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4 Militancia estudiantil: una política para la ampliación de fronteras

Charo Solís y Mariana Rosende

Introducción

En este ensayo, nos proponemos explorar la relación entre las agrupaciones estudiantiles universitarias y la representación política de los colectivos LGBTIQ+ en la Universidad Nacional de San Martín (2024). Estas reflexiones surgen a partir del encuentro de formación “Feminismos, militancia y políticas identitarias” sucedido en julio de 2024 y llevado adelante por nosotrxs como parte de la Dirección de Género y Diversidad Sexual de la Universidad.

Al momento en el que evaluábamos el diseño de líneas de acción para el Proyecto “Trayectorias LGBTIQ+”[1], recibimos una solicitud por parte de una agrupación estudiantil de la universidad (en adelante AE[2]) para desarrollar un espacio de formación para lxs estudiantes a partir de algunos interrogantes que se abrieron dentro de su organización. Es importante tener en cuenta que lxs estudiantes participan en instancias de representación estudiantil tanto hacia dentro de sus unidades académicas en los Consejos de Escuela, como también en el Consejo Superior de la Universidad. En este último, están presentes autoridades de toda la institución y su objetivo es el establecimiento de normas y políticas dirigidas a toda la comunidad universitaria[3].

Las preguntas que surgieron en el encuentro se relacionaban con la incorporación de las temáticas relativas a la diversidad sexo-genérica en su organización. Sobre todo, solicitaban un espacio pedagógico-formativo a partir de la intención de conformar una Comisión de Géneros y Diversidades que tuviera dos principales líneas: militancia-acción y contención-acompañamiento. Esta iniciativa traía para el espacio la pregunta acerca de cómo nombrar(se) y, además, a quiénes incluir (por ejemplo, ¿qué pasa con los varones cis?).

Esto nos permitió ver cierta sinergia entre las vacancias relativas al conocimiento sobre cómo son las trayectorias universitarias LGBTIQ+, en una etapa marcada por la sanción de políticas orientadas a favorecer dichas trayectorias. A partir del año 2021, se sancionaron en la UNSAM normativas e instrumentos que tienen como objetivo incidir sobre las estructuras binarias y heterocis de la institución[4], dirigidas de modo más específico al reconocimiento de las identidades TTNB[5]: un formulario de nombre social que permite el registro de la identidad autopercibida y se extiende a todos los registros identitarios de la persona; los títulos no binarios en relación directa con quienes egresen y hagan uso del formulario; el cupo laboral travesti-trans en el sector no docente que propone a la universidad como un lugar para estudiar, pero también para trabajar.

A partir de la demanda concreta por parte del estudiantado, nos preguntamos: ¿qué relación existe entre las transformaciones normativas institucionales y los espacios de organización estudiantil? ¿Cómo pueden pensarse sus efectos? ¿Visibilizar las trayectorias desiguales se corresponde con la incorporación de la problemática a los temarios políticos? ¿Hay relación entre la incorporación de normativas y la transversalización de estos debates en las organizaciones políticas?

Posición y herramientas: presentación de la actividad

Al iniciar el armado de la capacitación, nos propusimos realizar una presentación que tomara como eje central la relación entre la perspectiva de género y la militancia en los espacios de construcción política mixta[6]. Particularmente, esta AE no está enfocada en el trabajo de las temáticas de género y la diversidad sexual, sino que orienta su accionar hacia las necesidades y demandas del estudiantado en términos generales. De todos modos, la AE conformó recientemente una Comisión de Género y Diversidades, que, como mencionamos en la introducción, fue la encargada de proponer el espacio de reflexión.

En una primera instancia, el dispositivo de formación se pensó para lxs integrantes de la comisión. Sin embargo, luego nos comentaron que habían definido que participen todxs lxs miembrxs de la AE. Esto significó que repensáramos y ampliáramos el enfoque. Finalmente, asistieron aproximadamente 30 personas de carreras relativas a salud, educación, ciencias políticas, sociología, antropología, artes y economía, lo cual abarca la mayoría de las unidades académicas de la universidad. El día del encuentro, explicitamos cómo iba a desarrollarse: una parte expositiva, en la que trabajamos nociones conceptuales, seguida de una dinámica de debate a partir de la división en grupos con algunos textos y preguntas orientadoras.

Comenzamos por presentar nuestro posicionamiento teórico (y político) acerca de qué entendemos por perspectiva de género. Desde que trabajamos en la implementación de la Ley Micaela (2023) –y los distintos dispositivos pedagógicos que desarrollamos en ese marco– nos hemos propuesto, por un lado, dar una definición precisa acerca de qué es la perspectiva de género que permita entenderla en su conjugación teórica, política y práctica. Es decir, fundamentada en los aportes de las teorías feministas, de género y queer, pero anclada en la praxis concreta de la UNSAM y como una categoría de análisis de las propias prácticas. A su vez, hemos construido –poco a poco– una explicación que se propone trascender los dualismos perspectiva de género y diversidad sexual, asumiendo un posicionamiento que señala en la fundamentación misma del género su entramado binario y heterocisnormativo[7].

De este modo, definimos la perspectiva de género como una manera de ver y un lugar desde el que miramos relaciones, espacios y prácticas sociales, entendiendo que el género condiciona nuestra forma de ser y estar en el mundo, influye en ellos. Observar desde esta perspectiva supone el reconocimiento de un sistema social que diferencia a las personas según su género, anclado en una supuesta realidad biológica que fija la diferencia sexual (Fabbri, 2019).

En general, las explicaciones acerca de la perspectiva de género se centran, sobre todo, en las desigualdades entre varones y mujeres cis. Si bien entendemos el valor teórico y político de dicha visibilización, estas referencias naturalizan la existencia de únicamente dos identidades (exactamente lo que buscamos desnaturalizar), proponen un carácter universal de la problemática (ignorando las cuestiones relativas a la interseccionalidad) y, quizás lo más grave, presentan a la identidad de género como algo que impide moverse y esquivar sus mandatos (Verea, 2023).

Consideramos que lo interesante de pensar en estos espacios es que “varón” y “mujer” no existen: son prototipos ideales, y todxs estamos aproximándonos a eso. Si bien esta idea tiene su fundamento en la noción butleriana del género como performativo (Butler, 2016), para nosotrxs tuvo aun la utilidad de permitirnos comprometer a quienes estaban presentes en la reflexión sobre las temáticas y problemáticas que nos reunían. Es decir que reflexionar sobre las identidades de género en contextos donde predominan las identidades cis no supone pensar únicamente en “lo trans” como eso “otro”, sino que implica además hacernos parte de la discusión y mirar las propias prácticas. La pregunta clave que quisimos instalar fue: ¿hay algo de mis prácticas que reproduce aquello con lo que no estoy de acuerdo? ¿Hay algo en la organización política de las demandas estudiantiles que construye lo “normal” y lo “otro”? ¿Cómo imaginamos a “un estudiante normal”? ¿Cuánto de esa representación condiciona el accionar político?

Universidad para ¿todxs?

El cuestionamiento del sexo como natural visibiliza cómo se normaliza que solo puedan ser masculinos los cuerpos con pene y que solo puedan ser femeninos los cuerpos con vulva. Y quizás el efecto más grave de la construcción de los dos lados es que no haya nada por fuera, que no haya otra posibilidad. Y que quien se corra con sus prácticas o expresión de género de aquella asignación originaria (la que anunció la ecografía y asignó el médico que vio nuestros genitales) puede estar expuestx a situaciones de discriminación y violencias[8].

En términos de Butler (2016), esto se produce dentro del sistema de la heterosexualidad obligatoria, que supone la idea (o sensación) de coherencia entre sexo-género-deseo: a un determinado cuerpo le va a corresponder una identidad, a esa identidad le va a corresponder una orientación sexual. En otras palabras, que todo funciona en la medida que las personas con pene se identifiquen como varones, sean masculinas y se relacionen sexualmente con mujeres (y viceversa). Mientras eso se (re)produzca sin cuestionamientos, el sistema de género funciona. Esta forma de entender lo social está naturalizada, y no se refiere únicamente a las personas, sino que produce y atraviesa los espacios que parecieran neutrales, aunque están también ordenados en función de esa división.

Llegamos así al nudo que caracteriza nuestros tránsitos diferenciales en la universidad. Principalmente, al igual que muchos de los espacios que transitamos, es que se suponen asépticos[9]. Eso moldea lo que creemos sobre la institución: ¿quién puede y quién no puede entrar a la universidad? ¿Quién puede y quién no puede transitarla? La idea que nos interesa cuestionar es que, en ocasiones, aquello que es “para todes” pareciera no estar pensado para un sujeto en particular. La cuestión es que cuando pensamos en nadie, en general pensamos en un prototipo ideal: probablemente un varón cis, heterosexual, que no hace más que estudiar y tiene el dinero suficiente para hacerlo[10]. Sin embargo, difícilmente alguien cumpla con todas esas características, y en la medida en que las personas y sus trayectorias se alejan de esa caracterización, más obstruida verán su permanencia en la institución.

Este recorrido nos permitió llegar a uno de los interrogantes centrales que ordenaban nuestro encuentro: ¿qué identidades pueden o deben hablar sobre género? ¿Qué identidades pueden o deben conformar una comisión de “género y diversidades” dentro de un espacio de militancia política? Aquí no buscamos desconocer cómo se cristalizan los roles sociales y las jerarquías de varones y mujeres en nuestras formas de organización social, ni la sistemática exclusión de personas TTNB, pero sí tensionar las preguntas para –en el ámbito de la militancia– comenzar a poner el foco sobre las prácticas: ¿qué prácticas hacen de nuestro espacio uno (trans)feminista? ¿Qué prácticas consideramos emancipadoras respecto de las opresiones de género y quiénes pueden encarnarlas?

Luego de esta exposición –que fue también rica en intercambios– propusimos una dinámica de trabajo en grupos con tres textos disparadores[11] y las siguientes preguntas para guiar la discusión: ¿qué preguntas encuentran en los textos sobre identidad y política? ¿Cuáles son los aspectos más importantes a trabajar desde las militancias? ¿Qué podemos pensar desde la universidad? A continuación, retomaremos algunas de las principales reflexiones suscitadas en ese intercambio.

Diversidad, división y fronteras

Cuando comenzamos a pensar el encuentro junto con algunas participantes de la AE, uno de los principales ejes sobre los que les interesaba reflexionar era la diversidad sexual: por un lado, consideraban que necesitaban una formación teórico-política sobre lo relativo a la temática; a su vez, comenzaban a surgir preguntas en el marco de la conformación de la Comisión de Géneros y Diversidades acerca de cómo nombrar ese espacio, qué identidades podían formar parte, cómo tener un trato respetuoso, cómo convocar otras identidades de género por fuera del binario varón-mujer.

Sin embargo, el día del encuentro y al momento del intercambio, los debates suscitados nos permitieron hacer un puente entre esas inquietudes iniciales y las propias identidades de quienes estaban allí. En cierta forma, lo que comenzó siendo una pregunta por la diversidad sexual y una formación pensada desde la teoría queer permitió también abrir interrogantes acerca de la conformación de lo femenino y lo masculino y sobre los tránsitos en la universidad, que dieron lugar a que se ponga la mirada sobre lo estructural, sobre aquellas construcciones sistemáticas que nos interpelan respecto del género –pertenezcamos al gran espectro de la diversidad sexual o no–. Con esto nos referimos a que fue posible situar que “mujeres” y “varones”, “femenino” y “masculino” fueron también moldes vacíos que cada unx fue construyendo a lo largo de su vida y que no vinieron “dados”.

A partir de estas reflexiones, algunxs participantes pusieron en evidencia ideas con relación a cómo se construye la diversidad sexual dentro de un espacio político. Fundamentalmente, donde la cuestión de género y sexualidades no es el eje central sobre el que se encauza la lucha (como lo es en este caso la identidad estudiantil), sino que se agrega de modo transversal o accesorio (que no son lo mismo), se construyen también ciertas expectativas naturalizadas acerca de qué esperamos de la diversidad sexual: ¿esperamos que las personas trans, travestis y no binarias se vean de cierta manera? ¿Y lesbianas, gays, bisexuales? ¿Esperamos que hablen de ciertos temas, que militen ciertas luchas? ¿Esperamos de las personas que forman parte de los colectivos LGBTIQ+ que se enuncien? ¿Asumimos en función de esos estereotipos que esas personas no están allí? ¿Qué le deben las disidencias a la sociedad para ser reconocidas como tales y como parte?

Sobre esta cuestión escribe Moira Pérez (2013) en su artículo “Homonorma y heteroqueer, o ‘No todo lo que brilla es oro, y viceversa’”. Allí, la autora problematiza algunas expectativas y construcciones sedimentadas acerca de la “diversidad sexual” que ubican a las personas de identidades de género u orientaciones sexuales no cis-heterosexuales necesariamente en una posición subversiva o antinormativa. En el encuentro, unx participante manifestaba: “La diversidad o el género no es un ente monolítico, una caja negra cerrada”. En palabras de la autora:

En particular, al pensar a las personas a partir de la diferenciación homosexual/heterosexual o trans*/cis, es frecuente el soslayamiento de otras pertenencias, y por ello la caída en una simplificación que atribuye un carácter disidente, radical o subversivo al primer término del binomio, y uno normal o normalizador al segundo. En otras palabras: en plan de señalar las normalidades y establecer alianzas con la disidencia, muchas veces corremos el riesgo de identificar a la norma (y la normalidad) con el cisgénero y la heterosexualidad, y a la subversión, lo queer y el potencial radical con la homosexualidad y las identidades trans* (Pérez, 2013, p. 1).

Esto resulta significativo dado que los debates en relación con las expectativas construidas en torno a la diversidad sexual complejizaron la discusión acerca de qué sentidos e implicancias reviste la definición de las identidades y sujetos políticos dentro de un espacio de militancia. Es decir, la importancia de reconocer la diversidad de identidades políticas (en relación con el género y la orientación sexual) que forman parte del espacio, al mismo tiempo que no asociar lucha e identidad: ¿ser mujer es ser feminista? ¿Ser varón es adherir al patriarcado? ¿Ser trans supone ser disidente?

¿Cuánto necesitamos definir las identidades para definir las luchas y las causas que nos agrupan? Esta pregunta situaba la tensión que existe entre el hecho de no nombrar a ciertas identidades, lo que puede suponer reproducir aquellas suposiciones naturalizadas que predominan cuando operan la heteronorma y la cisnorma, y, al mismo tiempo, que la segmentación según las identidades de género podría operar como “clausura” o “exclusión” al momento de organizarse políticamente. ¿Hablamos de lo mismo cuando nos referimos a las identidades de las personas o a las identidades de las luchas? Sostenía unx participante:

Quizás lo importante es acompañar y todos conocer todas las luchas y de esa forma contribuir a un cambio y una revolución en general, pero focalizándolas y definiéndolas. Volviendo con lo mismo con las identidades, no solo las identidades de las personas, sino las identidades de cada lucha y las necesidades en general de las cosas.

En esta línea, podemos considerar la noción de ética de apoyo mutuo planteada por bell hooks (2017), quien sostiene que

el pensamiento feminista nos ofrece un camino para acabar con la dominación y, al mismo tiempo, cambiar el impacto de la desigualdad. En un universo donde el apoyo mutuo sea la norma, puede haber momentos en los que no todo sea igualitario, pero la consecuencia de la desigualdad no será la subordinación, la colonización, ni la deshumanización (p. 149).

Si bien muchas de las preguntas que emergieron en el intercambio permanecerán sin respuestas –quizás eso sea lo más interesante–, hay todavía otra cuestión que nos enlaza también con nuestro quehacer en la universidad: ¿se trata de incluir “otras identidades de género”? ¿Cómo se daría esa inclusión y bajo qué términos? Una estudiante reflexionaba acerca de la importancia de que comenzaran a formar parte del espacio político más personas trans y travestis, dado que esas voces le parecían necesarias. A su vez, se preguntaba cómo generar ese acercamiento, ¿convocamos a las personas solo por su identidad de género para llenar un cupo?

Esta reflexión nos abre una pregunta a nosotrxs mismxs, ya que se relaciona también con las transformaciones posibles que imaginamos mediante la sanción de políticas de género: ¿qué significa incluir y cómo incluimos? Lxs participantes planteaban la diferencia entre “incluir otras identidades” dentro de formas de organización cis/heteronormadas y “ampliar fronteras” y construir mayorías más diversas/abarcativas de esas diferencias identitarias. En cierta forma, esta es una postura que pone el foco en las estructuras y no solo en las identidades, lo que hace lugar también a pensar nuestra universidad.

Hay que preguntarle a la universidad

En el apartado anterior analizamos algunas cuestiones tendientes a cómo lxs estudiantes se relacionan con la idea de la diversidad en las identidades de género y orientaciones sexuales, particularmente respecto de la organización y politización de las demandas. Creemos que “ampliar la frontera” tiene dos canales de discusión: uno, relativo a la inclusión de las personas a nuestro ámbito y otro, a la inclusión de la perspectiva más allá de lo que hace a la participación política. A partir de aquí desarrollaremos algunos puntos de ese debate: la posición en la investigación, la representación en los espacios políticos y la necesidad de herramientas para construir nuevas formas militantes.

Una de las ideas que surgían con mayor fuerza o consenso por parte de lxs participantes fue la de no perpetuar desde las prácticas de investigación en la universidad la relación sujeto-objeto. Aquí, encontramos un puente con las teorías de epistemología feminista y su crítica a la construcción del conocimiento científico, que se basa en la sospecha de que la influencia de la naturalización de las normas y roles de género en el sentido común sedimenta sesgos en la investigación (Haraway, 1995; Harding, 1996). La ya conocida división binaria hace pasar por natural una separación entre quien investiga y lo que investiga, pero además la cree más objetiva en la medida en que más se distancia. Donna Haraway (1995) plantea que la objetividad es una falsa visión que promete trascendencia de los límites y responsabilidades, mientras que la objetividad feminista se centra en el conocimiento situado, una perspectiva parcial, sin el requisito del desdoblamiento de sujeto y objeto. En estos planteos metodológicos es central la idea de la práctica reflexiva: la experiencia es el centro[12]. Importa tanto la manera en que se transforma el campo de estudios como la transformación misma de quien investiga (Guber, 2019).

En el encuentro, pudimos registrar varios intercambios que sintetizaban como idea central “no hablar en nombre de”. Lxs estudiantes explicaron que entender esa crítica vino de la mano de su participación en asambleas en las que se encontraban con representantes de diversas formas y lugares de acción política, espacios en los que tuvieron la sensación de que las universitarias son miradas con desconfianza, escucharon que ven a mujeres o disidencias sexuales como “los objetos de las blancas universitarias que pueden estudiar y las estudian a ellas”. En este sentido, Moira Perez (2019) retoma la noción de violencia epistémica para referirse a la asignación compulsiva que distingue dos esferas: “nosotrxs” (los agentes epistémicos) y “otrxs”, que al no ser visibilizados, se ignora su ejercicio y naturaliza su existencia. No se trata únicamente de una cuestión que pueda ser resuelta con el develamiento de su forma de acción, sino de la transformación de un sistema de construcción científica que lo ignora y así fortalece ese desconocimiento.

El problema de hablar en nombre o en representación de otrxs se visibiliza en las prácticas de investigación o toma de la palabra en la universidad, pero no se reduce a eso, ya que la inmediata pregunta sobre el tema fue: y entonces en la política, ¿cómo hacer? ¿Cómo hablar por quienes no transitan estos espacios? Si no hay personas trans en su organización, ¿pueden pensar a las personas trans en la universidad y sus demandas? Un estudiante afirma que la problemática de la representación se ve claramente en lo que atañe al género, pero que se cuela en todos los espacios de organización política:

Nosotros incluso hoy día, por ejemplo, en la mesa provincial discutimos, que no tenemos estudiantes del conurbano bonaerense tomando las decisiones por los estudiantes del conurbano. Entonces yo creo es un mismo esquema en un montón de sentidos con cosas que militamos nosotros constantemente con otros valores, con otras vivencias.

Otra estudiante se suma a la reflexión y pregunta “¿Hay que buscar a quienes no se representa?”. Se presenta el problema de qué hacer frente a la falta de participación por parte de personas de la disidencia sexual:

Tenemos una comisión de género y a veces yo pienso ¿no tenemos que buscar a más compas disidentes? Pero al mismo tiempo digo “uh, no da ir a buscar a alguien por ser una disidencia”. Pero al mismo tiempo, ¿cómo soy más representativa, si no tengo estas voces al interior de mi espacio?

Sin poder brindar una respuesta eficaz a esa pregunta, aparece la necesidad de volver a hacer una lectura de la trayectoria propia que sea más representativa de la experiencia personal, es decir, cómo lo que tenemos puede ser atravesado por esta perspectiva.

¿Cuáles son los ellxs y nosotrxs que atraviesan las vidas de nuestrxs estudiantes? Otra de las discusiones que ubican en relación con la cuestión representativa es la de ser estudiantes o militantes, como si fueran ámbitos separados, como si ser estudiante se tratara de una cuestión racional y objetiva frente a lo emocional y subjetivo de la militancia, como afirma una estudiante:

y que nosotros realmente creemos que nuestra identidad política viene de esa mano que se puede llevar adelante las dos cosas y eso me parece como muy importante unir porque queremos formarnos como militantes, pero también podemos trabajar desde la academia o podemos ser científicos, digo… o no, pero sí que creemos que van de la mano.

Así se suma otro problema: ¿es legítima la palabra de aquellxs que investigan y se posicionan políticamente?

La primera respuesta que encuentran en ese debate de preguntas es la necesidad de cambios estructurales en la universidad, y por primera vez en el encuentro aparecen las políticas de género como promotoras:

La universidad adoptó, tomó a la ley como parte de la vida, de la normativa de la universidad. Pero yo me pregunto ¿dónde están les compañeres trans en la universidad en el claustro no docente? Y si hubo, ¿qué pasó? No, porque también tenemos que exigir desde nuestro lugar de militantes políticos actuar con absoluta responsabilidad.

Así, encuentran una primera salida del enrosque entre representación, acción política e identidad de género, virar la mirada a quienes deben impulsar y garantizar que se respeten los derechos conseguidos, hay que preguntarle a la universidad, dicen. Una estudiante se cuestiona si tienen las herramientas necesarias para contener lo que pueda generar esta formación o este cambio de perspectiva: “y me puso a preguntarme si todos estamos sensibilizados o tenemos las herramientas o las capacidades para dar esa contención y me parece que está re buena esta charla, este taller y que me encantaría empezar a armar algo”.

En síntesis, pudimos observar cómo lxs estudiantes ensayan distintas respuestas a la problemática que también crearon a partir del reconocimiento de esta perspectiva: cómo investigamos, cómo representamos, cómo ser militantes que estudian o estudiantes que militan y fortalecer su voz, cuáles son las herramientas necesarias, cómo garantizar aquello establecido como derecho. Cómo construir un nosotrxs desalambrado y diverso, que observe y estudie la configuración de las relaciones de poder situadamente, buscando a quienes faltan para que tengan su lugar. Investigar comprometidamente con la praxis política en realidades atravesadas por múltiples desigualdades, injustas y violentas, para imaginar otros mundos posibles. Una forma de habitar las universidades que encarne la transición que trajeron las modificaciones normativas, que reflexione sobre su experiencia, que incomode y desestabilice a quienes quieran sostener el statu quo. Que se introduzca en las ciencias, que problematice las dicotomías, los sesgos, y que se anime a desobedecer la objetividad sin abandonar la rigurosidad en sus planteos.

Conclusiones

En este capítulo nos propusimos explorar la relación entre la militancia estudiantil universitaria y la representación política de las demandas de los colectivos LGBTIQ+, a partir del trabajo con estudiantes de una agrupación estudiantil de la UNSAM conformada por estudiantes que tienen posiciones de representación estudiantil en las distintas instancias de cogobierno de la universidad. En este sentido, han participado del proceso de adopción de normativas dirigidas al reconocimiento de la diversidad de identidades de género que conforman nuestra comunidad universitaria.

Como parte de nuestra agenda de trabajo, realizamos con ellxs un encuentro de formación/debate en el que abordamos como temáticas la diversidad de identidades de género y orientaciones sexuales. Sus inquietudes teóricas se vinculaban con una dimensión política acerca de cómo nombrar(se) y cómo lograr una convocatoria que se sostenga en un trato respetuoso. Las preguntas que se hicieron fueron interesantes, más allá de cómo se respondan: ¿qué esperamos de “la diversidad sexual”? ¿Cuáles son los efectos de reproducir un silencio ya presente en las instituciones? Segmentar un espacio que se concentre en la temática, ¿clausura o excluye de la discusión a toda la organización política? Uno de los ejes centrales fue cuestionar la idea de la inclusión y avanzar hacia la de ampliar fronteras, poner el ojo en las estructuras construidas más que en las identidades en sí.

Ampliar fronteras es un ejercicio de mirar hacia dentro de la organización política y de sus identidades mismas. Como estudiantes del conurbano, ¿cuántas veces se sintieron dejadxs afuera de las discusiones por no cumplir con un ideal de estudiante? El problema de la representación fue una clave central de análisis, tanto en la política como a partir de sus experiencias en la investigación. La cápsula del debate es esta: ¿corresponde hablar en nombre de otras personas? Esto nos parece particularmente interesante, teniendo en cuenta el lugar que tiene la universidad en la producción de conocimiento. En ese sentido retomamos la necesidad de repensar nuestros marcos de investigación, a partir de los avances en los estudios de género y diversidad sexual. Si la temática ha sido consolidada en los ámbitos de investigación, quizás llegue el momento de cuestionar el método mismo.

Ampliar las fronteras es discutir con lo instituido. Parte de su militancia supone exigirle a la universidad que cumpla con los compromisos asumidos, pero también reconocer la importancia de que existan políticas de género y diversidad sexual. Creemos que las transformaciones serán posibles en la medida en que llevemos adelante los debates necesarios en los espacios de decisión, y que estos se vean articulados con una revisión de las propias prácticas como estudiantes, docentes o investigadores.

Los espacios institucionalizados de género permitieron la ampliación de derechos en la vida universitaria y se vieron fortalecidos cuando las políticas del Estado trabajaron en el mismo sentido (2019-2023). Los espacios de encuentro con referentes de organizaciones estudiantiles son fundamentales, ya que la relación con las militancias ha tenido un rol protagónico en la institucionalización de estos programas políticos, en el diagnóstico, la ampliación de su llegada, la garantía y consolidación.

Creemos que la universidad encontrará mayor éxito en sus iniciativas si logra crear consensos amplios con aquellxs que se preguntan por su accionar como espacio político y se encuentran en la búsqueda de crear formas militantes más representativas, más convocantes, que tengan como norte la aseguración y multiplicación de los derechos conseguidos.

Bibliografía

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  1. Convocatoria Universidades por la Igualdad de Género de la Secretaría de Políticas Universitarias del Ministerio de Educación (2022).
  2. Conservaremos durante todo el trabajo el anonimato como parte de una postura ética (Meo, 2010) en la investigación. Al inicio del registro afirmamos que el encuentro sería grabado para su posterior análisis, informamos los objetivos del proyecto y consultamos a lxs asistentes sobre su acuerdo, quienes respondieron afirmativamente respecto de las pautas establecidas.
  3. Como se encuentra definido en el Estatuto de la Universidad Nacional de General San Martín (2020), la universidad se gobierna a sí misma y en la toma de decisiones intervienen órganos de gobierno colegiados conformados por los distintos claustros: docentes, no docentes y estudiantes. Disponible en https://tinyurl.com/muyf8f49.
  4. Al respecto, consideraremos los aportes de Rafael Blanco (2014), quien propone pensar la universidad como un espacio donde se suceden procesos de sociabilidad y subjetivación atravesados por regulaciones sexo-genéricas, que colaboran en la construcción de heteronormatividad y que dan lugar a una distribución desigual y jerárquica de legitimidad respecto de qué identidades de género pueden aparecer en público.
  5. Utilizaremos esta designación para hacer referencia a las identidades de travestis, trans y no binaries.
  6. Con esto nos referimos a que la identidad política de la AE está fundada en la pertenencia estudiantil y no en las identidades de género de sus militantes. En este sentido, participan –en principio– tanto mujeres como varones cis y también forman parte personas con otras identidades de género.
  7. La noción de heterocisnormativo hace referencia a la construcción de la heteronorma y la cisnorma. La heteronorma se refiere a las nociones mencionadas a lo largo de este trabajo en relación con el sistema de la heterosexualidad obligatoria (Butler, 2016), que supone la asunción de que las personas son heterosexuales y que eso es “lo normal”. La cisnorma hace referencia a las expectativas que estructuran las prácticas e instituciones sociales sobre el supuesto de que todas las personas son “cis”, lo que implica una alineación entre características físicas e identidad de género (Radi y Pagani, 2021).
  8. Como se afirma en el Primer Relevamiento Nacional de Condiciones de Vida de la Diversidad Sexual y Genérica (2024), del total de las personas que asistían a un establecimiento educativo, un 16,7 % señaló haber sido agredido o discriminado por profesores, directivos o personal de la institución. Mientras que un 20 % vivió situaciones de agresión o discriminación por parte de compañeros de estudio. Las personas trans (masculinidades y varones trans, y feminidades mujeres travesti/trans) son además quienes más reportaron haber vivido situaciones de agresión o discriminación por parte de compañeros de estudio (cerca del 35 %).
  9. Como afirma Mariana Palumbo (2017), comprendemos este espacio, como cualquier otro, de manera sexuada y no neutral. Los espacios no son simplemente un escenario, sino que son constantemente (re)producidos dentro de complejas relaciones entre la cultura, el poder y las diferencias, y varían a lo largo del tiempo.
  10. Esto entra en relación con lo que diferentes autoras han denominado androcentrismo, es decir, cómo aquella perspectiva que toma al varón cis, blanco, occidental, heterosexual se entiende en tanto punto de partida y medida de todas las cosas. Se construye al varón cis como parámetro y norma, por lo que el conocimiento, la organización de la sociedad, el trabajo, la historia, etc., se piensan desde esta mirada (Bach, 2015; Mileo y Suárez Tomé, 2018).
  11. Los textos fueron “Hay” de val flores (2009), “Las ausentes” de Mauro Cabral (2006) y “Géneros, Sexualidades y Subjetividades”, una intervención de Lohana Berkins (2003) compartida por Pañuelos en Rebeldía.
  12. Como afirma Catalina Trebisacce (2016), la construcción de un conocimiento que parta de la experiencia no solo es la posibilidad de la construcción de una herramienta metodológica que permita visualizar estados de cosas inéditos para la ciencia, sino que es una herramienta que abraza simultáneamente compromisos éticos.


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