Natacha Salomé Lima
El aumento en la cantidad de personas que, por diferentes razones, buscan su ascendencia genética es un fenómeno posibilitado por el mayor desarrollo y fusión de las ciencias biológicas y la tecnología informática. Este nuevo orden, definido como biotecnocapitalismo (Digilio, 2013), interpreta lo viviente como un código y al ADN como soporte de la cultura biotecnológica, lo que supone un modo de aproximación a lo viviente hegemonizado por una concepción biológica. Las corrientes esencialistas que ubican en “la naturaleza” de la constitución biológica los fundamentos de nuestras acciones morales, nuestros rasgos de personalidad y de carácter han encontrado un renovado impulso en este contexto que, desde la publicación del Proyecto Genoma Humano, dio inicio a la “era genómica”.
La prevalencia de estas tecnologías, es decir, la llegada de los test genéticos a un número cada vez más grande de personas y el desarrollo de la genética reproductiva plantean algunos desafíos a la práctica de la donación de gametos (Lima y Rossi, 2019). El auge de los estudios genéticos que aportan información sobre ancestría[1] ha llevado a postular el fin del anonimato (Harper et al., 2016). Porque ¿qué sentido tiene ocultar ese dato, si el día de mañana podrá fácilmente estar al alcance de cualquiera que se realice un test de ancestría online?
Harper y colaboradores (2016), por ejemplo, plantean que, a partir de la difusión de los test genéticos, el anonimato no podría asegurarse. Concluyen, entonces, que frente a esta situación debería alentarse el revelado para todas aquellas personas o parejas que han recurrido a la donación de gametos para tener hijos. ¿Cuáles son las consecuencias de fundamentar la decisión del revelado sobre la base del avance genético?
En su escrito, Zadeh (2016) discute los postulados de Harper y col. (2016) y menciona algunos problemas que surgen de fundamentar la revelación de los orígenes (facilitando el acceso a la identidad de los donantes) en el hecho de que, en el futuro y gracias al desarrollo de los test genéticos, los niños nacidos por donación de gametos puedan conocer su herencia genética y accidentalmente descubrir que no comparten material genético con alguno de sus padres. En este sentido, fundamentar la revelación por la imposibilidad de “guardar el secreto” puede generar, por un lado, elevados niveles de ansiedad en los padres, sobre todo en aquellos que aún no han revelado. Por otro, las recomendaciones para el revelado deben ser sensibles al contexto y situación familiar. Si bien la mayor parte de las investigaciones realizadas con nacidos por donación indican que predomina la curiosidad en relación con el donante, no se observa una necesidad de obtener información identificatoria, conocer a la o el donante o mantener un vínculo afectivo como una regla generalizada (Zadeh, 2016).
En el caso de la donación de gametos, sería interesante conocer de qué modo podría integrarse el conocimiento acerca del dato genético en la biografía de la persona, y qué roles asumen la biología y la cultura en la construcción de las representaciones del parentesco y en la redefinición de las identidades basadas en esa clave.
La búsqueda de “la verdad genética” desplaza la atención hacia la dimensión biológica y resalta una perspectiva biologicista de la identidad. Sin embargo, una vez que el sujeto pone en palabras las coordenadas de su búsqueda, emerge una narración, un relato que, como parte de su biografía, busca confirmar o refutar la historia –por cierto, ficcional– de sus orígenes. El tratamiento de estas hipótesis biográficas puede encontrar, en el saber científico, ese supuesto saber confirmatorio.
En la búsqueda de “completar lo incompleto”, el análisis genético interactúa con otras herramientas y actividades […]. El discurso genético se promociona desde las nociones de verdad y objetividad, un “dato duro” que puede ser provisto por la biología, una ciencia mucho más exacta (al menos en los estereotipos populares) que las ciencias sociales (Di Fabrio Rocca et al., 2017).
Se percibe fácilmente cómo la noción de identidad se problematiza y la variante que la enmarca como un derecho dista de representar sus múltiples ramificaciones, o mejor, no alcanza a dar cuenta de ellas. ¿Qué supondría resguardar la identidad del nacido o la nacida en este contexto? ¿Contar con el acceso a los datos identificativos de la o el donante? ¿Poder contactarlo o contactarla? ¿Saber que se ha nacido a partir de una donación de gametos anónima?
Dinámica y transición de los sistemas de anonimato en el mundo
El modo de organizar la donación de gametos en los distintos países del mundo es un proceso dinámico; por lo tanto, los párrafos siguientes no pretenden ser exhaustivos ni abarcar todas las opciones posibles, sino más bien mostrar las transiciones y los cambios de los sistemas que han organizado la donación de gametos para reflexionar acerca de cómo impacta el modo en que cada sociedad construye o delimita los alcances de la noción de identidad sobre la base de los arreglos entre donantes, receptores y nacidos.
A lo largo de la geografía europea, existe una gran heterogeneidad en cuanto a la regulación de las donaciones de gametos. En algunos países, como Alemania o Bosnia, los tratamientos que requieren la utilización de gametos o embriones donados están prohibidos por ley. En Francia la donación es anónima y solo está permitida para parejas heterosexuales. Esta heterogeneidad conduce a una gran circulación de usuarios de técnicas de reproducción que viajan a países con legislaciones más permisivas o adonde existe el anonimato para las donaciones, como en España, República Checa, Lituania, Montenegro, Eslovaquia, Malta, Estonia, Macedonia, Grecia y Rusia (Sociedad Española de Fertilidad [SEF], 2019). Todos estos países presentan un sistema de anonimato, a excepción de Rusia, donde se estableció un sistema mixto (SEF, 2019).
En Bélgica, en el año 2007, se implementó la política de “la doble vía”, lo que permite optar por la donación anónima o no anónima (Pennings, 1997). En otros países, como Dinamarca –uno de los mayores exportadores de semen de banco del mundo–, Rumanía, Georgia, Irlanda e Islandia, coexisten sistemas mixtos.
En Estados Unidos, la reproducción asistida no está organizada por la vía legislativa, lo que dejó a las agencias, a las clínicas privadas y a sus usuarios la posibilidad de elegir entre el sistema de donación identificable y el no identificable. En ese país, se ha dado también la creación de grupos[2] de personas que se han organizado en torno al hecho de haber nacido por medio de la donación de gametos o embriones.
La tendencia a suprimir el anonimato comenzó en Europa y, en menor medida, en Oceanía. Suecia fue pionero en suprimir el anonimato en el año 1985, en cuanto concedió a los hijos nacidos de una donación de esperma el derecho a conocer la identidad del donante. Luego, Austria, en 1992, permitió obtener los datos identificatorios del donante. Suiza en 1999 inscribió el principio por el que toda persona tiene acceso a los datos relativos a su ascendencia. Noruega votó en 2003 el levantamiento del anonimato. En los Países Bajos y en Nueva Zelanda, las donaciones de gametos dejaron de ser anónimas en el año 2004 (Théry, 2009). El Reino Unido estableció la posibilidad de revelar los datos identificatorios del donante a partir del 2005 y Finlandia levantó el anonimato en 2006.
El estado australiano de Victoria, tras eliminar el anonimato en 1998, ha dado un paso más y en 2016 aprobó una ley mediante la cual se otorgaba el derecho al conocimiento de los orígenes independientemente de que el engendramiento fuese anterior a 1998 (Allan y Adam, 2016) (Álvarez Plaza y Pichardo Galán, 2018, p. 3).
Es decir, aplicó la medida de modo retrospectivo. Recientemente, en el año 2018, se incorporó Portugal al grupo de países que levantaron el anonimato para las donaciones de gametos.
El acceso a la información genética e identificatoria de los donantes de gametos ha tenido, en los distintos países del mundo[3], diferentes tratamientos. Muchos países que inicialmente mantenían sistemas anónimos han virado a regímenes abiertos o de “doble vía” (Pennings, 1997), como es el caso de Bélgica, o a sistemas abiertos que posibilitan a la persona concebida con gametos donados acceder a los datos identificatorios del donante una vez alcanzada la mayoría de edad, como es el caso del Reino Unido (The Human Fertilisation and Embryology Authority [HFEA], 2015). Existe, actualmente, una tendencia sostenida por las principales sociedades científicas internacionales y asociaciones profesionales, que consiste en el revelado a una edad temprana. Sin embargo, tanto investigaciones locales (Nabel et al., 2014), como extranjeras (Jociles Rubio, 2016; Rivas et al., 2018) han demostrado que, en parejas heterosexuales, la voluntad de revelar que el niño o la niña fue concebido o concebida con gametos donados es muy baja. Los estudios provenientes de la antropología del parentesco ubican que esta negativa remite al estigma de la infertilidad (Jociles Rubio, 2016) y a la imposibilidad de revelar/contar/transmitir esta opción reproductiva con los otros significativos.
Al revisar los documentos que sientan una posición al respecto, la mayoría de las sociedades científicas, como la Sociedad Americana de Reproducción Asistida (ASRM, 2018), el Consejo Nuffield de Bioética (2013), la Sociedad Española de Fertilidad (SEF, 2019), suelen revisar los argumentos a favor y en contra de la posibilidad de revelar los datos identificatorios de los donantes. En el caso de la Sociedad Española de Fertilidad, “la postura sostenida es la del anonimato del donante con revelación de origen, es decir, comunicarle al niño que ha sido concebido a través de reproducción asistida con donación de gametos sin identificación del mismo” (SEF, 2019, p. 14).
Es llamativo que en ese documento (SEF, 2019) se argumenta una postura a favor del anonimato de las donaciones y se equipara al donante con el genitor; por ende, se ponen en duda los “beneficios” de la revelación. Según refieren, revelar el origen genético supondría que el donante pueda asumir “futuras paternidades derivadas del proceso de donación” (SEF, 2019, p. 8; la cursiva me pertenece). Equiparar al donante con el lugar del progenitor sobre la base de la vinculación genética confunde las bases jurídicas que –al menos desde el ordenamiento normativo argentino– sanciona que padre o madre es aquel que inscribe su voluntad procreacional.
Los padres del niño concebido con gametos donados serán las personas que firman y afirman su voluntad procreacional, independientemente de quiénes hayan aportado el material genético. Esta independencia es posibilitada por la disociación de los componentes genético, biológico y volitivo (Rodríguez Iturburu, 2015), a diferencia de la concepción natural. “Con el donante sólo habrá un derecho a conocer los orígenes, pero nunca un vínculo de padre e hijo” (Herrera, 2014, p. 17). En este contexto, el ADN parece adquirir una significación relativa frente al elemento que otorga la volición (Lima y Navés, 2016) donde, como específica la norma, “con el donante no existe un vínculo jurídico excepto a los fines de los impedimentos matrimoniales”[4].
Identidad como información
En nuestro país, los debates generados en torno al anonimato de los donantes de gametos han sido la oportunidad para revisar la noción de “identidad” a la luz de los nuevos desafíos de la práctica clínica. El derecho a la identidad, en el contexto argentino, se diferencia del right to identity americano, de los que el segundo remite a un “derecho a saber” (right to know), mientras que el primero tiene asociado, además, una densa trama de significaciones que, aun perteneciendo a otro contexto sociohistórico[5], han reaparecido en los debates acerca del ocultamiento del origen genético.
El análisis genético, sobre todo para los proyectos de reparación, ha sido una herramienta clave para la restitución de la identidad de los niños apropiados durante la última dictadura cívico-militar. “La ciencia (a través del ADN) puede completar lo que estaba incompleto, hacer un todo de lo que se había destrozado” (Di Fabio Rocca et al., 2017). En los últimos años, y gracias al avance de la fusión entre genética e informática, se desarrollaron páginas web como Family Tree que apuntan a facilitar el conocimiento sobre los orígenes, como refiere el sitio: “Quienes falsificaron datos sobre tu nacimiento para poder entregarte a tu familia de crianza como si fueras un hijo biológico borraron prácticamente todo dato administrativo sobre tu verdadera identidad. Pero no pudieron arrebatarte una pieza clave, invaluable: tu ADN”[6].
A este respecto, Eduardo Laso (2014) ha analizado las diferencias que existen entre el ocultamiento/develamiento de la identidad fraudulenta o adulterada (como en el caso de la apropiación, donde la mentira respecto del origen destituye a los apropiadores de la función parental) de lo que supondría el ocultamiento sobre el origen genético en el caso de la concepción con gametos donados.
En el sistema jurídico argentino, la donación de gametos se inscribe dentro de los márgenes de un anonimato relativo (Herrera, 2014). Esto quiere decir que la donación será, en principio, anónima entre donantes y receptores, pero el nacido puede requerir, por medio de una autorización judicial, los datos identificatorios del donante. El cambio de paradigma que entiende al niño como sujeto de derecho ha promovido algunas transformaciones normativas; en este caso, el acceso a la información identificatoria de los donantes se articula con la noción de autonomía progresiva, es decir que no existe un límite mínimo de edad para realizar el pedido formal, sino que dependerá del grado de maduración del niño o joven, del desarrollo progresivo de sus facultades, de sus posibilidades afectivas, intelectuales, cognitivas y sociales.
Desde la perspectiva jurídica, se establece que es un derecho del nacido o la nacida poder disponer de la información que hace a su bagaje genético como parte de su constitución personal; la posibilidad de acceder a esta información preserva su autonomía; es decir, le proporciona la libertad de elegir qué significado quiere darle al componente genético de su identidad. Y mientras que los fundamentos jurídicos son necesarios, no son suficientes para disipar los miedos y fantasías de los usuarios y usuarias de TRHA, muchos de los cuales no inscriben a sus hijos nacidos como ordena la manda.
Pensar la identidad como información es un modo de entenderla que no está exento de paradojas. Al inicio del procedimiento, el gameto donado es desubjetivado por la intervención biotecnológica que sobre él recae. En este punto, el gameto es un “artificio” indispensable para lograr la procreación de otros, es decir, de las personas que firmaron y afirmaron su voluntad procreacional.
Son el médico o médica o el embriólogo o embrióloga quienes habitualmente se encargan de la selección de los y las donantes. Dejar la decisión en otras manos exime a los receptores de tener que elegir. Y mientras que, visto desde afuera, este parece un procedimiento aséptico, organizado por la lógica que imprime la coordinación fenotípica de rasgos, al interior del dispositivo de la medicina reproductiva se presenta como un proceso muy complejo, por medio del cual los gametos donados son desemparentados, son desafiliados del linaje de la o el donante por medio de procesos sociotécnicos que conjugan discursos y prácticas materiales, agencias y consentimientos informados (Ariza, 2014), para ser luego inscriptos en una nueva lógica filiatoria.
Son los médicos y las médicas quienes deciden, a partir de una cuidada selección y emparejamiento de rasgos; así, el receptor o la receptora obtiene un producto destilado que puede modelar –a partir de procesos epigenéticos hasta hace muy poco desconocidos– e imprimir su marca en aquella materia prima que recibió de otro u otra, pero de la cual se apropia, afiliándola en su cadena generacional.
Cuando, en un tercer momento, se reclama el nombre y apellido del donante como fundamento de la identidad del nacido o la nacida, se da entrada a la persona (subjetividad) de la o el donante que había sido previamente desplazada o desplazado de la escena reproductiva; y, de esta forma, se confirman algunas de las fantasías de los padres respecto del lugar del tercero[7] (Laso, 2014). Esto puede generar dudas sobre la necesidad, para el bienestar familiar, de conocer los datos identificatorios de los o las donantes. El valor de verdad que se le asigna al dato biológico (como aquel que porta “la verdad”) entra en tensión con la idea de que “la cuestión del origen supera toda explicación biológica” (Ansermet, 2018, p. 32; la cursiva me pertenece). El lugar enigmático de la o el donante será siempre una incógnita que, incluso teniendo la posibilidad del contacto, puede no llegar a develarse.
Lo familiar
¿De qué modo refieren los receptores –futuros padres– la familiaridad? Tanto en el caso de las parejas de mujeres, como en el de mujeres que emprenden la maternidad sin pareja, el dato respecto del donante puede adquirir distintas significaciones, pero difícilmente se piense como algo que pueda poner peligro el bienestar familiar. En las conformaciones familiares “no tradicionales”, como el caso de las madres solteras por elección o de las parejas de mujeres (Jociles et al., 2014; Mamo, 2005), la información relativa al donante y a los orígenes es más proclive a ser comunicada que en las parejas heterosexuales con dificultades reproductivas, quienes viven la utilización de gametos donados como algo problemático. La mayoría de las parejas heterosexuales que han concebido a sus hijos por medio de una donación anónima deciden no revelar esta información o están inseguros de hacerlo (Nabel et al., 2014).
El temor de los padres –receptores de los gametos– de ser desautorizados o “discriminados” (SEF, 2019) a partir del develamiento del hecho de la concepción no puede servir como soporte para ocultar información que, si bien les concierne, no les pertenece. Como se menciono más arriba, el principio de autonomía es aquel que resguarda la libertad del sujeto, la libertad de poder elegir, lo que en este contexto supone elegir qué significa para cada uno el componente genético de su identidad.
Entendiendo, como refiere Ansermet, que “todos los procedimientos biotecnológicos realizan una conexión nueva entre el viviente y la cultura” (Ansermet, 2018, p. 25; la cursiva me pertenece). En este caso, esta nueva conexión parte de conceptualizar los nuevos modos de relación que pueden establecerse entre el donante y los nacidos de sus gametos e, incluso, entre otras personas concebidas a partir del mismo donante (Rossi y Chardon, 2019).
Para las familias monoparentales u homoafectivas, al conformarse al margen de la heteronorma –que establece al coito heterosexual como fundamento del lazo consanguíneo producto de la alianza matrimonial entre un hombre y una mujer–, la pregunta por el origen del niño o niña puede ser parte del proceso de “normalización” del modelo familiar, mientras que, en las uniones heterosexuales, el ocultamiento puede “sortear” al otro social. Igual que el ocultamiento, el silenciamiento puede generar efectos patógenos en los vínculos familiares. Untoiglich (2018) diferencia entre ambos; en el silenciamiento, no se trata de ocultar, sino de no hablar de ello, y, aunque existan “hechos visibles”, no hay palabra[8]. No hay pregunta, ni historia al respecto. El silenciamiento puede también generar efectos patógenos, con los que se enfrentan muchos psicoanalistas dedicados a la clínica de niños.
A las dificultades arriba mencionadas, se les agregan, en nuestro contexto, dificultades de orden práctico, como la ausencia de un registro de donantes que permita la trazabilidad de las muestras y el efectivo resguardo, en el tiempo, de la información identificatoria y no identificatoria de los donantes, como dispone el ordenamiento legal vigente.
Vértigo del origen
Estos interrogantes generan, como refiere Ansermet (2018), un vértigo del origen. Las coordenadas para pensar este vértigo se inscriben en la vertiente pública –el sistema que ha elegido el país para organizar las relaciones entre donantes, receptores y nacidos, que, como se detalló anteriormente, es muy heterogéneo y con matices que singularizan las diferencias culturales– y en la vertiente íntima –que supone ubicar los fundamentos y anclajes psíquicos que promueven u obstaculizan la revelación, ya sea que se trate de un ocultamiento y/o un silenciamiento, y de cómo la construcción narrativa y el lugar del donante está estrechamente vinculado con la historia de la conformación familiar–.
Esta divergencia entre dos lógicas (la pública y la íntima) complementarias permite introducir una reflexión acerca de la diferencia entre el origen y la identidad. Desde el punto de vista psicoanalítico, el origen remite a una trilogía indisociable que anuda “la vida”, “la muerte” y “el sexo”; por otro lado, la noción de identidad alude a la confusión –como en el mito de Anfitrión de Molière–, a la alteridad (a lo ajeno en lo familiar), al otro y a las identificaciones; alude a una dialéctica. Esto quiere decir que no se trata solo del componente biogenético, sino de lo que se dice sobre él. Se trata de la biografía. Se trata de la historia y de la genealogía, que no es otra cosa más que saberse parte de una trama y de un deseo “no anónimo y singular”; un deseo que singulariza. Es a partir de esta dialéctica entre la identidad –entendida desde el dato “duro” constitucional, el ADN (DeGrazia, 2005)– y el registro de las identificaciones a partir de lo cual aparecerán los diversos modos en que el origen genético es significado, encarnando en el viviente los enigmas del origen. Desde el discurso biotecnológico, el origen aparece anclado al material genético. De esta forma, el origen posee un carácter de verdad que se asocia y hace equivaler la identidad a la compatibilidad genética.
Kletnicki y Alfano abren la pregunta acerca de qué verdad se pone en juego en relación con la filiación y la revelación del origen, en cuanto, según el psicoanálisis freudiano y lacaniano, “la palabra comprometida en una historización no constituye el enunciado de una verdad objetiva surgida de acontecimientos vividos, sino una verdad sujetada a determinaciones simbólicas que se inscriben míticamente” (Kletnicki y Alfano, 2013, p. 119). En términos subjetivos, el origen es un enigma que se construye en un relato –que es otra forma del medio-decir– como aquel enunciado que abre a una dimensión de la verdad para el sujeto, y se construye en la ficción, que es otra perspectiva para pensar la verdad.
Esa es la tensión ineludible entre aquello a lo que refiere el derecho a la identidad –el conocimiento acerca del origen genético– y la inscripción singular del origen en el campo subjetivo (Kletnicki y Alfano, 2013). O, como refiere Ansermet, “el origen nunca está en el origen de la identidad. La identidad debe ser construida, cualquiera sea su origen. Esto también es válido con relación al origen biológico” (Ansermet, 2018, p. 69). Desde la vertiente psicoanalítica, podría decirse que no existe una verdad objetiva respecto del origen, sino que lo relevante es la construcción mítica que se haga en torno a ello, a partir de lo cual se inscribe la marca del deseo del otro, y que el sujeto interpreta en función de utilizarla como clave de organización de su propia historia. Hay algo del orden de lo impredecible y, a su vez, pasible de modificaciones, ya que el sujeto participa activamente en este proceso.
Consideraciones finales
Desde el discurso biotecnológico, el origen aparece anclado al material genético. De esta forma, el origen posee un carácter de verdad que se asocia y equivale a la identidad y a la compatibilidad genética. Sin embargo, la pregunta por el origen no tiene respuesta en el campo de la ciencia. “El origen es algo que no se puede decidir” (Ansermet, 2018, p. 29).
En la recepción de gametos, la pregunta por el origen genético aparece como un revés de la pregunta por la identidad, en un contexto donde el foco es la singularidad de las relaciones afectadas por la mediación de las nuevas tecnologías. Como sostiene Bestard, “el uso de los términos se desplaza y obliga a repensar los supuestos en que se basan las relaciones de parentesco” (Bestard, 1998, p. 202).
La filiación se construye en un entramado discursivo. El componente genético se reviste imaginariamente de atributos de pertenencia familiar y, como tal, importa a las personas. La coordinación fenotípica se asienta en la proyección narcisista del hijo como imagen del sí mismo. Interrogar las identificaciones, conocer cómo cada persona refiere aquello que le es familiar, abre a la dimensión de la responsabilidad subjetiva y del deseo que la habita.
Cuando hay ocultamiento o silenciamiento (Untoiglich, 2017), algo de lo no dicho con respecto al origen puede expresarse sintomáticamente. Eso no dicho no apunta a la obligatoriedad de revelar “el dato duro” (el dato germinal = la verdad del origen genético), sino que supone poder hacer lugar a un decir ficcional o narrativo (Lima, 2018) que recubra simbólicamente lo que no tiene palabras. Más que como revelación, hay que poder pensarlo como transmisión.
De este modo, se concluye que la responsabilidad sobre la transmisión parte de una lógica singular que depende del entramado familiar y vincular, y que, en cuanto fenómeno inserto en el contexto particular que introduce el marco regulatorio vigente, con sus aciertos y paradojas, requiere de un trabajo de elaboración sobre lo que significa, en cada caso, el dato genético.
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- El linaje materno se puede estudiar a partir del análisis del ADN mitocondrial, mientras que el linaje paterno se estudia a partir del cromosoma Y.↵
- Las dificultades que encontraron muchas personas para conocer los datos de los donantes motivó la aparición de agrupaciones y asociaciones de nacidos por donación, como el Donor Sibling Registry, cuya misión es dar a conocer, contactar y apoyar a las personas que buscan información acerca de otros con quienes comparten vínculos genéticos. Esta agrupación se fundó en el año 2000 para ayudar a contactar y difundir las experiencias de personas concebidas por medio de la donación de esperma, óvulos o embriones.↵
- ”La legislación en países europeos es altamente heterogénea en cuanto a la utilización de gametos de donante y respecto del anonimato o no de este último. Encontramos un amplio abanico de opciones donde los extremos serían la prohibición total de gametos de donante, como es el caso de Alemania, hasta la utilización de los mismos de una forma no anónima como en el caso de Reino Unido, Suecia o recientemente Portugal” (SEF, 2019, p. 7).↵
- Artículo 575.- Determinación en las técnicas de reproducción humana asistida. En los supuestos de técnicas de reproducción humana asistida, la determinación de la filiación se deriva del consentimiento previo, informado y libre, prestado de conformidad con lo dispuesto en este Código y en la ley especial. Cuando en el proceso reproductivo se utilicen gametos de terceros, no se genera vínculo jurídico alguno con éstos, excepto a los fines de los impedimentos matrimoniales en los mismos términos que la adopción plena. Código Civil y Comercial de la Nación (2015).↵
- Significaciones asociadas a la desaparición y muerte ligadas a crímenes de lesa humanidad perpetuados durante la última dictadura cívico-militar (1976-1983). El robo de bebés que ocurrió en el contexto del terrorismo de Estado tuvo su contracara en la búsqueda implacable de las Abuelas de Plaza de Mayo, que, al crear el índice de abuelidad, lograron la restitución de la identidad de muchas personas que habían sido secuestradas al nacer, cuyas identidades habían sido adulteradas.↵
- Family Tree DNA. Test de ADN Ancestral [Internet]. Buenos Aires: NPP; 2018 [acceso 20 sept. 2018]. Disponible en bit.ly/33oGkeC.↵
- ”El eje del problema radica en pensar la tensión entre la normativa emanada del derecho y los fantasmas de los padres concernientes a un tercero que sería el ‘verdadero padre/madre’ capaz de procrear y de los que ellos serían simplemente derivados. Como se trata de un fantasma, explicar que esto no es así es por supuesto inútil: los fantasmas no son un problema de falta de información […]. Que las leyes digan que es un dato importante para la identidad del sujeto al punto de sancionarlo como derecho, pero que el ‘donante’ no es un padre, es por lo menos contradictorio y va en la línea de confirmar los temores de los padres que pasan por este tratamiento” (Laso y Michel Fariña, 2017).↵
- En el capítulo “Donantes anónimos deseo no anónimo”, Untoiglich refiere que puede ocurrir en casos de familias donde los niños tienen incluso diferentes apellidos, pero donde no se habla de ello; no hay pregunta por el origen, ni historia al respecto. En el caso que analiza la autora en el capítulo, los consultantes refieren al pasar que su hijo había sido concebido por donación de esperma, pero ellos no hablaron más de ello y no lo piensan como “un tema”.↵









