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4 Sistema de parentesco occidental y donación de gametos

Una aproximación antropológica

Silvina Smietniansky

El sistema de parentesco occidental. Rasgos distintivos

Entre los nuer del Sudán, ante el deceso de un hombre sin descendencia, uno de sus hermanos menores, en representación del difunto, podía contraer matrimonio con una mujer; los hijos concebidos en ese “matrimonio fantasma” serían considerados hijos del difunto. También, en este pueblo, se registró el “matrimonio entre mujeres”; una mujer adulta y estéril podía tomar por esposa a una muchacha más joven, quien, a su vez, dispondría de un amante gracias al cual le daría hijos, quienes denominarían “padre” a la mujer adulta (Zonabend, 1988). Cuando Evans-Pritchard, hacia 1940, describía estas costumbres exóticas y lejanas –que hasta hace poco tiempo, desde el sentido común, no se dudaría en catalogar de “primitivas”–, la antropología no podía predecir que, varias décadas después, las sociedades occidentales se enfrentarían a problemáticas similares. Las distinciones entre padre y genitor y entre madre y genitora no son invenciones recientes de las técnicas de reproducción humana asistida (TRHA), pero sí conllevan una importante novedad para un sistema de parentesco que tiene en la naturaleza y en la procreación sus símbolos centrales para definir las relaciones de parentesco y las categorías de parientes.

Si bien fue recién en la segunda mitad del siglo xx cuando la antropología, como parte de su “vuelta a casa”, emprendió el estudio de la familia y el parentesco en las sociedades occidentales, la larga experiencia etnográfica en las colonias de Asia, Oceanía y África sirvió para mostrar la variabilidad de formas en que las culturas, a lo largo de la historia y el globo, han comprendido las relaciones humanas. Si al hablar de sistemas de parentesco estamos pensando en un conjunto de categorías que clasifican a quienes consideramos nuestros parientes y un código de conducta asociada a ellas, la exploración de otras sociedades nos muestra el carácter relativo de nuestra propia perspectiva. Pero más aún, esa experiencia de aproximarse a la otredad cultural obligó a reflexionar sobre cómo en el estudio de otros sistemas de parentesco los etnógrafos proyectaban ideas, valores y modelos de Occidente.

El antropólogo norteamericano David Schneider es una figura clave de ese derrotero; los abordajes antropológicos en el estudio de las TRHA son deudores de su enfoque culturalista y de sus críticas a los estudios clásicos del parentesco. En su libro American Kinship. A cultural account (1968), indaga el sistema de parentesco americano desde una perspectiva cultural, es decir, tratándolo como un sistema de símbolos. A partir de un trabajo empírico de orientación etnográfica, basado en 102 entrevistas, la elaboración de 43 genealogías y la participación en diversos eventos familiares, entre otros materiales, analiza los significados y los símbolos que integran la teoría occidental de la reproducción humana. La sangre y la procreación –la consanguinidad– es, por excelencia, la metáfora de este sistema cultural:

La sangre junto con otras sustancias biogenéticas como el semen, que se transmiten en el acto sexual, representan la “verdad” genealógica, origen de la “verdad” biográfica, componente básico de la identidad individual según el pensamiento occidental. Compartir y transmitir una “misma sangre”, como resultado del acto sexual, es el elemento natural que legitima el establecimiento de un tipo de relaciones sociales (filiales, conyugales o fraternas) que se van extendiendo de forma ascendente y descendente hasta conformar la malla genealógica, substrato básico de la visión occidental del parentesco (Jociles y Rivas, 2016, p. 64).

Schneider señala que nuestra idea de parentesco se basa en la distinción entre otros dos órdenes culturales más amplios, el orden de la naturaleza y el orden de la ley; partimos de esa oposición para definir qué son los parientes. Los parientes de sangre están vinculados por una sustancia común que otorga identidad y pertenencia, comprometidos en una relación que está dada por el nacimiento, ajena a la voluntad del individuo, que no es posible perder ni terminar. Pero, además, a estos parientes se asocia un código de conducta de acuerdo con el rol que ocupan. Los parientes por matrimonio participan de una relación que sí puede alterarse o terminarse y que no se basa en una sustancia natural y material; estos parientes no están relacionados “en la naturaleza”, sino que la relación se basa en un código de conducta que deben seguir. Finalmente, cierto tipo de parientes comparte solo la sangre, pero sin que ese “vínculo de sangre” sea acompañado por un código de conductas mutuas como pueden ser el cuidado, el afecto, la responsabilidad, etc.

Otra categoría central del parentesco americano es la familia. ¿Qué rasgos hacen que la familia no sea un grupo de amigos, una clase, un colectivo de militantes, etc.? La familia es, por un lado, definida como unidad natural, en cuanto se basa en hechos de la naturaleza, en una sustancia material compartida, y la procreación constituye un símbolo clave a partir del cual se distinguen sus miembros como parientes y se define la familia como unidad cultural; por otro lado, la familia es también definida como un campo de solidaridad difusa donde el amor duradero se posiciona como símbolo clave.

Importa enfatizar que la perspectiva cultural que propone Schneider no se dirige a establecer en qué medida este modelo se cumple o no en todas las familias; tampoco supone una mirada normativa en que se contrapongan reglas y prácticas, sino que apunta a desentrañar qué estamos pensando y significando cuando hablamos de “familia” y de “parientes”, y cuáles son los símbolos claves que definen en nuestra sociedad un dominio específico que llamamos “parentesco” y que se distingue de otros ámbitos, como la política, la economía, la religión, etc. Lo que encuentra es que estamos frente a un modelo genético-biológico en que se asocia la sexualidad a la reproducción, la reproducción a las relaciones heterosexuales, las relaciones heterosexuales al matrimonio, el matrimonio a la familia y la familia al modelo nuclear de clase media (Jociles y Rivas, 2016). Pero más aún, un planteo central de Schneider y que ha calado hondo en la antropología del parentesco posterior es que aquello que pensamos que son hechos de la naturaleza –la sangre, la procreación, la consanguinidad– son en sí mismos símbolos de nuestra cultura; la idea de la naturaleza –universal, inmutable, dada– sobre la que se basa nuestro sistema de parentesco es una construcción cultural. No en todas las culturas opera el binomio naturaleza/cultura como sucede en la nuestra, y no en todas las sociedades la procreación es la base de las relaciones de parentesco; el cuidado, la crianza, la comensalidad y la tierra, entre otros, son elementos productores de lazos similares a lo que entendemos por parentesco y que expresan una concepción constructivista de estos (Carsten, 2007; Bestard, 2009).

A partir del enfoque culturalista cristalizado en la obra de Schneider y habiendo perdido el parentesco su base comparativa y universal –al reafirmar el carácter histórico y cultural de la naturaleza–, se impulsó una fuerte crítica al acervo universalista y comparativo de la antropología, que acompañaría la proliferación de trabajos enfocados sobre las transformaciones que estaban atravesando las sociedades occidentales en materia de parentesco, familia y matrimonio, y que desafiaban los valores y concepciones tradicionales sobre el parentesco que en este apartado muy brevemente reseñamos (González Echevarría, 2010; Jociles y Rivas, 2016).

Las TRHA y el caso de la donación de gametos. Modificaciones y continuidades

El desarrollo de las TRHA y los nuevos modelos de familia –monoparentalidad, homoparentalidad, copaternidad, etc.– plantean desafíos y cuestionamientos a la concepción occidental del parentesco, a las formas que tenemos de comprender la maternidad y la paternidad, el vínculo de filiación, los símbolos como la sangre, la procreación, etc. Las transformaciones en el ámbito familiar a las que hoy día estamos asistiendo se enmarcan en una triple desconexión que se inicia hacia la década del 70: la sexualidad se fue desligando de los fines reproductivos, y también del matrimonio –que hasta entonces era el espacio destinado a su ejercicio–, y, a su vez, el matrimonio se fue disociando de la reproducción, por cuanto la gestación y la crianza podrían llevarse a cabo por fuera de una relación conyugal (Grau Rebollo, 2016).

En particular, las TRHA son una clara expresión del carácter socialmente construido del parentesco; procesos que creíamos naturales y universales fueron intervenidos y manipulados por la ciencia. Sin embargo, los cuestionamientos que plantean las técnicas a las concepciones de la cultura occidental sobre el parentesco no deben hacernos perder de vista que, por otro lado, ellas también reflejan el valor y la significación que el vínculo genético o biológico sigue teniendo; de allí la búsqueda por que la descendencia participe de la sustancia corporal de sus padres. En ese sentido, un aspecto en el que suelen recalar los trabajos de enfoque antropológico que abordan las perspectivas de quienes recurren a la medicina reproductiva es que, al tiempo que se reafirma un modelo biogenético del parentesco –inevitablemente, aprehendemos y damos sentido a nuevos fenómenos a partir de los que ya conocemos y de nuestros valores e ideas previas–, la reproducción asistida y los nuevos modelos de familia también obligan a repensar las ideas y valores previos (Bestard, 1998).

Esta situación es notoria en personas y parejas que recurren a la donación de gametos; avanzar en un procedimiento de esas características las obliga a reflexionar sobre el ideal de familia y la búsqueda de un hijo. ¿Quién es el padre y quién la madre? ¿Cómo se construye la relación entre el hijo y los padres por medio de gametos donados? ¿Cómo se incorpora la presencia de un tercero? ¿Qué significado tiene el gameto para el donante y para el receptor? En caso de ovodonación, la mujer que es madre y gestante no comparte con su hijo el mismo material genético; por tanto, el símbolo central del parentesco, que era la sangre –ahora, los genes– en cuanto sustancia compartida, no está presente para definir la filiación. Ahora son el deseo de ser madre, el embarazo y el cuidado posterior los aspectos que definen la relación parental, mientras que transmitir y compartir una porción del acervo genético queda en segundo plano para establecer el rol de madre. En este caso, se podría hablar de un modelo constructivista que entiende que los “lazos de consubstancialidad” se crean a través de las relaciones humanas intencionales, y que las relaciones de parentesco, antes que ser vistas como algo dado, son concebidas como un proceso de construcción (Bestard, 2009; Carsten, 2007).

También, la presencia de un tercero en el proceso de procreación importa toda una novedad que obliga a reflexionar sobre el lugar que se le dará en la construcción del vínculo de filiación y sobre cómo esa información será comunicada a los hijos nacidos por donación de gametos. Las TRHA son representadas como una ayuda que la ciencia brinda a la naturaleza: la naturaleza está siendo, de esta forma, asistida (Franklin, 1995); y, con esa misma lógica, los receptores de gametos refieren que los y las donantes brindan una ayuda para concretar el deseo de tener un hijo (Álvarez Plaza, 2014; Viera Cherro, 2015). Por otra parte, así como asistimos a un ejercicio de emparentamiento del padre o madre con su hijo o hija a través de otros medios que no son el genético, también se torna necesario desemparentar, individualizar o despersonalizar a los donantes –por ejemplo, la manera de nombrarlos como “los donantes” o “las semillas”, para referir a la donación de semen–, más allá de que en términos jurídicos es claro que no tienen vínculo filiatorio ni responsabilidad con el niño concebido con sus gametos (Jociles y Rivas, 2016).

Este viraje hacia una concepción intencional del parentesco no es pleno; el hecho de que los individuos o las parejas decidan probar primero con los gametos propios para recurrir en última instancia a la ovodonación o la donación de semen es indicador de que la concepción biológico-genética aún está presente. También, la búsqueda del parecido físico a través de la coordinación fenotípica entre donante y receptor involucra un interés por reponer la continuidad biológica con la descendencia (Ariza, 2014). Por otra parte, la posibilidad que ofrecen los bancos de semen de conservar muestras del mismo donante para utilizarlas en una futura inseminación vuelve a mostrar el valor otorgado a la sustancia compartida –en este caso, entre hermanos o hermanas–. Incluso, las noticias que pueden leerse en los periódicos de niños concebidos con semen de un mismo donante que siendo adultos deciden encontrarse y vincularse marcan la necesidad de explorar cómo el peso de la sangre y el peso de los genes se han resignificado al calor de los avances en genética y medicina reproductiva (Franklin, 2013).

Consideraciones finales. Aportes desde la antropología

La antropología presenta una larga tradición en el estudio del parentesco y la familia; primero, a partir del trabajo etnográfico en sociedades no occidentales donde el parentesco no define un dominio separado de otros ámbitos de la vida social –por mucho tiempo, se ha hablado de “sociedades basadas en el parentesco”–; y, luego, volcando ese acervo de conocimiento en el estudio de nuestras propias sociedades. El abordaje antropológico aporta a situar en una perspectiva más amplia aquellas prácticas, ideas y modelos que creemos naturales y universales; y, en ese proceso, a historizarlos, mostrándolos susceptibles de crítica y de cambio. El estudio de la otredad cultural ofrece así una gran riqueza para ayudarnos a comprender, a través del diálogo con otras culturas, procesos que son novedosos en nuestras sociedades.

En ese proceso, la entrevista etnográfica (no dirigida ni estructurada), el trabajo in situ, la observación participante y la mirada cualitativa, entre otros aspectos que han caracterizado al quehacer etnográfico, se integran en un enfoque que tiene como objetivo aproximarse al estudio de la perspectiva de los actores involucrados; en este caso, a las maneras de entender y experimentar las transformaciones que están aconteciendo en el campo del parentesco, sabiendo que el ejercicio por reponer las perspectivas nativas siempre obliga al investigador a reexaminar sus propios marcos analíticos (Peirano, 1995). Las teorías del parentesco pueden ayudarnos a reconstruir las perspectivas de quienes recurren a las TRHA, de los donantes y receptores de gametos, de los profesionales de la salud, etc.; y, a su vez, estos actores y las nuevas realidades a las que asistimos aportan a renovar el saber disciplinar.

Bibliografía

Álvarez Plaza, C. (2014). La diversidad familiar y la divulgación de los orígenes genéticos a los niños nacidos a partir de donantes y/o gestación subrogada. IM-Pertinente, 2(1), 17-43.

Ariza, L. (2014). Fotografías, registros médicos y la producción material del parentesco: acerca de la coordinación fenotípica en la reproducción asistida en Argentina. En A. Cepeda & C. Rustoyburu (eds.), De las hormonas sexuadas al Viagra. Ciencia, Medicina y Sexualidad en Argentina y Brasil (pp. 173-206). Mar del Plata: EUDEM.

Bestard, J. (2009). Los hechos de la reproducción asistida: entre el esencialismo biológico y el constructivismo social. Revista de Antropología Social, 18, 83-95.

Bestard, J. (1998). Parentesco y modernidad. Barcelona: Paidós.

Carsten, J. (2007). La sustancia del parentesco y el calor del hogar: alimentación, condición de persona y modos de vinculación (relatedness) entre los Malayos de Pulau Langkawi. En R. Parkin y L. Stone (eds.), Antropología del parentesco y de la familia (pp. 515-542). Madrid: Editorial Universitaria Ramón Areces.

Franklin, S. (2013). From Blood to Genes?: Rethinking Cosanguinity in the Context of Geneticization. En C. H. Johnson, B. Jussen, D. W. Sabean y S. Teuscher (eds.), Blood and Kinship: matter for metaphor from Ancient Rome to the Present (pp. 285-320). Nueva York and Oxford: Berghahn.

Franklin, S. (1995). Postmodern Procreation: A Cultural Account of Assisted Reproduction. En F. D. Ginsburg y R. Rapp (eds.), Conceiving the New World Order. The Global Politics of Reproduction (pp. 323-345). Berkeley: University of California Press.

González Echevarría, A. (2010). Sobre la definición de los dominios transculturales. La antropología del parentesco como teoría sociocultural de la procreación. Alteridades, 20(39), 93-106.

Grau Rebollo, J. (2016). Nuevas formas de familia. Ámbitos emergentes. Barcelona: Ediciones Bellaterra.

Jociles, M. I. y Rivas, A. M. (2016). Cambios en la concepción y representación del parentesco a raíz del uso de las técnicas de reproducción asistida con donante. Ankulegi, 20, 63-78.

Peirano, M. (1995). A favor da etnografía. Río de Janeiro: Relume-Dumará.

Schneider, D. (1968). American Kinship: A Cultural Account. Chicago: University of Chicago Press.

Viera Cherro, M. (2015). Lejos de París. Tecnologías de reproducción asistida y deseo del hijo en el Río de la Plata. Montevideo: Universidad de la República, Comisión Sectorial de Investigación Científica.

Zonabend, F. (1988). De la familia. Una visión etnológica del parentesco y la familia. En A. Burguière, C. Klapisch Zuber, M. Segalen y F. Zonabend (dir.), Historia de la Familia, vol I. Madrid: Alianza.



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