Roxana Marsollier
Introducción
A lo largo de este libro hemos reseñado distintas experiencias de investigación desarrolladas en el ámbito de la educación desde distintas perspectivas: docentes, estudiantes, instituciones, educación no formal. Si bien el punto de partida fue el desarrollo de un proyecto que tenía como objetivo general analizar el impacto de la pandemia en la educación de Mendoza, este libro recorre mucho más allá, hasta experiencias pospandemia y consecuencias a nivel personal e institucional de los principales actores del sistema educativo. Además, presenta reflexiones en torno a las posibilidades de mejora y cambio, y a estrategias personales y grupales que generen transformaciones duraderas en educación.
A modo de conclusión, este libro aborda tres núcleos de análisis, que ilustran un proceso de crisis, sus consecuencias negativas y la valiosa oportunidad que tiene la educación para fortalecerse y transformarse.
1. La crisis como punto de inflexión
La pandemia de covid-19 se convirtió en un momento decisivo para la educación, que desató una transformación significativa en la forma en que enseñamos y aprendemos. Ante la necesidad de adaptarse rápidamente a un entorno virtual, docentes y estudiantes se vieron inmersos en una realidad completamente nueva. Este desafío, aunque inesperado, también despertó una notable capacidad de innovación y creatividad entre los educadores, quienes, impulsados por su compromiso con el aprendizaje, hicieron un esfuerzo extraordinario por mantener la continuidad educativa.
La educación virtual, que antes era una opción complementaria, se estableció como la única forma de garantizar el acceso al conocimiento. Muchos docentes, a menudo sin preparación previa en herramientas digitales, se embarcaron en un proceso de aprendizaje acelerado, enfrentándose a la tarea de dominar plataformas tecnológicas en tiempo récord. Este esfuerzo no solo fue una cuestión técnica, sino una manifestación de la dedicación y el amor por la enseñanza. Herramientas como WhatsApp se convirtieron en aliados esenciales para la comunicación y la entrega de materiales, y permitieron mantener el vínculo con los estudiantes, incluso en los momentos más difíciles.
Sin embargo, esta transición no estuvo exenta de dificultades. La falta de preparación de docentes y estudiantes tuvo un impacto en la calidad de la educación y muchos se encontraron luchando por acceder a la información y a los recursos necesarios. La desigualdad en el acceso a dispositivos y a una conexión estable se convirtió en un obstáculo real para el aprendizaje. Estas brechas evidenciaron que, a pesar del compromiso de los educadores, no todos los estudiantes tenían las mismas oportunidades de éxito.
El impacto emocional de esta nueva modalidad también fue profundo. La pérdida de la rutina diaria y la interacción social afectaron el bienestar de los estudiantes, quienes a menudo se sentían desconectados y desmotivados. La falta de un apoyo constante por parte de los docentes llevó a algunos estudiantes a experimentar una sensación de aislamiento y desidia en su aprendizaje. La enseñanza, que tradicionalmente se basaba en la interacción y la conexión personal, se vio desafiada en un entorno virtual donde las relaciones interpersonales son más difíciles de cultivar.
A pesar de estos desafíos, la pandemia aceleró la adopción de tecnologías educativas, y brindó así una oportunidad para que muchos docentes exploraran nuevas formas de enseñanza. Si bien algunos adoptaron con entusiasmo herramientas digitales, muchos mostraron resistencia y regresaron a métodos tradicionales. La falta de formación específica y la incertidumbre sobre cómo integrar la tecnología de manera efectiva en el aula fueron obstáculos que aún persisten.
Además, la crisis reveló que muchos docentes carecían de un espacio de trabajo adecuado en sus hogares. La necesidad de adaptar áreas domésticas para la enseñanza puso de relieve la importancia de contar con un entorno laboral que favorezca la ergonomía, la privacidad y el acceso a recursos tecnológicos. La creación de un entorno propicio para la enseñanza no solo fue vital en tiempos de crisis, sino que debe ser un objetivo continuo para promover el bienestar y la productividad en el futuro.
Por su parte, las instituciones educativas no estaban preparadas para gestionar una crisis de tal envergadura. No solo tuvieron que enfrentarse a desafíos sin precedentes, sino que vieron agravarse problemas ya existentes en el sistema educativo.
En síntesis, la pandemia de covid-19 ha sido un punto de inflexión para la educación, dado que forzó a docentes y estudiantes a adaptarse a un nuevo modelo de enseñanza y aprendizaje. A pesar de los desafíos enfrentados, este período también ha brindado valiosas lecciones sobre la importancia de la innovación y el apoyo mutuo. La crisis fue disruptiva, pero también reveló oportunidades para cambios profundos en las instituciones educativas, tanto a nivel organizativo como en las interacciones humanas. La educación a distancia llegó para quedarse, y es fundamental que trabajemos juntos para reconstruir un sistema educativo que aborde las brechas tecnológicas y socio-culturales, con el fin de garantizar un futuro educativo que integre los avances científicos y tecnológicos a la educación.
2. Tocando fondo: los desafíos del contexto escolar
Las nuevas condiciones a las que se vio sometido el proceso de enseñanza y aprendizaje en pandemia generaron consecuencias negativas en los actores educativos. Se exacerbó el burnout docente y se incrementaron la victimización laboral, el bullying y el ciberbullying. Estos fenómenos, aunque distintos, están interconectados, y generan un entorno perjudicial tanto para docentes como para estudiantes.
Durante la pandemia, el burnout docente surgió como consecuencia del estrés laboral crónico, intensificado por el tecnoestrés derivado de la rápida adaptación a las tecnologías educativas, así como por la incertidumbre y el aislamiento. Esta situación dejó a los educadores sin las herramientas necesarias para enfrentar los desafíos de su labor, lo que redujo su productividad y su capacidad de interacción efectiva. A su vez, esto impactó negativamente en la calidad educativa y el rendimiento de los estudiantes. La exposición prolongada a estos factores de estrés explica por qué muchos docentes experimentaron altos niveles de burnout, siendo más prevalente en las mujeres, quienes debieron equilibrar la carga laboral con las responsabilidades del hogar.
Por otra parte, la victimización laboral, una forma de violencia menos visible pero igualmente dañina, también se vio en aumento durante la pandemia. Con la migración al entorno virtual, el ciberacoso se intensificó, y muchos docentes fueron objeto de ataques anónimos. La violencia no solo afectó a los docentes, sino que también se reflejó en el bullying y el ciberbullying entre estudiantes, que se intensificaron en el entorno digital durante la enseñanza a distancia. Tradicionalmente, el bullying está asociado con la intimidación física o verbal en las aulas, pero en el contexto virtual, el ciberbullying permitió una agresión más persistente a través de insultos, ataques constantes y la difusión de información maliciosa. Esto generó un ambiente más hostil tanto para los estudiantes como para los docentes, quienes tuvieron que lidiar con una creciente violencia digital que dificultó la convivencia escolar.
En algunos contextos, especialmente en comunidades afectadas por la pobreza, la violencia se ha convertido en una forma de comunicación naturalizada. En estos entornos, tanto la violencia verbal como la física se aceptan como mecanismos legítimos para resolver conflictos y generar cohesión grupal. La ausencia de habilidades comunicacionales asertivas, junto con la falta de recursos sociales y educativos, refuerza la percepción de la violencia como una forma aceptable de expresión. Este fenómeno se trasladó al ámbito escolar, y así afectó a toda la comunidad educativa. El impacto institucional de estos fenómenos es profundo. Las escuelas, que deben ser espacios de contención y crecimiento, se vieron debilitadas por la interrelación de estas problemáticas. Para enfrentar estas realidades, es crucial que las instituciones educativas adopten enfoques integrales. Esto implica no solo la implementación de programas de prevención de la violencia, el bullying y el ciberbullying, sino también el desarrollo de estrategias para apoyar a los docentes en la gestión del burnout y la victimización laboral. Además, es esencial fomentar habilidades de comunicación asertiva en docentes y estudiantes para transformar la violencia en una convivencia más saludable y resiliente dentro de la comunidad escolar.
3. De la crisis a la transformación: resiliencia Institucional en tiempos de cambio
Es cierto que la pandemia fue un desafío sin precedentes para la comunidad educativa, que obligó a docentes, directivos y estudiantes a adaptarse a nuevas realidades. Sin embargo, en medio de la adversidad, se identificaron aspectos positivos y se desarrollaron estrategias de afrontamiento individuales y colectivas que resaltan la capacidad de resiliencia y adaptación del sistema educativo.
Una de las fortalezas más destacadas fue el desarrollo y uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) en la educación. La rápida transición hacia la educación virtual permitió no solo mantener la continuidad del aprendizaje, sino también preparar a las escuelas para enfrentar futuros desafíos. La capacitación en TIC para docentes se convirtió en una herramienta clave que mejoró la calidad educativa y la flexibilidad del sistema, lo cual brindó nuevas oportunidades de aprendizaje.
La evolución educativa también fue significativa durante la pandemia. Los docentes, enfrentando la necesidad de reinventarse, adoptaron enfoques creativos e innovadores en su práctica pedagógica. Se desarrollaron nuevas estrategias y herramientas que no solo aseguraron la efectividad de la enseñanza, sino que también proporcionaron un apoyo emocional esencial a los estudiantes. Esta capacidad de adaptación demostró que, incluso en tiempos de crisis, el sistema educativo puede transformarse y mejorar.
El crecimiento profesional de los docentes fue otro aspecto positivo a resaltar. La pandemia sacó a la luz la solidaridad, la empatía y el profesionalismo que caracterizan a muchos educadores. La colaboración entre colegas y la vinculación con las familias se volvieron cruciales, es para resaltar la importancia del trabajo en equipo en la educación. Esta experiencia fortaleció el compromiso de los docentes con una educación de calidad, lo que, a su vez, impactó positivamente en la comunidad educativa.
A pesar de que la pandemia exacerbó las desigualdades sociales existentes, también se convirtió en una oportunidad para identificarlas y abordarlas. La crisis visibilizó las carencias de recursos y el acceso a la tecnología, lo que llevó a un mayor esfuerzo por parte de los docentes y las instituciones para reducir estas brechas. La situación impulsó una mayor conciencia sobre la necesidad de un enfoque equitativo en la educación, y así fomentó el desarrollo de estrategias para mejorar el acceso y la inclusión.
Los valores sociales jugaron un papel fundamental durante la pandemia. La gestión escolar, la comunicación efectiva y la revalorización del rol docente se convirtieron en pilares para enfrentar la crisis. La colaboración y el apoyo mutuo entre todos los actores del sistema educativo se volvieron esenciales, lo cual promovió un ambiente de confianza y respeto. Estos valores no solo ayudaron a sortear los desafíos, sino que también sentaron las bases para una convivencia más armónica y solidaria.
Por último, el cuidado de la salud emergió como una prioridad ineludible. La pandemia promovió prácticas higiénicas y la implementación de pautas de autocuidado en las comunidades educativas. Esta nueva conciencia sobre la salud no solo se centró en el bienestar físico, sino que también incluyó la salud emocional, y así evidenció la necesidad de cuidar de todos los miembros de la comunidad educativa.
En conclusión, la pandemia ha sido un catalizador de cambios significativos en el sistema educativo, que puso en evidencia su capacidad de resiliencia y adaptación. Las fortalezas identificadas durante este periodo han permitido no solo superar la crisis, sino también sentar las bases para una educación más equitativa, inclusiva y de calidad. La colaboración, la innovación y el compromiso de todos los involucrados son fundamentales para avanzar hacia un futuro educativo más esperanzador y transformador.
Las lecciones aprendidas deben integrarse en la práctica educativa cotidiana, debe promoverse un entorno donde el respeto, la convivencia y el cuidado de la salud integral sean pilares fundamentales para el desarrollo de todos los miembros de la comunidad educativa. La transformación hacia un sistema educativo más sólido y cohesionado está en marcha y su éxito dependerá de la voluntad de todos los actores involucrados para trabajar en conjunto hacia un objetivo común.
La educación es el pasaporte hacia el futuro, y aunque la pandemia ha presentado desafíos sin precedentes, su capacidad de transformación nos enseña que cada crisis es también una oportunidad para reinventarnos y construir un futuro mejor.






