 empecé mi trabajo de campo con vendedores que realizaban su tarea en los trenes. Si con el cirujeo era posible comprender una diferenciación entre algo que, medio laxamente, era “la ciudad” (o “el centro”) y los barrios donde los recolectores vivían, en los vendedores estas distinciones espaciales eran completamente diferentes.
Tanto cartoneros como vendedores –así como miles de personas– van a la capital para trabajar y traspasan fronteras jurisdiccionales y, sobre todo, simbólicas. En estos casos, el espacio público es un lugar de acceso a la reproducción social. A su vez, da cuenta de una inserción social problemática que va constituyendo formas de desigualdad social.
A partir de los trabajos de campo que vengo desarrollando así como de los debates en los diferentes equipos de investigación en los que participo, el capítulo propone algunas líneas de indagación para el abordaje de los procesos de trabajo considerados informales en el espacio urbano. Para los casos a los que me voy a referir, las formas de trabajo (como prácticas culturales enmarcadas en experiencias de clase) marcan maneras sociales de inserción urbana y de constitución de vidas dignas.
En tanto la venta ambulante y el cirujeo suelen ser abordados como formas de obtención de dinero y recursos, el capítulo propone una visión que va más allá de las visiones centradas en los procesos económicos como un campo autónomo. Las dos experiencias de campo me han permitido comprender el modo en que los procesos económicos están territorializados o, para decirlo de forma más precisa, las prácticas de obtención de dinero son inescindibles de la constitución del territorio y esta se produce a partir de la apropiación del espacio físico (y sus constreñimientos) así como de las relaciones interpersonales que se construyen alrededor de aquel.
El capítulo está dividido en tres grandes secciones. En la primera de ellas, me focalizo en la dimensión urbana de la desigualdad marcando la necesidad de pensar el espacio no sólo como el lugar donde ocurren cosas. Luego, busco complejizar los procesos de desigualdad a partir de pensar las formas de ganarse la vida no sólo desde la adquisición de bienes materiales o de la esfera de lo económico sino como modos de vida que tienen diferentes niveles de aceptación y que, al mismo tiempo, tienen efectos objetivos sobre la vida de las personas. En función de la desigualdad territorial construida socialmente y de la desigualdad que se genera a partir de los diferentes modos de ganarse la vida, en la tercera sección doy cuenta de las relaciones personales que vendedores y cirujas generan y mantienen, y que les permite acceder al espacio y a la reproducción social.
Espacio público, conflictos y constitución de desigualdades urbanas
Las desigualdades se construyen a partir de elementos materiales y simbólicos, históricamente producidos, social y territorialmente contextualizados. La desigualdad es un fenómeno socialmente producido que tiene manifestaciones y articulaciones espaciales claras y, a su vez, se nutre de ellas (Di Virgilio y Perelman, 2016). Para comprender las desigualdades urbanas, un punto de partida central es tener presente que las ciudades y los múltiples territorios que la constituyen pueden ser vistos como espacios morales en disputa. También es importante pensar que en el espacio urbano se conjugan procesos con distintas temporalidades. Esto implica reconocer que existen diferentes órdenes urbanos entendidos como un conjunto de normas y reglas tanto formales como informales (Duhau y Giglia, 2004: 258) en pugna, donde los actores tienen diferentes capacidades de incidir sobre el espacio. Ello es particularmente notorio en los espacios públicos. Las disputas, los conflictos, son momentos privilegiados –como lo han mostrado largamente los estudios antropológicos– para comprender el universo social y las moralidades en pugna. Las actividades que producen conflictos en el orden urbano y por él se tornan iluminadoras.
El movimiento de los actores en el espacio permite apreciar que, si bien es posible pensar la existencia de fronteras simbólicas (Lamont y Molnár, 2002)[2] dentro de la ciudad, existen territorialidades enraizadas basadas en los múltiples territorios construidos por los grupos sociales y por las personas. En los casos de la venta ambulante y el cirujeo, estos están basados en relaciones de carácter económico así como en relaciones personales y grupales que exceden por mucho los momentos de trabajo (pero que son constitutivos de éstos). Seguir las personas en movimiento, entonces, permite comprender las diferentes temporalidades y espacialidades de la ciudad. En tanto la capacidad de apropiación y de imposición de modos de estar, transitar, habitar es diferente, a partir de aquí es posible comprender el modo en que las relaciones sociales en el espacio público, y que al mismo tiempo lo construyen, son productoras de desigualdades sociales.
Decía Geertz que
el lugar de estudio no es el objeto de estudio. Los antropólogos no estudian aldeas (tribus, pueblos, vecindarios…); estudian en aldeas. Uno puede estudiar diferentes cosas en diferentes lugares, y en localidades confinadas se pueden estudiar mejor algunas cosas, por ejemplo, lo que el dominio colonial afecta a marcos establecidos de expectativa moral. Pero esto no significa que sea el lugar lo que uno estudia” (Geertz, 2003: 33).
Esta frase –muchas veces mal interpretada– ha sido la punta argumentativa de un debate dentro de la antropología para diferenciar la antropología en la ciudad de la de la ciudad (Agier, 2015; Segura, 2015).
Ahora bien, si el espacio (físico y vivido) es constitutivo de los procesos sociales y si los procesos sociales constituyen el espacio físico, resulta necesario pensar la experiencia de los actores (en tanto experiencia urbana) más allá de la dicotomía de en la ciudad o de ella. El territorio, con sus relaciones y sus moralidades, no es un lugar donde las cosas ocurren. Tomando en serio la hipótesis de la espacialidad de la práctica (Gordillo, 2004) y la constitución espacial de los sujetos, es posible comprender cómo la espacialidad es constitutiva tanto de las personas que realizan las actividades así como de los mercados de trabajo o de compra y venta de mercancías.
La producción de las desigualdades sociales no está “fuera” de los sujetos ni “fuera” de los espacios. Esto porque las identidades se constituyen relacional y espacialmente (Cosacov y Perelman, 2015). Las identidades o identificaciones pensadas de manera territorial permiten ver toda esta multiplicidad que está entrelazada con procesos que tienen otras temporalidades y que deben ser tenidos en cuenta al comprender los procesos que van sedimentando las prácticas sociales. Ello no quiere decir que todas las investigaciones tengan que abordar la dimensión espacial,[3] pero sin duda ella es un componente central de los procesos de producción de desigualdad, de precariedad y de marginalidad social en los contextos urbanos.
Además, como recuerda Segato (2007), las personas llevan su territorio a cuestas. El espacio se corporiza y se memoriza. Ello no siempre es perceptible o en algunos casos no tiene efectos. Sin embargo, en los casos de la venta ambulante y del cirujeo, tiene implicancias dobles. Por un lado, las personas pueden tornarse vendedores o recolectores en contextos y momentos determinados. Por otro lado, llevan consigo marcas tempo-espaciales que los acompañan en el pasaje de esa doble territorialidad: la del trabajo y la de los espacios donde circulan. O sea, se combinan territorialidades yuxtapuestas (estos espacios morales dentro de la ciudad). Pero a diferencia de las visiones más estructurales de la ciudad construida a partir de regiones morales, un estudio desde las prácticas de las personas da cuenta de la constante pugna en torno a esos espacios que no son fijos.
Centrarse en personas que se ganan la vida haciendo uso del espacio público permite comprender, además, cómo los procesos de categorización, de diferenciación y de desigualdad se construyen territorial y cotidianamente. Ello porque algunas personas que acceden a la reproducción social en la ciudad suelen ser vistas por algunos actores como “fuera de lugar”. En este sentido, la confección de recorridos y de relaciones cotidianas funcionan al mismo tiempo como mecanismos de estabilización y como modos activos de justificación de una presencia problemática.
Así el espacio tiene un rol central en la producción de sujetos y de identidades, y el uso de argumentos en tanto arena de producción de sentidos, de conflictos, de dominación, de resistencia y de transformación está espacializado. Es por ello que el análisis de la producción de las desigualdades debe centrase en territorios históricamente construidos, con sus complejidades y sus contradicciones, en tanto espacios morales en disputas, de redes de relaciones y de campos de poder. Son en este contexto donde tienen lugar los procesos de producción de condiciones legitimantes, como narrativas y prácticas justificatorias (y desigualadoras).
Cruzar fronteras sociales y simbólicas produce diferencias en los modos en que son vistos y en que se constituyen, lo que genera conflictos por el reconocimiento y disputas sobre las “condiciones legitimantes” basadas en relaciones históricamente construidas en torno a quiénes son los habitantes legítimos y qué comportamientos son aceptados en los barrios de la ciudad.[4] ¿Qué quiero decir con esto? Por un lado, que la residencia, pero también la movilidad y los modos en los que se accede a la reproducción social, son formas de construcción de diferencias que pueden transformarse en desigualdades sociales. Muchas de ellas van más allá de la clase social y se basan en otras condiciones, como puede ser el género o la “raza”. Es por ello que es necesario comprender los movimientos de las personas en el territorio poniendo énfasis en los lugares de residencia, de trabajo, así como los recorridos que hacen. Esto es importante porque los lugares se construyen en relación con otros lugares y los procesos de experienciación están marcados por estas relaciones. Así la ciudad se construye en contraposición a otro lugar, un lugar memorizado y experienciado por los actores que da sentido a la diferencia y que posibilita construir fronteras territoriales y simbólicas.
Vendedores y cartoneros cruzan fronteras y desafían los territorios construidos. Una de las formas en que se produce desigualdades es la de la construcción de sujetos legítimos dentro de un orden público determinado. Tanto cartoneros como vendedores ambulantes se configuran como trabajadores (Perelman, 2011 y 2013). Algunas actividades, algunos trabajos, son permitidos mientras otros son perseguidos (y más aún no son vistos como trabajo). Algunas tareas están reguladas en el marco de derechos y otras –por estar reguladas en el marco de derecho– son consideradas ilegales. Todo esto produce negociaciones y negaciones en torno a la reproducción social y contribuyen a formas de explotación que van cimentando la desigualdad.
Configurarse como trabajadores es producto de un doble proceso. Por un lado, hacia ellos mismos en tanto forman parte de un modo de pensar el acceso legítimo a la reproducción social. Por otro lado, hacia afuera en tanto es una forma de apelar a un discurso público legitimante. Al ser actividades públicas, inscribir la tarea en el universo simbólico del uso legítimo del espacio público es una forma de justificar esa presencia problemática.
En los modos de justificación es posible comprender las disputas donde ciertos actores suelen tener mayor capacidad de incidencia sobre el modo en que esa disputa será resuelta. Pero los procesos de justiticación no deben ser pensados como mera competencias de los actores (saber a qué apelar) sino como una arena de disputa y constante elaboración de ensayos y pugnas. Indagar los procesos territorialmente (en dónde y en qué momento ocurren) permite comprender mejor la lucha por la apropiación del espacio público. Las interacciones y sus límites permiten comprender el complejo entramado de modos de acceder a la ciudad y en este caso a ciertos recursos (materiales y simbólicos) sobre los que se cimentan los procesos de reproducción social.
Como marcó Grimson (2009), el cruzar ciertas zonas de la ciudad los pone en una situación desigual. Las interacciones son centrales en este doble proceso: el expulsor y el constructor de diferencias. La construcción de la diferencia se da al mismo tiempo que la expulsión física o simbólica. Centrarse en esta dinámica permite comprender que las desigualdades se sustentan en relaciones sociales y en interacciones dinámicas que interactúan con y (re)definen condiciones de desigualdad estructural.
Las formas de ganarse la vida más allá de la economía
Como he desarrollado en otro lugar (Perelman, 2017), referirse a formas de ganarse la vida y de significarlas no se reduce sólo a las estrategias de obtención de dinero. Es necesario comprender los modos en los que los actores se (re)construyen en pos de sus trayectorias de vida, de sus experiencias grupales y de clase en espacios determinados. Al mismo tiempo es importante dar cuenta de los efectos que estas formas de ganarse la vida –en un sentido amplio– tienen en las condiciones objetivas de vida.
Por un lado, resulta importante recordar la construcción social de “la economía” (Mitchell, 2008; Neiburg, 2010) y de los mercados (Collins, 2002). También es importante analizar la construcción de las múltiples esferas de lo económico como formas nativas de enunciación y de delimitación. Dicho de otro modo, al abordar estas actividades resulta pertinente un estudio de las formas de producción, intercambio, circulación, fijación de precios o de consumo. Pero es importante no restringirlas a una serie de ideales o de acciones preestablecidas por un grupo social. O sea, analizar (y juzgar) las prácticas nativas desde un marco interpretativo de otro grupo nativo. Es por ello que los enfoques de autores como Viviana Zelizer han resultado sugerentes. Zelizer (2011) refiere a idea de vidas conectadas para explicar las múltiples formas en que se mezclan las transacciones económicas y los lazos íntimos –entre amantes, amigos, parientes, socios, clientes– en un sentido amplio (compartir secretos, tener acceso a archivos confidenciales, brindar consejos, proporcionar información económica privilegiada, brindar consuelo y prestar servicios corporales que incluyen la promesa o la amenaza de una interacción afectiva más intensa y de mayor transcendencia que las relaciones sociales cotidianas y que requieren un trabajo relacional). Al abordar los procesos económicos, Zelizer refiere a la necesidad de pensar en circuitos de comercio.[5] Cada circuito tiene una frontera, un conjunto de lazos interpersonales significativos, unas transacciones económicas asociadas y un medio de intercambio. Los estudios de las finanzas y las monedas (Wilkis y Roig, 2015) también han dado cuenta de estos procesos y han contribuido a desnaturalizar, desde el centro mismo de “lo económico”, que la economía no puede ser sólo analizada desde la economía. Pero la paradoja, como bien recuerda L’Estoile (2014), los que pueden considerarse los estudios sociales de la economía siguen pensando en términos económicos. Yo agregaría que insistir tanto con esta diferenciación termina teniendo un efecto de refuerzo de lo que se quiere criticar: la existencia de esa esfera como algo dado. Es por ello que también es importante centrarse en segundo lugar, más allá de lo económico, e indagar qué es una vida digna o una forma legítima de ganarse la vida (Perelman, 2011), donde la espacialidad de la práctica tiene un lugar central.
Ello permite, antes que circunscribir a priori procesos, relaciones o eventos, indagar en múltiples relaciones sociales. Como plantean Narotzky y Besnier (2014: s5), “la reproducción social implica dar cuenta de diferentes escalas y de los términos en los que la gente ordinaria evalúa la posibilidad de continuidades, de transformaciones o de barreras”. Ya que las formas en que se reproduce y se piensa la vida (making a living) “no sólo depende de la venta de la fuerza de trabajo a cambio de un salario en el mercado –o alternativamente vendiendo productos o servicios por fuera de los marcos regulatorios del Estado (…). Envuelve también dinámicas que no son usualmente pensadas como ‘económicas’” (Narotzky y Besnier, 2014, p s6, traducción del autor).
Otros trabajos han dado cuenta de la necesidad de pensar por fuera de la racionalidad económica (Bourdieu, 2001), centrada en la razonabilidad de los actores. La propuesta de una antropología de la evaluación (Cottereau y Marzok, 2012), en la que la pregunta remite a qué es lo que importa para la gente, va en esta línea. De esta forma, la pregunta no es por el valor sino por evaluación que las personas hacen.
Ahora bien, si estas dinámicas terminan siendo económicas aunque no han sido pensadas como tales, ¿por qué no pensar a la inversa o de manera más amplia? Para analizar los procesos de la casa, L’Estoile refiere a la posibilidad de pensar en términos de vivir una vida digna (living a good living) y, en términos más amplios, de oikonomia. Busca así correrse del lenguaje de la economía y centrarse en los procesos de vida a partir de las vivencias y las categorías nativas. Estos esfuerzos son sin duda meritorios en tanto buscan centrar los procesos “económicos” dentro de una totalidad centrada en las importancias nativas.
Los presupuestos de L’Estoile permiten pensar desde las propias categorías nativas estas formas, establecer qué prácticas son importantes para los actores y qué hacen ellos para lograrlo. Volviendo a los casos, una mirada más allá de la economía permitirá iluminar otras dimensiones que configuran estos modos de ganarse la vida.
I.
En relación con la recolección informal en 2002, cuando comencé mi trabajo de campo, era posible diferenciar personas dedicadas a esa actividad que la consideraban como algo digno mientras que otras se sentían sumamente avergonzadas del modo en que vivían. Estas diferentes expresiones en torno al cirujeo habilitan a pensar que el análisis de las formas de vivenciar, de pensarse, no puede entenderse sino en el marco de los procesos de los cuales los sujetos forman parte. En el caso del cirujeo, es posible pensar que si bien el desempleo y subempleo, el deterioro de las condiciones materiales de vida y el incremento de la pobreza y de la indigencia, el hambre, son condiciones, no explican en sí mismas el incremento de la cantidad de personas que viven de esta tarea; dicho de otra forma, no habilitan directamente el paso al cirujeo. Es necesario, por lo tanto, dar cuenta de otros elementos que, sumados a la dimensión económica (o de obtención de dinero), terminarían de explicar la llegada a la recolección y su conceptualización en tanto modo legítimo de ganarse la vida. Por lo tanto, creo que es necesario buscar cómo se construyen los modos “deseables”, para lo cual hay que tener en cuenta las condiciones y los parámetros morales en los cuales los cirujas construyen la realización de la actividad.
Como dije, uno de los componentes centrales que constituyen la noción legitimante es la relación cirujeo-trabajo y dignidad. La dignidad en tanto categoría legitimante permite incluir a los cartoneros en el campo de la igualdad (más imaginaria que real) con una serie de otras personas. Ya que para que ello ocurra debe haber cierto “reconocimiento”, no sólo del otro sino de las formas del otro. Para Cardoso de Oliveira (2004: 26), la relación entre dignidad, identidad y sentimientos estaría marcando la importancia del carácter dialógico del reconocimiento, en el cual se les exige al alter y al ego intercambios sustantivos de palabras o de gestos (símbolos, en general) que representan manifestaciones mutuas de consideración y de aprecio. Lo que me interesa recuperar para el análisis de los cartoneros remite a la necesidad de pensar la noción de dignidad en relación con el reconocimiento y vinculada a la categoría de trabajo, con su relación existente entre las argumentaciones legitimantes. Pero también como formas de pensar su presencia en el espacio.
Abordar los procesos de legitimación en el marco de una lucha por el reconocimiento permite articular diferentes dimensiones: el trabajo en tanto categoría abstracta y como categoría empírica social y personalmente significada; así como también la presencia de personas en el espacio público y de sus modos amplios de reproducción social (por ejemplo qué hacen además de recolectar, cómo se comportan, qué piensan, cómo se visten, qué consumen, etc.). Desde esta perspectiva, entonces, es posible pensar que
complacencia, satisfacción, sufrimiento, infelicidad o insatisfacción, no son tomados en lo que ellos tienen de expresión de la interioridad de la vida psíquica de las personas, ni como ‘percepciones subjetivas’ en el sentido corriente, que podrían, por eso, ser erróneas, sino porque entendemos que esos sentimientos hallan sus fuentes legítimas en la configuración sociocultural que da sentido a lo querible, deseable, proyectable, etc. Sentidos, a su vez, que se mantienen en disputa en diferentes ámbitos institucionales y socio-culturales de la vida social y que, en gran medida, co-existen en tensión. Precisamente esas tensiones se presentan como exigencias incompatibles para los individuos (Grassi y Danani, 2009: 18-19).
Para los que encuentran en el cirujeo una forma legítima de ganarse la vida existe un proceso de negociación en torno a la actividad y a las moralidades.
II.
Cuando comencé mi trabajo de campo con vendedores ambulantes en 2011 rápidamente reparé en las diferenciaciones que existían entre los que se dedicaban a lo que genéricamente se denomina “vendedores ambulantes”. Dentro de las personas que se dedican a la venta ambulante existen diferentes grupos que se caracterizan no sólo por lo que ofrecen o por la actividad que realizan, sino por una serie de prácticas que hacen de la venta ambulante un modo de vida. Uno de ellos son los buscas. Ellos se oponen a otros actores que se dedican a la misma actividad (Perelman, 2013; Pires, 2010 y 2013) ya que reivindican el ser busca como un modo de vivir.
Ser busca como modo de vida implica comportamientos que están presentes durante el tiempo de venta y que tienen efectos en el proceso de trabajo pero que no se reducen a él. En su etnografía sobre la venta ambulante en Buenos Aires, Pires (2013) dio cuenta de la diferencia entre ambulantes y buscas. Dice que “la racionalidad del busca es tratar de trabajar cada vez menos tiempo, en pos de mantener una meta de ganancia que le garantice su cotidianeidad” (Pires, 2013: 163, traducción del autor). Los buscas tienen sus lógicas, sus formas de trabajo, sus pautas de consumo, ciertos valores morales y prácticas que hacen de ser busca una vida digna de ser vivida. Allí también se ancla su “racionalidad”. Una mañana charlaba con un ex proveedor de mercancías a los buscas. Él me decía que la “mentalidad” de estos vendedores era la de empezar “todos los días de cero” [solo con el dinero necesario para comprar lo que venderían en ese día]. Sin embargo, “ganaban mucha plata”. El problema, proseguía, es “que se la gastan toda” y por eso él no les fiaba a los buscas. El ex proveedor apelaba a un discurso racional de cómo se consigue y se gasta el dinero: trabajar, maximizar, ahorrar, “gastar bien”. Esa forma de gastar denotaba un posicionamiento de cierta autoridad moral sobre cómo los buscas deben comportarse. En esta forma de comportarse en torno a los modos de conseguir el dinero y de gastarlo se entrelazaban dos mundos morales en torno no sólo a lo económico, sino también a una forma de vida. Es por ello que resulta necesario pensar en términos de qué implica una vida digna.[6] La venta ambulante, en términos económicos o de ingresos, garantiza la supervivencia pero en términos de lo que ellos entienden por vivir una buena vida, el tiempo del trabajo y el del no trabajo no puede escindirse.
Relaciones personales y territorio
La presencia de cartoneros y de vendedores ambulantes no sólo puede ser indagada desde lo discursivo. Presentarse como trabajadores no es mera retórica justificativa. Tiene fuertes implicancias sobre el self así como signa prácticas concretas. A su vez, la “laborización” de la actividad estuvo fomentada por diferentes actores entre ellos el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Las personas van constituyendo un territorio que les es propio. Ellos se configuran a partir de los procesos de venta o recolección pero los exceden por mucho. En ambas actividades los intercambios –incluso cuando refieren a la compra y venta de productos– no pueden entenderse sólo como “hechos económicos” (Perelman, 2017).
Los diferentes actores están constantemente activando relaciones de afinidad que van produciendo interdependencias entre ellos. Son estas relaciones las que posibilitan que se vaya produciendo un mercado de circulación, de consumo de bienes y un circuito de comercio. La individualización de los vendedores y cartoneros, no ya meramente como parte de un grupo o como una persona moral (“cartonero”; “vendedor”; “pobre”), a partir de relaciones personales va permitiendo la apropiación del espacio y con ella el acceso a recursos materiales y simbólicos. Y así se van constituyendo formas de trabajo. Son estas relaciones las que van produciendo “derechos” mutuos investidos de moralidad que contribuyen a la estabilización de los mercados de producción y de consumo. Son estas relaciones estables las que van permitiendo, a partir de la construcción de un territorio, acceder a la ciudad.
El espacio físico y las relaciones espaciales tienen fuertes implicancias en el modo en que se regulan las actividades. En el caso del cirujeo, son los recolectores los que individualmente van confeccionando sus recorridos a partir de la generación de clientes (personas que les guardan los residuos). Ellos son “posesión” individual y requieren un constante trabajo de mantenimiento de confianza.
El cirujeo se fue generalizando como actividad pública con la crisis de 2001. Es posible decir que ya en 2002 se fueron generando una serie de procesos que perdurarán y que tendrán diferentes efectos de refuerzo y de impugnación sobre los que se irá solventado la desigualdad.
Los cartoneros saben que están en un territorio en el que son vistos como extranjeros. Ello implica que esas interacciones se puedan transformar, muy frecuentemente, en conflictos: con los vecinos, los transeúntes, la policía u otros cartoneros. Es por ello que los cartoneros buscan formas de adecuarse al territorio. Para lograrlo, tienen compentencias comportamentales a partir de valoraciones morales que se negocian desigualmente entre los diferentes agentes presentes en el campo. La producción y el mantenimiento de relaciones personales y la inclusión del cirujeo dentro de la esfera del trabajo son dos de los mecanismos que los recolectores utilizan. Como dije, el proceso de construcción del cirujeo como una forma legítima de ganarse la vida, como una forma de trabajo, no sólo remite a la histórica relación entre dignidad-trabajo experienciada por los sujetos, sino también a la creencia de que en el espacio público el ser trabajador es un modo aceptable.
Es por esta razón que pienso que las moralidades territoriales son constitutivas de las desigualdades sociales y tienen una temporalidad más larga a la de la crisis, la del desempleo o incluso la del intento del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de naturalizar el cirujeo.
Los cartoneros se transforman en cartoneros en un espacio determinado no sólo por la tarea que realizan. Ser cartonero o ser vendedor en un espacio/tiempo específico no puede ser pensado sólo a partir de la actividad de obtención de recursos que realizan. A las personas se les imprime una serie de imaginarios sobre la actividad en sí. A la actividad se le fijan una serie de imaginarios en torno a los sujetos que las realizan.
Es por ello que las interacciones se vuelven una suerte de antídoto. En los contactos con vecinos (así como con depositeros y otros actores[7] se produce una transformación del estigma en confianza A partir de los lazos personales, los cartoneros pueden generar cierta predictibilidad. Estas relaciones van construyendo un territorio basado en el mantenimiento de los contactos personales que se constituyen en relaciones de don y contra don. Así, las obligaciones que se establecen entre los actores producen predictibilidad. Al tiempo que, para los cartoneros que tienen que mantener la relación, funcionan como una forma de estabilización en la tarea (aunque ellos no quieran). Ello es posible a partir de los comportamientos correctos que lo que terminan logrando es que se conviertan, aun sin quererlo, en mejores cartoneros.
El caso de la venta ambulante permite iluminar otro tipo de construcciones cotidianas de diferencias que se construyen como desigualdades. Los vendedores ambulantes que trabajan en los trenes, a diferencia de los recolectores, construyen colectivamente el territorio. Si bien cada uno cuenta con un trayecto y con la posibilidad de vender determinado producto, el territorio pertenece al grupo. Es un espacio abierto que es cerrado por un grupo y reapropiado. Ello les posibilita tener una menor regularidad en la asistencia pero genera obligaciones con los otros actores que conforman la configuración. El ir a vender algunos días si y otros no perjudica al que no va.
A diferencia de los cartoneros, la percepción del vendedor ambulante no refiere tanto a una pobreza extrema como en el caso de la recolección. En los trenes, existe una diferenciación entre las personas basada en formas de obtener dinero y de gastarlo. Son formas de acción que se van cosificando en dos modos diferentes de supervivencia: “trabajar” y “pedir” o “mangear”. Los grupos están constituidos –podría decirse– como diferentes tipos de personas. Mientras que los vendedores suelen ser hombres “en condiciones de trabajar”, los que piden contarían con algún atributo que no les permitiría hacerlo. En los mangueros la pobreza suele ser utilizada como un recurso legitimante para la realización de la actividad y debe mostrarse y performarse. Esto es, para manguear (pedir) hay que ser (parecer) pobre. En cambio, en los buscas esta relación es más compleja. Esto lleva a diferentes tipos de performance durante el tiempo de venta. Vendedores (en términos genéricos) y pasajeros producen y reproducen modos de accesos legítimos a la reproducción social: vender para unos, pedir para otros. En las interacciones y en los actos rituales de venta/pedir no sólo se reproduce la ideología del mercado sino que se (re)construyen las desigualdades sociales en tanto estas formas de interacción construyen formas de acceso a la reproducción social complejas que están fuera del marco de protección laboral pero sobre todo porque los pone en un universo simbólico e imaginario de exclusión. Centrarse en la construcción de las desigualdades implica pensar los procesos sociales de forma relacional, compleja y como producto de un devenir histórico de larga duración (Gootenberg y Reygadas, 2010). Y los modos de categorización (trabajo/no trabajo; busca/manguero; etc.) y su puesta en relación son una puerta para comprender el modo en que se van naturalizando y resignificando en prácticas culturales y en contextos concretos.
Por otro lado, la territorialidad de la desigualdad está presente. Así por ejemplo las percepciones de los comportamientos de los vendedores en dos líneas de trenes son diferentes. Existen percepciones diferenciales sobre el estatus de los vendedores, como trabajadores o como pobres. Así, por ejemplo, mientras en la Línea Roca que va hacia el sur del conurbano bonaerense, los vendedores cuentan con un estatus similar al de los pasajeros, en la línea Mitre que va hacia el norte, una de las zonas más ricas del conurbano, parece existir una diferenciación de clase entre unos y otros. En tanto las personas que usan el transporte tienen diferentes trayectorias de clase, la construcción que vendedores y pasajeros hacen unos de otros también lo son. Esto es un punto importante ya que permite la construcción de un territorio de venta.
Asi, mientras las calles y la cantidad de edificios, comercios, depósitos, etc. genera la posibilidad de una mayor oportunidad de generar rutas en el caso de la recolección de residuos,[8] en la venta ambulante son los trenes y los recorridos que éstos realizan los que deben dividirse. Los límites de lo posible son muchos menos en el segundo caso.
Entonces estos procesos son importantes a la hora de comprender la producción de la desigualdad social ya que tienen efectos sobre la apropiación del territorio y de los modos de supervivencia. Que ellos se expresen en prácticas y discursos cotidianos, que se produzcan y reproduzcan en las interacciones es importante a la hora de generar diferencias sociales y capitales distintos. En el territorio es posible ver los componentes de desigualación de larga duración (como los sujetos legítimos) así como los de más corta duración en función de los ingresos y las expulsiones cotidianas de los cartoneros.
A modo de cierre
Kessler (2014), analizando diferentes dimensiones, da cuenta la existencia de tendencias contrapuestas en relación con lo ocurrido con la desigualdad en Argentina en la última década. Segura (2014: 2) dice que en las ciudades latinoamericanas en la última década es posible ver un
movimiento paradójico en las relaciones entre ciudad y desigualdad en la América Latina contemporánea: mientras por un lado en la última década muchos países de la región han implementado políticas que lograron reducir (levemente) la desigualdad de ingresos, por el otro continúa la expansión de áreas metropolitanas fragmentadas (…) [que] incrementa no solo la desigualdad en el acceso a la ciudad y a sus bienes, servicios y oportunidades, sino que también consolida (…) redes y circuitos sociales segregados, que reducen las posibilidades de movilidad social ascendente.
Para Segura, si bien las desigualdades se objetivan en el espacio urbano (en tanto acceso desigual), también es el mismo espacio –con sus múltiples temporalidades– el que condiciona la (re)preoducción de las desigualdades (2014: 3). Ambos autores marcan la necesidad de pensar de manera compleja los procesos de desigualdad social a partir de múltiples dimensiones y procesos que no son unidireccionales.
El espacio urbano es una dimensión central de estos procesos. No sólo porque como marca Segura es posible ir más allá de la tesis del espejo entre entre desigualdad y segregación o siguiendo a Kessler la mejora en una dimensión puede implicar el empeoramiento en otra, sino porque las condiciones espaciales van constituyendo formas de desigualdad social en el espacio que impactan en las vidas de las personas de diferentes formas. Tanto el espacio físico como los procesos sociales espacializados van constituyendo formas de desigualdad social. En algunos casos, es la propia forma de vida la que es negada en el espacio urbano, que va erosionando las formas dignas de vivir. Reconocer esto no implica negar que incluso las elecciones y los diferentes modos de vida tengan efectos concretos en las condiciones objetivas de vida. Tampoco implica desconocer los condicionantes históricos de las formas de elección.
Indagando en las trayectorias de vida es posible comprender las prácticas cotidianas compartidas de discriminación, explotación, humillación enmarcadas en experiencias de clase. Pero también experiencias y prácticas de diversión, identificación, sensibilización, producción de discursos sobre sus vidas que constituyen las diferentes formas de vida. Las identidades o las identificaciones pensadas de manera territorial permiten ver toda esta multiplicidad que está entrelazada con procesos que tienen otras temporalidades y que deben ser tenidos en cuenta al comprender los procesos que van sedimentando las prácticas sociales.
No todos los procesos de desigualdad tienen la misma temporalidad. Las desigualdades urbanas tanto físicas como simbólicas persisten por mucho a los cambios económicos y se entrelazan con ellos que, a su vez, no su unidireccionales. Ellos se anclan en el territorio, en concepciones morales, en prácticas culturales que se naturalizan y que cosifican las diferencias. La dimensión económica de la desigualdad sin duda es central. Pero como desarrollé es importante volver a pensar qué es incluido en esta dimensión. Entonces, antes que tomarla como algo dado es necesario ponerla en cuestión mostrando que la misma forma en que se construyen las fronteras de lo económico es constitutiva de las desigualdades. En este sentido, los procesos y las pugnas por la imposición de discursos en torno a lo legítimo o moralmente correcto también lo son. Los casos muestran que una misma acción o un mismo grupo puede ser vecino, cartonero, extranjero, trabajador, etc. Y ello tiene efectos en los modos de ganarse la vida y de inserción social. Las etiquetas funcionan territorialmente y a partir de ellas se producen relaciones de desigualdad.
Es por ello que es necesario un fuerte esfuerzo de desconstrucción para subjetivizar a las miles de personas que viven de actividades callejeras informales mostrando sus particularidades y sus modos de vida.
Para ello hay que tener cuenta su agencia, sus sentimientos, la dominación y sus resistencias, las imposiciones. Para ello es imprescindible abordar los fenómenos sociales tanto en las dimensiones estructurales como en los procesos subjetivos. Esta misma línea es retomada por los estudios que buscan complejizar los estudios de los procesos económicos dando cuenta de los procesos históricos y de los modos en que las personas entienden lo que es una vida que vale la pena vivir, los modos dignos y legítimos de acceder a la reproducción social. Esta visión implica centrarse en los procesos de reproducción social no sólo como formas de obtención de dinero sino como maneras de integración social y como modos de vivir que pugnan socialmente por ser reconocidos.
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- Se utilizarán como sinónimos los términos “ciruja” y “cartonero”, salvo cuando se indique lo contrario.↵
- Aún sin problematizar la noción misma de “espacio” y pensando en un espacio relativamente “grande”, la posición de Gupta y Ferguson (1992) sobre los peligros que presenta el isomorfismo del espacio, del lugar y de la cultura resulta pertinente como advertencia para no reificar en una escala menor la relación entre moral y territorio.↵
- Bachiller ha expuesto para el caso de la ciudad de Comodoro Rivadavia lo que una propuesta de análisis centrada en la territorialidad no permite. Ver Bachiller (2015). ↵
- Recupero la noción de condición legitimante de Thompson (1995). En Argentina algunos investigadores han trabajado esta línea para analizar los procesos de recuperación de fábricas (Fernández Álvarez, 2007), de organizaciones “piqueteras” (Manzano 2007) o la construcción de idea de trabajo digno en cartoneros (Perelman, 2011). ↵
- La idea de comercio para Zelizer refiere a conversación, intercambio, interacción y mutua determinación. Ello le permite inscribir relaciones que van de los más íntimos a las transacciones sociales más formales. ↵
- Estoy usando aquí “vida digna” no como una categoría nativa sino como una categoría que permite pensar el modo en que las personas dan sentido a su vida (y no sólo a las actividades de obtención de recursos). La idea de “trabajo digno” como categoría nativa por ejemplo ha sido recurrente en mi trabajo con recolectores de residuos. Allí la idea de trabajo digno aparecía como una forma de dotar de sentido a la tarea de recolección (Perelman, 2011).↵
- Ver Perelman, 2011a. ↵
- Siempre y cuando los cartoneros trabajen de forma individual. En los últimos años el crecimiento de las cooperativas ha ido generando un proceso de colectivización de los espacios de recolección.↵






