Los aportes del subimperialismo
de Ruy Mauro Marini
Julián Kan e Iván Kitay
Introducción
La tradición de los estudios sobre la dependencia asistió a una revitalización desde comienzos del presente siglo, tras la crisis del neoliberalismo en varios países de la región. La expectativa frente los nuevos proyectos políticos emergentes y la incertidumbre respecto al significado y devenir del boom de los commodities agrarios e hidrocarburíferos alimentaron numerosos debates económicos y políticos dentro y más allá del ámbito académico.
En el terreno específico de la teoría de las relaciones internacionales (en adelante, RRII), la teoría de la dependencia (en adelante, TD) aparece, con frecuencia, como una de las variantes del marxismo que nutre a aquella disciplina[1]. Sin embargo, resulta notoria la falta de claridad acerca del posible aporte del enfoque dependentista y sus diferentes expresiones o variantes a los abordajes críticos dentro de las RRII y, en particular, a la Economía Política Internacional (en adelante EPI).
En base a este diagnóstico, en este capítulo nos preguntamos por los elementos específicos que la TD, en su vertiente marxista, propone para abordar las problemáticas que hoy son objeto de las teorías de las RRII. Dada la amplitud de este enfoque, nuestras reflexiones tendrán como foco a la llamada teoría marxista de la dependencia (en adelante, TMD) inaugurada por el brasileño Ruy Mauro Marini. En particular, nos referiremos a un concepto de su autoría, el subimperialismo, en tanto lo consideramos particularmente pertinente para reflexionar sobre las posibles contribuciones de la TD a los estudios marxistas sobre las RRII.
En vistas a ese propósito, este capítulo se organiza en cinco apartados luego de esta introducción. En el primero revisamos el modo en que aparece la TD en el marco de las teorías de las RRII, observando sus diversos usos y posibles aportes, y constatando la falta de especificidad y las confusiones en las que incurre la literatura especializada en torno a la relación entre la TD y el marxismo. Por eso, en la segunda sección repasamos sintéticamente la compleja relación que históricamente signó a ambas tradiciones de pensamiento, motivo de diálogo y debate permanente. El núcleo de nuestro trabajo se encuentra en los siguientes dos apartados, dedicados a las dos dimensiones –económica y política, respectivamente– que componen el concepto de subimperialismo acuñado por Marini. Allí describimos el contenido de este concepto desde un punto de vista tanto histórico como analítico, haciendo énfasis en el nexo entre dependentismo, marxismo y relaciones internacionales. Finalmente, reflexionamos sobre los posibles aportes de la obra de este autor a las teorías de las RRII, señalando los principales usos actuales del subimperialismo para referirse a las relaciones internacionales contemporáneas y puntualizando sobre sus alcances y limitaciones.
La teoría de la dependencia en las relaciones internacionales
En los análisis de las teorías de las relaciones internacionales la TD aparece, con frecuencia, como una de las variantes del marxismo que nutre a esa disciplina. En primer lugar, en ocasiones no se distingue que dentro de la TD existe más de una variante y que no todas están estrictamente ligadas al marxismo. En segundo lugar, no siempre se hacen explícitos los nexos que justifican que la TD pueda ser considerada como un aporte del marxismo a las RRII, más allá de la alusión a las relaciones centro-periferia, tanto en términos de mercados como en términos de las relaciones interestatales.
Iris Laredo, de la escuela de relaciones internacionales de Rosario, realizó un mapeo
de la influencia que han tenido las teorías de las relaciones internacionales prevalecientes en la América Latina en la formulación de las estrategias de integración regional como instrumentos de desarrollo y una inserción más favorable de la región en el sistema internacional (Laredo, 1991: 4)
para analizar las principales características y la reconfiguración del proceso de integración regional en América Latina entre las décadas de 1960 y 1980. En primer lugar, recupera los aportes de la CEPAL, para quien la subdisciplina de las relaciones internacionales que aborda los procesos de integración regional era clave para la formulación de estrategias de desarrollo en América Latina. En segundo lugar, incluyó a la TD, por considerar que constituye efectivamente un aporte a las teorías de las RRII. Sin embargo, menciona solamente el clásico trabajo de Cardoso y Faletto (1969) como referente de la teoría. El tratamiento de la autora sobre la TD no permite distinguir entre versiones marxistas y no marxistas de esta corriente. De hecho, para Laredo el aporte de la TD a las RRII es el señalamiento que hicieron los dependentistas sobre
la asimetría y el subdesarrollo imperante en América Latina eran producto directo de su inserción en el sistema internacional, con lo que apuntó a la necesidad de iniciar una búsqueda en favor de una inserción más favorable de los países del área en el escenario mundial mediante la adopción de estrategias de agregación de poder (integración y acción conjunta) que posibiliten una mayor capacidad de autodeterminación de los mismos. (Laredo, 1991: 5)
Casi la totalidad de esta afirmación describe también al pensamiento cepalino, por lo que la especificidad de la TD termina así diluida.
Un abordaje más específico lo realiza Gino Pauselli (2013), quien buscando contribuir al debate sobre la denominada ayuda externa –el proceso por el cual los países desarrollados transfieren recursos a los países en desarrollo–[2], analizó la corriente marxista dentro de las teorías de las relaciones internacionales y sus posibles contribuciones a la problemática mencionada. En un análisis teórico inserto dentro del marco disciplinar de las RRII ubicó en un mismo plano a los aportes de la teoría del sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, de la TD (citando a Cardoso y Faletto) y también, implícitamente, a los de la escuela neogramsciana de Robert W. Cox. En primer lugar, pareciera que los dependentistas, los sistema-mundistas y los neogramscianos hablaran de lo mismo, solo por el hecho de utilizar categorías marxistas. En segundo lugar, el autor toma diferentes ideas puntuales de cada uno, dando a entender que todas estas corrientes ligadas al marxismo tienen como objeto en común las relaciones internacionales, cuestión que, salvo el caso de los neogramscianos, no es tan evidente.
En su análisis de las teorías críticas de las relaciones internacionales, Alejandro Rascovan (2013) se explaya sobre variadas corrientes como el marxismo, los imperialismos, la TD y la teoría del imperio. De la corriente cepalina y dependentista desarrolla algunos de sus principales aportes, como los de Cardoso, Faletto y Raúl Prebisch en torno al cuestionamiento de la divergencia de la evolución económica de America Latina respecto a la de las potencias occidentales. Luego, recupera de ellos la idea de que la dependencia es una propiedad sistémica, haciendo énfasis en las condiciones que la estructura económica del sistema impone sobre las unidades (la relación entre Estados centrales y Estados periféricos y semiperiféricos). Rascovan rescata tres contribuciones fundamentales de la TD al estudio de las relaciones internacionales desde una perspectiva crítica: la distinción entre centro y periferia, el desarrollo económico diferenciado y subordinado entre ambas regiones, y la reflexión sobre el rol de las burguesías nacionales como aliadas subordinadas de las burguesías del centro. En definitiva, pareciera que para este autor la contribución más importante de la TD a las teorías críticas de las RRII consiste en su análisis de las relaciones entre los centros y las periferias (como relaciones entre mercados, regiones y Estados) en términos sistémicos o como unidades concatenadas que son parte de un todo. No obstante, no se desarrollan cuáles podrían ser sus aportes específicos más allá de esa vinculación sistémica más general. Cabe destacar también que en muchos pasajes la relación entre dependencia y marxismo es difusa, en tanto algunas veces están en mismo campo y otras veces aparecen por separado.
Un trabajo de Diana Tussie, que analiza con mayor profundidad los aportes recientes de la EPI a las RRII, considera a la TD como una de las expresiones de origen latinoamericano de esta subdisciplina. Dice Tussie:
Bajo la insignia del desarrollo y los conceptos de centro periferia –desarrollados en la obra central de Prebisch y Osvaldo Sunkel y Pedro Paz, del subimperialismo de Ruy Mauro Marini, del colonialismo interno de Pablo González Casanova, del enfoque de la dependencia de Cardoso y Faletto– se sentaron las bases de una sociología económica y una economía política. Tradicionalmente, el paradigma se reconoce como fundacional de las Relaciones Internacionales. (Tussie, 2015: 157)
Destacamos aquí la mención a la teoría del subimperialismo de Ruy Mauro Marini como un desarrollo o variante particular dentro del amplio campo del pensamiento crítico latinoamericano ligado al problema del desarrollo, a la relación centro-periferia y a la dependencia. Lo que plantea Tussie es que la EPI realizó aportes a las perspectivas críticas en el campo de las RRII, que a comienzos de la década de 1970 inauguraron un planteo diferente al de los enfoques realistas y liberales clásicos sobre cómo abordar la relación Estado-mercado. La EPI aportó ideas fundamentales como que lo económico y lo político no pueden estar separados a la hora de analizar los fenómenos nacionales e internacionales y que los niveles de análisis nacional e internacional tampoco pueden disociarse de manera tajante. La autora señala que la TD, y especialmente Marini, transitó el mismo recorrido epistemológico. En consecuencia, las contribuciones del brasileño en el marco de la TD en América Latina habrían estado en conexión con los desarrollos problemáticos de Susan Strange en Inglaterra y Robert Gilpin en Estados Unidos que dieron origen a la EPI anglosajona, aun cuando no mediara entre ellos un diálogo directo.
Un reciente trabajo de Darío Clemente retoma la perspectiva de Tussie y se acerca a los objetivos planteados de este capítulo. En primer lugar, afirma que la vertiente marxista de la TD ha recibido menos atención desde la perspectiva de las RRII, pese a incluir una multiplicidad de puntos de vista que han permitido pensar América Latina en relación con los ciclos capitalistas mundiales y con el desarrollo de las fuerzas sociales en varios países de la región. Dentro de la TD marxista, Clemente destaca a Marini como el autor clave para pensar en los nexos con la disciplina de las RRII,
ya que sus aportes son un ‘puente’ ideal entre la TMD y las RRII como campo disciplinario latinoamericano. En particular, la conceptualización que hace del subimperialismo permite conjugar la teorización marxista del imperialismo, de derivación leninista, con la dimensión militar tan cara a la tradición clásica de las RRII. El objeto de estudio de Marini, el gobierno militar brasileño, su política exterior y la reestructuración económica que emprende en el país, se presta especialmente a esta operación. (Clemente, 2018: 76)
En Brasil, donde la influencia de Marini en los académicos marxistas que componen el campo de la EPI es importante, varios autores como Martins (2011 y 2013) y Luce (2011) han planteado la particularidad del subimperialismo como concepto cualitativamente original de la TD y, a su vez, su potencialidad para dar cuenta de fenómenos actuales.
En diálogo con Tussie, Clemente propone dos dimensiones fundantes para pensar la relación entre los planteos de Marini y las RRII. Una es
la superación de la falsa dicotomía entre ‘interno’ y ‘externo’, y tiene que ver directamente con la aspiración de leer a América Latina valorando las formaciones sociales en su peculiaridad e historicidad, a la vez que considerándolas en su relación con la estructura mundial y los procesos globales. (Clemente, 2018: 77)
La otra dimensión es la perspectiva que
lo lleva a rechazar implícita y explícitamente la separación entre economía y política. A partir de un análisis económico de las fases del desarrollo capitalista de Brasil y de cómo esto se combina con los ciclos mundiales de crisis y expansión, el autor en cita realiza una investigación del subimperialismo y del comportamiento internacional de su país bajo la junta militar, lo que da cuenta de su carácter sumamente político. (Clemente, 2018: 77)
Estos dos aspectos están en estrecha relación con los planteos que desarrollaremos en este capítulo.
Por último, cabe mencionar a la corriente o doctrina de la autonomía, cuyos máximos exponentes fueron Helio Haguaribe y Juan Carlos Puig, que tuvo por objeto la inserción de América Latina en el sistema internacional y se desarrolló en el mismo contexto económico, político y social que la TD[3]. Sin duda influenciada por los debates planteados por los desarrollistas y también por los dependentistas, esta corriente sostenía la posibilidad de lograr márgenes de autonomía en el terreno internacional y se concentró específicamente en la cuestión de cómo se logra o se pierde aquélla, en el rol de las élites locales en ese proceso y en la acción del Estado, entre otros temas que atraviesan la relación de la periferia con los centros. Un reciente trabajo de Treacy (2017), problematiza cómo las RRII han tomado las contribuciones de la corriente de la autonomía latinoamericana como parte de los aportes de la TD a la disciplina, señalando que en esa apropiación se han dejado de lado “[los] elementos centrales vinculados a la economía política internacional dependentista, donde los aportes de Ruy Mauro Marini (1991 [1973], 2008), Theotonio Dos Santos (1971, 2011), Agustín Cueva (1979) y Vania Bambirra (1999) han sido centrales” (Treacy, 2018: 47).
En este primer apartado destacamos la poca precisión con la que se alude a la distinción entre cepalinos, prebischeanos, estructuralistas y marxistas cuando se analizan las diversas variantes de la TD en relación con las RRII. Por otra parte, señalamos que cuando se intenta distinguir algún aporte de los dependentistas marxistas a las teorías de las RRII, los señalamientos son bastante vagos y generales. Sólo los enfoques ligados a la EPI recuperan la obra de Marini, en tanto consideran que sus desarrollos se articulan con el horizonte de indagación de esta subdisciplina, contribuyendo a repensar la relación Estado-mercado desde una perspectiva crítica y ofreciendo a su vez caminos para abordar las relaciones internacionales desde el marxismo. Estos enfoques se acercan a los nudos problemáticos que atravesaremos en este capítulo en torno a la obra del brasileño.
Para avanzar en nuestra propuesta, realizaremos a continuación un primer análisis de la relación entre TD y marxismo, tanto para despejar aquella falta de precisión mencionada como, al mismo tiempo, argumentar por qué elegimos a Marini para analizar la relación entre TD y RRII desde el marxismo.
La relación entre marxismo y teoría de la dependencia
Hemos visto que el campo disciplinar de las RRII suele asociar a la TD con el marxismo. En algunos casos, se presenta incluso al dependentismo como la forma misma en la que el marxismo aborda las relaciones internacionales. Dada la extensión de este tipo de clasificación, resulta necesario recuperar y destacar la complejidad que históricamente caracterizó a la relación entre dependentismo y marxismo. Creemos que la relación entre dependentismo y marxismo no puede postularse como dada, sino que debe explicarse y argumentarse. La corriente de la dependencia incluye tanto a marxistas como a no marxistas, e incluso dentro de la tradición marxista, a autores que no acuerdan entre sí.
Como ha señalado Osorio (2016 [1984]: 51): “La apropiación por el marxismo de la categoría ‘dependencia’ no fue un proceso fácil ni exento de contradicciones”, por lo que
difícilmente puede hablarse de una teoría de la dependencia englobando en tal afirmación una temática que ha debido sufrir variadas mutaciones teóricas y políticas desde su surgimiento hasta nuestros días y que […] apunta a problemas distintos y con desiguales niveles de concreción. (Osorio, 2016 [1984]: 68)
En efecto, tanto cepalinos como dependentistas reconocen la existencia de vínculos e imbricación entre ambas perspectivas. El propio Marini afirmó, en su post scriptum a Dialéctica de la dependencia, que la TMD nacería “liberándola de las características funcional desarrollistas que se le han adherido en su gestación” (1991). En efecto, como recuerda Giller (2014), muchos de los nombres asociados al dependentismo (Furtado, Cardoso, Quijano, etc.) provenían de la CEPAL. Sin ir más lejos, los borradores del ya citado Dependencia y desarrollo en América Latina (1969) circularon primero en aquel organismo. En particular, Osorio (2016) considera que el dependentismo marxista (la TMD) comparte con el desarrollismo tres ideas clave: el capitalismo como sistema mundial –punto de partida para dar cuenta de las especificidades regionales–, entender el desarrollo y el subdesarrollo como dos expresiones de un mismo proceso, y la importancia de interrogarse sobre la especificidad del capitalismo latinoamericano. Por su parte, Love (1990) entiende que tres de los cuatro elementos definitorios del análisis dependentista (la histórica distinción centro-periferia, el intercambio desigual y la negación del dualismo) provienen más directamente del estructuralismo latinoamericano que de las teorías marxistas del imperialismo. Para este autor, el único planteo dependentista abiertamente incompatible con los postulados de la CEPAL sería el de la incapacidad de las burguesías nacionales para llevar adelante el desarrollo, puesto que, para aquella agencia, la autonomía política necesaria para ello era alcanzable bajo las mismas relaciones burguesas de producción. Es sobre esta base que Kay (1991) distingue entre una vertiente reformista-estructuralista y otra marxista-revolucionaria de la dependencia. La vertiente reformista es considerada una reformulación de los planteos cepalinos a la luz de la crisis de la industrialización sustitutiva, mientras que la marxista se caracterizaría por su escepticismo respecto de la posibilidad de superar el subdesarrollo de los países dependientes en ese marco (“subdesarrollo capitalista o revolución socialista”, como se titula el conocido ensayo de André Gunder Frank). Wasserman (2017) indica que Marini, Dos Santos, Bambirra y Gunder Frank fueron tratados peyorativamente de “radicales” en las polémicas de la época, un adjetivo que luego reivindicaron para diferenciarse de sus contendientes.
Pero no todos los intelectuales vinculados al marxismo que compartieron el optimismo de los dependentistas radicales compartieron el entusiasmo con respecto a la TD. Weffort (1970) señaló tempranamente la existencia de una ambigüedad en el tratamiento dependentista del denominado “problema nacional en el cuadro de las relaciones de clase”. El enfoque ‘nacional’ otorga primacía a las relaciones externas (entre países), mientras que el enfoque ‘de clase’ lo hace con las internas (dentro de los países). Para este autor, “los teóricos de la dependencia […] tienden hacia el segundo enfoque, pero parten del primero o tratan de criticarlo desde dentro, o sea, a partir de las premisas que él presenta” (1970: 99, destacado en el original). De modo más enfático, Cueva (2008 [1974]: 87) alerta sobre el carácter “marcadamente nacionalista” del dependentismo, en tanto considera que reemplaza de las contradicciones de clase por “un sistema indeterminado de relaciones nacionales y regionales”, que quedan así constituidas como “unidades últimas e irreductibles del análisis”.
Cueva (2008) considera que el dependentismo comparte con las teorías convencionales del desarrollo capitalista la referencia a modelos nacionales clásicos, lo que llevaría a aquel enfoque a enfatizar en el “carácter catastrófico del capitalismo nacional en América Latina” debido fundamentalmente a su inadecuación con aquellos modelos. Para este autor, la crítica de la economía política marxiana no considera modelos nacionales de desarrollo capitalista, sino que el análisis de Inglaterra en El capital habría sido sólo un medio para la investigación teórica de las leyes generales del capitalismo en tanto modo de producción, sin considerar particularidad nacional alguna. Para el politólogo ecuatoriano, el enfoque dependentista denuncia el supuesto fracaso del capitalismo nacional latinoamericano debido a su no correspondencia con cierto modelo (lo que el desarrollismo considera crecimiento económico). Esto implicaría un desplazamiento respecto a la pregunta propiamente marxista acerca de las posibilidades del desarrollo de las relaciones de producción capitalistas en tanto tales (el desarrollo del capitalismo sobre el que reflexiona Lenin para el caso ruso). Por eso, el sociólogo ecuatoriano considera que
en los autores de la teoría de la dependencia existe, en mayor o menor grado, una suerte de nostalgia del desarrollo capitalista autónomo frustrado; (…) lo que confiere a su discurso un permanente hálito nacionalista y determina que la dependencia se erija en dimensión omnímoda del análisis.
Esto los ubicaría, en los hechos, “dentro del campo problemático impuesto por la corriente desarrollista” en tanto, como ella, se pregunta por los modos de alcanzar un “desarrollo económico-social acelerado y armónico” (Cueva, 2008: 87). En polémica con Dos Santos, el sociólogo ecuatoriano afirma que la perspectiva del brasileño “involucra necesariamente la idea de que, a no ser por la dependencia, América Latina hubiera tenido un desarrollo mucho más acelerado y armonioso del que en realidad tuvo”, en tanto “el atraso […] no es definido en relación con una situación existente en el momento dado, sino en relación con una situación virtual: el desarrollo independiente del capitalismo en América Latina” (2008: 91, destacado en el original)[4].
Los críticos marxistas también problematizaron el complejo estatus teórico de la dependencia en términos de su jerarquía respecto de las leyes generales del desarrollo capitalista. Cueva (1979) considera que no había ‘espacio teórico’ para una TD, en la medida en que el desarrollo del capitalismo en América Latina podría explicarse por las mismas leyes generales del modo de producción. De este modo, no habría diferencias cualitativas que justifiquen hablar de un objeto teórico diferente dotado de leyes de movimiento particulares. En palabras de Cardoso (1994 [1970]: 109), “puede haber una teoría del capitalismo y de las clases, pero la dependencia, tal como la caracterizamos, no es más que una expresión política en la periferia del modo de producción capitalista cuando éste se expande internacionalmente“. En abierta contraposición a estos planteos, la Teoría Marxista de la Dependencia de Marini pretendía “determinar la legalidad específica por la que se rige la economía dependiente (…) en el contexto más amplio de las leyes de desarrollo del sistema en su conjunto”, dando cuenta de los “grados intermedios” en los que ellas se especifican (Marini, 1991).
El último elemento de debate que aquí reseñaremos remite a la especificidad del aporte teórico del dependentismo en relación con la llamada teoría del imperialismo. Para autores como Dos Santos (1978) la TD es análoga y complementaria a la teoría del imperialismo en tanto resultante del estudio del desarrollo de países cualitativamente diferentes –dependientes e imperialistas–. En contraste, según Fernandes (1979), “lo que existe es una teoría de los efectos de la dominación imperialista en la periferia del mundo capitalista. Pero esto no evita que sea entusiasta sobre su enfoque, que ubica al imperialismo como el centro de la teoría” (citado en Munck, 1981: 166, traducción propia). Acaso buscando superar estas antinomias, una década después Marini afirma que “el imperialismo no es algo externo a la dependencia”, sino que “permea toda la economía y la sociedad dependientes, representando un factor constitutivo de sus estructuras socioeconómicas, de su Estado, de su cultura” (Marini, 1993a).
Finalmente, los casos de André Gunder Frank y Fernando Henrique Cardoso merecen un tratamiento particular. Si bien ambos fueron señalados a su tiempo como precursores del dependentismo, ninguno de los dos se reivindicó estrictamente marxista ni buscó la constitución de una teoría unificada en torno al problema de la dependencia. En efecto, aunque los primeros trabajos de Gunder Frank estuvieron fuertemente influidos por la teoría del capitalismo de Paul Baran y Paul Sweezy (reconocidos marxistas estadounidenses ligados a la revista Monthly Review), el economista de origen alemán nunca se definió como marxista, acaso para responder a las críticas de quienes le exigían mayor rigurosidad en el uso de ciertas categorías (Kay, 2006). De hecho, ya en 1973 proclamaba paradójicamente que “la dependencia ha muerto, viva la dependencia y la lucha de clases” (Gunder Frank, 1973). En las décadas posteriores, se interesó en la teoría sistema-mundo de Immanuel Wallerstein, buscando aplicar este enfoque para el análisis de las problemáticas de la dependencia.
Por otra parte, el ya citado trabajo de Cardoso y Faletto (1969) se enmarcaba dentro de un programa de investigación de corte weberiano, que ponía el foco en los obstáculos sociales y culturales del desarrollo económico entendido como un proceso histórico-estructural (Morales, 2012). En él tenían especial importancia tanto la vinculación con el mercado mundial como las alianzas y disputas de los grupos sociales dominantes o élites internas, las cuales en definitiva lograban definir las relaciones ‘hacia afuera’. Además, Cardoso no estaba interesado en la construcción de una “teoría de la dependencia”, sino que proponía el “análisis concreto de situaciones de dependencia” (Cardoso, 1970). No obstante, esto no le impedía manejarse con fluidez en los debates marxistas, como lo demuestra su profundo y encendido debate con Marini (Serra & Cardoso, 1978; Marini, 1978). En ese intercambio, Marini acusa a Cardoso de abandonar el enfoque dependentista para retornar al neodesarrollismo de la CEPAL, desplazándose hacia posiciones cada vez más reformistas y de colaboración de clase.
Lamentablemente, estas discusiones fueron clausuradas abruptamente. Las dictaduras militares de los años setenta, la derrota de las organizaciones guerrilleras y, posteriormente, la disolución de la URSS y el Consenso de Washington, decretaron la muerte (transitoria) del dependentismo como corriente intelectual (Beigel, 2006). Esto implicó la disolución de centros de investigación y enseñanza y la persecución de sus integrantes, en el marco de una reorientación de la agenda de las ciencias sociales latinoamericanas. Sobre este punto, resulta interesante destacar que mientras en América Latina estas discusiones desaparecían forzosamente de la escena, en la academia anglófona se publicaba un número completo de la revista Latin American Perspectives (1981) dedicada a la relación entre dependencia y marxismo, donde prevalecían las miradas críticas[5].
En vistas a lo anterior, encontramos que existió no solamente una “teoría marxista de la dependencia”, sino también un dependentismo que no se reivindicaba marxista y un marxismo no dependentista, todas perspectivas en diálogo y debate permanente. Por eso, no nos parece adecuado identificar automáticamente la dependencia con el marxismo, aún en el plano de las RRII. Su función crítica respecto del estructuralismo, o incluso la utilización de algunos conceptos específicos, no es razón suficiente para ubicarla sin más dentro de la tradición marxista. Teniendo en cuenta este complejo panorama, consideramos que el mejor modo de dilucidar el nexo entre dependentismo, marxismo y relaciones internacionales es reflexionando sobre la obra de Ruy Mauro Marini.
Existe un importante consenso acerca de que “Marini fue uno de los autores dependentistas que aplicó de forma más sistemática la teoría de Marx” (Astarita, 2010: 43), haciendo “el esfuerzo teórico más sistemático para determinar las leyes específicas que gobiernan las economías dependientes” (Kay, 1991: 110). La propia Bambirra (1991) afirmó que tanto aquel autor como Dos Santos y ella misma utilizaban “el marxismo con familiaridad […] su instrumental teórico y metodológico, recreándolo en la medida en que le incorporábamos nuevos conceptos” (citada en Wasserman, 2017: 117). En particular, la obra Dialéctica de la dependencia aparece como el lugar en el que Marini “despliega las bases de una teoría marxista de la dependencia” (Martins, 2008: 16). En este sentido, el concepto de subimperialismo acuñado por este autor nos parece particularmente productivo para avanzar en nuestros objetivos. Entendemos, junto con los ya mencionados Tussie (2015) y Clemente (2018), autores a quienes nos referimos en el apartado anterior, que se trata de una categoría original que remite directamente a problemáticas tanto económicas como políticas propias del campo de las relaciones internacionales.
En lo que sigue, damos cuenta de las dos dimensiones (económica y política) que componen al fenómeno subimperialista, desde una perspectiva analítica e históricamente situada. Buscamos destacar las situaciones que el concepto intenta describir y explicar, así como también identificar las variables y los referentes empíricos que considera, para reflexionar sobre los posibles aportes que el concepto puede realizar al campo de las relaciones internacionales desde un abordaje que articula marxismo y dependentismo.
El subimperialismo en su dimensión económica
Marini considera que el carácter dependiente de la economía latinoamericana tiene su origen en la modalidad de inserción de la región en el mercado mundial capitalista como productora y exportadora de bienes primarios para los centros capitalistas europeos a cambio de manufacturas de consumo: “La base real sobre la cual ella [la dependencia latinoamericana] se desarrolla son los lazos que ligan la economía latinoamericana a la economía capitalista mundial.” (1991). El deterioro de los términos de intercambio es conceptualizado como ‘intercambio desigual’[6], una transferencia de valor desde la periferia hacia el centro que resulta en una merma de la ganancia obtenida por los capitalistas de los países primario-exportadores. Dada esta situación, los capitales que operan en América Latina buscarían compensar dicha sangría de plusvalía a través de la superexplotación de la clase trabajadora[7]. Como resultado, se produce una estratificación del mercado interno compuesto por un consumo obrero constreñido por los bajos salarios y cuya demanda de producción interna se encuentra deprimida, y un consumo capitalista de bienes suntuarios mayormente importados (lo que implicaría además un desequilibrio en las cuentas externas). De este modo, el propio desenvolvimiento del proceso de acumulación capitalista dependiente hace que la realización del capital tienda a reducir su relación con el mercado interno y a generar una desproporción creciente entre la producción y el consumo. Esto explicaría la necesidad de una reorientación de la industria doméstica hacia el mercado mundial –al menos en el caso de los países con mayor dinamismo de dicho sector–, habida cuenta de la insuficiencia de la distribución regresiva del ingreso y la intervención estatal como mecanismos compensatorios. Por lo tanto, existe una concatenación lógica entre el ciclo dependiente dado por la inserción subordinada en la división internacional del trabajo, el intercambio desigual, la superexplotación del trabajo y la propensión hacia la búsqueda de mercados externos para las manufacturas y el capital-dinero que no pueden realizarse en el mercado interno. La etapa de la industrialización en América Latina se realizará sobre las bases de ese ciclo dependiente del capital moldeado por la manera específica en que la región se incorpora al mercado mundial, signada por ineludibles problemas de realización. Estas son las condiciones económicas que para Marini habilitaron el surgimiento del fenómeno subimperialista.
En su post scriptum a Dialéctica de la dependencia (1991), Marini afirma que el concepto de subimperialismo responde a un intento de definir los “grados intermedios” por medio de los cuales las leyes generales del desarrollo capitalista dan lugar a una legalidad particular correspondiente a la economía dependiente. En El subimperialismo brasileño (1971), un trabajo temprano sobre la temática, Marini define a este fenómeno desde el punto de vista económico como la “forma que asume el capitalismo dependiente al llegar a la etapa de los monopolios y del capital financiero”. En un trabajo posterior (1977a), nuestro autor retoma esa misma expresión para indicar que el subimperialismo intenta dar cuenta de los efectos de la reestructuración capitalista mundial de las décadas de 1960 y 1970 sobre las economías dependientes, caracterizada por una complejización de la división internacional del trabajo y el surgimiento de nuevos subcentros económicos y políticos que gozan de cierta autonomía al mismo tiempo que permanecen subordinados a la dinámica global impuesta por los grandes centros.
Este modo de expresarse implica una reinterpretación de las tesis leninistas sobre el imperialismo. Si en el clásico trabajo de Lenin ([1916] 2008) el imperialismo es entendido como la fase superior del capitalismo, en tanto nueva etapa histórica del modo de producción, la teoría marxista de la dependencia abonada por Marini define entonces temporalidades distintas según se trate de países centrales o dependientes. Si los primeros habrían alcanzado la etapa imperialista a principios del siglo XX, los segundos lo harían medio siglo después, con sus particularidades. Nuestro autor pretende elaborar una teoría que permita explicar las nuevas tendencias del capitalismo dependiente, y entiende que para ello debe necesariamente avanzar más allá de las contribuciones de Lenin a partir del estudio de esta nueva realidad.
El carácter monopólico que habrían adquirido las economías dependientes hacia la década del sesenta del siglo pasado es entendido por nuestro autor como el arribo por parte de los aparatos productivos nacionales a una composición orgánica considerada “media” a escala mundial. Es importante aclarar que la participación del producto manufacturero en el PBI es considerada como un indicador proxy de la composición orgánica. Marini estima dicha composición orgánica media de manera indirecta observando el índice de participación del producto manufacturero en el PBI. Para mediados de la década de 1960, considera que aquella implica una participación igual o superior al 25 %, situación en la que (según datos de la UNCTAD) dentro de América Latina sólo se encontrarían México, Brasil y Argentina (Marini, 1977a). Estos países expresarían, entonces, rasgos subimperialistas desde el punto de vista económico.
El aspecto financiero, por otra parte, remite al establecimiento de una estructura institucional y jurídica destinada a atraer flujos monetarios (en el caso de Brasil, a partir del régimen militar) en pos de constituir un mercado de capitales local, en el marco del boom financiero característico de la expansión del capitalismo mundial desde la segunda mitad de la década de 1960. Pero también abarca la exportación de capital en su forma dinero, lo que incluye no sólo los préstamos públicos al exterior sino también la inversión de empresas transnacionales desde países dependientes (Marini, 1977a). Esto último habilitó la emergencia de análisis más contemporáneos que asocian la dimensión económica del subimperialismo con la emergencia de las llamadas empresas “multilatinas”.
La exportación de manufacturas ocupa un lugar clave en la conceptualización, en tanto condición necesaria –pero no suficiente– para la emergencia del subimperialismo. Necesaria, porque para Marini es uno de los mecanismos que tienen las economías dependientes más grandes para resolver las dificultades de realización de las mercancías producidas localmente debido al estrechamiento relativo del mercado interno dado por la superexplotación del trabajo. Pero insuficiente, porque sólo corresponde al fenómeno subimperialista cuando dicha exportación obliga a la disputa por mercados externos, excluyéndose así a la proveniente de la industria maquiladora (Marini, 1977a). Desde el punto de vista de la estructura del consumo interno, la salida exportadora implica, además, el fomento del consumo suntuario por parte de las capas medias y altas (consumidoras de plusvalía y capaces de acceder a los bienes no durables) en detrimento de las capas más bajas (productoras de plusvalía y empleados en los sectores más dinámicos e industria, pero incapaces de solventar sus productos).
Por otra parte, la disputa por mercados externos que exige la apuesta por la salida exportadora se complementa con el intento de controlar fuentes de energía y materias primas. En este sentido, nuestro autor menciona el interés de Brasil por controlar el hierro y el gas de Bolivia, el petróleo de Ecuador, las colonias portuguesas en África y el potencial hidroeléctrico de Paraguay (1974), que de conjunto son el fundamento económico de la política expansionista propia del subimperialismo. La novedad, en este caso, radica en que la negociación de zonas de influencia se realiza dentro del actual reparto del mundo establecido por las potencias imperialistas.
Además del papel del mercado mundial y del consumo suntuario, el “esquema de realización del subimperialismo” (Marini, 1977b) se completa con la modificación del rol del Estado, que sufre transformaciones de relevancia ante el proceso de creciente internacionalización del capital en los países dependientes. Para nuestro autor, este proceso no conduce a la disolución de las capacidades estatales, sino a su reforzamiento en el marco de la integración de los sistemas de producción. Según este razonamiento, la fijación de la inversión extranjera como capital productivo en el marco de una economía dependiente le exige al Estado garantizar las condiciones económicas (infraestructura, defensa del mercado interno, negociaciones comerciales y financieras con el exterior, financiamiento interno) y políticas (en el plano de las relaciones laborales) para su adecuada reproducción (Marini, 1974). De este modo, el Estado aumentó su importancia como agente económico a través de una mayor participación del gasto público en el PBI (como factor multiplicador de la demanda), invirtiendo directamente en infraestructura y servicios básicos, y fomentado la inversión privada a través de créditos, subsidios y exenciones impositivas a sectores productivos específicos (en particular, la exportación de manufacturas). Estas transformaciones le permitieron erigirse como instrumento de intermediación y agente ordenador de la vida económica dotado de autonomía relativa frente los conflictos de interés que emergen entre el capital extranjero nacionalizado y el capital nacional, habilitando la constitución de un proyecto político subimperialista de carácter contrarrevolucionario (1977a). Reflexionando sobre el Brasil bajo la dictadura de Castelo Branco, Marini y Pellicer de Brody consideran que el “moderno Estado militar latinoamericano” encuentra aquí su condición de posibilidad, puesto que se crea “ una simbiosis entre los intereses de la gran industria y los sueños hegemónicos de la élite militar, la cual encontraría una expresión aún más evidente en los vínculos que establecen a nivel de la producción bélica” (1967: 5-6), erigiéndose a su vez como una forma de consumo superfluo que contribuye a aliviar los problemas de realización (1971).
Desde el punto de vista económico, el concepto de subimperialismo expresa el intento de Marini por dar cuenta de transformaciones estructurales que se estaban dando en las economías latinoamericanas más grandes durante la segunda posguerra[8]. Estos cambios, cuyo síntoma principal era el aumento de la composición orgánica del capital en el marco de una mayor integración al sistema productivo imperialista, son interpretados como la expresión del ingreso de Latinoamérica a la etapa de los monopolios y el capital financiero. En este sentido, la existencia de estructuras económicas subimperialistas (a nivel productivo, financiero y hasta estatal) es considerado un aspecto común a varios países de la región. Sin embargo, nuestro autor también indica claramente que el fenómeno subimperialista solo emerge cuando dichas estructuras económicas son acompañadas por “el ejercicio de una política expansionista relativamente autónoma (…) que se mantiene en el marco de la hegemonía ejercida por el imperialismo a escala internacional” (Marini, 1977a), una situación que a su parecer sólo se habría verificado para el caso de Brasil.
Para comprender cabalmente el alcance del concepto de subimperialismo es necesario entonces especificar en qué consiste para Marini esta autonomía relativa desde el punto de vista geopolítico y militar. A esto nos abocamos en el siguiente apartado.
El subimperialismo en su dimensión geopolítica-militar
Como señalamos anteriormente, Marini asignó dos dimensiones al concepto de subimperialismo: una estrictamente económica y otra geopolítica-militar. La dimensión económica implica una composición orgánica de capital media en la escala mundial de los aparatos productivos nacionales, forma que asume la economía dependiente al llegar a la etapa de los monopolios y el capital financiero. La dimensión política supone el ejercicio de una política expansionista autónoma, que no sólo se acompaña de una mayor integración al sistema productivo imperialista, sino que se mantiene en el marco de la hegemonía ejercida por el imperialismo a escala internacional. Este último aspecto reviste una importancia decisiva para el concepto de subimperialismo, y resulta a su vez clave para el objetivo de este trabajo.
En sus primeros escritos, como La “interdependencia brasileña” y la integración imperialista (1966), Marini presentó la idea del subimperialismo asociada a la experiencia del gobierno militar de Castelo Branco y al despliegue en apoyo a la intervención de Estados Unidos en República Dominicana. La política expansionista de los militares brasileños implicó cierta autonomía para la toma de decisiones diplomáticas, comerciales y de venta de equipamiento bélico. No obstante, el carácter de su autonomía era relativa ya que dicha política se realizaba en estrecha asociación con una potencia, Estados Unidos, conforme a la estrategia anticomunista de la Doctrina de Seguridad Nacional y posteriormente la Operación Cóndor en América del Sur.
Katz (2018a) señaló que la idea central de Marini en torno a esta cualidad geopolítica militar consistió en que Brasil actuaba fuera de sus fronteras con métodos prusianos, para cumplir con un doble papel de gendarme anticomunista y potencia regional autónoma, siempre como rasgo complementario y funcional a la expansión económica. Destacó que los gobiernos brasileños actuaban en sintonía con el Pentágono siguiendo las reglas de la Guerra Fría, donde el subimperialismo implicaba un perfil represivo, aunque no meramente subordinado a los dictados de Estados Unidos, ya que las clases dominantes buscaban su propia preeminencia, para garantizar los intereses de las corporaciones instaladas en el país. De esta manera, el subimperialismo es una categoría que viene a dar cuenta de un tipo de política exterior desarrollada por el régimen militar brasileño desde 1964 que busca superar la idea de “Brasil títere del Pentágono y el Departamento de Estado” (Marini 1974: 66) que representa al imperialismo norteamericano como un deus ex machina. Desde el punto de vista específicamente político, Marini estaba interesado en discutir los supuestos de las teorías foquistas en boga durante la década de 1960, a su juicio excesivamente simplificadoras respecto del papel subordinado de las burguesías latinoamericanas al imperialismo, para en su lugar estudiar seriamente “las diferenciaciones que se van dando en el interior de la misma clase burguesa y tomar en cuenta sus contradicciones como punto de partida para el análisis de la compleja lucha de clases en los países dependientes” (entrevista a Marini realizada por Luis Ángeles, 1973).
En Subdesarrollo y revolución (1974), Marini desarrolla con mayor precisión sus ideas en torno al tema. Allí propone hablar de “cooperación antagónica”, una expresión originalmente utilizada por el marxista alemán August Thalheimer (1946) para describir las relaciones contradictorias entre los países industrializados en el contexto del liderazgo estadounidense de la segunda posguerra: cooperación para mantener el dominio colonial, y contra el bloque socialista, pero también competencia por el reparto de los territorios sometidos[9]. A nuestro autor le interesa destacar el carácter conflictivo de la tendencia a la integración imperialista, extendiendo este razonamiento a las relaciones entre los países imperialistas y los dependientes. Considera que el propio desarrollo del proceso de integración (cooperación), en el caso de los países dependientes, “alienta su propia negación”, dado que su proceso de industrialización exportadora contribuía “a crear nuevas situaciones de conflicto desde dos puntos de vista, interno y externo, y a propiciar una crisis que altera las condiciones mismas en que se realiza esa industrialización” (1966). Esta conflictividad alcanzaría eventualmente su punto crítico al imponer una disyuntiva entre sus componentes de cooperación-integración y de antagonismo-ruptura. La coyuntura de Brasil en 1964 habría correspondido a un escenario de este tipo[10].
Hemos observado hasta aquí las principales características del proceso que llevó a Marini a utilizar la categoría subimperialismo en su dimensión geopolítica. A continuación, nos adentramos en el caso histórico que nuestro autor observó y analizó para elaborar este concepto, particularmente en su aspecto geopolítico. Marini señala que los cambios introducidos en Brasil por el gobierno de Castelo Branco en 1964 constituyeron el inicio de la práctica subimperialista que se alejó de la política externa independiente de Quadros y Goulart. La “interdependencia continental” fue inaugurada por el canciller Leitao da Cunha a través de una doctrina que Marini llama de “barganha leal” [negociación leal], elaborada por el general Couto e Silva en la Escuela Superior de Guerra unos años antes. Dicha doctrina afirmaba que Brasil, debido a su posición geográfica, no podía escapar de la creciente influencia norteamericana luego de la Segunda Guerra Mundial. Por eso, consideraba que la única alternativa posible frente a ese escenario era “aceptar conscientemente la misión de asociarse a la política de Estados Unidos al Atlántico Sur” (Marini, 1974: 76).
Nuestro autor analiza con mayor precisión el comienzo del despliegue subimperialista a partir de la toma de posición de su canciller y de su presidente. En torno al primero, señala una serie de declaraciones oficiales ante el recibimiento del canciller ecuatoriano a Brasil en junio de 1965, por ejemplo, en torno a la explicación del concepto de interdependencia: “un concepto inmanente de la naturaleza de la alianza interamericana, el de interdependencia de las decisiones en política internacional de los países del continente” (Marini, 1974: 76). Un concepto que reemplazó a la “concepción ortodoxa y rígida de la soberanía nacional (…) formulada en una época en que las naciones no reunían en sus responsabilidades, una obligación de cooperar entre sí, en la búsqueda de objetivos comunes” (Marini, 1974: 77). El canciller explicaba la política de interdependencia como “un refuerzo de los instrumentos multilaterales para la defensa de la institución política más americana, la democracia representativa” (ídem)[11]. En torno al presidente, Marini destaca un discurso en relación con la invasión de Estados Unidos a República Dominicana en 1965, cuando Castelo Branco “la concepción de seguridad nacional adoptada por Brasil (…) no se limita a las fronteras físicas de Brasil, sino que se extiende a las fronteras ideológicas del mundo occidental” (ídem). El economista brasileño considera que estas declaraciones eran síntomas de una nueva política que iba más allá de la mera sumisión a Washington anterior a Quadros y Goulart, parte de una evolución en cierta manera inevitable de la burguesía brasileña hacia la aceptación consciente de su integración al imperialismo norteamericano.
Luego de mencionar estos posicionamientos como fundantes de la nueva política externa brasileña, Marini destaca las intenciones de intervenir Uruguay y Bolivia por parte de Brasil y la participación de éste en la intervención en República Dominicana en el marco de la OEA[12], como los principales hechos del despliegue subimperialista. Sobre Uruguay y Bolivia no despliega análisis alguno más que mencionar la intención, que finalmente no se plasmó en hechos concretos. La situación de República Dominicana tampoco es desarrollada en profundidad, pese a que es uno de los hechos que más se ligarían a su argumento, ya que implicó un efectivo despliegue geopolítico militar de Brasil en la región, el mismo aparece como dado. Sólo aparecen pequeñas referencias en torno a los análisis de los posicionamientos del canciller y del presidente que se producen en ese contexto, ya señalados más arriba. Finalmente, nuestro autor señala el cambio en los flujos comerciales de la industria bélica en el contexto del desarrollo del complejo militar industrial. El Plan Trienal 1964-1966 vinculó empresas nacionales a capitales extranjeros para la producción de industria pesada y asoció a la élite militar en pos de un plan de fabricación de instrumento bélico, para lo que el gobierno de Castelo Branco se acercó a Estados Unidos, sustituyendo los intercambios en industria bélica con países europeos[13].
Este despliegue de la política subimperialista analizada por Marini estuvo enmarcada en el escenario de la Guerra Fría a escala global y de su impacto en América Latina, sobre todo luego de la Revolución Cubana. En ese contexto, Estados Unidos desarrolló más de una estrategia para intervenir en la región. Por un lado, creó la Alianza para el Progreso (AP), impulsada por Kennedy, como respuesta a una demanda previa a la Revolución Cubana por parte de los países de América Latina, que consistía en pedirle a Washington ayuda económica para encarar reformas que sacaran del atraso a la región[14]. La Revolución Cubana generó un cambio en la política hacia América Latina y la AP consistió en un proyecto integral de ayuda económica para la región, con el objetivo de evitar nuevas revoluciones. Por otro lado, y en combinación con la estrategia anterior, Estados Unidos mantuvo otra de sus estrategias históricamente más conocidas en la región, las intervenciones militares. La potencia norteamericana intervino mediante la CIA en el golpe de Estado de 1954 en Guatemala que derrocó al gobierno de Jacobo Arbenz, emergente de un proceso iniciado una década antes y cuya reforma agraria afectaba los intereses de la United Fruit Company. Además, en 1965 se produjo la intervención militar norteamericana en República Dominicana, destinada a contener la movilización popular debido a la destitución de Juan Bosch en 1963, primer líder democrático luego del asesinato de Trujillo. Finalmente, podemos mencionar estrategias intermedias, entre la ayuda económica y la intervención militar, como fueron los apoyos bajo diversos medios a golpes de Estado “preventivos”: 1964 en Brasil, 1966 en Argentina (aunque de manera informal), 1973 en Chile. La idea de “fronteras ideológicas” señalada más arriba se enmarcó en la Doctrina de Seguridad Nacional impulsada por Estados Unidos con el fin de combatir al comunismo en América Latina. En este contexto se ubica la dimensión geopolítica militar del subimperialismo de Brasil.
Los hechos presentados por Marini denotan claramente la cercanía a Estados Unidos, la búsqueda de un rol más protagónico de Brasil en la región y el desarrollo de una industria militar en vistas a un mayor despliegue fuera de sus fronteras. Lo que queremos remarcar aquí es que ese despliegue geopolítico militar no tuvo en los hechos la proyección planteada por Marini en aquel momento. Las pretensiones de intervenir otros países de la región quedaron sólo en los discursos, no hubo ni despliegue ni agresión militar a sus vecinos Uruguay, Argentina, Paraguay, ni tampoco a Bolivia. La rivalidad con Argentina en el desarrollo siderúrgico y nuclear no pasó a conflictos mayores, si bien estuvieron latentes. La intervención en República Dominicana no fue una iniciativa exclusiva del gobierno brasileño sino una acción en el marco de la OEA, y tampoco se desarrolla el rol particular de ese país en dicha acción. Este último aspecto, como así también los posicionamientos de Castelo Branco y su canciller Leitao da Cunha señalados más arriba, parece constituir el elemento histórico central de la dimensión geopolítica del subimperialismo brasileño. En consecuencia, queremos señalar que aquel carácter de “estado militarista de tipo prusiano” (Marini, 1973) otorgado por el autor al despliegue geopolítico militar del subimperialismo brasileño puede rediscutirse a la luz de sus propios argumentos. En el caso de la AP, no fueron muchos los éxitos, pues pocos países recibieron desembolsos de dinero. En el caso modelo de vinculación que se toma para el análisis, el Chile gobernado por la Democracia Cristiana de Frei entre 1964 y 1970, los resultados no fueron los esperados. En el transcurso de esa década, Estados Unidos vuelve a concentrar sus esfuerzos económicos en Vietnam, dejando de lado América Latina.
En síntesis, la dimensión política del subimperialismo hace énfasis en el carácter geopolítico y militar de esa cooperación antagónica entre el país subimperialista y los centros, que difiere de la rivalidad interimperialista tradicional. Así, el concepto recoge la matriz original de la teoría clásica del imperialismo, pero la complejiza al reconocer una nueva posibilidad de vinculación entre los centros imperialistas y los países dependientes a partir del reconocimiento de una nueva configuración del proceso de acumulación capitalista posterior a la crisis del 30 y a la Segunda Guerra Mundial. Según este punto de vista, aquellos países que se constituyen en centros intermedios de acumulación pueden convertirse en subimperialistas, pero solo si en el terreno geopolítico practican acciones expansionistas circunscriptas al ámbito regional a la vez que amoldadas a la hegemonía mundial de Estados Unidos. El Brasil del período sería el caso testigo, que de este modo se distingue cualitativamente de sus vecinos.
A modo de cierre: los aportes de Marini y sus usos actuales
A nuestro entender, Marini construye su concepto de subimperialismo a partir de reflexionar sobre un caso histórico específico (Brasil), identificando una serie de características que juzga aplicables a otros casos. En este sentido, la ausencia de una elaboración teórica sistemática habilita a los autores que lo retoman a recuperar con cierto grado de libertad los elementos que juzgan relevantes del concepto. Esta selección involucra necesariamente un trabajo de sistematización a posteriori, que debería partir de reconocer las tensiones presentes en la obra original.
Por ejemplo, en Dialéctica de la dependencia (1991), Marini menciona que Brasil no es el único caso de país subimperialista, pero no se cita ningún otro caso. No obstante, en otros textos sí aparecen menciones a otros países, como en La acumulación capitalista y el subimperialismo (1977a), donde se señala a Irán e Israel. También aparecen Sudáfrica y Argentina en Los caminos de la integración latinoamericana (1993b). En todos estos casos Marini sólo menciona los países sin desarrollar o argumentar los por qué. En el artículo “Tareas de los revolucionarios ante la contrarrevolución continental” (1976) ya había esbozado la idea de que Sudáfrica podía cumplir el rol de gendarme custodio del orden de esa región –en línea con la política exterior norteamericana– frente a las luchas sociales en el contexto de los procesos de descolonización. La única referencia a una acción militar fuera de su territorio por parte de Argentina fue en ocasión del golpe de Estado de García Meza en Bolivia en julio de 1980, realizado con la participación y anuencia de militares argentinos en ese país (El Universal, 17 de septiembre de 1980). La ausencia de una argumentación profunda respecto al momento subimperialista de Argentina contrasta con el detalle con que el autor aborda el caso brasileño.
En relación a los intentos de aplicación de la categoría a los escenarios más actuales, algunos han resaltado la envergadura alcanzada por las empresas multilatinas, como el caso de la argentina Techint, las mexicanas Slim o Cemex, o la brasileña Odebrecht (Osorio, 2009: 219-221). Las reformas neoliberales de los años noventa, los bloques regionales y las uniones aduaneras asociadas a esas reformas han expandido los capitales por la región y la han integrado al mercado mundial. En este contexto, Osorio (2007) ve una vocación subimperial en los Estados que albergan ese tipo de compañías. Pero como advierte Katz (2018b), el peso de esas firmas no ubica necesariamente en el mismo casillero subimperial a países con perfiles geopolíticos, militares y estatales muy distintos. Justamente planteamos aquí que este aspecto es parte del problema para utilizar el concepto hoy día en las relaciones internacionales, donde, por ejemplo, en el mayor momento de expansión de las multilatinas, desde fines de la década de 1990 hasta comienzos de la década de 2010, la política regional de Brasil no tuvo nada de subimperialista, al menos en su aspecto estrictamente geopolítico militar, sino todo lo contrario, ya que se caracterizó por diálogo, consenso y cooperación con sus vecinos (Kan, 2013; Bernal Meza, 2015). La mera expansión económica no puede ser considerada el único aspecto constitutivo del subimperialismo.
Marini dio cuenta de un tipo de intervención geopolítica militar, estrechamente vinculada al contexto de unipolaridad en el mundo capitalista y de Guerra Fría a escala global. Sin embargo, luego de la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría, y sobre todo en la década de 2000 con el ascenso de los emergentes y China en el contexto de la inexorable mundialización de la economía, Estados Unidos ya no es el líder indiscutido que era en la época de Marini. Si el liderazgo regional subimperialista se asocia a un centro hegemónico, un rescate contemporáneo del concepto requiere pensar a qué centro hoy día y bajo qué relación se desenvuelve entre el país subimperialista de la periferia y ese centro o país imperialista en los viejos términos. En particular, la relación entre China y algunos países de América Latina ha sido abordada para hablar de nuevas formas y subordinación a la luz de la vertiente marxista del dependentismo (Slipak, 2014; Svampa, 2015). Otra pregunta posible es si el carácter imperialista remite solamente a países o puede aplicarse también a otros agentes como los organismos multilaterales, los bloques económicos, y también los capitales transnacionales. Sin duda, la aparición del bloque BRICS abrió el debate sobre la validez de la categoría subimperial para ese conglomerado de países. En vista de los escasos elementos que la obra de Marini proporciona para analizar el nuevo contexto geopolítico mundial, resulta comprensible que esta dimensión política del concepto del subimperialismo goce de menor vitalidad en los análisis contemporáneos. Tal es así que un conjunto de interpretaciones recientes del concepto no tiene en cuenta esta dimensión, como por ejemplo señala Katz (2018b) en torno a los trabajos de Astarita, Osorio y Callinicos.
Con todo, nos parece que el subimperialismo es una categoría que remite directamente al campo de las relaciones internacionales, fundada en el rico acervo de la tradición marxista y parte integrante de una teoría que tiene como objeto el descubrimiento de leyes de desarrollo específicas para los países considerados dependientes. Marini desarrolló una conceptualización específica sobre la relación entre lo económico y lo político, diferente a la vigente durante el siglo XIX. En el caso de Brasil, nuestro autor subrayó el papel de los liderazgos regionales asociados a la supremacía del imperialismo norteamericano durante las décadas de la Posguerra, en el marco de un proceso que también implicó un cambio en la estructura de clases ocurrido con las transformaciones del capitalismo contemporáneo, y de diferentes relaciones entre las fracciones de clase y el Estado. En consecuencia, Marini también vinculó la vigencia del subimperialismo al tipo de predominio prevaleciente en la cúspide de las clases dominantes, destacando la preeminencia alcanzada en Brasil por las empresas industriales y sus socios financieros, quienes comandaban esa expansión al vecindario próximo. Expansión que se dio tanto en términos económicos como en términos geopolíticos con el apoyo del Estado. Esto vuelve a poner de relieve la doble característica del concepto en cuestión. En este aspecto, Marini especificaba que no cualquier país podía constituirse en subimperialista, y ubicó bajo esta categoría a los que poseían una clase dominante con cohesión política en el Estado, con un alto grado de homogeneidad, cuestión en la que Brasil difería de la Argentina. Por ejemplo, para Marini, en este último país se manifestaba una rivalidad más marcada entre las diferentes fracciones de la burguesía[15], rivalidad que operaba como freno al desarrollo de una política subimperialista. Esto remarca la importancia del factor político dentro de la explicación.
El aspecto económico del fenómeno subimperialista aparece en la obra de Marini de manera más sistemática y detallada que el aspecto político. Un especialista como Luce propone en su tesis doctoral (2011) tratar al subimperialismo como un tipo o forma de “patrón de reproducción de capital”. Dicho “patrón de reproducción de capital subimperialista” se constituye a partir de cuatro variables fundamentales: una composición orgánica media del capital (propia de la etapa de los monopolios y el capital financiero), un esquema tripartito de realización del capital (Estado, mercado externo y consumo suntuario), una hegemonía en el subsistema regional de poder, y una cooperación antagónica con el subimperialismo. Pese a que en esta descripción los elementos económicos y los elementos políticos aparecen balanceados, nos parece que la decisión de comprender esta categoría como “patrón de reproducción de capital” termina por destacar los factores económicos como fundamento del fenómeno en cuestión.
El intento por parte de Marini de captar la unidad de lo económico y lo político en un fenómeno que remite a lo internacional –más allá de que sus razonamientos suelen ir desde lo económico hacia lo político– nos parece valioso y destacable en el campo de las RRII donde las perspectivas más tradicionales abundan en observar sólo lo económico o sólo lo político, o a relacionarlo externamente[16]. En consecuencia, como anunciamos en la primera parte, los aportes de Marini pueden entrelazarse con los análisis disciplinares más recientes de las RRII, particularmente con los de la EPI, que intentan superar la dicotomía Estado-mercado como elementos externos dentro de la acumulación y dominación capitalistas.
A lo largo de este trabajo hemos destacado la especificidad y complejidad de la teoría marxista de la dependencia en sus contribuciones a la teoría de las RRII. Entendemos que, aún con sus limitaciones, la perspectiva de Marini sobre el subimperialismo introduce a los debates de las RRII una visión marxista diferente a las más establecidas dentro del campo, como la teoría del imperialismo, el sistema-mundo o la escuela neogramsciana. Por todo lo anterior, nos parece que la TMD y, en particular, la teoría del subimperialismo, merece ser reconocida más ampliamente dentro de la disciplina. Esperamos en este capítulo haber contribuido a ese propósito.
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- Como señala Giller (2014), “la ‘teoría de la dependencia’ es menos un campo de pensamiento unívoco y articulado que una corriente intelectual con un ‘haz de interrogantes común’” . La categoría dependencia fue utilizada, en un mismo período histórico y región geográfica, por numerosos autores y con sentidos diversos. Mantenemos aquí la expresión TD de modo convencional, a sabiendas de esta realidad y sin pretender zanjar debates que exceden las posibilidades de este trabajo. Para una reseña amplia y actualizada sobre la temática con eje en el marxismo, véase Katz (2018) y Astarita (2010). Para un abordaje desde la óptica posdesarrollista, puede consultarse Svampa (2016).↵
- En alusión a los cincuenta años de la publicación del famoso trabajo de Hans Morgenthau La teoría política de la ayuda externa. ↵
- Una caracterización de la corriente de la autonomía y de los debates más recientes en torno a ella puede verse en la obra de Simonoff y Briceño Ruiz (2015). Sobre los tipos de autonomía elaborados por Puig y su aplicación a casos de política exterior véase Míguez (2017). ↵
- Desde luego, tanto Weffort como Cueva entienden que la existencia de premisas desarrollistas en las argumentaciones dependentistas no lleva necesariamente a sus autores a compartir sus conclusiones políticas reformistas, pero ambos señalaron, a su manera, que esto implicaba una debilidad teórica que atentaba contra su potencialidad revolucionaria. En otras palabras, sus críticas provenían de un campo ideológico semejante al de sus interlocutores y fueron realizadas con un horizonte político igualmente socialista.↵
- Para una reseña amplia de esta literatura, véase Kay (1989), especialmente el capítulo seis.↵
- El llamado “intercambio desigual” es un asunto relevante para la TMD y sin dudas también forma parte de las relaciones internacionales, dada la jerarquía explicativa que le otorga a la inserción de las economías nacionales en el mercado mundial. Sin embargo, su carácter netamente económico lo vuelve un objeto menos integral y, por lo tanto, menos productivo para los fines de este trabajo. Un discípulo de Marini indica que el clásico debate que involucró a Emmanuel, Bettelheim, Amin y Palloix (1971) no influyó directamente en la constitución de la teoría marxista de la dependencia, aun cuando varios latinoamericanos trabajaron sobre el mismo tema, salvo a través de Gunder Frank (Sotelo Valencia, 2019: 69). De modo más enfático, Love (1990) considera que la obra de Emmanuel no debe nada a los marxistas latinoamericanos, sino que se vincula más con la tesis estructuralista sobre el intercambio desigual. Para una exhaustiva revisión de la temática a partir de la obra de Marini, véase Luce (2018), especialmente el capítulo dos. ↵
- En Dialéctica de la dependencia, Marini describe tres mecanismos de superexplotación del trabajo: el aumento en la intensidad del trabajo (aumentando la cantidad de bienes producidos en igual lapso de tiempo a costa de un mayor esfuerzo por parte del trabajador), la ampliación de la jornada de trabajo (aumentando simplemente el tiempo de trabajo excedente) y la apropiación por el capitalista de parte del fondo de consumo de los trabajadores (es decir, de parte del trabajo necesario para restablecer la fuerza de trabajo). Para una revisión detallada de este fenómeno en articulación con el intercambio desigual, véase Amaral y Carcanholo (2012).↵
- Nuestro autor señala que estas transformaciones dieron lugar a la acuñación de otros conceptos semejantes al suyo: “nuevos países industrializados”, “potencia media” y “satélite privilegiado” (Marini, ca. 1985). Sin embargo, los considera insuficientes por dos razones principales: por ocuparse exclusivamente de la dimensión económica o la dimensión política, y por minimizar las diferencias cualitativas entre países imperialistas y dependientes.↵
- Nuestro autor señala también como antecedente e inspiración a la teoría del superimperialismo de Kautsky, que destacó la tendencia a la integración imperialista a través de la conformación de grandes trusts empresarios ya en los albores del siglo XX, previendo con ello una reducción de la conflictividad política entre las naciones capitalistas (Marini 1974: 68).↵
- El golpe de 1964 habría sido una intervención en la lucha de clases tendiente a restablecer la dominación encauzando las tensiones en un curso consiente de “cooperación antagónica” a través del Estado. Así, la relación cooperación-antagonismo habría estado en el origen y en el resultado del régimen militar. El subimperialismo “resulta en una amplia medida del proceso mismo de la lucha de clases en el país y del proyecto político, definido por el equipo tecnocrático-militar que asume el poder en 1964, aunados a condiciones coyunturales en la economía y la política mundiales. Las condiciones políticas se relacionan con la respuesta del imperialismo al paso de la monopolaridad a la integración jerarquizada […] y más específicamente su reacción ante la revolución cubana y el ascenso de masas registrado en América Latina en la década pasada” (Marini, 1977a).↵
- A lo que Marini agrega: “Pocos tienen dudas de que los mecanismos previstos en la Carta de la Organización de los Estados Americanos, contra agresiones o ataques abiertos son enteramente inadecuados a las nuevas situaciones producidas por la subversión que trasciende las fronteras nacionales” (Marini, 1974: 77).↵
- Brasil participó, junto a Costa Rica, Honduras, El Salvador, Paraguay y Nicaragua, de una Fuerza Interamericana de Paz conformada por la OEA ante la intervención militar de Estados Unidos, teniendo una participación destacada. La fuerza reemplazó la cuestionada intervención norteamericana y estabilizó la conflictividad social previa. Este fue sin dudas una de las acciones brasileñas más destacables en el ámbito de la política exterior.↵
- Marini estudia detalladamente este plan en Ideología y praxis del subimperialismo (parte de Subdesarrollo y revolución) y en Militarismo y desnuclearización en América Latina: el caso de Brasil (1967). En ambos análisis, la importancia del complejo industrial militar brasileño es notable porque le permite comprender los lazos entre lo interno y lo externo, entre lo económico y lo político y, en líneas generales para el argumento del autor, es lo que permite probar el entrelazamiento con Estados Unidos. ↵
- Por ejemplo, reformas agrarias que terminasen con arcaicas estructuras latifundistas de relaciones de producción precapistalistas, base de los modelos oligárquicos en la región. En definitiva, se trataba de planes de modernización, que estuvieron acompañados de los diagnósticos desarrollistas en las décadas de 1950 y 1960. Pero Estados Unidos, desde 1945 en adelante, concentró su ayuda económica en el Plan Marshall de reconstrucción de la Europa de posguerra, que solidificó la posición hegemónica de ese país dentro del bloque de los países capitalistas en el escenario de la Guerra Fría.↵
- Las rivalidades entre las diferentes fracciones de la burguesía argentina, como la burguesía agraria pampeana, la burguesía industrial que apoyó los movimientos de apertura económica ligados al desarrollismo, la burguesía industrial mercadointernista asociada a un esquema de carácter más proteccionista, y los vínculos de ellas –sobre todo las dos primeras fracciones– con el capital extranjero, condicionaron la dinámica política de la Argentina de los sesenta, a diferencia de Brasil. Huelga decir también que el contexto de creciente conflictividad social, la permanente inestabilidad política y las recurrentes crisis de stop and go, ofrecieron un clima de mayor complejidad que tardó una década más, hasta el golpe de 1976, en resolverse.↵
- En torno a este problema, véase Jaquenod (2013).↵






