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5 Narrar lo real: condición de la democracia

AK: Me pregunto de algún modo, sin embargo, si esta vocación de ser a la vez historiador y escritorno por hacer ficción, no por hacer novela, sino por interrogar el mundo con la perspectiva del escritor, y no solamente con la perspectiva del académico o del científico no entra de algún modo en competencia con el lector. Quiero decir, de algún modo somos los lectores los que deberíamos poder beber en distintas fuentes, beber de distintas aguas. Beber en el agua de la literatura que nos da una comprensión del mundo distinta de la comprensión que nos dan la historia, distinta de comprensión que nos da la biología o la física, que también son modos de interrogar, entender y explicar el mundo. Por supuesto no quiero con esto sugerir que alguien no debe hacer nada más que dedicarse a una disciplina. Pero me pregunto de qué modo evitamos una propensión al relativismo cuando insistimos en la dimensión literaria de la investigación histórica.

 

IJ: Creo que se equivoca al oponer la capacidad literaria de la historia con su rigor, con su fuerza explicativa. Para mí no hay contradicción. Porque, cuando llevo adelante una investigación literaria es también para reforzar el protocolo científico de la historia. No creo que haya oposición. Cuando escribí mi libro La historia es una literatura contemporánea, temía justamente que me hicieran esa objeción: “está debilitando la historia, la está ficcionalizando”. Y por eso agregué como subtítulo “Manifiesto por las ciencias sociales”. Mi libro es eso. Mi libro recuerda que la historia es una ciencia social, junto con otras, y que su vocación, su razón de ser, es decir lo verdadero sobre nuestro mundo. Pasado o presente. ¿Cómo se dice algo verdadero? No se hace abriendo la ventana y mirando cómo está el tiempo. Se dice algo verdadero realizando una investigación, definiendo un problema, tomando distancia respecto de ese problema, recopilando fuentes, archivos, conociendo gente. Luego, intentando comparar las fuentes, los problemas. Después, haciendo una demostración, aportando la prueba de algo. Todo ello forma parte de la investigación. Y yo, para fortalecer esa investigación, aporto el “yo”, aporto la reflexión sobre la inscripción temporal de la investigación. Lo que llamé el ida y vuelta entre el presente y el pasado. También es una reflexión sobre el lugar del investigador, sobre lo que designé “las ficciones de método”, o sea, el hecho de que hay hipótesis, procedimientos de anacronismos que permiten entender mejor lo real. Las ficciones de método son una forma de alejarse de lo real para regresar mejor a él. Daré un solo ejemplo: hablar de los intelectuales en la Edad Media. Sabemos que la noción de intelectual es muy contemporánea. Sin embargo, podemos hablar de los intelectuales de la Edad Media. Como ve, ese anacronismo no es ingenuo. Por el contrario, nos permite pensar mejor la Edad Media. Todo eso para decir que el modo en que encarno mi investigación en un texto es para profundizar el rigor, la cientificidad histórica.

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Ivan Jablonka en la Alianza Francesa de Buenos Aires (2016).

Otra pregunta que usted plantea es el lugar de la historia y las ciencias humanas en nuestra sociedad. Yo escribo como historiador, como escritor, pero también escribo un poco como intelectual. No digo esto por orgullo, pues no me enorgullece. Lo digo aquí para recordar que tenemos un lugar en la sociedad. Tenemos la suerte, nosotros, de acceder a la palabra pública. Escribimos libros, salimos en programas de televisión. Es una gran suerte. Ahora bien, esa suerte supone también ciertos deberes. Y el deber es hablarle a un público. Hay personas que nos miran y debemos ser claros, pedagógicos, decir cosas que interesen, que lleguen. Nada peor que un historiador o un sociólogo encerrado en su jerga, en su ilegibilidad. Esa es una manera de engañar a la gente, de decirle “Soy tan inteligente que ustedes no me pueden entender”. Y yo no tengo esa concepción aristocrática ni de la historia, ni de las ciencias humanas. Cuando digo que la historia es una literatura, es también para recordar esta dimensión democrática. La literatura es algo que debe ser comprensible, que debe ser apropiable. Y lo digo individualmente, por los libros que escribí. Pero también, colectivamente, porque trabajo en una editorial, porque trabajo en una página web, porque formo parte de ese gran colectivo que son las ciencias humanas. Decir que la historia y las ciencias humanas son literatura implica que nuestros libros deben leerse “como una novela”. No significa que escribamos novelas. Significa que nuestros libros deben ser leídos, no por el gran público, sino simplemente por el público. Gente que va a interesarse por lo que hacemos y que está allí para aprender cosas. Gente a quienes podemos aportarles nuestro pequeño ámbito de competencia, la fuerza de nuestras preguntas. Por eso, cuando digo que la historia es una literatura contemporánea, está la dimensión propiamente literaria, de la cual hemos hablado mucho, pero también la dimensión democrática. Trabajo en ciencias humanas, porque las considero indispensables para la vida de nuestras democracias. En Argentina hubo una dictadura. Era una época en la que decir la verdad era una cuestión de vida y, muchas veces, de muerte. Un periodista podía ser asesinado. Un historiador podía verse amenazado. Porque hay momentos en un país en los que decir cosas verdaderas es peligroso. Hoy, en Argentina, en Francia, tenemos la suerte de poder gozar de esa libertad de decir cosas verdaderas. Y eso es algo indispensable para la democracia. Las ciencias humanas o se quedan en la hiperespecialización universitaria, donde corren el riesgo de quedar un día encerradas en su ilegibilidad, de no tener más estudiantes ni lectores, o se convierten en literatura sin renunciar a su fuerza explicativa, sin renunciar a su método. Se convierten en literatura y encuentran su lugar en la democracia.



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