Estudio de caso de una tentativa de feminicidio en Santa Catarina, Brasil
Camila Maffioleti Cavaler[2], Verônica Bem dos Santos[3],
Adriano Beiras[4] y Maria Juracy Filgueiras Toneli[5]
Resumen
El lugar de la víctima de violencia ha sido cuestionado por investigadores de las ciencias sociales y humanas como un espacio simbólico construido sobre la base de moralidades de género. Este trabajo tiene como objetivo analizar las estrategias discursivas de los abogados defensores en un caso de intento de feminicidio ocurrido en Brasil a partir de las teorías feministas. Los datos provienen de una entrevista con el acusado ya condenado y de la lectura del proceso judicial, y fueron problematizados a partir del análisis del discurso foucaultiano. El caso evoca tres movimientos enunciativos: la paternidad responsable, la madre promiscua y la masculinidad desafiada. Estos movimientos enunciativos se juntan para la construcción de la mujer/madre como menos víctima. Concluimos que el sistema de justicia ha operado en el sentido de la regulación de las formas de ser mujer, a partir de la producción del propio entendimiento de la noción de víctima.
Introducción
En el juego jurídico de los delitos de género, ¿quién cuenta como víctima? Como espacio simbólico construido sobre la base de moralidades de género, la fragilidad del lugar de la víctima ha sido denunciada por diferentes investigadoras (Pimentel, Pandjiarjian & Belloque, 2006; Blay, 2008; Ramos, 2012; Santos & Castellano, 2020), siendo discutido el hecho de que, a través de los servicios de protección y del sistema de justicia, se expresa una expectativa social sobre un perfil y un patrón de comportamiento que difícilmente corresponden a la realidad de la mayoría de las mujeres en situación de violencia. A partir de esta expectativa, el lugar de la víctima es cuestionado ante cualquier subversión (Santos & Castellano, 2020). De esta manera, los enunciados institucionales que sostienen el ideal de víctima son los mismos que cuestionan si merece cuidado y protección.
Para Pimentel, Pandjiarjian y Belloque (2006), los derechos humanos de las mujeres son violados por legislaciones y decisiones judiciales que respaldan la impunidad de los agresores y la discriminación de las mujeres víctimas de violencia. Según las autoras, en Brasil, así como en otros países latinoamericanos y caribeños, ciertos argumentos jurídicos como la legítima defensa de la honra[6] y la emoción violenta contribuyen con esta violación. Del mismo modo, Ramos (2012) cuestiona cómo se construye la mujer como un ser sepultado por los mismos discursos –jurídicos, sociales y cristianos– que crean la noción de “honra”. En este contexto, la autora sostiene que, a lo largo de los siglos, la vida de las mujeres ha sido considerada como menos valiosa que la vida y la honra de los hombres (Ramos, 2012, p. 54).
Dentro del contexto histórico brasileño, la construcción de hombres y mujeres siguió una lógica colonial de diferenciación. Según Ramos (2012), el aparato jurídico que protege a la mujer de la violencia es también, y ante todo, el mismo discurso creado para proteger la honra masculina. De este modo, los procesos judiciales muestran una desvalorización de la mujer frente al hombre acusado de violentarla, lo que se evidencia cuando la discusión sobre el delito pasa a un segundo plano con relación al comportamiento de la mujer.
Siguiendo una lógica similar y centrándose en las moralidades involucradas en la producción de lo que se entiende como víctima, Santos y Castellano (2020) reflexionan sobre la idealización de este sujeto como puro y bondadoso. Del mismo modo, Olga Brunatti (2006) sostiene que la pertenencia familiar es uno de los factores que moldean los discursos y las prácticas institucionales para la definición de la víctima y, por lo tanto, define si merece las políticas de protección. Esta lógica, además de obstaculizar la protección de las mujeres víctimas de violencia, contribuye a la regulación de los comportamientos femeninos y los modos de ser mujer en el mundo.
Con el propósito de contribuir al desarrollo de estas reflexiones, este texto presenta un estudio de caso basado en una entrevista semiestructurada y la revisión de los registros de un proceso judicial en el que el entrevistado fue el acusado. El participante es un hombre de 29 años, condenado a nueve años, tres meses y cuatro días de prisión, por intento de feminicidio contra su exesposa. La entrevista, realizada por una de las autoras de este texto, tuvo lugar en la prisión donde el participante está cumpliendo su condena. Los documentos judiciales fueron analizados en las instalaciones del tribunal de la jurisdicción, donde se encuentran archivados.
El estudio forma parte de una investigación más amplia titulada “‘La culpa fue de ella’: problematización sobre la red discursiva que otorga inteligibilidad al feminicidio”, que tiene como objetivo analizar las estrategias discursivas de los abogados de la defensa en relación con la víctima y al autor del delito, en un caso de intento de feminicidio ocurrido en Brasil. Para responder a este objetivo, los datos producidos fueron analizados mediante el análisis del discurso foucaultiano. En los siguientes apartados, se presentarán las informaciones obtenidas de la entrevista y de la lectura de los documentos judiciales, seguidas del análisis teórico. Para preservar la identidad de las personas involucradas, se utilizarán nombres ficticios: Lucas y Amanda.
Del mismo modo, siguiendo los preceptos éticos para la investigación con seres humanos, el estudio fue aprobado por el Comité de Ética en Investigación con Seres Humanos de la Universidade Federal de Santa Catarina (Dictamen n.º 3.729.507). La entrevista se realizó después de explicar al participante los objetivos del estudio, así como los riesgos y beneficios de su participación. Por último, el participante firmó el Documento de Consentimiento Libre e Informado, demostrando estar de acuerdo con el contrato establecido.
Lucas posee en su historial varios tránsitos por el sistema de justicia, con condenas que incluyen tráfico de drogas y asalto a mano armada. Se casó con Amanda, la víctima del delito por el cual está cumpliendo condena, durante uno de los períodos en que estuvo en libertad condicional. La pareja tiene dos hijas. Aunque, en el historial criminal de Lucas, no hay registros de violencia contra mujeres, existen alegaciones de Amanda de que él ya la había agredido con anterioridad, incluso cuando estaba embarazada. Lucas y Amanda admiten en sus declaraciones que las peleas físicas eran instrumentadas por ambos, resaltando la participación activa de Amanda.
Entrevista
La propuesta de la entrevista fue bien recibida por el participante, quien mostró interés en colaborar con la investigación. En un intento por complacer a la entrevistadora, en los primeros momentos, el entrevistado describía un cambio de actitud con respecto a la violencia que había cometido, con afirmaciones de arrepentimiento y el reconocimiento del delito como un “error” (sic). A pesar de esta oposición inicial a la violencia de género, a lo largo de la entrevista, fueron surgiendo declaraciones que demostraban una mayor complejidad en el abordaje del tema.
Al describir la historia que vivió con Amanda, Lucas relató que comenzó a relacionarse con ella a los 19 años, cuando salió de su primera condena en prisión, de las “cinco o seis” (sic) que cumplió a lo largo de su vida. La relación duró nueve años, pero solo comenzaron a vivir juntos cuando Amanda quedó embarazada de la primera hija de la pareja. Según el entrevistado, la relación estaba marcada por la violencia psicológica, patrimonial y física.
Lucas relata que ambos tenían muchos celos el uno del otro y que él intentaba controlar la ropa que ella vestía, pero ella lo enfrentaba. Tampoco le gustaban las fotos que ella publicaba en las redes sociales. Entre los episodios de violencia relatados, Lucas menciona uno en el que rompió el teléfono móvil de su pareja, y ella, en respuesta, hizo lo mismo con el celular de él. En otro episodio, él le prohíbe salir con unas amigas, a lo que ella responde de la misma manera, prohibiéndole jugar al fútbol. También cuenta que, en los episodios de agresión física, ambos se golpeaban mutuamente.
En los nueve años en que estuvieron juntos, pasaron por diversos episodios de separación. Con el tiempo, la familia de Amanda dejó de apoyar la relación debido a las constantes peleas. En la última ruptura, al enterarse de que Amanda saldría con una amiga, Lucas fue a varios lugares en un intento de encontrarla. Al sentirse incómoda con el comportamiento acosador de su expareja, Amanda pidió ayuda a uno de sus tíos para que conversara con Lucas y le aconsejara que cambiara su actitud. Este episodio tuvo importantes repercusiones en el caso analizado.
La intervención del tío de Amanda fue interpretada por Lucas como una amenaza. Según él, el hombre le dijo que tendría que “arreglárselas con él” (sic) si se acercaba nuevamente a su sobrina. Incómodo, Lucas respondió al enfrentamiento yendo a pedir explicaciones a su expareja, argumentando que no era “un hombre que dejara pasar una provocación” (sic). Después de algunas semanas de este episodio, la pareja reanudó su relación y Amanda prometió nunca más utilizar a su tío para amenazar a Lucas. Sin embargo, esta promesa se rompió en la siguiente ruptura de la relación, cuando una vez más el tío de Amanda intervino para defenderla, y Lucas “perdió la cabeza” (sic).
El día del crimen, Lucas estaba trabajando cuando Amanda pasó frente a su local de trabajo, un recorrido que hacía a diario para llevar a la hija de ambos a la guardería. Él la llamó para hablar y pedir explicaciones sobre la nueva amenaza que había recibido de su tío, y allí mismo tuvieron una discusión. Luego, Amanda salió del lugar con la niña y subió al autobús en dirección a la guardería. Lucas, entonces, pidió prestado un cuchillo a un compañero de trabajo y la siguió en motocicleta hasta la guardería. Ambos se encontraron en el pasillo mientras ella estaba sosteniendo el teléfono y llamando a su tío. Fue en ese momento en que Lucas comenzó a apuñalar a Amanda. Según él, los golpes iban dirigidos a la mochila que ella llevaba en la espalda, ya que su intención no era matarla, sino asustarla.
El entrevistado relató que su expareja fue socorrida por las maestras de la guardería y que él abandonó el lugar libremente, y se presentó a la policía días después. Creía que Amanda no lo denunciaría, pues ella sabía que él tenía un historial delictivo y que, “en el mundo del crimen, no se aceptan soplones” (sic). Durante la entrevista, Lucas dice que las cosas podrían haber sido diferentes y que comprende que las mujeres deben tener la libertad de ir a donde quieran y vestirse como deseen. Refiere que, cuando salga de la prisión, tiene la intención de ver a sus hijas, a quienes extraña mucho, pero no de buscar a Amanda, y espera que cada uno pueda vivir su vida sin interferir en la del otro.
Proceso judicial
El proceso judicial que forma parte de este análisis se refiere al intento de asesinato perpetrado por Lucas contra Amanda. El proceso está compuesto por testimonios del acusado, la víctima y los testigos, así como por los discursos de la defensa y la acusación ante el jurado del Tribunal. Entre el día del crimen y la finalización del proceso, pasaron quince meses. Dado que no hubo detención en el acto del crimen debido a la huida de Lucas del lugar, se emitió una orden de arresto preventivo por parte del juez, pero el acusado fue detenido 18 días después, cuando él mismo se presentó en la comisaría acompañado de su abogado.
En el testimonio recopilado durante la fase de investigación policial, el acusado afirmó que nunca tuvo la intención de matar a Amanda, su expareja, sino que quería asustarla. Alegaba que había ido a pedir explicaciones sobre las amenazas que había recibido por parte de familiares de la víctima. No se menciona en el proceso el tipo de amenazas que recibió ni quién pudo haber sido el/la autor/a de estas. Cuando se presentó en la comisaría de policía, se cumplió la orden de arresto preventivo y quedó detenido en una celda de la propia institución durante 13 días, junto a otros presos, hasta que la prisión disponibilizara una vacante.
El testimonio de Lucas cambió a lo largo de las diferentes etapas del proceso. Según consta en el expediente, Lucas y Amanda mantuvieron una relación durante nueve años, de la cual tuvieron dos hijas. En la fecha del juicio, una de las niñas tenía ocho años, y la otra, seis años. Según el acusado, la relación entre ambos era bastante difícil, con muchas separaciones y reconciliaciones, y una historia previa de violencia conyugal con agresiones mutuas. Relató que la última separación ocurrió cuatro meses antes del crimen, pero que continuaron viéndose y yendo juntos a restaurantes y cafeterías.
En su testimonio, Lucas relató que Amanda lo amenazaba con llevarse a sus hijas, impidiendo el contacto con ellas. También dijo que no estaba de acuerdo con la forma en que Amanda educaba a las niñas, ya que les hacía usar ropa corta, publicaba fotos indecentes en las redes sociales y les decía a las niñas que, cuando tuvieran 13 o 14 años, podrían empezar a salir con chicos. Según él, ese no era el tipo de educación que quería para sus hijas.
La versión relatada en el proceso sobre el día del crimen es un poco diferente de la ofrecida en la entrevista para esta investigación. Según el expediente, Amanda pasó frente al lugar de trabajo de Lucas, como era su rutina, para llevar a su hija a la guardería. Lucas la llamó para hablar y pedir explicaciones sobre su intención de llevarse a sus hijas, pero ella se negó a hablar y tomó un autobús hacia la guardería. Enfurecido, Lucas agarró un cuchillo en su lugar de trabajo y la siguió en moto hasta la institución escolar. Cuando llegó, Amanda ya había dejado a su hija en el aula y la encontró en el pasillo. Lucas llevaba dos cascos y le pidió a Amanda que lo acompañara a otro lugar para hablar. Ante la negativa de Amanda a seguirlo, la golpeó en el mismo lugar. Después de varios golpes y patadas, la apuñaló. Según él, su intención no era matarla, sino asustarla, y por eso direccionó el cuchillo para que impactara en la mochila que ella llevaba en la espalda.
Cuando las funcionarias de la institución escucharon el altercado, una maestra se acercó a la pareja. En ese momento, Lucas dejó de agredir a Amanda y la maestra la llevó a una sala de la guardería. El cuchillo del crimen cayó al suelo. Pensando que era un objeto de Amanda, la maestra recogió el artefacto y lo llevó a la sala, donde finalmente se dio cuenta de que era un cuchillo. Lucas se alejó del lugar.
Amanda resultó herida con tres puñaladas, dos en el abdomen y una en el brazo, por lo que recibió atención del Servicio de Atención Móvil de Urgencia (SAMU) y luego se dirigió a la comisaría de policía especializada más cercana para registrar la denuncia. Según el testimonio de Amanda, en el momento inmediatamente anterior al crimen, entendió que Lucas quería hablar para reconciliarse, ya que la noche anterior él la había llamado y hecho ese pedido.
Lucas fue considerado culpable del delito. Debido a sus antecedentes penales, su pena se aumentó un sexto más, por lo que pasó a 14 años de reclusión. Por ser reincidente, se incrementó la pena un sexto adicional, por lo que alcanzó un total de 16 años y cuatro meses de prisión. Ya que el delito se cometió de una manera que dificultó la defensa de la víctima, se añadió otro sexto a la pena, la que llegó a un total de 19 años y 20 días de reclusión. Además, dado que el delito intentado fue reconocido como un intento de feminicidio, se sumó otro sexto, por lo que alcanzó una pena de 22 años, dos meses y tres días de reclusión. No obstante, debido a que el acusado confesó el delito, la pena se redujo un sexto, por lo que quedó en 18 años, seis meses y nueve días. Finalmente, como se trató de un delito intentado, la pena se redujo a la mitad, lo que resultó en una condena de nueve años, tres meses y cuatro días de reclusión.
La defensa apeló pidiendo una reducción mayor de la pena, argumentando que el delito merecía una reducción de dos tercios en lugar de la mitad. El recurso no fue aceptado por la cámara de segunda instancia, y la pena de Lucas se mantuvo en nueve años, tres meses y cuatro días de reclusión.
Discusión del caso
Realizar una arqueología del discurso jurídico requiere una atención un tanto diferente de la arqueología propuesta en la transcripción documental de las entrevistas. Los enunciados institucionalizados están moldeados, entrenados y son funcionales. Si fueran pronunciados en otro contexto, posiblemente los saberes que los constituyen serían otros. La disputa discursiva que fabrica una verdad deja para el tribunal la evidencia de que no todo puede ser dicho. Es necesario esquematizar, ignorar diferencias y asimilar las cosas entre sí (Foucault, 2018c), lo que no siempre se alinea con la materialidad de los hechos. Sin duda, este también es el camino de la elección enunciativa que emerge en la entrevista. No obstante, en este espacio, la producción de la verdad no pretende que los enunciados fundamenten una sentencia.
Lucas fue el primero de tres participantes en la recopilación de las informaciones de la investigación de mayor alcance que originó este estudio. Dentro de las instalaciones de la penitenciaría, contó su historia con una visible disposición. El relato, prácticamente ininterrumpido, no mostraba signos de arrepentimiento respecto al crimen cometido, sino racionalizaciones que, para Lucas, legitimaban su acto. Lamenta únicamente el hecho de que lleva más de un año sin contacto con sus hijas y expresa preocupación por la situación financiera de ellas. “Hoy en día pienso más en mis hijas, porque están muy apegadas a mí, y ahora están pasando necesidades” (relato de la entrevista). Durante la entrevista, el enunciado del padre responsable es recuperado por Lucas en algunos momentos; sin embargo, es en el proceso judicial donde cobra relevancia.
La paternidad responsable y la maternidad promiscua
La construcción del padre amoroso en la figura del acusado se convierte en el centro de las estrategias de la defensa. Sin embargo, a medida que se crea esta imagen de un padre cariñoso con sus hijas y preocupado por la educación de su descendencia, también se construye la imagen de una madre que vulgariza a las niñas. La disputa de enunciados usados en la fabricación de la verdad cobra coherencia en la medida en que recurre a una matriz de moralidades sexistas, que recaen no solo sobre la mujer/madre, sino también sobre las niñas/menores de edad.
Para deslegitimar el cuidado materno, la defensa presenta fotografías de la hija menor de la pareja, de seis años, publicadas por Amanda en las redes sociales. Una de las fotos es una captura de pantalla de un video (que no se adjuntó en su totalidad a los expedientes del proceso), en el que supuestamente la niña está bailando funk[7] hasta el piso y de forma sensual, según palabras del abogado. “Este video muestra a una niña de seis años bailando funk y moviéndose de manera provocativa. De hecho, el propio Ministerio Público debería presentar cargos contra la madre de la niña” (juicio, discurso de la defensa). Como se puede observar, el abogado sugiere que la propia víctima debería ser enjuiciada por la publicación del video.
Además de esta imagen, constan también fotografías tomadas de las redes sociales de Lucas, en las que aparece con sus hijas. En las imágenes presentadas, donde también se muestran las leyendas utilizadas por el acusado en el momento de la publicación, se pueden observar momentos de ocio entre él y las niñas, así como declaraciones de cariño. También se presenta una foto de una carta escrita por una de las niñas, en la que expresa su deseo de ver pronto a su padre y dice que lo extraña. Evidentemente, estas imágenes tienen un propósito en el proceso: se busca construir la imagen de un buen padre. “Lucas se sintió indignado, se enfadó con la forma en que [ella] educa a las niñas, que es diferente de la educación que él les da, y ustedes han visto la carta, la foto, todos felices, todos sonriendo” (juicio, discurso de la defensa).
Con el mismo propósito y en contraposición al concepto de un buen padre, a lo largo del proceso, surgió un discurso que buscaba construir la imagen de una mala madre:
La agredí porque tenemos dos hijas y no estaba de acuerdo con la educación que le estaba dando a nuestras hijas. Publicando videos en internet con shorts cortos, bailando funk y enseñándoles que podían tener novio a los 13 o 14 años (juicio, discurso del acusado).
El juicio deja de centrarse en el intento de feminicidio y pasa a enfocarse en la imagen construida discursivamente tanto del acusado como de la víctima. Esta estrategia de torsión enunciativa, común en crímenes conjugales (Blay, 2008; Ramos, 2012), se basa en la moralidad producida por el sistema sexo-género, que recae no solo sobre Amanda, sino también sobre sus hijas.
En la ficción simbólica de la familia nuclear, legitimada por la formación discursiva de las teorías del desarrollo humano, como las ciencias médicas y psi (Hennigen, 2010), los valores supuestamente cuestionables de las madres afectarán la formación psicológica de los niños, quienes, al igual que la matriarca, pueden subvertir las normas de género. Bailar, publicar fotos con ropa corta en internet y permitir que las hijas tengan relaciones amorosas en una edad considerada inapropiada por el padre/hombre produce la imagen de la víctima a partir de enunciados que retratan a la mujer como lasciva, sexualizada y poco confiable, sobre la cual recae la sospecha de no ser una buena madre. En contraposición al desprestigio materno, se construye la imagen de la paternidad responsable. Esta operación de moralización se basa en un poder biopolítico que, a través de las instituciones médicas y psi, define ciertas verdades sobre cómo los sujetos deben conducir la vida familiar, haciéndolos útiles para la organización social.
La actualización de los enunciados que históricamente han posicionado a mujeres como Amanda en el campo de la inmoralidad sexual tiene una amplia aceptación dentro de la norma que atraviesa el sistema sexo-género. Federici (2018) menciona que, en el siglo xvi, bastaba con que un hombre acusara a una mujer de prostitución para que fuera castigada físicamente y excluida de la legitimidad de la convivencia social. Hoy en día, es en la materialización del lugar de mujer “menos válida” o “mujer promiscua” en que se castiga a aquellas que subvierten la moralidad de género que intenta controlar sus cuerpos. Pero no solo eso, Amanda también fue castigada físicamente, y la estrategia de la defensa es hacer inteligible la corrección moral para alguien que es “menos víctima”.
Con esa finalidad, se promueve una torsión discursiva que, por un lado, hipersexualiza a la madre y, por otro lado, crea la imagen del padre protector. En esta disputa discursiva, llama la atención la asociación entre el funk y la moralidad cuestionable de la madre. Amanda es una mujer negra y, al igual que Lucas, vive en la periferia. El abogado, que utiliza el funk como estrategia de descrédito contra la víctima, es un joven abogado blanco, representativo de una clase social diferente a la de Amanda. Entrelazado al enunciado de que la madre debería ser denunciada por el Ministerio Público por vulgarizar a sus hijas, encontramos un campo discursivo consolidado desde hace mucho tiempo: la estigmatización del funk y sus consumidores (Facina, 2009), la criminalización de la pobreza (Lopes & Facina, 2012) y el racismo en el que todo esto se basa (Facina, 2009; Lopes & Facina, 2012).
La lectura crítica de la intersección de estos enunciados y del lugar ocupado por el sujeto que habla (ya sea el abogado blanco o el acusado marginalizado) recuerda a los escritos de Lélia Gonzalez (1984), en los que la autora llama la atención sobre la incorporación de los valores del dominador por parte del sujeto dominado. Lucas respalda la estrategia del abogado al hacer suya la declaración que desacredita al funk y lo que representa, incluso siendo parte de la “baja casta” que compone aquel tribunal. La crítica realizada por estos hombres a la madre que expone a su hija revela cómo la sociedad renueva el racismo y el sexismo, disfrazados por la moralidad de la casa-grande. Se pasan por alto los elementos culturales que hacen del funk un ritmo común entre los residentes de las periferias y se sugiere su criminalización.
La estrategia es la descalificación de la víctima y de los valores subjetivados por ella. Este recurso se enuncia a partir de una ideología moral común al sistema de justicia (Pimentel, Pandjiarjian, & Belloque, 2006) y se difunde por medio de la torsión entre el lugar ocupado por la víctima y el lugar ocupado por el acusado. Para lograrlo, se recupera cualquier rastro que pueda socavar la credibilidad de la denunciante y atenuar el crimen cometido por el acusado. En este juego de verdades, se asume la exageración de la dicotomía bien-mal, donde no basta presentar al acusado como un sujeto digno, sino que también es necesario cuestionar el papel de víctima de Amanda. Después de todo, es la deslegitimación de la posición de víctima lo que garantizará la idoneidad de Lucas. Por esta razón, no solo se presentan como pruebas las fotos de las niñas con el padre o la captura de pantalla de un video en el que supuestamente una niña de seis años baila funk, sino que también se hacen afirmaciones relacionadas a la sexualidad de la víctima.
La mujer vulgar
En el entramado de este discurso sexista y racista, la hipersexualización de la mujer negra (Gonzales, 1984) es un ingrediente indispensable en la construcción de la imagen de la madre promiscua, usado para destituirla del lugar de víctima. En este escenario, las fotos de las redes sociales de Amanda en las que posa usando ropa corta son un elemento que cobra énfasis en el juicio. El abogado considera que la materialidad de las imágenes es suficiente para categorizarla como una mujer vulgar.
¡Esta es la santa! […] esta es la señora, la víctima, la pobre. Es el tipo de foto que ella publica […] y luego Lucas se siente provocado, se enfurece, pierde la cabeza, comete un fallo y termina cumpliendo doce años si es condenado[8] (juicio, discurso de la defensa).
La mujer “santa”, frase irónicamente presentada por la defensa, encarna el imaginario victoriano de la mujer casta. El modelo ideal de feminidad, forjado a expensas del genocidio de mujeres desde las hogueras de la inquisición hasta la invasión colonial, contribuyó con la cristalización en el imaginario social de estereotipos de género que colocan a la mujer como esencialmente pasiva, obediente y moderada. La producción de una supuesta verdad sobre la feminidad ha incidido directamente en la posibilidad de “convertirse en mujer”, lo que ha dividido a las mujeres en categorías de “más o menos valiosas”. En el caso de Amanda, es su desvalorización lo que, una vez más, se articula para persuadir al Tribunal del Jurado.
Para reflexionar sobre los efectos del enunciado que retrata a Amanda como una mujer que no es santa y que, por lo tanto, no es respetable, es necesario observar el campo asociado (no dicho) sobre quién es la víctima de violencia. No está escrito en los manuales jurídicos o psiquiátricos, pero se encuentra en las entrelíneas institucionales que producen la categoría víctima como un elemento rígido y excluyente. Para ser considerada víctima, se debe cumplir con una serie de estereotipos relacionados con la pasividad, ya que, en el imaginario de género, existe un modelo ideal de víctima, que no debe ser sexualizada ni “demasiado empoderada” (Santos & Castellano, 2020). A medida que Amanda subvierte esos estereotipos y desafía los valores morales del sistema sexo-género, su posición de víctima se pone en duda. Por no ser “santa”, tampoco es víctima. Por no ser víctima, provocó la ira de Lucas, quien, a su vez, siendo un hombre íntegro, “perdió la cabeza y cometió una falla” (sic).
El susto correctivo
“Falla” (sic) es el término usado por el abogado defensor en más de una ocasión para nombrar las múltiples puñaladas que su cliente infringió a su expareja. La defensa, además, hace referencia al término “perder la cabeza” (sic), relacionando la acción de su cliente con la supuesta provocación de Amanda, culpándola y colocándola como responsable de la agresión sufrida. Dado que la materialidad del acto no está siendo cuestionada, la estrategia de la defensa se basa en que el delito no sea clasificado como intento de feminicidio, sino como lesión corporal grave. Para lograrlo, la alegación consiste en mostrar que Lucas nunca tuvo la intención de matarla, sino de asustarla.
Sin embargo, sin querer matarla, y a pesar de que este resultado estaba a su alcance debido a la fuerza desproporcionada que tiene en relación con la víctima, optó por detener espontáneamente la agresión, ya que solo buscaba castigarla y someterla a humillación pública (expediente del proceso, alegación de la defensa).
La secuencia enunciativa aquí presentada demuestra la naturalización de la violencia contra la mujer y la posibilidad de avergonzarla públicamente como forma de castigo por haber provocado la ira de su expareja. El suplicio permanece como herramienta domesticadora de los cuerpos femeninos. De esta manera, el susto sirve como advertencia para mantener a Amanda en la posición de sumisión en la que Lucas intenta, sin éxito, colocarla. “Solo voy a darle un susto, solo un susto” (relato de la entrevista). “Darle un susto” es un enunciado que se repite siete veces en la entrevista e innumerables veces en las más de 500 páginas del proceso.
Por otro lado, se puede recordar las producciones de Theophilos Rifiotis (2008, 2015), en las que se describen situaciones en las que las mujeres presentan denuncias policiales contra sus parejas violentas con la intención de “darles un susto”. En esos casos, la judicialización se convierte en una estrategia para poner fin al conflicto. El susto cumple una función diferente en los cuerpos generizados. Mientras que las mujeres lo utilizan como estrategia para detener la violencia, los hombres lo usan como la propia herramienta que infringe la violencia. Implícito en el susto, hay una pedagogía, ya sea asociada al espectáculo violento o a la amenaza de intervención policial. Asustar a Amanda es una estrategia que tiene como “cereza del pastel” la justificación de que ella amenazaba con llevarse a las hijas y privar al padre del contacto con ellas.
Me amenazaba constantemente con llevarse a mis hijas, que iba a desaparecer con ellas, y yo intervenía debido a su educación, pero ella no aceptaba mis opiniones sobre la educación de nuestras hijas […]. Ese día en particular, ella pasó frente a mí y fui a preguntarle por qué planeaba llevarse a mis hijas. Le pregunté por qué planeaba huir con mis hijas, [ella respondió] que yo siempre interfería en la educación, que ella sabía mejor sobre su educación. Entonces le dije que siempre iba a tratar de darles lo mejor a mis hijas (juicio, discurso del acusado).
Es interesante observar cómo el sistema sexo-género produce la legitimidad del discurso del padre responsable. La cristalización de los roles asignados a los hombres-padres y a las mujeres-madres en este sistema también se basa en el discurso de saber-poder producido por las ciencias del desarrollo infantil, especialmente por la psicología y la psiquiatría. Moreira y Toneli (2013), al problematizar el amplio campo teórico del desarrollo infantil, argumentan que, al elaborar las etapas del desarrollo a lo largo de la vida, se describen también la posición que los padres y las madres deben asumir frente al comportamiento de sus hijos, lo que contribuye para afirmar la dicotomía hombre-mujer común en las sociedades modernas. Las autoras también exponen que, en esta polarización familiar, el padre pasó a ocupar el lugar de autoridad, razón y estabilidad, mientras que la madre se asoció con la irresponsabilidad, el instinto y la emoción (Moreira & Toneli, 2013).
En el caso de Lucas y Amanda, es posible observar la retomada y la actualización de estos discursos generizados. La producción de un espacio fraterno ocupado por el acusado, en oposición al espacio de la mujer promiscua y promotora de la promiscuidad reservado a la madre, se da a través de una matriz sexista y heteronormativa que no es ahistórica, sino un producto del juego de saber-poder que continúa legitimando dichas posiciones. El par binario padre-madre se representa aquí mediante la formación discursiva que establece la verdad sobre la familia y prescribe las posiciones que deben ocupar los sujetos generizados al interior de ese sistema (Butler, 2015).
En este sentido, es la figura viril representada por el padre la que debe guiar los valores familiares, incluso si para ello es necesario ejercer la violencia. La paternidad como una formación discursiva que orienta y regula comportamientos tiene una larga historia, ya sea en los matrimonios de la antigua Grecia (Foucault, 2019a), en las sociedades disciplinarias (Foucault, 2018a), o en el llamado a la moralidad típico de las sociedades cristianas (Foucault, 2018b). La asociación entre masculinidad y orden público, elemento común en las sociedades mencionadas, parece aún resonar en el discurso que afirma que es el padre el sujeto con autoridad para decidir sobre su esposa e hijas. De esta manera, le corresponde a Lucas determinar los valores educativos que deben guiar a su familia, lo que incluye la práctica correctiva del “susto”, que el acusado pretendía dar a su expareja cuando la apuñaló.
La masculinidad desafiada
Los juegos de verdad[9] mencionados colocan en el centro de los argumentos el discurso de la familia nuclear dirigida por el patriarca preocupado. Sin embargo, a pesar de que durante la entrevista Lucas menciona elementos relacionados con su preocupación paterna con respecto a sus hijas –en un momento en que el crimen ya había ocurrido hacía más de un año–, no menciona los videos de estas bailando funk ni habla del arrebato de furia motivado por la supuesta fuga de Amanda con las niñas. En sus relatos y a través de los recuerdos evocados, Lucas refiere haberse sentido amenazado por el tío de su excompañera.
Ella me envió un pariente suyo para amenazarme, y entonces tuvimos una pelea fuerte […] ella envió a su tío para hablar conmigo, me dijo que no debía acercarme más a ella, me dijo un montón de cosas […]. Creo que el error que cometí fue porque ella envió a su tío a amenazarme. Eso es lo que realmente sucedió, que ella mandó al tío a amenazarme (relato de la entrevista).
A lo largo de la entrevista con Lucas, este es el argumento que sustenta la agresión contra Amanda. A pesar de que menciona las ropas cortas que ella vestía o las fotos en sus redes sociales, no se asocian estos elementos a la justificación de la tentativa de feminicidio. Es la interferencia de otro hombre lo que provoca la furia de Lucas. La formación discursiva que establece verdades sobre “ser hombre” le dice a Lucas que ser confrontado por otro hombre es una amenaza: “no soy hombre que deja pasar una provocación” (relato de la entrevista). Pero también enseña al tío que interviene, y a la expareja que solicita la intervención, que el lugar de la mujer es estar bajo la tutela de un hombre, ya sea su esposo o algún otro familiar.
Hay muchos espacios de socialización que garantizan el mantenimiento de la norma en el sistema sexo-género. Si en el pasado la sumisión femenina fue asegurada por la quema en la hoguera y la colonización, y si hoy en día se mantiene a través de los roles de género en la familia nuclear, es porque tenemos un conjunto de dispositivos que continúan reproduciendo esos estereotipos de género. Guacira Lopes Louro (2018) menciona la escuela como un dispositivo importante de pedagogización de los cuerpos, que contribuye con el tejido enunciativo que produce una idea de “más y menos hombres”. La autora señala que, en estos espacios, los niños ven forjada su masculinidad con el ejercicio de la violencia y se fomenta la competencia entre ellos, ya sea a través del deporte o incluso naturalizando las peleas físicas. Por otro lado, a las niñas se les reserva la docilidad y la obediencia como valores.
Además de las escuelas, otros ámbitos parecen fomentar la competencia masculina, como los bares (Nascimento, 2016) y los juegos de fútbol (Gastaldo, 2005), donde se construyen lazos de camaradería, pero también se pueden producir episodios de violencia física a través de los desafíos y las burlas entre hombres. Esta violencia naturalizada también es un elemento constitutivo de la lealtad entre hombres vinculados a bandas relacionadas al tráfico de drogas (Rocha, 2015), un entorno familiar para el entrevistado. En este contexto, podemos entender que Lucas percibió que ser cuestionado por el tío de Amanda representaba un desafío a su masculinidad, es decir, al sentirse amenazado por otro hombre, Lucas vio su estatus de hombría cuestionado.
Es interesante notar que Lucas no menciona haber confrontado directamente al tío de Amanda que supuestamente lo amenazó. Su furia tiene una dirección clara: el cuerpo de su excompañera. Esta demostración de violencia remite a lo que Segato (2005) denomina “territorialización del cuerpo femenino”. La violencia sobre el cuerpo de las mujeres tiene una función pedagógica, tanto para otras mujeres –ya que sirve como una advertencia–, como para otros hombres, en una clara demostración de poder. No es necesario que la violencia se dirija a otro hombre, basta con que impacte el cuerpo de la mujer bajo su tutela.
Corresponder a la performatividad de género que, de manera binaria, reproduce modelos idealizados de masculinidades a través de atributos como la violencia, la fuerza, la confrontación y el honor tiene un costo social para los hombres. Las masculinidades son enunciadas a partir de condiciones de posibilidad que históricamente les otorgaron poderes sobre las mujeres; sin embargo, también los convierte en rehenes de mantener esa posición frente a otros hombres. De esta manera, se produce una continua producción de masculinidades en constante autovigilancia. Es el propio panóptico[10] extendiéndose a la vigilancia y el control de la hombría.
Para mantener una posición de respeto ante otro hombre, se requiere una demostración de poder que certifique que Lucas “no es un hombre que deja pasar una provocación”. En la vigilancia de las masculinidades, no son las mujeres quienes representan un desafío a la virilidad, sino sus propios pares masculinos. Son ellos, también, quienes, cuando se alían, facilitan el mantenimiento del poder en beneficio propio. A pesar de la detención de Lucas, Amanda siguió recibiendo mensajes (o amenazas) de su expareja para que no continuara con el proceso. Estos mensajes, transmitidos por otros hombres, amigos de Lucas, indican que su poder sobre ella no desaparecería con su prisión. Del mismo modo, a pesar de la agresión pública y las múltiples puñaladas infligidas a su expareja, Lucas afirma haberse sorprendido de que Amanda lo denunciara a la policía.
… ella sabe, sabe un montón de cosas que el crimen no perdona. Por eso me sorprendió que me denunciara, porque ella ya sabía que yo era traficante. Siempre estaba involucrado con los muchachos, traficantes también, y ella lo sabía […]. En la vida del crimen, eso es ser un soplón, y ella lo sabía, tanto que se mudó de ciudad, por miedo de que “ah, él puede mandar a matarme aquí, en la calle”. Pero yo no iba a mandar a matarla, ya sabes, no soy parte de ninguna banda criminal, no soy de nada. Lo único que soy es un preso, no pertenezco a ninguna banda. Si fuera ella, tendría miedo, podría pensar que yo podría mandar a matarla, porque el crimen no perdona a los soplones. Porque ella convivió conmigo, sabe lo que hago, sabe que era traficante, cosas así, que estaba involucrado con el crimen, seguro que sabe que no podía, sabe que no podía hacer eso (relato de la entrevista).
“Soplón”[11] es una jerga común en la cultura carcelaria y hace referencia a individuos delatores. Ser parte de la “vida del crimen” implica comprender que la delación se paga con sangre (Vilela & Barros, 2016). Esta es una regla ampliamente conocida entre las comunidades controladas por el tráfico.
Durante nueve años, Amanda vivió junto a Lucas. Nueve años de una relación marcada por la violencia. En la lectura del proceso, se ponen de manifiesto las dudas del abogado acerca de la veracidad del supuesto historial de violencia, ya que Amanda nunca había presentado una denuncia. Sin embargo, es inevitable considerar el peso de la amenaza en relación con la mencionada “delación”[12], que impide a una mujer denunciar la violencia sufrida. ¿Cómo pueden protegerse de la violencia las mujeres que están directa o indirectamente ligadas a la vida del tráfico? ¿Cuáles son las garantías y los costos de la supuesta seguridad prometida por el Estado? Existen espacios donde la protección legal no llega, espacios marcados por la clase social, la raza y la guerra contra las drogas. Pero ¿a quién le importa? En el ejercicio biopolítico de dejar morir, estas mujeres son invisibilizadas y subyugadas por la cultura del miedo, y quedan abandonadas a su propia suerte.
No es novedad para la academia o para las autoridades de seguridad pública que las prisiones brasileñas están controladas por el crimen organizado. Las bandas criminales han crecido debido a la ausencia del Estado y actualmente dominan el mundo del crimen tanto dentro como fuera de las prisiones (Moreira & Scipioni, 2020). La situación en las cárceles y en el tráfico de drogas hace que sea difícil pasar por el encarcelamiento sin tener alguna conexión con las bandas. Lucas relata haber sido arrestado cinco o seis veces en el pasado. También afirma que forma parte del mundo del crimen, que es traficante, y que su expareja conoce las reglas preestablecidas en ese contexto. En este caso, parece que la decisión de Amanda de no denunciar durante los nueve años las agresiones se debió a las circunstancias que podrían haberla puesto en peligro de muerte. A pesar de ello, durante la entrevista, Lucas se muestra dolido, resentido por la denuncia, y cree que, actualmente, Amanda podría estar arrepentida. “Todavía estoy muy herido con ella porque no era necesario que fuera así. Pero las mujeres tienen derechos, ¿verdad?, así que ella fue y denunció” (relato de la entrevista).
Los enunciados que justifican el crimen muestran que Lucas no reconoce haber cometido un error, al menos no un error grave. Él cree que los eventos podrían haber sido diferentes si la acción de su compañera hubiera sido distinta, pero no cuestiona la gravedad de su propio acto. Su comprensión sobre el derecho de denunciar de Amanda parece reflejar un descontento con la posibilidad de que este sea un recurso otorgado a las mujeres, en lugar de reflexionar críticamente sobre su propia actitud violenta. En otros momentos de la entrevista, Lucas se asegura de mencionar las violencias que Amanda también ejerció contra él, además de destacar la actitud defensiva de ella frente a sus intentos de someterla a sus deseos.
“Tenía celos de ella, es que ella se ponía ropa muy corta. Yo le decía, ‘no te pongas eso’, y ella respondía ‘Yo me visto como yo quiera’” (relato de la entrevista). En los fragmentos en los que Lucas menciona las reacciones de Amanda, ella siempre parece cuestionar, a su manera, el poder que él intenta ejercer sobre ella. “A veces yo agarraba y rompía su celular […] entonces ella venía y rompía el mío, ‘Si yo no tengo celular, tú tampoco’” (relato de la entrevista). Las actitudes opuestas y, en ocasiones, también violentas de su expareja son mencionadas por Lucas en el tribunal. “(Lucas): Yo le di golpes, sí. (Juez): ¿Y ella también? (Lucas): Ella me golpeaba a mí también” (declaración en el juicio).
Los enunciados confirman que Amanda desafía el estereotipo de pasividad impuesto como norma por el sistema sexo-género (Rubin, 1993) y se aleja de la performance de la buena víctima (Santos & Castellano, 2020). En este sentido, Amanda es lugar de agencia (Butler, 2019) dentro de la relación de poder que establece con su compañero. Al igual que muchas mujeres han cuestionado el papel de mujer dócil que les fue asignado, la víctima en este estudio prefiere no asumir una victimización pasiva, y se enfrenta a las situaciones de violencia como estrategia de resistencia y subversión a las normas de género impuestas. Esta resistencia, sin embargo, no se lee como un atributo individual de Amanda, sino como una fuerza política. Como analizó Furlin (2014), la agencia se construye sobre las propias limitaciones constitutivas del sujeto, pero también es capaz de cambiarlas a través del deseo.
Es importante recordar, no obstante, que Amanda no es fuente de la agencia, sino lugar de agencia, lo que significa que su acto de resistencia no está vinculado a una voluntad soberana personal, sino a una característica de significación política (Furlin, 2014). Con esto, nos referimos a las condiciones de posibilidad que permitieron su subversión. Las mujeres fueron quemadas en hogueras (Federici, 2018), violadas en conflictos armados (Pérez, 2011), azotadas en sistemas de esclavitud (Davis, 2016), siguen siendo secuestradas y asesinadas por bandas criminales (Segato, 2005), asesinadas por sus parejas y exparejas (UNODOC, 2019). Además, enfrentan represalias cuando desafían la coherencia sexo-género-deseo o performatizan una corporalidad trans (Benevides & Nogueira, 2020). Los costos de la agencia son altos para las mujeres, lo que podría explicar por qué muchas soportan la violencia sin recurrir a las instituciones de protección, como fue el caso de Amanda durante tantos años antes del intento de feminicidio.
Reflexiones finales
A pesar de las conquistas de los más diversos movimientos de mujeres, desafiar el sistema sexo-género sigue siendo una tarea peligrosa. A través de la red de poder que subjetiva a los cuerpos feminizados, se mantienen ciertas reglas de comportamiento y valores morales que tienden a garantizar la sumisión de las mujeres. Amanda se transformó en un foco de resistencia ante estos poderes. Como mujer negra, pobre y de un entorno marginal, enfrentó la lógica del tráfico de drogas y denunció la agresión vivida en una relación afectiva. Amanda es una sobreviviente. Pero muchas otras mujeres como Amanda siguen siendo silenciadas por el miedo a las consecuencias de una denuncia. Mientras que el Estado no garantice su seguridad, es necesario buscar estrategias, como mudarse de la localidad en la que residen, para evitar el riesgo de represalias.
El enunciado del padre responsable, evocado con elocuencia por el abogado de la defensa, intentó anular la violencia doméstica. Si Lucas es un buen padre, no puede ser considerado un marido cruel según la lógica de las moralidades de género, confundiéndose la parentalidad con la conyugalidad. Sin embargo, el ejercicio de una paternidad altruista, cariñosa y dedicada no anula los innumerables actos de violencia perpetrados contra su expareja.
Como parte de la defensa del acusado, se construyó la figura del padre responsable en oposición a la de la madre inmoral. Del mismo modo, se puso de manifiesto el cuestionamiento a la legitimidad de la figura de la “buena víctima” en el proceso, a través de la narrativa de que Amanda provocó a Lucas, llevándolo a cometer el delito por el cual acabó siendo condenado. Según esta narrativa, las puñaladas no constituyen un intento de feminicidio, sino simplemente un acto de humillación pública.
De este modo, se omiten hechos, se evita llevar al estrado la masculinidad desafiada, amenazada, cuestionada, tal como se expresa en la entrevista. Según Lucas, lo que motivó la violencia fue la posibilidad de ser penalizado por el tío de Amanda, por otro hombre. La masculinidad panóptica necesita demostrar su valor frente a otros hombres. Sin embargo, esta versión que no se relaciona con la moralidad de la víctima de la violencia no fue abordada en el proceso judicial.
Son tres los movimientos enunciativos producidos en este caso: la paternidad responsable, la madre promiscua y la masculinidad desafiada. Todos ellos, de alguna manera, están relacionados con el reconocimiento de la víctima. Lucas, al presentarse como un buen padre y, por lo tanto, como un buen hombre, considera legítima la corrección moral sobre la madre promiscua. La autenticidad de sus acciones se basa en discursos generizados sobre el lugar que los hombres y las mujeres deben ocupar en el sistema sexo-género.
De esta manera, es posible identificar diversos campos asociados para problematizar la inteligibilidad de los enunciados que se expresan en los archivos analizados. En los argumentos y las justificaciones de Lucas, es posible identificar la resonancia de los saberes psi, el dispositivo de la familia como recurso biopolítico, la doble moral sexual que en este caso está vinculada al racismo estructural, y el estatus de hombría que debe mantenerse, incluso a costa de la vida de una mujer.
Referencias
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- Este estudio forma parte de un conjunto de investigaciones del Grupo Margens sobre feminicidio, con orientaciones de maestría y doctorado, iniciación científica, que también incluye el estudio “Variables Psicosociales Asociadas al Feminicidio en Santa Catarina”, financiado por la Convocatoria Pública FAPESC n.º 26/2020 – Programa de Ciencia, Tecnología e Innovación para Grupos de Investigación de la Universidad Federal de Santa Catarina – UFSC, y por la Convocatoria Universal 2021 del CNPq (CNPq/MCTI/FNDCT Convocatoria n.º 18/2021 – Faixa A – Grupos Emergentes).↵
- Profesora en la Universidade do Extremo Sul Catarinense (UNESC), doctoranda en Psicología por la Universidade Federal de Santa Catrina (UFSC). Correo electrónico: camilamaffioleticavaler@gmail.com.↵
- Psicóloga policial en la Policía Civil de Santa Catarina (PCSC), profesora en la Academia de Polícia Civil de Santa Catarina (Acadepol-SC), y doctoranda en Psicología por la Universidade Federal de Santa Catarina (UFSC). Correo electrónico: veronica.bem@gmail.com.↵
- Profesor del Departamento y del Posgrado en Psicología de la Universidad Federal de Santa Catarina. Correo electrónico: adriano.beiras@ufsc.br/ adrianobe@gmail.com.↵
- Profesora titular jubilada, UFSC, donde continúa impartiendo clases y supervisando en el Programa de Posgrado en Psicología. Correo electrónico: juracy.toneli@gmail.com.↵
- En 2023, la tesis de la legítima defensa de la honra fue declarada inconstitucional por el Supremo Tribunal Federal de Brasil. Históricamente, este argumento era usado en los tribunales para justificar actos feminicidas y otras violencias contra mujeres cuando la conducta de la víctima, de alguna forma, era entendida como capaz de herir la honra del autor. ↵
- Género musical diversificado que se originó en las llamadas favelas (zonas periféricas) y áreas urbanas brasileñas. Con letras relacionadas a la cotidianidad de esas comunidades, el funk es marcado por danzas sensuales donde las mujeres tienen protagonismo (definición de las autoras).↵
- La frase usada en portugués es “perdeu a cabeça, fez mancada”. La palabra mancada puede ser traducida como ‘error’, ‘equivocación’, pero que remite a una acción impensada, irreflexiva, un comportamiento insensato. Por eso optamos por traducirla como “fallo”.↵
- Concepto desarrollado por Michael Foucault a partir de la idea de “juegos de lenguaje” de Ludwig Wittgenstein. A lo largo de su obra, Foucault propone un análisis de las dimensiones del poder como nexo crucial para la constitución, mediante una regla socialmente compartida, de verdades y modos de ser. En este sentido, los juegos de poder median los juegos de verdad que se inscriben en las relaciones entre las personas, “no habiendo [en la verdad] nada que pueda ser del orden de lo intangible y lo absoluto” (Birman, 2002, p. 308, traducción de los autores).↵
- Término acuñado por Bentham en 1785, el panóptico se refiere a la estructura arquitectónica de instituciones, como prisiones, escuelas y hospitales, en las que hay un edificio periférico dividido en celdas, y una torre central, a través de la cual se puede mantener una vigilancia constante. Foucault (2018a) utiliza el concepto para desarrollar la idea de que existe un poder disciplinario más capaz de fabricar “cuerpos dóciles” que el castigo.↵
- La palabra usada en portugués es cagueta.↵
- El término usado es caguetagem e indica la acción del cagueta, o sea, la acción de delatar del soplón.↵






