Nuestros cursos:

Nuestros cursos:

El basural a cielo abierto de Oberá: paisaje fronterizo
de un “antropoceno parchado”

Ana Goldemberg[1]

Somos llamados al reconocimiento… En medio de una terrible destrucción, la vida encuentra formas de florecer, y…. el brillo de la vida ciertamente nos incluye a nosotros.

      

Deborah Bird Rose

Introducción

La frontera, además de designar los límites interestatales, es un concepto que nos sirve para pensar toda una serie de fenómenos en una gran variedad de escalas, y que despliega muchos otros sentidos más allá de los que intervienen en los bordes de los Estados. Así, la frontera como herramienta teórica nos permite el análisis de realidades tan distintas como la de relaciones entre rural/urbano, fragmentaciones intraurbanas, desigualdades sociales, etc. (Porcaro y Silva Sandes, 2021; Benedetti, 2020; Ghilardi y Matossian, 2020; Salizzi y Barada, 2019; Braticevic et al., 2017). En la ciudad neoliberal, la frontera se dibuja entre lo formal y lo informal, delimitando el acceso al suelo y a los servicios básicos, dejando por fuera a amplios sectores de la población que suelen ser relegados a los márgenes tanto físicos como sociales, económicos, políticos y culturales de la ciudad. Es hacia estos espacios donde, también, suelen destinarse los residuos: una vez en desuso, envases, objetos rotos y basura de todo tipo son expulsados hacia un “afuera” (de la casa primero, de la ciudad después).

Este trabajo tiene como punto de partida el basural a cielo abierto de la ciudad de Oberá, Misiones. Como es de esperar, el basural se encuentra alejado del centro, en el límite noroeste del municipio, y a proximidad de tres barrios populares: Copisa, Caballeriza y Kilómetro Cero. Este es un intento de poner en palabras lo que allí observo en el marco de mi trabajo de campo, haciendo dialogar la descripción de este paisaje fronterizo con el concepto de antropoceno, capitaloceno, basuroceno y chtuluceno. No pretendo aquí desplegar un análisis acerca de la frontera como tal, sino más bien pensar el espacio del basural como una muestra desde la cual pensar estos -cenos, y sus implicancias ecológicas y sociales.

Las páginas que siguen describen, en primer lugar, ese paisaje del antropoceno: un paisaje que cuenta una historia (o varias historias), de depredación del ambiente, consumo desenfrenado y exclusión social. A orillas del monte nativo, ese pedacito de Selva Paranaense (el ecosistema más biodiverso del país), se extienden los restos de la sociedad del descarte. Y en este espacio híbrido, en los márgenes territoriales y sociales de la ciudad, deambulan personas que buscan, recuperan y venden lo que todavía puede serlo. En segundo lugar, presentaré tres conceptos teóricos, como tres miradas elaboradas desde distintas disciplinas que pueden servirnos para pensar esta época incierta: antropoceno, capitaloceno y basuroceno, con sus respectivas argumentaciones. Intentaré también vincular estas nociones con la compleja realidad que observo en el basural, procurando así construir una ida y vuelta entre el campo y la teoría. Sin embargo, este ida y vuelta no es suficiente a la hora de considerar una práctica, a la vez intelectual y sensible, desde las ciencias sociales. Por ello, en tercer lugar, presentaré la herramienta de análisis de un Patchy Anthropocene (que traduzco por antropoceno parchado), propuesta por Tsing, Mathews y Bubandt (2019), con la cual se trata de impulsar una práctica de la antropología que pueda dar cuenta del antropoceno, en inmersión en paisajes, con cierta esperanza y revelando desigualdades sociales. Por último, me gustaría indagar en los caminos posibles que abre el concepto de chtuluceno de la bióloga y filósofa Donna Haraway (2019), una alternativa para pensar el antropoceno que incluye en su reflexión también a los no-humanos, superando así la dicotomía naturaleza/cultura. En concordancia con esta idea, también expondré a modo de conclusión el postulado a favor del anarquismo ontológico que Viveiros de Castro (2019) retoma de Hakim Bey.

Allá abajo

El basural a cielo abierto está situado en el extremo noroeste de la ciudad de Oberá, Misiones. Me costó bastante encontrar un mapa que lo señalara por dentro del ejido urbano oficial. De hecho recuerdo que en una reunión un funcionario municipal dijo que “el predio no es reconocido por Oberá”, y en términos de agrimensura, éste figura como “excedente” del municipio. De la calle asfaltada que nace en la ruta 103 hay que hacer un kilómetro y medio y luego tomar una calle de tierra, llena de baches, que desvía por la izquierda. Oberá es una ciudad que presenta importantes declives, por lo que para llegar al basural se desciende unos 70 metros de desnivel si se parte de la ruta. (“Desde acá, por donde salgas hay cerro”, dicen los trabajadores del basural). A los costados del camino se ven algunas viviendas precarias del barrio Copisa, también hay yerbales y un aserradero. Se le puso el nombre “Barrio Copisa” a este asentamiento por la Cooperativa del mismo nombre que allí se encontraba, que produjo producía aceite de tung hasta entrar en quiebra en los años noventa.Varios de los antiguos trabajadores de la Cooperativa trabajan hoy en día en el basural. Según el Registro Nacional de Barrios Populares, en este asentamiento viven unas 100 familias sin acceso a los servicios básicos. Gran parte de los recuperadores del basural vive en Copisa, pero también hay quienes viven en otros asentamientos de la zona, como el Barrio Kilómetro Cero y Caballeriza.

A medida que nos acercamos al basural va aumentando la cantidad de residuos al borde del camino. En el trayecto, se pasa frente al “kiosco”, que funciona como tal pero que también es el lugar donde se vende la chatarra recolectada en el día. El camino va bajando siguiendo las líneas de alta tensión, bajo las cuales poco antes de llegar al predio se encuentra la vivienda de Gabriela y Joselo, conocida como “la casa que da cáncer”, ya que muchas de las personas que allí vivieron murieron de esa enfermedad. Sigue el camino hasta llegar “allá abajo”. Allá abajo está el basural.

Dos columnas de hormigón de unos tres o cuatro metros de altura, bastante deterioradas, delimitan la entrada. Según me cuentan, fueron construidas hace unos años, cuando la municipalidad quiso “poner a gente de ellos” en el basural, y controlar las entradas y salidas. Esa iniciativa fue rechazada fuertemente por las y los trabajadores del lugar, y solamente quedaron las columnas como vestigio de ese momento. Justo antes, a mano derecha, se encuentra una montaña de cubiertas de automóviles de distintos tamaños, que los trabajadores del basural van almacenando para ser entregadas a la municipalidad a cambio de su ayuda para limpiar el predio cuando éste se llena demasiado de residuos (ya volveremos a esto). A mano izquierda se encuentran las casas de la madre y los parientes de Eliseo, quien según cuentan sus compañeros fue de los primeros en trabajar en el basural. Él les enseñó el oficio de recuperador urbano a los demás y ahora ellos cuidan de él. Su casa quedaba dentro del basural hasta principios del 2022, cuando un incendio arrasó con el predio y prendió fuego a su vivienda mientras dormía. Afortunadamente, sus compañeros lograron sacarlo vivo de ahí, con solamente unas pocas quemaduras.

Pasando las columnas entramos al basural propiamente dicho. Allí culmina el camino y se abre un espacio de más de una hectárea bordeado de monte nativo, donde va a parar la basura que queda por fuera de los circuitos de recolección formales. Cuenta Eliseo que “antes todo se traía acá, pero desde que están las dos recicladoras y la Muni reciclando mermó las cantidades.” Hoy en día existen mecanismos de gestión de residuos, tanto privados como públicos, en Oberá y en municipios aledaños. Sin embargo, al predio siguen llegando materiales de todo tipo, que se amontonan en distintos sectores. Permanentemente entran y salen autos de particulares, vehículos de empresas o camiones volcadores de la propia municipalidad que vierten su contenido en el basural: desde alimentos vencidos de supermercados a chatarra, cartones, electrodomésticos o ropa usada. Estos materiales son recolectados y clasificados por los trabajadores informales del basural, quienes los recuperan para venderlos o para uso propio. Sin embargo, muchos de los materiales que allí llegan no son reutilizables. Es el caso, por ejemplo, de lo que traen las recicladoras privadas. “Esto no se puede utilizar, está contaminado con gasoil o con Roundup, por eso traen acá. Nosotros no podemos hacer nada con esto porque te hace doler mucho la cabeza” explica Rosana señalando una pila de plásticos que fueron previamente prensados y enfardados.

Siempre que voy al basural se encuentran allí entre quince y veinte personas. Algunas sentadas charlando en la entrada, bajo las columnas de hormigón, o a orillas del monte, en unas casillas precarias fabricadas con retazos de madera y lona. Otras se encuentran recorriendo el predio en búsqueda de algún material en especial, otras clasificando o enfardando. La mayoría vive por la zona, en el barrio Copisa, y también en barrios un poco más alejados, como el Kilómetro Cero y Caballeriza. Hay mujeres y hombres trabajando, y también siempre hay niños y niñas. “A veces acá hay chicos y no queremos porque es peligroso, pero es imposible sacarlos. Ellos buscan cobre o aluminio. Es difícil sacarles porque necesitan también” dice Facundo. De hecho, varios de los trabajadores que conocí en el basural dicen haberse criado allí, recuperando materiales con sus familiares desde muy jóvenes. Participando a su manera de la gestión de residuos orgánicos, es común ver deambulando entre las pilas de residuos alguna gallina, perro, gato o jote. Las moscas están omnipresentes, pero también algún alguacil entre los charcos, abejas atraídas por bolsas de harina desparramadas, y aves más chicas que anidan en los árboles que limitan el predio. Alguna vez, incluso, llegué a observar una pareja de tucanes. Entre los escombros y la basura también vi crecer varios zapallos (Figura 1), frutos de alguna semilla que, mezclada al resto, encontró un lugar propicio para germinar. “Este ya está para sacar!”, me dice Gabriela. “Mucha gente comen de acá”.

Figura 1. Zapallo en los escombros

Fuente: Ana Goldemberg, 2021.

El basural termina en un barranco que da al Arroyo Quiye (también se conoce como Arroyo Cuchara). Según me contaron los trabajadores del basural, cuando el predio ya está muy lleno acuden a la municipalidad de Oberá, que con maquinaria arrastra la basura hasta el barranco y vuelca los excedentes en dirección al monte y al arroyo, unos veinte metros más abajo. Consiguen esta “ayuda” a cambio de las cubiertas de automóviles[2] que almacenan y clasifican en la entrada del basural. Otra forma de gestionar el exceso de basura es mediante el fuego (Figura 2), “para hacer lugar”. Suelen usar esta técnica principalmente antes de los días de lluvia, para que luego el fuego se apague solo y así tenerlo controlado.

Figura 2. El basural antes de la lluvia

Fuente: Ana Goldemberg, 2021.

Aun así, en enero de 2022, en un día de mucho calor, uno de los montículos humeantes desató el incendio que arrasó con el basural, incluyendo la vivienda de Eliseo y el precario lugar de acopio de materiales ya clasificados, que un grupo de trabajadores almacenaba cuidadosamente hasta poder vender conjuntamente en cantidad suficiente. El incendio precarizó aún más el trabajo de los recuperadores del basural, quienes al no contar más con un espacio protegido en el cual guardar los materiales tuvieron que empezar a almacenarlos en sus propias casas y patios, o bajo lonas.

El grupo decidió entonces acudir a la municipalidad para pedir que ésta les facilite algunos materiales (postes y chapas de cartón) para volver a construir un lugar de acopio. Acompañé a Rosana y Joselo a una reunión con dos funcionarios municipales a cargo de la Gestión de Residuos de Oberá. “Nosotros nunca les pedimos nada a ustedes, hace años que venimos trabajando, reciclando allá abajo, y nunca le pedimos nada a la municipalidad. Hoy necesitamos ayuda para no perder nuestro trabajo cada vez que llueve”, decían Rosana y Joselo en nombre suyo y de sus compañeros. Asistí entonces, incrédula, a la negativa de los funcionarios presentes, quienes argumentaron que no podían brindarles ayuda ya que “el basural es un espacio verde, ahí no se puede construir”. Espacio verde habrá sido hace 50 años, antes de que la propia municipalidad empezara a volcar allí sus residuos y que el lugar se transformara en el basural que es hoy en día… Por suerte el grupo no se dió por vencido. Después de insistir varios meses, finalmente, lograron convencerles de que les entreguen materiales para construir un nuevo galpón (Figura 3), con la promesa de que la construcción sería provisoria, hasta conseguir otro lugar de acopio fuera del basural.

Figura 3. El nuevo galpón

Fuente: Ana Goldemberg, 2022.

Ir al basural siempre me interpela. Cuestiona mi sentido común y me provoca interrogantes acerca de cómo analizar lo que veo allí. Este espacio liminal, en los márgenes de la ciudad, es a la vez el centro de actividades económicas y sociales, donde se despliegan relaciones y se juegan territorialidades. Al final de la calle, ya prácticamente fuera del municipio, los recuperadores urbanos trabajan meticulosamente con el descarte, convirtiéndolo en recurso – un recurso que no terminará su recorrido allí, sino que volverá al centro, a la industria formal de reciclaje. El resto, sin embargo, seguirá su camino hacia “el fondo del fondo”, cayendo al arroyo y en el olvido. Una forma, entre muchas, de aprehender este paisaje, es enmarcándolo en un fenómeno global: el antropoceno. Las siguientes páginas son, pues, una aproximación al basural desde las herramientas teóricas que ofrece esta noción, así como sus derivaciones: capitaloceno, basuroceno y chtuluceno. Son una forma, entre otras posibles, de observar el basural a cielo abierto de Oberá como una expresión local de un fenómeno geológico de gran escala, pero también y no menos importante, como resultado de procesos de producción y consumo del sistema capitalista, que genera desigualdades, vulnera y margina. Es, finalmente, una manera de acercarnos a un fenómeno en el cual se ven entrelazadas problemáticas tanto ambientales como sociales, y reflexionar acerca de cómo analizarlas conjuntamente.

Antropoceno, capitaloceno, basuroceno

Existe una gran cantidad de neologismos para calificar el extraño período en el que vivimos. De hecho, Chwałczyk (2020) enumera más de noventa “-cenos”, como por ejemplo al “euroceno”, al “megaloceno”, al “trumpoceno” o al “plantacionceno”. Cada una de estas palabras es útil en la medida que pone en evidencia algún aspecto específico del fenómeno “antropoceno”, o bien plantea una postura crítica al respecto. En todo caso, todas ellas nos sirven para pensar. En este capítulo, me propongo trabajar con los de antropoceno, capitaloceno, basuroceno y chtuluceno.

Se le atribuye el término antropoceno a Paul J. Crutzen y Eugene F. Stoermer (Crutzen y Stroemer, 2000), quienes publicaron en el año 2000 un corto artículo del mismo nombre en el cual, tras hacer un repaso de varios indicadores del impacto de las actividades humanas sobre la tierra y la atmósfera, propusieron este término para referirse al período geológico actual. De manera resumida: las emisiones de gases de efecto invernadero a través del uso de combustibles fósiles, el uso de nitrógeno sintético en la agricultura, el uso de más de la mitad del agua dulce disponible, la notable pérdida de biodiversidad o la liberación de sustancias tóxicas en el ambiente son solamente algunos ejemplos, entre varios más, de los efectos de la acción humana sobre el planeta. Estas huellas, que se fijan como evidencia, les hacen considerar más apropiado el uso del término antropoceno, sucesor del holoceno. Cabe aclarar que se llama holoceno a la época geológica de aumento global de las temperaturas que inició después de la última glaciación, hace unos 11.700 años aproximadamente.

Del griego anthropos, que significa persona, este nuevo concepto pone al ser humano como actor central de una nueva época geológica. Se abre así la pregunta acerca del inicio del antropoceno, el cual según los autores habría empezado a finales del siglo XVIII con la Revolución Industrial, tomando como evento simbólico la invención de la máquina a vapor. A partir de entonces, “los efectos globales de las actividades humanas se volvieron claramente notables” (Crutzen y Stroemer, 2000, p. 17, mi traducción). Por su parte, Jaia Syvitski junto con un equipo internacional de científicas realizó un estudio sobre el incremento de inductores fundamentales (el consumo de energía, la productividad económica y el crecimiento demográfico) y su correlación con cambios en el ambiente. En Syvitski et al. (2020) se muestra que a partir de 1950 todos los indicadores se dispararon y se acrecentaron de manera exponencial. Estos datos crean gráficos que, por su forma, son llamados de palo de hockey (Mann et al., 1999). Ciclo del nitrógeno, sistemas fluviales, radiactividad o producción de cemento, las tablas de valores muestran una radiografía de la mutación ecológica que se acelera al mismo ritmo que el crecimiento del producto bruto interno global. A este salto abrupto se lo suele denominar gran aceleración, consecuencia de la progresiva intervención del humano sobre los ciclos naturales planetarios, y estrechamente relacionada con el crecimiento económico.

El término antropoceno rápidamente se hizo un lugar en los discursos científicos, tanto de las ciencias naturales como de las ciencias sociales, abriendo el debate no solamente acerca del “cuándo” éste habría empezado, sino también cuestionando de manera crítica ese anthropos difuso que no distingue entre clase, razas o géneros, no toma en cuenta procesos de colonización ni desigualdades socioeconómicas. Se le suele atribuir el término capitaloceno al sociólogo marxista Jason Moore, aunque, como cuenta Haraway (2019, p. 273), éste fue acuñado por distintas personas al mismo tiempo, en un contexto histórico en el cual la urgencia pedía nuevas palabras para alimentar la reflexión crítica. Moore (2017, p. 1,4) argumenta a favor del capitaloceno, entendido como un sistema de poder, ganancia y re/producción en la red de la vida. Critica la noción de antropoceno por responder a un discurso que deriva de la dicotomía naturaleza/cultura y que vincula el inicio de la crisis ecológica con la Revolución Industrial, sin tener en cuenta las condiciones previas que la posibilitaron. Si bien admite que los cambios en el ambiente se pudieron notar desde mediados del siglo XVIII y aceleraron especialmente a partir de 1950, no se pueden explicar estas transformaciones sin identificar cómo encajan en patrones de poder, capital y naturaleza establecidos a partir del siglo XV.

El capitaloceno es un concepto que pide una lectura crítica del antropoceno y sus gráficos de palo de hockey. Pide que situemos al capitalismo histórica y geográficamente en la red de la vida, no solo como sistema económico sino también como una ecología-mundo, situada y multiespecie, del capital, el poder y la re/producción (Moore, 2017, p.16). Cabe aclarar que se usa el término multiespecie para dar cuenta de la interconectividad e inseparabilidad entre los humanos y otras formas de vida. Las investigaciones multiespecie de fenómenos sociales y culturales también se fijan, pues, en la agencia de especies otras-que-humanas, como ser plantas, animales, hongos, bacterias o virus (Münster & Locke, 2015).

Moore empieza su historia del capitalismo con Colón y la conquista de América, pensándolo en relación con lo que llama la “naturaleza barata”:

La acumulación vigorosa depende de la existencia –y de la producción activa– de naturalezas humanas y no humanas cuyo costo de reproducción es mantenido ‘fuera de los libros’. […] También es un proceso de ‘poner la naturaleza a trabajar’ (Moore, 2017, p. 13).

Esto es lo que los economistas suelen llamar “externalidades”. Los cuatro baratos que Moore enumera son la fuerza de trabajo, los alimentos, la energía y las materias primas. Estos, al servicio de la acumulación del capital, permitieron la reducción de sus costos de re/producción. En este contexto, Moore también nombra al proletariado, femitariado y biotariado. Este último término

abarca todas las cosas en las que pensamos cuando oímos hablar de “servicios de los ecosistemas”, pero también incluye a muchos seres humanos, que son desvalorizados en base a la abstracción dominante sobre la naturaleza: principalmente a través de la raza, la nacionalidad, el género, la sexualidad, etc. (Moore, 2021, p. 14).

Sin embargo, advierte Moore: “Hoy asistimos a la implosión de esa estrategia. La red de la vida está pasando rápidamente de ser una fuente de insumos baratos a constituir un vector inevitable de aumento de los costes. El biotariado está en abierta rebelión” (Moore, 2021, p. 17).

Quisiera ahora introducir el término basuroceno, mi traducción de poubellocène, propuesto por el sociólogo Baptiste Monsaingeon. Según él,

son nuestros residuos, desparramados hasta los confines del planeta, los que marcan sin lugar a dudas este período geológico […]. Ya sean sólidos, líquidos o gaseosos, concentrados o difusos, estos residuos dejan su huella en el agua, los suelos o las burbujas de aire encontradas en los núcleos de hielo, se han convertido en señales indiscutibles, pruebas tangibles de la influencia de las actividades humanas sobre la composición de la capa superior del planeta (Monsaingeon, 2017, p. 14, mi traducción).

Antes de seguir adelante, conviene quizá definir qué es un residuo. No es una tarea fácil, ya que un mismo objeto o material puede ser considerado por unes como basura (o sea, como una cosa inservible), mientras que para otres se trata de un recurso. En Argentina, la Ley 25.916 define el residuo como “aquellos elementos, objetos o sustancias que como consecuencia de los procesos de consumo y desarrollo de actividades humanas, son desechados y/o abandonados” (Ley 25.916, 2004, artículo 2). Monsaingeon (2017) por su parte habla de la basura como una relación entre los humanos y “lo que queda” de sus actividades. Desde fines del Paleolítico, la acumulación de estos restos (es decir, de residuos), se constituye en una huella tangible. Las primeras fuentes arqueológicas que muestran la creación de un espacio doméstico son los desechos, expulsados hacia un “afuera”, que devienen verdaderos marcadores de fronteras de los primeros espacios de ocupación humana. También son testigos de una voluntad de organización del espacio, en el cual el hábitat humano se abstrae del caos exterior, hacia donde se destinan los residuos. Esto tuvo como consecuencias que distintas aglomeraciones de basura fueran moldeando el paisaje, creando incluso colinas y lomas artificiales. Así, “en su esfuerzo de domesticación de su espacio de vida, empujando su basura cada vez más lejos, es como si Sapiens hubiera terminado convirtiendo el planeta en un tacho de basura gigantesco” (Monsaingeon, 2017, p. 17). Sin embargo, fue recién en las últimas décadas que emergió la crisis de los residuos. A partir de los años 1970, los movimientos ambientalistas empezaron a denunciar a la sociedad de consumo y una de sus consecuencias: cada vez más basura acumulada. Esta tendencia no dejó de acrecentarse, evidenciando la clara correlación entre el crecimiento económico y el aumento de producción detrítica (Monsaingeon, 2017).

El antropoceno, el capitaloceno y el basuroceno son tres miradas (aunque podrían ser más) sobre un fenómeno global, y cada una puede servir para aproximarse a lo que observo en el basural a cielo abierto de Oberá. La omnipresencia de los residuos es un hecho que resalta entre los elementos que marcan cambios estratigráficos del antropoceno. De hecho, el estudio antes mencionado de Syvitski y su equipo usa como uno de sus indicadores la producción y dispersión de plástico:

Los residuos plásticos actualmente entran al océano a razón de entre 4,8 y 12,7 megatoneladas por año, y los microplásticos son cada vez más transportados por vectores eólicos, permitiendo una verdadera distribución global, incluso en los campos helados del Ártico, formando un marcador omnipresente e inequívoco del estrato del antropoceno (Syvitski et al., 2020, p. 7, mi traducción).

Para acentuar aún más el carácter omnipresente de estos residuos, conviene mencionar un estudio en prensa de Leslie et al. (2022), que pudo detectar y cuantificar microplásticos en la sangre de seres humanos.

Cuando se recorre el basural, se camina sobre un suelo hecho de capas y capas de escombros, plásticos, vidrios y chatarra, acumulados durante años. El excedente, “limpiado” hacia el fondo del basural y hacia el barranco, termina alimentando el cauce de los arroyos, que desembocan en el río Paraná. El capitaloceno también puede servirnos como punta de entrada: la gestión de residuos es una externalidad que en el basural asumen la naturaleza y las personas que allí trabajan. Estas lo hacen en una situación de informalidad y precariedad, expuestas a riesgos para su salud, y ciertamente ayudando a reducir los costos de re/producción del capital. Por último, resulta interesante el concepto de basuroceno para dar cuenta de la trayectoria histórica de los residuos, marcadores de un “afuera” que a la vez transforman. El basural se encuentra pasando esa frontera entre adentro y afuera de la ciudad formal: expulsados, los residuos se depositan en un espacio lejano y marginal, donde humanos y no-humanos gestionan los restos de la sociedad de consumo.

Antropoceno parchado y cómo “seguir con el problema”

En su artículo Patchy Anthropocene: Landscape Structure, Multispecies History, and the Retooling of Anthropology, que podría traducirse como “Antropoceno parchado: Estructura del paisaje, Historia multiespecie y el rediseño de la Antropología”, las antropólogas Anna Tsing, Andrew Mathews y Nils Bubandt (2019) se interrogan acerca de cómo hacer etnografía en tiempos del antropoceno, y proponen el término antropoceno parchado como herramienta de análisis para dar cuenta de “las condiciones desiguales de habitabilidad más-que-humana en paisajes cada vez más dominados por formas industriales” (Tsing et al., 2019, p. 186, mi traducción). Cabe aclarar que el término más-que-humano [more-than-human] fue acuñado por el filósofo ecologista David Abram (1996) y hace referencia a los mundos de los distintos seres que habitan la Tierra, incluyendo y sobrepasando las sociedades humanas. Tsing et al. (2019) sugieren, pues, usar el paisaje como punto de partida de una antropología que amplíe su noción de relaciones sociales, teniendo en cuenta sincronicidades entre ecología, capital e historias humanas y más-que-humanas, que hacen a estos paisajes. Proponen cinco formas de movilizar el antropoceno parchado como herramienta analítica, de las cuales tres en especial nos sirven a la hora de pensar el basural de Oberá.

Advertir los paisajes nos muestra los parches del antropoceno.[3] Las autoras usan el término “estructura del paisaje” para dar cuenta de los patrones de ensamblajes multiespecie que emergen históricamente, y que son accesibles a nuestros sentidos. Los humanos modificaron la estructura del paisaje desde siempre, pero el antropoceno pide que le prestemos una atención particular a los desórdenes causados por el imperialismo y la industria, no solamente a través de los relatos humanos sino también a través de historias no-humanas. En el basural, los testimonios de los recuperadores dan cuenta de los procesos económicos y políticos que los relegan a los márgenes. Estas historias pueden ser comprendidas con mayor profundidad si le prestamos atención al paisaje que las sostiene: un espacio contaminado por los años de acumulación de residuos de todo tipo que forman el suelo aglomerado sobre el cual se camina, el humo de las quemas, los residuos de productos químicos altamente tóxicos. También entran en ese paisaje las gallinas domésticas y las aves silvestres, las abejas y las moscas, el zapallo creciendo entre los escombros bajo las líneas de alta tensión: “una estructura social más-que-humana” (Tsing et al., 2019, p. 189).

¿Podemos reconocer la catástrofe mientras imaginamos también lo posible?[4] Cabe preguntarse qué lugar tiene la esperanza en tiempos del antropoceno. A esta inquietud, las autoras contestan evocando a Donna Haraway y su propuesta de “seguir con el problema”.[5] En esta línea, la esperanza es pragmática y ambigua epistemológicamente, dirigida hacia colaboraciones entre múltiples registros de conocimiento (Tsing et al., 2019: 193). En Oberá, los recuperadores del basural, tanto humanos como no-humanos, cumplen una función clave en la gestión de residuos, por más que este trabajo no sea reconocido en los programas oficiales del municipio. En este sentido, Doherty (2019) habla de “infraestructura urbana informal” para designar lugares de trabajo multiespecie o para-sitios. Estos son sectores marginados y, sin embargo, a la vez vitales para las formas oficiales de producción y descarte (Doherty, 2019:324). En un antropoceno global, podemos acercarnos a estos parches, situados y acotados, que nos muestran una forma de “supervivencia colaborativa” (Tsing et al., 2019, p. 188).

Los “parches” son sitios para conocer desigualdades interseccionales entre humanos.[6] El antropoceno no es una realidad homogénea, y la antropología puede hacer un aporte significativo revelando diferencias y desigualdades entre los humanos, a la vez que se compromete con las relaciones multiespecie. Los parches del antropoceno cuentan historias de explotación y opresión con consecuencias ecológicas, y el basural no es una excepción: este espacio situado al margen de la ciudad es el escenario donde trabajan decenas de personas por fuera del mercado de trabajo formal, desempeñando una tarea importante para el ambiente y la economía circular sin ningún tipo de reconocimiento y en condiciones sumamente precarias. Las autoras postulan que el antropoceno Parchado incluye en su análisis las desigualdades sociales en relación con la degradación del ambiente, pero no simplemente como un “agregar y revolver”, sino en una extraña relación detrás de la cual hay algo más (Tsing et al., 2019, p. 194). En este sentido, no podemos hablar de justicia social sin hablar de justicia ambiental, y este doble enfoque implica una mirada política. Una idea similar desarrolla el geógrafo Edward Soja bajo el término justicia espacial para proponer una perspectiva crítica acerca del espacio y del “derecho a la ciudad”. Dice que “siempre hay una dimensión espacial relevante de la justicia, mientras que a la vez todas las geografías tienen expresiones de justicia e injusticia incorporadas” (Soja, 2009, p. 2, mi traducción).

Prestar atención a los paisajes, prestar atención a las ruinas, es una idea que también se desprende del libro compilado por Anna Tsing, Heather Swanson, Elaine Gan y Nils Bubandt (2017) “Arts Of Living On A Damaged Planet”. El antropoceno, a pesar de ser un fenómeno global, se entiende mejor en inmersión dentro de espacios pequeños y situados, en los cuales se entrelazan historias multiespecie, pasadas, presentes y futuras. Esta es la propuesta de Haraway (2019) cuando habla del chtuluceno, una alternativa al antropocentrismo del antropoceno y del capitaloceno, una historia necesaria para “seguir con el problema”. La raíz chtulu remite a los seres de la tierra y apuesta a dejar de lado la dicotomía naturaleza/cultura, poniendo en el centro otras alteridades y narrativas, humanas y no-humanas.

Contrariamente a los dramas dominantes del discurso del antropoceno y el capitaloceno, los seres humanos no son los únicos actores importantes en el chthuluceno, con todo el resto de seres capaces sólo de reaccionar. El orden ha sido retejido: los seres humanos son de y están con la tierra, y los poderes bióticos y abióticos de esta tierra son la historia principal. (Haraway, 2019, p. 95).

Seguir con el problema nos invita a habitar un presente espeso junto con los demás seres vivientes, y a rehusarse a sucumbir a discursos fatalistas de un “game over” ambiental (¡esto no significa sin embargo minimizar la seriedad de la crisis!), o creer ciegamente en soluciones tecnológicas. Más bien se trata de “generar parentescos raros [oddkin]: nos necesitamos recíprocamente en colaboraciones y combinaciones inesperadas, en pilas de compost caliente. Devenimos-con de manera recíproca o no devenimos en absoluto” (Haraway, 2019, p. 24). El antropoceno ciertamente marca una discontinuidad entre un antes y un después, nuestra tarea, dice Haraway, es hacer que sea lo más corto posible (Haraway, 2015, p. 160). Por lo tanto necesitamos imaginar posibles, ciencia ficción comprometida y colaborativa, historias de lucha que surgen de entre las ruinas que deja el capitalismo, historias que florecen escondidas en paisajes devastados, conectadas unas con otras. Un zapallo que crece en un terreno a primera vista inhóspito. Un enjambre de abejas aglutinadas en un montículo de harina invendible. Unos recuperadores urbanos que se ganan la vida entre los escombros.

Reflexiones finales

Este capítulo difícilmente concluye aquí. Más bien deja pistas de reflexión y caminos por explorar. Empecé a interesarme en el tema de la basura hace unos años cuando vivía en la ciudad de Candelaria (Misiones), un municipio pequeño de calles de tierra donde la recolección de residuos se hacía en tractor (donde se hacía). A menudo volvía caminando a mi casa a la tarde y pasaba al lado de montículos humeantes, restos de poda, papel y plásticos que los habitantes solían quemar en sus patios o en la vereda antes de la puesta del sol, llenando mi barrio de un olor sofocante. La quema de basura era, por lo visto, una forma de gestión de residuos habitual, asociada quizá a la costumbre de “limpiar” mediante el fuego. En las zonas rurales de la provincia de Misiones varias veces he oído la expresión “limpiar un terreno” refiriéndose al uso del fuego para desmalezar. Esta práctica, tan distinta a las mías, hizo que comenzara a interrogarme acerca de la basura: ¿qué es? ¿para quién? ¿cómo se gestiona y quienes lo hacen? ¿cómo se clasifica? Desde entonces, vengo incursionando en el mundo de los residuos, preguntándome acerca de quiénes los producen (producimos), quiénes trabajan con ellos, quiénes lucran con ellos, quiénes hacen política con ellos y quiénes los padecen. En fin, ¿cómo se conforma este entramado de relaciones sociales más-que-humanas?

Estas preguntas debían aterrizar en algún lugar concreto, y así es como empecé a hacer trabajo de campo en el basural a cielo abierto de Oberá hace unos pocos meses. Intuitivamente, empecé a notar patrones asociados a los residuos que me permitían vincularlos a alguna forma de frontera: son destinados a espacio liminal, lo más alejado posible del centro de la ciudad. Allí, en los márgenes físicos y sociales, se desempeñan los recuperadores urbanos, cuyo trabajo permite que ciertos materiales crucen la delgada línea entre desecho y recurso. Los objetivos generales de mi investigación en el marco del Grupo de Estudios sobre Fronteras y Regiones (GEFRE) apuntan, pues, a identificar estas construcciones de fronteras, así como sus transgresiones.

En el basural, dos columnas de hormigón que no sostienen nada marcan la entrada de un mundo de recuperadores, humanos y no-humanos, donde se tejen tanto rivalidades como solidaridades. Un mundo hecho de cartón, plásticos, vidrio o chatarra que pronto serán transformados en otra cosa, un mundo de “mugre”[7] y contaminación que permanecerá allí, moldeando el paisaje. Allí, además de la frontera me topé de lleno con el antropoceno, y lo que veo y lo que me cuentan me interpela, abre más preguntas, me lleva a pensar en varias direcciones:

  • Antropoceno (impacto de la actividad humana en la transformación del paisaje misionero, tipología de residuos, suelo, toxicidad, impacto ambiental, efecto sobre la salud)
    • Capitaloceno (circuito económico de los residuos, marginalidad social de los recuperadores urbanos, articulación entre la gestión formal e informal, tensiones y negociaciones, infraestructura urbana informal)
      • Basuroceno (fronteras materiales, sociales y simbólicas que marcan los residuos, márgenes, clasificaciones, adentro y afuera)
        • Parches, paisajes, historias más-que-humanas, colaboraciones, política, chthuluceno.

En estos tiempos inciertos se vuelve imprescindible reconocer el antropoceno, por más incómodo que esto resulte. Para esta tarea, y a modo de cierre, conviene invocar la propuesta de Eduardo Viveiros de Castro de un anarquismo ontológico, que elabora en base a las ideas del anarquista Hakim Bey. Frente al antropoceno nos queda una sola certeza, antropológicamente hablando: estamos ante una nueva era que parece estar generando cambios de paradigma y cosmovisión, en la cual todas las formas de vida sobre la Tierra se encuentran ahora en un mismo plano. Para pensar el antropoceno se necesita una forma radical de pluralismo ontológico, o anarquismo ontológico. Este sería la traducción política y filosófica de la estructura y función sympoiética[8] de la vida, y el reconocimiento de la agencia de la ‘vida no-orgánica’, “de las piedras a los huracanes, de los protones a los personajes de ficción” (Viveiros de Castro, 2019:298). Con esta perspectiva se podría ir más allá de lo que usualmente propone la antropología, a saber el estudio de otros humanos, y ampliar nuestro entendimiento de los otros a los más-que-humanos. Una posible respuesta a la inquietud de “qué hacer frente al antropoceno” es tomarse a esos otros con absoluta seriedad. Y esta tarea implica, también, capacidades “del orden de la astucia, la audacia prudente, la obstinación flexible, una buena cantidad de coraje político (y un poco físico), cierto pesimismo alegre y habilidades retóricas afinadas, en particular la habilidad para contar historias” (Viveiros de Castro, 2019: 296).

Bibliografía

Abram, D. (1996). The spell of the sensuous: Perception and language in a more-than-human world. Pantheon books.

Benedetti, A. (Ed) (2020). Palabras clave para el estudio de las fronteras. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Teseo Press.

Braticevic, S.; Tommei, C. y Rascovan, A. (comps) (2017). Bordes límites frentes e interfaces. Algunos aportes sobre la cuestión de las fronteras. Tijuana: El Colegio de la Frontera Norte.

Chwałczyk, F. (2020). Around the Anthropocene in Eighty Names—Considering the Urbanocene Proposition. Sustainability, 12(11), 4458. https://doi.org/10.3390/su12114458

Crutzen, P. J., and Stoermer, E. F. (2017). “The ‘Anthropocene’’’ (2000). En L. Robin, S. Sörlin, & P. Warde (Eds.), The Future of Nature (pp. 479-490). Yale University Press. https://doi.org/10.12987/9780300188479-041

Doherty, J. (2019). Filthy Flourishing: Para-Sites, Animal Infrastructure, and the Waste Frontier in Kampala. Current Anthropology, 60(S20), S321-S332. https://doi.org/10.1086/702868

Ghilardi, Matías y Matossian, Brenda (comps) (2020). Fronteras interrogadas. Enfoques aplicados para un concepto polisémico, Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Teseo.

Haraway, D. (2015). Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making Kin. Environmental Humanities, 6(1), 159-165. https://doi.org/10.1215/22011919-3615934

Haraway, D. J. (2020). Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno. Consonni.

Leslie, H. A., van Velzen, M. J. M., Brandsma, S. H., Vethaak, A. D., Garcia-Vallejo, J. J., and Lamoree, M. H. (2022). Discovery and quantification of plastic particle pollution in human blood. Environment International, 107199. https://doi.org/10.1016/j.envint.2022.107199

Ley 25.916. Ley de Gestión de Residuos Domiciliarios. Art. 2 (2004). Publicada en el Boletín Nacional del 7 de septiembre de 2004. Argentina.

Mann, M. E., Bradley, R. S., and Hughes, M. K. (1999). Northern hemisphere temperatures during the past millennium: Inferences, uncertainties, and limitations. Geophysical Research Letters, 26(6), 759-762. https://doi.org/10.1029/1999GL900070

Monsaingeon, B. (2020). Homo detritus: Critique de la société du déchet. Editions du Seuil.

Moore, J. W. (2017). The Capitalocene, Part I: On the nature and origins of our ecological crisis. The Journal of Peasant Studies, 44(3), 594-630. https://doi.org/10.1080/03066150.2016.1235036

Moore, J. W., y Molinero Gerbeau, Y. (2021). Del gran abaratamiento a la gran implosión. Clase, clima y la Gran Frontera. Relaciones Internacionales, 47, 11-52. https://doi.org/10.15366/relacionesinternacionales2021.47.001

Münster, Ursula and Locke, Piers. (2015). Multispecies Ethnography. Entry for Oxford University Bibliographies Online. 10.1093/OBO/9780199766567­0130.

Porcaro, T.; Silva Sandes, E. (comps) (2021). Fronteras en construcción, Buenos Aires. Teseo Press.

Salizzi, E., y Barada, J. (comps) (2019). Fronteras en perspectiva, perspectivas sobre las fronteras – Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Editorial de la Facultad de Filosofía y Letras Universidad de Buenos Aires.

Soja, E. (2009). The city and spatial justice. justice spatiale | spatial justice. 1(1). https://www.jssj.org/wp-content/uploads/2012/12/JSSJ1-1fr3.pdf

Syvitski, J., Waters, C. N., Day, J., Milliman, J. D., Summerhayes, C., Steffen, W., Zalasiewicz, J., Cearreta, A., Gałuszka, A., Hajdas, I., Head, M. J., Leinfelder, R., McNeill, J. R., Poirier, C., Rose, N. L., Shotyk, W., Wagreich, M., and Williams, M. (2020). Extraordinary human energy consumption and resultant geological impacts beginning around 1950 CE initiated the proposed Anthropocene Epoch. Communications Earth & Environment, 1(1), 32. https://doi.org/10.1038/s43247-020-00029-y

Tsing, A. L. (Ed.). (2017). Arts of living on a damaged planet. University of Minnesota Press.

Tsing, A. L., Mathews, A. S., and Bubandt, N. (2019). Patchy Anthropocene: Landscape Structure, Multispecies History, and the Retooling of Anthropology: An Introduction to Supplement 20. Current Anthropology, 60(S20), S186-S197. https://doi.org/10.1086/703391

Viveiros de Castro, E. (2019). On Models and Examples: Engineers and Bricoleurs in the Anthropocene. Current Anthropology, 60(S20), S296-S308. https://doi.org/10.1086/702787


  1. Universidad Nacional de Misiones.
  2. La municipalidad recupera estas cubiertas en el marco del programa municipal “Oberá Sustentable” para su posterior reciclaje. (https://www.obera.gov.ar/prensa/noticias/contenido/reciclado-de-neum%C3%A1ticos-fuera-de-uso consultado el 30.03.2022)
  3. Mi traducción de Noticing Landscapes Shows Us Anthropocene Patches.
  4. Mi traducción deCan We Acknowledge Catastrophe While Also Imagining Possibility?
  5. Las autoras aluden al libro Staying with the trouble, Making Kin in the Chthulucene, publicado en 2019.
  6. Mi traducción dePatches Are Sites for Knowing Intersectional Inequalities among Humans.
  7. Así suelen referirse los recuperadores del basural a los residuos que no pueden recuperar, por oposición a “materiales”.
  8. Donna Haraway (2015:58) escribe: “Sympoiesis es una palabra simple; significa ‘hacer-con’”.


Deja un comentario