La invención de un imaginario de reyes godos
Víctor Mínguez Cornelles[2]
En 1570 Felipe II de Habsburgo visitó Sevilla. En ese tiempo el rey de España vivía un claro momento de grandeza personal: diez años antes se había firmado con Francia la Paz de Cateau-Cambrésis que ponía fin a una interminable guerra entre los dos estados transpirenaicos; no se preveía aún la guerra con Inglaterra; la rebelión de los Países Bajos no alcanzaba todavía la dimensión que tendría posteriormente; la revuelta de las Alpujarras había sido prácticamente sofocada; y se disponía a contraer matrimonio con su cuarta esposa, la archiduquesa Ana de Austria, hija del emperador Maximiliano II. La imagen pública del monarca, heredada en gran medida de su padre Carlos V y sustentada en los mejores artistas de corte, se apoyaba en bien trabados discursos humanísticos de base mitológica, emblemática y dinástica.
Puede sorprender por ello que el rey prudente aprovechase la visita a Sevilla para iniciar una nueva construcción ideológica sustentada en la realeza goda hispana como referente simbólico de su proyecto político. Sin embargo, este planteamiento no resultaba tan extravagante si entendemos el reino visigodo de Toledo como él último capítulo del imperio romano en tierras hispanas, tal como en la segunda mitad del siglo XX teorizó Peter Brown en su obra The World of Late Antiquity (Londres, 1971)[3]. El reino toledano, regido por reyes godos arrianos, y a partir de Recaredo católicos, suponía para Felipe II la pervivencia de un mundo romano cristianizado. Por otra parte, la reivindicación de la Hispania romana era ya un referente obligado en el armazón ideológico que sustentaba el imperio de Carlos V. El modelo político que configuraba el Imperio Romano tenía importantes raíces hispanas, convenientemente reivindicadas por el soberano de las coronas de Castilla y Aragón: grandes emperadores de origen familiar peninsular como Trajano, Adriano, Marco Aurelio y Teodosio emergían del pasado convertidos en modelos de príncipes modernos, y por ello fueron representados entre 1523 y 1530 en los relieves del edificio de las Escuelas Mayores de la Universidad de Salamanca[4].
Cuando Felipe II llegó a Sevilla en 1570 los godos no ocupaban su pensamiento, pero su estancia en la ciudad le descubrió un imaginario político en el que hasta ese momento no había reparado. A consecuencia de ello los años siguientes estuvieron jalonados de diversas decisiones del rey Prudente que apuntalaron su decidida apuesta por un nuevo goticismo militante. El momento culminante del mismo fue el año 1585, cuando a su hijo y príncipe heredero Felipe –nacido el 14 de abril de 1578 en Madrid y bautizado por el arzobispo de Toledo con el nombre de Felipe–, se le añadió una segunda denominación: a partir de ahora se llamaría Felipe Hermenegildo. Esta sorprendente ampliación del nombre del sucesor al trono no fue un mero capricho de anticuario de su padre, sino que obedeció a razones estratégicas basadas en la reivindicación ideológica de antigua realeza visigoda.
El neogoticismo iniciado por Felipe II no era sin embargo un fenómeno nuevo en los imaginarios ideológicos hispanos: desde el siglo IX y hasta el XII ya había sido utilizado por los reinos medievales de Asturias, León y Castilla, en un contexto de reconquista peninsular. La Monarquía Hispánica de finales del siglo XVI y del Siglo de Oro lo hacía ahora de nuevo, pero en un marco diferente: ya no se trataba de justificar una expansión militar hacia el sur a costa de los dominios musulmanes, sino de poner en valor la recientemente conseguida unidad peninsular, el catolicismo frente a los protestantes, la apuesta por un estado centralizado y la fabricación de una monarquía sacra.
Tanto en el siglo IX como en el siglo XVI las reivindicaciones de la corona goda se sustentaron en la historia relatada por las crónicas medievales con un mismo propósito: fabricar un potente imaginario que legitimara sendos proyectos políticos a partir de una supuesta continuidad del linaje, poniendo en valor la estructura y la idiosincrasia de un reino perdido que el devenir del tiempo y de la sociedad hacían obviamente irrecuperable. Para ello hubo que convertir a Don Pelayo en eslabón dinástico, identificándolo siglos después de su muerte con el último monarca godo y el primer rey asturiano[5]. Y aceptar a Pelayo como el primer rey asturiano convertía a la vez a la escaramuza o batalla de Covadonga en mito fundacional de los reinos de León, Castilla y, finalmente, de la Monarquía Hispánica[6]–
Lo cierto es que, cuando a partir del 711 los montañeses cántabros y astures refugiados en el macizo de los Picos de Europa se enfrentaron a los árabes que habían ocupado toda la Península, solo estaban defendiendo su modo de vida, como anteriormente habían resistido frente a los visigodos, y antes que a estos frente a los romanos. Tras superar esta vez el embate, empezaron a acoger refugiados godos e hispanorromanos que se fundirían con los montañeses hasta establecer una nueva raza gobernada por una monarquía electiva que, a partir de ese momento, buscaría establecer conexiones jurídicas con la derrotada realeza goda para reforzar su legitimidad –y su posterior expansión– como un nuevo estado. Esto llevaría en las posteriores genealogías regias a considerar a Pelayo, líder de la primera resistencia, miembro del linaje godo y, como ya se ha dicho, primer rey de Asturias (718-737)[7].
En abril de 1570 Felipe II visitaba Sevilla con destino al reino de Granada para celebrar el fin de la revuelta de las Alpujarras. Fue entonces cuando, en la ciudad del Guadalquivir, contempló la galera real que había mandado construir para su hermanastro don Juan de Austria y que estaba siendo decorada en esta ciudad por artistas locales siguiendo un programa iconográfico diseñado por el humanista Juan de Mal Lara, nave que sería un año después la galera capitana de la Santa Liga en la batalla naval de Lepanto. Y fue entonces también cuando pudo apreciar la devoción de los sevillanos por Hermenegildo, príncipe visigodo que según la tradición había sufrido martirio en esta ciudad, y al que también se le rendía culto popular desde la Edad Media en otras ciudades como Toledo, Zaragoza, Salamanca o Santiago. A partir de este momento se despertó también el interés de Felipe II por la figura de Isidoro de Sevilla (h. 556-636), obispo de esta ciudad, incluido entre los Padres de la Iglesia por su amplia obra teológica y eclesiástica, y venerado como santo por culto inmemorial. Junto con su hermano Leandro, que le precedió en el episcopado, fueron los artífices de la catolización de los visigodos –que acabaron asumiendo la fe de los hispanorromanos abandonando el arrianismo–, y también de la unificación litúrgica al imponer el rito mozárabe[8].
La obra literaria más conocida de San Isidoro son las Etimologías, una compilación enciclopédica y universal del saber antiguo que reunía todos los conocimientos de su época. Pero entre sus escritos se encontraba también la Historia de regibus Gothorum, Vandalorum et Suevorum (“Historia de los Reyes de los Godos, vándalos y suevos”),[9] que abarcaba la historia peninsular desde el 265 al 624 y en la que defendía la identidad gótica de un reino peninsular unificado.[10] Dos años después –en el 626– San Isidoro fue autor asimismo del primer panegírico de España: De laude Spaniae (“Alabanza de España”). Estas obras impulsaron a Felipe II a enviar al humanista Alvar Gómez de Castro a Plasencia con el objeto de localizar códices del santo[11], y a su cronista Ambrosio de Morales a que recorriese León, Galicia y Asturias localizando libros antiguos, reliquias y panteones reales que permitieran reconstruir la identidad de la España visigoda desaparecida por la invasión islámica. La crónica de este segundo viaje fue publicada casi dos siglos después por el agustino Enrique Flórez, Viage de Ambrosio de Morales por orden del rey D. Phelipe II a los reynos de Leon, y Galicia, y principado de Asturias. Para reconocer Las Reliquias de Santos, Sepulcros Reales, y Libros manuscritos de las Cathedrales, y Monasterios (Madrid, 1765), pero ya en 1577 Ambrosio de Morales publicó en Alcalá de Henares su Crónica General de España, integrando los conocimientos adquiridos en el mismo[12].
Mientras tanto, estaba a punto de producirse un hecho imprevisible de consecuencias inesperadas: el 4 de agosto de 1578 el joven rey de Portugal Sebastiân I de Avis, hijo póstumo del infante Juan Manuel de Portugal y de la archiduquesa Juana de Austria, moría sin descendencia en la batalla de Alcazarquivir, en una guerra emprendida para establecer la hegemonía portuguesa en el norte de África. Entre los aspirantes a sucederlo se iba a imponer por la fuerza de las armas su tío Felipe II de España, que en marzo de 1580 iniciaría un viaje a su nuevo reino que duraría tres años. A partir de este momento España y Portugal serían gobernadas por una misma dinastía durante sesenta años -entre 1580 y 1640-, sucediéndose en el trono tras el primer Felipe, Felipe III de España y II de Portugal (1598-1621), y Felipe IV de España y III de Portugal (1621-1640)[13]. La era de los Felipes supuso la suma de dos imperios oceánicos con posesiones en cuatro continentes, constituyéndose de esta manera el mayor poder territorial conocido hasta el momento en la historia de la Humanidad.
Fueron muchos los textos publicados esos años cruciales defendiendo el derecho de Felipe II al trono portugués, como el manuscrito de Lorenzo de San Pedro, Diálogo llamado Philippino donde se refieren cien congrvencias concernientes al derecho que sv Magestad del Rei D. Phelippe nuestro señor tiene al Reino de Portogal (1579)[14]– Lorenzo de San Pedro enumera en el mismo hasta cien vínculos de parentesco de Felipe II con la casa real de Portugal, y desgrana el derecho sucesorio del monarca arrancando su estirpe desde Chindasvinto[15]. Una vez asentado Felipe II en el trono portugués, y estando aún en Lisboa, se publicó en Castilla el libro de Julián del Castillo, Historia de los reyes godos… y la sucesión dellos hasta el cathólico y pontentíssimo don Philippe Segundo Rey de España (Burgos, 1582). Una segunda edición de su hijo, Jerónimo de Castro y Castillo, publicada en 1624, prolongaría el linaje hasta el reinado de Felipe IV.
En 1585 el pontífice Sixto V, a instancias del embajador español Juan de Zúñiga, emitió una bula autorizando el culto al mártir Hermenegildo en todo el reino de España. Fue en ese momento cuando Felipe II modificó el nombre de su hijo. Y ese mismo año el rey compró a las monjas hospitalarias del Real Monasterio de Santa María de Sigena la reliquia de San Hermenegildo que custodiaban en el mismo –nada menos que la cabeza del santo. En abril de 1586 ésta fue depositada en el altar de San Jerónimo en El Escorial, monasterio regio acabado de construir pocos años antes que se iba a convertir muy pronto en el genoma arquitectónico de la Casa de Austria.
Solo tres años después de la alteración del nombre del príncipe fue modificada la principal representación artística de la monarquía hispana medieval, la galería de retratos regios que decoraba el Salón de Reyes del Alcázar de Segovia iniciada por Alfonso X el Sabio, y completada por Enrique IV. Felipe II encargó en 1588 a su cronista Esteban Garibay que corrigiese, ordenase y completase la serie. Este realizó al respecto un memorial que concluyó en 1592, momento en el que un equipo de escultores –Juan de Ribero, Agustín Ruiz y Pedro de Aragón– inició la restauración y rectificación de la galería impulsada por el Rey Prudente añadiendo doce nuevas efigies. Además, se suprimió a Don Rodrigo –el rey godo más funesto de todos en la construcción oficial del relato gótico– permitiendo que la serie empezara con Don Pelayo –el caudillo godo que venció a los invasores árabes. Y ahora concluía con Juana I de Castilla, abuela de Felipe II[16].
La estrategia goticista filipina se completó con la edición de las obras íntegras de San Isidoro promovida por el propio monarca, el Sancti Isidori Hispalensis episcopi opera omnia quae extant (París, 1580). Junto con otros dos grandes proyectos editoriales del rey Prudente –la Collectio Conciliorvm Hispaniae (Madrid, 1593) y el Forvs Antiqvvs Gothorvm Regvm Hispaniae (Madrid, 1600)- la publicación de todos los textos del arzobispo de Sevilla constituyó un paso decisivo en la recuperación de la España gótica, tal como puso de relieve Miguel Morán[17]. En 1598 fallecía Felipe II. Ese mismo año fue canonizado en Roma San Isidoro reconociéndose su culto inmemorial, como ya había sucedido catorce años antes con San Hermenegildo.
Mil años antes del fallecimiento de Felipe II y de la canonización del arzobispo de Sevilla había tenido lugar el Tercer Concilio de Toledo presidido por el arzobispo de Sevilla San Leandro –hermano de San Isidoro- y en presencia del monarca Recaredo, que hizo profesión de la fe católica, igual que otros obispos que hasta ese momento eran arrianos, sellando la unión política y territorial del reino visigodo bajo una sola religión. Un milenio más tarde este reino emergía del pasado como un referente político del estado contrarreformista construido por Felipe II.
La recuperación del pasado gótico por parte del rey Prudente no fue excepcional en su tiempo. Fue un proceso paralelo a la reivindicación de la Alemania bárbara promovida por el hallazgo en el siglo XV de la obra Germania (“De origine et situ Germanorum”) de Cornelio Tácito (h. 55-h. 120 d. C.), texto exaltador de las virtudes y costumbres de los pueblos germanos –cualidades que los romanos ya habrían perdido según el historiador clásico-, y por ello celebrado por humanistas como Poggio Bracciolini o Eneas Silvio Piccolomini. Y por los propios príncipes Habsburgo, pues la difusión de esta obra formó parte del propio proyecto político y propagandístico del emperador Maximiliano I, bisabuelo de Felipe II.
Tras Tácito, el historiador Flavio Magno Aurelio Casiodoro escribió en el siglo VI una historia de los godos en doce libros que se perdió. Pero que fue la fuente principal de la que a su vez redactó Jordanes, De origine actibusque Getarum (“Sobre el origen y las hazañas de los godos”), conocida también como Getica (año 551). Tácito y Jordanes representaron un primer neobarbarismo tardoantiguo que se proyectó siglos después en distintos reinos europeos durante el Renacimiento. Veamos un ejemplo: en el año 1554 Olaus Magnus publicó -incorporándole dos capítulos propios- la obra de su hermano recién fallecido, el arzobispo e historiador sueco Johannes Magnus, Historia de omnibus Gothorum Sveonumque regibus, en la que ambos hermanos trazaron una historia de la Humanidad desde el Diluvio afirmando que el hijo de Noé, Magog, fue el primer rey de Suecia, y que tras el mismo se sucedieron ciento cuarenta y tres reyes suecos, incluyendo héroes nórdicos, monarcas gautas y caudillos godos.
Felipe II obtuvo en 1585 del pontífice Sixto V la canonización del príncipe Hermenegildo y la extensión de su culto a toda la Península, coincidiendo con el milenio del martirio del santo y dentro de una estrategia de redefinición de la imagen simbólica de la Monarquía Hispánica: se evocaba el período alto medieval heredero de la antigua Roma porque fue el momento en que toda la península estuvo gobernada por un solo linaje de reyes que, a partir de Recaredo, abrazaron la Fe católica[18]. Tras la canonización de San Hermenegildo, que venía a oficializar por parte de Roma el culto inmemorial sevillano y la instrumentalización política de la realeza goda llevada a cabo por el rey Prudente, la Compañía de Jesús se implicó mucho en difundir la devoción al santo visigodo, por ejemplo, promoviendo con gran éxito en sus colegios las representaciones de la obra teatral anónima, Tragedia de San Hermenegildo[19]. Durante los años siguientes la presencia del nuevo culto se acentuó en la corte, contribuyendo decisivamente al mismo la construcción en Madrid con financiación real -lo empezó Felipe II y lo concluyó Felipe III- del convento de San Hermenegildo de la orden de los Carmelitas Descalzos, fundado en 1586 por petición de Teresa de Jesús[20]. En 1639 Urbano VIII ratificó la canonización del príncipe visigodo extendiendo su culto a todo el mundo, y lo declaró patrono de los conversos. La devoción popular, el patrocinio de la Casa de Austria, el apoyo de la Compañía de Jesús y el reconocimiento de Roma a través de los pontífices Sixto V y Urbano VIII promovieron la proliferación de imágenes del santo, destacando El triunfo de San Hermenegildo de Francisco Herrera el Mozo (1654, Museo Nacional del Prado), realizada para el retablo del mencionado convento de los Carmelitas Descalzos de Madrid.
Desde el inicio del reinado de Felipe III este mostró haber heredado de su padre su querencia por los reyes godos como precursores de la monarquía hispánica. Si Felipe II estableció en el Alcázar de Segovia un vínculo dinástico entre el rey Pelayo y su abuela Juana de Castilla, fue a raíz del viaje de Felipe III a Sevilla en 1598 cuando la Galería de Reyes de los Reales Alcázares, iniciada en época de Juan II y continuada por los Reyes Católicos, enlazó a Chindasvinto con la Casa de Austria al añadir ahora a la serie tres monarcas Habsburgo: Carlos V, Felipe II y Felipe III.
Esta puesta en valor de la realeza goda aun fue más notable durante el reinado de Felipe IV, nieto de Felipe II e hijo de Felipe III. Su valido el Conde Duque de Olivares encargó para el Palacio de Buen Retiro que se estaba construyendo en el perímetro de Madrid bajo su privanza, una serie de retratos de reyes godos. Se contrataron para ello diversos pintores de la corte a partir de 1634, una vez había sido concluida la serie de pinturas de batallas del Salón de Reinos, coincidiendo algunos artistas en ambos encargos. Es difícil precisar si la serie fue configurada originalmente incompleta -se han conservado cinco (1634-1635, Museo Nacional del Prado, Madrid)-, o en realidad pretendía abarcar a toda la realeza goda como parece lo más lógico, pero en cualquier caso nunca se terminó, pues en el inventario de 1703 se enumeran tan solo trece pinturas[21].
Paralelamente, desde 1630 a 1640, y en la tradición de las galerías de Segovia y Sevilla, fue pintada otra serie de reyes medievales sedentes para el otro gran espacio de poder habsbúrgico en la corte, el Alcázar Real, llegando la misma hasta las figuras de Carlos V y Felipe II. Fueron desplegados en el Salón Dorado, principal escenario ceremonial del palacio, y en la habitación del monarca, conocida como Pieza de las Furias. Distribuidos en la parte superior de las paredes de ambas salas, de las veintiocho parejas regias contabilizadas en el inventario de 1686 (cincuenta y seis reyes en total) se conservan tan solo tres pinturas que en un momento determinado fueron trasladadas al pasadizo del Convento de la Encarnación[22]. Lo interesante para nuestro propósito de esta serie que abarcaba reyes de Asturias, León y Castilla es que el primero fue una vez más Don Pelayo (emparejado con su hijo Favila), como también sucedía en el Alcázar segoviano, y concluía con los dos últimos Habsburgo, Felipe III y Felipe IV, estableciendo la continuidad entre el linaje godo y la Casa de Austria -curiosamente Palomino calificó a los tres reyes medievales supervivientes de monarcas godos, y así han sido identificados hasta hace relativamente poco.
Y junto al auge de pinturas goticistas durante los largos reinados de Felipe IV y Carlos II, hemos de destacar la proliferación de obras literarias de esta temática, como la Corona Gothica, castellana y austriaca. Politicamente ilustrada, de Diego Saavedra Fajardo (Münster, 1646). Y la reproducción en estampas de series dinásticas que enlazaban godos y Habsburgo, como la Series Chronologica et Imagines Regum Hispaniae ab Ataulpo ad Carolum II feliciter regnantem (Giovanni Giacomo de Rossi, Roma, 1685) encargada por el virrey de Nápoles don Gaspar de Haro y Guzmán. Unas y otras multiplicaron el impacto popular de la ideología goticista, más allá de las salas de palacio.
Finalmente, creo que en la estrategia goticista de Felipe II influyeron de forma determinante unas experiencias personales muy significativas que aún no he mencionado: como Recaredo hizo en el III Concilio de Toledo, Felipe II se comprometió con el catolicismo militante en el Concilio de Trento, concluido en 1563; Felipe II se empezó a interesar por la figura de San Hermenegildo y la obra de San Isidoro en plena rebelión morisca en el sur de sus reinos peninsulares; y Felipe II promovió la recuperación ideológica de la corona visigoda tras la gran batalla de Lepanto que tuvo lugar el 7 de octubre de 1571. Si el reino de Toledo había desaparecido tras la invasión árabe del 711, y durante siglos los asturianos, leoneses y castellanos lo evocaron como justificación de la reconquista militar del territorio ahora musulmán, Felipe II fue el monarca que finalmente venció al islam -otomanos y berberiscos- en un combate naval decisivo que los Habsburgo y la Iglesia de Roma iban a convertir en los años siguientes en el mayor artefacto propagandístico de la Contrarreforma y el Barroco[23].
- Este texto se enmarca en el proyecto de investigación “La recepción artística de la realeza visigoda en la Monarquía Hispánica (siglos XVI a XIX)”. PID2021-127111NB-100.↵
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- Fue proyectado por el arquitecto fray Alberto de la Madre de Dios, y construido entre 1586 y 1605.↵
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