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1 Presentación del problema y objetivos

Introducción

El tema de la tesis se ubica en el campo problemático del consumo de sustancias psicoactivas, área de conocimiento que ha sido asumida por organismos estatales de los países o Comisiones Nacionales de Drogas, a través de sus Observatorios Nacionales de Drogas, que en Argentina es la SEDRONAR[1]y el Observatorio Argentino de Drogas (OAD). Los Observatorios son las áreas específicas que por lo general se encargan de diseñar, dirigir e implementar los estudios epidemiológicos sobre consumo y abuso de sustancias psicoactivas –estandarizados a nivel regional en sus indicadores principales- para estimar la magnitud y características.

Desde diferentes organismos internacionales especializados en la materia[2] se promueven metodologías para el monitoreo de estos temas, sobre todo en la población general (definida generalmente a partir de los 12 años y hasta los 65 años) y en la población adolescente escolarizada (que normalmente comprende a los y las estudiantes entre los 12 a 17 años), por considerar a estos estudios de referencia básica de las estimaciones de los niveles y patrones de consumo y abuso de sustancias psicoactivas en un país y sus regiones.

Estos estudios epidemiológicos se estandarizan a través de encuestas con cuestionarios de preguntas cerradas y en muestras representativas nacionales e incluso provinciales, lo que permite la comparación no solamente en un país, sino entre diferentes países de la región. De este modo, los indicadores principales, tales como prevalencias, incidencia, frecuencia de consumo, percepción de riesgo, oferta y accesibilidad, tienen una comparabilidad que se extiende a todos los países del continente americano. Los cuestionarios contienen las preguntas para estimar los indicadores poblacionales de consumo –prevalencia e incidencia- según las variables demográficas básicas –sexo y edad-, más otras características de interés, al mismo tiempo que incorpora preguntas que refieren a los factores que intervienen en los consumos, sean para facilitarlo u obstaculizarlo, definidos como los “factores de riesgo y de protección”, que serán analizados en la tesis.

Los informes mundiales y regionales sobre drogas destacan las referencias a una mayor presencia de las mujeres en todos los ámbitos (producción, tráfico, consumo, demanda de tratamiento, encarcelamiento), indicando el impacto diferencial que tiene cada problema en las mujeres, como población con características específicas. La cuestión de género y sobre todo de las mujeres en relación a cada tema de drogas, comienza a tener un lugar relevante en los informes internacionales y es motivo de publicaciones específicas (Arpa, 2017; Benoit & Jauffret-Roustide, 2016; CICAD-OEA, 2019; EMCDDA, 2005; Olszewski et al., 2009; UNODC, 2018a, 2018b; Uprimny Yepes et al., 2016; Villar Márquez, 2014). No se define necesariamente a este comportamiento como una feminización del consumo o del problema de drogas, sino que se advierte sobre una mayor presencia de mujeres y de las particularidades de las mismas en cada ámbito del problema. Se podría ubicar a partir de mediados de la segunda década de este siglo[3] la emergencia del tema mujeres y de la mirada de género, en los temas y problemas de drogas, desde una visión acotada del género, tal como será desarrollado en la tesis.

La tesis que se presenta, centra su atención en el consumo de bebidas alcohólicas, en el consumo excesivo de alcohol y en el consumo de marihuana, en la población estudiante[4] del nivel medio de Argentina que ha sido objeto de los estudios nacionales en una serie temporal en el periodo 2005 a 2011. Específicamente aborda, desde una perspectiva de género, los determinantes de estos niveles de consumo y sus posibles cambios en el periodo, poniendo énfasis en las similitudes y diferencias según los estudiantes sean varones o mujeres y en la metodología para su estudio.

La delimitación del periodo bajo análisis viene dada por las fuentes de información disponibles -los estudios nacionales sobre consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes de enseñanza media en Argentina- y que mantienen la comparabilidad en una apreciable cantidad de variables que refieren a los factores de riesgo y protección, además de los indicadores de consumo, tales como la prevalencia y la frecuencia de consumo (ver capítulo 2). Por otra parte, aun cuando han transcurrido 10 años del último estudio considerado en la serie, se entiende que el análisis de los factores de riesgo y protección, en tanto determinantes de los posibles cambios en los niveles de consumo según género, aportarán información relevante en relación a la metodología empleada para abordar las posibles diferencias entre varones y mujeres que están cursando el octavo, décimo y décimo segundo año del colegio secundario.

1.1 Presentación del problema

1.1.1 Género y drogas

Tal como se menciona anteriormente, en las últimas décadas los informes mundiales y regionales sobre drogas, están remarcando la incorporación sistemática de las mujeres en cada ámbito del problema de drogas, desde la producción hasta el consumo y abuso, al tiempo que señalan la especificidad que tiene el impacto en ellas. En este ámbito de la producción de información y análisis, la cuestión de género implica dar cuenta de las mujeres, su especificidad y sus características en relación a los varones.[5]

En el año 2005, el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías publicó un informe específico sobre las diferencias en los patrones de consumo de drogas entre hombres y mujeres (en inglés refieren a woman – men) (EMCDDA, 2005).[6] En el mismo señala que si bien las tasas de consumo y los pacientes en tratamiento son mayormente hombres, en la población adolescente escolarizada el consumo de éxtasis y de cannabis muestra una tendencia de achicamiento de las diferencias entre hombres y mujeres, fenómeno que se observa en menor medida en la población adulta. También advierte que la oferta de tratamiento se centra en drogas que son de mayor consumo en hombres, como cocaína, opiáceos y cannabis, y que las mujeres que acuden a tratamiento, lo hacen generalmente por consumo de drogas legales, como sedativos, demanda que ocurre a partir de los 39 años.

Desde diferentes informes internacionales, (UNODC, 2018b; Arpa, 2017[7]), remarcan que una de las razones que explica el mayor consumo de drogas ilícitas en los hombres (ambos informes usan los vocablos men – woman), es el mayor acceso que tienen a las drogas, ya que, al controlar la prevalencia de consumo por oportunidad de acceso en varones y mujeres, las prevalencias tienden a igualarse sobre todo en la población joven. Pero existen otras razones de índole cultural vinculadas a la construcción de los estereotipos de género, que establece que el consumo de drogas ilegalizadas[8] tiene alta reprobación para las mujeres, desalentando su consumo y/o generando una sub declaración del consumo de parte de las mujeres ante la posibilidad de ser estigmatizadas (Romo, 2016).

Vinculado a esta condición, el acceso al tratamiento por consumo de drogas se ve mayormente obstaculizado para las mujeres en el marco de una deficiencia en la oferta de servicios de atención y de problemas diversos vinculados al acceso al tratamiento en cualquier usuario problemático de drogas, sea hombre o mujer (EMCDDA, 2006). En este sentido y como expresión de un problema global, el Informe Mundial sobre drogas (UNODC, 2018a) advierte que de casi 31 millones de personas que padecen trastornos por el consumo de drogas, uno de cada seis recibió algún tratamiento para enfrentar este problema en el año 2016, siendo una cifra baja y constante en los últimos años. Y según el Reporte de International Narcotics Control Board (United Nations, 2017), en 2016 a nivel mundial las mujeres representan un tercio de las personas que abusan drogas, pero son sólo un quinto del total de personas en tratamiento. En este informe se mencionan las barreras estructurales, culturales y personales que concluyen en procesos de estigmatización del consumo de drogas ilícitas en las mujeres y denuncia la falta de servicios de atención que contemplen sus necesidades específicas, más aún si son madres con niños y niñas que requieren su cuidado y/o cuando están embarazadas.

Otro aspecto a resaltar como especificidad de las mujeres que usan drogas, es la violencia que se ejerce sobre ellas, que se exacerba en el caso de las trabajadoras sexuales, las que viven en situación de calle o las que pertenecen al colectivo LGBTQIA+[9] (Benoit y Jauffret-Roustide, 2016).[10]Estas autoras también señalan otros espacios de violencia contra las mujeres que consumen drogas, como el ámbito familiar, los espacios específicos de consumo de drogas en donde sufren abusos sexuales, cuando son víctimas de trata y la violencia institucional que ocurre en las estaciones de policía, los centros de detención y los centros de tratamiento cuando son mixtos. Es importante resaltar que tanto varones como mujeres trans con consumos problemáticos de cualquier droga, sea ilegalizada o no, padecen estigmatización y hasta situaciones de violencia en los servicios de salud, muchos de los cuales no están debidamente preparados para dar asistencia específica a esta población, y menos aún, espacios residenciales para tratamientos específicos.

En cuanto a las razones del inicio del consumo de drogas en las mujeres, se mencionan la experiencia de violencia familiar en la niñez y la convivencia o el tener parejas –generalmente varones- con consumo de drogas. También es relevante el consumo de la pareja varón para el sostenimiento del propio consumo o incluso como razón de una recaída y resulta más evidente la impronta de estos vínculos respecto del uso de drogas inyectables, patrón de consumo que las coloca en un lugar de mayor riesgo cuando ellas no deciden sobre la secuencia del uso de jeringas, quedando generalmente a posteriori del uso por parte de sus parejas hombres. (UNODC 2018a, Olszewski et al., 2009). En el estudio Guidelines on Drug Prevention and Treatment for girls and women (UNODC 2016) se señala que la brecha de género en el consumo de drogas tiende a cerrarse en la adolescencia y tomando como fuente de información a diferentes estudios realizados en niñas, niños y adolescentes en Europa y en Estados Unidos, concluye que existen una serie de factores que pueden favorecer el consumo de drogas que son diferentes según sean hombres o mujeres, cuestiones que retomaremos en el capítulo 3.

En relación al involucramiento de las mujeres en la producción y tráfico de drogas, el incremento de la tasa de encarcelamiento en ellas en los países de América Latina y el Caribe por delitos vinculados a drogas, indica que las mujeres han aumentado su participación en estas actividades. Según datos del Institute for Criminal Policy Research (citado en WOLA et al., 2016), entre los años 2000 a 2015, la tasa de encarcelamiento de mujeres por delitos vinculados a drogas se incrementó un 51,6% mientras que la de los hombres fue del 20%. Pero hay que considerar que desde 1950 a la fecha, también hubo una mayor tipificación de conductas en las leyes de drogas, lo que algunos autores han definido como “adicción punitiva” con una mayor desproporcionalidad de penas en relación a otros delitos, que afecta tanto a varones como a mujeres (Uprimny Yepes y Parra Norato, 2012).

De modo resumido, las mujeres están consumiendo más drogas que antes y se profundizan los obstáculos para el acceso de las mismas a tratamiento; también participan en mayor medida que antes de las actividades de producción y tráfico, que ante el endurecimiento de las penas y mayor control de las fuerzas de seguridad, se traduce en un incremento del encarcelamiento que profundiza los problemas aparejados a esta situación, ya que ellas por lo general están al cuidado de hijos e hijas, de personas mayores y de otras a cargo y son el sustento económico del hogar, muchos de ellos monoparentales (WOLA et al., 2016). En tanto que los varones siguen teniendo los niveles de consumo (prevalencias) más altas en la mayoría de las drogas, sobre todo en las ilegalizadas, sin desmerecer sus consumos de bebidas alcohólicas, lo que se traduce en mayor demanda de tratamiento; también son quienes llevan adelante principalmente las actividades de producción, tráfico y comercialización de drogas y quienes representan más del 80% de la población privada de libertad, por cualquier delito y específicamente por los delitos tipificados en las leyes de drogas.

En Argentina los estudios en la población general comprendida entre los 12 a 65 años, indican que la prevalencia de mes de bebidas alcohólicas se mantuvo estable entre los años 2008 y 2010 en el orden del 50%, pero el consumo abusivo de alcohol,[11] entre las personas que tomaron alcohol en el último año, en las mujeres creció del 4,5% al 6% mientras que en los varones se mantuvo estable alrededor del 19% y este crecimiento del consumo problemático de bebidas alcohólicas en las mujeres se observa a partir de los 30 años. En relación al consumo de tabaco, entre los años 2004 al 2011 se redujo la prevalencia de mes del 33,5% al 29,1% y la disminuyeron tanto los varones como las mujeres, pero el descenso fue más pronunciado en ellas (4 puntos de porcentaje vs 2 puntos los varones) (OAD, Ahumada, 2012).

Por otra parte, según el Estudio nacional de pacientes en centros de tratamiento del año 2010, el 81,9% son varones y un 18,1% mujeres y los patrones de consumo son distintos según género: los hombres tienen un perfil de poli consumo mayor que ellas y los consumos problemáticos por los cuales buscaron tratamiento refieren, por orden de importancia, a cocaína (39,2%), alcohol (19,1%), marihuana (11,4%) y pasta base (10%). La demanda de tratamiento realizada por las mujeres indica un peso diferente de las drogas de abuso: cocaína (34,7%), alcohol (26,9%), tranquilizantes (8,7%) y marihuana (7,1%). Es decir, que la demanda de tratamiento por problemas de consumo con drogas de curso legal en las mujeres representa el 35,6% y en los varones el 19,1%. De todas maneras, es importante notar que el perfil de consumo en las mujeres va cambiando, incorporando más drogas en su historial de consumo y en menor tiempo,[12] tal como también lo han hecho los varones con problemas de consumo de drogas. Las estimaciones sobre morbilidad aguda vinculada al consumo de sustancias psicoactivas, estimada a partir de los estudios nacionales en salas de emergencia,[13] indica un crecimiento en el periodo 2003-2012 del 34,5%, en los hombres del 38,1% y en las mujeres del 24,4% (OAD-SEDRONAR, Ahumada 2012).

El análisis de los datos presentados en los párrafos anteriores, que han focalizado en los cambios observados en Argentina en la primera y segunda década este siglo, muestra que, en un sostenido marco de mayor consumo por parte de los varones, principalmente de alcohol y de las drogas ilegalizadas, las mujeres van adquiriendo patrones de consumo similares a ellos, como un incremento en el consumo problemático y un aumento de la cantidad de drogas incluidas en las trayectorias de consumo. La tendencia indica que lo hacen de un modo acelerado y es por ello que las consideraciones de género abren preguntas sobre sus determinantes, sus modos específicos de consumo y los impactos que tienen o puedan tener en la salud personal y en los espacios sociales y familiares. Cuando se analizan los indicadores generales de prevalencia, patrones de consumo, trayectorias de consumo en personas que presentan un consumo problemático de drogas y el perfil de la demanda de tratamiento, los resultados arrojan por lo general una descripción del perfil masculino por su primacía estadística, por lo tanto, es necesario abrir y diferenciar la información según género para dar cuenta, al menos, de las mujeres y de los varones de modo diferenciado, tal como se plantea en los capítulos 2 y 3. Digo al menos, ya que en los sistemas de información sobre drogas nacionales e internacionales, se asume un esquema binario del sexo-género y sólo considera hombres o varones y mujeres.

Lo comentado hasta ahora hizo hincapié en la población general y cuando el análisis lo permitió y los respectivos documentos de referencia lo resaltaron, se manifestó que los cambios en las brechas de consumo se están observando en la población adolescente y joven, más que entre la población adulta. En relación al tema de esta tesis, el consumo de sustancias psicoactivas es central la población joven, específicamente en los y las adolescentes, ya que entre los 13 a 15 años se encuentra el promedio de edad de inicio en el consumo de alcohol y tabaco, y un poco más marihuana, siendo las drogas de mayor consumo en esta población. La evidencia nacional[14] e internacional[15] alcanzada a partir de los estudios nacionales en población general, elaboran este indicador y muestran homogeneidad sobre la relevancia de la adolescencia como etapa en la cual se inician los consumos, sobre todo de bebidas alcohólicas, tabaco y marihuana.

La adolescencia entendida como fase específica del curso de la vida se ubica entre los 10 a 19 años, según la Organización Mundial de la Salud, y se diferencian dos etapas: la adolescencia temprana, entre los 10 a 14 años y la adolescencia tardía, entre los 15 a 19 años. Debido a los importantes cambios físicos, cognoscitivos y sociales que se experimentan en esta fase de transición al mundo adulto, esta etapa se caracteriza por un alto grado de vulnerabilidad (Programa Nacional de Salud Integral en la Adolescencias, 2016). Desde los programas sociales y los vinculados a la salud, se entiende que la “adolescencia es un momento muy adecuado para efectuar con éxito las acciones de promoción del desarrollo y la prevención de problemas que tendrán repercusiones más severas durante la adultez si no son abordados a tiempo” (Escobar et al., 2018:100).

De este modo, la adolescencia se configura como una etapa relevante en la vida de las personas y por lo mismo, desde los programas nacionales e internacionales de investigación y prevención del consumo de sustancias psicoactivas, está definida específicamente como “población objetivo” -en el marco de la epidemiología del riesgo- y, por lo tanto, es central su caracterización y monitoreo. Este conocimiento se centra en dimensiones -personal, familiar, social- con el objetivo de monitorear las conductas en relación al consumo de sustancias psicoactivas (Capítulo 3).

Los estudios nacionales estandarizados a nivel internacional focalizan en aquellos y aquellas adolescentes que se encuentran insertos en el sistema educativo, por razones de cobertura (la mayoría de ellos/as están en los establecimientos educativos durante al menos, de tres a cinco años en esta etapa vital) y por razones metodológicas (por la eficiencia del muestreo bietápico utilizado en los estudios y porque es una población que puede ser comparable en el tiempo sin mayores dificultades).

A nivel regional, el informe del Observatorio Interamericano de Drogas de la CICAD-OEA (CICAD-OEA, 2019), presenta datos de consumo de las personas adolescentes escolarizadas de 33 países, destacando que las sustancias psicoactivas de mayor consumo son bebidas alcohólicas, tabaco y marihuana, y en varios países caribeños, cobra relevancia el uso de sustancias inhalables. El análisis de las prevalencias según género, indica que en algunas sustancias como alcohol e inhalables, los consumos son similares entre varones y mujeres. Mientras que cuando se analizan las tendencias de alcohol y de marihuana en los países que tienen más de tres estudios comparables y, por lo tanto, permite observar casi una década, la tendencia muestra un achicamiento de las diferencias en las tasas de consumo según género.

Puntualmente, según los datos del informe citado, en relación al consumo de bebidas alcohólicas en el último mes, en nueve países las estudiantes mujeres consumen más que sus pares varones, en 16 países tienen prevalencias similares y la tendencia observada en 20 países indica que en 16 de ellos las diferencias entre géneros se achicaron en un periodo de alrededor de 10 años. El consumo de sustancias inhalables indica que, en 10 países de 31 con información, las estudiantes mujeres tienen prevalencias del último año superiores a los estudiantes varones y en 7 los consumos son similares. La práctica de fumar tabaco está descendiendo sistemáticamente en la última década en todos los países de la región de los cuales se tiene información. En ocho países de la CELAC[16] las y los adolescentes escolarizados fuman en menor medida y las diferencias de género han disminuido. El consumo de marihuana continúa siendo una práctica mayoritariamente de varones según datos de 32 países de la región CELAC y las diferencias de género son de cinco puntos o menos de porcentaje en la mayoría de ellos, solamente en cuatro se extiende esta diferencia a diez puntos o más. Analizada la tendencia en diez países, en sólo dos países las prevalencias y las diferencias según género son estables. En los otros ocho países, el consumo de marihuana se incrementa y en cinco las diferencias de género disminuyen y en los tres restantes se mantienen estables.

En Argentina se observa un fenómeno similar, las y los estudiantes del nivel medio han incrementado sus niveles de consumo, tanto de bebidas alcohólicas, de su consumo excesivo o binge y de drogas ilegalizadas, especialmente marihuana, desde que el fenómeno ha sido estimado. Puntualmente y en relación al periodo que será objeto de análisis específico en la tesis, entre el año 2005 al 2011,[17] el cambio de prevalencias de consumo de mes de bebidas alcohólicas es, en estudiantes varones del 49,6% al 50,9% y en las mujeres del 43,1 al 47,3%. Por otro lado, proporción de estudiantes varones que tomaron bebidas alcohólicas de un modo excesivo o binge, representan el 55,9% en 2005 y el 67,9% en 2011, mientras que en las mujeres se incrementa del 44,8% al 59,2% respectivamente. Finalmente, las tasas de consumo del último año de marihuana crecen del 8,1% al 14,1% en los estudiantes varones y del 5,4% al 6,9% en las estudiantes mujeres en igual periodo.

1.1.2 Sobre los determinantes del consumo de sustancias psicoactivas en adolescentes

Los análisis realizados en Argentina sobre los cambios en las prevalencias y los factores de riesgo y protección asociados a las mismas en los y las estudiantes del nivel medio, avanzaron en la descripción del consumo de marihuana, cocaína e inhalables asociados a la mala percepción sobre el futuro de las condiciones socioeconómicas de la familia y sobre la posibilidad de realizar un proyecto personal, entre 2001 a 2009. También para igual periodo, se analizaron las tendencias de las variables consideradas como importantes factores de riesgo, tales como la baja percepción del riesgo, la oferta y accesibilidad de drogas ilegalizadas, la curiosidad de probar drogas y la decisión de hacerlo de tener la ocasión.

Los resultados encontrados muestran la relación entre la percepción de riesgo y el consumo de sustancias: mientras decrece la percepción de gran riesgo del uso ocasional y se incrementa notablemente la percepción de ningún riesgo de marihuana, crece el consumo (prevalencia de año de marihuana) y, mientras la prevalencia de consumo de bebidas alcohólicas tiene una tendencia inestable en el periodo, con subas y bajas, la percepción de gran riesgo de beber frecuentemente se mantiene en alza. De todas maneras, es mayor el consumo entre quienes piensan que no es grave o es poco grave el consumo frecuente de bebidas alcohólicas. Respecto del consumo excesivo de alcohol, la prevalencia observada de acuerdo a los grupos de opinión sobre el riesgo del consumo frecuente (ningún riesgo, leve, moderado, gran riesgo y no sabe), siempre es alta, pero más elevada aún -con diez puntos de porcentaje más- entre quienes consideran que beber frecuentemente no tiene ningún riesgo o bien, que el mismo es leve (Ahumada y Cadenas, 2010). De igual modo el documento presenta las tendencias de los demás factores analizados y su relación con las prevalencias específicas, pero siempre considerando a todos los y las estudiantes, sin diferenciar según género.

Otro análisis, pero con una estrategia diferente, se presentó en el año 2008 y consideró los datos de la Encuesta nacional a estudiantes de enseñanza media sobre consumo de sustancias psicoactivas del año 2007. Este estudio, realizado desde el OAD-SEDRONAR, consideró analizar los determinantes del consumo de alguna droga ilícita en esta población y utilizó un modelo de regresión logística, que permitió evaluar el grado de asociación de 28 variables con el consumo de alguna droga ilícita (Cadenas y Ahumada, 2008). Son las variables que estaban disponibles en el cuestionario y refieren a condiciones personales, al ámbito escolar, al cuidado parental, al grupo de pares, a la percepción de riesgo del consumo de drogas, a la oferta y accesibilidad a drogas ilegalizadas y al consumo de alcohol y tabaco. Los resultados indicaron la relevancia de unas variables sobre las otras en la determinación del consumo de alguna droga ilícita, pero analizados los y las estudiantes conjuntamente, sin diferenciar por género. Dado que utiliza las mismas variables que se analizan en la tesis y con una estrategia analítica similar, se sintetizan algunos de sus resultados: sobre la condición de actividad económica de los estudiantes según el análisis realizado, los y las adolescentes que no trabajan además de estudiar tienen menor riesgo (estimado en un 22%) de consumir alguna droga ilícita en relación con los que sí lo hacen; a medida que disminuye el monto de dinero disponible por mes, el riesgo de consumo de alguna droga ilícita es menor (aproximadamente de un 51%) en relación a la mayor disponibilidad de dinero; el riesgo de consumir alguna droga es menor para los y las escolares que consideran “probable” terminar el secundario en relación con los que consideran “imposible” concluir los estudios. El impacto de los factores de la dimensión escolar en el consumo de alguna droga ilícita, fueron los siguientes: quienes nunca repitieron algún curso tuvieron un 46% menos probabilidad de consumo y quienes repitieron una vez, un 16% en relación a quienes repitieron dos o más veces; quienes consideran que el colegio es exigente académicamente tienen casi un 65% menos de probabilidad de consumir drogas ilícitas; quienes nunca o pocas veces tuvieron problemas de comportamiento o de disciplina en el colegio tienen un 83% y 53% menos probabilidad de consumir, respectivamente y finalmente, en los y las estudiantes que no faltan con frecuencia al colegio, la prevalencia de consumo baja algo más del 40%. La percepción de riesgo del consumo de drogas también está vinculada a la actitud, y ambas, actitud y percepción de riesgo dependerán del tipo de drogas.[18] Al respecto, aquellos y aquellas que no sienten curiosidad por probar alguna droga ilícita o que no probarían si tuvieran la ocasión, disminuyen la probabilidad del consumo de alguna droga ilícita en más del 90%. Y el riesgo de consumir alguna sustancia es 73% menor en los y las adolescentes que consideran un riesgo “moderado” con respecto a quienes consideran que no existe ningún riesgo, o bien, que no saben.

Los resultados del estudio que estamos comentando, pero referidos a las dimensiones del entorno y accesibilidad, son los siguientes: la probabilidad de consumir alguna droga ilícita en adolescentes en cuyo entorno no se encuentren personas consumidoras de alguna sustancia, disminuye en casi un 80%, y la presión del grupo de pares se expresa en la reducción de casi el 59% de probabilidad de consumo de alguna droga ilícita cuando los amigos y/o amigas desaprueban el uso de marihuana. A medida que a los y las estudiantes les resulta difícil o imposible el acceso a drogas como marihuana, cocaína, pasta base o éxtasis, aumenta desde un 23.4% a casi un 75% la probabilidad de no consumir alguna droga ilícita, en relación a quienes respondieron que les resultaría fácil acceder. Por otro lado, la probabilidad de consumir disminuye en más del 91% en los y las estudiantes que no recibieron oferta de marihuana, en relación con la de quienes recibieron oferta de marihuana. Finalmente, quienes también recibieron oferta de otras drogas tienen una mayor probabilidad de consumir en relación a aquellos y aquellas que no reciben oferta, en cuyo caso el riesgo disminuye en un 40%.

Sobre el impacto que tienen los siete componentes de la escala de atención parental en el consumo de alguna droga ilícita en los y las estudiantes de Argentina en el 2007, se pueden detallar: en escolares cuyos padres-madres “a veces no saben” o “casi siempre o siempre saben” en dónde se encuentran ellos o ellas, la probabilidad de consumir alguna droga ilícita disminuye en relación a quienes dijeron que “nunca o casi nunca saben dónde estoy”; el conocimiento que los padres-madres o alguno de ellos tienen respecto de los programas de TV que miran sus hijos e hijas está relacionado con la predisposición al consumo, de modo que en estos casos el riesgo de consumo disminuye en un 25% en relación a quienes no tienen esta supervisión; la atención sobre lo que sus hijos e hijas hacen en el colegio reducen casi un 27 % la probabilidad de consumo de alguna sustancia ilícita, en relación a quienes no tienen esta atención; cuando los y las adolescentes comparten la mesa –para desayunar, almorzar, merendar o cenar- con sus padres-madres o alguno de ellos casi todos los días, el riesgo a consumir alguna droga se reduce desde un 53 % y 70%, en relación a cuando lo hacen menos días o ningún día. Por otro lado, el control de horario de llegada a la noche los fines de semana parece tener un peso algo mayor como factor de protección, que el conocimiento sobre el lugar a donde acuden. Los resultados muestran una disminución del riesgo de consumo de alguna droga ilícita de casi el 50% en el primer caso y algo menos del 30% en el segundo, en relación a las actitudes de no cuidado.

A partir de los datos del Estudio nacional en estudiantes de enseñanza media del año 2011, se retoma el análisis de tendencia de las prevalencias de consumo y de los factores de riesgo desde el año 2001 a 2011 (OAD-SEDRONAR, Ahumada 2012), proponiendo una estrategia analítica de la tendencia del consumo excesivo de bebidas alcohólicas o consumo binge y del consumo de alguna droga ilícita[19] según grupos de estudiantes que están en condiciones de riesgo y de protección. Es decir, se analizaron los cambios en las prevalencias del consumo binge y del consumo de alguna droga ilícita, en los grupos de estudiantes que repitieron y que no repitieron cursos; que tienen alto y bajo desempeño escolar; que tienen alta o baja contención parental y que tienen buenas o malas expectativas de realizar un proyecto personal a futuro. El análisis arrojó importantes consideraciones sobre cómo las prevalencias de consumo son significativamente distintas según los grupos de riesgo y de no riesgo, incluso muestra cómo entre la población escolar con consumo binge se disipa la magnitud de las diferencias según estos grupos, pero el análisis considera a toda la población escolar, sin diferenciar según género.

Para profundizar el conocimiento sobre las prácticas de consumo en los y las adolescentes escolarizados en el país, se orientaron[20] tres estudios cualitativos. Uno buscó explorar los patrones de comportamiento y los imaginarios y representaciones sociales que fundamentan las prácticas de consumo de alcohol en estudiantes y comprender la formación y reproducción de modelos culturales en relación al género (OAD-SEDRONAR, Arizaga, 2005). En otro se profundizó el análisis sobre el anclaje del consumo de sustancias psicoactivas en el entramado simbólico de la cultura del consumo y se indagaron las percepciones y representaciones sociales que los y las adolescentes poseen respecto a sus consumos culturales, el uso del tiempo libre y el uso del espacio como componentes de estilos de vida que conforman y responden a identidades sociales juveniles (OAD-SEDRONAR, Arizaga, 2009). Y el tercero centró su análisis en la idea de proyecto de vida como factor de protección al consumo de drogas y su relación con dos instituciones clave en la conformación de la identidad, la escuela y el trabajo (OAD-SEDRONAR, Arizaga, 2010). De este modo, los estudios abordaron las dimensiones y variables que estaban y están incluidos en los estudios epidemiológicos aportando reflexiones para la mejor comprensión de los determinantes de los consumos en los y las estudiantes, aunque la perspectiva de género no es el eje central en los estudios.

1.2 Objetivos

A partir de lo descrito y partiendo del conocimiento alcanzado sobre la población adolescente escolarizada en Argentina en relación al consumo de sustancias psicoactivas, la tesis formula nuevas preguntas desde una mirada de género, que indaga sobre las posibles diferencias entre los estudiantes varones y mujeres, respecto de su tendencia, su modalidad de consumo y sobre los factores o variables que impactan en esos consumos. Específicamente y partiendo de la información disponible, se busca profundizar este conocimiento respecto del consumo de bebidas alcohólicas, del consumo excesivo de alcohol y del consumo de marihuana, por ser las dos sustancias de mayor impacto y de expansión en las prácticas de consumo adolescente.

Se propone un análisis de las tendencias y de los determinantes del consumo –factores de riesgo y de protección- en base a los estudios poblacionales, asumiendo una mirada que problematiza estos análisis desde el género, y formula las siguientes preguntas: según los estudios nacionales de consumo de sustancias en adolescentes escolarizados en Argentina, ¿han cambiado significativamente los niveles de consumo de bebidas alcohólicas, del consumo excesivo de alcohol y del consumo de marihuana en las mujeres y en los varones?, ¿Cuáles han sido los determinantes o los factores de riesgo según género, es decir, se encuentran diferencias significativas según sean varones o mujeres?, ¿Cuáles son esas diferencias? ¿Cómo se combinan los impactos del riesgo-protección según la edad de los y las estudiantes?

Si bien la población bajo análisis es homogénea desde el punto de vista de la etapa vital en la cual se encuentran, que es la adolescencia, al interior es posible diferenciar tres grupos etarios que son importantes en el análisis de los consumos de sustancias psicoactivas. Si consideramos las categorizaciones de la Organización Mundial de la Salud entre adolescencia temprana y tardía, el diseño muestral de los estudios bajo análisis nos permite diferenciar dentro de la adolescencia tardía dos niveles: las personas comprendidas entre los 15 y 16 años (que generalmente están cursando el décimo año de escolaridad) y las de 17 años y más, que en el caso de esta población escolarizada comprende mayormente 17 y 18 años y están cursando el duodécimo año de escolaridad. El análisis de la adolescencia temprana queda acotada a los 13 y 14 años, siendo las edades que mayoritariamente se encuentran cursando el octavo año de escolaridad. La evidencia nacional e internacional que venimos citando indica que las prevalencias de consumo se incrementan conforme aumenta la edad de los estudiantes, observada desde los grados o años de cursado. El importante salto en las tasas de consumo ocurre entre el octavo y décimo grado y los cambios en los niveles y patrones de consumo observados a través del tiempo, comienzan a indicar cierta similitud entre los y las adolescentes a partir de los 15 años,[21] por lo tanto, una hipótesis que guía la estrategia analítica de la tesis es encontrar diferencias en las tendencias y en los determinantes del consumo no solamente según género, sino también según la edad de esta población, observada a partir del grado de cursado.

Entonces, el objetivo general de la tesis es, desde una perspectiva de género, caracterizar los consumos de bebidas alcohólicas, del consumo excesivo de alcohol y del consumo de marihuana en los y las adolescentes escolarizados de Argentina, sus posibles determinantes y evaluar los cambios en el periodo 2005 a 2011. El objetivo buscado entonces, implica asumir las problematizaciones de una mirada de género[22] sobre fenómenos que no han sido pensados, -en la búsqueda de sus indicadores, de sus manifestaciones- desde esta perspectiva, siendo un desafío de esta tesis. Esto es, indagar sobre las diferencias entre varones y mujeres, buscar la especificidad de las mujeres y de los varones proponiendo una estrategia analítica a partir de las fuentes secundarias que pueda situarlos en sus contextos[23] y adicionalmente, problematizar el modo de registro de la información sobre género y sobre algunas variables definidas como factores de riesgo y protección. Se define entonces, que como objetivo específico se busca identificar las limitaciones que el cuestionario estandarizado de recolección de la información tiene, respecto del registro de las condiciones de género como así también del rendimiento estadístico de las variables/preguntas consideradas factores de riesgo-protección, o al menos en el modo en que han sido incorporadas en el cuestionario.

Respecto de las consideraciones de género, el punto de partida es considerar que la variable sexo, con las categorías de respuesta masculino y femenino en un cuestionario a ser aplicado en una encuesta poblacional, es un registro que indica algo del género, entendiendo que hay procesos sociales y culturales en estas definiciones o posicionamientos. En relación a lo que implica el sexo, no es posible encontrar categorías universales y fijas, ni desde la biología ni desde las prácticas sociales, y en este sentido Foucault define al sexo como una categoría normativa o con ideal regulatorio, funciona como norma y regla y su materialización se impone y se logra –a veces no- mediante prácticas sumamente reguladas (Butler, 2002). “Los cuerpos son demasiado complejos para proporcionar respuestas definidas sobre las diferencias sexuales” y la concepción binaria del sexo varón y mujer, establecida como hegemónica, también es el resultado de un proceso histórico en el cual la ciencia, los científicos y en el marco de un paradigma establecen marcos interpretativos (Butler, 2002; De Lauretis, 1989; Fausto Sterling, 2006; Laquer, 1994; Rubin, 1989; Scott, 2008).

En el caso específico del objeto de análisis de esta tesis, la incorporación de la variable sexo (masculino y femenino) en los cuestionarios de las encuestas para adolescentes escolarizados, permite el procesamiento y análisis diferenciado para ambos grupos de todas las variables que comprende el estudio. Se podrían enmarcar estos análisis dentro de la categoría de estudios descriptivos de género que menciona Scott (2008), en los cuales se muestran los fenómenos o realidades sin que se les atribuya ningún tipo de interpretación o explicación. Definición que, desde mi perspectiva, permite incorporar a una serie relevante de información contenida en bases de datos sobre fenómenos poblacionales –condiciones de salud, educación, mercado laboral, registros de mortalidad, etc.- en estrategias de análisis que busquen dar respuesta a preguntas pensadas desde el género.

Entonces, en el diseño de los cuestionarios utilizados en estos estudios, aun cuando no se pensaron las preguntas con perspectiva de género en el sentido de pensar preguntas específicas para las mujeres y para los varones, existe un supuesto de que les ocurren cosas diferentes. Las preguntas fueron escritas utilizando el clásico masculino “neutro”, tanto para estudiantes varones como para estudiantes mujeres, bajo el supuesto que tendrían la sensibilidad de captar un aspecto de las vidas de ellos y ellas, que estaba relacionado al consumo de drogas.[24]

Respecto de los factores de riesgo y protección, la investigación epidemiológica sobre el fenómeno del consumo de sustancias psicoactivas, se ha centrado desde hace décadas en conocer cómo se inicia y como progresa el consumo y abuso de drogas (NIDA, 2003). Y en la medida en que se fueron identificando, a partir de modelos estadísticos sobre muestras poblacionales, de estudios de cohortes y de otras fuentes de información clínica, los factores que promueven u obstaculizan los consumos, se consolidaron en tanto factores de riesgo y de protección. “Se entiende por factor de riesgo un atributo y/o característica individual, condición situacional y/o contexto ambiental que incrementa la probabilidad del uso y/o abuso de drogas (inicio) o una transición en el nivel de implicación con las mismas (mantenimiento). Por factor de protección un atributo o característica individual, condición situacional y/o contexto ambiental que inhibe, reduce o atenúa la probabilidad del uso y/o abuso de drogas o la transición en el nivel de implicación con las mismas” (Becoña Iglesias, 1999:24), definición con la que hay un amplio acuerdo internacional (Bejarano et al., 2011; Cleveland et al., 2009; Graña Gómez y Muñoz-Rivas, 2000; NIDA, 2003; Home Office, 2007; OEA-CICAD, 2004; Sloboda et al., 2012; UNODC, 2013). También hay un importante acuerdo sobre cuáles son los dominios en los cuales se observan estos factores: el personal o individual, el familiar, el grupo de pares, la escuela, la comunidad.

Esta conceptualización ha sido criticada desde la corriente teórica denominada corriente de la medicina social que elabora una epistemología crítica, proponiendo los conceptos de procesos destructivos o deteriorantes a los que provocan un deterioro o desmejora en la calidad de vida y procesos protectores o benéficos a los que contribuyen favorablemente. Considera que no hay procesos destructivos y otros protectores, “sino que los procesos de vivir devienen en destructividad o en protección, según las relaciones sociales que operan en distintos dominios como el más general de la sociedad en su conjunto, el particular de grupos o el singular de las personas en su cotidianeidad” (Breilh: 2003:72). Desde este marco, se elabora una crítica a la epidemiología del riesgo (Ayres, 2005; Breilh, 2003; Ayres, et al., 2012b), planteos que se retomarán en la tesis en la medida en que brindan elementos para la reflexión sobre la metodología utilizada.

La pregunta de investigación que orienta esta tesis, al menos la pregunta inicial, es una pregunta cuyas respuestas se buscarán en fuentes de información que corresponden a estudios enmarcados en la epidemiología del riesgo, y las respuestas que se encontrarán deben ser entendidas en el marco de ese paradigma. Ayres describe que la consolidación de la epidemiología del riesgo ocurre cuando el objeto de la epidemiología deja de ser las enfermedades infecciosas y empiezan a ser las enfermedades crónicas y, por lo tanto, tiene como tarea “descubrir” las relaciones causales o la menos sugerir los vínculos causales que están presentes en su aparición. La expresión de riesgo remite a la idea de peligro, amenaza, “acto o efecto de un acontecimiento incierto y potencialmente indeseable” (Ayres, 2005:123).

De este modo se configuran los factores causales o factores de riesgo de las comunidades, familias e individuos, que expresan las probabilidades de sufrir un trastorno, enfermedad o problemas y los vuelve más vulnerables (Breilh, 2003). En este marco, la epidemiología tiene como función conocer y estimar la ocurrencia de estos factores de riesgo y establecer matemáticamente el nivel de asociación con las enfermedades o problemas.

Específicamente, el desarrollo de la tesis busca:

Caracterizar desde una mirada de género, los consumos de bebidas alcohólicas, el consumo excesivo de alcohol y el consumo de marihuana en los y las estudiantes del nivel medio de Argentina y los posibles cambios entre en el periodo 2005 – 2011.

Caracterizar los posibles determinantes de los consumos según género y los posibles cambios en el periodo.

Identificar las limitaciones que el cuestionario utilizado respecto del registro de las condiciones de género y del rendimiento estadístico de las variables/preguntas consideradas factores de riesgo-protección.

Es importante remarcar que la elección del periodo bajo análisis viene dada por los estudios disponibles y que serán fuente de la información que se analiza en la tesis. Tal como especifiqué en la referencia en el pie de página 16, en Argentina los estudios en población escolar sobre consumo de sustancias psicoactivas, de alcance nacional y comparables en el tiempo, se realizaron a partir del 2001 y el último disponible es el del año 2014, pero las condiciones de mayor comparabilidad de los factores de riesgo y de protección y de los indicadores de consumo que se analizan en la tesis, se encuentran entre los años 2005 al 2011. Los consumos de sustancias psicoactivas y específicamente en la población adolescente y joven vienen creciendo a nivel regional y nacional -tal como se describió anteriormente- y las consideraciones de género que motivan el desarrollo de esta tesis pueden ser observadas y analizadas en este periodo de tiempo, aun cuando, vista desde hoy (2021), pueda parecer obsoleta su utilidad. En este sentido, considero que las reflexiones que la promueven, como así también los resultados encontrados, continúan teniendo actualidad, debido a que los cuestionarios que la mayoría de los países de la región incluido el nuestro -Argentina-, utilizan, mantienen la mayoría de las variables analizadas.


  1. Desde su creación en 1989 hasta diciembre de 2015 se denominó Secretaría de Programación para la Prevención de la Drogadicción y Lucha contra el Narcotráfico, para luego llamarse hasta la actualidad, Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas.
  2. La Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (ONUDC), la Comisión Interamericana para el Control del Abuso de Drogas de la Organización de Estados Americanos (CICAD-OEA), el Observatorio Europeo de las Drogas y las Toxicomanías de la Unión Europea (EMCDDA siglas en inglés).
  3. Desde el EMCDDA se advierte en un informe del año 2017 sobre el achicamiento de las diferencias de género en las prevalencias de consumo en adolescentes, que se hacen observables a nivel regional hacia 2015 (Arpa, 2017). El Grupo Pompidou, del Consejo de Europa, introduce el tema de género en las políticas de drogas a partir del 2015 (Benoit & Jauffret-Roustide, 2016). El informe hemisférico sobre el consumo de drogas en las Américas de la CICAD-OEA, advierte en el año 2019 sobre una mayor presencia de las mujeres adolescentes en el consumo (CICAD-OEA, 2019) y desde la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito se elabora un informe específico sobre mujeres y drogas en el año 2018 (UNODC,2018b).
  4. Utilizo aquí el término población estudiante porque es la definida como objeto de análisis en los estudios que son fuente de información, que sean varones o mujeres, no forma parte de los criterios de selección de las muestras.
  5. Las cuestiones sobre los hombres o varones o masculinidades, serán elaboradas a partir del marco conceptual que elabora el feminismo acerca del género como relación social, y empieza a tener sus propias producciones teóricas, conceptuales y de investigación antropológica y sociológica hacia fines del siglo XX, sobre todo en el mundo académico anglosajón (Amuchástegui y Szasz, 2007).
  6. Las diferencias entre hombres y mujeres son presentadas como ratios de diferencia en las prevalencias según sexo, en los estudios en estudiantes adolescentes, en población general y en la demanda de tratamiento.
  7. En el documento citado de Arpa, en el texto utiliza men -woman y en los gráficos male – female para población general y boys – girls cuando presenta datos de las encuestas en adolescentes escolarizados.
  8. Se emplea el término drogas ilegalizadas “para dar cuenta del proceso histórico, social y contingente según el cual la producción, la comercialización y el consumo de ciertas sustancias han sido consideradas prácticas delictivas. De este modo, el término permite romper con la idea según la cual el estatus legal es una condición inherente de las sustancias” (Camarotti y Güelman, 2013, nota 2:76). En la tesis se utilizarán ambos términos, de acuerdo a la fuente de datos de referencia de la información citada, que en su amplia mayoría utiliza el término ilícitas. Personalmente adscribo a la denominación de drogas o sustancias psicoactivas ilegalizadas porque remite a su condición histórica.
  9. Las siglas refieren a Lesbiana, Gay, Bisexual, Trans, Queer, Intersex, Asexual y + otras identidades.
  10. Las autoras refieren al colectivo LGTBI.
  11. Estimado según el Test de Identificación de los Trastornos Debidos al Consumo de Alcohol (AUDIT según su sigla en inglés), de la Organización Mundial de la Salud.
  12. Según la Tercera fase del registro continuo de pacientes en tratamiento en el país (OAD-SEDRONAR 2007), entre el 2005 al 2007, las mujeres que estaban en tratamiento y que habían consumido dos o más sustancias psicoactivas, pasaron del 47.9% al 61.2%.
  13. En cinco estudios nacionales en las salas de emergencia de las ciudades capitales del país realizados en los años 2003, 2005, 2007, 2009 y 2012, estimaron la asociación entre el consumo de sustancias psicoactivas en las seis horas previas al ingreso y la morbilidad aguda.
  14. OAD-SEDRONAR (2011a y 2013), OAD-Ahumada (2012).
  15. NIDA (2020), UNODC (2013), Villatoro Velázquez et al. (2016), Bejarano Orozco, J. (2007).
  16. Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños.
  17. Desde el OAD-SEDRONAR se realizaron los seis estudios nacionales en estudiantes de enseñanza media sobre consumo de sustancias psicoactivas que existen en el país, siendo el primero en 2001 y el último –al momento de escribir la tesis- en 2014. Por razones de comparabilidad, que se explican en el capítulo siguiente, se analizarán las bases de datos de los estudios realizados en 2005, 2007, 2009 y 2011.
  18. Bejarano et al. (2011), sobre un análisis de la percepción de riesgo en adolescentes escolarizados en Argentina, Bolivia, Chile, Ecuador y Uruguay, sobre los estudios nacionales del año 2004 y del año 2005 en Bolivia, muestra que las mujeres tienen mayor percepción de riesgo moderado o alto en relación a todas las sustancias, lícitas e ilícitas y la prevalencia es menor. También advierte que los niveles más bajos de prevalencia asociados a niveles más altos de percepción de riesgo pueden no ser consistentes para tabaco y alcohol, pero sí es válido para las demás drogas, como marihuana, cocaína e inhalables.
  19. Consumida en los últimos 12 meses y comprende a cualquiera de las sustancias ilegalizadas que se registraron en los cuestionarios: cocaína, marihuana, sustancias inhalables, pasta base, éxtasis y otras drogas.
  20. Desde el Observatorio Argentino de Drogas de SEDRONAR.
  21. El V Estudio nacional sobre consumo de sustancias psicoactivas en estudiantes del nivel medio en Argentina, realizado en el año 2011 indica en el resumen ejecutivo: “Los estudiantes de 15 y 16 años se configuran como una población de alto riesgo, por el fuerte incremento en el consumo a partir de esta edad y de los nuevos casos o incidencia del consumo en el último año. También en este grupo se incrementa el porcentaje de quienes sienten curiosidad y propensión por consumir drogas ilícitas” (OAD-SEDRONAR, 2011b:12)
  22. “Enfoque de género: Es una herramienta, una categoría de análisis con base en las variables sexo y género, que permite identificar los diferentes papeles y tareas que llevan a cabo los hombres y las mujeres en una sociedad, así como las asimetrías y las relaciones de poder e inequidades” (Villar Márquez, 2014:90).
  23. La expresión “situarlos en sus contextos”, dado el diseño teórico-conceptual de los estudios que son las fuentes de información de la tesis, refiere exclusivamente a la propuesta de analizarlos en los grados en donde los y las estudiantes están cursando: el octavo, el décimo y el décimo segundo, lo que además posibilita un análisis considerando loa grupos de edades diferentes. Difiere de la concepción de “las personas en sus contextos” que guían los estudios desde la vertiente psicosocial construccionista, en el marco teórico de la vulnerabilidad y los derechos humanos, que pone énfasis en observar y comprender a las personas en interacción en un contexto social, cultural y político. De este modo, el objeto de análisis en esta corriente, son las interacciones cotidianas que producen la trayectoria, la socialización y la sociabilidad de cada persona a lo largo de la vida. “Expresan la dinámica de las personas en contextos” (Paiva, 2012:72).
  24. Dado el contexto de la hegemonía del patrón heteronormativo vigente, no está considerado, de ningún modo, dar cuenta de otras identidades de género englobadas en el colectivo LGBTQIA+. Por otro lado, estudios específicos sobre cómo abordar en encuestas poblaciones las preguntas sobre la orientación sexual o sobre transgénero y otras minorías de género, presentan ciertos límites cuando se trata de adolescentes (The Williams Institute, 2009 y 2014). Este asunto será abordado en el Capítulo 7.


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