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2 El historiador frente a la desaparición

AK: Su respuesta abre una serie de interrogantes o quizá de precisiones sobre la propia historia argentina, una historia en la cual la reflexión sobre los usos de la memoria en la salida de la dictadura que diezmó a este país en los años 70 es una discusión que sigue muy intensamente entre nosotros. Posiblemente –y esta es mi opinión, que no muchos comparten– ha habido una política de abuso de memoria que, para ponerlo en relación con su perspectiva, restringió los límites de la libertad del historiador. Creo que son discusiones muy abiertas, en la medida en que esta historia tan reciente, tan dolorosa, no puede ser saldada con posturas definitivas o excluyentes. De todos modos, quisiera retomar un poco los problemas que creo que surgen de su obra, particularmente lo que interpreto como un triple posicionamiento surgido de esta relación de pares dicotómicos de la que hablábamos antes. Un posicionamiento político porque, en mi opinión, la construcción de su discurso relativiza y hace tambalear el poder de la autoridad del discurso del saber. Hay una política del saber presente en esto. Un posicionamiento epistemológico, porque cuestiona la taxonomía de las disciplinas que están presentes en nuestro horizonte intelectual y que organizan la producción intelectual en el Occidente contemporáneo. Y, por último, un horizonte estético, porque devuelve al lenguaje un poder que deriva de la imprecisión y no de la pretensión de exactitud. Devuelve al lenguaje el poder de nombrar, pero también de sugerir, de decir y de evocar, es decir, colocar al lenguaje en el centro de la construcción de un discurso intelectual.

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Ivan Jablonka y Alejandro Katz durante la grabación del Diálogo Transatlántico en la Embajada de Francia en Argentina (2016).

IJ: Usted se refirió a una parte de la historia argentina, la dictadura, y eso es algo que me incumbe. En el centro de la segunda mitad del siglo XX, en Argentina, hay un vacío. Un agujero. Y ese vacío son los desaparecidos. Es una historia de la que me siento cerca, porque el tema de la ausencia, de la desaparición, atraviesa mi trabajo y también mi familia. Mis abuelos no son desaparecidos en el sentido que ese término tiene en Argentina. Pero lo utilizo igual porque son personas que se volatilizaron, que permanecen ausentes para siempre. Y, por eso, hay una problemática que me atañe en torno a la dictadura en Argentina. La dictadura es el hecho de matar a la gente, hacerla desaparecer como si no hubiera existido. Es algo que está en el centro de la violencia de Estado. También lo encontramos en varios genocidios del siglo XX. Eso atraviesa mi trabajo de historiador y de escritor. Porque la ausencia es fundadora en mi familia. Con esto llego a su pregunta, relacionada con el nexo entre lo político, lo ético y lo estético. Creo que todos esos aspectos atraviesan la historia y esta literatura particular que hago. Hay un aspecto político obvio, porque cuando uno se interesa por los ausentes, por los desaparecidos, por los olvidados, por los silenciosos, eso ya es un acto de fe, una posición tomada, la idea de que hay cosas que decir sobre esas personas. Su desaparición, su ausencia, no resulta normal. Hay algo que decir. No para colmar el vacío, sino para cercar el vacío. Para decir cosas en torno a ese vacío. Y es por ese motivo que no recurro a la ficción. La ficción es como si utilizara tierra para tapar un agujero. Yo conservo el agujero. Intento poner palabras alrededor del vacío, de esa ausencia, y alrededor de esa desaparición. Hay una parte de compromiso, desde luego, porque estamos todos, los historiadores, los escritores… En cualquier caso, me veo incitado por un enojo, no un enojo contra tal o cual: es un enojo contra el olvido, contra el silencio, contra la banalidad. Y ese enojo es una forma de compromiso. En latín, eso se llama libido sciendi. En francés, también podemos decir la flamme [“llama”]. Algo que nos empuja a escribir. Hay entonces un aspecto político y ético. La ética radica en no dejar que los muertos mueran, no dejar que los desaparecidos desaparezcan para siempre. Por eso, en mi trabajo todos esos aspectos están relacionados. Hacer la historia de los desaparecidos o de los ausentes también es una reflexión sobre la manera en que un escritor puede involucrarse en cuerpo y alma en una investigación, para recordar que los muertos forman parte de nuestra vida. No hay, por un lado, cementerios y, por el otro, la ciudad, las calles y los cafés. Sabemos perfectamente que nuestros fantasmas están con nosotros y para siempre.



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