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6 Consideraciones en el trabajo de recepción de gametos
con parejas igualitarias

Rocío B. Alaniz

Introducción

Desde finales de 1970, el incremento en el acceso a tratamientos y técnicas de reproducción asistida (TRA) en Occidente ha posibilitado el surgimiento de diferentes tipos de familias. En palabras de Baccino, “ha puesto a disposición de la diversa gama de deseos una vía para concretarlos” (Baccino, 2006, p. 55).

Podríamos hablar de diversos tipos de familias, según el criterio que tomemos para su clasificación. Hoy, las familias homoparentales encuentran una mayor representatividad en la sociedad, de manera que la orientación sexual de quienes ejercen funciones de crianza se constituyó en una característica más que pueden adoptar y que las diferencia de las familias llamadas “tradicionales”. En nuestro país, además, se han visto facilitadas en el marco de una ampliación de derechos reconocidos que incluyen la Ley de Matrimonio Civil (Ley n.° 26.618, 2010) y la Ley de Reproducción Médicamente Asistida (Ley n. ° 26.862, 2013).

Encontrar una palabra adecuada para nombrar el grupo poblacional al cual se refiere este capítulo no ha sido tarea fácil. La utilización del plural en “parejas igualitarias” tiene un sentido, en cuanto pretende no invisibilizar las particularidades de cada familia homoparental y sus experiencias, y servir a modo de reconocimiento social, considerando algunos patrones de los cuales aún hoy se carece en la formación de profesionales, lo que convierte su abordaje en desafíos para los equipos de salud. Esto mismo se evidencia en la labor clínica como una falta de modelos de referencia para ellas mismas y sus entornos en la construcción de sus familias, lo que genera ciertos miedos e inquietudes.

Siguiendo a Cadoret (2003), la conformación de estas familias sucede a través de diversos métodos; desde la adopción, por parte de la pareja del mismo sexo, de hijos/as de una relación previa heterosexual, hasta la utilización de técnicas de reproducción asistida, pasando por la adopción conjunta o la coparentalidad con otras personas del colectivo LGBT+ (lesbianas, gais, bisexuales, trans, y otras comunidades integrantes).

En muchos países, por prohibición específica o por falta de regulación de la gestación por sustitución (como es el caso de Argentina), cuando se habla de familias homoparentales fruto de los tratamientos de reproducción asistida, se hace referencia en mayor medida a las parejas de mujeres, por una mayor facilidad en el acceso a estos y por contar con otras posibilidades desde su biología. Para ellas existe, además de las técnicas de inseminación intrauterina (IUI) y fertilización in vitro (FIV) con espermatozoides de donante, un método único, denominado, desde hace algunos años, “recepción de óvulos de la pareja” (ROPA). Este procedimiento consiste en una técnica in vitro que permite la participación de ambas en forma activa: una aportará los óvulos (material genético) que serán fecundados en el laboratorio con el semen de un donante; y la otra, su capacidad de gestar, al ser quien recibirá el o los embriones resultantes y llevará adelante el embarazo.

La posibilidad de estar ambas implicadas en el proceso de tratamiento es percibida en muchas ocasiones como una ventaja, al encontrarse comprometidas con la participación. Sin embargo, es importante una previa evaluación médica de ambas para, además de tener en cuenta su deseo, evaluar la posibilidad real de concretarlo con mínimos riesgos y buenos resultados. Como psicólogos/as implicados/as, considero importante conocer la historia de la toma de decisiones de la pareja, sus expectativas, valorar la información que poseen y ajustarla a fin de mitigar miedos y aclarar dudas que puedan dar lugar a malos entendidos.

Este método, como todas las demás técnicas para parejas de mujeres, se realizará con muestras provenientes de banco de semen, y de acuerdo a las normativas vigentes de cada país.

Características propias

El rol del/la profesional de la psicología en esta área particular y con esta población de pacientes presenta similitudes y, desde mi perspectiva, claras diferencias respecto del trabajo con las parejas heterosexuales. El asesorar, atender, orientar, proveer asistencia y guía se compartirán, por supuesto, con cada una de las personas que lleguen a nuestra consulta, así como la consideración de los aspectos de evaluación o análisis psicosocial que implican los objetivos generales del trabajo con parejas que reciben gametos donados, como son: inquietudes respecto de el o la donante, asesoramiento sobre el tratamiento, revelación de los orígenes a los/as nacidos/as. Pero deberemos tener en cuenta algunas características clínicas para indagar con mayor profundidad, ser capaces de reconocer las necesidades dentro del contexto de la historia que traen estos consultantes, comprender aspectos particulares de su orientación sexual (y, por consiguiente, de la identidad homosexual), de las características que adquiere la relación con el entorno, incluidas las familias de origen, y de las representaciones sociales existentes sobre las sexualidades no normativas.

Identidad sexual

El proceso a través del cual la población homosexual y bisexual reconoce la propia orientación sexual es más complejo y difícil que en el caso de la identidad heterosexual. Generalmente, evoluciona desde el no reconocimiento de la propia homosexualidad o bisexualidad, la sorpresa y sensación de extrañeza por la aparición de ciertos sentimientos hacia una persona del mismo sexo, la autoconciencia respecto a estos como fase de autodescubrimiento y la autodefinición, hasta la aceptación y la consiguiente integración al conjunto de características del sí mismo/a.

Las dificultades que aparecen junto con la confusión se relacionan estrechamente con la influencia en nuestra sociedad de los estereotipos y roles de género, su socialización desde la primera infancia, ciertas religiones y discursos homofóbicos de algunos sectores, que ubican a la sexualidad no normativa en el ámbito de lo incorrecto, de la disonancia y de la inmoralidad. Así, la vivencia de la sexualidad homosexual o bisexual genera conflictos, dudas y sentimientos de culpa producto de la interiorización de estos discursos y representaciones.

Particularmente en mujeres lesbianas, un elemento que les dificulta asumir su condición sexual está ligado con el imaginario dominante de esta: el prototipo caricaturizado de la lesbiana masculina con el que muchas no se sienten representadas, lo que genera una sensación de soledad y de imposibilidad de identificación. Será vital, además de profundizar en el proceso de descubrimiento, desarrollo, construcción e integración que atravesaron, conocer si este fue vivido con la pareja actual o si ocurrió con parejas lésbicas anteriores, a fin de comprender aspectos de la historia en común y su dinámica, la visión de las familias de origen sobre la otra integrante de la relación y las estrategias que juntas han implementado.

Un duelo diferenciador

Algunos/as autores/as mencionan que, en cualquier fase de la vida, el surgimiento de deseos homosexuales y la conformación de una identidad homosexual o bisexual implican la pérdida de la identidad heterosexual, incluyendo confusión y dolor. Pablo Gagliesi (1999), en “Apuntes para una Psicoterapia con Pacientes Gays y Lesbianas”, lo denomina “duelo por la heterosexualidad”, y se refiere con ello a la pérdida de la seguridad de la vida heterosexual, física y social. Son característicos algunos miedos, como la posibilidad de pérdida del sostén del núcleo familiar primario, situaciones o fantasías de riesgos sociales debido a la orientación sexual –incluido el laboral o el crecimiento profesional–, la disminución de la posibilidad de “mostrar” a la pareja como fuente de autoestima y reconocimiento –y de la cual la gente, en general, espera enorgullecerse incluyéndola en sus charlas–, la necesidad de guardar mayor intimidad sobre el tema cuando este permanece en secreto al respetar la decisión y el proceso de hacerse visible o no de su compañera/o, y la dificultad de tener un valor social por su pareja como ocurre en los heterosexuales.

Es importante explorar en profundidad estos aspectos y no minimizarlos, comprendiendo que, para buena parte de estas personas y de acuerdo al momento del proceso de aceptación de la propia identidad, esto constituye una pérdida importante en la que renuncia a buena parte de su pasado y de su futuro –tal y como los entendía–, a las expectativas de su familia y de su entorno social, y que llega a poner en riesgo el cariño de sus seres queridos/as.

Es tarea básica reconstruir el proceso, identificar posibles lagunas en su desarrollo y ayudar a consolidar esta identidad. Estas son pérdidas reales, y deben ser manejadas como tales, por el riesgo que supone, además, la reactivación posible de la situación en el camino de las técnicas de reproducción asistida. 

Secreto y revelación

En estrecha relación al punto anterior, se encuentra el tema de la revelación de la orientación sexual ante los/as amigos/as y, más precisamente, ante la familia, y la respuesta que de ellos/as obtuvieron en ese momento, como antecedente de la relación con el entorno y cómo se ha desarrollado hasta la actualidad.

Históricamente, muchas minorías son o han sido objeto de discriminación, persecución y aislamiento; pero, frecuentemente, contaron con el apoyo de sus familias y comunidad, de manera que sintieron el amparo y protección necesarios para su desarrollo, autonomía, sentido de identidad y pertenencia, a diferencia de las personas LGBT+. Para ellas, las respuestas clásicas del entorno han sido de exclusión, discriminación y hostilidad, movilizadas en mayor medida por el desconocimiento, el miedo y el peso que socialmente se le atribuye. Algunas familias viven la homosexualidad de un miembro como un duelo por la pérdida de las expectativas puestas sobre sus hijos/as, lo que sirve como preparación emocional para el nacimiento de un nuevo tipo de relación.

Otras familias niegan la orientación sexual de sus hijos/as –especialmente, la de sus hijas–, considerándola una etapa transitoria que debe ser superada, para volver a la “normalidad” heterosexual, invalidando la vivencia. En algunos casos, se los expone a consultas psicológicas con el objetivo de modificar su “preferencia sexual”; debido a esto, podemos, además, en nuestro trabajo, encontrarnos con resistencia y valoraciones negativas sobre las personas de los/as psicólogos/as, basados en estas experiencias previas.

La “salida del clóset”, como se le suele llamar, está llena de dudas, mentiras y temor. Implica la preparación constante para la develación, la vivencia de situaciones incómodas y momentos de ansiedad y angustia que, prolongados en el tiempo, generan un estrés crónico. La puerta de salida se presenta, además, como una puerta giratoria: una vez revelado en algún ámbito, quedarán otros en los que se deberá guardar silencio para no exponerse a la discriminación y a la violencia aún existente.

El secreto es una experiencia exclusiva de las personas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, y solo puede dejar de serlo a través de su revelación, diferencia sustancial con las trayectorias personales de los/as heterosexuales.

Algunas investigaciones afirman que las lesbianas revelan su sexualidad más tarde y con menor frecuencia que los homosexuales varones y que cuesta más que obtengan la integración por parte de las familias, debido a la mayor invisibilización de la que son víctimas dentro del colectivo. En muchas oportunidades, incluso, solo deciden revelar su orientación sexual ante la inminente llegada de los hijos/as, ya que imponen, casi inevitablemente, la apertura sobre esta.

Paradoja de la lesbomaternidad

En el camino de la construcción de proyectos conjuntos y de su maternidad, ellas se enfrentan a ciertas dificultades adicionales. Una de ellas es la paradoja en relación con la confluencia del imperativo de tener hijos/as simplemente por el hecho de ser mujeres con el de no tenerlos por ser lesbianas, lo que configura un nuevo dilema y una ausencia de grupo de pertenencia. Para algunas, tener hijos/as es un modo de retomar un papel valorado en la familia, en cuanto las reintroduce en la feminidad normativa y en la normalidad (Cadoret, 2003), o como modo de reafirmar su identidad de mujer.

Propuestas para el abordaje de estas parejas

Los puntos anteriores se presentan también como un ordenador de temas por pesquisar, a fin de arrojar luz sobre aspectos personales y de la pareja que faciliten el trabajo con estas.

Un eje central respecto de la pareja es el modo en que ellas toman las decisiones, cómo decidieron quién iba a embarazarse o a aportar la gameta, si correspondiera. Es útil indagar sobre el tiempo de desarrollo que lleva este proyecto, la historia de esta búsqueda, si han pensado o intentado concretarlo por otros medios, o anteriormente con otras parejas. Es importante conocer el o los métodos que han considerado utilizar, la información que posean sobre sus posibilidades, si lo compartieron con familiares y amigos, qué comentarios recibieron y qué respuestas construyeron para legitimar su decisión.

El trabajo sobre el entorno constituye, como ya mencionamos, uno de los puntos centrales en las parejas igualitarias, tanto en la decisión de embarcarse en este modo de conformación familiar, como en su futuro. La familia, los/as amigos/as, colegas y la “familia elegida” conformarán la red de sostén y soporte de esta pareja y de los futuros hijos/as.

Los tratamientos serán una verdadera travesía, una situación estresante, diferente a cualquier situación conocida por ellos o ellas; pueden ser más de los esperados y llevar mayor tiempo del imaginado. Es valioso saber cómo imaginan el proceso, sus expectativas de éxito o fracaso, y así poder resaltar en su preparación que no habrá que prepararse solo para la maternidad o paternidad, sino también para la búsqueda del embarazo.

Es fundamental preguntar sobre sus conocimientos respecto de sus condiciones de salud y saber si basaron sus decisiones en estos aspectos o si debieron cambiarlas por algún motivo (económico, de cobertura, laboral, de salud de los gametos o del sistema sexual/reproductor, entre otros).

Son muchas las ideas previas y fantasías que pueden tener; entre ellas, la de una salud y fertilidad garantizada, es decir, que consideren que solo no se ha manifestado por la incapacidad reproductiva de sus relaciones sexuales, lo que lleva a una distorsión del conocimiento sobre su salud general o la de sus gametos y el tipo de tratamiento que podrían realizar; en muchas ocasiones, este cambia radicalmente ante la consulta médica y los resultados de los estudios, lo que obliga a sopesar la situación y a tomar nuevas decisiones sobre posibilidades aún no consideradas. Esta nueva información, un diagnóstico desfavorable, una traba en el cumplimiento de su deseo tal cual como lo habían diseñado pueden generar gran impacto a nivel individual; por ejemplo, en el autoestima de quien pensaba cumplir cierto rol en el tratamiento al no poder realizarlo; y en la pareja, por tener que tomar una nueva decisión para la que alguno/a no se sienta preparado/a o para la que se encuentren en distinto momento. En mi experiencia, he encontrado, incluso, una reactivación del duelo por la heterosexualidad en algunas parejas de mujeres, al igual que fantasías de discriminación o ideas irracionales en relación con fallas reiteradas como “castigo divino” por su orientación sexual.

Respecto de los/as hijos/as, al indagar sobre sus ideas de crianza y aspectos que consideran fundamentales, la historia personal vuelve a ponerse de manifiesto en la educación que pretenden ofrecerles. De acuerdo a diversos/as autores/as (Espinosa, 2005; Romans, 2006; Glocer, 2007; Golombok, 2015), esta abordaría temáticas vinculadas con la diversidad sexual, inculcando el respeto y la apertura para su comprensión, también como modo de reparar las experiencias dolorosas vividas de manera personal. Sin embargo, respecto de la educación sexual, hay una tendencia en las parejas a no hablar sobre estas temáticas hasta que lleguen a la etapa de la adolescencia, lo que reproduce el mismo estilo de educación de la mayoría de las familias heterosexuales; también, a raíz de las experiencias de rechazo que han experimentado, tienden a ocultar su orientación sexual en espacios que involucren a sus hijos/as, ya que consideran que, manteniéndolas ocultas, evitarán que ellos/as sean objeto de discriminación.

Por último, y en relación con el párrafo anterior, me parece fundamental apuntar que estas familias, si bien rompen con la norma heterosexual, no modifican necesariamente la división que la cultura patriarcal ha generado sobre las tareas domésticas, organizadas a partir de una configuración de poder al interior de la familia. Existe, entonces, una tendencia a repetir las modalidades de organización que se observan en la familia heterosexual, de manera que una de las partes asume mayoritariamente las labores domésticas.

Un desafío considerable será el de identificar estos mecanismos a través de un proceso reflexivo, para establecer relaciones más horizontales y crear nuevas formas de vincularse, en función de lograr, así, mayor equidad, procurando relaciones inéditas, igualitarias, sin referentes culturales, pero comprendiendo que no hay necesidad de reproducir los modelos heterosexuales conocidos.

Sobre los/as terapeutas

No es una novedad que trabajar con cierto tipo de pacientes requiere cierto tipo de revisiones personales y que a estas podemos ayudarlas a través de una formación continua, entrenamiento, supervisión y consultoría.

En la formación sobre reproducción asistida, falta aún incorporar aprendizajes sobre los procesos que le pertenecen al colectivo de la diversidad sexual. Considero imprescindible, entonces, el estudio de aspectos sexológicos básicos, que incluyan conocimientos sobre sexualidad en personas del mismo sexo, el proceso de desarrollo de identidades homosexuales y bisexuales y su impacto a diversos niveles, para, principalmente, no caer en el error de quienes creen que, cualquiera sea la demanda, el problema fundamental es la homosexualidad o la bisexualidad, ni en el extremo contrario, el de quienes creen que la orientación homosexual o la bisexual no significan ninguna diferencia con respecto a la heterosexual, lo que resulta en una doble invisibilización. La identidad homosexual y la bisexual tienen rasgos específicos; la meta de nuestro trabajo puede ser, por consiguiente, que asuman y aprecien sus diferencias como reafirmación de sus identidades.

Resulta fundamental conocer y comprender la homosexualidad y la bisexualidad masculinas y femeninas con mayor profundidad, considerar la forma en que nuestras actitudes y conocimientos pueden ser relevantes en el acompañamiento de estas parejas, promover y generar las actitudes y competencias adecuadas en relación con la diversidad sexual, las alternativas de conformación familiar, los prejuicios, la adaptación a la inclusión y a los sentimientos sobre estos grupos de pacientes en nuestros equipos de trabajo para, finalmente, modificar la actitud profesional, promover un lenguaje y una nueva perspectiva inclusiva en nuestro trabajo en el ámbito de la reproducción medicamente asistida.

Conclusiones

Las parejas igualitarias crecen y buscan conformar sus familias a través de las técnicas de reproducción asistida disponibles. El profesional de salud mental puede ofrecer psicoterapia, talleres, asesoramiento y grupos de apoyo; todos ellos serán herramientas para su abordaje. Sin embargo, al igual que en el caso de otras poblaciones específicas, es necesario tener un conocimiento de las particularidades de las trayectorias personales de estos usuarios.

Los/as psicólogos/as del ámbito de la reproducción asistida tienen hoy por delante el desafío de formarse y conocer los aspectos propios del colectivo, además de reforzar el trabajo personal para descubrir, conocer y trabajar, en caso de ser necesario, las ideas, estereotipos y prejuicios personales referentes a las sexualidades normativamente disidentes, en función de ampliar, así, su perspectiva y ofrecer una mejor atención de la salud mental.

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