Felipe Montero
Man sagt von der Natur und ihrem Vermögen in organisierten Produkten bei weitem zu wenig, wenn man dieses ein Analogon der Kunst nennt; denn da denkt man sich den Künstler (ein vernünftiges Wesen) außer ihr (KU, AA 05, p. 374)[2].
1. Introducción
El propósito de este trabajo es reconstruir el argumento principal de la “Analítica del juicio teleológico”, donde Kant defiende la tesis de que no solo estamos autorizados a apelar a causas finales a la hora de estudiar los organismos, sino que necesariamente debemos proceder de esta manera. La “Crítica del juicio teleológico” es un texto que no está desprovisto de oscuridades y que ha sido interpretado de diferentes maneras por los comentadores de la obra de Kant. Aquí presentaré una interpretación que difiere de las usuales en un aspecto importante. Se debe notar que, para Kant, la causalidad final es la causalidad de un agente inteligente. Lo único que es capaz de actuar según una representación del efecto deseado son las mentes. Esta tesis kantiana llevó a la mayoría de los intérpretes a considerar que, al afirmar que los organismos deben ser pensados como los efectos de causas finales, Kant afirma simultáneamente que deben ser pensados como los productos de una causa sobrenatural, como si fueran artefactos cuyo artífice no son los seres humanos sino Dios[3]. Aquí defenderé una interpretación alternativa, según la cual los organismos deben ser pensados como los efectos de una agencia intencional que, sin embargo, debe ser atribuida a la propia naturaleza[4]. Procederé de la siguiente manera. En la primera sección, haré algunas observaciones preliminares destinadas a mostrar por qué la idea de un fin de la naturaleza debería parecer contradictoria a la luz de los resultados de la Crítica de la razón pura. Me detendré a examinar la oposición entre la causalidad mecánica, que según la ontología kantiana es constitutiva de la objetividad de los objetos, y la causalidad final propia del arte humano. Será importante enfatizar que los productos de la causalidad final son sistemáticos y que esto supone pensar un cierto tipo de normatividad que es del todo ajena a la naturaleza en la medida en que ella es un mecanismo ciego. Los objetos naturales son el resultado de la mera sumatoria de sus partes. Los artefactos, en cambio, se caracterizan por estar configurados según una representación del todo que precede a las partes. Esta representación les asigna un rol a las partes al que ellas deben adecuarse si han de resultar conformes al fin prescripto por el concepto que es la causa del artefacto. En la segunda sección, expondré cómo, a pesar del carácter aparentemente contradictorio de la idea de un fin natural, Kant defiende que debemos apelar a esta idea puesto que de lo contrario ciertos objetos resultarían incomprensibles. Explicaré que, de esta manera, Kant pretende demostrar la legitimidad de distinguir entre meros agregados mecánicos y organismos. Aunque Kant no se expresa de este modo, esta es la distinción entre la materia inanimada y lo vivo[5]. Kant no asume la legitimidad de esta distinción, sino que la noción de organismo es un resultado de la “Analítica del juicio teleológico”. Explicaré que para Kant un organismo es la idea de un sistema natural. Esta es una idea que, como la de un obrar intencional de la naturaleza, debería parecer incompatible con la ontología de la Crítica de la razón pura.
2. La causalidad ciega de la naturaleza y la causalidad final del arte humano
La noción fundamental de la “Crítica del juicio teleológico” es sin duda la idea de un fin natural. A la hora de estudiar esta obra, es importante notar que lo que está en juego cuando hablamos de “fines” es un cierto tipo de normatividad. Kant define la finalidad como la causalidad de un concepto. Un fin es un objeto que es el efecto de un concepto (KU, AA 05, p. 220). Los artefactos son ejemplos de fines. No es el caso de que el concepto de “oro” sea la causa del oro efectivamente existente. En cambio, puede decirse que la causa de un artefacto tal y como una mesa reside en el concepto de “mesa”. Kant opone la causalidad final a la causalidad mecánica. La finalidad, entendida como la causalidad de los conceptos, introduce algo en los objetos respecto de lo cual la naturaleza, en tanto mecanismo ciego, nada sabe: sistematicidad. Kant entiende la sistematicidad como una relación entre las partes de algo y el todo que ellas componen en la que el todo tiene una precedencia respecto de las partes (Willaschek et al., 2015, p. 2238). Resulta importante notar que un todo resulta un sistema cuando no es el mero resultado de la sumatoria de sus partes. Por el contrario, en un sistema, la idea o el concepto del todo precede a las partes y esta representación de la totalidad asigna un rol a las partes en función de un fin al que se subordina el todo. Los artefactos son sistemáticos. Un objeto tal y como una taza exhibe una configuración necesaria de sus partes en función de un fin: las tazas sirven para beber bebidas calientes y, por eso, deben tener asas que permiten utilizarlas sin quemarnos los dedos. Ahora bien, Kant es explícito en la Crítica de la razón pura respecto de que el deber, o lo que aquí llamo normatividad, no tiene lugar en la naturaleza:
El [verbo en infinitivo] deber expresa una especie de necesidad y de conexión con fundamentos, que no se presenta en toda la naturaleza. El entendimiento puede conocer de esta [la naturaleza] solamente lo que existe o lo que ha sido o lo que será. Es imposible que en ella algo deba ser diferente de lo que efectivamente es, en todas estas relaciones de tiempo; es más, el [infinitivo verbal] ‘deber’ no tiene significado alguno, si se atiende meramente al curso de la naturaleza. No podemos preguntar qué debe acontecer en la naturaleza; así como tampoco [podemos preguntar] qué propiedades tiene la obligación de tener el círculo, sino: qué acontece en aquélla, o qué propiedades tiene el último (KrV, A547/B575).
La causalidad propia de la naturaleza, la causalidad mecánica, es ciega porque las series mecánicas se caracterizan por su carácter siempre descendente. Las causas mecánicas siempre preceden a sus efectos de forma necesaria según una ley de la naturaleza. En cambio, la causalidad final, si es pensada como una serie, tiene un carácter tanto ascendente como descendente (KU, AA 05, p. 372). Por un lado, los artesanos siempre preceden a los artefactos y son la causa eficiente de su producción. Sin embargo, a la hora de producir un artefacto, el artesano opera según una representación del objeto por producir. Así, la causalidad final supone pensar la coincidencia entre la representación en la mente del artesano y el producto terminado. Si no fuera por el hecho de que un caso hablamos de una mera representación mental y en el otro de un objeto efectivamente real, la causalidad final supondría negar el principio de que los efectos nunca preceden a las causas. En efecto, la causalidad final supone pensar un proceso orientado a la producción de un efecto en el que la representación del efecto por producir precede y guía el proceso de su producción. En el caso de la taza, si bien el artesano es su causa, el artesano debe disponer ya de la representación de la taza para poder producirla.
Es importante notar que incluso los artefactos son objetos naturales que, si se los concibe desde la perspectiva de la causalidad mecánica, no difieren del resto de los objetos[6]. Un ejemplo de una serie mecánica es el hecho de que el fuego causa humo. El fuego no causa el humo según una representación del humo. Ahora bien, la relación entre un artesano y su producto también constituye una serie mecánica que no difiere del tipo de serie que existe entre el fuego y el humo: los artesanos siempre preceden a los artefactos. La causalidad final es simplemente un modo de contemplar los objetos naturales, compatible con la causalidad mecánica, que nos permite entender por qué los artefactos exhiben sistematicidad. Las mesas son el efecto del concepto de “mesa” y esto quiere decir que podemos, además de pensar la serie descendente que va desde el artesano al artefacto, pensar una serie en dirección inversa: aquella que nos permite notar que el artefacto coincide con la representación en la mente del artesano. En la medida en que podemos notar que el concepto del todo precedió y guio la configuración de las partes de algo, nos representamos un objeto que exhibe sistematicidad.
A pesar de que la Crítica de la razón pura enseña que la naturaleza no admite consideraciones normativas, la Crítica del juicio demuestra que ciertos objetos naturales (en el sentido estrecho que excluye los artefactos) nos obligan a contemplarlos como si fueran el producto de una intención y esto supone que ahora podremos (e incluso deberemos) preguntarnos para qué existen. Por supuesto, la Crítica del juicio no abandona ni modifica la concepción de la naturaleza que arroja la primera Crítica. Precisamente por este motivo, la consideración de ciertos objetos como fines naturales deberá ser meramente regulativa[7].
3. Los organismos como sistemas naturales y la finalidad interna de la naturaleza
En la sección anterior, vimos que la finalidad implica la introducción de consideraciones normativas, que suponen pensar la coincidencia entre un producto y la intención de la voluntad que pensamos como su causa. Vimos también que Kant afirma que “el [verbo] deber expresa una especie de necesidad y de conexión con fundamentos, que no se presenta en toda la naturaleza” (KrV, A547/B575). ¿Cómo es posible entonces que haya fines naturales?
Antes de analizar en detalle la idea de un fin natural, en el parágrafo 65 de la Crítica del juicio, Kant adelanta que un fin natural se caracteriza por ser causa y efecto de sí mismo, y ofrece un ejemplo de algo que exhibe este carácter autoproductivo: un árbol (KU, AA 05, p. 371). Para entender el ejemplo del árbol, es importante tener en cuenta que para Kant la reflexión sobre la forma de ciertos objetos nos permite notar que ellos son el producto de una voluntad. Como dije, algo como una taza exhibe una configuración en la que las partes tienen un rol asignado según un concepto del todo en vistas de un fin. Cuando reflexionamos sobre la forma de un objeto semejante, notamos que el mecanismo ciego, que no sabe de intenciones o fines, no podría haberlo causado, sino que un objeto semejante solo puede ser la causa de un concepto. En el vocabulario de Kant, podemos decir más precisamente que la forma del objeto resulta contingente según el mecanismo ciego. En verdad, el mecanismo ciego podría haberlo causado. De hecho, como expliqué, los artefactos pueden contemplarse como el producto de una causalidad que no difiere de la causalidad que explica que el fuego causa humo. Ahora bien, desde la perspectiva del mecanismo, la forma del objeto resulta indiferente: la naturaleza podría haber dado lugar a esta forma u otra. Esto significa que la forma es contingente, puesto que la contingencia es la posibilidad de que algo que efectivamente existe sea de otro modo (KU, AA 05, p. 403). En cambio, desde la perspectiva de la causalidad final, la forma del objeto no es contingente, sino necesaria: las tazas solo resultan útiles para su propósito si tienen asas. No es contingente que ellas tengan asas, sino necesario.
Como veremos, el árbol es un ejemplo de un objeto cuya forma resulta contingente según el mecanismo ciego. Esto sería una razón para considerarlo el producto de un agente externo a él, pero los organismos tienen características adicionales, que impiden considerarlos meros artefactos. Cuando notamos que la forma de un objeto es contingente con respecto al mecanismo ciego y pensamos que solo una voluntad podría ser la causa de este objeto, decimos que la situación es como si debiéramos atribuirle a la forma un rol eficiente en la producción del objeto. Sin embargo, en el caso de los artefactos, nos representamos la forma como un concepto en la mente de quien configuró el objeto. En el caso de los organismos, la situación será diferente en la medida en que no solo parece que la forma tiene un rol eficiente en su producción, sino que también son causas y efectos de sí mismos. Así, no podemos entender a los organismos apelando directamente a la causalidad final, puesto que ella supone que el concepto que explica la forma de un objeto es externo a tal objeto.
Antes de examinar el ejemplo del árbol, resulta importante también advertir que el concepto de especie cumple un rol importante en él. Vimos que los artefactos exhiben una forma contingente, que coincide con la forma pensada por el artesano en la medida en que dispone del concepto del producto que desea producir. El ejemplo del árbol muestra tres sentidos en los que los organismos son causas y efectos de sí mismos. Concretamente, veremos que los procesos en los que se involucran los organismos parecen sugerir que la forma del organismo (que se identifica con el concepto del organismo, es decir, la especie a la que pertenece) tiene un rol en su producción. Como vimos, la forma de los artefactos también tiene un rol en su producción: el concepto de la “mesa” es la causa de la mesa. Sin embargo, en la medida en que los organismos son causas y efectos de sí mismos, el ejemplo del árbol nos mostrará un problema: ¿cómo podemos entender un objeto respecto del cual su forma tiene un rol eficiente en su producción y que, sin embargo, no puede considerarse el producto de un concepto externo a él?
Detengámonos a analizar el ejemplo del árbol. En primer lugar, los árboles son causas y efectos de sí mismos en tanto especie. Kant parte de la observación básica de que los organismos se reproducen. Ahora bien, en la medida en que un árbol causa otro árbol, no nos enfrentamos a nada extraño. No es un fenómeno diferente a cuando decimos que el fuego se propaga y causa más fuego. Un objeto diferente causa un objeto diferente. Sin embargo, mediante esta generación se producen árboles de una misma especie. La especie de los pinos se perpetúa a sí misma en la medida en que un pino causa otro pino. Pero solo un pino puede causar un pino[8]. Aquí sí encontramos un ejemplo de autopoiesis: el efecto precede y es causa de sí mismo. La observación que realiza Kant aquí es simple pero importante: los organismos son como las tazas, exhiben una configuración de sus partes que parece obedecer a un diseño o a un plan premeditado. Ahora bien, los organismos difieren de las tazas en la medida en que ellos no solo exhiben una forma contingente, sino que se reproducen y causan más objetos que exhiben la misma forma contingente que ellos. El ejemplo del árbol muestra una paradoja que nos presenta un fenómeno inexplicable a través de leyes meramente mecánicas: en la medida en que la reproducción explica la perpetuación de la vida organizada, no entendemos cómo la organización pudo haber surgido de algo que no estaba él mismo organizado. Puesto que Kant no considera aquí la posibilidad de una descendencia común de todos los organismos, él presenta el problema del siguiente modo: la especie es la causa de la especie.
En segundo lugar, los árboles son causas y efectos de sí mismos en tanto individuos. Lo que le interesa a Kant es analizar la diferencia entre el crecimiento de un ser vivo y el mero incremento en la magnitud de algo. Si alimentamos el fuego con leña, la magnitud de la llama crecerá proporcionalmente. El crecimiento de un organismo no puede entenderse del mismo modo. Hay una progresiva diferenciación de las partes, como si el plan de producir un individuo de una especie determinada precediera y guiara el proceso. De acuerdo con Kant, la alimentación de los organismos debe suponer que la materia que utilizan para crecer no es dejada sin modificar, sino que es descompuesta de una forma particular que está predeterminada por la especie. De esta manera, la alimentación es un proceso que no puede ser adecuadamente comprendido si no pensamos que la forma (el concepto de la especie) tiene un rol eficiente en este proceso. Kant enfatiza lo paradójico de esta situación: aquello de lo que el animal se alimenta es, al mismo tiempo, “según su mezcla su propio producto” (KU, AA 05, p. 371). Lo importante es notar que, a diferencia de los artefactos, no solo observamos una forma contingente, sino que parece que la forma de lo observado tiene un rol eficiente en la conservación de aquello observado. Kant argumenta que, a diferencia de los incrementos mecánicos de magnitud (alimentar el fuego con leña), los organismos crecen de un modo diferente, en el cual la forma parece regir el proceso.
En tercer lugar, las partes de un árbol se causan recíprocamente entre sí, por lo que ellas resultan efectos de aquello que ellas mismas causan. Kant comienza observando que, en algunos casos, si injertamos un brote de una rama de un árbol en otro árbol, esa parte vive y se desarrolla. Es importante notar que en este ejemplo del injerto Kant está intentando neutralizar el rol que la forma tiene en este proceso. El ejemplo supone que una rama de una especie es injertada en un árbol de otra especie. La parte injertada se desarrolla según la forma peculiar a su propia especie, es decir, el tronco que la nutre no le imprime su forma sino que meramente la alimenta. Kant sugiere que el injerto es como un parásito que pusimos en el árbol y que se mantiene con vida gracias a él. De esa manera, podemos pensar que en una situación normal, en la que no hicimos experimentos ni sacamos o injertamos nada, cada parte es como un injerto. Así, las partes naturales de los árboles también pueden verse como parásitos que se alimentan gracias a él. Si obviamos que los parásitos son organismos y que, como vimos en el párrafo anterior, su crecimiento y alimentación no pueden entenderse como un mero incremento de magnitud, aquí tendríamos una mera sucesión unidireccional. Sin embargo, la situación es más compleja. Las hojas (es decir, las hojas en las ramas que antes veíamos como meros parásitos) también preservan el árbol. Así, parece que tenemos dos sucesiones causales cuya simultánea existencia es incompatible: por un lado, las ramas y sus hojas viven en la medida en que dependen del tronco; por otro lado, el tronco vive en la medida en que depende de las hojas. Además, en el caso natural donde no hay injertos, un tronco produce hojas que exhiben una forma peculiar a su especie. Así, los organismos exhiben una autoproducción de la existencia y la forma de sus partes.
Considero que lo que Kant pretende mostrar a través del ejemplo del árbol es que hay rasgos observables de los organismos que motivan una teoría esencialista según la cual la forma o la especie del organismo es determinante de los procesos involucrados en su autoproducción y conservación. Es decir, tal y como sucede con los artefactos, debe pensarse que la forma de los organismos tiene un rol en su producción. Dado que la forma, en el caso específico de los organismos, no puede pensarse como una representación externa al producto sino que debe considerarse que tiene un rol interno en su producción, esto motiva una teoría según la cual la esencia del organismo es determinante de sus procesos vitales. Así, el ejemplo del árbol muestra las motivaciones empíricas para adoptar una teoría de los organismos que recuerde el modo de entenderlos en el marco de la teoría aristotélica del alma[9].
El ejemplo del árbol parte del hecho de que la reflexión sobre la forma de un organismo tal y como un árbol nos lleva a notar que él exhibe una forma contingente. Es decir, los organismos parecen el resultado de un diseño inteligente. Ahora bien, este no es el único problema. De ser ese el caso, lo observado sería un producto del arte, y, como vimos, no hay incompatibilidad entre la causalidad mecánica y la causalidad final del arte humano. Es decir, el problema que presentan los organismos no es que parece que la forma tiene un rol eficiente en la producción de lo observado como sucede con los artefactos. El problema es que, además de esto, lo observado se produce a sí mismo. Así, el ejemplo del árbol nos muestra que los procesos vitales de los organismos (la reproducción, el crecimiento y la autoconservación de la vida) impiden entenderlos como meros artefactos, si bien estos procesos simultáneamente sugieren que la forma del objeto, tal y como sucede con los artefactos, tiene un rol en estos procesos. Así, los organismos nos exigen responder la siguiente pregunta: ¿cómo podemos concebir la posibilidad de un objeto cuya forma tiene un rol en su producción y que, sin embargo, no puede pensarse como el producto de un artífice externo? En el caso de los organismos, no resulta posible entender que ellos son el resultado de un principio organizativo externo. ¿Son los organismos, entonces, el resultado de un principio organizativo interno a ellos? Para Kant, adoptar una explicación aristotélica tampoco es una opción: según él, la causalidad final siempre supone la referencia a una voluntad. Es decir, si pensamos que hay causalidad según fines y no nos representamos una voluntad, no estamos pensando con claridad. Lo único que actúa según fines o conceptos son las mentes. La solución de Kant será explicar que debemos recurrir a un juicio reflexionante que nos lleva a entender, por analogía con la causalidad final en la que un agente externo configura un objeto según conceptos, a la propia naturaleza como un agente inteligente[10]. Así, nos vemos obligados a representarnos una técnica de la naturaleza:
… en la teleología se habla, por cierto, de la naturaleza como si en ella la finalidad fuera intencional, pero a la vez, también, como si uno le atribuyera ese propósito a la naturaleza, es decir la materia […]. De aquí que en la teleología, en la medida en que es referida a la física, se hable con total derecho de la sabiduría, la economía, la providencia, la beneficencia de la naturaleza sin hacer de esta con ello una entidad inteligente (pues esto sería absurdo); pero también sin atreverse tampoco a pretender poner una entidad inteligente sobre ella como maestro de obra, pues esto sería atrevido, sino que con ello solo debe señalarse un tipo de causalidad de la naturaleza según una analogía con la nuestra en el uso técnico de la razón, para tener ante los ojos la regla según la cual ciertos productos de la naturaleza deben ser investigados (KU, AA 05, p. 383; el destacado es mío).
Aquí, Kant afirma que la intención que necesariamente debemos pensar a la hora de concebir los organismos como fines debe ser atribuida a nada más que la naturaleza y, aclara, esto significa que debe ser atribuida a la materia de la que se componen los organismos. Ante todo, se debe tener presente que el peculiar resultado de la solución kantiana a los problemas que presenta el ejemplo del árbol es la exigencia de representarnos ciertos objetos naturales como sistemas. Vimos que los organismos, como los artefactos, exhiben sistematicidad: su forma es contingente, puesto que la reflexión sobre ellos nos lleva a notar que sus partes parecen haber sido dispuestas según un plan que les asigna un rol que deben cumplir en vistas de la realización de un fin. Ahora bien, se debe tener presente que, para Kant, todo objeto natural es necesariamente concebido como la sumatoria de las partículas que lo componen (KU, AA 05, p. 407). Un objeto constituye un todo natural en la medida en que entendemos, según la categoría de comunidad, que la unidad de las partes del objeto es el resultado de la acción y reacción recíproca que sus partes se ejercen entre sí (KrV, B112). Así, todo objeto natural es un mero agregado mecánico. De este modo, la idea de un sistema natural debería parecer contradictoria. Si todo objeto natural debe ser pensado como el resultado de la acción mecánica de sus partes, entonces no es posible un objeto natural que exhiba una relación entre el todo y sus partes en la cual el todo tenga una precedencia respecto de las partes. Respecto de los objetos naturales, el todo siempre es un resultado y nunca la causa de sus partes o de sí mismo. La única excepción son los artefactos, cuya forma exhibe sistematicidad en la medida en que una causa externa –el artesano– los configura según una representación. No obstante, el resultado de la “Analítica del juicio teleológico” es la idea de un sistema natural. Los organismos, en la medida en que no tienen el principio de su configuración fuera de ellos, no son artefactos. Deberíamos ser capaces, como Aristóteles, de pensar que el principio de su configuración es interno. Ahora bien, la filosofía kantiana, a diferencia de la aristotélica, sostiene que todo objeto natural debe ser explicado como el resultado de las partes que lo componen[11]. ¿Cómo podemos pensar un sistema que no sea nada más que la sumatoria de sus partes? Pensar la materia de un organismo de forma meramente regulativa, como capaz de realizar sus efectos según una representación del todo, permite pensar sistemas naturales. La única manera en la que una totalidad puede no ser más que la suma de sus partes y, simultáneamente, resultar un sistema, es que cada una de las partes cause a las demás según una representación del todo. Solo así podemos afirmar que el todo es la causa de las partes y, simultáneamente, afirmar que los organismos no son más que la sumatoria de sus partes. De este modo, hemos logrado pensar un sistema natural[12].
Ahora bien, se debe enfatizar que este modo de proceder es meramente regulativo. No tengo espacio aquí para exponer la crítica de Kant a la posición hilozoísta, que pretende explicar los procesos vitales de los organismos mediante la hipótesis de una materia viviente. Para Kant, decir de la materia que ella está viva es una contradicción, puesto que lo que caracteriza esencialmente a la materia es su carácter inerte (KU, AA 05, p. 394). No se debe confundir lo propuesto por Kant con la posición hilozoísta. Kant meramente afirma que para representarnos los procesos vitales de los organismos debemos juzgarlos como si fueran el producto de un obrar intencional y que, puesto que esta causa debe ser interna, debemos representarnos la materia de la que se componen como si ella fuese capaz de obrar según intenciones. Lo importante es notar que solo pensamos la materia como si ella fuese capaz de esto, algo que sabemos que objetivamente no puede ser el caso. Como señala Kant en la cita precedente, esto tan solo permite tener ante los ojos la regla según la cual los organismos han de ser juzgados. Es decir, nos permite pensarlos como el efecto de causas finales, aunque procediendo de este modo no podemos pretender explicar los organismos. En última instancia, los procesos vitales de los organismos resultan inexplicables puesto que la causalidad de algo que es causa y efecto de sí no se asemeja a ninguna causalidad conocida por los seres humanos y puesto que, si bien la idea de una materia intencional nos permite representarnos sistemas naturales, la materia no es el tipo de cosa capaz de obrar según intenciones.
En este punto, conviene recordar la distinción kantiana entre dos modos de emplear un concepto. Se distingue el modo dogmático del modo crítico. Kant caracteriza el modo dogmático como el modo de proceder en el que consideramos el concepto como subsumible bajo otro concepto que constituye un principio de la razón (KU, AA 05, p. 395). El modo dogmático de proceder con un concepto es aquel en el que el concepto es utilizado para predicar una propiedad objetiva de un objeto, lo cual se torna posible porque tal concepto es subsumible bajo los conceptos más generales que constituyen la ontología de la Crítica de la razón pura. El modo de proceder dogmático con los conceptos es aquel del juicio determinante. En cambio, el juicio reflexionante procede críticamente con los conceptos. Este modo de proceder se caracteriza por considerar el concepto tan solo en relación con nuestras facultades de conocimiento sin pretender determinar algo respecto del objeto mediante él (KU, AA 05, p. 395). Cuando pensamos la materia de un objeto como capaz de causar el todo y las demás partes, recíprocamente, según una representación del todo, estamos haciendo un uso meramente crítico del concepto de una causalidad según conceptos. Esto se debe a que no se puede considerar la materia como el tipo de cosa capaz de albergar intenciones:
… como si uno le atribuyera ese propósito a la naturaleza, es decir, la materia; con ello, uno quiere mostrar (porque aquí no puede tener lugar ningún equívoco, mientras por sí ningún propósito en el sentido propio de la palabra se le atribuya a un material inanimado) que esa palabra significa solo un principio del juicio reflexionante, no del determinante, y así no debe introducir ningún fundamento particular de la causalidad, sino que añade solo para el uso de la razón otro tipo de investigación que el de las leyes mecánicas para suplir la insuficiencia de estas (KU, AA 05, p. 383).
Ahora estamos en condiciones de entender el principio para el enjuiciamiento de los organismos que Kant presenta en el parágrafo 66 de la Crítica del juicio. Esto permitirá entender cómo la teleología ofrece la definición de organismo, tornando la biología posible, y permitirá también elucidar la noción kantiana de finalidad interna. Vimos que los organismos solo resultan pensables si, mediante un juicio reflexionante, pensamos su materia como la causa intencional del todo sistemático que ellos componen. Esto supone representarnos la naturaleza como si ella albergara la intención de producir el organismo. De esta manera, un organismo es un objeto natural que debe pensarse como un fin que la naturaleza desea producir. En otras palabras, los organismos son fines naturales. Nótese cómo, de este modo, Kant reintroduce la posibilidad de realizar consideraciones normativas respecto de los objetos naturales. Kant llega al resultado de que los objetos que se nos presentan como organizados deben pensarse como el producto de una voluntad atribuida regulativamente a la propia naturaleza. En este contexto, Kant distingue entre la finalidad externa y la finalidad interna. La finalidad externa es la simple subordinación de los medios a los fines. Si, como Wolff, pensamos que Dios desea que exista una cierta especie de animales tal y como los animales de granja, entonces debemos pensar que Dios también alberga la intención de que exista el pasto del que se alimentan[13]. Simplemente, quien desea un fin desea también los medios necesarios para tal fin. Esto supone un juicio hipotético: si la existencia de los animales de granja es un fin de la naturaleza o de la voluntad divina, entonces la existencia del pasto también es un fin de esta voluntad. Ahora bien, Kant descubre que ciertos objetos, sin referencia a algo diferente de ellos mismos, deben considerarse fines. Esto supone un juicio categórico: los organismos son fines naturales. En referencia a ellos, se fundan los juicios hipotéticos que predican finalidad externa. El principio para el enjuiciamiento de los seres organizados es el siguiente:
Este principio, a la vez la definición de ellos, dice: un producto organizado de la naturaleza es aquello en lo que todo es fin y recíprocamente también medio. Nada en él es fortuito, sin fin, o atribuible a un mecanismo ciego (KU, AA 05, p. 376).
Este principio nos indica que a la hora de contemplar un objeto natural como un fin de la naturaleza debemos pensar que todas sus partes han sido colocadas allí en vistas de un propósito. Así como el principio de causalidad nos indica que todo tiene un porqué, el principio teleológico nos indica que respecto de las partes de los organismos debemos preguntarnos para qué ellas le han sido dadas al organismo. Resulta importante notar que en biología la pregunta por el para qué de las partes de los organismos sigue ocupando un lugar central. Las consideraciones precedentes no son más que la demostración que Kant ofrece de los fundamentos racionales para proceder de un modo semejante. Por ejemplo, cuando estudiamos un organismo tal y como un pájaro, Kant explica que estamos autorizados y forzados a representarnos sus partes como el resultado de un diseño inteligente. En este caso, debemos pensar la estructura del pájaro como diseñada para posibilitar que el organismo sea capaz de volar. Explica también que proceder de esta manera es legítimo y que no supone un compromiso dogmático con la tesis de que ellos son el producto de una voluntad, ya sea la voluntad de Dios o una voluntad inmanente a la propia naturaleza.
Bibliografía
Fuentes
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Traducciones
Kant, I. (2022). Crítica de la razón pura. Trad.: Mario Caimi. Colihue.
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- Este artículo es el resultado de una investigación desarrollada en el marco de los proyectos UBACyT “Fuerza y significado en la filosofía del Ereignis de M. Heidegger”, dirigido por Adrián Bertorello, y FiloCyT “Polifonía en la Estética Trascendental de Kant”, dirigido por Luciana Martínez.↵
- Cito las obras de Kant en conformidad con las convenciones estándar, explicadas en la revista Kant Studien. En el caso de la Crítica de la razón pura, cito el texto en la traducción de Mario Caimi (disponible en varias ediciones). En el caso de la Crítica del juicio, cito el texto en la traducción de Luciana Martínez, que se encuentra en prensa.↵
- Puesto que Kant afirma explícitamente que los organismos deben ser pensados como fines naturales y contrapone esta noción a la de un fin divino, Ginsborg ha propuesto una interpretación que pretende solucionar una aparente incoherencia por parte de Kant. Según Ginsborg, lo que Kant pretende mostrar en la “Analítica del juicio teleológico” es que debemos pensar los organismos según el tipo de normatividad que, como explicaré más abajo, es característica del modo en que pensamos los artefactos (su adecuación o no al propósito que explica su configuración). Para Ginsborg, Kant propone que debemos proceder de esta manera sin pensar los organismos como el producto de un concepto en la mente de un artesano (2001, p. 251). Ahora bien, como nota Gambarotto (2018, pp. 14-22), no parece posible proceder de esta manera sin representarnos un artífice, puesto que para Kant la noción de una causa final supone la referencia a una voluntad responsable del efecto. Para Gambarotto, Kant habría propuesto una posición inestable, que oscila entre considerar los organismos como los productos de una voluntad y como productos de sí mismos. En este marco, mi interpretación pretende mostrar que no hay una incoherencia por parte de Kant: los organismos son causas y efectos de sí mismos y son efectos de una voluntad, en la medida en que tornarlos comprensibles exige pensar la materia de la que ellos se componen como capaz de realizar sus efectos según intenciones. Solo si pensamos, regulativamente, la naturaleza como un agente capaz de obrar según conceptos, podemos pensar algo que sea simultáneamente un fin y que sea natural. Se debe recordar que un fin es el efecto de una voluntad y algo natural es aquello que es el producto exclusivo de la naturaleza.↵
- Otro aspecto del texto que motiva la interpretación contraria a la defendida aquí es el hecho de que Kant rechaza explícitamente el hilozoísmo, la teoría que pretende explicar el aparente diseño de los organismos mediante la hipótesis de que la materia de la que se componen está viva. Véase, por ejemplo, Juarrero Roqué (1985, p. 134). Sin embargo, se debe notar que el rechazo del hilozoísmo se debe a su dogmatismo. Esta teoría pretende explicar los organismos mediante una hipótesis que pretende dar cuenta de un estado de cosas objetivo. En cambio, según mi interpretación, Kant defiende que debemos pensar la materia de la que se componen los organismos como si ella fuese capaz de realizar sus efectos según intenciones. Más abajo explicaré la distinción kantiana entre el modo dogmático y el modo crítico de proceder con los conceptos.↵
- Para Kant, la noción de lo vivo no es coextensiva con la noción de organismo. Véase Huneman (2014, p. 184).↵
- Sigo aquí a Jáuregui (2021, p. 173), quien enfatiza que, a diferencia de lo que sucede con los organismos, los artefactos no resultan problemáticos para la ontología kantiana al no haber problemas de compatibilidad con la segunda analogía de la experiencia. Ciertos comentadores, empero, han argumentado que los artefactos no son mecánicamente explicables para Kant. Para esta última posición, véase Ginsborg (2006, p. 462).↵
- Los principios regulativos se oponen a los principios constitutivos. Si bien la terminología de Kant no es consistente (para este problema, véase Turri [2022]), los principios constitutivos son aquellos que determinan a priori los objetos de nuestra experiencia posible. Se trata de los principios que constituyen la ontología kantiana, como el principio de causalidad. En cambio, los principios regulativos son aquellos que, si bien son necesarios, no determinan propiedades objetivas de las cosas, al resultar lo que proponen incompatible con las condiciones que el entendimiento prescribe a los objetos. Sin embargo, tales principios tienen una validez universal para las facultades cognoscitivas humanas, aunque una validez meramente subjetiva (KU, AA 05, p. 401).↵
- Desde una perspectiva contemporánea, podríamos objetar la argumentación de Kant señalando que la evidencia actual sugiere que las diferentes especies de organismos son el producto de la evolución de especies diferentes. Sin embargo, se debe tener presente que Kant no desconocía esta hipótesis, que él denomina generatio heteronyma (KU, AA 05, p. 419n). Si bien Kant rechaza esta hipótesis puesto que la considera contraria a la evidencia empírica de la que él disponía en su tiempo, él la considera una hipótesis posible que no contradice los principios racionales de su teleología.↵
- Quarfood nota cómo la teleología kantiana supone reintroducir aspectos fundamentales de la concepción aristotélica de los organismos (2006). Por supuesto, debe enfatizarse que, si bien debemos pensar los organismos de forma similar a la aristotélica, no podemos considerar que de esta manera estamos conociendo propiedades objetivas de ellos según Kant. Objetivamente, la forma de los organismos, que coincide con el concepto de su especie, no puede ser sino un concepto en nuestra mente.↵
- No podré detenerme en este trabajo a exponer la noción kantiana de analogía como una identidad de relación. En el caso de las analogías causales, una analogía supone pensar que la relación causal entre dos objetos es idéntica a la relación entre otros dos. Nótese que la identidad de relación entre objetos no supone pensar que los objetos son idénticos o del mismo tipo. Véase Pringe (2014) y Martínez (2021).↵
- Para una comparación de las filosofías de Aristóteles y Kant en este punto, véase Ginsborg (2004, p. 59).↵
- Como señala Kant, de este modo la teleología supone pensar la naturaleza como si los conceptos que utilizamos para conocerla fueran internos a ella: “Pues introducimos un fundamento teleológico donde le atribuimos causalidad respecto de un objeto a un concepto de él, como si se encontrara en la naturaleza (y no en nosotros), o más bien nos representamos la posibilidad del objeto según la analogía de una causalidad tal (como la que encontramos en nosotros), de modo que pensamos la naturaleza como técnica por una facultad propia (KU, AA 05, p. 360; el énfasis es mío).↵
- Wolff, quien acuñó la palabra “teleología”, es sin duda uno de los interlocutores principales de Kant. Véase van der Berg (2013).↵






