Nuestra mirada clínica
Flavia Andrea Navés y Rocío Belén Alaniz
Introducción
La organización familiar no es estática; sus cambios a través del tiempo son notables y nos obligan, como profesionales de la salud mental, a revisar las concepciones impregnadas en nuestro imaginario social, así como también las caracterizaciones ideológicas que acompañan y definen nuestra mirada sobre ella.
En la coyuntura actual, los múltiples modelos familiares que permanecían invisibilizados ante la ponderación de un único modelo biparental, heteronormativo y sexo-¿natural? se evidencian, gracias al avance tecnocientífico encarnado en las técnicas de reproducción asistida, a la promulgación de leyes igualadoras de derechos y a su incorporación en el Código Civil y Comercial Argentino. Código que, según afirman Lopresti y Shnaidman (2016), incorpora un modelo legislativo en el que el principio de igualdad jurídica debería relacionarse armoniosamente con el principio de no discriminación para que todas y todos tengan los mismos derechos. Asimismo, incorpora el principio de autonomía, que se caracteriza por otorgar valor a las opiniones y elecciones de las personas absteniéndose de obstruir sus acciones, a menos que produzcan perjuicio a otros. Entonces, respetar el derecho a la autonomía de cada individuo implica respetar la decisión de elegir. Elección individual que, basada en este principio y a la luz de los profundos cambios sociales, de discursos y saberes, muchas veces ha sido menospreciada por los mandatos familiares tradicionales, heteronormativos y patriarcales, que condicionan aún hoy y someten a escrutinio social el modelo familiar que surge de la decisión de una mujer deseante.
No escapa a las raíces de una cultura androcéntrica la mirada inquisidora hacia la mujer que, en el ejercicio de su propia voluntad, se embarca en un proyecto en compañía de ella misma y de quienes decida para transitar la construcción familiar, implicándose en una maternidad que la hace única responsable del sostén afectivo y emocional, de las decisiones sobre la crianza y de la provisión económica como consecuencia de su determinación y no por los avatares del destino o de la decisión de un compañero de abandonar el barco a la mitad de camino.
Mujeres y maternidades del siglo xxi que se alejan del modelo monoparental de familia invitan a los profesionales de salud mental a enriquecer la mirada y ubicar la práctica profesional de psicólogas y psicólogos de cara a las nuevas demandas sociales y culturales.
Sobre estas familias
Si algo caracteriza al patriarcado, es la conceptualización del modelo de familia nuclear biparental como coordenadas teóricas para definir a la familia tipo, único modelo reconocido como legítimo por el orden social establecido en la modernidad. Sin embargo, las sociólogas feministas Andrée Michel, Anne-Marie Estève, Colette Verlhac y Nadine Lefaucheur logran introducir en Francia, a mediados de los años 70, el término “monoparentalidad” con el objetivo de incluir en la categoría de verdaderas familias a los hogares que estaban a cargo de mujeres. El objetivo fue despojar la carga peyorativa atribuida a este modelo familiar y empoderar a la mujer.
Para López (2002), el término “monoparentalidad” solo toma en cuenta la estructura o composición familiar como el principal elemento para definir el modelo de familia, y deja prácticamente por fuera las características del vínculo que une a sus integrantes y la dinámica familiar. Por lo tanto, este término remite a la presencia de un único sostén (económico, emocional y afectivo) en el modelo familiar, sin distinción del género del progenitor. Pero, en las coordenadas sociohistóricas y culturales actuales, este constructo deja por fuera a las madres solteras que eligen serlo recurriendo a la reproducción asistida o manteniendo relaciones sexuales ex profeso para ello (Jociles et al., 2008; Navés, 2018).
En la actualidad, existe la monoparentalidad por elección, una configuración familiar que se deriva de un proyecto de vida personal cuyo eje es tener hijos, proyecto que se origina de forma voluntaria y planeada al margen de la relación de pareja (Jociles, Rivas, Moncó y Villamil, 2010). Cambios en el campo social y demográfico han dado lugar a las modificaciones en el terreno de la familia y se encuentran vinculados a la posición adquirida por las mujeres en los últimos años (Abad et al., 2013). Posiciones subjetivas de las mujeres y también de los hombres del siglo xxi que eligen la maternidad y la paternidad en soltería exigen nuevas definiciones para estos modelos de familia.
A principios del siglo xxi, el término “familias monomarentales” ha hecho su aparición en nuestra sociedad con el objetivo de designar a toda aquella estructura familiar en la que es una mujer quien asume el cuidado de sus hijos; al mismo tiempo, desplaza al término “familias monoparentales” por no resultar neutral desde el punto de vista de género (Avilés Hernández, 2013).
En sintonía con esta autora, consideramos que la monoparentalidad hace referencia al modelo de familia en el que una persona asume la responsabilidad parental, por lo que será el término “monomarental” el que defina la estructura familiar compuesta por una mujer que, haciéndose cargo de su deseo, asume la responsabilidad de ser el único sostén (afectivo y económico) de su descendencia.
En síntesis, el acceso a la maternidad ya no se sostiene en las mismas coordenadas teóricas en las que la relación entre la sexualidad, la reproducción, la filiación y el parentesco garantizaban la constitución de la familia patriarcal (Navés, 2018); como profesionales de la psicología, debemos ser plenamente conscientes de estos cambios. Cambios que dan cuenta del empoderamiento de las mujeres en el siglo xxi, que se refleja en sus tomas de decisiones; como lo es, por ejemplo, elegir ser madres solteras.
Caracterización de las madres solteras por elección
¿Por qué es importante que los profesionales de la psicología podamos diferenciar al modelo de familia monomarental de otros modelos familiares?
Las estigmatizaciones sociales afectan emocionalmente a las mujeres. Esto condiciona la toma de decisiones, ya que, fundamentalmente, estas provienen de la construcción social que estandarizó los roles de cada género. Esta, tal como afirma Dolores Juliano (citada por Frasquet Aira, 2018), canaliza la desconfianza y la agresividad social hacia la sexualidad (y la reproducción) femenina, lo que mantiene vigente el control de la conducta sexual y social de las mujeres.
En este sentido, hemos decidido considerar dos visiones aparentemente contrapuestas sobre las madres solteras por elección. Una visión es la de mujer empoderada y la otra, la de la mujer empobrecida. A la primera, se le atribuye la desvalorización del varón en el entramado familiar, la autonomía económica, el sólido desarrollo intelectual y laboral; se la ilustra empresaria, exitosa, con la “vida resuelta” y se la cataloga de individualista. Es decir que se la considera como una mujer que se lleva el mundo por delante, a la que las normas sociales no la tocan y que se acerca a la maternidad a modo de una conquista personal (de la misma manera que ha conseguido todo en la vida), como un bien material, algo que quiere poseer, sin que medie reflexión y conciencia sobre esa decisión. La segunda, en cambio, es aquella que se quedó sin pareja, a la que se le pasó el tiempo; mujer que soñó siempre con casarse y hoy, con el reloj biológico apremiando, se acerca a esta posibilidad de cumplir, al menos, uno de sus sueños, al modo de “Esto es lo que me quedó”, haciendo frente a la frustración de no haber logrado encontrar una pareja para formar una familia tal como lo hicieran sus ancestros.
Ambas caracterizaciones subsumen el modelo monomarental de familia al modo de conformación familiar tradicional y heteronormativo, lo que deslegitima, así, la decisión personal de las mujeres y pone de manifiesto el androcentrismo aún vigente en nuestra sociedad.
Estas familias –monomarentales– están teñidas socialmente de desventajas. Unas, porque supuestamente están formadas por mujeres que rechazan al varón, a las que se las considera mujeres desnaturalizadas con atribuciones masculinas y que despiertan dudas respecto de su capacidad de maternaje. Las otras, por tratarse de mujeres carentes y con pocas capacidades de “conseguir un hombre”, como una tarea femenina que incluye, además de la crianza, la de proporcionar un padre a sus hijos, que sigue deseando ejercer la maternidad en compañía de un varón, lo que refuerza la importancia masculina y la necesidad de protección y de cuidado.
Sin embargo, en el trabajo diario con estas mujeres, hemos aprendido que no son ni unas ni otras; que, en varias oportunidades, son la misma mujer en distintos momentos; pero que, en todas ellas, el proyecto materno se constituye en una estrategia consciente y planeada, no desprovista de reflexión, que concluye con la visión personal, genuina y auténtica de la maternidad en soltería como legítima y saludable. Ellas son hijas de la misma sociedad que las mira con desdén. La variación respecto de sus características está dada por el grado de empoderamiento conseguido a lo largo del tiempo y depende de variables tales como la edad, la formación, el ingreso económico y la etapa de desarrollo de los proyectos familiares de cada una, es decir, de su dimensión temporal (Jociles et al., 2008). Se hace importante, en este punto, destacar el acompañamiento terapéutico como herramienta que servirá para facilitar el posicionamiento como madre soltera por elección.
Es valioso resaltar, a su vez, que las madres solteras no están solas; en términos prácticos reciben colaboración de su red de sostén, algunas incluso de parejas. Generalmente, su entorno las acompaña en su determinación y las apoyan en este proyecto, ofreciéndose además a colaborar en la crianza. Existe, en muchas de ellas, la necesidad de compartir el proceso con otras mujeres en circunstancias similares, ya que entienden y comparten dudas y temores. Este grupo de pertenencia colabora con la normalización de emociones y permite la expresión de dudas y miedos sobre el proceso que muchas veces no son llevados al espacio terapéutico por el temor a ser evaluadas negativamente y, así, poner en riesgo su tratamiento médico. El encuentro entre pares, incluso, provee de discursos legitimadores de este modelo familiar como vía de acceso a la maternidad y facilita la construcción de un “relato” común para explicar al entorno y, posteriormente, a los niños la construcción de la familia de la que forman parte.
Ellas dicen…
Los siguientes son dichos de Madres Solteras por Elección (MSPE) que surgen de la práctica clínica. Hemos decidido utilizarlos como ejemplos a través de tres categorías con temas que usualmente se trabajan en la consulta: la decisión, el entorno y la edad-vitalidad y/o salud de los óvulos para poder concebir.
La decisión
“Nunca dudé de no ser mamá; no pensaba si sola o con alguien, yo sabía que iba a ser mamá”. “Encontré una foto mía, a los quince años, disfrazada de embarazada”. “Yo quiero ser madre, la circunstancia me llevó a estar sola”. “Recién a los 30 pensé en tener una familia”. “Empecé a pensar la maternidad a los cuarenta”. “Cuando me dijeron que estaba entrando en la menopausia… ahí estalló la búsqueda”. “Descubrí ahora este sentimiento de ser mamá”. El tema de la decisión resulta para nosotras el primer aspecto por considerar. Es importante indagar cómo construyó su idea de maternidad, el medio que utilizará para ser MSPE, el modo en que se aproximó a la consulta, las búsquedas de información que haya realizado, si lo compartió con otros, qué comentarios recibió y qué respuestas elaboró para legitimar su decisión. Nuestro objetivo es comprender mejor el tiempo de desarrollo que lleva este proyecto a fin de validar este recorrido. Y trabajar aspectos como la rigidez de ciertas ideas sobre la familia y el camino personal hacia el encuentro con la maternidad. Solemos encontrarnos con respuestas tan dispares como un deseo presente desde que se tiene memoria y otro solo presente a raíz de una mayor toma de conciencia del fin del tiempo reproductivo. Otro aspecto importante relacionado con la decisión son las motivaciones que fortalecieron e incentivaron la búsqueda. “Yo tenía la imagen de la familia ideal, casada con hijos”. “Tomé la decisión de ser madre soltera… porque esperé serlo de manera normal y no. “Me imaginaba formando una familia, pero nunca funcionó y no me resigno a no ser mamá”. “Me hubiera gustado que fuera de otra manera”. “No tener pareja también es un duelo”.
En muchas ocasiones, la decisión implica una adaptación al proyecto frustrado de ser madre junto a una pareja amada, lo que significará un desafío terapéutico para flexibilizar cogniciones sobre el modelo ideal de maternidad y la consideración de la diversidad familiar no basada en las diferencias, sino en ser MSPE en cuanto, como mencionamos con anterioridad, una decisión auténtica y satisfactoria por sí misma.
“Antes pensaba que, en vez de tener un chico de laboratorio, hay muchos chicos solos que necesitan amor”. “Me dije, basta de buscar un tipo para embarazarme”.
Como se observa en sus dichos, muchas de ellas decidieron entre distintas posibilidades como la adopción, la búsqueda de un hombre con el único fin de lograr un embarazo o acudir a la reproducción asistida.
“Estoy en pareja hace doce años, mi pareja no quiere ser padre”. “Él no quiere ser padre pero comprende que yo sí, apoya que lo intente”. “Mi pareja no quiere tener más hijos, así que lo inicié como un proyecto personal”. Así como el modelo de familia tradicional ha saltado por los aires, también lo ha hecho el perfil de la mujer que afronta la maternidad de este modo. Una situación nueva con la que nos encontramos resulta ser la de las MSPE que sí están en pareja, pero que no cuentan con el apoyo de esta en el proyecto. Estas personas han establecido que maternidad y pareja son dos proyectos vitales que pueden transitarse por caminos separados y que a veces coinciden en el tiempo, pero no suponen ninguna atadura ni son dependientes uno del otro. “¿Podré sola? Hice una lista de amigas disponibles que me pueden ayudar cuando lo necesite”, “Uno no está solo, tiene a la familia y a los amigos. “Me volví a vivir con mi mamá, alquilo mi departamento para tener una entrada mientras tenga que dejar de trabajar y pienso volver después de los primeros meses”.
Consideramos fundamental, además, saber cómo imaginan el proceso, sus expectativas de éxito o fracaso del tratamiento, el planeamiento respecto de los factores sociales (principalmente, al ser el único sostén económico), la calidad de sus redes de sostén emocional y relaciones sociales, sus fantasías sobre la maternidad, y las cuestiones prácticas de su organización diaria, con el objetivo de orientarlas y ajustar estos aspectos a la realidad.
“Tomar esta decisión me costó un montón, pero no sé si pasaría a alta complejidad”. “Uno va dejando la vida, no podes resignar todo lo otro que construiste”. “Hasta los 50, lo que sea”. “No creo que esté lista para también resignar mis óvulos y tener que ir a ovodonación”.
Un tema difícil de abordar, pero necesario, es el de cuáles son sus límites en este proceso y si ha pensado en algún final en que no pueda concretar la maternidad por este medio.
El entorno
“¿Por qué querés ser madre así, sola?”. “Muchos me dicen que el día de mañana mi hijo me va a recriminar que no le di un padre”. “La gente cree que los donantes son padres, es muy difícil que entiendan que no es así”. “No entienden que esté sola, y me preguntan: ‘¿Sos lesbiana?’”. “Los problemas que le vas a trasladar a ese chico”. “Lo que más cuesta es aguantar la ansiedad ajena, y entonces no lo cuento para no responder preguntas, ni escuchar comentarios”. “Qué importante es el apoyo de la familia, qué lindo sería que me apoyaran”.
El entorno juega un papel fundamental, tanto en la decisión de embarcarse en la maternidad soltera por elección, como en su futuro. La familia, los amigos, colegas en el trabajo y desconocidos conforman un medio que se hace presente con la pregunta “¿para cuándo?”, lo que sugiere una edad límite, emite cierta presión social para la maternidad y, a la vez, estigmatiza la decisión a través de la expresión de sus miedos sobre este modo de conformación familiar. El trabajo con el entorno constituye uno de los puntos centrales, principalmente porque constituirá la red de sostén de esta familia. Es importante esclarecer y fortalecer los mecanismos de afrontamiento de estas mujeres ante las estigmatizaciones que posiblemente recaerán sobre ellas por el ejercicio de su voluntad. Sin embargo, muchas veces, cuando quien toma la decisión es un ser querido sobre la que hay depositada confianza y a quien se la ha visto en interacción con otros niños, la cercanía embarca a todos en un proyecto colectivo.
Particularmente, la preocupación por los efectos de la ausencia de un padre es un tema recurrente en el entorno, y la errónea convicción de que la presencia de un hombre es fundamental para el desarrollo saludable del niño es el motivo principal por el que algunas de estas mujeres experimentan el rechazo de las personas que las rodean.
La edad-vitalidad o salud de los óvulos para poder concebir
“Tomé la decisión de ser madre soltera […] porque esperé serlo de manera normal, y no. Ahora estoy en lista de espera para ovodonación”. “El problema soy yo por tener baja reserva ovárica. Debo recurrir a la ovodonación, y me costó muchísimo aceptarlo”. “Me da muchos miedos la ovodonación”. “Ya superé, creo yo, la etapa más jodida del duelo genético, pero todavía me cuesta”. “El camino de la ovodonación es lo más fácil y lo más recomendable, no entiendo por qué me cuesta tanto”. “Estoy viendo qué hacer, procesando la ovodonación”. Son muchas las ideas previas que tienen las MSPE al llegar a la clínica de reproducción, lo que, frecuentemente, distorsiona el conocimiento sobre la salud de sus óvulos y el tipo de tratamiento que finalmente podrán realizar.
La mayor parte de las mujeres que se deciden por los tratamientos de reproducción asistida como método de conformación familiar fundamentan su decisión en el deseo de vivir las experiencias propias de la “maternidad”, abarcando embarazo, parto y la crianza de los hijos. Esta maternidad, deseada a lo largo de muchos años, incluye la ligazón genética con sus hijos como modo de trascender. Es por este motivo por el que la necesidad de la utilización de óvulos de donante para concretar su maternidad, en muchas ocasiones, es vivida como un nuevo duelo que deberán afrontar luego de la pérdida de la “familia” biparental anhelada para tomar la decisión de elegir la maternidad en soltería; maternidad que pone el acento en la experiencia del embarazo y la posterior crianza. Para otras, en cambio, la ovodonación es un límite inquebrantable.
Conclusiones
La desvinculación de la maternidad y el emparejamiento ha dado sus primeros pasos a lo largo de los años y encuentra en las técnicas de reproducción humana asistida y los cambios sociopolíticos y legales el modo de prosperar cada vez más hacia un modo de conformación familiar, como es la maternidad soltera por elección.
Muchas son las mujeres que eligen este camino y variados son los prejuicios sociales que, aún hoy, se erigen alrededor de este modelo que se destaca por desafiar los parámetros de una sociedad androcéntrica, biparental y heteronormativa al ser una mujer la que se ubica en el centro de la escena y decidir, con autonomía, afrontar la responsabilidad de maternar.
Como profesionales de la psicología, debemos acompañar a estas mujeres, considerando los aspectos particulares y las trayectorias personales, hacia la construcción de una maternidad soltera auténtica, basada en una toma de decisiones libre de valoraciones negativas y que legitime este modo de maternar.
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