Lucas Eguren[1]
Introducción
A comienzos del siglo XX, el estado argentino inició un proceso de expansión de sus fronteras hacia las islas australes del océano Atlántico y las tierras continentales de la Antártida. Esto significó la activación de una frontera antártica, que comenzó con la ocupación de las islas Orcadas y se extendió progresivamente hacia la península Antártica.
Una de las prácticas simbólicas a través de la cuales se encausaron los esfuerzos del estado argentino por incorporar a su territorio la porción de la Antártida conocida y denominada oficialmente Sector Antártico Argentino o Antártida Argentina fue la cartografía. En efecto, señalan Mazzitelli y Lois (2004) que la producción cartográfica y su regulación suele ser una de las estrategias más utilizadas por los estados para organizar sus discursos territoriales y familiarizar a la ciudadanía con una imagen deseada de su territorio. De esta manera, los mapas oficiales se presentan como instrumentos que ofrecen una interpretación unívoca, transparente y científicamente neutra del patrimonio territorial del país. Sin embargo, no se trata de otra cosa que de imágenes estandarizadas con propósitos nacionalizantes.
Analizando este tipo de cuestiones, Lois (2012) recurre al concepto de mapa logotipo para referirse al proceso a través del cual las siluetas territoriales de los países son transformadas en formas sencillas que evocan una noción abstracta de sus espacios de pertenencia y aglutinan a la población a partir del reconocimiento y la autoidentificación como miembros de una comunidad nacional. Así, el mapa del territorio estatal influye en la construcción de buena parte de las concepciones que la ciudadanía tiene sobre el espacio ya que, por un lado, activa sentimientos de identificación nacional a través del reconocimiento de la figura cartográfica, y por el otro, se instala como un sentido común que alcanza a toda la población.
De acuerdo con la autora, el proceso de loguización de la silueta cartográfica de la Argentina se desarrolló en tres etapas, en cada una de las cuales se modificó radicalmente la representación del país y se incorporaron nuevas piezas al rompecabezas del mapa político: 1) incorporación de la Patagonia (1875-1910), 2) incorporación del Sector Antártico Argentino (1946-1952) y 3) loguización de las islas Malvinas, en el contexto de la guerra homónima (1982). Esta sucesión de transformaciones, dice la autora, permitió la articulación más o menos coherente de dos procesos contradictorios que ocurren de forma simultánea:
por un lado, la consolidación de un relato estructurado a partir de las “pérdidas sistemáticas” de territorios […], por otro lado, una “expansión cartográfica” que a lo largo de los últimos dos siglos ha ampliado la superficie de territorio cartográficamente atribuido a la Argentina: todos los territorios disputados por el estado (ya sea mediante acciones bélicas como mediante acciones diplomáticas) fueron progresivamente anexados a la silueta del territorio argentino como piezas constitutivas (Lois, 2012, p. 5).
Si bien estamos de acuerdo en que esta periodización es efectiva para analizar los procesos de expansión del territorio que el estado argentino considera como propio, consideramos que, para el caso de los espacios australes en general y la Antártida en particular, resulta más oportuno diferenciar los siguientes cuatro momentos: 1) incorporación de la Patagonia (1875-1910), 2) incorporación de las islas Orcadas (1904-1940), 3) incorporación del Sector Antártico Argentino (1940-2010) y 4) oficialización del mapa bicontinental (2010 en adelante). En cada uno de estos períodos, las transformaciones en la representación cartográfica del país acompañaron las sucesivas redefiniciones de sus fronteras australes, a través de la progresiva incorporación de los espacios patagónicos, subantárticos, antárticos y, más recientemente, marítimos.
Siguiendo esta propuesta, el objetivo general del presente capítulo consiste en analizar el proceso de incorporación de la Antártida al territorio argentino a través de la producción y regulación de la cartografía oficial. A su vez, un segundo objetivo de carácter más específico apunta a identificar e interpretar los cambios y continuidades en la trayectoria de este proceso.
Para dar respuesta a los objetivos, en primer lugar, repasaremos sucintamente cómo se desarrollaron las actividades antárticas del estado argentino y enumeraremos los puntos más importantes que hicieron a la regulación de la producción cartográfica en la Argentina. Esto lo haremos en las dos primeras secciones del capítulo. En la tercera sección, describiremos el proceso de incorporación del sector de la Antártida conocido como Sector Antártico Argentino y luego Antártida Argentina al territorio argentino, a través de la producción de representaciones cartográficas de carácter oficial. Por último, en la cuarta sección, identificaremos e interpretaremos los puntos de inflexión que encontramos en la trayectoria de este proceso.
Actividad antártica del estado argentino
Las primeras iniciativas antárticas del estado argentino estuvieron motivadas por la colaboración del gobierno en una serie de expediciones coordinadas entre diferentes países para explorar este continente en la década de 1900. Entre las actividades que tuvieron lugar en ese contexto, podemos mencionar: la instalación de un observatorio meteorológico y magnético en la isla de los Estados, la participación de la marina argentina en la expedición antártica sueca (1901-1903), su posterior rescate por la misma fuerza armada (1903) y la adquisición del observatorio meteorológico y magnético de las islas Orcadas (1904). Esta última instalación, que todavía se encuentra operativa, resultó ser el primer asentamiento permanente en la Antártida. Además, se trató del punto
… más meridional habitado del planeta en ese momento y que lo ha sido en forma continua hasta nuestros días, lo que dio como resultado la mayor serie sin interrupciones de mediciones meteorológicas antárticas durante cuarenta años (Fontana, 2020, p. 38).
Más adelante, en el contexto de la segunda guerra mundial (1939-1945), se revitalizó el interés de los países contendientes por la Antártida. Esto se debió al potencial de recursos naturales que se le atribuían y a su ubicación estratégica para la conexión entre océanos, que fueron elementos codiciados que abrieron una etapa de rivalidad internacional. Estas cuestiones no pasaron desapercibidas para el entorno del gobierno argentino, que también manifestó su interés hacia ese continente.
Este panorama derivó en que, entre las décadas de 1940 y 1950, el estado argentino reclamara un sector de la Antártida delimitado por los meridianos de 25° y 74° de longitud oeste, al cual denominó oficialmente Sector Antártico Argentino y luego Antártida Argentina. A continuación, dio impulso a una serie de estrategias materiales y simbólicas con el propósito de incorporar ese sector a su territorio.
Entre las estrategias materiales estuvieron el envío de expediciones marítimas y terrestres a las tierras continentales e islas comprendidas dentro del sector reclamado, y su ocupación efectiva a través del establecimiento de bases, destacamentos y refugios, muchos de los cuales todavía continúan en funcionamiento. La ocupación fue especialmente contundente entre los años 1947 y 1955. En efecto, en menos de una década se pasaría de tener una única estación en las islas Orcadas, a contabilizar cinco destacamentos navales, tres bases del ejército y 23 refugios, además de lograr un puente aéreo y marítimo con el continente (Fontana, 2019). Por su parte, las estrategias simbólicas consistieron en la representación de ese sector en la cartografía e iconografía oficial del país y la construcción de narrativas sobre su pertenencia al territorio argentino, con un fuerte sesgo alegatorio y nacionalismo territorial.
Aparte de la situación de rivalidad internacional por el continente antártico, debe tenerse en cuenta que desde la década de 1930 a nivel interno estaba sucediendo un proceso de militarización de la administración pública, por el que las fuerzas armadas ocuparon sistemáticamente la cúpula del aparato estatal, el control territorial y la vida social en general, con características notablemente nacionalistas (Benedetti y Salizzi, 2020).
Posteriormente, en 1959 el gobierno argentino firmó el Tratado Antártico y en 1961 lo ratificó. De esta manera, el país empezó a formar parte del Sistema del Tratado Antártico (STA). La rúbrica de este acuerdo significó el congelamiento de los reclamos territoriales sobre diferentes sectores de la Antártida que se habían formulado en las décadas anteriores, entre los cuales estaba el de la República Argentina.
Por último, en la década de 1990 se instrumentó la llamada Política Nacional Antártica, que continúa vigente en la actualidad. Su objetivo fundamental consiste en afianzar los derechos de soberanía argentina en la Antártida, mientras que entre sus lineamientos generales se encuentran: impulsar la cooperación en materia antártica con los demás países del continente sudamericano, promover la protección del medio ambiente antártico y lograr una mayor eficacia de la presencia, concentrándola en respaldar las actividades científicas y la capacidad de prestar servicios logísticos a otros países (decreto 2316/1990).
Regulación de la producción cartográfica
Las primeras pautas institucionales que tuvieron el propósito de regular la producción cartográfica en la Argentina se gestaron en la década de 1910, momento en el que el Instituto Geográfico Militar (IGM) comenzó a funcionar como un organismo autónomo dentro del ejército y adquirió mayor protagonismo. Una pista que pone en evidencia el inicio de este proceso regulatorio la encontramos en el hecho de que, en este período, la confección de los mapas oficiales del país pasó del Ministerio del Interior a manos del ejército, a través del IGM.
Sin embargo, no fue hasta la década de 1930 que el estado argentino empezó a intervenir más decididamente en la producción cartográfica a través de este organismo. En efecto, en 1935 el Ministerio de Justicia e Instrucción Pública emitió una resolución para intentar revertir lo que se consideraba una
evidente arbitrariedad imperante en materia cartográfica con respecto a la representación geográfico-política del país. La resolución establecía para todos los mapas publicados con fines educativos conteniendo límites internacionales, que debería requerirse la aprobación de la Dirección del Instituto Geográfico Militar” (Instituto Geográfico Militar, 1979, p. 44).
Sin embargo, esa resolución no fue aplicada satisfactoriamente. Debido a esto, en 1937 se emitió un decreto que determinaba la prohibición de publicar mapas que no representaran el territorio argentino en toda su extensión (decreto 114428/1937). A su vez, se reemplazaron todos los mapas “mutilados” por otros que se ajustaran a las nuevas disposiciones. Posteriormente, se amplió esa restricción a todas las obras que incluyeran mapas del país (Instituto Geográfico Militar, 1979).
A continuación, en 1941 se sancionó la ley 12696, también conocida como Ley de la Carta, en donde se estipuló que todas las publicaciones cartográficas que se editaran en el país deberían contar con la aprobación del Instituto Geográfico Militar. Esta perceptible preocupación del estado por supervisar la producción cartográfica, en especial la que se destinaba al ámbito escolar, pone de relieve la importancia que tenían los mapas como elementos privilegiados para la construcción de una imagen naturalizada del territorio nacional en el imaginario colectivo (Mazzitelli y Lois, 2004).
No es casual que a partir de la década de 1930 la producción cartográfica (y más adelante su regulación) se centralizaran bajo la órbita del IGM. Por el contrario, se puede leer en consonancia con el proceso de militarización de la administración pública que estaba ocurriendo en ese momento, al cual nos referimos en páginas anteriores. De esta forma, sostienen las autoras que se fue institucionalizando una política cartográfica que le otorgaba el monopolio de las miradas legítimas sobre el territorio a un organismo militar.
Con la llegada del general Juan Perón a la presidencia de la República, la regulación de la producción cartográfica se alineó con el proceso expansivo que comenzaba a desarrollarse sobre el continente antártico. En ese contexto, se emitió un decreto que prohibía taxativamente la publicación de mapas del país que “…no representen en toda su extensión la parte continental e insular del territorio de la Nación, que no incluyan el sector antártico sobre el que el país mantiene soberanía”. (decreto 8944/1946).
Más adelante, en el punto culminante de la última dictadura cívico militar (1976-1983) se modificó la Ley de la Carta, extendiendo el requisito de aprobación por parte del IGM a todas las obras literarias o gráficas, documentos cartográficos, folletos, mapas o publicaciones de cualquier tipo en donde se describa o represente en forma total o parcial el territorio de la República Argentina (ley 22963). Esta normativa continúa vigente en la actualidad.
El proceso de decidida intervención sobre la producción cartográfica que comenzó en la década de 1930, culminó en 2010 con la sanción de la ley 26651, coloquialmente conocida como Ley del Mapa Bicontinental. En este instrumento legislativo se determinó:
la obligatoriedad de utilizar en todos los niveles y modalidades del sistema educativo -Ley 26.206 de Educación Nacional-, como así también su exhibición pública en todos los organismos nacionales y provinciales, el mapa bicontinental de la República Argentina que fuera confeccionado por el ex Instituto Geográfico Militar -actualmente Instituto Geográfico Nacional- […], el cual muestra el sector antártico en su real proporción con relación al sector continental e insular (ley 26651).
Incorporación cartográfica de la Antártida al territorio argentino
Incorporación de la Patagonia (1875-1910)
La representación cartográfica del territorio argentino tal como lo conocemos en la actualidad se formalizó en el transcurso del período 1875-1910, a través de la progresiva incorporación de la Patagonia al mapa oficial del país (Lois, 2012).
El Mapa de la República Argentina confeccionado por el Departamento de Ingenieros del Ministerio del Interior para presentar en la exposición de Filadelfia de 1876, marca el comienzo de este período y es la primera composición con carácter oficial en la que se incluyó a la Patagonia (Figura 1). Esta región, que aparece denominada como Territorio de la Patagonia, se extiende desde el río Chubut hasta la isla de Tierra del Fuego, a la cual abarca completamente. Sin embargo, este extenso territorio se presenta prácticamente en blanco, con excepción de algunas marcas sobre ríos, lagos y cadenas montañosas, trazadas de forma más bien tentativa, lo cual habla del desconocimiento que se tenía sobre la región, o bien de que lo que se quería era dar a conocer era su pertenencia política a la República Argentina (Vargas, Núñez y Lema, 2017).
Un detalle no menor que resulta preciso señalar, es que la elaboración de esta pieza coincidió con el inicio de las operaciones militares de conquista militar de la Patagonia. Sobre esto, puntualiza Lois que:
aunque la llamada “Conquista del Desierto” comandada por el General Julio Argentino Roca solamente logró asentar fortines en la norpatagonia, los mapas estiraron la línea de la silueta casi 14 grados de latitud hacia el sur, de modo tal que lo que Roca no alcanzó a hacer en el terreno fue completado sobre el mapa por otros funcionarios: la conquista cartográfica sí se ocupó de añadir toda la Patagonia. (Lois 2012, p. 14)
La representación del territorio argentino, amplificado sobre esas tierras en las que el estado todavía no poseía un dominio efectivo, convivió durante algunas décadas con otras más cautelosas que no trascendían más allá del río Negro (Lois, 2012). Esta situación de diversidad cartográfica continuó incluso después de la definición del límite internacional entre Argentina y Chile, acordado en el tratado de límites de 1881.
La publicación del Mapa General de la República Argentina de 1910 consolidó definitivamente esa primera intervención sobre la silueta del país (Figura 2). De acuerdo con Lois (2010), con esta pieza producida por el Ministerio del Interior para presentar en las celebraciones por el centenario de la Revolución de Mayo, se pretendía exhibir un país políticamente organizado, con sus límites internacionales bien definidos, administrado por un estado moderno que había logrado avanzar sobre las poblaciones originarias de la Patagonia. En definitiva, se exhibía un territorio sin geografías desconocidas.
Cabe destacar dos características que comparten estas dos piezas. Por un lado, observamos que en ambas aparecen las islas Malvinas rotuladas en español y coloreadas de tal forma que no se admiten dudas acerca de su consideración como parte del territorio argentino. Por el otro, se puede señalar que tenían un propósito de exposición, o más bien de espectáculo, lo cual no hace más que reforzar las funciones que se le atribuían a la cartografía, en consonancia con las necesidades que se buscaba satisfacer en ese momento histórico: exhibición, propaganda e instalación de un mapa logotipo en el imaginario colectivo (Lois, 2012).
Desde este punto en adelante, la silueta del territorio argentino incluyendo a la Patagonia se consagró como el mapa logotipo del país. Esto quiere decir que se convirtió en una figura estable y aglutinante, que se adecuaba a una idea de nación que velaba por un único sentido de argentinidad, en contraposición con otras miradas más compatibles con la heterogeneidad cultural, la diversidad idiomática y la variedad de mapas (Lois, 2015).

Incorporación de las islas Orcadas (1910-1940)
La Carta de las Comunicaciones Postales y Telegráficas, elaborada en 1904 por la Dirección General de Correos, también del Ministerio del Interior, constituyó una excepción a la representación del país que se estaba consolidando en ese momento. Efectivamente, a diferencia de los mapas presentados en páginas anteriores, la característica distintiva de esta pieza radica en que se le incluyó un recuadro al margen en el cual se presentaban por primera vez las islas Orcadas (Figura 3). Posiblemente, la inclusión de este archipiélago se haya debido a que, aparte del observatorio meteorológico y magnético recientemente adquirido por el estado argentino en esas islas, también se había instalado una estafeta postal. Otra cuestión que llama la atención es que la denominación de estas islas figuraba en inglés (South Orkneys, Coronation Island). No obstante, Hartlich (2019) aclara que se trataba solamente de una cuestión toponímica que a partir de entonces comenzaría a revertirse.
Como anticipamos en el apartado anterior, para la década de 1930 la producción cartográfica ya había pasado a manos del Instituto Geográfico Militar. En 1934, este organismo había editado un Mapa de la República Argentina por encargo del Consejo Nacional de Educación, en el cual volvió a incluirse el recuadro con las islas Orcadas (Figura 4). Sin embargo, se las presentaba con una coloración anaranjada que se asemejaba más a la de los países vecinos que a la del territorio argentino. Lo mismo, notamos que sucedía con las islas Malvinas.
Esta composición incluyendo a las islas Orcadas también aparece en el Mapa de la República Argentina preparado para la Armada Nacional de 1939 (Figura 5). Sin embargo, a diferencia de las dos producciones mencionadas anteriormente, en esta última pieza tanto las islas Orcadas como las Malvinas sí poseen la misma tonalidad rosada que la gobernación de Tierra del Fuego, dando a entender su pertenencia político administrativa a esa jurisdicción.

Incorporación del Sector Antártico Argentino (1940-2010)
En 1940, por encargo de la recientemente creada Comisión Nacional del Antártico, se actualizó el Mapa de la República Argentina destinado al ámbito educativo. Esta edición se diferencia de las anteriores porque incluía “…un mapa marginal de la región del Antártico, en el cual se señala el sector sobre el que la República Argentina mantiene derechos” (Instituto Geográfico Militar, 1947: 59). Si bien tuvimos oportunidad de acceder a esta pieza, no la logramos obtener en un formato que nos permitiera incluirla en este capítulo. No obstante, sí pudimos obtener su reedición de 1945, en donde se volvió a incluir ese recuadro y sobre el cual se le sumó otro que presentaba a las islas Georgias (Figura 6).
La publicación de este mapa estuvo acompañada de otras estrategias simbólicas que buscaban instalar en la cultura nacional una nueva imagen de la Argentina, a partir de su proyección austral e incorporando una jurisdicción ampliada sobre la Antártida y el océano Atlántico (Hartlich, 2021) Por ejemplo, otra estrategia consistió en la reproducción reiterada del mapa logotipo del país en artículos de uso cotidiano, tales como estampillas postales.
A partir de este punto, la incorporación de los espacios antárticos reclamados por el estado argentino en la cartografía adquirió carácter irreversible. Asimismo, tal como indicamos en páginas anteriores, esta incorporación se trasladó al ámbito normativo, con la emisión del decreto 8944/1946.
Profundizando esta serie de prácticas simbólicas, en 1947 el IGM publicó una edición especial del Mapa de la República Argentina que resulta ser particularmente interesante debido a dos razones. En primer lugar, porque aparece representado, delimitado y rotulado por primera vez el llamado mar epicontinental argentino, que recientemente había sido declarado perteneciente a la soberanía nacional (decreto 14708/1946). En segundo lugar, y más importante, porque el área identificada como Soberanía Territorial Argentina en el Sector Antártico no se presentaba en el recuadro al margen, sino en la misma composición y en la misma escala que la parte continental americana. De esta manera, no sólo se realzaba la proximidad entre ambos espacios, sino que, además, adquirían una dimensión de continuidad, algo que los mapas que ubicaban a la Antártida en un recuadro no alcanzaban a visibilizar. Se trata, en otras palabras, de una pieza que podemos definir como el primer mapa bicontinental del país (Figura 7).

Desde ese momento en adelante, los mapas oficiales de la República Argentina alternaron estos dos tipos de representación. Por un lado, se siguió presentando al sector ahora rotulado Antártida Argentina en un recuadro al margen en los mapas producidos por el IGM para el ámbito educativo, como podemos observar en las ediciones de 1948 (Figura 8) y 1958 (Figura 9). A su vez, otra versión parecida, pero que en vez de la Antártida Argentina tenía al mapa bicontinental en el recuadro al margen, también fue elaborada por otros organismos. Sin embargo, no le daremos tratamiento en esta ocasión.
Por el otro, se empleó el mapa en formato bicontinental en el Atlas Geográfico de la República Argentina editado por el IGM desde el año 1953 (Figura 10) y en ediciones especiales, tal como el Mapa de la República Argentina elaborado en 1950 con motivo del Año del Libertador General San Martín (Figura 11).


Oficialización del mapa bicontinental (2010 en adelante)
Llegados hasta este punto, queda claro que el mapa bicontinental oficializado en 2010 a través de la ley 26651 no es un instrumento novedoso, ya que se lo viene editando con cierta regularidad desde las ediciones de 1947 y 1950.
De la misma manera, la Comisión Nacional del Límite de la Plataforma Continental (COPLA) incluyó un mapa con ese formato en la propuesta de extensión del límite exterior de la plataforma continental argentina presentada ante la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho de Mar (CONVEMAR) en 2009 (Figura 12). Esta pieza fue actualizada y difundida públicamente a partir de 2019 bajo el rótulo de Mapa de los Espacios Marítimos (Figura 13). En esa ocasión, además, se le agregaron los límites exteriores de los espacios marítimos de la República Argentina (mar territorial, zona contigua, zona económica exclusiva y plataforma continental).
Con respecto al último espacio, se dividió su límite exterior en dos partes. El primer segmento (marcado con una línea amarilla continua) corresponde a la delimitación formalizada con base en el reconocimiento de la CONVEMAR, mientras que el segundo (línea punteada) es el que se encuentra pendiente, por tratarse de áreas en donde la soberanía es disputada, tales como las islas Malvinas y las demás islas subantárticas, ocupadas por el Reino Unido, y la Antártida, en donde rige el Sistema del Tratado Antártico.
A su vez, el Instituto Geográfico Nacional (IGN) actualizó en 2016 el Mapa de la República Argentina utilizando el formato bicontinental, adecuándolo a la nueva normativa sancionada en 2010. Esta versión es la que se considera oficial en la actualidad. Según palabras del propio organismo:
La iniciativa surgió porque los mapas de uso común minimizaban la extensión de nuestro país, atentando contra nuestra identidad y legítimos derechos sobre los territorios antárticos. El proyecto de ley aprobado muestra a la Antártida Argentina a continuación de la Isla Grande de Tierra del Fuego, exponiendo sus límites reales. De este modo formamos a las generaciones futuras sobre la inmensidad y riqueza del territorio que poseemos (Instituto Geográfico Nacional, 2011, p. 40).
Se confeccionaron tres versiones de este mapa: dos con la Argentina orientada hacia el norte, la primera presentando la división política (Figura 14), la segunda el relieve, y la tercera utilizando una visualización novedosa, en donde el país aparece orientado hacia el polo sur (Figura 15). A esta última se la ha denominado coloquialmente como mapa invertido, ya que se presenta girado en 180 grados con respecto a la representación convencional.


Rupturas en el proceso de incorporación cartográfica de la Antártida al territorio argentino
En la trayectoria del proceso de incorporación cartográfica de la Antártida al territorio argentino identificamos tres puntos de inflexión que nos permiten ratificar la sucesión de cuatro períodos que propusimos al comienzo del capítulo.
Para la primera década del siglo XX, la imagen cartográfica del país había incorporado irreversiblemente la Patagonia, tal como pudimos ver con la publicación del Mapa General de la República Argentina confeccionado por el Ministerio del Interior en 1910. Sin embargo, en 1904 la Dirección General de Correos y Telégrafos, que también dependía de esa misma cartera ministerial, había editado la llamada Carta de las Comunicaciones Postales y Telegráficas, en la cual aparecían por primera vez las islas Orcadas.
Más adelante, en la década de 1930, dos mapas de la Argentina, uno destinado al Consejo Nacional de Educación (1934) y otro a la marina (1939), volvieron a incluir esas islas. Es en este punto donde identificamos la primera ruptura, que implicó dos cambios significativos: uno en la representación cartográfica de los territorios australes del país, con la incorporación de las islas Orcadas, y otro en el organismo encargado de la producción cartográfica, que dejó de ser el Ministerio del Interior y pasó a ser el Instituto Geográfico Militar, que dependía del ejército.
Con respecto al último punto, cabe recordar que en esa misma década el gobierno argentino comenzó un proceso de decidida intervención sobre la producción cartográfica a través de ese organismo. A partir de ese momento, el IGM no sólo centralizó su producción sino que, con la sanción de la Ley de la Carta, también adquirió facultades regulatorias.
El segundo punto de ruptura lo encontramos con la incorporación del denominado Sector Antártico Argentino, luego Antártida Argentina, al Mapa de la República Argentina confeccionado por el IGM a partir de 1940. No obstante, el acontecimiento que interpretamos que consolidó definitivamente esta segunda intervención sobre la producción cartográfica fue la prohibición de publicar mapas del país que no incluyeran ese sector de la Antártida atribuido a la soberanía del estado argentino, reglamentada a través del decreto 8944/1946.
Finalmente, un último punto de inflexión consideramos que tuvo lugar en 2010, con la sanción de la Ley del Mapa Bicontinental. En este documento legislativo se estableció la obligatoriedad de utilizar la pieza cartográfica conocida como mapa bicontinental en toda la cartografía oficial del país. Paralelamente, es dable a destacar que en 2009 se transfirió la conducción del Instituto Geográfico Militar de la esfera del ejército al ámbito civil, pero manteniéndose dentro de la órbita del Ministerio de Defensa. Además, se modificó su denominación por la de Instituto Geográfico Nacional, que es la que continúa en la actualidad.
Sin embargo, advertimos que este punto de inflexión tiene ciertos matices, lo cual atribuimos a dos motivos. En primer lugar, este cambio en la representación del país no introdujo una transformación novedosa en las formas de visualizar el territorio, ya que el mapa bicontinental se había editado por primera vez en 1947 y, desde entonces, se lo utilizaba con cierta regularidad. Esta cuestión también la nota Lois (2012), quien remarca que esta pieza no es una invención reciente, sino que, por el contrario, la ley sancionada en 2010 se instala en una larga tradición expansionista que suele pasar desapercibida, pero que no renuncia al objetivo de seguir anexando territorios. Asimismo, refiriéndose a la denominación mapa bicontinental, agrega que:
el título que se le ha atribuido a ese mapa explicita la clave de lectura que se espera, redirige la mirada, orienta el sentido que se busca instalar amplificando una supuesta “grandeza nacional” que en su intención de familiarizar a los argentinos con la forma deseada del territorio nacional no hace otra cosa que exacerbar el nacionalismo territorial (Lois, 2012, p. 24).
En segundo lugar, si bien la producción y regulación de la cartografía oficial pasaron al ámbito civil, notamos que tampoco hubo un cambio significativo en las concepciones nacionalistas sobre el territorio. En cambio, advertimos que el nacionalismo territorial que determinó la construcción de las narrativas y los discursos sobre el territorio argentino durante gran parte del siglo XX todavía continúa presente.
Esto último se revela al contrastar los fundamentos que se utilizaban para fundamentar la prohibición de publicar mapas del país que no incluyeran los territorios reclamados en la Antártida y las islas del océano Atlántico en la redacción del precitado decreto 8944/1946, bajo el argumento de que se podían perjudicar los derechos de soberanía del estado argentino, con los que el Instituto Geográfico Nacional utilizó recientemente para justificar la sanción de la Ley del Mapa Bicontinental, como vimos en el apartado anterior.
Recapitulación
En este trabajo analizamos el proceso de incorporación al territorio argentino de un sector de la Antártida, conocido y denominado oficialmente como Sector Antártico Argentino y Antártida Argentina, a través de la producción y regulación cartográfica.
Nuestra propuesta se basó en dividir este proceso, que inició en la década de 1870 y abarca hasta el presente, en cuatro períodos: 1) incorporación de la Patagonia (1875-1910), 2) incorporación de las islas Orcadas (1910-1940), 3) incorporación del Sector Antártico Argentino (1940-2010) y 4) oficialización del mapa bicontinental (2010 en adelante).
Identificamos el punto de partida con la incorporación de la Patagonia en los mapas oficiales de la República Argentina. Esta etapa comenzó en 1875 y concluyó en 1910, con la publicación de dos mapas que incluían esta región, recientemente conquistada por medios militares. Vimos que ambas piezas compartían una función de exhibición, en el sentido que buscaban instalarse como un mapa logotipo del país en la población argentina y, sobre todo, en la comunidad internacional.
En el segundo período tuvo lugar la incorporación de las islas Orcadas. Si bien la primera representación en incluir ese archipiélago es de 1904, no fue hasta la década de 1930 que se consolidó esta intervención.
El tercer período inició en la década de 1940 y consistió en la incorporación del denominado Sector Antártico Argentino en la cartografía oficial. Esta resultó ser la etapa más prolífica en términos de producción de estrategias simbólicas que tenían la finalidad de instalar en la población una imagen deseada del territorio argentino, apuntalando el proceso de ocupación de las islas y tierras continentales de la Antártida que estaba teniendo lugar en ese momento. En ese sentido, aparte de los mapas, la silueta cartográfica del país se reprodujo sistemáticamente en artículos de uso cotidiano, tales como estampillas postales. También en esa época se avanzó en la construcción de potentes narrativas, de fuerte contenido nacionalista, sobre la supuesta grandeza de la Argentina, a partir de la inclusión de una vasta jurisdicción antártica y marítima a su territorio.
Estos tres momentos tienen una característica en común que los conecta bajo una misma lógica, y es que estuvieron relacionados a situaciones de expansión militar: el primer período acompañó la conquista militar de la Patagonia comandada por el general Julio Roca (1879-1884), el segundo fue contemporáneo al proceso de militarización de la administración pública que comenzó a gestarse en la década de 1930 a raíz del golpe de estado perpetrado por el general Félix Uriburu, mientras que el tercero vino de la mano del ascenso del general Juan Perón a la presidencia de la República.
Finalmente, el cuarto período empieza en 2010 con la sanción de la Ley del Mapa Bicontinental. Si bien esta etapa se diferencia de las tres anteriores en que no está relacionada directamente a contextos de expansión militar, sostenemos que hay una importante conexión en términos culturales. Esto lo observamos en la permanencia que tienen las narrativas nacionalistas, construidas principalmente entre las décadas de 1940 y 1950, en las representaciones del territorio atribuido a la Argentina que se reproducen en la actualidad.
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- Universidad de Buenos Aires.↵






